Carta
del Papa Juan Pablo II
A los artistas
1999, CIUDAD DEL VATICANO
A los que con apasionada entrega
buscan nuevas « epifanías » de la belleza
para ofrecerlas al mundo
a través de la creación artística.
« Dios vio cuanto había hecho, y todo estaba muy bien » (Gn 1, 31)
El
artista, imagen de Dios Creador
1. Nadie mejor que vosotros, artistas, geniales constructores de belleza,
puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación,
contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado
infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual que los artistas de
todos los tiempos, atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y
de las palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de
vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel misterio
de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en
cierto modo asociaros.
Por esto me ha parecido que no hay palabras más apropiadas que las del
Génesis para comenzar esta Carta dirigida a vosotros, a quienes me siento unido
por experiencias que se remontan muy atrás en el tiempo y han marcado de modo
indeleble mi vida. Con este texto quiero situarme en el camino del fecundo
diálogo de la Iglesia con los artistas que en dos mil años de historia no se ha
interrumpido nunca, y que se presenta también rico de perspectivas de futuro en
el umbral del tercer milenio.
En realidad, se trata de un diálogo no solamente motivado por circunstancias
históricas o por razones funcionales, sino basado en la esencia misma tanto de
la experiencia religiosa como de la creación artística. La página inicial de la
Biblia nos presenta a Dios casi como el modelo ejemplar de cada persona que
produce una obra: en el hombre artífice se refleja su imagen de Creador. Esta
relación se pone en evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el
léxico entre las palabras stwóeca (creador) y twórcam (artífice).
¿Cuál es la diferencia entre « creador » y « artífice »?
El que crea da el ser mismo, saca alguna cosa de la nada —ex nihilo sui et
subiecti, se dice en latín— y esto, en sentido estricto, es el modo de proceder
exclusivo del Omnipotente. El artífice, por el contrario, utiliza algo ya
existente, dándole forma y significado. Este modo de actuar es propio del
hombre en cuanto imagen de Dios. En efecto, después de haber dicho que Dios
creó el hombre y la mujer « a imagen suya » (cf. Gn 1, 27), la Biblia añade que les
confió la tarea de dominar la tierra (cf. Gn 1, 28). Fue en el último día de la
creación (cf. Gn 1, 28-31). En los
días precedentes, como marcando el ritmo de la evolución cósmica, el Señor
había creado el universo. Al final creó al hombre, el fruto más noble de su
proyecto, al cual sometió el mundo visible como un inmenso campo donde expresar
su capacidad creadora.
Así pues, Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la
tarea de ser artífice. En la « creación artística » el hombre se revela más que
nunca « imagen de Dios » y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la
estupenda « materia » de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio
creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable
condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su sabiduría
trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora. Obviamente, es una
participación que deja intacta la distancia infinita entre el Creador y la
criatura, como señalaba el Cardenal Nicolás de Cusa: « El arte creador, que el
alma tiene la suerte de alojar, no se identifica con aquel arte por esencia que
es Dios, sino que es solamente una comunicación y una participación del mismo
».1
Por esto el artista, cuanto más consciente es de su « don », tanto más se
siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación con ojos capaces
de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza. Sólo así
puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia vocación y misión.
La
especial vocación del artista
2. No todos están llamados a ser artistas en el sentido específico de la
palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre se le
confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer
de ella una obra de arte, una obra maestra.
Es importante entender la distinción, pero también la conexión, entre estas
dos facetas de la actividad humana. La distinción es evidente. En efecto, una
cosa es la disposición por la cual el ser humano es autor de sus propios actos
y responsable de su valor moral, y otra la disposición por la cual es artista y
sabe actuar según las exigencias del arte, acogiendo con fidelidad sus
dictámenes específicos.2 Por eso el artista es capaz de producir
objetos, pero esto, de por sí, nada dice aún de sus disposiciones morales. En
efecto, en este caso, no se trata de realizarse uno mismo, de formar la propia
personalidad, sino solamente de poner en acto las capacidades operativas, dando
forma estética a las ideas concebidas en la mente.
Pero si la distinción es fundamental, no lo es menos la conexión entre estas
dos disposiciones, la moral y la artística. Éstas se condicionan profundamente
de modo recíproco. En efecto, al modelar una obra el artista se expresa a sí
mismo hasta el punto de que su producción es un reflejo singular de su mismo
ser, de lo que él es y de cómo es. Esto se confirma en la historia de la
humanidad, pues el artista, cuando realiza una obra maestra, no sólo da vida a
su obra, sino que por medio de ella, en cierto modo, descubre también su propia
personalidad. En el arte encuentra una dimensión nueva y un canal
extraordinario de expresión para su crecimiento espiritual. Por medio de las
obras realizadas, el artista habla y se comunica con los otros. La historia del
arte, por ello, no es sólo historia de las obras, sino también de los hombres.
