Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la audiencia general
del miércoles 26 de mayo de 1999
«Escatología universal:
la humanidad en camino hacia el Padre»
1. El tema sobre el que estamos reflexionando en este último año de
preparación para el jubileo, es decir, el camino de la humanidad hacia el
Padre, nos sugiere meditar en la perspectiva escatológica, o sea, en la meta
final de la historia humana. Especialmente en nuestro tiempo todo procede con
increíble velocidad, tanto por los progresos de la ciencia y de la técnica como
por el influjo de los medios de comunicación social. Por eso, surge
espontáneamente la pregunta: ¿cuál es el destino y la meta final de la
humanidad? A este interrogante da una respuesta específica la palabra de Dios,
que nos presenta el designio de salvación que el Padre lleva a cabo en la
historia por medio de Cristo y con la obra del Espíritu.
En el Antiguo Testamento es fundamental la referencia al Éxodo, con su
orientación hacia la entrada en la Tierra prometida. El Éxodo no es solamente
un acontecimiento histórico, sino también la revelación de una actividad
salvífica de Dios, que se realizará progresivamente, como los profetas se
encargan de mostrar, iluminando el presente y el futuro de Israel.
2. En el tiempo del exilio, los profetas anuncian
un nuevo Éxodo, un regreso a la Tierra prometida. Con este renovado don de la
tierra, Dios no sólo reunirá a su pueblo disperso entre las naciones; también
transformará a cada uno en su corazón, o sea, en su capacidad de conocer, amar
y obrar: «Yo les daré un nuevo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo:
quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne, para
que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica,
y así sean mi pueblo y yo sea su Dios» (Ez 11, 19-20; cf. 36, 26-28).
El pueblo, esforzándose por cumplir las normas
establecidas en la alianza, podrá habitar en un ambiente parecido al que salió
de las manos de Dios en el momento de la creación: «Esta tierra, hasta ahora
devastada, se ha hecho como jardín de Edén, y las ciudades en ruinas,
devastadas y demolidas, están de nuevo fortificadas y habitadas» (Ez 36, 35). Se tratará de una alianza
nueva, concretada en la observancia de una ley escrita en el corazón (cf. Jr 31, 31-34).
Luego la perspectiva se ensancha y se anuncia la promesa
de una nueva tierra. La meta final es una nueva Jerusalén, en la que ya no
habrá aflicción, como leemos en el libro de Isaías: «He aquí que yo creo cielos
nuevos y tierra nueva (…). He aquí que yo voy a crear para Jerusalén alegría, y
para su pueblo gozo. Y será Jerusalén mi alegría, y mi pueblo mi gozo, y no se
oirán más en ella llantos ni lamentaciones» (Is 65, 17-19).
3. El Apocalipsis recoge esta visión. San Juan
escribe: «Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y
la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la ciudad santa,
la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una
novia ataviada para su esposo» (Ap
21, 1-2).
El paso a este estado de nueva creación exige un compromiso de santidad, que
el Nuevo Testamento revestirá de un radicalismo absoluto, como se lee en la
segunda carta de san Pedro: «Puesto que todas estas cosas han de disolverse
así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad,
esperando y acelerando la venida del día de Dios, en el que los cielos, en
llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos,
según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite
la justicia» (2 P 3, 11-13).
4. La resurrección de Cristo, su ascensión y el
anuncio de su regreso abrieron nuevas perspectivas escatológicas. En el
discurso pronunciado al final de la cena, Jesús dijo: «Voy a prepararos un
lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré
conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14, 2-3). Y san Pablo escribió a
los Tesalonicenses: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel
y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo
resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que
quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor
en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor» (1Ts 4, 16-17).
No se nos ha informado de la fecha de este acontecimiento
final. Es preciso tener paciencia, a la espera de Jesús resucitado, que, cuando
los Apóstoles le preguntaron si estaba a punto de restablecer el reino de
Israel, respondió invitándolos a la predicación y al testimonio: «A vosotros no
os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad,
sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y
seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines
de la tierra» (Hch 1, 7-8).
5. La tensión hacia el acontecimiento hay que
vivirla con serena esperanza, comprometiéndose en el tiempo presente en la
construcción del reino que al final Cristo entregará al Padre: «Luego, vendrá
el fin, cuando entregue a Dios Padre el reino, después de haber destruido todo
principado, dominación y potestad» (1Co 15, 24). Con Cristo, vencedor
sobre las potestades adversarias, también nosotros participaremos en la nueva
creación, la cual consistirá en una vuelta definitiva de todo a Aquel del que
todo procede. «Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces
también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para
que Dios sea todo en todos» (1Co
15, 28).
Por tanto, debemos estar convencidos de que «somos
ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo» (Flp 3, 20). Aquí abajo no tenemos una
ciudad permanente (cf. Hb 13, 14).
Al ser peregrinos, en busca de una morada definitiva, debemos aspirar, como
nuestros padres en la fe, a una patria mejor, «es decir, a la celestial» (Hb 11, 16).
(«O. R.», e. e 28-V-1999)
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