Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 5 de marzo de 2003
La Cuaresma, tiempo de oración más
intensa,
ayuno y penitencia
1. Hoy, miércoles de Ceniza, la liturgia dirige a
todos los fieles una fuerte invitación a la conversión con las palabras del
apóstol san Pablo: "En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con
Dios" (2Co 5, 20). La
Cuaresma es el tiempo más propicio espiritualmente para acoger esta invitación,
porque es tiempo de oración más intensa, de penitencia y de mayor atención a
las necesidades de los hermanos.
Con el rito de la imposición de la ceniza, que realizamos hoy, reconocemos
que somos pecadores, invocamos el perdón de Dios, manifestando un sincero deseo
de conversión. Así emprendemos un austero camino ascético, que nos llevará al
Triduo pascual, centro del Año litúrgico.
2. Según la antigua tradición de la Iglesia, todos los fieles deben
guardar hoy abstinencia de carne y ayuno, con la única excepción de los que
razonablemente no pueden hacerlo por motivos de salud o de edad. El ayuno tiene
un gran valor en la vida de los cristianos; es una exigencia del espíritu para
mejorar su relación con Dios. En efecto, los aspectos exteriores del ayuno, con
ser importantes, no son lo principal. Es preciso ponerlos en práctica con un
deseo sincero de purificación interior, de disponibilidad a cumplir la voluntad
de Dios y de solícita solidaridad con los hermanos, especialmente con los más
pobres.
Existe un vínculo muy estrecho entre el ayuno y la oración. Orar es ponerse
a la escucha de Dios y el ayuno favorece esta apertura del corazón.
3. Al entrar en el tiempo de Cuaresma, no podemos por menos de tener
en cuenta el actual marco internacional, sobre el que se ciernen amenazadoras
tensiones de guerra. Es necesario que todos asuman conscientemente su
responsabilidad y se esfuercen por evitar a la humanidad otro dramático
conflicto. Por esto, he querido que este miércoles de Ceniza sea una Jornada
de oración y ayuno para implorar la paz en el mundo. Debemos pedir a Dios,
ante todo, la conversión del corazón, en el que tiene sus raíces toda forma de
mal y todo impulso hacia el pecado; debemos orar y ayunar por la convivencia
pacífica entre los pueblos y las naciones.
Al inicio de nuestro encuentro hemos escuchado las
estimulantes palabras del profeta: "No alzará la espada pueblo contra
pueblo, no se adiestrarán para la guerra" (Is 2, 4). Y también: "Forjarán de
sus espadas arados; de las lanzas, podaderas" (Is 2, 4). Por encima de las
vicisitudes de la historia está la presencia soberana de Dios, que juzga las
decisiones de los hombres. A él, "árbitro de las naciones" y
"juez de pueblos numerosos" (Is
2, 4), dirigimos nuestro corazón para implorar un futuro de justicia y paz
para todos. Este pensamiento nos debe estimular a cada uno a proseguir sin
cesar nuestra oración y nuestro compromiso por construir un mundo donde, en vez
del egoísmo, reinen la solidaridad y el amor.
4. He querido volver a proponer la apremiante invitación
a la conversión, a la penitencia y a la solidaridad también en el Mensaje
para la Cuaresma, publicado hace pocos días, y que tiene por tema la
hermosa frase de los Hechos de los Apóstoles: "Hay más alegría en dar que
en recibir" (Hch 20, 35).
De hecho, sólo convirtiéndose a esta lógica se puede construir un orden
social marcado no por un equilibrio precario de intereses en conflicto, sino
por una búsqueda equitativa y solidaria del bien común. Los cristianos, como
levadura, están llamados a vivir y difundir un estilo de gratuidad en todos los
ámbitos de la vida, promoviendo así el auténtico desarrollo moral y civil de la
sociedad. Al respecto escribí: "Privarse no sólo de lo superfluo, sino también
de algo más, para distribuirlo a quien vive en necesidad, contribuye a la
negación de sí mismo, sin la cual no hay auténtica praxis de vida
cristiana" (Mensaje para la Cuaresma, n. 4: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 14 de febrero de 2003, p. 3).
5. Quiera Dios que esta Jornada de oración y ayuno
por la paz, con la que iniciamos la Cuaresma, se traduzca en gestos concretos
de reconciliación. Tanto en el ámbito familiar como en el internacional, cada
uno se ha de sentir y hacer corresponsable de la construcción de la paz.
Y el Dios de la paz, que escruta las intenciones de los corazones y llama a sus
hijos artífices de paz (cf. Mt 5, 9),
dará la recompensa (cf. Mt 6, 4. 6. 18).
Encomendamos estos deseos a la intercesión de la Virgen María, Reina del
rosario y Madre de la paz. Que ella nos tome de su mano y nos acompañe durante
los próximos cuarenta días, hacia la Pascua, para contemplar al Señor
resucitado.
A todos deseo una buena y fructuosa Cuaresma.
(L'Osservatore Romano - 7 de
marzo de 2003)
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