EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
«Christifideles laici»
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE
LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
A los Obispos
A los sacerdotes y diáconos
A los religiosos y religiosas
A todos los fieles laicos
INTRODUCCIÓN
1. LOS FIELES LAICOS (Christifideles laici), cuya
«vocación y misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio
Vaticano II» ha sido el tema del Sínodo de los Obispos de 1987, pertenecen a
aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña, de los que habla
el Evangelio de Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario,
que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña» (Mt 20, 1-2).
La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la
inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres,
que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es
el mundo entero (cf. Mt 13, 38),
que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida
definitiva del Reino de Dios.
Id también vosotros a mi viña
2. «Salió luego hacia las nueve de la
mañana, vió otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: "Id
también vosotros a mi viña"» (Mt 20, 3-4).
El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no
cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a
cada hombre que viene a este mundo.
En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu de Pentecostés que
tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha madurado una conciencia
más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor
que la envía al mundo como «sacramento universal de salvación».(1)
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a
los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos:
también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien
reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo. Lo recuerda San Gregorio
Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo la parábola de los
obreros de la viña: «Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y
comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y
considere si trabaja en la viña del Señor».(2)
De modo particular, el Concilio, con su riquísimo
patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas
verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad,
misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares,
haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles
laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña: «Este Sacrosanto Concilio
ruega en el Señor a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y
prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con
mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes que
esta llamada va dirigida a ellos de manera especialísima; recíbanla con
entusiasmo y magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de nuevo a todos los
laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan cada día más
íntimamente y a que, haciendo propio todo lo suyo (cf. Flp 2, 5), se asocien a su misión
salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares adonde Él está por
venir (cf. Lc 10, 1».(3)
Id también vosotros a mi viña. Estas palabras han resonado
espiritualmente, una vez más, durante la celebración del Sínodo de los Obispos,
que ha tenido lugar en Roma entre el 1º y el 30 de octubre de 1987.
Colocándose en los senderos del Concilio y abriéndose a la luz de las
experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los Padres,
enriquecidos por los Sínodos precedentes, han afrontado de modo específico y
amplio el tema de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el
mundo.
En esta Asamblea episcopal no ha faltado una cualificada representación de
fieles laicos, hombres y mujeres, que han aportado una valiosa contribución a
los trabajos del Sínodo, como ha sido públicamente reconocido en la homilía
conclusiva: «Damos gracias por el hecho de que en el curso del Sínodo hemos
podido contar con la participación de los laicos (auditores y auditrices), pero
más aún porque el desarrollo de las discusiones sinodales nos ha permitido
escuchar la voz de los invitados, los representantes del laicado provenientes
de todas las partes del mundo, de los diversos Países, y nos ha dado ocasión de
aprovechar sus experiencias, sus consejos, las sugerencias que proceden de su
amor a la causa común».(4)
Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han podido
comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo la Iglesia,
suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos fieles
laicos. Ello queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo estilo de
colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por la participación
activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis;
por los múltiples servicios y tareas confiados a los fieles laicos y asumidos
por ellos; por el lozano florecer de grupos, asociaciones y movimientos de
espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación más amplia y
significativa de la mujer en la vida de la Iglesia y en el desarrollo de la
sociedad.
Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino posconciliar de los
fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En particular,
se pueden recordar dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse:
la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas
eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica
dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social,
económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida
separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta
en las más diversas realidades temporales y terrenas.
En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha hecho referencia constantemente al
Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre el laicado, a veinte años de
distancia, se ha manifestado de sorprendente actualidad y tal vez de alcance
profético: tal magisterio es capaz de iluminar y de guiar las respuestas que se
deben dar hoy a los nuevos problemas. En realidad, el desafío que los Padres
sinodales han afrontado ha sido el de individuar las vías concretas para lograr
que la espléndida «teoría» sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a
ser una auténtica «praxis» eclesial. Además, algunos problemas se imponen por
una cierta «novedad» suya, tanto que se los puede llamar posconciliares, al
menos en sentido cronológico: a ellos los Padres sinodales han reservado con
razón una particular atención en el curso de sus discusiones y reflexiones.
Entre estos problemas se deben recordar los relativos a los ministerios y
servicios eclesiales confiados o por confiar a los fieles laicos, la difusión y
el desarrollo de nuevos «movimientos» junto a otras formas de agregación de los
laicos, el puesto y el papel de la mujer tanto en la Iglesia como en la
sociedad.
Los Padres sinodales, al término de sus trabajos, llevados a cabo con gran
empeño, competencia y generosidad, me han manifestado su deseo y me han pedido
que, a su debido tiempo, ofreciese a la Iglesia universal un documento
conclusivo sobre los fieles laicos.(5)
Esta Exhortación Apostólica post-sinodal quiere dar todo su valor a la
entera riqueza de los trabajos sinodales: desde los Lineamenta hasta el Instrumentum
laboris; desde la relación introductoria hasta las intervenciones de cada
uno de los obispos y de los laicos y la relación de síntesis al final de las
sesiones en el aula; desde los trabajos y relaciones de los «círculos menores»
hasta las «proposiciones» finales y el Mensaje final. Por eso el presente
documento no es paralelo al Sínodo, sino que constituye su fiel y coherente
expresión; es fruto de un trabajo colegial, a cuyo resultado final el Consejo
de la Secretaría General del Sínodo y la misma Secretaría han sumado su propia
aportación.
El objetivo que la Exhortación quiere alcanzar es suscitar y alimentar una
más decidida toma de conciencia del don y de la responsabilidad que todos los
fieles laicos —y cada uno de ellos en particular— tienen en la comunión y en la
misión de la Iglesia.
Las actuales cuestiones urgentes del
mundo: ¿Porqué estáis aquí ociosos todo el día?
3. El significado fundamental de este Sínodo, y por tanto
el fruto más valioso deseado por él, es la acogida por parte de los fieles
laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte
activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta
magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del
tercer milenio.
Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y
culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles
laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo
presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso.
Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica:
«Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vió otros que estaban allí, y
les dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?" Le
respondieron: "Es que nadie nos ha contratado". Y él les dijo:
"Id también vosotros a mi viña"» (Mt 20, 6-7).
No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña
del Señor. El «dueño de casa» repite con más fuerza su invitación: «Id vosotros
también a mi viña».
La voz del Señor resuena ciertamente en lo más íntimo del ser mismo de cada
cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la iniciación cristiana, ha
sido configurado con Cristo, ha sido injertado como miembro vivo en la Iglesia
y es sujeto activo de su misión de salvación. Pero la voz del Señor también
pasa a través de las vicisitudes históricas de la Iglesia y de la humanidad,
como nos lo recuerda el Concilio: «El Pueblo de Dios, movido por la fe que le
impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del Señor que llena el
universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los
cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la
presencia o del designio de Dios. En efecto, la fe todo lo ilumina con nueva
luz, y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello
orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas».(6)
Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro
con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y
derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y
culturales presentan problemas y dificultades más graves respecto a aquél que
describía el Concilio en la Constitución pastoral Gaudium et spes.(7) De todas formas, es ésta
la viña, y es éste el campo en que los fieles laicos están llamados
a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la
tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14).
Pero ¿cuál es el rostro actual de la «tierra» y del «mundo» en el que
los cristianos han de ser «sal» y «luz»?
Es muy grande la diversidad de situaciones y problemas que hoy existen en el
mundo, y que además están caracterizadas por la creciente aceleración del
cambio. Por esto es absolutamente necesario guardarse de las generalizaciones y
simplificaciones indebidas. Sin embargo, es posible advertir algunas líneas
de tendencia que sobresalen en la sociedad actual. Así como en el campo
evangélico crecen juntamente la cizaña y el buen grano, también en la historia,
teatro cotidiano de un ejercicio a menudo contradictorio de la libertad humana,
se encuentran, arrimados el uno al otro y a veces profundamente entrelazados,
el mal y el bien, la injusticia y la justicia, la angustia y la esperanza.
Secularismo y necesidad de lo religioso
4. ¿Cómo no hemos de pensar en la
persistente difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en
sus más diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás más difundida—
del secularismo? Embriagado por las prodigiosas conquistas de un
irrefrenable desarrollo científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más
antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso de una
libertad sin límites, el hombre arranca las raíces religiosas que están en su
corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia
existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos «ídolos».
Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo; y no sólo afecta
a los individuos, sino que en cierto modo afecta también a comunidades enteras,
como ya observó el Concilio: «Crecientes multitudes se alejan prácticamente de
la religión».(8) Varias veces yo mismo he recordado el fenómeno de la
descristianización que aflige los pueblos de antigua tradición cristiana y que
reclama, sin dilación alguna, una nueva evangelización.
Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo religioso no pueden
ser suprimidos totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el coraje
de afrontar los interrogantes más graves de la existencia humana, y en
particular el del sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede
dejar de hacer propia aquella palabra de verdad proclamada a voces por San
Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta
que no descansa en Ti».(9) Así también, el mundo actual testifica, siempre de
manera más amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de
la vida, el despertar de una búsqueda religiosa, el retorno al sentido de lo
sacro y a la oración, la voluntad de ser libres en el invocar el Nombre del
Señor.
La persona humana: una dignidad
despreciada y exaltada
5. Pensamos, además, en las múltiples violaciones
a las que hoy está sometida la persona humana. Cuando no es reconocido y
amado en su dignidad de imagen viviente de Dios (cf. Gn 1, 26), el ser humano queda
expuesto a las formas más humillantes y aberrantes de «instrumentalización»,
que lo convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y «el más fuerte»
puede asumir diversos nombres: ideología, poder económico, sistemas políticos
inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por parte de los mass-media.
De nuevo nos encontramos frente a una multitud de personas, hermanos y hermanas
nuestras, cuyos derechos fundamentales son violados, también como consecuencia
de la excesiva tolerancia y hasta de la patente injusticia de ciertas leyes
civiles: el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la casa y
al trabajo, el derecho a la familia y a la procreación responsable, el derecho
a la participación en la vida pública y política, el derecho a la libertad de
conciencia y de profesión de fe religiosa.
¿Quién puede contar los niños que no han nacido porque han sido matados en
el seno de sus madres, los niños abandonados y maltratados por sus mismos padres,
los niños que crecen sin afecto ni educación? En algunos países, poblaciones
enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo; les faltan los medios
más indispensables para llevar una vida digna del ser humano; y algunas carecen
hasta de lo necesario para su propia subsistencia. Tremendos recintos de
pobreza y de miseria, física y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como
normales en la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen mortalmente
a enteros grupos humanos.
Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más que
sea despreciada y violada tan a menudo. Al tener su indestructible fundamento
en Dios Creador y Padre, la sacralidad de la persona vuelve a imponerse, de
nuevo y siempre.
De aquí el extenderse cada vez más y el afirmarse siempre con mayor fuerza
del sentido de la dignidad personal de cada ser humano. Una beneficiosa
corriente atraviesa y penetra ya todos los pueblos de la tierra, cada vez más
conscientes de la dignidad del hombre: éste no es una «cosa» o un «objeto» del
cual servirse; sino que es siempre y sólo un «sujeto», dotado de conciencia y
de libertad, llamado a vivir responsablemente en la sociedad y en la historia,
ordenado a valores espirituales y religiosos.
Se ha dicho que el nuestro es el tiempo de los «humanismos». Si algunos, por
su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente por humillar y anular al
hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta el punto de llegar a una verdadera y
propia idolatría; y otros, finalmente, reconocen según la verdad la grandeza y
la miseria del hombre, manifestando, sosteniendo y favoreciendo su dignidad
total.
Signo y fruto de estas corrientes humanistas es la creciente necesidad de participación.
Indudablemente es éste uno de los rasgos característicos de la humanidad
actual, un auténtico «signo de los tiempos» que madura en diversos campos y en
diversas direcciones: sobre todo en lo relativo a la mujer y al mundo juvenil,
y en la dirección de la vida no sólo familiar y escolar, sino también cultural,
económica, social y política. El ser protagonistas, creadores de algún modo de
una nueva cultura humanista, es una exigencia universal e individual.(10)
Conflictividad y paz
6. Por último, no podemos dejar de
recordar otro fenómeno que caracteriza la presente humanidad. Quizás como nunca
en su historia, la humanidad es cotidiana y profundamente atacada y desquiciada
por la conflictividad. Es éste un fenómeno pluriforme, que se distingue
del legítimo pluralismo de las mentalidades y de las iniciativas, y que se
manifiesta en el nefasto enfrentamiento entre personas, grupos, categorías,
naciones y bloques de naciones. Es un antagonismo que asume formas de
violencia, de terrorismo, de guerra. Una vez más, pero en proporciones mucho
más amplias, diversos sectores de la humanidad contemporánea, queriendo
demostrar su «omnipotencia», renuevan la necia experiencia de la construcción
de la «torre de Babel» (cf. Gn 11, 1-9),
que, sin embargo, hace proliferar la confusión, la lucha, la disgregación y la
opresión. La familia humana se en cuentra así dramáticamente turbada y
desgarrada en sí misma.
Por otra parte, es completamente insuprimible la
aspiración de los individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en
la justicia. La bienaventuranza evangélica: «dichosos los que obran la paz» (Mt 5, 9) encuentra en los hombres de
nuestro tiempo una nueva y significativa resonancia: para que vengan la paz y
la justicia, enteras poblaciones viven, sufren y trabajan. La participación de
tantas personas y grupos en la vida social es hoy el camino más recorrido para
que la paz anhelada se haga realidad. En este camino encontramos a tantos fieles
laicos que se han empeñado generosamente en el campo social y político, y de
los modos más diversos, sean institucionales o bien de asistencia voluntaria y
de servicio a los necesitados.
Jesucristo, la esperanza de la humanidad
7. Este es el campo inmenso y apesadumbrado que está ante
los obreros enviados por el «dueño de casa» para trabajar en su viña.
En este campo está eficazmente presente la Iglesia, todos nosotros, pastores
y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Las situaciones que acabamos de recordar
afectan profundamente a la Iglesia; por ellas está en parte condicionada, pero
no dominada ni muchos menos aplastada, porque el Espíritu Santo, que es su
alma, la sostiene en su misión.
La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va realizando la humanidad para
llegar a la comunión y a la participación, a pesar de todas las dificultades,
retrasos y contradicciones causadas por las limitaciones humanas, por el pecado
y por el Maligno, encuentran una respuesta plena en Jesucristo, Redentor del
hombre y del mundo.
La Iglesia sabe que es enviada por Él como «signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano».(11)
En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede esperar, debe esperar. El
Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la «noticia» nueva y
portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia cada día a todos
los hombres.
En este anuncio y en este testimonio los fieles laicos tienen un puesto
original e irreemplazable: por medio de ellos la Iglesia de Cristo está
presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de
esperanza y de amor.
CAPÍTULO I
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS
SARMIENTOS
La dignidad de los fieles laicos en la Iglesia-Misterio
El misterio de la viña
8. La imagen de la viña se usa en la
Biblia de muchas maneras y con significados diversos; de modo particular, sirve
para expresar el misterio del Pueblo de Dios. Desde este punto de vista
más interior, los fieles laicos no son simplemente los obreros que trabajan en
la viña, sino que forman parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos» (Jn 15, 5), dice Jesús.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas recurrieron a la
imagen de la viña para hablar del pueblo elegido. Israel es la viña de Dios, la
obra del Señor, la alegría de su corazón: «Yo te había plantado de la cepa
selecta» (Jr 2, 21); «Tu madre era
como una vid plantada a orillas de las aguas. Era lozana y frondosa, por la
abundancia de agua (...)» (Ez 19, 10);
«Una viña tenía mi amado en una fértil colina. La cavó y despedregó, y la
plantó de cepa exquisita (...)» (Is
5, 1-2).
Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa para revelar
algunos aspectos del Reino de Dios: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una
cerca, cavó un lagar, edificó una torre; la arrendó a unos viñadores y se
marchó lejos» (Mc 12, 1; cf. Mt 21,
28ss.).
El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad y
nos lleva a descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo y la
figura, no sólo del Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él es la vid y
nosotros, sus discípulos, somos los sarmientos; Él es la «vid verdadera» a la
que los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.).
El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las
diversas imágenes bíblicas que iluminan el misterio de la Iglesia, vuelve a
presentar la imagen de la vid y de los sarmientos: «Cristo es la verdadera vid,
que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que
permanecemos en Él por medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn 15, 1-5)».(12) La Iglesia misma es,
por tanto, la viña evangélica. Es misterio porque el amor y la vida del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se
ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma comunión
de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel
día —dice Jesús— comprenderéis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo
en vosotros» (Jn 14, 20).
Sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión se revela la
«identidad» de los fieles laicos, su original dignidad. Y sólo dentro de
esta dignidad se pueden definir su vocación y misión en la Iglesia y en el
mundo.
Quiénes son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con justa razón la
necesidad de individuar y de proponer una descripción positiva de la
vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio de la
doctrina del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del
Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el
Espíritu Santo.(13)
Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los fieles laicos», el
Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas,
se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención
fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la
Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocación, que tiene
en modo especial la finalidad de «buscar el Reino de Dios tratando las realidades
temporales y ordenándolas según Dios».(14) «Con el nombre de laicos —así los
describe la Constitución Lumen gentium— se
designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden
sagrado y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los
fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al
Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y
real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos les corresponde».(15)
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran
en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el
principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente,
deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la
Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre
la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión
con él. Ellos son la Iglesia (...)».(16)
Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos —al igual que todos
los miembros de la Iglesia— son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera
vid, convertidos por Él en una realidad viva y vivificante.
Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los
sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva
condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más profunda
«fisonomía», la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de
la vida cristiana de los fieles laicos. En Cristo Jesús, muerto y resucitado,
el bautizado llega a ser una «nueva creación» (Ga 6, 15; 2Co 5, 17), una creación purificada
del pecado y vivificada por la gracia.
De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que Dios dona al cristiano
en el santo Bautismo es posible delinear la «figura» del fiel laico.
El Bautismo y la novedad cristiana
10. No es exagerado decir que toda la existencia del fiel
laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que
deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus
compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios. Para
describir la «figura» del fiel laico consideraremos ahora de modo directo y
explícito —entre otros— estos tres aspectos fundamentales: el Bautismo nos
regenera a la vida de loshijos de Dios; nos une a Jesucristo y a su Cuerpo que
es la Iglesia; nos unge en el Espíritu Santo constituyéndonos en templos
espirituales.
Hijos en el Hijo
11. Recordamos las palabras de Jesús a
Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo, el que no nazca de agua y de Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn
3, 5). El santo Bautismo es, por tanto, un nuevo nacimiento, es una regeneración.
Pensando precisamente en este aspecto del don bautismal, el apóstol Pedro
irrumpe en este canto: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, quien, por su gran misericordia nos ha regenerado, mediante la
Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza viva, para
una herencia que no se corrompe, no se mancha y no se marchita» (1 P 1,
3-4). Y designa a los cristianos como aquellos que «no han sido reengendrados
de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios
viva y permanente» (1 P 1, 23).
Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios en su
Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente,
cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río
Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22); y entiende que ha sido
asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se
cumple así en la historia de cada uno el eterno designio del Padre: «a los que
de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo,
para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29).
El Espíritu Santo es quien constituye a los
bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de
Cristo. Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: «En un solo Espíritu
hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1Co 12, 13); de modo tal que el
apóstol puede decir a los fieles laicos: «Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo
de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1Co 12, 27); «La prueba de que sois
hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf. Rm 8, 15-16).
Un solo cuerpo en Cristo
12. Regenerados como «hijos en el Hijo», los bautizados son
inseparablemente «miembros de Cristo y miembros del cuerpo de la Iglesia», como
enseña el Concilio de Florencia.(17)
El Bautismo significa y produce una incorporación mística
pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. Mediante este sacramento,
Jesús une al bautizado con su muerte para unirlo a su resurrección (cf. Rm 6, 3-5); lo despoja del «hombre
viejo» y lo reviste del «hombre nuevo», es decir, de Sí mismo: «Todos los que
habéis sido bautizados en Cristo —proclama el apóstol Pablo— os habéis
revestido de Cristo» (Ga 3, 27;
cf. Ef 4, 22-24; Co 3,
9-10). De ello resulta que «nosotros, siendo muchos, no formamos más que un
solo cuerpo en Cristo» (Rm 12, 5).
Volvemos a encontrar en las palabras de Pablo el eco fiel
de las enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la misteriosa unidad
de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y
prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al
Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17, 21). Es la misma unidad de la
que habla Jesús con la imagen de la vid y de los sarmientos: «Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5);
imagen que da luz no sólo para comprender la profunda intimidad de los
discípulos con Jesús, sino también la comunión vital de los discípulos entre
sí: todos son sarmientos de la única Vid.
Templos vivos y santos del Espíritu
13. Con otra imagen —aquélla del edificio— el apóstol Pedro
define a los bautizados como «piedras vivas» cimentadas en Cristo, la «piedra
angular», y destinadas a la «construcción de un edificio espiritual» (1 P
2, 5 ss.). La imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad bautismal, que
el Concilio Vaticano II presentaba de este modo: «Por la regeneración y la
unción del Espíritu Santo, los bautizados son consagrados como casa
espiritual».(18)
El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le imprime su sello
indeleble (cf. 2Co 1, 21-22), y lo
constituye en templo espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de
Dios gracias a la unión y conformación con Cristo.
Con esta «unción» espiritual, el cristiano puede, a su
modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por
lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar
la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los
oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). De esta manera, mediante
la efusión bautismal y crismal, el bautizado participa en la misma misión de
Jesús el Cristo, el Mesías Salvador.
