EXHORTACIÓN APOSTOLICA
POSTSINODAL
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
«Vita Consecrata»
AL EPISCOPADO Y AL CLERO
A LAS ORDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTOLICA
A LOS INSTITUTOS SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA
Y SU MISION EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
Introducción
1. La vida consagrada, enraizada profundamente en los
ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia
por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los
rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una
típica y permanente « visibilidad » en medio del mundo, y la mirada de los
fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la
historia, pero espera su plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y
mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han
elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con
corazón « indiviso » (cf. 1Co 7, 34).
También ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con El y ponerse,
como El, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a
manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de
vida espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello
han cooperado también a renovar la sociedad.
Acción de gracias por la vida consagrada
2. El papel de la vida consagrada en la
Iglesia es tan importante que decidí convocar un Sínodo para profundizar en su
significado y perspectivas, en vista del ya inminente nuevo milenio. Quise que
en la Asamblea sinodal estuvieran también presentes, junto a los Padres,
numerosos consagrados y consagradas, para que no faltase su aportación a la
reflexión común.Todos somos conscientes de la riqueza que para la comunidad
eclesial constituye el don de la vida consagrada en la variedad de sus carismas
y de sus instituciones. Juntos damos gracias a Dios por las Ordenes e
Institutos religiosos dedicados a la contemplación o a las obras de apostolado,
por las Sociedades de vida apostólica, por los Institutos seculares y por otros
grupos de consagrados, como también por todos aquellos que, en el secreto de su
corazón, se entregan a Dios con una especial consagración.El Sínodo ha podido
comprobar la difusión universal de la vida consagrada, presente en las Iglesias
de todas las partes de la tierra. La vida consagrada anima y acompaña el
desarrollo de la evangelización en las diversas regiones del mundo, donde no
sólo se acogen con gratitud los Institutos procedentes del exterior, sino que
se constituyen otros nuevos, con gran variedad de formas y de expresiones.De
este modo, si en algunas regiones de la tierra los Institutos de vida
consagrada parece que atraviesan un momento de dificultad, en otras prosperan
con sorprendente vigor, mostrando que la opción de total entrega a Dios en
Cristo no es incompatible con la cultura y la historia de cada pueblo. Además,
no florece solamente dentro de la Iglesia católica; en realidad, se encuentra
particularmente viva en el monacato de las Iglesias ortodoxas, como rasgo
esencial de su fisonomía, y está naciendo o resurgiendo en las Iglesias y
Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, como signo de una gracia común de
los discípulos de Cristo. De esta constatación deriva un impulso al ecumenismo
que alimenta el deseo de una comunión siempre más plena entre los cristianos, «
para que el mundo crea » (Jn 17, 21).
La vida consagrada es un don a la Iglesia
3. La presencia universal de la vida consagrada y el carácter
evangélico de su testimonio muestran con toda evidencia —si es que fuera
necesario— que no es una realidad aislada y marginal, sino que abarca a
toda la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo lo han confirmado muchas veces: « de
re nostra agitur », « es algo que nos afecta ».En realidad, la vida
consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo
para su misión, ya que « indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana
»y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único
Esposo.En el Sínodo se ha afirmado en varias ocasiones que la vida consagrada
no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia,
sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro
del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a
su misión.as dificultades actuales, que no pocos Institutos encuentran en
algunas regiones del mundo, no deben inducir a suscitar dudas sobre el hecho de
que la profesión de los consejos evangélicos sea parte integrante de la vida
de la Iglesia, a la que aporta un precioso impulso hacia una mayor
coherencia evangélica.Podrá haber históricamente una ulterior variedad de
formas, pero no cambiará la sustancia de una opción que se manifiesta en el
radicalismo del don de sí mismo por amor al Señor Jesús y, en El, a cada
miembro de la familia humana. Con esta certeza, que ha animado a
innumerables personas a lo largo de los siglos, el pueblo cristiano continúa
contando, consciente de que podrá obtener de la aportación de estas almas
generosas un apoyo valiosísimo en su camino hacia la patria del cielo.
Cosechando los frutos del Sínodo
4. Adhiriéndome al deseo manifestado por la Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los Obispos reunida para reflexionar sobre el
tema « La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo », quiero
presentar en esta Exhortación apostólica los frutos del itinerario sinodaly
mostrar a todos los fieles —Obispos, presbíteros, diáconos, personas
consagradas y laicos—, así como a cuantos se pongan a la escucha, las
maravillas que el Señor quiere realizar también hoy por medio de la vida
consagrada.Este Sínodo, que sigue a los dedicados a los laicos y a los
presbíteros, completa el análisis de las peculiaridades que caracterizan los
estados de vida queridos por el Señor Jesús para su Iglesia. En efecto, si en
el Concilio Vaticano II se señaló la gran realidad de la comunión eclesial, en
la cual convergen todos los dones para la edificación del Cuerpo de Cristo y
para la misión de la Iglesia en el mundo, en estos últimos años se ha advertido
la necesidad de explicitar mejor la identidad de los diversos estados de
vida, su vocación y su misión específica en la Iglesia.La comunión en la
Iglesia no es pues uniformidad, sino don del Espíritu que pasa también a través
de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos serán tanto más
útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el respeto de su identidad.
En efecto, todo don del Espíritu es concedido con objeto de que fructifique
para el Señoren el crecimiento de la fraternidad y de la misión.
La obra del Espíritu en las diversas
formas de vida consagrada
5. ?Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la
multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por El y
todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena
de ramasque hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época
de la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al final del Sínodo, he
sentido la necesidad de señalar este elemento constante en la historia de la
Iglesia: los numerosos fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado
por Cristo en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno,
especialmente de los pobres y abandonados.Precisamente este servicio evidencia
con claridad cómo la vida consagrada manifiesta el carácter unitario del
mandamiento del amor, en el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al
prójimo.El Sínodo ha recordado esta obra incesante del Espíritu Santo, que a lo
largo de los siglos difunde las riquezas de la práctica de los consejos
evangélicos a través de múltiples carismas, y que también por esta vía hace
presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo, en el tiempo y en el
espacio, el misterio de Cristo.
Vida monástica en Oriente y en Occidente
6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas
orientales y los representantes de las otras Iglesias de Oriente han señalado
en sus intervenciones los valores evangélicos de la vida monástica,
surgida ya desde los inicios del cristianismo y floreciente todavía en sus
territorios, especialmente en las Iglesias ortodoxas.Desde los primeros siglos
de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar
la condición de siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo
de modo específico y radical, en la profesión monástica, las exigencias
derivadas de la participación bautismal en el misterio pascual de su muerte y
resurrección. De este modo, haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi),
se han comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi),
hombres y mujeres auténticamente espirituales, capaces de fecundar secretamente
la historia con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos
ascéticos y las obras de caridad.Con el propósito de transfigurar el mundo y la
vida en espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato oriental
da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí mismo y la compunción del
corazón, a la búsqueda de la esichia, es decir, de la paz interior, y a
la oración incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al
silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor y por la espera de su
venida definitiva, al ofrecimiento de sí mismo y de los propios bienes, vivido
en la santa comunión del cenobio o en la soledad eremítica.ccidente ha
practicado también desde los primeros siglos de la Iglesia la vida monástica y
ha conocido su gran variedad de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como
en el eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san Benito, el
monacato occidental es heredero de tantos hombres y mujeres que, dejando la
vida según el mundo, buscaron a Dios y se dedicaron a El, « no anteponiendo
nada al amor de Cristo ».Los monjes de hoy también se esfuerzan en conciliar
armónicamente la vida interior y el trabajo en el compromiso evangélico por
la conversión de las costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua
dedicación a la meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración
de la liturgia y la oración. Los monasterios han sido y siguen siendo, en el
corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar
acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y
verdaderos laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación
de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella
celestial.
El Orden de las vírgenes, los eremitas,
las viudas
7. Es motivo de alegría y esperanza ver
cómo hoy vuelve a florecer el antiguo Orden de las vírgenes,
testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos
apostólicos.Consagradas por el Obispo diocesano, asumen un vínculo especial con
la Iglesia, a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo en el mundo. Solas o
asociadas, constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa celeste
y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor
de Cristo esposo.Los eremitas y las eremitas, pertenecientes a
Ordenes antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes directamente del
Obispo, con la separación interior y exterior del mundo testimonian el carácter
provisorio del tiempo presente, con el ayuno y la penitencia atestiguan que no
sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios (cf. Mt 4, 4). Esta vida « en el desierto »
es una invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no
perder de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el
Señor.Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas,
que se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1Tm 5, 5.9-10; 1Co 7, 8), así como la de los viudos.
Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino de
Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al servicio de la
Iglesia.
Institutos dedicados totalmente a la
contemplación
8. Los Institutos orientados completamente a la
contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un
motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión,
sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios
sobre la historia y anticipan la gloria futura.En la soledad y el silencio,
mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la
ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor
fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen
así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por
su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al
crecimiento del Pueblo de Dios.s justo, por tanto, esperar que las distintas
formas de vida contemplativa experimenten una creciente difusión en las
Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del Evangelio, sobre todo
en las regiones del mundo donde están más difundidas otras religiones. Esto
permitirá testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística
cristianas, y favorecer el mismo diálogo interreligioso.
