VISITA "AD LIMINA"
Discurso del Santo Padre Juan Pablo II
a la Conferencia Episcopal de Portugal,
el 30 de Noviembre de 1999
«Uno de los frutos del jubileo
debe ser la vuelta generalizada al sacramento de la confesión»
Amados pastores de la Iglesia en Portugal:
1. Vuestra presencia aquí, con ocasión de vuestra visita
ad limina, es para mí motivo de gran alegría y satisfacción, sabiéndome hermano
en medio de hermanos que comparten conmigo «la solicitud por todas las
Iglesias» (2Co 11, 28); de hecho,
vuestra visita es una expresión y una celebración del vínculo particular de
comunión que nos une en el Colegio episcopal, como sucesores de los Apóstoles. ¡Sed
bienvenidos! En la persona de cada uno de vosotros acojo y saludo a los
sacerdotes y a los diáconos, a los consagrados y a todos los fieles cristianos
de las diversas diócesis de las provincias eclesiásticas de Braga, Évora y
Lisboa.
Agradezco las palabras de saludo de monseñor Antonio
Marcelino, que, en calidad de vicepresidente de la Conferencia episcopal, ha
ilustrado la situación de la Iglesia en Portugal, su fidelidad a Cristo y los
grandes desafíos que le reserva la hora actual. Espero vivamente que vuestra
peregrinación a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo rebose de
bendiciones y consuelos de lo alto, para que, llenos de nuevo vigor con vistas
al servicio a las Iglesias particulares que la divina Providencia ha confiado a
vuestro cuidado, sigáis alabando a Dios, con corazón humilde y alegre, por la
abundancia de las gracias que experimentáis y difundís día a día mediante
vuestro ministerio pastoral, ya que habéis sido «ungidos por el Espíritu y
enviados a proclamar un año de gracia del Señor» (cf. Lc 4, 18-19).
Abrir la puerta santa del corazón
2. Confiando en la gran magnanimidad del corazón de nuestro Dios, esperamos
dentro de un mes, y en el cumplimiento de nuestra misión de dispensadores de la
gracia de la redención, abrir y cruzar las puertas sagradas de nuestras
basílicas, catedrales y concatedrales, implorando la indulgencia plena y el
perdón celestial para los pecados de toda la humanidad que, hace 2000 años, vio
descender a la tierra y revestirse de la naturaleza humana al Hijo unigénito de
Dios, nuestro Salvador.
Deseo aprovechar este singular encuentro con la Iglesia portuguesa, dado que
se realiza poco antes del comienzo del gran jubileo de la Encarnación, para
derrumbar en beneficio de ella -permitidme la metáfora- un muro colocado detrás
de la Puerta santa, que impide aún su apertura. Por otro lado, tanto vuestra
Conferencia episcopal como cada una de las diócesis han puesto en marcha a lo
largo de los dos últimos años múltiples y valiosas iniciativas. Sólo para
ejemplificar, porque sería imposible enumerarlas todas, quiero mencionar las
sucesivas cartas e instrucciones pastorales publicadas durante los años de
preparación para el jubileo y las numerosas asambleas diocesanas (varias de
ellas explícitamente sinodales), convocadas con la finalidad de sensibilizar y
preparar a la comunidad eclesial para este Año de gracia que nos va a
introducir en el nuevo milenio cristiano. Sí, se han emprendido múltiples y
valiosas iniciativas Falta, tal vez, llamar a la puerta de cada persona, al
corazón de cada uno, porque precisamente allí está la posibilidad última y
decisiva de apertura y acogida del jubileo. Por eso, os he dicho que quiero
aprovechar este encuentro colegial para derribar juntos el «muro» que quizá
pueda impedir aún al corazón de los portugueses entrar en la gracia jubilar por
la «Puerta santa» que es Cristo nuestro Señor.
