Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 30 de julio de 2003
Misericordia,
Dios mío
1. Esta es la cuarta vez que, durante nuestras
reflexiones sobre la liturgia de Laudes, escuchamos la proclamación del
salmo 50, el célebre Miserere, pues se propone todos los viernes,
para que se convierta en un oasis de meditación, donde se pueda descubrir el
mal que anida en la conciencia e implorar del Señor la purificación y el perdón.
En efecto, como confiesa el salmista en otra súplica, "ningún hombre vivo
es inocente frente a ti" (Sal
142, 2). En el libro de Job se lee: "¿Cómo un hombre será justo
ante Dios?, ¿cómo será puro el nacido de mujer? Si ni la luna misma tiene
brillo, ni las estrellas son puras a sus ojos, ¡cuánto menos un hombre, esa
gusanera, un hijo de hombre, ese gusano!" (Jb 25, 4-6).
Frases fuertes y dramáticas, que quieren mostrar con toda
su seriedad y gravedad el límite y la fragilidad de la criatura humana, su
capacidad perversa de sembrar mal y violencia, impureza y mentira. Sin embargo,
el mensaje de esperanza del Miserere, que el Salterio pone en labios de
David, pecador convertido, es este: Dios puede "borrar, lavar y
limpiar" la culpa confesada con corazón contrito (cf. Sal 50, 2-3). Dice el Señor por boca
de Isaías: "Aunque fueren vuestros pecados como la grana, como la nieve
blanquearán. Y aunque fueren rojos como la púrpura, como la lana quedarán"
(Is 1, 18).
2. Esta vez reflexionaremos brevemente en el final del salmo 50, un
final lleno de esperanza, porque el orante es consciente de que ha sido
perdonado por Dios (cf. vv. 17-21). Sus labios ya están a punto de proclamar al
mundo la alabanza del Señor, atestiguando de este modo la alegría que
experimenta el alma purificada del mal y, por eso, liberada del remordimiento
(cf. v. 17).
El orante testimonia de modo claro otra convicción,
remitiéndose a la enseñanza constante de los profetas (cf. Is 1, 10-17; Am 5, 21-25; Os 6, 6): el
sacrificio más agradable que sube al Señor como perfume y suave fragancia (cf. Gn 8, 21) no es el holocausto de
novillos y corderos, sino, más bien, el "corazón quebrantado y
humillado" (Sal 50, 19).
La Imitación de Cristo, libro tan apreciado por la tradición
espiritual cristiana, repite la misma afirmación del salmista: "La humilde
contrición de los pecados es para ti el sacrificio agradable, un perfume mucho
más suave que el humo del incienso... Allí se purifica y se lava toda
iniquidad" (III, 52, 4).
3. El salmo concluye de modo inesperado con una perspectiva
completamente diversa, que parece incluso contradictoria (cf. vv. 20-21). De la
última súplica de un pecador, se pasa a una oración por la reconstrucción de
toda la ciudad de Jerusalén, lo cual nos hace remontarnos de la época de David
a la de la destrucción de la ciudad, varios siglos después. Por otra parte,
tras expresar en el versículo 18 que a Dios no le complacen las inmolaciones de
animales, el salmo anuncia en el versículo 21 que el Señor aceptará esas
inmolaciones.
Es evidente que este pasaje final es una añadidura posterior, hecha en el
tiempo del exilio, que, de alguna manera, quiere corregir o al menos completar
la perspectiva del salmo davídico. Y lo hace en dos puntos: por una parte, no
se quería que todo el salmo se limitara a una oración individual; era necesario
pensar también en la triste situación de toda la ciudad. Por otra, se quería
matizar el valor del rechazo divino de los sacrificios rituales; ese rechazo no
podía ser ni completo ni definitivo, porque se trataba de un culto prescrito
por Dios mismo en la Torah. Quien completó el salmo tuvo una intuición
acertada: comprendió la necesidad en que se encuentran los pecadores, la
necesidad de una mediación sacrificial. Los pecadores no pueden purificarse por
sí mismos; no bastan los buenos sentimientos. Hace falta una mediación externa
eficaz. El Nuevo Testamento revelará el sentido pleno de esa intuición,
mostrando que, con la ofrenda de su vida, Cristo llevó a cabo una mediación
sacrificial perfecta.
4. En sus Homilías sobre Ezequiel, san Gregorio Magno captó muy
bien la diferencia de perspectiva que existe entre los versículos 19 y 21 del Miserere.
Propone una interpretación que también nosotros podemos aceptar,
concluyendo así nuestra reflexión. San Gregorio aplica el versículo 19, que
habla de espíritu contrito, a la existencia terrena de la Iglesia, y el
versículo 21, que habla de holocausto, a la Iglesia en el cielo.
He aquí las palabras de ese gran Pontífice: "La santa
Iglesia tiene dos vidas: una que vive en el tiempo y la otra que recibe en la
eternidad; una en la que sufre en la tierra y la otra que recibe como
recompensa en el cielo; una con la que hace méritos y la otra en la que ya goza
de los méritos obtenidos. Y en ambas vidas ofrece el sacrificio: aquí, el
sacrificio de la compunción, y en el cielo, el sacrificio de alabanza. Del
primer sacrificio se dice: "Mi sacrificio es un espíritu quebrantado"
(Sal 50, 19); del segundo está
escrito: "Entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos"
(Sal 50, 21). (...) En ambos se
ofrece carne, porque aquí la oblación de la carne es la mortificación del
cuerpo, mientras que en el cielo la oblación de la carne es la gloria de la
resurrección en la alabanza a Dios. En el cielo se ofrecerá la carne como en
holocausto, cuando, transformada en la incorruptibilidad eterna, ya no habrá
ningún conflicto y nada mortal, porque perdurará íntegra, encendida de amor a
él, en la alabanza sin fin" (Omelie su Ezechiele 2, Roma 1993, p.
271).
(L'Osservatore Romano - 1 de
agosto de 2003)
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