La vida religiosa apostólica
9. En Occidente han florecido a lo largo
de los siglos otras múltiples expresiones de vida religiosa, en las que
innumerables personas, renunciando al mundo, se han consagrado a Dios mediante
la profesión pública de los consejos evangélicos según un carisma específico y
en una forma estable de vida común, para un multiforme servicio apostólico
al Pueblo de Dios. Así, las diversas familias de Canónigos regulares, las
Ordenes mendicantes, los Clérigos regulares y, en general, las Congregaciones
religiosas masculinas y femeninas dedicadas a la actividad apostólica y
misionera y a las múltiples obras que la caridad cristiana ha suscitado.Es un
testimonio espléndido y variado, en el que se refleja la multitud de dones
otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras que, abiertos a la acción del
Espíritu Santo, han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de
un modo clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco. Siguiendo
sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar con la palabra y la
acción el Evangelio en su propia existencia, para mostrar en su tiempo la
presencia viva de Jesús, el Consagrado por excelencia y el Apóstol del Padre.
Los religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando ejemplo de
Cristo el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de
sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11),
de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su
acción apostólica esté sostenida por la contemplación.
Institutos seculares
10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la variedad de
los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas de vida
consagrada, como queriendo corresponder, según un providencial designio, a
las nuevas necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión en el
mundo.Pienso en primer lugar en los Institutos seculares, cuyos miembros
quieren vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la profesión
de los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales, para
ser así levadura de sabiduría y testigos de gracia dentro de la vida cultural,
económica y política. Mediante la síntesis, propia de ellos, de secularidad y
consagración, tratan de introducir en la sociedad las energías nuevas del
Reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza
de las Bienaventuranzas. De este modo, mientras la total pertenencia a Dios les
hace plenamente consagrados a su servicio, su actividad en las normales
condiciones laicales contribuye, bajo la acción del Espíritu, a la animación
evangélica de las realidades seculares. Los Institutos seculares contribuyen de
este modo a asegurar a la Iglesia, según la índole específica de cada uno, una
presencia incisiva en la sociedad.na valiosa aportación dan también los Institutos
seculares clericales, en los que sacerdotes pertenecientes al presbiterio
diocesano, aun cuando se reconoce a algunos de ellos la incardinación en el
propio Instituto, se consagran a Cristo mediante la práctica de los consejos
evangélicos según un carisma específico. Encuentran en las riquezas
espirituales del Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente
la espiritualidad propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de
comunión y de generosidad apostólica entre los hermanos.
Sociedades de vida apostólica
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades de
vida apostólica o de vida común, masculinas y femeninas, las cuales buscan,
con un estilo propio, un específico fin apostólico o misionero. En muchas de
ellas, con vínculos sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen
expresamente los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en este caso la
peculiaridad de su consagración las distingue de los Institutos religiosos y de
los Institutos seculares. Se debe salvaguardar y promover la peculiaridad de
esta forma de vida, que en el curso de los últimos siglos ha producido tantos
frutos de santidad y apostolado, especialmente en el campo de la caridad y en
la difusión misionera del Evangelio.
Nuevas formas de vida consagrada
12. La perenne juventud de la Iglesia continúa
manifestándose también hoy: en los últimos decenios, después del Concilio
Ecuménico Vaticano II, han surgido nuevas o renovadas formas de vida
consagrada. En muchos casos se trata de Institutos semejantes a los ya
existentes, pero nacidos de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Su
vitalidad debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la que
corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para probar la autenticidad
de la finalidad que los ha inspirado, como para evitar la excesiva
multiplicación de instituciones análogas entre sí, con el consiguiente riesgo
de una nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños. En otros casos se
trata de experiencias originales, que están buscando una identidad propia en la
Iglesia y esperan ser reconocidas oficialmente por la Sede Apostólica, única
autoridad a la que compete el juicio último. Estas nuevas formas de vida
consagrada, que se añaden a las antiguas, manifiestan el atractivo constante
que la entrega total al Señor, el ideal de la comunidad apostólica y los
carismas de fundación continúan teniendo también sobre la generación actual y
son además signo de la complementariedad de los dones del Espíritu
Santo.Además, el Espíritu en la novedad no se contradice. Prueba de esto es el
hecho de que las nuevas formas de vida consagrada no han suplantado a las
precedentes. En tal multiforme variedad se ha podido conservar la unidad de
fondo gracias a la misma llamada a seguir, en la búsqueda de la caridad
perfecta, a Jesús virgen, pobre y obediente. Esta llamada, tal como se
encuentra en todas las formas ya existentes, se pide del mismo modo en aquellas
que se proponen como nuevas.
Finalidad de esta Exhortación apostólica
13. Recogiendo los frutos de los trabajos
sinodales, quiero dirigirme con esta Exhortación apostólica a toda la Iglesia,
para ofrecer no sólo a las personas consagradas, sino también a los Pastores y
a los fieles, los resultados de un encuentro alentador, sobre cuyo
desarrollo no ha dejado de velar el Espíritu Santo con sus dones de verdad y de
amor.En estos años de renovación la vida consagrada ha atravesado, como también
otras formas de vida en la Iglesia, un período delicado y duro. Ha sido un
tiempo rico de esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas a
reforzar la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido también un
período no exento de tensiones y pruebas, en el que experiencias, incluso
siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por resultados
positivos.Las dificultades no deben, sin embargo, inducir al desánimo. Es
preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu, porque la Iglesia necesita la
aportación espiritual y apostólica de una vida consagrada renovada y
fortalecida. Con la presente Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las
comunidades religiosas y a las personas consagradas con el mismo espíritu que
animaba la carta dirigida por el Concilio de Jerusalén a los cristianos de
Antioquía, y tengo la esperanza de que se repita también hoy la misma
experiencia vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento
» (Hch 15, 31). No sólo esto:
tengo además la esperanza de aumentar el gozo de todo el Pueblo de Dios que,
conociendo mejor la vida consagrada, podrá dar gracias más conscientemente al
Omnipotente por este gran don.En actitud de cordial apertura hacia los Padres
sinodales, he ido recogiendo las valiosas aportaciones surgidas durante las
intensas asambleas de trabajo, en las que he querido estar constantemente
presente. Durante ese período, he ofrecido a todo el Pueblo de Dios algunas
catequesis sistemáticas sobre la vida consagrada en la Iglesia. En ellas he
presentado de nuevo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha sido punto
de referencia luminoso para los desarrollos doctrinales posteriores y para la
misma reflexión realizada por el Sínodo durante las semanas de sus
trabajos.ientras confío en que los hijos de la Iglesia, y en particular las
personas consagradas, acogerán con adhesión cordial esta Exhortación, deseo que
continúe la reflexión para profundizar en el gran don de la vida consagrada en
su triple dimensión de la consagración, la comunión y la misión, y que los
consagrados y consagradas, en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio,
encuentren así ulteriores estímulos para afrontar espiritual y apostólicamente
los nuevos desafíos.
CAPITULO I
CONFESSIO TRINITATIS
EN LAS FUENTES
CRISTOLOGICO-TRINITARIAS
DE LA VIDA CONSAGRADA
Icono de Cristo transfigurado
14. El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe
buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con
algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la
propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa,
dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.Tal existencia «
cristiforme », propuesta a tantos bautizados a lo largo de la historia, es
posible sólo desde una especial vocación y gracias a un don peculiar del
Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal los lleva a una
respuesta radical en el seguimiento de Cristo mediante la adopción de los
consejos evangélicos, el primero y esencial entre ellos es el vínculo sagrado
de la castidad por el Reino de los Cielos.Este especial « seguimiento de Cristo
», en cuyo origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene pues una
connotación esencialmente cristológica y pneumatológica, manifestando así de
modo particularmente vivo el carácter trinitario de la vida cristiana,
de la que anticipa de alguna manera la realización escatológica a la que
tiende toda la Iglesia.n el Evangelio son muchas las palabras y gestos de
Cristo que iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo, para
captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales, ayuda singularmente
contemplar el rostro radiante de Cristo en el misterio de la Transfiguración. A
este « icono » se refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando
relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús « en el monte ».Además,
a ella pueden referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones « activas » de
la vida consagrada, ya que la Transfiguración no es sólo revelación de la
gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la cruz. Ella implica
un « subir al monte » y un « bajar del monte »: los discípulos que han gozado
de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente por el esplendor de la
vida trinitaria y de la comunión de los santos, como arrebatados en el
horizonte de la eternidad, vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no
ven más que a « Jesús solo » en la humildad de la naturaleza humana, y son
invitados a descender para vivir con El las exigencias del designio de Dios y
emprender con valor el camino de la cruz.
« Y se transfiguró delante de ellos... »
15. « Seis días después, toma Jesús
consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte
alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el
sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les
aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.Tomando Pedro la palabra,
dijo a Jesús:"Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres
tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".Todavía estaba
hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía
una voz que decía:"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco;
escuchadle".Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de
miedo.Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: "Levantaos, no
tengáis miedo".Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a
Jesús solo.Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a
nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los
muertos" » (Mt 17, 1-9).El
episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo en el ministerio de
Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón
de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la
resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en
camino hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles
escogidos, la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para
confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En
un caso y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y
envuelta por su luz.Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente
llamados a seguir a Cristo poniendo en El el sentido último de la propia
vida, hasta poder decir con el Apóstol: « Para mí la vida es Cristo » (Flp 1, 21). Una experiencia
singular de la luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que
tienen los llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de los
consejos evangélicos los presenta como signo y profecía para la
comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos particular
resonancia las palabras extasiadas de Pedro: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras muestran la
orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan con
particular elocuencia el carácter absoluto que constituye el dinamismo
profundo de la vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es estar contigo,
dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En
efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con
Cristo, se siente como seducido por su fulgor: El es « el más hermoso de los
hijos de Adán » (Sal 45, 3), el
Incomparable.
« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »
16. A los tres discípulos extasiados se
dirige la llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en El
toda confianza, a hacer de El el centro de la vida. En la palabra que viene de
lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al
inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su
vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de esta especial gracia
de intimidad surge, en la vida consagrada, la posibilidad y la exigencia de la
entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos. Estos,
antes que una renuncia, son una específica acogida del misterio de Cristo,
vivida en la Iglesia.En efecto, en la unidad de la vida cristiana las distintas
vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, « que resplandece sobre el
rostro de la Iglesia ».Los laicos, en virtud del carácter secular de su
vocación, reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del
mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros
sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que
guía a su pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su
venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar
al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende,
el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza
que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida
consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo «
más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo
discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión « conformadora » con
Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la
medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección
escatológica.En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la
persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que
se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, « aquella forma de
vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo ».Abrazando la virginidad,
hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo
unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10,
30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo
recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el
sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial,
lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la
voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34),
al que está perfectamente unido y del que depende en todo.Con tal
identificación « conformadora » con el misterio de Cristo, la vida consagrada
realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis que
caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime
belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su
amorosa condescendencia hacia cada ser humano.
I. PARA ALABANZA DE LA TRINIDAD
A Patre ad Patrem: la iniciativa de Dios
17. La contemplación de la gloria del
Señor Jesús en el icono de la Transfiguración revela a las personas consagradas
ante todo al Padre, creador y dador de todo bien, que atrae a sí (cf. Jn 6, 44) una criatura suya con un
amor especial para una misión especial. « Este es mi Hijo amado: escuchadle » (Mt 17, 5). Respondiendo a esta
invitación acompañada de una atracción interior, la persona llamada se confía
al amor de Dios que la quiere a su exclusivo servicio, y se consagra totalmente
a El y a su designio de salvación (cf. 1Co
7, 32-34).Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una
iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn
15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega
total y exclusiva.La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal
punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la
entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus
manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la
identidad de la persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega,
equiparable a un auténtico holocausto.
Per Filium: siguiendo a Cristo
18. El Hijo, camino que conduce al Padre
(cf. Jn 14, 6), llama a todos los
que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9)
a un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las
personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta el abandono de
todas las cosas (cf. Mt 19, 27)
para vivir en intimidad con Ely seguirlo adonde vaya (cf. Ap 14, 4).En la mirada de Cristo (cf. Mc 10, 21), « imagen de Dios invisible
» (Co 1, 15), resplandor de la gloria del Padre (cf. Hb 1, 3), se percibe la profundidad de
un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser.La persona, que se deja
seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20; 2, 14; 10, 21.28). Como
Pablo, considera que todo lo demás es « pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús », ante el cual no duda en tener todas las cosas «
por basura para ganar a Cristo » (Flp
3, 8). Su aspiración es identificarse con El, asumiendo sus sentimientos y
su forma de vida. Este dejarlo todo y seguir al Señor (cf. Lc 18, 28) es un programa válido para
todas las personas llamadas y para todos los tiempos.Los consejos evangélicos,
con los que Cristo invita a algunos a compartir su experiencia de virgen, pobre
y obediente, exigen y manifiestan, en quien los acoge, el deseo explícito de
una total conformación con El. Viviendo « en obediencia, sin nada propio y
en castidad », los consagrados confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada
virtud alcanza la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y
obediente, aparece como el modo más radical de vivir el Evangelio en esta
tierra, un modo —se puede decir— divino, porque es abrazado por El,
Hombre-Dios, como expresión de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con
el Espíritu Santo. Este es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha
hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida consagrada.No se
puede negar, además, que la práctica de los consejos evangélicos sea un modo
particularmente íntimo y fecundo de participar también en la misión de
Cristo, siguiendo el ejemplo de María de Nazaret, primera discípula, la
cual aceptó ponerse al servicio del plan divino en la donación total de sí
misma. Toda misión comienza con la misma actitud manifestada por María en la
anunciación: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
In Spiritu: consagrados por el Espíritu
Santo
19. « Una nube luminosa los cubrió con su
sombra » (Mt 17, 5). Una
significativa interpretación espiritual de la Transfiguración ve en esta nube
la imagen del Espíritu Santo. Como toda la existencia cristiana, la llamada a
la vida consagrada está también en íntima relación con la obra del Espíritu
Santo. Es El quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas
a percibir el atractivo de una opción tan comprometida. Bajo su acción reviven,
en cierto modo, la experiencia del profeta Jeremías: « Me has seducido, Señor,
y me dejé seducir » (20, 7). Es el Espíritu quien suscita el deseo de una
respuesta plena; es El quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su
madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es El
quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto,
pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión. Dejándose
guiar por el Espíritu en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día
tras día, personas cristiformes, prolongación en la historia de una
especial presencia del Señor resucitado.Con intuición profunda, los Padres de
la Iglesia han calificado este camino espiritual como filocalia, es
decir, amor por la belleza divina, que es irradiación de la divina bondad.
La persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida progresivamente a
la plena configuración con Cristo, refleja en sí misma un rayo de la luz
inaccesible y en su peregrinar terreno camina hacia la Fuente inagotable de la
luz. De este modo la vida consagrada es una expresión particularmente profunda
de la Iglesia Esposa, la cual, conducida por el Espíritu a reproducir en sí los
rasgos del Esposo, se presenta ante El resplandeciente, sin que tenga mancha ni
arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27).El Espíritu mismo, además,
lejos de separar de la historia de los hombres las personas que el Padre ha
llamado, las pone al servicio de los hermanos según las modalidades propias de
su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo
con las necesidades de la Iglesia y del mundo, por medio de los carismas
particulares de cada Instituto. De aquí surgen las múltiples formas de vida
consagrada, mediante las cuales la Iglesia « aparece también adornada con los
diversos dones de sus hijos, como una esposa que se ha arreglado para su esposo
(cf. Ap 21, 2) »y es enriquecida
con todos los medios para desarrollar su misión en el mundo.
Los consejos evangélicos, don de la
Trinidad
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don
de la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre,
por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su
belleza. En efecto, « el estado religioso [...] revela de manera especial la
superioridad del Reino sobre todo lo creado y sus exigencias radicales. Muestra
también a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey
y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su Iglesia
».rimer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las
maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas.
Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de
una existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo. Al asombro de los
hombres responden con el anuncio de los prodigios de gracia que el Señor realiza
en los que ama. En la medida en que la persona consagrada se deja conducir por
el Espíritu hasta la cumbre de la perfección, puede exclamar: « Veo la belleza
de tu gracia, contemplo su fulgor y reflejo su luz; me arrebata su esplendor
indescriptible; soy empujado fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo
era y qué soy ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno de respeto hacia mí
mismo, de reverencia y de temor, como si fuera ante ti; no sé qué hacer porque
la timidez me domina; no sé dónde sentarme, a dónde acercarme, dónde reclinar
estos miembros que son tuyos; en qué obras ocupar estas sorprendentes
maravillas divinas ».De este modo, la vida consagrada se convierte en una de
las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres
puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.
El reflejo de la vida trinitaria en los
consejos
21. La referencia de los consejos
evangélicos a la Trinidad santa y santificante revela su sentido más profundo.
En efecto, son expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu
Santo. Al practicarlos, la persona consagrada vive con particular intensidad el
carácter trinitario y cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.La castidad
de los célibes y de las vírgenes, en cuanto manifestación de la entrega a Dios
con corazón indiviso (cf. 1Co
7, 32-34), es el reflejo del amor infinito que une a las tres
Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida trinitaria; amor
testimoniado por el Verbo encarnado hasta la entrega de su vida; amor «
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de
amor total hacia Dios y hacia los hermanos.La pobreza manifiesta que
Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de
Cristo que « siendo rico, se hizo pobre » (2Co 8, 9), es expresión de la entrega
total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente. Es don
que brota en la creación y se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo
y en su muerte redentora.La obediencia, practicada a imitación de
Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta la belleza
liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de
responsabilidad y animada por la confianza recíproca, que es reflejo en la historia
de la amorosa correspondencia propia de las tres Personas divinas.Por
tanto, la vida consagrada está llamada a profundizar continuamente el don de
los consejos evangélicos con un amor cada vez más sincero e intenso en
dimensión trinitaria: amor a Cristo, que llama a su intimidad; al
Espíritu Santo, que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al
Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada.De este modo se
convierte en manifestación y signo de la Trinidad, cuyo misterio viene presentado
a la Iglesia como modelo y fuente de cada forma de vida cristiana.La misma vida
fraterna, en virtud de la cual las personas consagradas se esfuerzan por
vivir en Cristo con « un solo corazón y una sola alma » (Hch 4, 32), se propone como elocuente
manifestación trinitaria. La vida fraterna manifiesta al Padre, que
quiere hacer de todos los hombres una sola familia; manifiesta al Hijo
encarnado, que reúne a los redimidos en la unidad, mostrando el camino con
su ejemplo, su oración, sus palabras y, sobre todo, con su muerte, fuente de
reconciliación para los hombres divididos y dispersos; manifiesta al
Espíritu Santo como principio de unidad en la Iglesia, donde no cesa de
suscitar familias espirituales y comunidades fraternas.
