EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
«Pastores
dabo vobis»
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES
EN LA SITUACIÓN ACTUAL
INTRODUCCIÓN
1.
«Os daré pastores según mi corazón» (Jr
3, 15).
Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su
pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen:
«Pondré al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten,
y nunca más estarán medrosas ni asustadas» (Jr 23, 4).
La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el
cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias
al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y
definitivo de la promesa de Dios: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10, 11). Él, «el gran Pastor de las
ovejas» (Hb 13, 20), encomienda a
los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cf.
Jn 21, 15 ss.; 1P 5, 2).
Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir
aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia
y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús «Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) y «Haced esto en
conmemoración mía» (Lc 22, 19; cf. 1Co 11, 24), o sea, el mandato de
anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo
entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo.
Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar. Precisamente
esta promesa es la razón y fuerza que infunde alegría a la Iglesia ante el
florecimiento y aumento de las vocaciones sacerdotales, que hoy se da en
algunas partes del mundo; y representa también el fundamento y estímulo para un
acto de fe más grande y de esperanza más viva, ante la grave escasez de
sacerdotes que afecta a otras partes del mundo.
Todos estamos llamados a compartir la confianza en el
cumplimiento ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han
querido testimoniar de un modo claro y decidido: «El Sínodo, con plena
confianza en la promesa de Cristo, que ha dicho: 'He aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt 28, 20), y consciente de la acción
constante del Espíritu Santo en la Iglesia, cree firmemente que nunca faltarán
del todo los ministros sagrados en la Iglesia... Aunque en algunas regiones
haya escasez de clero, sin embargo la acción del Padre, que suscita las
vocaciones, nunca cesará en la Iglesia».(1)
Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de las vocaciones
sacerdotales, «la primera respuesta que la Iglesia da, consiste en un acto de
confianza total en el Espíritu Santo. Estamos profundamente convencidos de que
esta entrega confiada no será defraudada, si, por nuestra parte, nos mantenemos
fieles a la gracia recibida».(2)
2. ¡Permanecer fieles a la gracia recibida! En efecto, el
don de Dios no anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la
desarrolla y la exige.
Por esto, la confianza total en la incondicional fidelidad
de Dios a su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de
cooperar con la acción de Dios que llama y, a la vez, contribuir a crear y
mantener las condiciones en las cuales la buena semilla, sembrada por Dios,
pueda echar raíces y dar frutos abundantes. La Iglesia no puede dejar jamás de
rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de dirigir a las nuevas
generaciones una nítida y valiente propuesta vocacional, ayudándoles a
discernir la verdad de la llamada de Dios para que respondan a ella con
generosidad; ni puede dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de
los candidatos al presbiterado.
En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto diocesanos como
religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo durante toda la vida, con
miras a su santificación personal en el ministerio y mediante la actualización
constante de su dedicación pastoral lo considera la Iglesia como una de las
tareas de máxima importancia para el futuro de la evangelización de la
humanidad.
Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo
la acción de Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas palabras:
«Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó
Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de
expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
Se puede afirmar que la Iglesia —aunque con intensidad y modalidades
diversas— ha vivido continuamente en su historia esta página del Evangelio,
mediante la labor formativa dedicada a los candidatos al presbiterado y a los
sacerdotes mismos. Pero hoy la Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo
esfuerzo lo que el Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente apremiada
por las profundas y rápidas transformaciones de la sociedad y de las culturas
de nuestro tiempo así como por la multiplicidad y diversidad de contextos en
los que anuncia y da testimonio del Evangelio; también por el favorable aumento
de las vocaciones sacerdotales en diversas diócesis del mundo; por la urgencia
de una nueva verificación de los contenidos y métodos de la formación
sacerdotal; por la preocupación de los Obispos y de sus comunidades a causa de
la persistente escasez de clero; y por la absoluta necesidad de que la nueva
evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos evangelizadores».
Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha situado la última
Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada a «la formación
de los sacerdotes en la situación actual», con la intención, después de
veinticinco años de la clausura del Concilio, de poner en práctica la doctrina
conciliar sobre este tema y hacerla más actual e incisiva en las circunstancias
actuales».(3)
3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de
los presbíteros y su formación, (4) y deseando aplicar concretamente a las
diversas situaciones esa rica y probada doctrina, la Iglesia ha afrontado en
muchas ocasiones los problemas de la vida, ministerio y formación de los
sacerdotes.
Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de los Obispos. Ya en la
primera Asamblea general, celebrada en octubre de 1967, el Sínodo dedicó cinco
congregaciones generales al tema de la renovación de los seminarios. Este
trabajo dio un impulso decisivo a la elaboración del documento de la
Congregación para la Educación Católica titulado «Normas fundamentales para la
formación sacerdotal».(5)
La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la mitad de sus
trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este largo estudio sinodal,
recogidos y condensados en algunas «recomendaciones», sometidas a mi predecesor
el Papa Pablo VI y leídas en la apertura del Sínodo de 1974, se referían
principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio ministerial y a algunos
aspectos de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal.
También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia ha seguido
manifestando su solicitud por la vida y el ministerio de los sacerdotes. Se
puede decir que en los años posconciliares no ha habido ninguna intervención
magisterial que, en alguna medida, no se haya referido, de modo explícito o
implícito, al significado de la presencia de los sacerdotes en la comunidad, a
su misión y su necesidad en la Iglesia y para la vida del mundo.
En estos últimos años y desde varias partes se ha insistido en la necesidad
de volver sobre el tema del sacerdocio, afrontándolo desde un punto de vista
relativamente nuevo y más adecuado a las presentes circunstancias eclesiales y
culturales. La atención ha sido puesta no tanto en el problema de la identidad
del sacerdote cuanto en problemas relacionados con el itinerario formativo para
el sacerdocio y con el estilo de vida de los sacerdotes. En realidad, las
nuevas generaciones de los que son llamados al sacerdocio ministerial presentan
características bastante distintas respecto a las de sus inmediatos
predecesores y viven en un mundo que en muchos aspectos es nuevo y que está en
continua y rápida evolución. Todo esto debe ser tenido en cuenta en la
programación y realización de los planes de formación para el sacerdocio
ministerial.
Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio de su ministerio, parece
que hoy sufren una excesiva dispersión en las crecientes actividades pastorales
y, frente a la problemática de la sociedad y de la cultura contemporánea, se
sienten impulsados a replantearse su estilo de vida y las prioridades de los
trabajos pastorales, a la vez que notan, cada vez más, la necesidad de una
formación permanente.
Por ello, la atención y las reflexiones del Sínodo de los Obispos de 1990 se
ha centrado en el aumento de las vocaciones para el presbiterado; en la
formación básica para que los candidatos conozcan y sigan a Jesús, preparándose
a celebrar y vivir el sacramento del Orden que los configura con Cristo, Cabeza
y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia; en el estudio específico de los
programas de formación permanente, capaces de sostener, de una manera real y
eficaz, el ministerio y vida espiritual de los sacerdotes.
El mismo Sínodo quería responder también a una petición hecha por el Sínodo
anterior, que trató sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en
el mundo. Los mismos laicos habían pedido la dedicación de los sacerdotes a su
formación, para ser ayudados oportunamente en el cumplimiento de su común
misión eclesial. Y en realidad, «cuanto más se desarrolla el apostolado de los
laicos, tanto más fuertemente se percibe la necesidad de contar con sacerdotes
bien formados, sacerdotes santos. De esta manera, la vida misma del pueblo de
Dios pone de manifiesto la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la relación
entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial o jerárquico, pues en el
misterio de la Iglesia la jerarquía tiene un carácter ministerial (cf. Lumen
gentium, 10). Cuanto más se profundiza el
sentido de la vocación propia de los laicos, más se evidencia lo que es propio
del sacerdocio».(6)
4.
En la experiencia eclesial típica del Sínodo, aquella «singular experiencia de
comunión episcopal en la universalidad, que refuerza el sentido de la Iglesia
universal, la responsabilidad de los Obispos en relación con la Iglesia
universal y su misión, en comunión afectiva y efectiva en torno a Pedro», (7)
se ha dejado oír claramente la voz de las diversas Iglesias particulares, y
en este Sínodo, por vez primera, la de algunas Iglesias del Este. Las Iglesias
han proclamado su fe en el cumplimiento de la promesa de Dios: «Os daré
Pastores según mi corazón» (Jr 3, 15),
y han renovado su compromiso pastoral por la atención a las vocaciones y por la
formación de los sacerdotes, con el convencimiento de que de ello depende el
futuro de la Iglesia, su desarrollo y su misión universal de salvación.
Considerando ahora el rico patrimonio de las reflexiones, orientaciones e
indicaciones que han preparado y acompañado los trabajos de los Padres
sinodales, uno a la de ellos mi voz de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, con
esta Exhortación Apostólica postsinodal; y la dirijo al corazón de todos los
fieles y de cada uno de ellos, en particular al corazón de los sacerdotes y de
cuantos están dedicados al delicado ministerio de su formación. Con esta
Exhortación Apostólica deseo salir al encuentro y unirme a todos y cada uno de
los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos.
Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías las palabras y los
sentimientos del «Mensaje final del Sínodo al Pueblo de Dios»: «Con ánimo
agradecido y lleno de admiración nos dirigimos a vosotros, que sois nuestros
primeros cooperadores en el servicio apostólico. Vuestra tarea en la Iglesia es
verdaderamente necesaria e insustituible. Vosotros lleváis el peso del
ministerio sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros
sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia
divina en el Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los
guías de todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida».
«Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud y os
exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido. No cedáis
al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios».
«El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días
de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo».(8)
CAPÍTULO I
TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES
La formación sacerdotal
ante los desafíos del final del segundo milenio
El sacerdote en su tiempo
5.
«Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de
los hombres en lo que se refiere a Dios» (Hb 5, 1).
La Carta a los Hebreos subraya claramente la «humanidad»
del ministro de Dios: pues procede de los hombres y está al servicio de los
hombres, imitando a Jesucristo, «probado en todo igual que nosotros, excepto en
el pecado» (Hb 4, 15).
Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos humanos y eclesiales,
que inevitablemente los caracterizan y a los cuales son enviados para el
servicio del Evangelio de Cristo.
Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en su contexto
actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de la Iglesia y abriéndolo a las
perspectivas del tercer milenio, como se deduce claramente de la misma
formulación del tema: «La formación de los sacerdotes en la situación
actual».
Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia: en
efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a
Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí mismo el rostro
definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio ministerial del que los
apóstoles fueron los primeros investidos y que está destinado a durar, a
continuarse incesantemente en todos los períodos de la historia. El presbítero
del tercer milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros
que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en
el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único
y permanente sacerdocio de Cristo».(9) Pero ciertamente la vida y el ministerio
del sacerdote deben también «adaptarse a cada época y a cada ambiente de
vida... Por ello, por nuestra parte debemos procurar abrirnos, en la medida de
lo posible, a la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las
orientaciones de la sociedad moderna, reconocer las necesidades espirituales
más profundas, determinar las tareas concretas más importantes, los métodos
pastorales que habrá que adoptar, y así responder de manera adecuada a las
esperanzas humanas».(10)
Por ser necesario conjugar la verdad permanente del ministerio presbiteral
con las instancias y características del hoy, los Padres sinodales han tratado
de responder a algunas preguntas urgentes: ¿qué problemas y, al mismo
tiempo, qué estímulos positivos suscita el actual contexto sociocultural y
eclesial en los muchachos, en los adolescentes y en los jóvenes, que han de
madurar un proyecto de vida sacerdotal para toda su existencia?, ¿qué
dificultades y qué nuevas posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio
de un ministerio sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y con
la exigencia de una vida espiritual correspondiente?
Presento ahora algunos elementos del análisis de la situación que los Padres
sinodales han desarrollado, conscientes de que la gran variedad de
circunstancias socioculturales y eclesiales presentes en los diversos países
aconseja señalar sólo los fenómenos más profundos y extendidos, particularmente
aquellos que se refieren a los problemas educativos y a la formación
sacerdotal.
El Evangelio hoy: esperanzas y obstáculos
6. Múltiples factores parecen favorecer en los hombres de
hoy una conciencia más madura de la dignidad de la persona y una nueva apertura
a los valores religiosos, al Evangelio y al ministerio sacerdotal.
En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una sed de
justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más viva del cuidado
del hombre por la creación y por el respeto a la naturaleza; una búsqueda más
abierta de la verdad y de la tutela de la dignidad humana; el compromiso
creciente, en muchas zonas de la población mundial, por una solidaridad internacional
más concreta y por un nuevo orden mundial, en la libertad y en la justicia.
Junto al desarrollo cada vez mayor del potencial de energías ofrecido por las
ciencias y las técnicas, y la difusión de la información y de la cultura, surge
también una nueva pregunta ética; la pregunta sobre el sentido, es decir, sobre
una escala objetiva de valores que permita establecer las posibilidades y los
límites del progreso.
En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen prejuicios
ideológicos y cerrazones violentas al anuncio de los valores espirituales y
religiosos, mientras surgen nuevas e inesperadas posibilidades para la
evangelización y la renovación de la vida eclesial en muchas partes del mundo.
Tiene lugar así una creciente difusión del conocimiento de las Sagradas
Escrituras; una nueva vitalidad y fuerza expansiva de muchas Iglesias jóvenes,
con un papel cada vez más relevante en la defensa y promoción de los valores de
la persona y de la vida humana; un espléndido testimonio del martirio por parte
de las Iglesias del Centro y Este europeo, como también un testimonio de la
fidelidad y firmeza de otras Iglesias que todavía están sometidas a
persecuciones y tribulaciones por la fe.(11)
El deseo de Dios y de una relación viva y significativa con Él se presenta
hoy tan intenso, que favorecen, allí donde falta el auténtico e íntegro anuncio
del Evangelio de Jesús, la difusión de formas de religiosidad sin Dios y de
múltiples sectas. Su expansión, incluso en algunos ambientes tradicionalmente
cristianos, es ciertamente para todos los hijos de la Iglesia, y para los
sacerdotes en particular, un motivo constante de examen de conciencia sobre la
credibilidad de su testimonio del Evangelio, pero es también signo de cuán
profunda y difundida está la búsqueda de Dios.
7. Pero con estos y otros factores positivos están
relacionados muchos elementos problemáticos o negativos.
Todavía está muy difundido el racionalismo que, en nombre de una
concepción reductiva de «ciencia», hace insensible la razón humana al encuentro
con la Revelación y con la trascendencia divina.
Hay que constatar también una defensa exacerbada de la subjetividad
de la persona, que tiende a encerrarla en el individualismo incapaz de
relaciones humanas auténticas. De este modo, muchos, principalmente muchachos y
jóvenes, buscan compensar esta soledad con sucedáneos de varias clases, con
formas más o menos agudas de hedonismo, de huida de las responsabilidades;
prisioneros del instante fugaz, intentan «consumir» experiencias individuales
lo más intensas posibles y gratificantes en el plano de las emociones y de las
sensaciones inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados ante
la oferta de un proyecto de vida que incluya una dimensión espiritual y
religiosa y un compromiso de solidaridad.
Además, se extiende por todo el mundo —incluso después de la caída de las
ideologías que habían hecho del materialismo un dogma y del rechazo de la
religión un programa— una especie de ateísmo práctico y existencial, que
coincide con una visión secularizada de la vida y del destino del hombre. Este
hombre «enteramente lleno de sí, este hombre que no sólo se pone como centro de
todo su interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de toda
realidad», (12) se encuentra cada vez más empobrecido de aquel «suplemento de
alma» que le es tanto más necesario cuanto más una gran disponibilidad de
bienes materiales y de recursos lo hace creer falsamente autosuficiente. Ya no
hay necesidad de combatir a Dios; se piensa que basta simplemente con prescindir
de Él.
En este contexto hay que destacar en particular la disgregación de la
realidad familiar y el oscurecimiento o tergiversación del verdadero
significado de la sexualidad humana. Son fenómenos que influyen, de modo
muy negativo, en la educación de los jóvenes y en su disponibilidad para toda
vocación religiosa. Igualmente debe tenerse en cuenta el agravarse de las
injusticias sociales y la concentración de la riqueza en manos de pocos, como
fruto de un capitalismo inhumano, (13) que hace cada vez mayor la distancia
entre pueblos ricos y pueblos pobres; de esta manera se crean en la convivencia
humana tensiones e inquietudes que perturban profundamente la vida de las
personas y de las comunidades.
Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y negativos, que
influyen directamente en la vida y el ministerio de los sacerdotes, como la
ignorancia religiosa que persiste en muchos creyentes; la escasa incidencia de
la catequesis, sofocada por los mensajes más difundidos y persuasivos de los medios
de comunicación de masas; el mal entendido pluralismo teológico, cultural y
pastoral que, aun partiendo a veces de buenas intenciones, termina por hacer
difícil el diálogo ecuménico y atentar contra la necesaria unidad de la fe; la
persistencia de un sentido de desconfianza y casi de intolerancia hacia el
magisterio jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas de la
riqueza del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y el testimonio de
la fe en un factor exclusivo de liberación humana y social o en un refugio
alienante en la superstición y en la religiosidad sin Dios.(14)
Un fenómeno de gran relieve, aunque relativamente reciente en muchos países
de antigua tradición cristiana, es la presencia en un mismo territorio de
consistentes núcleos de razas y religiones diversas. Se desarrolla así cada vez
más la sociedad multirracial y multirreligiosa. Si, por un lado, esto puede ser
ocasión de un ejercicio más frecuente y fructuoso del diálogo, de una apertura
de mentalidad, de una experiencia de acogida y de justa tolerancia, por otro
lado, puede ser causa de confusión y relativismo, sobre todo en personas y
poblaciones de una fe menos madura.
A estos factores, y en relación íntima con el crecimiento del
individualismo, hay que añadir el fenómeno de la concepción subjetiva de la
fe. Por parte de un número creciente de cristianos se da una menor
sensibilidad al conjunto global y objetivo de la doctrina de la fe en favor de
una adhesión subjetiva a lo que agrada, que corresponde a la propia experiencia
y que no afecta a las propias costumbres. Incluso apelar a la inviolabilidad de
la conciencia individual, cosa legítima en sí misma, no deja de ser, en este
contexto, peligrosamente ambiguo.
De aquí se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más parciales y
condicionados de pertenecer a la Iglesia, que ejercen un influjo negativo sobre
el nacimiento de nuevas vocaciones al sacerdocio, sobre la autoconciencia misma
del sacerdote y su ministerio en la comunidad.
Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes crea todavía
hoy en muchos ambientes eclesiales graves problemas. Los fieles quedan con
frecuencia abandonados durante largos períodos y sin la adecuada asistencia
pastoral; esto perjudica el crecimiento de su vida cristiana en su conjunto y,
más aún, su capacidad de ser ulteriormente promotores de evangelización.
Los jóvenes ante la vocación y la
formación sacerdotal
8. Las numerosas contradicciones y posibilidades que presentan
nuestras sociedades y culturas y, al mismo tiempo, las comunidades eclesiales,
son percibidas, vividas y experimentadas con una intensidad muy particular por
el mundo de los jóvenes, con repercusiones inmediatas y más que nunca incisivas
en su proceso educativo. En este sentido el nacimiento y desarrollo de la
vocación sacerdotal en los niños, adolescentes y jóvenes encuentran
continuamente obstáculos y estímulos.
Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada «sociedad de
consumo», que los hace dependientes y prisioneros de una interpretación
individualista, materialista y hedonista de la existencia humana. El
«bienestar» materialísticamente entendido tiende a imponerse como único ideal
de vida, un bienestar que hay que lograr a cualquier condición y precio. De
aquí el rechazo de todo aquello que sepa a sacrificio y renuncia al esfuerzo de
buscar y vivir los valores espirituales y religiosos. La «preocupación»
exclusiva por el tener suplanta la primacía del ser, con la
consecuencia de interpretar y de vivir los valores personales e interpersonales
no según la lógica del don y de la gratuidad, sino según la de la posesión
egoísta y de la instrumentalización del otro.
Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la sexualidad humana, a
la que se priva de su dignidad de servicio a la comunión y a la entrega entre
las personas, para quedar reducida simplemente a un bien de consumo. Así, la
experiencia afectiva de muchos jóvenes no conduce a un crecimiento armonioso y
gozoso de la propia personalidad, que se abre al otro en el don de sí mismo,
sino a una grave involución psicológica y ética, que no dejará de tener
influencias graves para su porvenir.
En la raíz de estas tendencias se halla, en no pocos jóvenes, una
experiencia desviada de la libertad: lejos de ser obediencia a la verdad
objetiva y universal, la libertad se vive como un asentimiento ciego a las
fuerzas instintivas y a la voluntad de poder del individuo. Se hacen así, en
cierto modo, naturales en el plano de la mentalidad y del comportamiento el
resquebrajamiento de la aceptación de los principios éticos, y en el plano
religioso —aunque no haya siempre un rechazo de Dios explícito— una amplia
indiferencia y desde luego una vida que, incluso en sus momentos más
significativos y en las opciones más decisivas, es vivida como si Dios no
existiese. En este contexto se hace difícil no sólo la realización, sino la
misma comprensión del sentido de una vocación al sacerdocio, que es un
testimonio específico de la primacía del ser sobre el tener; es un
reconocimiento del significado de la vida como don libre y responsable de sí
mismo a los demás, como disponibilidad para ponerse enteramente al servicio del
Evangelio y del Reino de Dios bajo la particular forma del sacerdocio.
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los jóvenes
constituye, no pocas veces, un «problema». En realidad, si en los jóvenes,
todavía más que en los adultos, se dan una fuerte tendencia a la concepción
subjetiva de la fe cristiana y una pertenencia sólo parcial y condicionada a la
vida y a la misión de la Iglesia, cuesta emprender en la comunidad eclesial,
por una serie de razones, una pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los
jóvenes corren el riesgo de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio de su
fragilidad psicológica, insatisfechos y críticos frente a un mundo de adultos
que, no viviendo de forma coherente y madura la fe, no se presentan ante ellos
como modelos creíbles.
Se hace entonces evidente la dificultad de proponer a los jóvenes una
experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial, y de
educarlos para la misma. De esta manera, la perspectiva de la vocación al
sacerdocio queda lejana a los intereses concretos y vivos de los jóvenes.
9. Sin embargo, no faltan situaciones y estímulos
positivos, que suscitan y alimentan en el corazón de los adolescentes y jóvenes
una nueva disponibilidad, así como una verdadera y propia búsqueda de valores
éticos y espirituales, que por su naturaleza ofrecen terreno propicio para un camino
vocacional a la entrega total de sí mismos a Cristo y a la Iglesia en el
sacerdocio.
Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos fenómenos que en
un pasado reciente habían provocado no pocos problemas, como la contestación
radical, los movimientos libertarios, las reivindicaciones utópicas, las formas
indiscriminadas de socialización, la violencia.
Hay que reconocer además que también los jóvenes de hoy, con la fuerza y la
ilusión típicas de la edad, son portadores de los ideales que se abren camino
en la historia: la sed de libertad; el reconocimiento del valor inconmensurable
de la persona; la necesidad de autenticidad y de transparencia; un nuevo
concepto y estilo de reciprocidad en las relaciones entre hombre y mujer; la
búsqueda convencida y apasionada de un mundo más justo, más solidario, más
unido; la apertura y el diálogo con todos; el compromiso por la paz.
El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de nuestro tiempo, de
numerosas y variadas formas de voluntariado dirigidas a las situaciones más
olvidadas y pobres de nuestra sociedad, representa hoy un recurso educativo
particularmente importante, porque estimula y sostiene a los jóvenes hacia un
estilo de vida más desinteresado, abierto y solidario con los necesitados. Este
estilo de vida puede facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta a una
vocación de servicio estable y total a los demás, incluso en el camino de una
plena consagración a Dios mediante la vida sacerdotal.
La reciente caída de las ideologías, la forma tan crítica de situarse ante
el mundo de los adultos, que no siempre ofrecen un testimonio de vida entregada
a los valores morales y trascendentes, la misma experiencia de compañeros que
buscan evasiones en la droga y en la violencia, contribuyen a hacer más aguda e
ineludible la pregunta fundamental sobre los valores que son verdaderamente
capaces de dar plenitud de significado a la vida, al sufrimiento y a la muerte.
En muchos jóvenes se hacen más explícitos el interrogante religioso y la
necesidad de vida espiritual. De ahí el deseo de experiencias "de
desierto" y de oración, el retorno a una lectura más personal y habitual
de la Palabra de Dios, y al estudio de la teología.
Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito del voluntariado
social, los jóvenes lo son también cada vez más en el ámbito de la comunidad
eclesial, sobre todo con la participación en las diversas agrupaciones, desde
las más tradicionales, aunque renovadas, hasta las más recientes. La
experiencia de una Iglesia llamada a la «nueva evangelización» por su fidelidad
al Espíritu que la anima y por las exigencias del mundo alejado de Cristo pero
necesitado de Él, como también la experiencia de una Iglesia cada vez más
solidaria con el hombre y con los pueblos en la defensa y en la promoción de la
dignidad personal y de los derechos humanos de todos y cada uno, abren el
corazón y la vida de los jóvenes a ideales muy atrayentes y que exigen un
compromiso, que puede encontrar su realización concreta en el seguimiento de
Cristo y en el sacerdocio.
Es natural que de esta situación humana y eclesial, caracterizada por una
fuerte ambivalencia, no se pueda prescindir de hecho ni en la pastoral de las
vocaciones y en la labor de formación de los futuros sacerdotes ni tampoco en
el ámbito de la vida y del ministerio de los sacerdotes, así como en el de su
formación permanente. Por ello, si bien se pueden comprender los diversos tipos
de «crisis», que padecen algunos sacerdotes de hoy en el ejercicio del
ministerio, en su vida espiritual y también en la misma interpretación de la
naturaleza y significado del sacerdocio ministerial, también hay que constatar,
con alegría y esperanza, las nuevas posibilidades positivas que el momento
histórico actual ofrece a los sacerdotes para el cumplimiento de su misión.
El discernimiento evangélico
10. La compleja situación actual, someramente expuesta
mediante alusiones y a modo de ejemplo, exige no sólo ser conocida, sino sobre
todo interpretada. Únicamente así se podrá responder de forma adecuada a la pregunta
fundamental: ¿Cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de
estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?(15)
Es importante el conocimiento de la situación. No basta una simple
descripción de los datos; hace falta una investigación científica con la que se
pueda delinear un cuadro exacto de las circunstancias socioculturales y
eclesiales concretas.
Pero es aún más importante la interpretación de la situación. Ello lo
exige la ambivalencia y a veces el carácter contradictorio que caracterizan las
situaciones, las cuales presentan a la vez dificultades y posibilidades,
elementos negativos y razones de esperanza, obstáculos y aperturas, a semejanza
del campo evangélico en el que han sido sembrados y «conviven» el trigo y la
cizaña (cf.Mt 13, 24ss.).
No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa distinguir entre el
bien y el mal, entre signos de esperanza y peligros. En la formación de los
sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los factores positivos y
constatar abiertamente los negativos. Se trata de someter los mismos factores
positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro
ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente.
Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en
bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún
valor, que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad.
Para el creyente, la interpretación de la situación histórica encuentra el
principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación consiguientes
en una realidad nueva y original, a saber, en el discernimiento evangélico; es
la interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del Evangelio, del
Evangelio vivo y personal que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo.
De ese modo, el discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de
sus vicisitudes y circunstancias no un simple «dato», que hay que registrar con
precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o pasivos, sino un
«deber», un reto a la libertad responsable, tanto de la persona individual como
de la comunidad. Es un «reto» vinculado a una «llamada» que Dios hace oír en
una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al
creyente; pero antes aún llama a la Iglesia, para que mediante «el Evangelio de
la vocación y del sacerdocio» exprese su verdad perenne en las diversas
circunstancias de la vida. También deben aplicarse a la formación de los sacerdotes
las palabras del Concilio Vaticano II: «Es deber permanente de la Iglesia
escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda ella responder a
los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente
y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello
conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones
y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza».(16)
Este discernimiento evangélico se funda en la confianza en
el amor de Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida de su Iglesia (cf. Ef 5, 29); Él es el Señor y el
Maestro, piedra angular, centro y fin de toda la historia humana.(17) Este
discernimiento se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo, que
suscita por todas partes y en toda circunstancia la obediencia de la fe, el
valor gozoso del seguimiento de Jesús, el don de la sabiduría que lo juzga todo
y no es juzgada por nadie (cf. 1Co 2,
15); y se apoya en la fidelidad del Padre a sus promesas.
De este modo, la Iglesia sabe que puede afrontar las dificultades y los
retos de este nuevo período de la historia sabiendo que puede asegurar, incluso
para el presente y para el futuro, sacerdotes bien formados, que sean ministros
convencidos y fervorosos de la «nueva evangelización», servidores fieles y
generosos de Jesucristo y de los hombres.
Mas no ocultemos las dificultades. No son pocas, ni leves. Pero para
vencerlas están nuestra esperanza, nuestra fe en el amor indefectible de
Cristo, nuestra certeza de que el ministerio sacerdotal es insustituible para
la vida de la Iglesia y del mundo.
CAPÍTULO II
ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO
Naturaleza y misión del sacerdocio ministerial
Mirada al sacerdote
11.
«En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él» (Lc 4, 20). Lo que dice el evangelista
san Lucas de quienes estaban presentes aquel sábado en la sinagoga de Nazaret,
escuchando el comentario que Jesús haría del texto del profeta Isaías leído por
él mismo, puede aplicarse a todos los cristianos, llamados a reconocer siempre
en Jesús de Nazaret el cumplimiento definitivo del anuncio profético: «Comenzó,
pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Y la «escritura» era ésta:
«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres
la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la
vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de
gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf.
Is 61, 1-2). En efecto, Jesús se
presenta a sí mismo como lleno del Espíritu, «ungido para anunciar a los pobres
la Buena Nueva»; es el Mesías, el Mesías sacerdote, profeta y rey.
Es éste el rostro de Cristo en el que deben fijarse los ojos de la fe y del
amor de los cristianos. Precisamente a partir de esta «contemplación» y en
relación con ella los Padres sinodales han reflexionado sobre el problema de la
formación de los sacerdotes en la situación actual. Este problema sólo puede
encontrar respuesta partiendo de una reflexión previa sobre la meta a la que
está dirigido el proceso formativo, es decir, el sacerdocio ministerial como
participación en la Iglesia del sacerdocio mismo de Jesucristo. El conocimiento
de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto
irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más segura y el estímulo más incisivo,
para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción y discernimiento
de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de los llamados al ministerio
ordenado.
El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del sacerdocio
ministerial es el camino que es preciso seguir, y que el Sínodo ha seguido de
hecho, para salir de la crisis sobre la identidad sacerdotal. «Esta
crisis —decía en el Discurso al final del Sínodo— había nacido en los años
inmediatamente siguientes al Concilio. Se fundaba en una comprensión errónea, y
tal vez hasta intencionadamente tendenciosa, de la doctrina del magisterio
conciliar. Y aquí está indudablemente una de las causas del gran número de
pérdidas padecidas entonces por la Iglesia, pérdidas que han afectado gravemente
al servicio pastoral y a las vocaciones al sacerdocio, en particular a las
vocaciones misioneras. Es como si el Sínodo de 1990, redescubriendo toda la
profundidad de la identidad sacerdotal, a través de tantas intervenciones que
hemos escuchado en esta aula, hubiese llegado a infundir la esperanza después
de esas pérdidas dolorosas. Estas intervenciones han manifestado la conciencia
de la ligazón ontológica específica que une al sacerdote con Cristo, Sumo
Sacerdote y buen Pastor. Esta identidad está en la raíz de la naturaleza de la
formación que debe darse en vista del sacerdocio y, por tanto, a lo largo de
toda la vida sacerdotal. Ésta era precisamente la finalidad del Sínodo».(18)
Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a recordar, de manera sintética
y fundamental, la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial, tal y como la
fe de la Iglesia las ha reconocido a través de los siglos de su historia y como
el Concilio Vaticano II las ha vuelto a presentar a los hombres de nuestro
tiempo.(19)
En la Iglesia misterio, comunión y misión
12.