Partícipes del oficio sacerdotal,
profético y real de Jesucristo
14. Dirigiéndose a los bautizados como a «niños recién
nacidos», el apóstol Pedro escribe: «Acercándoos a Él, piedra viva, desechada
por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual
piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual,
para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios
por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el
sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para que
proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su
admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles
laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio
—sacerdotal, profético y real— de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha
sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desprende, por
ejemplo, de la explicación que nos ofrece San Agustín del Salmo 26. Escribe
así: «David fué ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al
sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey
y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo" viene de
"crisma"). Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino que
también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo (...). Por ello, la unción es
propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo
Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el Cuerpo de
Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él somos cristos y Cristo, porque
en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el Cristo en su integridad».(19)
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II, (20) ya desde el
inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal,
profética y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la
Virgen María, el Hijo del carpintero —como se lo consideraba—, el Hijo de Dios
vivo —como ha confesado Pedro— ha venido para hacer de todos nosotros "un
reino de sacerdotes". El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio
de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote,
Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es
partícipe de esta triple misión».(21)
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a todos los fieles
laicos a releer, a meditar y a asimilar, con inteligencia y con amor, el rico y
fecundo magisterio del Concilio sobre su participación en el triple oficio de
Cristo.(22) He aquí entonces, sintéticamente, los elementos esenciales de estas
enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por
el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente en
la celebración eucarística por la salvación de la humanidad para gloria del
Padre. Incorporados a Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y a su
sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cf. Rm 12, 1-2). Dice el Concilio hablando
de los fieles laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas,
la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y
corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida
si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales
aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración
de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del
Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo
lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo».(23)
La participación en el oficio profético de Cristo,
«que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de
la palabra», (24) habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el
Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en
denunciar el mal con valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y constituidos en el
Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos
partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no puede
equivocarse cuando cree», (25) cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18;Ap 19, 10). Son igualmente llamados a
hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida
cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en
medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria
«también a través de las estructuras de la vida secular».(26)
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los
fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para
servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza
cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí
mismos el reino del pecado (cf. Rm 6,
12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la
caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los
más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular
para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando
mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al
verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el
que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto
consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1Co 15, 28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo
Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción del Bautismo, su
desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y dinámica sustentación en la
Eucaristía. Se trata de una participación donada a cada uno de los
fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman
parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus
dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo,
cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la
Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a los
bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el
pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9). Precisamente porque deriva de
la comunión eclesial, la participación de los fieles laicos en el triple
oficio de Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para acrecentar
esta comunión. Escribía San Agustín: «Así como llamamos a todos cristianos en
virtud del místico crisma, así también llamamos a todos sacerdotes porque
son miembros del único sacerdote».(27)
Los fieles laicos y la índole secular
15. La novedad cristiana es el fundamento y el título de la
igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de
Dios: «común es la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo,
común la gracia de hijos, común la vocación a la perfección, una sola
salvación, una sola esperanza e indivisa caridad».(28) En razón de la común
dignidad bautismal, el fiel laico es corresponsable, junto con los ministros
ordenados y con los religiosos y las religiosas, de la misión de la Iglesia.
Pero la común dignidad bautismal asume en el fiel laico una modalidad que
lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la
religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en la índole
secular: «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos».(29)
Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente la condición
eclesial del fiel laico es necesario profundizar el alcance teológico del
concepto de la índole secular a la luz del designio salvífico de Dios y del
misterio de la Iglesia.
Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica dimensión secular, inherente
a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del
Verbo Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros».(30)
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del
mundo (cf. Jn 17, 16) y es enviada
a continuar la obra redentora de Jesucristo; la cual, «al mismo tiempo que mira
de suyo a la salvación de los hombres, abarca también la restauración de todo
el orden temporal».(31)
Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su
dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la
participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de
actuación y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar» de
ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular».(32)
En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos
indicándola, primero, como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios:
«Allí son llamados por Dios».(33) Se trata de un «lugar» que viene
presentado en términos dinámicos: los fieles laicos «viven en el mundo, esto
es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en
las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de la que su
existencia se encuentra como entretejida».(34) Ellos son personas que viven la
vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad,
sociales, profesionales, culturales, etc. El Concilio considera su condición
no como un dato exterior y ambiental, sino como una realidad destinada a
obtener en Jesucristo la plenitud de su significado.(35) Es más, afirma que
«el mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...).
Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su
origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes de su
patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región».(36)
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito y el
medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está
destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. El Concilio puede indicar
entonces cuál es el sentido propio y peculiar de la vocación divina dirigida a
los fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el
mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo:
«Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que se encontraba
cuando fué llamado» (1Co 7, 24);
sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación
intramundana. En efecto, los fieles laicos, «son llamados por Dios para
contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante
el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así
manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su
vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad».(37) De este modo, el ser y
el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad
antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad
teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su designio en su
situación intramundana, y les comunica la particular vocación de «buscar el
Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según
Dios».(38)
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo
siguiente: «La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en
sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular
debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha
confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra
de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el
matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas
actividades sociales».(39)
La condición eclesial de los fieles laicos se encuentra radicalmente
definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole
secular.(40)
Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se
refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una
aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de imágenes espléndidamente
significativas, porque no sólo expresan la plena participación y la profunda
inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad
humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad
de esta inserción y de esta participación, destinadas como están a la difusión
del Evangelio que salva.
Llamados a la santidad
16. La dignidad de los fieles laicos se nos revela en
plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el
Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a
la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más
espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente
luminosas sobre la vocación universal a la santidad. Se puede decir que
precisamente esta llamada ha sido la consigna fundamental confiada a todos los
hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación
evangélica de la vida cristiana.(41) Esta consigna no es una simple exhortación
moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. Ella
es la Viña elegida, por medio de la cual los sarmientos viven y crecen con la
misma linfa santa y santificante de Cristo; es el Cuerpo místico, cuyos
miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que es Cristo;
es la Esposa amada del Señor Jesús, por quien Él se ha entregado para
santificarla (cf. Ef 5, 25 ss.).
El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de
María (cf. Lc 1, 35), es el mismo
Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad
del Hijo de Dios hecho hombre.
Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender
el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación
del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1 P 1, 15). El Sínodo
Extraordinario de 1985, a los veinte años de la conclusión del Concilio, ha
insistido muy oportunamente en esta urgencia: «Puesto que la Iglesia es en
Cristo un misterio, debe ser considerada como signo e instrumento de santidad
(...).
Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en
las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos
una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios».(42)
Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por
tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos están
llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia
respecto de los demás miembros de la Iglesia: «Todos los fieles de cualquier
estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección de la caridad»;(43) «todos los fieles están invitados y deben tender
a la santidad y a la perfección en el propio estado».(44)
La vocación a la santidad hunde sus raíces en el
Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos,
principalmente en la Eucaristía. Revestidos de Jesucristo y saciados por su
Espíritu, los cristianos son «santos», y por eso quedan capacitados y
comprometidos a manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo
su obrar. El apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los
cristianos para que vivan «como conviene a los santos» (Ef 5, 3).
La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación
(cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de todos y
de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en
la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de
Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y
sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en
el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor
en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos,
especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que
sufren.
Santificarse en el mundo
17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica
que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en
las realidades temporales y en su participación en las actividades
terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto hagáis,
de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias
por su medio a Dios Padre» (Co 3, 17). Refiriendo estas palabras del
apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la
atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a
la orientación espiritual de la vida».(45) A su vez los Padres sinodales han
dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia.
Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria.
Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben
considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios
y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás
hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».(46)
Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes que
como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso del
infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad. Tal
vocación, por tanto, constituye una componente esencial e inseparable de la
nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de su
dignidad. Al mismo tiempo, la vocación a la santidad está ligada íntimamente
a la misión y a la responsabilidad confiadas a los fieles laicos en la
Iglesia y en el mundo. En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la
participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación
primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto «Comunión
de los Santos». Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso
panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso
incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor
por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de
cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor;
son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios,
ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia.
Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto fundamental y una
condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La
santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su
laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la
Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser
una Madre llena de fecundidad en el Espíritu.
Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el
expanderse de los sarmientos depende de su inserción en la vid. «Lo mismo que
el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así
tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin
mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 4-5).
Es natural recordar aquí la solemne proclamación de algunos fieles laicos,
hombres y mujeres, como beatos y santos, durante el mes en el que se celebró el
Sínodo. Todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden
encontrar ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes
heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia
humana. Como han dicho los Padres sinodales: «Las Iglesias locales, y sobre
todo las llamadas Iglesias jóvenes, deben reconocer atentamente entre los
propios miembros, aquellos hombres y mujeres que ofrecieron en estas
condiciones (las condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado
conyugal) el testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los
demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan para la
beatificación y canonización».(47)
Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición eclesial del
fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de San León Magno: «Agnosce,
o Christiane, dignitatem tuam».(48) Es la misma admonición que San Máximo,
Obispo de Turín, dirigió a quienes habían recibido la unción del santo
Bautismo: «¡Considerad el honor que se os hace en este misterio!».(49) Todos
los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de San
Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos,
sino Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».(50)
La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros de la
Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión y de fraternidad y, al
mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y
misionero de los fieles laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad
de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña. «Grava sobre todos
los laicos —leemos en el Concilio— la gloriosa carga de trabajar para que el
designio divino de salvación alcance cada día más a todos los hombres de todos
los tiempos y de toda la tierra».(51)
CAPÍTULO II
SARMIENTOS TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación de los fieles laicos
en la vida de la Iglesia-Comunión
El misterio de la Iglesia-Comunión
18. Oigamos de nuevo las palabras de
Jesús: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador (...). Permaneced
en mí, y yo en vosotros» (Jn 15, 1-4).
Con estas sencillas palabras nos es revelada la misteriosa comunión que
vincula en unidad al Señor con los discípulos, a Cristo con los bautizados; una
comunión viva y vivificante, por la cual los cristianos ya no se pertenecen a
sí mismos, sino que son propiedad de Cristo, como los sarmientos unidos a la
vid.
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta la
misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los
cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del
Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos» (Jn 15, 5). La
comunión de los cristianos entre sí nace de su comunión con Cristo: todos somos
sarmientos de la única Vid, que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta
comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la
vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ella Jesús
pide: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como
lo recuerda el Concilio Vaticano II, con la célebre expresión de San Cipriano:
«La Iglesia universal se presenta como "un pueblo congregado en la unidad
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"».(52) Al inicio de la celebración
eucarística, cuando el sacerdote nos acoge con el saludo del apóstol Pablo: «La
gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del
Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Co 13, 13), se nos recuerda
habitualmente este misterio de la Iglesia-Comunión.
Después de haber delineado la «figura» de los fieles laicos en el marco de
la dignidad que les es propia, debemos reflexionar ahora sobre su misión y
responsabilidad en la Iglesia y en el mundo. Sin embargo, sólo podremos
comprenderlas adecuadamente si nos situamos en el contexto vivo de la
Iglesia-Comunión.
El Concilio y la eclesiología de comunión
19. Es ésta la idea central que, en el
Concilio Vaticano II, la Iglesia ha vuelto a proponer de sí misma. Nos lo ha
recordado el Sínodo extraordinario de 1985, celebrado a los veinte años del
evento conciliar: «La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental
de los documentos del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la
Sagrada Escritura, ha sido muy apreciada en la Iglesia antigua, y en las
Iglesias orientales hasta nuestros días. Por esto el Concilio Vaticano II ha
realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en cuanto comunión fuese
comprendida con mayor claridad y concretamente traducida en la vida práctica.
¿Qué significa la compleja palabra "comunión"? Se trata
fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el
Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la palabra de Dios y en los sacramentos.
El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia. La
Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana (cf. Lumen gentium, 11). La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo
significa y produce, es decir edifica, la íntima comunión de todos los fieles
en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf. 1Co 10, 16 s.)».(53)
Poco después del Concilio, Pablo VI se dirigía a los fieles con estas
palabras: «La Iglesia es una comunión. ¿Qué quiere decir en este caso comunión?
Nos os remitimos al parágrafo del catecismo que habla sobre la sanctorum
communionem, la comunión de los santos. Iglesia quiere decir comunión de
los santos. Y comunión de los santos quiere decir una doble participación
vital: la incorporación de los cristianos a la vida de Cristo, y la circulación
de una idéntica caridad en todos los fieles, en este y en el otro mundo. Unión
a Cristo y en Cristo; y unión entre los cristianos dentro la Iglesia».(54)
Las imágenes bíblicas con las que el Concilio ha querido introducirnos en la
contemplación del misterio de la Iglesia, iluminan la realidad de la
Iglesia-Comunión en su inseparable dimensión de comunión de los cristianos con
Cristo, y de comunión de los cristianos entre sí. Son las imágenes del ovil, de
la grey, de la vid, del edificio espiritual, de la ciudad santa.(55) Sobre todo
es la imagen del cuerpo tal y como la presenta el apóstol Pablo, cuya
doctrina reverbera fresca y atrayente en numerosas páginas del Concilio.(56)
Éste, a su vez, inicia considerando la entera historia de la salvación, y
vuelve a presentar la Iglesia como Pueblo de Dios: «Ha querido Dios
santificar y salvar a los hombres no individualmente y sin ninguna relación
entre ellos, sino constituyendo con ellos un pueblo que lo reconociese en la
verdad y le sirviera santamente».(57) Ya en sus primeras líneas, la
constitución Lumen gentium compendia
maravillosamente esta doctrina diciendo: «La Iglesia es en Cristo como un
sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima unión del hombre con
Dios y de la unidad de todo el género humano».(58)
La realidad de la Iglesia-Comunión es entonces
parte integrante, más aún, representa el contenido central del «misterio»
o sea del designio divino de salvación de la humanidad. Por esto la comunión
eclesial no puede ser captada adecuadamente cuando se la entiende como una
simple realidad sociológica y psicológica. La Iglesia-Comunión es el pueblo
«nuevo», el pueblo «mesiánico», el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...)
como condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios (...) por ley el
nuevo precepto de amar como el mismo Cristo nos ha amado (...) por fin el Reino
de Dios (...) (y es) constituido por Cristo en comunión de vida, de caridad y de
verdad».(59) Los vínculos que unen a los miembros del nuevo Pueblo entre sí —y
antes aún, con Cristo— no son aquellos de la «carne» y de la «sangre», sino
aquellos del espíritu; más precisamente, aquellos del Espíritu Santo, que
reciben todos los bautizados (cf. Jl 3,
1).
En efecto, aquel Espíritu que desde la eternidad abraza la
única e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en la plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4) unió indisolublemente la
carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e idéntico Espíritu es, a lo largo de
todas las generaciones cristianas, el inagotable manantial del que brota sin
cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia.
Una comunión orgánica: diversidad y
complementariedad
20. La comunión eclesial se configura, más precisamente,
como comunión «orgánica», análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto,
está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad
de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los
carismas y de las responsabilidades. Gracias a esta diversidad y
complementariedad, cada fiel laico se encuentra en relación con todo el
cuerpo y le ofrece su propia aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente en la comunión
orgánica del Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar de nuevo sus ricas
enseñanzas en la síntesis trazada por el Concilio. Jesucristo —leemos en la
constitución Lumen gentium—
«comunicando su Espíritu, constituye místicamente como cuerpo suyo a sus
hermanos, llamados de entre todas las gentes. En ese cuerpo, la vida de Cristo
se derrama en los creyentes (...). Como todos los miembros del cuerpo humano,
aunque numerosos, forman un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo (cf. 1Co 12, 12). También en la
edificación del cuerpo de Cristo vige la diversidad de miembros y funciones.
Uno es el Espíritu que, para la utilidad de la Iglesia, distribuye sus
múltiples dones con magnificencia proporcionada a su riqueza y a las
necesidades de los servicios (cf. 1Co
12, 1-11). Entre estos dones ocupa el primer puesto la gracia de los
Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu somete incluso los carismáticos
(cf. 1Co 14). Y es también el mismo Espíritu que, con su fuerza y
mediante la íntima conexión de los miembros, produce y estimula la caridad
entre todos los fieles. Y por tanto, si un miembro sufre, sufren con él todos
los demás miembros; si a un miembro lo honoran, de ello se gozan con él todos
los demás miembros (cf. 1Co 12, 26)».(60)
Es siempre el único e idéntico Espíritu el principio dinámico
de la variedad y de la unidad en la Iglesia y de la Iglesia. Leemos
nuevamente en la constitución Lumen gentium:
«Para que nos renovásemos continuamente en Él (Cristo) (cf. Ef 4, 23), nos ha dado su Espíritu, el
cual, único e idéntico en la Cabeza y en los miembros, da vida, unidad y
movimiento a todo el cuerpo, de manera que los santos Padres pudieron paragonar
su función con la que ejerce el principio vital, es decir el alma, en el cuerpo
humano».(61) En otro texto, particularmente denso y valioso para captar la
«organicidad» propia de la comunión eclesial, también en su aspecto de
crecimiento incesante hacia la comunión perfecta, el Concilio escribe: «El
Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un
templo (cf. 1Co 3, 16; 6, 19), y
en ellos ora y da testimonio de la adopción filial (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). Él guía la Iglesia
hacia la completa verdad (cf .Jn 16,
13 ), la unifica en la comunión y en el servicio, la instruye y
dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos, la embellece con sus
frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1Co 12, 4; Ga 5, 22). Hace rejuvenecer la Iglesia
con la fuerza del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la
perfecta unión con su Esposo. Porque el Espíritu y la Esposa dicen al Señor
Jesús: ¡"Ven"! (cf. Ap 22, 17)».(62)
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del
Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud
y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad. El modo
concreto de actuarlo es a través de la participación en la vida y misión de la
Iglesia, a cuyo servicio los fieles laicos contribuyen con sus diversas y
complementarias funciones y carismas.
El fiel laico «no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose
espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir en un continuo intercambio
con los demás, con un vivo sentido de fraternidad, en el gozo de una igual
dignidad y en el empeño por hacer fructificar, junto con los demás, el inmenso
tesoro recibido en herencia. El Espíritu del Señor le confiere, como también a
los demás, múltiples carismas; le invita a tomar parte en diferentes
ministerios y encargos; le recuerda, como también recuerda a los otros en
relación con él, que todo aquello que le distingue no significa una mayor
dignidad, sino una especial y complementaria habilitación al servicio
(...). De esta manera, los carismas, los ministerios, los encargos y los
servicios del fiel laico existen en la comunión y para la comunión. Son
riquezas que se complementan entre sí en favor de todos, bajo la guía prudente
de los Pastores».(63)
Los ministerios y los carismas, dones del
Espíritu a la Iglesia
21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los
carismas como dones del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo
y para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo.(64) La Iglesia, en
efecto, es dirigida y guiada por el Espíritu, que generosamente distribuye
diversos dones jerárquicos y carismáticos entre todos los bautizados,
llamándolos a ser —cada uno a su modo— activos y corresponsables.
Consideremos ahora los ministerios y los carismas con directa referencia a
los fieles laicos y a su participación en la vida de la Iglesia-Comunión.
Los ministerios, oficios y funciones
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si
bien con modalidades diversas, son todos una participación en el ministerio de
Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11), el siervo humilde y
totalmente sacrificado por la salvación de todos (cf. Mc 10, 45). Pablo es completamente
claro al hablar de la constitución ministerial de las Iglesias apostólicas. En
la Primera Carta a los Corintios escribe: «A algunos Dios los ha puesto en la
Iglesia, en primer lugar como apóstoles, en segundo lugar como profetas, en
tercer lugar como maestros (...)» (1Co
12, 28). En la Carta a los Efesios leemos: «A cada uno de nosotros nos ha
sido dada la gracia según la medida del don de Cristo (...). Es él quien, por
una parte, ha dado a los apóstoles, por otra, a los profetas, los evangelistas,
los pastores y los maestros, para hacer idóneos los hermanos para la realización
del ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos
todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de
hombre perfecto, según la medida que corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef 4, 7.11-13; cf. Rm 12, 4-8). Como resulta de estos y
de otros textos del Nuevo Testamento, son múltiples y diversos los ministerios,
como también los dones y las tareas eclesiales.
Los ministerios que derivan del Orden
22. En la Iglesia encontramos, en primer
lugar, los ministerios ordenados; es decir, los ministerios que
derivan del sacramento del Orden. En efecto, el Señor Jesús escogió y constituyó
los Apóstoles —germen del Pueblo de la nueva Alianza y origen de la sagrada
Jerarquía(65)— con el mandato de convertir en discípulos todas las naciones
(cf. Mt 28, 19), de formar y de
regir el pueblo sacerdotal. La misión de los Apóstoles, que el Señor Jesús
continúa confiando a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio,
llamado significativamente «diakonia» en la Sagrada Escritura; esto es,
servicio, ministerio. Los ministros —en la ininterrumpida sucesión apostólica—
reciben de Cristo Resucitado el carisma del Espíritu Santo, mediante el
sacramento del Orden; reciben así la autoridad y el poder sacro para servir a
la Iglesia «in persona Christi capitis» (personificando a Cristo Cabeza),
(66) y para congregarla en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de los
Sacramentos.
Los ministerios ordenados —antes que para las personas que los reciben— son
una gracia para la Iglesia entera. Expresan y llevan a cabo una participación
en el sacerdocio de Jesucristo que es distinta, non sólo por grado sino por
esencia, de la participación otorgada con el Bautismo y con la Confirmación a
todos los fieles. Por otra parte, el sacerdocio ministerial, como ha recordado
el Concilio Vaticano II, está esencialmente finalizado al sacerdocio real de
todos los fieles y a éste ordenado.(67)
Por esto, para asegurar y acrecentar la comunión en la
Iglesia, y concretamente en el ámbito de los distintos y complementarios
ministerios, los pastores deben reconocer que su ministerio está radicalmente
ordenado al servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. Hb 5, 1); y los fieles laicos han de
reconocer, a su vez, que el sacerdocio ministerial es enteramente necesario
para su vida y para su participación en la misión de la Iglesia.(68)
Ministerios, oficios y funciones de los
laicos
23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es
llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino
también por todos los fieles laicos. En efecto, éstos, en virtud de su
condición bautismal y de su específica vocación, participan en el oficio
sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia medida.
Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los ministerios,
oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento
sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos,
además en el Matrimonio.
Después, cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija, los
pastores —según las normas establecidas por el derecho universal— pueden
confiar a los fieles laicos algunas tareas que, si bien están conectadas a su
propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter del Orden.
El Código de Derecho Canónico escribe: «Donde lo aconseje la necesidad de la
Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores
ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el
ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas, administrar el
bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho».(69)
Sin embargo, el ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor.
