EXHORTACIÓN APOSTOLICA
POSTSINODAL
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
«Vita Consecrata»
AL EPISCOPADO Y AL CLERO
A LAS ORDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTOLICA
A LOS INSTITUTOS SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA
Y SU MISION EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
Introducción
1. La vida consagrada, enraizada profundamente en los
ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia
por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los
rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una
típica y permanente « visibilidad » en medio del mundo, y la mirada de los
fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la
historia, pero espera su plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y
mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han
elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con
corazón « indiviso » (cf. 1Co 7, 34).
También ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con El y ponerse,
como El, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a
manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de
vida espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello
han cooperado también a renovar la sociedad.
Acción de gracias por la vida consagrada
2. El papel de la vida consagrada en la
Iglesia es tan importante que decidí convocar un Sínodo para profundizar en su
significado y perspectivas, en vista del ya inminente nuevo milenio. Quise que
en la Asamblea sinodal estuvieran también presentes, junto a los Padres,
numerosos consagrados y consagradas, para que no faltase su aportación a la
reflexión común.Todos somos conscientes de la riqueza que para la comunidad
eclesial constituye el don de la vida consagrada en la variedad de sus carismas
y de sus instituciones. Juntos damos gracias a Dios por las Ordenes e
Institutos religiosos dedicados a la contemplación o a las obras de apostolado,
por las Sociedades de vida apostólica, por los Institutos seculares y por otros
grupos de consagrados, como también por todos aquellos que, en el secreto de su
corazón, se entregan a Dios con una especial consagración.El Sínodo ha podido
comprobar la difusión universal de la vida consagrada, presente en las Iglesias
de todas las partes de la tierra. La vida consagrada anima y acompaña el
desarrollo de la evangelización en las diversas regiones del mundo, donde no
sólo se acogen con gratitud los Institutos procedentes del exterior, sino que
se constituyen otros nuevos, con gran variedad de formas y de expresiones.De
este modo, si en algunas regiones de la tierra los Institutos de vida
consagrada parece que atraviesan un momento de dificultad, en otras prosperan
con sorprendente vigor, mostrando que la opción de total entrega a Dios en
Cristo no es incompatible con la cultura y la historia de cada pueblo. Además,
no florece solamente dentro de la Iglesia católica; en realidad, se encuentra
particularmente viva en el monacato de las Iglesias ortodoxas, como rasgo
esencial de su fisonomía, y está naciendo o resurgiendo en las Iglesias y
Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, como signo de una gracia común de
los discípulos de Cristo. De esta constatación deriva un impulso al ecumenismo
que alimenta el deseo de una comunión siempre más plena entre los cristianos, «
para que el mundo crea » (Jn 17, 21).
La vida consagrada es un don a la Iglesia
3. La presencia universal de la vida consagrada y el carácter
evangélico de su testimonio muestran con toda evidencia —si es que fuera
necesario— que no es una realidad aislada y marginal, sino que abarca a
toda la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo lo han confirmado muchas veces: « de
re nostra agitur », « es algo que nos afecta ».En realidad, la vida
consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo
para su misión, ya que « indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana
»y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único
Esposo.En el Sínodo se ha afirmado en varias ocasiones que la vida consagrada
no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia,
sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro
del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a
su misión.as dificultades actuales, que no pocos Institutos encuentran en
algunas regiones del mundo, no deben inducir a suscitar dudas sobre el hecho de
que la profesión de los consejos evangélicos sea parte integrante de la vida
de la Iglesia, a la que aporta un precioso impulso hacia una mayor
coherencia evangélica.Podrá haber históricamente una ulterior variedad de
formas, pero no cambiará la sustancia de una opción que se manifiesta en el
radicalismo del don de sí mismo por amor al Señor Jesús y, en El, a cada
miembro de la familia humana. Con esta certeza, que ha animado a
innumerables personas a lo largo de los siglos, el pueblo cristiano continúa
contando, consciente de que podrá obtener de la aportación de estas almas
generosas un apoyo valiosísimo en su camino hacia la patria del cielo.
Cosechando los frutos del Sínodo
4. Adhiriéndome al deseo manifestado por la Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los Obispos reunida para reflexionar sobre el
tema « La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo », quiero
presentar en esta Exhortación apostólica los frutos del itinerario sinodaly
mostrar a todos los fieles —Obispos, presbíteros, diáconos, personas
consagradas y laicos—, así como a cuantos se pongan a la escucha, las
maravillas que el Señor quiere realizar también hoy por medio de la vida
consagrada.Este Sínodo, que sigue a los dedicados a los laicos y a los
presbíteros, completa el análisis de las peculiaridades que caracterizan los
estados de vida queridos por el Señor Jesús para su Iglesia. En efecto, si en
el Concilio Vaticano II se señaló la gran realidad de la comunión eclesial, en
la cual convergen todos los dones para la edificación del Cuerpo de Cristo y
para la misión de la Iglesia en el mundo, en estos últimos años se ha advertido
la necesidad de explicitar mejor la identidad de los diversos estados de
vida, su vocación y su misión específica en la Iglesia.La comunión en la
Iglesia no es pues uniformidad, sino don del Espíritu que pasa también a través
de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos serán tanto más
útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el respeto de su identidad.
En efecto, todo don del Espíritu es concedido con objeto de que fructifique
para el Señoren el crecimiento de la fraternidad y de la misión.
La obra del Espíritu en las diversas
formas de vida consagrada
5. ?Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la
multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por El y
todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena
de ramasque hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época
de la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al final del Sínodo, he
sentido la necesidad de señalar este elemento constante en la historia de la
Iglesia: los numerosos fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado
por Cristo en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno,
especialmente de los pobres y abandonados.Precisamente este servicio evidencia
con claridad cómo la vida consagrada manifiesta el carácter unitario del
mandamiento del amor, en el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al
prójimo.El Sínodo ha recordado esta obra incesante del Espíritu Santo, que a lo
largo de los siglos difunde las riquezas de la práctica de los consejos
evangélicos a través de múltiples carismas, y que también por esta vía hace
presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo, en el tiempo y en el
espacio, el misterio de Cristo.
Vida monástica en Oriente y en Occidente
6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas
orientales y los representantes de las otras Iglesias de Oriente han señalado
en sus intervenciones los valores evangélicos de la vida monástica,
surgida ya desde los inicios del cristianismo y floreciente todavía en sus
territorios, especialmente en las Iglesias ortodoxas.Desde los primeros siglos
de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar
la condición de siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo
de modo específico y radical, en la profesión monástica, las exigencias
derivadas de la participación bautismal en el misterio pascual de su muerte y
resurrección. De este modo, haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi),
se han comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi),
hombres y mujeres auténticamente espirituales, capaces de fecundar secretamente
la historia con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos
ascéticos y las obras de caridad.Con el propósito de transfigurar el mundo y la
vida en espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato oriental
da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí mismo y la compunción del
corazón, a la búsqueda de la esichia, es decir, de la paz interior, y a
la oración incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al
silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor y por la espera de su
venida definitiva, al ofrecimiento de sí mismo y de los propios bienes, vivido
en la santa comunión del cenobio o en la soledad eremítica.ccidente ha
practicado también desde los primeros siglos de la Iglesia la vida monástica y
ha conocido su gran variedad de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como
en el eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san Benito, el
monacato occidental es heredero de tantos hombres y mujeres que, dejando la
vida según el mundo, buscaron a Dios y se dedicaron a El, « no anteponiendo
nada al amor de Cristo ».Los monjes de hoy también se esfuerzan en conciliar
armónicamente la vida interior y el trabajo en el compromiso evangélico por
la conversión de las costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua
dedicación a la meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración
de la liturgia y la oración. Los monasterios han sido y siguen siendo, en el
corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar
acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y
verdaderos laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación
de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella
celestial.
El Orden de las vírgenes, los eremitas,
las viudas
7. Es motivo de alegría y esperanza ver
cómo hoy vuelve a florecer el antiguo Orden de las vírgenes,
testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos
apostólicos.Consagradas por el Obispo diocesano, asumen un vínculo especial con
la Iglesia, a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo en el mundo. Solas o
asociadas, constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa celeste
y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor
de Cristo esposo.Los eremitas y las eremitas, pertenecientes a
Ordenes antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes directamente del
Obispo, con la separación interior y exterior del mundo testimonian el carácter
provisorio del tiempo presente, con el ayuno y la penitencia atestiguan que no
sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios (cf. Mt 4, 4). Esta vida « en el desierto »
es una invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no
perder de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el
Señor.Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas,
que se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1Tm 5, 5.9-10; 1Co 7, 8), así como la de los viudos.
Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino de
Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al servicio de la
Iglesia.
Institutos dedicados totalmente a la
contemplación
8. Los Institutos orientados completamente a la
contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un
motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión,
sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios
sobre la historia y anticipan la gloria futura.En la soledad y el silencio,
mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la
ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor
fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen
así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por
su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al
crecimiento del Pueblo de Dios.s justo, por tanto, esperar que las distintas
formas de vida contemplativa experimenten una creciente difusión en las
Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del Evangelio, sobre todo
en las regiones del mundo donde están más difundidas otras religiones. Esto
permitirá testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística
cristianas, y favorecer el mismo diálogo interreligioso.
La vida religiosa apostólica
9. En Occidente han florecido a lo largo
de los siglos otras múltiples expresiones de vida religiosa, en las que
innumerables personas, renunciando al mundo, se han consagrado a Dios mediante
la profesión pública de los consejos evangélicos según un carisma específico y
en una forma estable de vida común, para un multiforme servicio apostólico
al Pueblo de Dios. Así, las diversas familias de Canónigos regulares, las
Ordenes mendicantes, los Clérigos regulares y, en general, las Congregaciones
religiosas masculinas y femeninas dedicadas a la actividad apostólica y
misionera y a las múltiples obras que la caridad cristiana ha suscitado.Es un
testimonio espléndido y variado, en el que se refleja la multitud de dones
otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras que, abiertos a la acción del
Espíritu Santo, han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de
un modo clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco. Siguiendo
sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar con la palabra y la
acción el Evangelio en su propia existencia, para mostrar en su tiempo la
presencia viva de Jesús, el Consagrado por excelencia y el Apóstol del Padre.
Los religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando ejemplo de
Cristo el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de
sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11),
de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su
acción apostólica esté sostenida por la contemplación.
Institutos seculares
10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la variedad de
los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas de vida
consagrada, como queriendo corresponder, según un providencial designio, a
las nuevas necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión en el
mundo.Pienso en primer lugar en los Institutos seculares, cuyos miembros
quieren vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la profesión
de los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales, para
ser así levadura de sabiduría y testigos de gracia dentro de la vida cultural,
económica y política. Mediante la síntesis, propia de ellos, de secularidad y
consagración, tratan de introducir en la sociedad las energías nuevas del
Reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza
de las Bienaventuranzas. De este modo, mientras la total pertenencia a Dios les
hace plenamente consagrados a su servicio, su actividad en las normales
condiciones laicales contribuye, bajo la acción del Espíritu, a la animación
evangélica de las realidades seculares. Los Institutos seculares contribuyen de
este modo a asegurar a la Iglesia, según la índole específica de cada uno, una
presencia incisiva en la sociedad.na valiosa aportación dan también los Institutos
seculares clericales, en los que sacerdotes pertenecientes al presbiterio
diocesano, aun cuando se reconoce a algunos de ellos la incardinación en el
propio Instituto, se consagran a Cristo mediante la práctica de los consejos
evangélicos según un carisma específico. Encuentran en las riquezas
espirituales del Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente
la espiritualidad propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de
comunión y de generosidad apostólica entre los hermanos.
Sociedades de vida apostólica
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades de
vida apostólica o de vida común, masculinas y femeninas, las cuales buscan,
con un estilo propio, un específico fin apostólico o misionero. En muchas de
ellas, con vínculos sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen
expresamente los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en este caso la
peculiaridad de su consagración las distingue de los Institutos religiosos y de
los Institutos seculares. Se debe salvaguardar y promover la peculiaridad de
esta forma de vida, que en el curso de los últimos siglos ha producido tantos
frutos de santidad y apostolado, especialmente en el campo de la caridad y en
la difusión misionera del Evangelio.
Nuevas formas de vida consagrada
12. La perenne juventud de la Iglesia continúa
manifestándose también hoy: en los últimos decenios, después del Concilio
Ecuménico Vaticano II, han surgido nuevas o renovadas formas de vida
consagrada. En muchos casos se trata de Institutos semejantes a los ya
existentes, pero nacidos de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Su
vitalidad debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la que
corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para probar la autenticidad
de la finalidad que los ha inspirado, como para evitar la excesiva
multiplicación de instituciones análogas entre sí, con el consiguiente riesgo
de una nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños. En otros casos se
trata de experiencias originales, que están buscando una identidad propia en la
Iglesia y esperan ser reconocidas oficialmente por la Sede Apostólica, única
autoridad a la que compete el juicio último. Estas nuevas formas de vida
consagrada, que se añaden a las antiguas, manifiestan el atractivo constante
que la entrega total al Señor, el ideal de la comunidad apostólica y los
carismas de fundación continúan teniendo también sobre la generación actual y
son además signo de la complementariedad de los dones del Espíritu
Santo.Además, el Espíritu en la novedad no se contradice. Prueba de esto es el
hecho de que las nuevas formas de vida consagrada no han suplantado a las
precedentes. En tal multiforme variedad se ha podido conservar la unidad de
fondo gracias a la misma llamada a seguir, en la búsqueda de la caridad
perfecta, a Jesús virgen, pobre y obediente. Esta llamada, tal como se
encuentra en todas las formas ya existentes, se pide del mismo modo en aquellas
que se proponen como nuevas.
Finalidad de esta Exhortación apostólica
13. Recogiendo los frutos de los trabajos
sinodales, quiero dirigirme con esta Exhortación apostólica a toda la Iglesia,
para ofrecer no sólo a las personas consagradas, sino también a los Pastores y
a los fieles, los resultados de un encuentro alentador, sobre cuyo
desarrollo no ha dejado de velar el Espíritu Santo con sus dones de verdad y de
amor.En estos años de renovación la vida consagrada ha atravesado, como también
otras formas de vida en la Iglesia, un período delicado y duro. Ha sido un
tiempo rico de esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas a
reforzar la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido también un
período no exento de tensiones y pruebas, en el que experiencias, incluso
siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por resultados
positivos.Las dificultades no deben, sin embargo, inducir al desánimo. Es
preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu, porque la Iglesia necesita la
aportación espiritual y apostólica de una vida consagrada renovada y
fortalecida. Con la presente Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las
comunidades religiosas y a las personas consagradas con el mismo espíritu que
animaba la carta dirigida por el Concilio de Jerusalén a los cristianos de
Antioquía, y tengo la esperanza de que se repita también hoy la misma
experiencia vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento
» (Hch 15, 31). No sólo esto:
tengo además la esperanza de aumentar el gozo de todo el Pueblo de Dios que,
conociendo mejor la vida consagrada, podrá dar gracias más conscientemente al
Omnipotente por este gran don.En actitud de cordial apertura hacia los Padres
sinodales, he ido recogiendo las valiosas aportaciones surgidas durante las
intensas asambleas de trabajo, en las que he querido estar constantemente
presente. Durante ese período, he ofrecido a todo el Pueblo de Dios algunas
catequesis sistemáticas sobre la vida consagrada en la Iglesia. En ellas he
presentado de nuevo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha sido punto
de referencia luminoso para los desarrollos doctrinales posteriores y para la
misma reflexión realizada por el Sínodo durante las semanas de sus
trabajos.ientras confío en que los hijos de la Iglesia, y en particular las
personas consagradas, acogerán con adhesión cordial esta Exhortación, deseo que
continúe la reflexión para profundizar en el gran don de la vida consagrada en
su triple dimensión de la consagración, la comunión y la misión, y que los
consagrados y consagradas, en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio,
encuentren así ulteriores estímulos para afrontar espiritual y apostólicamente
los nuevos desafíos.
CAPITULO I
CONFESSIO TRINITATIS
EN LAS FUENTES
CRISTOLOGICO-TRINITARIAS
DE LA VIDA CONSAGRADA
Icono de Cristo transfigurado
14. El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe
buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con
algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la
propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa,
dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.Tal existencia «
cristiforme », propuesta a tantos bautizados a lo largo de la historia, es
posible sólo desde una especial vocación y gracias a un don peculiar del
Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal los lleva a una
respuesta radical en el seguimiento de Cristo mediante la adopción de los
consejos evangélicos, el primero y esencial entre ellos es el vínculo sagrado
de la castidad por el Reino de los Cielos.Este especial « seguimiento de Cristo
», en cuyo origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene pues una
connotación esencialmente cristológica y pneumatológica, manifestando así de
modo particularmente vivo el carácter trinitario de la vida cristiana,
de la que anticipa de alguna manera la realización escatológica a la que
tiende toda la Iglesia.n el Evangelio son muchas las palabras y gestos de
Cristo que iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo, para
captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales, ayuda singularmente
contemplar el rostro radiante de Cristo en el misterio de la Transfiguración. A
este « icono » se refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando
relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús « en el monte ».Además,
a ella pueden referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones « activas » de
la vida consagrada, ya que la Transfiguración no es sólo revelación de la
gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la cruz. Ella implica
un « subir al monte » y un « bajar del monte »: los discípulos que han gozado
de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente por el esplendor de la
vida trinitaria y de la comunión de los santos, como arrebatados en el
horizonte de la eternidad, vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no
ven más que a « Jesús solo » en la humildad de la naturaleza humana, y son
invitados a descender para vivir con El las exigencias del designio de Dios y
emprender con valor el camino de la cruz.
« Y se transfiguró delante de ellos... »
15. « Seis días después, toma Jesús
consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte
alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el
sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les
aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.Tomando Pedro la palabra,
dijo a Jesús:"Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres
tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".Todavía estaba
hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía
una voz que decía:"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco;
escuchadle".Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de
miedo.Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: "Levantaos, no
tengáis miedo".Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a
Jesús solo.Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a
nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los
muertos" » (Mt 17, 1-9).El
episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo en el ministerio de
Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón
de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la
resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en
camino hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles
escogidos, la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para
confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En
un caso y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y
envuelta por su luz.Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente
llamados a seguir a Cristo poniendo en El el sentido último de la propia
vida, hasta poder decir con el Apóstol: « Para mí la vida es Cristo » (Flp 1, 21). Una experiencia
singular de la luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que
tienen los llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de los
consejos evangélicos los presenta como signo y profecía para la
comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos particular
resonancia las palabras extasiadas de Pedro: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras muestran la
orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan con
particular elocuencia el carácter absoluto que constituye el dinamismo
profundo de la vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es estar contigo,
dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En
efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con
Cristo, se siente como seducido por su fulgor: El es « el más hermoso de los
hijos de Adán » (Sal 45, 3), el
Incomparable.
« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »
16. A los tres discípulos extasiados se
dirige la llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en El
toda confianza, a hacer de El el centro de la vida. En la palabra que viene de
lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al
inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su
vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de esta especial gracia
de intimidad surge, en la vida consagrada, la posibilidad y la exigencia de la
entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos. Estos,
antes que una renuncia, son una específica acogida del misterio de Cristo,
vivida en la Iglesia.En efecto, en la unidad de la vida cristiana las distintas
vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, « que resplandece sobre el
rostro de la Iglesia ».Los laicos, en virtud del carácter secular de su
vocación, reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del
mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros
sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que
guía a su pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su
venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar
al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende,
el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza
que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida
consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo «
más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo
discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión « conformadora » con
Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la
medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección
escatológica.En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la
persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que
se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, « aquella forma de
vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo ».Abrazando la virginidad,
hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo
unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10,
30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo
recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el
sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial,
lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la
voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34),
al que está perfectamente unido y del que depende en todo.Con tal
identificación « conformadora » con el misterio de Cristo, la vida consagrada
realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis que
caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime
belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su
amorosa condescendencia hacia cada ser humano.
I. PARA ALABANZA DE LA TRINIDAD
A Patre ad Patrem: la iniciativa de Dios
17. La contemplación de la gloria del
Señor Jesús en el icono de la Transfiguración revela a las personas consagradas
ante todo al Padre, creador y dador de todo bien, que atrae a sí (cf. Jn 6, 44) una criatura suya con un
amor especial para una misión especial. « Este es mi Hijo amado: escuchadle » (Mt 17, 5). Respondiendo a esta
invitación acompañada de una atracción interior, la persona llamada se confía
al amor de Dios que la quiere a su exclusivo servicio, y se consagra totalmente
a El y a su designio de salvación (cf. 1Co
7, 32-34).Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una
iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn
15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega
total y exclusiva.La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal
punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la
entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus
manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la
identidad de la persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega,
equiparable a un auténtico holocausto.
