EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
DE JUAN PABLO II
«Reconciliatio es
paenitentia»
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA RECONCILIACIÓN Y LA PENITENCIA
EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY
PROEMIO
ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL DOCUMENTO
1. Hablar de RECONCILIACIÓN y PENITENCIA es, para los
hombres y mujeres de nuestro tiempo, una invitación a volver a encontrar
—traducidas al propio lenguaje— las mismas palabras con las que Nuestro
Salvador y Maestro Jesucristo quiso inaugurar su predicación: «Convertíos y
creed en el Evangelio»(1) esto es, acoged la Buena Nueva del amor, de la
adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad.
¿Por qué la Iglesia propone de nuevo este tema, y esta invitación?
El ansia por concer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo
contemporáneo, por descifrar su enigma y por desvelar su misterio; el deseo de
poder discernir los fermentos de bien o de mal que se agitan ya desde hace
bastante tiempo; todo esto, lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este
mundo una mirada interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo,
del filósofo y del teólogo, del psicólogo y del humanista, del poeta y del
místico; es sobre todo la mirada preocupada —y a pesar de todo cargada de
esperanza— del pastor.
Dicha mirada se refleja de una manera ejemplar en cada página de la
importante Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo
y, de modo particular, en su amplia y penetrante introducción. Se refleja
igualmente en algunos Documentos emanados de la sabiduría y de la caridad
pastoral de mis venerados Predecesores, cuyos luminosos pontificados estuvieron
marcados por el acontecimiento histórico y profético de tal Concilio Ecuménico.
Al igual que las otras miradas, también la del pastor vislumbra, por
desgracia, entre otras características del mundo y de la humanidad de nuestro
tiempo, la existencia de numerosas, profundas y dolorosas divisiones.
Un mundo en pedazos
2. Estas divisiones se manifiestan en las relaciones entre
las personas y los grupos, pero también a nivel de colectividades más amplias:
Naciones contra Naciones y bloques de Países enfrentados en una afanosa
búsqueda de hegemonía. En la raíz de las rupturas no es difícil individuar
conflictos que en lugar de resolverse a través del diálogo, se agudizan en la
confrontación y el contraste.
Indagando sobre los elementos generadores de división, observadores atentos
detectan los más variados: desde la creciente desigualdad entre grupos, clases
sociales y Países, a los antagonismos ideológicos todavía no apagados; desde la
contraposición de intereses económicos, a las polarizaciones políticas; desde
las divergencias tribales a las discriminaciones por motivos socio religiosos.
Por lo demás, algunas realidades que están ante los ojos de todos, vienen a
ser como el rostro lamentable de la división de la que son fruto, a la vez que
ponen de manifiesto su gravedad con irrefutable concreción. Entre tantos otros
dolorosos fenómenos sociales de nuestro tiempo podemos traer a la memoria:
- la conculcación de los
derechos fundamentales de la persona humana; en primer lugar el derecho a
la vida y a una calidad de vida digna; esto es tanto más escandaloso en
cuanto coexiste con una retórica hasta ahora desconocida sobre los mismos
derechos;
- las asechanzas y presiones
contra la libertad de los individuos y las colectividades, sin excluir la
tantas veces ofendida y amenazada libertad de abrazar, profesar y
practicar la propia fe;
- las varias formas de
discriminación: racial, cultural, religiosa, etc.;
- la violencia y el
terrorismo;
- el uso de la tortura y de
formas injustas e ilegítimas de represión; — la acumulación de armas
convencionales o atómicas; la carrera de armamentos, que implica gastos
bélicos que podrían servir para aliviar la pobreza inmerecida de pueblos
social y económicamente deprimidos;
- la distribución inicua de
las riquezas del mundo y de los bienes de la civilización que llega a su
punto culminante en un tipo de organización social en la que la distancia
en las condiciones humanas entre ricos y pobres aumenta cada vez más.(2)
La potencia arrolladora de esta división hace del mundo en que vivimos un
mundo desgarrado(3) hasta en sus mismos cimientos.
Por otra parte, puesto que la Iglesia —aun sin identificarse con el
mundo ni ser del mundo— está inserta en el mundo y se encuentra
en diálogo con él, (4) no ha de causar extrañeza si se detectan en el mismo
conjunto eclesial repercusiones y signos de esa división que afecta a la
sociedad humana. Además de las escisiones ya existentes entre las Comunidades
cristianas que la afligen desde hace siglos, en algunos lugares la Iglesia de
nuestro tiempo experimenta en su propio seno divisiones entre sus mismos
componentes, causadas por la diversidad de puntos de vista y de opciones en
campo doctrinal y pastoral.(5) También estas divisiones pueden a veces parecer
incurables.
Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan aparecer
tales laceraciones, sólo observando en profundidad se logra individuar su raíz:
ésta se halla en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la
luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que
cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus
progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia
libertad.
Nostalgia de reconciliación
3. Sin embargo, la misma mirada inquisitiva, si es
suficientemente aguda, capta en lo más vivo de la división un inconfundible
deseo, por parte de los hombres de buena voluntad y de los verdaderos
cristianos, de recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas, de
instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos
una verdadera nostalgia de reconciliación, aun cuando no usen esta palabra.
Para algunos se trata casi de una utopía que podría convertirse en la
palanca ideal para un verdadero cambio de la sociedad; para otros, por el
contrario, es objeto de una ardua conquista y, por tanto, la meta a conseguir a
través de un serio esfuerzo de reflexión y de acción. En cualquier caso, la
aspiración a una reconciliación sincera y durable es, sin duda alguna, un móvil
fundamental de nuestra sociedad como reflejo de una incoercible voluntad de
paz; y —por paradójico que pueda parecer— lo es tan fuerte cuanto son
peligrosos los factores mismos de división.
Mas la reconciliación no puede ser menos profunda de cuanto es la división.
La nostalgia de la reconciliación y la reconciliación misma serán plenas y
eficaces en la medida en que lleguen —para así sanarla— a aquella laceración
primigenia que es la raíz de todas las otras, la cual consiste en el pecado.
La mirada del Sínodo
4. Por lo tanto, toda institución u organización dedicada a
servir al hombre e interesada en salvarlo en sus dimensiones fundamentales,
debe dirigir una mirada penetrante a la reconciliación, para así profundizar su
significado y alcance pleno, sacando las consecuencias necesarias en orden a la
acción.
A esta mirada no podía renunciar la Iglesia de Jesucristo. Con dedicación de
Madre e inteligencia de Maestra, ella se aplica solícita y atentamente, a
recoger de la sociedad, junto con los signos de la división, también aquellos
no menos elocuentes y significativos de la búsqueda de una reconciliación.
Ella, en efecto, sabe que le ha sido dada, de modo especial, la posibilidad
y le ha sido asignada la misión de hacer conocer el verdadero sentido
—profundamente religioso— y las dimensiones integrales de la reconciliación,
contribuyendo así, aunque sólo fuera con esto, a aclarar los términos
esenciales de la cuestión de la unidad y de la paz.
Mis Predecesores no han cesado de predicar la reconciliación, de invitar
hacia ella a la humanidad entera, así como a todo grupo o porción de la
comunidad humana que veían lacerada y dividida.(6) Y yo mismo, por un impulso
interior que —estoy seguro— obedecía a la vez a la inspiración de lo alto y a
las llamadas de la humanidad, he querido —en dos modos diversos, pero ambos solemnes
y exigentes— someter a serio examen el tema de la reconciliación: en primer
lugar convocando la VI Asamblea General del Sínodo de los Obispos; en segundo
lugar , haciendo de la reconciliación el centro del Año jubilar convocado para
celebrar el 1950 aniversario de la Redención.(7) A la hora de señalar un tema
al Sínodo, me he encontrado plenamente de acuerdo con el sugerido por numerosos
Hermanos míos en el episcopado, esto es, el tema tan fecundo de la reconciliación
en relación estrecha con el de la penitencia.(8)
El término y el concepto mismo de penitencia son muy complejos. Si la
relacionamos con metánoia, al que se refieren los sinópticos, entonces penitencia
significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la
Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino.(9) Pero penitencia quiere
también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y
en este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar frutos
dignos de penitencia;(10) toda la existencia se hace penitencia orientándose
a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es
algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia.
En este sentido, penitencia significa, en el vocabulario cristiano
teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y
cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la
propia vida por Cristo como único modo de ganarla;(11) para despojarse del hombre
viejo y revestirse del nuevo;(12) para superar en sí mismo lo que es
carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual;(13) para
elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba
donde está Cristo.(14) La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa
del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del
cristiano.
En cada uno de estos significados penitencia está estrechamente unida
a reconciliación, puesto que reconciliarse con Dios, consigo mismo y con
los demás presupone superar la ruptura radical que es el pecado, lo cual se realiza
solamente a través de la transformación interior o conversión que
fructifica en la vida mediante los actos de penitencia.
El documento-base del Sínodo (también llamado Lineamenta), que fue
preparado con el único objetivo de presentar el tema acentuando algunos de sus
aspectos fundamentales, ha permitido a las Comunidades eclesiales existentes en
todo el mundo reflexionar durante casi dos años sobre estos aspectos de una
cuestión —la de la conversión y reconciliación— que a todos interesa, y de sacar
al mismo tiempo un renovado impulso para la vida y el apostolado cristiano. La
reflexión ha sido ulteriormente profundizada como preparación inmediata a los
trabajos sinodales, gracias al Instrumentum laboris enviado en su día a
los Obispos y sus colaboradores. Por último, durante todo un mes, los Padres
sinodales, asistidos por cuantos fueron llamados a la reunión propiamente
dicha, han tratado con gran sentido de responsabilidad dicho tema junto con las
numerosas y variadas cuestiones relacionadas con él. La discusión, el estudio
en común, la asidua y minuciosa investigación, han dado como resultado un
amplio y valioso tesoro que han recogido en su esencia las Propositiones
finales.
La mirada del Sínodo no ignora los actos de reconciliación (algunos de los
cuales pasan casi inobservados a fuer de cotidianos) que en diversas medidas
sirven para resolver tantas tensiones, superar tantos conflictos y vencer
pequeñas y grandes divisiones reconstruyendo la unidad. Mas la preocupación
principal del Sínodo era la de encontrar en lo profundo de estos actos aislados
su raíz escondida, o sea, una reconciliación, por así decir fontal, que obra en
el corazón y en la conciencia del hombre.