Las obras de arte hablan de sus autores, introducen en el conocimiento de su
intimidad y revelan la original contribución que ofrecen a la historia de la
cultura.
La
vocación artística al servicio de la belleza
3. Escribe un conocido poeta polaco, Cyprian Norwid: « La belleza sirve para
entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir ».3
El tema de la belleza es propio de una reflexión sobre el arte. Ya se ha
visto cuando he recordado la mirada complacida de Dios ante la creación. Al
notar que lo que había creado era bueno, Dios vio también que era bello.4
La relación entre bueno y bello suscita sugestivas reflexiones. La belleza es
en un cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la
condición metafísica de la belleza. Lo habían comprendido acertadamente los
griegos que, uniendo los dos conceptos, acuñaron una palabra que comprende a
ambos: « kalokagathia », es decir « belleza-bondad ». A este respecto escribe
Platón: « La potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello ».5
El modo en que el hombre establece la propia relación con
el ser, con la verdad y con el bien, es viviendo y trabajando. El artista vive
una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real puede decirse que
la belleza es la vocación a la que el Creador le llama con el don del « talento
artístico ». Y, ciertamente, también éste es un talento que hay que desarrollar
según la lógica de la parábola evangélica de los talentos (cf. Mt 25, 14-30).
Entramos aquí en un punto esencial. Quien percibe en sí mismo esta especie
de destello divino que es la vocación artística —de poeta, escritor, pintor,
escultor, arquitecto, músico, actor, etc.— advierte al mismo tiempo la
obligación de no malgastar ese talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al
servicio del prójimo y de toda la humanidad.
El
artista y el bien común
4. La sociedad, en efecto, tiene necesidad de artistas, del mismo modo que
tiene necesidad de científicos, técnicos, trabajadores, profesionales, así como
de testigos de la fe, maestros, padres y madres, que garanticen el crecimiento
de la persona y el desarrollo de la comunidad por medio de ese arte eminente
que es el « arte de educar ». En el amplio panorama cultural de cada nación,
los artistas tienen su propio lugar. Precisamente porque obedecen a su
inspiración en la realización de obras verdaderamente válidas y bellas, non
sólo enriquecen el patrimonio cultural de cada nación y de toda la humanidad,
sino que prestan un servicio social cualificado en beneficio del bien común.
La diferente vocación de cada artista, a la vez que determina el ámbito de
su servicio, indica las tareas que debe asumir, el duro trabajo al que debe
someterse y la responsabilidad que debe afrontar. Un artista consciente de todo
ello sabe también que ha de trabajar sin dejarse llevar por la búsqueda de la
gloria banal o la avidez de una fácil popularidad, y menos aún por la ambición
de posibles ganancias personales. Existe, pues, una ética, o más bien una «
espiritualidad » del servicio artístico que de un modo propio contribuye a la
vida y al renacimiento de un pueblo. Precisamente a esto parece querer aludir
Cyprian Norwid cuando afirma: « La belleza sirve para entusiasmar en el
trabajo, el trabajo para resurgir ».
El arte
ante el misterio del Verbo encarnado
5. La ley del Antiguo Testamento presenta una prohibición
explícita de representar a Dios invisible e inexpresable con la ayuda de una «
imagen esculpida o de metal fundido » (Dt
27, 25), porque Dios transciende toda representación material: « Yo soy el
que soy » (Ex 3, 14). Sin embargo, en el misterio de la Encarnación el Hijo de
Dios en persona se ha hecho visible: « Al llegar la plenitud de los tiempos,
Dios envió a su Hijo, nacido de mujer » (Ga
4, 4). Dios se hizo hombre en Jesucristo, el cual ha pasado a ser así « el
punto de referencia para comprender el enigma de la existencia humana, del
mundo creado y de Dios mismo ».6
Esta manifestación fundamental del « Dios-Misterio » aparece como animación
y desafío para los cristianos, incluso en el plano de la creación artística. De
ello se deriva un desarrollo de la belleza que ha encontrado su savia
precisamente en el misterio de la Encarnación. En efecto, el Hijo de Dios, al
hacerse hombre, ha introducido en la historia de la humanidad toda la riqueza
evangélica de la verdad y del bien, y con ella ha manifestado también una nueva
dimensión de la belleza, de la cual el mensaje evangélico está repleto.
La Sagrada Escritura se ha convertido así en una especie de « inmenso
vocabulario » (P. Claudel) y de « Atlas iconográfico » (M. Chagall) del que se
han nutrido la cultura y el arte cristianos. El mismo Antiguo Testamento,
interpretado a la luz del Nuevo, ha dado lugar a inagotables filones de
inspiración. A partir de las narraciones de la creación, del pecado, del
diluvio, del ciclo de los Patriarcas, de los acontecimientos del éxodo, hasta
tantos otros episodios y personajes de la historia de la salvación, el texto
bíblico ha inspirado la imaginación de pintores, poetas, músicos, autores de
teatro y de cine. Una figura como la de Job, por citar sólo un ejemplo, con su
desgarradora y siempre actual problemática del dolor, continúa suscitando el
interés filosófico, literario y artístico. Y ¿qué decir del Nuevo Testamento?
