Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 13 de agosto de 2003
Acción de gracias
por la liberación del pueblo
1. La Liturgia de Laudes ha acogido entre sus cánticos un
fragmento de un himno, que corona la historia narrada por el libro bíblico de Tobías;
acabamos de escucharlo. El himno, más bien amplio y solemne, es una típica
expresión de la oración y la espiritualidad judía que se inspira en otros
textos ya presentes en la Biblia.
El cántico se desarrolla a través de una doble invocación. Aparece, ante
todo, una invitación repetida a alabar a Dios (cf. vv. 3. 4. 7) por la
purificación que está realizando por medio del exilio. Se exhorta a los
"hijos de Israel" a acoger esta purificación con una conversión
sincera (cf. vv. 6. 8). Si la conversión florece en el corazón, el Señor hará
surgir en el horizonte la aurora de la liberación. Precisamente en este clima
espiritual se sitúa el comienzo del cántico que la Liturgia ha recortado
dentro del himno más amplio del capítulo 13 de Tobías.
2. La segunda parte del texto, entonada por el anciano Tobit,
protagonista con el hijo Tobías de todo el libro, es una verdadera celebración
de Sión. Refleja la apasionada nostalgia y el amor ardiente que el judío de la
diáspora siente por la ciudad santa (cf. vv. 9-18). También este aspecto
destaca dentro del pasaje que se ha elegido como oración matutina de la Liturgia
de Laudes. Meditemos en estos dos temas, o sea, en la purificación del
pecado a través de la prueba y en la espera del encuentro con el Señor en la
luz de Sión y de su templo santo.
3. Tobit dirige un llamamiento apremiante a los pecadores para que se
conviertan y practiquen la justicia: este es el camino que se debe recorrer
para reencontrar el amor divino que da serenidad y esperanza (cf. v. 8).
La misma historia de Jerusalén es una parábola que enseña a todos la
elección que se tiene que realizar. Dios ha castigado la ciudad porque no podía
permanecer indiferente ante el mal realizado por sus hijos. Pero ahora, al ver
que muchos se han convertido y se han transformado en hijos justos y fieles,
manifestará aún su amor misericordioso (cf. v. 10).
A lo largo de todo el cántico del capítulo 13 de Tobías se repite a
menudo esta convicción: el Señor "castiga y tiene compasión... os ha
castigado por vuestras injusticias, mas tiene compasión de todos vosotros... te
castigó por las obras de tus hijos, pero volverá a apiadarse del pueblo
justo" (vv. 2. 5. 10). Dios recurre al castigo como medio para llamar al
recto camino a los pecadores sordos a otras llamadas. Sin embargo, la última
palabra del Dios justo sigue siendo la del amor y el perdón; su deseo profundo
es poder abrazar de nuevo a los hijos rebeldes que vuelven a él con corazón
arrepentido.
4. Ante el pueblo elegido, la misericordia divina se manifestará con
la reconstrucción del templo de Jerusalén, realizada por Dios mismo:
"Reconstruirá con júbilo su templo" (v. 11). Así, aparece el segundo
tema, es decir, el de Sión, como lugar espiritual en el que no sólo debe
confluir el retorno de los hebreos, sino también la peregrinación de los
pueblos que buscan a Dios. De este modo, se abre un horizonte universal: el
templo de Jerusalén reconstruido, signo de la palabra y la presencia divina,
resplandecerá con una luz planetaria que disipará las tinieblas, de modo que
puedan ponerse en camino "muchos pueblos y los habitantes del confín de la
tierra" (cf. v. 13), llevando sus ofrendas y cantando su alegría por participar
de la salvación que el Señor derrama en Israel.
Así pues, los israelitas y todos los pueblos caminan juntos hacia una única
meta de fe y de verdad. Sobre ellos el cantor de este himno hace descender una
bendición repetida, diciendo a Jerusalén: "Dichosos los que te aman,
dichosos los que te desean la paz" (v. 15). La felicidad es auténtica
cuando se reencuentra la luz que brilla en el cielo de todos los que buscan al
Señor con el corazón purificado y con el deseo de la verdad.
5. A esa Jerusalén, libre y gloriosa, signo de la Iglesia en la meta
última de su esperanza, prefigurada por la Pascua de Cristo, san Agustín se
dirige con ardor en el libro de las Confesiones.
Refiriéndose a la oración que quiere elevar en "lo más secreto de su
alma", nos describe "cantos de amor, que exhale en mi peregrinación
terrestre indecibles gemidos, lleno del recuerdo de Jerusalén, con el corazón
levantado hacia ella, Jerusalén, mi patria, Jerusalén, mi madre, y hacia Vos,
su rey, su iluminación, su padre, su tutor, su esposo, sus castas y apremiantes
delicias, su sólida alegría, su bien inefable". Y concluye con una
promesa: "Y no me alejaré ya más de Vos, hasta que, unificándome después
de tantas disipaciones, reformándome después de tantas deformidades, me hayáis
recibido en la paz de esa madre querida, en la que están las primicias de mi
espíritu y de donde me han venido mis certidumbres, para establecerme en ella
para siempre, Dios mío, misericordia mía" (Las Confesiones, XII,
16, 23, Roma 1965, pp. 424-425).
(L'Osservatore Romano - 15 de
agosto de 2003)
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