El carisma y, al mismo tiempo, la originalidad de la Iglesia en lo que a la
reconciliación se refiere, en cualquier nivel haya de actuarse, residen en el
hecho de que ella apela siempre a aquella reconciliación fontal. En efecto, en
virtud de su misión esencial, la Iglesia siente el deber de llegar hasta las
raíces de la laceración primigenia del pecado, para lograr su curación y
restablecer, por así decirlo, una reconciliación también primigenia que sea
principio eficaz de toda verdadera reconciliación. Esto es lo que la Iglesia ha
tenido ante los ojos y ha propuesto mediante el Sínodo.
De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer por
ella toda clase de esfuerzos;(15) pero al mismo tiempo nos dice que es ante
todo un don misericordioso de Dios al hombre.(16) La historia de la salvación
—tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es
la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que es
Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho
hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados.
La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del
pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más
íntimo del hombre y en su entorno.
Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la
liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por
lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación;
es imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra.
El Sínodo ha hablado, al mismo tiempo, de la reconciliación de toda la
familia humana y de la conversión del corazón de cada persona, de su retorno a
Dios, queriendo con ello reconocer y proclamar que la unión de los hombres no
puede darse sin un cambio interno de cada uno. La corversión personal es
la vía necesaria para la concordia entre las personas.(17) Cuando la
Iglesia proclama la Buena Nueva de la reconciliación, o propone llevarla a cabo
a través de los Sacramentos, realiza una verdadera función profética,
denunciando los males del hombre en la misma fuente contaminada, señalando la
raíz de las divisiones e infundiendo la esperanza de poder superar las
tensiones y los conflictos para llegar a la fraternidad, a la concordia y a la
paz a todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad humana. Ella
cambia una condición histórica de odio y de violencia en una civilización del
amor; está ofreciendo a todos el principio evangélico y sacramental de aquella
reconciliación fontal, de la que brotan todos los demás gestos y actos de
reconciliación, incluso a nivel social.
De tal reconciliación, fruto de la conversión, deseo tratar en esta
Exhortación. De hecho, una vez más —como ya había sucedido al concluir las tres
Asambleas precedentes del Sínodo— los mismos Padres han querido hacer entrega
al Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal y Cabeza del Colegio
Episcopal, en su calidad de Presidente del Sínodo, las conclusiones de su
trabajo. Por mi parte he aceptado, cual grave y grato deber de mi ministerio,
la tarea de extraer de la ingente riqueza del Sínodo un mensaje doctrinal y
pastoral sobre el tema de reconciliación y penitencia para ofrecerlo al Pueblo
de Dios como fruto del Sínodo mismo.
En la primera parte me propongo tratar de la Iglesia en el cumplimiento de
su misión reconciliadora, en la obra de conversión de los corazones en orden a
un renovado abrazo entre el hombre y Dios, entre el hombre y su hermano, entre
el hombre y todo lo creado. En la segunda parte se indicará la causa radical de
toda laceración o división entre los hombres y, ante todo, con respecto a Dios:
el pecado. Por último señalaré aquellos medios que permiten a la Iglesia
promover y suscitar la reconciliación plena de los hombres con Dios y, por
consiguiente, de los hombres entre sí.
El Documento que ahora entrego a los hijos de la Iglesia, —mas también a
todos aquellos que, creyentes o no, miran hacia ella con interés y ánimo
sincero— desea ser una respuesta obligada a todo aquello que el Sínodo me ha
pedido. Pero es también —quiero aclararlo en honor a la verdad y la justicia—
obra del mismo Sínodo. De hecho, el contenido de estas páginas proviene del
Sínodo mismo: de su preparación próxima y remota, del Instrumentum laboris,
de las intervenciones en el aula sinodal y en los circuli minores y,
sobre todo, de las sesenta y tres Propositiones. Encontramos aquí el
fruto del trabajo conjunto de los Padres, entre los cuales no faltaban los
representantes de las Iglesias Orientales, cuyo patrimonio teológico, espiritual
y litúrgico, es tan rico y digno de veneración también en la materia que aquí
interesa. Además ha sido el Consejo de la Secretaría del Sínodo el que ha
examinado en dos importantes sesiones los resultados y las orientaciones de la
reunión sinodal apenas concluida, el que ha puesto en evidencia la dinámica de
las susodichas Propositiones y, finalmente, ha trazado las líneas
consideradas más idóneas para la redacción del presente documento. Expreso mi
agradecimiento a todos los que han realizado este trabajo, mientras fiel a mi
misión, deseo transmitir aquí lo que del tesoro doctrinal y pastoral del Sínodo
me parece providencial para la vida de tantos hombres en esta hora magnífica y
difícil de la historia.
Conviene hacerlo —y resulta altamente significativo— mientras todavía está
vivo el recuerdo del Año Santo, totalmente vivido bajo el signo de la
penitencia, conversión y reconciliación.
Ojalá que esta Exhortación que confío a mis Hermanos en el Episcopado y a
sus colaboradores, los Presbíteros y Diáconos, los Religiosos y Religiosas, a
todos los fieles y a todos los hombres y mujeres de conciencia recta, sea no
solamente un instrumento de purificación, de enriquecimiento y afianzamiento de
la propia fe personal, sino también levadura capaz de hacer crecer en el
corazón del mundo la paz y la fraternidad, la esperanza y la alegría, valores
que brotan del Evangelio escuchado, meditado y vivido día a día a ejemplo de
María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual Dios se ha
complacido en reconciliar consigo todas las cosas.(18)
PRIMERA PARTE
CONVERSIÓN Y RECONCILIACIÓN
TAREA Y EMPEÑO DE LA IGLESIA
CAPÍTULO
PRIMERO
UNA PARÁBOLA DE LA RECONCILIACIÓN
5. Al comienzo de esta Exhortación Apostólica se presenta a
mi espíritu la página extraordinaria de S. Lucas, que ya he tratado de ilustrar
en un Documento mio anterior.(19) Me refiero a la parábola del hijo
pródigo.(20)
Del hermano que estaba perdido...
«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre, dame la
parte de herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo la
dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el
despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los
tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad
perdida, de la humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la
propia casa, la valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente
no había olvidado al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima.
Siempre lo había esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran
fiesta por el regreso de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había
perdido y ha sido encontrado».
El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de
separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído
en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había
fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo
todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el
deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios
anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el
banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre
al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a
perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del
Padre celestial.
...al hermano que se quedó en casa
6. Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor
que rechaza su puesto en el banquete. Este reprocha al hermano más joven sus
descarríos y al padre la acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él,
sobrio y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido —dice—
celebrar una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del
padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios
méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y
no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en
plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.
El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser
celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a
Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la
felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo.(21) También
bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.
La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran
amor de un padre —Dios— que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la
reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano
mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la
historia de la familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a
seguir. El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del
padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su
propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin
reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible
si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de
la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita
misericordia. Sin embargo, si se lee la parábola desde la perspectiva del otro
hijo, en ella se describe la situación de la familia humana dividida por los
egoísmos, arroja luz sobre las dificultades para secundar el deseo y la
nostalgia de una misma familia reconciliada y unida; reclama por tanto la
necesidad de una profunda transformación de los corazones y el descubrimiento
de la misericordia del Padre y de la victoria sobre la incomprensión y las
hostilidades entre hermanos.
A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el pecado,
la Iglesia, haciendo suya la llamada allí contenida, comprende, siguiendo las huellas
del Señor, su misión de trabajar por la conversión de los corazones y por la
reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, dos realidades íntimamente
unidas.
CAPÍTULO
SEGUNDO
A LAS FUENTES DE LA RECONCILIACIÓN
En la luz de Cristo reconciliador
7. Como se deduce de la parábola del hijo pródigo, la
reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya. Mas
nuestra fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en el misterio de Cristo
redentor, reconciliador, que libera al hombre del pecado en todas sus formas.
El mismo S. Pablo no duda en resumir en dicha tarea y función la misión
incomparable de Jesús de Nazaret, Verbo e Hijo de Dios hecho hombre.
También nosotros podemos partir de este misterio central de la economía
de la salvación, punto clave de la cristología del Apóstol. «Porque si
siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo
—escribe a los Romanos— mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida.
Y no solo reconciliados, sino que nos gloriamos en Dios Nuestro Señor
Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación».(22) Puesto que «Dios
nos ha reconciliado con sí por medio de Cristo», Pablo se siente inspirado a
exhortar a los cristianos de Corinto: «Reconciliaos con Dios».(23)
De esta misión reconciliadora mediante la muerte en la cruz hablaba, en
otros términos, el evangelista Juan al observar que Cristo debía morir «para
reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos».(24)
Pero S. Pablo nos permite ampliar más aún nuestra visión de la obra de
Cristo a dimensiones cósmicas, cuando escribe que en Él, el Padre ha
reconciliado consigo todas las criaturas, las del cielo y las de la tierra.(25)
Con razón se puede decir de Cristo redentor que «en el tiempo de la ira ha sido
hecho reconciliación»(26) y que, si Él es «nuestra paz»(27) es también nuestra
reconciliación.
Con toda razón, por tanto, su pasión y muerte, renovadas sacramentalmente en
la Eucaristía, son llamadas por la liturgia «Sacrificio de reconciliación»:(28)
reconciliación con Dios, y también con los hermanos, puesto que Jesús mismo nos
enseña que la reconciliación fraterna ha de hacerse antes del sacrificio.(29)
Por consiguiente, partiendo de estos y de otros autorizados y significativos
lugares neotestamentarios, es legítimo hacer converger las reflexiones acerca
de todo el misterio de Cristo en torno a su misión de reconciliador.
Una vez más se ha de proclamar la fe de la Iglesia en el acto redentor de
Cristo, en el misterio pascual de su muerte y resurrección, como causa de la reconciliación
del hombre en su doble aspecto de liberación del pecado y de comunión de gracia
con Dios.
Y precisamente ante el doloroso cuadro de las divisiones y de las
dificultades de la reconciliación entre los hombres, invito a mirar
hacia el mysterium Crucis como al drama más alto en el que Cristo
percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división del hombre con respecto
a Dios, hasta el punto de gritar con las palabras del Salmista: «Dios mío, Dios
mío ¿por qué me has abandonado?», (30) llevando a cabo, al mismo tiempo,
nuestra propia reconciliación.