Per Filium: siguiendo a Cristo
18. El Hijo, camino que conduce al Padre
(cf. Jn 14, 6), llama a todos los
que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9)
a un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las
personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta el abandono de
todas las cosas (cf. Mt 19, 27)
para vivir en intimidad con Ely seguirlo adonde vaya (cf. Ap 14, 4).En la mirada de Cristo (cf. Mc 10, 21), « imagen de Dios invisible
» (Co 1, 15), resplandor de la gloria del Padre (cf. Hb 1, 3), se percibe la profundidad de
un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser.La persona, que se deja
seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20; 2, 14; 10, 21.28). Como
Pablo, considera que todo lo demás es « pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús », ante el cual no duda en tener todas las cosas «
por basura para ganar a Cristo » (Flp
3, 8). Su aspiración es identificarse con El, asumiendo sus sentimientos y
su forma de vida. Este dejarlo todo y seguir al Señor (cf. Lc 18, 28) es un programa válido para
todas las personas llamadas y para todos los tiempos.Los consejos evangélicos,
con los que Cristo invita a algunos a compartir su experiencia de virgen, pobre
y obediente, exigen y manifiestan, en quien los acoge, el deseo explícito de
una total conformación con El. Viviendo « en obediencia, sin nada propio y
en castidad », los consagrados confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada
virtud alcanza la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y
obediente, aparece como el modo más radical de vivir el Evangelio en esta
tierra, un modo —se puede decir— divino, porque es abrazado por El,
Hombre-Dios, como expresión de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con
el Espíritu Santo. Este es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha
hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida consagrada.No se
puede negar, además, que la práctica de los consejos evangélicos sea un modo
particularmente íntimo y fecundo de participar también en la misión de
Cristo, siguiendo el ejemplo de María de Nazaret, primera discípula, la
cual aceptó ponerse al servicio del plan divino en la donación total de sí
misma. Toda misión comienza con la misma actitud manifestada por María en la
anunciación: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
In Spiritu: consagrados por el Espíritu
Santo
19. « Una nube luminosa los cubrió con su
sombra » (Mt 17, 5). Una
significativa interpretación espiritual de la Transfiguración ve en esta nube
la imagen del Espíritu Santo. Como toda la existencia cristiana, la llamada a
la vida consagrada está también en íntima relación con la obra del Espíritu
Santo. Es El quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas
a percibir el atractivo de una opción tan comprometida. Bajo su acción reviven,
en cierto modo, la experiencia del profeta Jeremías: « Me has seducido, Señor,
y me dejé seducir » (20, 7). Es el Espíritu quien suscita el deseo de una
respuesta plena; es El quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su
madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es El
quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto,
pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión. Dejándose
guiar por el Espíritu en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día
tras día, personas cristiformes, prolongación en la historia de una
especial presencia del Señor resucitado.Con intuición profunda, los Padres de
la Iglesia han calificado este camino espiritual como filocalia, es
decir, amor por la belleza divina, que es irradiación de la divina bondad.
La persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida progresivamente a
la plena configuración con Cristo, refleja en sí misma un rayo de la luz
inaccesible y en su peregrinar terreno camina hacia la Fuente inagotable de la
luz. De este modo la vida consagrada es una expresión particularmente profunda
de la Iglesia Esposa, la cual, conducida por el Espíritu a reproducir en sí los
rasgos del Esposo, se presenta ante El resplandeciente, sin que tenga mancha ni
arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27).El Espíritu mismo, además,
lejos de separar de la historia de los hombres las personas que el Padre ha
llamado, las pone al servicio de los hermanos según las modalidades propias de
su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo
con las necesidades de la Iglesia y del mundo, por medio de los carismas
particulares de cada Instituto. De aquí surgen las múltiples formas de vida
consagrada, mediante las cuales la Iglesia « aparece también adornada con los
diversos dones de sus hijos, como una esposa que se ha arreglado para su esposo
(cf. Ap 21, 2) »y es enriquecida
con todos los medios para desarrollar su misión en el mundo.
Los consejos evangélicos, don de la
Trinidad
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don
de la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre,
por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su
belleza. En efecto, « el estado religioso [...] revela de manera especial la
superioridad del Reino sobre todo lo creado y sus exigencias radicales. Muestra
también a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey
y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su Iglesia
».rimer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las
maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas.
Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de
una existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo. Al asombro de los
hombres responden con el anuncio de los prodigios de gracia que el Señor realiza
en los que ama. En la medida en que la persona consagrada se deja conducir por
el Espíritu hasta la cumbre de la perfección, puede exclamar: « Veo la belleza
de tu gracia, contemplo su fulgor y reflejo su luz; me arrebata su esplendor
indescriptible; soy empujado fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo
era y qué soy ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno de respeto hacia mí
mismo, de reverencia y de temor, como si fuera ante ti; no sé qué hacer porque
la timidez me domina; no sé dónde sentarme, a dónde acercarme, dónde reclinar
estos miembros que son tuyos; en qué obras ocupar estas sorprendentes
maravillas divinas ».De este modo, la vida consagrada se convierte en una de
las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres
puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.
El reflejo de la vida trinitaria en los
consejos
21. La referencia de los consejos
evangélicos a la Trinidad santa y santificante revela su sentido más profundo.
En efecto, son expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu
Santo. Al practicarlos, la persona consagrada vive con particular intensidad el
carácter trinitario y cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.La castidad
de los célibes y de las vírgenes, en cuanto manifestación de la entrega a Dios
con corazón indiviso (cf. 1Co
7, 32-34), es el reflejo del amor infinito que une a las tres
Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida trinitaria; amor
testimoniado por el Verbo encarnado hasta la entrega de su vida; amor «
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de
amor total hacia Dios y hacia los hermanos.La pobreza manifiesta que
Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de
Cristo que « siendo rico, se hizo pobre » (2Co 8, 9), es expresión de la entrega
total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente. Es don
que brota en la creación y se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo
y en su muerte redentora.La obediencia, practicada a imitación de
Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta la belleza
liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de
responsabilidad y animada por la confianza recíproca, que es reflejo en la historia
de la amorosa correspondencia propia de las tres Personas divinas.Por
tanto, la vida consagrada está llamada a profundizar continuamente el don de
los consejos evangélicos con un amor cada vez más sincero e intenso en
dimensión trinitaria: amor a Cristo, que llama a su intimidad; al
Espíritu Santo, que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al
Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada.De este modo se
convierte en manifestación y signo de la Trinidad, cuyo misterio viene presentado
a la Iglesia como modelo y fuente de cada forma de vida cristiana.La misma vida
fraterna, en virtud de la cual las personas consagradas se esfuerzan por
vivir en Cristo con « un solo corazón y una sola alma » (Hch 4, 32), se propone como elocuente
manifestación trinitaria. La vida fraterna manifiesta al Padre, que
quiere hacer de todos los hombres una sola familia; manifiesta al Hijo
encarnado, que reúne a los redimidos en la unidad, mostrando el camino con
su ejemplo, su oración, sus palabras y, sobre todo, con su muerte, fuente de
reconciliación para los hombres divididos y dispersos; manifiesta al
Espíritu Santo como principio de unidad en la Iglesia, donde no cesa de
suscitar familias espirituales y comunidades fraternas.
Consagrados como Cristo para el Reino de
Dios
22. La vida consagrada « imita más de
cerca y hace presente continuamente en la Iglesia », por impulso del Espíritu
Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre
para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían (cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 10-11; Jn 15, 16). A la luz de la
consagración de Jesús, es posible descubrir en la iniciativa del Padre, fuente
de toda santidad, el principio originario de la vida consagrada. En efecto,
Jesús mismo es aquel que Dios « ungió con el Espíritu Santo y con poder » (Hch 10, 38), « aquel a quien el Padre
ha santificado y enviado al mundo » (Jn
10, 36). Acogiendo la consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra
a El por la humanidad (cf. Jn 17, 19):
su vida de virginidad, obediencia y pobreza manifiesta su filial y total adhesión
al designio del Padre (cf. Jn 10, 30;
14, 11). Su perfecta oblación confiere un significado de consagración a todos
los acontecimientos de su existencia terrena.El es el obediente por
excelencia, bajado del cielo no para hacer su voluntad, sino la de Aquel
que lo ha enviado (cf. Jn 6, 38; Hb 10, 5.7). El pone su ser y su
actuar en las manos del Padre (cf. Lc
2, 49). En obediencia filial, adopta la forma del siervo: « Se despojó de
sí mismo tomando condición de siervo [...], obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz » (Flp 2, 7-8). En
esta actitud de docilidad al Padre, Cristo, aun aprobando y defendiendo la
dignidad y la santidad de la vida matrimonial, asume la forma de vida virginal
y revela así el valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la
virginidad. Su adhesión plena al designio del Padre se manifiesta también
en el desapego de los bienes terrenos: « Siendo rico, por vosotros se hizo
pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza » (2Co 8, 9). La profundidad de su
pobreza se revela en la perfecta oblación de todo lo suyo al
Padre.Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo de
existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los
hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador.
II. ENTRE LA PASCUA Y LA CULMINACION
Del Tabor al Calvario
23. El acontecimiento deslumbrante de la
Transfiguración prepara a aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del
Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús junto a Moisés y
Elías, con los que —según el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba
a cumplir en Jerusalén » (9, 31). Los ojos de los apóstoles están fijos en
Jesús que piensa en la Cruz (cf. Lc 9,
43-45). Allí su amor virginal por el Padre y por todos los hombres
alcanzará su máxima expresión; su pobreza llegará al despojo de todo; su
obediencia hasta la entrega de la vida.Los discípulos y las discípulas son
invitados a contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, de la cual « el Verbo
salido del silencio », en su silencio y en su soledad, afirma proféticamente la
absoluta trascendencia de Dios sobre todos los bienes creados, vence en su
carne nuestro pecado y atrae hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno
la vida nueva de la resurrección (cf. Jn
12, 32; 19, 34.37). En la contemplación de Cristo crucificado se inspiran
todas las vocaciones; en ella tienen su origen, con el don fundamental del
Espíritu, todos los dones y en particular el don de la vida consagrada.Después
de María, Madre de Jesús, Juan, el discípulo que Jesús amaba, el testigo que
junto con María estuvo a los pies de la cruz (cf. Jn 19, 26-27), recibió este don. Su
decisión de consagración total es fruto del amor divino que lo envuelve, lo
sostiene y le llena el corazón. Juan, al lado de María, está entre los primeros
de la larga serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia
hasta el final, tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a seguir al
Cordero inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap 14, 1-5).
Dimensión pascual de la vida consagrada
24. La persona consagrada, en las
diversas formas de vida suscitadas por el Espíritu a lo largo de la historia,
experimenta la verdad de Dios-Amor de un modo tanto más inmediato y profundo
cuanto más se coloca bajo la Cruz de Cristo. Aquel que en su muerte aparece
ante los ojos humanos desfigurado y sin belleza hasta el punto de mover a los
presentes a cubrirse el rostro (cf. Is
53, 2-3), precisamente en la Cruz manifiesta en plenitud la belleza y el
poder del amor de Dios. San Agustín lo canta así: « Hermoso siendo Dios, Verbo
en Dios [...] Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra; hermoso en el
seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en los milagros, hermoso en
los azotes; hermoso invitado a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte,
hermoso dando la vida, hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el
sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico, y la flaqueza de su
carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su hermosura ».a vida
consagrada refleja este esplendor del amor, porque confiesa, con su fidelidad
al misterio de la Cruz, creer y vivir del amor del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. De este modo contribuye a mantener viva en la Iglesia la
conciencia de que la Cruz es la sobreabundancia del amor de Dios que se
derrama sobre este mundo, el gran signo de la presencia salvífica de
Cristo. Y esto especialmente en las dificultades y pruebas. Es lo que
testimonian continuamente y con un valor digno de profunda admiración un gran
número de personas consagradas, que con frecuencia viven en situaciones
difíciles, incluso de persecución y martirio. Su fidelidad al único Amor se
manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación
de los sufrimientos para completar lo que en la propia carne « falta a las
tribulaciones de Cristo » (Co 1, 24), en el sacrificio silencioso, en el
abandono a la santa voluntad de Dios, en la serena fidelidad incluso ante el
declive de las fuerzas y del propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace
también la entrega al prójimo, que las personas consagradas viven no sin
sacrificio en la constante intercesión por las necesidades de los hermanos, en
el servicio generoso a los pobres y a los enfermos, en el compartir las
dificultades de los demás y en la participación solícita en las preocupaciones
y pruebas de la Iglesia.
Testigos de Cristo en el mundo
25. Del misterio pascual surge además la misión,
dimensión que determina toda la vida eclesial. Ella tiene una realización
específica propia en la vida consagrada. En efecto, más allá incluso de los
carismas propios de los Institutos dedicados a la misión Ad gentes o empeñados en una actividad de
tipo propiamente apostólica, se puede decir que la misión está inscrita en
el corazón mismo de cada forma de vida consagrada. En la medida en que el
consagrado vive una vida únicamente entregada al Padre (cf. Lc 2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16),
animada por el Espíritu (cf. Lc 24, 49;
Hch 1, 8; 2, 4), coopera
eficazmente a la misión del Señor Jesús (cf. Jn 20, 21), contribuyendo de forma
particularmente profunda a la renovación del mundo.El primer cometido misionero
las personas consagradas lo tienen hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo
el propio corazón a la acción del Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda a
toda la Iglesia a recordar que en primer lugar está el servicio gratuito a
Dios, hecho posible por la gracia de Cristo, comunicada al creyente mediante el
don del Espíritu. De este modo se anuncia al mundo la paz que desciende del
Padre, la entrega que el Hijo testimonia y la alegría que es fruto del Espíritu
Santo.Las personas consagradas serán misioneras ante todo profundizando
continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas por Dios, al
cual deben pues orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y tienen,
liberándose de los impedimentos que pudieran frenar la total respuesta de amor.
De este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el mundo.
Su estilo de vida debe transparentar también el ideal que profesan, proponiéndose
como signo vivo de Dios y como elocuente, aunque con frecuencia silenciosa,
predicación del Evangelio.Siempre, pero especialmente en la cultura
contemporánea, con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al
lenguaje de los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su
presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación
significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar en cada
situación un testimonio concreto de su pertenencia a Cristo.Puesto que el
hábito es signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a una determinada
familia religiosa, junto con los Padres del Sínodo recomiendo vivamente a los
religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito, adaptado oportunamente
a las circunstancias de los tiempos y de los lugares.Allí donde válidas
exigencias apostólicas lo requieran, conforme a las normas del propio
Instituto, podrán emplear también un vestido sencillo y decoroso, con un
símbolo adecuado, de modo que sea reconocible su consagración.Los Institutos
que desde su origen o por disposición de sus constituciones no prevén un hábito
propio, procuren que el vestido de sus miembros responda, por dignidad y
sencillez, a la naturaleza de su vocación.
Dimensión escatológica de la vida
consagrada
26. Debido a que hoy las preocupaciones
apostólicas son cada vez más urgentes y la dedicación a las cosas de este mundo
corre el riesgo de ser siempre más absorbente, es particularmente oportuno
llamar la atención sobre la naturaleza escatológica de la vida consagrada.«
Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón » (Mt 6, 21): el tesoro único del Reino
suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio. En la Iglesia primitiva
la espera de la venida del Señor se vivía de un modo particularmente intenso. A
pesar del paso de los siglos la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud
de esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada hacia la
salvación que va a manifestarse, « porque la apariencia de este mundo pasa » (1Co 7, 31; cf. 1 Pt 1, 3-6).n
este horizonte es donde mejor se comprende el papel de signo escatológico
propio de la vida consagrada. En efecto, es constante la doctrina que la
presenta como anticipación del Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a
proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración « anuncia ya la
resurrección futura y la gloria del reino de los cielos ».Esto lo realiza sobre
todo la opción por la virginidad, entendida siempre por la tradición
como una anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa y
transforma al hombre en su totalidad.Las personas que han dedicado su vida a
Cristo viven necesariamente con el deseo de encontrarlo para estar finalmente y
para siempre con El. De aquí la ardiente espera, el deseo de « sumergirse en el
Fuego de amor que arde en ellas y que no es otro que el Espíritu Santo »,
espera y deseo sostenidos por los dones que el Señor concede libremente a
quienes aspiran a las cosas de arriba (cf. Co 3, 1).Fijos los ojos en el
Señor, la persona consagrada recuerda que « no tenemos aquí ciudad permanente »
(Hb 13, 14), porque « somos
ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20).
Lo único necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33), invocando incesantemente la
venida del Señor.
Una espera activa: compromiso y vigilancia
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20). Esta espera es lo más
opuesto a la inercia: aunque dirigida al Reino futuro, se traduce en
trabajo y misión, para que el Reino se haga presente ya ahora mediante la
instauración del espíritu de las Bienaventuranzas, capaz de suscitar también en
la sociedad humana actitudes eficaces de justicia, paz, solidaridad y perdón.Esto
lo ha demostrado ampliamente la historia de la vida consagrada, que siempre ha
producido frutos abundantes también para el mundo. Con sus carismas las
personas consagradas llegan a ser un signo del Espíritu para un futuro nuevo,
iluminado por la fe y por la esperanza cristiana. La tensión escatológica se
convierte en misión, para que el Reino se afirme de modo creciente aquí y
ahora. A la súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! », se une otra invocación: « ¡Venga
tu Reino! » (Mt 6, 10).Quien espera
vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo es capaz de infundir
también esperanza entre sus hermanos y hermanas, con frecuencia desconfiados y
pesimistas respecto al futuro. Su esperanza está fundada sobre la promesa de
Dios contenida en la Palabra revelada: la historia de los hombres camina hacia
« un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap
21, 1), en los que el Señor « enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá
ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha
pasado » (Ap 21, 4).La vida
consagrada está al servicio de esta definitiva irradiación de la gloria divina,
cuando toda carne verá la salvación de Dios (cf. Lc 3, 6; Is 40, 5). El Oriente cristiano
destaca esta dimensión cuando considera a los monjes como ángeles de Dios
sobre la tierra, que anuncian la renovación del mundo en Cristo. En
Occidente el monacato es celebración de memoria y vigilia: memoria de
las maravillas obradas por Dios, vigilia del cumplimiento último de la
esperanza. El mensaje del monacato y de la vida contemplativa repite
incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para
la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón
estará inquieto hasta que descanse en El.
La Virgen María, modelo de consagración y
seguimiento
28. María es aquella que, desde su
concepción inmaculada, refleja más perfectamente la belleza divina. « Toda
hermosa » es el título con el que la Iglesia la invoca. « La relación que todo
fiel, como consecuencia de su unión con Cristo, mantiene con María Santísima
queda aún más acentuada en la vida de las personas consagradas [...] En todos
(los Institutos de vida consagrada) existe la convicción de que la presencia de
María tiene una importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada
alma consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda la
comunidad ».n efecto, María es ejemplo sublime de perfecta consagración,
por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida por el Señor, que
quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda a los
consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo,
habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella,
María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la
criatura humana.Cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta de Nazaret,
presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su vida pública, la
Virgen es maestra de seguimiento incondicional y de servicio asiduo. En ella, «
templo del Espíritu Santo », brilla de este modo todo el esplendor de la nueva
criatura. La vida consagrada la contempla como modelo sublime de consagración
al Padre, de unión con el Hijo y de docilidad al Espíritu, sabiendo bien que
identificarse con « el tipo de vida en pobreza y virginidad »de Cristo
significa asumir también el tipo de vida de María.La persona consagrada
encuentra, además, en la Virgen una Madre por título muy especial. En
efecto, si la nueva maternidad dada a María en el Calvario es un don a todos los
cristianos, adquiere un valor específico para quien ha consagrado plenamente la
propia vida a Cristo. « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 27): las palabras de Jesús al
discípulo « a quien amaba » (Jn 19, 26),
asumen una profundidad particular en la vida de la persona consagrada. En
efecto, está llamada con Juan a acoger consigo a María Santísima (cf. Jn 19, 27), amándola e imitándola con
la radicalidad propia de su vocación y experimentando, a su vez, una especial
ternura materna. La Virgen le comunica aquel amor que permite ofrecer cada día
la vida por Cristo, cooperando con El en la salvación del mundo. Por eso, la
relación filial con María es el camino privilegiado para la fidelidad a la
vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar en ella y vivirla en
plenitud.
III. EN LA IGLESIA Y PARA LA IGLESIA
« Bueno es estarnos aquí »: la vida consagrada en el misterio de la
Iglesia
29. En la escena de la Transfiguración, Pedro habla en
nombre de los demás apóstoles: « Bueno es estarnos aquí » (Mt, 17, 4).
La experiencia de la gloria de Cristo, aunque le extasía la mente y el corazón,
no lo aísla, sino que, por el contrario, lo une más profundamente al « nosotros
» de los discípulos.Esta dimensión del « nosotros » nos lleva a considerar el
lugar que la vida consagrada ocupa en el misterio de la Iglesia. La
reflexión teológica sobre la naturaleza de la vida consagrada ha profundizado
en estos años en las nuevas perspectivas surgidas de la doctrina del Concilio
Vaticano II. A su luz se ha tomado conciencia de que la profesión de los
consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la vida y a la santidad
de la Iglesia.Esto significa que la vida consagrada, presente desde el
comienzo, no podrá faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos
irrenunciables y característicos, como expresión de su misma naturaleza.Esto
resulta evidente ya que la profesión de los consejos evangélicos está
íntimamente relacionada con el misterio de Cristo, teniendo el cometido de
hacer de algún modo presente la forma de vida que El eligió, señalándola como
valor absoluto y escatológico. Jesús mismo, llamando a algunas personas a
dejarlo todo para seguirlo, inauguró este género de vida que, bajo la acción
del Espíritu, se ha desarrollado progresivamente a lo largo de los siglos en
las diversas formas de la vida consagrada. El concepto de una Iglesia formada
únicamente por ministros sagrados y laicos no corresponde, por tanto, a las
intenciones de su divino Fundador tal y como resulta de los Evangelios y de los
demás escritos neotestamentarios.
