Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 16 de junio de 2004
Dios, refugio
y fortaleza de su pueblo
1. Acabamos de escuchar el primero de los seis
himnos a Sión que recoge el Salterio (cf. Sal 47, 75, 83, 86 y 121). El salmo
45, como las otras composiciones análogas, celebra la ciudad santa de
Jerusalén, "la ciudad de Dios, la santa morada del Altísimo" (v. 5),
pero sobre todo expresa una confianza inquebrantable en Dios, que "es
nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro" (v. 2;
cf. vv. 8 y 12). Este salmo evoca los fenómenos más tremendos para afirmar con
mayor fuerza la intervención victoriosa de Dios, que da plena seguridad.
Jerusalén, a causa de la presencia de Dios en ella, "no vacila" (v.
6).
El pensamiento va al oráculo del profeta Sofonías, que se
dirige a Jerusalén y le dice: "Alégrate, hija de Sión; regocíjate, Israel;
alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. (...) El Señor, tu Dios,
está en medio de ti, como poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti; te
renovará por su amor; se regocijará por ti con gritos de júbilo, como en los
días de fiesta" (So 3, 14. 17-18).
2. El salmo 45 se divide en dos grandes partes mediante una
especie de antífona, que se repite en los versículos 8 y 12: "El Señor de
los Ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob". El
título "Señor de los ejércitos" es típico del culto judío en el
templo de Sión y, a pesar de su connotación marcial, vinculada al arca de la
alianza, remite al señorío de Dios sobre todo el cosmos y sobre la historia.
Por tanto, este título es fuente de confianza, porque el
mundo entero y todas sus vicisitudes se encuentran bajo el gobierno supremo del
Señor. Así pues, este Señor está "con nosotros", como lo confirma la
antífona, con una referencia implícita al Emmanuel, el "Dios con
nosotros" (cf. Is 7, 14; Mt 1, 23).
3. La primera parte del himno (cf. Sal 45, 2-7) está centrada en el
símbolo del agua, que presenta dos significados opuestos. En efecto, por una
parte, braman las olas del mar, que en el lenguaje bíblico son símbolo de
devastaciones, del caos y del mal. Esas olas hacen temblar las estructuras del
ser y del universo, simbolizadas por los montes, que se desploman por la
irrupción de una especie de diluvio destructor (cf. vv. 3-4). Pero, por otra
parte, están las aguas saludables de Sión, una ciudad construida sobre áridos
montes, pero a la que alegra "el correr de las acequias" (v. 5).
El salmista, aludiendo a las fuentes de Jerusalén, como la
de Siloé (cf. Is 8, 6-7), ve
en ellas un signo de la vida que prospera en la ciudad santa, de su fecundidad
espiritual y de su fuerza regeneradora.
Por eso, a pesar de las convulsiones de la historia que
hacen temblar a los pueblos y vacilar a los reinos (cf. Sal 45, 7), el fiel
encuentra en Sión la paz y la serenidad que brotan de la comunión con Dios.
4. La segunda parte del salmo 45 (cf. vv. 9-11) puede describir
así un mundo transfigurado. El Señor mismo, desde su trono en Sión, interviene
con gran vigor contra las guerras y establece la paz que todos anhelan. Cuando
se lee el versículo 10 de nuestro himno: "Pone fin a la guerra hasta el
extremo del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los
escudos", el pensamiento va espontáneamente a Isaías.
También el profeta cantó el fin de la carrera de armamentos
y la transformación de los instrumentos bélicos de muerte en medios para el
desarrollo de los pueblos: "De las espadas forjarán arados; de las lanzas,
podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la
guerra" (Is 2, 4).
5. La tradición cristiana ha ensalzado con este salmo a Cristo
"nuestra paz" (cf. Ef 2, 14)
y nuestro liberador del mal con su muerte y resurrección. Es sugestivo el
comentario cristológico que hace san Ambrosio partiendo del versículo 6 del
salmo 45, en el que se asegura que Dios "socorre" a la ciudad
"al despuntar la aurora". El célebre Padre de la Iglesia ve en ello
una alusión profética a la resurrección.
En efecto -explica-, "la resurrección matutina nos
proporciona el apoyo del auxilio celestial; esa resurrección, que ha vencido a
la noche, nos ha traído el día, como dice la Escritura: "Despiértate y
levántate, resucita de entre los muertos. Y brillará para ti la luz de
Cristo". Advierte el sentido místico. Al atardecer se realizó la pasión de
Cristo. (...) Al despuntar la aurora, la resurrección. (...) Muere al atardecer
del mundo, cuando ya desaparece la luz, porque este mundo yacía totalmente en
tinieblas y estaría inmerso en el horror de tinieblas aún más negras si no hubiera
venido del cielo Cristo, luz de eternidad, a restablecer la edad de la
inocencia al género humano. Por tanto, el Señor Jesús sufrió y con su sangre
perdonó nuestros pecados, ha resplandecido la luz de una conciencia más limpia
y ha brillado el día de una gracia espiritual" (Commento a dodici
Salmi, SAEMO, VIII, Milán-Roma, 1980, p. 213).