La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar siempre
aquella dimensión «vertical» de la división y de la
reconciliación en lo que respecta a la relación hombre-Dios, que para la mirada
de la fe prevalece siempre sobre la dimensión «horizontal», esto
es, sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la reconciliación
entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal reconciliación entre
los mismos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo,
muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza
con Dios y de este modo derribar el muro de separación(31) que el pecado había
levantado entre los hombres.
La Iglesia reconciliadora
8. Pero como decía San León Magno hablando de la pasión de
Cristo, «todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del
mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino
que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en el
presente».(32)
Experimentamos la reconciliación realizada en su humanidad mediante la
eficacia de los sagrados misterios celebrados por su Iglesia, por la que Él se
entregó a sí mismo y la ha constituido signo y, al mismo tiempo, instrumento de
salvación.
Así lo afirma San Pablo cuando escribe que Dios ha dado a los apóstoles de
Cristo una participación en su obra reconciliadora. «Dios —nos dice— ha
confiado el misterio de la reconciliación ... y la palabra de
reconciliación».(33)
En las manos y labios de los apóstoles, sus mensajeros, el Padre ha puesto
misericordiosamente un ministerio de reconciliación que ellos llevan a
cabo de manera singular, en virtud del poder de actuar «in persona Christi».
Mas también a toda la comunidad de los creyentes, a todo el conjunto de la
Iglesia, le ha sido confiada la palabra de reconciliación, esto es, la
tarea de hacer todo lo posible para dar testimonio de la reconciliación y
llevarla a cabo en el mundo.
Se puede decir que también el Concilio Vaticano II, al definir la Iglesia
como un «sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de
la unidad de todo el género humano», —y al señalar como función suya la de
lograr la «plena unidad en Cristo» para «todos los hombres, unidos hoy más
íntimamente por toda clase de relaciones»—(34) reconocía que la Iglesia debe
buscar ante todo llevar a los hombres a la reconciliación plena.
En conexión íntima con la misión de Cristo se puede, pues, condensar la
misión —rica y compleja— de la Iglesia en la tarea —central para ella— de la
reconciliación del hombre: con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo
lo creado; y esto de modo permanente, porque —como he dicho en otra ocasión—
«la Iglesia es por su misma naturaleza siempre reconciliadora».(35)
La Iglesia es reconciliadora en cuanto proclama el mensaje de la
reconciliación, como ha hecho siempre en su historia desde el Concilio
apostólico de Jerusalén(36) hasta el último Sínodo y el reciente Jubileo de la
Redención. La originalidad de esta proclamación estriba en el hecho de que para
la Iglesia la reconciliación está estrechamente relacionada con la
conversión del corazón; éste es el camino obligado para el entendimiento entre
los seres humanos.
La Iglesia es reconciliadora también en cuanto muestra al hombre las vías y
le ofrece los medios para la antedicha cuádruple reconciliación. Las vías son,
en concreto, las de la conversión del corazón y de la victoria sobre el pecado,
ya sea éste el egoísmo o la injusticia, la prepotencia o la explotación de los
demás, el apego a los bienes materiales o la búsqueda desenfrenada del placer.
Los medios son: el escuchar fiel y amorosamente la Palabra de Dios, la oración
personal y comunitaria y, sobre todo, los sacramentos, verdaderos signos e instrumentos
de reconciliación entre los que destaca —precisamente bajo este aspecto— el que
con toda razón llamamos Sacramento de reconciliación o de la Penitencia, sobre
el cual volveremos más adelante.
La Iglesia reconciliada
9. Mi venerado Predecesor Pablo VI ha tenido el mérito de
poner en claro que, para ser evangelizadora, la Iglesia debe comenzar
mostrándose ella misma evangelizada, esto es, abierta al anuncio pleno e
íntegro de la Buena Nueva de Jesucristo, escuchándola y poniéndola en
práctica.(37) También yo, al recoger en un documento orgánico las reflexiones
de la IV Asamblea General del Sínodo, he hablado de una Iglesia que se
catequiza en la medida en que lleva a cabo la catequesis.(38)
Dado que también se aplica al tema que estoy tratando, no dudo ahora en
volver a tomar la comparación para reafirmar que la Iglesia, para ser reconciliadora,
ha de comenzar por ser una Iglesia reconciliada. En esta expresión
simple y clara subyace la convicción de que la Iglesia, para anunciar y
promover de modo más eficaz al mundo la reconciliación, debe convertirse cada
vez más en una comunidad (aunque se trate de la «pequeña grey» de los primeros
tiempos) de discípulos de Cristo, unidos en el empeño de convertirse
continuamente al Señor y de vivir como hombres nuevos en el espíritu y práctica
de la reconciliación.
Frente a nuestros contemporáneos —tan sensibles a la prueba del testimonio
concreto de vida— la Iglesia está llamada a dar ejemplo de reconciliación ante
todo hacia dentro; por esta razón, todos debemos esforzarnos en pacificar los
ánimos, moderar las tensiones, superar las divisiones, sanar las heridas que se
hayan podido abrir entre hermanos, cuando se agudiza el contraste de las
opciones en el campo de lo opinable, buscando por el contrario, estar unidos en
lo que es esencial para la fe y para la vida cristiana, según la antigua
máxima: In dubiis libertas, in necessariis unitas, in omnibus caritas.
Según este mismo criterio, la Iglesia debe poner en acto también su
dimensión ecuménica. En efecto, para ser enteramente reconciliada, ella sabe
que ha de proseguir en la búsqueda de la unidad entre aquellos que se honran en
llamarse cristianos, pero que están separados entre sí —incluso en cuanto
Iglesias o Comuniones— y de la Iglesia de Roma. Esta busca una unidad que, para
ser fruto y expresión de reconciliación verdadera, no trata de fundarse ni
sobre el disimulo de los puntos que dividen, ni en compromisos tan fáciles
cuanto superficiales y frágiles. La unidad debe ser el resultado de una
verdadera conversión de todos, del perdón recíproco, del diálogo teológico y de
las relaciones fraternas, de la oración, de la plena docilidad a la acción del
Espíritu Santo, que es también Espíritu de reconciliación.
Por último, la Iglesia para que pueda decirse plenamente reconciliada,
siente que ha de empeñarse cada vez más en llevar el Evangelio a todas las
gentes, promoviendo el «diálogo de la salvación», (39) a aquellos amplios
sectores de la humanidad en el mundo contemporáneo que no condividen su fe y
que, debido a un creciente secularismo, incluso toman sus distancias respecto
de ella o le oponen una fría indiferencia, si no la obstaculizan y la
persiguen. La Iglesia siente el deber de repetir a todos con San Pablo:
«Reconciliaos con Dios».(40)
En cualquier caso, la Iglesia promueve una reconciliación en la verdad,
sabiendo bien que no son posibles ni la reconciliación ni la unidad contra o
fuera de la verdad.
CAPÍTULO
TERCERO
LA INICIATIVA DE DIOS Y EL MINISTERIO
DE LA IGLESIA
10. Por ser una comunidad reconciliada y reconciliadora, la
Iglesia no puede olvidar que en el origen mismo de su don y de su misión
reconciliadora se halla la iniciativa llena de amor compasivo y misericordioso
del Dios que es amor(41) y que por amor ha creado a los hombres;(42) los ha
creado para que vivan en amistad con Él y en mutua comunión.
La reconciliación viene de Dios
Dios es fiel a su designio eterno incluso cuando el hombre, empujado por el
Maligno(43) y arrastrado por su orgullo, abusa de la libertad que le fue dada
para amar y buscar el bien generosamente, negándose a obedecer a su Señor y
Padre; continúa siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de responder con
amor al amor de Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose ilusiones y
presumiendo de sus propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones
con Aquel que lo creó. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios
permanece fiel al amor. Ciertamente, la narración del paraíso del Edén nos
hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se
traduce en un desorden en el interior del hombre y en la ruptura de la armonía
entre hombre y mujer, entre hermano y hermano.(44) También la parábola
evangélica de los dos hijos —que de formas diversas se alejan del padre,
abriendo un abismo entre ellos— es significativa. El rechazo del amor paterno
de Dios y de sus dones de amor está siempre en la raíz de las divisiones de la
humanidad.
Pero nosotros sabemos que Dios «rico en misericordia»(45) a semejanza del
padre de la parábola, no cierra el corazón a ninguno de sus hijos. Él los
espera, los busca, los encuentra donde el rechazo de la comunión los hace
prisioneros del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en torno a
su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y de la reconciliación.
Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto redentor de
Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio de la Iglesia.
En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre y ha venido a
habitar la tierra de los hombres; ha entrado en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí.(46) Él nos ha revelado que Dios es amor y
que nos ha dado el «mandamiento nuevo»(47) del amor, comunicándonos al mismo
tiempo la certeza de que la vía del amor se abre a todos los hombres, de tal
manera que el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal no es vano.(48)
Venciendo con la muerte en la cruz el mal y el poder del pecado con su total
obediencia de amor, Él ha traído a todos la salvación y se ha hecho
«reconciliación» para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo
mismo.
La Iglesia, continuando el anuncio de reconciliación que Cristo hizo resonar
por las aldeas de Galilea y de toda Palestina, (49) no cesa de invitar a la
humanidad entera a convertirse y a creer en la Buena Nueva. Ella habla en
nombre de Cristo, haciendo suya la apelación del apóstol Pablo que ya hemos
mencionado: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por
medio de nosotros. Por eso os rogamos: reconciliaos con Dios».(50)
Quien acepta esta llamada entra en la economía de la reconciliación y
experimenta la verdad contenida en aquel otro anuncio de San Pablo, según el
cual Cristo «es nuestra paz; él hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro
de separación, la enemistad... estableciendo la paz, y reconciliándolos a ambos
en un solo cuerpo con Dios por la cruz».(51) Aunque este texto se refiere
directamente a la superación de la división religiosa dentro de Israel en cuanto
pueblo elegido del Antiguo Testamento y a los otros pueblos llamados todos
ellos a formar parte de la Nueva Alianza, en él encontramos, sin embargo, la
afirmación de la nueva universalidad espiritual, querida por Dios y por Él
realizada mediante el sacrificio de su Hijo, el Verbo hecho hombre, en favor de
todos aquellos que se convierten y creen en Cristo, sin exclusiones ni
limitaciones de ninguna clase. Por tanto, todos —cada hombre, cada pueblo—
hemos sido llamados a gozar de los frutos de esta reconciliación querida por
Dios.