La nueva y especial consagración
30. En la tradición de la Iglesia la
profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda
profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la
íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don
de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la
profesión de los consejos evangélicos.sta posterior consagración tiene, sin
embargo, una peculiaridad propia respecto a la primera, de la que no es una
consecuencia necesaria.En realidad, todo renacido en Cristo está llamado a
vivir, con la fuerza proveniente del don del Espíritu, la castidad
correspondiente a su propio estado de vida, la obediencia a Dios y a la
Iglesia, y un desapego razonable de los bienes materiales, porque todos son llamados
a la santidad, que consiste en la perfección de la caridad.Pero el Bautismo no
implica por sí mismo la llamada al celibato o a la virginidad, la renuncia a la
posesión de bienes y la obediencia a un superior, en la forma propia de los
consejos evangélicos. Por tanto, su profesión supone un don particular de Dios
no concedido a todos, como Jesús mismo señala en el caso del celibato
voluntario (cf. Mt 19, 10-12).A
esta llamada corresponde, por otra parte, un don específico del Espíritu
Santo, de modo que la persona consagrada pueda responder a su vocación y a
su misión. Por eso, como se refleja en las liturgias de Oriente y Occidente, en
el rito de la profesión monástica o religiosa y en la consagración de las
vírgenes, la Iglesia invoca sobre las personas elegidas el don del Espíritu
Santo y asocia su oblación al sacrificio de Cristo.a profesión de los consejos
evangélicos es también un desarrollo de la gracia del sacramento de la
Confirmación, pero va más allá de las exigencias normales de la
consagración crismal en virtud de un don particular del Espíritu, que abre a
nuevas posibilidades y frutos de santidad y de apostolado, como demuestra la
historia de la vida consagrada.En cuanto a los sacerdotes que profesan los
consejos evangélicos, la experiencia misma muestra que el sacramento del
Orden encuentra una fecundidad peculiar en esta consagración, puesto que
presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más estrecha al Señor. El
sacerdote que profesa los consejos evangélicos encuentra una ayuda particular
para vivir en sí mismo la plenitud del misterio de Cristo, gracias también a la
espiritualidad peculiar de su Instituto y a la dimensión apostólica del
correspondiente carisma. En efecto, en el presbítero la vocación al sacerdocio
y a la vida consagrada convergen en profunda y dinámica unidad.De valor
inconmensurable es también la aportación dada a la vida de la Iglesia por los
religiosos sacerdotes dedicados íntegramente a la contemplación. Especialmente
en la celebración eucarística realizan una acción de la Iglesia y para la
Iglesia, a la que unen el ofrecimiento de sí mismos, en comunión con Cristo que
se ofrece al Padre para la salvación del mundo entero.
Las relaciones entre los diversos estados
de vida del cristiano
31. Las diversas formas de vida en las
que, según el designio del Señor Jesús, se articula la vida eclesial presentan
relaciones recíprocas sobre las que interesa detenerse.Todos los fieles, en
virtud de su regeneración en Cristo, participan de una dignidad común; todos
son llamados a la santidad; todos cooperan a la edificación del único Cuerpo de
Cristo, cada uno según su propia vocación y el don recibido del Espíritu (cf. Rm 12, 38).La igual dignidad de todos
los miembros de la Iglesia es obra del Espíritu; está fundada en el Bautismo y
la Confirmación y corroborada por la Eucaristía. Sin embargo, también es obra
del Espíritu la variedad de formas. El constituye la Iglesia como una comunión
orgánica en la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios.as vocaciones a
la vida laical, al ministerio ordenado y a la vida consagrada se pueden
considerar paradigmáticas, dado que todas las vocaciones particulares, bajo uno
u otro aspecto, se refieren o se reconducen a ellas, consideradas separadamente
o en conjunto, según la riqueza del don de Dios. Además, están al servicio unas
de otras para el crecimiento del Cuerpo de Cristo en la historia y para su
misión en el mundo. Todos en la Iglesia son consagrados en el Bautismo y en la
Confirmación, pero el ministerio ordenado y la vida consagrada suponen una
vocación distinta y una forma específica de consagración, en razón de una
misión peculiar.La consagración bautismal y crismal, común a todos los miembros
del Pueblo de Dios, es fundamento adecuado de la misión de los laicos,
de los que es propio « el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios ».Los ministros ordenados, además
de esta consagración fundamental, reciben la consagración en la Ordenación para
continuar en el tiempo el ministerio apostólico. Las personas consagradas,
que abrazan los consejos evangélicos, reciben una nueva y especial consagración
que, sin ser sacramental, las compromete a abrazar —en el celibato, la pobreza
y la obediencia— la forma de vida practicada personalmente por Jesús y
propuesta por El a los discípulos. Aunque estas diversas categorías son
manifestaciones del único misterio de Cristo, los laicos tienen como aspecto
peculiar, si bien no exclusivo, el carácter secular, los pastores el carácter
ministerial y los consagrados la especial conformación con Cristo virgen, pobre
y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones,
se confía a cada uno de los estados de vida fundamentales la misión de
manifestar, en su propia categoría, una u otra de las dimensiones del único
misterio de Cristo. Si la vida laical tiene la misión particular de
anunciar el Evangelio en medio de las realidades temporales, en el ámbito de la
comunión eclesial desarrollan un ministerio insustituible los que han
recibido el Orden sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea
de apacentar el Pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la
administración de los Sacramentos y el ejercicio de la potestad sagrada al
servicio de la comunión eclesial, que es comunión orgánica, ordenada
jerárquicamente.omo expresión de la santidad de la Iglesia, se debe
reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el
mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación
particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa
del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. La vida
consagrada anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando,
alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y en el
misterio, los hijos de la resurrección no tomarán mujer o marido, sino que
serán como ángeles de Dios (cf. Mt 22,
30).En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino,
considerada con razón la « puerta » de toda la vida consagrada, es objeto de la
constante enseñanza de la Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran
estima por la vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges « testigos y
colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación
de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella ».n este
horizonte común a toda la vida consagrada, se articulan vías distintas entre
sí, pero complementarias. Los religiosos y las religiosas dedicados
íntegramente a la contemplación son en modo especial imagen de Cristo en
oración en el monte.Las personas consagradas de vida activa lo
manifiestan « anunciando a las gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos
y lisiados, convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los
niños y haciendo el bien a todos ».Las personas consagradas en los Institutos
seculares realizan un servicio particular para la venida del Reino de Dios,
uniendo en una síntesis específica el valor de la consagración y el de la
secularidad. Viviendo su consagración en el mundo y a partir del mundo, « se
esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para
fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo ».Participan, para ello, en la
obra evangelizadora de la Iglesia mediante el testimonio personal de vida
cristiana, el empeño por ordenar según Dios las realidades temporales, la
colaboración en el servicio de la comunidad eclesial, de acuerdo con el estilo
de vida secular que les es propio.
Testimoniar el Evangelio de las
Bienaventuranzas
33. Misión peculiar de la vida consagrada
es mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores
fundamentales del Evangelio, dando « un testimonio magnífico y
extraordinario de que sin el espíritu de las Bienaventuranzas no se puede
transformar este mundo y ofrecerlo a Dios ».De este modo la vida consagrada
aviva continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios la exigencia de
responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones
por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5),
reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el
Bautismo, la Confirmación o el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad
comunicada por los sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. La vida
consagrada, con su misma presencia en la Iglesia, se pone al servicio de la
consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.Por otra parte, no se
debe olvidar que los consagrados reciben también del testimonio propio de las
demás vocaciones una ayuda para vivir íntegramente la adhesión al misterio de
Cristo y de la Iglesia en sus múltiples dimensiones. En virtud de este
enriquecimiento recíproco, se hace más elocuente y eficaz la misión de la vida
consagrada: señalar como meta a los demás hermanos y hermanas, fijando la
mirada en la paz futura, la felicidad definitiva que está en Dios.
Imagen viva de la Iglesia-Esposa
34. Importancia particular tiene el
significado esponsal de la vida consagrada, que hace referencia a la exigencia
de la Iglesia de vivir en la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual
recibe todo bien. En esta dimensión esponsal, propia de toda la vida
consagrada, es sobre todo la mujer la que se ve singularmente reflejada, como
descubriendo la índole especial de su relación con el Señor.A este respecto, es
sugestiva la página neotestamentaria que presenta a María con los Apóstoles en
el Cenáculo en espera orante del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 13-14). Aquí se puede ver una
imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las señales del Esposo y preparada
para acoger su don. En Pedro y en los demás Apóstoles emerge sobre todo la
dimensión de la fecundidad, como se manifiesta en el ministerio eclesial, que
se hace instrumento del Espíritu para la generación de nuevos hijos mediante el
anuncio de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y la atención
pastoral. En María está particularmente viva la dimensión de la acogida
esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar en sí misma la vida divina a
través de su amor total de virgen.La vida consagrada ha sido siempre vista
prevalentemente en María, la Virgen esposa. De ese amor virginal procede una
fecundidad particular, que contribuye al nacimiento y crecimiento de la vida
divina en los corazones.La persona consagrada, siguiendo las huellas de María,
nueva Eva, manifiesta su fecundidad espiritual acogiendo la Palabra, para
colaborar en la formación de la nueva humanidad con su dedicación incondicional
y su testimonio. Así la Iglesia manifiesta plenamente su maternidad tanto por la
comunicación de la acción divina confiada a Pedro, como por la acogida
responsable del don divino, típica de María.Por su parte, el pueblo cristiano
encuentra en el ministerio ordenado los medios de la salvación, y en la vida
consagrada el impulso para una respuesta de amor plena en todas las diversas
formas de diaconía.
IV. GUIADOS POR EL ESPIRITU DE SANTIDAD
Existencia « transfigurada »: llamada a la
santidad
35. « Al oír esto los discípulos cayeron
rostro en tierra llenos de miedo » (Mt
17, 6). Los sinópticos ponen de relieve en el episodio de la
Transfiguración, con matices diversos, el temor de los discípulos. El atractivo
del rostro transfigurado de Cristo no impide que se sientan atemorizados ante
la Majestad divina que los envuelve. Siempre que el hombre experimenta la
gloria de Dios se da cuenta también de su pequeñez y de aquí surge una
sensación de miedo. Este temor es saludable. Recuerda al hombre la perfección
divina, y al mismo tiempo lo empuja con una llamada urgente a la « santidad
».Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el Padre a « escuchar » a Cristo,
deben sentir una profunda exigencia de conversión y de santidad. Pero,
como se ha puesto de relieve en el Sínodo, esta exigencia se refiere en primer
lugar a la vida consagrada. En efecto, la vocación de las personas consagradas
a buscar ante todo el Reino de Dios es, principalmente, una llamada a la plena
conversión, en la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor, para que
Dios sea todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar el
rostro « transfigurado » de Cristo, son llamados también a una existencia
transfigurada.A este respecto, es significativo lo expresado en la Relación
final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo: « Los santos y santas
han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más
difíciles a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos
fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos. Los Institutos de vida
consagrada, por la profesión de los consejos evangélicos, sean conscientes de
su misión especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos animarlos en esa
misión ».De estas consideraciones se han hecho eco los Padres de la IX Asamblea
sinodal, afirmando: « La vida consagrada ha sido a través de la historia de la
Iglesia una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un espacio
privilegiado de amor absoluto a Dios y al prójimo, testimonio del proyecto
divino de hacer de toda la humanidad, dentro de la civilización del amor, la
gran familia de los hijos de Dios ».a Iglesia ha visto siempre en la profesión
de los consejos evangélicos un camino privilegiado hacia la santidad. Las
mismas expresiones con las que la define —escuela del servicio del Señor,
escuela de amor y santidad, camino o estado de perfección— indican tanto la
eficacia y riqueza de los medios propios de esta forma de vida evangélica, como
el empeño particular de quienes la abrazan.No es casual que a lo largo de los
siglos tantos consagrados hayan dejado testimonios elocuentes de santidad y
hayan realizado empresas de evangelización y de servicio particularmente
generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
36. En el seguimiento de Cristo y en el
amor hacia su persona hay algunos puntos sobre el crecimiento de la santidad en
la vida consagrada que merecen ser hoy especialmente evidenciados.Ante todo se
pide la fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio
espiritual de cada Instituto. Precisamente en esta fidelidad a la inspiración
de los fundadores y fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más
fácilmente y se reviven con más fervor los elementos esenciales de la vida
consagrada.En efecto, cada carisma tiene, en su origen, una triple orientación:
hacia el Padre, sobre todo en el deseo de buscar filialmente su voluntad
mediante un proceso de conversión continua, en el que la obediencia es fuente
de verdadera libertad, la castidad manifiesta la tensión de un corazón
insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre y la sed
de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5, 6). En esta perspectiva el
carisma de cada Instituto animará a la persona consagrada a ser toda de Dios, a
hablar con Dios o de Dios, como se dice de santo Domingo, para gustar qué bueno
es el Señor (cf. Sal 33, 9) en
todas las situaciones.Los carismas de vida consagrada implican también una
orientación hacia el Hijo, llevando a cultivar con El una comunión de
vida íntima y gozosa, en la escuela de su servicio generoso de Dios y de los
hermanos. De este modo, « la mirada progresivamente cristificada, aprende a
alejarse de lo exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto
impide al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por el
Espíritu », y posibilita así ir a la misión con Cristo, trabajando y sufriendo
con El en la difusión de su Reino.Por último, cada carisma comporta una
orientación hacia el Espíritu Santo, ya que dispone la persona a dejarse
conducir y sostener por El, tanto en el propio camino espiritual como en la
vida de comunión y en la acción apostólica, para vivir en aquella actitud de
servicio que debe inspirar toda decisión del cristiano auténtico.En efecto,
esta triple relación emerge siempre, a pesar de las características específicas
de los diversos modelos de vida, en cada carisma de fundación, por el hecho
mismo de que en ellos domina « una profunda preocupación por configurarse con Cristo
testimoniando alguno de los aspectos de su misterio », aspecto específico
llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradición más genuina de cada
Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos.
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor
la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como
respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.Esta
invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a
través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida
cotidiana. Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio trabajo
y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas,
cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en
plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial. Debe
permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación que
pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la
conformación cada vez más plena con el Señor.n este espíritu, vuelve a ser hoy
urgente para cada Instituto la necesidad de una referencia renovada a la
Regla, porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de
seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia.
Una creciente atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un
criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de
responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial.
Oración y ascesis: el combate espiritual
38. La llamada a la santidad es acogida y
puede ser cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita
trascendencia de Dios: « Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este
silencio cargado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar
plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se
olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante
que obligue a cubrirlo con un velo (cf. Ex
34, 33) [...]; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin
amor y perdón [...]. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan
aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y
a nosotros comprender esa palabra ».Esto comporta en concreto una gran
fidelidad a la oración litúrgica y personal, a los tiempos dedicados a la
oración mental y a la contemplación, a la adoración eucarística, los retiros
mensuales y los ejercicios espirituales.Es necesario también tener presentes los
medios ascéticos típicos de la tradición espiritual de la Iglesia y del
propio Instituto. Ellos han sido y son aún una ayuda poderosa para un auténtico
camino de santidad. La ascesis, ayudando a dominar y corregir las tendencias de
la naturaleza humana herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la
persona consagrada para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por
el camino de la Cruz.Es necesario también reconocer y superar algunas
tentaciones que a veces, por insidia del Diablo, se presentan bajo la
apariencia de bien. Así, por ejemplo, la legítima exigencia de conocer la
sociedad moderna para responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las
modas del momento, con disminución del fervor espiritual o con actitudes de
desánimo. La posibilidad de una formación espiritual más elevada podría empujar
a las personas consagradas a un cierto sentimiento de superioridad respecto a
los demás fieles, mientras que la urgencia de una cualificación legítima y
necesaria puede transformarse en una búsqueda excesiva de eficacia, como si el
servicio apostólico dependiera prevalentemente de los medios humanos, más que
de Dios. El deseo loable de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, creyentes y no creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción de
un estilo de vida secularizado o a una promoción de los valores humanos en
sentido puramente horizontal. El compartir las aspiraciones legítimas de la
propia nación o cultura podría llevar a abrazar formas de nacionalismo o a
asumir prácticas que tienen, por el contrario, necesidad de ser purificadas y
elevadas a la luz del Evangelio.El camino que conduce a la santidad conlleva,
pues, la aceptación del combate espiritual. Se trata de un dato exigente
al que hoy no siempre se dedica la atención necesaria. La tradición ha visto
con frecuencia representado el combate espiritual en la lucha de Jacob con el
misterio de Dios, que él afronta para acceder a su bendición y a su visión (cf.
Gn 32, 23-31). En esta narración de
los principios de la historia bíblica las personas consagradas pueden ver el símbolo
del empeño ascético necesario para dilatar el corazón y abrirlo a la acogida
del Señor y de los hermanos.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso
de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y sostener
el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. « Es necesario suscitar en
cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de
renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria
acogida del prójimo, especialmente del más necesitado ».Las personas
consagradas, en la medida en que profundizan su propia amistad con Dios, se
hacen capaces de ayudar a los hermanos y hermanas mediante iniciativas
espirituales válidas, como escuelas de oración, ejercicios y retiros
espirituales, jornadas de soledad, escucha y dirección espiritual. De este modo
se favorece el progreso en la oración de personas que podrán después realizar
un mejor discernimiento de la voluntad de Dios sobre ellas y emprender opciones
valientes, a veces heroicas, exigidas por la fe. En efecto, las personas
consagradas « a través de su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de
la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta
santidad de la que dan testimonio ».El hecho de que todos sean llamados a la
santidad debe animar más aún a quienes, por su misma opción de vida, tienen la
misión de recordarlo a los demás.
« Levantaos, no tengáis miedo »: una confianza renovada
40. « Jesús, acercándose a ellos, los
tocó y dijo: ?Levantaos, no tengáis miedo' » (Mt 17, 7). Como los tres apóstoles en
el episodio de la Transfiguración, las personas consagradas saben por
experiencia que no siempre su vida es iluminada por aquel fervor sensible que
hace exclamar: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Sin embargo, es siempre una
vida « tocada » por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su
gracia.« Levantaos, no tengáis miedo ». Esta invitación del Maestro se dirige
obviamente a cada cristiano. Pero con mayor motivo a quien ha sido llamado a «
dejarlo todo » y, por consiguiente, a « arriesgarlo todo » por Cristo. De modo
especial es válida siempre que, con el Maestro, se baja del « monte » para
tomar el camino que lleva del Tabor al Calvario.Al decir que Moisés y Elías
hablaban con Cristo sobre su misterio pascual, Lucas emplea significativamente
el término « partida » (éxodos): « Hablaban de su partida, que iba a
cumplir en Jerusalén » (Lc 9, 31).
« Exodo »: término fundamental de la revelación, al que se refiere toda la
historia de la salvación, y que expresa el sentido profundo del misterio pascual.
Tema particularmente vinculado a la espiritualidad de la vida consagrada y que
manifiesta bien su significado. En él se contiene inevitablemente lo que
pertenece al mysterium Crucis. Sin embargo, este comprometido « camino
de éxodo », visto desde la perspectiva del Tabor, aparece como un camino entre
dos luces: la luz anticipadora de la Transfiguración y la definitiva de la
Resurrección.La vocación a la vida consagrada —en el horizonte de toda la vida
cristiana—, a pesar de sus renuncias y sus pruebas, y más aún gracias a ellas,
es camino « de luz », sobre el que vela la mirada del Redentor: «
Levantaos, no tengáis miedo ».
CAPITULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
LA VIDA CONSAGRADA SIGNO DE
COMUNION EN LA IGLESIA
I. VALORES PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó
a quienes El quiso, para tenerlos junto a sí y para enseñarles a vivir según su
ejemplo, para el Padre y para la misión que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15). Inauguraba de este modo
una nueva familia de la cual habrían de formar parte a través de los siglos
todos aquellos que estuvieran dispuestos a « cumplir la voluntad de Dios » (cf.
Mc 3, 32-35). Después de la
Ascensión, gracias al don del Espíritu, se constituyó en torno a los Apóstoles
una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios y en una concreta
experiencia de comunión (cf. Hch 2, 42-47;
4, 32-35). La vida de esta comunidad y, sobre todo, la experiencia de la plena
participación en el misterio de Cristo vivida por los Doce, han sido el
modelo en el que la Iglesia se ha inspirado siempre que ha querido revivir
el fervor de los orígenes y reanudar su camino en la historia con un renovado
vigor evangélico.En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de
comunión, « muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo ».La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de
este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la
cual derrama así en la historia los dones de la comunión que son propios de las
tres Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se manifiesta la
comunión fraterna en la vida eclesial son muchos. La vida consagrada posee
ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la
Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la
constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida
consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria
puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de
solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la
comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas
consagradas, en efecto, viven « para » Dios y « de » Dios. Por eso precisamente
pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas
disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones
sociales.
Vida fraterna en el amor
42. La vida fraterna, entendida como vida
compartida en el amor, es un signo elocuente de la comunión eclesial. Es
cultivada con especial esmero por los Institutos religiosos y las Sociedades de
vida apostólica, en los que la vida de comunidad adquiere un peculiar
significado.Pero la dimensión de la comunión fraterna no falta ni en los
Institutos seculares ni en las mismas formas individuales de vida consagrada.
Los eremitas, en lo recóndito de su soledad, no se apartan de la comunión
eclesial, sino que la sirven con su propio y específico carisma contemplativo;
las vírgenes consagradas en el mundo realizan su consagración en una especial
relación de comunión con la Iglesia particular y universal, como lo hacen, de
un modo similar, las viudas y viudos consagrados.Todas estas personas,
queriendo poner en práctica la condición evangélica de discípulos, se
comprometen a vivir el « mandamiento nuevo » del Señor, amándose unos a otros
como El nos ha amado (cf. Jn 13, 34).