Desde la Navidad al Gólgota, desde la Transfiguración a la Resurrección, desde
los milagros a las enseñanzas de Cristo, llegando hasta los acontecimientos
narrados en los Hechos de los Apóstoles o los descritos por el Apocalipsis en
clave escatológica, la palabra bíblica se ha hecho innumerables veces imagen,
música o poesía, evocando con el lenguaje del arte el misterio del « Verbo
hecho carne ».
Todo ello constituye un vasto capítulo de fe y belleza en la historia de la
cultura, del que se han beneficiado especialmente los creyentes en su
experiencia de oración y de vida. Para muchos de ellos, en épocas de escasa
alfabetización, las expresiones figurativas de la Biblia representaron incluso
una concreta mediación catequética.7 Pero para todos, creyentes o
no, las obras inspiradas en la Escritura son un reflejo del misterio insondable
que rodea y está presente en el mundo.
Alianza
fecunda entre Evangelio y arte
6. La auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los
sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio escondido. Dicha
intuición brota de lo más íntimo del alma humana, allí donde la aspiración a
dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la
belleza y de la unidad misteriosa de las cosas. Todos los artistas tienen en
común la experiencia de la distancia insondable que existe entre la obra de sus
manos, por lograda que sea, y la perfección fulgurante de la belleza percibida
en el fervor del momento creativo: lo que logran expresar en lo que pintan,
esculpen o crean es sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos
instantes ha brillado ante los ojos de su espíritu.
El creyente no se maravilla de esto: sabe que por un
momento se ha asomado al abismo de luz que tiene su fuente originaria en Dios.
¿Acaso debe sorprenderse de que el espíritu quede como abrumado hasta el punto
de no poder expresarse sino con balbuceos? El verdadero artista está dispuesto
a reconocer su limitación y hacer suyas las palabras del apóstol Pablo, según
el cual « Dios no habita en santuarios fabricados por manos humanas », de modo
que « no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o
la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano » (Hch 17, 24.29). Si ya la realidad
íntima de las cosas está siempre « más allá » de las capacidades de penetración
humana, ¡cuánto más Dios en la profundidad de su insondable misterio!
El conocimiento de la fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro personal
con Dios en Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo, puede también
enriquecerse a través de la intuición artística. Un modelo elocuente de
contemplación estética que se sublima en la fe son, por ejemplo, las obras del
Beato Angélico. A este respecto, es muy significativa la lauda extática que San
Francisco de Asís repite dos veces en la chartula compuesta después de haber
recibido en el monte Verna los estigmas de Cristo: « ¡Tú eres belleza... Tú
eres belleza! ».8 San Buenaventura comenta: « Contemplaba en las
cosas bellas al Bellísimo y, siguiendo las huellas impresas en las criaturas,
seguía a todas partes al Amado ».9
Una sensibilidad semejante se encuentra en la espiritualidad oriental, donde
Cristo es calificado como « el Bellísimo, de belleza superior a todos los
mortales ».10 Macario el Grande comenta del siguiente modo la
belleza transfigurante y liberadora del Resucitado: « El alma que ha sido
plenamente iluminada por la belleza indecible de la gloria luminosa del rostro
de Cristo, está llena del Espíritu Santo... es toda ojo, toda luz, toda rostro
».11
Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad
más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un acercamiento muy
válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud humana encuentra su interpretación
completa. Este es el motivo por el que la plenitud evangélica de la verdad
suscitó desde el principio el interés de los artistas, particularmente
sensibles a todas las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad.
Los
principios
7. El arte que el cristianismo encontró en sus comienzos era el fruto maduro
del mundo clásico, manifestaba sus cánones estéticos y, al mismo tiempo,
transmitía sus valores. La fe imponía a los cristianos, tanto en el campo de la
vida y del pensamiento como en el del arte, un discernimiento que no permitía
una recepción automática de este patrimonio. Así, el arte de inspiración
cristiana comenzó de forma silenciosa, estrechamente vinculado a la necesidad
de los creyentes de buscar signos con los que expresar, basándose en la
Escritura, los misterios de la fe y de disponer al mismo tiempo de un « código
simbólico », gracias al cual poder reconocerse e identificarse, especialmente
en los tiempos difíciles de persecución. ¿Quién no recuerda aquellos símbolos
que fueron también los primeros inicios de un arte pictórico o plástico? El
pez, los panes o el pastor evocaban el misterio, llegando a ser, casi
insensiblemente, los esbozos de un nuevo arte.