La Iglesia, gran sacramento de
reconciliación
11. La Iglesia tiene la misión de anunciar esta
reconciliación y de ser el sacramento de la misma en el mundo. Sacramento,
o sea, signo e instrumento de reconciliación es la Iglesia por diferentes
títulos de diverso valor, pero todos ellos orientados a obtener lo que la
iniciativa divina de misericordia quiere conceder a los hombres.
Lo es, sobre todo, por su existencia misma de comunidad reconciliada, que
testimonia y representa en el mundo la obra de Cristo.
Además, lo es por su servicio como guardiana e intérprete de la Sagrada
Escritura, qu es gozosa nueva de reconciliación en cuanto que, generación tras
generación, hace conocer el designio amoroso de Dios e indica a cada una de ellas
los caminos de la reconciliación universal en Cristo.
Por último, lo es también por los siete sacramentos que, cada uno de ellos
en modo peculiar «edifican la Iglesia».(52) De hecho, puesto que conmemoran y
renuevan el misterio de la Pascua de Cristo, todos los sacramentos son fuente
de vida para la Iglesia y, en sus manos, instrumentos de conversión a Dios y de
reconciliación de los hombres.
Otras vías de reconciliación
12. La misión reconciliadora es propia de toda la Iglesia,
y en modo particular de aquella que ya ha sido admitida a la participación
plena de la gloria divina con la Virgen María, con los Ángeles y los Santos,
que contemplan y adoran al Dios tres veces santo. Iglesia del cielo, Iglesia de
la tierra e Iglesia del purgatorio están misteriosamente unidas en esta
cooperación con Cristo en reconciliar el mundo con Dios.
La primera vía de esta acción salvífica es la oración. Sin duda la Virgen,
Madre de Dios y de la Iglesia, (53) y los Santos, que llegaron ya al final del
camino terreno y gozan de la gloria de Dios, sostienen con su intercesión a sus
hermanos peregrinos en el mundo, en un esfuerzo de conversión, de fe, de
levantarse tras cada caída, de acción para hacer crecer la comunión y la paz en
la Iglesia y en el mundo. En el misterio de la comunión de los Santos la
reconciliación universal se actúa en su forma más profunda y más fructífera
para la salvación común.
Existe además otra vía: la de la predicación. Siendo discípula del único
Maestro Jesucristo, la Iglesia, a su vez, como Madre y Maestra, no se cansa de
proponer a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia del
pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los
hombres «reconciliarse con Dios». En realidad esta es su misión profética en el
mundo de hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza,
Jesús. Como Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de
amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón y la invitación a la
esperanza que viene de la cruz.
Existe también la vía, frecuentemente difícil y áspera, de la acción
pastoral para devolver a cada hombre —sea quien sea y dondequiera se halle— al
camino, a veces largo, del retorno al Padre en comunión con todos los hermanos.
Existe, finalmente, la vía, casi siempre silenciosa, del testimonio, la cual
nace de una doble convicción de la Iglesia: la de ser en sí misma
«indefectiblemente santa», (54) pero a la vez necesitada de ir «purificándose
día a día hasta que Cristo la haga comparecer ante sí gloriosa, sin manchas ni
arrugas» pues, a causa de nuestros pecados a veces «su rostro resplandece
menos» a los ojos de quien la mira.(55) Este testimonio no puede menos de
asumir dos aspectos fundamentales: ser signo de aquella caridad universal que Jesucristo
ha dejado como herencia a sus seguidores cual prueba de pertenecer a su reino,
y traducirse en obras siempre nuevas de conversión y de reconciliación dentro y
fuera de la Iglesia, con la superación de las tensiones, el perdón recíproco, y
con el crecimiento del espíritu de fraternidad y de paz que ha de propagar en
el mundo entero. A lo largo de esta vía la Iglesia podrá actuar eficazmente
para que pueda surgir la que mi Predecesor Pablo VI llamó la «civilización del
amor».
SEGUNDA PARTE
EL AMOR MÁS GRANDE QUE EL PECADO
El drama del hombre
13. Como escribe el apóstol San Juan: «Si decimos que
estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con
nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará
los pecados».(56) Estas palabras inspiradas, escritas en los albores de la
Iglesia, nos introducen mejor que cualquier otra expresión humana en el tema
del pecado, que está íntimamente relacionado con el de la reconciliación. Tales
palabras enfocan el problema del pecado en su perspectiva antropológica como
parte integrante de la verdad sobre el hombre, mas lo encuadran inmediatamente
en el horizonte divino, en el que el pecado se confronta con la verdad del amor
divino, justo, generoso y fiel, que se manifiesta sobre todo con el perdón y la
redención. Por ello, el mismo San Juan escribe un poco más adelante que «si
nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón».(57)
Reconocer el propio pecado, es más, —yendo aún más a fondo en la
consideración de la propia personalidad— reconocerse pecador, capaz de
pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios.
Es la experiencia ejemplar de David, quien «tras haber cometido el mal a los
ojos del Señor», al ser reprendido por el profeta Natán(58) exclama: «Reconozco
mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces».(59) El mismo Jesús pone en la boca y en el
corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: «Padre, he pecado
contra el cielo y contra ti».(60)
En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con
lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye,
por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del
término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de
arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta
es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que
se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión
solamente en términos abstractos.
En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir
conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de
reconciliación de la Iglesia interviene en cada caso con una finalidad
claramente penitencial, esto es, la de conducir al hombre al «conocimiento de
sí mismo» según la expresión de Santa Catalina de Siena;(61) a apartarse del
mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma interior, a la
nueva conversión eclesial. Podría incluso decirse que más allá del ámbito de la
Iglesia y de los creyentes, el mensaje y el ministerio de la penitencia son
dirigidos a todos los hombres, porque todos tienen necesidad de conversión y
reconciliación.(62)
Para llevar a cabo de modo adecuado dicho ministerio penitencial, es
necesario, además, superar con los «ojos iluminados»(63) de la fe, las
consecuencias del pecado, que son motivo de división y de ruptura, no sólo en
el interior de cada hombre, sino también en los diversos círculos en que él
vive: familiar, ambiental, profesional, social, como tantas veces se puede
constatar experimentalmente, y como confirma la página bíblica sobre la ciudad
de Babel y su torre.(64) Afanados en la construcción de lo que debería ser a la
vez símbolo y centro de unidad, aquellos hombres vienen a encontrarse más
dispersos que antes, confundidos en el lenguaje, divididos entre sí, e
incapaces de ponerse de acuerdo.
¿Por qué falló aquel ambicioso proyecto? ¿Por qué «se cansaron en vano los
constructores»?(65) Porque los hombres habían puesto como señal y garantía de
la deseada unidad solamente una obra de sus manos olvidando la acción del
Señor. Habían optado por la sola dimensión horizontal del trabajo y de la vida
social, no prestando atención a aquella vertical con la que se hubieran
encontrado enraizados en Dios, su Creador y Señor, y orientados hacia Él como
fin último de su camino.
Ahora bien, se puede decir que el drama del hombre de hoy —como el del
hombre de todos los tiempos— consiste precisamente en su carácter babélico.
CAPÍTULO
PRIMERO
EL MISTERIO DEL PECADO
14. Si leemos la página bíblica de la ciudad y de la torre de
Babel a la nueva luz del Evangelio, y la comparamos con aquella otra página
sobre la caída de nuestros primeros padres, podemos sacar valiosos elementos
para una toma de conciencia del misterio del pecado. Esta expresión, en la
que resuena el eco de lo que escribe San Pablo sobre el misterio de la
iniquidad, (66) se orienta a hacernos percibir lo que de oscuro e
inaprensible se oculta en el pecado. Este es sin duda, obra de la libertad del
hombre;mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón de los
cuales el pecado se sitúa mas allá de lo humano, en aquella zona límite donde
la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con
las oscuras fuerzas que, según San Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse
de él.(67)
La desobediencia a Dios
De la narración bíblica referente a la construcción de la torre de Babel
emerge un primer elemento que nos ayuda a comprender el pecado: los hombres han
pretendido edificar una ciudad, reunirse en un conjunto social, ser fuertes y
poderosos sin Dios, o incluso contra Dios.(68) En este sentido,
la narración del primer pecado en el Edén y la narración de Babel, a pesar de
las notables diferencias de contenido y de forma entre ellas, tienen un punto
de convergencia: en ambas nos encontramos ante una exclusión de Dios,
por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad hacia
él, por la engañosa pretensión de ser «como él».(69) En la narración de Babel
la exclusión de Dios no aparece en clave de contraste con él, sino como
olvido e indiferencia ante él; como si Dios no mereciese ningún interés en el
ámbito del proyecto operativo y asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación
con Dios es rota con violencia. En el caso del Edén aparece en toda su
gravedad y dramaticidad lo que constituye la esencia más íntima y más oscura
del pecado: la desobediencia a Dios, a su ley, a la norma moral que él dio al
hombre, escribiéndola en el corazón y confirmándola y perfeccionándola con la
revelación.
Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo
de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado,
que puede llegar hasta la negación de Dios y de su existencia; es el
fenómeno llamado ateísmo. Desobediencia del hombre que no reconoce mediante un
acto de su libertad el dominio de Dios sobre la vida, al menos en aquel
determinado momento en que viola su ley.
La división entre hermanos
15. En las narraciones bíblicas antes recordadas, la
ruptura con Dios desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos.
En la descripción del «primer pecado», la ruptura con Yavé rompe al mismo
tiempo el hilo de la amistad que unía a la familia humana, de tal manera que
las páginas siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer
como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro;(70) y más adelante el
hermano que, hostil a su hermano, termina quitándole la vida.(71)
Según la narración de los hechos de Babel la consecuencia del pecado es la
desunión de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega
ahora al extremo en su forma social.
Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de considerar esta
concatenación de causa y efecto. En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto
de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel
de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto
suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios,
también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí
contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi
inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el
mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos
momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la
realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse
repercusiones y señales del desorden interior.
El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador abre
en su propio costado y en relación con el prójimo. Por consiguiente, se puede
hablar de pecado personal y social. Todo pecado es personal
bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto y
debido a que tiene también consecuencias sociales.