En realidad, no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación
sacramental. Sólo el sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado una
peculiar participación en el oficio de Cristo Cabeza y Pastor y en su
sacerdocio eterno.(70) La tarea realizada en calidad de suplente tiene su
legitimación —formal e inmediatamente— en el encargo oficial hecho por los
pastores, y depende, en su concreto ejercicio, de la dirección de la autoridad
eclesiástica.(71)
La reciente Asamblea sinodal ha trazado un amplio y significativo panorama
de la situación eclesial acerca de los ministerios, los oficios y las funciones
de los bautizados. Los Padres han apreciado vivamente la aportación apostólica
de los fieles laicos, hombres y mujeres, en favor de la evangelización, de la
santificación y de la animación cristiana de las realidades temporales, como
también su generosa disponibilidad a la suplencia en situaciones de emergencia
y de necesidad crónica.(72)
Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el Concilio, los
mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia de las tareas que les
corresponden en la asamblea litúrgica y en su preparación, y se han manifestado
ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto, la celebración litúrgica es
una acción sacra no sólo del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es
natural que las tareas no propias de los ministros ordenados sean desempeñadas
por los fieles laicos.(73) Después, ha sido espontáneo el paso de una efectiva
implicación de los fieles laicos en la acción litúrgica a aquélla en el anuncio
de la Palabra de Dios y en la cura pastoral.(74)
En la misma Asamblea sinodal no han faltado, sin embargo, junto a los
positivos, otros juicios críticos sobre el uso indiscriminado del término
«ministerio», la confusión y tal vez la igualación entre el sacerdocio común y
el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de ciertas leyes y normas
eclesiásticas, la interpretación arbitraria del concepto de «suplencia», la
tendencia a la «clericalización» de los fieles laicos y el riesgo de crear de
hecho una estructura eclesial de servicio paralela a la fundada en el
sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han insistido
en la necesidad de que se expresen con claridad —sirviéndose también de una
terminología más precisa—, (75) tanto la unidad de misión de la Iglesia,
en la que participan todos los bautizados, como la sustancial diversidad del
ministerio de los pastores, que tiene su raíz en el sacramento del Orden,
respecto de los otros ministerios, oficios y funciones eclesiales, que tienen
su raíz en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y al
conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y funciones,
pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal de estas
tareas. Es necesario también que los pastores estén vigilantes para que se
evite un fácil y abusivo recurso a presuntas «situaciones de emergencia» o de
«necesaria suplencia», allí donde no se dan objetivamente o donde es posible
remediarlo con una programación pastoral más racional.
Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles laicos pueden
desempeñar legítimamente en la liturgia, en la transmisión de la fe y en las
estructuras pastorales de la Iglesia, deberán ser ejercitados en conformidad
con su específica vocación laical, distinta de aquélla de los sagrados
ministros. En este sentido, la exhortación Evangelii nuntiandi, que
tanta y tan beneficiosa parte ha tenido en el estimular la diversificada
colaboración de los fieles laicos en la vida y en la misión evangelizadora de
la Iglesia, recuerda que «el campo propio de su actividad evangelizadora es el
dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la
economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la
vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras
realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la
familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo
profesional, el sufrimiento. Cuantos más laicos haya compenetrados con el
espíritu evangélico, responsables de estas realidades y explícitamente
comprometidos en ellas, competentes en su promoción y conscientes de tener que
desarrollar toda su capacidad cristiana, a menudo ocultada y sofocada, tanto
más se encontrarán estas realidades al servicio del Reino de Dios —y por tanto
de la salvación en Jesucristo—, sin perder ni sacrificar nada de su coeficiente
humano, sino manifestando una dimensión trascendente a menudo desconocida».(76)
Durante los trabajos del Sínodo, los Padres han prestado no poca atención al
Lectorado y al Acolitado. Mientras en el pasado existían en la
Iglesia Latina sólo como etapas espirituales del itinerario hacia los
ministerios ordenados, con el Motu proprio de Pablo VI Ministeria quaedam
(15 Agosto 1972) han recibido una autonomía y estabilidad propias, como también
una posible destinación a los mismos fieles laicos, si bien sólo a los varones.
En el mismo sentido se ha expresado el nuevo Código de Derecho Canónico.(77)
Los Padres sinodales han manifestado ahora el deseo de que «el Motu proprio
"Ministeria quaedam" sea revisado, teniendo en cuenta el uso de las
Iglesias locales e indicando, sobre todo, los criterios según los cuales han de
ser elegidos los destinatarios de cada ministerio».(78)
A tal fin ha sido constituida expresamente una Comisión, no sólo para
responder a este deseo manifestado por los Padres sinodales, sino también, y
sobre todo, para estudiar en profundidad los diversos problemas teológicos,
litúrgicos, jurídicos y pastorales surgidos a partir del gran florecimiento
actual de los ministerios confiados a los fieles laicos.
Para que la praxis eclesial de estos ministerios confiados a los fieles
laicos resulte ordenada y fructuosa, en tanto la Comisión concluye su estudio,
deberán ser fielmente respetados por todas las Iglesias particulares los
principios teológicos arriba recordados, en particular la diferencia esencial
entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común y, por consiguiente, la
diferencia entre los ministerios derivantes del Orden y los ministerios que
derivan de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía
diversos ministerios a la Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con
otros dones e impulsos particulares, llamados carismas. Estos pueden
asumir las más diversas formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta
libertad del Espíritu que los dona, sea como respuesta a las múltiples
exigencias de la historia de la Iglesia. La descripción y clasificación que los
textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su gran
variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para la utilidad
común. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro,
palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo
Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de
milagros; a otro, el don de profecía; a otro, el don de discernir los
espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente, el don de
interpretarlas» (1Co 12, 7-10; cf.
1Co 12, 4-6.28-31;Rm 12, 6-8; 1 P 4, 10-11).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias
del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad
eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de
los hombres y a las necesidades del mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de
diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se
conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados también por otros
y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que
genera una particular afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose
precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II escribe:
«Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo, que obra la
santificación del Pueblo de Dios por medio del ministerio y de los sacramentos,
otorga también a los fieles dones particulares (cf. 1Co 12, 7), "distribuyendo a
cada uno según quiere" (cf. 1Co
12, 11), para que "poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de
los demás", contribuyan también ellos "como buenos dispensadores de
la multiforme gracia recibida de Dios" (1 P 4, 10), a la
edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef 4, 16)».(79)
Los dones del Espíritu Santo exigen —según la lógica de la originaria
donación de la que proceden— que cuantos los han recibido, los ejerzan para el
crecimiento de toda la Iglesia, como lo recuerda el Concilio.(80)
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de
quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una
singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del
entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan
del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos
del Espíritu. En este sentido siempre es necesario el discernimiento de los
carismas. En realidad, como han dicho los Padres sinodales, «la acción del
Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de
acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos y somos
conscientes de los beneficios que provienen de los carismas, tanto para los
individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, somos también
conscientes de la potencia del pecado y de sus esfuerzos tendientes a turbar y
confundir la vida de los fieles y de la comunidad».(81)
Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y
sumisión a los Pastores de la Iglesia. El Concilio dice claramente: «El
juicio sobre su autenticidad (de los carismas) y sobre su ordenado ejercicio
pertenece a aquellos que presiden en la Iglesia, a quienes especialmente
corresponde no extinguir el Espíritu, sino examinarlo todo y retener lo que es
bueno (cf. 1Ts 5, 12.19-21)», (82)
con el fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y
complementariedad, al bien común.(83)
La participación de los fieles laicos en
la vida de la Iglesia
25. Los fieles laicos participan en la vida de la Iglesia
no sólo llevando a cabo sus funciones y ejercitando sus carismas, sino también
de otros muchos modos.
Tal participación encuentra su primera y necesaria expresión en la vida y
misión de las Iglesias particulares, de las diócesis, en las que
«verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa,
católica y apostólica».(84)
Iglesias particulares e Iglesia universal
Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo urgente
que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de la Iglesia
particular en su relación originaria con la Iglesia universal. La Iglesia
particular no nace a partir de una especie de fragmentación de la Iglesia
universal, ni la Iglesia universal se constituye con la simple agregación de
las Iglesias particulares; sino que hay un vínculo vivo, esencial y constante
que las une entre sí, en cuanto que la Iglesia universal existe y se manifiesta
en las Iglesias particulares. Por esto dice el Concilio que las Iglesias
particulares están «formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y
a partir de las cuales existe una sola y única Iglesia católica».(85)
El mismo Concilio anima a los fieles laicos para que vivan activamente su
pertenencia a la Iglesia particular, asumiendo al mismo tiempo una amplitud de
miras cada vez más «católica». «Cultiven constantemente —leemos en el Decreto
sobre el apostolado de los laicos— el sentido de la diócesis, de la cual es la
parroquia como una célula, siempre dispuestos, cuando sean invitados por su
Pastor, a unir sus propias fuerzas a las iniciativas diocesanas. Es más, para
responder a las necesidades de la ciudad y de las zonas rurales, no deben
limitar su cooperación a los confines de la parroquia o de la diócesis, sino
que han de procurar ampliarla al ámbito interparroquial, interdiocesano,
nacional o internacional; tanto más cuando los crecientes desplazamientos
demográficos, el desarrollo de las mutuas relaciones y la facilidad de las
comunicaciones no consienten ya a ningún sector de la sociedad permanecer
cerrado en sí mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo de Dios
esparcido por toda la tierra».(86)
En este sentido, el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la
creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda
recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal forma de colaboración y de
diálogo, como también de discernimiento, a nivel diocesano. La participación de
los fieles laicos en estos Consejos podrá ampliar el recurso a la consultación,
y hará que el principio de colaboración —que en determinados casos es también
de decisión— sea aplicado de un modo más fuerte y extenso.(87)
Está prevista en el Código de Derecho Canónico la participación de los
fieles laicos en los Sínodos diocesanos y en los Concilios
particulares, provinciales o plenarios.(88) Esta participación podrá
contribuir a la comunión y misión eclesial de la Iglesia particular, tanto en
su ámbito propio, como en relación con las demás Iglesias particulares de la
provincia eclesiástica o de la Conferencia Episcopal.
Las Conferencias Episcopales quedan invitadas a estudiar el modo más
oportuno de desarrollar, a nivel nacional o regional, la consultación y
colaboración de los fieles laicos, hombres y mujeres. Así, los problemas
comunes podrán ser bien sopesados y se manifestará mejor la comunión eclesial
de todos.(89)
La parroquia
26. La comunión eclesial, aún conservando siempre su
dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia.
Ella es la última localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la
misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas.(90)
Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el verdadero rostro
de la parroquia; o sea, el «misterio» mismo de la Iglesia presente y operante
en ella. Aunque a veces le falten las personas y los medios necesarios, aunque
otras veces se encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida
en medio de populosos y caóticos barrios modernos, la parroquia no es
principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella es «la familia
de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad», (91) es «una
casa de familia, fraterna y acogedora», (92) es la «comunidad de los fieles».(93)
En definitiva, la parroquia está fundada sobre una realidad teológica, porque
ella es una comunidad eucarística.(94) Esto significa que es una
comunidad idónea para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la raíz
viva de su edificación y el vínculo sacramental de su existir en plena comunión
con toda la Iglesia. Tal idoneidad radica en el hecho de ser la parroquia una comunidad
de fe y una comunidad orgánica, es decir, constituida por los
ministros ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco —que
representa al Obispo diocesano(95)— es el vínculo jerárquico con toda la
Iglesia particular.
Ciertamente es inmensa la tarea que ha de realizar la Iglesia en nuestros
días; y para llevarla a cabo no basta la parroquia sola. Por ésto, el Código de
Derecho Canónico prevé formas de colaboración entre parroquias en el ámbito del
territorio(96) y recomienda al Obispo el cuidado pastoral de todas las
categorías de fieles, también de aquéllas a las que no llega la cura pastoral
ordinaria.(97) En efecto, son necesarios muchos lugares y formas de presencia y
de acción, para poder llevar la palabra y la gracia del Evangelio a las
múltiples y variadas condiciones de vida de los hombres de hoy. Igualmente,
otras muchas funciones de irradiación religiosa y de apostolado de ambiente en
el campo cultural, social, educativo, profesional, etc no pueden tener
como centro o punto de partida la parroquia. Y sin embargo, también en nuestros
días la parroquia está conociendo una época nueva y prometedora. Como decía
Pablo VI, al inicio de su pontificado, dirigiéndose al Clero romano: «Creemos
simplemente que la antigua y venerada estructura de la Parroquia tiene una
misión indispensable y de gran actualidad; a ella corresponde crear la primera
comunidad del pueblo cristiano; iniciar y congregar al pueblo en la normal
expresión de la vida litúrgica; conservar y reavivar la fe en la gente de hoy;
suministrarle la doctrina salvadora de Cristo; practicar en el sentimiento y en
las obras la caridad sencilla de las obras buenas y fraternas».(98)
Por su parte, los Padres sinodales han considerado atentamente la situación
actual de muchas parroquias, solicitando una decidida renovación de las
mismas: «Muchas parroquias, sea en regiones urbanas, sea en tierras de misión,
no pueden funcionar con plenitud efectiva debido a la falta de medios
materiales o de ministros ordenados, o también a causa de la excesiva extensión
geográfica y por la condición especial de algunos cristianos (como, por
ejemplo, los exiliados y los emigrantes). Para que todas estas parroquias sean
verdaderamente comunidades cristianas, las autoridades locales deben favorecer:
a) la adaptación de las estructuras parroquiales con la amplia
flexibilidad que concede el Derecho Canónico, sobre todo promoviendo la
participación de los laicos en las responsabilidades pastorales; b) las
pequeñas comunidades eclesiales de base, también llamadas comunidades vivas,
donde los fieles pueden comunicarse mutuamente la Palabra de Dios y
manifestarse en el recíproco servicio y en el amor; estas comunidades son
verdaderas expresiones de la comunión eclesial y centros de evangelización, en
comunión con sus Pastores».(99) Para la renovación de las parroquias y para
asegurar mejor su eficacia operativa, también se deben favorecer formas
institucionales de cooperación entre las diversas parroquias de un mismo
territorio.
El compromiso apostólico en la parroquia
27. Ahora es necesario considerar más de cerca la comunión
y la participación de los fieles laicos en la vida de la parroquia. En este
sentido, se debe llamar la atención de todos los fieles laicos, hombres y
mujeres, sobre una expresión muy cierta, significativa y estimulante del
Concilio: «Dentro de las comunidades de la Iglesia —leemos en el Decreto sobre
el apostolado de los laicos— su acción es tan necesaria, que sin ella, el mismo
apostolado de los Pastores no podría alcanzar, la mayor parte de las veces, su
plena eficacia».(100) Esta afirmación radical se debe entender, evidentemente,
a la luz de la «eclesiología de comunión»: siendo distintos y complementarios,
los ministerios y los carismas son necesarios para el crecimiento de la
Iglesia, cada uno según su propia modalidad.
Los fieles laicos deben estar cada vez más convencidos del particular
significado que asume el compromiso apostólico en su parroquia. Es de nuevo el
Concilio quien lo pone de relieve autorizadamente: «La parroquia ofrece un
ejemplo luminoso de apostolado comunitario, fundiendo en la unidad todas las
diferencias humanas que allí se dan e insertándolas en la universalidad de la
Iglesia. Los laicos han de habituarse a trabajar en la parroquia en íntima
unión con sus sacerdotes, a exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los
del mundo y las cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres, para
que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos; a dar, según sus
propias posibilidades, su personal contribución en las iniciativas apostólicas
y misioneras de su propia familia eclesiástica».(101)
La indicación conciliar respecto al examen y solución de los problemas
pastorales «con la colaboración de todos», debe encontrar un desarrollo
adecuado y estructurado en la valorización más convencida, amplia y decidida de
los Consejos pastorales parroquiales, en los que han insistido, con justa
razón, los Padres sinodales.(102)
En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben prestar una
gran ayuda al crecimiento de una autentica comunión eclesial en sus
respectivas parroquias, y en el dar nueva vida al afán misionero dirigido
hacia los no creyentes y hacia los mismos creyentes que han abandonado o
limitado la práctica de la vida cristiana.
Si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de los
hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la sociedad
humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas. A menudo el
contexto social, sobre todo en ciertos países y ambientes, está sacudido
violentamente por fuerzas de disgregación y deshumanización. El hombre se
encuentra perdido y desorientado; pero en su corazón permanece siempre el deseo
de poder experimentar y cultivar unas relaciones más fraternas y humanas. La
respuesta a este deseo puede encontrarse en la parroquia, cuando ésta, con la
participación viva de los fieles laicos, permanece fiel a su originaria
vocación y misión: ser en el mundo el «lugar» de la comunión de los creyentes
y, a la vez, «signo e instrumento» de la común vocación a la comunión; en una
palabra ser la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería llamarla
el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la aldea, a la que todos acuden
para calmar su sed.
Formas de participación en la vida de la
Iglesia
28. Los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes,
religiosos y religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y Cuerpo de
Cristo.
El ser miembros de la Iglesia no suprime el hecho de que cada cristiano sea
un ser «único e irrepetible», sino que garantiza y promueve el sentido más
profundo de su unicidad e irrepetibilidad, en cuanto fuente de variedad y de riqueza
para toda la Iglesia. En tal sentido, Dios llama a cada uno en Cristo por su
nombre propio e inconfundible. El llamamiento del Señor: «Id también vosotros a
mi viña», se dirige a cada uno personalmente; y entonces resuena de este modo
en la conciencia: «¡Ven también tú a mi viña!».
De esta manera cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su ser y con
su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la comunión eclesial; así
como, por otra parte, recibe personalmente y hace suya la riqueza común de toda
la Iglesia. Ésta es la «Comunión de los Santos» que profesamos en el Credo; el
bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se
convierte en el bien de todos. «En la Santa Iglesia —escribe San Gregorio
Magno— cada uno sostiene a los demás y los demás le sostienen a él».(103)
Formas personales de participación
Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga
siempre una viva conciencia de ser un «miembro de la Iglesia», a quien
se le ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe
llevar a cabo para el bien de todos. En esta perspectiva asume todo su
significado la afirmación del Concilio sobre la absoluta necesidad del
apostolado de cada persona singular: «El apostolado que cada uno debe
realizar, y que fluye con abundancia de la fuente de una vida auténticamente
cristiana (cf. Jn 4, 14), es la
forma primordial y la condición de todo el apostolado de los laicos, incluso
del asociado, y nada puede sustituirlo. A este apostolado, siempre y en todas
partes provechoso, y en ciertas circunstancias el único apto y posible, están
llamados y obligados todos los laicos, cualquiera que sea su condición, aunque
no tengan ocasión o posibilidad de colaborar en las asociaciones».(104)
En el apostolado personal existen grandes riquezas que reclaman ser
descubiertas, en vista de una intensificación del dinamismo misionero de cada
uno de los fieles laicos. A través de esta forma de apostolado, la irradiación
del Evangelio puede hacerse extremadamente capilar, llegando a tantos
lugares y ambientes como son aquéllos ligados a la vida cotidiana y concreta de
los laicos. Se trata, además, de una irradiación constante, pues es
inseparable de la continua coherencia de la vida personal con la fe; y se
configura también como una forma de apostolado particularmente incisiva, ya
que al compartir plenamente las condiciones de vida y de trabajo, las
dificultades y esperanzas de sus hermanos, los fieles laicos pueden llegar al
corazón de sus vecinos, amigos o colegas, abriéndolo al horizonte total, al
sentido pleno de la existencia humana: la comunión con Dios y entre los
hombres.
Formas agregativas de participación
29. La comunión eclesial, ya presente y operante en la
acción personal de cada uno, encuentra una manifestación específica en el
actuar asociado de los fieles laicos; es decir, en la acción solidaria que
ellos llevan a cabo participando responsablemente en la vida y misión de la
Iglesia.
En estos últimos años, el fenómeno asociativo laical se ha caracterizado por
una particular variedad y vivacidad. La asociación de los fieles siempre ha
representado una línea en cierto modo constante en la historia de la Iglesia,
como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas confraternidades, las
terceras órdenes y los diversos sodalicios. Sin embargo, en los tiempos
modernos este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto
nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos,
comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época asociativa de
los fieles laicos. En efecto, «junto al asociacionismo tradicional, y a veces
desde sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con
fisonomías y finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los
recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial; y tanta es la
capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado».(105)
Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy diferenciadas unas
de otras en diversos aspectos, como en su configuración externa, en los caminos
y métodos educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede
encontrar una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las
anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de
llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el
hombre y de renovación para la sociedad.
El asociarse de los fieles laicos por razones espirituales y apostólicas
nace de diversas fuentes y responde a variadas exigencias. Expresa,
efectivamente, la naturaleza social de la persona, y obedece a instancias de
una más dilatada e incisiva eficacia operativa. En realidad, la incidencia
«cultural», que es fuente y estímulo, pero también fruto y signo de cualquier
transformación del ambiente y de la sociedad, puede realizarse, no tanto con la
labor de un individuo, cuanto con la de un «sujeto social», o sea, de un grupo,
de una comunidad, de una asociación, de un movimiento. Esto resulta
particularmente cierto en el contexto de una sociedad pluralista y fraccionada
—como es la actual en tantas partes del mundo—, y cuando se está frente a
problemas enormemente complejos y difíciles. Por otra parte, sobre todo en un
mundo secularizado, las diversas formas asociadas pueden representar, para
muchos, una preciosa ayuda para llevar una vida cristiana coherente con las
exigencias del Evangelio y para comprometerse en una acción misionera y
apostólica.
Más allá de estos motivos, la razón profunda que justifica y exige la
asociación de los fieles laicos es de orden teológico, es una razón
eclesiológica, como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano II, cuando
ve en el apostolado asociado un «signo de la comunión y de la unidad de la
Iglesia en Cristo».(106)
Es un «signo» que debe manifestarse en las relaciones de «comunión», tanto
dentro como fuera de las diversas formas asociativas, en el contexto más amplio
de la comunidad cristiana. Precisamente la razón eclesiológica indicada
explica, por una parte, el «derecho» de asociación que es propio de los fieles
laicos; y, por otra, la necesidad de unos «criterios» de discernimiento acerca
de la autenticidad eclesial de esas formas de asociarse.