El amor llevó a Cristo a la entrega de sí mismo hasta el sacrificio supremo de
la Cruz. De modo parecido, entre sus discípulos no hay unidad verdadera sin
este amor recíproco incondicional, que exige disponibilidad para el
servicio sin reservas, prontitud para acoger al otro tal como es sin « juzgarlo
» (cf. Mt 7, 1-2), capacidad de
perdonar hasta « setenta veces siete » (Mt
18, 22). Para las personas consagradas, que se han hecho « un corazón solo
y una sola alma » (Hch 4, 32) por
el don del Espíritu Santo derramado en los corazones (cf. Rm 5, 5), resulta una exigencia
interior el poner todo en común: bienes materiales y experiencias
espirituales, talentos e inspiraciones, ideales apostólicos y servicios de
caridad. « En la vida comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno pasa
contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se disfruta del propio don, sino
que se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de
los dones del otro como si fuera del propio ».n la vida de comunidad, además,
debe hacerse tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser
instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que
se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt 18, 20).Esto sucede merced al amor
recíproco de cuantos forman la comunidad, un amor alimentado por la Palabra y
la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la Reconciliación, sostenido por
la súplica de la unidad, don especial del Espíritu para aquellos que se ponen a
la escucha obediente del Evangelio. Es precisamente El, el Espíritu, quien
introduce el alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1Jn 1, 3), comunión en la que está la
fuente de la vida fraterna. El Espíritu es quien guía las comunidades de vida
consagrada en el cumplimiento de su misión de servicio a la Iglesia y a la
humanidad entera, según la propia inspiración.En esta perspectiva tienen
particular importancia los « Capítulos » (o reuniones análogas), sean
particulares o generales, en los que cada Instituto debe elegir los Superiores
o Superioras según las normas establecidas en las propias Constituciones, y
discernir a la luz del Espíritu el modo adecuado de mantener y actualizar el
propio carisma y el propio patrimonio espiritual en las diversas situaciones
históricas y culturales.
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una gran
importancia la función de los Superiores y de las Superioras, incluidos
los locales, tanto para la vida espiritual como para la misión. En estos años
de búsqueda y de transformaciones, se ha sentido a veces la necesidad de
revisar este cargo. Pero es preciso reconocer que quien ejerce la autoridad no
puede abdicar de su cometido de primer responsable de la comunidad, como
guía de los hermanos y hermanas en el camino espiritual y apostólico.En
ambientes marcados fuertemente por el individualismo, no resulta fácil
reconocer y acoger la función que la autoridad desempeña para provecho de
todos. Pero se debe reafirmar la importancia de este cargo, que se revela
necesario precisamente para consolidar la comunión fraterna y para que no sea
vana la obediencia profesada. Si bien es cierto que la autoridad debe ser ante
todo fraterna y espiritual, y que quien la detenta debe consecuentemente saber
involucrar mediante el diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión,
conviene recordar, sin embargo, que la última palabra corresponde a la
autoridad, a la cual compete también hacer respetar las decisiones tomadas.
El papel de las personas ancianas
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante el
cuidado de los ancianos y de los enfermos, especialmente en un momento como
éste, en el que en ciertas regiones del mundo aumenta el número de las personas
consagradas ya entradas en años. Los cuidados solícitos que merecen no se basan
únicamente en un deber de caridad y de reconocimiento, sino que manifiestan
también la convicción de que su testimonio es de gran ayuda a la Iglesia y a
los Institutos, y de que su misión continúa siendo válida y meritoria, aun
cuando, por motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a dejar
sus propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar en
sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe estar cercana a ellos con
atención y capacidad de escucha.En realidad la misión apostólica, antes que en
la acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a la voluntad
salvífica del Señor, entrega que se alimenta en la oración y la penitencia. Los
ancianos, pues, están llamados a vivir su vocación de muchas maneras: la
oración asidua, la aceptación paciente de su propia condición, la
disponibilidad para el servicio de la dirección espiritual, la confesión y la
guía en la oración.
A imagen de la comunidad apostólica
45. La vida fraterna tiene un papel
fundamental en el camino espiritual de las personas consagradas, sea para su
renovación constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo. Esto
se deduce de las motivaciones teológicas que la fundamentan, y la misma
experiencia lo confirma con creces. Exhorto por tanto a los consagrados y
consagradas a cultivarla con tesón, siguiendo el ejemplo de los primeros
cristianos de Jerusalén, que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de
los Apóstoles, en la oración común, en la participación en la Eucaristía, y en
el compartir los bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2, 42-47). Exhorto sobre todo a
los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las Sociedades de vida
apostólica, a vivir sin reservas el amor mutuo y a manifestarlo de la manera
más adecuada a la naturaleza del proprio Instituto, para que cada comunidad se
muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, « morada de Dios con los
hombres » (Ap 21, 3).En efecto,
toda la Iglesia espera mucho del testimonio de comunidades ricas « de gozo y
del Espíritu Santo » (Hch 13, 52).
Desea poner ante el mundo el ejemplo de comunidades en las que la atención
recíproca ayuda a superar la soledad, y la comunicación contribuye a que todos
se sientan corresponsables; en las que el perdón cicatriza las heridas,
reforzando en cada uno el propósito de la comunión. En comunidades de este tipo
la naturaleza del carisma encauza las energías, sostiene la fidelidad y orienta
el trabajo apostólico de todos hacia la única misión. Para presentar a la
humanidad de hoy su verdadero rostro, la Iglesia tiene urgente necesidad de
semejantes comunidades fraternas. Su misma existencia representa una contribución
a la nueva evangelización, puesto que muestran de manera fehaciente y concreta
los frutos del « mandamiento nuevo ».
Sentire cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna
también un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión,
propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas
consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la
respectiva espiritualidadcomo « testigos y artífices de aquel ?proyecto de
comunión' que constituye la cima de la historia del hombre según Dios ».El
sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de
comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la
Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión « será así un signo
para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo
[...]. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella
misma misión ». Más aun, « la comunión genera comunión y se configura
esencialmente como comunión misionera ».n los fundadores y fundadoras aparece
siempre vivo el sentido de la Iglesia, que se manifiesta en su plena
participación en la vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente
obediencia a los Pastores, especialmente al Romano Pontífice. En este contexto
de amor a la Santa Iglesia, « columna y fundamento de la verdad » (1Tm 3, 15), se comprenden bien la
devoción de Francisco de Asís por « el Señor Papa », el filial atrevimiento de
Catalina de Siena hacia quien ella llama « dulce Cristo en la tierra », la
obediencia apostólica y el sentire cum Ecclesiade Ignacio de Loyola, la
gozosa profesión de fe de Teresa de Jesús: « Soy hija de la Iglesia »;como
también el anhelo de Teresa de Lisieux: « En el corazón de la Iglesia, mi
madre, yo seré el amor ».Semejantes testimonios son representativos de la plena
comunión eclesial en la que han participado santos y santas, fundadores y
fundadoras, en épocas muy diversas de la historia y en circunstancias a veces
harto difíciles. Son ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas
consagradas, para resistir a las fuerzas centrífugas y disgregadoras,
particularmente activas en nuestros días.Un aspecto distintivo de esta comunión
eclesial es la adhesión de mente y de corazón al magisterio de los Obispos, que
ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez ante el Pueblo de Dios
por parte de todas las personas consagradas, especialmente por aquellas
comprometidas en la investigación teológica, en la enseñanza, en publicaciones,
en la catequesis y en el uso de los medios de comunicación social.Puesto que
las personas consagradas ocupan un lugar especial en la Iglesia, su actitud a
este respecto adquiere un particular relieve ante todo el Pueblo de Dios. Su
testimonio de amor filial confiere fuerza e incisividad a su acción apostólica,
la cual, en el marco de la misión profética de todos los bautizados, se
caracteriza normalmente por cometidos que implican una especial colaboración con
la jerarquía.De este modo, con la riqueza de sus carismas, las personas
consagradas brindan una específica aportación a la Iglesia para que ésta
profundice cada vez más en su propio ser, como sacramento « de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género humano ».
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están
llamadas a ser fermento de comunión misionera en la Iglesia universal por el
hecho mismo de que los múltiples carismas de los respectivos Institutos son
otorgados por el Espíritu para el bien de todo el Cuerpo místico, a cuya
edificación deben servir (cf. 1Co 12,
4-11). Es significativo que, en palabras del Apóstol, el « camino más
excelente » (1Co 12, 31), el más
grande de todos, es la caridad (cf. 1Co
13, 13), la cual armoniza todas las diversidades e infunde en todos la
fuerza del apoyo mutuo en la acción apostólica. A esto tiende precisamente el
peculiar vínculo de comunión, que las varias formas de vida consagrada y
las Sociedades de vida apostólica tienen con el Sucesor de Pedro en su
ministerio de unidad y de universalidad misionera. La historia de la
espiritualidad ilustra profusamente esta vinculación, poniendo de manifiesto su
función providencial como garantía tanto de la identidad propia de la vida
consagrada, como de la expansión misionera del Evangelio. Sin la contribución
de tantos Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica —como
han hecho notar los Padres sinodales—, sería impensable la vigorosa difusión
del anuncio evangélico, el firme enraizamiento de la Iglesia en tantas regiones
del mundo, y la primavera cristiana que hoy se constata en las jóvenes
Iglesias. Ellos han mantenido firme a través de los siglos la comunión con los
Sucesores de Pedro, los cuales, a su vez, han encontrado en estos Institutos
una actitud pronta y generosa para dedicarse a la misión, con una disponibilidad
que, llegado el caso, ha alcanzado el verdadero heroísmo.Emerge de este modo el
carácter de universalidad y de comunión que es peculiar de los Institutos
de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica. Por la connotación
supradiocesana, que tiene su raíz en la especial vinculación con el ministerio
petrino, ellos están también al servicio de la colaboración entre las diversas
Iglesias particulares, en las cuales pueden promover eficazmente el «
intercambio de dones », contribuyendo así a una inculturación del Evangelio que
asume, purifica y valora la riqueza de las culturas de todos los pueblos.El
florecer de vocaciones a la vida consagrada en las Iglesias jóvenes sigue
manifestando hoy la capacidad que ésta tiene de expresar, en la unidad
católica, las exigencias de los diversos pueblos y culturas.
La vida consagrada y la Iglesia particular
48. Las personas consagradas tienen también un papel
significativo dentro de las Iglesias particulares. Este es un aspecto que,
a partir de la doctrina conciliar sobre la Iglesia como comunión y misterio, y
sobre las Iglesias particulares como porción del Pueblo de Dios, en las que «
está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica
y apostólica », ha sido desarrollado y regulado por varios documentos
sucesivos. A la luz de estos textos aparece con toda evidencia la importancia
que reviste la colaboración de las personas consagradas con los Obispos para el
desarrollo armonioso de la pastoral diocesana. Los carismas de la vida
consagrada pueden contribuir poderosamente a la edificación de la caridad en la
Iglesia particular.Las diversas formas de vivir los consejos evangélicos son,
en efecto, expresión y fruto de los dones espirituales recibidos por fundadores
y fundadoras y, en cuanto tales, constituyen una « experiencia del Espíritu,
transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada,
profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo
en crecimiento perenne ».La índole propia de cada Instituto comporta un estilo
particular de santificación y de apostolado, que tiende a consolidarse en una
determinada tradición caracterizada por elementos objetivos.Por eso la Iglesia
procura que los Institutos crezcan y se desarrollen según el espíritu de los
fundadores y de las fundadoras, y de sus sanas tradiciones.or consiguiente, se
reconoce a cada uno de los Institutos una justa autonomía, gracias a la
cual pueden tener su propia disciplina y conservar íntegro su patrimonio
espiritual y apostólico. Cometido del Ordinario del lugar es conservar y
tutelar esta autonomía.Se pide por tanto a los Obispos que acojan y estimen los
carismas de la vida consagrada, reservándoles un espacio en los proyectos de la
pastoral diocesana. Deben tener especial solicitud con los Institutos de
derecho diocesano, que están confiados de modo particular al cuidado del Obispo
del lugar. Una diócesis que quedara sin vida consagrada, además de perder
tantos dones espirituales, ambientes apropiados para la búsqueda de Dios,
actividades apostólicas y metodologías pastorales específicas, correría el
riesgo de ver muy debilitado su espíritu misionero, que es una característica
de la mayoría de los Institutos.Se debe por tanto corresponder al don de la
vida consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolo
con generosidad y con sentimientos de gratitud al Señor.
Una fecunda y ordenada comunión eclesial
49. El Obispo es padre y pastor de toda la Iglesia
particular. A él compete reconocer y respetar cada uno de los carismas,
promoverlos y coordinarlos. En su caridad pastoral debe acoger, por tanto, el
carisma de la vida consagrada como una gracia que no concierne sólo a un
Instituto, sino que incumbe y beneficia a toda la Iglesia. Procurará, pues,
sustentar y prestar ayuda a las personas consagradas, a fin de que, en comunión
con la Iglesia y fieles a la inspiración fundacional, se abran a perspectivas
espirituales y pastorales en armonía con las exigencias de nuestro tiempo. Las
personas consagradas, por su parte, no dejarán de ofrecer su generosa
colaboración a la Iglesia particular según las propias fuerzas y respetando el
propio carisma, actuando en plena comunión con el Obispo en el ámbito de
la evangelización, de la catequesis y de la vida de las parroquias.Es útil
recordar que, a la hora de coordinar el servicio que se presta a la Iglesia
universal y a la Iglesia particular, los Institutos no pueden invocar la justa
autonomía o incluso la exención de que gozan muchos de ellos, con el fin de
justificar decisiones que, de hecho, contrastan con las exigencias de una
comunión orgánica, requerida por una sana vida eclesial. Es preciso, por el
contrario, que las iniciativas pastorales de las personas consagradas sean
decididas y actuadas en el contexto de un diálogo abierto y cordial entre
Obispos y Superiores de los diversos Institutos. La especial atención por parte
de los Obispos a la vocación y misión de los distintos Institutos, y el respeto
por parte de éstos del ministerio de los Obispos con una acogida solícita de
sus concretas indicaciones pastorales para la vida diocesana, representan dos
formas, íntimamente relacionadas entre sí, de una única caridad eclesial, que
compromete a todos en el servicio de la comunión orgánica —carismática y al
mismo tiempo jerárquicamente estructurada— de todo el Pueblo de Dios.
Un diálogo constante animado por la
caridad
50. Para promover el conocimiento recíproco, que es
requisito obligado de una eficaz cooperación, sobre todo en el ámbito pastoral,
es siempre oportuno un constante diálogo de los Superiores y Superioras
de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica con
los Obispos. Gracias a estos contactos habituales, los Superiores y Superioras
podrán informar a los Obispos sobre las iniciativas apostólicas que desean
emprender en sus diócesis, para llegar con ellos a los necesarios acuerdos
operativos. Del mismo modo, conviene que sean invitadas a asistir a las
asambleas de las Conferencias de Obispos personas delegadas de las Conferencias
de Superiores y Superioras mayores, y que, viceversa, delegados de las
Conferencias episcopales sean invitados a las Conferencias de Superiores y
Superioras mayores, según las modalidades que se determinen. En esta
perspectiva será de gran utilidad que, allí donde aún no existan, se
constituyan y sean operativas a nivel nacional comisiones mixtas de Obispos
y Superiores y Superioras mayores, que examinen juntos los problemas de
interés común. Contribuirá también a un mejor conocimiento recíproco la
inserción de la teología y de la espiritualidad de la vida consagrada en el
plan de estudios teológicos de los presbíteros diocesanos, así como la
previsión en la formación de las personas consagradas de un adecuado estudio de
la teología de la Iglesia particular y de la espiritualidad del clero
diocesano.inalmente, es consolador el recuerdo de cómo, en el Sínodo, no sólo
han tenido lugar numerosas intervenciones sobre la doctrina de la comunión,
sino que se ha vivido una satisfactoria experiencia de diálogo, en un clima de
recíproca apertura y confianza entre los Obispos y los religiosos y las
religiosas presentes. Esto ha suscitado el deseo de que « tal experiencia
espiritual de comunión y de colaboración se extienda a toda la Iglesia »
incluso después del Sínodo.Es un auspicio que hago mío, para que aumente en
todos la mentalidad y la espiritualidad de comunión.
La fraternidad en un mundo dividido e
injusto
51. La Iglesia encomienda a las comunidades de vida
consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión,
ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá
aún de sus confines, entablando o restableciendo constantemente el diálogo de
la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado por el odio
étnico o las locuras homicidas. Situadas en las diversas sociedades de nuestro
mundo —frecuentemente laceradas por pasiones e intereses contrapuestos,
deseosas de unidad pero indecisas sobre la vías a seguir—, las comunidades de vida
consagrada, en las cuales conviven como hermanos y hermanas personas de
diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan como signo de un diálogo
siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía las
diversidades.Las comunidades de vida consagrada son enviadas a anunciar con el
testimonio de la propia vida el valor de la fraternidad cristiana y la fuerza
transformadora de la Buena Nueva, que hace reconocer a todos como hijos de Dios
e incita al amor oblativo hacia todos, y especialmente hacia los últimos. Estas
comunidades son lugares de esperanza y de descubrimiento de las
Bienaventuranzas; lugares en los que el amor, nutrido de la oración y principio
de comunión, está llamado a convertirse en lógica de vida y fuente de
alegría.Particularmente los Institutos internacionales, en esta época
caracterizada por la dimensión mundial de los problemas y, al mismo tiempo, por
el retorno de los ídolos del nacionalismo, tienen el cometido de dar testimonio
y de mantener siempre vivo el sentido de la comunión entre los pueblos, las
razas y las culturas. En un clima de fraternidad, la apertura a la dimensión
mundial de los problemas no ahogará la riqueza de los dones particulares, y la
afirmación de una característica particular no creará contrastes con las otras,
ni atentará a la unidad. Los Institutos internacionales pueden hacer esto con
eficacia, al tener ellos mismos que enfrentarse creativamente al reto de la
inculturación y conservar al mismo tiempo su propia identidad.
Comunión entre los diversos Institutos
52. El sentido eclesial de comunión alimenta y sustenta
también la fraterna relación espiritual y la mutua colaboración entre los
diversos Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica.
Personas que están unidas entre sí por el compromiso común del seguimiento de
Cristo y animadas por el mismo Espíritu, no pueden dejar de hacer visible, como
ramas de una única Vid, la plenitud del Evangelio del amor. Permaneciendo
siempre fieles a su propio carisma, pero teniendo presente la amistad
espiritual que frecuentemente ha unido en la tierra diversos fundadores y
fundadoras, estas personas están llamadas a manifestar una fraternidad
ejemplar, que sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el
compromiso cotidiano de dar testimonio del Evangelio.Resultan siempre actuales
las palabras de san Bernardo a propósito de las diversas Ordenes religiosas: «
Yo las admiro todas. Pertenezco a una de ellas con la observancia, pero a todas
en la caridad. Todos tenemos necesidad los unos de los otros: el bien
espiritual que yo no poseo, lo recibo de los otros [...]. En este exilio la
Iglesia está aún en camino y, si puedo decirlo así, es plural: una pluralidad
múltiple y una unidad plural. Y todas nuestras diversidades, que manifiestan la
riqueza de los dones de Dios, subsistirán en la única casa del Padre que
contiene tantas mansiones. Ahora hay división de gracias, entonces habrá una
distinción de glorias. La unidad, tanto aquí como allá, consiste en una misma
caridad ».
Organismos de coordinación
53. Las Conferencias de Superiores y de Superioras mayores
y las Conferencias de los Institutos seculares pueden dar una notable
contribución a la comunión. Estimulados y regulados por el Concilio Vaticano
IIy por documentos posteriores, estos organismos tienen como principal objetivo
la promoción de la vida consagrada, engarzada en la trama de la misión
eclesial.A través de ellos los Institutos expresan la comunión entre sí y
buscan los medios para reforzarla, con respeto y aprecio por el valor específico
de cada uno de los carismas, en los que se refleja el misterio de la Iglesia y
la multiforme sabiduría de Dios.Aliento, pues, a los Institutos de vida
consagrada a que se presten asistencia mutua, especialmente en aquellos países
en los que, debido a particulares dificultades, la tentación de replegarse
sobre sí puede ser fuerte, con perjuicio de la vida consagrada misma y de la
Iglesia. Es preciso, por el contrario, que se ayuden recíprocamente en su
intento de comprender el designio de Dios en los actuales avatares de la
historia, para así responder mejor con iniciativas apostólicas adecuadas.En
este horizonte de comunión, abierto a los desafíos de nuestro tiempo, los
Superiores y las Superioras « actuando en sintonía con el episcopado »,
procuren aprovecharse « del trabajo de los mejores colaboradores de cada
Instituto y ofrecer servicios que no sólo ayuden a superar eventuales límites,
sino que también creen un estilo válido de formación a la vida religiosa
».xhorto a las Conferencias de los Superiores y de las Superioras mayores y a
las Conferencias de los Institutos seculares a que mantengan contactos
frecuentes y regulares con la Congregación para los Institutos de vida
consagrada y Sociedades de vida apostólica, como expresión de su comunión con la
Santa Sede. También debe tenerse una relación activa y confiada con las
Conferencias Episcopales de cada país. Según el espíritu del documento Mutuae
relationes, es conveniente que dicha relación adquiera una forma estable,
para hacer así posible una coordinación tempestiva y duradera de las
iniciativas que vayan surgiendo. Si todo esto se lleva a la práctica con
perseverancia y espíritu de adhesión fiel a las directrices del Magisterio, los
organismos de conexión y de comunión se revelarán sumamente útiles para
encontrar soluciones que eviten incomprensiones, tanto en el terreno teórico
como en el práctico;de este modo serán un soporte válido no sólo para promover
la comunión entre los Institutos de vida consagrada y los Obispos, sino para
contribuir también al desempeño de la misión misma de la Iglesia particular.
Comunión y colaboración con los laicos
54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como
comunión en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus
diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e
intercambio de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión
eclesial. De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y
completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los
grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes
dones.En el caso de los Institutos monásticos y contemplativos, las relaciones
con los laicos se caracterizan principalmente por una vinculación espiritual, mientras
que, en aquellos Institutos comprometidos en la dimensión apostólica, se
traducen en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los Institutos
seculares, laicos o clérigos, por su parte, entran en contacto con los otros
fieles en las formas ordinarias de la vida cotidiana. Debido a las nuevas
situaciones, no pocos Institutos han llegado a la convicción de que su
carisma puede ser compartido con los laicos. Estos son invitados por tanto
a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en la misión del
Instituto mismo. En continuidad con las experiencias históricas de las diversas
Ordenes seculares o Terceras Ordenes, se puede decir que se ha comenzado un
nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de las relaciones entre las
personas consagradas y el laicado.
