Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 9 de junio de 2004
Viaje
apostólico a Suiza
1. Conservo en mi alma las imágenes de los diversos momentos del
breve pero intenso viaje que la divina Providencia me permitió realizar a
Suiza, el sábado y domingo pasados.
Deseo renovar la expresión de mi gratitud a los hermanos en
el episcopado y a las autoridades civiles, en particular al presidente de la
Confederación Helvética, por la acogida que me dispensaron y por todo el
esfuerzo de preparación que llevaron cabo. Doy también las gracias al Consejo
federal por la decisión de elevar el rango de la Representación diplomática de
Suiza ante la Santa Sede.
Expreso, asimismo, mi vivo agradecimiento a las Hermanas de la
Caridad de la Santa Cruz, que me hospedaron en su residencia de Viktoriaheim.
Por último, manifiesto mi gratitud a los que cuidaron los diversos aspectos de
este viaje pastoral.
2. El motivo principal de la peregrinación apostólica a esa amada
nación fue el encuentro con los jóvenes católicos de Suiza, que el
sábado pasado celebraron su primera asamblea nacional. Doy gracias al Señor por
haberme permitido vivir junto con ellos un momento de gran entusiasmo
espiritual y proponer a las nuevas generaciones suizas un mensaje que quisiera
extender a todos los jóvenes de Europa y del mundo.
Este mensaje, que llevo muy dentro de mi corazón, se puede
resumir en tres verbos: "Levántate", "Escucha", "Ponte
en camino". Son palabras que Cristo mismo, resucitado y vivo, repite a
cada muchacho y muchacha de nuestro tiempo. Es él quien invita a la juventud
del tercer milenio a "levantarse", es decir, a dar pleno sentido a
su vida. He querido hacerme eco de esta llamada con la convicción de que
únicamente Cristo, Redentor del hombre, puede ayudar a los jóvenes a
"levantarse" de experiencias y mentalidades negativas, para crecer
hasta la plena dimensión humana, espiritual y moral.
3. El domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad, por la
mañana, concelebré la Eucaristía con los obispos y numerosos sacerdotes
que acudieron de todo el país. El rito festivo tuvo lugar en la amplia
explanada de Allmend, situada delante del Palacio de deportes "Bea Bern
Expo". Así elevamos, con voz unánime, nuestra alabanza y acción de gracias
al Dios uno y trino por las bellezas de la creación, que en Suiza
abundan, y más aún por la comunión en el amor, cuya fuente es él.
A la luz de este misterio fundamental de la fe cristiana,
renové la llamada a la unidad de todos los cristianos, invitando ante
todo a los católicos a vivirla entre sí, haciendo de la Iglesia "la casa y
la escuela de la comunión" (Novo Millennio Ineunte, 43). El Espíritu Santo, que crea la unidad, impulsa
también a la misión, para que se testimonie y anuncie a todos la verdad
de Dios y del hombre, revelada en Cristo. En efecto, cada hombre lleva en sí la
huella de Dios uno y trino, y sólo encuentra paz en él.
4. Antes de dejar Berna, me reuní con la Asociación de ex Guardias
suizos. Fue una ocasión providencial para agradecer el valioso servicio
que, desde hace cinco siglos, presta a la Sede apostólica el cuerpo de
la Guardia suiza. ¡Cuántos miles de jóvenes, procedentes de las familias y las
parroquias suizas, han dado su singular contribución al Sucesor de Pedro a lo
largo de estos siglos! Jóvenes como todos, llenos de vida y de ideales, han
manifestado así su sincero amor a Cristo y a la Iglesia. Ojalá que los jóvenes
de Suiza y del mundo entero descubran la admirable unidad entre la fe y la
vida, y se preparen para cumplir con entusiasmo la misión a la que Dios los
llama.
María santísima, a la que de corazón doy gracias por la
realización de este 103° viaje apostólico, obtenga para todos este don tan
grande y valioso, que es el secreto de la auténtica alegría.