Consagrados como Cristo para el Reino de
Dios
22. La vida consagrada « imita más de
cerca y hace presente continuamente en la Iglesia », por impulso del Espíritu
Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre
para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían (cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 10-11; Jn 15, 16). A la luz de la
consagración de Jesús, es posible descubrir en la iniciativa del Padre, fuente
de toda santidad, el principio originario de la vida consagrada. En efecto,
Jesús mismo es aquel que Dios « ungió con el Espíritu Santo y con poder » (Hch 10, 38), « aquel a quien el Padre
ha santificado y enviado al mundo » (Jn
10, 36). Acogiendo la consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra
a El por la humanidad (cf. Jn 17, 19):
su vida de virginidad, obediencia y pobreza manifiesta su filial y total adhesión
al designio del Padre (cf. Jn 10, 30;
14, 11). Su perfecta oblación confiere un significado de consagración a todos
los acontecimientos de su existencia terrena.El es el obediente por
excelencia, bajado del cielo no para hacer su voluntad, sino la de Aquel
que lo ha enviado (cf. Jn 6, 38; Hb 10, 5.7). El pone su ser y su
actuar en las manos del Padre (cf. Lc
2, 49). En obediencia filial, adopta la forma del siervo: « Se despojó de
sí mismo tomando condición de siervo [...], obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz » (Flp 2, 7-8). En
esta actitud de docilidad al Padre, Cristo, aun aprobando y defendiendo la
dignidad y la santidad de la vida matrimonial, asume la forma de vida virginal
y revela así el valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la
virginidad. Su adhesión plena al designio del Padre se manifiesta también
en el desapego de los bienes terrenos: « Siendo rico, por vosotros se hizo
pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza » (2Co 8, 9). La profundidad de su
pobreza se revela en la perfecta oblación de todo lo suyo al
Padre.Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo de
existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los
hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador.
II. ENTRE LA PASCUA Y LA CULMINACION
Del Tabor al Calvario
23. El acontecimiento deslumbrante de la
Transfiguración prepara a aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del
Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús junto a Moisés y
Elías, con los que —según el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba
a cumplir en Jerusalén » (9, 31). Los ojos de los apóstoles están fijos en
Jesús que piensa en la Cruz (cf. Lc 9,
43-45). Allí su amor virginal por el Padre y por todos los hombres
alcanzará su máxima expresión; su pobreza llegará al despojo de todo; su
obediencia hasta la entrega de la vida.Los discípulos y las discípulas son
invitados a contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, de la cual « el Verbo
salido del silencio », en su silencio y en su soledad, afirma proféticamente la
absoluta trascendencia de Dios sobre todos los bienes creados, vence en su
carne nuestro pecado y atrae hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno
la vida nueva de la resurrección (cf. Jn
12, 32; 19, 34.37). En la contemplación de Cristo crucificado se inspiran
todas las vocaciones; en ella tienen su origen, con el don fundamental del
Espíritu, todos los dones y en particular el don de la vida consagrada.Después
de María, Madre de Jesús, Juan, el discípulo que Jesús amaba, el testigo que
junto con María estuvo a los pies de la cruz (cf. Jn 19, 26-27), recibió este don. Su
decisión de consagración total es fruto del amor divino que lo envuelve, lo
sostiene y le llena el corazón. Juan, al lado de María, está entre los primeros
de la larga serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia
hasta el final, tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a seguir al
Cordero inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap 14, 1-5).
Dimensión pascual de la vida consagrada
24. La persona consagrada, en las
diversas formas de vida suscitadas por el Espíritu a lo largo de la historia,
experimenta la verdad de Dios-Amor de un modo tanto más inmediato y profundo
cuanto más se coloca bajo la Cruz de Cristo. Aquel que en su muerte aparece
ante los ojos humanos desfigurado y sin belleza hasta el punto de mover a los
presentes a cubrirse el rostro (cf. Is
53, 2-3), precisamente en la Cruz manifiesta en plenitud la belleza y el
poder del amor de Dios. San Agustín lo canta así: « Hermoso siendo Dios, Verbo
en Dios [...] Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra; hermoso en el
seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en los milagros, hermoso en
los azotes; hermoso invitado a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte,
hermoso dando la vida, hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el
sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico, y la flaqueza de su
carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su hermosura ».a vida
consagrada refleja este esplendor del amor, porque confiesa, con su fidelidad
al misterio de la Cruz, creer y vivir del amor del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. De este modo contribuye a mantener viva en la Iglesia la
conciencia de que la Cruz es la sobreabundancia del amor de Dios que se
derrama sobre este mundo, el gran signo de la presencia salvífica de
Cristo. Y esto especialmente en las dificultades y pruebas. Es lo que
testimonian continuamente y con un valor digno de profunda admiración un gran
número de personas consagradas, que con frecuencia viven en situaciones
difíciles, incluso de persecución y martirio. Su fidelidad al único Amor se
manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación
de los sufrimientos para completar lo que en la propia carne « falta a las
tribulaciones de Cristo » (Co 1, 24), en el sacrificio silencioso, en el
abandono a la santa voluntad de Dios, en la serena fidelidad incluso ante el
declive de las fuerzas y del propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace
también la entrega al prójimo, que las personas consagradas viven no sin
sacrificio en la constante intercesión por las necesidades de los hermanos, en
el servicio generoso a los pobres y a los enfermos, en el compartir las
dificultades de los demás y en la participación solícita en las preocupaciones
y pruebas de la Iglesia.
Testigos de Cristo en el mundo
25. Del misterio pascual surge además la misión,
dimensión que determina toda la vida eclesial. Ella tiene una realización
específica propia en la vida consagrada. En efecto, más allá incluso de los
carismas propios de los Institutos dedicados a la misión Ad gentes o empeñados en una actividad de
tipo propiamente apostólica, se puede decir que la misión está inscrita en
el corazón mismo de cada forma de vida consagrada. En la medida en que el
consagrado vive una vida únicamente entregada al Padre (cf. Lc 2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16),
animada por el Espíritu (cf. Lc 24, 49;
Hch 1, 8; 2, 4), coopera
eficazmente a la misión del Señor Jesús (cf. Jn 20, 21), contribuyendo de forma
particularmente profunda a la renovación del mundo.El primer cometido misionero
las personas consagradas lo tienen hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo
el propio corazón a la acción del Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda a
toda la Iglesia a recordar que en primer lugar está el servicio gratuito a
Dios, hecho posible por la gracia de Cristo, comunicada al creyente mediante el
don del Espíritu. De este modo se anuncia al mundo la paz que desciende del
Padre, la entrega que el Hijo testimonia y la alegría que es fruto del Espíritu
Santo.Las personas consagradas serán misioneras ante todo profundizando
continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas por Dios, al
cual deben pues orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y tienen,
liberándose de los impedimentos que pudieran frenar la total respuesta de amor.
De este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el mundo.
Su estilo de vida debe transparentar también el ideal que profesan, proponiéndose
como signo vivo de Dios y como elocuente, aunque con frecuencia silenciosa,
predicación del Evangelio.Siempre, pero especialmente en la cultura
contemporánea, con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al
lenguaje de los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su
presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación
significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar en cada
situación un testimonio concreto de su pertenencia a Cristo.Puesto que el
hábito es signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a una determinada
familia religiosa, junto con los Padres del Sínodo recomiendo vivamente a los
religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito, adaptado oportunamente
a las circunstancias de los tiempos y de los lugares.Allí donde válidas
exigencias apostólicas lo requieran, conforme a las normas del propio
Instituto, podrán emplear también un vestido sencillo y decoroso, con un
símbolo adecuado, de modo que sea reconocible su consagración.Los Institutos
que desde su origen o por disposición de sus constituciones no prevén un hábito
propio, procuren que el vestido de sus miembros responda, por dignidad y
sencillez, a la naturaleza de su vocación.
Dimensión escatológica de la vida
consagrada
26. Debido a que hoy las preocupaciones
apostólicas son cada vez más urgentes y la dedicación a las cosas de este mundo
corre el riesgo de ser siempre más absorbente, es particularmente oportuno
llamar la atención sobre la naturaleza escatológica de la vida consagrada.«
Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón » (Mt 6, 21): el tesoro único del Reino
suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio. En la Iglesia primitiva
la espera de la venida del Señor se vivía de un modo particularmente intenso. A
pesar del paso de los siglos la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud
de esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada hacia la
salvación que va a manifestarse, « porque la apariencia de este mundo pasa » (1Co 7, 31; cf. 1 Pt 1, 3-6).n
este horizonte es donde mejor se comprende el papel de signo escatológico
propio de la vida consagrada. En efecto, es constante la doctrina que la
presenta como anticipación del Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a
proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración « anuncia ya la
resurrección futura y la gloria del reino de los cielos ».Esto lo realiza sobre
todo la opción por la virginidad, entendida siempre por la tradición
como una anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa y
transforma al hombre en su totalidad.Las personas que han dedicado su vida a
Cristo viven necesariamente con el deseo de encontrarlo para estar finalmente y
para siempre con El. De aquí la ardiente espera, el deseo de « sumergirse en el
Fuego de amor que arde en ellas y que no es otro que el Espíritu Santo »,
espera y deseo sostenidos por los dones que el Señor concede libremente a
quienes aspiran a las cosas de arriba (cf. Co 3, 1).Fijos los ojos en el
Señor, la persona consagrada recuerda que « no tenemos aquí ciudad permanente »
(Hb 13, 14), porque « somos
ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20).
