Carta
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del miércoles 4 de febrero de 2004
Peregrinación a los lugares
vinculados
con la historia de la salvación
LIBRERIA EDITRICE VATICANA
CIUDAD DEL VATICANO
A cuantos se preparan
a celebrar en la fe
el Gran Jubileo
1. Después de años de preparación, nos encontramos ya en el umbral del Gran
Jubileo. En estos años se han hecho muchas cosas en toda la Iglesia para
preparar este acontecimiento de gracia. Pero, como en vísperas de un viaje, ha
llegado el momento de ultimar los preparativos. En realidad, el Gran Jubileo no
consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia
interior. Las iniciativas exteriores sólo tienen sentido en la medida que son
expresiones de un profundo compromiso que nace en el corazón de las personas.
He querido llamar la atención de todos precisamente sobre esta dimensión
interior, tanto en la Carta apostólica Tertio Millennio
Adveniente como en la Bula de convocación del Jubileo Incarnationis
mysterium. Ambas han tenido una amplia y cordial acogida. Los Obispos han
encontrado en ellas indicaciones significativas y los temas propuestos para los
diversos años de preparación han sido largamente meditados. Por todo esto
quiero expresar mi gratitud al Señor y un sincero reconocimiento tanto a los
Pastores como a todo el Pueblo de Dios.
Ahora, la inminencia del Jubileo me sugiere proponer una reflexión, que va
unida a mi deseo de hacer personalmente, si Dios quiere, una especial
peregrinación jubilar, deteniéndome en algunos de los lugares particularmente
vinculados a la encarnación del Verbo de Dios, que es el acontecimiento al que
se refiere directamente el Año Santo del 2000.
Por tanto, mi meditación lleva a los « lugares » de Dios,
a aquellos espacios que Él ha elegido para poner su « tienda » entre nosotros (Jn 1, 14; cf. Ex 40, 34-35; 1Re 8, 10-13),
con el fin de permitir al ser humano un encuentro más directo con Él. De este
modo, completo en cierto sentido la reflexión de la Tertio
Millennio Adveniente, donde, con el trasfondo de la historia de la
salvación, la perspectiva dominante era la relevancia fundamental del « tiempo
». En realidad, en la concreta actuación del misterio de la Encarnación, la
dimensión del « espacio » no es menos importante que la del tiempo.
2. A primera vista, hablar de determinados « espacios » en
relación con Dios podría suscitar cierta perplejidad. ¿Acaso no está el
espacio, al igual que el tiempo, sometido enteramente al dominio de Dios? En
efecto, todo ha salido de sus manos y no hay lugar donde Dios no esté: « Del
Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes, él la
fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos » (Sal 23, 1-2). Dios está igualmente
presente en cada rincón de la tierra, de tal modo que todo el mundo puede ser
considerado como « templo » de su presencia.
Con todo, esto no impide que, así como el tiempo puede estar acompasado por kairoi,
momentos especiales de gracia, el espacio pueda estar marcado análogamente por
particulares intervenciones salvíficas de Dios. Por lo demás, esta es una
intuición presente en todas las religiones, en las cuales no solamente hay
tiempos, sino también lugares sagrados, en donde puede experimentarse el
encuentro con lo divino más intensamente de lo que sucede habitualmente en la
inmensidad del cosmos.
3. En relación con esta tendencia religiosa general, la
Biblia ofrece un mensaje específico, situando el tema del « espacio sagrado »
en el horizonte de la historia de la salvación. Por una parte, advierte sobre
los peligros inherentes a la definición de dicho espacio, cuando ésta se hace
en la perspectiva de una divinización de la naturaleza —a este propósito, se ha
de recordar la fuerte polémica antiidolátrica de los profetas en nombre de la
fidelidad a Yahveh, Dios del Éxodo— y, por otra, no excluye un uso cultual del
espacio, en la medida en que esto expresa plenamente la intervención específica
de Dios en la historia de Israel. El espacio sagrado se ve así progresivamente
« concentrado » en el templo de Jerusalén, donde el Dios de Israel quiere ser
venerado y, en cierto sentido, encontrado. Hacia el templo se dirigen los ojos
del peregrino de Israel y grande es su alegría cuando llega al lugar donde Dios
ha puesto su morada: « ¡Qué alegría cuando me dijeron: "vamos a la casa
del Señor"! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén » (Sal 121, 1-2).
