VISITA "AD LIMINA"
Discurso del Santo Padre
al tercer grupo de obispos de Alemania,
noviembre de 1999
«La Iglesia no es una institución
humana
sino el cuerpo de Cristo, el pueblo de Dios»
Señor cardenal; queridos hermanos en el episcopado:
1. «Con el profundo afecto que os tengo a todos en el
corazón de Cristo Jesús» (cf. Flp 1, 8)
os saludo a vosotros, miembros del tercer grupo de obispos alemanes en visita
ad limina. Doy gracias al Padre celestial por el compromiso común en la
difusión del Evangelio (cf. Flp 1, 5)
y por la comunión de fe y amor que nos une al servicio del pueblo de Dios.
Asimismo, saludo a las Iglesias particulares que presidís con gran dedicación.
Impulsado por la «solicitud por todas las Iglesias» (2Co 11, 28), os invito a asegurar a
los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos de vuestras diócesis que el Papa
comparte sus alegrías y tristezas, y ora para que crezcan siempre en gracia y
santidad de vida. Desde este punto de vista, vuestra visita ad limina es una
peregrinación espiritual. En efecto, no sólo habéis venido para cumplir una
obligación administrativa o jurídica del ministerio pastoral, sino también para
dar testimonio de auténtica fraternidad y unión en el amor a Cristo, Pastor supremo
(cf. 1 P 5, 4), que envía a la Iglesia peregrina en el tiempo sus ministros
«para que, participando de su potestad, hagan a todos los pueblos sus
discípulos, los santifiquen y los gobiernen» (Lumen gentium, 19).
Como hice durante los dos encuentros anteriores con los otros obispos de
vuestro país, quisiera reflexionar también hoy en algunos aspectos
fundamentales del «sacramento universal de la salvación» (ib 48).
Centraré mis consideraciones en este tema fundamental: la Iglesia como
misterio. En el ámbito de las diversas actividades diarias del ministerio
pastoral debemos ocuparnos de muchas cosas. Conviene dedicar periódicamente
algún tiempo a la reflexión, para rasgar el velo de las apariencias, en el que
muchas veces nuestra mirada queda atrapada, a fin de descubrir lo
verdaderamente esencial, que suele hallarse oculto bajo la superficie.
La Iglesia, misterio
2. Deseo recordar un pensamiento que expresó mi predecesor, de venerada
memoria, el Papa Pablo VI, en su encíclica Ecclesiam suam sobre la Iglesia y la
autoconciencia que tiene de su realidad y su misión. La invitación que dirigió
hace treinta y cinco añosa los padres durante los trabajos del concilio
Vaticano II puede servir hoy como clave de lectura para escrutar a fondo los
«signos de los tiempos», en el umbral del tercer milenio: «En este momento la
Iglesia debe reflexionar sobre sí misma para confirmarse en el conocimiento de
los planes divinos sobre ella, para encontrar mayor luz, nueva energía y mayor
gozo en el cumplimiento de su misión, y para determinar los modos más aptos
para hacer más cercanos, operantes y benéficos sus contactos con la humanidad»
(n. 13). Debemos dar gracias a Dios porque también la Iglesia de nuestro
tiempo, con la fuerza del Señor resucitado, se esfuerza por «revelar en el
mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, con fidelidad, hasta que al
final se manifieste a plena luz» (Lu-men gentium, 8).
Por tanto, no se ha de olvidar que la Iglesia misma, como «signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», es un
misterio. Con mucha razón el primer capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium se titula: «El misterio de la
Iglesia». Así pues, no se puede reformar la Iglesia de manera auténtica si no
se parte del presupuesto de que es un misterio. La Asamblea especial del Sínodo
de los obispos, convocada con ocasión del vigésimo aniversario de la clausura
del Concilio, recordó lo que éste había afirmado: «En cuanto comunión con Dios
vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia es en Cristo misterio del amor
de Dios, presente en la historia de los hombres» (Mensaje al pueblo de Dios,
II: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de diciembre de 1985,
p. 12). Esta verdad debe estimular la enseñanza, el servicio y la cura de almas
de toda la Iglesia. En esta convicción se basan también los documentos
postsinodales del Magisterio pontificio, que quieren promover una renovación de
la Iglesia que responda a las necesidades actuales.
