Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 2 de julio de 2003
Felicidad de los que esperan en
Dios
1. El salmo 145, que acabamos de escuchar, es un "aleluya",
el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la
tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana:
alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia
humana. En efecto, al final del salmo se declara: "El Señor reina eternamente"
(v. 10).
De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros
mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o
del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin
sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica
profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se
proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).
2. Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del
pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da
pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los
ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien
guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien
trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de
edad en edad.
Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren
expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un
soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia,
como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las
víctimas, de los oprimidos, de los infelices.
3. Así, el hombre se encuentra ante una opción
radical entre dos posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de
"confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios
inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata
de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y
una senda llena de revueltas" (Pr
2, 15), que tiene como meta la desesperación.
En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un
ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se
refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la
Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12, 1-7), como una telaraña que el
viento puede romper (cf. Jb 8, 14),
como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la
muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en
polvo: "Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus
planes" (Sal 145, 4).
4. Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que
pondera el salmista con una bienaventuranza: "Bienaventurado aquel a quien
auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el
camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el
verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez
inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre
todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes
descrita, ha puesto de relieve.
Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los
hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos,
defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables.
En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la
propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de
nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia.
Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el
hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en
el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a
mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor.
5. Concluyamos nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que
nos ofrece la sucesiva tradición cristiana.
El gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del
salmo, que dice: "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los
cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía:
"Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo.
"Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen
hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre
queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se
alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Orígenes-Jerónimo, 74
omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527).
(L'Osservatore Romano - 4 de
julio de 2003)
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