«La identidad sacerdotal —han afirmado los Padres sinodales—, como toda
identidad cristiana, tiene su fuente en la Santísima Trinidad», (20) que se
revela y se autocomunica a los hombres en Cristo, constituyendo en Él y por
medio del Espíritu la Iglesia como «el germen y el principio de ese reino».(21)
La Exhortación Christifideles
laici, sintetizando la enseñanza conciliar, presenta la Iglesia como
misterio, comunión y misión: ella «es misterio porque el amor y la vida
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que
se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la
comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión)».(22)
Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión trinitaria en
tensión misionera, donde se manifiesta toda identidad cristiana y, por tanto,
también la identidad específica del sacerdote y de su ministerio. En efecto, el
presbítero, en virtud de la consagración que recibe con el sacramento del
Orden, es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como
Cabeza y Pastor de su pueblo, se configura de un modo especial para vivir y actuar
con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación
del mundo.(23)
Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional
de la identidad del presbítero. Mediante el sacerdocio que nace de la
profundidad del inefable misterio de Dios, o sea, del amor del Padre, de la
gracia de Jesucristo y del don de la unidad del Espíritu Santo, el presbítero
está inserto sacramentalmente en la comunión con el Obispo y con los otros
presbíteros, (24) para servir al Pueblo de Dios que es la Iglesia y atraer a
todos a Cristo, según la oración del Señor: «Padre santo, cuida en tu nombre a
los que me has dado, para que sean uno como nosotros... Como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú
me has enviado» (Jn 17, 11.21).
Por tanto, no se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio
ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto de relaciones que
brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia,
como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano.(25) Por ello, la eclesiología de comunión resulta
decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su
vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la
Iglesia es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la definición de la
identidad del presbítero. En efecto, en cuanto misterio la Iglesia está esencialmente
relacionada con Jesucristo: es su plenitud, su cuerpo, su esposa. Es el
«signo» y el «memorial» vivo de su presencia permanente y de su acción entre
nosotros y para nosotros. El presbítero encuentra la plena verdad de su
identidad en ser una derivación, una participación específica y una
continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna
Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio
de Cristo, expresión de su absoluta «novedad» en la historia de la salvación,
constituye la única fuente y el paradigma insustituible del sacerdocio del
cristiano y, en particular, del presbítero. La referencia a Cristo es, pues, la
clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades
sacerdotales.
Relación fundamental con Cristo, Cabeza y
Pastor
13. Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro
perfecto y definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza.(26) Esto lo ha hecho
en su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su pasión,
muerte y resurrección.
Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, Jesús
siendo hombre como nosotros y a la vez el Hijo unigénito de Dios, es en su
propio ser mediador perfecto entre el Padre y la humanidad (cf. Heb
8-9); Aquel que nos abre el acceso inmediato a Dios, gracias al don del
Espíritu: «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál
4, 6; cf. Rm 8, 15).
Jesús lleva a su plena realización el ser mediador al
ofrecerse a sí mismo en la cruz, con la cual nos abre, una vez por todas, el
acceso al santuario celestial, a la casa del Padre (cf. Hb 9, 24-26). Comparados con Jesús,
Moisés y todos los mediadores del Antiguo Testamento entre Dios y su pueblo
—los reyes, los sacerdotes y los profetas— son sólo como «figuras» y «sombra de
los bienes futuros, no la realidad de las cosas» (cf. Hb 10, 1).
Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez 34);
Aquel que conoce a sus ovejas una a una, que ofrece su vida por ellas y que
quiere congregar a todos en «un solo rebaño y un solo pastor» (cf. Jn 10, 11-16). Es el Pastor que ha
venido «no para ser servido, sino para servir» (cf. Mt 20, 24-28), el que, en la escena
pascual del lavatorio de los pies (cf. Jn
13, 1-20), deja a los suyos el modelo de servicio que deberán ejercer los
unos con los otros, a la vez que se ofrece libremente como cordero inocente
inmolado para nuestra redención (cf. Jn
1, 36; Ap 5, 6.12).
Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús
comunica a todos sus discípulos la dignidad y la misión de sacerdotes de la
nueva y eterna Alianza. Se cumple así la promesa que Dios hizo a Israel:
«Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Y todo el pueblo de la
nueva Alianza —escribe San Pedro— queda constituido como «un edificio
espiritual», «un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales
aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5). Los bautizados
son las «piedras vivas» que construyen el edificio espiritual uniéndose a
Cristo «piedra viva... elegida, preciosa ante Dios» (1 P 2, 4.5). El
nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia, no sólo tiene en Cristo su propia
imagen auténtica, sino que también recibe de Él una participación real y
ontológica en su eterno y único sacerdocio, al que debe conformarse toda su
vida.
14.
Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza, Jesús llamó
consigo, durante su misión terrena, a algunos discípulos (cf. Lc 10, 1-12) y con una autoridad y un
mandato específicos llamó y constituyó a los Doce para que «estuvieran con él,
y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 14-15).
Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt 16, 18) y de modo pleno después de
su muerte y resurrección (cf. Mt 28; Jn 20, 21), Jesús confiere a Pedro y a
los Doce poderes muy particulares sobre la futura comunidad y para la
evangelización de todos los pueblos. Después de haberles llamado a seguirle,
los tiene cerca y vive con ellos, impartiendo con el ejemplo y con la palabra
su enseñanza de salvación, y finalmente los envía a todos los hombres. Y para
el cumplimiento de esta misión Jesús confiere a los apóstoles, en virtud de una
especial efusión pascual del Espíritu Santo, la misma autoridad mesiánica que
le viene del Padre y que le ha sido conferida en plenitud con la resurrección:
«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he
aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el
ministerio confiado a los apóstoles y su propia misión: «quien a vosotros
recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha
enviado» (Mt 10, 40); «quien a
vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me
rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16). Es más, el cuarto
evangelio, a la luz del acontecimiento pascual de la muerte y resurrección,
afirma con gran fuerza y claridad: «Como el Padre me envió, también yo os
envío» (Jn 20, 21; cf. 13, 20; 17,
18). Igual que Jesús tiene una misión que recibe directamente de Dios y que
concretiza la autoridad misma de Dios (cf. Mt 7, 29; 21, 23; Mc 1, 27; 11, 28; Lc 20, 2; 24, 19), así los apóstoles
tienen una misión que reciben de Jesús. Y de la misma manera que «el Hijo no
puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5,
19.30) —de suerte que su doctrina no es suya, sino de aquel que lo ha
enviado (cf. Jn 7, 16)— Jesús dice
a los apóstoles: «separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5): su misión no es propia,
sino que es la misma misión de Jesús. Y esto es posible no por las fuerzas
humanas, sino sólo con el «don» de Cristo y de su Espíritu, con el
«sacramento»: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Y así los apóstoles, no
por algún mérito particular, sino por la participación gratuita en la gracia de
Cristo, prolongan en la historia, hasta el final de los tiempos, la misma
misión de salvación de Jesús en favor de los hombres.
Signo y presupuesto de la autenticidad y fecundidad de
esta misión es la unidad de los apóstoles con Jesús y, en Él, entre sí y con el
Padre, como dice la oración sacerdotal del Señor, síntesis de su misión (cf. Jn 17, 20-23).
15. A su vez, los apóstoles instituidos por el Señor
llevarán a cabo su misión llamando, de diversas formas pero todas convergentes,
a otros hombres, como Obispos, presbíteros y diáconos, para cumplir el mandato
de Jesús resucitado, que los ha enviado a todos los hombres de todos los
tiempos.
El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo
Espíritu de Cristo el que introduce en el ministerio a estos hombres, escogidos
de entre los hermanos. Mediante el gesto de la imposición de manos (Hch 6, 6;1Tm 4, 14; 5, 22; 2Tm 1, 6), que transmite el don del
Espíritu, ellos son llamados y capacitados para continuar el mismo ministerio
apostólico de reconciliar, apacentar el rebaño de Dios y enseñar (cf. Hch 20, 28; 1 P 5, 2).
Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo,
único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una
transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado. Como escribe
de manera clara y precisa la primera carta de san Pedro: «A los presbíteros que
están entre vosotros les exhorto yo, como copresbítero, testigo de los
sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse.
Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino
voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón;
no tiranizando a los que os ha tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y
cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se
marchita» (1 P 5, 1-4).
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación
sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra;
renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente
con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de
sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y
conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los
presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la
edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su
nombre.(27)
Éste es el modo típico y propio con que los ministros ordenados participan
en el único sacerdocio de Cristo. El Espíritu Santo, mediante la unción
sacramental del Orden, los configura con un título nuevo y específico a
Jesucristo, Cabeza y Pastor, los conforma y anima con su caridad pastoral y los
pone en la Iglesia como servidores auto rizados del anuncio del Evangelio a
toda criatura y como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos
los bautizados.
La verdad del presbítero, tal como emerge de la Palabra de Dios, o sea,
Jesucristo mismo y su plan constitutivo de la Iglesia, es cantada con
agradecimiento gozoso por la Liturgia en el Prefacio de la Misa Crismal:
«Constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la
unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar
en la Iglesia su único sacerdocio. Él no sólo ha conferido el honor del
sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha
elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos,
participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el
sacrificio de la redención, y preparan a tus hijos al banquete pascual, donde
el pueblo santo se reúne en tu amor, se alimenta de tu palabra y se fortalece
con tus sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por Ti y por la
salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio
constante de fidelidad y amor».
Al servicio de la Iglesia y del mundo
16.
El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con Jesucristo,
Cabeza y Pastor. Así participa, de manera específica y auténtica, de la
«unción» y de la «misión» de Cristo (cf. Lc
4, 18-19). Pero íntimamente unida a esta relación está la que tiene con la
Iglesia. No se trata de «relaciones» simplemente cercanas entre sí, sino unidas
interiormente en una especie de mutua inmanencia. La relación con la Iglesia se
inscribe en la única y misma relación del sacerdote con Cristo, en el sentido
de que la «representación sacramental» de Cristo es la que instaura y anima la
relación del sacerdote con la Iglesia.
En este sentido los Padres sinodales han dicho: «El
sacerdote, en cuanto que representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la
Iglesia, se sitúa no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la
Iglesia. El sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los signos sacramentales,
a cuyo servicio está, pertenece a los elementos constitutivos de la Iglesia. El
ministerio del presbítero está totalmente al servicio de la Iglesia; está para
la promoción del ejercicio del sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios; está
ordenado no sólo para la Iglesia particular, sino también para la Iglesia
universal (cf. Presbyterorum ordinis, 10),
en comunión con el Obispo, con Pedro y bajo Pedro. Mediante el sacerdocio del
Obispo, el sacerdocio de segundo orden se incorpora a la estructura apostólica
de la Iglesia. Así el presbítero, como los apóstoles, hace de embajador de
Cristo (cf. 2Co 5, 20). En esto se
funda el carácter misionero de todo sacerdote.(28)
Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los
Obispos, y en relación y comunión con ellos también en los presbíteros, una
referencia particular al ministerio originario de los apóstoles, al cual sucede
realmente, aunque el mismo tenga unas modalidades diversas.
De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como si fuese
anterior a la Iglesia, porque está totalmente al servicio de la misma; pero
tampoco como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si ésta pudiera
concebirse como constituida ya sin este sacerdocio.
La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él con su Iglesia, —en
virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del
sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En particular, «el sacerdote
ministro es servidor de Cristo, presente en la Iglesia misterio, comunión y
misión. Por el hecho de participar en la "unción" y en la
"misión" de Cristo, puede prolongar en la Iglesia su oración, su
palabra, su sacrificio, su acción salvífica. Y así es servidor de la Iglesia
misterio porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de la
presencia de Cristo resucitado. Es servidor de la Iglesia comunión porque
—unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio— construye la unidad
de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y
servicios. Por último, es servidor de la Iglesia misión porque hace a la
comunidad anunciadora y testigo del Evangelio».(29)
De este modo, por su misma naturaleza y misión
sacramental, el sacerdote aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo
de la prioridad absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo resucitado ha dado
a su Iglesia. Por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia toma conciencia
en la fe de que no proviene de sí misma, sino de la gracia de Cristo en el
Espíritu Santo. Los apóstoles y sus sucesores, revestidos de una autoridad que
reciben de Cristo, Cabeza y Pastor, han sido puestos —con su ministerio— al
frente de la Iglesia, como prolongación visible y signo sacramental de
Cristo, que también está al frente de la Iglesia y del mundo, como origen
permanente y siempre nuevo de la salvación, Él, que es «el salvador del Cuerpo»
(Ef 5, 23).
17. El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede
ser desempeñado sólo en la medida en que el presbítero esté unido con Cristo
mediante la inserción sacramental en el orden presbiteral, y por tanto en la
medida que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio
ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo
como «una tarea colectiva».(30) Sobre este carácter de comunión del sacerdocio
ha hablado largamente el Concilio, (31) examinando claramente la relación del
presbítero con el propio Obispo, con los demás presbíteros y con los fieles
laicos.
El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y colaboración
responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en su solicitud por la
Iglesia universal y por cada una de las Iglesias particulares, al servicio de
las cuales constituyen con el Obispo un único presbiterio.
Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás
miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden, con vínculos
particulares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad. En efecto,
todos los presbíteros, sean diocesanos o religiosos, participan en el único
sacerdocio de Cristo, Cabeza y Pastor, «trabajan por la misma causa, esto es,
para la edificación del cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas
adaptaciones, principalmente en estos tiempos», (32) y se enriquece a través de
los siglos con carismas siempre nuevos.
Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación positiva y animadora
con los laicos, ya que su figura y su misión en la Iglesia no sustituye sino
que más bien promueve el sacerdocio bautismal de todo el Pueblo de Dios,
conduciéndolo a su plena realización eclesial. Están al servicio de su fe, de
su esperanza y de su caridad. Reconocen y defienden, como hermanos y amigos, su
dignidad de hijos de Dios y les ayudan a ejercitar en plenitud su misión
específica en el ámbito de la misión de la Iglesia.(33)
El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden, y el
sacerdocio común o «real» de los fieles, aunque diferentes esencialmente entre
sí y no sólo en grado, (34) están recíprocamente coordinados, derivando ambos
—de manera diversa— del único sacerdocio de Cristo. En efecto, el sacerdocio
ministerial no significa de por sí un mayor grado de santidad respecto al
sacerdocio común de los fieles; pero, por medio de él, los presbíteros reciben
de Cristo en el Espíritu un don particular, para que puedan ayudar al Pueblo de
Dios a ejercitar con fidelidad y plenitud el sacerdocio común que les ha sido
conferido.(35)
18. Como subraya el Concilio, «el don espiritual que los
presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y
restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta los
confines del mundo, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma
amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles».(36) Por
la naturaleza misma de su ministerio, deben por tanto estar llenos y animados
de un profundo espíritu misionero y «de un espíritu genuinamente católico que
les habitúe a trascender los límites de la propia diócesis, nación o rito y
proyectarse en una generosa ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con
ánimo dispuesto a predicar el Evangelio en todas partes».(37)
Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el
hombre de la comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los
hombres, el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la
verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de
anunciar a todos su salvación, está llamado a establecer con todos los hombres
relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción
de la justicia y la paz. En primer lugar con los hermanos de las otras Iglesias
y confesiones cristianas; pero también con los fieles de las otras religiones;
con los hombres de buena voluntad, de manera especial con los pobres y los más
débiles, y con todos aquellos que buscan, aun sin saberlo ni decirlo, la verdad
y la salvación de Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: «No necesitan
médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he venido a llamar
a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).
Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva
evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor,
nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del
Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de
Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por la
profunda comunión con el Papa, con los Obispos y entre sí, y por una
colaboración fecunda con los fieles laicos, en el respeto y la promoción de los
diversos cometidos, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial.(38)
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Escuchemos una vez más
estas palabras de Jesús, a la luz del sacerdocio ministerial que hemos
presentado en su naturaleza y en su misión. El «hoy» del que habla Jesús indica
el tiempo de la Iglesia, precisamente porque pertenece a la «plenitud del
tiempo», o sea, el tiempo de la salvación plena y definitiva. La consagración y
la misión de Cristo: «El Espíritu del Señor... me ha ungido para anunciar a los
pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18),
son la raíz viva de la que brotan la consagración y la misión de la Iglesia
«plenitud» de Cristo (cf. Ef 1, 23).
Con la regeneración bautismal desciende sobre todos los creyentes el Espíritu
del Señor, que los consagra para formar un templo espiritual y un sacerdocio
santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquel que, desde las
tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 P 2, 4-10). El
presbítero participa de la consagración y misión de Cristo de un modo
específico y auténtico, o sea, mediante el sacramento del Orden, en virtud
del cual está configurado en su ser con Cristo, Cabeza y Pastor, y comparte la
misión de «anunciar a los pobres la Buena Noticia», en el nombre y en la
persona del mismo Cristo.
En su Mensaje final los Padres sinodales han resumido, en pocas pero muy
ricas palabras, la «verdad», más aún el «misterio» y el «don» del sacerdocio
ministerial, diciendo: «Nuestra identidad tiene su fuente última en la caridad
del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la acción del Espíritu Santo,
estamos unidos sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo
Sacerdote y buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación
de la vida y de la acción del mismo Cristo. Ésta es nuestra identidad, nuestra
verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra
vida».(39)
CAPÍTULO III
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE
MÍ
La vida espiritual del sacerdote
Una vocación específica a la santidad
19.
«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc
4, 18). El Espíritu no está simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena,
lo penetra, lo invade en su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu es el principio
de la consagración y de la misión del Mesías: porque me ha ungido para anunciar
a los pobres la Buena Nueva ... (Lc
4, 18). En virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a
Dios, participa de la infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía.
Así el Espíritu del Señor se manifiesta como fuente de santidad y llamada a la
santificación.
Este mismo «Espíritu del Señor» está «sobre» todo el
Pueblo de Dios, constituido como pueblo «consagrado» a Él y «enviado» por Él
para anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios son
«embebidos» y «marcados» por el Espíritu (cf. 1Co 12, 13; 2Co 1, 21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y llamados a la
santidad.
En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la
vocación fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la
vocación a ser «santos e inmaculados en su presencia, en el amor», en
virtud de la predestinación «para ser sus hijos adoptivos por medio de
Jesucristo» (Ef 1, 4-5) .
Revelándonos y comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en nosotros
principio y fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo (cf.Gál 4,
6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o
sea, de su amor al Padre y a los hermanos. «Si vivimos según el Espíritu,
obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). Con estas palabras el
apóstol Pablo nos recuerda que la existencia cristiana es «vida espiritual», o
sea, vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o perfección de
la caridad.
La afirmación del Concilio, «todos los fieles, de cualquier estado o
condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección
de la caridad», (40) encuentra una particular aplicación referida a los
presbíteros. Éstos son llamados no sólo en cuanto bautizados, sino también y
específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con
modalidades originales que derivan del sacramento del Orden.
20.
El Decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros nos ofrece
una síntesis rica y alentadora sobre la «vida espiritual» de los sacerdotes y
sobre el don y la responsabilidad de hacerse «santos». «Por el sacramento del
Orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la
Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores
del Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración del bautismo —al igual
que todos los fieles de Cristo— recibieron el signo y don de tan gran vocación
y gracia, a fin de que, aun con la flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la
perfección, según la palabra del Señor: "Vosotros, pues, sed perfectos,
como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). Ahora bien, los sacerdotes
están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que,
consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden, se convierten en
instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo la
obra admirable del que, con celeste eficacia, reintegró a todo el género
humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote personifica de modo específico al
mismo Cristo, es también enriquecido de gracia particular para que pueda
alcanzar mejor, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo
el Pueblo de Dios, la perfección de Aquel a quien representa, y cure la
flaqueza humana de la carne la santidad de Aquel que fue hecho para nosotros
pontífice "santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores"
(Hb 7, 26)».(41)
El Concilio afirma, ante todo, la «común» vocación a la
santidad. Esta vocación se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza al
presbítero como un «fiel» (Christifidelis), como un «hermano entre
hermanos», inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los
dones de la salvación (cf.Ef 4, 4-6)
y el esfuerzo común de caminar «según el Espíritu», siguiendo al único Maestro
y Señor. Recordemos la célebre frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo,
con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido, éste es un
nombre de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación».(42)
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación
«específica» a la santidad, y más precisamente de una vocación que se basa
en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote,
en virtud pues de una nueva consagración a Dios mediante la ordenación. A esta
vocación específica alude también San Agustín, que, a la afirmación «Para
vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano», añade esta otra: «Siendo,
pues, para mí causa del mayor gozo el haber sido rescatado con vosotros, que el
haber sido puesto a la cabeza, siguiendo el mandato del Señor, me dedicaré con
el mayor empeño a serviros, para no ser ingrato a quien me ha rescatado con
aquel precio que me ha hecho ser vuestro consiervo».(43)
El texto del Concilio va más allá, señalando algunos elementos necesarios
para definir el contenido de la «especificidad» de la vida espiritual de los
presbíteros. Son éstos elementos que se refieren a la «consagración» propia de
los presbíteros, que los configura con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia; los configura con la «misión» o ministerio típico de los mismos presbíteros,
la cual los capacita y compromete para ser «instrumentos vivos de Cristo
Sacerdote eterno» y para actuar «personificando a Cristo mismo»; los configura
en su «vida» entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera original el
«radicalismo evangélico».(44)
La configuración con Jesucristo, Cabeza y
Pastor, y la caridad pastoral
21. Mediante la consagración sacramental, el sacerdote se
configura con Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y recibe
como don una «potestad espiritual», que es participación de la autoridad con la
cual Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la Iglesia.(45)
Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la efusión
sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda caracterizada,
plasmada y definida por aquellas actitudes y comportamientos que son propios de
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia y que se compendian en su caridad
pastoral.
Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es
«Cabeza» en el sentido nuevo y original de ser «Siervo», según sus mismas
palabras: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y
a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45). El servicio de Jesús llega
a su plenitud con la muerte en cruz, o sea, con el don total de sí mismo, en la
humildad y el amor: «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz ...» (Flp 2, 78). La autoridad de
Jesucristo Cabeza coincide pues con su servicio, con su don, con su entrega
total, humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre:
él es el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la
vez.
Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia, debe
animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote, precisamente
como exigencia de su configuración con Jesucristo, Cabeza y Siervo de la
Iglesia.(46) San Agustín exhortaba de esta forma a un obispo en el día de su
ordenación: «El que es cabeza del pueblo debe, antes que nada, darse cuenta de
que es servidor de muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de
ser el servidor de muchos, porque el Señor de los señores no se desdeñó de
hacerse nuestro siervo».(47)
La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento
deberá estar caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al
Pueblo de Dios (cf. Mt 20, 24ss, ; Mc 10, 43-44), ajena a toda presunción
y a todo deseo de «tiranizar» la grey confiada (cf. 1 P 5, 2-3). Un
servicio llevado como Dios espera y con buen espíritu. De este modo los
ministros, los «ancianos» de la comunidad, o sea, los presbíteros, podrán ser
«modelo» de la grey del Señor que, a su vez, está llamada a asumir ante el mundo
entero esta actitud sacerdotal de servicio a la plenitud de la vida del hombre
y a su liberación integral.
22.
La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve a
proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos contenidos de la imagen
de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verificándose el anuncio profético del Mesías
Salvador, cantado gozosamente por el salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal
22-23; Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí mismo como «el buen
Pastor» (Jn 10, 11.14), no sólo de
Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn
10, 16). Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una
realización diaria de su «caridad pastoral». Él siente compasión de las gentes,
porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y
las descarriadas (cf. Mt 18, 12-14)
y hace fiesta al encontrarlas, las recoge y defiende, las conoce y llama una a
una (cf. Jn 10, 3), las conduce a
los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal 22-23), para ellas
prepara una mesa, alimentándolas con su propia vida. Esta vida la ofrece el
buen Pastor con su muerte y resurrección, como canta la liturgia romana de la
Iglesia: «Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se
dignó morir por su grey. Aleluya».(48)
Pedro llama a Jesús el «supremo Pastor» (1 P 5, 4),
porque su obra y misión continúan en la Iglesia a través de los apóstoles (cf. Jn 21, 15-17) y sus sucesores (cf.1
P 5, 1ss), y a través de los presbíteros. En virtud de su consagración, los
presbíteros están configurados con Jesús, buen Pastor, y llamados a imitar y
revivir su misma caridad pastoral.
La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se
caracteriza por aquella entrega originaria que es propia del esposo hacia su
esposa, como tantas veces sugieren los textos sagrados. Jesús es el
verdadero esposo, que ofrece el vino de la salvación a la Iglesia (cf. Jn 2, 11). Él, que es «Cabeza de la
Iglesia, el salvador del Cuerpo» (Ef 5,
23), «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla,
purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y
presentársela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni
cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). La Iglesia es, desde
luego, el cuerpo en el que está presente y operante Cristo Cabeza, pero es
también la Esposa que nace, como nueva Eva, del costado abierto del Redentor en
la cruz; por esto Cristo está «al frente» de la Iglesia, «la alimenta y la
cuida» (Ef 5, 29) mediante la
entrega de su vida por ella. El sacerdote está llamado a ser imagen viva de
Jesucristo Esposo de la Iglesia.(49) Ciertamente es siempre parte de la
comunidad a la que pertenece como creyente, junto con los otros hermanos y
hermanas convocados por el Espíritu, pero en virtud de su configuración con
Cristo, Cabeza y Pastor, se encuentra en esta situación esponsal ante la
comunidad. «En cuanto representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la
Iglesia, el sacerdote está no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la
Iglesia».(50) Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual el amor
de Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su vida debe estar iluminada y
orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de
Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón
nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total,
continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino (cf.2Co 11, 2), con una ternura que
incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los
«dolores de parto» hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles (cf. Gál 4,
19).
23. El principio interior, la virtud que anima y guía la
vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor
es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de
Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y
llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la
total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo
y a su imagen. «La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros
imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo
aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra
el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de
pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta
particularmente exigente para nosotros...».(51)
El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad
pastoral, tiene como destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo «que amó a
la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25); así debe hacerlo el
sacerdote. Con la caridad pastoral, que caracteriza el ejercicio del ministerio
sacerdotal como «amoris officium», (52) «el sacerdote, que recibe la
vocación al ministerio, es capaz de hacer de éste una elección de amor, para el
cual la Iglesia y las almas constituyen su principal interés y, con esta
espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la Iglesia universal y a
aquella porción de Iglesia que le ha sido confiada, con toda la entrega de un
esposo hacia su esposa».(53) El don de sí no tiene límites, ya que está marcado
por la misma fuerza apostólica y misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha
dicho: «también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas
las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo
pastor» (Jn 10, 16).
Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote le pide y
exige de manera particular y específica una relación personal con el
presbiterio, unido en y con el Obispo, come dice expresamente el Concilio: «La
caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los
presbíteros en vínculo de comunión con los Obispos y con los otros hermanos en
el sacerdocio».(54)
El don de sí mismo a la Iglesia se refiere a ella como
cuerpo y esposa de Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se
refiere primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a Cristo, Cabeza y
Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida, impulso del amor y del
servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo. Ésta ha sido la
conciencia clara y profunda del apóstol Pablo, que escribe a los cristianos de la
Iglesia de Corinto: somos «siervos vuestros por Jesús» (2Co 4, 5). Ésta es, sobre todo, la
enseñanza explícita y programática de Jesús, cuando confía a Pedro el ministerio
de apacentar la grey sólo después de su triple confesión de amor e incluso de
un amor de predilección: «Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me
quieres?"... Pedro... le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que
te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas"» (Jn 21, 17).
La caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el sacramento del
Orden, encuentra su expresión plena y su alimento supremo en la Eucaristía: «Esta
caridad pastoral —dice el Concilio— fluye ciertamente, sobre todo, del
sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del
presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí
misma lo que se hace en el ara sacrificial».(55) En efecto, en la Eucaristía es
donde se representa, es decir, se hace de nuevo presente el sacrificio de la
cruz, el don total de Cristo a su Iglesia, el don de su cuerpo entregado y de
su sangre derramada, como testimonio supremo de su ser Cabeza y Pastor, Siervo
y Esposo de la Iglesia. Precisamente por esto la caridad pastoral del sacerdote
no sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en
su celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de
impregnar de manera «sacrificial» toda su existencia.
Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico
capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote. Gracias
a la misma puede encontrar respuesta la exigencia esencial y permanente de
unidad entre la vida interior y tantas tareas y responsabilidades del
ministerio, exigencia tanto más urgente en un contexto sociocultural y eclesial
fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación y la dispersión.
Solamente la concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la
opción fundamental y determinante de «dar la vida por la grey» puede garantizar
esta unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio espiritual del
sacerdote: «La unidad de vida —nos recuerda el Concilio— pueden construirla los
presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de
Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para que
llevara a cabo su obra ... Así, desempeñando el oficio de buen Pastor, en el
mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección
sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción».(56)
La vida espiritual en el ejercicio del
ministerio
24.
El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el
Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión
no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que
constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la
misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión
está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador.
Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles y en sus sucesores. Así es en
toda la Iglesia y en sus presbíteros: todos reciben el Espíritu como don y
llamada a la santificación en el cumplimiento de la misión y a través de
ella.(57)
Existe por tanto una relación íntima entre la vida
espiritual del presbítero y el ejercicio de su ministerio, (58) descrita así
por el Concilio: «Al ejercer el ministerio del Espíritu y de la justicia (cf. 2Co 3, 8-9), (los presbíteros) si son
dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la vida
del espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día, como por
todo su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los presbíteros, ellos
mismos se ordenan a la perfección de vida. Por otra parte, la santidad misma de
los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio
ministerio».(59)
«Conforma tu vida con el misterio de la cruz del
Señor». Ésta es la invitación, la exhortación que la Iglesia hace al
presbítero en el rito de la ordenación, cuando se le entrega las ofrendas del
pueblo santo para el sacrificio eucarístico. El «misterio», cuyo «dispensador»
es el presbítero (cf. 1Co 4, 1),
es, en definitiva, Jesucristo mismo, que en el Espíritu Santo es fuente de
santidad y llamada a la santificación. El «misterio» requiere ser vivido por el
presbítero. Por esto exige gran vigilancia y viva conciencia. Y así, el rito de
la ordenación antepone a esas palabras la recomendación: «Considera lo que
realizas». Ya exhortaba Pablo al obispo Timoteo: «No descuides el carisma que
hay en ti» (1Tm 4, 14; cf. 2Tm 1, 6).