Cuando, con el edicto de Constantino, se permitió a los cristianos expresarse
con plena libertad, el arte se convirtió en un cauce privilegiado de
manifestación de la fe. Comenzaron a aparecer majestuosas basílicas, en las que
se asumían los cánones arquitectónicos del antiguo paganismo, plegándolos a su
vez a las exigencias del nuevo culto. ¿Cómo no recordar, al menos, las antiguas
Basílicas de San Pedro y de San Juan de Letrán, construidas por cuenta del
mismo Constantino, o ese esplendor del arte bizantino, la Haghia Sophia de
Constantinopla, querida por Justiniano?
Mientras la arquitectura diseñaba el espacio sagrado, la necesidad de
contemplar el misterio y de proponerlo de forma inmediata a los sencillos
suscitó progresivamente las primeras manifestaciones de la pintura y la
escultura. Surgían al mismo tiempo los rudimentos de un arte de la palabra y
del sonido. Y, mientras Agustín incluía entre los numerosos temas de su
producción un De musica, Hilario, Ambrosio, Prudencio, Efrén el Sirio, Gregorio
Nacianceo y Paulino de Nola, por citar sólo algunos nombres, se hacían promotores
de una poesía cristiana, que con frecuencia alcanzaba un alto valor no sólo
teológico, sino también literario. Su programa poético valoraba las formas
heredadas de los clásicos, pero se inspiraba en la savia pura del Evangelio,
como sentenciaba con acierto el santo poeta de Nola: « Nuestro único arte es la
fe y Cristo nuestro canto ».12 Por su parte, Gregorio Magno, con la
compilación del Antiphonarium, ponía poco después las bases para el desarrollo
orgánico de una música sagrada tan original que de él ha tomado su nombre. Con
sus inspiradas modulaciones el Canto gregoriano se convertirá con los siglos en
la expresión melódica característica de la fe de la Iglesia en la celebración
litúrgica de los sagrados misterios. Lo « bello » se conjugaba así con lo «
verdadero », para que también a través de las vías del arte los ánimos fueran
llevados de lo sensible a lo eterno.
En este itinerario no faltaron momentos difíciles. Precisamente la
antigüedad conoció una áspera controversia sobre la representación del misterio
cristiano, que ha pasado a la historia con el nombre de « lucha iconoclasta ».
Las imágenes sagradas, muy difundidas en la devoción del pueblo de Dios, fueron
objeto de una violenta contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787,
que estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un acontecimiento
histórico no sólo para la fe, sino también para la cultura misma. El argumento
decisivo que invocaron los Obispos para dirimir la discusión fue el misterio de
la Encarnación: si el Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades
visibles, tendiendo un puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible,
de forma análoga se puede pensar que una representación del misterio puede ser
usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio. El icono
no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto representado.13
La Edad
Media
8. Los siglos posteriores fueron testigos de un gran desarrollo del arte
cristiano. En Oriente continuó floreciendo el arte de los iconos, vinculado a
significativos cánones teológicos y estéticos y apoyado en la convicción de
que, en cierto sentido, el icono es un sacramento. En efecto, de forma análoga
a lo que sucede en los sacramentos, hace presente el misterio de la Encarnación
en uno u otro de sus aspectos. Precisamente por esto la belleza del icono puede
ser admirada sobre todo dentro de un templo con lámparas que arden, produciendo
infinitos reflejos de luz en la penumbra. Escribe al respecto Pavel Florenskij:
« El oro, bárbaro, pesado y fútil a la luz difusa del día, se reaviva a la luz
temblorosa de una lámpara o de una vela, pues resplandece en miríadas de
centellas, haciendo presentir otras luces no terrestres que llenan el espacio
celeste ».14
En Occidente los puntos de vista de los que parten los artistas son muy
diversos, dependiendo en parte de las convicciones de fondo propias del
ambiente cultural de su tiempo. El patrimonio artístico que se ha ido formando
a lo largo de los siglos cuenta con innumerables obras sagradas de gran inspiración,
que provocan una profunda admiración aún en el observador de hoy. Se aprecia,
en primer lugar, en las grandes construcciones para el culto, donde la
funcionalidad se conjuga siempre con la fantasía, la cual se deja inspirar por
el sentido de la belleza y por la intuición del misterio. De aquí nacen los
estilos tan conocidos en la historia del arte. La fuerza y la sencillez del
románico, expresada en las catedrales o en los monasterios, se va desarrollando
gradualmente en la esbeltez y el esplendor del gótico. En estas formas, no se
aprecia únicamente el genio de un artista, sino el alma de un pueblo. En el
juego de luces y sombras, en las formas a veces robustas y a veces estilizadas,
intervienen consideraciones de técnica estructural, pero también las tensiones
características de la experiencia de Dios, misterio « tremendo » y « fascinante
». ¿Cómo sintetizar en pocas palabras, y para las diversas expresiones del
arte, el poder creativo de los largos siglos del medievo cristiano? Una entera
cultura, aunque siempre con las limitaciones propias de todo lo humano, se
impregnó del Evangelio y, cuando el pensamiento teológico producía la Summa de
Santo Tomás, el arte de las iglesias doblegaba la materia a la adoración del
misterio, a la vez que un gran poeta como Dante Alighieri podía componer « el
poema sacro, en el que han dejado su huella el cielo y la tierra », 15
como él mismo llamaba la Divina Comedia.
