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Discurso de Juan Pablo II
en el jubileo de los periodistas
con ocasión de la
XXXIV Jornada mundial
de las comunicaciones sociales
«Es posible ser al mismo tiempo
auténticos cristianos
y excelentes periodistas»
Señoras y señores; amadísimos hermanos y hermanas:
1. En este año del gran jubileo la Iglesia celebra el
acontecimiento de la Encarnación, anunciado por el evangelista san Juan con
estas palabras: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Un misterio verdaderamente
grande, un misterio de salvación, cuyo vértice es la muerte y resurrección de
Cristo.
Este acontecimiento encierra el destino del mundo. De él, por el don y la
fuerza del Espíritu Santo, brota la redención para los hombres de todos los
lugares y de todos los tiempos. A la luz de este misterio, os saludo con afecto
a todos vosotros que habéis venido aquí a celebrar el jubileo de los
periodistas.
Saludo, en particular, a monseñor John P. Foley, presidente del Consejo
pontificio para las comunicaciones sociales, y a la señora Theresa Ee-Chooi,
presidenta de la Unión católica internacional de la prensa, y les agradezco las
gentiles palabras con que han querido interpretar los sentimientos de todos los
presentes.
He deseado vivamente este encuentro con vosotros, queridos periodistas, no
sólo por la alegría de acompañaros a lo largo de vuestro camino jubilar, como estoy
haciendo con muchos otros grupos, sino también por el deseo de pagar una
particular deuda de gratitud hacia los innumerables profesionales que, durante
los años de mi pontificado, se han esmerado por dar a conocer palabras y hechos
de mi ministerio. Por todo este esfuerzo, por la objetividad y la cortesía que
han caracterizado gran parte de este servicio, os estoy profundamente
agradecido y pido al Señor que os dé a cada uno una adecuada recompensa.
2. El mundo del periodismo vive un tiempo de profundos cambios. La
proliferación de nuevas tecnologías llega ya a todos los ámbitos e implica, en
mayor o menor medida, a todos los seres humanos. La globalización ha aumentado
la capacidad de los medios de comunicación social, pero también ha acrecentado
su exposición a las presiones ideológicas y comerciales. Esto os debe inducir a
vosotros, periodistas, a interrogaros sobre el sentido de vuestra vocación de
cristianos comprometidos en el mundo de la comunicación.
Este es el interrogante decisivo, que debe caracterizar vuestra celebración
jubilar, en esta Jornada mundial de las comunicaciones. Vuestro paso, como
peregrinos, a través de la Puerta santa expresa una opción de vida, y
manifiesta que también en vuestra profesión deseáis «abrir las puertas a
Cristo». Él es el «evangelio», la «buena nueva». Él es el modelo para cuantos,
como vosotros, se esfuerzan por hacer que la luz de la verdad penetre en todos
los ámbitos de la existencia humana.
3. A este encuentro con Cristo se orientaba el recorrido que habéis
realizado durante estos días. El jueves hicisteis oración en la capilla
Sixtina, donde el esplendor del arte puso ante vuestros ojos el drama de la
historia humana, desde la creación hasta el juicio final. En este gran viaje de
la humanidad se manifiesta también la verdad de la persona humana,
creada a imagen de Dios y destinada a la comunión eterna con él; y se
manifiesta la verdad, que es el fundamento de toda ética y que estáis
llamados a observar también en vuestra profesión.
Ayer habéis orado ante la tumba de san Pablo, y hoy habéis venido a rezar
ante la de san Pedro. Ellos fueron los grandes «comunicadores» de la fe en los
orígenes del cristianismo. Su memoria os recuerda la vocación específica que os
distingue como seguidores de Cristo en el mundo de las comunicaciones sociales:
estáis llamados a consagrar vuestra profesionalidad al servicio del bien
moral y espiritual de las personas y de la comunidad humana.
4. Éste es el punto fundamental de la cuestión ética, que es inseparable de
vuestro trabajo. Con su influencia amplísima y directa en la opinión pública,
el periodismo no se puede guiar únicamente por las fuerzas económicas, por los
beneficios y por los intereses particulares. Al contrario, hay que sentirlo
como una tarea en cierto sentido «sagrada», realizada con la conciencia de que
se os confían los poderosos medios de comunicación para el bien de todos y, en
particular, para el bien de los sectores más débiles de la sociedad: los niños,
los pobres, los enfermos, los marginados y discriminados.
No se puede escribir o transmitir sólo en función del índice de audiencia,
en detrimento de servicios verdaderamente formativos. Tampoco se puede recurrir
indiscriminadamente al derecho a la información, sin tener en cuenta otros
derechos de la persona. Ninguna libertad, ni siquiera la libertad de expresión,
es absoluta, pues encuentra su límite en el deber de respetar la dignidad y la
legítima libertad de los demás. Nada, por más fascinante que sea, puede escribirse,
realizarse o transmitirse en perjuicio de la verdad. Aquí no sólo pienso en la
verdad de los hechos que referís, sino también en la «verdad del hombre», en la
dignidad de la persona humana en todas sus dimensiones.
Como signo del deseo que tiene la Iglesia de estar junto a vosotros mientras
afrontáis este gran reto, el Consejo pontificio para las comunicaciones
sociales acaba de publicar el documento Ética en las comunicaciones sociales.
Se trata de una cordial invitación dirigida a los periodistas para que se
comprometan a servir a la persona humana mediante la construcción de una
sociedad fundada en la solidaridad, la justicia y el amor; mediante la
comunicación de la verdad sobre la vida humana y su cumplimiento final en Dios
(cf. n. 33). Agradezco al Consejo pontificio este documento, que recomiendo a
vuestro estudio y a vuestra reflexión.
5. Amadísimos hermanos y hermanas, la Iglesia y los medios de comunicación social
deben caminar juntos para prestar su servicio a la familia humana. Por eso,
pido al Señor que esta celebración jubilar suscite en vosotros la convicción de
que es posible ser auténticos cristianos y al mismo tiempo excelentes
periodistas.
El mundo de los medios de comunicación social necesita
hombres y mujeres que se esfuercen día a día por vivir mejor esta doble
dimensión. Esto sucederá cada vez más, si sabéis tener vuestra mirada fija en
aquel que es el centro de este Año jubilar, Jesucristo, «el testigo fiel, aquel
que es, que era y que va a venir» (Ap
1, 4. 8).
Al invocar su ayuda sobre cada uno de vosotros y sobre vuestro trabajo
particularmente exigente, os imparto de corazón la bendición apostólica, que
extiendo complacido a vuestras familias y a vuestros seres queridos.
(«O. R.», e. e 9-VI-2000)