La relación entre la vida espiritual y el ejercicio del ministerio
sacerdotal puede encontrar su explicación también a partir de la caridad
pastoral otorgada por el sacramento del Orden. El ministerio del sacerdote,
precisamente porque es una participación del ministerio salvífico de
Jesucristo, Cabeza y Pastor, expresa y revive su caridad pastoral, que es a la
vez fuente y espíritu de su servicio y del don de sí mismo. En su realidad
objetiva el ministerio sacerdotal es «amoris officium», según la ya
citada expresión de San Agustín. Precisamente esta realidad objetiva es el
fundamento y la llamada para un ethos correspondiente, que es el vivir
el amor, como dice el mismo San Agustín: «Sit amoris officium pascere
dominicum gregem».(60) Este ethos, y también la vida espiritual, es
la acogida de la «verdad» del ministerio sacerdotal como «amoris officium» en
la conciencia y en la libertad, y por tanto en la mente y el corazón, en las
decisiones y las acciones.
25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla
a través del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y
profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en
virtud de la consagración sacramental y de la configuración con Él, Cabeza y
Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la misión
que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la humanidad, sino que
influye también en la vida espiritual del sacerdote que cumple esa misión. En
efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no como una «cosa», sino como una
«persona» No es un instrumento inerte y pasivo, sino un «instrumento vivo»,
como dice el Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender a la
perfección.(61) Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes como «compañeros y
colaboradores» del Dios «santo y santificador».(62)
En este sentido, en el ejercicio del ministerio está profundamente
comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote. Su
relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y configuración del
sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote una posterior relación
que procede de la intención, es decir, de la voluntad consciente y libre de
hacer, mediante los gestos ministeriales, lo que quiere hacer la Iglesia.
Semejante relación tiende, por su propia naturaleza, a hacerse lo más profunda
posible, implicando la mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de
«disposiciones» morales y espirituales correspondientes a los gestos
ministeriales que el sacerdote realiza.
No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la
celebración de los Sacramentos, recibe su eficacia salvífica de la acción misma
de Jesucristo, hecha presente en los Sacramentos. Pero por un designio divino,
que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre
un «salvado» a la vez que un «salvador» —siempre y sólo con Jesucristo—, la
eficacia del ejercicio del ministerio está condicionada también por la mayor o
menor acogida y participación humana.(63) En particular, la mayor o menor
santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la
celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad.
Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los presbíteros
contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues,
si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun
por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente
sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del
Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden
decir con el Apóstol: "Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en
mí" (Gál 2, 20)».(64)
La conciencia de ser ministro de Jesucristo, Cabeza y
Pastor, lleva consigo también la conciencia agradecida y gozosa de una gracia
singular recibida de Jesucristo: la gracia de haber sido escogido gratuitamente
por el Señor como «instrumento vivo» de la obra de salvación. Esta elección
demuestra el amor de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este amor, más que
cualquier otro amor, exige correspondencia. Después de su resurrección Jesús
hace a Pedro una pregunta fundamental sobre el amor: «Simón de Juan, ¿me amas
más que éstos?». Y a la respuesta de Pedro sigue la entrega de la misión:
«Apacienta mis corderos» (Jn 21, 15).
Jesús pregunta a Pedro si lo ama, antes de entregarle su grey. Pero es, en
realidad, el amor libre y precedente de Jesús mismo el que origina su pregunta
al apóstol y la entrega de «sus» ovejas. Y así, todo gesto ministerial, a la
vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el
amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en
un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y
gratuito, de Dios en Cristo. A su vez, el crecimiento del amor a Jesucristo
determina el crecimiento del amor a la Iglesia: «Somos vuestros pastores (pascimus
vobis), con vosotros somos apacentados (pascimur vobiscum). El Señor
nos dé la fuerza de amaros hasta el punto de poder morir real o afectivamente
por vosotros (aut effectu aut affectu)».(65)
26. Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano
II, (66) podemos recordar las condiciones y exigencias, las modalidades y
frutos de la íntima relación que existe entre la vida espiritual del sacerdote
y el ejercicio de su triple ministerio: la Palabra, el Sacramento y el servicio
de la Caridad.
El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de
Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino,
llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a
un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios,
revelado y comunicado a nosotros en Cristo. Por eso, el sacerdote mismo debe
ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios:
no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también
necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para
que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro
de sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1Co 2, 16), de modo que sus palabras,
sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una transparencia, un anuncio y
un testimonio del Evangelio. Solamente «permaneciendo» en la Palabra, el
sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será
verdaderamente libre, superando todo condicionamiento contrario o extraño al
Evangelio (cf. Jn 8, 31-32). El
sacerdote debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena conciencia
de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de Aquel que lo ha
enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no es el único
poseedor de esta Palabra: es deudor ante el Pueblo de Dios. Precisamente porque
evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer
en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado.(67) Él anuncia
la Palabra en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de
Cristo y de la Iglesia. Por esto, por tener en sí mismo y ofrecer a los fieles
la garantía de que transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de
cultivar una sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares hacia la
Tradición viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la
Palabra, sino que sirven para su recta interpretación y para custodiar su
sentido auténtico.(68)
Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la
celebración de la Liturgia de las Horas, donde el sacerdote está llamado a
vivir y testimoniar la unidad profunda entre el ejercicio de su ministerio y su
vida espiritual: el don de gracia ofrecido a la Iglesia se hace principio de
santidad y llamada a la santificación. También para el sacerdote el lugar
verdaderamente central, tanto de su ministerio como de su vida espiritual, es
la Eucaristía, porque en ella «se contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que mediante su
carne, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los
hombres. Así son ellos invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus
trabajos y todas sus cosas en unión con Él mismo».(69)
De los diversos Sacramentos y, en particular, de la gracia específica y
propia de cada uno de ellos, la vida espiritual del presbítero recibe unas
connotaciones particulares. En efecto, se estructura y es plasmada por las
múltiples características y exigencias de los diversos Sacramentos celebrados y
vividos.
Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos ministros
son los sacerdotes, pero deben ser también sus beneficiarios, haciéndose
testigos de la misericordia de Dios por los pecadores. Repito cuanto escribí en
la Exhortación Reconciliatio
et Paenitentia: «La vida espiritual y pastoral del sacerdote,
como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor,
de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia. La
celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo
pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la
colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra toda la
existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por
negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una
auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no
se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio
se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la Comunidad de la que es
pastor».(70)
Por último, el sacerdote está llamado a revivir la
autoridad y el servicio de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, animando
y guiando la comunidad eclesial, o sea, reuniendo «la familia de Dios, como
una fraternidad animada en la unidad» y conduciéndola «al Padre por medio de
Cristo en el Espíritu Santo».(71) Este «munus regendi» es una misión muy
delicada y compleja, que incluye, además de la atención a cada una de las
personas y a las diversas vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones
y carismas que el Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y
valorándolos para la edificación de la Iglesia, siempre en unión con los
Obispos. Se trata de un ministerio que pide al sacerdote una vida espiritual
intensa, rica de aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la persona
que preside y «guía» una comunidad; del «anciano» en el sentido más noble y
rico de la palabra. En él se esperan ver virtudes como la fidelidad, la
coherencia, la sabiduría, la acogida de todos, la afabilidad, la firmeza
doctrinal en las cosas esenciales, la libertad sobre los puntos de vista
subjetivos, el desprendimiento personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo
diario, la confianza en la acción escondida de la gracia que se manifiesta en
los sencillos y en los pobres (cf. Tt
1, 7-8).
Existencia sacerdotal y radicalismo
evangélico
27.
«El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4,
18). El Espíritu Santo recibido en el sacramento del Orden es fuente de
santidad y llamada a la santificación, no sólo porque configura al sacerdote
con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y le confía la misión profética,
sacerdotal y real para que la lleve a cabo personificando a Cristo, sino
también porque anima y vivifica su existencia de cada día, enriqueciéndola con
dones y exigencias, con virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad
pastoral. Esta caridad es síntesis unificante de los valores y de las virtudes
evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su desarrollo hasta la perfección
cristiana.(72)
Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo
evangélico es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la
llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima comunión de
vida con él, realizada por el Espíritu (cf. Mt 8, 18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc 9,
57ss). Esta misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo porque están
«en» la Iglesia, sino también porque están «al frente» de ella, al estar
configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, capacitados y comprometidos para el
ministerio ordenado, vivificados por la caridad pastoral. Ahora bien, dentro
del radicalismo evangélico y como manifestación del mismo se encuentra un rico
florecimiento de múltiples virtudes y exigencias éticas, que son decisivas para
la vida pastoral y espiritual del sacerdote, como, por ejemplo, la fe, la
humildad ante el misterio de Dios, la misericordia, la prudencia. Expresión
privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús
propone en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos,
íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:(73)
el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las
finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del
presbítero y la expresan.
28.
«Entre las virtudes más necesarias en el ministerio de los presbíteros,
recordemos la disposición de ánimo para estar siempre prontos para buscar no la
propia voluntad, sino el cumplimiento de la voluntad de aquel que los ha
enviado (cf. Jn 4, 34; 5, 30;
6, 38)».(74) Se trata de la obediencia, que, en el caso de la vida
espiritual del sacerdote, presenta algunas características peculiares.
Es, ante todo, una obediencia «apostólica», en cuanto que reconoce,
ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da
ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el
Colegio episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los
que debe observarse la «obediencia y respeto» filial, prometidos en el rito de
la ordenación. Esta sumisión a cuantos están revestidos de la autoridad
eclesial no tiene nada de humillante, sino que nace de la libertad responsable
del presbítero, que acoge no sólo las exigencias de una vida eclesial orgánica
y organizada, sino también aquella gracia de discernimiento y de
responsabilidad en las decisiones eclesiales, que Jesús ha garantizado a sus
apóstoles y a sus sucesores, para que sea guardado fielmente el misterio de la
Iglesia, y para que el conjunto de la comunidad cristiana sea servida en su
camino unitario hacia la salvación.
La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida rectamente sin
servilismos, ayuda al presbítero a ejercer con transparencia evangélica la
autoridad que le ha sido confiada en relación con el Pueblo de Dios: sin
autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en
Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia de los demás.
La obediencia del presbítero presenta además una exigencia comunitaria; en
efecto, no se trata de la obediencia de alguien que se relaciona
individualmente con la autoridad, sino que el presbítero está profundamente
inserto en la unidad del presbiterio, que, como tal, está llamado a vivir en
estrecha colaboración con el Obispo y, a través de él, con el sucesor de
Pedro.(75)
Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran ascesis, tanto en
el sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado a las propias preferencias
o a los propios puntos de vista, como en el sentido de permitir a los hermanos
que puedan desarrollar sus talentos y sus aptitudes, más allá de todo celo,
envidia o rivalidad. La obediencia del sacerdote es una obediencia solidaria,
que nace de su pertenencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y
con él aporta orientaciones y toma decisiones corresponsables.
Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial «carácter de
pastoralidad». Es decir, se vive en un clima de constante disponibilidad a dejarse
absorber, y casi «devorar», por las necesidades y exigencias de la grey. Es
verdad que estas exigencias han de tener una justa racionalidad, y a veces han
de ser seleccionadas y controladas; pero es innegable que la vida del
presbítero está ocupada, de manera total, por el hambre del evangelio, de la
fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio, que de modo más o menos
consciente está presente en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado.
29.
Entre los consejos evangélicos —dice el Concilio—, «destaca el precioso don de
la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1Co 7, 7), para que se consagren sólo
a Dios con un corazón que en la virginidad y el celibato se mantiene más
fácilmente indiviso (cf. 1Co 7, 32-34).
Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en
la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como
un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo».(76) En la virginidad
y el celibato la castidad mantiene su significado original, a saber,
el de una sexualidad humana vivida como auténtica manifestación y precioso
servicio al amor de comunión y de donación interpersonal. Este significado
subsiste plenamente en la virginidad, que realiza, en la renuncia al
matrimonio, el «significado esponsalicio» del cuerpo mediante una comunión y una
donación personal a Jesucristo y a su Iglesia, que prefiguran y anticipan la
comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá: «En la virginidad
el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas
de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de
que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna».(77)
A esta luz se pueden comprender y apreciar más fácilmente los motivos de la
decisión multisecular que la Iglesia de Occidente tomó y sigue manteniendo —a
pesar de todas las dificultades y objeciones surgidas a través de los siglos—,
de conferir el orden presbiteral sólo a hombres que den pruebas de ser llamados
por Dios al don de la castidad en el celibato absoluto y perpetuo.
Los Padres sinodales han expresado con claridad y fuerza su pensamiento con
una Proposición importante, que merece ser transcrita íntegra y literalmente:
«Quedando en pie la disciplina de las Iglesias Orientales, el Sínodo,
convencido de que la castidad perfecta en el celibato sacerdotal es un carisma,
recuerda a los presbíteros que ella constituye un don inestimable de Dios a la
Iglesia y representa un valor profético para el mundo actual. Este Sínodo
afirma nuevamente y con fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos
orientales determinan, a saber, que el sacerdocio se confiera solamente a
aquellos hombres que han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad
célibe (sin menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y de los
casos particulares del clero casado proveniente de las conversiones al
catolicismo, para los que se hace excepción en la encíclica de Pablo VI sobre
el celibato sacerdotal, n. 42). El Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la
mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que
exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la
ordenación sacerdotal en el rito latino. El Sínodo solicita que el celibato sea
presentado y explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual,
como precioso don dado por Dios a su Iglesia y como signo del Reino que no es
de este mundo, signo también del amor de Dios a este mundo, y del amor indiviso
del sacerdote a Dios y al Pueblo de Dios, de modo que el celibato sea visto
como enriquecimiento positivo del sacerdocio».(78)
Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación
teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa
la voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto
manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su
motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación
sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la
Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el
sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha
amado. Por eso el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con
Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en
y con el Señor.
Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el celibato
sea considerado y vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino
como un aspecto de una orientación positiva, específica y característica del
sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor, en una
comunión apostólica, al servicio del Pueblo de Dios. Por tanto, el celibato ha
de ser acogido con libre y amorosa decisión, que debe ser continuamente
renovada, como don inestimable de Dios, como «estímulo de la caridad pastoral»,
(79) como participación singular en la paternidad de Dios y en la fecundidad de
la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino escatológico. Para vivir
todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal
es absolutamente necesaria la oración humilde y confiada, como nos recuerda el
Concilio: «Cuanto más imposible se considera por no pocos hombres la perfecta
continencia en el mundo de hoy, tanto más humilde y perseverantemente pedirán los
presbíteros, a una con la Iglesia, la gracia de la fidelidad, que nunca se
niega a los que la piden, empleando, al mismo tiempo, todos los medios
sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos».(80) Será la
oración, unida a los Sacramentos de la Iglesia y al esfuerzo ascético, los que
infundan esperanza en las dificultades, perdón en las faltas, confianza y ánimo
en el volver a comenzar.
30. De la pobreza evangélica los Padres sinodales
han dado una descripción muy concisa y profunda, presentándola como «sumisión
de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino».(81) En realidad,
sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como
verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es
ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso
agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos
con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus
designios.
La pobreza del sacerdote, en virtud de su configuración
sacramental con Cristo, Cabeza y Pastor, tiene características «pastorales»
bien precisas, en las que se han fijado los Padres sinodales, recordando y
desarrollando las enseñanzas conciliares.(82) Afirman, entre otras cosas: «Los
sacerdotes, siguiendo el ejemplo de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre
por nuestro amor (cf. 2Co 8, 9),
deben considerar a los pobres y a los más débiles como confiados a ellos de un
modo especial y deben ser capaces de testimoniar la pobreza con una vida
sencilla y austera, habituados ya a renunciar generosamente a las cosas
superfluas (Optatam totius, 9;
C.I.C can. 282)».(83)
Es verdad que «el obrero merece su salario» (Lc 10, 7) y que «el Señor ha ordenado
que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio» (1Co 9, 14); pero también es verdad
que este derecho del apóstol no puede absolutamente confundirse con una especie
de pretensión de someter el servicio del evangelio y de la Iglesia a las ventajas
e intereses que del mismo puedan derivarse. Sólo la pobreza asegura al
sacerdote su disponibilidad a ser enviado allí donde su trabajo sea más útil y
urgente, aunque comporte sacrificio personal. Ésta es una condición y una
premisa indispensable a la docilidad que el apóstol ha de tener al Espíritu, el
cual lo impulsa para «ir», sin lastres y sin ataduras, siguiendo sólo la
voluntad del Maestro (cf. Lc 9, 57-62;
Mc 10, 17-22).
Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la
misma, el sacerdote debe ofrecer también el testimonio de una total
«transparencia» en la administración de los bienes de la misma comunidad, que
no tratará jamás como un patrimonio propio, sino como algo de lo que debe
rendir cuentas a Dios y a los hermanos, sobre todo a los pobres. Además, la
conciencia de pertenecer al único presbiterio lo llevará a comprometerse para
favorecer una distribución más justa de los bienes entre los hermanos, así como
un cierto uso en común de los bienes (cf. Hch 2, 42-47).
La libertad interior, que la pobreza evangélica custodia y
alimenta, prepara al sacerdote para estar al lado de los más débiles; para
hacerse solidario con sus esfuerzos por una sociedad más justa; para ser más
sensible y más capaz de comprensión y de discernimiento de los fenómenos
relativos a los aspectos económicos y sociales de la vida; para promover la
opción preferencial por los pobres; ésta, sin excluir a nadie del anuncio y del
don de la salvación, sabe inclinarse ante los pequeños, ante los pecadores,
ante los marginados de cualquier clase, según el modelo ofrecido por Jesús en
su ministerio profético y sacerdotal (cf. Lc 4, 18).
No hay que olvidar el significado profético de la pobreza sacerdotal,
particularmente urgente en las sociedades opulentas y de consumo, pues «el
sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente un signo concreto de la
separación, de la renuncia y de la no sumisión a la tiranía del mundo
contemporáneo, que pone toda su confianza en el dinero y en la seguridad
material».(84)
Jesucristo, que en la cruz lleva a perfección su caridad
pastoral con un total despojo exterior e interior, es el modelo y fuente de las
virtudes de obediencia, castidad y pobreza que el sacerdote está llamado a
vivir como expresión de su amor pastoral por los hermanos. Como escribe San
Pablo a los Filipenses, el sacerdote debe tener «los mismos sentimientos» de
Jesús, despojándose de su propio «yo», para encontrar, en la caridad obediente,
casta y pobre, la vía maestra de la unión con Dios y de la unidad con los
hermanos (cf. Flp 2, 5).
Pertenencia y dedicación a la Iglesia
particular
31. Como toda vida espiritual auténticamente cristiana,
también la del sacerdote posee una esencial e irrenunciable dimensión
eclesial: es participación en la santidad de la misma Iglesia, que en el
Credo profesamos como «Comunión de los Santos». La santidad del cristiano
deriva de la de la Iglesia, la expresa y al mismo tiempo la enriquece. Esta
dimensión eclesial reviste modalidades, finalidades y significados particulares
en la vida espiritual del presbítero, en razón de su relación especial con la
Iglesia, basándose siempre en su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, en
su ministerio ordenado, en su caridad pastoral.
En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del
presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo cual no
está motivado solamente por razones organizativas y disciplinares; al
contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la
coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado
evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y
ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede
prescindir al dibujar la configuración propia del sacerdote y de su vida espiritual.
En este sentido la «incardinación» no se agota en un vínculo puramente
jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones
espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la
figura vocacional del presbítero.
Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en una
Iglesia particular» constituye, por su propia naturaleza, un elemento
calificativo para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello, el presbítero
encuentra, precisamente en su pertenencia y dedicación a la Iglesia particular,
una fuente de significados, de criterios de discernimiento y de acción, que
configuran tanto su misión pastoral, como su vida espiritual.
En el caminar hacia la perfección pueden ayudar también otras inspiraciones
o referencias a otras tradiciones de vida espiritual, capaces de enriquecer la
vida sacerdotal de cada uno y de animar el presbiterio con ricos dones
espirituales. Es éste el caso de muchas asociaciones eclesiales —antiguas y
nuevas—, que acogen en su seno también a sacerdotes: desde las sociedades de
vida apostólica a los institutos seculares presbiterales; desde las varias
formas de comunión y participación espiritual a los movimientos eclesiales. Los
sacerdotes que pertenecen a Órdenes y a Congregaciones religiosas son una
riqueza espiritual para todo el presbiterio diocesano, al que contribuyen con
carismas específicos y ministerios especializados; con su presencia estimulan
la Iglesia particular a vivir más intensamente su apertura universal.(85)
La pertenencia del sacerdote a la Iglesia particular y su dedicación, hasta
el don de la propia vida, para la edificación de la Iglesia —«in persona
Christi», Cabeza y Pastor—, al servicio de toda la comunidad cristiana, en
cordial y filial relación con el Obispo, han de ser favorecidas por todo
carisma que forme parte de una existencia sacerdotal o esté cercano a la
misma.(86)
Para que la abundancia de los dones del Espíritu Santo sea acogida con gozo y
dé frutos para gloria de Dios y bien de la Iglesia entera, se exige por parte
de todos, en primer lugar, el conocimiento y discernimiento de los carismas
propios y ajenos, y un ejercicio de los mismos acompañado siempre por la
humildad cristiana, la valentía de la autocrítica y la intención —por encima de
cualquier otra preocupación—, de ayudar a la edificación de toda la comunidad,
a cuyo servicio está puesto todo carisma particular. Se pide, además, a todos
un sincero esfuerzo de estima recíproca, de respeto mutuo y de valoración
coordinada de todas las diferencias positivas y justificadas, presentes en el
presbiterio. Todo esto forma parte también de la vida espiritual y de la
constante ascesis del sacerdote.
32.
La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no circunscriben la
actividad y la vida del presbítero, pues, dada la misma naturaleza de la
Iglesia particular(87) y del ministerio sacerdotal, aquellas no pueder
reducirse a estrechos límites. El Concilio enseña sobre esto: «El don espiritual
que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión
limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación
"hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8), pues cualquier ministerio
sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por
Cristo a los Apóstoles».(88)
Se sigue de esto que la vida espiritual de los sacerdotes debe estar
profundamente marcada por el anhelo y el dinamismo misionero. Corresponde a
ellos, en el ejercicio del ministerio y en el testimonio de su vida, plasmar la
comunidad que se les ha confiado para que sea una comunidad auténticamente
misionera. Como he señalado en la encíclica Redemptoris
Missio, «todos los sacerdotes deben de tener corazón y
mentalidad de misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del
mundo, atentos a los más lejanos y, sobre todo, a los grupos no cristianos del
propio ambiente. Que en la oración y, particularmente, en el sacrificio
eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia por la humanidad
entera».(89)
Si este espíritu misionero anima generosamente la vida de los sacerdotes,
será fácil la respuesta a una necesidad cada día más grave en la Iglesia, que
nace de una desigual distribución del clero. En este sentido ya el Concilio se
mostró preciso y enérgico: «Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar
en su corazón la solicitud por todas las Iglesias. Por tanto, los presbíteros
de aquellas diócesis que son más ricas en abundancia de vocaciones, muéstrense
de buen grado dispuestos, con permiso o por exhortación de su propio Obispo, a
ejercer su ministerio en regiones, misiones u obras que padecen escasez de
clero».(90)
«Renueva en sus corazones el Espíritu de santidad»
33.
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los
pobres la Buena Nueva...» (Lc 4, 18).
Jesús hace resonar también hoy en nuestro corazón de sacerdotes las palabras
que pronunció en la sinagoga de Nazaret. Efectivamente, nuestra fe nos revela
la presencia operante del Espíritu de Cristo en nuestro ser, en nuestro actuar
y en nuestro vivir, tal como lo ha configurado, capacitado y plasmado el
sacramento del Orden.
Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra
vida espiritual. Él crea el «corazón nuevo», lo anima y lo guía con la «ley
nueva» de la caridad, de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida
espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la
gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de
responsabilidad. La conciencia del don infunde y sostiene la confianza
indestructible del sacerdote en las dificultades, en las tentaciones, en las
debilidades con que puede encontrarse en el camino espiritual.
Vuelvo a proponer a todos los sacerdotes lo que, en otra ocasión, dije a un
numeroso grupo de ellos, «La vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a
la santidad, que nace del sacramento del Orden. La santidad es intimidad con
Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las
almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos
quiere santos, porque ésta es la misión que Cristo le ha encomendado. Cada uno
de vosotros debe ser santo, también para ayudar a los hermanos a seguir su
vocación a la santidad...
»¿Cómo no reflexionar... sobre la función esencial que el Espíritu Santo
ejerce en la específica llamada a la santidad, propia del ministerio
sacerdotal? Recordemos las palabras del rito de la Ordenación sacerdotal, que
se consideran centrales en la fórmula sacramental: "Te pedimos, Padre
todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado;
renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el sacerdocio
de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida".
»Mediante la Ordenación, amadísimos hermanos, habéis recibido el mismo
Espíritu de Cristo, que os hace semejantes a Él, para que podáis actuar en su
nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta íntima comunión con el
Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la eficacia de la acción sacramental
que realizáis "in persona Christi", debe expresarse también en el
fervor de la oración, en la coherencia de vida, en la caridad pastoral de un
ministerio dirigido incansablemente a la salvación de los hermanos. Requiere,
en una palabra, vuestra santificación personal.»(91)
CAPÍTULO IV
VENID Y LO VERÉIS
La vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia
Buscar, seguir, permanecer
34.
«Venid y lo veréis» (Jn 1, 39).
De esta manera responde Jesús a los dos discípulos de Juan el Bautista, que le
preguntaban donde vivía. En estas palabras encontramos el significado de la
vocación.
Así cuenta el evangelista la llamada a Andrés y a Pedro:
«Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus
discípulos. De pronto vio a Jesús, que pasaba por allí, y dijo: "¡Éste es
el cordero de Dios!" Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a
Jesús. Jesús se volvió y, viendo que lo seguían, les preguntó: "¿Qué
buscáis?" Ellos contestaron: "Rabbí, (que quiere decir Maestro)
¿dónde vives?" Él les respondió: "Venid y lo veréis". Se fueron
con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las cuatro de
la tarde. Uno de los dos que siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón
Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y le dijo:
"Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)". Y lo llevó a
Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan: en adelante
te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)"» (Jn 1, 35-42).
Esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en
las que se describe el «misterio» de la vocación; en nuestro caso, el misterio
de la vocación a ser apóstoles de Jesús. La página de san Juan, que tiene
también un significado para la vocación cristiana como tal, adquiere un valor
simbólico para la vocación sacerdotal. La Iglesia, como comunidad de los
discípulos de Jesús, está llamada a fijar su mirada en esta escena que, de
alguna manera, se renueva continuamente en la historia. Se le invita a
profundizar el sentido original y personal de la vocación al seguimiento de
Cristo en el ministerio sacerdotal y el vínculo inseparable entre la gracia
divina y la responsabilidad humana contenido y revelado en esas dos palabras
que tantas veces encontramos en el Evangelio: ven y sígueme (cf.Mt 19, 21). Se le invita a interpretar
y recorrer el dinamismo propio de la vocación, su desarrollo gradual y concreto
en las fases del buscar a Jesús, seguirlo y permanecer con Él.
La Iglesia encuentra en este Evangelio de la vocación el modelo, la
fuerza y el impulso de su pastoral vocacional, o sea, de su misión destinada a
cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, en
especial de las vocaciones al sacerdocio. Precisamente porque «la falta de
sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia», (92) la pastoral
vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo, vigoroso y más
decidido compromiso por parte de todos los miembros de la Iglesia, con la
conciencia de que no es un elemento secundario o accesorio, ni un aspecto
aislado o sectorial, como si fuera algo sólo parcial, aunque importante, de la
pastoral global de la Iglesia. Como han afirmado repetidamente los Padres
sinodales, se trata más bien de una actividad íntimamente inserta en la
pastoral general de cada Iglesia particular, (93) de una atención que debe
integrarse e identificarse plenamente con la lla mada "cura de almas"
ordinaria, (94) de una dimensión connatural y esencial de la pastoral eclesial,
o sea, de su vida y de su misión.(95)
La dimensión vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la
Iglesia. La razón se encuentra en el hecho de que la vocación define, en
cierto sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes que su actuar. En
el mismo vocablo de Iglesia (Ecclesia) se indica su fisonomía vocacional
íntima, porque es verdaderamente «convocatoria», esto es, asamblea de los
llamados: «Dios ha convocado la asamblea de aquellos que miran en la fe a
Jesús, autor de la salvación y principio de unidad y de paz, y así ha
constituido la Iglesia, para que sea para todos y para cada uno el sacramento
visible de esta unidad salvífica».(96)
Una lectura propiamente teológica de la vocación sacerdotal y de su
pastoral, puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como mysterium
vocationis.
La Iglesia y el don de la vocación
35.
Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la elección gratuita y
precedente de parte del Padre, «que desde lo alto del cielo nos ha bendecido
por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él nos eligió en
Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos
mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor, él nos destinó de
antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos
suyos, por medio de Jesucristo» (Ef 1,
3-5).
Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca se
concede fuera o independientemente de la Iglesia, sino que siempre tiene lugar
en la Iglesia y mediante ella, porque, como nos recuerda el Concilio Vaticano
II, «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente,
sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le
confesara en verdad y le sirviera santamente».(97)
La Iglesia no sólo contiene en sí todas las vocaciones que
Dios le otorga en su camino de salvación, sino que ella misma se configura como
misterio de vocación, reflejo luminoso y vivo del misterio de la Santísima
Trinidad. En realidad la Iglesia, «pueblo congregado por la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo», (98) lleva en sí el misterio del Padre que, sin
ser llamado ni enviado por nadie (cf.Rm
11, 33-35), llama a todos para santificar su nombre y cumplir su voluntad;
ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo, llamado por el Padre y enviado
para anunciar a todos el Reino de Dios, y que llama a todos a su seguimiento; y
es depositaria del misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión a
los que el Padre llama mediante su Hijo Jesucristo.
La Iglesia, que por propia naturaleza es «vocación», es generadora y
educadora de vocaciones. Lo es en su ser de «sacramento», en cuanto «signo»
e «instrumento» en el que resuena y se cumple la vocación de todo cristiano; y
lo es en su actuar, o sea, en el desarrollo de su ministerio de anuncio de la
Palabra, de celebración de los Sacramentos y de servicio y testimonio de la
caridad.
Ahora se puede comprender mejor la esencial dimensión eclesial de la
vocación cristiana: ésta no sólo deriva «de» la Iglesia y de su mediación,
no sólo se reconoce y se cumple «en» la Iglesia, sino que —en el servicio
fundamental de Dios— se configura necesariamente como servicio «a» la Iglesia.
La vocación cristiana, en todas sus formas, es un don destinado a la
edificación de la Iglesia, al crecimiento del Reino de Dios en el mundo.(99)
Esto que decimos de toda vocación cristiana se realiza de un modo específico
en la vocación sacerdotal. Ésta es una llamada, a través del sacramento del
Orden recibido en la Iglesia, a ponerse al servicio del Pueblo de Dios con una
peculiar pertenencia y configuración con Jesucristo y que da también la
autoridad para actuar en su nombre «et in persona» de quien es Cabeza y
Pastor de la Iglesia.