En el Nuevo Testamento, esta « concentración » del espacio
sagrado alcanza su punto culminante en Cristo, que se convierte ahora en el
nuevo « templo » (cf. Jn 2, 21), en
el que habita la « plenitud de la divinidad » (Co 2, 9). Con su venida
el culto está llamado a superar radicalmente los templos materiales para llegar
a ser un culto « en espíritu y verdad » (Jn
4, 24). Asimismo, en Cristo, también la Iglesia es considerada « templo »
por el Nuevo Testamento (cf. 1Co 3, 17),
como lo es incluso cada discípulo de Cristo, en cuanto habitado por el Espíritu
Santo (cf. 1Co 6, 19; Rm 8, 11). Evidentemente, como
demuestra la historia de la Iglesia, todo esto no excluye que los cristianos
puedan tener lugares de culto; es necesario, sin embargo, que no se olvide su
carácter funcional respecto a la vida cultual y fraterna de la comunidad,
sabiendo que la presencia de Dios, por su naturaleza, no puede ser circunscrita
a ningún lugar, puesto que los impregna todos, teniendo en Cristo la plenitud
de su expresión y de su irradiación.
El misterio de la Encarnación, por tanto, transforma la
experiencia universal del « espacio sagrado », restringiéndola por un lado y,
por otra, resaltando su importancia en nuevos términos. En efecto, la
referencia al espacio está implicada en el mismo « hacerse carne » del Verbo
(cf. Jn 1, 14). Dios ha asumido en
Jesús de Nazaret las características propias de la naturaleza humana, incluida
la ineludible pertenencia del hombre a un pueblo concreto y a una tierra
determinada. « Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est ». Esta
expresión colocada en Belén, precisamente en el lugar en que, según la
tradición, nació Jesús, adquiere una peculiar resonancia: « Aquí, de la Virgen
María, nació Jesucristo ». La concreción física de la tierra y de su emplazamiento
geográfico está unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo.
4. Por eso, en la perspectiva del año bimilenario de la Encarnación, siento
un deseo muy grande de ir personalmente a orar a los principales lugares que,
desde el Antiguo al Nuevo Testamento, han conocido las intervenciones de Dios,
hasta llegar a la cima del misterio de la Encarnación y de la Pascua de Cristo.
Estos lugares están ya indeleblemente grabados en mi memoria, desde que en 1965
tuve la oportunidad de visitar Tierra Santa. Fue una experiencia inolvidable.
Aún hoy hojeo de buena gana las emotivas páginas que escribí entonces. « Llego
a estos lugares que Tú has llenado de ti de una vez para siempre... ¡Oh, lugar!
¡Cuántas veces, cuántas veces te has trasformado antes de que de suyo, se
hiciera también mío! Cuando Él te llenó la primera vez, no eras aún ningún
lugar exterior; eras sólo el seno de su Madre. ¡Oh! saber que las piedras sobre
las que caminó en Nazaret son las mismas que su pie tocaba cuando Ella era aún
tu lugar, el único en el mundo. ¡Encontrarte a través de una piedra que fue
tocada por el pie de tu Madre! ¡Oh lugar, lugar de Tierra Santa, qué espacio
ocupas en mi! Por eso no puedo pisarte con mis pasos; debo arrodillarme. Y así
dejar constancia de que has sido para mí un lugar de encuentro. Yo me arrodillo
y pongo así mi huella. Quedarás aquí con mi huella —quedarás, quedarás— y yo te
llevaré conmigo, te transformaré dentro de mí en un lugar de nuevo testimonio.
Yo me voy como un testigo que dará testimonio de ti a través de los milenios »
(Karol Wojty»a, Poezje. Poems, Wydawnictwo Literackie, Cracovia 1998, p.
169).