Pecado personal y pecado social
16. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un
acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no
precisamente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado,
apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede
estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición
personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar,
en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y
culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra
experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta
verdad con el fin de descargar en realidades externas —las estructuras, los
sistemas, los demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto
supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan
—aunque sea de modo tan negativo y desastroso— también en esta responsabilidad
por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e
intrasferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más
importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de
éste con Dios —que es el fundamento mismo de la vida humana— y en su espíritu,
debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia.
Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad se referían los
que, en la preparación del Sínodo y durante los trabajos sinodales, mencionaron
con cierta frecuencia el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido, tienen, en verdad,
diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en
virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y
concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es
ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla
en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced
a la cual se ha podido decir que «toda alma que se eleva, eleva al mundo».(72)
A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del
descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado,
por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en
cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun
el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente
a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con
mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana.
Según esta primera acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada pecado
el carácter de pecado social.
Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto, una agresión
directa contra el prójimo y —más exactamente según el lenguaje evangélico—
contra el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo. A estos
pecados se suele dar el nombre de sociales, y ésta es la segunda
acepción de la palabra. En este sentido es social el pecado contra el
amor del prójimo, que viene a ser mucho más grave en la ley de Cristo porque
está en juego el segundo mandamiento que es «semejante al primero».(73) Es
igualmente social todo pecado cometido contra la justicia en las
relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la sociedad, y
aun de la comunidad con la persona. Es social todo pecado cometido
contra los derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida,
sin excluir la del que está por nacer, o contra la integridad física de alguno;
todo pecado contra la libertad ajena, especialmente contra la suprema libertad
de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del
prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y sus exigencias,
dentro del amplio panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos. Puede
ser social el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos,
económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con sabiduría en el
mejoramiento o en la transformación de la sociedad según las exigencias y las
posibilidades del momento histórico; así como por parte de trabajadores que no
cumplen con sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas
puedan seguir dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la
sociedad.
La tercera acepción de pecado social se refiere a las relaciones
entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están siempre en
sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y
paz entre los individuos, los grupos y los pueblos. Así la lucha de clases,
cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un mal
social. Así la contraposición obstinada de los bloques de Naciones y de una
Nación contra la otra, de unos grupos contra otros dentro de la misma Nación,
es también un mal social. En ambos casos, puede uno preguntarse si se
puede atribuir a alguien la responsabilidad moral de estos males y, por lo
tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues admitir que realidades y
situaciones, como las señaladas, en su modo de generalizarse y hasta
agigantarse como hechos sociales, se convierten casi siempre en anónimas, así
como son complejas y no siempre identificables sus causas. Por consiguiente, si
se habla de pecado social, aquí la expresión tiene un significado
evidentemente analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico,
no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino
que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su
responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas
realidades y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que añadir
inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado
social, —por muy usual que sea hoy en algunos ambientes, (74)— que al
oponer, no sin ambiguedad, pecado social y pecado personal, lleva
más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal,
para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales. Según este
significado, que revela fácilmente su derivación de ideologías y sistemas no
cristianos —tal vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus
paladines—, prácticamente todo pecado sería social, en el sentido de ser
imputable no tanto a la conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga
entidad y colectividad anónima, que podría ser la situación, el sistema, la
sociedad, las estructuras, la institución.
Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o
denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o
comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de
enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado
social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados
personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece
o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o,
al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza,
miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca
refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien
pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden
superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas.
Una situación —como una institución, una estructura, una sociedad— no es, de
suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí
misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas
pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación puede cambiar en sus
aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley o —como por
desgracia sucede muy a menudo, — por la ley de la fuerza, en realidad el cambio
se demuestra incompleto, de poca duración y, en definitiva, vano e ineficaz,
por no decir contraproducente, si no se convierten las personas directa o
indirectamente responsables de tal situación.
Mortal y venial
17. Pero he aquí, en el misterio del pecado, una nueva
dimensión sobre la que la mente del hombre jamás ha dejado de meditar: la de su
gravedad. Es una cuestión inevitable, a la que la conciencia cristiana nunca ha
renunciado a dar una respuesta: ¿por qué y en qué medida el pecado es
grave en la ofensa que hace a Dios y en su repercusión sobre el hombre? La
Iglesia tiene su doctrina al respecto, y la reafirma en sus elementos
esenciales, aun sabiendo que no es siempre fácil, en las situaciones concretas,
deslindar netamente los confines.
Ya en el Antiguo Testamento, para no pocos pecados —los cometidos con
deliberación, (75) las diversas formas de impudicicia, (76) idolatría, (77)
culto a los falsos dioses(78)— se declaraba que el reo debía ser «eliminado de
su pueblo», lo que podía también significar ser condenado a muerte.(79) A estos
pecados se contraponían otros, sobre todo los cometidos por ignorancia, que
eran perdonados mediante un sacrificio.(80)
Refiriéndose también a estos textos, la Iglesia, desde hace siglos,
constantemente habla de pecado mortal y de pecado venial. Pero esta
distinción y estos términos se esclarecen sobre todo en el Nuevo Testamento,
donde se encuentran muchos textos que enumeran y reprueban con expresiones
duras los pecados particularmente merecedores de condena, (81) además de la
ratificación del Decálogo hecha por el mismo Jesús.(82) Quiero referirme aqui
de modo especial a dos páginas significativas e impresionantes.
San Juan, en un texto de su primera Carta, habla de un pecado que
conduce a la muerte (pròs thánaton) en contraposición a un pecado que
no conduce a la muerte (mè pròs thánaton).(83) Obviamente, aquí el
concepto de muerte es espiritual: se trata de la pérdida de la verdadera
vida o «vida eterna», que para Juan es el conocimiento del Padre y del Hijo,
(84) la comunión y la intimidad entre ellos. El pecado que conduce a la
muerte parece ser en este texto la negación del Hijo, (85) o el culto a las
falsas divinidades.(86) De cualquier modo con esta distinción de conceptos,
Juan parece querer acentuar la incalculable gravedad de lo que es la esencia
del pecado, el rechazo de Dios, que se realiza sobre todo en la apostasía
y en la idolatría, o sea en repudiar la fe en la verdad revelada y en
equiparar con Dios ciertas realidades creadas, elevándolas al nivel de ídolos o
falsos dioses.(87) Pero el Apóstol en esa página intenta también poner en claro
la certeza que recibe el cristiano por el hecho de ser «nacido de Dios» y por
la venida del Hijo: existe en él una fuerza que lo preserva de la caída del
pecado; Dios lo custodia, «el Maligno no lo toca». Porque si peca por debilidad
o ignorancia, existe en él la esperanza de la remisión, gracias también a la
ayuda que le proviene de la oración común de los hermanos.
En otro texto del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Mateo, (88) el mismo
Jesús habla de una «blasfemia contra el Espíritu Santo», la cual es
«irremisible», ya que ella es, en sus manifestaciones, un rechazo obstinado de
conversión al amor del Padre de las misericordias.
Es claro que se trata de expresiones extremas y radicales del rechazo de
Dios y de su gracia y, por consiguiente, de la oposición al principio mismo de
la salvación, (89) por las que el hombre parece cerrarse voluntariamente la vía
de la remisión. Es de esperar que pocos quieran obstinarse hasta el final en
esta actitud de rebelión o, incluso, de desafío contra Dios, el cual, por otro
lado, en su amor misericordioso es más fuerte que nuestro corazón —como nos
enseña también San Juan(90)— y puede vencer todas nuestras resistencias
psicológicas y espirituales, de manera que —como escribe Santo Tomás de Aquino—
«no hay que desesperar de la salvación de nadie en esta vida, considerada la
omnipotencia y la misericordia de Dios».(91)
Pero ante el problema del encuentro de una voluntad rebelde con Dios,
infinitamente justo, no se puede dejar de abrigar saludables sentimientos de
«temor y temblor», como sugiere San Pablo;(92) mientras la advertencia de Jesús
sobre el pecado que no es «remisible» confirma la existencia de culpas, que
pueden ocasionar al pecador «la muerte eterna» como pena.
A la luz de estos y otros textos de la Sagrada Escritura, los doctores y los
teólogos, los maestros de la vida espiritual y los pastores han distinguido los
pecados en mortales y veniales. San Agustín, entre otros, habla
de letalia o mortifera crimina, oponiéndolos a venialia, levia
o quotidiana.(93) El significado que él atribuye a estos
calificativos influirá en el Magisterio posterior de la Iglesia. Después de él,
será Santo Tomás de Aquino el que formulará en los términos más claros posibles
la doctrina que se ha hecho constante en la Iglesia.
Al definir y distinguir los pecados mortales y veniales, no
podría ser ajena a Santo Tomás y a la teología sobre el pecado, que se basa en
su enseñanza, la referencia bíblica y, por consiguiente, el concepto de muerte
espiritual. Según el Doctor Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre
debe permanecer en comunión con el supremo principio de la vida, que es Dios,
en cuanto es el fin último de todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un
desorden perpetrado por el hombre contra ese principio vital. Y cuando «por
medio del pecado, el alma comete una acción desordenada que llega hasta la
separación del fin último —Dios— al que está unida por la caridad, entonces se
da el pecado mortal; por el contrario, cada vez que la acción desordenada
permanece en los límites de la separación de Dios, entonces el pecado es
venial».(94) Por esta razón, el pecado venial no priva de la gracia
santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la
bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia
del pecado mortal.
Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena que incluye,
Santo Tomás con otros doctores llama mortal al pecado que, si no ha sido
perdonado, conlleva una pena eterna; es venial el pecado que merece una
simple pena temporal (o sea parcial y expiable en la tierra o en el
purgatorio).
Si se mira además a la materia del pecado, entonces las ideas de
muerte, de ruptura radical con Dios, sumo bien, de desviación del camino que
lleva a Dios o de in terrupción del camino hacia Él (modos todos ellos de
definir el pecado mortal) se unen con la idea de gravedad del contenido
objetivo; por esto, el pecado grave se identifica prácticamente, en la
doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el pecado mortal.
Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza tradicional de la Iglesia,
reafirmada con frecuencia y con vigor durante el reciente Sínodo. En efecto,
éste no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el Concilio de
Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales,
(95) sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo que tiene como
objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y
deliberado consentimiento. Es un deber añadir —como se ha hecho también en el
Sínodo— que algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente
graves y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí mismos,
independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por
razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento
y libertad, son siempre culpa grave.(96)
Esta doctrina basada en el Decálogo y en la predicación del Antiguo
Testamento, recogida en el Kérigma de los Apóstoles y perteneciente a la
más antigua enseñanza de la Iglesia que la repite hasta hoy, tiene una precisa
confirmación en la experiencia humana de todos los tiempos. El hombre sabe
bien, por experiencia, que en el camino de fe y justicia que lo lleva al
conocimiento y al amor de Dios en esta vida y hacia la perfecta unión con él en
la eternidad, puede detenerse o distanciarse, sin por ello abandonar la vida de
Dios; en este caso se da el pecado venial, que, sin embargo, no deberá
ser atenuado como si automáticamente se convirtiera en algo secundario o en un
«pecado de poca importancia».
Pero el hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante un
acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el
sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él (aversio a Deo),
rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es
Él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte.
Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto,
mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su
ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a
alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio
ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los
pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos
los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave. El
hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio
vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y
termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de
destrucción.
Durante la asamblea sinodal algunos Padres propusieron una triple distinción
de los pecados, que podrían clasificarse en veniales, graves y mortales.
Esta triple distinción podría poner de relieve el hecho de que existe una
gradación en los pecados graves. Pero queda siempre firme el principio de que
la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad
y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no
existe una vía intermedia.
Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de «opción
fundamental» —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un
desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un
pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por
cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está
ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia
la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la
caridad. La orientación fundamental puede pues ser radicalmente modificada por
actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras
bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del
pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a
la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción
fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en
duda la concepción tradicional de pecado mortal.
Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el
misterio psicológico y teológico del pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el
deber de recordar a todos los estudiosos de esta materia, por un lado, la
necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el
pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar más aún,
en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado.
Pérdida del sentido del pecado
18. A través del Evangelio leído en la comunión eclesial,
la conciencia cristiana ha adquirido, a lo largo de las generaciones, una fina
sensibilidad y una aguda percepción de los fermentos de muerte, que
están contenidos en el pecado. Sensibilidad y capacidad de percepción también
para individuar estos fermentos en las múltiples formas asumidas por el pecado,
en los tantos aspectos bajo los cuales se presenta. Es lo que se llama el sentido
del pecado.
Este sentido tiene su raíz en la conciencia moral del hombre y es como su
termómetro. Está unido al sentido de Dios, ya que deriva de la relación
consciente que el hombre tiene con Dios como su Creador, Señor y Padre. Por
consiguiente, así como no se puede eliminar completamente el sentido de Dios ni
apagar la conciencia, tampoco se borra jamás completamente el sentido del
pecado.
Sin embargo, sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de
tiempo más o menos largos y bajo la influencia de múltiples factores, que se
oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres. «¿Tenemos una idea
justa de la conciencia?» —preguntaba yo hace dos años en un coloquio con los
fieles— . «¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la
conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una
"anestesia" de la conciencia?».(97) Muchas señales indican que en
nuestro tiempo existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto
esta conciencia, definida por el Concilio como «el núdeo más secreto y el
sagrario del hombre», (98) está «íntimamente unida a la libertad del
hombre (...). Por esto la conciencia, de modo principal, se encuentra en la
base de la dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con
Dios».(99) Por lo tanto, es inevitable que en esta situación quede oscurecido
también el sentido del pecado, que está íntimamente unido a la
conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso
responsable de la libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el
sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia
interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi Predecesor Pio
XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar en una
ocasión que «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado».(100)
¿Por qué este fenómeno en nuestra época? Una mirada a determinados elementos
de la cultura actual puede ayudarnos a entender la progresiva atenuación del
sentido del pecado, debido precisamente a la crisis de la conciencia y del
sentido de Dios antes indicada.
El «secularismo» que por su misma naturaleza y definición es un movimiento
de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de
Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la
vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro
de «perder la propia alma», no puede menos de minar el sentido del pecado. Este
último se reducirá a lo sumo a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente
aquí se impone la amarga experiencia a la que hacía yo referencia en mi primera
Encíclica, o sea que el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este
mundo acabará por volverse contra el hombre.(101) En realidad, Dios es la raíz
y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino.(102) Por ello,
es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es
vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado
respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa
cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado.
Se diluye este sentido del pecado en la sociedad contemporánea también a
causa de los equívocos en los que se cae al aceptar ciertos resultados de la
ciencia humana. Así, en base a determinadas afirmaciones de la psicología, la
preocupación por no culpar o por no poner frenos a la libertad, lleva a no
reconocer jamás una falta. Por una indebida extrapolación de los criterios de
la ciencia sociológica se termina —como ya he indicado— con cargar sobre la
sociedad todas las culpas de las que el individuo es declarado inocente. A su
vez, también una cierta antropología cultural, a fuerza de agrandar los
innegables condicionamientos e influjos ambientales e históricos que actúan en
el hombre, limita tanto su responsabilidad que no le reconoce la capacidad de
ejecutar verdaderos actos humanos y, por lo tanto, la posibilidad de pecar.
Disminuye fácilmente el sentido del pecado también a causa de una ética que
deriva de un determinado relativismo historicista. Puede ser la ética que
relativiza la norma moral, negando su valor absoluto e incondicional, y
negando, consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente ilícitos,
independientemente de las circunstancias en que son realizados por el sujeto.
Se trata de un verdadero «vuelco o de una caída de valores morales» y «el
problema no es sólo de ignorancia de la ética cristiana», sino «más bien del
sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud moral».(103) El efecto
de este vuelco ético es también el de amortiguar la noción de pecado hasta tal
punto que se termina casi afirmando que el pecado existe, pero no se sabe quién
lo comete.
Se diluye finalmente el sentido del pecado, cuando éste —como puede suceder
en la enseñanza a los jóvenes, en las comunicaciones de masa y en la misma vida
familiar— se identifica erróneamente con el sentimiento morboso de la culpa o
con la simple transgresión de normas y preceptos legales.
La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto de la negación
de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista. Si el pecado es
la interrupción de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia
fuera de la obediencia a Él, entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar
es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia
diaria. Un modelo de sociedad mutilado o desequilibrado en uno u otro sentido,
como es sostenido a menudo por los medios de comunicación, favorece no poco la
pérdida progresiva del sentido del pecado. En tal situación el ofuscamiento o
debilitamiento del sentido del pecado deriva ya sea del rechazo de toda
referencia a lo trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía
personal, ya sea del someterse a modelos éticos impuestos por el consenso y la
costumbre general, aunque estén condenados por la conciencia individual, ya sea
de las dramáticas condiciones socio-económicas que oprimen a gran parte de la
humanidad, creando la tendencia a ver errores y culpas sólo en el ámbito de lo
social; ya sea, finalmente y sobre todo, del oscurecimiento de la idea de la
paternidad de Dios y de su dominio sobre la vida del hombre.
Incluso en el terreno del pensamiento y de la vida eclesial algunas
tendencias favorecen inevitablemente la decadencia del sentido del pecado.
Algunos, por ejemplo, tienden a sustituir actitudes exageradas del pasado con
otras exageraciones; pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte;
de acentuar demasiado el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios
que excluiría toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo
por corregir las conciencias erróneas, a un supuesto respeto de la conciencia,
que suprime el deber de decir la verdad. Y ¿por qué no añadir que la confusión,
creada en la conciencia de numerosos fieles por la divergencia de opiniones y
enseñanzas en la teología, en la predicación, en la catequesis, en la dirección
espiritual, sobre cuestiones graves y delicadas de la moral cristiana,
termina por hacer disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del
pecado? Ni tampoco han de ser silenciados algunos defectos en la praxis de la
Penitencia sacramental: tal es la tendencia a ofuscar el significado eclesial
del pecado y de la conversión, reduciéndolos a hechos meramente individuales, o
por el contrario, a anular la validez personal del bien y del mal por
considerar exclusivamente su dimensión comunitaria; tal es también el peligro,
nunca totalmente eliminado, del ritualismo de costumbre que quita al Sacramento
su significado pleno y su eficacia formativa.
Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de
afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo.
Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a
los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la
Iglesia ha sostenido siempre.
Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial, florezca
de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una buena catequesis,
iluminada por la teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta y una
acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las
conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia.
CAPÍTULO
SEGUNDO
«MYSTERIUM PIETATIS»
19. Para conocer el pecado era necesario fijar la mirada en
su naturaleza, que se nos ha dado a conocer por la revelación de la economía de
la salvación: el pecado es el mysterium iniquitatis. Pero en esta
economía el pecado no es protagonista, ni mucho menos vencedor. Contrasta como
antagonista con otro principio operante, que —empleando una bella y sugestiva
expresión de San Pablo— podemos llamar mysterium o sacramentum
pietatis. El pecado del hombre resultaría vencedor y, al final, destructor;
el designio salvífico de Dios permanecería incompleto o, incluso, derrotado, si
este mysterium pietatis no se hubiera inserido en la dinámica de la
historia para vencer el pecado del hombre.
Encontramos esta expresión en una de las Cartas Pastorales de San
Pablo, en la primera a Timoteo. Esta aparece al improviso como una inspiración
que irrumpe. En efecto, el Apóstol ha dedicado precedentemente largos párrafos
de su mensaje al discípulo predilecto con el fin de explicar el significado del
ordenamiento de la comunidad (el litúrgico y, unido a él, el jerárquico); habla
después del cometido de los jefes de la comunidad, para referirse finalmente al
comportamiento del mismo Timoteo «en la casa de Dios, que es la Iglesia del
Dios vivo, columna y fundamento de la verdad». Luego, al final del fragmento,
evoca casi ex abrupto, pero con un propósito profundo, lo que da
significado a todo lo que ha escrito: «Y sin duda ... es grande el misterio
de la piedad ...».(104)
Sin traicionar mínimamente el sentido literal del texto, podemos ampliar
esta magnífica intuición teológica del Apóstol a una visión más completa del
papel que la verdad anunciada por él tiene en la economía de la salvación. «Es
grande en verdad —repetimos con él— el misterio de la piedad», porque vence al
pecado.
Pero, ¿qué es esta piedad en la concepción paulina?
Es el mismo Cristo
20. Es muy significativo que, para presentar este
«mysterium pietatis», Pablo, sin establecer una relación gramatical con el
texto precedente, (105) transcriba simplemente tres líneas de un Himno
cristológico, que —según la opinión de estudiosos acreditados— era empleado
en las comunidades helénico-cristianas.