En esta perspectiva se comprende lo que manifiestan los Padres sinodales: «La
vocación de cada uno de los presbíteros existe en la Iglesia y para la Iglesia,
y se realiza para ella. De ahí se sigue que todo presbítero recibe del Señor la
vocación a través de la Iglesia como un don gratuito, una gratia gratis data
(charisma). Es tarea del Obispo o del superior competente no sólo examinar
la idoneidad y la vocación del candidato, sino también reconocerla. Este
elemento eclesiástico pertenece a la vocación, al ministerio presbiteral como
tal. El candidato al presbiterado debe recibir la vocación sin imponer sus
propias condiciones personales, sino aceptando las normas y condiciones que
pone la misma Iglesia, por la responsabilidad que a ella compete».(100)
El diálogo vocacional: iniciativa de Dios
y respuesta del hombre
36. La historia de toda vocación sacerdotal, como también
de toda vocación cristiana, es la historia de un inefable diálogo entre Dios
y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que
responde a Dios en el amor. Estos dos aspectos inseparables de la vocación, el
don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre, aparecen de manera
clara y eficaz en las brevísimas palabras con las que el evangelista san Marcos
presenta la vocación de los doce: Jesús «subió a un monte, y llamando a los
que quiso, vinieron a él» (3, 13). Por un lado está la decisión
absolutamente libre de Jesús y por otro, el «venir» de los doce, o sea, el
«seguir» a Jesús.
Éste es el modelo constante, el elemento imprescindible de toda vocación; la
de los profetas, apóstoles, sacerdotes, religiosos, fieles laicos, la de toda
persona.
Ahora bien, la intervención libre y gratuita de Dios
que llama es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la
iniciativa de llamar. Por ejemplo, ésta es la experiencia del profeta Jeremías:
«El Señor me habló así: "Antes de formarte en el vientre te conocí; antes
que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones"» (Jr 1, 4-5). Y es la misma verdad
presentada por el apóstol Pablo, que fundamenta toda vocación en la elección
eterna en Cristo, hecha «antes de la creación del mundo» y «conforme al
beneplácito de su voluntad» (Ef 1, 4.
5). La primacía absoluta de la gracia en la vocación encuentra su proclamación
perfecta en la palabra de Jesús: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo
os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y que
vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).
Si la vocación sacerdotal testimonia, de manera
inequívoca, la primacía de la gracia, la decisión libre y soberana de Dios de
llamar al hombre exige respeto absoluto, y en modo alguno puede ser forzada por
presiones humanas, ni puede ser sustituida por decisión humana alguna. La
vocación es un don de la gracia divina y no un derecho del hombre, de forma que
«nunca se puede considerar la vida sacerdotal como una promoción simplemente
humana, ni la misión del ministro como un simple proyecto personal».(101) De
este modo, queda excluida radicalmente toda vanagloria y presunción por parte
de los llamados (cf. Hb 5, 4 ss)
los cuales han de sentir profundamente una gratitud admirada y conmovida, una
confianza y una esperanza firmes, porque saben que están apoyados no en sus
propias fuerzas, sino en la fidelidad incondicional de Dios que llama.
«Llamó a los que él quiso y vinieron a él» (Mc 3, 13). Este «venir», que se
identifica con el «seguir» a Jesús, expresa la respuesta libre de los doce a la
llamada del Maestro. Así sucede con Pedro y Andrés; les dijo: «'Venid conmigo y
os haré pescadores de hombres'. Y ellos al instante, dejaron las redes y le
siguieron» (Mt 4, 19-20). Idéntica
fue la experiencia de Santiago y Juan (cf.Mt 4, 21-22). Así sucede siempre: en
la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de la
libertad del hombre; la adhesión a la llamada de Dios y su entrega a Él.
En realidad, gracia y libertad no se oponen entre sí. Al
contrario, la gracia anima y sostiene la libertad humana, liberándola de la
esclavitud del pecado (cf.Jn 8, 34-36),
sanándola y elevándola en sus capacidades de apertura y acogida del don de Dios.
Y si no se puede atentar contra la iniciativa absolutamente gratuita de Dios
que llama, tampoco se puede atentar contra la extrema seriedad con la que el
hombre es desafiado en su libertad. Así, al «ven y sígueme» de Jesús, el joven
rico contesta con el rechazo, signo —aunque sea negativo— de su libertad: «Pero
él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos
bienes» (Mc 10, 22).
Por tanto, la libertad es esencial para la vocación, una libertad que
en la respuesta positiva se califica como adhesión personal profunda, como
donación de amor —o mejor como re-donación al Donador: Dios que llama—, esto
es, como oblación. «A la llamada —decía Pablo VI— corresponde la respuesta. No
puede haber vocaciones, si no son libres, es decir, si no son ofrendas
espontáneas de sí mismo, conscientes, generosas, totales... Oblaciones; éste es
prácticamente el verdadero problema... Es la voz humilde y penetrante de
Cristo, que dice, hoy como ayer y más que ayer: ven. La libertad se sitúa en su
raíz más profunda: la oblación, la generosidad y el sacrificio».(102)
La oblación libre, que constituye el núcleo íntimo y más
precioso de la respuesta del hombre a Dios que llama, encuentra su modelo incomparable,
más aún, su raíz viva, en la oblación libérrima de Jesucristo —primero de los
llamados— a la voluntad del Padre: «Por eso, al entrar en este mundo, dice
Cristo: "No has querido sacrificio ni oblación, pero me has formado un
cuerpo ... Entonces yo dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu
voluntad"» (Hb 10, 5.7).
En íntima unión con Cristo, María, la Virgen Madre, ha sido la criatura que
más ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie como Ella ha
respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios.(103)
37.
«Abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos
bienes» (Mc 10, 22). El joven rico
del Evangelio, que no sigue la llamada de Jesús, nos recuerda los obstáculos
que pueden bloquear o apagar la respuesta libre del hombre: no sólo los bienes
materiales pueden cerrar el corazón humano a los valores del espíritu y a las
exigencias radicales del Reino de Dios, sino que también algunas condiciones
sociales y culturales de nuestro tiempo pueden representar no pocas amenazas e
imponer visiones desviadas y falsas sobre la verdadera naturaleza de la
vocación, haciendo difíciles, cuando no imposibles, su acogida y su misma
comprensión.
Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que deriva en formas
de religiosidad sin Dios, en las cuales la voluntad de Dios se concibe como un
destino inmutable e inevitable, al que el hombre debe simplemente adaptarse y
resignarse con total pasividad. Pero no es éste el rostro de Dios, que
Jesucristo ha venido a revelarnos. En efecto, Dios es el Padre que, con amor
eterno y precedente, llama al hombre y lo sitúa en un maravilloso y permanente
diálogo con Él, invitándolo a compartir su misma vida divina como hijo. Es
cierto que, con una visión equivocada de Dios, el hombre no puede reconocer ni
siquiera la verdad sobre sí mismo, de tal forma que la vocación no puede ser ni
percibida ni vivida en su valor auténtico; puede ser sentida solamente como un
peso impuesto e insoportable.
También algunas ideas equivocadas sobre el hombre, sostenidas con frecuencia
con aparentes argumentos filosóficos o «científicos», inducen a veces al hombre
a interpretar la propia existencia y libertad como totalmente determinadas y
condicionadas por factores externos de orden educativo, psicológico, cultural o
ambiental. Otras veces se entiende la libertad en términos de absoluta
autonomía pretendiendo que sea la única e inexplorable fuente de opciones
personales y considerándola a toda costa como afirmación de sí mismo. Pero, de
ese modo, se cierra el camino para entender y vivir la vocación como libre
diálogo de amor, que nace de la comunicación de Dios al hombre y se concluye
con el don sincero de sí, por parte del hombre.
En el contexto actual no falta tampoco la tendencia a concebir la relación
del hombre con Dios de un modo individualista e intimista, como si la llamada
de Dios llegase a cada persona por vía directa, sin mediación comunitaria
alguna, y tuviese como meta una ventaja, o la salvación misma de cada uno de
los llamados y no la dedicación total a Dios en el servicio a la comunidad.
Encontramos así otra amenaza, más profunda y a la vez más sutil, que hace
imposible reconocer y aceptar con gozo la dimensión eclesial inscrita
originariamente en toda vocación cristiana, y en particular en la vocación
presbiteral. En efecto, como nos recuerda el Concilio, el sacerdocio
ministerial adquiere su auténtico significado y realiza la plena verdad de sí
mismo en el servir y hacer crecer la comunidad cristiana y el sacerdocio común
de los fieles.(104)
El contexto cultural al que aludimos, cuyo influjo no está ausente entre los
mismos cristianos y especialmente entre los jóvenes, ayuda a comprender la
difusión de la crisis de las mismas vocaciones sacerdotales, originadas y
acompañadas por crisis de fe más radicales. Lo han declarado explícitamente los
Padres sinodales, reconociendo que la crisis de las vocaciones al presbiterado
tiene profundas raíces en el ambiente cultural y en la mentalidad y praxis de
los cristianos.(105)
De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la Iglesia se dirija
decididamente y de modo prioritario hacia la reconstrucción de la «mentalidad
cristiana», tal como la crea y sostiene la fe. Más que nunca es necesaria una
evangelización que no se canse de presentar el verdadero rostro de Dios —el
Padre que en Jesucristo nos llama a cada uno de nosotros— así como el sentido
genuino de la libertad humana como principio y fuerza del don responsable de sí
mismo. Solamente de esta manera se podrán sentar las bases indispensables para
que toda vocación, incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad,
amada en su belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo.
Contenidos y medios de la pastoral
vocacional
38. Ciertamente la vocación es un misterio inescrutable que
implica la relación que Dios establece con el hombre, como ser único e
irrepetible, un misterio percibido y sentido como una llamada que espera una
respuesta en lo profundo de la conciencia, esto es, en aquel «sagrario del
hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en la
propia intimidad».(106) Pero esto no elimina la dimensión comunitaria y, más en
concreto, eclesial de la vocación: la Iglesia está realmente presente y
operante en la vocación de cada sacerdote.
En el servicio a la vocación sacerdotal y a su camino, o
sea, al nacimiento, discernimiento y acompañamiento de la vocación, la Iglesia
puede encontrar un modelo en Andrés, uno de los dos primeros discípulos que
siguieron a Jesús. Es el mismo Andrés el que va a contar a su hermano lo que le
había sucedido: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir el Cristo)» (Jn 1, 41). Y la narración de este
«descubrimiento» abre el camino al encuentro: «Y lo llevó a Jesús» (Jn 1, 42). No hay ninguna duda sobre
la iniciativa absolutamente libre ni sobre la decisión soberana de Jesús: es
Jesús el que llama a Simón y le da un nuevo nombre: «Jesús, fijando su mirada
en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que
quiere decir Pedro)"» (Jn 1, 42).
Pero también Andrés ha tenido su iniciativa: ha favorecido el encuentro del
hermano con Jesús.
«Y lo llevó a Jesús». Éste es el núcleo de toda la pastoral
vocacional de la Iglesia, con la que cuida del nacimiento y crecimiento de las
vocaciones, sirviéndose de los dones y responsabilidades, de los carismas y del
ministerio recibidos de Cristo y de su Espíritu. La Iglesia, como pueblo
sacerdotal, profético y real, está comprometida en promover y ayudar el
nacimiento y la maduración de las vocaciones sacerdotales con la oración y la
vida sacramental, con el anuncio de la Palabra y la educación en la fe, con la
guía y el testimonio de la caridad.
En su dignidad y responsabilidad de pueblo sacerdotal, la Iglesia encuentra
en la oración y en la celebración de la liturgia los momentos
esenciales y primarios de la pastoral vocacional. En efecto, la oración
cristiana, alimentándose de la Palabra de Dios, crea el espacio ideal para que
cada uno pueda descubrir la verdad de su ser y la identidad del proyecto de
vida, personal e irrepetible, que el Padre le confía. Por eso es necesario
educar, especialmente a los muchachos y a los jóvenes, para que sean fieles a
la oración y meditación de la Palabra de Dios. En el silencio y en la escucha
podrán percibir la llamada del Señor al sacerdocio y seguirla con prontitud y
generosidad.
La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y
exigente de Jesús, que nos pide que «roguemos al dueño de la mies que envíe
obreros a su mies» (Mt 9, 38).
Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada, una humilde
profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones —mientras toma conciencia de
su gran urgencia para su vida y misión— reconoce que son un don de Dios y, como
tal, hay que pedirlo con súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta
oración, centro de toda la pastoral vocacional, debe comprometer no sólo a cada
persona sino también a todas las comunidades eclesiales. Nadie duda de la
importancia de cada una de las iniciativas de oración y de los momentos
especiales reservados a ésta —comenzando por la Jornada Mundial anual por las
Vocaciones— así como el compromiso explícito de personas y grupos
particularmente sensibles al problema de las vocaciones sacerdotales. Pero hoy,
la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez más una práctica
constante y difundida en la comunidad cristiana y en toda realidad eclesial.
Así se podrá revivir la experiencia de los apóstoles, que en el Cenáculo,
unidos con María, esperan en oración la venida del Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar
también hoy en el Pueblo de Dios «dignos ministros del altar, testigos
valientes y humildes del Evangelio».(107)
También la liturgia, culmen y fuente de la vida de la
Iglesia(108) y, en particular, de toda oración cristiana, tiene un papel
indispensable así como una incidencia privilegiada en la pastoral de las
vocaciones. En efecto, la liturgia constituye una experiencia viva del don de
Dios y una gran escuela de la respuesta a su llamada. Como tal, toda
celebración litúrgica, y sobre todo la eucarística, nos descubre el verdadero
rostro de Dios; nos pone en comunicación con el misterio de la Pascua, o sea,
con la «hora» por la que Jesús vino al mundo y hacia la que se encaminó libre y
voluntariamente en obediencia a la llamada del Padre (cf. Jn 13, 1); nos manifiesta el rostro de
la Iglesia como pueblo de sacerdotes y comunidad bien compacta en la variedad y
complementariedad de los carismas y vocaciones. El sacrificio redentor de
Cristo, que la Iglesia celebra sacramentalmente, da un valor particularmente
precioso al sufrimiento vivido en unión con el Señor Jesús. Los Padres
sinodales nos han invitado a no olvidar nunca que «a través de la oblación de
los sufrimientos, tan frecuentes en la vida de los hombres, el cristiano
enfermo se ofrece a sí mismo como víctima a Dios, a imagen de Cristo, que se
inmoló a sí mismo por todos nosotros (cf. Jn 17, 19)», y que «el ofrecimiento de
los sufrimientos con esta intención es de gran provecho para la promoción de
las vocaciones».(109)
39.
En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia siente como urgente e
irrenunciable el deber de anunciar y testimoniar el sentido cristiano de la
vocación: lo que podríamos llamar «el Evangelio de la vocación». También en
este campo descubre la urgencia de las palabras del apóstol: «¡Ay de mí si no
evangelizara!» (1Co 9, 16).
Esta exclamación resuena principalmente para nosotros pastores y se refiere,
juntamente con nosotros, a todos los educadores en la Iglesia. La predicación y
la catequesis deben manifestar siempre su intrínseca dimensión vocacional: la
Palabra de Dios ilumina a los creyentes para valorar la vida como respuesta a
la llamada de Dios y los acompaña para acoger en la fe el don de la vocación
personal.
Pero todo esto, aun siendo importante y esencial, no basta. Es necesaria una
predicación directa sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el
valor del sacerdocio ministerial, sobre su urgente necesidad para el Pueblo de
Dios. (110) Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la
Iglesia, además de disipar dudas y contrastar ideas unilaterales o desviadas
sobre el ministerio sacerdotal, abre los corazones de los creyentes a la espera
del don y crea condiciones favorables para el nacimiento de nuevas vocaciones.
Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un
valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los
educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo
explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para
aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para
ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles o limitar su libertad; al
contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser
decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo
demás, la historia de la Iglesia y la de tantas vocaciones sacerdotales,
surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial
de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra sino
también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de
motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas.
40.
Como Pueblo real, la Iglesia se sabe enraizada y animada por la «ley del
Espíritu que da la vida» (Rm 8, 2),
que es esencialmente la ley regia de la caridad (cf. St 2, 8) o la ley perfecta de la
libertad (cf. St 1, 25). Por eso
cumple su misión cuando orienta a cada uno de los fieles a descubrir y vivir
la propia vocación en la libertad y a realizarla en la caridad.
En su misión educativa, la Iglesia procura con especial
atención suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes el deseo y la voluntad
de un seguimiento integral y atrayente de Jesucristo. La tarea educativa, que
corresponde también a la comunidad cristiana como tal, debe dirigirse a cada
persona. En efecto, Dios con su llamada toca el corazón de cada hombre, y el
Espíritu, que habita en lo íntimo de cada discípulo (cf. 1Jn 3, 24), es infundido a cada
cristiano con carismas diversos y con manifestaciones particulares. Por tanto,
cada uno ha de ser ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él en
particular, como persona única e irrepetible, y para escuchar las palabras que
el Espíritu de Dios le dirige.
En esta perspectiva, la atención a las vocaciones al sacerdocio se debe
concretar también en una propuesta decidida y convincente de dirección
espiritual. Es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento espiritual
individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la vida de la
Iglesia. En determinados casos y bajo precisas condiciones, este acompañamiento
podrá verse ayudado, pero nunca sustituido, con formas de análisis o de ayuda
psicológica.(111) Invítese a los niños, los adolescentes y los jóvenes a
descubrir y apreciar el don de la dirección espiritual, a buscarlo y
experimentarlo, a solicitarlo con insistencia confiada a sus educadores en la
fe. Por su parte, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y energías
a esta labor de educación y de ayuda espiritual personal. No se arrepentirán
jamás de haber descuidado o relegado a segundo plano otras muchas actividades
también buenas y útiles, si esto lo exigía la fidelidad a su ministerio de
colaboradores del Espíritu en la orientación y guía de los llamados.
Finalidad de la educación del cristiano es llegar, bajo el
influjo del Espíritu, a la «plena madurez de Cristo» (Ef 4, 13). Esto se verifica cuando,
imitando y compartiendo su caridad, se hace de toda la vida propia un servicio
de amor (cf. Jn 13, 14-15),
ofreciendo un culto espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12, 1) y entregándose a los
hermanos. El servicio de amor es el sentido fundamental de toda vocación, que
encuentra una realización específica en la vocación del sacerdote. En efecto,
él es llamado a revivir, en la forma más radical posible, la caridad pastoral
de Jesús, o sea, el amor del buen Pastor, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11).
Por eso una pastoral vocacional auténtica no se cansará
jamás de educar a los niños, adolescentes y jóvenes al compromiso, al
significado del servicio gratuito, al valor del sacrificio, a la donación
incondicionada de sí mismos. En este sentido, se manifiesta particularmente
útil la experiencia del voluntariado, hacia el cual está creciendo la
sensibilidad de tantos jóvenes. En efecto, se trata de un voluntariado motivado
evangélicamente, capaz de educar al discernimiento de las necesidades, vivido
con entrega y fidelidad cada día, abierto a la posibilidad de un compromiso
definitivo en la vida consagrada, alimentado por la oración; dicho voluntariado
podrá ayudar a sostener una vida de entrega desinteresada y gratuita y, al que
lo practica, le hará más sensible a la voz de Dios que lo puede llamar al
sacerdocio. A diferencia del joven rico, el voluntario podría aceptar la
invitación, llena de amor, que Jesús le dirige (cf. Mc 10, 21); y la podría aceptar porque
sus únicos bienes consisten ya en darse a los otros y «perder» su vida.
Todos somos responsables de las vocaciones
sacerdotales
41. La vocación sacerdotal es un don de Dios, que
constituye ciertamente un gran bien para quien es su primer destinatario. Pero
es también un don para toda la Iglesia, un bien para su vida y misión. Por eso
la Iglesia está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es
responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales.
En consecuencia, la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista,
a la comunidad eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia
universal a la Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y
a todos los estamentos del Pueblo de Dios.
Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la convicción de
que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la
responsabilidad de cuidar las vocaciones. El Concilio Vaticano II ha sido
muy explícito al afirmar que «el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda
la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida
plenamente cristiana».(112) Solamente sobre la base de esta convicción, la
pastoral vocacional podrá manifestar su rostro verdaderamente eclesial,
desarrollar una acción coordinada, sirviéndose también de organismos
específicos y de instrumentos adecuados de comunión y de corresponsabilidad.
La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones
sacerdotales es del Obispo, (113) que está llamado a vivirla en primera
persona, aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de colaboraciones. A
él, que es padre y amigo en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la
solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral,
incorporando a él nuevos miembros con la imposición de las manos. Él se
preocupará de que la dimensión vocacional esté siempre presente en todo el
ámbito de la pastoral ordinaria, es más, que esté plenamente integrada y como
identificada con ella. A él compete el deber de promover y coordinar las diversas
iniciativas vocacionales.(114)
El Obispo sabe que puede contar ante todo con la colaboración de su
presbiterio. Todos los sacerdotes son solidarios y corresponsables con él en la
búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. En efecto, como afirma el
Concilio, «a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe procurar, por
sí mismos o por otros, que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu
Santo a cultivar su propia vocación».(115) «Este deber pertenece a la misión
misma sacerdotal, por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de la
solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios
en el Pueblo de Dios».(116) La vida misma de los presbíteros, su entrega
incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a
su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la
esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna y su celo por la
evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de fecundidad
vocacional.(117)
Una responsabilidad particularísima está confiada a la familia cristiana,
que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de modo propio y
original, en la misión educativa de la Iglesia, maestra y madre. Como han
afirmado los Padres sinodales, «la familia cristiana, que es verdaderamente
"como iglesia doméstica" (Lumen gentium, 11), ha ofrecido siempre y continúa ofreciendo
las condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que
hoy la imagen de la familia cristiana está en peligro, se debe dar gran
importancia a la pastoral familiar, de modo que las mismas familias, acogiendo
generosamente el don de la vida humana, formen "como un primer
seminario" (Optatam totius, 2) en
el que los hijos puedan adquirir, desde el comienzo, el sentido de la piedad y
de la oración y el amor a la Iglesia».(118) En continuidad y en sintonía con la
labor de los padres y de la familia está la escuela, llamada a vivir su
identidad de «comunidad educativa» incluso con una propuesta cultural capaz de
iluminar la dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la persona
humana. En este sentido, si es oportunamente enriquecida de espíritu cristiano
(sea a través de presencias eclesiales significativas en la escuela estatal,
según las diversas legislaciones nacionales, sea sobre todo en el caso de la
escuela católica), puede infundir «en el alma de los muchachos y de los jóvenes
el deseo de cumplir la voluntad de Dios en el estado de vida más idóneo a cada
uno, sin excluir nunca la vocación al ministerio sacerdotal».(119)
También los fieles laicos, en particular los catequistas, los
profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada uno con
los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en la pastoral de
las vocaciones sacerdotales. Cuanto más profundicen en el sentido de su propia
vocación y misión en la Iglesia, tanto más podrán reconocer el valor y el carácter
insustituible de la vocación y de la misión sacerdotal.
En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales hay que apreciar y
promover aquellos grupos vocacionales, cuyos miembros ofrecen su ayuda
de oración y de sufrimiento por las vocaciones sacerdotales y religiosas, así
como su apoyo moral y material.
También hay que mencionar aquí a los numerosos grupos, movimientos y
asociaciones de fieles laicos que el Espíritu Santo hace surgir y crecer en
la Iglesia, con vistas a una presencia cristiana más misionera en el mundo.
Estas diversas agrupaciones de laicos están resultando un campo particularmente
fértil para el nacimiento de vocaciones consagradas y son ambientes propicios
de oferta y crecimiento vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente
en el ambiente de estas agrupaciones y gracias a ellas, han sentido la llamada
del Señor a seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial y han respondido a
ella con generosidad.(120) Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en
comunión con toda la Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su
colaboración específica al desarrollo de la pastoral vocacional.
Los diversos integrantes y miembros de la Iglesia comprometidos en la
pastoral vocacional harán tanto más eficaz su trabajo, cuanto más estimulen a
la comunidad eclesial como tal —empezando por la parroquia-&127;— para que
sientan que el problema de las vocaciones sacerdotales no puede ser encomendado
en exclusiva a unos «encargados» (los sacerdotes en general, los sacerdotes del
Seminario en particular), pues, por tratarse de «un problema vital que está en
el corazón mismo de la Iglesia», (121) debe hallarse en el centro del amor que
todo cristiano tiene a la misma.
CAPÍTULO V
INSTITUYÓ DOCE PARA QUE ESTUVIERAN
CON ÉL
Formación de los candidatos al sacerdocio
Vivir, como los apóstoles, en el
seguimiento de Cristo
42.
«Subió al monte y llamó a los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó
Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de
expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
«Que estuvieran con él». No es difícil entender el
significado de estas palabras, esto es, «el acompañamiento vocacional» de los
apóstoles por parte de Jesús. Después de haberlos llamado y antes de enviarlos,
es más, para poder mandarlos a predicar, Jesús les pide un «tiempo» de
formación, destinado a desarrollar una relación de comunión y de amistad
profundas con Él. Dedica a ellos una catequesis más intensa que al resto de la
gente (cf. Mt 13, 11) y quiere que
sean testigos de su oración silenciosa al Padre (cf. Jn 17, 1-26; Lc 22, 39-45).
En su solicitud por las vocaciones sacerdotales la Iglesia
de todos los tiempos se inspira en el ejemplo de Cristo. Han sido —y en parte
lo son todavía— muy diversas las formas concretas con las que la Iglesia
se ha dedicado a la pastoral vocacional, destinada no sólo a discernir, sino
también a «acompañar» las vocaciones al sacerdocio. Pero el espíritu que
debe animarlas y sostenerlas es idéntico: el de promover al sacerdocio solamente
los que han sido llamados y llevarlos debidamente preparados, esto es, mediante
una respuesta consciente y libre que implica a toda la persona en su adhesión a
Jesucristo, que llama a su intimidad de vida y a participar en su misión
salvífica. En este sentido el Seminario en sus diversas formas y, de modo
análogo, la casa de formación de los sacerdotes religiosos, antes que ser un
lugar o un espacio material, debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de
vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo, de manera que
el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio pueda llegar a ser, con el
sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia. Los Padres sinodales, en su Mensaje final, han expuesto de
forma inmediata y profunda el significado original y específico de la formación
de los candidatos al sacerdocio, diciendo que «vivir en el seminario, escuela
del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles; es
dejarse educar por Él para el servicio del Padre y de los hombres, bajo la
conducción del Espíritu Santo. Más aún, es dejarse configurar con Cristo, buen
Pastor, para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo. Formarse
para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta
fundamental de Cristo: "¿Me amas?" (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote,
la respuesta no puede ser sino el don total de su vida».(122)
Se trata pues de encarnar este espíritu —que nunca deberá faltar en la
Iglesia— en las condiciones sociales, psicológicas, políticas y culturales del
mundo actual, tan variadas y complejas, como han puesto de relieve los Padres
sinodales en relación con las Iglesias particulares. Los mismos Padres,
manifestando su grave preocupación, pero también su grande esperanza, han
podido conocer y reflexionar ampliamente sobre el esfuerzo de búsqueda y
actualización de los métodos de formación de los aspirantes al sacerdocio,
puestos en práctica en todas sus Iglesias.
La presente Exhortación intenta recoger el fruto de los trabajos sinodales,
señalando algunos objetivos logrados, mostrando algunas metas
irrenunciables, poniendo a disposición de todos la riqueza de
experiencias y de procesos formativos experimentados ya en modo positivo.
En esta Exhortación se exponen separadamente la formación «inicial» y la
formación «permanente», pero sin olvidar nunca la profunda relación que
tienen entre sí y que debe hacer de las dos un solo proyecto orgánico de vida
cristiana y sacerdotal. La Exhortación trata sobre las diversas dimensiones de
la formación, humana, espiritual, intelectual y pastoral, como también
sobre los ambientes y sobre los responsables de la formación de los candidatos
al sacerdocio.
I. DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La formación humana, fundamento de toda la
formación sacerdotal
43. «Sin una adecuada formación humana, toda la formación
sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario».(123) Esta afirmación de
los Padres sinodales expresa no solamente un dato sugerido diariamente por la
razón y comprobado por la experiencia, sino una exigencia que encuentra sus
motivos más profundos y específicos en la naturaleza misma del presbítero y de
su ministerio.
El presbítero, llamado a ser «imagen viva» de Jesucristo,
Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida
de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho
hombre y que se transparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los
demás, tal como nos las presentan los evangelistas. Además, el ministerio del
sacerdote consiste en anunciar la Palabra, celebrar el Sacramento, guiar en la
caridad a la comunidad cristiana «personificando a Cristo y en su nombre», pero
todo esto dirigiéndose siempre y sólo a hombres concretos: «Todo Sumo Sacerdote
es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que
se refiere a Dios» (Hb 5, 1). Por
esto la formación humana del sacerdote expresa una particular importancia en
relación con los destinatarios de su misión: precisamente para que su
ministerio sea humanamente lo más creíble y aceptable, es necesario que el
sacerdote plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de
obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre; es
necesario que, a ejemplo de Jesús que «conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25; cf. 8, 3-11), el sacerdote
sea capaz de conocer en profundidad el alma humana, intuir dificultades y
problemas, facilitar el encuentro y el diálogo, obtener la confianza y
colaboración, expresar juicios serenos y objetivos.
Por tanto, no sólo para una justa y necesaria maduración y
realización de sí mismo, sino también con vistas a su ministerio, los futuros
presbíteros deben cultivar una serie de cualidades humanas necesarias para la
formación de personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar
el peso de las responsabilidades pastorales. Se hace así necesaria la educación
a amar la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la
justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia
y, en particular, el equilibrio de juicio y de comportamiento.(124) Un programa
sencillo y exigente para esta formación lo propone el apóstol Pablo a los
Filipenses: «Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de
amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso
tenedlo en cuenta» (Flp 4, 8). Es
interesante señalar cómo Pablo se presenta a sí mismo como modelo para sus
fieles precisamente en estas cualidades profundamente humanas: «Todo cuanto habéis
aprendido —sigue diciendo— y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra» (Flp 4, 9).
De particular importancia es la capacidad de relacionarse
con los demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido llamado a
ser responsable de una comunidad y «hombre de comunión». Esto exige que el
sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en
sus palabras y en su corazón, (125) prudente y discreto, generoso y disponible
para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos
relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar (cf.1Tm 3, 1-5;Tt 1, 7-9). La humanidad de hoy,
condenada frecuentemente a vivir en situaciones de masificación y soledad sobre
todo en las grandes concentraciones urbanas, es sensible cada vez más al valor
de la comunión: éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una de las vías
más eficaces del mensaje evangélico.
En dicho contexto se encuadra, como cometido determinante y decisivo, la
formación del candidato al sacerdocio en la madurez afectiva, como resultado de
la educación al amor verdadero y responsable.
44. La madurez afectiva supone ser conscientes del
puesto central del amor en la existencia humana. En realidad, como señalé en la
encíclica Redemptor
Hominis, «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para
sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le
revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo
hace propio, si no participa en él vivamente».(126)
Se trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel físico,
psíquico y espiritual, y que se expresa mediante el significado «esponsal» del
cuerpo humano, gracias al cual una persona se entrega a otra y la acoge. La
educación sexual bien entendida tiende a la comprensión y realización de esta
verdad del amor humano. Es necesario constatar una situación social y cultural
difundida que «"banaliza" en gran parte la sexualidad humana, porque
la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente
con el cuerpo y el placer egoísta».(127) Con frecuencia las mismas situaciones
familiares, de las que proceden las vocaciones sacerdotales, presentan al
respecto no pocas carencias y a veces incluso graves desequilibrios.
