Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 10 de marzo de 2004
Oración por la victoria del rey
1. La invocación final: «Señor, da la victoria al Rey y escúchanos
cuando te invocamos» (Salmo 19, 10), nos revela el origen del Salmo 19, que
hemos escuchado y en el que ahora vamos a meditar. Nos encontramos, por tanto,
ante un Salmo regio del antiguo Israel, proclamado en el templo de Sión durante
un rito solemne. En él se invoca la bendición divina sobre todo en «el día del
peligro» (versículo 2), es decir, en el momento en el que toda la nación queda
sobrecogida por una angustia profunda a causa de la pesadilla de una guerra. Se
evocan, de hecho, los carros y los caballos (Cf. Versículo 8) que parecen
avanzar en el horizonte; el rey y el pueblo los afrontan con su confianza en el
Señor, que se pone del lado de los débiles, de los oprimidos, de las víctimas
de la arrogancia de los conquistadores.
Es fácil comprender el que la tradición cristiana haya
transformado este Salmo en un himno a Cristo rey, el «consagrado» por
excelencia, «el Mesías» (Cf. versículo 7). Él no entra en el mundo con
ejércitos, sino con la potencia del Espíritu Santo, y lanza el ataque
definitivo contra el mal y la prevaricación, contra la prepotencia y el
orgullo, contra la mentira y el egoísmo. Se puede percibir el eco profundo de
la palabras que Cristo pronuncia dirigiéndose a Pilato, emblema del poder
imperial terreno: «Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido el
mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi
voz» (Juan 18, 37).
2. Examinando la trabazón de este Salmo, nos damos cuenta de que
refleja una liturgia celebrada en el templo de Jerusalén. En el escenario
aparece la asamblea de los hijos de Israel, que rezan por el rey, jefe de la
nación. Es más, al inicio se puede entrever el rito de un sacrificio, como los
sacrificios y holocaustos ofrecidos por el soberano al «Dios de Jacob» (Salmo
19, 2), que no abandona a «su ungido» (versículo 7), sino que lo protege y lo
apoya.
La oración se caracteriza por la convicción de que el Señor
es la fuente de la seguridad: sale al paso de la súplica confiada del rey de
toda la comunidad con la que está ligado por el vínculo de la alianza. El clima
es ciertamente el de un acontecimiento bélico, con todos los miedos y riesgos
que suscita. La Palabra de Dios no se presenta, por tanto, como un mensaje
abstracto, sino como una voz que se adapta a las pequeñas y grandes miserias de
la humanidad. Por este motivo, el Salmo refleja el lenguaje militar y la
atmósfera que domina sobre Israel en tiempos de guerra (Cf. versículo 6),
adaptándose así a los sentimientos del hombre en dificultad.
3. En el texto del Salmo, el versículo 7 da un giro. Mientras los
versículos precedentes expresan implícitamente peticiones dirigidas a Dios (Cf.
versículos 2-5), el versículo 7 afirma la certeza de haber sido escuchado:
«Ahora reconozco que el Señor da la victoria a su ungido, que lo ha escuchado
desde su santo cielo». El Salmo no precisa cuál ha sido el signo por el que ha
llegado a saber esto.
De todos modos, expresa claramente un contraste entre la
posición de los enemigos, que se basan en la fuerza material de sus carros y
caballos, y la posición de los israelitas, que ponen su confianza en Dios y
que, por tanto, salen victoriosos. Recuerda el célebre pasaje de David y
Goliat: ante las armas y la prepotencia del guerrero filisteo el joven judío se
enfrenta invocando el nombre del Señor que protege a los débiles e indefensos.
De hecho, David le dice a Goliat: «Tu vienes contra mí con espada, lanza y
jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor de los ejércitos... El no
salva con la espada ni con la lanza, porque el Señor es árbitro del combate»
(1Samuel 17, 45.47).
4. A pesar de su carácter histórico ligado a la guerra, el Salmo
puede convertirse en una invitación a no dejarse capturar nunca por la
atracción de la violencia. Isaías exclamaba también: «ay, los que... se apoyan
en la caballería y en los carros porque son muy potentes, mas no han puesto su
mirada en el Santo de Israel, ni al Señor han buscado» (Isaías 31, 1).
Ante todo tipo de malicia, el justo se opone con la fe, la
benevolencia, el perdón, el ofrecimiento de la paz. El apóstol Pablo advertirá
a los cristianos: «No devolváis a nadie mal por mal. Procurad el bien ante
todos los hombres» (Romanos 12, 17). Y el historiador de la Iglesia de los
primeros siglos, Eusebio de Cesarea (vivió entre los siglos III y IV), al
comentar nuestro salmo, ampliará la mirada hasta incluir el mal de la muerte
que el cristiano sabe que puede vencer por obra de Cristo: «Todas las potencias
adversas y los enemigos de Dios escondidos y visibles, rostros que huyen del
mismo Salvador, caerán. Pero todos los que reciban la salvación, resurgirán de
su antigua ruina. Por esto Simeón decía: "Este está puesto para caída y
resurrección de muchos", es decir, para la ruina de sus adversarios y enemigos
y para la resurrección de los que, una vez caídos, han sido resucitados por él»
(PG 23, 197).
[Traducción del original italiano realizada por Zenit.]