Lo único necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33), invocando incesantemente la
venida del Señor.
Una espera activa: compromiso y vigilancia
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20). Esta espera es lo más
opuesto a la inercia: aunque dirigida al Reino futuro, se traduce en
trabajo y misión, para que el Reino se haga presente ya ahora mediante la
instauración del espíritu de las Bienaventuranzas, capaz de suscitar también en
la sociedad humana actitudes eficaces de justicia, paz, solidaridad y perdón.Esto
lo ha demostrado ampliamente la historia de la vida consagrada, que siempre ha
producido frutos abundantes también para el mundo. Con sus carismas las
personas consagradas llegan a ser un signo del Espíritu para un futuro nuevo,
iluminado por la fe y por la esperanza cristiana. La tensión escatológica se
convierte en misión, para que el Reino se afirme de modo creciente aquí y
ahora. A la súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! », se une otra invocación: « ¡Venga
tu Reino! » (Mt 6, 10).Quien espera
vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo es capaz de infundir
también esperanza entre sus hermanos y hermanas, con frecuencia desconfiados y
pesimistas respecto al futuro. Su esperanza está fundada sobre la promesa de
Dios contenida en la Palabra revelada: la historia de los hombres camina hacia
« un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap
21, 1), en los que el Señor « enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá
ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha
pasado » (Ap 21, 4).La vida
consagrada está al servicio de esta definitiva irradiación de la gloria divina,
cuando toda carne verá la salvación de Dios (cf. Lc 3, 6; Is 40, 5). El Oriente cristiano
destaca esta dimensión cuando considera a los monjes como ángeles de Dios
sobre la tierra, que anuncian la renovación del mundo en Cristo. En
Occidente el monacato es celebración de memoria y vigilia: memoria de
las maravillas obradas por Dios, vigilia del cumplimiento último de la
esperanza. El mensaje del monacato y de la vida contemplativa repite
incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para
la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón
estará inquieto hasta que descanse en El.
La Virgen María, modelo de consagración y
seguimiento
28. María es aquella que, desde su
concepción inmaculada, refleja más perfectamente la belleza divina. « Toda
hermosa » es el título con el que la Iglesia la invoca. « La relación que todo
fiel, como consecuencia de su unión con Cristo, mantiene con María Santísima
queda aún más acentuada en la vida de las personas consagradas [...] En todos
(los Institutos de vida consagrada) existe la convicción de que la presencia de
María tiene una importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada
alma consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda la
comunidad ».n efecto, María es ejemplo sublime de perfecta consagración,
por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida por el Señor, que
quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda a los
consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo,
habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella,
María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la
criatura humana.Cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta de Nazaret,
presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su vida pública, la
Virgen es maestra de seguimiento incondicional y de servicio asiduo. En ella, «
templo del Espíritu Santo », brilla de este modo todo el esplendor de la nueva
criatura. La vida consagrada la contempla como modelo sublime de consagración
al Padre, de unión con el Hijo y de docilidad al Espíritu, sabiendo bien que
identificarse con « el tipo de vida en pobreza y virginidad »de Cristo
significa asumir también el tipo de vida de María.La persona consagrada
encuentra, además, en la Virgen una Madre por título muy especial. En
efecto, si la nueva maternidad dada a María en el Calvario es un don a todos los
cristianos, adquiere un valor específico para quien ha consagrado plenamente la
propia vida a Cristo. « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 27): las palabras de Jesús al
discípulo « a quien amaba » (Jn 19, 26),
asumen una profundidad particular en la vida de la persona consagrada. En
efecto, está llamada con Juan a acoger consigo a María Santísima (cf. Jn 19, 27), amándola e imitándola con
la radicalidad propia de su vocación y experimentando, a su vez, una especial
ternura materna. La Virgen le comunica aquel amor que permite ofrecer cada día
la vida por Cristo, cooperando con El en la salvación del mundo. Por eso, la
relación filial con María es el camino privilegiado para la fidelidad a la
vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar en ella y vivirla en
plenitud.
III. EN LA IGLESIA Y PARA LA IGLESIA
« Bueno es estarnos aquí »: la vida consagrada en el misterio de la
Iglesia
29. En la escena de la Transfiguración, Pedro habla en
nombre de los demás apóstoles: « Bueno es estarnos aquí » (Mt, 17, 4).
La experiencia de la gloria de Cristo, aunque le extasía la mente y el corazón,
no lo aísla, sino que, por el contrario, lo une más profundamente al « nosotros
» de los discípulos.Esta dimensión del « nosotros » nos lleva a considerar el
lugar que la vida consagrada ocupa en el misterio de la Iglesia. La
reflexión teológica sobre la naturaleza de la vida consagrada ha profundizado
en estos años en las nuevas perspectivas surgidas de la doctrina del Concilio
Vaticano II. A su luz se ha tomado conciencia de que la profesión de los
consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la vida y a la santidad
de la Iglesia.Esto significa que la vida consagrada, presente desde el
comienzo, no podrá faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos
irrenunciables y característicos, como expresión de su misma naturaleza.Esto
resulta evidente ya que la profesión de los consejos evangélicos está
íntimamente relacionada con el misterio de Cristo, teniendo el cometido de
hacer de algún modo presente la forma de vida que El eligió, señalándola como
valor absoluto y escatológico. Jesús mismo, llamando a algunas personas a
dejarlo todo para seguirlo, inauguró este género de vida que, bajo la acción
del Espíritu, se ha desarrollado progresivamente a lo largo de los siglos en
las diversas formas de la vida consagrada. El concepto de una Iglesia formada
únicamente por ministros sagrados y laicos no corresponde, por tanto, a las
intenciones de su divino Fundador tal y como resulta de los Evangelios y de los
demás escritos neotestamentarios.
La nueva y especial consagración
30. En la tradición de la Iglesia la
profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda
profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la
íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don
de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la
profesión de los consejos evangélicos.sta posterior consagración tiene, sin
embargo, una peculiaridad propia respecto a la primera, de la que no es una
consecuencia necesaria.En realidad, todo renacido en Cristo está llamado a
vivir, con la fuerza proveniente del don del Espíritu, la castidad
correspondiente a su propio estado de vida, la obediencia a Dios y a la
Iglesia, y un desapego razonable de los bienes materiales, porque todos son llamados
a la santidad, que consiste en la perfección de la caridad.Pero el Bautismo no
implica por sí mismo la llamada al celibato o a la virginidad, la renuncia a la
posesión de bienes y la obediencia a un superior, en la forma propia de los
consejos evangélicos. Por tanto, su profesión supone un don particular de Dios
no concedido a todos, como Jesús mismo señala en el caso del celibato
voluntario (cf. Mt 19, 10-12).A
esta llamada corresponde, por otra parte, un don específico del Espíritu
Santo, de modo que la persona consagrada pueda responder a su vocación y a
su misión. Por eso, como se refleja en las liturgias de Oriente y Occidente, en
el rito de la profesión monástica o religiosa y en la consagración de las
vírgenes, la Iglesia invoca sobre las personas elegidas el don del Espíritu
Santo y asocia su oblación al sacrificio de Cristo.a profesión de los consejos
evangélicos es también un desarrollo de la gracia del sacramento de la
Confirmación, pero va más allá de las exigencias normales de la
consagración crismal en virtud de un don particular del Espíritu, que abre a
nuevas posibilidades y frutos de santidad y de apostolado, como demuestra la
historia de la vida consagrada.En cuanto a los sacerdotes que profesan los
consejos evangélicos, la experiencia misma muestra que el sacramento del
Orden encuentra una fecundidad peculiar en esta consagración, puesto que
presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más estrecha al Señor. El
sacerdote que profesa los consejos evangélicos encuentra una ayuda particular
para vivir en sí mismo la plenitud del misterio de Cristo, gracias también a la
espiritualidad peculiar de su Instituto y a la dimensión apostólica del
correspondiente carisma. En efecto, en el presbítero la vocación al sacerdocio
y a la vida consagrada convergen en profunda y dinámica unidad.De valor
inconmensurable es también la aportación dada a la vida de la Iglesia por los
religiosos sacerdotes dedicados íntegramente a la contemplación. Especialmente
en la celebración eucarística realizan una acción de la Iglesia y para la
Iglesia, a la que unen el ofrecimiento de sí mismos, en comunión con Cristo que
se ofrece al Padre para la salvación del mundo entero.