En un contexto tal se hace más difícil, pero también más urgente, una educación
en la sexualidad que sea verdadera y plenamente personal y que, por ello,
favorezca la estima y el amor a la castidad, como «virtud que desarrolla la
auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el
"significado esponsal" del cuerpo».(128)
Ahora bien, la educación para el amor responsable y la madurez afectiva de
la persona son muy necesarias para quien, como el presbítero, está llamado al celibato,
o sea, a ofrecer, con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de la
propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud a Jesucristo y a la
Iglesia. A la vista del compromiso del celibato, la madurez afectiva ha de
saber incluir, dentro de las relaciones humanas de serena amistad y profunda
fraternidad, un gran amor, vivo y personal, a Jesucristo. Como han escrito los
Padres sinodales, «al educar para la madurez afectiva, es de máxima importancia
el amor a Jesucristo, que se prolonga en una entrega universal. Así, el candidato
llamado al celibato, encontrará en la madurez afectiva una base firme para
vivir la castidad con fidelidad y alegría».(129)
Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es
auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los
impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez
afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla
en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y
respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda
valiosa podrá hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad, a
semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vida
(cf.Jn 11, 5).
La madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una formación
clara y sólida para una libertad, que se presenta como obediencia
convencida y cordial a la «verdad» del propio ser, al significado de la propia
existencia, o sea, al «don sincero de sí mismo», como camino y contenido
fundamental de la auténtica realización personal.(130) Entendida así, la
libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a
combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan
a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega
y en el servicio al prójimo. Esto es importante para la respuesta que se ha de
dar a la vocación, y en particular a la sacerdotal, y para ser fieles a la
misma y a los compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos difíciles.
En este proceso educativo hacia una madura libertad responsable puede ser de
gran ayuda la vida comunitaria del Seminario.(131)
Íntimamente relacionada con la formación para la libertad responsable está
también la educación de la conciencia moral; la cual, al requerir desde
la intimidad del propio «yo» la obediencia a las obligaciones morales, descubre
el sentido profundo de esa obediencia, a saber, ser una respuesta consciente y
libre —y, por tanto, por amor— a las exigencias de Dios y de su amor. «La
madurez humana del sacerdote —afirman los Padres sinodales— debe incluir
especialmente la formación de su conciencia. En efecto, el candidato, para
poder cumplir sus obligaciones con Dios y con la Iglesia y guiar con sabiduría
las conciencias de los fieles, debe habituarse a escuchar la voz de Dios, que
le habla en su corazón, y adherirse con amor y firmeza a su voluntad».(132)
La formación espiritual: en comunión con Dios
y a la búsqueda de Cristo
45.
La misma formación humana, si se desarrolla en el contexto de una antropología
que abarca toda la verdad sobre el hombre, se abre y se completa en la
formación espiritual. Todo hombre, creado por Dios y redimido con la sangre de
Cristo, está llamado a ser regenerado «por el agua y el Espíritu» (cf. Jn 3, 5) y a ser «hijo en el Hijo». En
este designio eficaz de Dios está el fundamento de la dimensión
constitutivamente religiosa del ser humano, intuida y reconocida también por la
simple razón: el hombre está abierto a lo trascendente, a lo absoluto; posee un
corazón que está inquieto hasta que no descanse en el Señor.(133)
De esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y se
desarrolla el proceso educativo de una vida espiritual entendida como relación
y comunión con Dios. Según la revelación y la experiencia cristiana, la
formación espiritual posee la originalidad inconfundible que proviene de la
«novedad» evangélica. En efecto, «es obra del Espíritu y empeña a la persona en
su totalidad; introduce en la comunión profunda con Jesucristo, buen Pastor;
conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en una actitud filial
respecto al Padre y en una adhesión confiada a la Iglesia. Ella se arraiga en
la experiencia de la cruz para poder llevar, en comunión profunda, a la
plenitud del misterio pascual».(134)
Como se ve, se trata de una formación espiritual común a todos los fieles,
pero que requiere ser estructurada según los significados y características que
derivan de la identidad del presbítero y de su ministerio. Así como para todo
fiel la formación espiritual debe ser central y unificadora en su ser y en su
vida de cristiano, o sea, de criatura nueva en Cristo que camina en el
Espíritu, de la misma manera, para todo presbítero la formación espiritual
constituye el centro vital que unifica y vivifica su ser sacerdote y su ejercer
el sacerdocio. En este sentido, los Padres del Sínodo afirman que «sin la formación
espiritual, la formación pastoral estaría privada de fundamento»(135) y que la
formación espiritual constituye «un elemento de máxima importancia en la
educación sacerdotal».(136)
El contenido esencial de la formación espiritual, dentro del itinerario bien
preciso hacia el sacerdocio, está expresado en el decreto conciliar Optatam totius: «La formación espiritual...
debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y
asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Habiendo de
configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense a unirse
a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida. Vivan el misterio
pascual de Cristo de tal manera que sepan iniciar en él al pueblo que ha de
encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación de la
Palabra de Dios, en la activa comunicación con los sacrosantos misterios de la
Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y el Oficio divino; en el Obispo, que los
envía, y en los hombres a quienes son enviados, principalmente en los pobres,
los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos. Amen y veneren con
filial confianza a la Santísima Virgen María, a la que Cristo, muriendo en la
cruz, entregó como madre al discípulo».(137)
46. El texto conciliar merece una meditación detenida y
amorosa, de la que fácilmente se pueden sacar algunos valores y exigencias
fundamentales del camino espiritual del candidato al sacerdocio.
Se requiere, ante todo, el valor y la exigencia de «vivir
íntimamente unidos» a Jesucristo. La unión con el Señor Jesús, fundada en
el Bautismo y alimentada con la Eucaristía, exige que sea expresada en la vida
de cada día, renovándola radicalmente. La comunión íntima con la Santísima
Trinidad, o sea, la vida nueva de la gracia que hace hijos de Dios, constituye
la «novedad» del creyente: una novedad que abarca el ser y el actuar.
Constituye el «misterio» de la existencia cristiana que está bajo el influjo
del Espíritu; en consecuencia, debe encarnar el «ethos» de la vida del
cristiano. Jesús nos ha enseñado este maravilloso contenido de la vida
cristiana, que es también el centro de la vida espiritual, con la alegoría de
la vid y los sarmientos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador...
Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar
fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en
mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada»
(Jn 15, 1. 4-5).
Cierto que, en la cultura actual, no faltan valores
espirituales y religiosos, y el hombre —a pesar de toda apariencia contraria—
sigue siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios. Pero con
frecuencia la religión cristiana corre el peligro de ser considerada como una
religión entre tantas o quedar reducida a una pura ética social al servicio del
hombre. En efecto, no siempre aparece su inquietante novedad en la historia: es
«misterio»; es el acontecimiento del Hijo de Dios que se hace hombre y da a
cuantos lo acogen el «poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12); es el anuncio, más aún, el
don de una alianza personal de amor y de vida de Dios con el hombre. Los
futuros sacerdotes solamente podrán comunicar a los demás este anuncio
sorprendente y gratificante si, a través de una adecuada formación espiritual,
logran el conocimiento profundo y la experiencia creciente de este «misterio»
(cf. 1Jn 1, 1-4).
El texto conciliar, aun consciente de la absoluta
trascendencia del misterio cristiano, relaciona la íntima comunión de los
futuros presbíteros con Jesús con una forma de amistad. No es ésta una
pretensión absurda del hombre. Es simplemente el don inestimable de Cristo, que
dice a sus apóstoles: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que
hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que oído a mi
Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,
15).
El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran
valor espiritual: la búsqueda de Jesús. «Enséñeseles a buscar a Cristo».
Es éste, junto al quaerere Deum, un tema clásico de la espiritualidad
cristiana, que encuentra su aplicación específica precisamente en el contexto
de la vocación de los apóstoles. Juan, cuando nos narra el seguimiento por
parte de los dos primeros discípulos, muestra el lugar que ocupa esta
«búsqueda». Es el mismo Jesús el que pregunta: «¿Qué buscáis?» Y los dos
responden: «Rabbí... ¿Dónde vives?» Sigue el evangelista: «Les respondió:
"Venid y lo veréis". Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron
con él aquel día» (Jn 1, 37-39). En
cierto modo la vida espiritual del que se prepara al sacerdocio está dominada
por esta búsqueda: por ella y por el «encuentro» con el Maestro, para seguirlo,
para estar en comunión con Él. También en el ministerio y en la vida sacerdotal
deberá continuar esta «búsqueda», pues es inagotable el misterio de la
imitación y participación en la vida de Cristo. Así como también deberá continuar
este «encontrar» al Maestro, para poder mostrarlo a los demás y, mejor aún,
para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro. Pero esto es
realmente posible si se propone a los demás una «experiencia» de vida, una
experiencia que vale la pena compartir. Éste ha sido el camino seguido por
Andrés para llevar a su hermano Simón a Jesús: Andrés, escribe el evangelista
Juan, «se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: "Hemos
encontrado al Mesías" —que quiere decir Cristo—. Y le llevó donde Jesús» (Jn 1, 41-42). Y así también Simón es
llamado —como apóstol— al seguimiento de Cristo: «Jesús, al verlo, le dijo:
"Tú eres Simón, el hijo de Juan; en adelante te llamarás Cefas" —que
quiere decir, "Pedro"—» (Jn
1, 42).
Pero, ¿qué significa, en la vida espiritual, buscar a Cristo? y ¿dónde
encontrarlo? «Maestro, ¿dónde vives?» El decreto conciliar Optatam totius parece indicar un triple
camino: la meditación fiel de la palabra de Dios, la participación activa en
los sagrados misterios de la Iglesia, el servicio de la caridad a los «más
pequeños». Se trata de tres grandes valores y exigencias que nos delimitan
ulteriormente el contenido de la formación espiritual del candidato al
sacerdocio.
47. Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura
meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina); es la escucha
humilde y llena de amor que se hace elocuente. En efecto, a la luz y con la
fuerza de la Palabra de Dios es como puede descubrirse, comprenderse, amarse y
seguirse la propia vocación; y también cumplirse la propia misión, hasta tal
punto que toda la existencia encuentra su significado unitario y radical en ser
el fin de la Palabra de Dios que llama al hombre, y el principio de la palabra
del hombre que responde a Dios. La familiaridad con la Palabra de Dios
facilitará el itinerario de la conversión, no solamente en el sentido de apartarse
del mal para adherirse al bien, sino también en el sentido de alimentar en el
corazón los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como respuesta a la
Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y valoración de los
hombres y de las cosas, de los acontecimientos y problemas.
Pero es necesario acercarse y escuchar la Palabra de Dios
tal como es, pues hace encontrar a Dios mismo, a Dios que habla al hombre; hace
encontrar a Cristo, el Verbo de Dios, la Verdad que a la vez es Camino y Vida
(cf. Jn 14, 6). Se trata de leer
las «escrituras» escuchando las «palabras», la «Palabra» de Dios, como nos
recuerda el Concilio: «La Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios, y en
cuanto inspirada es realmente Palabra de Dios».(138) Y el mismo Concilio: «En
esta revelación Dios invisible (cf. Co 1, 15; 1Tm 1, 17), movido de amor, habla a
los hombres como a amigos (cf. Ex 33,
11; Jn 15, 14-15), trata con
ellos (cf. Ba 3, 38) para
invitarlos y recibirlos en su compañía».(139)
El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de Dios
revisten un significado específico en el ministerio profético del sacerdote,
para cuyo cumplimiento adecuado son una condición imprescindible,
principalmente en el contexto de la «nueva evangelización», a la que hoy la
Iglesia está llamada. El Concilio exhorta: «Todos los clérigos, especialmente
los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la
palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse
"predicadores vacíos de la palabra, que no la escucha por dentro"
(San Agustín, Serm. 179, 1: PL 38, 966)».(140)
La forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra
es la oración, que constituye sin duda un valor y una exigencia
primarios de la formación espiritual. Ésta debe llevar a los candidatos al
sacerdocio a conocer y experimentar el sentido auténtico de la oración
cristiana, el de ser un encuentro vivo y personal con el Padre por medio
del Hijo unigénito bajo la acción del Espíritu; un diálogo que participa en el
coloquio filial que Jesús tiene con el Padre. Un aspecto, ciertamente no
secundario, de la misión del sacerdote es el de ser «maestro de oración». Pero
el sacerdote solamente podrá formar a los demás en la escuela de Jesús orante,
si él mismo se ha formado y continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo
que piden los hombres al sacerdote: «El sacerdote es el hombre de Dios, el
que pertenece a Dios y hace pensar en Dios. Cuando la Carta a los Hebreos habla
de Cristo, lo presenta como un Sumo Sacerdote "misericordioso y fiel en lo
que toca a Dios" (Hb 2, 17)...
Los cristianos esperan encontrar en el sacerdote no sólo un hombre que los
acoja, que los escuche con gusto y les muestre una sincera amistad, sino
también y sobre todo un hombre que les ayude a mirar a Dios, a subir
hacia Él. Es preciso, pues, que el sacerdote esté formado en una profunda
intimidad con Dios. Los que se preparan para el sacerdocio deben comprender que
todo el valor de su vida sacerdotal dependerá del don de sí mismos que sepan
hacer a Cristo y, por medio de Cristo, al Padre».(141)
En un contexto de agitación y bullicio como el de nuestra sociedad, un
elemento pedagógico necesario para la oración es la educación en el significado
humano profundo y en el valor religioso del silencio, como atmósfera
espiritual indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse
conquistar por ella (cf. 1Re 19, 11ss.).
48. El culmen de la oración cristiana es la Eucaristía, que
a su vez es «la cumbre y la fuente» de los Sacramentos y de la Liturgia de
las Horas. Para la formación espiritual de todo cristiano, y en especial de
todo sacerdote, es muy necesaria la educación litúrgica, en el sentido
pleno de una inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo, muerto y
resucitado, presente y operante en los sacramentos de la Iglesia. La comunión
con Dios, soporte de toda la vida espiritual, es un don y un fruto de los
sacramentos; y al mismo tiempo es un deber y una responsabilidad que los
sacramentos confían a la libertad del creyente, para que viva esa comunión en
las decisiones, opciones, actitudes y acciones de su existencia diaria. En este
sentido, la «gracia» que hace «nueva» la vida cristiana es la gracia de Jesucristo
muerto y resucitado, que sigue derramando su Espíritu santo y santificador en
los sacramentos; igualmente la «ley nueva», que debe ser guía y norma de la
existencia del cristiano, está escrita por los sacramentos en el «corazón
nuevo». Y es ley de caridad para con Dios y los hermanos, como respuesta y
prolongación del amor de Dios al hombre, significada y comunicada por los
sacramentos. Se entiende el valor de esta participación «plena, consciente y
activa»(142) en las celebraciones sacramentales, gracias al don y acción de
aquella «caridad pastoral» que constituye el alma del ministerio sacerdotal.
Esto se aplica sobre todo a la participación en la Eucaristía, memorial de
la muerte sacrificial de Cristo y de su gloriosa resurrección, «sacramento de
piedad, signo de unidad, vínculo de caridad», (143) banquete pascual en el que
«Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se
llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura».(144) Ahora bien,
los sacerdotes, por su condición de ministros de las cosas sagradas, son sobre
todo los ministros del Sacrificio de la Misa:(145) su papel es totalmente
insustituible, porque sin sacerdote no puede haber sacrificio eucarístico.
Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para la vida y el
ministerio sacerdotal y, por tanto, para la formación espiritual de los
candidatos al sacerdocio. Con gran sencillez y buscando la máxima concreción
deseo repetir que «es necesario que los seminaristas participen diariamente en
la celebración eucarística, de forma que luego tomen como regla de su vida
sacerdotal la celebración diaria. Además, han de ser educados a considerar la
celebración eucarística como el momento esencial de su jornada, en el
que participarán activamente, sin contentarse nunca con una asistencia
meramente habitual. Fórmese también a los aspirantes al sacerdocio según
aquellas actitudes íntimas que la Eucaristía fomenta: la gratitud por
los bienes recibidos del cielo, ya que la Eucaristía significa acción de
gracias; la actitud donante, que los lleve a unir su entrega personal al
ofrecimiento eucarístico de Cristo; la caridad, alimentada por un
sacramento que es signo de unidad y de participación; el deseo de
contemplación y adoración ante Cristo realmente presente bajo las especies
eucarísticas».(146)
Es necesario y también urgente invitar a redescubrir, en
la formación espiritual, la belleza y la alegría del Sacramento de la
Penitencia. En una cultura en la que, con nuevas y sutiles formas de
autojustificación, se corre el riesgo de perder el «sentido del pecado» y, en
consecuencia, la alegría consoladora del perdón (cf.Sal 51, 14) y del encuentro con Dios
«rico en misericordia» (Ef 2, 4),
urge educar a los futuros presbíteros en la virtud de la penitencia, alimentada
con sabiduría por la Iglesia en sus celebraciones y en los tiempos del año
litúrgico, y que encuentra su plenitud en el sacramento de la Reconciliación.
De aquí provienen el significado de la ascesis y de la disciplina interior, el
espíritu de sacrificio y de renuncia, la aceptación de la fatiga y de la cruz.
Se trata de elementos de la vida espiritual, que con frecuencia se presentan
particularmente difíciles para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados a
condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar, y menos propensos y
sensibles a estos elementos a causa de modelos de comportamiento e ideales
presentados por los medios de comunicación social, incluso en los países donde
las condiciones de vida son más pobres y la situación de los jóvenes más
austera. Por esta razón, pero sobre todo para poner en práctica —a ejemplo de
Cristo, buen Pastor— «la donación radical de sí mismo» propia del sacerdote,
los Padres sinodales señalan que «es necesario inculcar el sentido de la cruz,
que es el centro del misterio pascual. Gracias a esta identificación con Cristo
crucificado, como siervo, el mundo puede volver a encontrar el valor de la
austeridad, del dolor y también del martirio, dentro de la actual cultura
imbuida de secularismo, codicia y hedonismo».(147)
49. La formación espiritual comporta también buscar a
Cristo en los hombres.
En efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad
con Dios, vida de oración y contemplación. Pero del encuentro con Dios y con su
amor de Padre de todos, nace precisamente la exigencia indeclinable del
encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los demás, en el servicio
humilde y desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa de vida en
el lavatorio de los pies a los apóstoles: «Os he dado ejemplo, para que también
vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).
La formación de la propia entrega generosa y gratuita,
favorecida también por la vida comunitaria seguida en la preparación al
sacerdocio, representa una condición irrenunciable para quien está llamado a
hacerse epifanía y transparencia del buen Pastor, que da la vida (cf. Jn 10, 11.15). Bajo este aspecto la
formación espiritual tiene y debe desarrollar su dimensión pastoral o
caritativa intrínseca, y puede servirse útilmente de una justa —profunda y tierna,
a la vez— devoción al Corazón de Cristo, como han indicado los Padres del
Sínodo: «Formar a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del
Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de Cristo,
Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el Espíritu Santo, a su amor a
los hombres hasta inmolarse entregando su vida».(148)
Por tanto, el sacerdote es el hombre de la caridad
y está llamado a educar a los demás en la imitación de Cristo y en el
mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn
15, 12). Pero esto exige que él mismo se deje educar continuamente por el
Espíritu en la caridad del Señor. En este sentido, la preparación al sacerdocio
tiene que incluir una seria formación en la caridad, en particular en el amor
preferencial por los «pobres», en los cuales, mediante la fe, descubre la
presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40)
y en el amor misericordioso por los pecadores.
En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo por
amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la
educación en la obediencia, en el celibato y en la pobreza.(149) En este
sentido invitaba el Concilio: «Entiendan con toda claridad los alumnos que su
destino no es el mando ni son los honores, sino la entrega total al servicio de
Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles en la
obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia
abnegación, de suerte que se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas
que, aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo
crucificado».(150)
50. La formación espiritual de quien es llamado a vivir el
celibato debe dedicar una atención particular a preparar al futuro sacerdote
para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza
y en su verdadera finalidad, y, por tanto, en sus motivaciones evangélicas,
espirituales y pastorales. Presupuesto y contenido de esta preparación es la
virtud de la castidad, que determina todas las relaciones humanas y lleva a
experimentar y manifestar... un amor sincero, humano, fraterno, personal y
capaz de sacrificios, siguiendo el ejemplo de Cristo, con todos y con cada uno».(151)
El celibato de los sacerdotes reviste a la castidad con
algunas características de las cuales ellos, «renunciando a la sociedad
conyugal por el reino de los cielos (cf. Mt
19, 12), se unen al Señor con un amor indiviso, que está íntimamente en
consonancia con el Nuevo Testamento; dan testimonio de la resurrección en el
siglo futuro (cf. Lc 20, 36) y tienen
a mano una ayuda importantísima para el ejercicio continuo de aquella perfecta
caridad que les capacita para hacerse todo a todos en su ministerio
sacerdotal».(152) En este sentido el celibato sacerdotal no se puede considerar
simplemente como una norma jurídica ni como una condición totalmente extrínseca
para ser admitidos a la ordenación, sino como un valor profundamente ligado con
la sagrada Ordenación, que configura a Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la
Iglesia, y, por tanto, como la opción de un amor más grande e indiviso a Cristo
y a su Iglesia, con la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el
ministerio pastoral. El celibato ha de ser considerado como una gracia
especial, como un don que «no todos entienden.. sino sólo aquéllos a quienes
se les ha concedido» (Mt 19, 11).
Ciertamente es una gracia que no dispensa de la respuesta consciente y libre
por parte de quien la recibe, sino que la exige con una fuerza especial. Este
carisma del Espíritu lleva consigo también la gracia para que el que lo recibe
permanezca fiel durante toda su vida y cumpla con generosidad y alegría los
compromisos correspondientes. En la formación del celibato sacerdotal deberá
asegurarse la conciencia del «don precioso de Dios», (153) que llevará a la
oración y la vigilancia para que el don sea protegido de todo aquello que pueda
amenazarlo.
Viviendo su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su ministerio en el
pueblo de Dios. En particular, dando testimonio del valor evangélico de la
virginidad, podrá ayudar a los esposos cristianos a vivir en plenitud el «gran
sacramento» del amor de Cristo Esposo hacia la Iglesia su esposa, así como su
fidelidad en el celibato servirá también de ayuda para la fidelidad de los
esposos.(154)
La importancia y delicadeza de la preparación al celibato sacerdotal,
especialmente en las situaciones sociales y culturales actuales, han llevado a
los Padres sinodales a una serie de cuestiones, cuya validez permanente está
confirmada por la sabiduría de la madre Iglesia. Las propongo autorizadamente
como criterios que deben seguirse en la formación de la castidad en el
celibato: «Los Obispos, junto con los rectores y directores espirituales de los
seminarios, establezcan principios, ofrezcan criterios y proporcionen ayudas
para el discernimiento en esta materia. Son de máxima importancia para la
formación de la castidad en el celibato la solicitud del Obispo y la vida
fraterna entre los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa de
formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna ambigüedad y
de forma positiva. El seminarista debe tener un adecuado grado de madurez
psíquica y sexual, así como una vida asidua y auténtica de oración, y debe
ponerse bajo la dirección de un padre espiritual. El director espiritual debe
ayudar al seminarista para que llegue a una decisión madura y libre, que esté
fundada en la estima de la amistad sacerdotal y de la autodisciplina, como
también en la aceptación de la soledad y en un correcto estado personal físico
y psicológico. Para ello los seminaristas deben conocer bien la doctrina del
Concilio Vaticano II, la encíclica Sacerdotalis caelibatus y la
Instrucción para la formación del celibato sacerdotal, publicada por la
Congregación para la Educación Católica en 1974. Para que el seminarista pueda
abrazar con libre decisión el celibato por el Reino de los cielos, es necesario
que conozca la naturaleza cristiana y verdaderamente humana, y el fin de la
sexualidad en el matrimonio y en el celibato. También es necesario instruir y
educar a los fieles laicos sobre las motivaciones evangélicas, espirituales y
pastorales propias del celibato sacerdotal, de modo que ayuden a los
presbíteros con la amistad, comprensión y colaboración».(155)
Formación intelectual: inteligencia de la
fe
51. La formación intelectual, aun teniendo su propio
carácter específico, se relaciona profundamente con la formación humana y
espiritual, constituyendo con ellas un elemento necesario; en efec to, es como
una exigencia insustituible de la inteligencia con la que el hombre,
participando de la luz de la inteligencia divina, trata de conseguir una
sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su
adhesión.(156)
La formación intelectual de los candidatos al sacerdocio encuentra su
justificación específica en la naturaleza misma del ministerio ordenado y
manifiesta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización a la que
el Señor llama a su Iglesia a las puertas del tercer milenio. «Si todo
cristiano —afirman los Padres sinodales— debe estar dispuesto a defender la fe
y a dar razón de la esperanza que vive en nosotros (cf. 1 P 3, 15),
mucho más los candidatos al sacerdocio y los presbíteros deben cuidar
diligentemente el valor de la formación intelectual en la educación y en la
actividad pastoral, dado que, para la salvación de los hermanos y hermanas,
deben buscar un conocimiento más profundo de los misterios divinos».(157)
Además, la situación actual, marcada gravemente por la indiferencia religiosa y
por una difundida desconfianza en la verdadera capacidad de la razón para
alcanzar la verdad objetiva y universal, así como por los problemas y nuevos
interrogantes provocados por los descubrimientos científicos y tecnológicos,
exige un excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes
capaces de anunciar —precisamente en ese contexto— el inmutable Evangelio de
Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón huma na.
Añádase, además, que el actual fenómeno del pluralismo, acentuado más que nunca
en el ámbito no sólo de la sociedad humana sino también de la misma comunidad
eclesial, requiere una aptitud especial para el discernimiento crítico: es un
motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación intelectual más
sólida que nunca.
Esta exigencia «pastoral» de la formación intelectual confirma cuanto se ha
dicho ya sobre la unidad del proceso educativo en sus varias dimensiones. La
dedicación al estudio, que ocupa una buena parte de la vida de quien se prepara
al sacerdocio, no es precisamente un elemento extrínseco y secundario de su
crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional; en realidad, a través
del estudio, sobre todo de la teología, el futuro sacerdote se adhiere a la
palabra de Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar su
ministerio pastoral. Es ésta la finalidad múltiple y unitaria del estudio
teológico indicada por el Concilio(158) y propuesta nuevamente por el Instrumentum
laboris del Sínodo con las siguientes palabras: «Para que pueda ser
pastoralmente eficaz, la formación intelectual debe integrarse en un camino
espiritual marcado por la experiencia personal de Dios, de tal manera que se
pueda superar una pura ciencia nocionística y llegar a aquella inteligencia del
corazón que sabe "ver" primero y es capaz después de comunicar el
misterio de Dios a los hermanos».(159)
52. Un momento esencial de la formación intelectual es el
estudio de la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una
interpretación más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones
con el mundo y con Dios. Ello es muy urgente, no sólo por la relación que
existe entre los argumentos filosóficos y los misterios de la salvación
estudiados en teología a la luz superior de la fe, (160) sino también frente a
una situación cultural muy difundida, que exalta el subjetivismo como criterio
y medida de la verdad. Sólo una sana filosofía puede ayudar a los candidatos al
sacerdocio a desarrollar una conciencia refleja de la relación constitutiva que
existe entre el espíritu humano y la verdad, la cual se nos revela plenamente
en Jesucristo. Tampoco hay que infravalorar la importancia de la filosofía para
garantizar aquella «certeza de verdad», la única que puede estar en la base de
la entrega personal total a Jesús y a la Iglesia. No es difícil entender cómo
algunas cuestiones muy concretas —como lo son la identidad del sacerdote y su
compromiso apostólico y misionero— están profundamente ligadas a la cuestión,
nada abstracta, de la verdad: si no se está seguro de la verdad, ¿cómo se podrá
poner en juego la propia vida y tener fuerzas para interpelar seriamente la
vida de los demás?
La filosofía ayuda no poco al candidato a enriquecer su formación
intelectual con el «culto de la verdad», es decir, una especie de veneración
amorosa de la verdad, la cual lleva a reconocer que ésta no es creada y
medida por el hombre, sino que es dada al hombre como don por la Verdad
suprema, Dios; que, aun con limitaciones y a veces con dificultades, la razón
humana puede alcanzar la verdad objetiva y universal, incluso la que se refiere
a Dios y al sentido radical de la existencia; y que la fe misma no puede
prescindir de la razón ni del esfuerzo de «pensar» sus contenidos, como
testimoniaba la gran mente de Agustín: «He deseado ver con el entendimiento
aquello que he creído, y he discutido y trabajado mucho».(161)
Para una comprensión más profunda del hombre y de los fenómenos y líneas de
evolución de la sociedad, en orden al ejercicio, «encarnado» lo más posible, del
ministerio pastoral, pueden ser de gran utilidad las llamadas «ciencias del
hombre», como la sociología, la psicología, la pedagogía, la ciencia de la
economía y de la política, y la ciencia de la comunicación social. Aunque sólo
sea en el ámbito muy concreto de las ciencias positivas o descriptivas, éstas
ayudan al futuro sacerdote a prolongar la «contemporaneidad» vivida por Cristo.
«Cristo, decía Pablo VI, se ha hecho contemporáneo a algunos hombres y ha
hablado su lenguaje. La fidelidad a Él requiere que continúe esta
contemporaneidad».(162)
53. La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y
se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la
teología. El valor y la autenticidad de la formación teológica dependen del
respeto escrupuloso de la naturaleza propia de la teología, que los Padres
sinodales han resumido así: «La verdadera teología proviene de la fe y trata de
conducir a la fe».(163) Ésta es la concepción que constantemente ha enseñado la
Iglesia católica mediante su Magisterio. Ésta es también la línea seguida por
los grandes teólogos, que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia católica a
través de los siglos. Santo Tomás es muy explícito cuando afirma que la fe es
como el habitus de la teología, o sea, su principio operativo
permanente, (164) y que «toda la teología está ordenada a alimentar la
fe».(165)
Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de fe. Pero es un
creyente que se pregunta sobre su fe (fides quaerens intellectum), que
se pregunta para llegar a una comprensión más profunda de la fe misma. Los dos
aspectos, la fe y la reflexión madura, están profundamente relacionados entre
sí; precisamente su íntima coordinación y compenetración es decisiva para la
verdadera naturaleza de la teología, y, por consiguiente, es decisiva para los
contenidos, modalidades y espíritu según los cuales hay que elaborar y estudiar
la sagrada doctrina.