La Iglesia, pueblo de Dios
3. Conviene recordar, además, que el mismo Sínodo especial de 1985 se sintió
obligado, con razón, a hacer algunas observaciones. Los obispos reunidos en esa
asamblea subrayaron que «una lectura parcial del Concilio y una presentación
unilateral de la Iglesia como una estructura meramente institucional, privada
de su misterio» ha provocado que algunas personas, sobre todo en ciertas
asociaciones laicales, «miren críticamente a la Iglesia como mera institución»
(Relación final, I, 4: L’Osservatore Ro-mano, edición en lengua española, 22 de
diciembre de 1985, p. 11). En consecuencia, muchos reivindican el derecho a
construir la Iglesia como si fuera una especie de «multinacional», gobernada
por hombres más o menos inteligentes. Pero, en realidad, la Iglesia como
misterio no es «nuestra», sino «suya»: es el pueblo de Dios, el cuerpo de
Cristo, el templo del Espíritu Santo.
Queridos hermanos en el episcopado, el apóstol san Pablo
nos exhorta: «Examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1Ts 5, 21). A los obispos compete
animar a los sacerdotes, y a todos los que comparten su responsabilidad en la
cura de almas, a emprender iniciativas de renovación espiritual de las
comunidades. Si vamos de un encuentro a otro, sin pausa, pronto nos agotaremos.
Por eso, para prevenir el agotamiento espiritual, es necesario recuperar las
fuerzas con la oración. En efecto, la comunidad parroquial más viva no es la
que tiene mayor número de compromisos y encuentros, sino la que concentra toda
su obra en su llamada a vivir la unión con Dios uno y trino mediante la escucha
de su palabra y la participación en los sacramentos. Esta necesidad ha sido subrayada
por muchos promotores de una eclesiología de comunión inspirada en las
enseñanzas del Concilio. También numerosos teólogos de vuestro país han
colaborado en esta tarea.
La Iglesia, madre
4. Nos encontramos al final de la fase de preparación para el gran jubileo
del año 2000. Este año está dedicado a la primera Persona de la santísima
Trinidad. La reflexión sobre Dios Padre remite al concepto de Iglesia expresado
por san Cipriano con esta fórmula lapidada: «No puede tener a Dios por padre
quien no tiene a la Iglesia por madre» (De Ecclesiae catholicae unitate, 6).
Esta afirmación del obispo de Cartago, hecha después de la experiencia de la
persecución de Decio y de la historia de los lapsi, termina con el deseo de que
«no muera ninguno de los hermanos y que la madre abrace gozosamente el único
cuerpo del pueblo unido en su seno» (ib 23). Todos somos conscientes de
la distancia existente entre el mensaje confiado a la Iglesia y la fragilidad
humana de quienes lo anuncian. Cualquiera que sea el juicio de la historia
acerca de la debilidad de los representantes de la Iglesia, no debemos olvidar
estas faltas; al contrario, debemos hacer todo lo posible para impedir que
puedan perjudicar a la difusión del Evangelio. De ahí que «la madre Iglesia no
deja de orar, esperar y trabajar para conseguirlo, y anima a sus hijos a
purificarse y renovarse para que la señal de Cristo brille con más claridad en
el rostro de la Iglesia» (Lumen gentium, 15).