Cuando escribía estas palabras, hace más de treinta años, no podía imaginar
que el testimonio al que entonces me comprometía lo habría dado hoy como
Sucesor de Pedro, puesto al servicio de toda la Iglesia. Es un testimonio que
me inserta en una larga cadena de personas que desde hace dos mil años han ido
en busca de las « huellas » de Dios en aquella tierra, justamente llamada «
santa », como recorriéndolas en las piedras, en los montes y las aguas que
hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios. Ya desde la
antigüedad es conocido el diario de viaje de la peregrina Egeria. ¡Cuántos
peregrinos, cuántos santos han seguido su itinerario a lo largo de los siglos!
Aún cuando las circunstancias históricas perturbaron el carácter esencialmente
pacífico de la peregrinación a Tierra Santa, dándole una fisionomía que, más
allá de las intenciones, concuerda bien poco con la imagen del Crucificado, los
cristianos más sensatos intentaban sólo encontrar en aquella tierra el recuerdo
vivo de Cristo. Quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las
Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de Asís, santo de
la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, los que, de parte de la cristiandad
de occidente, interpretaran en modo genuinamente evangélico el legítimo deseo
cristiano de custodiar los lugares en los que están nuestras raíces
espirituales.
5. Con este espíritu tengo intención de recorrer, si Dios quiere, con
ocasión del Gran Jubileo del 2000, las huellas de la historia de la salvación
en la tierra en la que ésta se ha desarrollado.
El punto de partida serán algunos lugares destacados del
Antiguo Testamento. Con ello deseo manifestar la conciencia que tiene la
Iglesia de su permanente vínculo con el antiguo pueblo de la alianza. Abraham
es también para nosotros « padre de la fe » por antonomasia (cf. Rm 4; Ga 3, 6-9; Hb 11, 8-19). En el Evangelio de Juan
se leen las palabras que Cristo pronunció un día sobre él: « Abraham se
regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró » (8, 56).
Precisamente a Abraham se refiere la primera etapa del
viaje que planeo en mis deseos. En efecto, me gustaría, si ésta es la voluntad
de Dios, ir a Ur de los Caldeos, la actual Tal al Muqayyar, en el sur de Irak,
ciudad donde, según la narración bíblica, Abraham oyó la palabra del Señor que
lo arrancaba de su tierra, de su pueblo, y en cierto modo de sí mismo, para
hacer de él el instrumento de un designio de salvación que abarcaba el futuro
del pueblo de la alianza e, incluso, todos los pueblos del mundo: « Yahveh dijo
a Abram: "Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a
la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré.
Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición [...]. Por ti se bendecirán todos
los linajes de la tierra" » (Gn
12, 1-3). Con estas palabras comienza el gran camino del Pueblo de Dios. En
Abraham ponen sus ojos no solamente los que se precian de ser descendencia
física suya, sino también cuantos —y son innumerables— se consideran su
descendencia « espiritual », porque comparten con él la fe y el abandono sin
reservas a la iniciativa salvífica del Omnipotente.
6. Las vicisitudes del pueblo de Abraham se desarrollaron
durante centenares de años en muchos lugares del próximo Oriente. Pero han
quedado como centrales los acontecimientos del Éxodo, cuando el pueblo de
Israel, tras una dura experiencia de esclavitud, se puso en marcha bajo la guía
de Moisés hacia la Tierra de su libertad. Aquel camino estuvo marcado por tres
momentos, vinculados a lugares montañosos llenos de misterio. En la fase
preliminar destaca, ante todo, el monte Oreb, otra denominación bíblica del
Sinaí, donde Moisés tuvo la revelación del nombre de Dios, signo de su misterio
y de su eficaz presencia salvífica: « Yo soy el que soy » (Ex 3, 14). También a Moisés, al igual
que a Abraham, se le pedía confiar en el designio de Dios y ponerse a la cabeza
de su pueblo. Comenzaron así los dramáticos acontecimientos de la liberación,
que permanecerían en la memoria de Israel como una experiencia basilar para su
fe.