Además, ya que la fe, punto de partida y de llegada de la
teología, opera una relación personal del creyente con Jesucristo en la
Iglesia, la teología tiene también características cristológicas y eclesiales
intrínsecas, que el candidato al sacerdocio debe asumir conscientemente, no
sólo por las implicaciones que afectan a su vida personal, sino también por
aquellas que afectan a su ministerio pastoral. Por ser la fe aceptación de la
Palabra de Dios, lleva a un «sí» radical del creyente a Jesucristo, Palabra
plena y definitiva de Dios al mundo (cf. Hb 1, 1ss.). Por consiguiente,
la reflexión teológica tiene su centro en la adhesión a Jesucristo, Sabiduría
de Dios. La misma reflexión madura debe considerarse como una participación de
la «mente» de Cristo (cf. 1Co 2, 16)
en la forma humana de una ciencia (scientia fidei). Al mismo tiempo la
fe introduce al creyente en la Iglesia y lo hace partícipe de su vida, como
comunidad de fe. En consecuencia, la teología posee una dimensión eclesial,
porque es una reflexión madura sobre la fe de la Iglesia hecha por el teólogo, que
es miembro de la Iglesia.(166)
Estas perspectivas cristológicas y eclesiales, que son connaturales a la
teología, ayudan a desarrollar en los candidatos al sacerdocio, además del
rigor científico, un grande y vivo amor a Jesucristo y a su Iglesia: este amor,
a la vez que alimenta su vida espiritual, les sirve de pauta para el ejercicio
generoso de su ministerio. Tal era precisamente la intención del Concilio
Vaticano II, cuando pedía la reforma de los estudios eclesiásticos, mediante
una más adecuada estructuración de las diversas disciplinas filosóficas y
teológicas para hacer que «concurran armoniosamente a abrir cada vez más las
inteligencias de los alumnos al misterio de Cristo, que afecta a toda la
humanidad, influye constantemente en la Iglesia y actúa sobre todo por obra del
ministerio sacerdotal».(167)
La formación intelectual teológica y la vida espiritual —en particular la
vida de oración— se encuentran y refuerzan mutuamente, sin quitar por ello nada
a la seriedad de la investigación ni al gusto espiritual de la oración. San
Buenaventura advierte: «Nadie crea que le baste la lectura sin la unción, la
especulación sin la devoción, la búsqueda sin el asombro, la observacion sin el
júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia
sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la
sabiduría de la inspiración sobrenatural».(168)
54. La formación teológica es una tarea sumamente compleja
y comprometida. Ella debe llevar al candidato al sacerdocio a poseer una visión
completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de
la experiencia de fe de la Iglesia; de ahí la doble exigencia de conocer
«todas» las verdades cristianas y conocerlas de manera orgánica, sin hacer
selecciones arbitrarias. Esto exige ayudar al alumno a elaborar una síntesis
que sea fruto de las aportaciones de las diversas disciplinas teológicas, cuyo
carácter específico alcanza auténtico valor sólo en la profunda coordinación de
todas ellas.
En su reflexión madura sobre la fe, la teología se mueve en dos direcciones.
La primera es la del estudio de la Palabra de Dios: la palabra escrita
en el Libro sagrado, celebrada y transmitida en la Tradición viva de la Iglesia
e interpretada auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de la
Sagrada Escritura, «la cual debe ser como el alma de toda la teología»:(169) de
los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia eclesiástica, de las
declaraciones del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre, interlocutor
de Dios: el hombre llamado a «creer», a «vivir» y a «comunicar» a los demás
la fides y el ethos cristiano. De aquí el estudio de la dogmática, de la
teología moral, de la teología espiritual, del derecho canónico y de la
teología pastoral.
La referencia al hombre creyente lleva la teología a dedicar una particular
atención, por un lado, a las consecuencias fundamentales y permanentes de la
relación fe-razón; por otro, a algunas exigencias más relacionadas con la
situación social y cultural de hoy. Bajo el primer punto de vista se sitúa el
estudio de la teología fundamental, que tiene como objeto el hecho de la
revelación cristiana y su transmisión en la Iglesia. En la segunda perspectiva
se colocan aquellas disciplinas que han tenido y tienen un desarrollo más
decisivo como respuestas a problemas hoy intensamente vividos, como por ejemplo
el estudio de la doctrina social de la Iglesia, que «pertenece al ámbito... de
la teología y especialmente de la teología moral», (170) y que es uno de los
«componentes esenciales» de la «nueva evangelización», de la que es
instrumento;(171) igualmente el estudio de la misión, del ecumenismo, del
judaísmo, del Islam y de otras religiones no cristianas.
55. La formación teológica actual debe prestar particular
atención a algunos problemas que no pocas veces suscitan dificultades,
tensiones, desorientación en la vida de la Iglesia. Piénsese en la relación
entre las declaraciones del Magisterio y las discusiones teológicas; relación
que no siempre se desarrolla como debería ser, o sea, en la perspectiva de la
colaboración. Ciertamente «el Magisterio vivo de la Iglesia y la teología —aun
desempeñado funciones diversas— tienen en definitiva el mismo fin: mantener al
Pueblo de Dios en la verdad que hace libres y hacer de él la "luz de las
naciones". Dicho servicio a la comunidad eclesial pone en relación
recíproca al teólogo con el Magisterio. Este último enseña auténticamente la
doctrina de los Apóstoles y, sacando provecho del trabajo teológico, replica a
las objeciones y deformaciones de la fe, proponiendo además, con la autoridad
recibida de Jesucristo, nuevas profundizaciones, explicitaciones y aplicaciones
de la doctrina revelada. La teología, en cambio, adquiere, de modo reflejo, una
comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios, contenida en la
Escritura y transmitida fielmente por la Tradición viva de la Iglesia bajo la
guía del Magisterio, a la vez que se esfuerza por aclarar esta enseñanza de la
Revelación frente a las instancias de la razón y le da una forma orgánica y
sistemática».(172) Pero cuando, por una serie de motivos, disminuye esta
colaboración, es preciso no prestarse a equívocos y confusiones, sabiendo
distinguir cuidadosamente «la doctrina común de la Iglesia, de las opiniones de
los teólogos y de las tendencias que se desvanecen con el pasar del tiempo (las
llamadas "modas")».(173) No existe un magisterio «paralelo», porque
el único magisterio es el de Pedro y los apóstoles, el del Papa y los
Obispos.(174)
Otro problema, que se da principalmente donde los estudios seminarísticos
están encomendados a instituciones académicas, se refiere a la relación entre
el rigor científico de la teología y su aplicación pastoral, y, por tanto, la
naturaleza pastoral de la teología. En realidad, se trata de dos características
de la teología y de su enseñanza que no sólo no se oponen entre sí, sino que
coinciden, aunque sea bajo aspectos diversos, en el plano de una más completa
«inteligencia de la fe». En efecto, el caracter pastoral de la teología no
significa que ésta sea menos doctrinal o incluso que esté privada de su
carácter científico; por el contrario, significa que prepara a los futuros
sacerdotes para anunciar el mensaje evangélico a través de los medios
culturales de su tiempo y a plantear la acción pastoral según una auténtica
vision teológica. Y así, por un lado, un estudio respetuoso del carácter
rigurosamente científico de cada una de las disciplinas teológicas contribuirá
a la formación más completa y profunda del pastor de almas como maestro de la fe;
por otro lado, una adecuada sensibilidad en su aplicación pastoral hará que sea
el estudio serio y científico de la teología verdaderamente formativo para los
futuros presbíteros.
Un problema ulterior nace de la exigencia —hoy intensamente sentida— de la evangelización
de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe. Es éste un
problema eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y
particular sensibilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio: «En
las actuales circunstancias, en que en algunas regiones del mundo la religión
cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto antiguas como
modernas, es de gran importancia que en toda la formación intelectual y humana
se considere necesaria y esencial la dimensión de la inculturación.(175) Pero
esto exige previamente una teología auténtica, inspirada en los principios
católicos sobre esa inculturación. Estos principios se relacionan con el
misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la antropología cristiana e
iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta, ante las culturas más
dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo,
quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas
las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no
significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el
Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando
sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y
elevando sus valores al misterio de la salvación, que proviene de Cristo.(176)
El problema de esta inculturación puede tener un interés específico cuando los
candidatos al sacerdocio provienen de culturas autóctonas; entonces,
necesitarán métodos adecuados de formación, sea para superar el peligro de ser
menos exigentes y desarrollar una educación más débil de los valores humanos,
cristianos y sacerdotales, sea para revalorizar los elementos buenos y
auténticos de sus culturas y tradiciones».(177)
56. Siguiendo las enseñanzas y orientaciones del Concilio
Vaticano II y las normas de aplicación de la Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis, ha tenido lugar en la Iglesia una amplia
actualización de la enseñanza de las disciplinas filosóficas y, sobre todo,
teológicas en los seminarios. Aun necesitando en algunos casos ulteriores
enmiendas o desarrollos, esta actualización ha contribuido en su conjunto a
destacar cada vez más el proyecto educativo en el ámbito de la formación
intelectual. A este respecto, «los Padres sinodales han afirmado de nuevo, con
frecuencia y claridad, la necesidad —más aún, la urgencia-&127;— de que se
aplique en los seminarios y en las casas de formación el plan fundamental de
estudios, tanto el universal como el de cada nación o Conferencia
episcopal».(178)
Es necesario contrarrestar decididamente la tendencia a reducir la seriedad
y el esfuerzo en los estudios, que se deja sentir en algunos ambientes
eclesiales, como consecuencia de una preparación básica insuficiente y con
lagunas en los alumnos que comienzan el período filosófico y teológico. Esta
misma situación contemporánea exige cada vez más maestros que estén realmente a
la altura de la complejidad de los tiempos y sean capaces de afrontar, con
competencia, claridad y profundidad los interrogantes vitales del hombre de
hoy, a los que sólo el Evangelio de Jesús da la plena y definitiva respuesta.
La formación pastoral: comunicar la
caridad de Jesucristo, buen Pastor
57.
Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a prepararlos
de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor. Por
tanto, esta formación, en sus diversos aspectos, debe tener un carácter
esencialmente pastoral. Lo afirma claramente el decreto conciliar Optatam totius, refiriéndose a los seminarios
mayores: «La educación de los alumnos debe tender a la formación de
verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo,
Maestro, Sacerdote y Pastor. Por consiguiente, deben prepararse para el
ministerio de la Palabra: para comprender cada vez mejor la palabra revelada
por Dios, poseerla con la meditación y expresarla con la palabra y la conducta;
deben prepararse para el ministerio del culto y de la santificación, a fin de
que, orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas, ejerzan la obra de
salvación por medio del sacrificio eucarístico y los sacramentos; deben
prepararse para el ministerio del Pastor: para que sepan representar delante de
los hombres a Cristo, que "no vino a ser servido, sino a servir y dar su
vida para redención del mundo" (Mc 10, 45; cf. Jn 13, 12-17), y, hechos servidores de
todos, ganar a muchos (cf. 1Co 9, 19)».(179)
El texto conciliar insiste en la profunda coordinación que hay entre los
diversos aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual; y, al mismo
tiempo, en su finalidad pastoral específica. En este sentido, la finalidad
pastoral asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos
contenidos y características concretas, a la vez que unifica y determina toda
la formación de los futuros sacerdotes.
Como cualquier otra formación, también la formación pastoral se desarrolla
mediante la reflexión madura y la aplicación práctica, y tiene sus raíces
profundas en un espíritu que es el soporte y la fuerza impulsora y de
desarrollo de todo.
Por tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia disciplina
teológica: la teología pastoral o práctica, que es una reflexión
científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través
de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia como «sacramento universal de
salvación», (180) como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo
en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral
no es solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y
métodos; posee una categoría teológica plena, porque recibe de la fe los
principios y criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la historia, de
una Iglesia que «engendra» cada día a la Iglesia misma, según la feliz
expresión de San Beda el Venerable: «Nam et Ecclesia quotidie gignit
Ecclesiam».(181) Entre estos principios y criterios se encuentra aquel
especialmente importante del discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural
y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral.
El estudio de la teología pastoral debe iluminar la aplicación práctica mediante
la entrega y algunos servicios pastorales, que los candidatos al sacerdocio
deben realizar, de manera progresiva y siempre en armonía con las demás tareas
formativas; se trata de «experiencias» pastorales, que han de confluir en un
verdadero «aprendizaje pastoral», que puede durar incluso algún tiempo y que
requiere una verificación de manera metódica.
Mas el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una
fuente interior, que la formación deberá custodiar y valorarizar: se trata de la
comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús, la cual,
así como ha sido el principio y fuerza de su acción salvífica, también, gracias
a la efusión del Espíritu Santo en el sacramento del Orden, debe ser principio
y fuerza del ministerio del presbítero. Se trata de una formación destinada no
sólo a asegurar una competencia pastoral científica y una preparación práctica,
sino también, y sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo de estar en
comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor: «Tened
entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5).
58. Entendida así, la formación pastoral no puede reducirse
a un simple aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una técnica pastoral. El
proyecto educativo del seminario se encarga de una verdadera y propia iniciación
en la sensibilidad del pastor, a asumir de manera consciente y madura sus
responsabilidades, en el hábito interior de valorar los problemas y establecer
las prioridades y los medios de solución, fundados siempre en claras
motivaciones de fe y según las exigencias teológicas de la pastoral misma.
A través de la experiencia inicial y progresiva en el ministerio, los
futuros sacerdotes podrán ser introducidos en la tradición pastoral viva de su
Iglesia particular; aprenderán a abrir el horizonte de su mente y de su corazón
a la dimensión misionera de la vida eclesial; se ejercitarán en algunas formas
iniciales de colaboración entre sí y con los presbíteros a los cuales serán
enviados. En estos últimos recae —en coordinación con el programa del
seminario— una responsabilidad educativa pastoral de no poca importancia.
En la elección de los lugares y servicios adecuados para
la experiencia pastoral se debe prestar especial atención a la parroquia, (182)
célula vital de dichas experiencias sectoriales y especializadas, en la que los
candidatos al sacerdocio se encontrarán frente a los problemas inherentes a su
futuro ministerio. Los Padres sinodales han propuesto una serie de ejemplos
concretos, como la visita a los enfermos, la atención a los emigrantes, exiliados
y nómadas, el celo de la caridad que se traduce en diversas obras sociales. En
particular dicen: «Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de
Cristo mismo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38); el presbítero debe ser
también el signo visíble de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y Maestra.
Y puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias,
especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la violencia
ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de Dios, bien preparado
para toda obra buena (cf. 2Tm 3, 17),
reivindique los derechos y la dignidad del hombre. Pero evite adherirse a
falsas ideologías y olvidar, cuando trata de promover el bien, que el mundo es
redimido sólo por la cruz de Cristo».(183)
El conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al futuro
sacerdote a vivir como «servicio» la propia misión de «autoridad» en la
comunidad, alejándose de toda actitud de superioridad o ejercicio de un poder
que no esté siempre y exclusivamente justificado por la caridad pastoral.
Para una adecuada formación es necesario que las diversas experiencias de
los candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter «ministerial», siempre en
íntima conexión con todas las exigencias propias de la preparación al
presbiterado y (por supuesto, sin menoscabo del estudio) relacionadas con el
triple servicio de la Palabra, del culto y de presidir la comunidad. Estos
servicios pueden ser la traducción concreta de los ministerios del Lectorado,
Acolitado y Diaconado.
59. Ya que la actividad pastoral está destinada por su
naturaleza a animar la Iglesia, que es esencialmente «misterio», «comunión», y
«misión», la formación pastoral deberá conocer y vivir estas dimensiones
eclesiales en el ejercicio del ministerio.
Es fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es
«misterio», obra divina, fruto del Espíritu de Cristo, signo eficaz de la
gracia, presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana; esta conciencia, a
la vez que no disminuirá el sentido de responsabilidad propio del pastor, lo
convencerá de que el crecimiento de la Iglesia es obra gratuita del Espíritu y
que su servicio —encomendado por la misma gracia divina a la libre
responsabilidad humana— es el servicio evangélico del «siervo inútil» (cf.Lc 17, 10).
En segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como «comunión» ayudará
al candidato al sacerdocio a realizar una pastoral comunitaria, en colaboración
cordial con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes
diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos. Pero esta colaboración supone el
conocimiento y la estima de los diversos dones y carismas, de las diversas
vocaciones y responsabilidades que el Espíritu ofrece y confía a los miembros
del Cuerpo de Cristo; requiere un sentido vivo y preciso de la propia identidad
y de la de las demás personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia,
dulzura, capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un amor a
la Iglesia más grande que el amor a sí mismos y a las agrupaciones a las cuales
se pertenece. Es especialmente importante preparar a los futuros sacerdotes para
la colaboración con los laicos. «Oigan de buen grado —dice el Concilio—
a los laicos, considerando fraternalmente sus deseos y reconociendo su
experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, a fin
de que, juntamente con ellos, puedan conocer los signos de los tiempos».(184)
El Sínodo ha insistido también en la atención pastoral a los laicos: «Es
necesario que el alumno sea capaz de proponer y ayudar a vivir a los fieles
laicos, especialmente los jóvenes, las diversas vocaciones (matrimonio,
servicios sociales, apostolado, ministerios y responsabilidades en las
actividades pastorales, vida consagrada, dirección de la vida política y
social, investigación científica, enseñanza). Sobre todo es necesario enseñar y
ayudar a los laicos en su vocación de impregnar y transformar el mundo con la
luz del Evangelio, reconociendo su propio cometido y respetándolo».(185)
Por último, la conciencia de la Iglesia como comunión «misionera»
ayudará al candidato al sacerdocio a amar y vivir la dimensión misionera
esencial de la Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar
abierto y disponible para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio
del Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al respecto
los medios de comunicación social;(186) y a prepararse para un ministerio que
podrá exigirle la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para
ser enviado a predicar el Evangelio fuera de su país.(187)
II. AMBIENTES PROPIOS DE LA FORMACIÓN
SACERDOTAL
La comunidad formativa del Seminario mayor
60. La necesidad del Seminario mayor —y de una análoga Casa
religiosa de formación— para la preparación de los candidatos al sacerdocio,
como fue afirmada categóricamente por el Concilio Vaticano II, (l88) ha sido reiterada
por el Sínodo con estas palabras: «La institución del Seminario mayor, como
lugar óptimo de formación, debe ser confirmada como ambiente normal, incluso
material, de una vida comunitaria y jerárquica, es más, como casa propia para
la formación de los candidatos al sacerdocio, con superiores verdaderamente
consagrados a esta tarea. Esta institución ha dado muchísimos frutos a través
de los siglos y continúa dándolos en todo el mundo».(189)
El seminario, que representa como un tiempo y un espacio
geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino: la
comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor
para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa
que el Señor dedicó a los Doce. En realidad, los Evangelios nos presentan la
vida de trato íntimo y prolongado con Jesús como condición necesaria para el
ministerio apostólico. Esa vida exige a los Doce llevar a cabo, de un modo
particularmente claro y específico, el desprendimiento —propuesto en cierta
medida a todos los discípulos— del ambiente de origen, del trabajo habitual, de
los afectos más queridos (cf. Mc 1, 16-20;
10, 28; Lc 9, 11. 27-28; 9, 57-62;
14, 25-27). Se ha citado varias veces la narración de Marcos, que subraya la
relación profunda que une a los apóstoles con Cristo y entre sí; antes de ser
enviados a predicar y curar, son llamados «para que estuvieran con él» (Mc 3, 14).
La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación
en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en
la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la
espera del don del Espíritu para la misión. Esta identidad constituye el ideal
formativo que —en las muy diversas formas y múltiples vicisitudes que como institución
humana ha tenido en la historia— estimula al seminario a encontrar su
realización concreta, fiel a los valores evangélicos en los que se inspira y
capaz de responder a las situaciones y necesidades de los tiempos.
El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida de la
Iglesia; en él el Obispo se hace presente a través del ministerio del
rector y del servicio de corresponsabilidad y de comunión con los demás
educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los alumnos. Los
diversos miembros de la comunidad del seminario, reunidos por el Espíritu en
una sola fraternidad, colaboran, cada uno según su propio don, al crecimiento
de todos en la fe y en la caridad, para que se preparen adecuadamente al
sacerdocio y por tanto a prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia
redentora de Jesucristo, el buen Pastor.
Incluso desde un punto de vista humano, el Seminario mayor debe tratar de
ser «una comunidad estructurada por una profunda amistad y caridad, de modo que
pueda ser considerada una verdadera familia que vive en la alegría».(190) Desde
un punto de vista cristiano, el Seminario debe configurarse —continúan los
Padres sinodales—, como «comunidad eclesial», como «comunidad de discípulos del
Señor, en la que se celebra una misma liturgia (que impregna la vida del
espíritu de oración), formada cada día en la lectura y meditación de la Palabra
de Dios y con el sacramento de la Eucaristía, en el ejercicio de la caridad
fraterna y de la justicia; una comunidad en la que, en el progreso de la vida
comunitaria y en la vida de cada miembro, resplandezcan el Espíritu de Cristo y
el amor a la Iglesia».(191) Confirmando y desarrollando concretamente esta
esencial dimensión eclesial del Seminario, los Padres sinodales afirman: «como
comunidad eclesial, sea diocesana o interdiocesana, o también religiosa, el
Seminario debe alimentar el sentido de comunión de los candidatos con su Obispo
y con su Presbiterio, de modo que participen en su esperanza y en sus
angustias, y sepan extender esta apertura a las necesidades de la Iglesia
universal».(192)
Es esencial para la formación de los candidatos al sacerdocio y al
ministerio pastoral —eclesial por naturaleza— que se viva en el Seminario no de
un modo extrínseco y superficial, como si fuera un simple lugar de habitación y
de estudio, sino de un modo interior y profundo: como una comunidad
específicamente eclesial, una comunidad que revive la experiencia del grupo de
los Doce unidos a Jesús.(193)
61. El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial
educativa, más aún, es una especial comunidad educativa. Y lo que determina
su fisonomía es el fin específico, o sea, el acompañamiento vocacional de los
futuros sacerdotes, y por tanto el discernimiento de la vocación, la ayuda para
corresponder a ella y la preparación para recibir el sacramento del Orden con
las gracias y responsabilidades propias, por las que el sacerdote se configura
con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y se prepara y compromete para compartir su
misión de salvación en la Iglesia y en el mundo.
En cuanto comunidad educativa, toda la vida del Seminario, en sus más
diversas expresiones, está intensamente dedicada a la formación humana,
espiritual, intelectual y pastoral de los futuros presbíteros; se trata de una
formación que, aun teniendo tantos aspectos comunes con la formación humana y
cristiana de todos los miembros de la Iglesia, presenta contenidos, modalidades
y características que nacen de manera específica de la finalidad que se
persigue, esto es, de preparar al sacerdocio.
Ahora bien, los contenidos y formas de la labor educativa exigen que el Seminario
tenga definido su propio plan, o sea, un programa de vida que se caracterice
tanto por ser orgánico-unitario, como por su sintonía o correspondencia con el
único fin que justifica la existencia del Seminario: la preparación de los
futuros presbíteros.
En este sentido, escriben los Padres sinodales: «en cuanto comunidad
educativa, (el Seminario) está al servicio de un programa claramente definido
que, como nota característica, tenga la unidad de dirección, manifestada en la
figura del Rector y sus colaboradores, en la coherencia de toda la ordenación
de la vida y actividad formativa y de las exigencias fundamentales de la vida
comunitaria, que lleva consigo también aspectos esenciales de la labor de
formación. Este programa debe estar al servicio —sin titubeos ni vaguedades— de
la finalidad específica, la única que justifica la existencia del Seminario, a
saber, la formación de los futuros presbíteros, pastores de la Iglesia.(194) Y
para que la programación sea verdaderamente adecuada y eficaz, es preciso que
las grandes líneas del programa se traduzcan más concretamente y al detalle,
mediante algunas normas particulares destinadas a ordenar la vida comunitaria,
estableciendo determinados instrumentos y algunos ritmos temporales precisos.
Otro aspecto que hay que subrayar aquí es la labor educativa que, por su
naturaleza, es el acompañamiento de estas personas históricas y concretas que
caminan hacia la opción y la adhesión a determinados ideales de vida.
Precisamente por esto la labor educativa debe saber conciliar armónicamente la
propuesta clara de la meta que se quiere alcanzar, la exigencia de caminar con
seriedad hacia ella, la atención al «viandante», es decir al sujeto concreto
empeñado en esta aventura y, consiguientemente, a una serie de situaciones,
problemas, dificultades, ritmos diversos de andadura y de crecimiento. Esto
exige una sabia elasticidad, que no significa precisamente transigir ni sobre
los valores ni sobre el compromiso consciente y libre, sino que quiere decir
amor verdadero y respeto sincero a las condiciones totalmente personales de
quien camina hacia el sacerdocio. Esto vale no sólo respecto a cada una de las
personas, sino también en relación con los diversos contextos sociales y
culturales en los que se desenvuelven los Seminarios y con la diversa historia
que cada uno de ellos tienen. En este sentido la obra educativa exige una
constante renovación. Por ello, los Padres sinodales han subrayado también
con fuerza, en relación con la configuración de los Seminarios: «Salva la
validez de las formas clásicas del Seminario, el Sínodo desea que continúe el
trabajo de consulta de las Conferencias Episcopales sobre las necesidades
actuales de la formación, como se mandaba en el decreto Optatan totius (n.
1) y en el Sínodo de 1967. Revísense oportunamente las Rationes de cada
nación o rito, ya sea con ocasión de las consultas hechas por las Conferencias
Episcopales, ya sea en las visitas apostólicas a los Seminarios de las diversas
naciones, para integrar en ellas diversos modelos comprobados de formación, que
respondan a las necesidades de los pueblos de cultura así llamada indígena, de
las vocaciones de adultos, de las vocaciones misioneras, etc».1(95)
62. La finalidad y la forma educativa específica del
Seminario mayor exige que los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna
preparación previa. Esta preparación no creaba —al menos hasta hace algún
decenio— problemas particulares, ya que los aspirantes provenían habitualmente
de los Seminarios menores y la vida cristiana de las comunidades eclesiales
ofrecía con facilidad a todos indistintamente una discreta instrucción y
educación cristiana.
La situación en muchos lugares ha cambiado bastante. En efecto, se da una
fuerte discrepancia entre el estilo de vida y la preparación básica, de los
chicos, adolescentes y jóvenes —aunque sean cristianos e incluso comprometidos
en la vida de la Iglesia—, por un lado, y, por otro, el estilo de vida del
Seminario y sus exigencias formativas. En este punto, en comunión con los
Padres sinodales, pido que haya un período adecuado de preparación que preceda
la formación del Seminario: «Es útil que haya un período de preparación humana,
cristiana, intelectual y espiritual para los candidatos al Seminario mayor.
Estos candidatos deben tener determinadas cualidades: la recta intención, un
grado suficiente de madurez humana, un conocimiento bastante amplio de la
doctrina de la fe, alguna introducción a los métodos de oración y costumbres
conformes con la tradición cristiana. Tengan también las aptitudes propias de
sus regiones, mediante las cuales se expresa el esfuerzo de encontrar a Dios y
la fe (cf. Evangelii nuntiandi, 48).(196)
«Un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe», de que hablan los
Padres sinodales, se exige igualmente antes de la teología, pues no se puede
desarrollar una «intelligentia fidei» si no se conoce la «fides» en
su contenido. Una tal laguna podrá ser más fácilmente colmada mediante el
próximo Catecismo universal.
Mientras que, por una parte, se hace común el convencimiento de la necesidad
de esta preparación previa al Seminario mayor, por otra, se da diversa
valoración de sus contenidos y características, o sea: si la finalidad
prioritaria ha de ser la formación espiritual para el discernimiento vocacional,
o la formación intelectual o cultural. Además, no pueden olvidarse las muchas y
profundas diversidades que existen, no sólo en relación con cada uno de los
candidatos, sino también en relación con las varias regiones y países. Esto
aconseja una fase todavía de estudio y experimentación, para que puedan
definirse de una manera más oportuna y detallada los diversos elementos de esta
preparación previa o «período propedéutico»: tiempo, lugar, forma, temas
de este período, que desde luego han de estar en coordinación con los años
sucesivos de la formación en el Seminario.
En este sentido, asumo y propongo a la Congregación para la Educación
Católica la petición hecha por los Padres sinodales: «El Sínodo pide que la
Congregación para la Educación Católica recoja todas las informaciones sobre
las primeras experiencias ya hechas o que se están haciendo. En su momento, la
Congregación comunique a las Conferencias Episcopales las informaciones sobre
este tema».(197)
El Seminario menor y otras formas de
acompañamiento vocacional
63. Como demuestra una larga experiencia, la vocación
sacerdotal tiene, con frecuencia, un primer momento de manifestación en los
años de la preadolescencia o en los primerísimos años de la juventud. E incluso
en quienes deciden su ingreso en el Seminario más adelante, no es raro
constatar la presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores. La
historia de la Iglesia es un testimonio continuo de llamadas que el Señor hace
en edad tierna todavía. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, explica la
predilección de Jesús hacia el apóstol Juan «por su tierna edad» y saca de ahí
la siguiente conclusión: «esto nos da a entender cómo ama Dios de modo especial
a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud».(198)
La Iglesia, con la institución de los Seminarios menores, toma bajo su
especial cuidado, discerniendo y acompañando, estos brotes de vocación
sembrados en los corazones de los muchachos. En varias partes del mundo estos
Seminarios continúan desarrollando una preciosa labor educativa, dirigida a
custodiar y desarrollar los brotes de vocación sacerdotal, para que los alumnos
la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más capaces de corresponder a
ella. Su propuesta educativa tiende a favorecer oportuna y gradualmente aquella
formación humana, cultural y espiritual que llevará al joven a iniciar el
camino en el Seminario mayor con una base adecuada y sólida.
Prepararse «a seguir a Cristo Redentor con espíritu de generosidad y
pureza de intención»: éste es el fin del Seminario menor indicado por el
Concilio en el decreto Optatam totius, donde
se describe de la siguiente forma su carácter educativo: los alumnos «bajo la dirección
paterna de sus superiores, secundada por la oportuna cooperación de los padres,
lleven un género de vida que se avenga bien con la edad, espíritu y evolución
de los adolescentes, y se adapte de lleno a las normas de la sana psicología,
sin dejar a un lado la razonable experiencia de las cosas humanas y el trato
con la propia familia».(199)
El Seminario menor podrá ser también en la diócesis un punto de referencia
de la pastoral vocacional, con oportunas formas de acogida y oferta de
informaciones para aquellos adolescentes que están en búsqueda de la vocación o
que, decididos ya a seguirla, se ven obligados a retrasar el ingreso en el
Seminario por diversas circunstancias, familiares o escolares.
64. Donde no se dé la posibilidad de tener el Seminario
menor -—«necesario y muy útil en muchas regiones»— es preciso crear otras
«instituciones», (200) como podrían ser los grupos vocacionales para
adolescentes y jóvenes. Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer
en un ambiente comunitario una guía sistemática para el análisis y el
crecimiento vocacional. Incluso viviendo en familia y frecuentando la comunidad
cristiana que les ayude en su camino formativo, estos muchachos y estos jóvenes
no deben ser dejados solos. Ellos tienen necesidad de un grupo particular o de
una comunidad de referencia en la que apoyarse para seguir el itinerario
vocacional concreto que el don del Espíritu Santo ha comenzado en ellos.
Como siempre ha sucedido en la historia de la Iglesia, y con alguna
característica de esperanzadora novedad y frecuencia en las actuales
circunstancias, se constata el fenómeno de vocaciones sacerdotales que
se dan en la edad adulta, después de una más o menos larga experiencia
de vida laical y de compromiso profesional. No siempre es posible, y con
frecuencia no es ni siquiera conveniente, invitar a los adultos a seguir el
itinerario educativo del Seminario mayor. Se debe más bien programar, después
de un cuidadoso discernimiento sobre la autenticidad de estas vocaciones,
cualquier forma específica de acompañamiento formativo, de modo que se asegure,
mediante adaptaciones oportunas, la necesaria formación espiritual e
intelectual.(201) Una adecuada relación con los otros aspirantes al sacerdocio
y los períodos de presencia en la comunidad del Seminario mayor, podrán
garantizar la inserción plena de estas vocaciones en el único presbiterio, y su
íntima y cordial comunión con el mismo.
III. PROTAGONISTAS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La Iglesia y el Obispo
65. Puesto que la formación de los aspirantes al sacerdocio
pertenece a la pastoral vocacional de la Iglesia, se debe decir que la
Iglesia como tal es el sujeto comunitario que tiene la gracia y la
responsabilidad de acompañar a cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el
sacerdocio.