Ante todo debe reconocerse la libertad de asociación de los fieles laicos
en la Iglesia. Tal libertad es un verdadero y propio derecho que no
proviene de una especie de «concesión» de la autoridad, sino que deriva del
Bautismo, en cuanto sacramento que llama a todos los fieles laicos a participar
activamente en la comunión y misión de la Iglesia. El Concilio es del todo
claro a este respecto: «Guardada la debida relación con la autoridad
eclesiástica, los laicos tienen el derecho de fundar y dirigir asociaciones y
de inscribirse en aquellas fundadas».(107) Y el reciente Código afirma textualmente:
«Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para
fines de caridad o piedad, o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y
también a reunirse para procurar en común esos mismos fines».(108)
Se trata de una libertad reconocida y garantizada por la autoridad
eclesiástica y que debe ser ejercida siempre y sólo en la comunión de la
Iglesia. En este sentido, el derecho a asociarse de los fieles laicos es algo
esencialmente relativo a la vida de comunión y a la misión de la misma Iglesia.
Criterios de eclesialidad para las
asociaciones laicales
30. La necesidad de unos criterios claros y precisos de
discernimiento y reconocimiento de las asociaciones laicales, también
llamados «criterios de eclesialidad», es algo que se comprende siempre en la
perspectiva de la comunión y misión de la Iglesia, y no, por tanto, en
contraste con la libertad de asociación.
Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y cada una de las
asociaciones de fieles laicos en la Iglesia se pueden considerar,
unitariamente, los siguientes:
— El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad, y
que se manifiesta «en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los
fieles»(109) como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección en la caridad.(110)
En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de
ellas, están llamadas a ser —cada vez más— instrumento de santidad en la
Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la vida práctica
y la fe de sus miembros».(111)
— La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y
proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la
obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por
esta razón, cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se
anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su
contenido.
— El testimonio de una comunión firme y convencida en filial relación
con el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal, (112)
y con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad»(113) en la Iglesia
particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en la
Iglesia».(114)
La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la leal
disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones
pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la
legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la
Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.
— La conformidad y la participación en el «fin apostólico de la Iglesia»,
que es «la evangelización y santificación de los hombres y la formación
cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu
evangélico las diversas comunidades y ambientes».(115)
Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles laicos, y a
cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les lleve a
ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.
—El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la
luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad
integral del hombre.
En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes
vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas
y fraternas en la sociedad.
Los criterios fundamentales que han sido enumerados, se comprueban en los frutos
concretos que acompañan la vida y las obras de las diversas formas
asociadas; como son el renovado gusto por la oración, la contemplación, la vida
litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al
matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada; la
disponibilidad a participar en los programas y actividades de la Iglesia sea a
nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño catequético y la
capacidad pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una presencia
cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el crear y animar
obras caritativas, culturales y espirituales; el espíritu de desprendimiento y
de pobreza evangélica que lleva a desarrollar una generosa caridad para con
todos; la conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión de los
bautizados «alejados».
El servicio de los Pastores a la comunión
31. Los Pastores en la Iglesia no pueden renunciar al
servicio de su autoridad, incluso ante posibles y comprensibles dificultades de
algunas formas asociativas y ante el afianzamiento de otras nuevas, no sólo por
el bien de la Iglesia, sino además por el bien de las mismas asociaciones
laicales. Así, habrán de acompañar la labor de discernimiento con la guía y,
sobre todo, con el estímulo a un crecimiento de las asociaciones de los fieles
laicos en la comunión y misión de la Iglesia.
Es del todo oportuno que algunas nuevas asociaciones y movimientos, por su
difusión nacional e incluso internacional, tengan a bien recibir un reconocimiento
oficial, una aprobación explícita de la autoridad eclesiástica competente.
El Concilio ya había afirmado lo siguiente en este sentido: «El apostolado de los
laicos admite varios tipos de relaciones con la Jerarquía, según las diferentes
formas y objetos de dicho apostolado (...). La Jerarquía reconoce
explícitamente, de distintas maneras, algunas formas de apostolado laical.
Puede, además, la autoridad eclesiástica, por exigencias del bien común de la
Iglesia, elegir de entre las asociaciones y obras apostólicas que tienden
inmediatamente a un fin espiritual, algunas de ellas, y promoverlas de modo
peculiar, asumiendo respecto de ellas una responsabilidad especial».(116)
Entre las diversas formas apostólicas de los laicos que tienen una
particular relación con la Jerarquía, los Padres sinodales han recordado
explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción Católica, en
los cuales «los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo
el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el Obispo y con los sacerdotes,
para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a
su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad
cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los
ámbitos de la vida».(117)
El Pontificio Consejo para los Laicos está encargado de preparar un elenco
de las asociaciones que tienen la aprobación oficial de la Santa Sede, y de
definir, juntamente con el Pontificio Consejo para la Unión de los Cristianos,
las condiciones en base a las cuales puede ser aprobada una asociación
ecuménica con mayoría católica y minoría no católica, estableciendo también los
casos en los que no podrá llegarse a un juicio positivo.(118)
Todos, Pastores y fieles, estamos obligados a favorecer y
alimentar continuamente vínculos y relaciones fraternas de estima, cordialidad
y colaboración entre las diversas formas asociativas de los laicos. Solamente
así las riquezas de los dones y carismas que el Señor nos ofrece puede dar su
fecunda y armónica contribución a la edificación de la casa común. «Para
edificar solidariamente la casa común es necesario, además, que sea depuesto
todo espíritu de antagonismo y de contienda y que se compita más bien en la
estimación mutua (cf. Rm 12, 10),
en el adelantarse en el recíproco afecto y en la voluntad de colaborar, con la
paciencia, la clarividencia y la disponibilidad al sacrificio que ésto a veces
pueda comportar».(119)
Volvemos una vez más a las palabras de Jesús: «Yo soy la
vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5),
para dar gracias a Dios por el gran don de la comunión eclesial, reflejo
en el tiempo de la eterna e inefable comunión de amor de Dios Uno y Trino. La
conciencia de este don debe ir acompañada de un fuerte sentido de responsabilidad.
Es, en efecto, un don que, como el talento evangélico, exige ser negociado
en una vida de creciente comunión.
Ser responsables del don de la comunión significa, antes
que nada, estar decididos a vencer toda tentación de división y de
contraposición que insidie la vida y el empeño apostólico de los cristianos. El
lamento de dolor y de desconcierto del apóstol Pablo: «Me refiero a que cada
uno de vosotros dice: ¡"Yo soy de Pablo", "yo en cambio de
Apolo", "yo de Cefas", "yo de Cristo"! ¿Está acaso
dividido Cristo?» (1Co 1, 12-13),
continúa oyéndose hoy como reproche por las «laceraciones al Cuerpo de Cristo».
Resuenen, en cambio, como persuasiva llamada, estas otras palabras del apóstol:
«Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis
todos un mismo sentir, y no haya entre vosotros disensiones; antes bien, viváis
bien unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir» (1Co 1, 10).
La vida de comunión eclesial será así un signo para
el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo: «Como tú
Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado» (Jn
17, 21). De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose
ella misma misión.
CAPíTULO III
OS HE DESTINADO PARA QUE VAYÁIS Y
DEIS FRUTO
La corresponsabilidad de los fieles laicos en la Iglesia-Misión
Comunión misionera
32. Volvamos una vez más a la imagen
bíblica de la vid y los sarmientos. Ella nos introduce, de modo inmediato y
natural, a la consideración de la fecundidad y de la vida. Enraizados y
vivificados por la vid, los sarmientos son llamados a dar fruto: «Yo soy la
vid, vosotros, los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da
mucho fruto» (Jn 15, 5). Dar
fruto es una exigencia esencial de la vida cristiana y eclesial. El que no da
fruto no permanece en la comunión: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, (mi
Padre) lo corta» (Jn 15, 2).
La comunión con Jesús, de la cual deriva la comunión de
los cristianos entre sí, es condición absolutamente indispensable para dar
fruto: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Y la comunión con los otros
es el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar: es don de Cristo y de su
Espíritu.
Ahora bien, la comunión genera comunión, y
esencialmente se configura como comunión misionera. En efecto, Jesús
dice a sus discípulos: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto, y
vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).
La comunión y la misión están profundamente unidas entre
sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión
representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera
y la misión es para la comunión. Siempre es el único e idéntico Espíritu el
que convoca y une la Iglesia y el que la envía a predicar el Evangelio «hasta
los confines de la tierra» (Hch 1, 8).
Por su parte, la Iglesia sabe que la comunión, que le ha sido entregada como
don, tiene una destinación universal. De esta manera la Iglesia se siente
deudora, respecto de la humanidad entera y de cada hombre, del don recibido del
Espíritu que derrama en los corazones de los creyentes la caridad de
Jesucristo, fuerza prodigiosa de cohesión interna y, a la vez, de expansión
externa. La misión de la Iglesia deriva de su misma naturaleza, tal como Cristo
la ha querido: la de ser «signo e instrumento (...) de unidad de todo el género
humano».(120) Tal misión tiene como finalidad dar a conocer a todos y llevarles
a vivir la«nueva» comunión que en el Hijo de Dios hecho hombre ha entrado en la
historia del mundo. En tal sentido, el testimonio del evangelista Juan define
—y ahora de modo irrevocable— ese fin que llena de gozo, y al que se dirige la
entera misión de la Iglesia: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para
que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión
con el Padre y con su Hijo, Jesucristo» (1Jn 1, 3).
En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos,
en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de
responsabilidad. Los Padres del Concilio Vaticano II eran plenamente
conscientes de esta realidad: «Los sagrados Pastores saben muy bien cuánto
contribuyen los laicos al bien de toda la Iglesia. Saben que no han sido
constituidos por Cristo para asumir ellos solos toda la misión de salvación que
la Iglesia ha recibido con respecto al mundo, sino que su magnífico encargo
consiste en apacentar los fieles y reconocer sus servicios y carismas, de modo
que todos, en la medida de sus posibilidades, cooperen de manera concorde en la
obra común».(121) Esa misma convicción se ha hecho después presente, con
renovada claridad y acrecentado vigor, en todos los trabajos del Sínodo.
Anunciar el Evangelio
33. Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la
Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son
habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación
cristiana y por los dones del Espíritu Santo.
Leemos en un texto límpido y denso de significado del Concilio Vaticano II:
«Como partícipes del oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey, los laicos
tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia (...).
Alimentados por la activa participación en la vida litúrgica de la propia
comunidad, participan con diligencia en las obras apostólicas de la misma;
conducen a la Iglesia a los hombres que quizás viven alejados de Ella; cooperan
con empeño en comunicar la palabra de Dios, especialmente mediante la enseñanza
del catecismo; poniendo a disposición su competencia, hacen más eficaz la cura
de almas y también la administración de los bienes de la Iglesia».(122)
Es en la evangelización donde se concentra y se
despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza
movido por la gracia y el mandato de Jesucristo: «Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15); «Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). «Evangelizar —ha escrito
Pablo VI— es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda».(123)
Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad
de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la
adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en
la caridad como alma de la existencia moral cristiana. En efecto, la «buena
nueva» tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y
la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la
Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la nueva vida
según el Espíritu.
En verdad, el imperativo de Jesús: «Id y predicad el
Evangelio» mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que
no puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo,
sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la
palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada
discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su
propia respuesta: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Co 9, 16).
Ha llegado la hora de emprender una nueva
evangelización
34. Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la
religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a
comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e
incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo
difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateismo. Se trata, en
concreto, de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que el bienestar
económico y el consumismo —si bien entremezclado con espantosas situaciones de
pobreza y miseria— inspiran y sostienen una existencia vivida «como si no
hubiera Dios». Ahora bien, el indiferentismo religioso y la total irrelevancia
práctica de Dios para resolver los problemas, incluso graves, de la vida, no
son menos preocupantes y desoladores que el ateismo declarado. Y también la fe
cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—
tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la
existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir. De
ahí proviene el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al
quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables
decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos
problemas.
En cambio, en otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las
tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio
moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de
múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de
las sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una
fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de
auténtica libertad.
Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la
sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de
las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones.
Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de
Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto,
les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente
percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida
a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada
sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos
la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar
cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el
Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud.
Repito, una vez más, a todos los hombres contemporáneos el grito apasionado
con el que inicié mi servicio pastoral: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de
par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines
de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos, los dilatados
campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No tengáis miedo!
Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Solo Él lo sabe! Tantas veces hoy el
hombre no sabe qué lleva dentro, en lo profundo de su alma, de su corazón. Tan
a menudo se muestra incierto ante el sentido de su vida sobre esta tierra. Está
invadido por la duda que se convierte en desesperación. Permitid, por tanto —os
ruego, os imploro con humildad y con confianza— permitid a Cristo que hable al
hombre. Solo Él tiene palabras de vida, ¡sí! de vida eterna».(124)
Abrir de par en par las puertas a Cristo, acogerlo en el ámbito de la propia
humanidad no es en absoluto una amenaza para el hombre, sino que es, más bien,
el único camino a recorrer si se quiere reconocer al hombre en su entera verdad
y exaltarlo en sus valores.
La síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que
los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente
testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el
factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se configuren
nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana.
¡El hombre es amado por Dios! Este es el
simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del
hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar
este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es «el
Camino, la Verdad, y la Vida!» (Jn 14,
6).
Esta nueva evangelización —dirigida no sólo a cada una de las personas, sino
también a enteros grupos de poblaciones en sus más variadas situaciones,
ambientes y culturas— está destinada a la formación de comunidades eclesiales
maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario
significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y
de comunión sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el
servicio.
Los fieles laicos tienen su parte que cumplir en la formación de tales
comunidades eclesiales, no sólo con una participación activa y responsable en
la vida comunitaria y, por tanto, con su insustituible testimonio, sino también
con el empuje y la acción misionera entre quienes todavía no creen o ya no
viven la fe recibida con el Bautismo.
En relación con la nuevas generaciones, los fieles laicos deben ofrecer una
preciosa contribución, más necesaria que nunca, con una sistemática labor de
catequesis. Los Padres sinodales han acogido con gratitud el trabajo de los
catequistas, reconociendo que éstos «tienen una tarea de gran peso en la
animación de las comunidades eclesiales».(125) Los padres cristianos son, desde
luego, los primeros e insustituibles catequistas de sus hijos, habilitados para
ello por el sacramento del Matrimonio; pero, al mismo tiempo, todos debemos ser
conscientes del «derecho» que todo bautizado tiene de ser instruido, educado,
acompañado en la fe y en la vida cristiana.
Id por todo el mundo
35. La Iglesia, mientras advierte y vive la actual urgencia
de una nueva evangelización, no puede sustraerse a la perenne misión de
llevar el Evangelio a cuantos —y son millones y millones de hombres y
mujeres— no conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Ésta es la
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y
diariamente vuelve a confiar a su Iglesia.
La acción de los fieles laicos —que, por otra parte, nunca ha faltado en
este ámbito— se revela hoy cada vez más necesaria y valiosa. En realidad, el
mandato del Señor «Id por todo el mundo» sigue encontrando muchos laicos
generosos, dispuestos a abandonar su ambiente de vida, su trabajo, su región o
patria, para trasladarse, al menos por un determinado tiempo, en zona de
misiones. Se dan también matrimonios cristianos que, a imitación de Aquila y
Priscila (cf. Hch 18; Rm 16 3 s.), están ofreciendo un
confortante testimonio de amor apasionado a Cristo y a la Iglesia, mediante su
presencia activa en tierras de misión. Auténtica presencia misionera es también
la de quienes, viviendo por diversos motivos en países o ambientes donde aún no
está establecida la Iglesia, dan testimonio de su fe.
Pero el problema misionero se presenta actualmente a la Iglesia con una
amplitud y con una gravedad tales, que sólo una solidaria asunción de
responsabilidades por parte de todos los miembros de la Iglesia —tanto personal
como comunitariamente— puede hacer esperar una respuesta más eficaz.
La invitación que el Concilio Vaticano II ha dirigido a las Iglesias
particulares conserva todo su valor; es más, exige hoy una acogida más
generalizada y más decidida: «La Iglesia particular, debiendo representar en el
modo más perfecto la Iglesia universal, ha de tener la plena conciencia de
haber sido también enviada a los que no creen en Cristo».(126)
La Iglesia tiene que dar hoy un gran paso adelante en su
evangelización; debe entrar en una nueva etapa histórica de su dinamismo
misionero. En un mundo que, con la desaparición de las distancias, se hace cada
vez más pequeño, las comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí,
intercambiarse energías y medios, comprometerse a una en la única y común
misión de anunciar y de vivir el Evangelio. «Las llamadas Iglesias más jóvenes
—han dicho los Padres sinodales— necesitan la fuerza de las antiguas, mientras
que éstas tienen necesidad del testimonio y del empuje de las más jóvenes, de
tal modo que cada Iglesia se beneficie de las riquezas de las otras
Iglesias».(127)
En esta nueva etapa, la formación no sólo del clero local, sino también de
un laicado maduro y responsable, se presenta en las jóvenes Iglesias como
elemento esencial e irrenunciable de la plantatio Ecclesiae.(128) De
este modo, las mismas comunidades evangelizadas se lanzan hacia nuevos rincones
del mundo, para responder ellas también a la misión de anunciar y testificar el
Evangelio de Cristo.
Los fieles laicos, con el ejemplo de su vida y con la propia acción, pueden
favorecer la mejora de las relaciones entre los seguidores de las diversas
religiones, como oportunamente han subrayado los Padres sinodales: «Hoy la
Iglesia vive por todas partes en medio de hombres de distintas religiones
(...). Todos los fieles, especialmente los laicos que viven en medio de pueblos
de otras religiones, tanto en las regiones de origen como en tierras de
emigración, han de ser para éstos un signo del Señor y de su Iglesia, en modo
adecuado a las circunstancias de vida de cada lugar. El diálogo entre las
religiones tiene una importancia preeminente, porque conduce al amor y al respeto
recíprocos, elimina, o al menos disminuye, prejuicios entre los seguidores de
las distintas religiones, y promueve la unidad y amistad entre los
pueblos».(129)
Para la evangelización del mundo hacen falta, sobre todo, evangelizadores.
Por eso, todos, comenzando desde las familias cristianas, debemos sentir la
responsabilidad de favorecer el surgir y madurar de vocaciones
específicamente misioneras, ya sacerdotales y religiosas, ya laicales,
recurriendo a todo medio oportuno, sin abandonar jamás el medio privilegiado de
la oración, según las mismas palabras del Señor Jesús: «La mies es mucha y los
obreros pocos. Pues, ¡rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies!» (Mt 9, 37-38).
Vivir el Evangelio sirviendo a la persona
y a la sociedad
36. Acogiendo y anunciando el Evangelio con la fuerza del
Espíritu, la Iglesia se constituye en comunidad evangelizada y evangelizadora
y, precisamente por esto, se hace sierva de los hombres. En ella los fieles
laicos participan en la misión de servir a las personas y a la sociedad. Es
cierto que la Iglesia tiene como fin supremo el Reino de Dios, del que
«constituye en la tierra el germen e inicio», (130) y está, por tanto,
totalmente consagrada a la glorificación del Padre. Pero el Reino es fuente de
plena liberación y de salvación total para los hombres: con éstos, pues, la
Iglesia camina y vive, realmente y enteramente solidaria con su historia.
Habiendo recibido el encargo de manifestar al mundo el misterio de Dios que
resplandece en Cristo Jesús, al mismo tiempo la Iglesia revela el hombre al
hombre, le hace conocer el sentido de su existencia, le abre a la entera
verdad sobre él y sobre su destino.(131) Desde esta perspectiva la Iglesia está
llamada, a causa de su misma misión evangelizadora, a servir al hombre. Tal
servicio se enraiza primariamente en el hecho prodigioso y sorprendente de que,
«con la encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada
hombre».(132)
Por eso el hombre «es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el
cumplimiento de su misión: él es la primera vía fundamental de la Iglesia, vía
trazada por el mismo Cristo, vía que inalterablemente pasa a través de la
Encarnación y de la Redención».(133)
Precisamente en este sentido se había expresado, repetidamente y con
singular claridad y fuerza, el Concilio Vaticano II en sus diversos documentos.
Volvamos a leer un texto —especialmente clarificador— de la Constitución Gaudium et spes: «Ciertamente la Iglesia,
persiguiendo su propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida
divina, sino que, en cierto modo, también difunde el reflejo de su luz sobre el
universo mundo, sobre todo por el hecho de que sana y eleva la dignidad humana,
consolida la cohesión de la sociedad, y llena de más profundo sentido la
actividad cotidiana de los hombres. Cree la Iglesia que de esta manera, por
medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer una gran
ayuda para hacer más humana la familia de los hombres y su historia».(134)
En esta contribución a la familia humana de la que es responsable la Iglesia
entera, los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa de su «índole
secular», que les compromete, con modos propios e insustituibles, en la
animación cristiana del orden temporal.
Promover la dignidad de la persona
37. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad
inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en
cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y
en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana.
Entre todas las criaturas de la tierra, sólo el hombre es «persona»,
sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, «centro y vértice» de
todo lo que existe sobre la tierra.(135)
La dignidad personal es el bien más precioso que el
hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las
palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si
después pierde su alma?» (Mc 8,
36) contienen una luminosa y estimulante afirmación antropológica: el
hombre vale no por lo que «tiene» —¡aunque poseyera el mundo entero!—, sino por
lo que «es». No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la
persona, el bien que es la persona misma.
La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su
origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la
preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y
templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con
Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser
humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador
del hombre.
A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor en sí
mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al
contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un
instrumento, una cosa.
La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los
hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más
variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y
humillando la familia humana: desde las raciales y económicas a las sociales y
culturales, desde las políticas a las geográficas, etc. Toda discriminación
constituye una injusticia completamente intolerable, no tanto por las tensiones
y conflictos que puede acarrear a la sociedad, cuanto por el deshonor que se
inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de quien es
víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia.
Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es
también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres
entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que
los hombres «son», antes y mucho más que en lo que ellos «tienen».
La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es
fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en
la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En
consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo
querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las
instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la
persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje
del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser
humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer.
También de esto continúa hablándonos la Navidad cristiana.(136)
Venerar el inviolable derecho a la vida
38. El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de
todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos
de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e
inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el
Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos
provienen de Dios mismo.
La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del
mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad
de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los
derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al
trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta
falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a
la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros
derechos de la persona.