Un tiempo favorable
3. Apreciados hermanos, es voluntad de Dios que la gracia del jubileo se
extienda, según la adhesión y la correspondencia de cada uno a la acción del
Espíritu Santo, a todos los fieles católicos, a todos los cristianos que,
«habiendo recibido el mismo bautismo, comparten la misma fe en el Señor Jesús»
(Incarnationis mysterium, 4), y también a todos los «hermanos de la única
familia humana» que van a atravesar «juntos el umbral de un nuevo milenio»
(ib 6), cuyas expectativas, problemas y soluciones, por su creciente
globalización, exigirán la colaboración armoniosa de todos.
En efecto, la lectura de los tiempos pone de relieve la
mundialización, pero el diagnóstico del corazón humano no es alentador: es
grande la sensación de vacío; y es grande igualmente su repugnancia por el
vacío repleto de efímeras nadas, que aumenta su desorientación. Al no saber
cómo encontrarse consigo mismo, tampoco consigue encontrarse en medio de los
demás: acaba solo en medio de un multitud anónima. Pues bien, a este corazón
humano desorientado, frustrado y defraudado por las más diversas formas de
alienación, la Iglesia le propone el Año santo como tiempo favorable para
entrar en sí mismo y experimentar la vida en plenitud a la que aspira. «Porque
la vida se ha manifestado -esta es la predicación de la Iglesia- y nosotros la
hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna, que estaba en el
Padre y que se nos manifestó» (1Jn 1,
2) en Jesús de Nazaret.
Con su venida, nuestra historia dejó de ser tierra árida,
como se presentaba antes y fuera de la Encarnación, para cobrar sentido y valor
de esperanza universal. En efecto, «con su encarnación, se unió, en cierto
modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Al nacer de la
Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros» (Gaudium et spes, 22) y «a todos los que lo acogieron les dio poder
de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1, 12). De este modo, la propuesta
cristiana no sólo da sentido a lo que existe, sino que también «abre a cada ser
humano la perspectiva de ser divinizado y, por tanto, de hacerse así más hombre»
(Incarnationis mysterium, 2): el amor divino penetra en su corazón y, por el
bautismo, lo hace renacer como hijo de Dios y lo convierte en miembro del
cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
La salvación nos viene por mediaciones
4. Esa vida en plenitud no proviene, fundamentalmente, de las ideas o
razonamientos claros y distintos sobre la salvación que una persona pretende
alcanzar, sino de la unión de amor que se establece entre Jesús y sus fieles y,
a través de Jesús, con el Padre. Hay que superar la tendencia, bastante
generalizada, a rechazar cualquier mediación salvífica, poniendo al pecador en
relación directa con Dios, porque la salvación nos ha llegado, ante todo, por
la mediación de la humanidad histórica de Jesús y, después de la resurrección, a
través de su cuerpo místico, la Iglesia. Por consiguiente, el plan de Dios es
sacramental, esto es, él se hace presente en una figura finita como la
humanidad de Jesús o los signos sacramentales de la Iglesia.
En la escuela de la fe aprendemos que, «para un cristiano,
el sacramento de la penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y
la remisión de sus pecados graves cometidos después del bautismo. () Sería,
pues, insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de
los instrumentos de gracia y de salvación que el Señor ha dispuesto y, en su
caso específico, pretender recibir el perdón prescindiendo del sacramento
instituido por Cristo precisamente para el perdón» (Reconciliatio et
Paenitentia, 31). La
Iglesia «fallaría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función
suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a
destiempo, la palabra de reconciliación (cf. 2Co 5, 19) y no ofreciera al mundo el
don de la reconciliación» (ib 23). Y para esto no bastan algunas
afirmaciones teóricas; son necesarias funciones ministeriales muy precisas al
servicio de la penitencia y de la reconciliación.
Por eso, amados hermanos, no dejéis de recordar a vuestros sacerdotes la
disciplina eclesiástica a este respecto, ayudándoles a llegar a su efectivo
cumplimiento: «Todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura de
almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les
están confiados y que lo pidan razonablemente; y a que se les dé la oportunidad
de acercarse a la confesión individual, en días y horas determinados que les
resulten asequibles» (Código de derecho canónico, c. 986). Dado que «el pueblo
de Dios ha vivido siempre los Años santos viendo en ellos una conmemoración en
la que se escucha con mayor intensidad la llamada de Jesús a la conversión»
(Incarnationis mysterium, 5), ojalá que uno de los frutos del gran jubileo del
año 2000 sea la vuelta generalizada de los fieles cristianos a la práctica
sacramental de la confesión.
