Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 10 de septiembre de 2003
Dios renovará
a su pueblo
1. El cántico que acaba de resonar en nuestros oídos y en nuestro
corazón fue compuesto por uno de los profetas mayores de Israel. Se trata de
Ezequiel, testigo de una de las épocas más trágicas que vivió el pueblo judío:
la de la caída del reino de Judá y de su capital, Jerusalén, a la que siguió el
amargo destierro en Babilonia (siglo VI a.C.). Del capítulo 36 de Ezequiel está
tomado el pasaje que entró a formar parte de la oración cristiana de Laudes.
El contexto de esta página, transformada en himno por la liturgia, quiere
captar el sentido profundo de la tragedia que vivió el pueblo en aquellos años.
El pecado de idolatría había contaminado la tierra que el Señor dio en herencia
a Israel. Ese pecado, más que otras causas, es responsable, en definitiva, de
la pérdida de la patria y de la dispersión entre las naciones. En efecto, Dios
no es indiferente ante el bien y el mal; entra misteriosamente en escena en la
historia de la humanidad con su juicio que, antes o después, desenmascara el
mal, defiende a las víctimas y señala la senda de la justicia.
2. Pero la meta de la acción de Dios nunca es la
ruina, la mera condena, el aniquilamiento del pecador. El mismo profeta
Ezequiel refiere estas palabras divinas: "¿Acaso me complazco yo en la
muerte del malvado y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?
(...) Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere. Convertíos y
viviréis" (Ez 18, 23. 32). A
la luz de esas palabras se logra comprender el significado de nuestro cántico,
lleno de esperanza y salvación.
Después de la purificación mediante la prueba y el
sufrimiento, está a punto de surgir el alba de una nueva era, que ya había
anunciado el profeta Jeremías cuando habló de una "nueva alianza"
entre el Señor e Israel (cf. Jr 31, 31-34).
El mismo Ezequiel, en el capítulo 11 de su libro profético, había proclamado
estas palabras divinas: "Yo les daré un corazón nuevo y pondré en ellos un
espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón
de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las
pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios" (Ez 11, 19-20).
En nuestro cántico (cf. Ez 36, 24-28), el profeta repite ese
oráculo y lo completa con una precisión estupenda: el "espíritu
nuevo" que Dios dará a los hijos de su pueblo será su Espíritu, el
Espíritu de Dios mismo (cf. v. 27).
3. Así pues, no sólo se anuncia una purificación,
expresada mediante el signo del agua que lava las inmundicias de la conciencia.
No sólo está el aspecto, aun necesario, de la liberación del mal y del pecado
(cf. v. 25). El acento del mensaje de Ezequiel está puesto sobre todo en otro
aspecto mucho más sorprendente. En efecto, la humanidad está destinada a nacer
a una nueva existencia. El primer símbolo es el del "corazón" que, en
el lenguaje bíblico, remite a la interioridad, a la conciencia personal. De
nuestro pecho será arrancado el "corazón de piedra", gélido e
insensible, signo de la obstinación en el mal. Dios nos infundirá un
"corazón de carne", es decir, un manantial de vida y de amor (cf. v.
26). En la nueva economía de gracia, en vez del espíritu vital, que en la creación
nos había convertido en criaturas vivas (cf. Gn 2, 7), se nos infundirá el Espíritu
Santo, que nos sostiene, nos mueve y nos guía hacia la luz de la verdad y hacia
"el amor de Dios en nuestros corazones" (Rm 5, 5).
4. Así aparece la "nueva creación" que
describe san Pablo (cf. 2Co 5, 17;
Ga 6, 15), cuando afirma la muerte
en nosotros del "hombre viejo", del "cuerpo del pecado",
porque "ya no somos esclavos del pecado", sino criaturas nuevas,
transformadas por el Espíritu de Cristo resucitado: "Despojaos del hombre
viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta
alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador" (Co
3, 9-10; cf. Rm 6, 6). El profeta
Ezequiel anuncia un nuevo pueblo, que en el Nuevo Testamento será convocado por
Dios mismo a través de la obra de su Hijo. Esta comunidad, cuyos miembros
tienen "corazón de carne" y a los que se les ha infundido el
"Espíritu", experimentará una presencia viva y operante de Dios
mismo, el cual animará a los creyentes actuando en ellos con su gracia eficaz.
"Quien guarda sus mandamientos -dice san Juan- permanece en Dios y Dios en
él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos
dio" (1Jn 3, 24).
5. Concluyamos nuestra meditación sobre el cántico de Ezequiel
escuchando a san Cirilo de Jerusalén, el cual, en su Tercera catequesis
bautismal, vislumbra en la página profética al pueblo del bautismo
cristiano.
En el bautismo -recuerda- se perdonan todos los pecados,
incluidas las transgresiones más graves. Por eso, el obispo dice a sus oyentes:
"Ten confianza, Jerusalén, el Señor eliminará tus iniquidades (cf. So 3, 14-15). El Señor lavará vuestras
inmundicias (...); "derramará sobre vosotros un agua pura que os
purificará de todo pecado" (Ez
36, 25). Los ángeles os rodean con júbilo y pronto cantarán:
"¿Quién es la que sube inmaculada, apoyada en su amado?" (Ct 8, 5).
En efecto, se trata del alma que era esclava y ahora, ya libre, puede llamar
hermano adoptivo a su Señor, el cual, acogiendo su propósito sincero, le dice:
"¡Qué bella eres, amada mía!, ¡qué bella eres!" (Ct 4, 1). (...) Así dice él, aludiendo
a los frutos de una confesión hecha con buena conciencia (...). Quiera Dios que
todos (...) mantengáis vivo el recuerdo de estas palabras y saquéis fruto de ellas
traduciéndolas en obras santas para presentaros irreprensibles al místico
Esposo, obteniendo así del Padre el perdón de los pecados" (n. 16: Le
catechesi, Roma 1993, pp. 79-80).
(L'Osservatore Romano - 12 de
septiembre de 2003)
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