Humanismo
y Renacimiento
9. El fértil ambiente cultural en el que surge el extraordinario florecimiento
artístico del Humanismo y del Renacimiento, tiene repercusiones significativas
también en el modo en que los artistas de este período abordan el tema
religioso. Naturalmente, al menos en aquéllos más importantes, las
inspiraciones son tan variadas como sus estilos. No es mi intención, sin
embargo, recordar cosas que vosotros, artistas, sabéis de sobra. Al escribiros
desde este Palacio Apostólico, que es también como un tesoro de obras maestras
acaso único en el mundo, quisiera más bien hacerme voz de los grandes artistas
que prodigaron aquí las riquezas de su ingenio, impregnado con frecuencia de
gran hondura espiritual. Desde aquí habla Miguel Ángel, que en la Capilla
Sixtina, desde la Creación al Juicio Universal, ha recogido en cierto modo el
drama y el misterio del mundo, dando rostro a Dios Padre, a Cristo juez y al
hombre en su fatigoso camino desde los orígenes hasta el final de la historia.
Desde aquí habla el genio delicado y profundo de Rafael, mostrando en la
variedad de sus pinturas, y especialmente en la « Disputa » del Apartamento de
la Signatura, el misterio de la revelación del Dios Trinitario, que en la
Eucaristía se hace compañía del hombre y proyecta luz sobre las preguntas y las
expectativas de la inteligencia humana. Desde aquí, desde la majestuosa
Basílica dedicada al Príncipe de los Apóstoles, desde la columnata que arranca
de sus puertas como dos brazos abiertos para acoger a la humanidad, siguen
hablando aún Bramante, Bernini, Borromini o Maderno, por citar sólo los más
grandes, ofreciendo plásticamente el sentido del misterio que hace de la
Iglesia una comunidad universal, hospitalaria, madre y compañera de viaje de
cada hombre en la búsqueda de Dios.
El arte sagrado ha encontrado en este extraordinario complejo una expresión
de excepcional fuerza, alcanzando niveles de imperecedero valor estético y
religioso a la vez. Sea bajo el impulso del Humanismo y del Renacimiento, sea
por influjo de las sucesivas tendencias de la cultura y de la ciencia, su
característica más destacada es el creciente interés por el hombre, el mundo y
la realidad de la historia. Este interés, por sí mismo, en modo alguno supone
un peligro para la fe cristiana, centrada en el misterio de la Encarnación y,
por consiguiente, en la valoración del hombre por parte de Dios. Lo demuestran
precisamente los grandes artistas apenas mencionados. Baste pensar en el modo
en que Miguel Ángel expresa, en sus pinturas y esculturas, la belleza del
cuerpo humano.16
Por lo demás, en el nuevo ambiente de los últimos siglos, donde parece que
parte de la sociedad se ha hecho indiferente a la fe, tampoco el arte religioso
ha interrumpido su camino. La constatación se amplía si, de las artes
figurativas, pasamos a considerar el gran desarrollo que también en este
período de tiempo ha tenido la música sagrada, compuesta para las celebraciones
litúrgicas o vinculada al menos a temas religiosos. Además de tantos artistas
que se han dedicado preferentemente a ella —)cómo no recordar a Pier Luigi da
Palestrina, a Orlando di Lasso y Tomás Luis de Victoria—, es bien sabido que
muchos grandes compositores —desde Händel a Bach, desde Mozart a Schubert,
desde Beethoven a Berlioz, desde Liszt a Verdi— nos han dejado asimismo obras
de gran inspiración en este campo.
Hacia un
diálogo renovado
10. Es cierto, sin embargo, que en la edad moderna, junto a este humanismo
cristiano que ha seguido produciendo significativas obras de cultura y arte, se
ha ido también afirmando progresivamente una forma de humanismo caracterizado
por la ausencia de Dios y con frecuencia por la oposición a Él. Este clima ha
llevado a veces a una cierta separación entre el mundo del arte y el de la fe,
al menos en el sentido de un menor interés en muchos artistas por los temas
religiosos.