Participación eucarística
5. Según la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), después del abrazo del
padre, siguió el banquete para el hijo recuperado. De igual modo, el perdón
sacramental permite «acercarse de nuevo a la Eucaristía, como signo de la
comunión recuperada con el Padre y con su Iglesia» (Incarnationis mysterium, 9).
Sabemos que, «en el signo del pan y del vino consagrados, Jesucristo resucitado
y glorificado, luz de las gentes, manifiesta la continuidad de su encarnación»
(ib 11). Él es el festejado: se conmemora el bimilenario de su
nacimiento. Y, después de dos mil años, él «permanece vivo y verdadero en medio
de nosotros para alimentar a los creyentes con su cuerpo y su sangre» (ib.).
En la Eucaristía tenemos verdaderamente la Puerta santa
jubilar, Cristo Señor, que afirmó de sí mismo: «Yo soy la puerta; si uno entra
por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto» (Jn 10, 9). Amados pastores de la
Iglesia portuguesa, hacia esos pastos guiamos el rebaño que nos ha sido
confiado: con lo mejor de nuestras energías y sostenidos por la fuerza del
Espíritu Santo, anunciamos, celebramos y guiamos hacia Jesús Eucaristía. Pero,
¿cuántos nos siguen? ¿Cuántos no responden a la llamada? La encuesta sobre la
práctica dominical, que organizasteis en 1991, mostró una media del 26% de
practicantes entre la población residente en Portugal; es una indicación
significativa del inmenso trabajo pastoral que se requiere, pero también es una
gran preocupación, teniendo en cuenta la multitud casi tres veces superior que
vive habitualmente privada de la Eucaristía.
Si en la multiplicación de los panes (cf. Lc 9, 12-17) los discípulos no
hubieran llevado a la multitud los trozos que resultaron de los cinco panes y
de los dos peces bendecidos por el divino Maestro, ciertamente no se habría
podido decir que «comieron todos hasta saciarse». Ahora, en el caso del
Portugal eucarístico, debemos reconocer que muchos no han comido y pocos se han
saciado. Ciertamente, no ha faltado la generosidad de la Iglesia para poner a
disposición de Cristo «los cinco panes y los dos peces» que tenía, como tampoco
podía faltar la multiplicación de los mismos. Realmente, es admirable el celo
apostólico manifestado en vuestras iniciativas y actividades pastorales; y son
dignas de elogio las opciones y las iniciativas pastorales delineadas. Pero,
tal vez ha faltado ese último esfuerzo para llevar un trozo a cada uno. Tal vez
ha faltado la revisión de vida necesaria para verificar si todos habían comido hasta
saciarse.
Estoy seguro de que, con delicada pedagogía pastoral,
sabréis hacer de este Año santo un tiempo propicio para impulsar a los
cristianos no practicantes a pasar de una participación eucarística ocasional
y, por decirlo así, interesada (para obtener el don de la indulgencia), al
hábito y al compromiso de una participación semanal en ella, a semejanza de los
mártires de Abitinia (año 304), que afirmaron: «Nosotros no podemos vivir sin
la cena del Señor» (Dies Domini, 46). Ojalá que cada
eucaristía del período jubilar se revista y aparezca llena del encanto y el
misterio de la Navidad, porque «desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna
en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de
todos los pueblos» (Incarnationis mysterium, 11). Cada eucaristía tiene que
ofrecer a los participantes, ante todo, la oportunidad de un encuentro y un
coloquio personal con el divino Emmanuel, el Dios con nosotros (cf. Mt 1, 23), cuyo resultado sea la
comunión espiritual y, siempre que sea posible, sacramental.