Durante el camino por el desierto, también el Sinaí fue el
escenario en el que se estipuló la alianza entre Yahveh y su pueblo. Este monte
queda así unido al don del Decálogo, las « diez palabras » que comprometían a
Israel a una vida de total adhesión a la voluntad de Dios. Estas « palabras »,
en realidad, expresaban los pilares de la ley moral de carácter universal
escrita en el corazón de cada hombre, pero que a Israel le fueron consignadas
en el marco de un pacto recíproco de fidelidad, con el cual el pueblo se
comprometía a amar a Dios, recordando las maravillas realizadas por Él en el
Éxodo, mientras que Dios garantizaba su perenne benevolencia: « Yo, Yahveh, soy
tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre » (Ex 20, 2). Dios y el pueblo se
comprometían recíprocamente. Si en la visión de la zarza ardiente el Oreb, el
lugar del « nombre » y del « proyecto » de Dios, había sido sobre todo el «
monte de la fe », ahora, para el pueblo peregrino en el desierto, se convierte
en el lugar del encuentro y del pacto recíproco, en cierto sentido el « monte
del amor ». Cuántas veces, a lo largo de los siglos, denunciando la infidelidad
del pueblo a la alianza, los profetas la han descrito como una especie de
infidelidad « conyugal », una propia y verdadera traición del pueblo-esposa
respecto a Dios, su esposo (cf. Jr 2, 2;
Ez 16, 1-43).
Al final del camino del Éxodo se yergue otra cumbre, el
monte Nebo, desde el que Moisés pudo contemplar la Tierra prometida (cf. Dt 32, 49), sin el gozo de estar en
ella, pero con la certeza de haberla alcanzado finalmente. Su mirada desde el
Nebo es el símbolo mismo de la esperanza. Desde aquel monte, pudo constatar que
Dios había mantenido sus promesas. Una vez más, sin embargo, debía abandonarse
confiadamente a la omnipotencia divina para el cumplimiento definitivo del
designio preanunciado.
Probablemente no me será posible detenerme en todos estos lugares durante mi
peregrinación. Pero desearía al menos, si Dios quiere, visitar Ur, lugar de los
orígenes de Abraham, y hacer después una etapa en el célebre Monasterio de
Santa Catalina, en el Sinaí, el monte de la Alianza que resume en cierto modo
todo el misterio del Éxodo, paradigma perenne del nuevo Éxodo que tendrá su
pleno cumplimiento en el Gólgota.
7. Si éstos y otros itinerarios similares del Antiguo Testamento son tan
ricos de significado para nosotros, es obvio que el Año jubilar, conmemoración
solemne de la encarnación del Verbo, nos invita a detenernos sobre todo en los
lugares en los que se desarrolló la vida de Jesús.
Muy intenso es mi deseo de ir ante todo a Nazaret, ciudad
unida al momento mismo de la Encarnación y tierra en la que Jesús creció « en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Aquí se oyó el saludo del
Angel a María: « Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo » (Lc 1, 28). Aquí pronunció Ella su fiat
al anuncio que la llamaba a ser madre del Salvador y, por obra del Espíritu
Santo, seno acogedor para el Hijo de Dios.
Y, ¿cómo no acercarme a Belén, donde Cristo vio la luz, donde los pastores y
los Magos dieron voz a la adoración de toda la humanidad? En Belén se oyó
también, por vez primera, aquel anuncio de paz que, proclamado por los Ángeles,
continuaría resonando de generación en generación hasta nuestros días.
Jerusalén, el lugar de la muerte en cruz y de la resurrección del Señor
Jesús, será una etapa particularmente significativa.
Ciertamente, los lugares que evocan la vida terrena del
Salvador son mucho más numerosos y hay tantos que merecerían ser visitados.
¿Cómo olvidar, por ejemplo, el monte de las Bienaventuranzas, el monte de la
Transfiguración o Cesarea de Filipo, región en la cual Jesús confió a Pedro las
llaves del Reino de los cielos, constituyéndole fundamento de su Iglesia (cf. Mt 16, 13-19)? Se puede decir que en
Tierra Santa, de norte a sur, todo recuerda a Cristo. Pero deberé contentarme
con los lugares más representativos y Jerusalén, en cierto modo, los resume
todos. Aquí, si Dios quiere, tengo intención de sumirme en oración, llevando en
el corazón a toda la Iglesia. Aquí contemplaré los lugares en los que Cristo ha
dado su vida y la ha recuperado después en la resurrección, haciéndose don de
su Espíritu. Aquí quisiera gritar una vez más la inmensa y consoladora certeza
de que « tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que
crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16).
