Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 16 de julio de 2003
Consuelo y
gozo para la ciudad santa
1. De la última página del libro de Isaías está tomado el
himno que acabamos de escuchar, un cántico de alegría en el que destaca la
figura materna de Jerusalén (cf. 66, 11) y luego la solicitud amorosa de Dios
mismo (cf. v. 13). Los estudiosos de la Biblia creen que esta sección final,
abierta a un futuro espléndido y festivo, es el testimonio de una voz
posterior, la de un profeta que celebra el renacimiento de Israel tras el
paréntesis oscuro del exilio babilónico. Por tanto, nos hallamos en el siglo VI
antes de Cristo, dos siglos después de la misión de Isaías, el gran profeta,
bajo cuyo nombre está puesta toda la obra inspirada.
Ahora seguiremos el ritmo gozoso de este breve cántico, que comienza con
tres imperativos que son precisamente una invitación a la felicidad:
"festejad", "gozad" y "alegraos de su alegría" (v.
10). Es un hilo luminoso que recorre a menudo las últimas páginas del libro
de Isaías: los afligidos de Sión serán consolados, coronados y ungidos con
el "aceite de gozo" (61, 3); el profeta mismo "se goza en el
Señor, exulta su alma en Dios" (v. 10); "como se alegra el esposo con
la esposa, así se alegrará" Dios con su pueblo (62, 5). En la página
anterior a la que ahora es objeto de nuestro canto y de nuestra oración, el
Señor mismo participa de la felicidad de Israel, que está a punto de renacer
como nación: "Habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad,
voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me regocijaré
por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo" (65, 18-19).
2. La fuente y la razón de este júbilo interior se hallan en la
vitalidad recobrada de Jerusalén, renacida de las cenizas de la ruina que se
había abatido sobre ella cuando el ejército babilonio la destruyó. En efecto,
se habla de su "luto" (66, 10), ya pasado.
Como sucede a menudo en diversas culturas, la ciudad se representa con
imágenes femeninas, más aún, maternas. Cuando una ciudad está en paz, es
semejante a un seno protegido y seguro; más aún, es como una madre que amamanta
a sus hijos con abundancia y ternura (cf. v. 11). Desde esta perspectiva, la realidad
que la Biblia llama, con una expresión femenina, "la hija de Sión",
es decir, Jerusalén, vuelve a ser una ciudad-madre que acoge, sacia y deleita a
sus hijos, es decir, a sus habitantes. Sobre esta escena de vida y ternura
desciende la palabra del Señor, que tiene el tono de una bendición (cf. vv.
12-14).
3. Dios recurre a otras imágenes vinculadas a la fertilidad. En
efecto, habla de ríos y torrentes, es decir, de aguas que simbolizan la vida,
la exuberancia de la vegetación, la prosperidad de la tierra y de sus
habitantes (cf. v. 12). La prosperidad de Jerusalén, su "paz" (shalom),
don generoso de Dios, asegurará a sus niños una existencia rodeada de ternura
materna: "Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las
acariciarán" (v. 12), y esta ternura materna será ternura de Dios mismo:
"Como una madre consuela a su niño, así os consolaré yo" (v. 13). De
este modo, el Señor utiliza la metáfora materna para describir su amor a sus
criaturas.
También antes, en el libro de Isaías, se lee un pasaje que atribuye a
Dios una actitud materna: "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin
compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo
no te olvido" (49, 15). En nuestro cántico, las palabras del Señor
dirigidas a Jerusalén terminan por retomar el tema de la vitalidad interior,
expresado con otra imagen de fertilidad y energía: la de un prado florecido,
imagen aplicada a los huesos, para indicar el vigor del cuerpo y de la
existencia (cf. 66, 14).
4. Al llegar a este punto, ante la ciudad-madre, es
fácil extender nuestra mirada para contemplar a la Iglesia, virgen y madre
fecunda. Concluyamos nuestra meditación sobre la Jerusalén renacida con una
reflexión de san Ambrosio, tomada de su obra De virginibus: "La
santa Iglesia es inmaculada en su unión marital: fecunda por sus partos, es
virgen por su castidad, aunque sea madre por los hijos que engendra. Por tanto,
nacemos de una virgen, que no ha concebido por obra de hombre, sino por obra
del Espíritu. Así, nacemos de una virgen, que no da a luz en medio de dolores
físicos, sino en medio del júbilo de los ángeles. Nos alimenta una virgen, no
con la leche del cuerpo, sino con la leche que el Apóstol afirma haber
dado al pueblo de Dios porque no podía soportar alimento sólido (cf. 1Co 3, 2).
"¿Qué mujer casada tiene más hijos que la santa
Iglesia? Es virgen por la santidad que recibe en los sacramentos y es madre de
pueblos. La Escritura atestigua también su fecundidad, al decir: "son más
los hijos de la abandonada que los de la casada" (Is 54, 1; cf.Ga 4, 27); nuestra
madre no tiene marido, pero tiene esposo, porque tanto la Iglesia en los
pueblos como el alma en los individuos -libres de cualquier infidelidad,
fecundas en la vida del espíritu-, sin faltar al pudor, se desposan con el
Verbo de Dios como con un esposo eterno" (I, 31: SAEMO 14/1, pp. 132-133).
(L'Osservatore Romano - 18 de
julio de 2003)
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