Con las palabras de ese Himno, densas de contenido teológico y de gran
belleza, los creyentes del primer siglo profesaban su fe en el misterio de
Cristo:
- que Él se ha manifestado en
la realidad de la carne humana y ha sido constituido por el Espíritu Santo
como el justo, que se ofrece por los injustos;
- que Él ha aparecido ante
los ángeles como más grande que ellos, y ha sido predicado a las gentes
como portador de salvación;
- que Él ha sido creído en el
mundo como enviado del Padre, y que el mismo Padre lo ha elevado al cielo,
como Señor.(106)
Por lo tanto, el misterio o sacramento de la piedad es el mismo misterio de
Cristo. Es en una síntesis completa: el misterio de la Encarnación y de la
Redención, de la Pascua plena de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; misterio
de su pasión y muerte, de su resurrección y glorificación. Lo que san Pablo,
recogiendo las frases del himno, ha querido recalcar es que este misterio es
el principio secreto vital que hace de la Iglesia la casa de Dios, la
columna y el fundamento de la verdad. Siguiendo la enseñanza paulina, podemos
afirmar que este mismo misterio de la infinita piedad de Dios hacia nosotros
es capaz de penetrar hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad, para
suscitar en el alma un movimiento de conversión, redimirla e impulsarla hacia
la reconcliación.
Refiriéndose sin duda a este misterio, también San Juan, con su lenguaje
característico diferente del de San Pablo, pudo escribir que «todo el nacido de
Dios no peca, sino que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no le
toca».(107) En esta afirmación de San Juan hay una indicación de esperanza,
basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía y las
fuerzas necesarias para no pecar. No se trata, por consiguiente, de una
impecabilidad adquirida por virtud propia o incluso connatural al hombre, como
pensaban los gnósticos. Es un resultado de la acción de Dios. Para no pecar el
cristiano dispone del conocimiento de Dios, recuerda San Juan en este mismo
texto. Pero poco antes escribía: «Quien ha nacido de Dios no comete pecado,
porque la simiente de Dios permanece en él»(108) Si por esta «simiente de Dios»
nos referimos —como proponen algunos comentaristas— a Jesús, el Hijo de Dios,
entonces podemos decir que para no pecar —o para liberarse del pecado— el
cristiano dispone de la presencia en su interior del mismo Cristo y del
misterio de Cristo, que es misterio de piedad.
El esfuerzo del cristiano
21. Pero existe en el mysterium pietatis otro
aspecto; a la piedad de Dios hacia el cristiano debe corresponder la piedad
del cristiano hacia Dios. En esta segunda acepción, la piedad (eusébeia)
significa precisamente el comportamiento del cristiano, que a la piedad
paternal de Dios responde con su piedad filial.
Al respecto podemos afirmar también con San Pablo que «es grande el misterio
de la piedad». También en este sentido la piedad, como fuerza de
conversión y reconciliación, afronta la iniquidad y el pecado. Además en este
caso los aspectos esenciales del misterio de Cristo son objeto de la piedad
en el sentido de que el cristiano acoge el misterio, lo contempla y saca de él
la fuerza espiritual necesaria para vivir según el Evangelio. También se debe
decir aquí que «el que ha nacido de Dios, no comete pecado»; pero la expresión
tiene un sentido imperativo: sostenido por el misterio de Cristo, como
manantial interior de energía espiritual, el cristiano es invitado a no pecar;
más aún, recibe el mandato de no pecar , y de comportarse dignamente «en la
casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente», (109) siendo un «hijo de
Dios».
Hacia una vida reconciliada
22. Así la Palabra de la Escritura, al manifestarnos el misterio
de la piedad, abre la inteligencia humana a la conversión y reconciliación,
entendidas no como meras abstracciones, sino como valores cristianos concretos
a conquistar en nuestra vida diaria.
Insidiados por la pérdida del sentido del pecado, a veces tentados por
alguna ilusión poco cristiana de impecabilidad, los hombres de hoy tienen
necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la
advertencia de San Juan: «Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos
a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros»;(110) más aún, «el mundo
todo está bajo el maligno».(111) Cada uno, por lo tanto, está invitado por la
voz de la Verdad divina a leer con realismo en el interior de su conciencia y a
confesar que ha sido engendrado en la iniquidad, como decimos en el Salmo Miserere.(112)
Sin embargo, amenazados por el miedo y la desesperación, los hombres de hoy
pueden sentirse aliviados por la promesa divina que los abre a la esperanza de
la plena reconciliación.
El misterio de la piedad, por parte de Dios, es aquella misericordia de la
que el Señor y Padre nuestro —lo repito una vez más— es infinitamente
rico.(113) Como he dicho en la Encíclica dedicada al tema de la misericordia
divina, (114) es un amor más poderoso que el pecado, más fuerte que la
muerte. Cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios tiene por nosotros
no se para ante nuestro pecado, no se echa atrás ante nuestras ofensas, sino
que se hace más solícito y generoso; cuando somos conscientes de que este amor
ha llegado incluso a causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne, que ha
aceptado redimirnos pagando con su Sangre, entonces prorrumpimos en un acto de
reconocimiento: «Sí, el Señor es rico en misericordia» y decimos asimismo: «El
Señor es misericordia».
El misterio de la piedad es el camino abierto por la misericordia divina a
la vida reconciliada.
TERCERA PARTE
LA PASTORAL DE LA PENITENCIA Y DE
LA RECONCILIACIÓN
Promover la penitencia y la reconciliación
23. Suscitar en el corazón del hombre la conversión y la
penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación es la misión connatural de
la Iglesia, continuadora de la obra redentora de su divino Fundador. Esta es
una misión que no acaba en meras afirmaciones teóricas o en la propuesta de un
ideal ético que no esté acompañado de energías operativas, sino que tiende a
expresarse en precisas funciones ministeriales en orden a una práctica concreta
de la penitencia y la reconciliación.
A este ministerio, basado e iluminado por los principios de la fe, más arriba
ilustrados, orientado hacia objetivos precisos y sostenido por medios
adecuados, podemos dar el nombre de pastoral de la penitencia y de la
reconciliación. Su punto de partida es la convicción de la Iglesia de que
el hombre, al que se dirige toda forma de pastoral, pero principalmente la
pastoral de la penitencia y la reconciliación, es el hombre marcado por el
pecado, cuya imagen más significativa se puede encontrar en el rey David.
Reprendido por el profeta Natán, acepta enfrentarse con sus propias infamias y
confiesa: «He pecado contra Yavé»(115) y proclama: «Reconozco mi transgresión,
y mi pecado está siempre delante de mí»;(116) pero reza a la vez: «Rocíame con
hisopo, y seré puro; lávame, y seré más blanco que la nieve», (117) recibiendo
la respuesta de la misericordia divina: «Yavé ha perdonado tu pecado. No
morirás».(118)
La Iglesia se encuentra, por tanto, frente al hombre —a toda la humanidad—
herido por el pecado y tocado en lo más íntimo de su ser, pero, a la vez movido
hacia un incoercible deseo de liberación del pecado y, especialmente si es
cristiano, consciente de que el misterio de piedad, Cristo Señor, obra
ya en él y en el mundo con la fuerza de la Redención.
La función reconciliadora de la Iglesia debe desarrollarse así según aquel
íntimo nexo que une profundamente el perdón y la remisión del pecado de cada
hombre a la reconciliación plena y fundamental de la humanidad, realizada
mediante la Redención. Este nexo nos hace comprender que, siendo el pecado el
principio activo de la división —división entre el hombre y el Creador,
división en el corazón y en el ser del hombre, división entre los hombres y los
grupos humanos, división entre el hombre y la naturaleza creada por Dios— ,
sólo la conversión ante el pecado es capaz de obrar una reconciliación profunda
y duradera, donde quiera que haya penetrado la división.
No es necesario repetir lo que he dicho sobre la importancia de este «ministerio
de la reconciliación»(119) y de la relativa pastoral que lo realiza en la
conciencia y en la vida de la Iglesia. Esta erraría en un aspecto esencial de
su ser y faltaría a una función suya indispensable, si no pronunciara con
claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la «palabra de reconciliación»(120)
y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que
la importancia del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá de
los confines de la Iglesia, a todo el mundo.
Por tanto, hablar de pastoral de la penitencia y reconciliación
quiere decir referirse al conjunto de las tareas que incumben a la Iglesia, a
todos los niveles, para la promoción de ellas. Más en concreto, hablar de esta
pastoral quiere decir evocar todas las actividades, mediante las cuales la
Iglesia, a través de todos y cada uno de sus componentes —Pastores y fieles, a
todos los niveles y en todos los ambientes— y con todos los medios a su
disposición —palabra y acción, enseñanza y oración— conduce a los hombres,
individualmente o en grupo, a la verdadera penitencia y los introduce así en el
camino de la plena reconciliación.
Los Padres del Sínodo, como representantes de sus hermanos en el Episcopado
y como guías del pueblo a ellos encomendado, se han ocupado de esta pastoral en
sus elementos más prácticos y concretos. Yo me alegro de hacerles eco, asociándome
a sus inquietudes y esperanzas, acogiendo los frutos de sus búsquedas y
experiencias, animándoles en sus proyectos y realizaciones. Ojalá puedan
encontrar en esta parte de la Exhortación Apostólica la aportación que ellos
mismos han ofrecido al Sínodo, aportación cuya utilidad quiero ofrecer,
mediante estas páginas, a toda la Iglesia.
Estoy pues convencido de destacar lo esencial de la pastoral de la
penitencia y reconciliación, poniendo de relieve, con la Asamblea del
Sínodo, los dos puntos siguientes:
- Los medios usados y los
caminos seguidos por la Iglesia para promover la penitencia y la
reconciliación.
- El Sacramento por
excelencia de la penitencia y la reconciliación.
CAPÍTULO
PRIMERO
MEDIOS Y VÍAS
PARA LA PROMOCIÓN DE LA PENITENCIA
Y DE LA RECONCILIACIÓN
24. Para promover la penitencia y la reconciliación la
Iglesia tiene a su disposición principalmente dos medios, que le han sido
confiados por su mismo Fundador: la catequesis y los Sacramentos. Su empleo,
considerado siempre por la Iglesia como plenamente conforme con las exigencias
de su misión salvífica y correspondiente, al mismo tiempo, a las exigencias y
necesidades espirituales de los hombres de todos los tiempos, puede realizarse
de formas y modos antiguos y nuevos, entre los que será bueno recordar
particularmente lo que, siguiendo a mi predecesor Pablo VI, podemos llamar el
método del diálogo.
