Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 25 de junio de 2003
Pablo VI,
padre y maestro
1. El pasaje joánico que acabamos de escuchar nos ha
propuesto nuevamente una sugestiva escena evangélica. El Hijo de Dios
encomienda a Pedro su grey, su Iglesia, contra la cual ya había asegurado
precedentemente que las puertas del infierno no prevalecerían (cf. Mt 16, 17-18). Jesús antepone a esta
consigna una petición de amor: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que
estos?" (Jn 21, 15).
Pregunta inquietante que, repetida tres veces, remite a la triple negación del
Apóstol. Pero este, a pesar de su amarga experiencia, protesta humildemente:
"Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero" (Jn 21, 17).
El amor es el secreto de la misión de Pedro. El amor es el secreto
también de los que están llamados a imitar al buen Pastor en la guía del pueblo
de Dios. "Officium amoris pascere dominicum gregem",
"Tarea de amor es apacentar la grey del Señor", solía decir Pablo VI,
haciendo suya una conocida expresión de san Agustín.
2. "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que
estos?". ¿Cuántas veces habrá oído resonar en su corazón estas palabras de
Jesús mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, a quien recordamos
hoy? Han pasado cuarenta años desde su elección a la Cátedra de Pedro, el 21 de
junio de 1963, y veinticinco desde su muerte, el 6 de agosto de 1978. Desde su
juventud había trabajado al servicio directo de la Sede apostólica, junto a Pío
XI. Durante largo tiempo fue uno de los colaboradores más fieles y valiosos
de Pío XII. Fue el sucesor inmediato del beato Juan XXIII, a
quien tuve la alegría de elevar al honor de los altares hace tres años. Su
ministerio de Pastor universal de la Iglesia duró quince años y se
caracterizó, sobre todo, por el concilio Vaticano II y por una gran
apertura a las exigencias de la época moderna.
También yo tuve la gracia de participar en los trabajos conciliares y vivir el
período del posconcilio. Pude apreciar personalmente el empeño que Pablo VI
puso siempre con vistas a la necesaria actualización de la Iglesia a las
exigencias de la nueva evangelización. Al sucederle en la Cátedra de Pedro, me
he esforzado por proseguir la acción pastoral que había iniciado, inspirándome
en él como en un padre y maestro.
3. Pablo VI, apóstol fuerte y amable, amó a la
Iglesia y trabajó por su unidad y por intensificar su acción misionera. Desde
esta perspectiva, se comprende plenamente la iniciativa innovadora de los
viajes apostólicos, que constituye hoy una parte integrante del ministerio
del Sucesor de Pedro.
Quería que la comunidad eclesial se abriera al mundo, pero sin ceder al
espíritu del mundo. Con prudente sabiduría supo resistir a la tentación de
"adaptarse" a la mentalidad moderna, afrontando con fortaleza
evangélica dificultades e incomprensiones, y en algunos casos también
hostilidades. Incluso en los momentos más difíciles nunca le faltó al pueblo de
Dios su palabra iluminadora. Al final de sus días, el mundo entero pareció
redescubrir su grandeza y se estrechó a él en un abrazo de afecto.
4. Su magisterio es rico y, en gran parte, está
orientado a educar a los creyentes en el sentido de Iglesia. Entre sus
numerosas intervenciones, me limito a recordar, además de la encíclica Ecclesiam
suam, publicada al inicio de su pontificado, su conmovedora profesión de
fe, conocida como el Credo del pueblo de Dios, que pronunció con vigor
en la plaza de San Pedro el 30 de junio de 1968. ¡Cómo no mencionar, asimismo,
sus valientes tomas de posición en defensa de la vida humana con la encíclica Humanae
vitae, y a favor de los pueblos en vías de desarrollo con la encíclica Populorum
progressio, para construir una sociedad más justa y solidaria!
Están también sus reflexiones personales, que solía apuntar durante los retiros
espirituales, cuando se "retiraba" consigo mismo, como "en la
celda del corazón". Meditaba a menudo sobre el lugar al que Dios lo había
llamado al servicio de la Iglesia "siempre amada", con el espíritu de
la vocación de Pedro. "Nadie podría entregarse más que yo a esta
meditación -anotó durante uno de esos retiros-.. a comprenderla, a
vivirla. Señor, ¡qué realidad!, ¡qué misterio!... Es una aventura en la que
todo depende de Cristo" (Retiro del 5 al 13 de agosto de 1963, Meditazioni
inedite, Ed. Studium).
5. Amadísimos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios por
el don de este Pontífice, guía firme y sabio de la Iglesia. En su homilía del
29 de junio de 1978, poco más de un mes antes de la conclusión de su activa
existencia terrena, Pablo VI decía: "Ante los peligros que hemos delineado
(...), nos sentimos impulsados, a acudir a Cristo como única salvación y a
gritar: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Sólo él es la verdad, sólo
él es nuestra fuerza, sólo él es nuestra salvación. Confortados por él,
proseguiremos juntos nuestro camino" (cf. L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 9 de julio de 1978, p. 12).
A la luz de la meta eterna, comprendemos mejor cuán
urgente es amar a Cristo y servir a su Iglesia con alegría. Nos obtenga esta
gracia María, a quien Pablo VI, con amor filial, quiso proclamar Madre de la
Iglesia. Sea precisamente ella, la Virgen, quien estreche entre sus brazos
a ese devoto hijo suyo en la bienaventuranza eterna reservada a los servidores
fieles del Evangelio.
(L'Osservatore Romano - 27 de
junio de 2003)
Regresar