Para un renovado dinamismo espiritual y
apostólico
55. Estos nuevos caminos de comunión y de colaboración
merecen ser alentados por diversos motivos. En efecto, de ello se podrá derivar
ante todo una irradiación activa de la espiritualidad más allá de las fronteras
del Instituto, que contará con nuevas energías, asegurando así a la Iglesia la
continuidad de algunas de sus formas más típicas de servicio. Otra consecuencia
positiva podrá consistir también en el aunar esfuerzos entre personas
consagradas y laicos en orden a la misión: movidos por el ejemplo de santidad
de las personas consagradas, los laicos serán introducidos en la experiencia
directa del espíritu de los consejos evangélicos y animados a vivir y
testimoniar el espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo según
el corazón de Dios.o es raro que la participación de los laicos lleve a
descubrir inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma,
suscitando una interpretación más espiritual, e impulsando a encontrar válidas
indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la
actividad o el ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordarán por
tanto su deber de ser ante todo guías expertas de vida espiritual, y cultivarán
en esta perspectiva « el talento más precioso: el espíritu ».A su vez, los
laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica aportación de su secularidad
y de su servicio específico.
Laicos voluntarios y asociados
56. Una manifestación significativa de participación laical
en la riqueza de la vida consagrada es la adhesión de fieles laicos a los
varios Institutos bajo la fórmula de los llamados miembros asociados o, según
las exigencias de algunos ambientes culturales, de personas que comparten,
durante un cierto tiempo, la vida comunitaria y la particular entrega a la
contemplación o al apostolado del Instituto, siempre que, obviamente, no sufra
daño alguno la identidad del Instituto en su vida interna.s justo tener en gran
estima el voluntariado que se nutre de las riquezas de la vida consagrada; pero
es preciso cuidar su formación, con el fin de que los voluntarios tengan
siempre, además de competencia, profundas motivaciones sobrenaturales en su
propósito y un vivo sentido comunitario y eclesial en sus proyectos.Debe
tenerse presente también que, para que sean consideradas como obras de un
determinado Instituto, aquellas iniciativas en las que los laicos están
implicados con capacidad de decisión, deben perseguir los fines propios del
Instituto y ser realizadas bajo su responsabilidad. Por tanto, si los laicos se
hacen cargo de la dirección, éstos responderán de la misma a los Superiores y
Superioras competentes. Es conveniente que todo esto sea considerado y regulado
por normas específicas de cada Instituto, aprobadas por la Autoridad Superior,
en las cuales se prevean las competencias respectivas del Instituto mismo, de
las comunidades y de los miembros asociados o de los voluntarios.Las personas
consagradas, enviadas por sus Superiores o Superioras y permaneciendo bajo su
dependencia, pueden participar con formas específicas de colaboración en
iniciativas laicales, particularmente en organismos e instituciones que se
ocupan de los marginados y que tienen como finalidad aliviar el sufrimiento
humano. Esta colaboración, si está sustentada y animada por una fuerte y clara
identidad cristiana, y respeta el carácter propio de la vida consagrada, puede
hacer brillar la fuerza iluminadora del Evangelio en las situaciones más
oscuras de la existencia humana.En estos años no pocas personas consagradas han
entrado a formar parte de alguno de los movimientos eclesiales surgidos
en nuestro tiempo. Con frecuencia los interesados se benefician especialmente
en lo que se refiere a la renovación espiritual. Sin embargo, no se puede negar
que en algunos casos esto crea malestar y desorientación a nivel personal y
comunitario, sobre todo cuando tales experiencias entran en conflicto con las
exigencias de la vida comunitaria y de la espiritualidad del propio Instituto.
Es necesario por tanto poner mucho cuidado en que la adhesión a los movimientos
eclesiales se efectúe siempre respetando el carisma y la disciplina del propio
Instituto, con el consentimiento de los Superiores y de las Superioras, y con
disponibilidad para aceptar sus decisiones.
La dignidad y el papel de la mujer
consagrada
57. La Iglesia revela plenamente su multiforme riqueza
espiritual cuando, superada toda discriminación, acoge como una auténtica
bendición los dones derramados por Dios tanto en los hombres como en las
mujeres, estimándolos en su igual dignidad. Las mujeres consagradas están
llamadas a ser de una manera muy especial, y a través de su dedicación vivida
con plenitud y con alegría, un signo de la ternura de Dios hacia el género
humano y un testimonio singular del misterio de la Iglesia, la cual es
virgen, esposa y madre.Esta misión se ha dejado ver en el Sínodo, en el cual
varias de ellas han participado y en el que han tenido ocasión de hacer oír su
voz, por todos escuchada y apreciada. Gracias a sus aportaciones han surgido
algunas indicaciones útiles para la vida de la Iglesia y para su misión
evangelizadora. Ciertamente no es posible desconocer lo fundado de muchas de
las reivindicaciones que se refieren a la posición de la mujer en los diversos
ámbitos sociales y eclesiales. Es obligado reconocer igualmente que la nueva
conciencia femenina ayuda también a los hombres a revisar sus esquemas
mentales, su manera de autocomprenderse, de situarse en la historia e
interpretarla, y de organizar la vida social, política, económica, religiosa y
eclesial.La Iglesia, que ha recibido de Cristo un mensaje de liberación, tiene
la misión de difundirlo proféticamente, promoviendo una mentalidad y una
conducta conformes a las intenciones del Señor. En este contexto la mujer
consagrada, a partir de su experiencia de Iglesia y de mujer en la Iglesia,
puede contribuir a eliminar ciertas visiones unilaterales, que no se ajustan al
pleno reconocimiento de su dignidad, de su aportación específica a la vida y a
la acción pastoral y misionera de la Iglesia. Por ello es legítimo que la mujer
consagrada aspire a ver reconocida más claramente su identidad, su capacidad,
su misión y su responsabilidad, tanto en la conciencia eclesial como en la vida
cotidiana.También el futuro de la nueva evangelización, como de las otras
formas de acción misionera, es impensable sin una renovada aportación de las
mujeres, especialmente de las mujeres consagradas.
Nuevas perspectivas de presencia y de acción
58. Urge por tanto dar algunos pasos concretos, comenzando
por abrir espacios de participación a las mujeres en diversos sectores y
a todos los niveles, incluidos aquellos procesos en que se elaboran las
decisiones, especialmente en los asuntos que las conciernen más directamente.Es
necesario también que la formación de las mujeres consagradas, no menos que la
de los hombres, sea adecuada a las nuevas urgencias, y prevea el tiempo
suficiente y las oportunidades institucionales necesarias para una educación
sistemática, que abarque todos los campos, desde el aspecto teológico-pastoral
hasta el profesional. La formación pastoral y catequética, siempre importante,
adquiere un interés especial de cara a la nueva evangelización, que exige
también de las mujeres nuevas formas de participación.Se puede pensar que una
formación más profunda, a la vez que ayudará a la mujer consagrada a comprender
mejor los propios dones, será un estímulo para la necesaria reciprocidad en el
seno de la Iglesia. Se espera mucho del genio de la mujer también en el campo
de la reflexión teológica, cultural y espiritual, no sólo en lo que se refiere
a lo específico de la vida consagrada femenina, sino también en la inteligencia
de la fe en todas sus manifestaciones. A este respecto, ¡cuánto debe la
historia de la espiritualidad a santas como Teresa de Jesús y Catalina de
Siena, las dos primeras mujeres honradas con el título de Doctoras de la
Iglesia, y a tantas otras místicas, que han sabido sondear el misterio de Dios
y analizar su acción en el creyente! La Iglesia confía mucho en las mujeres
consagradas, de las que espera una aportación original para promover la
doctrina y las costumbres de la vida familiar y social, especialmente en lo que
se refiere a la dignidad de la mujer y al respeto de la vida humana.De hecho, «
las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin
duda determinante: les corresponde ser promotoras de un "nuevo
feminismo" que, sin caer en la tentación de seguir modelos
"machistas", sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino
en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la
superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación ».ay
motivos para esperar que un reconocimiento más hondo de la misión de la mujer
provocará cada vez más en la vida consagrada femenina una mayor conciencia del
propio papel, y una creciente dedicación a la causa del Reino de Dios. Esto
podrá traducirse en numerosas actividades, como el compromiso por la
evangelización, la misión educativa, la participación en la formación de los
futuros sacerdotes y de las personas consagradas, la animación de las
comunidades cristianas, el acompañamiento espiritual y la promoción de los
bienes fundamentales de la vida y de la paz. Reitero de nuevo a las mujeres
consagradas y a su extraordinaria capacidad de entrega, la admiración y el
reconocimiento de toda la Iglesia, que las sostiene para que vivan en plenitud
y con alegría su vocación, y se sientan interpeladas por la insigne tarea de
ayudar a formar la mujer de hoy.
II. CONTINUIDAD EN LA OBRA DEL ESPIRITU:FIDELIDAD EN LA NOVEDAD
Las monjas de clausura
59. Una atención particular merecen la
vida monástica femenina y la clausura de las monjas, por la gran estima que la
comunidad cristiana siente hacia este género de vida, que es signo de la
unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor, profundamente amado. En
efecto, la vida de las monjas de clausura, ocupadas principalmente en la
oración, en la ascesis y en el progreso ferviente de la vida espiritual, « no
es otra cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de la
Iglesia escatológica, abismada en la posesión y contemplación de Dios ».A la
luz de esta vocación y misión eclesial, la clausura responde a la exigencia,
sentida como prioritaria, de estar con el Señor. Al elegir un espacio
circunscrito como lugar de vida, las claustrales participan en el anonadamiento
de Cristo mediante una pobreza radical que se manifiesta en la renuncia no sólo
de las cosas, sino también del « espacio », de los contactos externos, de
tantos bienes de la creación. Este modo singular de ofrecer el « cuerpo » las
introduce de manera más sensible en el misterio eucarístico. Se ofrecen con
Jesús por la salvación del mundo. Su ofrecimiento, además del aspecto de
sacrificio y de expiación, adquiere la dimensión de la acción de gracias al
Padre, participando de la acción de gracias del Hijo predilecto.Radicada en
esta orientación espiritual, la clausura no es sólo un medio ascético de
inmenso valor, sino también un modo de vivir la Pascua de Cristo.De
experiencia de « muerte », se convierte en sobreabundancia de vida,
constituyéndose como anuncio gozoso y anticipación profética de la posibilidad,
ofrecida a cada persona y a la humanidad entera, de vivir únicamente para Dios,
en Cristo Jesús (cf. Rm 6, 11). La
clausura evoca por tanto aquella celda del corazón en la que cada uno
está llamado a vivir la unión con el Señor. Acogida como don y elegida como
libre respuesta de amor, la clausura es el lugar de la comunión espiritual con
Dios y con los hermanos y hermanas, donde la limitación del espacio y de las
relaciones con el mundo exterior favorecen la interiorización de los valores
evangélicos (cf. Jn 13, 34; Mt 5, 3.8).Las comunidades
claustrales, puestas como ciudades sobre el monte y luces en el candelero (cf. Mt 5, 14-15), a pesar de la sencillez
de vida, prefiguran visiblemente la meta hacia la cual camina la entera
comunidad eclesial que, « entregada a la acción y dada a la contemplación », se
encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura
recapitulación de todo en Cristo, cuando la Iglesia « se manifieste gloriosa
con su Esposo (cf. Co 3, 1-4) », y Cristo « entregue a Dios Padre el
Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad [...],
para que Dios sea todo en todo » (1Co
15, 24.28).A estas queridísimas Hermanas, pues, expreso mi reconocimiento,
a la vez que las aliento a mantenerse fieles a la vida claustral según el
propio carisma. Gracias a su ejemplo, este género de vida continúa teniendo
numerosas vocaciones, atraídas por la radicalidad de una existencia « esponsal
», dedicada totalmente a Dios en la contemplación. Como expresión del puro
amor, que vale más que cualquier obra, la vida contemplativa tiene también una
extraordinaria eficacia apostólica y misionera.os Padres sinodales han
manifestado un gran aprecio por los valores de la clausura, tomando en
consideración al mismo tiempo diversas peticiones sobre su disciplina concreta
manifestadas desde varias partes. Las indicaciones del Sínodo sobre este tema
y, en particular, el propósito de otorgar una mayor responsabilidad a las
Superioras mayores en lo concerniente a la dispensa de la clausura por causas
justas y graves, serán objeto de consideración orgánica, en la línea del camino
de renovación ya actuado a partir del Concilio Vaticano II.De este modo la
clausura en sus varias formas y grados —de la clausura papal y constitucional a
la clausura monástica— se corresponderá mejor con la variedad de los Institutos
contemplativos y con las tradiciones de los monasterios.Como el mismo Sínodo ha
subrayado, se han de favorecer también las Asociaciones y Federaciones entre
monasterios, recomendadas ya por Pío XII y por el Concilio Ecuménico Vaticano
II, especialmente allí donde no existan otras formas eficaces de coordinación y
de asistencia, para custodiar y promover los valores de la vida contemplativa.
En efecto, tales agrupaciones, salvando siempre la legítima autonomía de los
monasterios, pueden ofrecer una ayuda válida para resolver adecuadamente
problemas comunes, como la oportuna renovación, la formación tanto inicial como
permanente, la mutua ayuda económica y la reorganización de los mismos
monasterios.
Los religiosos hermanos
60. Según la doctrina tradicional de la
Iglesia, la vida consagrada, por su naturaleza, no es ni laical ni clerical,
y por consiguiente la « consagración laical », tanto de varones como de
mujeres, es un estado de profesión de los consejos evangélicos completo en sí
mismo.Dicha consagración laical, por lo tanto, tiene un valor propio,
independientemente del ministerio sagrado, tanto para la persona misma como
para la Iglesia.Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, el Sínodo ha
manifestado un gran aprecio por este tipo de vida consagrada, en la que los
religiosos hermanos desempeñan múltiples y valiosos servicios dentro y fuera de
la comunidad, participando así en la misión de proclamar el Evangelio y de dar
testimonio de él con la caridad en la vida de cada día. Efectivamente, algunos
de estos servicios se pueden considerar ministerios eclesiales confiados
por la legítima autoridad. Ello exige una formación apropiada e integral:
humana, espiritual, teológica, pastoral y profesional.Según la terminología
vigente, los Institutos que, por determinación del fundador o por legítima
tradición tienen características y finalidades que no comportan el ejercicio
del Orden sagrado, son llamados « Institutos laicales ».En el Sínodo se ha
hecho notar, no obstante, que esta terminología no expresa adecuadamente la
índole peculiar de la vocación de los miembros de tales Institutos religiosos.
En efecto, aunque desempeñan muchos servicios que son comunes también a los
fieles laicos, ellos los realizan con su identidad de consagrados, manifestando
de este modo el espíritu de entrega total a Cristo y a la Iglesia según su
carisma específico.Por este motivo los Padres sinodales, con el fin de evitar
cualquier ambigüedad y confusión con la índole secular de los fieles laicos,
han querido proponer el término de Institutos religiosos de Hermanos.La
propuesta es significativa, sobre todo si se tiene en cuenta que el término
hermano encierra una rica espiritualidad. « Estos religiosos están llamados a
ser hermanos de Cristo, profundamente unidos a El, primogénito entre muchos
hermanos (Rm 8, 29); hermanos entre
sí por el amor mutuo y la cooperación al servicio del bien de la Iglesia;
hermanos de todo hombre por el testimonio de la caridad de Cristo hacia todos,
especialmente hacia los más pequeños, los más necesitados; hermanos para hacer
que reine mayor fraternidad en la Iglesia ».Viviendo de una manera especial
este aspecto de la vida a la vez cristiana y consagrada, los « religiosos
hermanos » recuerdan de modo fehaciente a los mismos religiosos sacerdotes la
dimensión fundamental de la fraternidad en Cristo, que han de vivir entre ellos
y con cada hombre y mujer, proclamando a todos la palabra del Señor: « Y
vosotros sois todos hermanos » (Mt
23, 8).No existen impedimentos para que en estos Institutos religiosos
de Hermanos, cuando el Capítulo general así lo disponga, algunos miembros
reciban las Ordenes sagradas para el servicio sacerdotal de la comunidad
religiosa.No obstante, el Concilio Vaticano II no incita explícitamente a
seguir esta praxis, precisamente porque desea que los Institutos de Hermanos
permanezcan fieles a su vocación y misión. Esto vale también por lo que se
refiere a la condición de quien accede al cargo de Superior, considerando que
éste refleja de manera especial la naturaleza del Instituto mismo.Diversa es la
vocación de los hermanos en aquellos Institutos que son llamados « clericales »
porque, según el proyecto del fundador o por tradición legítima, prevén el
ejercicio del Orden sagrado, son regidos por clérigos y, como tales, son
reconocidos por la autoridad de la Iglesia.En estos Institutos el ministerio sagrado
es parte integrante del carisma y determina su índole específica, el fin y el
espíritu. La presencia de hermanos representa una participación diferenciada en
la misión del Instituto, con servicios que se prestan en colaboración con
aquellos que ejercen el ministerio sacerdotal, sea dentro de la comunidad o en
las obras apostólicas.
Institutos mixtos
61. Algunos Institutos religiosos, que en el proyecto
original del fundador se presentaban como fraternidades, en las que todos los
miembros —sacerdotes y no sacerdotes— eran considerados iguales entre sí, con
el pasar del tiempo han adquirido una fisonomía diversa. Es menester que estos
Institutos llamados « mixtos », evalúen, mediante una profundización del propio
carisma fundacional, si resulta oportuno y posible volver hoy a la inspiración
de origen.Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que en tales
Institutos se reconozca a todos los religiosos igualdad de derechos y de
obligaciones, exceptuados los que derivan del Orden sagrado.Para examinar y
resolver los problemas conexos con esta materia se ha instituido una comisión
especial, y conviene esperar sus conclusiones para después tomar las oportunas
decisiones, según lo que se disponga de manera autorizada.
Nuevas formas de vida evangélica
62. El Espíritu, que en diversos momentos de la historia ha
suscitado numerosas formas de vida consagrada, no cesa de asistir a la Iglesia,
bien alentando en los Institutos ya existentes el compromiso de la renovación
en fidelidad al carisma original, bien distribuyendo nuevos carismas a hombres
y mujeres de nuestro tiempo, para que den vida a instituciones que respondan a
los retos del presente. Un signo de esta intervención divina son las llamadas nuevas
Fundaciones, con características en cierto modo originales respecto a las
tradicionales.La originalidad de las nuevas comunidades consiste frecuentemente
en el hecho de que se trata de grupos compuestos de hombres y mujeres, de
clérigos y laicos, de casados y célibes, que siguen un estilo particular de
vida, a veces inspirado en una u otra forma tradicional, o adaptado a las
exigencias de la sociedad de hoy. También su compromiso de vida evangélica se
expresa de varias maneras, si bien se manifiesta, como una orientación general,
una aspiración intensa a la vida comunitaria, a la pobreza y a la oración. En
el gobierno participan, en función de su competencia, clérigos y laicos, y el
fin apostólico se abre a las exigencias de la nueva evangelización.Si de una
parte hay que alegrarse por la acción del Espíritu, por otra es necesario
proceder con el debido discernimiento de los carismas. El principio
fundamental para que se pueda hablar de vida consagrada es que los rasgos
específicos de las nuevas comunidades y formas de vida estén fundados en los
elementos esenciales, teológicos y canónicos, que son característicos de la
vida consagrada.Este discernimiento es necesario tanto a nivel local como
universal, con el fin de prestar una común obediencia al único Espíritu. En las
diócesis, el Obispo ha de examinar el testimonio de vida y la ortodoxia de los
fundadores y fundadoras de tales comunidades, su espiritualidad, la
sensibilidad eclesial en el cumplimiento de su misión, los métodos de formación
y los modos de incorporación a la comunidad; evalúe con prudencia eventuales
puntos débiles, sabiendo esperar con paciencia la confirmación de los frutos
(cf. Mt 7, 16), para poder reconocer la autenticidad del carisma.Se le pide
sobre todo que ponga especial cuidado en verificar, a la luz de criterios
claros, la idoneidad de quienes solicitan el acceso a las Ordenes sagradas.n
virtud de este mismo principio de discernimiento, no pueden ser comprendidas en
la categoría específica de vida consagrada aquellas formas de compromiso, por
otro lado loables, que algunos cónyuges cristianos asumen en asociaciones o
movimientos eclesiales cuando, deseando llevar a la perfección de la caridad su
amor « como consagrado » ya en el sacramento del matrimonio, confirman con un
voto el deber de la castidad propia de la vida conyugal y, sin descuidar sus
deberes para con los hijos, profesan la pobreza y la obediencia.Esta obligada
puntualización acerca de la naturaleza de tales experiencias, no pretende
infravalorar dicho camino de santificación, al cual no es ajena ciertamente la
acción del Espíritu Santo, infinitamente rico en sus dones e inspiraciones.Ante
tanta riqueza de dones y de impulsos innovadores, parece conveniente crear
una Comisión para las cuestiones relativas a las nuevas formas de vida
consagrada, con el fin de establecer criterios de autenticidad, que sirvan
de ayuda a la hora de discernir y de tomar las oportunas decisiones.Entre otras
tareas, tal Comisión deberá valorar, a la luz de la experiencia de estos
últimos decenios, cuáles son las formas nuevas de consagración que la autoridad
eclesiástica, con prudencia pastoral y para el bien común, pueda reconocer
oficialmente y proponer a los fieles deseosos de una vida cristiana más
perfecta.Estas nuevas asociaciones de vida evangélica no son alternativas
a las precedentes instituciones, las cuales continúan ocupando el lugar insigne
que la tradición les ha reservado. Las nuevas formas son también un don del
Espíritu, para que la Iglesia siga a su Señor en una perenne dinámica de
generosidad, atenta a las llamadas de Dios que se manifiestan a través de los
signos de los tiempos. De esta manera se presenta ante el mundo con variedad de
formas de santidad y de servicio, como « señal e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano ».Los antiguos Institutos,
muchos de los cuales han pasado en el transcurso de los siglos por el crisol de
pruebas durísimas que han afrontado con fortaleza, pueden enriquecerse
entablando un diálogo e intercambiando sus dones con las fundaciones que ven la
luz en este tiempo nuestro.De este modo el vigor de las diversas instituciones
de vida consagrada, desde las más antiguas a las más recientes, así como la
vivacidad de las nuevas comunidades, alimentarán la fidelidad al Espíritu
Santo, que es principio de comunión y de perenne novedad de vida.
