Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 31 de marzo de 2004
Himno de los
redimidos
1. El cántico que acabamos de escuchar, y que
meditaremos ahora, forma parte de la liturgia de Vísperas, cuyos salmos
estamos comentando progresivamente en nuestras catequesis semanales. Como
sucede con frecuencia en la praxis litúrgica, algunas composiciones orantes nacen
de la fusión de fragmentos bíblicos pertenecientes a páginas más amplias.
En nuestro caso se han tomado algunos versículos de los
capítulos 4 y 5 del Apocalipsis, en los que se representa una gloriosa y
grandiosa escena celestial. En su centro se eleva un trono sobre el que está
sentado Dios mismo, cuyo nombre por veneración no se pronuncia (cf. Ap 4, 2). Sucesivamente, sobre ese
trono se sienta un Cordero, símbolo de Cristo resucitado. En efecto, se habla
de un "Cordero degollado" pero "de pie", vivo y glorioso (Ap 5, 6).
En torno a estas dos figuras divinas se encuentra el coro de
la corte celestial, representada por cuatro "vivientes" (Ap 4, 6), que tal vez evocan a los
ángeles de la presencia divina en los puntos cardinales del universo, y por
"veinticuatro ancianos" (Ap
4, 4), en griego presbyteroi, o sea, los jefes de la comunidad
cristiana, cuyo número alude tanto a las doce tribus de Israel como a los doce
Apóstoles, es decir, la síntesis de las dos alianzas: la primera y la nueva.
2. Esta asamblea del pueblo de Dios entona un himno al Señor
exaltando su "gloria, honor y poder", que se han manifestado en el
acto de la creación del universo (cf. Ap
4, 11). En este momento se introduce un símbolo de gran importancia, en griego
un biblíon, es decir, un "libro", pero que es totalmente
inaccesible, pues siete sellos impiden su lectura (cf. Ap 5, 1).
Así pues, se trata de una profecía oculta. Ese libro
contiene toda la serie de los decretos divinos que se deben cumplir en la
historia humana para hacer que reine en ella la justicia perfecta. Si el libro
permanece sellado, esos decretos no pueden conocerse ni cumplirse, y la maldad
seguirá propagándose y oprimiendo a los creyentes. Entonces resulta necesaria
una intervención autorizada: la realizará precisamente el Cordero degollado y
resucitado. Él podrá "tomar el libro y abrir sus sellos" (Ap 5, 9).
Cristo es el gran intérprete y señor de la historia, el
revelador del hilo secreto de la acción divina que guía su desarrollo.
3. El himno prosigue indicando cuál es la base del poder de
Cristo sobre la historia. Esta base no es más que su misterio pascual (cf. Ap 5, 9-10). Cristo fue
"degollado" y con su sangre "rescató" a toda la humanidad
del poder del mal. El verbo "rescatar" remite al Éxodo, a la
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Para la antigua legislación,
el deber de rescatar correspondía al pariente más cercano. En el caso del
pueblo, este era Dios mismo, que llamaba a Israel su "primogénito" (Ex 4, 22).
Cristo es quien realiza esta obra en beneficio de toda la
humanidad. La redención llevada a cabo por él no sólo tiene la función de
rescatarnos de nuestro pasado de pecado, de curar nuestras heridas y sacarnos
de nuestras miserias. Cristo nos da un nuevo ser interior, nos hace sacerdotes
y reyes, partícipes de su misma dignidad.
Aludiendo a las palabras que Dios había proclamado en el
Sinaí (cf. Ex 19, 6; Ap 1, 6), el himno reafirma que el
pueblo de Dios redimido está constituido por reyes y sacerdotes que deben guiar
y santificar toda la creación. Es una consagración que tiene su raíz en la
Pascua de Cristo y se realiza en el bautismo (cf. 1 P 2, 9). De allí
brota una llamada a la Iglesia para que tome conciencia de su dignidad y de su
misión.
4. La tradición cristiana ha aplicado constantemente a Cristo la
imagen del Cordero pascual. Escuchemos las palabras de un obispo del siglo II,
Melitón de Sardes, una ciudad de Asia menor, el cual dice así en su Homilía
pascual: "Cristo bajó del cielo a la tierra por amor a la humanidad
sufriente, se revistió de nuestra humanidad en el seno de la Virgen y nació
como hombre... Como cordero fue llevado y como cordero fue degollado, y así nos
rescató de la esclavitud del mundo... Él nos llevó de la esclavitud a la
libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la opresión a
una realeza eterna; e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido
para siempre... Él es el cordero mudo, el cordero degollado, el hijo de María,
cordera sin mancha. Él fue tomado de la grey, llevado a la muerte, inmolado al
atardecer, sepultado al anochecer" (n. 66-71: SC 123, pp. 96-100).
Al final, el mismo Cristo, el Cordero inmolado, dirige su
llamamiento a todos los pueblos: "Venid, pues, todos vosotros, linajes de
hombres que estáis sumergidos en pecados, y recibid el perdón de los pecados.
En efecto, yo soy vuestro perdón, yo soy la Pascua de salvación, yo soy el
cordero inmolado por vosotros, yo soy vuestro rescate, yo soy vuestra vida, yo
soy vuestra resurrección, yo soy vuestra luz, yo soy vuestra salvación, yo soy
vuestro rey. Yo soy quien os llevo a la altura de los cielos, yo soy quien os
mostraré al Padre, el cual vive desde toda la eternidad; yo soy quien os
resucitaré con mi diestra" (n. 103: ib p. 122).