Vosotros sabéis que, a pesar de ello, la Iglesia ha seguido alimentando un
gran aprecio por el valor del arte como tal. En efecto, el arte, incluso más
allá de sus expresiones más típicamente religiosas, cuando es auténtico, tiene
una íntima afinidad con el mundo de la fe, de modo que, hasta en las
condiciones de mayor desapego de la cultura respecto a la Iglesia, precisamente
el arte continúa siendo una especie de puente tendido hacia la experiencia
religiosa. En cuanto búsqueda de la belleza, fruto de una imaginación que va
más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al
Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los
aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de
la expectativa universal de redención.
Se comprende así el especial interés de la Iglesia por el diálogo con el
arte y su deseo de que en nuestro tiempo se realice una nueva alianza con los
artistas, como auspiciaba mi venerado predecesor Pablo VI en su vibrante
discurso dirigido a los artistas durante el singular encuentro en la Capilla
Sixtina el 7 de mayo de 1964.17 La Iglesia espera que de esta
colaboración surja una renovada « epifanía » de belleza para nuestro tiempo,
así como respuestas adecuadas a las exigencias propias de la comunidad cristiana.
En el
espíritu del Concilio Vaticano II
11. El Concilio Vaticano II ha puesto las bases de una renovada relación
entre la Iglesia y la cultura, que tiene inmediatas repercusiones también en el
mundo del arte. Es una relación que se presenta bajo el signo de la amistad, de
la apertura y del diálogo. En la Constitución pastoral Gaudium et spes, los Padres conciliares
subrayaron la « gran importancia » de la literatura y las artes en la vida del
hombre: « También la literatura y el arte tienen gran importancia para la vida
de la Iglesia, ya que pretenden estudiar la índole propia del hombre, sus
problemas y su experiencia en el esfuerzo por conocerse mejor y perfeccionarse
a sí mismo y al mundo; se afanan por descubrir su situación en la historia y en
el universo, por iluminar las miserias y los gozos, las necesidades y las
capacidades de los hombres, y por diseñar un mejor destino para el hombre ».18
Sobre esta base, al concluir el Concilio, los Padres dirigieron un saludo y
una llamada a los artistas: « Este mundo en que vivimos —decían— tiene
necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la
verdad, pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que
resiste a la usura del tiempo, que une a las generaciones y las hace
comunicarse en la admiración ».19 Precisamente en este espíritu de
estima profunda por la belleza, la Constitución Sacrosanctum
concilium sobre la Sagrada Liturgia había recordado la histórica amistad de
la Iglesia con el arte y, hablando más específicamente del arte sacro, « cumbre
» del arte religioso, no dudó en considerar « noble ministerio » a la actividad
de los artistas cuando sus obras son capaces de reflejar de algún modo la
infinita belleza de Dios y de dirigir el pensamiento de los hombres hacia Él.20
También por su aportación « se manifiesta mejor el conocimiento de Dios » y «
la predicación evangélica se hace más transparente a la inteligencia humana ».21
A la luz de esto, no debe sorprender la afirmación del P. Marie Dominique
Chenu, según la cual el historiador de la teología haría un trabajo incompleto
si no reservara la debida atención a las realizaciones artísticas, tanto
literarias como plásticas, que a su manera no son « solamente ilustraciones
estéticas, sino verdaderos "lugares" teológicos ».22
La
Iglesia tiene necesidad del arte
12. Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene
necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en
lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. Debe por tanto
acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable. Ahora bien,
el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u otro aspecto del
mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición
de quien contempla o escucha. Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su
valor trascendente y de su halo de misterio.
La Iglesia necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar todo esto
en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las infinitas posibilidades
de las imágenes y de sus connotaciones simbólicas. Cristo mismo ha utilizado
abundantemente las imágenes en su predicación, en plena coherencia con la decisión
de ser Él mismo, en la Encarnación, icono del Dios invisible.
La Iglesia necesita también de los músicos. ¡Cuántas piezas sacras han
compuesto a lo largo de los siglos personas profundamente imbuidas del sentido
del misterio! Innumerables creyentes han alimentado su fe con las melodías
surgidas del corazón de otros creyentes, que han pasado a formar parte de la
liturgia o que, al menos, son de gran ayuda para el decoro de su celebración.
En el canto, la fe se experimenta como exuberancia de alegría, de amor, de
confiada espera en la intervención salvífica de Dios.
La Iglesia tiene necesidad de arquitectos, porque requiere lugares para
reunir al pueblo cristiano y celebrar los misterios de la salvación. Tras las terribles
destrucciones de la última guerra mundial y la expansión de las metrópolis,
muchos arquitectos de la nueva generación se han fraguado teniendo en cuenta
las exigencias del culto cristiano, confirmando así la capacidad de inspiración
que el tema religioso posee, incluso por lo que se refiere a los criterios
arquitectónicos de nuestro tiempo. En efecto, no pocas veces se han construido
templos que son, a la vez, lugares de oración y auténticas obras de arte.
