Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 27 de octubre de 1999
El amor preferencial por los pobres
1. El concilio Vaticano II subraya una dimensión
específica de la caridad, que nos lleva, a ejemplo de Cristo, a salir al
encuentro sobre todo de los más pobres: "Como Cristo fue enviado por
el Padre a "anunciar la buena nueva a los pobres, a sanar a los de corazón
destrozado" (Lc 4, 18),
"a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 9, 10), así también la Iglesia
abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso de la debilidad humana; más
aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador, pobre
y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en
ellos" (Lumen gentium, 8).
Hoy queremos profundizar en la enseñanza de la sagrada Escritura sobre las
motivaciones del amor preferencial por los pobres.
2. Ante todo, conviene observar que, del Antiguo
Testamento al Nuevo, existe un progreso en la valoración del pobre y de su
situación. En el Antiguo Testamento se manifiesta a menudo la convicción humana
común según la cual la riqueza es mejor que la pobreza y constituye la justa
recompensa reservada al hombre recto y temeroso de Dios: "Dichoso el que
teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. (...) En su casa habrá riquezas y
abundancia" (Sal 112, 1. 3). La pobreza se entiende como
castigo para quien rechaza la instrucción sapiencial (cf. Pr 13, 18).
Pero, desde otra perspectiva, el pobre es objeto de
particular atención en cuanto víctima de una injusticia perversa. Son famosas
las invectivas de los profetas contra la explotación de los pobres. El profeta
Amós (cf. Am 2, 6-15) incluye la
opresión del pobre entre las acusaciones contra Israel: "Venden al justo
por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisan contra el polvo de la
tierra la cabeza de los débiles, y tuercen el camino de los humildes" (Am 2, 6-7). También Isaías subraya la
vinculación de la pobreza con la injusticia: "¡Ay de los que dan leyes
inicuas, y de los escribas que escriben prescripciones tiránicas, para apartar
del tribunal a los pobres, y conculcar el derecho de los desvalidos de mi
pueblo, para despojar a las viudas y robar a los huérfanos" (Is 10, 1-2).
Esta vinculación explica también por qué abundan las
normas en defensa de los pobres y de los que son más débiles socialmente:
"No vejarás a viuda ni a huérfano. Si lo haces, clamarán a mí, y yo oiré su
clamor" (Ex 22, 21-22; cf. Pr 22, 22-23; Si 4, 1-10). Defender al pobre es
honrar a Dios, padre de los pobres. Por tanto, se justifica y se recomienda la
generosidad con respecto a ellos (cf. Dt
15, 1-11; 24, 10-15; Pr 14, 21;
17, 5).
En la progresiva profundización del tema de la pobreza,
ésta va asumiendo poco a poco un valor religioso. Dios habla de "sus"
pobres (cf. Is 49, 13), que llegan
a identificarse con "el resto de Israel", pueblo humilde y pobre,
según una expresión del profeta Sofonías (cf.So 3, 12). También del futuro Mesías
se dice que se interesará por los pobres y oprimidos, como afirma Isaías en el
conocido texto sobre el retoño que brotará del tronco de Jesé: "Juzgará
con justicia a los pobres y sentenciará con rectitud a los oprimidos de la
tierra" (Is 11, 4).
3. Por eso, en el Nuevo Testamento se anuncia a los
pobres la buena nueva de la liberación, como Jesús mismo subraya, aplicándose
la profecía del libro de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la
libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19, cf. Is 61, 1-2).
Es preciso asumir la actitud interior del pobre para poder
participar del "reino de los cielos" (cf. Mt 5, 3; Lc 6, 20). En la parábola de la gran
cena los pobres y los lisiados, los ciegos y los cojos, es decir, todas las
clases sociales más afligidas y marginadas, son invitados al banquete (cf. Lc 14, 21). Santiago dirá que Dios
"escogió a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del
reino que prometió a los que le aman" (St 2, 5).
4. La pobreza "evangélica" implica siempre un gran amor a los
más pobres de este mundo. En este tercer año de preparación para el gran
jubileo es necesario redescubrir a Dios como Padre providente que se inclina
sobre los sufrimientos humanos para elevar a los que se encuentran inmersos en
ellos. También nuestra caridad debe traducirse en participación y promoción
humana, entendida como crecimiento integral de toda persona.
La radicalidad evangélica ha impulsado a numerosos
discípulos de Jesús, a lo largo de la historia, a buscar la pobreza hasta el
punto de vender sus bienes y darlos como limosna. La pobreza aquí llega a ser
una virtud que, además de aligerar la situación del pobre, se transforma en
camino espiritual gracias al cual puede alcanzar la verdadera riqueza, o sea,
un tesoro inagotable en los cielos (cf. Lc
12, 32-34). La pobreza material nunca es fin en sí misma, sino un medio
para seguir a Cristo, el cual, como recuerda san Pablo a los Corintios,
"siendo rico, se hizo pobre por vosotros, a fin de que os enriquecierais
con su pobreza" (2Co 8, 9).
5. Aquí no puedo por menos de destacar, una vez más, que los pobres
constituyen el desafío actual, sobre todo para los pueblos ricos de nuestro
planeta, donde millones de personas viven en condiciones inhumanas y muchos,
literalmente, mueren de hambre. No se puede anunciar a Dios Padre a estos
hermanos sin el compromiso de colaborar en nombre de Cristo con vistas a la
construcción de una sociedad más justa.
La Iglesia se ha esforzado siempre, especialmente con su magisterio social,
desde la Rerum novarum hasta la Centesimus
Annus, por afrontar el tema de los más pobres. El gran jubileo
del año 2000 debe vivirse como una nueva ocasión de fuerte conversión de los
corazones, para que el Espíritu Santo suscite en esta dirección nuevos
testigos. Los cristianos, juntamente con todos los hombres de buena voluntad,
deberán contribuir, mediante adecuados programas económicos y políticos, a los
cambios estructurales tan necesarios para que la humanidad se libre de la plaga
de la pobreza (cf. Centesimus Annus, 57).
(L'Osservatore Romano - 29 de octubre de 1999)