La palabra y el sacramento
6. Como todos sabemos, aquí reside el secreto de la
fidelidad y la perseverancia de los cristianos, de la seguridad y la solidez de
su «casa» interior en medio de las aflicciones y dificultades del mundo. De
hecho, el evangelio enseña que la estabilidad de la casa no depende
fundamentalmente de la violencia de las tempestades ni de la furia de los
vientos, sino del hecho de estar o no cimentada sobre la roca (cf. Mt 7, 24-27). También recientemente la
II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos exhortaba a reforzar
los cimientos interiores de esta «casa de Dios» que es cada cristiano, cada
comunidad eclesial, la humanidad entera que ha acogido a Dios hecho hombre: «En
una sociedad y cultura muchas veces cerradas a la trascendencia, ahogadas por
comportamientos consumistas, esclavas de antiguas y nuevas idolatrías,
redescubramos con asombro el sentido del misterio; renovemos nuestras
celebraciones litúrgicas para que sean signos más elocuentes de la presencia de
nuestro Señor Jesucristo; aseguremos nuevos espacios al silencio, a la oración
y a la contemplación» (Mensaje final, 5: L’Osservatore Romano, edición en
lengua española, 29 de octubre de 1999, p. 11). Por tanto, hay que evitar los
escollos del activismo, donde naufragan los mejores planes pastorales y
numerosas vidas comprometidas hasta el extremo de sus fuerzas, y del
secularismo, en el que Dios no tiene voz ni lugar, impidiéndole su venida a la
tierra de los hombres.
Como centinelas de la casa de Dios, velad, apreciados
hermanos, para que en toda la vida eclesial se reproduzca de algún modo el ritmo
binario de la santa misa con la liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística. Os sirva de ejemplo el caso de los dos discípulos de Emaús, que
sólo reconocieron a Jesús al partir el pan (cf. Lc 24, 13-35). Durante los últimos
decenios, algunos, queriendo reaccionar frente a un sacramentalismo excesivo,
han atribuido el primado, si no incluso la exclusiva, a la palabra. Ahora bien,
según la doctrina conciliar, «el plan de la revelación se realiza por obras y
palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de
la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las
palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su
misterio» (Dei verbum, 2). Concluyendo,
tenemos necesidad de la palabra -la «palabra de Dios, que permanece operante en
nosotros, los creyentes» (cf. 1Ts 2,
13)-, y del sacramento, que hace presente y prolonga en la historia la
acción salvífica de Jesús.
La invitación de Fátima
7. Amados hermanos, éstos son algunos pensamientos que os dejo con ocasión de
vuestra visita ad limina, a casi un mes de la apertura de la Puerta santa.
Deseando abrirla de par en par, para que todo el pueblo de Dios entre y se
sacie en las fuentes de la salvación, no quisiera que ningún «muro» impida el
acceso de los cristianos portugueses a la gracia particular del Señor vinculada
al jubileo del año 2000 (cf. Tertio Millennio Adveniente, 55).
En Fátima encontramos un ejemplo luminoso de la personalización de los planes y
compromisos apostólicos que se necesita para asumirlos y hacerlos fructificar
en el corazón de cada cristiano; con pedagogía materna, nuestra Señora pregunta
a los pastorcitos: «¿Queréis ofreceros a Dios? Sí, queremos», respondieron
(Aparición del 13 de mayo de 1917). Dentro de poco tiempo Francisco y Jacinta
serán elevados al honor de los altares, extendiendo a toda la Iglesia, con el
ejemplo de su vida, la invitación de la Madre de Dios.
Quiero hacer de esa invitación mi palabra de aliento, que os ruego llevéis a
los sacerdotes, a los diáconos y a los consagrados, a los seminaristas, a los
novicios y a los agentes pastorales, a los fieles cristianos y a todos los que
buscan la verdad de Cristo, así como a las familias cristianas y a las
comunidades parroquiales. Tened la certeza de mi constante oración por la
Iglesia que peregrina en Portugal, en camino hacia el cielo, para que todos sus
miembros, con valentía y generosidad, correspondan al Año de gracia que está a
punto de comenzar. Invocando sobre todos la felicidad del abrazo de Dios uno y
trino, desde lo profundo de mi corazón os imparto mi bendición apostólica, que
extiendo a vuestros colaboradores directos y a todos los fieles.
(L'Osservatore Romano - 17 de
diciembre de 1999)
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