El arte,
¿tiene necesidad de la Iglesia?
13. La Iglesia, pues, tiene necesidad del arte. Pero, )se puede decir
también que el arte necesita a la Iglesia? La pregunta puede parecer
provocadora. En realidad, si se entiende de manera apropiada, tiene una
motivación legítima y profunda. El artista busca siempre el sentido recóndito
de las cosas y su ansia es conseguir expresar el mundo de lo inefable. ¿Cómo
ignorar, pues, la gran inspiración que le puede venir de esa especie de patria
del alma que es la religión? ¿No es acaso en el ámbito religioso donde se
plantean las más importantes preguntas personales y se buscan las respuestas
existenciales definitivas?
De hecho, los temas religiosos son de los más tratados por los artistas de
todas las épocas. La Iglesia ha recurrido a su capacidad creativa para
interpretar el mensaje evangélico y su aplicación concreta en la vida de la
comunidad cristiana. Esta colaboración ha dado lugar a un mutuo enriquecimiento
espiritual. En definitiva, ha salido beneficiada la comprensión del hombre, de
su imagen auténtica, de su verdad. Se ha puesto de relieve también una peculiar
relación entre el arte y la revelación cristiana. Esto no quiere decir que el
genio humano no haya sido incentivado también por otros contextos religiosos.
Baste recordar el arte antiguo, especialmente griego y romano, o el todavía
floreciente de las antiquísimas civilizaciones del Oriente. Sin embargo, sigue
siendo verdad que el cristianismo, en virtud del dogma central de la
Encarnación del Verbo de Dios, ofrece al artista un horizonte particularmente
rico de motivos de inspiración. ¡Cómo se empobrecería el arte si se abandonara
el filón inagotable del Evangelio!
Llamada a
los artistas
14. Con esta Carta me dirijo a vosotros, artistas del mundo entero, para
confirmaros mi estima y para contribuir a reanudar
una más provechosa cooperación entre el arte y la Iglesia. La mía es una
invitación a redescubrir la profundidad de la dimensión espiritual y religiosa
que ha caracterizado el arte en todos los tiempos, en sus más nobles formas
expresivas. En este sentido os dirijo una llamada a vosotros, artistas de la
palabra escrita y oral, del teatro y de la música, de las artes plásticas y de
las más modernas tecnologías de la comunicación. Hago una llamada especial a
los artistas cristianos. Quiero recordar a cada uno de vosotros que la alianza
establecida desde siempre entre el Evangelio y el arte, más allá de las
exigencias funcionales, implica la invitación a adentrarse con intuición
creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio
del hombre.
Todo ser humano es, en cierto sentido, un desconocido para
sí mismo. Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que « manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre ».23 En Cristo, Dios ha
reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están llamados a dar
testimonio de ello; pero os toca a vosotros, hombres y mujeres que habéis
dedicado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de vuestra genialidad que
en Cristo el mundo ha sido redimido: redimido el hombre, redimido el cuerpo humano,
redimida la creación entera, de la cual san Pablo ha escrito que espera ansiosa
« la revelación de los hijos de Dios » (Rm
8, 19). Espera la revelación de los hijos de Dios también mediante el arte
y en el arte. Ésta es vuestra misión. En contacto con las obras de arte, la
humanidad de todos los tiempos —también la de hoy— espera ser iluminada sobre
el propio rumbo y el propio destino.
Espíritu
creador e inspiración artística
15. En la Iglesia resuena con frecuencia la invocación al Espíritu Santo:
Veni, Creator Spiritus... – « Ven, Espíritu creador, visita las almas de tus
fieles y llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo creaste ».24
El
Espíritu Santo, « el soplo » (ruah), es .
Aquél al que se refiere el libro del Génesis: « La tierra era caos y
confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por
encima de las aguas » (1, 2). Hay una gran afinidad entre las palabras « soplo
- espiración » e « inspiración ». El Espíritu es el misterioso artista del
universo. En la perspectiva del tercer milenio, quisiera que todos los artistas
reciban abundantemente el don de las inspiraciones creativas, de las que surge
toda auténtica obra de arte.
Queridos artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos, interiores y
exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No obstante, en toda
inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel « soplo » con el que el
Espíritu creador impregnaba desde el principio la obra de la creación.
Presidiendo sobre las misteriosas leyes que gobiernan el universo, el soplo
divino del Espíritu creador se encuentra con el genio del hombre, impulsando su
capacidad creativa. Lo alcanza con una especie de iluminación interior, que une
al mismo tiempo la tendencia al bien y a lo bello, despertando en él las
energías de la mente y del corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea
y darle forma en la obra de arte. Se habla justamente entonces, si bien de
manera análoga, de « momentos de gracia », porque el ser humano es capaz de
tener una cierta experiencia del Absoluto que le transciende.