La Iglesia no se ha dado nunca por vencida frente a todas las violaciones
que el derecho a la vida, propio de todo ser humano, ha recibido y continúa
recibiendo por parte tanto de los individuos como de las mismas autoridades. El
titular de tal derecho es el ser humano, en cada fase de su desarrollo, desde
el momento de la concepción hasta la muerte natural; y cualquiera que sea su
condición, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad física o de
minusvalidez, de riqueza o de miseria. El Concilio Vaticano II proclama
abiertamente: «Cuanto atenta contra la vida —homicidios de cualquier clase,
genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado—; cuanto viola la
integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las
torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente
ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones
infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la
esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las
condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la
persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas
infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a
sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador».(137)
Si bien la misión y la responsabilidad de reconocer la dignidad personal de
todo ser humano y de defender el derecho a la vida es tarea de todos, algunos
fieles laicos son llamados a ello por un motivo particular. Se trata de los
padres, los educadores, los que trabajan en el campo de la medicina y de la
salud, y los que detentan el poder económico y político.
En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana,
sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de
su misión, tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una «cultura de
muerte». En efecto, «la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque
débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el
pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la
vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel
"Sí", de aquel "Amén" que es Cristo mismo (cf. 2Co 1, 19; Ap 3, 14). Frente al "no"
que invade y aflige al mundo, pone este "Sí" viviente, defendiendo de
este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida», (138)
Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión
están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el
"sí" de la Iglesia a la vida humana.
Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y médicas, junto
al sorprendente poder tecnológico, se han abierto en nuestros días
nuevas posibilidades y responsabilidades en la frontera de la vida humana. En
efecto, el hombre se ha hecho capaz no sólo de «observar», sino también de
«manipular» la vida humana en su mismo inicio o en sus primeras etapas de
desarrollo.
La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña o
indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una potencia
tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más dilatado y profundo sobre los
dinamismos que rigen la procreación y las primeras fases de desarrollo de la
vida humana. En este campo y quizás nunca como hoy, la sabiduría se presenta
como la única tabla de salvación, para que el hombre, tanto en la
investigación científica teórica como en la aplicada, pueda actuar siempre con
inteligencia y con amor; es decir, respetando, todavía más, venerando la
inviolable dignidad personal de todo ser humano, desde el primer momento de su
existencia. Esto ocurre cuando la ciencia y la técnica se comprometen, con
medios lícitos, en la defensa de la vida y en la curación de las enfermedades
desde los comienzos, rechazando en cambio —por la dignidad misma de la
investigación— intervenciones que resultan alteradoras del patrimonio genético
del individuo y de la generación humana.(139)
Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso nivel en el
campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito médico, social,
legislativo y económico deben aceptar valientemente los «desafíos»
planteados por los nuevos problemas de la bioética. Como han dicho los
Padres sinodales, «Los cristianos han de ejercitar su responsabilidad como
dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella (...). Ante la
perspectiva de esos "desafíos" morales, que están a punto de ser
provocados por la nueva e inmensa potencia tecnológica, y que ponen en peligro
no sólo los derechos fundamentales de los hombres sino la misma esencia
biológica de la especie humana, es de máxima importancia que los laicos
cristianos —con la ayuda de toda la Iglesia— asuman la responsabilidad de hacer
volver la cultura a los principios de un auténtico humanismo, con el fin de que
la promoción y la defensa de los derechos humanos puedan encontrar fundamento
dinámico y seguro en la misma esencia del hombre, aquella esencia que la
predicación evangélica ha revelado a los hombres».(140)
Urge hoy la máxima vigilancia por parte de todos ante el fenómeno de la
concentración del poder, y en primer lugar del poder tecnológico. Tal
concentración, en efecto, tiende a manipular no sólo la esencia biológica, sino
también el contenido de la misma conciencia de los hombres y sus modelos de
vida, agravando así la discriminación y la marginación de pueblos enteros.
Libres para invocar el Nombre del Señor
39. El respeto de la dignidad personal,
que comporta la defensa y promoción de los derechos humanos, exige el
reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre. No es ésta una exigencia
simplemente «confesional», sino más bien una exigencia que encuentra su raíz
inextirpable en la realidad misma del hombre. En efecto, la relación con Dios
es elemento constitutivo del mismo «ser» y «existir» del hombre: es en Dios
donde nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Si no todos creen en esa
verdad, los que están convencidos de ella tienen el derecho a ser respetados en
la fe y en la elección de vida, individual o comunitaria, que de ella derivan.
Esto es el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, cuyo
reconocimiento efectivo está entre los bienes más altos y los deberes más
graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona
y de la sociedad. «La libertad religiosa, exigencia insuprimible de la dignidad
de todo hombre, es piedra angular del edificio de los derechos humanos y, por
tanto, es un factor insustituible del bien de la persona y de toda la sociedad,
así como de la propia realización de cada uno. De ello resulta que la libertad,
de los individuos y de las comunidades, de profesar y practicar la propia
religión es un elemento esencial de la pacífica convivencia de los hombres
(...). El derecho civil y social a la libertad religiosa, en cuanto alcanza la
esfera más íntima del espíritu, se revela punto de referencia y, en cierto
modo, se convierte en medida de los otros derechos fundamentales».(141)
El Sínodo no ha olvidado a tantos hermanos y hermanas que todavía no gozan
de tal derecho y que deben afrontar contradicciones, marginación, sufrimientos,
persecuciones, y tal vez la muerte a causa de la confesión de la fe. En su
mayoría son hermanos y hermanas del laicado cristiano. El anuncio del Evangelio
y el testimonio cristiano de la vida en el sufrimiento y en el martirio
constituyen el ápice del apostolado de los discípulos de Cristo, de modo
análogo a como el amor a Jesucristo hasta la entrega de la propia vida
constituye un manantial de extraordinaria fecundidad para la edificación de la
Iglesia. La mística vid corrobora así su lozanía, tal como ya hacía notar San
Agustín: «Pero aquella vid, como había sido preanunciado por los Profetas y por
el mismo Señor, que esparcía por todo el mundo sus fructuosos sarmientos, tanto
más se hacía lozana cuanto más era irrigada por la mucha sangre de los
mártires».(142)
Toda la Iglesia está profundamente agradecida por este ejemplo y por este
don. En estos hijos suyos encuentra motivo para renovar su brío de vida santa y
apostólica. En este sentido los Padres sinodales han considerado como un
especial deber «dar las gracias a los laicos que viven como incansables
testigos de la fe, en fiel unión con la Sede Apostólica, a pesar de las
restricciones de la libertad y de estar privados de ministros sagrados. Ellos
se lo juegan todo, incluso la vida. De este modo, los laicos testifican una
propiedad esencial de la Iglesia: la Iglesia de Dios nace de la gracia de Dios,
y esto se manifiesta del modo más sublime en el martirio».(143)
Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad personal
y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta sin duda a la
responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre. Pero inmediatamente hemos de
hacer notar cómo este problema reviste hoy una dimensión mundial. En
efecto, es una cuestión que ahora atañe a enteros grupos humanos; más aún, a
pueblos enteros que son violentamente vilipendiados en sus derechos
fundamentales. De aquí la existencia de esas formas de desigualdad de
desarrollo entre los diversos Mundos, que han sido abiertamente denunciados en
la reciente Encíclica Sollicitudo Rei Socialis.
El respeto a la persona humana va más allá de la exigencia de una moral
individual y se coloca como criterio base, como pilar fundamental para la estructuración
de la misma sociedad, estando la sociedad enteramente dirigida hacia la
persona.
Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona, está
la responsabilidad de servir a la sociedad como responsabilidad general
de aquella animación cristiana del orden temporal, a la que son llamados los
fieles laicos según sus propias y específicas modalidades.
La familia, primer campo en el compromiso
social
40. La persona humana tiene una nativa y estructural
dimensión social en cuanto que es llamada, desde lo más íntimo de sí, a la comunión
con los demás y a la entrega a los demás: «Dios, que cuida de todos
con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia
y se traten entre sí con espíritu de hermanos».(144) Y así, la sociedad, fruto
y señal de la sociabilidad del hombre, revela su plena verdad en el ser
una comunidad de personas.
Se da así una interdependencia y reciprocidad entre las personas y la
sociedad: todo lo que se realiza en favor de la persona es también un servicio
prestado a la sociedad, y todo lo que se realiza en favor de la sociedad acaba
siendo en beneficio de la persona. Por eso, el trabajo apostólico de los fieles
laicos en el orden temporal reviste siempre e inseparablemente el significado
del servicio al individuo en su unicidad e irrepetibilidad, y del servicio a
todos los hombres.
Ahora bien, la expresión primera y originaria de la
dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia: «Pero Dios
no creó al hombre en solitario. Desde el principio "los hizo hombre y
mujer" (Gn 1, 27), y
esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión entre personas
humanas».(145) Jesús se ha preocupado de restituir al matrimonio su entera
dignidad y a la familia su solidez (cf. Mt
19, 3-9); y San Pablo ha mostrado la profunda relación del matrimonio con el
misterio de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef
5, 22-6, 4; Co 3, 18-21; 1 P 3, 1-7).
El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso
social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a
cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la
familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia.
La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del
amor en la que el hombre «nace» y «crece». Se ha de reservar a esta comunidad
una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las
campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones
de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad
hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las
ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor,
atentan contra la función educativa propia de la familia.
Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo
por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos,
dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de
«humanización» de la persona y de la sociedad.
El compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante todo el
de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base
y de su original papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista
activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en
la vida social. De este modo, la familia podrá y deberá exigir a todos
—comenzando por las autoridades públicas— el respeto a los derechos que,
salvando la familia, salvan la misma sociedad.
Todo lo que está escrito en la Exhortación Familiaris Consortio sobre la
participación de la familia en el desarrollo de la sociedad (146) y todo lo que
la Santa Sede, a invitación del Sínodo de los Obispos de 1980, ha formulado con
la «Carta de los Derechos de la Familia»,
representa un programa operativo, completo y orgánico para todos aquellos
fieles laicos que, por distintos motivos, están implicados en la promoción de
los valores y exigencias de la familia; un programa cuya ejecución ha de
urgirse con tanto mayor sentido de oportunidad y decisión, cuanto más graves se
hacen las amenazas a la estabilidad y fecundidad de la familia, y cuanto más
presiona y más sistemático se hace el intento de marginar la familia y de
quitar importancia a su peso social.
Como demuestra la experiencia, la civilización y la cohesión de los pueblos
depende sobre todo de la calidad humana de sus familias. Por eso, el compromiso
apostólico orientado en favor de la familia adquiere un incomparable valor
social. Por su parte, la Iglesia está profundamente convencida de ello,
sabiendo perfectamente que «el futuro de la humanidad pasa a través de la
familia».(147)
La caridad, alma y apoyo de la solidaridad
41. El servicio a la sociedad se manifiesta y se realiza de
modos diversos: desde los libres e informales hasta los institucionales, desde
la ayuda ofrecida al individuo a la dirigida a grupos diversos y comunidades de
personas.
Toda la Iglesia como tal está directamente llamada al servicio de la
caridad: «La Santa Iglesia, como en sus orígenes, uniendo el "ágape"
con la Cena Eucarística se manifestaba unida con el vínculo de la caridad en
torno a Cristo, así, en nuestros días, se reconoce por este distintivo de la
caridad y, mientras goza con las iniciativas de los demás, reivindica las obras
de caridad como su deber y derecho inalienable. Por eso la misericordia con los
pobres y enfermos, así como las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua,
dirigidas a aliviar las necesidades humanas de todo género, la Iglesia las
considera un especial honor».(148) La caridad con el prójimo, en las
formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y
espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella
animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico
de los fieles laicos.
Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y
manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, esto es, en el poder
del Hijo del hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45). Ellos viven y
manifiestan tal realeza del modo más simple, posible a todos y siempre, y a la
vez del modo más engrandecedor, porque la caridad es el más alto don que el
Espíritu ofrece para la edificación de la Iglesia (cf. 1Co 13, 13) y para el
bien de la humanidad. La caridad, en efecto, anima y sostiene una
activa solidaridad, atenta a todas las necesidades del ser humano.
Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en singular sino también
solidariamente por los grupos y comunidades, es y será siempre necesaria. Nada
ni nadie la puede ni podrá sustituir; ni siquiera las múltiples instituciones e
iniciativas públicas, que también se esfuerzan en dar respuesta a las
necesidades —a menudo, tan graves y difundidas en nuestros días— de una
población. Paradójicamente esta caridad se hace más necesaria, cuanto más las
instituciones, volviéndose complejas en su organización y pretendiendo
gestionar toda área a disposición, terminan por ser abatidas por el
funcionalismo impersonal, por la exagerada burocracia, por los injustos
intereses privados, por el fácil y generalizado encogerse de hombros.
Precisamente en este contexto continúan surgiendo y difundiéndose, en
concreto en las sociedades organizadas, distintas formas de voluntariado, que
actúan en una multiplicidad de servicios y obras. El voluntariado, si se vive
en su verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente
de las más necesitadas y las más olvidadas por los mismos servicios sociales,
debe considerarse una importante manifestación de apostolado, en el que los
fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia.
Todos destinatarios y protagonistas de la
política
42. La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás
ser separada de la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen el
efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la que está
ordenada la sociedad con todas sus estructuras e instituciones.(149)
Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado de
servir a la persona y a la sociedad— los fieles laicos de ningún modo pueden
abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la multiforme y
variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural,
destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Como
repetidamente han afirmado los Padres sinodales, todos y cada uno tienen el
derecho y el deber de participar en la política, si bien con diversidad y
complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades. Las
acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que
con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la
clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que
la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más
mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la
cosa pública.
Son, en cambio, más que significativas estas palabras del Concilio Vaticano
II: «La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se
consagran al bien de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes
responsabilidades».(150)
Una política para la persona y para la sociedad encuentra su criterio
básico en la consecución del bien común, como bien de todos los
hombres y de todo el hombre, correctamente ofrecido y garantizado a la
libre y responsable aceptación de las personas, individualmente o asociadas.
«La comunidad política —leemos en la Constitución Gaudium et spes— existe precisamente en
función de ese bien común, en el que encuentra su justificación plena y su
sentido, y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común
abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los
hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y
facilidad su propia perfección».(151)
Además, una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo
constante de camino en la defensa y promoción de la justicia, entendida
como «virtud» a la que todos deben ser educados, y como «fuerza» moral que
sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de todos y cada uno,
sobre la base de la dignidad personal del ser humano.
En el ejercicio del poder político es fundamental aquel espíritu de
servicio, que, unido a la necesaria competencia y eficiencia, es el único
capaz de hacer «transparente» o «limpia» la actividad de los hombres políticos,
como justamente, además, la gente exige. Esto urge la lucha abierta y la
decidida superación de algunas tentaciones, como el recurso a la deslealtad y a
la mentira, el despilfarro de la hacienda pública para que redunde en provecho
de unos pocos y con intención de crear una masa de gente dependiente, el uso de
medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener y aumentar el poder a
cualquier precio.
Los fieles laicos que trabajan en la política, han de respetar, desde luego,
la autonomía de las realidades terrenas rectamente entendida. Tal como leemos
en la Constitución Gaudium et spes, «es
de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística,
tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la
Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con
su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en
comunión con sus pastores. La Iglesia, que por razón de su misión y de su
competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está
ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter
trascendente de la persona humana», (152) Al mismo tiempo —y ésto se advierte hoy
como una urgencia y una responsabilidad— los fieles laicos han de testificar
aquellos valores humanos y evangélicos, que están íntimamente relacionados con
la misma actividad política; como son la libertad y la justicia, la
solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo
estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos. Esto exige
que los fieles laicos estén cada vez más animados de una real participación en
la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En ésto podrán ser
acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la comunidad cristiana
y de sus Pastores.(153)
La solidaridad es el estilo y el medio para la realización de una
política que quiera mirar al verdadero desarrollo humano. Esta reclama la participación
activa y responsable de todos en la vida política, desde cada uno de los
ciudadanos a los diversos grupos, desde los sindicatos a los partidos.
Juntamente, todos y cada uno, somos destinatarios y protagonistas de la
política. En este ámbito, como he escrito en la Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, la solidaridad «no es un
sentimiento de vaga compasión o de superficial enternecimiento por los males de
tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme
y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien
de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de
todos».(154)
La solidaridad política exige hoy un horizonte de actuación que, superando
la nación o el bloque de naciones, se configure como continental y mundial.
El fruto de la actividad política solidaria —tan deseado
por todos y, sin embargo, siempre tan inmaduro— es la paz. Los fieles
laicos no pueden permanecer indiferentes, extraños o perezosos ante todo lo que
es negación o puesta en peligro de la paz: violencia y guerra, tortura y
terrorismo, campos de concentración, militarización de la política, carrera de
armamentos, amenaza nuclear. Al contrario, como discípulos de Jesucristo
«Príncipe de la paz» (Is 9, 5) y
«Nuestra paz» (Ef 2, 14), los
fieles laicos han de asumir la tarea de ser «sembradores de paz» (Mt 5, 9), tanto mediante la conversión
del «corazón», como mediante la acción en favor de la verdad, de la libertad,
de la justicia y de la caridad, que son los fundamentos irrenunciables de la
paz.(155)
Colaborando con todos aquellos que verdaderamente buscan la paz y
sirviéndose de los específicos organismos e instituciones nacionales e
internacionales, los fieles laicos deben promover una labor educativa capilar,
destinada a derrotar la imperante cultura del egoísmo, del odio, de la venganza
y de la enemistad, y a desarrollar a todos los niveles la cultura de la
solidaridad. Efectivamente, tal solidaridad «es camino hacia la paz y, a la
vez, hacia el desarrollo».(156) Desde esta perspectiva, los Padres sinodales
han invitado a los cristianos a rechazar formas inaceptables de violencia, a
promover actitudes de diálogo y de paz, y a comprometerse en instaurar un justo
orden social e internacional.(157)
Situar al hombre en el centro de la vida
económico-social
43. El servicio a la sociedad por parte de los fieles
laicos encuentra su momento esencial en la cuestión económico-social, que
tiene por clave la organización del trabajo.
La gravedad actual de los problemas que implica tal cuestión, considerada
bajo el punto de vista del desarrollo y según la solución propuesta por la
doctrina social de la Iglesia, ha sido recordada recientemente en la Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, a la que remito
encarecidamente a todos, especialmente a los fieles laicos.
Entre los baluartes de la doctrina social de la Iglesia está el principio de
la destinación universal de los bienes. Los bienes de la tierra se
ofrecen, en el designio divino, a todos los hombres y a cada hombre como medio
para el desarrollo de una vida auténticamente humana. Al servicio de esta
destinación se encuentra la propiedad privada, que —precisamente por
esto— posee una intrínseca función social. Concretamente el trabajo del
hombre y de la mujer representa el instrumento más común e inmediato para el
desarrollo de la vida económica, instrumento, que, al mismo tiempo, constituye
un derecho y un deber de cada hombre.
Todo este campo viene a formar parte, en modo particular, de la misión de
los fieles laicos. El fin y el criterio de su presencia y de su acción han sido
formulados en términos generales por el Concilio Vaticano II: «También enla
vida económico-social deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona
humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es
el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social».(158)
En el contexto de las perturbadoras transformaciones que hoy se dan en el
mundo de la economía y del trabajo, los fieles laicos han de comprometerse, en
primera fila, a resolver los gravísimos problemas de la creciente desocupación,
a pelear por la más tempestiva superación de numerosas injusticias provenientes
de deformadas organizaciones del trabajo, a convertir el lugar de trabajo en
una comunidad de personas respetadas en su subjetividad y en su derecho a la
participación, a desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes
participan en el trabajo común, a suscitar nuevas formas de iniciativa
empresarial y a revisar los sistemas de comercio, de financiación y de
intercambios tecnológicos.
Con ese fin, los fieles laicos han de cumplir su trabajo con competencia
profesional, con honestidad humana, con espíritu cristiano, como camino de la
propia santificación, (159) según la explícita invitación del Concilio: «Con el
trabajo, el hombre provee ordinariamente a la propia vida y a la de sus
familiares; se une a sus hermanos los hombres y les hace un servicio; puede
practicar la verdadera caridad y cooperar con la propia actividad al
perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto. Sabemos que, con la
oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra
redentora de Jesucristo, quien dió al trabajo una dignidad sobreeminente,
laborando con sus propias manos en Nazaret».(160)
En relación con la vida económico-social y con el trabajo,
se plantea hoy, de modo cada vez más agudo, la llamada cuestión «ecológica».
Es cierto que el hombre ha recibido de Dios mismo el encargo de «dominar»
las cosas creadas y de «cultivar el jardín» del mundo; pero ésta es una tarea
que el hombre ha de llevar a cabo respetando la imagen divina recibida, y, por
tanto, con inteligencia y amor: debe sentirse responsable de los dones que Dios
le ha concedido y continuamente le concede. El hombre tiene en sus manos un don
que debe pasar —y, si fuera posible, incluso mejorado— a las futuras
generaciones, que también son destinatarias de los dones del Señor. «El dominio
confiado al hombre por el Creador (...) no es un poder absoluto, ni se puede
hablar de libertad de "usar y abusar", o de disponer de las cosas
como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el
principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de "comer del
fruto del árbol" (cf. Gn 2, 16-17),
muestra claramente que, ante la naturaleza visible (...), estamos sometidos a
las leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda
impune. Una justa concepción del desarrollo no puede prescindir de estas
consideraciones, relativas al uso de los elementos de la naturaleza, a la
renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de una industrialización
desordenada; las cuales ponen ante nuestra conciencia la dimensión moral, que
debe distinguir el desarrollo».(161)
Evangelizar la cultura y las culturas del
hombre
44. El servicio a la persona y a la sociedad humana se
manifiesta y se actúa a través de la creación y la transmisión de la
cultura, que especialmente en nuestros días constituye una de las más
graves responsabilidades de la convivencia humana y de la evolución social. A
la luz del Concilio, entendemos por «cultura» todos aquellos «medios con los
que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y
corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y
trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la
sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones;
finalmente, a lo largo del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras
grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso
de muchos, e incluso de todo el género humano».(162) En este sentido, la
cultura debe considerarse como el bien común de cada pueblo, la expresión de su
dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino histórico. En
concreto, sólo desde dentro y a través de la cultura, la fe cristiana llega a
hacerse histórica y creadora de historia.