El diálogo
25. El diálogo es para la Iglesia, en cierto sentido, un
medio y, sobre todo, un modo de desarrollar su acción en el mundo contemporáneo.
En efecto, el Concilio Vaticano II, después de haber proclamado que «la
Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el
mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres (...),
se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo
sincero», añade que la misma Iglesia debe ser capaz de «abrir, con fecundidad
siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único Pueblo de
Dios», (121) así como también de «mantener un diálogo con la sociedad
humana».(122)
Mi predecesor Pablo VI ha dedicado al diálogo una parte importante de su
primera Encíclica «Ecclesiam suam», donde lo describe y caracteriza
significativamente como diálogo de la salvación.(123)
En efecto, la Iglesia emplea el método del diálogo para llevar mejor a los
hombres —los que por el bautismo y la profesión de fe se consideran miembros de
la comunidad cristiana y los que son ajenos a ella— a la conversión y a la
penitencia por el camino de una renovación profunda de la propia conciencia y
vida, a la luz del misterio de la redención y la salvación realizada por Cristo
y confiada al ministerio de su Iglesia. El diálogo auténtico, por consiguiente,
está encaminado ante todo a la regeneración de cada uno a través de la
conversión interior y la penitencia, y debe hacerse con un profundo respeto a
las conciencias y con la paciencia y la gradualidad indispensables en las
condiciones de los hombres de nuestra época.
El diálogo pastoral en vista de la reconciliación sigue siendo hoy una
obligación fundamental de la Iglesia en los diversos ambientes y niveles.
La misma Iglesia promueve, ante todo, un diálogo ecuménico, esto es, entre
las Iglesias y Comunidades eclesiales que comparten la fe en Cristo, Hijo de
Dios y único Salvador; es un diálogo con las otras comunidades de hombres que,
al igual que los cristianos, buscan a Dios y quieren tener una relación de
comunión con Él.
En la base de este diálogo con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales y
con las otras religiones —y como condición de su credibilidad y eficacia— debe
darse un esfuerzo sincero de diálogo permanente y renovado dentro de la misma
Iglesia católica. Ella es consciente de ser por su naturaleza, sacramento de
la comunión universal de caridad;(124) y es también consciente de las
tensiones que existen en su interior, que corren el riesgo de convertirse en
factores de división.
La invitación apremiante y firme dirigida por mi Predecesor Pablo VI con
ocasión del Año Santo de 1975, (125) sirve también en el momento presente. Para
conseguir la superación de los conflictos y hacer que las normales tensiones no
resulten perjudiciales para la unidad de la Iglesia, es menester que todos nos
dejemos interpelar por la Palabra de Dios y, abandonando los propios puntos de
vista subjetivos, busquemos la verdad donde quiera que se encuentre, o sea, en
la misma Palabra divina y en la interpretación auténtica que da de ella el
Magisterio de la Iglesia. Bajo esta luz, la escucha recíproca, el respeto y la
abstención de todo juicio apresurado, la paciencia, la capacidad de evitar que
la fe que une esté subordinada a las opiniones, modas, opciones ideológicas que
dividen, son cualidades de un diálogo que dentro de la Iglesia debe ser
constante, decidido y sincero. Es evidente que no sería tal y no se convertiría
en un factor de reconciliación, sin prestar atención al Magisterio y su
aceptación.
De este modo, la Iglesia católica, empeñada concretamente en la búsqueda de
la propia comunión interna, puede dirigir la llamada a la reconciliación —como
lo está haciendo ya desde hace tiempo— a las otras Iglesias con la cuales no
hay plena comunión, así como a las otras religiones e incluso al que busca a
Dios con corazón sincero.
A la luz del Concilio y del Magisterio de mis Predecesores, cuya herencia
preciosa he recibido y me esfuerzo por conservar y poner en práctica, puedo
afirmar que la Iglesia católica se empeña a todos los niveles en el diálogo
ecuménico con lealtad, sin fáciles optimismos, pero también sin desconfianzas,
dudas o retrasos. Las leyes fundamentales que intenta seguir en este diálogo
son, por una parte, la persuasión de que sólo un ecumenismo espiritual —o sea
basado en la oración común y en la docilidad común al único Señor— permite
responder sincera y seriamente a las demás exigencias de la acción
ecuménica;(126) por otra parte, la convicción de que un cierto fácil
«irenismo»en materia doctrinal y, sobre todo, dogmática podría conducir tal vez
a una forma de convivencia superficial y no durable, pero no a aquella comunión
profunda y estable que todos deseamos. Se llegará a esta comunión en el
instante querido por la divina Providencia; pero para alcanzarla, la Iglesia
católica, en cuanto le concierne, sabe que debe estar abierta y ser sensible a
todos «los valores verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común
que se encuentra entre nuestros hermanos separados», (127) pero que debe a la
vez poner en la base de un diálogo leal y constructivo la claridad de las
posiciones, la fidelidad y la coherencia con la fe transmitida y definida por
su Magisterio siguiendo la tradición cristiana. Además, no obstante la amenaza
de un determinado «derrotismo», y a pesar de la lentitud inevitable que la
ligereza nunca podría corregir, la Iglesia católica sigue buscando con todos
los demás hermanos cristianos separados el camino de la unidad, y con los
seguidores de las otras religiones un diálogo sincero. Ojalá este diálogo
interreligioso pueda conducir a la superación de toda actitud hostil, desconfiada,
de condena mutua y hasta de invectiva mutua como condición preliminar al
encuentro, al menos, en la fe en un único Dios y en la seguridad de la vida
eterna para el alma inmortal. Quiera el Señor que especialmente el diálogo
ecuménico lleve a una reconciliación sincera en torno a aquello que podamos
tener ya en común con las Iglesias cristianas: la fe en Jesucristo, Hijo de
Dios hecho hombre, como Salvador y Señor, escuchar la Palabra, el estudio de la
Revelación y el Sacramento del Bautismo.
En la medida en que la Iglesia es capaz de crear concordia activa —la unidad
en la variedad— dentro de sí misma, y de presentarse como testigo y operadora
humilde de reconciliación respecto a las otras religiones cristianas y no
cristianas, se convierte, según la expresiva definición de San Agustín, en «un
mundo reconciliado».(128) Sólo así podrá ser signo de reconciliación en el
mundo y para el mundo.
Consciente de la suma gravedad de la situación creada por las fuerzas de la
división y la guerra, que constituye hoy una fuerte amenaza no sólo para el
equilibrio y la armonía de las Naciones sino para la misma supervivencia de la
humanidad, la Iglesia siente la obligación de ofrecer y proponer su
colaboración específica para la superación de los conflictos y el restablecimiento
de la concordia.
Es un diálogo complejo y delicado de reconciliación, en el que la Iglesia se
empeña, ante todo, mediante la actividad de la Santa Sede y de sus
diversos Organismos. La Santa Sede se esfuerza por intervenir ya sea
ante los gobernantes de las Naciones y los responsables de las distintas
instancias internacionales, ya sea para asociarse con ellos, dialogando con
ellos o estimulándoles a dialogar entre sí, en favor de la reconciliación en
medio de los numerosos conflictos. La Iglesia realiza esto no por segundas
causas o intereses ocultos —porque no los tiene—, sino «por una preocupación
humanitaria», (129) poniendo su estructura institucional y su autoridad moral,
del todo singulares, al servicio de la concordia y la paz. Hace esto convencida
de que como «en la guerra dos partes se levantan una contra la otra», así «en
la cuestión de la paz también existen siempre y necesariamente dos partes que
deben saber empeñarse», y en esto «consiste el verdadero sentido del diálogo en
favor de la paz».(130)
En el diálogo en favor de la reconciliación la Iglesia se empeña también
mediante los Obispos, con la competencia y responsabilidad que les es propia,
tanto individualmente en la dirección de sus respectivas Iglesias particulares,
como reunidos en las Conferencias Episcopales, con la colaboración de los
Presbíteros y de todos los miembros de las Comunidades cristianas. Cumplen
puntualmente su deber cuando promueven el diálogo indispensable y proclaman las
exigencias humanas y cristianas de reconciliación y paz. En comunión con sus
Pastores, los seglares que tienen como «campo propio de su actividad
evangelizadora el mundo vasto y complejo de la política, de la realidad social,
de la economía ... de la vida internacional», (131) son llamados a comprometerse
directamente en el diálogo o en favor del diálogo para la reconciliación. A
través de ellos, la Iglesia sigue desarrollando su acción reconciliadora. En la
regeneración de los corazones mediante la conversión y la penitencia radica,
por tanto, el presupuesto fundamental y una base firme para cualquier
renovación social duradera y para la paz entre las naciones.
Hay que reafirmar que, por parte de la Iglesia y sus miembros, el diálogo,
de cualquier forma se desarrolle —y son y pueden ser muy diversas, dado que el
mismo concepto de diálogo tiene un valor analógico— , no podrá jamás partir de
una actitud de indiferencia hacia la verdad, sino que debe ser más bien una
presentación de la misma realizada de modo sereno y respetando la inteligencia
y conciencia ajena. El diálogo de la reconciliación jamás podrá sustituir o
atenuar el anuncio de la verdad evangélica, que tiene como finalidad concreta
la conversión ante el pecado y la comunión con Cristo y la Iglesia, sino que
deberá servir para su transmisión y puesta en práctica a través de los medios
dejados por Cristo a la Iglesia para la pastoral de la reconciliación: la
catequesis y la penitencia.
La Catequesis
26. En la vasta área en la que la Iglesia tiene la misión
de actuar por medio del diálogo, la pastoral de la penitencia y de la
reconciliación se dirige a los miembros del cuerpo de la Iglesia, ante
todo, con una adecuada catequesis sobre las dos realidades distintas y
complementarias a las que los Padres Sinodales han dado una importancia particular,
y que han puesto de relieve en algunas de las Propositiones conclusivas:
precisamente la penitencia y la reconciliación. La catequesis, pues, es el
primer medio que hay que emplear.
En la base de la exhortación del Sínodo, tan oportuna, se encuentra un
presupuesto fundamental: lo que es pastoral no se opone a lo doct