La Iglesia, maestra
5. La Iglesia, en su solicitud de Mater, es solidaria con sus hijos e hijas
y, al mismo tiempo, es Magistra. Por eso, posee autoridad para educar y enseñar
a sus hijos a fin de guiarlos por el camino de la salvación. La madre Iglesia
da a luz, alimenta y educa a sus hijos. Los reúne, dándoles una misión y
también la certeza de encontrar refugio en su seno materno. A la vez, se
entristece por los que la abandonan, y mantiene abiertas sus puertas para la
reconciliación, siempre anhelada. A vosotros, pastores, os compete una
responsabilidad particular. Como «padres de vuestras comunidades» tenéis el
derecho y la obligación de ejercer «la autoridad materna» de la Iglesia. El
concilio Vaticano II lo dijo claramente: en el anuncio, los obispos «han de
mostrar que la Iglesia se preocupa como una madre por todos los hombres,
creyentes o no creyentes. Con amor especial deben estar al lado de los pobres y
los más débiles. () Es propio de la Iglesia entablar diálogo con la sociedad
humana en la que vive. Por eso, es tarea, sobre todo, de los obispos acercarse
a los hombres y buscar e im-pulsar el diálogo con ellos. En estos diálogos
acerca de la salvación han de ir siempre unidas la verdad con la caridad, la inteligencia
con el amor. Para ello es necesario que se caractericen por decir las cosas
claras y al mismo tiempo con humildad y mansedumbre, y por la debida prudencia,
unida, sin embargo, a la confianza. Ésta, en efecto, por su naturaleza, une los
espíritus, pues favorece la amistad» (Christus Domini, 13).
La obediencia de la fe
6. Al amor materno de la Iglesia debe corresponder la obediencia cordial de
sus hijos. En nuestro tiempo, a la vez que en algunos sectores de la sociedad
civil, y también de la Iglesia, se habla mucho de emancipación, se está
difundiendo cada vez más una mentalidad que cree poder obtener la verdadera
libertad separándose de la Iglesia. Como obispos, tratad de corregir esas
tendencias erróneas, anunciando y testimoniando con claridad y firmeza lo que
ha constituido siempre una regla fundamental para los grandes santos, los
cuales, aun en momentos difíciles, nunca se han separado del seno de la madre
Iglesia. Quisiera volver a la analogía de san Cipriano, completándola: sólo
quien obedece a la madre Iglesia obedece también a Dios Padre. El obispo de
Cartago desarrolló este pensamiento original, señalando las graves
consecuencias que se derivan de ello: «Lo que se separa del seno materno no
puede ni vivir ni respirar separadamente, y pierde la posibilidad de salvarse»
(o.c 23).
El papel de los laicos
7. Estas reflexiones responden a la realidad. También vosotros, pastores de
la Iglesia en Alemania, habéis experimentado, sobre todo durante estos años,
que el ministerio episcopal es particularmente arduo y requiere gran desgaste
de energías cuando algunos grupos intentan introducir en la Iglesia, con
acciones concertadas y presiones insistentes, cambios que no corresponden a la
voluntad de Cristo. Frente a esas situaciones, la tarea del obispo consiste en
seguir adelante, señalando la dirección, aclarando con paciencia y tratando
siempre de unir con el diálogo. Os exhorto a no perder la esperanza. Aun
escuchando y secundando, no permitáis que ninguna autoridad humana rompa los
vínculos indisolubles que existen entre vosotros y el Sucesor de Pedro.
En este momento, deseo dirigir un saludo especial a los laicos. Expreso mi
gran aprecio a los numerosos hombres y mujeres que siguen de modo auténtico su
llamada como linaje elegido y sacerdocio real (cf. 1 P 2, 9). A la luz de su
comportamiento, subrayo al mismo tiempo cuáles deben ser las actitudes de los
laicos con respecto a sus obispos y sacerdotes. A los sagrados pastores «han de
manifestarles sus necesidades y deseos con la libertad y confianza que deben
tener los hijos de Dios y hermanos en Cristo. () Esto ha de hacerse, si llega
el caso, a través de los organismos establecidos para esto por la Iglesia; y
siempre con sinceridad, con valentía y prudencia, con respeto y amor a aquellos
que por su función sagrada representan a Cristo» (Lumen gentium, 37).
En efecto, la unión con el obispo es la actitud esencial e indispensable del
católico fiel. Nadie puede creer que está de parte del Papa, si no está también
de parte de los obispos que están en comunión con él. Y nadie puede afirmar que
está de parte de los obispos, si no está también de parte de la Cabeza del
Colegio.
La defensa de la vida
8. Noto con aprecio que vosotros, venerados hermanos, dais a vuestros fieles
testimonio de la comunión que existe en el seno de la Iglesia. En efecto, soy
consciente de que vuestra preocupación principal es insertar todas la
iniciativas pastorales en el marco de una sintonía plena con el Episcopado del
mundo entero, reunido en torno al Sucesor de Pedro.
