Catequesis
del Papa Juan Pablo II
DURANTE LA AUDIENCIA GENERAL
DEL MIÉRCOLES 23 DE JUNIO DE 1999
"El viaje apostólico a
Polonia"
1. Quisiera también hoy reflexionar sobre la peregrinación que tuve
la alegría de realizar a Polonia del 5 al 17 de este mes. Esta visita pastoral
a mi patria, la séptima y la más larga, tuvo lugar veinte años después de mi
primer viaje, realizado del 2 al 10 de junio de 1979. En vísperas del gran
jubileo del año 2000, compartí con la Iglesia en Polonia las celebraciones del
milenario de dos acontecimientos que están en el origen de su historia: la
canonización de san Adalberto y la institución en el país de la primera sede
metropolitana de Gniezno, con sus tres diócesis sufragáneas: Kolobrzeg,
Cracovia y Wroclaw. Además, clausuré el segundo Sínodo plenario
nacional y proclamé una nueva santa, así como numerosos beatos, testigos
ejemplares del amor de Dios.
«Dios es amor» fue el lema del viaje apostólico, que constituyó un gran
himno de alabanza al Padre celestial y a las maravillas de su misericordia. Por
eso, no dejo de darle gracias a él, Señor del mundo y de la historia, por
haberme permitido acudir una vez más a la tierra de mis padres, como peregrino
de fe y esperanza, y especialmente como peregrino de su amor.
Deseo renovar mi agradecimiento al señor presidente de la República y a las
autoridades del Estado por su acogida y su participación. Asimismo, fue para mí
un gran consuelo el encuentro fraterno con los pastores de la amada Iglesia en
Polonia, a los que de corazón doy las gracias por su gran compromiso y celo
apostólico. Extiendo mi agradecimiento a todos los que, de algún modo,
contribuyeron al éxito de mi visita: en particular, a los que oraron y ofrecieron
sus sufrimientos por este fin, y a los jóvenes, que participaron en gran número
en todas las etapas de esta peregrinación.
2. El hilo conductor de estos días fue la página evangélica de las
bienaventuranzas, que presenta el amor de Dios con los rasgos inconfundibles
del rostro de Cristo. ¡Qué gran alegría constituyó para mí proclamar, siguiendo
las huellas de san Adalberto, las ocho bienaventuranzas meditando en la
historia de mis padres! Al recuerdo de ese gran obispo y mártir se dedicaron
las etapas de Gdansk (Danzig), Pelplin y Elblag, en la
región del Báltico, donde sufrió el martirio. El pueblo polaco ha conservado
siempre la herencia de san Adalberto, que ha dado frutos espléndidos de
testimonio durante toda la historia de Polonia.
Al respecto, pude visitar ciudades donde se ve aún la huella de las
destrucciones de la segunda guerra mundial, de las ejecuciones masivas y de las
tremendas deportaciones. Sólo la fe en Dios, que es amor y misericordia, ha
hecho posible su reconstrucción material y moral. En Bygdoszcz, donde el
cardenal Wyszynski quiso construir el templo dedicado a los Santos
Mártires Hermanos Polacos, celebré la misa de los mártires, en honor de los
«soldados desconocidos» de la causa de Dios y del hombre que han muerto en este
siglo. En Torun proclamé beato al sacerdote Vicente Frelichowski (1913-1945),
que en su ministerio pastoral, y luego en el campo de concentración, fue
artífice de paz y testimonio hasta la muerte el amor de Dios entre los enfermos
de tifus del campo de Dachau. En Varsovia beatifiqué a ciento ocho mártires,
entre los que había obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, víctimas de
los campos de concentración durante la segunda guerra mundial.
En la capital, además, proclamé beatos a Edmundo Bojanowski, promotor
de obras educativas y caritativas, precursor de la doctrina conciliar sobre el
apostolado de los seglares, y a sor Regina Protmann, que unió la vida
contemplativa con el cuidado de los enfermos y la educación de niños y
adolescentes. En Stary Sacz proclamé santa a sor Cunegunda, figura
eminente del siglo XIII, modelo de caridad como esposa del príncipe polaco
Boleslao y, después de la muerte de éste, como monja clarisa.
Estos heroicos testigos de la fe demuestran que la «traditio» de la palabra
de Dios, escuchada y practicada, ha llegado desde san Adalberto hasta nuestros
días y se ha de encarnar con valentía en la sociedad actual, que se dispone a
cruzar el umbral del tercer milenio.
3. La fe en Polonia se ha alimentado y ha sido fuertemente sostenida
por la devoción al Sagrado Corazón y a la santísima Virgen María. El
culto al divino Corazón de Jesús tuvo en esta peregrinación un relieve
especial: como telón de fondo estuvo la consagración del género humano al
Sagrado Corazón, que realizó mi venerado predecesor León XIII por primera vez
exactamente hace cien años. La humanidad necesita entrar en el nuevo milenio
confiando en el amor misericordioso de Dios. Sin embargo, esto sólo es posible
acudiendo a Cristo Salvador, fuente inagotable de vida y santidad.