La «
Belleza » que salva
16. Ya en los umbrales del tercer milenio, deseo a todos vosotros, queridos
artistas, que os lleguen con particular intensidad estas inspiraciones
creativas. Que la belleza que transmitáis a las generaciones del mañana
provoque asombro en ellas. Ante la sacralidad de la vida y del ser humano, ante
las maravillas del universo, la única actitud apropiada es el asombro.
De esto, desde el asombro, podrá surgir aquel entusiasmo del que habla
Norwid en el poema al que me refería al comienzo. Los hombres de hoy y de
mañana tienen necesidad de este entusiasmo para afrontar y superar los desafíos
cruciales que se avistan en el horizonte. Gracias a él la humanidad, después de
cada momento de extravío, podrá ponerse en pie y reanudar su camino.
Precisamente en este sentido se ha dicho, con profunda intuición, que « la
belleza salvará al mundo ».25
La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una
invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la belleza de las
cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios
que un enamorado de la belleza como san Agustín ha sabido interpretar de manera
inigualable: « ¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! ».26
Os deseo, artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a
todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el asombro se convierte
en admiración, embriaguez, gozo indecible.
Que el misterio de Cristo resucitado, con cuya contemplación exulta en estos
días la Iglesia, os inspire y oriente.
Que os acompañe la Santísima Virgen, la « tota pulchra » que innumerables
artistas han plasmado y que el gran Dante contempla en el fulgor del Paraíso
como « belleza, que alegraba los ojos de todos los otros santos ».27
« Surge del caos el mundo del espíritu ». Las palabras que Adam Michiewicz
escribía en un momento de gran prueba para la patria polaca, 28 me
sugieren un auspicio para vosotros: que vuestro arte contribuya a la
consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu
de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno.
Con mis mejores deseos.
Vaticano, 4 de abril de 1999, Pascua de
Resurrección.
NOTAS
(1) Dialogus de ludo globi, Lib. II: Philosophisch-Theologische Schriften,
Viena 1967, III, p. 332.
(2) Las virtudes morales, y entre ellas en particular la prudencia, permiten
al sujeto obrar en armonía con el criterio del bien y del mal moral, según la
recta ratio agibilium (el justo criterio de la conducta). El arte, al
contrario, es definido por la filosofía como recta ratio factibilium (el justo
criterio de las realizaciones).
(3) Promtehidion: Bogumi» vv. 185-186: Pisma wybrane, Varsovia 1968,
vol. 2, p. 216.
(4) La versión griega de los Setenta expresó adecuadamente este aspecto,
traduciendo el término t(o-)b (bueno) del texto hebreo con kalón (bello).
(5) Filebo, 65 A.
(6) Carta enc. Fides et Ratio (14 septiembre
1998), 80: AAS 91 (1999), 67.
(7) San Gregorio Magno formuló magistralmente este principio pedagógico en
una carta del 599 al Obispo de Marsella, Sereno: « La pintura se usa en las
iglesias para que los analfabetos, al menos mirando a las paredes, puedan leer
lo que no son capaces de descifrar en los códices », Epistulae, IX, 209: CCL
140 A, 1714.
(8) Alabanzas al Dios altísimo, vv. 7 y 10: Fonti Francescane, n. 261, Padua
1982, p. 177.
(9) 2 Legenda maior, IX, 1: Fonti Francescane, n. 1162, l. c p. 911.
(10) Enkomia del Orthós del Santo y Gran Sábado.
(11) Homilía, I, 2: PG 34, 451.
(12) « At nobis ars una fides et musica Christus »: Carmen 20, 31: CCL 203,
144.
(13) Cf. Carta ap. Duodecimum saeculum, al cumplirse el XII centenario del
II Concilio de Nicea (4 diciembre 1987), 8-9: AAS 80 (1988), 247-249.
(14) La prospettiva rovesciata ed altri scritti, Roma 1984, p. 63.
(15) Paraíso XXV, 1-2.
(16) Cf. Homilía durante la Santa Misa al término de los trabajos de
restauración de los frescos de Miguel Ángel (8 abril 1994): L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 15 abril 1994, 12.
(17) Cf. AAS 56 (1964), 438-444.
(18) N. 62.
(19) Mensaje a los artistas (8 diciembre 1965): AAS 54 (1966), 13.
(20) Cf. n. 122.
(21) Const. past. Gaudium et spes, 62.
(22) La teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9.
(23) CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
(24) Himno de Vísperas de Pentecostés.
(25) F. DOSTOIEVSKI, El Idiota, p. III, cap. V.
(26) « Sero te amavi! Pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi! »:
Confesiones, 10, 27, 38: CCL 27, 251.
(27) Paraíso, XXXI, 134-135.
(28) Oda do m»odoÑci, v. 69: Wybór poezji, Breslau 1986, vol. I, p.
63.