8. Entre los lugares de Jerusalén a los que están más unidos los
acontecimientos terrenos de Cristo, es casi obligada la visita al Cenáculo,
donde Jesús instituyó la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia.
Aquí, según la tradición, estaban reunidos en oración los Apóstoles, junto con
María, madre de Cristo, cuando el día de Pentecostés recibieron el Espíritu
Santo. Entonces comenzó la última etapa en el camino de la historia de la
salvación, el tiempo de la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, pueblo peregrino
en el tiempo, llamada a ser signo e instrumento de la íntima unión con Dios y
de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
La visita al Cenáculo quiere ser, pues, una vuelta a las
fuentes mismas de la Iglesia. El Sucesor de Pedro, que vive en Roma, el lugar
donde el Príncipe de los Apóstoles afrontó el martirio, ha de volver
constantemente al lugar en el que Pedro, el día de Pentecostés, comenzó a
proclamar en voz alta, con la fuerza embriagadora del Espíritu, la « buena
noticia » de que Jesucristo es el Señor (cf. Hch 2, 36).
9. La visita a los Santos Lugares de la vida terrena del
Redentor introduce, lógicamente, en los lugares que fueron significativos para
la Iglesia naciente y conocieron el empuje misionero de la primera comunidad
cristiana. Éstos serían muchos, si seguimos la narración de Lucas en los Hechos
de los Apóstoles. Pero, en particular, me gustaría poder detenerme en
meditación también en dos ciudades singularmente relacionadas con la vida de
Pablo, el apóstol de los Gentiles. Pienso ante todo en Damasco, lugar que evoca
su conversión. En efecto, el futuro apóstol se dirigía a aquella ciudad como
perseguidor cuando Cristo mismo se interpuso en su camino: « Saulo, Saulo, ¿por
qué me persigues? » (Hch 9, 4).
El celo de Pablo, una vez conquistado por Cristo, se extendió con una
progresión incontenible hasta alcanzar gran parte del mundo entonces conocido.
Muchas fueron las ciudades que él evangelizó. En particular, desearía pasar por
Atenas, en cuyo Areópago Pablo pronunció un discurso memorable (cf. Hch 17,
22-31). Teniendo en cuenta el papel de Grecia en la formación de la cultura
antigua, se comprende por qué aquel discurso puede ser considerado en cierto
modo como el símbolo mismo del encuentro del Evangelio con la cultura humana.
10. Abandonándome totalmente a lo que disponga la divina voluntad, me
gustaría que, al menos en sus puntos esenciales, puediera llevarse a cabo este
proyecto. Se trata de una peregrinación exclusivamente religiosa, tanto por su
naturaleza como por su finalidad, y me desagradaría que a este proyecto mío se
le atribuyeran otros significados diferentes. Más aún, ya desde ahora lo estoy
recorriendo en sentido espiritual, puesto que ir a estos lugares, aunque sólo
sea con el pensamiento, significa en cierto modo releer el Evangelio mismo,
hacer las rutas que ha seguido la Revelación.
Ir con espíritu de oración de un lugar a otro, de una a otra ciudad, en el espacio
particularmente marcado por la intervención de Dios, no solamente nos ayuda a
vivir nuestra vida como un camino, sino que nos presenta plásticamente la idea
de un Dios que nos ha anticipado y nos precede, que se ha puesto él mismo en
camino por las sendas de los hombres, que no nos mira desde lo alto sino que se
ha hecho nuestro compañero de viaje.
La peregrinación a los Santos Lugares se convierte así en una experiencia
extraordinariamente significativa, evocada en cierto modo por cualquier otra
peregrinación jubilar. En efecto, la Iglesia no puede olvidar sus raíces; más
aún, debe volver a ellas continuamente para mantenerse fiel al designio de
Dios. Por eso he escrito en la Bula Incarnationis mysterium que el
Jubileo, celebrado contemporáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las
Iglesias locales de todo el mundo, « tendrá, por decirlo de algún modo, dos
centros: por una parte la Ciudad donde la Providencia quiso poner la sede del
Sucesor de Pedro, y por otra, Tierra Santa, en la que el Hijo de Dios nació
como hombre tomando carne de una Virgen llamada María » (n. 2).
