Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 20 de noviembre de 2002
El buen pastor es el Dios
altísimo y sapientísimo
1. En el libro del gran profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII
a.C se recogen también las voces de otros profetas, discípulos y
continuadores suyos. Es el caso del que los estudiosos de la Biblia han llamado
"el segundo Isaías", el profeta del regreso de Israel del exilio en
Babilonia, que tuvo lugar en el siglo VI a.C. Su obra constituye los capítulos
40-55 del libro de Isaías, y precisamente del primero de estos capítulos está
tomado el cántico que ha entrado en la Liturgia de las Laudes y que se
acaba de proclamar.
Este cántico consta de dos partes: los dos primeros
versículos provienen del final de un hermosísimo oráculo de consolación que
anuncia el regreso de los desterrados a Jerusalén, guiados por Dios mismo (cf. Is 40, 1-11). Los versículos sucesivos
forman el inicio de un discurso apologético, que exalta la omnisciencia y la
omnipotencia de Dios y, por otra parte, somete a dura crítica a los fabricantes
de ídolos.
2. Así pues, al inicio del texto litúrgico aparece
la figura poderosa de Dios, que vuelve a Jerusalén precedido de sus trofeos,
como Jacob había vuelto a Tierra Santa precedido de sus rebaños (cf.Gn 31, 17; 32, 17). Los trofeos de
Dios son los hebreos desterrados, que él libró de las manos de sus
conquistadores. Por tanto, Dios se presenta "como pastor" (Is 40, 11). Esta imagen, frecuente en
la Biblia y en otras tradiciones antiguas, evoca la idea de guía y de dominio,
pero aquí los rasgos son sobre todo tiernos y apasionados, porque el pastor es
también el compañero de viaje de sus ovejas (cf. Sal 22). Vela por su
grey, no sólo alimentándola y preocupándose de que no se disperse, sino también
cuidando con ternura de los corderitos y de las ovejas que han dado a luz (cf. Is 40, 11).
3. Después de la descripción de la entrada en escena del Señor, rey y
pastor, viene la reflexión sobre su acción como Creador del universo. Nadie
puede equipararse a él en esta obra grandiosa y colosal: desde luego, no el
hombre, y mucho menos los ídolos, seres muertos e impotentes. El profeta
recurre luego a una serie de preguntas retóricas, es decir, preguntas en las que
se incluye ya la respuesta. Son pronunciadas en una especie de proceso: nadie
puede competir con Dios y arrogarse su inmenso poder o su ilimitada sabiduría.
Nadie es capaz de medir el inmenso universo creado por Dios. El profeta
destaca que los instrumentos humanos son ridículamente inadecuados para esa
tarea. Por otra parte, Dios actuó en solitario; nadie pudo ayudarle o
aconsejarle en un proyecto tan inmenso como el de la creación cósmica (cf. vv.
13-14).
En su 18ª Catequesis bautismal, san Cirilo de Jerusalén, comentando
este cántico, invita a no medir a Dios con la vara de nuestra limitación
humana: "Para ti, hombre tan pequeño y débil, la distancia de la Gotia a
la India, de España a Persia, es grande, pero para Dios, que tiene en su mano
el mundo entero, cualquier tierra está cerca" (Le Catechesi, Roma
1993, p. 408).
4. Después de celebrar la omnipotencia de Dios en la creación, el
profeta pondera su señorío sobre la historia, es decir, sobre las naciones,
sobre la humanidad que puebla la tierra. Los habitantes de los territorios
conocidos, pero también los de las regiones remotas, que la Biblia llama
"islas" lejanas, son una realidad microscópica comparada con la
grandeza infinita del Señor. Las imágenes son brillantes e intensas: los pueblos
son como "gotas de un cubo", "polvillo de balanza",
"un grano" (Is 40, 15).
Nadie podría ofrecer un sacrificio digno de este grandioso Señor y rey: no
bastarían todas las víctimas de la tierra, ni todos los bosques de cedros del
Líbano para encender el fuego de este holocausto (cf. v. 16). El profeta
recuerda al hombre su límite frente a la infinita grandeza y a la soberana
omnipotencia de Dios. La conclusión es lapidaria: "En su presencia, las
naciones todas, como si no existieran, valen para él nada y vacío" (v.
17).
5. Por consiguiente, el fiel es invitado, desde el inicio de la
jornada, a adorar al Señor omnipotente. San Gregorio de Nisa, Padre de la
Iglesia de Capadocia (siglo IV), meditaba así las palabras del cántico de
Isaías: "Cuando escuchamos la palabra "omnipotente", pensamos en
el hecho de que Dios mantiene todas las cosas en la existencia, tanto las
inteligibles como las que pertenecen a la creación material. En efecto, por
este motivo, tiene el orbe de la tierra; por este motivo, tiene en su mano los
confines de la tierra; por este motivo, tiene en su puño el cielo; por este
motivo, mide con su mano el agua del mar; por este motivo, abarca en sí toda la
creación intelectual: para que todas las cosas permanezcan en la existencia,
mantenidas con poder por la potencia que las abraza" (Teologia
trinitaria, Milán 1994, p. 625).
San Jerónimo, por su parte, se queda atónito ante otra
verdad sorprendente: la de Cristo, que, "a pesar de su condición divina,
(...) se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, pasando por uno de
tantos" (Flp 2, 6-7). Ese
Dios infinito y omnipotente -afirma- se hizo pequeño y limitado. San Jerónimo
lo contempla en el establo de Belén y exclama: "Aquel que encierra en un
puño el universo, se halla aquí encerrado en un estrecho pesebre" (Carta
22, 39, en: Opere scelte, I, Turín 1971, p. 379).
(L'Osservatore Romano- 22 de
noviembre de 2002)