III. MIRANDO HACIA EL FUTURO
Dificultades y perspectivas
63. En algunas regiones del mundo, los cambios sociales y
la disminución del número de vocaciones está haciendo mella en la vida
consagrada. Las obras apostólicas de muchos Institutos y su misma presencia en
ciertas Iglesias locales están en peligro. Como ya ha ocurrido otras veces en
la historia, hay Institutos que corren incluso el riesgo de desaparecer. La
Iglesia universal les está sumamente agradecida por la gran contribución que han
dado a su edificación con el testimonio y el servicio.La preocupación de hoy no
anula sus méritos ni los frutos que han madurado gracias a sus esfuerzos.En
otros Institutos se plantea más bien el problema de la reorganización de sus
obras. Esta tarea, nada fácil y no pocas veces dolorosa, requiere estudio y
discernimiento a la luz de algunos criterios. Es preciso, por ejemplo,
salvaguardar el sentido del propio carisma, promover la vida fraterna, estar
atentos a las necesidades de la Iglesia tanto universal como particular,
ocuparse de aquello que el mundo descuida, responder generosamente y con
audacia, aunque sea con intervenciones obligadamente exiguas, a las nuevas
pobrezas, sobre todo en los lugares más abandonados.as dificultades
provenientes de la disminución de personal y de iniciativas, no deben en
modo alguno hacer perder la confianza en la fuerza evangélica de la vida
consagrada, la cual será siempre actual y operante en la Iglesia. Aunque
cada Instituto no posea la prerrogativa de la perpetuidad, la vida consagrada,
sin embargo, continuará alimentando entre los fieles la respuesta de amor a
Dios y a los hermanos. Por eso es necesario distinguir entre las vicisitudes
históricas de un determinado Instituto o de una forma de vida consagrada, y
la misión eclesial de la vida consagrada como tal. Las primeras pueden
cambiar con el mudar de las situaciones, la segunda no puede faltar.Esto es
verdad tanto para la vida consagrada de tipo contemplativo, como para la
dedicada a las obras de apostolado. En su conjunto, bajo la acción siempre
nueva del Espíritu, está destinada a continuar como testimonio luminoso de la
unidad indisoluble del amor a Dios y al prójimo, como memoria viviente de la
fecundidad, incluso humana y social, del amor de Dios. Las nuevas situaciones
de penuria han de ser afrontadas por tanto con la serenidad de quien sabe que a
cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad.
Lo que se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida consagrada,
que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de la
adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión. Por el contrario,
perseverando fielmente en ella, se confiesa, y con gran eficacia incluso ante
el mundo, la propia y firme confianza en el Señor de la historia, en cuyas
manos están los tiempos y los destinos de las personas, de las instituciones,
de los pueblos y, por tanto, también la actuación histórica de sus dones. Los
dolorosos momentos de crisis representan un apremio a las personas consagradas
para que proclamen con fortaleza la fe en la muerte y resurrección de Cristo,
haciéndose así signo visible del paso de la muerte a la vida.
Nuevo impulso de la pastoral vocacional
64. La misión de la vida consagrada y la
vitalidad de los Institutos dependen indudablemente de la fidelidad con la que
los consagrados responden a su vocación, pero tienen futuro en la medida en que
otros hombres y mujeres acogen generosamente la llamada del Señor. El
problema de las vocaciones es un auténtico desafío que interpela directamente a
los Institutos, pero que concierne a toda la Iglesia. En el campo de la
pastoral vocacional se invierten muchas energías espirituales y materiales,
aunque los resultados no siempre se corresponden a las expectativas y a los
esfuerzos realizados. Sucede que, mientras las vocaciones a la vida consagrada
florecen en las Iglesias jóvenes y en aquellas que han sufrido persecuciones
por parte de regímenes totalitarios, escasean en otros países tradicionalmente
ricos en vocaciones y en misioneros.Esta situación de dificultad pone a prueba
a las personas consagradas, que a veces se interrogan sobre su efectiva
capacidad de atraer nuevas vocaciones. Es necesario tener confianza en el Señor
Jesús, que continúa llamando a seguir sus pasos, y encomendarse al Espíritu
Santo, autor e inspirador de los carismas de la vida consagrada. Así pues, a la
vez que nos alegramos por la acción del Espíritu que rejuvenece a la Esposa de
Cristo haciendo florecer la vida consagrada en muchas naciones, debemos dirigir
una constante plegaria al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia,
para hacer frente a las exigencias de la nueva evangelización (cf. Mt 9, 37-38). Además de promover la
oración por las vocaciones, es urgente esforzarse, mediante el anuncio
explícito y una catequesis adecuada, por favorecer en los llamados a la vida
consagrada la respuesta libre, pero pronta y generosa, que hace operante la
gracia de la vocación.La invitación de Jesús: « Venid y veréis » (Jn 1, 39) sigue siendo aún hoy la regla
de oro de la pastoral vocacional. Con ella se pretende presentar, a ejemplo
de los fundadores y fundadoras, el atractivo de la persona del Señor Jesús
y la belleza de la entrega total de sí mismo a la causa del Evangelio. Por
tanto, la primera tarea de todos los consagrados y consagradas consiste en
proponer valerosamente, con la palabra y con el ejemplo, el ideal del
seguimiento de Cristo, alimentando y manteniendo posteriormente en los llamados
la respuesta a los impulsos que el Espíritu inspira en su corazón.Al entusiasmo
del primer encuentro con Cristo debe seguir, como es obvio, el esfuerzo
paciente de saber corresponder cada día a la gracia recibida, haciendo de la
vocación una historia de amistad con el Señor. Para ello, la pastoral
vocacional utilizará los recursos apropiados, como la dirección espiritual,
para alimentar aquella respuesta de amor personal al Señor que es condición
indispensable para convertirse en discípulos y apóstoles de su Reino. Por otra
parte, si la abundancia vocacional que se manifiesta en varias partes del mundo
justifica el optimismo y la esperanza, la escasez en otras regiones no debe
inducir al desánimo ni a la tentación de un fácil y precipitado reclutamiento.
Es preciso que la tarea de promover las vocaciones se desarrolle de manera que
aparezca cada vez más como un compromiso coral de toda la Iglesia.Se
requiere, por tanto, la colaboración activa de pastores, religiosos, familias y
educadores, como es propio de un servicio que forma parte integrante de la
pastoral de conjunto de cada Iglesia particular. Que en cada diócesis exista,
pues, este servicio común, que coordine y multiplique las fuerzas, pero
sin prejuzgar e incluso favoreciendo la actividad vocacional de cada
Instituto.sta colaboración activa de todo el Pueblo de Dios, sostenida por la
Providencia, suscitará sin duda la abundancia de los dones divinos. La
solidaridad cristiana está llamada a solventar las necesidades de la formación
vocacional en los países económicamente más pobres. La promoción de vocaciones
en estos países por parte de los diversos Institutos ha de hacerse en plena
armonía con las Iglesias del lugar, a partir de una activa y prolongada
inserción en su actividad pastoral.El modo más auténtico para secundar la
acción del Espíritu será el invertir las mejores energías en la actividad
vocacional, especialmente con una adecuada dedicación a la pastoral juvenil.
Las exigencias de la formación inicial
65. La Asamblea sinodal ha reservado una atención especial
a la formación de quienes aspiran a consagrarse al Señor, reconociendo
su decisiva importancia. El objetivo central del proceso de formación es
la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en
el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión. Decir « sí » a la llamada
del Señor, asumiendo en primera persona el dinamismo del crecimiento
vocacional, es responsabilidad inalienable de cada llamado, el cual debe abrir
toda su vida a la acción del Espíritu Santo; es recorrer con generosidad el
camino formativo, acogiendo con fe las ayudas que el Señor y la Iglesia le
ofrecen.a formación, por tanto, debe abarcar la persona entera, de tal modo que
toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a
Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias
de la vida cotidiana.Desde el momento que el fin de la vida consagrada consiste
en la conformación con el Señor Jesús y con su total oblación, a esto se
debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario de progresiva
asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre.Siendo éste el
objetivo de la vida consagrada, el método para prepararse a ella deberá
contener y expresar la característica de la totalidad. Deberá ser
formación de toda la persona, en cada aspecto de su individualidad, en las
intenciones y en los gestos exteriores. Precisamente por su propósito de
transformar toda la persona, la exigencia de la formación no acaba nunca.
En efecto, es necesario que a las personas consagradas se les proporcione hasta
el fin la oportunidad de crecer en la adhesión al carisma y a la misión del
propio Instituto.Para que sea total, la formación debe abarcar todos los
ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de prever, por
tanto, una preparación humana, cultural, espiritual y pastoral, poniendo sumo
cuidado en facilitar la integración armónica de los diferentes aspectos. A la formación
inicial, entendida como un proceso evolutivo que pasa por los diversos grados
de la maduración personal —desde el psicológico y espiritual al teológico y
pastoral—, se debe reservar un amplio espacio de tiempo. En el caso de las
vocaciones al presbiterado, viene a coincidir y a armonizarse con un programa
específico de estudios, como parte de un itinerario formativo más extenso.
El papel de los formadores y formadoras
66. Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del
Espíritu, es el formador por excelencia de quien se consagra a El. Pero en esta
obra El se sirve de la mediación humana, poniendo al lado de los que El llama
algunos hermanos y hermanas mayores. La formación es pues una participación en
la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón de los
jóvenes y de las jóvenes los sentimientos del Hijo. Los formadores y las
formadoras deben ser, por tanto, personas expertas en los caminos que llevan a
Dios, para poder ser así capaces de acompañar a otros en este recorrido. Atentos
a la acción de la gracia, deben indicar aquellos obstáculos que a veces no
resultan con tanta evidencia, pero, sobre todo, mostrarán la belleza del
seguimiento del Señor y el valor del carisma en que éste se concretiza. A las
luces de la sabiduría espiritual añadirán también aquellas que provienen de los
instrumentos humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento
vocacional, como en la formación del hombre nuevo auténticamente libre. El
principal instrumento de formación es el coloquio personal, que ha de tenerse
con regularidad y cierta frecuencia, y que constituye una práctica de
comprobada e insustituible eficacia.De cara a tareas tan delicadas, resulta
verdaderamente importante la preparación de formadores idóneos, que aseguren en
su servicio una gran sintonía con el camino seguido por toda la Iglesia. Será
conveniente crear estructuras adecuadas para la formación de los formadores,
posiblemente en lugares que permitan el contacto con la cultura en la que será
ejercido después el propio servicio pastoral. En esta obra formativa, los
Institutos más arraigados ayuden a los de fundación más reciente, mediante la
aportación de algunos de sus mejores miembros.
Una formación comunitaria y apostólica
67. Puesto que la formación debe ser
también comunitaria, su lugar privilegiado, para los Institutos de vida
religiosa y las Sociedades de vida apostólica, es la comunidad. En ella se
realiza la iniciación en la fatiga y en el gozo de la convivencia. En la
fraternidad cada uno aprende a vivir con quien Dios ha puesto a su lado,
aceptando tanto sus cualidades positivas como sus diversidades y sus límites.
Aprende especialmente a compartir los dones recibidos para la edificación de
todos, puesto que « a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para
provecho común » (1Co 12, 7).Al
mismo tiempo, la vida comunitaria, ya desde la primera formación, debe mostrar
la dimensión intrínsecamente misionera de la consagración. Por ello, en los
Institutos de vida consagrada, será útil introducir durante el periodo de
formación inicial, y con el prudente acompañamiento del formador o formadora,
experiencias concretas que permitan ejercitar, en diálogo con la cultura
circundante, las aptitudes apostólicas, la capacidad de adaptación y el
espíritu de iniciativa.Si de una parte es importante que la persona consagrada
se forme de modo progresivo una conciencia evangélicamente crítica respecto a
los valores y antivalores de la cultura, tanto de la suya propia como de la que
encontrará en el futuro campo de trabajo, de otra debe ejercitarse en el
difícil arte de la unidad de vida, de la mutua compenetración de la caridad
hacia Dios y hacia los hermanos y hermanas, haciendo propia la experiencia de
que la oración es el alma del apostolado, pero también de que el apostolado
vivifica y estimula la oración.
Necesidad de una ratio completa y
actualizada
68. Se recomienda también a los Institutos femeninos y a
los masculinos, por lo que se refiere a los religiosos hermanos, un periodo
explícitamente formativo, que se prolongue hasta la profesión perpetua. Esto
vale substancialmente también para las comunidades claustrales, que han de
elaborar un programa adecuado para lograr una auténtica formación para la vida
contemplativa y su peculiar misión en la Iglesia.Los Padres sinodales han
invitado vivamente a todos los Institutos de vida consagrada y a las Sociedades
de vida apostólica a elaborar cuanto antes una ratio institutionis, es
decir, un proyecto de formación inspirado en el carisma institucional, en el
cual se presente de manera clara y dinámica el camino a seguir para asimilar
plenamente la espiritualidad del propio Instituto. La ratio responde hoy
a una verdadera urgencia: de un lado indica el modo de transmitir el espíritu
del Instituto, para que sea vivido en su autenticidad por las nuevas
generaciones, en la diversidad de las culturas y de las situaciones
geográficas; de otro, muestra a las personas consagradas los medios para vivir
el mismo espíritu en las varias fases de la existencia, progresando hacia la
plena madurez de la fe en Cristo.Si bien es cierto que la renovación de la vida
consagrada depende principalmente de la formación, también es verdad que ésta,
a su vez, está unida a la capacidad de proponer un método rico de sabiduría
espiritual y pedagógica, que conduzca de manera progresiva a quienes desean
consagrarse a asumir los sentimientos de Cristo, el Señor. La formación es un
proceso vital a través del cual la persona se convierte al Verbo de Dios desde
lo más profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los
signos de Dios en las realidades del mundo. En una época de creciente
marginación de los valores religiosos por parte de la cultura, este aspecto de
la formación resulta doblemente importante: gracias a él la persona consagrada
no sólo puede continuar a « ver » con los ojos de la fe a Dios en un mundo que
ignora su presencia, sino que consigue incluso hacer « sensible » en cierto
modo su presencia mediante el testimonio del propio carisma.
La formación permanente
69. La formación permanente, tanto para los Institutos de
vida apostólica como para los de vida contemplativa, es una exigencia
intrínseca de la consagración religiosa. El proceso formativo, como se ha
dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitación humana, la
persona consagrada no podrá jamás suponer que ha completado la gestación de
aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de poseer en cada
circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo. La formación inicial,
por tanto, debe engarzarse con la formación permanente, creando en el
sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su vida.s
muy importante, por tanto, que cada Instituto incluya, como parte de la ratio
institutionis, la definición de un proyecto de formación permanente lo más
preciso y sistemático posible, cuyo objetivo primario sea el de acompañar a
cada persona consagrada con un programa que abarque toda su existencia. Ninguno
puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como
nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia.
Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para
excluir toda oportunidad de ser asistida y poder de este modo tener mayores
garantías de perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se
pueda dar por concluida la completa madurez de la persona.
En un dinamismo de fidelidad
70. Hay una juventud de espíritu que permanece en el tiempo
y que tiene que ver con el hecho de que el individuo busca y encuentra en cada
ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de
servir y de amar.n la vida consagrada, los primeros años de plena inserción
en la actividad apostólica representan una fase por sí misma crítica,
marcada por el paso de una vida guiada y tutelada a una situación de plena
responsabilidad operativa. Es importante que las personas consagradas
jóvenes sean alentadas y acompañadas por un hermano o una hermana que les
ayuden a vivir con plenitud la juventud de su amor y de su entusiasmo por
Cristo.La fase sucesiva puede presentar el riesgo de la rutina y la
consiguiente tentación de la desilusión por la escasez de los resultados. Es
necesario, pues, ayudar a las personas consagradas de media edad a revisar, a
luz del Evangelio y de la inspiración carismática, su opción originaria, y a no
confundir la totalidad de la entrega con la totalidad del resultado. Esto
permitirá dar nuevo empuje y nuevas motivaciones a la decisión tomada en su
día. Es la época de la búsqueda de lo esencial.En la fase de la edad madura,
junto con el crecimiento personal, puede presentarse el peligro de un cierto
individualismo, acompañado a veces del temor de no estar adecuados a los
tiempos, o de fenómenos de rigidez, de cerrazón, o de relajación. La formación
permanente tiene en este caso la función de ayudar no sólo a recuperar un tono
más alto de vida espiritual y apostólica, sino también a descubrir la
peculiaridad de esta fase existencial. En efecto, en ella, una vez purificados
algunos aspectos de la personalidad, el ofrecimiento de sí se eleva a Dios con
mayor pureza y generosidad, y revierte en los hermanos y hermanas de manera más
sosegada y discreta, a la vez que más transparente y rica de gracia. Es el don
y la experiencia de la paternidad y maternidad espiritual.La edad avanzada
presenta problemas nuevos, que se han de afrontar previamente con un esmerado
programa de apoyo espiritual. El progresivo alejamiento de la actividad, la
enfermedad en algunos casos o la inactividad forzosa, son una experiencia que
puede ser altamente formativa. Aunque sea un momento frecuentemente doloroso,
ofrece sin embargo a la persona consagrada anciana la oportunidad de dejarse
plasmar por la experiencia pascual, conformándose a Cristo crucificado que
cumple en todo la voluntad del Padre y se abandona en sus manos hasta
encomendarle el espíritu. Este es un nuevo modo de vivir la consagración, que
no está vinculado a la eficiencia propia de una tarea de gobierno o de un
trabajo apostólico.Cuando al fin llega el momento de unirse a la hora
suprema de la pasión del Señor, la persona consagrada sabe que el Padre
está llevando a cumplimiento en ella el misterioso proceso de formación
iniciado tiempo atrás. La muerte será entonces esperada y preparada como acto
de amor supremo y de entrega total de sí mismo.Es necesario añadir que,
independientemente de las varias etapas de la vida, cada edad puede pasar por
situaciones críticas bien a causa de diversos factores externos —cambio de
lugar o de oficio, dificultad en el trabajo o fracaso apostólico,
incomprensión, marginación, etc.—, bien por motivos más estrictamente personales,
como la enfermedad física o psíquica, la aridez espiritual, lutos, problemas de
relaciones interpersonales, fuertes tentaciones, crisis de fe o de identidad,
sensación de insignificancia, u otros semejantes. Cuando la fidelidad resulta
más difícil, es preciso ofrecer a la persona el auxilio de una mayor confianza
y un amor más grande, tanto a nivel personal como comunitario. Se hace
necesaria, sobre todo en estos momentos, la cercanía afectuosa del Superior;
mucho consuelo y aliento viene también de la ayuda cualificada de un hermano o
hermana, cuya disponibilidad y premura facilitarán un redescubrimiento del
sentido de la alianza que Dios ha sido el primero en establecer y que no dejará
de cumplir. La persona que se encuentra en un momento de prueba logrará de este
modo acoger la purificación y el anonadamiento como aspectos esenciales del
seguimiento de Cristo crucificado. La prueba misma se revelará como un
instrumento providencial de formación en las manos del Padre, como lucha no
sólo psicológica, entablada por el yo en relación consigo mismo y sus
debilidades, sino también religiosa, marcada cada día por la presencia
de Dios y por la fuerza poderosa de la Cruz.
Dimensiones de la formación permanente
71. Puesto que el sujeto de la formación
es la persona en cada fase de la vida, el término de la formación es la
totalidad del ser humano, llamado a buscar y amar a Dios « con todo el corazón,
con toda el alma y con todas las fuerzas » (Dt 6, 5) y al prójimo como a sí mismo
(cf. Lv 19, 18; Mt 22, 37-39). El amor a Dios y a los
hermanos es un dinamismo vigoroso que puede inspirar constantemente el camino
de crecimiento y de fidelidad.La vida en el Espíritu tiene obviamente la
primacía: en ella la persona consagrada encuentra su identidad y experimenta
una serenidad profunda, crece en la atención a las insinuaciones cotidianas de
la Palabra de Dios, y se deja guiar por la inspiración originaria del propio
Instituto. Bajo la acción del Espíritu se defienden con denuedo los tiempos de
oración, de silencio, de soledad, y se implora de lo Alto el don de la
sabiduría en las fatigas diarias (cf. Sb
9, 10).La dimensión humana y fraterna exige el conocimiento de sí
mismo y de los propios límites, para obtener el estímulo necesario y el apoyo
en el camino hacia la plena liberación. En el contexto actual revisten una
particular importancia la libertad interior de la persona consagrada, su
integración afectiva, la capacidad de comunicarse con todos, especialmente en
la propia comunidad, la serenidad de espíritu y la sensibilidad hacia aquellos
que sufren, el amor por la verdad y la coherencia efectiva entre el decir y el
hacer.La dimensión apostólica abre la mente y el corazón de la persona
consagrada, disponiéndola para el esfuerzo continuo de la acción, como signo
del amor de Cristo que la apremia (cf. 2Co
5, 14). Esto significa, en la práctica, la actualización de los métodos y
de los objetivos de las actividades apostólicas, en fidelidad al espíritu y al
fin pretendido por el fundador o fundadora, y a las tradiciones maduradas
sucesivamente, teniendo en cuenta las condiciones cambiantes de la historia y
la cultura, general o local, y del ambiente en que se actúa.La dimensión
cultural y profesional, fundada en una sólida formación teológica que
capacite al discernimiento, implica una actualización continua y una particular
atención a los diversos campos a los que se orienta cada uno de los carismas.