Esta atención a Tierra Santa, a la vez que expresa el
recuerdo obligado de los cristianos, quiere poner de relieve la profunda
relación que éstos siguen teniendo con el pueblo judío, del cual Cristo
proviene según la carne (cf. Rm 9, 5).
En estos últimos decenios, especialmente después del Concilio Vaticano II, se han
dado muchos pasos para establecer un diálogo fecundo con el pueblo que Dios ha
elegido como primer destinatario de sus promesas y de la alianza. El Jubileo
debe ser una ocasión ulterior para hacer crecer la conciencia de los vínculos
que nos unen, contribuyendo a disipar definitivamente las incomprensiones que,
por desgracia, han marcado tantas veces amargamente a lo largo de los siglos
las relaciones entre cristianos y judíos.
Además, no podemos olvidar que también para los seguidores del Islam la Tierra
Santa es un lugar importante y le tributan una especial veneración. Espero
ardientemente que mi visita a los Santos Lugares pueda ofrecer también la
oportunidad de un encuentro con ellos, para que, incluso en la claridad del
testimonio, se acrecienten los motivos de un conocimiento y estima recíprocos,
así como de colaboración en el esfuerzo por dar testimonio del valor del
compromiso religioso y el anhelo por una sociedad más conforme al designio de
Dios, en el respeto de cada ser humano y de la creación.
11. En este caminar por las tierras que Dios ha elegido para plantar su «
tienda » entre nosotros, deseo vivamente ser acogido como peregrino y hermano,
no sólo por las comunidades católicas que tendré el gozo de encontrar, sino
también por las otras Iglesias que han vivido ininterrumpidamente en los Santos
Lugares y los han custodiado con fidelidad y amor al Señor.
Esta peregrinación que me preparo a realizar a Tierra
Santa con ocasión del Año jubilar, estará marcada, más que en cualquier otro de
mis viajes, por el anhelo de la oración dirigida por Cristo al Padre para que
todos sus discípulos « sean uno » (Jn
17, 21); una oración que interpela de manera aún más vigorosa si cabe en el
momento excepcional que abre el nuevo milenio. Por eso desearía que todos los
hermanos de fe, en la docilidad al Espíritu Santo, puedan ver en mis pasos de
peregrino en la tierra hollada por Cristo una « doxología » para la salvación
que todos hemos recibido, y sería una dicha para mí si pudiéramos reunirnos
juntos en los lugares de nuestro origen común, para testimoniar a Cristo que es
Uno (cf. Ut unum sint, n. 23) y confirmar el
compromiso mutuo hacia el restablecimiento de la plena comunión.
12. No me queda, pues, si no invitar fervientemente a toda la comunidad
cristiana a ponerse idealmente en camino para la peregrinación jubilar. Esta
podrá celebrarse en las múltiples formas que he indicado en la Bula de
convocación. Pero ciertamente serán muchos los que lo vivirán poniéndose
concretamente en marcha hacia aquellos lugares que han tenido un relieve
particular en la historia de la salvación. En cualquier caso, todos debemos
hacer ese viaje interior que tiene por objeto separarnos de lo que, en nosotros
y en torno a nosotros, es contrario a la ley de Dios, para ponernos en
disposición de encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y
recibiendo la abundancia de su misericordia.
En el Evangelio, Jesús se nos presenta siempre en camino.
Parece que tuviera prisa de ir de una parte a otra para anunciar la cercanía
del Reino de Dios. Anuncia y llama. Su « sígueme » obtuvo la pronta adhesión de
los Apóstoles (cf. Mc 1, 16-20). Sintámonos
todos alcanzados por su voz, su invitación, su llamada a una vida nueva.
Lo digo sobre todo a los jóvenes, ante los cuales la vida se abre como un
camino rico de sorpresas y de promesas.
Lo digo a todos: ¡Vayamos tras las huellas de Cristo!
Que el viaje que deseo hacer en el Año jubilar pueda
representar el viaje de toda la Iglesia, deseosa de estar cada vez más
disponible a la voz del Espíritu, para ir con agilidad al encuentro con Cristo,
el Esposo: « El Espíritu y la Novia dicen: "¡Ven!" » (Ap 22, 17).
Vaticano, 29 de junio, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, del año 1999,
vigésimo primero de mi Pontificado.