Pienso, de modo especial, en el problema de la defensa de la vida. Para
afrontarlo, es esencial que los obispos de toda la Iglesia den un testimonio
unánime y unívoco. Por las cartas que os escribí personalmente o que os
escribieron en mi nombre sobre esta cuestión, sabéis cuánto me preocupan la
consulta y la ayuda a las mujeres embarazadas. Espero que en breve tiempo esta
significativa actividad de la Iglesia en vuestro país se reorganice de modo
definitivo, según mis directrices. Estoy convencido de que unaconsulta eclesial
que se distinga por su calidad se convierte en un signo elocuente para la
sociedad y constituye un medio eficaz a fin de animar a las mujeres en
dificultad a no rechazar la nueva vida que llevan en su seno.
El sacerdocio común
9. Reflexionando, con las categorías del sacerdocio real,
en la relación entre los pastores ordenados y los laicos, quisiera recordar el
sacerdocio común. Demos gracias a Dios porque el concilio Vaticano II puso de
relieve nuevamente esta profunda verdad. En la nueva Alianza hay un único
sacrificio y un único sacerdote: Cristo. En este sacrificio de Cristo
participan todos los bautizados, hombres y mujeres, que están llamados a
ofrecer su «cuerpo como víctima viva, santa, agradable a Dios» (Rm 12, 1). Esta participación no sólo
atañe a la misión sacerdotal de Cristo, sino también a su misión profética y
real. Por lo demás, así se manifiesta también la unión orgánica de la Iglesia
con Cristo, que en la carta a los Efesios se describe con la imagen del esposo
y la esposa (cf. Ef 5, 12-33).
Nos hallamos aquí en el corazón del misterio pascual, en
el que se revela el profundo amor esponsal de Dios. Cristo es el esposo, porque
se entregó: dio su cuerpoy derramó su sangre por nosotros (cf. Lc 22, 19-20). El hecho de que Jesús
«amó hasta el extremo» (Jn 13, 1),
exhalta el carácter esponsal del amor divino. Cristo Salvador es el esposo de
la Iglesia. Por consiguiente, podemos considerar la Eucaristía, en la que
Cristo construye el cuerpo de la Iglesia, como el sacramento del esposo y de la
esposa.
De aquí deriva una diferencia fundamental entre el sacerdocio común de todos
los bautizados y el sacerdocio de los ministros sagrados (cf. Instrucción
interdicasterial sobre algunas cuestiones relativas a la colaboración de los
fieles laicos en el sagrado ministerio). La Iglesia necesita sacerdotes
ordenados que en las acciones sacramentales actúen «in persona Christi»,
representando a Cristo esposo ante la Iglesia esposa. En otras palabras, los
pastores sagrados, miembros del único cuerpo de la Iglesia, representan a su
Cabeza, que es Cristo. Por eso hay que rechazar toda tentativa de transformar a
los laicos en clérigos o a los clérigos en laicos, porque no responde al
ordenamiento misterioso querido por su Fundador. Y tampoco ciertas tendencias
encaminadas a anular la diferencia sustancial entre clérigos y laicos podrán
suscitar vocaciones. Queridos hermanos, os ruego que en vuestras comunidades
parroquiales mantengáis siempre vivo el deseo de sacerdotes ordenados. Ni siquiera
un largo período de espera, debido a la escasez actual de sacerdotes, debe
inducir a una comunidad parroquial a la resignación frente al estado de
emergencia. Los sacerdotes y los laicos se necesitan mutuamente: no pueden
sustituirse; deben sólo complementarse.
La promoción de la mujer
10. A este respecto, también quisiera hacer una observación. En vuestro país
existe un creciente malestar ante la actitud de la Iglesia acerca del papel de la
mujer. Desgraciadamente, aún no seha extendido por todas partes la conciencia
de que todas las enseñanzas sobre el sacerdocio común de los bautizados valen
por igual para los hombres y para las mujeres. No cabe duda de que la dignidad
de las mujeres, que hay que valorar siempre y mucho más, es grande. Pero los
derechos humanos y civiles de la persona son de naturaleza diferente a la de
los derechos, los deberes y las funciones del ministerio eclesial, y este hecho
no se pone suficientemente de relieve. Precisamente por eso, hace algún tiempo,
en virtud de mi mandato de confirmar a mis hermanos, recordé que «la Iglesia no
tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las
mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los
fieles de la Iglesia» (Ordinatio sacerdotalis, 4).