Las relaciones entre los diversos estados
de vida del cristiano
31. Las diversas formas de vida en las
que, según el designio del Señor Jesús, se articula la vida eclesial presentan
relaciones recíprocas sobre las que interesa detenerse.Todos los fieles, en
virtud de su regeneración en Cristo, participan de una dignidad común; todos
son llamados a la santidad; todos cooperan a la edificación del único Cuerpo de
Cristo, cada uno según su propia vocación y el don recibido del Espíritu (cf. Rm 12, 38).La igual dignidad de todos
los miembros de la Iglesia es obra del Espíritu; está fundada en el Bautismo y
la Confirmación y corroborada por la Eucaristía. Sin embargo, también es obra
del Espíritu la variedad de formas. El constituye la Iglesia como una comunión
orgánica en la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios.as vocaciones a
la vida laical, al ministerio ordenado y a la vida consagrada se pueden
considerar paradigmáticas, dado que todas las vocaciones particulares, bajo uno
u otro aspecto, se refieren o se reconducen a ellas, consideradas separadamente
o en conjunto, según la riqueza del don de Dios. Además, están al servicio unas
de otras para el crecimiento del Cuerpo de Cristo en la historia y para su
misión en el mundo. Todos en la Iglesia son consagrados en el Bautismo y en la
Confirmación, pero el ministerio ordenado y la vida consagrada suponen una
vocación distinta y una forma específica de consagración, en razón de una
misión peculiar.La consagración bautismal y crismal, común a todos los miembros
del Pueblo de Dios, es fundamento adecuado de la misión de los laicos,
de los que es propio « el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios ».Los ministros ordenados, además
de esta consagración fundamental, reciben la consagración en la Ordenación para
continuar en el tiempo el ministerio apostólico. Las personas consagradas,
que abrazan los consejos evangélicos, reciben una nueva y especial consagración
que, sin ser sacramental, las compromete a abrazar —en el celibato, la pobreza
y la obediencia— la forma de vida practicada personalmente por Jesús y
propuesta por El a los discípulos. Aunque estas diversas categorías son
manifestaciones del único misterio de Cristo, los laicos tienen como aspecto
peculiar, si bien no exclusivo, el carácter secular, los pastores el carácter
ministerial y los consagrados la especial conformación con Cristo virgen, pobre
y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones,
se confía a cada uno de los estados de vida fundamentales la misión de
manifestar, en su propia categoría, una u otra de las dimensiones del único
misterio de Cristo. Si la vida laical tiene la misión particular de
anunciar el Evangelio en medio de las realidades temporales, en el ámbito de la
comunión eclesial desarrollan un ministerio insustituible los que han
recibido el Orden sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea
de apacentar el Pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la
administración de los Sacramentos y el ejercicio de la potestad sagrada al
servicio de la comunión eclesial, que es comunión orgánica, ordenada
jerárquicamente.omo expresión de la santidad de la Iglesia, se debe
reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el
mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación
particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa
del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. La vida
consagrada anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando,
alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y en el
misterio, los hijos de la resurrección no tomarán mujer o marido, sino que
serán como ángeles de Dios (cf. Mt 22,
30).En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino,
considerada con razón la « puerta » de toda la vida consagrada, es objeto de la
constante enseñanza de la Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran
estima por la vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges « testigos y
colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación
de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella ».n este
horizonte común a toda la vida consagrada, se articulan vías distintas entre
sí, pero complementarias. Los religiosos y las religiosas dedicados
íntegramente a la contemplación son en modo especial imagen de Cristo en
oración en el monte.Las personas consagradas de vida activa lo
manifiestan « anunciando a las gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos
y lisiados, convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los
niños y haciendo el bien a todos ».Las personas consagradas en los Institutos
seculares realizan un servicio particular para la venida del Reino de Dios,
uniendo en una síntesis específica el valor de la consagración y el de la
secularidad. Viviendo su consagración en el mundo y a partir del mundo, « se
esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para
fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo ».Participan, para ello, en la
obra evangelizadora de la Iglesia mediante el testimonio personal de vida
cristiana, el empeño por ordenar según Dios las realidades temporales, la
colaboración en el servicio de la comunidad eclesial, de acuerdo con el estilo
de vida secular que les es propio.
Testimoniar el Evangelio de las
Bienaventuranzas
33. Misión peculiar de la vida consagrada
es mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores
fundamentales del Evangelio, dando « un testimonio magnífico y
extraordinario de que sin el espíritu de las Bienaventuranzas no se puede
transformar este mundo y ofrecerlo a Dios ».De este modo la vida consagrada
aviva continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios la exigencia de
responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones
por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5),
reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el
Bautismo, la Confirmación o el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad
comunicada por los sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. La vida
consagrada, con su misma presencia en la Iglesia, se pone al servicio de la
consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.Por otra parte, no se
debe olvidar que los consagrados reciben también del testimonio propio de las
demás vocaciones una ayuda para vivir íntegramente la adhesión al misterio de
Cristo y de la Iglesia en sus múltiples dimensiones. En virtud de este
enriquecimiento recíproco, se hace más elocuente y eficaz la misión de la vida
consagrada: señalar como meta a los demás hermanos y hermanas, fijando la
mirada en la paz futura, la felicidad definitiva que está en Dios.
Imagen viva de la Iglesia-Esposa
34. Importancia particular tiene el
significado esponsal de la vida consagrada, que hace referencia a la exigencia
de la Iglesia de vivir en la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual
recibe todo bien. En esta dimensión esponsal, propia de toda la vida
consagrada, es sobre todo la mujer la que se ve singularmente reflejada, como
descubriendo la índole especial de su relación con el Señor.A este respecto, es
sugestiva la página neotestamentaria que presenta a María con los Apóstoles en
el Cenáculo en espera orante del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 13-14). Aquí se puede ver una
imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las señales del Esposo y preparada
para acoger su don. En Pedro y en los demás Apóstoles emerge sobre todo la
dimensión de la fecundidad, como se manifiesta en el ministerio eclesial, que
se hace instrumento del Espíritu para la generación de nuevos hijos mediante el
anuncio de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y la atención
pastoral. En María está particularmente viva la dimensión de la acogida
esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar en sí misma la vida divina a
través de su amor total de virgen.La vida consagrada ha sido siempre vista
prevalentemente en María, la Virgen esposa. De ese amor virginal procede una
fecundidad particular, que contribuye al nacimiento y crecimiento de la vida
divina en los corazones.La persona consagrada, siguiendo las huellas de María,
nueva Eva, manifiesta su fecundidad espiritual acogiendo la Palabra, para
colaborar en la formación de la nueva humanidad con su dedicación incondicional
y su testimonio. Así la Iglesia manifiesta plenamente su maternidad tanto por la
comunicación de la acción divina confiada a Pedro, como por la acogida
responsable del don divino, típica de María.Por su parte, el pueblo cristiano
encuentra en el ministerio ordenado los medios de la salvación, y en la vida
consagrada el impulso para una respuesta de amor plena en todas las diversas
formas de diaconía.
IV. GUIADOS POR EL ESPIRITU DE SANTIDAD
Existencia « transfigurada »: llamada a la
santidad
35. « Al oír esto los discípulos cayeron
rostro en tierra llenos de miedo » (Mt
17, 6). Los sinópticos ponen de relieve en el episodio de la
Transfiguración, con matices diversos, el temor de los discípulos. El atractivo
del rostro transfigurado de Cristo no impide que se sientan atemorizados ante
la Majestad divina que los envuelve. Siempre que el hombre experimenta la
gloria de Dios se da cuenta también de su pequeñez y de aquí surge una
sensación de miedo. Este temor es saludable. Recuerda al hombre la perfección
divina, y al mismo tiempo lo empuja con una llamada urgente a la « santidad
».Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el Padre a « escuchar » a Cristo,
deben sentir una profunda exigencia de conversión y de santidad. Pero,
como se ha puesto de relieve en el Sínodo, esta exigencia se refiere en primer
lugar a la vida consagrada. En efecto, la vocación de las personas consagradas
a buscar ante todo el Reino de Dios es, principalmente, una llamada a la plena
conversión, en la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor, para que
Dios sea todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar el
rostro « transfigurado » de Cristo, son llamados también a una existencia
transfigurada.A este respecto, es significativo lo expresado en la Relación
final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo: « Los santos y santas
han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más
difíciles a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos
fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos. Los Institutos de vida
consagrada, por la profesión de los consejos evangélicos, sean conscientes de
su misión especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos animarlos en esa
misión ».De estas consideraciones se han hecho eco los Padres de la IX Asamblea
sinodal, afirmando: « La vida consagrada ha sido a través de la historia de la
Iglesia una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un espacio
privilegiado de amor absoluto a Dios y al prójimo, testimonio del proyecto
divino de hacer de toda la humanidad, dentro de la civilización del amor, la
gran familia de los hijos de Dios ».a Iglesia ha visto siempre en la profesión
de los consejos evangélicos un camino privilegiado hacia la santidad. Las
mismas expresiones con las que la define —escuela del servicio del Señor,
escuela de amor y santidad, camino o estado de perfección— indican tanto la
eficacia y riqueza de los medios propios de esta forma de vida evangélica, como
el empeño particular de quienes la abrazan.No es casual que a lo largo de los
siglos tantos consagrados hayan dejado testimonios elocuentes de santidad y
hayan realizado empresas de evangelización y de servicio particularmente
generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
36. En el seguimiento de Cristo y en el
amor hacia su persona hay algunos puntos sobre el crecimiento de la santidad en
la vida consagrada que merecen ser hoy especialmente evidenciados.Ante todo se
pide la fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio
espiritual de cada Instituto. Precisamente en esta fidelidad a la inspiración
de los fundadores y fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más
fácilmente y se reviven con más fervor los elementos esenciales de la vida
consagrada.En efecto, cada carisma tiene, en su origen, una triple orientación:
hacia el Padre, sobre todo en el deseo de buscar filialmente su voluntad
mediante un proceso de conversión continua, en el que la obediencia es fuente
de verdadera libertad, la castidad manifiesta la tensión de un corazón
insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre y la sed
de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5, 6). En esta perspectiva el
carisma de cada Instituto animará a la persona consagrada a ser toda de Dios, a
hablar con Dios o de Dios, como se dice de santo Domingo, para gustar qué bueno
es el Señor (cf. Sal 33, 9) en
todas las situaciones.Los carismas de vida consagrada implican también una
orientación hacia el Hijo, llevando a cultivar con El una comunión de
vida íntima y gozosa, en la escuela de su servicio generoso de Dios y de los
hermanos. De este modo, « la mirada progresivamente cristificada, aprende a
alejarse de lo exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto
impide al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por el
Espíritu », y posibilita así ir a la misión con Cristo, trabajando y sufriendo
con El en la difusión de su Reino.Por último, cada carisma comporta una
orientación hacia el Espíritu Santo, ya que dispone la persona a dejarse
conducir y sostener por El, tanto en el propio camino espiritual como en la
vida de comunión y en la acción apostólica, para vivir en aquella actitud de
servicio que debe inspirar toda decisión del cristiano auténtico.En efecto,
esta triple relación emerge siempre, a pesar de las características específicas
de los diversos modelos de vida, en cada carisma de fundación, por el hecho
mismo de que en ellos domina « una profunda preocupación por configurarse con Cristo
testimoniando alguno de los aspectos de su misterio », aspecto específico
llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradición más genuina de cada
Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos.