Frente al desarrollo de una cultura que se configura como escindida, no sólo
de la fe cristiana, sino incluso de los mismos valores humanos, (163) como
también frente a una cierta cultura científica y tecnológica, impotente para
dar respuesta a la apremiante exigencia de verdad y de bien que arde en el
corazón de los hombres, la Iglesia es plenamente consciente de la urgencia
pastoral de reservar a la cultura una especialísima atención.
Por eso la Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes, con la
insignia de la valentía y de la creatividad intelectual, en los puestos
privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y de la
universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares
de la creación artística y de la reflexión humanista. Tal presencia está
destinada no sólo al reconocimiento y a la eventual purificación de los
elementos de la cultura existente críticamente ponderados, sino también a su
elevación mediante las riquezas originales del Evangelio y de la fe cristiana.
Lo que el Concilio Vaticano II escribe sobre las relaciones entre el Evangelio
y la cultura representa un hecho histórico constante y, a la vez, un ideal
práctico de singular actualidad y urgencia; es un programa exigente consignado
a la responsabilidad pastoral de la Iglesia entera y, dentro de ella, a la
específica responsabilidad de los fieles laicos: «La grata noticia de Cristo
renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído, combate y elimina
los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado.
Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos (...). Así, la Iglesia,
cumpliendo su misión propia, contribuye, por este mismo hecho, a la cultura
humana y la impulsa, y con su actividad —incluso litúrgica— educa al hombre en
la libertad interior».(164)
Merecen volver a ser consideradas aquí algunas frases
particularmente significativas de la Exhortación Evangelii nuntiandi de
Pablo VI: «La Iglesia evangeliza siempre que, en virtud de la sola potencia
divina del Mensaje que proclama (cf. Rm
1, 16; 1Co 1, 18, 2, 4),
intenta convertir la conciencia personal y a la vez colectiva de los hombres,
las actividades en las que trabajan, su vida y ambiente concreto. Estratos de
la sociedad que se transforman: para la Iglesia no se trata sólo de predicar el
Evangelio en zonas geográficas siempre más amplias o a poblaciones cada vez más
extendidas, sino también de alcanzar y casi trastornar mediante la fuerza del
Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de
interés, la línea de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de
vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y con su
plan de salvación. Se podría expresar todo ésto del siguiente modo: es necesario
evangelizar —no decorativamente, a manera de un barniz superficial, sino en
modo vital, en profundidad y hasta las raíces— la cultura y las culturas del
hombre (...). La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda el drama de
nuestra época, como también lo fue de otras. Es necesario, por tanto, hacer
todos los esfuerzos en pro de una generosa evangelización de la cultura, más
exactamente, de las culturas».(165)
Actualmente el camino privilegiado para la creación y para la transmisión de
la cultura son los instrumentos de comunicación social.(166) También el
mundo de los mass-media, como consecuencia del acelerado desarrollo innovador y
del influjo, a la vez planetario y capilar, sobre la formación de la mentalidad
y de las costumbres, representa una nueva frontera de la misión de la Iglesia.
En particular, la responsabilidad profesional de los fieles laicos en este
campo, ejercitada bien a título personal bien mediante iniciativas e
instituciones comunitarias, exige ser reconocida en todo su valor y sostenida
con los más adecuados recursos materiales, intelectuales y pastorales.
En el uso y recepción de los instrumentos de comunicación urge tanto una
labor educativa del sentido crítico animado por la pasión por la verdad, como
una labor de defensa de la libertad, del respeto a la dignidad personal, de la
elevación de la auténtica cultura de los pueblos, mediante el rechazo firme y
valiente de toda forma de monopolización y manipulación.
Tampoco en esta acción de defensa termina la responsabilidad apostólica de
los fieles laicos. En todos los caminos del mundo, también en aquellos
principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del teatro,
debe ser anunciado el Evangelio que salva.
CAPÍTULO IV
LOS OBREROS DE LA VIÑA DEL SEÑOR
Buenos administradores de la multiforme gracia de Dios
La variedad de las vocaciones
45. Según la parábola evangélica, el
«dueño de casa» llama a los obreros a su viña a distintas horas de la
jornada: a algunos al alba, a otros hacia las nueve de la mañana, todavía a
otros al mediodía y a las tres, a los últimos hacia las cinco (cf. Mt 20, 1 ss.). En el
comentario a esta página del Evangelio, San Gregorio Magno interpreta las
diversas horas de la llamada poniéndolas en relación con las edades de la
vida. «Es posible —escribe— aplicar la diversidad de las horas a las
diversas edades del hombre. En esta interpretación nuestra, la mañana puede
representar ciertamente la infancia. Después, la tercera hora se puede entender
como la adolescencia: el sol sube hacia lo alto del cielo, es decir crece el
ardor de la edad. La sexta hora es la juventud: el sol está como en el medio
del cielo, esto es, en esta edad se refuerza la plenitud del vigor. La
ancianidad representa la hora novena, porque como el sol declina desde lo alto
de su eje, así comienza a perder esta edad el ardor de la juventud. La hora
undécima es la edad de aquéllos muy avanzados en los años (...). Los obreros,
por tanto, son llamados a la viña a distintas horas, como para indicar que a la
vida santa uno es conducido durante la infancia, otro en la juventud, otro en
la ancianidad y otro en la edad más avanzada».(167) Podemos asumir y ampliar el
comentario de San Gregorio Magno en relación a la extraordinaria variedad de
personas presentes en la Iglesia, todas y cada una llamadas a trabajar por el
advenimiento del Reino de Dios, según la diversidad de vocaciones y
situaciones, carismas y funciones. Es una variedad ligada no sólo a la edad,
sino también a las diferencias de sexo y a la diversidad de dotes, a las
vocaciones y condiciones de vida; es una variedad que hace más viva y concreta
la riqueza de la Iglesia.
Jóvenes, niños, ancianos
Los jóvenes, esperanza de la Iglesia
46. El Sínodo ha querido dedicar una particular atención
a los jóvenes. Y con toda razón. En tantos países del mundo, ellos
representan la mitad de la entera población y, a menudo, la mitad numérica del
mismo Pueblo de Dios que vive en esos países. Ya bajo este aspecto los jóvenes
constituyen una fuerza excepcional y son un gran desafío para el futuro de
la Iglesia. En efecto, en los jóvenes la Iglesia percibe su caminar hacia
el futuro que le espera y encuentra la imagen y la llamada de aquella alegre
juventud, con la que el Espíritu de Cristo incesantemente la enriquece. En este
sentido el Concilio ha definido a los jóvenes como «la esperanza de la
Iglesia».(168)
Leemos en la carta dirigida a los jóvenes del mundo el 31
de marzo de 1985: «La Iglesia mira a los jóvenes; es más, la Iglesia de manera
especial se mira a sí misma en los jóvenes, en todos vosotros y, a la
vez, en cada una y en cada uno de vosotros. Así ha sido desde el principio,
desde los tiempos apostólicos. Las palabras de San Juan en su Primera Carta pueden
ser un singular testimonio: "Os escribo, jóvenes, porque habéis
vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijos míos, porque habéis
conocido al Padre (...). Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes
y la palabra de Dios habita en vosotros" (1Jn 2, 13 ss.) (...). En
nuestra generación, al final del segundo Milenio después de Cristo, también la
Iglesia se mira a sí misma en los jóvenes».(169)
Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto
de la solicitud pastoral de la Iglesia; son de hecho —y deben ser incitados a
serlo— sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la
renovación social.(170) La juventud es el tiempo de un descubrimiento particularmente
intenso del propio «yo» y del propio «proyecto de vida»; es el tiempo de un crecimiento
que ha de realizarse «en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante
los hombres» (Lc 2, 52).
Como han dicho los Padres sinodales, «la sensibilidad de la juventud percibe
profundamente los valores de la justicia, de la no violencia y de la paz. Su
corazón está abierto a la fraternidad, a la amistad y a la solidaridad. Se
movilizan al máximo por las causas que afectan a la calidad de vida y a la
conservación de la naturaleza. Pero también están llenos de inquietudes, de
desilusiones, de angustias y miedo del mundo, además de las tentaciones propias
de su estado».(171)
La Iglesia ha de revivir el amor de predilección que Jesús
ha manifestado por el joven del Evangelio: «Jesús, fijando en él su mirada, le
amó» (Mc 10, 21). Por eso la
Iglesia no se cansa de anunciar a Jesucristo, de proclamar su Evangelio como la
única y sobreabundante respuesta a las más radicales aspiraciones de los
jóvenes, como la propuesta fuerte y enaltecedora de un seguimiento personal
(«ven y sígueme» [Mc 10, 21]), que
supone compartir el amor filial de Jesús por el Padre y la participación en su
misión de salvación de la humanidad.
La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes, y los jóvenes
tienen tantas cosas que decir a la Iglesia. Este recíproco diálogo —que se
ha de llevar a cabo con gran cordialidad, claridad y valentía— favorecerá el
encuentro y el intercambio entre generaciones, y será fuente de riqueza y de
juventud para la Iglesia y para la sociedad civil. Dice el Concilio en su
mensaje a los jóvenes: «La Iglesia os mira con confianza y con amor (...). Ella
es la verdadera juventud del mundo (...) miradla y encontraréis en ella el
rostro de Cristo».(172)
Los niños y el Reino de los cielos
47. Los niños son, desde luego, el
término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos
reserva su bendición y, más aún, les asegura el Reino de los cielos (cf. Mt 19, 13-15; Mc 10, 14). En particular, Jesús
exalta el papel activo que tienen los pequeños en el Reino de Dios: son el
símbolo elocuente y la espléndida imagen de aquellas condiciones morales y
espirituales, que son esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir
la lógica del total abandono en el Señor: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os
hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien
se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el
que reciba incluso a uno solo de estos niños en mi nombre, a mí me recibe» (Mt 18, 3-5; cf. Lc 9, 48).
La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia tiene su
raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don
absolutamente gratuito de Dios. La vida de inocencia y de gracia de los niños,
como también los sufrimientos que injustamente les son infligidos, en virtud de
la Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento espiritual para ellos y para
toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una conciencia más viva y
agradecida.
Además, se ha de reconocer que también en la edad de la infancia y de la
niñez se abren valiosas posibilidades de acción tanto para la edificación de la
Iglesia como para la humanización de la sociedad. Lo que el Concilio dice de la
presencia benéfica y constructiva de los hijos en la familia «Iglesia
doméstica»: «Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su
manera, a la santificación de los padres», (173) se ha de repetir de los niños
en relación con la Iglesia particular y universal. Ya lo hacía notar Juan
Gersón, teólogo y educador del siglo xv, para quien «los niños y los
adolescentes no son, ciertamente, una parte de la Iglesia que se pueda descuidar».(174)
Los ancianos y el don de la sabiduría
48. A las personas ancianas —muchas veces injustamente
consideradas inútiles, cuando no incluso como carga insoportable— recuerdo que
la Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera,
que no sólo es posible y obligada también a esa edad, sino que esa misma edad
la convierte, en cierto modo, en específica y original.
La Biblia siente una particular preferencia en presentar
al anciano como el símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a
Dios (cf.Si 25, 4-6). En este mismo
sentido, el «don» del anciano podría calificarse como el de ser, en la Iglesia
y en la sociedad, el testigo de la tradición de fe (cf. Sal 44, 2; Ex 12, 26-27), el maestro de vida (cf.
Si 6, 34; 8, 11-12), el que obra
con caridad.
El acrecentado número de personas ancianas en diversos
países del mundo, y la cesación anticipada de la actividad profesional y
laboral, abren un espacio nuevo a la tarea apostólica de los ancianos. Es un
deber que hay que asumir, por un lado, superando decididamente la tentación de
refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá más, o de renunciar a
comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un mundo de
continuas novedades; y, por otra parte, tomando conciencia cada vez más clara
de que su propio papel en la Iglesia y en la sociedad de ningún modo conoce
interrupciones debidas a la edad, sino que conoce sólo nuevos modos. Como dice
el salmista: «Todavía en la vejez darán frutos, serán frescos y lozanos, para
anunciar lo recto que es Yahvéh» (Sal
92, 15-16). Repito lo que dije durante la celebración del Jubileo de los
Ancianos: «La entrada en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio;
y no sólo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino también
y sobre todo porque éste es el período de las posibilidades concretas de volver
a considerar mejor el pasado, de conocer y de vivir más profundamente el
misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la Iglesia para todo el Pueblo
de Dios (...). No obstante la complejidad de los problemas que debéis resolver
y el progresivo debilitamiento de las fuerzas, y a pesar de las insuficiencias
de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial, las
incomprensiones de una sociedad egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al
margen de la vida de la Iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo
movimiento, sino sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo
de la existencia humana. Tenéis todavía una misión que cumplir, una ayuda que
dar. Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una vida en
crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta el último
respiro».(175)
Mujeres y hombres
49. Los Padres sinodales han dedicado una atención
particular a la condición y al papel de la mujer, con una doble intención:
reconocer, e invitar a reconocer por parte de todos y una vez más, la
indispensable contribución de la mujer a la edificación de la Iglesia y al desarrollo
de la sociedad; y además, analizar más específicamente la participación de la
mujer en la vida y en la misión de la Iglesia.
Refiriéndose a Juan XXIII, que vió un signo de nuestro tiempo en la
conciencia que tiene la mujer de su propia dignidad y en el ingreso de la mujer
en la vida pública, (176) los Padres sinodales —frente a las más variadas
formas de discriminación y de marginación a las que está sometida por el simple
hecho de ser mujer— han afirmado repetidamente y con fuerza la urgencia de defender
y promover la dignidad personal de la mujer y, por tanto, su igualdad
con el varon.
Si es éste un deber de todos en la Iglesia y en la sociedad, lo es de modo
particular de las mujeres, las cuales deben sentirse comprometidas como
protagonistas en primera línea. Todavía queda mucho por hacer en bastantes
partes del mundo y en diversos ámbitos, para destruir aquella injusta y
demoledora mentalidad que considera al ser humano como una cosa, como un objeto
de compraventa, como un instrumento del interés egoísta o del solo placer;
tanto más cuanto la mujer misma es precisamente la primera víctima de tal
mentalidad. Al contrario, sólo el abierto reconocimiento de la dignidad
personal de la mujer constituye el primer paso a realizar para promover su plena
participación tanto en la vida eclesial como en aquella social y pública. Se
debe dar más amplia y decisiva respuesta a la petición hecha por la Exhortación
Familiares consortio en relación con las múltiples discriminaciones de
las que son víctimas las mujeres: «que por parte de todos se desarrolle una
acción pastoral específica, más enérgica e incisiva, a fin de que estas
situaciones sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena
estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos sin
excepción alguna».(177) En la misma línea han afirmado los Padres sinodales:
«La Iglesia, como expresión de su misión, debe oponerse con firmeza a todas las
formas de discriminación y de abuso de la mujer», (178) y también señalaron que
«la dignidad de la mujer —gravemente vulnerada en la opinión pública— debe ser
recuperada mediante el efectivo respeto de los derechos de la persona humana y
por medio de la práctica de la doctrina de la Iglesia».(179)
Concretamente, y en relación con la participación activa y responsable en
la vida y en la misión de la Iglesia, se ha de hacer notar que ya el
Concilio Vaticano II fue muy explícito en demandarla: «Ya que en nuestros días
las mujeres toman cada vez más parte activa en toda la vida de la sociedad, es
de gran importancia una mayor participación suya también en los varios campos
del apostolado de la Iglesia».(180)
La conciencia de que la mujer —con sus dones y responsabilidades propias—
tiene una específica vocación, ha ido creciendo y haciéndose más
profunda en el período posconciliar, volviendo a encontrar su inspiración más
original en el Evangelio y en la historia de la Iglesia. En efecto, para el
creyente, el Evangelio —o sea, la palabra y el ejemplo de Jesucristo— permanece
como el necesario y decisivo punto de referencia, y es fecundo e innovador al
máximo, también en el actual momento histórico.
Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y
por tanto al sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a Jesús en su
ministerio y asisten al grupo de los Apóstoles (cf. Lc 8, 2-3 ); están presentes al pie de
la Cruz (cf. Lc 23, 49); ayudan al
entierro de Jesús (cf. Lc 23, 55) y
la mañana de Pascua reciben y transmiten el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24, 1-10); rezan con los Apóstoles
en el Cenáculo a la espera de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de
los orígenes se separa de la cultura de la época y llama a la mujer a
desempeñar tareas conectadas con la evangelización. En sus Cartas, Pablo
recuerda, también por su propio nombre, a numerosas mujeres por sus varias
funciones dentro y al servicio de las primeras comunidades eclesiales (cf. Rm 16, 1-15; Flp 4, 2-3; Co 4, 15; 1Co 11, 5; 1Tm 5, 16). «Si el testimonio de los
Apóstoles funda la Iglesia —ha dicho Pablo VI—, el de las mujeres contribuye en
gran manera a nutrir la fe de las comunidades cristianas».(181)
Y, como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia
siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres
que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de
considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa
laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso
menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. Es
necesario que esta historia se continúe, es más que se amplíe e intensifique
ante la acrecentada y universal conciencia de la dignidad personal de la mujer
y de su vocación, y ante la urgencia de una «nueva evangelización» y de una
mayor «humanización» de las relaciones sociales.
Recogiendo la consigna del Concilio Vaticano II —en la que se refleja el
mensaje del Evangelio y de la historia de la Iglesia—, los Padres del Sínodo
han formulado, entre otras, esta precisa «recomendación»: «Para su vida y su
misión, es necesario que la Iglesia reconozca todos los dones de las mujeres y
de los hombres, y los traduzca en vida concreta».(182) Y más adelante
agregaron: «Este Sínodo proclama que la Iglesia exige el reconocimiento y la
utilización de estos dones, experiencias y aptitudes de los hombres y de las
mujeres, para que su misión se haga más eficaz (cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instructio de libertate christiana et liberatione, 72)».(183)
Fundamentos antropológicos y teológicos
50. La condición para asegurar la justa presencia de la
mujer en la Iglesia y en la sociedad es una más penetrante y cuidadosa
consideración de los fundamentos antropológicos de la condición masculina y
femenina, destinada a precisar la identidad personal propia de la mujer en
su relación de diversidad y de recíproca complementariedad con el hombre, no
sólo por lo que se refiere a los papeles a asumir y las funciones a desempeñar,
sino también, y más profundamente, por lo que se refiere a su estructura y a su
significado personal. Los Padres sinodales han sentido vivamente esta
exigencia, afirmando que «los fundamentos antropológicos y teológicos tienen
necesidad de profundos estudios para resolver los problemas relativos al verdadero
significado y a la dignidad de los dos sexos».(184)
Empeñándose en la reflexión sobre los fundamentos
antropológicos y teológicos de la condición femenina, la Iglesia se hace
presente en el proceso histórico de los distintos movimientos de promoción de
la mujer y, calando en las raíces mismas del ser personal de la mujer, aporta a
ese proceso su más valiosa contribución. Pero antes, y más todavía, la Iglesia
quiere obedecer a Dios, quien, creando al hombre «a imagen suya», «varón y
mujer los creó» (Gn 1, 27); así
como también quiere acoger la llamada de Dios a conocer, a admirar y a vivir su
designio. Es un designio que «al principio» ha sido impreso de modo indeleble
en el mismo ser de la persona humana —varón y mujer— y, por tanto, en sus
estructuras significativas y en sus profundos dinamismos. Precisamente este
designio, sapientísimo y amoroso, exige ser explorado en toda la riqueza de su
contenido: es la riqueza que desde el «principio» se ha ido manifestando
progresivamente y realizando a lo largo de la entera historia de la salvación,
y ha culminado en la «plenitud del tiempo», cuando «Dios mandó su Hijo, nacido
de mujer» (Ga 4, 4). Aquella «plenitud»
continúa en la historia: la lectura del designio de Dios acerca de la mujer se
realiza incesantemente y se ha de llevar a cabo en la fe de la Iglesia, también
gracias a la existencia concreta de tantas mujeres cristianas; sin olvidar la
ayuda que pueda provenir de las diversas ciencias humanas y de las distintas
culturas. Éstas, gracias a un luminoso discernimiento, podrán ayudar a captar y
precisar los valores y exigencias que pertenecen a la esencia perenne de la
mujer, y aquéllos que están ligados a la evolución histórica de las mismas
culturas. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, «la Iglesia afirma que,
bajo todos los cambios, hay muchas cosas que no cambian; éstas encuentran su
fundamento último en Cristo, que es siempre el mismo: ayer, hoy y para siempre
(cf. Hb 13, 8)».(185)
La Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación de la mujer se detiene
en los fundamentos antropológicos y teológicos de la dignidad personal de la
mujer. El documento —que vuelve a asumir, proseguir y especificar las
reflexiones de la catequesis de los miércoles dedicada por largo tiempo a la
«teología del cuerpo»— quiere ser, a la vez, el cumplimiento de una promesa
hecha en la Encíclica Redemptoris Mater(186) y
también la respuesta a la petición de los Padres sinodales.
La lectura de la Carta Mulieris Dignitatem,
también por su carácter de meditación bíblicoteológica, podrá estimular a todos,
hombres y mujeres, y en particular a los cultores de las ciencias humanas y de
las disciplinas teológicas, a que prosigan el estudio crítico, de modo que
profundicen siempre mejor —sobre la base de la dignidad personal del varón y de
la mujer y de su recíproca relación— los valores y las dotes específicas de la
femineidad y de la masculinidad, no sólo en el ámbito del vivir social, sino
también y sobre todo en el de la existencia cristiana y eclesial.
La meditación sobre los fundamentos antropológicos y teológicos de la mujer
debe iluminar y guiar la respuesta cristiana a la pregunta, tan frecuente, y a
veces tan aguda, acerca del espacio que la mujer puede y debe ocupar en la
Iglesia y en la sociedad.
De la palabra y de la actitud de Jesús —que son normativos
para la Iglesia— resulta con gran claridad que no existe ninguna discriminación
en el plano de la relación con Cristo, en quien «no existe más varón y mujer,
porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28); ni tampoco en el plano de
la participación en la vida y en la santidad de la Iglesia, como testifica
espléndidamente la profecía de Joel, que se cumplió en Pentecostés: «Yo
derramaré mi espíritu sobre cada hombre y vuestros hijos y vuestras hijas se
convertirán en profetas» (Jl 3, 1;
cf. Hch 2, 17 ss.).