Como auténticos pastores de vuestras diócesis tenéis el deber de rechazar
las opiniones contrarias que proponen personas o grupos y favorecer el diálogo
abierto y claro en la verdad y en el amor que la madre Iglesia debe proseguir
con vistas a la promoción de sus hijas. No dudéis en reafirmar que el
Magisterio de la Iglesia no ha tomado esta decisión como un acto de su poder,
sino con la conciencia de que debe obedecer a la voluntad del Señor de la
Iglesia misma. Por consiguiente, la doctrina según la cual el sacerdocio está
reservado a los hombres reviste el carácter de la infalibilidad vinculada al
Magisterio ordinario y universal de la Iglesia, al que ya se refería la Lumen gentium y al que he dado forma jurídica con
el motu pro-prio Ad Tuendam Fidem: «Cuando los
obispos () incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el
Sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de
acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman
infaliblemente la enseñanza de Cristo» (Lumen gentium, 25; cf. Ad tuendam fi-dem, 3).
En cualquier caso, debemos apoyar a quienes no logran comprender o aceptar
la doctrina de la Iglesia, para que abran su corazón y su mente al desafío que
la fe les plantea. Como maestros auténticos de la Iglesia, que es madre y
maestra, una de nuestras prioridades absolutas debe ser apoyar y confirmar a
nuestras comunidades en la fe. Si fuera necesario, no debemos dudar en aclarar
los equívocos y corregir las desviaciones. Con esta finalidad, invoco los dones
del Espíritu Santo sobre vuestros esfuerzos, para que seáis capaces de conferir
al papel de la mujer una impronta auténtica, propia de la doctrina cristiana,
para la renovación de la sociedad y también para el redescubrimiento del
verdadero rostro de la Iglesia.
El amor del Papa
11. Queridos hermanos, durante este encuentro hemos
reflexionado, ante todo, en el misterio de la Iglesia. Un misterio que en
realidad sigue siendo incomprensible para la razón humana y sólo con los ojos
de la fe puede mirarse con amor y percibiese a fondo. Las imágenes de la Iglesia
como madre, maestra, esposa y cuerpo han llevado siempre a Cristo, que es el
Esposo y la Cabeza de su Iglesia. Ante él, sobre todo, nos sentimos
responsables al desempeñar nuestro ministerio pastoral. Por eso las palabras
que os he dirigido durante estos encuentros han sido claras y sinceras. No os
oculto que a veces, durante estos meses, he experimentado los mismos
sentimientos del apóstol san Pablo cuando se dirigía a la comunidad de Corinto
con estas palabras tan conocidas: «Os escribí en una gran aflicción y angustia
de corazón, con muchas lágrimas, no para entristeceros, sino para que
conocierais el amor desbordante que sobre todo a vosotros os tengo» (2Co 2, 4).
Decid a vuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas que el Papa
está cerca de ellos. Asegurad a los hombres y a las mujeres, a los jóvenes y a
los ancianos, a los enfermos y a los minusválidos, que en el seno de la madre
Iglesia todos pueden encontrar acogida. Con amor paciente y confiado procurad
sostener a las Iglesias particulares que os han sido encomendadas, para
llevarlas como esposas al banquete nupcial del cielo.
Invoco la intercesión de la Virgen María, pidiéndole que os proteja a
vosotros y a todos los que están encomendados a vuestra solicitud pastoral.
¡Cuánta confianza filial expresan las palabras de una antigua oración difundida
en vuestra patria: «Virgen santa, Madre de Dios y Madre mía, que yo sea siempre
tuyo»!
La bendición apostólica, que os imparto de corazón, os acompañe a todos y
cada uno.
(L'Osservatore Romano - 10 de
diciembre de 1999)
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