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor
la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como
respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.Esta
invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a
través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida
cotidiana. Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio trabajo
y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas,
cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en
plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial. Debe
permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación que
pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la
conformación cada vez más plena con el Señor.n este espíritu, vuelve a ser hoy
urgente para cada Instituto la necesidad de una referencia renovada a la
Regla, porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de
seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia.
Una creciente atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un
criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de
responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial.
Oración y ascesis: el combate espiritual
38. La llamada a la santidad es acogida y
puede ser cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita
trascendencia de Dios: « Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este
silencio cargado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar
plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se
olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante
que obligue a cubrirlo con un velo (cf. Ex
34, 33) [...]; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin
amor y perdón [...]. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan
aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y
a nosotros comprender esa palabra ».Esto comporta en concreto una gran
fidelidad a la oración litúrgica y personal, a los tiempos dedicados a la
oración mental y a la contemplación, a la adoración eucarística, los retiros
mensuales y los ejercicios espirituales.Es necesario también tener presentes los
medios ascéticos típicos de la tradición espiritual de la Iglesia y del
propio Instituto. Ellos han sido y son aún una ayuda poderosa para un auténtico
camino de santidad. La ascesis, ayudando a dominar y corregir las tendencias de
la naturaleza humana herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la
persona consagrada para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por
el camino de la Cruz.Es necesario también reconocer y superar algunas
tentaciones que a veces, por insidia del Diablo, se presentan bajo la
apariencia de bien. Así, por ejemplo, la legítima exigencia de conocer la
sociedad moderna para responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las
modas del momento, con disminución del fervor espiritual o con actitudes de
desánimo. La posibilidad de una formación espiritual más elevada podría empujar
a las personas consagradas a un cierto sentimiento de superioridad respecto a
los demás fieles, mientras que la urgencia de una cualificación legítima y
necesaria puede transformarse en una búsqueda excesiva de eficacia, como si el
servicio apostólico dependiera prevalentemente de los medios humanos, más que
de Dios. El deseo loable de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, creyentes y no creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción de
un estilo de vida secularizado o a una promoción de los valores humanos en
sentido puramente horizontal. El compartir las aspiraciones legítimas de la
propia nación o cultura podría llevar a abrazar formas de nacionalismo o a
asumir prácticas que tienen, por el contrario, necesidad de ser purificadas y
elevadas a la luz del Evangelio.El camino que conduce a la santidad conlleva,
pues, la aceptación del combate espiritual. Se trata de un dato exigente
al que hoy no siempre se dedica la atención necesaria. La tradición ha visto
con frecuencia representado el combate espiritual en la lucha de Jacob con el
misterio de Dios, que él afronta para acceder a su bendición y a su visión (cf.
Gn 32, 23-31). En esta narración de
los principios de la historia bíblica las personas consagradas pueden ver el símbolo
del empeño ascético necesario para dilatar el corazón y abrirlo a la acogida
del Señor y de los hermanos.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso
de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y sostener
el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. « Es necesario suscitar en
cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de
renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria
acogida del prójimo, especialmente del más necesitado ».Las personas
consagradas, en la medida en que profundizan su propia amistad con Dios, se
hacen capaces de ayudar a los hermanos y hermanas mediante iniciativas
espirituales válidas, como escuelas de oración, ejercicios y retiros
espirituales, jornadas de soledad, escucha y dirección espiritual. De este modo
se favorece el progreso en la oración de personas que podrán después realizar
un mejor discernimiento de la voluntad de Dios sobre ellas y emprender opciones
valientes, a veces heroicas, exigidas por la fe. En efecto, las personas
consagradas « a través de su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de
la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta
santidad de la que dan testimonio ».El hecho de que todos sean llamados a la
santidad debe animar más aún a quienes, por su misma opción de vida, tienen la
misión de recordarlo a los demás.
« Levantaos, no tengáis miedo »: una confianza renovada
40. « Jesús, acercándose a ellos, los
tocó y dijo: ?Levantaos, no tengáis miedo' » (Mt 17, 7). Como los tres apóstoles en
el episodio de la Transfiguración, las personas consagradas saben por
experiencia que no siempre su vida es iluminada por aquel fervor sensible que
hace exclamar: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Sin embargo, es siempre una
vida « tocada » por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su
gracia.« Levantaos, no tengáis miedo ». Esta invitación del Maestro se dirige
obviamente a cada cristiano. Pero con mayor motivo a quien ha sido llamado a «
dejarlo todo » y, por consiguiente, a « arriesgarlo todo » por Cristo. De modo
especial es válida siempre que, con el Maestro, se baja del « monte » para
tomar el camino que lleva del Tabor al Calvario.Al decir que Moisés y Elías
hablaban con Cristo sobre su misterio pascual, Lucas emplea significativamente
el término « partida » (éxodos): « Hablaban de su partida, que iba a
cumplir en Jerusalén » (Lc 9, 31).
« Exodo »: término fundamental de la revelación, al que se refiere toda la
historia de la salvación, y que expresa el sentido profundo del misterio pascual.
Tema particularmente vinculado a la espiritualidad de la vida consagrada y que
manifiesta bien su significado. En él se contiene inevitablemente lo que
pertenece al mysterium Crucis. Sin embargo, este comprometido « camino
de éxodo », visto desde la perspectiva del Tabor, aparece como un camino entre
dos luces: la luz anticipadora de la Transfiguración y la definitiva de la
Resurrección.La vocación a la vida consagrada —en el horizonte de toda la vida
cristiana—, a pesar de sus renuncias y sus pruebas, y más aún gracias a ellas,
es camino « de luz », sobre el que vela la mirada del Redentor: «
Levantaos, no tengáis miedo ».
CAPITULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
LA VIDA CONSAGRADA SIGNO DE
COMUNION EN LA IGLESIA
I. VALORES PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó
a quienes El quiso, para tenerlos junto a sí y para enseñarles a vivir según su
ejemplo, para el Padre y para la misión que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15). Inauguraba de este modo
una nueva familia de la cual habrían de formar parte a través de los siglos
todos aquellos que estuvieran dispuestos a « cumplir la voluntad de Dios » (cf.
Mc 3, 32-35). Después de la
Ascensión, gracias al don del Espíritu, se constituyó en torno a los Apóstoles
una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios y en una concreta
experiencia de comunión (cf. Hch 2, 42-47;
4, 32-35). La vida de esta comunidad y, sobre todo, la experiencia de la plena
participación en el misterio de Cristo vivida por los Doce, han sido el
modelo en el que la Iglesia se ha inspirado siempre que ha querido revivir
el fervor de los orígenes y reanudar su camino en la historia con un renovado
vigor evangélico.En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de
comunión, « muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo ».La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de
este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la
cual derrama así en la historia los dones de la comunión que son propios de las
tres Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se manifiesta la
comunión fraterna en la vida eclesial son muchos. La vida consagrada posee
ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la
Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la
constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida
consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria
puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de
solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la
comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas
consagradas, en efecto, viven « para » Dios y « de » Dios. Por eso precisamente
pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas
disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones
sociales.
Vida fraterna en el amor
42. La vida fraterna, entendida como vida
compartida en el amor, es un signo elocuente de la comunión eclesial. Es
cultivada con especial esmero por los Institutos religiosos y las Sociedades de
vida apostólica, en los que la vida de comunidad adquiere un peculiar
significado.Pero la dimensión de la comunión fraterna no falta ni en los
Institutos seculares ni en las mismas formas individuales de vida consagrada.