Y ¿qué decir del afecto filial que mis compatriotas albergan hacia su Reina,
María santísima? En Lichen bendije el nuevo gran santuario dedicado a
ella, y en algunas localidades, incluida mi ciudad natal, coroné veneradas
imágenes de la Virgen. En Sandomierz celebré la eucaristía en honor del
Corazón inmaculado de la santísima Virgen María.
Quisiera, asimismo, recordar mis encuentros de oración en Elk, Zamosc,
Varsovia-Praga, Lowicz, Sosnowiec y Gliwice, en mi ciudad natal de Wadowice
y mi visita al monasterio de Wigry.
Antes de volver a Roma, me arrodillé ante el icono venerando de la Virgen de
Czestochowa en Jasna Góra: fue un momento de profunda emoción
espiritual. A ella, «Virgen santa que defiende la clara Czestochowa» (cf.
Mickiewicz), le renové la consagración de mi vida y de mi ministerio petrino;
en sus manos puse la Iglesia que está en Polonia y en el mundo entero; a ella
le pedí el don precioso de la paz para toda la humanidad y de la solidaridad
entre los pueblos.
4. A lo largo de mi itinerario, en varias ocasiones pude dar gracias
a Dios por las transformaciones realizadas en Polonia en los últimos
veinte años en nombre de la libertad y la solidaridad. Lo hice en Gdansk, ciudad
símbolo del movimiento Solidaridad. Y lo hice, sobre todo, hablando al Parlamento
de la República, al que recordé las pacíficas luchas de la década de 1980 y
los cambios que se produjeron en 1989. Los principios morales de esas luchas
deben segur inspirando la vida política, para que la democracia se funde en
sólidos valores éticos: familia, vida humana, trabajo, educación y solicitud
por los débiles. En esos mismos días, en los que se renovaba el Parlamento
europeo, oré por el «viejo» continente, para que continúe siendo faro de
civilización y de auténtico progreso, redescubriendo sus raíces espirituales y
aprovechando plenamente las potencialidades de los pueblos que lo forman desde
los Urales hasta el Atlántico.
Además, en los dos encuentros con el mundo académico, celebrados en Torun
y en Varsovia, puse de relieve que han mejorado las relaciones entre la
Iglesia y los ambientes científicos, con grandes ventajas recíprocas. No puedo
olvidar la oración en Radzymin en recuerdo de la guerra de 1920, del Milagro
del Vístula.
En otras circunstancias, asimismo, elevé mi voz en defensa de las
personas o grupos sociales más débiles: la Iglesia, mientras realiza las
obras de misericordia, promueve la justicia y la solidaridad, siguiendo el
ejemplo de santos como la reina Eduvigis y Alberto Chmielowski, modelos
de comunión con los más pobres. El progreso no puede lograrse a costa de los
pobres ni de las clases económicamente menos fuertes, y tampoco a costa del medio
ambiente.
5. También tuve ocasión de reafirmar que la Iglesia da su
contribución al desarrollo integral de la nación, ante todo con la formación de
las conciencias. La Iglesia existe para evangelizar, es decir, para anunciar a
todos que «Dios es amor» y hacer que cada uno se pueda encontrar con él. El segundo
Sínodo plenario renovó este compromiso en la línea del concilio Vaticano II
y ala luz de los signos de los tiempos, llamando a todos los creyentes a una
generosa corresponsabilidad.
La evangelización no es creíble si, como cristianos, no nos amamos los unos
a los otros, según el mandamiento del Señor. En Siedlce y en
Varsovia, en la memoria de los beatos mártires de Podlasia, oré
junto con los fieles greco-católicos para que se superen las divisiones del
segundo milenio. Además, quise reunirme con los hermanos de otras confesiones,
para fortalecer los vínculos de unidad. En Drohiczyn, en
una liturgia ecuménica con gran participación, oramos juntamente con ortodoxos,
luteranos y otras comunidades eclesiales no católicas. Todos sentimos la
necesidad de la unidad de la Iglesia: debemos trabajar por su plena
realización, dispuestos a admitir las culpas y a perdonarnos recíprocamente.
La mañana del último día de mi peregrinación celebré la ecucaristía en la
catedral de Wawel. Así, despidiéndome de mi querida ciudad de Cracovia,
di gracias a Dios por el milenario de la archidiócesis.
6. Amadísimos hermanos y hermanas, alabemos juntos al Señor por estos
días de gracia. Repito hoy con vosotros:
Te Deum laudamus... Sí, te alabamos, oh Dios, por la santa Iglesia,
fundada en Cristo, piedra angular, en los apóstoles y mártires, y extendida por
toda la tierra. Te alabamos, en particular, por la Iglesia que esta en Polonia,
rica en fe y en obras de caridad.
Te alabamos, oh María, Madre de la Iglesia y Reina de Polonia. Insertada de
modo singular en el misterio de la Encarnación, ayuda a tu pueblo a vivir con
fe el gran jubileo, y socorre a cuantos, en sus dificultades, recurren a ti.
Ayúdanos a todos a escoger las realidades que no sufren ocaso: la fe, la
esperanza y la caridad. Ayúdanos, Madre, a vivir la caridad, la mayor de todas
las virtudes, porque «Dios es amor».
(«O. R.», e. e 25-VI-1999)