En este sentido, la lectura del misterio de la Iglesia nos ayuda a precisar
mejor el puesto y la misión que sus diversos miembros —individualmente y
también como miembros de un cuerpo— tienen en la formación de los aspirantes al
presbiterado.
Ahora bien, la Iglesia es por su propia naturaleza la
«memoria», el «sacramento» de la presencia y de la acción de Jesucristo en
medio de nosotros y para nosotros. A su misión salvadora se debe la llamada al
sacerdocio; y no sólo la llamada, sino también el acompañamiento para que la
persona que se siente llamada pueda reconocer la gracia del Señor y responda a
ella con libertad y con amor. Es el Espíritu de Jesús el que da la luz y la
fuerza en el discernimiento y en el camino vocacional. No hay, por
tanto, auténtica labor formativa para el sacerdocio sin el influjo del
Espíritu de Cristo. Todo formador humano debe ser plenamente consciente de
esto. ¿Cómo no ver una «riqueza» totalmente gratuita y radicalmente eficaz, que
tiene su «peso» decisivo en el trabajo formativo hacia el sacerdocio? ¿Y cómo
no gozar ante la dignidad de todo formador humano, que, en cierto sentido, se
presenta al aspirante al sacerdocio como visible representante de Cristo? Si la
preparación al sacerdocio es esencialmente la formación del futuro pastor a
imagen de Jesucristo, buen Pastor ¿quién mejor que el mismo Jesús, mediante la
infusión de su Espíritu, puede donar y llevar hasta la madurez aquella caridad
pastoral que Él ha vivido hasta el don total de sí mismo (cf. Jn 15, 13; 10, 11) y que quiere que
sea vivida también por todos los presbíteros?
El primer representante de Cristo en la formación
sacerdotal es el Obispo. Del Obispo, de cada Obispo, se podría afirmar lo
que el evangelista Marcos nos dice en el texto reiteradamente citado: «Llamó a
los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran
con él, y para enviarlos...» (Mc 3,
13-14). En realidad la llamada interior del Espíritu tiene necesidad de ser
reconocida por el Obispo como auténtica llamada. Si todos pueden «acercarse»
al Obispo, porque es Pastor y Padre de todos, lo pueden de un modo
particular sus presbíteros, por la común participación al mismo sacerdocio y ministerio.
El Obispo —dice el Concilio— debe considerarlos y tratarlos como «hermanos y
amigos».(202) Y esto se puede decir, por analogía, de cuantos se preparan al
sacerdocio. Por lo que se refiere al «estar con él» —del texto evangélico—,
esto es, con el Obispo, es ya un gran signo de la responsabilidad formativa de
éste para con los aspirantes al sacerdocio el hecho de que los visite con
frecuencia y en cierto modo «esté» con ellos.
La presencia del Obispo tiene un valor particular, no sólo porque ayuda a la
comunidad del Seminario a vivir su inserción en la Iglesia particular y su
comunión con el Pastor que la guía, sino también porque autentifica y estimula
la finalidad pastoral, que constituye lo específico de toda la formación de los
aspirantes al sacerdocio. Sobre todo, con su presencia y con la
co-participación con los aspirantes al sacerdocio de todo cuanto se refiere a
la pastoral de la Iglesia particular, el Obispo contribuye fundamentalmente a
la formación del «sentido de Iglesia», como valor espiritual y pastoral central
en el ejercicio del ministerio sacerdotal.
La comunidad educativa del Seminario
66. La comunidad educativa del Seminario se articula en
torno a los diversos formadores: el rector, el director o padre espiritual, los
superiores y los profesores. Ellos se deben sentir profundamente unidos al
Obispo, al que, con diverso título y de modo distinto representan, y entre
ellos debe existir una comunión y colaboración convencida y cordial. Esta
unidad de los educadores no sólo hace posible una realización adecuada del
programa educativo, sino que también y sobre todo ofrece a los futuros
sacerdotes el ejemplo significativo y el acceso a aquella comunión eclesial que
constituye un valor fundamental de la vida cristiana y del ministerio pastoral.
Es evidente que gran parte de la eficacia formativa depende de la
personalidad madura y recia de los formadores, bajo el punto de visto humano y
evangélico. Por esto son particularmente importantes, por un lado, la
selección cuidada de los formadores y, por otro, el estimularles para que
se hagan cada vez más idóneos para la misión que les ha sido confiada. Conscientes
de que precisamente en la selección y formación de los formadores radica el
porvenir de la preparación de los candidatos al sacerdocio, los Padres
sinodales se han detenido ampliamente a precisar la identidad de los
educadores. En particular, han escrito: «La misión de la formación de los
aspirantes al sacerdocio exige ciertamente no sólo una preparación especial de
los formadores, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual, humana
y teológica, sino también el espíritu de comunión y colaboración en la unidad
para desarrollar el programa, de modo que siempre se salve la unidad en la
acción pastoral del Seminario bajo la guía del rector. El grupo de formadores
dé testimonio de una vida verdaderamente evangélica y de total entrega al
Señor. Es oportuno que tenga una cierta estabilidad, que resida habitualmente
en la comunidad del Seminario y que esté íntimamente unido al Obispo, como
primer responsable de la formación de los sacerdotes».(203)
Son los Obispos los primeros que deben sentir su grave responsabilidad en la
formación de los encargados de la educación de los futuros presbíteros. Para
este ministerio deben elegirse sacerdotes de vida ejemplar y con determinadas
cualidades: «la madurez humana y espiritual, la experiencia pastoral, la
competencia profesional, la solidez en la propia vocación, la capacidad de
colaboración, la preparación doctrinal en las ciencias humanas (especialmente
la psicología), que son propias de su oficio, y el conocimiento del estilo
peculiar del trabajo en grupo».(204)
Respetando la distinción entre foro interno y externo, la conveniente
libertad para escoger confesores, y la prudencia y discreción del ministerio
del director espiritual, la comunidad presbiteral de los educadores debe
sentirse solidaria en la responsabilidad de educar a los aspirantes al
sacerdocio. A ella, siempre contando con la conjunta valoración del Obispo y
del rector, corresponde en primer lugar la misión de procurar y comprobar la
idoneidad de los aspirantes en lo que se refiere a las dotes espirituales,
humanas e intelectuales, principalmente en cuanto al espíritu de oración,
asimilación profunda de la doctrina de la fe, capacidad de auténtica
fraternidad y carisma del celibato.(205)
Teniendo presente —como también lo han recordado los Padres sinodales— las
indicaciones de la Exhortación Christifideles laici(206) y de la Carta Apostólica Mulieris
Dignitatem, que advierten la utilidad de un sano influjo de la
espiritualidad laical y del carisma de la feminidad en todo itinerario
educativo, es oportuno contar también —de forma prudente y adaptada a los
diversos contextos culturales— con la colaboración de fieles laicos, hombres
y mujeres, en la labor formativa de los futuros sacerdotes. Habrán de ser
escogidos con particular atención, en el cuadro de las leyes de la Iglesia y
conforme a sus particulares carismas y probadas competencias. De su colaboración,
oportunamente coordenada e integrada en las responsabilidades educativas
primarias de los formadores de los futuros presbíteros, es lícito esperar
buenos frutos para un crecimiento equilibrado del sentido de Iglesia y para una
percepción más exacta de la propia identidad sacerdotal, por parte de los
aspirantes al presbiterado.(207)
Los profesores de teología
67. Cuantos introducen y acompañan a los futuros sacerdotes
en la sagrada doctrina mediante la enseñanza teológica tienen una
particular responsabilidad educativa, que con frecuencia —como enseña la
experiencia— es más decisiva que la de los otros educadores, en el desarrollo
de la personalidad presbiteral.
La responsabilidad de los profesores de teología, antes que en la
relación de docencia que deben entablar con los aspirantes al sacerdocio,
radica en la concepción que ellos deben tener de la naturaleza de la teología y
del ministerio sacerdotal, como también en el espíritu y estilo con el que
deben desarrollar su enseñanza teológica. En este sentido, los Padres sinodales
han afirmado justamente que el «teólogo debe ser siempre consciente de que a su
enseñanza no le viene la autoridad de él mismo, sino que debe abrir y comunicar
la inteligencia de la fe últimamente en el nombre del Señor Jesús y de la
Iglesia. Así, el teólogo, aun en el uso de todas las posibilidades científicas,
ejerce su misión por mandato de la Iglesia y colabora con el Obispo en el
oficio de enseñar. Y porque los teólogos y los Obispos están al servicio de la
misma Iglesia en la promoción de la fe, deben desarrollar y cultivar una
confianza recíproca y, con este espíritu, superar también las tensiones y los
conflictos (cf. más ampliamente la Instrucción de la Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre La vocación eclesial del teólogo)».(208)
El profesor de teología, como cualquier otro educador, debe estar en
comunión y colaborar abiertamente con todas las demás personas dedicadas a la
formación de los futuros sacerdotes, y presentar con rigor científico,
generosidad, humildad y entusiasmo su aportación original y cualificada, que no
es sólo la simple comunicación de una doctrina —aunque ésta sea la doctrina
sagrada—, sino que es sobre todo la oferta de la perspectiva que, en el
designio de Dios, unifica todos los diversos saberes humanos y las diversas
expresiones de vida.
En particular, la fuerza específica e incisiva de los profesores de teología
se mide, sobre todo, por ser «hombres de fe y llenos de amor a la Iglesia, convencidos
de que el sujeto adecuado del conocimiento del misterio cristiano es la Iglesia
como tal, persuadidos por tanto de que su misión de enseñar es un auténtico
ministerio eclesial, llenos de sentido pastoral para discernir no sólo los
contenidos, sino también las formas mejores en el ejercicio de este ministerio.
De modo especial, a los profesores se les pide la plena fidelidad al Magisterio
porque enseñan en nombre de la Iglesia y por esto son testigos de la fe».(209)
Comunidades de origen, asociaciones,
movimientos juveniles
68. Las comunidades de las que proviene el aspirante al
sacerdocio, aun teniendo en cuenta la separación que la opción vocacional lleva
consigo, siguen ejerciendo un influjo no indiferente en la formación del futuro
sacerdote. Por eso deben ser conscientes de su parte específica de
responsabilidad.
Recordemos, en primer lugar, a la familia: los
padres cristianos, como también los hermanos, hermanas y otros miembros del
núcleo familiar, no deben nunca intentar llevar al futuro presbítero a los
límites estrechos de una lógica demasiado humana, cuando no mundana, aunque a
esto sea un sincero afecto lo que los impulse (cf. Mc 3, 20-21. 31-35). Al contrario,
animados ellos mismos por el mismo propósito de «cumplir la voluntad de Dios»,
sepan acompañar el camino formativo con la oración, el respeto, el buen ejemplo
de las virtudes domésticas y la ayuda espiritual y material, sobre todo en los
momentos difíciles. La experiencia enseña que, en muchos casos, esta ayuda
múltiple ha sido decisiva para el aspirante al sacerdocio. Incluso en el caso
de padres y familiares indiferentes o contrarios a la opción vocacional, la
confrontación clara y serena con la posición del joven y los incentivos que de
ahí se deriven, pueden ser de gran ayuda para que la vocación sacerdotal madure
de un modo más consciente y firme.
En estrecha relación con las familias está la comunidad parroquial: ambas
se unen en el plano de la educación en la fe; además, con frecuencia, la
parroquia, mediante una específica pastoral juvenil y vocacional, ejerce un
papel de suplencia de la familia. Sobre todo, por ser la realización local más
inmediata del misterio de la Iglesia, la parroquia ofrece una aportación
original y particularmente preciosa a la formación del futuro sacerdote. La
comunidad parroquial debe continuar sintiendo como parte viva de sí misma al
joven en camino hacia el sacerdocio, lo debe acompañar con la oración, acogerlo
entrañablemente en los tiempos de vacaciones, respetar y favorecer la formación
de su identidad presbiteral, ofreciéndole ocasiones oportunas y estímulos
vigorosos para probar su vocación a la misión.
También las asociaciones y los movimientos juveniles, signo y
confirmación de la vitalidad que el Espíritu asegura a la Iglesia, pueden y
deben contribuir a la formación de los aspirantes al sacerdocio, en particular
de aquellos que surgen de la experiencia cristiana, espiritual y apostólica de
estas instituciones. Los jóvenes que han recibido su formación de base en ellas
y las tienen como punto de referencia para su experiencia de Iglesia, no deben
sentirse invitados a apartarse de su pasado y cortar las relaciones con el
ambiente que ha contribuido a su decisión vocacional ni tienen por qué cancelar
los rasgos característicos de la espiritualidad que allí aprendieron y
vivieron, en todo aquello que tienen de bueno, edificante y enriquecedor.(210)
También para ellos este ambiente de origen continúa siendo fuente de ayuda y
apoyo en el camino formativo hacia el sacerdocio.
Las oportunidades de educación en la fe y de crecimiento cristiano y
eclesial que el Espíritu ofrece a tantos jóvenes a través de las múltiples
formas de grupos, movimientos y asociaciones de variada inspiración evangélica,
deben ser sentidas y vividas como regalo del espíritu que anima la institución
eclesial y está a su servicio. En efecto, un movimiento o una espiritualidad
particular «no es una estructura alternativa a la institución. Al contrario, es
fuente de una presencia que continuamente regenera en ella la autenticidad
existencial e histórica. Por esto, el sacerdote debe encontrar en el movimiento
eclesial la luz y el calor que lo hacen ser fiel a su Obispo y dispuesto a los
deberes de la institución y atento a la disciplina eclesiástica, de modo que
sea más fértil la vibración de su fe y el gusto de su fidelidad».(211)
Por tanto, es necesario que, en la nueva comunidad del Seminario —que el
Obispo ha congregado—, los jóvenes provenientes de asociaciones y movimientos eclesiales
aprendan «el respeto a los otros caminos espirituales y el espíritu de diálogo
y cooperación», se atengan con coherencia y cordialidad a las indicaciones
formativas del Obispo y de los educadores del Seminario, confiándose con
actitud sincera a su dirección y a sus valoraciones.(212) Dicha actitud prepara
y, de algún modo, anticipa la genuina opción presbiteral de servicio a todo el
Pueblo de Dios, en la comunión fraterna del presbiterio y en obediencia al
Obispo.
La participación del seminarista y del presbítero diocesano en
espiritualidades particulares o instituciones eclesiales es ciertamente, en sí
misma, un factor beneficioso de crecimiento y de fraternidad sacerdotal. Pero
esta participación no debe obstaculizar sino ayudar el ejercicio del ministerio
y la vida espiritual que son propios del sacerdote diocesano, el cual «sigue
siendo siempre pastor de todo el conjunto. No sólo es el "hombre
permanente", siempre disponible para todos, sino el que va al encuentro de
todos —en particular está a la cabeza de las parroquias— para que todos
descubran en él la acogida que tienen derecho a esperar en la comunidad y en la
Eucaristía que los congrega, sea cual sea su sensibilidad religiosa y su
dedicación pastoral».(213)
El mismo aspirante
69. Por último, no se puede olvidar que el mismo aspirante
al sacerdocio es también protagonista necesario e insustituible de su
formación: toda formación -incluida la sacerdotal es en definitiva una
auto-formación. Nadie nos puede sustituir en la libertad responsable que
tenemos cada uno como persona.
Ciertamente también el futuro sacerdote —él el primero— debe crecer en la
conciencia de que el Protagonista por antonomasia de su formación es el
Espíritu Santo, que, con el don de un corazón nuevo, configura y hace semejante
a Jesucristo, el buen Pastor; en este sentido, el aspirante fortalecerá de una
manera más radical su libertad acogiendo la acción formativa del Espíritu. Pero
acoger esta acción significa también, por parte del aspirante al sacerdocio,
acoger las «mediaciones» humanas de las que el Espíritu se sirve. Por esto la
acción de los varios educadores resulta verdadera y plenamente eficaz sólo si
el futuro sacerdote ofrece su colaboración personal, convencida y cordial.
CAPÍTULO VI
TE RECOMIENDO
QUE REAVIVES EL CARISMA DE DIOS QUE ESTÁ EN TI
Formación permanente de los sacerdotes
Razones teológicas de la formación
permanente
70.
«Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti» (2Tm 1, 6).
Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se pueden
aplicar legítimamente a la formación permanente a la que están llamados todos
los sacerdotes en razón del «don de Dios» que han recibido con la ordenación
sagrada. Ellas nos ayudan a entender el contenido real y la originalidad
inconfundible de la formación permanente de los presbíteros. También contribuye
a ello otro texto de san Pablo en la otra carta a Timoteo: «No descuides el
carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante
la imposición de las manos del colegio de presbíteros. Ocúpate en estas cosas;
vive entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Vela
por ti mismo y por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando
así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» (1Tm 4, 14-16).
El Apóstol pide a Timoteo que «reavive», o sea, que vuelva
a encender el don divino, como se hace con el fuego bajo las cenizas, en el
sentido de acogerlo y vivirlo sin perder ni olvidar jamás aquella «novedad
permanente» que es propia de todo don de Dios, —que hace nuevas todas las cosas
(cf.Ap 21, 5)— y,
consiguientemente, vivirlo en su inmarcesible frescor y belleza originaria.
Pero este «reavivar» no es sólo el resultado de una tarea confiada a la
responsabilidad personal de Timoteo ni es sólo el resultado de un esfuerzo de
su memoria y de su voluntad. Es el efecto de un dinamismo de la gracia,
intrínseco al don de Dios: es Dios mismo, pues, el que reaviva su propio don,
más aún, el que distribuye toda la extraordinaria riqueza de gracia y de
responsabilidad que en él se encierran.
Con la efusión sacramental del Espíritu Santo que consagra y envía, el
presbítero queda configurado con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y
es enviado a ejercer el ministerio pastoral. Y así, al sacerdote, marcado en su
ser de una manera indeleble y para siempre como ministro de Jesús y de la
Iglesia, e inserto en una condición de vida permanente e irreversible, se le
confía un ministerio pastoral que, enraizado en su propio ser y abarcando toda
su existencia, es también permanente. El sacramento del Orden confiere al
sacerdote la gracia sacramental, que lo hace partícipe no sólo del «poder» y
del «ministerio» salvífico de Jesús, sino también de su «amor»; al mismo
tiempo, le asegura todas aquellas gracias actuales que le serán concedidas cada
vez que le sean necesarias y útiles para el digno cumplimiento del ministerio
recibido.
De esta manera, la formación permanente encuentra su propio fundamento y su
razón de ser original en el dinamismo del sacramento del Orden.
Ciertamente no faltan también razones simplemente humanas que han de
impulsar al sacerdote a la formación permanente. Ello es una exigencia de la
realización personal progresiva, pues toda vida es un camino incesante hacia la
madurez y ésta exige la formación continua. Es también una exigencia del
ministerio sacerdotal, visto incluso bajo su naturaleza genérica y común a las
demás profesiones, y por tanto como servicio hecho a los demás; porque no hay
profesión, cargo o trabajo que no exija una continua actualización, si se
quiere estar al día y ser eficaz. La necesidad de «mantener el paso» con la marcha
de la historia es otra razón humana que justifica la formación permanente.
Pero estas y otras razones quedan asumidas y especificadas por las razones
teológicas que se han recordado y que se pueden profundizar ulteriormente.
El sacramento del Orden, por su naturaleza de «signo», propia de
todos los sacramentos, puede considerarse —como realmente es— Palabra de
Dios. Palabra de Dios que llama y envía es la expresión más profunda
de la vocación y de la misión del sacerdote. Mediante el sacramento del Orden Dios
llama 'coram Ecclesia' al candidato al sacerdocio. El «ven y sígueme» de
Jesús encuentra su proclamación plena y definitiva en la celebración del
sacramento de su Iglesia: se manifiesta y se comunica mediante la voz de la
Iglesia, que resuena en los labios del Obispo que ora e impone las manos. Y el
sacerdote da respuesta, en la fe, a la llamada de Jesús: «vengo y te sigo».
Desde este momento comienza aquella respuesta que, como opción fundamental,
deberá renovarse y reafirmarse continuamente durante los años del sacerdocio en
otras numerosísimas respuestas, enraizadas todas ellas y vivificadas por el
«sí» del Orden sagrado.
En este sentido, se puede hablar de una vocación «en»
el sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando, revelando su designio
salvífico en el desarrollo histórico de la vida del sacerdote y de las
vicisitudes de la Iglesia y de la sociedad. Y precisamente en esta perspectiva
emerge el significado de la formación permanente; ésta es necesaria para
discernir y seguir esta continua llamada o voluntad de Dios. Así, el apóstol
Pedro es llamado a seguir a Jesús incluso después de que el Resucitado le ha
confiado su grey: «Le dice Jesús: 'Apacienta mis ovejas'. 'En verdad, en verdad
te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero
cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a
donde tú no quieras'. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a
glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'» (Jn 21, 17-19). Por tanto, hay un
«sígueme» que acompaña toda la vida y misión del apóstol. Es un «sígueme» que
atestigua la llamada y la exigencia de fidelidad hasta la muerte (cf. Jn 21, 22), un «sígueme» que puede
significar una«sequela Christi» con el don total de sí en el
martirio.(214)
Los Padres sinodales han expuesto la razón que muestra la necesidad de la
formación permanente y que, al mismo tiempo, descubre su naturaleza profunda,
considerándola como «fidelidad» al ministerio sacerdotal y como «proceso
de continua conversión».(215) Es el Espíritu Santo, infundido con el
sacramento, el que sostiene al presbítero en esta fidelidad y el que lo
acompaña y estimula en este camino de conversión constante. El don del Espíritu
Santo no excluye, sino que estimula la libertad del sacerdote para que coopere
responsablemente y asuma la formación permanente como un deber que se le
confía. De esta manera, la formación permanente es expresión y exigencia de la
fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser. Es, pues,
amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero es también un acto de
amor al Pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el sacerdote. Más aún,
es un acto de justicia verdadera y propia: él es deudor para con el
Pueblo de Dios, pues ha sido llamado a reconocer y promover el «derecho»
fundamental de ser destinatario de la Palabra de Dios, de los Sacramentos y del
servicio de la caridad, que son el contenido original e irrenunciable del
ministerio pastoral del sacerdote. La formación permanente es necesaria para
que el sacerdote pueda responder debidamente a este derecho del Pueblo de Dios.
Alma y forma de la formación permanente del sacerdote
es la caridad pastoral: el Espíritu Santo, que infunde la caridad pastoral,
inicia y acompaña al sacerdote a conocer cada vez más profundamente el misterio
de Cristo, insondable en su riqueza (cf. Ef
3, 14 ss.) y, consiguientemente, a conocer el misterio del
sacerdocio cristiano. La misma caridad pastoral empuja al sacerdote a conocer
cada vez más las esperanzas, necesidades, problemas, sensibilidad de los
destinatarios de su ministerio, los cuales han de ser contemplados en sus
situaciones personales concretas, familiares y sociales.
A todo esto tiende la formación permanente, entendida como opción consciente
y libre que impulse el dinamismo de la caridad pastoral y del Espíritu Santo, que
es su fuente primera y su alimento continuo. En este sentido la formación
permanente es una exigencia intrínseca del don y del ministerio sacramental
recibido, que es necesaria en todo tiempo, pero hoy lo es particularmente
urgente, no sólo por los rápidos cambios de las condiciones sociales y
culturales de los hombres y los pueblos, en los que se desarrolla el ministerio
presbiteral, sino también por la «nueva evangelización», que es la tarea
esencial e improrrogable de la Iglesia en este final del segundo milenio.
Los diversos aspectos de la formación
permanente
71. La formación permanente de los sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, es la continuación natural y absolutamente
necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad presbiteral
iniciado y desarrollado en el Seminario o en la Casa religiosa, mediante el
proceso formativo para la Ordenación.
Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación
que hay entre la formación que precede a la Ordenación y la que le sigue. En
efecto, si hubiese una discontinuidad o incluso una deformación entre estas dos
fases formativas, se seguirían inmediatamente consecuencias graves para la
actividad pastoral y para la comunión fraterna entre los presbíteros,
particularmente entre los de diferente edad. La formación permanente no es una
repetición de la recibida en el Seminario y que ahora es sometida a revisión o
ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que se desarrolla con
contenidos y sobre todo a través de métodos relativamente nuevos, como un hecho
vital unitario que, en su progreso —teniendo sus raíces en la formación del
Seminario— requiere adaptaciones, actualizaciones y modificaciones, pero sin
rupturas ni solución de continuidad.
Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar la futura
formación permanente y fomentar el ánimo y el deseo de los futuros presbíteros
en relación con ella, demostrando su necesidad, ventajas y espíritu, y
asegurando las condiciones de su realización.
Precisamente porque la formación permanente es una continuación de la del
Seminario, su finalidad no puede ser una mera actitud, que podría decirse,
«profesional», conseguida mediante el aprendizaje de algunas técnicas
pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un proceso general e
integral de continua maduración, mediante la profundización, tanto de los
diversos aspectos de la formación —humana, espiritual, intelectual y pastoral—,
como de su específica orientación vital e íntima, a partir de la caridad
pastoral y en relación con ella.
72. Una primera profundización se refiere a la dimensión
humana de la formación sacerdotal. En el trato con los hombres y en la vida
de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad
humana que le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir
las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las
alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y
dialogar con todos. Sobre todo conociendo y compartiendo, es decir, haciendo
propia, la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde
la indigencia a la enfermedad, desde la marginación a la ignorancia, a la
soledad, a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad
y la hace más auténtica y transparente, en un creciente y apasionado amor al
hombre.
Al hacer madurar su propia formación humana, el sacerdote
recibe una ayuda particular de la gracia de Jesucristo; en efecto, la caridad
del buen Pastor se manifestó no sólo con el don de la salvación a los hombres,
sino también con la participación de su vida, de la que el Verbo, que se ha
hecho «carne» (cf. Jn 1, 14), ha
querido conocer la alegría y el sufrimiento, experimentar la fatiga, compartir
las emociones, consolar las penas. Viviendo como hombre entre los hombres y con
los hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina y perfecta expresión de
humanidad; lo vemos festejar las bodas de Caná, visitar a una familia amiga,
conmoverse ante la multitud hambrienta que lo sigue, devolver a sus padres
hijos que estaban enfermos o muertos, llorar la pérdida de Lázaro...
Del sacerdote, cada vez más maduro en su sensibilidad
humana, ha de poder decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo que de Jesús
dice la Carta a los Hebreos: «No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros,
excepto en el pecado» (Hb 4, 15).
La formación del presbítero en su dimensión espiritual es
una exigencia de la vida nueva y evangélica a la que ha sido llamado de manera
específica por el Espíritu Santo infundido en el sacramento del Orden. El
Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, Cabeza y
Pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser
asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante
una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más
amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta
relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y
psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para
aquella «vida según el Espíritu» y para aquel «radicalismo evangélico» al que
está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente
en su aspecto espiritual. Esta formación es necesaria también para el
ministerio sacerdotal, su autenticidad y fecundidad espiritual. «¿Ejerces la
cura de almas?», preguntaba san Carlos Borromeo. Y respondía así en el discurso
dirigido a los sacerdotes: «No olvides por eso el cuidado de ti mismo, y no te
entregues a los demás hasta el punto de que no quede nada tuyo para ti mismo.
Debes tener ciertamente presente a las almas, de las que eres pastor, pero sin
olvidarte de ti mismo. Comprended, hermanos, que nada es tan necesario a los
eclesiásticos como la meditación que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones:
Cantaré, dice el profeta, y meditaré (cf. Sal 100, 1). Si administras los
sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si celebras la Misa, medita lo que
ofreces. Si recitas los salmos en el coro, medita a quién y de qué cosa hablas.
Si guías a las almas, medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga
entre vosotros en la caridad (1Co 16,
14). Así podremos superar las dificultades que encontramos cada día, que
son innumerables. Por lo demás, esto lo exige la misión que se os ha confiado.
Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para engendrar a Cristo en nosotros y en
los demás».(216)
En concreto, la vida de oración debe ser «renovada» constantemente en el
sacerdote. En efecto, la experiencia enseña que en la oración no se vive de
rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar la fidelidad exterior a los
momentos de oración, sobre todo los destinados a la celebración de la Liturgia
de las Horas y los dejados a la libertad personal y no sometidos a tiempos
fijos o a horarios del servicio litúrgico, sino que también se necesita, y de
modo especial, reanimar la búsqueda continuada de un verdadero encuentro
personal con Jesús, de un coloquio confiado con el Padre, de una profunda
experiencia del Espíritu.
Lo que el apóstol Pablo dice de los creyentes, que deben
llegar «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), se puede aplicar de manera
especial a los sacerdotes, llamados a la perfección de la caridad y por tanto a
la santidad, porque su mismo ministerio pastoral exige que sean modelos
vivientes para todos los fieles.
También la dimensión intelectual de la formación
requiere que sea continuada y profundizada durante toda la vida del sacerdote,
concretamente mediante el estudio y la actualización cultural seria y
comprometida. El sacerdote, participando de la misión profética de Jesús e
inserto en el misterio de la Iglesia, Maestra de verdad, está llamado a revelar
a los hombres el rostro de Dios en Jesucristo y, por ello, el verdadero rostro
del hombre.(217) Pero esto exige que el mismo sacerdote busque este rostro y lo
contemple con veneración y amor (cf. Sal
26, 8; 41, 2); sólo así puede darlo a conocer a los demás. En particular,
la perseverancia en el estudio teológico resulta también necesaria para que el
sacerdote pueda cumplir con fidelidad el ministerio de la Palabra, anunciándola
sin titubeos ni ambigüedades, distinguiéndola de las simples opiniones humanas,
aunque sean famosas y difundidas. Así, podrá ponerse de verdad al servicio del
Pueblo de Dios, ayudándolo a dar razón de la esperanza cristiana a cuantos se
la pidan (cf. 1 P 3, 15). Además, «el sacerdote, al aplicarse con
conciencia y constancia al estudio teológico, es capaz de asimilar, de forma
segura y personal, la genuina riqueza eclesial. Puede, por tanto, cumplir la
misión que lo compromete a responder a las dificultades de la auténtica
doctrina católica y superar la inclinación, propia y de otros, al disenso y a
la actitud negativa hacia el magisterio y hacia la tradición».(218)
El aspecto pastoral de la formación permanente queda bien expresado
en las palabras del apóstol Pedro: «Que cada cual ponga al servicio de los
demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas
gracias de Dios» (1 P 4, 10). Para vivir cada día según la gracia
recibida, es necesario que el sacerdote esté cada vez más abierto a acoger la
caridad pastoral de Jesucristo, que le confirió su Espíritu Santo con el
sacramento recibido. Así como toda la actividad del Señor ha sido fruto y signo
de la caridad pastoral, de la misma manera debe ser también para la actividad
ministerial del sacerdote. La caridad pastoral es un don y un deber, una gracia
y una responsabilidad, a la que es preciso ser fieles, es decir, hay que
asumirla y vivir su dinamismo hasta las exigencias más radicales. Esta misma
caridad pastoral, como se ha dicho, empuja y estimula al sacerdote a conocer
cada vez mejor la situación real de los hombres a quienes ha sido enviado; a
discernir la voz del Espíritu en las circunstancias históricas en las que se
encuentra; a buscar los métodos más adecuados y las formas más útiles para
ejercer hoy su ministerio. De este modo, la caridad pastoral animará y
sostendrá los esfuerzos humanos del sacerdote para que su actividad pastoral
sea actual, creíble y eficaz. Mas esto exige una formación pastoral permanente.