Los eremitas, en lo recóndito de su soledad, no se apartan de la comunión
eclesial, sino que la sirven con su propio y específico carisma contemplativo;
las vírgenes consagradas en el mundo realizan su consagración en una especial
relación de comunión con la Iglesia particular y universal, como lo hacen, de
un modo similar, las viudas y viudos consagrados.Todas estas personas,
queriendo poner en práctica la condición evangélica de discípulos, se
comprometen a vivir el « mandamiento nuevo » del Señor, amándose unos a otros
como El nos ha amado (cf. Jn 13, 34).
El amor llevó a Cristo a la entrega de sí mismo hasta el sacrificio supremo de
la Cruz. De modo parecido, entre sus discípulos no hay unidad verdadera sin
este amor recíproco incondicional, que exige disponibilidad para el
servicio sin reservas, prontitud para acoger al otro tal como es sin « juzgarlo
» (cf. Mt 7, 1-2), capacidad de
perdonar hasta « setenta veces siete » (Mt
18, 22). Para las personas consagradas, que se han hecho « un corazón solo
y una sola alma » (Hch 4, 32) por
el don del Espíritu Santo derramado en los corazones (cf. Rm 5, 5), resulta una exigencia
interior el poner todo en común: bienes materiales y experiencias
espirituales, talentos e inspiraciones, ideales apostólicos y servicios de
caridad. « En la vida comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno pasa
contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se disfruta del propio don, sino
que se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de
los dones del otro como si fuera del propio ».n la vida de comunidad, además,
debe hacerse tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser
instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que
se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt 18, 20).Esto sucede merced al amor
recíproco de cuantos forman la comunidad, un amor alimentado por la Palabra y
la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la Reconciliación, sostenido por
la súplica de la unidad, don especial del Espíritu para aquellos que se ponen a
la escucha obediente del Evangelio. Es precisamente El, el Espíritu, quien
introduce el alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1Jn 1, 3), comunión en la que está la
fuente de la vida fraterna. El Espíritu es quien guía las comunidades de vida
consagrada en el cumplimiento de su misión de servicio a la Iglesia y a la
humanidad entera, según la propia inspiración.En esta perspectiva tienen
particular importancia los « Capítulos » (o reuniones análogas), sean
particulares o generales, en los que cada Instituto debe elegir los Superiores
o Superioras según las normas establecidas en las propias Constituciones, y
discernir a la luz del Espíritu el modo adecuado de mantener y actualizar el
propio carisma y el propio patrimonio espiritual en las diversas situaciones
históricas y culturales.
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una gran
importancia la función de los Superiores y de las Superioras, incluidos
los locales, tanto para la vida espiritual como para la misión. En estos años
de búsqueda y de transformaciones, se ha sentido a veces la necesidad de
revisar este cargo. Pero es preciso reconocer que quien ejerce la autoridad no
puede abdicar de su cometido de primer responsable de la comunidad, como
guía de los hermanos y hermanas en el camino espiritual y apostólico.En
ambientes marcados fuertemente por el individualismo, no resulta fácil
reconocer y acoger la función que la autoridad desempeña para provecho de
todos. Pero se debe reafirmar la importancia de este cargo, que se revela
necesario precisamente para consolidar la comunión fraterna y para que no sea
vana la obediencia profesada. Si bien es cierto que la autoridad debe ser ante
todo fraterna y espiritual, y que quien la detenta debe consecuentemente saber
involucrar mediante el diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión,
conviene recordar, sin embargo, que la última palabra corresponde a la
autoridad, a la cual compete también hacer respetar las decisiones tomadas.
El papel de las personas ancianas
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante el
cuidado de los ancianos y de los enfermos, especialmente en un momento como
éste, en el que en ciertas regiones del mundo aumenta el número de las personas
consagradas ya entradas en años. Los cuidados solícitos que merecen no se basan
únicamente en un deber de caridad y de reconocimiento, sino que manifiestan
también la convicción de que su testimonio es de gran ayuda a la Iglesia y a
los Institutos, y de que su misión continúa siendo válida y meritoria, aun
cuando, por motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a dejar
sus propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar en
sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe estar cercana a ellos con
atención y capacidad de escucha.En realidad la misión apostólica, antes que en
la acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a la voluntad
salvífica del Señor, entrega que se alimenta en la oración y la penitencia. Los
ancianos, pues, están llamados a vivir su vocación de muchas maneras: la
oración asidua, la aceptación paciente de su propia condición, la
disponibilidad para el servicio de la dirección espiritual, la confesión y la
guía en la oración.
A imagen de la comunidad apostólica
45. La vida fraterna tiene un papel
fundamental en el camino espiritual de las personas consagradas, sea para su
renovación constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo. Esto
se deduce de las motivaciones teológicas que la fundamentan, y la misma
experiencia lo confirma con creces. Exhorto por tanto a los consagrados y
consagradas a cultivarla con tesón, siguiendo el ejemplo de los primeros
cristianos de Jerusalén, que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de
los Apóstoles, en la oración común, en la participación en la Eucaristía, y en
el compartir los bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2, 42-47). Exhorto sobre todo a
los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las Sociedades de vida
apostólica, a vivir sin reservas el amor mutuo y a manifestarlo de la manera
más adecuada a la naturaleza del proprio Instituto, para que cada comunidad se
muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, « morada de Dios con los
hombres » (Ap 21, 3).En efecto,
toda la Iglesia espera mucho del testimonio de comunidades ricas « de gozo y
del Espíritu Santo » (Hch 13, 52).
Desea poner ante el mundo el ejemplo de comunidades en las que la atención
recíproca ayuda a superar la soledad, y la comunicación contribuye a que todos
se sientan corresponsables; en las que el perdón cicatriza las heridas,
reforzando en cada uno el propósito de la comunión. En comunidades de este tipo
la naturaleza del carisma encauza las energías, sostiene la fidelidad y orienta
el trabajo apostólico de todos hacia la única misión. Para presentar a la
humanidad de hoy su verdadero rostro, la Iglesia tiene urgente necesidad de
semejantes comunidades fraternas. Su misma existencia representa una contribución
a la nueva evangelización, puesto que muestran de manera fehaciente y concreta
los frutos del « mandamiento nuevo ».
Sentire cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna
también un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión,
propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas
consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la
respectiva espiritualidadcomo « testigos y artífices de aquel ?proyecto de
comunión' que constituye la cima de la historia del hombre según Dios ».El
sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de
comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la
Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión « será así un signo
para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo
[...]. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella
misma misión ». Más aun, « la comunión genera comunión y se configura
esencialmente como comunión misionera ».n los fundadores y fundadoras aparece
siempre vivo el sentido de la Iglesia, que se manifiesta en su plena
participación en la vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente
obediencia a los Pastores, especialmente al Romano Pontífice. En este contexto
de amor a la Santa Iglesia, « columna y fundamento de la verdad » (1Tm 3, 15), se comprenden bien la
devoción de Francisco de Asís por « el Señor Papa », el filial atrevimiento de
Catalina de Siena hacia quien ella llama « dulce Cristo en la tierra », la
obediencia apostólica y el sentire cum Ecclesiade Ignacio de Loyola, la
gozosa profesión de fe de Teresa de Jesús: « Soy hija de la Iglesia »;como
también el anhelo de Teresa de Lisieux: « En el corazón de la Iglesia, mi
madre, yo seré el amor ».Semejantes testimonios son representativos de la plena
comunión eclesial en la que han participado santos y santas, fundadores y
fundadoras, en épocas muy diversas de la historia y en circunstancias a veces
harto difíciles. Son ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas
consagradas, para resistir a las fuerzas centrífugas y disgregadoras,
particularmente activas en nuestros días.Un aspecto distintivo de esta comunión
eclesial es la adhesión de mente y de corazón al magisterio de los Obispos, que
ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez ante el Pueblo de Dios
por parte de todas las personas consagradas, especialmente por aquellas
comprometidas en la investigación teológica, en la enseñanza, en publicaciones,
en la catequesis y en el uso de los medios de comunicación social.Puesto que
las personas consagradas ocupan un lugar especial en la Iglesia, su actitud a
este respecto adquiere un particular relieve ante todo el Pueblo de Dios. Su
testimonio de amor filial confiere fuerza e incisividad a su acción apostólica,
la cual, en el marco de la misión profética de todos los bautizados, se
caracteriza normalmente por cometidos que implican una especial colaboración con
la jerarquía.De este modo, con la riqueza de sus carismas, las personas
consagradas brindan una específica aportación a la Iglesia para que ésta
profundice cada vez más en su propio ser, como sacramento « de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género humano ».
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están
llamadas a ser fermento de comunión misionera en la Iglesia universal por el
hecho mismo de que los múltiples carismas de los respectivos Institutos son
otorgados por el Espíritu para el bien de todo el Cuerpo místico, a cuya
edificación deben servir (cf. 1Co 12,
4-11). Es significativo que, en palabras del Apóstol, el « camino más
excelente » (1Co 12, 31), el más
grande de todos, es la caridad (cf. 1Co
13, 13), la cual armoniza todas las diversidades e infunde en todos la
fuerza del apoyo mutuo en la acción apostólica. A esto tiende precisamente el
peculiar vínculo de comunión, que las varias formas de vida consagrada y
las Sociedades de vida apostólica tienen con el Sucesor de Pedro en su
ministerio de unidad y de universalidad misionera. La historia de la
espiritualidad ilustra profusamente esta vinculación, poniendo de manifiesto su
función providencial como garantía tanto de la identidad propia de la vida
consagrada, como de la expansión misionera del Evangelio.