Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 2 de junio de 2004
Oración de un enfermo
1. Un motivo que nos impulsa a comprender y amar el
salmo 40, que acabamos de escuchar, es el hecho de que Jesús mismo lo citó: "No
me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que
cumplirse la Escritura: "El que come mi pan ha alzado contra mí su
talón"" (Jn 13, 18).
Es la última noche de su vida terrena y Jesús, en el
Cenáculo, está a punto de ofrecer el bocado del huésped a Judas, el traidor. Su
pensamiento va a esa frase del salmo, que en realidad es la súplica de un
enfermo, abandonado por sus amigos. En esa antigua plegaria Cristo encuentra
sentimientos y palabras para expresar su profunda tristeza.
Nosotros, ahora, trataremos de seguir e iluminar toda la
trama de este salmo, que afloró a los labios de una persona que ciertamente
sufría por su enfermedad, pero sobre todo por la cruel ironía de sus
"enemigos" (cf. Sal 40, 6-9)
e incluso por la traición de un "amigo" (cf. v. 10).
2. El salmo 40 comienza con una bienaventuranza, que tiene como
destinatario al amigo verdadero, al que "cuida del pobre y
desvalido": será recompensado por el Señor en el día de su sufrimiento,
cuando esté postrado "en el lecho del dolor" (cf. vv. 2-4).
Sin embargo, el núcleo de la súplica se encuentra en la
parte sucesiva, donde toma la palabra el enfermo (cf. vv. 5-10). Inicia su
discurso pidiendo perdón a Dios, de acuerdo con la tradicional concepción del
Antiguo Testamento, según la cual a todo dolor correspondía una culpa:
"Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti" (v. 5;
cf. Sal 37). Para el antiguo judío la enfermedad era una llamada a la
conciencia para impulsar a la conversión.
Aunque se trate de una visión superada por Cristo, Revelador
definitivo (cf.Jn 9, 1-3), el
sufrimiento en sí mismo puede encerrar un valor secreto y convertirse en senda
de purificación, de liberación interior y de enriquecimiento del alma. Invita a
vencer la superficialidad, la vanidad, el egoísmo, el pecado, y a abandonarse
más intensamente a Dios y a su voluntad salvadora.
3. En este momento entran en escena los malvados, los que han
venido a visitar al enfermo, no para consolarlo, sino para atacarlo (cf. vv.
6-9). Sus palabras son duras y hieren el corazón del orante, que experimenta
una maldad despiadada. Esa misma situación la experimentarán muchos pobres
humillados, condenados a estar solos y a sentirse una carga pesada incluso para
sus familiares. Y si de vez en cuando escuchan palabras de consuelo, perciben
inmediatamente en ellas un tono de falsedad e hipocresía.
Más aún, como decíamos, el orante experimenta la
indiferencia y la dureza incluso de sus amigos (cf. v. 10), que se transforman
en personajes hostiles y odiosos. El salmista les aplica el gesto de
"alzar contra él su talón", es decir, el acto amenazador de quien
está a punto de pisotear a un vencido o el impulso del jinete que espolea a su
caballo con el talón para que pisotee a su adversario.
Es profunda la amargura cuando quien nos hiere es "el
amigo" en quien confiábamos, llamado literalmente en hebreo "el
hombre de la paz". El pensamiento va espontáneamente a los amigos de Job
que, de compañeros de vida, se transforman en presencias indiferentes y hostiles
(cf. Jb 19, 1-6). En nuestro orante
resuena la voz de una multitud de personas olvidadas y humilladas en su
enfermedad y debilidad, incluso por parte de quienes deberían sostenerlas.
4. Con todo, la plegaria del salmo 40 no concluye con este fondo
oscuro. El orante está seguro de que Dios se hará presente, revelando una vez
más su amor (cf. vv. 11-14). Será él quien sostendrá y tomará entre sus brazos
al enfermo, el cual volverá a "estar en la presencia" de su Señor (v.
13), o sea, según el lenguaje bíblico, a revivir la experiencia de la liturgia
en el templo.
Así pues, el salmo, marcado por el dolor, termina con un
rayo de luz y esperanza. Desde esta perspectiva se logra entender por qué san
Ambrosio, comentando la bienaventuranza inicial (cf. v. 2), vio proféticamente
en ella una invitación a meditar en la pasión salvadora de Cristo, que lleva a
la resurrección. En efecto, ese Padre de la Iglesia, sugiere introducirse así
en la lectura del salmo: "Bienaventurado el que piensa en la miseria y en
la pobreza de Cristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. Rico en
su reino, pobre en la carne, porque tomó sobre sí esta carne de pobres. (...)
Así pues, no sufrió en la riqueza, sino en nuestra pobreza. Por consiguiente,
no sufrió la plenitud de la divinidad, (...) sino la carne. (...) Trata, pues,
de comprender el sentido de la pobreza de Cristo, si quieres ser rico. Trata de
comprender el sentido de su debilidad, si quieres obtener la salud. Trata de
comprender el sentido de su cruz, si no quieres avergonzarte de ella; el
sentido de su herida, si quieres curar las tuyas; el sentido de su muerte, si
quieres conseguir la vida eterna; el sentido de su sepultura, si quieres
encontrar la resurrección" (Commento a dodici salmi: Saemo, VIII,
Milán-Roma 1980, pp. 39-41).
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