Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 20 de agosto de 2003
Restauración
de Jerusalén
1. El salmo que ha sido propuesto ahora a nuestra meditación
constituye la segunda parte del precedente salmo 146. En cambio, las antiguas
traducciones griega y latina, seguidas por la liturgia, lo han considerado como
un canto aparte, porque su inicio lo distingue netamente de la parte anterior.
Este comienzo se ha hecho célebre también porque a menudo se le ha puesto
música en latín: Lauda, Jerusalem, Dominum. Estas palabras iniciales
constituyen la típica invitación de los himnos de la salmodia a celebrar y
alabar al Señor: ahora es Jerusalén, personificación del pueblo, la que es
interpelada para alabar y glorificar a su Dios (cf. v. 12).
A continuación, se hace mención del motivo por el que la comunidad orante
debe elevar al Señor su alabanza. Es de índole histórica: ha sido él, el
Libertador de Israel del exilio babilónico, el que ha dado seguridad a su
pueblo, "reforzando los cerrojos de sus puertas" (cf. v. 13).
Cuando Jerusalén cayó ante el ataque del ejército del rey
Nabucodonosor, en el año 586 antes de Cristo, el libro de las Lamentaciones
presentó al Señor mismo como juez del pecado de Israel, mientras destruía
"la muralla de la hija de Sión. (...) Sus puertas en tierra se han
hundido, él ha deshecho y roto sus cerrojos" (Lm 2, 8-9). Ahora, en cambio, el Señor
vuelve a ser el constructor de la ciudad santa; en el templo reconstruido
bendice de nuevo a sus hijos. Así, se hace mención de la obra realizada por
Nehemías (cf.Ne 3, 1-38), que había
reconstruido las murallas de Jerusalén para que volviera a ser un oasis de
serenidad y paz.
2. En efecto, se evoca enseguida la paz (shalom),
también porque se halla contenida simbólicamente en el mismo nombre de
Jerusalén. El profeta Isaías ya prometía a la ciudad: "Te pondré como
gobernante la paz, y por gobierno la justicia" (Is 60, 17).
Pero, además de reconstruir las murallas de la ciudad, de
bendecirla y pacificarla en un clima de seguridad, Dios ofrece a Israel otros
dones fundamentales, como se describe al final del salmo. En efecto, allí se
recuerdan los dones de la Revelación, de la Ley y de las prescripciones
divinas: "Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a
Israel" (Sal 147, 19).
Así, se celebra la elección de Israel y su misión única
entre los pueblos: proclamar al mundo la palabra de Dios. Es una misión
profética y sacerdotal, porque "¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y
normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?" (Dt 4, 8). A través de Israel y, por
tanto, también a través de la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia, la
palabra de Dios puede resonar en el mundo y convertirse en norma y luz de vida para
todos los pueblos (cf. Sal 147, 20)
3. Hasta este momento hemos descrito la primera razón de la alabanza
que se ha de elevar al Señor: es una motivación histórica, es decir, vinculada
a la acción liberadora y reveladora de Dios con respecto a su pueblo.
Sin embargo, hay otra fuente de júbilo y alabanza: es de naturaleza cósmica,
es decir, relacionada con la acción creadora de Dios. La Palabra divina irrumpe
para dar vida al ser. Semejante a un mensajero, corre por los espacios inmensos
de la tierra (cf. Sal 147, 15). Y al instante suceden cosas maravillosas.
Llega el invierno, cuyos fenómenos atmosféricos se
describen con un toque de poesía: la nieve, por su pureza, se parece a la lana;
la escarcha es como ceniza (cf. v. 16); el hielo se asemeja a migas de pan
arrojadas a tierra; el frío congela las aguas y bloquea la vegetación (cf. v.
17). Es un cuadro invernal que invita a descubrir las maravillas de la
creación, y volverá a aparecer en una página muy pintoresca también de otro
libro bíblico, el del Sirácida (Si 43,
18-20).
4. Pero, siempre por la acción de la Palabra
divina, reaparece la primavera: el hielo se derrite, sopla su aliento y corren
las aguas (cf. Sal 147, 18),
repitiendo así el ciclo perenne de las estaciones y, por consiguiente, la misma
posibilidad de vida para hombres y mujeres.
Naturalmente, no han faltado lecturas metafóricas de estos dones divinos. La
"flor de trigo" ha hecho pensar en el gran don del pan eucarístico.
Más aún, Orígenes, el gran escritor cristiano del siglo III, identificó ese
trigo como signo de Cristo mismo y, en particular, de la sagrada Escritura.
Este es su comentario: "Nuestro Señor es el grano de trigo que cayó en
la tierra, y se multiplicó por nosotros. Pero este grano de trigo es sumamente
abundante. (...) La palabra de Dios es sumamente abundante: encierra en sí
misma todas las delicias. Todo lo que quieres, proviene de la palabra de Dios,
tal como narran los judíos: cuando comían el maná, este, en su boca, tomaba el
gusto de lo que cada uno deseaba. (...) Así también en la carne de Cristo, que
es la palabra de la enseñanza, es decir, la comprensión de las sagradas
Escrituras, cuanto mayor es el deseo que tenemos de ella, tanto mayor es el
alimento que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si eres pecador,
encuentras tormento" (OrigeneGerolamo, 74 omelie sul libro dei Salmi,
Milán 1993, pp. 543-544).
5. Así pues, el Señor actúa con su palabra no sólo
en la creación, sino también en la historia. Se revela con el lenguaje mudo de
la naturaleza (cf. Sal 18, 2-7),
pero se expresa de modo explícito a través de la Biblia y su comunicación
personal en los profetas, y plenamente a través de su Hijo (cf. Hb 1, 1-2). Son dos dones diversos,
pero convergentes, de su amor.
Por eso, cada día debe subir al cielo nuestra alabanza. Es nuestra acción de
gracias, que florece al despuntar la aurora, en la oración de Laudes, para
bendecir al Señor de la vida y la libertad, de la existencia y la fe, de la
creación y la redención.
(L'Osservatore Romano - 22 de
agosto de 2003)
Regresar