Como se lee en la Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación de la mujer,
«uno y otro —tanto la mujer como el varón— (...) son capaces, en igual medida,
de recibir el don de la verdad divina y del amor en el Espíritu Santo. Los dos
acogen sus "visitaciones" salvíficas y santificantes».(187)
Misión en la Iglesia y en el mundo
51. Después, acerca de la participación en la misión
apostólica de la Iglesia, es indudable que —en virtud del Bautismo y de la
Confirmación— la mujer, lo mismo que el varón, es hecha partícipe del triple
oficio de Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está habilitada y
comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia: la evangelización. Por
otra parte, precisamente en la realización de este apostolado, la mujer está
llamada a ejercitar sus propios «dones»: en primer lugar, el don de su misma
dignidad personal, mediante la palabra y el testimonio de vida; y después los
dones relacionados con su vocación femenina.
En la participación en la vida y en la misión de la Iglesia, la mujer no
puede recibir el sacramento del Orden; ni, por tanto, puede realizar las
funciones propias del sacerdocio ministerial. Es ésta una disposición que la
Iglesia ha comprobado siempre en la voluntad precisa —totalmente libre y
soberana— de Jesucristo, el cual ha llamado solamente a varones para ser sus
apóstoles;(188) una disposición que puede ser iluminada desde la relación entre
Cristo Esposo y la Iglesia Esposa.(189) Nos encontramos en el ámbito de la función,
no de la dignidad ni de la santidad.
En realidad, se debe afirmar que, «aunque la Iglesia posee una estructura
"jerárquica", sin embargo esta estructura está totalmente ordenada a
la santidad de los miembros de Cristo».(190)
Pero, como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos cambiar el
comportamiento de nuestro Señor ni la llamada por Él dirigida a las mujeres,
sin embargo debemos reconocer y promover el papel de la mujer en la misión
evangelizadora y en la vida de la comunidad cristiana».(191)
Es del todo necesario, entonces, pasar del reconocimiento teórico de
la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia a la realización
práctica. Y en este preciso sentido debe leerse la presente Exhortación, la
cual se dirige a los fieles laicos con deliberada y repetida especificación
«hombres y mujeres». Además, el nuevo Código de Derecho Canónico contiene
múltiples disposiciones acerca de la participación de la mujer en la vida y en
la misión de la Iglesia. Son disposiciones que exigen ser más ampliamente
conocidas, y puestas en práctica con mayor tempestividad y determinación, si
bien teniendo en cuenta las diversas sensibilidades culturales y oportunidades
pastorales.
Ha de pensarse, por ejemplo, en la participación de las mujeres en los
Consejos pastorales diocesanos y parroquiales, como también en los Sínodos
diocesanos y en los Concilios particulares. En este sentido, los Padres
sinodales han escrito: «Participen las mujeres en la vida de la Iglesia sin
ninguna discriminación, también en las consultaciones y en la elaboración de
las decisiones».(192. Y además han dicho: «Las mujeres—las cuales tienen ya una
gran importancia en la transmisión de la fe y en la prestación de servicios de
todo tipo en la vida de la Iglesia— deben ser asociadas a la preparación de los
documentos pastorales y de las iniciativas misioneras, y deben ser reconocidas
como cooperadoras de la misión de la Iglesia en la familia, en la profesión y
en la comunidad civil».(193)
En el ámbito más específico de la evangelización y de la catequesis hay que
promover con más fuerza la responsabilidad particular que tiene la mujer en la
transmisión de la fe, no sólo en la familia sino también en los más diversos
lugares educativos y, en términos más amplios, en todo aquello que se refiere a
la recepción de la Palabra de Dios, su comprensión y su comunicación, también
mediante el estudio, la investigación y la docencia teológica.
Mientras lleve a cabo su compromiso de evangelizar, la
mujer sentirá más vivamente la necesidad de ser evangelizada. Así, con los ojos
iluminados por la fe (cf. Ef 1, 18),
la mujer podrá distinguir lo que verdaderamente responde a su dignidad personal
y a su vocación, de todo aquello que —quizás con el pretexto de esta «dignidad»
y en nombre de la «libertad» y del «progreso»— hace que la mujer no sirva a la
consolidación de los verdaderos valores, sino que, al contrario, se haga
responsable de la degradación moral de las personas, de los ambientes y de la
sociedad. Llevar a cabo un «discernimiento» semejante es una urgencia histórica
impostergable; y, al mismo tiempo, es una posibilidad y una exigencia que
derivan de la participación, por parte de la mujer cristiana, en el oficio
profético de Cristo y de su Iglesia. El «discernimiento», del que habla muchas
veces el apóstol Pablo, no consiste sólo en la ponderación de las realidades y
de los acontecimientos a la luz de la fe; es también decisión concreta y
compromiso operativo, no sólo en el ámbito de la Iglesia, sino también en aquél
otro de la sociedad humana.
Se puede decir que todos los problemas del mundo actual —de los que ya
hablaba la segunda parte de la Constitución conciliar Gaudium et spes, y que el tiempo no ha
resuelto en absoluto, ni los ha atenuado— deben ver a las mujeres presentes y
comprometidas, y precisamente con su aportación típica e insustituible.
En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser
propuestas a la atención de todos.
En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la vida
matrimonial y a la maternidad. Nuevas posibilidades se abren hoy a la mujer
en orden a una comprensión más profunda y a una más rica realización de los
valores humanos y cristianos implicados en la vida conyugal y en la experiencia
de la maternidad. El mismo varón _el marido y el padre_ puede superar formas de
ausencia o presencia episódica y parcial, es más, puede involucrarse en nuevas
y significativas relaciones de comunión interpersonal, gracias precisamente al
hacer inteligente, amoroso y decisivo de la mujer.
Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura, esto
es, de una cultura digna del hombre, de su vida personal y social. El
Concilio Vaticano II parece relacionar la dimensión moral de la cultura con la
participación de los laicos en la misión real de Cristo. «Los laicos —dice—,
también asociando fuerzas, purifiquen las instituciones y las condiciones de
vida en el mundo, si se dieran aquéllas que empujan las costumbres al pecado,
de modo que todas sean hechas conformes con las normas de la justicia y, en vez
de obstaculizar, favorezcan el ejercicio de las virtudes. Obrando de este modo,
impregnarán de valor moral la cultura y los trabajos del hombre».(194)
A medida que la mujer participa activa y responsablemente en la función de
aquellas instituciones de las que depende la salvaguardia del primado que se ha
de dar a los valores humanos en la vida de las comunidades políticas, las
palabras recién citadas del Concilio señalan un importante campo de apostolado
femenino. En todas las dimensiones de la vida de estas comunidades, desde la
dimensión socioeconómica a la socio-política, deben ser respetadas y promovidas
la dignidad personal de la mujer y su específica vocación: no sólo en el ámbito
individual, sino también en el comunitario; no sólo en las formas dejadas a la
libertad responsable de las personas, sino también en las formas garantizadas
por las justas leyes civiles.
«No es bueno que el hombre esté solo; quiero hacerle una
ayuda semejante a él» (Gn 2, 18). Dios
creador ha confiado el hombre a la mujer. Es cierto que el hombre ha sido
confiado a cada hombre, pero lo ha sido en modo particular a la mujer, porque
precisamente la mujer parece tener una específica sensibilidad —gracias
a su especial experiencia de su maternidad— por el hombre y por todo
aquello que constituye su verdadero bien, comenzando por el valor fundamental
de la vida. ¡Qué grandes son las posibilidades y las responsabilidades de la
mujer en este campo!; especialmente en una época en la que el desarrollo de la
ciencia y de la técnica no está siempre inspirado ni medido por la verdadera
sabiduría, con el riesgo inevitable de «deshumanizar» la vida humana, sobre
todo cuando ella está exigiendo un amor más intenso y una más generosa acogida.
La participación de la mujer en la vida de la Iglesia y de la sociedad,
mediante sus dones, constituye el camino necesario de su realización personal
—sobre la que hoy tanto se insiste con justa razón— y, a la vez, la aportación
original de la mujer al enriquecimiento de la comunión eclesial y al dinamismo
apostólico del Pueblo de Dios.
En esta perspectiva se debe considerar también la presencia del varón, junto
con la mujer.
Copresencia y colaboración de los hombres
y de las mujeres
52. En el aula sinodal no ha faltado la voz de los que han
expresado el temor de que una excesiva insistencia centrada sobre la condición
y el papel de las mujeres pudiera desembocar en un inaceptable olvido: el
referente a los hombres. En realidad, diversas situaciones eclesiales
tienen que lamentar la ausencia o escasísima presencia de los hombres, de los
que una parte abdica de las propias responsabilidades eclesiales, déjando que
sean asumidas sólo por las mujeres, como, por ejemplo, la participación en la
oración litúrgica en la iglesia, la educación y concretamente la catequesis de
los propios hijos y de otros niños, la presencia en encuentros religiosos y
culturales, la colaboración en iniciativas caritativas y misioneras.
Se ha de urgir pastoralmente la presencia coordinada de los hombres y de las
mujeres para hacer más completa, armónica y rica la participación de los fieles
laicos en la misión salvífica de la Iglesia.
La razón fundamental que exige y explica la simultánea presencia y la
colaboración de los hombres y de las mujeres no es sólo, como se ha hecho notar,
la mayor significatividad y eficacia de la acción pastoral de la Iglesia; ni
mucho menos el simple dato sociológico de una convivencia humana, que está
naturalmente hecha de hombres y de mujeres. Es, más bien, el designio
originario del Creador que desde el «principio» ha querido al ser humano como
«unidad de los dos»; ha querido al hombre y a la mujer como primera comunidad
de personas, raíz de cualquier otra comunidad y, al mismo tiempo, como «signo»
de aquella comunión interpersonal de amor que constituye la misteriosa vida
íntima de Dios Uno y Trino.
Precisamente por esto, el modo más común y capilar, y al mismo tiempo
fundamental, para asegurar esta presencia coordinada y armónica de hombres y
mujeres en la vida y en la misión de la Iglesia, es el ejercicio de los deberes
y responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana, en el que se
transparenta y comunica la variedad de las diversas formas de amor y de vida:
la forma conyugal, paterna y materna, filial y fraterna. Leemos en la Exhortación
Familiaris Consortio: «Si
la familia cristiana es esa comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo
mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia
debe realizarse según una modalidad comunitaria. Juntos, por tanto, los
cónyuges en cuanto matrimonio, y los padres e hijos en cuanto
familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo (...). La familia
cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante esas mismas
realidades cotidianas que hacen relación y singularizan su condición de
vida. Es entonces en el amor conyugal y familiar —vivido en su
extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad,
fidelidad y fecundidad— donde se expresa y realiza la participación de la
familia cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de
su Iglesia».(195)
Situándose en esta perspectiva, los Padres sinodales han reafirmado el
significado que el sacramento del Matrimonio debe asumir en la Iglesia y en la
sociedad, para iluminar e inspirar todas las relaciones entre el hombre y la
mujer. En tal sentido, han afirmado «la urgente necesidad de que cada cristiano
viva y anuncie el mensaje de esperanza contenido en la relación entre hombre y
mujer. El sacramento del Matrimonio, que consagra esta relación en su forma
conyugal y la revela como signo de la relación de Cristo con su Iglesia,
contiene una enseñanza de gran importancia para la vida de la Iglesia. Esta
enseñanza debe llegar por medio de la Iglesia al mundo de hoy; todas las
relaciones entre el hombre y la mujer han de inspirarse en este espíritu. La
Iglesia debe utilizar esta riqueza todavía más plenamente».(196) Los mismos
Padres sinodales han hecho notar justamente que «han de ser recuperadas la
estima de la virginidad y el respeto por la maternidad»:(197) una vez más, para
el desarrollo de vocaciones diversas y complementarias en el contexto vivo de
la comunión eclesial y al servicio de su continuo crecimiento.
Los enfermos y los que sufren
53. El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta
diariamente tantísimas formas de sufrimiento y de dolor. En su Mensaje final,
los Padres sinodales se han dirigido con estas palabras a los hombres y mujeres
afectados de las más diversas formas de sufrimiento y de dolor, con estas
palabras: «Vosotros, los abandonados y marginados por nuestra sociedad
consumista; vosotros, enfermos, minusválidos, pobres, hambrientos, emigrantes,
prófugos, prisioneros, desocupados, ancianos, niños abandonados y personas
solas; vosotros, víctimas de la guerra y de toda violencia que emana de nuestra
sociedad permisiva: la Iglesia participa de vuestro sufrimiento que conduce al
Señor, el cual os asocia a su Pasión redentora y os hace vivir a la luz de su
Redención. Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero qué es el amor.
Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en
la sociedad y en la Iglesia».(198)
En el contexto de un mundo sin confines, como es el del sufrimiento humano,
dirijamos ahora la atención a los aquejados por la enfermedad en sus más
diversas formas. Los enfermos, en efecto, son la expresión más frecuente y más
común del sufrir humano.
A todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también
los enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que oprime los
miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del
trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a
participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades,
incluso más valiosas. Las palabras del apóstol Pablo han de convertirse en
su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace resplandecer a sus ojos
el significado de gracia de su misma situación: «Completo en mi carne lo que
falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia»
(Co 1, 24). Precisamente haciendo este descubrimiento, el apóstol arribó
a la alegría: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros»
(Co 1, 24). Del mismo modo, muchos enfermos pueden convertirse en
portadores del «gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones» (1Ts 1, 6) y ser testigos de la
Resurrección de Jesús. Como ha manifestado un minusválido en su intervención en
el aula sinodal, «es de gran importancia aclarar el hecho de que los cristianos
que viven en situaciones de enfermedad, de dolor y de vejez, no están invitados
por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger
ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y
la alegría de Cristo resucitado (cf. 2Co
4, 10-11; 1 P 4, 13; Rm 8,
18 ss.)».(199)
Por su parte —como se lee en la Carta Apostólica Salvifici
doloris— «la Iglesia que nace del misterio de la redención en la Cruz de
Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo
particular, en el camino de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole el
hombre "constituye el camino de la Iglesia", y es éste uno de los
caminos más importantes».(200) El hombre que sufre es camino de la Iglesia porque,
antes que nada, es camino del mismo Cristo, el buen Samaritano que «no pasó de
largo», sino que «tuvo compasión y acercándose, vendó sus heridas (...) y cuidó
de él» (Lc 10, 32-34).
A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a copiar la
parábola evangélica del buen Samaritano en la inmensa multitud de personas
enfermas y que sufren, revelando y comunicando el amor de curación y
consolación de Jesucristo. Esto ha tenidó lugar mediante el testimonio de la
vida religiosa consagrada al servicio de los enfermos y mediante el infatigable
esfuerzo de todo el personal sanitario. Además hoy, incluso en los mismos
hospitales y nosocomios católicos, se hace cada vez más numerosa, y quizá
también total y exclusiva, la presencia de fieles laicos, hombres y mujeres.
Precisamente ellos, médicos, enfermeros, otros miembros del personal sanitario,
voluntarios, están llamados a ser la imagen viva de Cristo y de su Iglesia en
el amor a los enfermos y los que sufren.
Acción pastoral renovada
54. Es necesario que esta preciosísima herencia, que la
Iglesia ha recibido de Jesucristo «médico de la carne y del espíritu», (201) no
sólo no disminuya jamás, sino que sea valorizada y enriquecida cada vez más
mediante una recuperación y un decidido relanzamiento de la acción pastoral
para y con los enfermos y los que sufren. Ha de ser una acción capaz de
sostener y de promover atención, cercanía, presencia, escucha, diálogo,
participación y ayuda concreta para con el hombre, en momentos en los que la
enfermedad y el sufrimiento ponen a dura prueba, no sólo su confianza en la
vida, sino también su misma fe en Dios y en su amor de Padre. Este
relanzamiento pastoral tiene su expresión más significativa en la celebración
sacramental con y para los enfermos, como fortaleza en el dolor y en la
debilidad, como esperanza en la desesperación, como lugar de encuentro y de
fiesta.
Uno de los objetivos fundamentales de esta renovada e intensificada acción
pastoral —que no puede dejar de implicar coordinadamente a todos los componentes
de la comunidad eclesial— es considerar al enfermo, al minusválido, al que
sufre, no simplemente como término del amor y del servicio de la Iglesia, sino
más bien como sujeto activo y responsable de la obra de evangelización y de
salvación. Desde este punto de vista, la Iglesia tiene un buen mensaje que
hacer resonar dentro de la sociedad y de las culturas que, habiendo perdido el
sentido del sufrir humano, silencian cualquier forma de hablar sobre esta dura
realidad de la vida. Y la buena nueva está en el anuncio de que el sufrir puede
tener también un significado positivo para el hombre y para la misma sociedad,
llamado como esta a convertirse en una forma de participación en el sufrimiento
salvador de Cristo y en su alegría de resucitado, y, por tanto, una fuerza de
santificación y edificación de la Iglesia.
El anuncio de esta buena nueva resulta convincente cuando no resuena
simplemente en los labios, sino que pasa a través del testimonio de vida, tanto
de los que cuidan con amor a los enfermos, los minusválidos y los que sufren,
como de estos mismos, hechos cada vez más conscientes y responsables de su
lugar y tarea en la Iglesia y por la Iglesia.
Para que la «civilización del amor» pueda florecer y
fructificar en el inmenso mundo del dolor humano, podrá ser de gran utilidad la
frecuente meditación de la Carta Apostólica Salvifici doloris, de la que
recordamos las líneas finales: «Es necesario, por tanto, que a los pies de la
Cruz del Calvario acudan espiritualmente todos los que sufren y creen en Cristo
y, en concreto, los que sufren a causa de su fe en el Crucificado y Resucitado,
para que el ofrecimiento de sus sufrimientos acelere el cumplimiento de la
oración del mismo Salvador por la unidad de todos (cf. Jn 17, 11. 21-22). Acudan también allí
los hombres de buena voluntad, porque en la Cruz está el "Redentor del
hombre", el Varón de dolores, que ha asumido para sí los sufrimientos
físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan
encontrar el sentido salvífico de su dolor y respuestas válidas a todos sus
interrogantes. Junto a María, Madre de Cristo, que estaba al pie de
la Cruz (cf. Jn 19, 25), nos
detenemos junto a todas las cruces del hombre de hoy (...). Y a todos vosotros,
los que sufrís, os pedimos que nos sostengáis. Precisamente a vosotros
que sois débiles, os pedimos que os convirtáis en fuente de fuerza para
la Iglesia y para la humanidad. ¡En el terrible combate entre las fuerzas del
bien y del mal, que nuestro mundo contemporáneo nos ofrece de espectáculo,
venza vuestro sufrimiento en unión con la Cruz de Cristo!».(202)
Estados de vida y vocaciones
55. Obreros de la viña son todos los miembros del Pueblo de
Dios: los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los fieles laicos, todos a
la vez objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y de la participación en su
misión de salvación. Todos y cada uno trabajamos en la única y común viña del
Señor con carismas y ministerios diversos y complementarios.
Ya en el plano del ser, antes todavía que en el del obrar, los
cristianos son sarmientos de la única vid fecunda que es Cristo; son miembros
vivos del único Cuerpo del Señor edificado en la fuerza del Espíritu. En el
plano del ser: no significa sólo mediante la vida de gracia y santidad, que es
la primera y más lozana fuente de fecundidad apostólica y misionera de la Santa
Madre Iglesia; sino que significa también el estado de vida que caracteriza a los
sacerdotes y los diáconos, los religiosos y religiosas, los miembros de
institutos seculares, los fieles laicos.
En la Iglesia-Comunión los estados de vida están de tal modo relacionados
entre sí que están ordenados el uno al otro. Ciertamente es común —mejor dicho,
único— su profundo significado: el de ser modalidad según la cual se vive la
igual dignidad cristiana y la universal vocación a la santidad en la perfección
del amor. Son modalidades a la vez diversas y complementarias, de modo
que cada una de ellas tiene su original e inconfundible fisionomía, y al mismo
tiempo cada una de ellas está en relación con las otras y a su servicio.
Así el estado de vida laical tiene en la índole secular su
especificidad y realiza un servicio eclesial testificando y volviendo a hacer
presente, a su modo, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, el
significado que tienen las realidades terrenas y temporales en el designio
salvífico de Dios. A su vez, el sacerdocio ministerial representa la
garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los
diversos tiempos y lugares. El estado religioso testifica la índole
escatológica de la Iglesia, es decir, su tensión hacia el Reino de Dios, que
viene prefigurado y, de algún modo, anticipado y pregustado por los votos de
castidad, pobreza y obediencia.
Todos los estados de vida, ya sea en su totalidad como cada uno de ellos en
relación con los otros, están al servicio del crecimiento de la Iglesia; son
modalidades distintas que se unifican profundamente en el «misterio de
comunión» de la Iglesia y que se coordinan dinámicamente en su única misión.