Es necesario por tanto mantener una mentalidad lo más flexible y abierta
posible, para que el servicio sea comprendido y desempeñado según las
exigencias del propio tiempo, sirviéndose de los instrumentos ofrecidos por el
progreso cultural.En la dimensión del carisma convergen, finalmente,
todos los demás aspectos, como en una síntesis que requiere una reflexión continua
sobre la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica,
como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo del
espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su misión, con el fin
de mejorar así la asimilación personal y comunitaria.
CAPITULO III
SERVITIUM CARITATIS
LA VIDA CONSAGRADA
EPIFANIA DEL AMOR DE DIOS EN EL MUNDO
Consagrados para la misión
. A imagen de Jesús, el Hijo predilecto « a quien el Padre
ha santificado y enviado al mundo » (Jn
10, 36), también aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son
consagrados y enviados al mundo para imitar su ejemplo y continuar su misión.
Esto vale fundamentalmente para todo discípulo. Pero es válido en especial para
cuantos son llamados a seguir a Cristo « más de cerca » en la forma
característica de la vida consagrada, haciendo de El el « todo » de su
existencia. En su llamada está incluida por tanto la tarea de dedicarse
totalmente a la misión; más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción
del Espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y de todo carisma, se
hace misión, como lo ha sido la vida entera de Jesús. La profesión de los
consejos evangélicos, al hacer a la persona totalmente libre para la causa del
Evangelio, muestra también la trascendencia que tiene para la misión. Se debe
pues afirmar que la misión es esencial para cada Instituto, no solamente
en los de vida apostólica activa, sino también en los de vida contemplativa.
En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en
el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Este
es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se
deja conformar a Cristo, más lo hace presente y operante en el mundo para la
salvación de los hombres.Se puede decir por tanto que la persona consagrada
está « en misión » en virtud de su misma consagración, manifestada según el
proyecto del propio Instituto. Es obvio que, cuando el carisma fundacional
contempla actividades pastorales, el testimonio de vida y las obras de
apostolado o de promoción humana son igualmente necesarias: ambas representan a
Cristo, que es al mismo tiempo el consagrado a la gloria del Padre y el enviado
al mundo para la salvación de los hermanos y hermanas.a vida religiosa, además,
participa en la misión de Cristo con otro elemento particular y propio: la
vida fraterna en comunidad para la misión. La vida religiosa será, pues, tanto
más apostólica, cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna
la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica del
Instituto.
Al servicio de Dios y del hombre
73. La vida consagrada tiene la misión
profética de recordar y servir el designio de Dios sobre los hombres,
tal como ha sido anunciado por las Escrituras, y como se desprende de una
atenta lectura de los signos de la acción providencial de Dios en la historia.
Es el proyecto de una humanidad salvada y reconciliada (cf. Co 2,
20-22). Para realizar adecuadamente este servicio, las personas consagradas han
de poseer una profunda experiencia de Dios y tomar conciencia de los retos del
propio tiempo, captando su sentido teológico profundo mediante el discernimiento
efectuado con la ayuda del Espíritu Santo. En realidad, tras los
acontecimientos de la historia se esconde frecuentemente la llamada de Dios a
trabajar según sus planes, con una inserción activa y fecunda en los
acontecimientos de nuestro tiempo.l discernimiento de los signos de los
tiempos, como dice el Concilio, ha de hacerse a la luz del Evangelio, de tal
modo que se « pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre
el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas
».Es necesario, pues, estar abiertos a la voz interior del Espíritu que invita
a acoger en lo más hondo los designios de la Providencia. El llama a la vida
consagrada para que elabore nuevas respuestas a los nuevos problemas del mundo
de hoy. Son un reclamo divino del que sólo las almas habituadas a buscar en
todo la voluntad de Dios saben percibir con nitidez y traducir después con
valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma original, como con las
exigencias de la situación histórica concreta.Ante los numerosos problemas y
urgencias que en ocasiones parecen comprometer y avasallar incluso la vida
consagrada, los llamados sienten la exigencia de llevar en el corazón y en la
oración las muchas necesidades del mundo entero, actuando con audacia en los
campos respectivos del propio carisma fundacional. Su entrega deberá ser,
obviamente, guiada por el discernimiento sobrenatural, que sabe
distinguir entre lo que viene del Espíritu y lo que le es contrario (cf. Ga 5, 16-17.22; 1Jn 4, 6). Mediante la fidelidad a la
Regla y a las Constituciones, conservan la plena comunión con la Iglesia.e este
modo la vida consagrada no se limitará a leer los signos de los tiempos, sino
que contribuirá también a elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de
evangelización para las situaciones actuales. Todo esto con la certeza,
basada en la fe, de que el Espíritu sabe dar las respuestas más apropiadas incluso
a las más espinosas cuestiones. Será bueno a este respecto recordar algo que
han enseñado siempre los grandes protagonistas del apostolado: hay que confiar
en Dios como si todo dependiese de El y, al mismo tiempo, empeñarse con toda
generosidad como si todo dependiera de nosotros.
Colaboración eclesial y espiritualidad
apostólica
74. Se ha de hacer todo en comunión y en diálogo con
las otras instancias eclesiales. Los retos de la misión son de tal envergadura
que no pueden ser acometidos eficazmente sin la colaboración, tanto en el
discernimiento como en la acción, de todos los miembros de la Iglesia.
Difícilmente los individuos aislados tienen una respuesta completa: ésta puede
surgir normalmente de la confrontación y del diálogo. En particular, la comunión
operativa entre los diversos carismas asegurará, además de un enriquecimiento
recíproco, una eficacia más incisiva en la misión. La experiencia de estos años
confirma sobradamente que « el diálogo es el nuevo nombre de la caridad »,
especialmente de la caridad eclesial; el diálogo ayuda a ver los problemas en
sus dimensiones reales y permite abordarlos con mayores esperanzas de éxito. La
vida consagrada, por el hecho de cultivar el valor de la vida fraterna,
representa una privilegiada experiencia de diálogo. Por eso puede contribuir a
crear un clima de aceptación recíproca, en el que los diversos sujetos
eclesiales, al sentirse valorizados por lo que son, confluyan con mayor
convencimiento en la comunión eclesial, encaminada a la gran misión universal.Los
Institutos comprometidos en una u otra modalidad de servicio apostólico han de
cultivar, en fin, una sólida espiritualidad de la acción, viendo a Dios
en todas las cosas, y todas las cosas en Dios. En efecto, « se ha de saber que,
como el buen orden de la vida consiste en tender de la vida activa a la
contemplativa, también por lo general el alma vuelve útilmente de la vida
contemplativa a la activa para realizar con mayor perfección la vida activa,
por lo mismo que la vida contemplativa enfervoriza a la activa ».Jesús mismo
nos ha dado perfecto ejemplo de cómo se pueden unir la comunión con el Padre y
una vida intensamente activa. Sin la tensión continua hacia esta unidad, se
corre el riesgo de un colapso interior, de desorientación y de desánimo. La íntima
unión entre contemplación y acción permitirá, hoy como ayer, acometer las
misiones más difíciles.
I. EL AMOR HASTA EL EXTREMO
Amar con el corazón de Cristo
75. « Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena [...] se levanta
de la mesa [...] se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con
la toalla con que estaba ceñido » (Jn
13, 1-2.4-5).En el gesto de lavar los pies a sus discípulos, Jesús revela
la profundidad del amor de Dios por el hombre: ¡en El, Dios mismo se pone al
servicio de los hombres! El revela al mismo tiempo el sentido de la vida
cristiana y, con mayor motivo, de la vida consagrada, que es vida de amor
oblativo, de concreto y generoso servicio. Siguiendo los pasos del Hijo del
hombre, que « no ha venido a ser servido, sino a servir » (Mt 20, 28), la vida consagrada, al
menos en los mejores períodos de su larga historia, se ha caracterizado por
este « lavar los pies », es decir, por el servicio, especialmente a los más
pobres y necesitados. Ella, por una parte, contempla el misterio sublime del
Verbo en el seno del Padre (cf. Jn 1, 1),
mientras que, por otra, sigue al mismo Verbo que se hace carne (cf. Jn 1, 14), se abaja, se humilla para
servir a los hombres. Las personas que siguen a Cristo en la vía de los
consejos evangélicos desean, también hoy, ir allá donde Cristo fue y hacer lo
que El hizo.El llama continuamente a nuevos discípulos, hombres y mujeres, para
comunicarles, mediante la efusión del Espíritu (cf. Rm 5, 5), el ágape divino, su
modo de amar, apremiándolos a servir a los demás en la entrega humilde de sí
mismos, lejos de cualquier cálculo interesado. A Pedro que, extasiado ante la
luz de la Transfiguración, exclama: « Señor, bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4), le invita a volver a los
caminos del mundo para continuar sirviendo el Reino de Dios: « Desciende,
Pedro; tú, que deseabas descansar en el monte, desciende y predica la Palabra,
insiste a tiempo y a destiempo, arguye y exhorta, increpa con toda longanimidad
y doctrina. Trabaja, suda, padece algunos tormentos a fin de llegar, por el
brillo y hermosura de las obras hechas en caridad, a poseer eso que simbolizan
los blancos vestidos del Señor ».La mirada fija en el rostro del Señor no
atenúa en el apóstol el compromiso por el hombre; más bien lo potencia,
capacitándole para incidir mejor en la historia y liberarla de todo lo que la
desfigura.La búsqueda de la belleza divina mueve a las personas consagradas a
velar por la imagen divina deformada en los rostros de tantos hermanos y
hermanas, rostros desfigurados por el hambre, rostros desilusionados por
promesas políticas; rostros humillados de quien ve despreciada su propia
cultura; rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada;
rostros angustiados de menores; rostros de mujeres ofendidas y humilladas;
rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna acogida; rostros de
ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna.La vida consagrada
muestra de este modo, con la elocuencia de las obras, que la caridad divina es
fundamento y estímulo del amor gratuito y operante. Bien convencido de ello
estaba san Vicente de Paúl cuando indicaba como programa de vida a la Hijas de
la Caridad el « entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirlo material
y espiritualmente en la persona de los pobres, en sus casas o en otros sitios,
para instruir a las jóvenes menesterosas, a los niños y, en general, a todos
aquellos que os manda la divina Providencia ».ntre los posibles ámbitos de la
caridad, el que sin duda manifiesta en nuestros días y por un título especial
el amor al mundo « hasta el extremo », es el anuncio apasionado de Jesucristo a
quienes aún no lo conocen, a quienes lo han olvidado y, de manera preferencial,
a los pobres.
Aportación específica de la vida
consagrada a la evangelización
76. La aportación específica que los
consagrados y consagradas ofrecen a la evangelización está, ante todo, en el
testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos, a
imitación del Salvador que, por amor del hombre, se hizo siervo. En la obra de
la salvación, en efecto, todo proviene de la participación en el ágape
divino. Las personas consagradas hacen visible, en su consagración y total
entrega, la presencia amorosa y salvadora de Cristo, el consagrado del Padre,
enviado en misión.Ellas, dejándose conquistar por El (cf. Flp 3, 12), se disponen para
convertirse, en cierto modo, en una prolongación de su humanidad.La vida
consagrada es una prueba elocuente de que, cuanto más se vive de Cristo, tanto
mejor se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la
misión y aceptando los mayores riesgos.
La primera evangelización: anunciar a
Cristo a las gentes
77. Quien ama a Dios, Padre de todos, ama necesariamente a
sus semejantes, en los que reconoce otros tantos hermanos y hermanas.
Precisamente por eso no puede permanecer indiferente ante el hecho de que
muchos de ellos no conocen la plena manifestación del amor de Dios en Cristo.
De aquí nace principalmente, obedeciendo el mandato de Cristo, el impulso
misionero Ad gentes, que todo cristiano
consciente comparte con la Iglesia, misionera por su misma naturaleza. Es un
impulso sentido sobre todo por los miembros de los Institutos, sean de vida
contemplativa o activa.Las personas consagradas, en efecto, tienen la tarea de
hacer presente también entre los no cristianosa Cristo casto, pobre, obediente,
orante y misionero.En virtud de su más íntima consagración a Dios, y
permaneciendo dinámicamente fieles a su carisma, no pueden dejar de sentirse
implicadas en una singular colaboración con la actividad misionera de la
Iglesia. El deseo tantas veces repetido de Teresa de Lisieux, « amarte y
hacerte amar »; el anhelo ardiente de san Francisco Javier: « Así como van
estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta de que Dios, nuestro Señor,
les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se
moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro
de sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus
propias afecciones, diciendo: ?Aquí estoy, Señor, ?qué debo hacer? Envíame a
donde quieras' »;así como otros testimonios parecidos de innumerables almas
santas, manifiestan la irrenunciable tensión misionera que distingue y
caracteriza la vida consagrada.
Presentes en todos los rincones de la
tierra
78. « El amor de Cristo nos apremia » (2Co 5, 14): los miembros de cada
Instituto deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser tarea de la
vida consagrada el trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el
Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las
regiones más lejanas.De hecho, la historia misionera testimonia la gran
aportación que han dado a la evangelización de los pueblos: desde las antiguas
Familias monásticas hasta las más recientes Fundaciones dedicadas de manera
exclusiva a la misión Ad gentes, desde
los Institutos de vida activa a los de vida contemplativa, innumerables
personas han gastado sus energías en esta « actividad primaria de la Iglesia,
esencial y nunca concluida », puesto que se dirige a la multitud creciente de
aquellos que no conocen a Cristo.Este deber continúa urgiendo hoy a los
Institutos de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica: el anuncio
del Evangelio de Cristo espera de ellos la máxima aportación posible. También
los Institutos que surgen y que operan en las Iglesias jóvenes están invitados
a abrirse a la misión entre los no cristianos, dentro y fuera de su patria. A
pesar de las comprensibles dificultades que algunos de ellos puedan atravesar,
conviene recordar a todos que, así como « la fe se fortalece dándola », también
la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo y
nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la actividad
misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas formas de vida
consagrada.La misión Ad gentes ofrece
especiales y extraordinarias oportunidades a las mujeres consagradas, a los
religiosos hermanos y a los miembros de Institutos seculares, para una acción
apostólica particularmente incisiva. Estos últimos, además, con su presencia en
los diversos ámbitos típicos de la vida laical, pueden desarrollar una preciosa
labor de evangelización de los ambientes, de las estructuras y de las mismas
leyes que regulan la convivencia. Ellos pueden también testimoniar los valores
evangélicos estando al lado de personas que no conocen aún a Jesús,
contribuyendo de este modo específico a la misión.Se ha de subrayar que en los
países donde tienen amplia raigambre religiones no cristianas, la presencia de
la vida consagrada adquiere una gran importancia, tanto con actividades
educativas, caritativas y culturales, como con el signo de la vida
contemplativa. Por esto se debe alentar de manera especial la fundación en la
nuevas Iglesias de comunidades entregadas a la contemplación, dado que « la
vida contemplativa pertenece a la plenitud de la presencia de la Iglesia ».Es preciso,
además, promover con medios adecuados una distribución equitativa de la vida
consagrada en sus varias formas, para suscitar un nuevo impulso evangelizador,
bien con el envío de misioneros y misioneras, bien con la debida ayuda de los
Institutos de vida consagrada a las diócesis más pobres.
Anuncio de Cristo e inculturación
79. El anuncio de Cristo tiene la
prioridad permanente en la misión de la Iglesiay tiende a la conversión, esto
es, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio.Forman parte
también de la actividad misionera el proceso de inculturación y el diálogo
interreligioso. El reto de la inculturación ha de ser asumido por las personas
consagradas como una llamada a colaborar con la gracia para lograr un
acercamiento a las diversas culturas. Esto supone una seria preparación
personal, dotes de maduro discernimiento, adhesión fiel a los indispensables
criterios de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión
eclesial.Apoyados en el carisma de los fundadores y fundadoras, muchas personas
consagradas han sabido acercarse a las diversas culturas con la actitud de
Jesús que « se despojó de sí mismo tomando condición de siervo » (Flp 2, 7) y, con un esfuerzo audaz y
paciente de diálogo, han establecido provechosos contactos con las gentes más
diversas, anunciando a todos el camino de la salvación. Cuántas de ellas saben
buscar y son capaces de encontrar en la historia de las personas y de los
pueblos huellas de la presencia de Dios, que guía a la humanidad entera hacia
el discernimiento de los signos de su voluntad redentora. Tal búsqueda es
ventajosa para las mismas personas consagradas: en efecto, los valores
descubiertos en las diversas civilizaciones pueden animarlas a incrementar su
compromiso de contemplación y de oración, a practicar más intensamente el
compartir comunitario y la hospitalidad, a cultivar con mayor diligencia el
interés por la persona y el respeto por la naturaleza.Para una auténtica
inculturación es necesaria una actitud parecida a la del Señor, cuando se
encarnó y vino con amor y humildad entre nosotros. En este sentido la vida
consagrada prepara a las personas para hacer frente a la compleja y ardua tarea
de la inculturación, porque las habitúa al desprendimiento de las cosas,
incluidos muchos aspectos de la propia cultura. Aplicándose con estas actitudes
al estudio y a la comprensión de las culturas, los consagrados pueden discernir
mejor en ellas los valores auténticos y el modo en que pueden ser acogidos y
perfeccionados, con ayuda del propio carisma.De todos modos, no se ha de
olvidar que en muchas culturas antiguas la expresión religiosa está de tal modo
integrada en ellas, que la religión representa frecuentemente la dimensión
trascendente de la cultura misma. En este caso, una verdadera inculturación
comporta necesariamente un serio y abierto diálogo interreligioso, que « no
está en contraposición con la misión Ad gentes:
y que no dispensa de la evangelización ».
Inculturación de la vida consagrada
80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí
portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con
autenticidad, puede ofrecer una aportación original a los retos de la
inculturación. En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino,
la vida consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la
conciencia de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su propia fuerza
profética se convierte, en el entramado de una cultura, en fermento evangélico
capaz de purificarla y hacerla evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos
santos y santas que, en épocas diversas, han sabido vivir en el propio tiempo
sin dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su generación. El estilo
de vida evangélico es una fuente importante para proponer un nuevo modelo
cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias
de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun con las limitaciones que
ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta cultural
innovadora.Las comunidades de los Institutos religiosos y de las Sociedades de
vida apostólica pueden plantear perspectivas culturales concretas y
significativas cuando testimonian el modo evangélico de vivir la acogida
recíproca en la diversidad y del ejercicio de la autoridad, la común
participación en los bienes materiales y espirituales, la internacionalidad, la
colaboración intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a Cristo más de
cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura de referencia, pone
al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia que sólo Dios da fuerza y
plenitud a los valores. A su vez, una auténtica inculturación ayudará a las
personas consagradas a vivir el radicalismo evangélico según el carisma del
propio Instituto y la idiosincrasia del pueblo con el cual entran en contacto.
De esta fecunda relación surgirán estilos de vida y métodos pastorales que
pueden ser una riqueza para todo el Instituto, si se demuestran coherentes con
el carisma fundacional y con la acción unificadora del Espíritu Santo. En este
proceso, hecho de discernimiento y de audacia, de diálogo y de provocación
evangélica, la Santa Sede es una garantía para seguir el recto camino, y a ella
compete la función de animar la evangelización de las culturas, de autentificar
su desarrollo, y de sancionar los logros en orden a la inculturación, tarea
ésta « difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al
Evangelio y a la tradición apostólica en la evolución constante de las culturas
».
La nueva evangelización
81. Para hacer frente de manera adecuada a los grandes desafíos
que la historia actual pone a la nueva evangelización, se requiere que la vida
consagrada se deje interpelar continuamente por la Palabra revelada y por los
signos de los tiempos.El recuerdo de las grandes evangelizadoras y de los
grandes evangelizadores, que fueron antes grandes evangelizados, pone de
manifiesto cómo, para afrontar el mundo de hoy hacen falta personas entregadas
amorosamente al Señor y a su Evangelio. « Las personas consagradas, en virtud
de su vocación específica, están llamadas a manifestar la unidad entre
autoevangelización y testimonio, entre renovación interior y apostólica, entre
ser y actuar, poniendo de relieve que el dinamismo deriva siempre del primer
elemento del binomio ».La nueva evangelización, como la de siempre, será eficaz
si sabe proclamar desde los tejados lo que ha vivido en la intimidad con el
Señor. Para ello se requieren personalidades sólidas, animadas por el fervor de
los santos. La nueva evangelización exige de los consagrados y consagradas una plena
conciencia del sentido teológico de los retos de nuestro tiempo. Estos
retos han de ser examinados con cuidadoso y común discernimiento, para lograr
una renovación de la misión. La audacia con que se anuncia al Señor Jesús debe
estar acompañada de la confianza en la acción de la Providencia, que actúa en
el mundo y que « hace que todas las cosas, incluso los fracasos del hombre,
contribuyan al bien de la Iglesia ».ara una provechosa inserción de los
Institutos en el proceso de la nueva evangelización es importante la fidelidad
al carisma fundacional, la comunión con todos aquellos que en la Iglesia están
comprometidos en la misma empresa, especialmente con los Pastores, y la
cooperación con todos los hombres de buena voluntad. Esto exige un serio
discernimiento de las llamadas que el Espíritu dirige a cada Instituto, tanto
en aquellas regiones en las que no se vislumbran grandes progresos inmediatos,
como en otras zonas donde se percibe un rebrote esperanzador. Las personas
consagradas han de ser pregoneras entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y
lugar, y estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica a los
interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón humano y de sus
necesidades más urgentes.