El camino hacia la madurez no requiere sólo que el sacerdote continúe
profundizando los diversos aspectos de su formación sino que exige también, y
sobre todo, que sepa integrar cada vez más armónicamente estos mismos aspectos
entre sí, alcanzando progresivamente la unidad interior, que la caridad
pastoral garantiza. De hecho, ésta no sólo coordina y unifica los diversos
aspectos, sino que los concretiza como propios de la formación del sacerdote,
en cuanto transparencia, imagen viva y ministro de Jesús, buen Pastor.
La formación permanente ayuda al sacerdote a superar la tentación de llevar
su ministerio a un activismo finalizado en sí mismo, a una prestación
impersonal de servicios, sean espirituales o sagrados, a una especie de empleo
en la organización eclesiástica. Sólo la formación permanente ayuda al
«sacerdote» a custodiar con amor vigilante el «misterio» del que es portador
para el bien de la Iglesia y de la humanidad.
Significado profundo de la formación
permanente
73. Los aspectos diversos y complementarios de la formación
permanente nos ayudan a captar su significado profundo que es el de ayudar al
sacerdote a ser y a desempeñar su función en el espíritu y según el estilo de
Jesús buen Pastor.
¡La verdad hay que vivirla! El apóstol Santiago nos
exhorta de esta manera: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con
oírla, engañándoos a vosotros mismos» (St
1, 22). Los sacerdotes están llamados a «vivir la verdad» de su ser, o sea,
a vivir «en la caridad» (cf. Ef 4, 15)
su identidad y su ministerio en la Iglesia y para la Iglesia; están llamados a
tomar conciencia cada vez más viva del don de Dios y a recordarlo
continuamente. He aquí la invitación de Pablo a Timoteo: «Conserva el buen
depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2Tm 1, 14).
En el contexto eclesial, tantas veces recordado, podemos considerar el
profundo significado de la formación permanente del sacerdote en orden a su
presencia y acción en la Iglesia «mysterium, communio et missio».
En la Iglesia «misterio» el sacerdote está llamado,
mediante la formación permanente, a conservar y desarrollar en la fe la
conciencia de la verdad entera y sorprendente de su propio ser, pues él es
«ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios» (cf. 1Co 4, 1). Pablo pide expresamente a
los cristianos que lo consideren según esta identidad; pero él mismo es el
primero en ser consciente del don sublime recibido del Señor. Así debe ser para
todo sacerdote si quiere permanecer en la verdad de su ser. Pero esto es
posible sólo en la fe, sólo con la mirada y los ojos de Cristo.
En este sentido, se puede decir que la formación permanente tiende, desde
luego, a hacer que el sacerdote sea una persona profundamente creyente y lo
sea cada vez más; que pueda verse con los ojos de Cristo en su verdad
completa. Debe custodiar esta verdad con amor agradecido y gozoso; debe renovar
su fe cuando ejerce el ministerio sacerdotal: sentirse ministro de Jesucristo,
sacramento del amor de Dios al hombre, cada vez que es mediador e instrumento
vivo de la gracia de Dios a los hombres; debe reconocer esta misma verdad en
sus hermanos sacerdotes. Este es el principio de la estima y del amor hacia
ellos.
74. La formación permanente ayuda al sacerdote, en la
Iglesia «comunión», a madurar la conciencia de que su ministerio está
radicalmente ordenado a congregar a la familia de Dios como fraternidad
animada por la caridad y a llevarla al Padre por medio de Cristo en el Espíritu
Santo.(219)
El sacerdote debe crecer en la conciencia de la
profunda comunión que lo vincula al Pueblo de Dios; él no está sólo «al
frente de» la Iglesia, sino ante todo «en» la Iglesia. Es hermano entre
hermanos. Revestido por el bautismo con la dignidad y libertad de los hijos de
Dios en el Hijo unigénito, el sacerdote es miembro del mismo y único cuerpo de
Cristo (cf. Ef 4, 16). La
conciencia de esta comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad
en la común y única misión de salvación, con la diligente y cordial valoración
de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los creyentes para la
edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del ministerio
pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien del Pueblo de Dios, donde
el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con todos, como
escribía Pablo VI: «Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el momento
mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es
la amistad. Más todavía, el servicio».(220)
Concretamente, el sacerdote está llamado a madurar la conciencia de ser miembro
de la Iglesia particular en la que está incardinado, o sea, incorporado con
un vínculo a la vez jurídico, espiritual y pastoral. Esta conciencia supone y
desarrolla el amor especial a la propia Iglesia. Ésta es, en realidad, el
objetivo vivo y permanente de la caridad pastoral que debe acompañar la vida
del sacerdote y que lo lleva a compartir la historia o experiencia de vida de
esta Iglesia particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y
esperanzas, y a trabajar en ella para su crecimiento. Sentirse, pues,
enriquecidos por la Iglesia particular y comprometidos activamente en su
edificación, prolongando cada sacerdote, y unido a los demás, aquella actividad
pastoral que ha distinguido a los hermanos que les han precedido. Una exigencia
imprescindible de la caridad pastoral hacia la propia Iglesia particular y
hacia su futuro ministerial es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien
que tome su puesto en el servicio sacerdotal.
El sacerdote debe madurar en la conciencia de la comunión que existe
entre las diversas Iglesias particulares, una comunión enraizada en su
propio ser de Iglesias que viven en un lugar determinado la Iglesia única y
universal de Cristo. Esta conciencia de comunión intereclesial favorecerá el «intercambio
de dones», comenzando por los dones vivos y personales, como son los mismos
sacerdotes. De aquí la disponibilidad, es más, el empeño generoso por llegar a
una justa distribución del clero.(221) Entre estas Iglesias particulares hay
que recordar a las que, «privadas de libertad, no pueden tener vocaciones
propias», como también las «Iglesias recientemente salidas de la persecución y
las Iglesias pobres a las que, ya desde hace tiempo, muchos, con espíritu
generoso y fraterno, han enviado ayudas y continúan enviándolas».(222)
Dentro de la comunión eclesial, el sacerdote está llamado de modo
particular, mediante su formación permanente, a crecer en y con el propio
presbiterio unido al Obispo. El presbiterio en su verdad plena es un mysterium:
es una realidad sobrenatural, porque tiene su raíz en el sacramento del
Orden. Es su fuente, su origen; es el «lugar» de su nacimiento y de su
crecimiento. En efecto, «los presbíteros, mediante el sacramento del Orden,
están unidos con un vínculo personal e indisoluble a Cristo, único Sacerdote.
El Orden se confiere a cada uno en singular, pero quedan insertos en la
comunión del presbiterio unido con el Obispo (Lumen gentium, 28; Presbyterorum ordinis, 7 y 8)».(223)
Este origen sacramental se refleja y se prolonga en el
ejercicio del ministerio presbiteral: del mysterium al ministerium. «La
unidad de los presbíteros con el Obispo y entre sí no es algo añadido desde
fuera a la naturaleza propia de su servicio, sino que expresa su esencia como
solicitud de Cristo Sacerdote por su Pueblo congregado por la unidad de la
Santísima Trinidad».(224) Esta unidad del presbiterio, vivida en el espíritu de
la caridad pastoral, hace a los sacerdotes testigos de Jesucristo, que ha orado
al Padre «para que todos sean uno» (Jn
17, 21).
La fisonomía del presbiterio es, por tanto, la de una verdadera familia, cuyos
vínculos no provienen de carne y sangre, sino de la gracia del Orden: una
gracia que asume y eleva las relaciones humanas, psicológicas, afectivas,
amistosas y espirituales entre los sacerdotes; una gracia que se extiende,
penetra, se revela y se concreta en las formas más variadas de ayuda mutua, no
sólo espirituales sino también materiales. La fraternidad presbiteral no
excluye a nadie, pero puede y debe tener sus preferencias: las preferencias
evangélicas reservadas a quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de aliento.
Esta fraternidad «presta una atención especial a los presbíteros jóvenes,
mantiene un diálogo cordial y fraterno con los de media edad y los mayores, y
con los que, por razones diversas, pasan por dificultades. También a los
sacerdotes que han abandonado esta forma de vida o que no la siguen, no sólo no
los abandona, sino que los acompaña aún con mayor solicitud fraterna».(225)
También forman parte del único presbiterio, por razones diversas, los presbíteros
religiosos residentes o que trabajan en una Iglesia particular. Su
presencia supone un enriquecimiento para todos los sacerdotes y los diferentes
carismas particulares que ellos viven, a la vez que son una invitación para que
los presbíteros crezcan en la comprensión del mismo sacerdocio, contribuyen a
estimular y acompañar la formación permanente de los sacerdotes.
El don de la vida religiosa, en la comunidad diocesana, cuando va acompañado
de sincera estima y justo respeto de las particularidades de cada Instituto y
de cada espiritualidad tradicional, amplía el horizonte del testimonio
cristiano y contribuye de diversa manera a enriquecer la espiritualidad
sacerdotal, sobre todo respecto a la correcta relación y recíproco influjo
entre los valores de la Iglesia particular y los de la universalidad del Pueblo
de Dios. Por su parte, los religiosos procuren garantizar un espíritu de
verdadera comunión eclesial, una participación cordial en la marcha de la
diócesis y en los proyectos pastorales del Obispo, poniendo a disposición el
propio carisma para la edificación de todos en la caridad.(226)
Por último, en el contexto de la Iglesia comunión y del presbiterio, se
puede afrontar mejor el problema de la soledad del sacerdote, sobre la
que han reflexionado los Padres sinodales. Hay una soledad que forma parte de
la experiencia de todos y que es algo absolutamente normal. Pero hay también
otra soledad que nace de dificultades diversas y que, a su vez, provoca nuevas
dificultades. En este sentido, «la participación activa en el presbiterio
diocesano, los contactos periódicos con el Obispo y con los demás sacerdotes,
la mutua colaboración, la vida común o fraterna entre los sacerdotes, como
también la amistad y la cordialidad con los fieles laicos comprometidos en las
parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos negativos de la
soledad que algunas veces puede experimentar el sacerdote».(227)
Pero la soledad no crea sólo dificultades, sino que ofrece
también oportunidades positivas para la vida del sacerdote: «aceptada con
espíritu de ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo, el Señor, la
soledad puede ser una oportunidad para la oración y el estudio, como también
una ayuda para la santificación y el crecimiento humano».(228) Se podría decir
que una cierta forma de soledad es elemento necesario para la formación
permanente. Jesús con frecuencia se retiraba solo a rezar (cf.Mt 14, 23). La capacidad de mantener
una soledad positiva es condición indispensable para el crecimiento de la vida
interior. Se trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone
en contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el
silencio y buscar espacios y tiempos «de desierto» es necesario para la
formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el espiritual y
pastoral. De este modo, se puede afirmar que no es capaz de verdadera y fraterna
comunión el que no sabe vivir bien la propia soledad.
75.
La formación permanente está destinada a hacer crecer en el sacerdote la
conciencia de su participación en la misión salvífica de la Iglesia. En la
Iglesia como misión, la formación permanente del sacerdote es no sólo
condición necesaria, sino también medio indispensable para centrar
constantemente el sentido de la misión y garantizar su realización fiel
y generosa. Con esta formación se ayuda al sacerdote a descubrir toda la
gravedad, pero al mismo tiempo toda la maravillosa gracia de una obligación que
no puede dejarlo tranquilo —como decía Pablo: «Predicar el Evangelio no es para
mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si
no predicara el Evangelio!» (1Co 6, 16)—
y es también, una exigencia, explícita o implícita, que surge fuertemente de
los hombres, a los que Dios llama incansablemente a la salvación.
Sólo una adecuada formación permanente logra mantener al
sacerdote en lo que es esencial y decisivo para su ministerio, o sea, como dice
el apóstol Pablo, la fidelidad: «Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige
de los administradores es que sean fieles» (1Co 4, 2). A pesar de las diversas
dificultades que encuentra, el sacerdote ha de ser fiel —incluso en las
condiciones más adversas o de comprensible cansancio—, poniendo en ello todas
las energías disponibles; fiel hasta el final de su vida. El testimonio de
Pablo debe ser ejemplo y estímulo para todo sacerdote: «A nadie damos ocasión
alguna de tropiezo —escribe a los cristianos de Corinto—, para que no se haga
mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de
Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades y angustias; en
azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia,
paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de
verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la
derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena
fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien
conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque
no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque
enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos» (2Co 6, 3-10).
En cualquier edad y situación
76. La formación permanente, precisamente porque es
«permanente», debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en
cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos cargos de
responsabilidad eclesial que se les confíen; todo ello, teniendo en cuenta,
naturalmente, las posibilidades y características propias de la edad,
condiciones de vida y tareas encomendadas.
La formación permanente es un deber, ante todo, para los sacerdotes
jóvenes y ha de tener aquella frecuencia y programación de encuentros que,
a la vez que prolongan la seriedad y solidez de la formación recibida en el
Seminario, lleven progresivamente a los jóvenes presbíteros a comprender y
vivir la singular riqueza del «don» de Dios —el sacerdocio— y a desarrollar sus
potencialidades y aptitudes ministeriales, también mediante una inserción cada
vez más convencida y responsable en el presbiterio, y por tanto en la comunión
y corresponsabilidad con todos los hermanos.
Si bien es comprensible una cierta sensación de «saciedad», que ante
ulteriores momentos de estudio y de reuniones puede afectar al joven sacerdote
apenas salido del Seminario, ha de rechazarse como absolutamente falsa y
peligrosa la idea de que la formación presbiteral concluya con su estancia en
el Seminario.
Participando en los encuentros de la formación permanente, los jóvenes
sacerdotes podrán ofrecerse una ayuda mutua, mediante el intercambio de
experiencias y reflexiones sobre la aplicación concreta del ideal presbiteral y
ministerial que han asimilado en los años del Seminario. Al mismo tiempo, su
participación activa en los encuentros formativos del presbiterio podrá servir
de ejemplo y estímulo a los otros sacerdotes que les aventajan en años,
testimoniando así el propio amor a todo el presbiterio y su afecto por la
Iglesia particular necesitada de sacerdotes bien preparados.
Para acompañar a los sacerdotes jóvenes en esta primera delicada fase de su
vida y ministerio, es más que nunca oportuno —e incluso necesario hoy— crear una
adecuada estructura de apoyo, con guías y maestros apropiados, en la que
ellos puedan encontrar, de manera orgánica y continua, las ayudas necesarias
para comenzar bien su ministerio sacerdotal. Con ocasión de encuentros
periódicos, suficientemente prolongados y frecuentes, vividos si es posible en
ambiente comunitario y en residencia, se les garantizarán buenos momentos de
descanso, oración, reflexión e intercambio fraterno. Así será más fácil para
ellos dar, desde el principio, una orientación evangélicamente equilibrada a su
vida presbiteral. Y si algunas Iglesias particulares no pudieran ofrecer este
servicio a sus sacerdotes jóvenes, sería oportuno que colaboraran entre sí las
Iglesias vecinas para juntar recursos y elaborar programas adecuados.
77. La formación permanente constituye también un deber
para los presbíteros de media edad. En realidad, son muchos los riesgos
que pueden correr, precisamente en razón de la edad, como por ejemplo un
activismo exagerado y una cierta rutina en el ejercicio del ministerio.
Así, el sacerdote puede verse tentado de presumir de sí mismo como si la propia
experiencia personal, ya demostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni
con nadie. Frecuentemente el sacerdote sufre una especie de cansancio interior
peligroso, fruto de dificultades y fracasos. La respuesta a esta situación la
ofrece la formación permanente, una continua y equilibrada revisión de sí mismo
y de la propia actividad, una búsqueda constante de motivaciones y medios para
la propia misión; de esta manera, el sacerdote mantendrá el espíritu vigilante
y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que
recibe como «hombrede Dios».
La formación permanente debe interesar también a los presbíteros que,
por la edad avanzada, podemos denominar ancianos, y que en algunas
Iglesias son la parte más numerosa del presbiterio; éste deberá mostrarles
gratitud por el fiel servicio que han prestado a Cristo y a la Iglesia, y una
solidaridad particular dada su situación. Para estos presbíteros la formación
permanente no significará tanto un compromiso de estudio, actualización o
diálogo cultural, cuanto la confirmación serena y alentadora de la misión que
todavía están llamados a llevar a cabo en el presbiterio; no sólo porque
continúan en el ministerio pastoral, aunque de maneras diversas, sino también
por la posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de vida y apostolado,
de ser valiosos maestros y formadores de otros sacerdotes.
También los sacerdotes que, por cansancio o enfermedad, se encuentran en una
condicíón de debilidad física o de cansancio moral, pueden ser ayudados
con una formación permanente que los estimule a continuar, de manera serena y
decidida, su servicio a la Iglesia; a no aislarse de la comunidad ni del
presbiterio; a reducir la actividad externa para dedicarse a aquellos actos de
relación pastoral y de espiritualidad personal, capaces de sostener las
motivaciones y la alegría de su sacerdocio. La formación permanente les
ayudará, en particular, a mantener vivo el convencimiento que ellos mismos han
inculcado a los fieles, a saber, la convicción de seguir siendo miembros
activos en la edificación de la Iglesia, especialmente en virtud de su unión
con Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas que en la Iglesia
participan en la Pasión del Señor, reviviendo la experiencia espiritual de
Pablo que decía: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por
vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Co
1, 24).(229)
Los responsables de la formación permanente
78.
Las condiciones en las que, con frecuencia y en muchos lugares, se desarrolla
actualmente el ministerio de los presbíteros no hacen fácil un compromiso serio
de formación: el multiplicarse de tareas y servicios; la complejidad de la vida
humana en general y de las comunidades cristianas en particular; el activismo y
el ajetreo típico de tantos sectores de nuestra sociedad, privan con frecuencia
a los sacerdotes del tiempo y energías indispensables para «velar por sí
mismos» (cf. 1Tm 4, 16).
Esto ha de hacer crecer en todos la responsabilidad para que se superen las
dificultades e incluso que éstas sean un reto para programar y llevar a cabo un
plan de formación permanente, que responda de modo adecuado a la grandeza del
don de Dios y a la gravedad de las expectativas y exigencias de nuestro tiempo.
Por ello, los responsables de la formación permanente de los sacerdotes hay
que individuarlos en la Iglesia «comunión». En este sentido, es toda la Iglesia
particular la que, bajo la guía del Obispo, tiene la responsabilidad de
estimular y cuidar de diversos modos la formación permanente de los sacerdotes.
Éstos no viven para sí mismos, sino para el Pueblo de Dios; por eso, la
formación permanente, a la vez que asegura la madurez humana, espiritual,
intelectual y pastoral de los sacerdotes, representa un bien cuyo destinatario
es el mismo Pueblo de Dios. Además, el mismo ejercicio del ministerio pastoral
lleva a un continuo y fecundo intercambio recíproco entre la vida de fe de los
presbíteros y la de los fieles. Precisamente la participación de vida entre
el presbítero y la comunidad, si se ordena y lleva a cabo con sabiduría,
supone una aportación fundamental a la formación permanente, que no se
puede reducir a un episodio o iniciativa aislada, sino que comprende todo el
ministerio y vida del presbítero.
En efecto, la experiencia cristiana de las personas sencillas y humildes,
los impulsos espirituales de las personas enamoradas de Dios, la valiente aplicación
de la fe a la vida por parte de los cristianos comprometidos en las diversas
responsabilidades sociales y civiles, son acogidas por el presbítero y, a la
vez que las ilumina con su servicio sacerdotal, encuentra en ellas un precioso
alimento espiritual. Incluso las dudas, crisis y demoras ante las más variadas
situaciones personales y sociales; las tentaciones de rechazo o desesperación
en momentos de dolor, enfermedad o muerte; en fin, todas las circunstancias
difíciles que los hombres encuentran en el camino de su fe, son vividas
fraternalmente y soportadas sinceramente en el corazón del presbítero que,
buscando respuestas para los demás, se siente estimulado continuamente a
encontrarlas primero para sí mismo.
De esta manera, todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y deben ofrecer
una valiosa ayuda a la formación permanente de sus sacerdotes. A este respecto,
deben dejar a los sacerdotes espacios de tiempo para el estudio y la oración;
pedirles aquello para lo que han sido enviados por Cristo y no otras cosas;
ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos de la misión pastoral,
especialmente en lo que atañe a la promoción humana y al servicio de la
caridad; establecer relaciones cordiales y fraternas con ellos; ayudar a los
sacerdotes a ser conscientes de que no son «dueños de la fe», sino
«colaboradores del gozo» de todos los fieles (cf. 2Co 1, 24).
La responsabilidad formativa de la Iglesia particular en relación con los
sacerdotes se concretiza y especifica en relación con los diversos miembros que
la componen, comenzando por el sacerdote mismo.
79. En cierto modo, es precisamente cada sacerdote el
primer responsable en la Iglesia de la formación permanente, pues sobre
cada uno recae el deber —derivado del sacramento del Orden— de ser fiel al don
de Dios y al dinamismo de conversión diaria que nace del mismo don. Los
reglamentos o normas de la autoridad eclesiástica al respecto, como también el
mismo ejemplo de los demás sacerdotes, no bastan para hacer apetecible la
formación permanente si el individuo no está personalmente convencido de su
necesidad y decidido a valorar sus ocasiones, tiempos y formas. La formación
permanente mantiene la juventud del espíritu, que nadie puede imponer
desde fuera, sino que cada uno debe encontrar continuamente en su interior.
Sólo el que conserva siempre vivo el deseo de aprender y crecer posee esta
«juventud».
Fundamental es la responsabilidad del Obispo y, con él, la del
presbiterio. La del Obispo se basa en el hecho de que los presbíteros
reciben su sacerdocio a través de él y comparten con él la solicitud pastoral
por el Pueblo de Dios. El Obispo es el responsable de la formación permanente,
destinada a hacer que todos sus presbíteros sean generosamente fieles al don y
al ministerio recibido, como el Pueblo de Dios los quiere y tiene el «derecho»
de tenerlos. Esta responsabilidad lleva al Obispo, en comunión con el
presbiterio, a hacer un proyecto y establecer un programa, capaces de
estructurar la formación permanente no como un mero episodio, sino como una
propuesta sistemática de contenidos, que se desarrolla por etapas y tiene
modalidades precisas. El Obispo vivirá su responsabilidad no sólo asegurando a
su presbiterio lugares y momentos de formación permanente, sino haciéndose
personalmente presente y participando en ellos convencido y de modo cordial.
Con frecuencia será oportuno, o incluso necesario, que los Obispos de varias
Diócesis vecinas o de una Región eclesiástica se pongan de acuerdo entre sí y
unan sus fuerzas para poder ofrecer iniciativas de mayor calidad y
verdaderamente atrayentes para la formación permanente, como son cursos de
actualización bíblica, teológica y pastoral, semanas de convivencia, ciclos de
conferencias, momentos de reflexión y revisión del programa pastoral del
presbiterio y de la comunidad eclesial.
El Obispo cumplirá con su responsabilidad pidiendo también la ayuda que
puedan dar las facultades y los institutos teológicos y pastorales, los
Seminarios, los organismos o federaciones que agrupan a las personas
—sacerdotes, religiosos y fieles laicos— comprometidas en la formación
presbiteral.
En el ámbito de la Iglesia particular corresponde a las familias un
papel significativo; ellas, como «Iglesias domésticas», tienen una relación
concreta con la vida de las comunidades eclesiales animadas y guiadas por los
sacerdotes. En particular, hay que citar el papel de la familia de origen, pues
ella, en unión y comunión de esfuerzos, puede ofrecer a la misión del hijo una
ayuda específica importante. Llevando a cabo el plan providencial que la ha
hecho ser cuna de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su
crecimiento y desarrollo, la familia del sacerdote, en el más absoluto respeto
de este hijo que ha decidido darse a Dios y a sus hermanos, debe seguir siendo
siempre testigo fiel y alentador de su misión, sosteniéndola y compartiéndola
con entrega y respeto.
Momentos, formas y medios de la formación
permanente
80.
Si todo momento puede ser un «tiempo favorable» (cf. 2Co 6, 2) en el que el Espíritu Santo
lleva al sacerdote a un crecimiento directo en la oración, el estudio y la
conciencia de las propias responsabilidades pastorales, hay sin embargo
momentos «privilegiados», aunque sean más comunes y establecidos previamente.
Hay que recordar, ante todo, los encuentros del Obispo con su
presbiterio, tanto litúrgicos (en particular la concelebración de la Misa
Crismal el Jueves Santo), como pastorales y culturales, dedicados a la revisión
de la actividad pastoral o al estudio sobre determinados problemas teológicos.
Están asimismo los encuentros de espiritualidad sacerdotal, como los
Ejercicios espirituales, los días de retiro o de espiritualidad. Son ocasión
para un crecimiento espiritual y pastoral; para una oración más prolongada y
tranquila; para una vuelta a las raíces de la identidad sacerdotal; para
encontrar nuevas motivaciones para la fidelidad y la acción pastoral.
Son también importantes los encuentros de estudio y de reflexión común, que
impiden el empobrecimiento cultural y el aferrarse a posiciones cómodas incluso
en el campo pastoral, fruto de pereza mental; aseguran una síntesis más madura
entre los diversos elementos de la vida espiritual, cultural y apostólica;
abren la mente y el corazón a los nuevos retos de la historia y a las nuevas
llamadas que el Espíritu dirige a la Iglesia.
81. Son muchas las ayudas y los medios que se pueden usar
para que la formación permanente sea cada vez más una valiosa experiencia vital
para los sacerdotes. Entre éstos hay que recordar las diversas formas de
vida común entre los sacerdotes, siempre presentes en la historia de la
Iglesia, aunque con modalidades y compromisos diferentes: «Hoy no se puede dejar
de recomendarlas vivamente, sobre todo entre aquellos que viven o están
comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además de favorecer la vida y la
acción apostólica, esta vida común del clero ofrece a todos, presbíteros y
laicos, un ejemplo luminoso de caridad y de unidad».(230)
También pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales, en
particular los institutos seculares sacerdotales, que tienen como nota
específica la diocesaneidad, en virtud de la cual los sacerdotes se unen más
estrechamente al Obispo y forman «un estado de consagración en el que los
sacerdotes, mediante votos u otros vínculos sagrados, se consagran a encarnar
en la vida los consejos evangélicos».(231) Todas las formas de «fraternidad
sacerdotal» aprobadas por la Iglesia son útiles no sólo para la vida
espiritual, sino también para la vida apostólica y pastoral.
Igualmente, la práctica de la dirección espiritual contribuye no poco
a favorecer la formación permanente de los sacerdotes. Se trata de un medio
clásico, que no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación
espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y
generosidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Como decía el Cardenal
Montini, futuro Pablo VI, «la dirección espiritual tiene una función
hermosísima y, podría decirse indispensable, para la educación moral y
espiritual de la juventud, que quiera interpretar y seguir con absoluta lealtad
la vocación, sea cual fuese, de la propia vida; ésta conserva siempre una importancia
beneficiosa en todas las edades de la vida, cuando, junto a la luz y a la
caridad de un consejo piadoso y prudente, se busca la revisión de la propia
rectitud y el aliento para el cumplimiento generoso de los propios deberes. Es
medio pedagógico muy delicado, pero de grandísimo valor; es arte pedagógico y
psicológico de grave responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio
espiritual de humildad y de confianza en quien la recibe».(232)
CONCLUSIÓN
82.
«Os daré pastores según mi corazón» (Jr
3, 15).
Esta promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la
cual se siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas palabras
proféticas y ve cómo se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor
aún, en tantos corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las
graves y urgentes necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del
tercer milenio se cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio, intenso,
eficaz: como una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.
La promesa del Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la
petición confiada y ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a
Jesús, el buen Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de
presbíteros, siga así manifestando a los hombres de hoy su fidelidad y su
bondad.
Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el don de
Dios exige una respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo de Dios debe
orar intensamente y trabajar por las vocaciones sacerdotales; los candidatos al
sacerdocio deben prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios,
conscientes de que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos;
deben enamorarse de Cristo, buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen del
suyo; estar dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen suya para
proclamar a todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.
Una llamada particular dirijo a las familias: que los
padres, y especialmente las madres, sean generosos en entregar sus hijos al
Señor, que los llama al sacerdocio, y que colaboren con alegría en su
itinerario vocacional, conscientes de que así será más grande y profunda su
fecundidad cristiana y eclesial, y que pueden experimentar, en cierto modo, la
bienaventuranza de María, la Virgen Madre: «Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).
También digo a los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del Espíritu;
dejad que resuenen en la intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas
de la Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro espíritu a
la llamada de Cristo, el Señor; sentid sobre vosotros la mirada amorosa de
Jesús y responded con entusiasmo a la invitación de un seguimiento radical.
La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los sacerdotes
asumen para llevar a cabo aquella formación permanente que exige la dignidad y responsabilidad
que el sacramento del Orden les confirió. Todos los sacerdotes están llamados a
ser conscientes de la especial urgencia de su formación en la hora presente: la
nueva evangelización tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y éstos son los
sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino específico
hacia la santidad.
La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores
cualesquiera, sino unos pastores «según su corazón». El «corazón» de Dios se ha
revelado plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el
Corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles
el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar
en otros corazones —los de los sacerdotes—: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). La gente necesita salir del
anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por su nombre; caminar segura por
los caminos de la vida; ser encontrada si se pierde; ser amada; recibir la
salvación como don supremo del amor de Dios; precisamente esto es lo que hace
Jesús, el buen Pastor; Él y sus presbíteros con Él.
Y ahora, al terminar esta Exhortación, dirijo mi mirada a la multitud de
aspirantes al sacerdocio, de seminaristas y de sacerdotes que —en todas las
partes del mundo, en situaciones incluso las más difíciles y a veces
dramáticas, y siempre en el gozoso esfuerzo de fidelidad al Señor y del
incansable servicio a su grey— ofrecen a diario su propia vida por el
crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad en el corazón y en la
historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Vosotros, amadísimos sacerdotes, hacéis esto porque el mismo Señor, con la
fuerza de su Espíritu, os ha llamado a presentar de nuevo, en los vasos de
barro de vuestra vida sencilla, el tesoro inestimable de su amor de buen
Pastor.
En comunión con los Padres sinodales y en nombre de todos los Obispos del
mundo y de toda la comunidad eclesial, os expreso todo el reconocimiento que
vuestra fidelidad y vuestro servicio se merecen.(233)
Y mientras deseo a todos vosotros la gracia de renovar
cada día el carisma de Dios recibido con la imposición de las manos (cf. 2Tm 1, 6); de sentir el consuelo de
la profunda amistad que os vincula con Cristo y os une entre vosotros; de
experimentar el gozo del crecimiento de la grey de Dios en un amor cada vez más
grande a Él y a todos los hombres; de cultivar el sereno convencimiento de que
el que ha comenzado en vosotros esta obra buena la llevará a cumplimiento hasta
el día de Cristo Jesús (cf. Flp 1, 6);
con todos y cada uno de vosotros me dirijo en oración a María, madre y
educadora de nuestro sacerdocio.
Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la
persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que
se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en
su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a
la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad
materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue
vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la
Iglesia.
Por eso, nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una sólida y
tierna devoción a la Virgen María, testimoniándola con la imitación de sus
virtudes y con la oración frecuente.
Oh María,
Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.
Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.
Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.
Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.
Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo —solemnidad de la
Anunciación del Señor— del año 1992, décimo cuarto de mi Pontificado.