DISCURSO
del Papa Juan Pablo II
A los participantes en la asamblea plenaria
de la Congregación para la doctrina de la fe,
el 28 de enero de 2000
No se puede poner en duda la
necesidad
de la Iglesia de Cristo para la salvación
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos fieles colaboradores:
1. Me alegra mucho reunirme con vosotros al final de vuestra asamblea
plenaria. Deseo expresaros mi agradecimiento y mi aprecio por el trabajo diario
que realiza vuestro dicasterio al servicio de la Iglesia para el bien de las
almas, en sintonía con el Sucesor de Pedro, primer custodio y defensor del
sagrado depósito de la fe.
Doy las gracias al señor cardenal Joseph Ratzinger por los sentimientos que,
en nombre de todos, me ha manifestado en sus palabras de saludo y por la
exposición que hizo de los temas que han sido objeto de atenta reflexión a lo
largo de vuestra asamblea, dedicada en particular a la profundización del
problema de la unicidad de Cristo y a la revisión de las normas de los así
llamados "delicta graviora".
Unicidad y universalidad de la Iglesia
2. Ahora quisiera referirme brevemente a los
principales temas discutidos en vuestra asamblea. Vuestro dicasterio ha considerado
conveniente y necesario estudiar los temas de la unicidad y la universalidad
salvífica de Cristo y de la Iglesia. La reafirmación de la doctrina del
Magisterio sobre esos temas se realiza con el fin de hacer que el mundo vea
"el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo" (2Co 4, 4) y confutar algunos errores
y graves ambigüedades que se han producido y se están difundiendo en varios
ámbitos.
Efectivamente, en estos últimos años ha surgido en ambientes teológicos y
eclesiales una mentalidad que tiende a relativizar la revelación de Cristo y su
mediación única y universal en orden a la salvación, así como a atenuar la
necesidad de la Iglesia de Cristo como sacramento universal de la salvación.
Para poner remedio a esta mentalidad relativista es preciso, ante todo,
reafirmar el carácter definitivo y completo de la revelación de Cristo. El
concilio Vaticano II, fiel a la palabra de Dios, enseña: "La verdad
profunda de Dios y de la salvación del hombre, que transmite dicha revelación,
resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación" (Dei
verbum, 2).
Por esto, en la carta encíclica Redemptoris Missio
volví a proponer a la Iglesia la tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud
de la verdad: "En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha
dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta
autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la
Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el
Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer
sobre sí mismo" (n. 5).
Jesucristo es la revelación plena y completa
3. Así pues, es contraria a la fe de la Iglesia la
tesis sobre el carácter limitado de la revelación de Cristo, que encontraría un
complemento en las demás religiones. La razón de fondo de esta afirmación pretende
fundarse en el hecho de que la verdad sobre Dios no podría ser captada y
manifestada en su totalidad e integridad por ninguna religión histórica y,
consiguientemente, tampoco por el cristianismo, y ni siquiera por Jesucristo.
Sin embargo, esta posición contradice las afirmaciones de fe según las cuales
en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de
Dios, mientras la comprensión del misterio infinito siempre se ha de evaluar y
profundizar a la luz del Espíritu de la verdad que, en el tiempo de la Iglesia,
nos guía "a la verdad completa" (Jn 16, 13).
Las palabras, las obras y todo el acontecimiento histórico de Jesús, aun
siendo limitados en cuanto realidades humanas, tienen como fuente a la Persona
divina del Verbo encarnado y, por eso, entrañan el carácter de definitividad e
integridad de la revelación de sus caminos salvíficos y del mismo misterio
divino. La verdad sobre Dios no queda abolida o reducida por el hecho de
expresarse en lenguaje humano. Al contrario, sigue siendo única, plena y
completa, porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado.
Evitar el indiferentismo y el relativismo
4. En conexión con la unicidad de la mediación salvífica de Cristo está
la unicidad de la Iglesia que él fundó. En efecto, el Señor Jesús constituyó su
Iglesia como realidad salvífica: como su Cuerpo, mediante el cual él mismo
actúa en la historia de la salvación. Como sólo hay un Cristo, así existe un
solo cuerpo suyo: "una sola Iglesia católica y apostólica" (cf. Símbolo
de fe, DS 48). El concilio Vaticano II dice al respecto: "El santo
Concilio (...), basado en la sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que
esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación" (Lumen gentium,
14).
Por consiguiente, es erróneo considerar a la Iglesia como un camino de
salvación al lado de los que constituyen otras religiones, las cuales serían
complementarias con respecto a la Iglesia, encaminándose juntamente con ella
hacia el reino escatológico de Dios. Así pues, se ha de excluir cierta
mentalidad de indiferentismo "marcada por un relativismo religioso que
termina por pensar que "una religión vale la otra"" (Redemptoris
Missio, 36).
Es verdad que, como recordó el concilio Vaticano II, los
no cristianos pueden "conseguir" la salvación eterna "con la
ayuda de la gracia" si "buscan a Dios con sincero corazón" (Lumen
gentium, 16). Pero en su búsqueda sincera
de la verdad de Dios están de hecho "ordenados" a Cristo y a su
Cuerpo, la Iglesia (cf. ib.). De todos modos, se encuentran en una
situación deficitaria si se compara con la de los que, en la Iglesia, tienen la
plenitud de los medios salvíficos. Así pues, comprensiblemente, siguiendo el
mandato del Señor (cf.Mt 28, 19-20)
y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia "anuncia y tiene
la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es "camino, verdad y
vida" (Jn 14, 6), en
quien los hombres encuentran la plenitudde la vida religiosa y en quien Dios
reconcilió consigo todas las cosas" (Nostra aetate, 2).
Proseguir el camino del ecumenismo
5. En la carta encíclica Ut unum sint
confirmé solemnemente el compromiso de la Iglesia católica en favor del
"restablecimiento de la unidad", en la línea de la gran causa del
ecumenismo que el concilio Vaticano II tanto impulsó. Vosotros, juntamente con
el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, habéis
contribuido a que se lograra el acuerdo sobre verdades fundamentales de la
doctrina de la justificación, firmado el 31 de octubre del año pasado en
Augsburgo. Confiando en la ayuda de la gracia divina, prosigamos por este
camino, aunque no falten dificultades. Sin embargo, nuestro ardiente deseo de
llegar un día a la comunión plena con las demás Iglesias y comunidades
eclesiales no debe oscurecer la verdad según la cual la Iglesia de Cristo no es
una utopía, que habría que rehacer juntando los fragmentos actualmente
existentes, con nuestras fuerzas humanas. El decreto Unitatis redintegratio habló explícitamente
de la unidad, "que creemos que subsiste indefectible enla Iglesia católica
y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los tiempos" (n.
4).
Amadísimos hermanos, con el servicio que vuestra Congregación presta al
Sucesor de Pedro y al Magisterio de la Iglesia, contribuís a que la revelación
de Cristo siga siendo en la historia "la verdadera estrella que
orienta" a la humanidad entera (cf. Fides et Ratio, 15).
A la vez que me congratulo con vosotros por este importante y valioso
ministerio, os aliento a proseguir con nuevo impulso en el servicio a la verdad
salvífica: Cristo ayer, hoy y siempre.
Con estos sentimientos, os imparto de corazón a todos, como prenda de afecto
y gratitud, una especial bendición apostólica.
(L'Osservatore Romano - 4 de
febrero de 2000)
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