De este modo, el único e idéntico misterio de la Iglesia revela y revive, en
la diversidad de estados de vida y en la variedad de vocaciones, la infinita
riqueza del misterio de Jesucristo. Como gusta repetir a los Padres, la
Iglesia es como un campo de fascinante y maravillosa variedad de hierbas,
plantas, flores y frutos. San Ambrosio escribe: «Un campo produce muchos frutos,
pero es mejor el que abunda en frutos y en flores. Ahora bien, el campo de la
santa Iglesia es fecundo en unos y otras. Aquí puedes ver florecer las gemas de
la virginidad, allá la viudez dominar austera como los bosques en la llanura;
más allá la rica cosecha de las bodas bendecidas por la Iglesia colmar de mies
abundante los grandes graneros del mundo, y los lagares del Señor Jesús
sobreabundar de los frutos de vid lozana, frutos de los cuales están llenos los
matrimonios cristianos».(203)
Las diversas vocaciones laicales
56. La rica variedad de la Iglesia encuentra su ulterior
manifestación dentro de cada uno de los estados de vida. Así, dentro del
estado de vida laical se dan diversas «vocaciones», o sea, diversos caminos
espirituales y apostólicos que afectan a cada uno de los fieles laicos. En el
álveo de una vocación laical «común» florecen vocaciones laicales
«particulares». En este campo podemos recordar también la experiencia
espiritual que ha madurado recientemente en la Iglesia con el florecer de
diversas formas de Institutos seculares. A los fieles laicos, y también a los
mismos sacerdotes, está abierta la posibilidad de profesar los consejos
evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de los votos o las
promesas, conservando plenamente la propia condición laical o clerical.(204)
Como han puesto de manifiesto los Padres sinodales, «el Espíritu Santo promueve
también otras formas de entrega de sí mismo a las que se dedican personas que
permanecen plenamente en la vida laical».(205)
Podemos concluir releyendo una hermosa página de San
Francisco de Sales, que tanto ha promovido la espiritualidad de los
laicos.(206) Hablando de la «devoción», es decir de la perfección cristiana o
«vida según el Espíritu», presenta de manera simple y espléndida la vocación de
todos los cristianos a la santidad y, al mismo tiempo, el modo específico con
que cada cristiano la realiza: «En la Creación Dios mandó a las plantas
producir sus frutos, cada una "según su especie" (Gn 1, 11). El mismo mandamiento dirige
a los cristianos, que son plantas vivas de su Iglesia, para que produzcan
frutos de devoción, cada uno según su estado y condición. La devoción debe ser
practicada en modo diverso por el hidalgo, por el artesano, por el sirviente,
por el príncipe, por la viuda, por la mujer soltera y por la casada. Pero esto
no basta; es necesario además conciliar la práctica de la devoción con las
fuerzas, con las obligaciones y deberes de cada persona (...). Es un error
—mejor dicho, una herejía— pretender excluir el ejercicio de la devoción del
ambiente militar, del taller de los artesanos, de la corte de los príncipes, de
los hogares de los casados. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente
contemplativa, monástica y religiosa sólo puede ser vivida en estos estados,
pero además de estos tres tipos de devoción, hay muchos otros capaces de hacer
perfectos a quienes viven en condiciones seculares. Por eso, en cualquier lugar
que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta».(207)
Colocándose en esa misma línea, el Concilio Vaticano II escribe: «Este
comportamiento espiritual de los laicos debe asumir una peculiar característica
del estado de matrimonio y familia, de celibato o de viudez, de la condición de
enfermedad, de la actividad profesional y social. No dejen, por tanto, de
cultivar constantemente las cualidades y las dotes otorgadas correspondientes a
tales condiciones, y de servirse de los propios dones recibidos del Espíritu
Santo».(208)
Lo que vale para las vocaciones espirituales vale también,
y en cierto sentido con mayor motivo, para las infinitas diversas modalidades
según las cuales todos y cada uno de los miembros de la Iglesia son obreros que
trabajan en la viña del Señor, edificando el Cuerpo místico de Cristo. En
verdad, cada uno es llamado por su nombre, en la unicidad e irrepetibilidad de
su historia personal, a aportar su propia contribución al advenimiento del
Reino de Dios. Ningún talento, ni siquiera el más pequeño, puede ser escondido
o quedar inutilizado (cf. Mt 25, 24-27).
El apóstol Pedro nos advierte: «Que cada cual ponga al servicio de los demás
la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias
de Dios» (1 P 4, 10).
CAPÍTULO V
PARA QUE DÉIS MÁS FRUTO
La formación de los fieles laicos
Madurar continuamente
57. La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos
revela otro aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos:
La llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.
Como diligente viñador, el Padre cuida de su viña. La
presencia solícita de Dios es invocada ardientemente por Israel, que reza así:
«¡Oh Dios Sebaot, vuélvete ya, / desde los cielos mira y ve, / visita esta
viña, cuídala, / a ella, la que plantó tu diestra» (Sal 80, 15-16). El mismo Jesús habla
del trabajo del Padre: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo
sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda para
que dé más fruto» (Jn 15, 1-2).
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer
radicados en la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mí como yo en
él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).
El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de
Dios a crecer, a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede
dejar de asumir su personal responsabilidad. A esta responsabilidad, tremenda y
enaltecedora, aluden las palabras graves de Jesús: «Si alguno no permanece en
mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo echan
al fuego y lo queman» (Jn 15, 6).
En este diálogo entre Dios que llama y la persona interpelada en su
responsabilidad se sitúa la posibilidad —es más, la necesidad— de una formación
integral y permanente de los fieles laicos, a la que los Padres sinodales han
reservado justamente una buena parte de su trabajo. En concreto, después de
haber descrito la formación cristiana como «un continuo proceso personal de
maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre,
con la guía del Espíritu Santo», han afirmado claramente que «la formación de
los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis
y se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo que todos
los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y religiosos) concurran a
este fin».(209)
Descubrir y vivir la propia vocación y
misión
58. La formación de los fieles laicos tiene como objetivo
fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la
disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia
misión.
Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me llama y me envía a
trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia. Esta vocación y
misión personal define la dignidad y la responsabilidad de cada fiel laico y
constituye el punto de apoyo de toda la obra formativa, ordenada al
reconocimiento gozoso y agradecido de tal dignidad y al desempeño fiel y
generoso de tal responsabilidad.
En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad
y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por
nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por
su nombre» (Jn 10, 3). Pero
el eterno plan de Dios se nos revela a cada uno sólo a través del desarrollo
histórico de nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, sólo
gradualmente: en cierto sentido, de día en día.
Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son
siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la
Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa
dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos
y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que
se está inmerso.
En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente
significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para acoger
la misión que Él confía. Entre ellos están los momentos de la adolescencia y
de la juventud. Sin embargo, nadie puede olvidar que el Señor, como el
dueño con los obreros de la viña, llama —en el sentido de hacer concreta y
precisa su santa voluntad— a todas las horas de la vida: por eso la
vigilancia, como atención solícita a la voz de Dios, es una actitud fundamental
y permanente del discípulo.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que
Dios quiere de nosotros, de cada uno de nosotros en las diversas situaciones de
la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así como nos lo
recuerdan las palabras de María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los
sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Y para actuar con fidelidad
a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz.
Desde luego, con la gracia del Señor, que no falta nunca, como dice San
León Magno: «¡Dará la fuerza quien ha conferido la dignidad!»;(210)pero también
con la libre y responsable colaboración de cada uno de nosotros.
Esta es la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los fieles
laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna: conocer cada vez más las
riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en creciente plenitud. El apóstol
Pedro hablando del nacimento y crecimiento como de dos etapas de la vida
cristiana, nos exhorta: «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual
pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación» (1 P 2, 2).
Una formación integral para vivir en la
unidad
59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión,
los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la
que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de
la sociedad humana.
En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la
denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la
denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las
relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento
arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de
su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran
en el designio de Dios, que los quiere como el «lugar histórico» del revelarse
y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los
hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por
ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y
la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y
político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ocasiones
providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la
caridad».(211)
El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad
de vida, denunciando con fuerza la gravedad de la fractura entre fe y vida,
entre Evangelio y cultura: «El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de
una y otra ciudad, a esforzarse por cumplir fielmente sus deberes temporales,
guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que,
sabiendo que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura,
consideran por esto que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse
cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto
cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno (...). La
separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno
de los más graves errores de nuestra época».(212) Por eso he afirmado que una
fe que no se hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no enteramente
pensada, no fielmente vivida».(212)
Aspectos de la formación
60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples
y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos.
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado
en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la
intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega
a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida
de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales
que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en
la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que,
mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria
condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que
crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer
divino».(214)
Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los
fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe,
sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en ellos,
frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente
necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según
las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción
cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que
agitan al hombre y a la sociedad de hoy.
En concreto, es absolutamente indispensable —sobre todo para los fieles
laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político— un
conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, como
repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus intervenciones.
Hablando de la participación política de los fieles laicos, se han expresado
del siguiente modo: «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble
propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar
los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es
necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente
en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión,
criterios de juicio y directrices prácticas (cf. Congregación para la Doctrina
de la Fe, Instr. sobre libertad cristiana y liberación, 72). Tal doctrina ya
debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones
especializadas y en las escuelas y universidades. Esta doctrina social de la
Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de
los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los
principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los
cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la
participación activa en los partidos políticos está reservada a los
laicos».(215)
Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles
laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica,
el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este
sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos) tengan también muy en cuenta la
competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y
aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad,
el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin
las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana».(216)
Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la
vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de
su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo,
como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.
Colaboradores de Dios educador
61. ¿Cuáles son los lugares y los medios de la formación
cristiana de los fieles laicos? ¿Cuáles son las personas y las comunidades llamadas
a asumir la tarea de la formación integral y unitaria de los fieles laicos?
Del mismo modo que la acción educativa humana está íntimamente
unida a la paternidad y maternidad, así también la formación cristiana
encuentra su raíz y su fuerza en Dios, el Padre que ama y educa a sus hijos.
Sí, Dios es el primer y gran educador de su Pueblo, como dice el
magnífico pasaje del Canto de Moisés: «En tierra desierta le encuentra, / en el
rugiente caos del desierto. / Y le envuelve, le sustenta, le cuida, como a la
niña de sus ojos. / Como un águila incita a su nidada, / revolotea sobre sus
polluelos, así él despliega sus alas y le toma, / y le lleva sobre su plumaje.
/ Sólo Yavéh le guía a su destino, / no había con él ningún Dios extranjero» (Dt 32, 10-12; cf. 8, 5).
La obra educadora de Dios se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y toca
desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia dinámica del
Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en la acción
educadora divina, bien en sí misma, bien en sus distintas articulaciones y
manifestaciones. Así es como los fieles laicos son formados por la Iglesia y
en la Iglesia, en una recíproca comunión y colaboración de todos sus
miembros: sacerdotes, religiosos y fieles laicos.
Así la entera comunidad eclesial, en su diversos miembros, recibe la
fecundidad del Espíritu y coopera con ella activamente. En tal sentido Metodio
de Olimpo escribía: «Los imperfectos (...) son llevados y formados, como en las
entrañas de una madre, por los más perfectos hasta que sean engendrados y
alumbrados a la grandeza y belleza de la virtud»;(217) como ocurrió con Pablo,
llevado e introducido en la Iglesia por los perfectos (en la persona de
Ananías), y después convertido a su vez en perfecto y fecundo en tantos hijos.
Educadora es, sobre todo, la Iglesia universal, en la que el Papa
desempeña el papel de primer formador de los fieles laicos. A él, como sucesor
de Pedro, le compete el ministerio de «confirmar en la fe a los hermanos»,
enseñando a todos los creyentes los contenidos esenciales de la vocación y
misión cristiana y eclesial. No sólo su palabra directa pide una atención dócil
y amorosa por parte de los fieles laicos, sino también su palabra transmitida a
través de los documentos de los diversos Dicasterios de la Santa Sede.
La Iglesia una y universal está presente en las diversas partes del mundo a
través de las Iglesias particulares. En cada una de ellas el Obispo
tiene una responsabilidad personal con respecto a los fieles laicos, a los que
debe formar mediante el anuncio de la Palabra, la celebración de la Eucaristía
y de los sacramentos, la animación y guía de su vida cristiana.
Dentro de la Iglesia particular o diócesis se encuentra y actúa la parroquia,
a la que corresponde desempeñar una tarea esencial en la formación más
inmediata y personal de los fieles laicos. En efecto, con unas relaciones que
pueden llegar más fácilmente a cada persona y a cada grupo, la parroquia está
llamada a educar a sus miembros en la recepción de la Palabra, en el diálogo
litúrgico y personal con Dios, en la vida de caridad fraterna, haciendo palpar
de modo más directo y concreto el sentido de la comunión eclesial y de la
responsabilidad misionera.
Además, dentro de algunas parroquias, sobre todo si son extensas y
dispersas, las pequeñas comunidades eclesiales presentes pueden ser una
ayuda notable en la formación de los cristianos, pudiendo hacer más capilar e
incisiva la conciencia y la experiencia de la comunión y de la misión eclesial.
Puede servir de ayuda también, como han dicho los Padres sinodales, una
catequesis postbautismal a modo de catecumenado, que vuelva a proponer algunos
elementos del «Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos», destinados a
hacer captar y vivir las inmensas riquezas del Bautismo ya recibido.(218)
En la formación que los fieles laicos reciben en la diócesis y en la parroquia,
por lo que se refiere en concreto al sentido de comunión y de misión, es
particularmente importante la ayuda que recíprocamente se prestan los diversos
miembros de la Iglesia: es una ayuda que revela y opera a la vez el misterio de
la Iglesia, Madre y Educadora. Los sacerdotes y los religiosos deben ayudar a
los fieles laicos en su formación. En este sentido los Padres del Sínodo han
invitado a los presbíteros y a los candidatos a las sagradas Órdenes a
«prepararse cuidadosamente para ser capaces de favorecer la vocación y misión
de los laicos».(219) A su vez, los mismos fieles laicos pueden y deben ayudar a
los sacerdotes y religiosos en su camino espiritual y pastoral.
Otros ambientes educativos
62. También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia
doméstica», constituye la escuela primigenia y fundamental para la formación de
la fe. El padre y la madre reciben en el sacramento del Matrimonio la gracia y
la responsabilidad de la educación cristiana en relación con los hijos, a los
que testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos.
Aprendiendo las primeras palabras, los hijos aprenden también a alabar a Dios,
al que sienten cercano como Padre amoroso y providente; aprendiendo los
primeros gestos de amor, los hijos aprenden también a abrirse a los otros,
captando en la propia entrega el sentido del humano vivir. La misma vida
cotidiana de una familia auténticamente cristiana constituye la primera
«experiencia de Iglesia», destinada a ser corroborada y desarrollada en la
gradual inserción activa y responsable de los hijos en la más amplia comunidad
eclesial y en la sociedad civil. Cuanto más crezca en los esposos y padres
cristianos la conciencia de que su «iglesia doméstica» es partícipe de la vida
y de la misión de la Iglesia universal, tanto más podrán ser formados los hijos
en el «sentido de la Iglesia» y sentirán toda la belleza de dedicar sus
energías al servicio del Reino de Dios.
También son lugares importantes de formación las escuelas y universidades
católicas, como también los centros de renovación espiritual que hoy se van
difundiendo cada vez más. Como han hecho notar los Padres sinodales, en el
actual contexto social e histórico, marcado por un profundo cambio cultural, ya
no basta la participación —por otra parte siempre necesaria e insustituible— de
los padres cristianos en la vida de la escuela; hay que preparar fieles laicos
que se dediquen a la acción educativa como a una verdadera y propia misión
eclesial; es necesario constituir y desarrollar «comunidades educativas», formadas
a la vez por padres, docentes, sacerdotes, religiosos y religiosas,
representantes de los jóvenes. Y para que la escuela pueda desarrollar
dignamente su función de formación, los fieles laicos han de sentirse
comprometidos a exigir de todos y a promover para todos una verdadera libertad
de educación, incluso mediante una adecuada legislación civil.(220)
Los Padres sinodales han tenido palabras de aprecio y de aliento hacia todos
aquellos fieles laicos, hombres y mujeres, que con espíritu cívico y cristiano
desarrollan una tarea educativa en la escuela y en los institutos de formación.
También han puesto de relieve la urgente necesidad de que los fieles laicos
maestros y profesores en las diversas escuelas, católicas o no, sean verdaderos
testigos del Evangelio, mediante el ejemplo de vida, la competencia y rectitud
profesional, la inspiración cristiana de la enseñanza, salvando siempre —como
es evidente— la autonomía de las diversas ciencias y disciplinas. Es de
particular importancia que la investigación científica y técnica llevada a cabo
por los fieles laicos esté regida por el criterio del servicio al hombre en la
totalidad de sus valores y de sus exigencias. A estos fieles laicos la Iglesia
les confía la tarea de hacer más comprensible a todos el íntimo vínculo que
existe entre la fe y la ciencia, entre el Evangelio y la cultura humana.(221)
«Este Sínodo —leemos en una proposición— hace un llamamiento al papel
profético de las escuelas y universidades católicas, y alaba la dedicación de
los maestros y educadores —hoy, en su gran mayoría, laicos— para que en los
institutos de educación católica puedan formar hombres y mujeres en los que se
encarne el "mandamiento nuevo". La presencia contemporánea de
sacerdotes y laicos, y también de religiosos y religiosas, ofrece a los alumnos
una imagen viva de la Iglesia y hace más fácil el conocimiento de sus riquezas
(cf. Congregación para la Educación Católica, El laico educador, testigo de la
fe en la escuela)».(222)
También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su
lugar en la formación de los fieles laicos. Tienen, en efecto, la posibilidad,
cada uno con sus propios métodos, de ofrecer una formación profundamente
injertada en la misma experiencia de vida apostólica, como también la
oportunidad de completar, concretar y especificar la formación que sus miembros
reciben de otras personas y comunidades.
La formación recibida y dada
recíprocamente por todos
63. La formación no es el privilegio de algunos, sino un
derecho y un deber de todos. Al respecto, los Padres sinodales han dicho: «Se
ofrezca a todos la posibilidad de la formación, sobre todo a los pobres, los
cuales pueden ser —ellos mismos— fuente de formación para todos», y han
añadido: «Para la formación empléense medios adecuados que ayuden a cada uno a
realizar la plena vocación humana y cristiana».(223)
Para que se dé una pastoral verdaderamente incisiva y eficaz hay que
desarrollar la formación de los formadores, poniendo en funcionamiento
los cursos oportunos o escuelas para tal fin. Formar a los que, a su vez,
deberán empeñarse en la formación de los fieles laicos, constituye una
exigencia primaria para asegurar la formación general y capilar de todos los
fieles laicos.
En la labor formativa se deberá reservar una atención especial a la cultura
local, según la explícita invitación de los Padres sinodales: «La formación de
los cristianos tendrá máximamente en cuenta la cultura humana del lugar, que
contribuye a la misma formación, y que ayudará a juzgar tanto el valor que se
encierra en la cultura tradicional, como aquel otro propuesto en la cultura
moderna. Se preste también la debida atención a las diversas culturas que
pueden coexistir en un mismo pueblo y en una misma nación. La Iglesia, Madre y
Maestra de los pueblos, se esforzará por salvar, donde sea el caso, la cultura
de las minorías que viven en grandes naciones.
Algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas en la
labor formativa. Antes que nada, la convicción de que no se da formación
verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la
responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente
como «auto-formación».
Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la
vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la
exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más
somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.
Es de particular importancia la conciencia de que la labor formativa, al
tiempo que recurre inteligentemente a los medios y métodos de las ciencias
humanas, es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción de
Dios: sólo el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da más
fruto para sí y para los demás.
Llamamiento y oración
64. Como conclusión de este documento post-sinodal vuelvo a
dirigiros, una vez más, la invitación del «dueño de casa» del que nos habla el
Evangelio: Id también vosotros a mi viña. Se puede decir que el
significado del Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos está
precisamente en este llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a
todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres.
Los trabajos sinodales han constituido para todos los participantes una gran
experiencia espiritual: la de una Iglesia atenta —en la luz y en la fuerza del
Espíritu— para discernir y acoger el renovado llamamiento de su Señor; y esto
para volver a presentar al mundo de hoy el misterio de su comunión y el
dinamismo de su misión de salvación, captando en particular el puesto y papel
específico de los fieles laicos. El fruto del Sínodo —que esta Exhortación
tiene intención de urgir como el más abundante posible en todas las Iglesias
esparcidas por el mundo— estará en función de la efectiva acogida que el
llamamiento del Señor recibirá por parte del entero Pueblo de Dios y, dentro de
él, por parte de los fieles laicos.
Por eso os exhorto vivamente a todos y a cada uno, Pastores y fieles, a no
cansaros nunca de mantener vigilante, más aún, de arraigar cada vez más —en la
mente, en el corazón y en la vida— la conciencia eclesial; es decir, la
conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su
misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera.
Es particularmente importante que todos los cristianos
sean conscientes de la extraordinarta dignidad que les ha sido otorgada
mediante el santo Bautismo. Por gracia estamos llamados a ser hijos amados del
Padre, miembros incorporados a Jesucristo y a su Iglesia, templos vivos y
santos del Espíritu. Volvamos a escuchar, emocionados y agradecidos, las
palabras de Juan el Evangelista: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, y lo somos realmente!» (1Jn 3, 1).
Esta «novedad cristiana» otorgada a los miembros de la Iglesia, mientras
constituye para todos la raíz de su participación al oficio sacerdotal,
profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, se
manifiesta y se actúa en los fieles laicos según la «índole secular» que es
«propia y peculiar» de ellos.
La conciencia eclesial comporta, junto con el sentido de la común dignidad
cristiana, el sentido de pertenecer al misterio de la Iglesia Comunión.
Es éste un aspecto fundamental y decisivo para la vida y para la misión de la
Iglesia. La ardiente oración de Jesús en la última Cena: «Ut unum sint!», ha de convertirse para todos y cada
uno, todos los días, en un exigente e irrenunciable programa de vida y de
acción.
El vivo sentido de la comunión eclesial, don del Espíritu Santo que urge
nuestra libre respuesta, tendrá como fruto precioso la valoración armónica, en
la Iglesia «una y católica», de la rica variedad de vocaciones y condiciones de
vida, de carismas, de ministerios y de tareas y responsabilidades, como también
una más convencida y decidida colaboración de los grupos, de las asociaciones y
de los movimientos de fieles laicos en el solidario cumplimiento de la común
misión salvadora de la misma Iglesia. Esta comunión ya es en sí misma el primer
gran signo de la presencia de Cristo Salvador en el mundo; y, al mismo tiempo,
favorece y estimula la directa acción apostólica y misionera de la Iglesia.
En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia,
Pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer
al mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda
la creación» (Mc 16, 15),
renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa
ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que
el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse
parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y a
vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las
personas y de la sociedad.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el Año
Mariano, ha confiado sus trabajos, de modo muy especial, a la intercesión de
María Santísima, Madre del Redentor. Y ahora confío a la misma intercesión la
fecundidad espiritual de los frutos del Sínodo. Al término de este documento
postsinodal me dirijo a la Virgen, en unión con los Padres y fieles laicos
presentes en el Sínodo y con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. La
llamada se hace oración:
Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.
Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.
En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.
Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
Virgen Madre,
guíanos y sosténnos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.
Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre, fiesta de la
sagrada Familia de Jesús, María y José, del año 1988, undécimo de mi
Pontificado.