Predilección por los pobres y promoción de
la justicia
82. En los comienzos de su ministerio,
Jesús proclama, en la sinagoga de Nazaret, que el Espíritu lo ha consagrado
para llevar a los pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación a los
cautivos, restituir la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos, y
predicar un año de gracia del Señor (cf. Lc
4, 16-19). Haciendo propia la misión del Señor, la Iglesia anuncia el
Evangelio a todos los hombres y mujeres, para su salvación integral. Pero se
dirige con una atención especial, con una auténtica « opción preferencial », a
quienes se encuentran en una situación de mayor debilidad y, por tanto,
de más grave necesidad. « Pobres », en las múltiples dimensiones de la pobreza,
son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y
cuantos son considerados y tratados como los « últimos » en la sociedad.La
opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según
Cristo. A ella están pues obligados todos los discípulos de Cristo; no
obstante, aquellos que quieren seguir al Señor más de cerca, imitando sus
actitudes, deben sentirse implicados en ella de una manera del todo singular.
La sinceridad de su respuesta al amor de Cristo les conduce a vivir como pobres
y abrazar la causa de los pobres. Esto comporta para cada Instituto, según su
carisma específico, la adopción de un estilo de vida humilde y austero,
tanto personal como comunitariamente. Las personas consagradas, cimentadas en
este testimonio de vida, estarán en condiciones de denunciar, de la manera más
adecuada a su propia opción y permaneciendo libres de ideologías políticas, las
injusticias cometidas contra tantos hijos e hijas de Dios, y de comprometerse
en la promoción de la justicia en el ambiente social en el que actúan.De este
modo, incluso en las actuales situaciones será renovada, a través del
testimonio de innumerables personas consagradas, la entrega que caracterizó a
fundadores y fundadoras que gastaron su vida para servir al Señor presente en
los pobres. En efecto, Cristo « es indigente aquí en la persona de sus pobres
[...]. En cuanto Dios, rico; en cuanto hombre pobre. Cierto ese Hombre subió ya
rico al cielo donde se halla sentado a la derecha del Padre; mas aquí, entre
nosotros, todavía padece hambre, sed y desnudez ».l Evangelio se hace operante
mediante la caridad, que es gloria de la Iglesia y signo de su fidelidad al
Señor. Lo demuestra toda la historia de la vida consagrada, que se puede
considerar como una exégesis viviente de la palabra de Jesús: « Cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40). Muchos Institutos,
especialmente en la época moderna, han surgido precisamente para atender a una
u otra necesidad de los pobres. Pero aun en los casos en que ésta no haya sido
la finalidad determinante, la atención y la solicitud por los necesitados,
manifestada a través de la oración, la acogida y la hospitalidad, han
acompañado naturalmente las diversas formas de vida consagrada, incluidas las
de vida contemplativa. ?Cómo podría ser de otro modo, desde el momento en que
el Cristo descubierto en la contemplación es el mismo que vive y sufre en los
pobres? En este sentido la historia de la vida consagrada es rica de
maravillosos ejemplos, a veces geniales. San Paulino de Nola, después de haber
distribuido sus bienes para consagrarse enteramente a Dios, hizo levantar las
celdas de su monasterio sobre un hospicio destinado precisamente a los menesterosos.
El gozaba al pensar en este singular « intercambio de dones »: los pobres que
él socorría afianzaban con sus plegarias los « fundamentos » mismos de su casa,
entregada totalmente a la alabanza de Dios.A san Vicente de Paúl, por su parte,
le gustaba decir que, cuando se está obligado a dejar la oración para atender a
un pobre en necesidad, en realidad la oración no se interrumpe, porque « se
deja a Dios por Dios ».ervir a los pobres es un acto de evangelización y, al
mismo tiempo, signo de autenticidad evangélica y estímulo de conversión
permanente para la vida consagrada, puesto que, como dice san Gregorio Magno, «
cuando uno se abaja a lo más bajo de sus prójimos, entonces se eleva
admirablemente a la más alta caridad, ya que si con benignidad desciende a lo
inferior, valerosamente retorna a lo superior ».
El cuidado de los enfermos
83. Siguiendo una gloriosa tradición, un
gran número de personas consagradas, sobre todo mujeres, ejercen su apostolado
en el sector de la sanidad según el carisma del propio Instituto. Muchas son
las personas consagradas que han sacrificado su vida a lo largo de los
siglos en el servicio a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando
que la entrega hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida consagrada.La
Iglesia admira y agradece a las personas consagradas que, asistiendo a los
enfermos y a los que sufren, contribuyen de manera significativa a su misión.
Prolongan el ministerio de misericordia de Cristo, que pasó « haciendo el bien
y curando a todos » (Hch 10, 38).
Que, siguiendo las huellas de Cristo, divino Samaritano, médico del cuerpo y
del alma, y a ejemplo de los respectivos fundadores y fundadoras, las personas
consagradas que se dedican a estos menesteres en virtud del carisma del propio
Instituto, perseveren en su testimonio de amor hacia los enfermos, dedicándose
a ellos con profunda comprensión y participación. Que en sus decisiones
otorguen un lugar privilegiado a los enfermos más pobres y abandonados, así
como a los ancianos, incapacitados, marginados, enfermos terminales y víctimas
de la droga y de las nuevas enfermedades contagiosas. Han de fomentar que los
enfermos ofrezcan su dolor en comunión con Cristo crucificado y glorificado
para la salvación de todosy, más aún, que alimenten en ellos la conciencia de
ser, con la palabra y con las obras, sujetos activos de pastoral a
través del peculiar carisma de la cruz.a Iglesia también recuerda a los
consagrados y consagradas que es parte de su misión el evangelizar los
ambientes sanitarios en que trabajan, tratando de iluminar, a través de la
comunicación de los valores evangélicos, el modo de vivir, sufrir y morir de
los hombres de nuestro tiempo. Es tarea propia dedicarse a la humanización de
la medicina y a la profundización de la bioética, al servicio del Evangelio de
la vida. Que promuevan por tanto, ante todo, el respeto de la persona y de la
vida humana desde la concepción hasta su término natural, en plena conformidad
con las enseñanzas morales de la Iglesia, instituyendo también para ello
centros de formacióny colaborando fraternalmente con los organismos eclesiales
de la pastoral sanitaria.
II. UN TESTIMONIO PROFETICO ANTE LOS GRANDES
RETOS
El profetismo de la vida consagrada
84. Los Padres sinodales han destacado el carácter
profético de la vida consagrada, como una forma de especial participación en
la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el
Pueblo de Dios. Es un profetismo inherente a la vida consagrada en cuanto tal,
por el radical seguimiento de Jesús y la consiguiente entrega a la misión que
la caracteriza. La función de signo, que el Concilio Vaticano II reconoce a la
vida consagrada, se manifiesta en el testimonio profético de la primacía de
Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana. En virtud de esta
primacía no se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y por los
pobres en los que El vive.a tradición patrística ha visto una figura de la vida
religiosa monástica en Elías, profeta audaz y amigo de Dios.Vivía en su
presencia y contemplaba en silencio su paso, intercedía por el pueblo y
proclamaba con valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y se erguía
en defensa de los pobres contra los poderosos del mundo (cf. 1Re 18-19).
En la historia de la Iglesia, junto con otros cristianos, no han faltado
hombres y mujeres consagrados a Dios que, por un singular don del Espíritu, han
ejercido un auténtico ministerio profético, hablando a todos en nombre de Dios,
incluso a los Pastores de la Iglesia. La verdadera profecía nace de Dios,
de la amistad con El, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas
circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión
por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la
oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose
portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado. El testimonio profético
exige la búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios, la generosa e
imprescindible comunión eclesial, el ejercicio del discernimiento espiritual y
el amor por la verdad. También se manifiesta en la denuncia de todo aquello que
contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación
del Evangelio para la construcción del Reino de Dios.
Su importancia para el mundo contemporáneo
85. En nuestro mundo, en el que parece haberse perdido el
rastro de Dios, es urgente un audaz testimonio profético por parte de las
personas consagradas. Un testimonio ante todo de la afirmación de la
primacía de Dios y de los bienes futuros, como se desprende del seguimiento
y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente entregado a la
gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas. La misma vida fraterna
es un acto profético, en una sociedad en la que se esconde, a veces sin darse
cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras. La fidelidad al propio
carisma conduce a las personas consagradas a dar por doquier un testimonio
cualificado, con la lealtad del profeta que no teme arriesgar incluso la propia
vida.Una especial fuerza persuasiva de la profecía deriva de la coherencia
entre el anuncio y la vida. Las personas consagradas serán fieles a su
misión en la Iglesia y en el mundo en la medida que sean capaces de hacer un
examen continuo de sí mismas a la luz de la Palabra de Dios.De este modo podrán
enriquecer a los demás fieles con los bienes carismáticos recibidos, dejándose
interpelar a su vez por las voces proféticas provenientes de los otros miembros
eclesiales. En este intercambio de dones, garantizado por la plena sintonía
con el Magisterio y la disciplina de la Iglesia, brillará la acción del
Espíritu Santo que « la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige
con diversos dones jerárquicos y carismáticos ».
Fidelidad hasta el martirio
86. En este siglo, como en otras épocas de la historia,
hombres y mujeres consagrados han dado testimonio de Cristo, el Señor, con
la entrega de la propia vida. Son miles los que obligados a vivir en
clandestinidad por regímenes totalitarios o grupos violentos, obstaculizados en
las actividades misioneras, en la ayuda a los pobres, en la asistencia a los
enfermos y marginados, han vivido y viven su consagración con largos y heroicos
padecimientos, llegando frecuentemente a dar su sangre, en perfecta
conformación con Cristo crucificado. La Iglesia ha reconocido ya oficialmente
la santidad de algunos de ellos y los honra como mártires de Cristo, que nos
iluminan con su ejemplo, interceden por nuestra fidelidad y nos esperan en la
gloria.Es de desear vivamente que permanezca en la conciencia de la Iglesia la
memoria de tantos testigos de la fe, como incentivo para su celebración y su
imitación. Los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica han de contribuir a esta tarea recogiendo los nombres y los
testimonios de las personas consagradas que puedan ser inscritas en el
Martirologio del siglo XX.
Los grandes retos de la vida consagrada
87. El cometido profético de la vida consagrada surge de tres
desafíos principales dirigidos a la Iglesia misma: son desafíos de siempre,
que la sociedad contemporánea, al menos en algunas partes del mundo, lanza con
formas nuevas y tal vez más radicales. Atañen directamente a los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y alientan a la Iglesia y
especialmente a las personas consagradas a clarificar y dar testimonio de su
profundo significado antropológico. En efecto, la elección de estos
consejos lejos de ser un empobrecimiento de los valores auténticamente humanos,
se presenta más bien como una transfiguración de los mismos. Los consejos
evangélicos no han de ser considerados como una negación de los valores
inherentes a la sexualidad, al legítimo deseo de disponer de los bienes
materiales y de decidir autónomamente de sí mismo. Estas inclinaciones, en
cuanto fundadas en la naturaleza, son buenas en sí mismas. La criatura humana,
no obstante, al estar debilitada por el pecado original, corre el peligro de
secundarlas de manera desordenada. La profesión de castidad, pobreza y
obediencia supone una voz de alerta para no infravalorar las heridas producidas
por el pecado original, al mismo tiempo que, aun afirmando el valor de los
bienes creados, los relativiza, presentando a Dios como el bien
absoluto. Así, aquellos que siguen los consejos evangélicos, al mismo tiempo
que buscan la propia santificación, proponen, por así decirlo, una « terapia
espiritual » para la humanidad, puesto que rechazan la idolatría de las
criaturas y hacen visible de algún modo al Dios viviente. La vida consagrada,
especialmente en los momentos de dificultad, es una bendición para la vida
humana y para la misma vida eclesial.
El reto de la castidad consagrada
88. La primera provocación
proviene de una cultura edonística que deslinda la sexualidad de
cualquier norma moral objetiva, reduciéndola frecuentemente a mero juego y
objeto de consumo, transigiendo, con la complicidad de los medios de
comunicación social, con una especie de idolatría del instinto. Sus
consecuencias están a la vista de todos: prevaricaciones de todo tipo, a las
que siguen innumerables daños psíquicos y morales para los individuos y las
familias. La respuesta de la vida consagrada consiste ante todo en la práctica
gozosa de la castidad perfecta, como testimonio de la fuerza del amor de
Dios en la fragilidad de la condición humana. La persona consagrada manifiesta
que lo que muchos creen imposible es posible y verdaderamente liberador con la
gracia del Señor Jesús. Sí, ¡en Cristo es posible amar a Dios con todo el
corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor, y amar así con la
libertad de Dios a todas las criaturas! Este testimonio es necesario hoy más
que nunca, precisamente porque es algo casi incomprensible en nuestro mundo. Es
un testimonio que se ofrece a cada persona —a los jóvenes, a los novios, a los
esposos y a las familias cristianas— para manifestar que la fuerza del amor
de Dios puede obrar grandes cosas precisamente en las vicisitudes del amor
humano, que trata de satisfacer una creciente necesidad de trasparencia
interior en las relaciones humanas.Es necesario que la vida consagrada presente
al mundo de hoy ejemplos de una castidad vivida por hombres y mujeres que
demuestren equilibrio, dominio de sí mismos, iniciativa, madurez psicológica y
afectiva.Gracias a este testimonio se ofrece al amor humano un punto de
referencia seguro, que la persona consagrada encuentra en la contemplación del
amor trinitario, que nos ha sido revelado en Cristo. Precisamente porque está
inmersa en este misterio, la persona consagrada se siente capaz de un amor
radical y universal, que le da la fuerza del autodominio y de la disciplina
necesarios para no caer en la esclavitud de los sentidos y de los instintos. La
castidad consagrada aparece de este modo como una experiencia de alegría y de
libertad. Iluminada por la fe en el Señor resucitado y por la esperanza en los
nuevos cielos y la nueva tierra (cf. Ap
21, 1), ofrece también estímulos valiosos para la educación en la castidad
propia de otros estados de vida.
El reto de la pobreza
89. Otra provocación está hoy representada por un materialismo
ávido de poseer, desinteresado de las exigencias y los sufrimientos de los
más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los
recursos de la naturaleza. La respuesta de la vida consagrada está en la
profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y
frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la
solidaridad y de la caridad.¡Cuántos Institutos se dedican a la educación, a la
instrucción y formación profesional, preparando a los jóvenes y a los no tan
jóvenes para ser protagonistas de su futuro! ¡Cuántas personas consagradas se
desgastan sin escatimar esfuerzos en favor de los últimos de la tierra!
¡Cuántas se afanan en formar a los futuros educadores y responsables de la vida
social, de tal modo que éstos se comprometan en la supresión de las estructuras
opresivas y a promover proyectos de solidaridad en favor de los pobres! Estas
personas consagradas luchan para vencer el hambre y sus causas, animando las
actividades del voluntariado y de las organizaciones humanitarias, y
sensibilizando a los organismos públicos y privados para propiciar así una
equitativa distribución de las ayudas internacionales. Mucho deben las naciones
a estos agentes emprendedores de la caridad que, con su incansable generosidad,
han dado y siguen dando una significativa aportación a la humanización del
mundo.
La pobreza evangélica al servicio de los
pobres
90. En realidad, antes aún de ser un servicio a los pobres,
la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la
primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre.Su primer
significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera
riqueza del corazón humano. Pero justamente por esto, la pobreza evangélica
contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como voz
profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar, corre
el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de
las cosas. Por este motivo, hoy más que en otros tiempos, esta voz atrae la
atención de aquellos que, conscientes de los limitados recursos de nuestro
planeta, propugnan el respeto y la defensa de la naturaleza creada mediante la
reducción del consumo, la sobriedad y una obligada moderación de los propios
apetitos.Se pide a las personas consagradas, pues, un nuevo y decidido
testimonio evangélico de abnegación y de sobriedad, un estilo de vida fraterna
inspirado en criterios de sencillez y de hospitalidad, para que sean así un
ejemplo también para todos los que permanecen indiferentes ante las necesidades
del prójimo. Este testimonio acompañará naturalmente el amor preferencial
por los pobres, y se manifestará de manera especial en el compartir las
condiciones de vida de los más desheredados. No son pocas las comunidades que
viven y trabajan entre los pobres y los marginados, compartiendo su condición y
participando de sus sufrimientos, problemas y peligros.Páginas importantes de
la historia de la solidaridad evangélica y de la entrega heroica han sido
escritas por personas consagradas en estos años de cambios profundos y de grandes
injusticias, de esperanzas y desilusiones, de importantes conquistas y de
amargas derrotas. Otras páginas no menos significativas han sido y están siendo
escritas aún hoy por innumerables personas consagradas que viven plenamente su
vida « oculta con Cristo en Dios » (Co 3, 3) para la salvación del
mundo, bajo el signo de la gratuidad, de la entrega de la propia vida a causas
poco reconocidas y aún menos vitoreadas. A través de estas formas, diversas y
complementarias, la vida consagrada participa de la extrema pobreza abrazada
por el Señor, y desempeña su papel específico en el misterio salvífico de su
encarnación y de su muerte redentora.
El reto de la libertad en la obediencia
91. La tercera provocación
proviene de aquellas concepciones de libertad que, en esta fundamental
prerrogativa humana, prescinden de su relación constitutiva con la verdad y con
la norma moral.En realidad, la cultura de la libertad es un auténtico valor,
íntimamente unido con el respeto de la persona humana. Pero, ?cómo no ver las
terribles consecuencias de injusticia e incluso de violencia a las que conduce,
en la vida de las personas y de los pueblos, el uso deformado de la
libertad?Una respuesta eficaz a esta situación es la obediencia que
caracteriza la vida consagrada. Esta hace presente de modo particularmente
vivo la obediencia de Cristo al Padre y, precisamente basándose en este
misterio, testimonia que no hay contradicción entre obediencia y libertad.
En efecto, la actitud del Hijo desvela el misterio de la libertad humana como
camino de obediencia a la voluntad del Padre, y el misterio de la obediencia
como camino para lograr progresivamente la verdadera libertad. Esto es lo que
quiere expresar la persona consagrada de manera específica con este voto, con
el cual pretende atestiguar la conciencia de una relación de filiación, que
desea asumir la voluntad paterna como alimento cotidiano (cf. Jn 4, 34), como su roca, su alegría,
su escudo y baluarte (cf. Sal 18, 3).
Demuestra así que crece en la plena verdad de sí misma permaneciendo unida a la
fuente de su existencia y ofreciendo el mensaje consolador: « Mucha es la paz
de los que aman tu ley, no hay tropiezo para ellos » (Sal 119, 165).
Cumplir juntos la voluntad del Padre
92. Este testimonio de las personas
consagradas tiene un significado particular en la vida religiosa por la
dimensión comunitaria que la caracteriza. La vida fraterna es el lugar
privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntos en
unión de espíritu y de corazón. La obediencia, vivificada por la caridad, une a
los miembros de un Instituto en un mismo testimonio y en una misma misión, aun
respetando la propia individualidad y la diversidad de dones. En la fraternidad
animada por el Espíritu, cada uno entabla con el otro un diálogo precioso para
descubrir la voluntad del Padre, y todos reconocen en quien preside la expresión
de la paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida de El, al
servicio del discernimiento y de la comunión.a vida de comunidad es además, de
modo particular, signo, ante la Iglesia y la sociedad, del vínculo que surge de
la misma llamada y de la voluntad común de obedecerla, por encima de cualquier
diversidad de raza y de origen, de lengua y cultura. Contra el espíritu de
discordia y división, la autoridad y la obediencia brillan como un signo de la
única paternidad que procede de Dios, de la fraternidad nacida del Espíritu, de
la libertad interior de quien se fía de Dios a pesar de los límites humanos de
los que lo representan. Mediante esta obediencia, asumida por algunos como
regla de vida, se experimenta y anuncia en favor de todos la bienaventuranza
prometida por Jesús a « los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (Lc 11, 28). Además, quien obedece
tiene la garantía de estar en misión, siguiendo al Señor y no buscando los
propios deseos o expectativas. Así es posible sentirse guiados por el Espíritu
del Señor y sostenidos, incluso en medio de grandes dificultades, por su mano
segura (cf. Hch 20, 22s).
Un decidido compromiso de vida espiritual
93. Una de las preocupaciones manifestadas
varias veces en el Sínodo ha sido el que la vida consagrada se nutra en las
fuentes de una sólida y profunda espiritualidad. Se trata, en efecto, de
una exigencia prioritaria radicada en la esencia misma de la vida consagrada,
desde el momento que, como cualquier bautizado pero por motivos aún más
apremiantes, quien profesa los consejos evangélicos está obligado a aspirar con
todas sus fuerzas a la perfección de la caridad.Este es un compromiso subrayado
vigorosamente por los innumerables ejemplos de santos fundadores y fundadoras,
y de tantas personas consagradas que han testimoniado la fidelidad a Cristo
hasta llegar al martirio. Aspirar a la santidad: este es en síntesis el
programa de toda vida consagrada, también en la perspectiva de su renovación en
los umbrales del tercer milenio. Un programa que debe empezar dejando todo por
Cristo (cf. Mt 4, 18-22; 19, 21.27;
Lc 5, 11), anteponiéndolo a
cualquier otra cosa para poder participar plenamente en su misterio pascual.San
Pablo lo había entendido bien cuando exclamaba: « Juzgo que todo es pérdida
ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús [...] y conocerle a El, el
poder de su resurrección » (Flp 3, 8.10).
Es también la senda indicada desde el principio por los Apóstoles, como
recuerda la tradición cristiana en Oriente y en Occidente: « Los que
actualmente siguen a Jesús abandonándolo todo por El, imitan a los Apóstoles
que, respondiendo a su invitación, renunciaron a todo lo demás. Por esta razón
tradicionalmente se suele hablar de la vida religiosa como apostolica
vivendi forma ».La misma tradición ha puesto también de relieve en la vida
consagrada la dimensión de una peculiar alianza con Dios, más aún, de una
alianza esponsal con Cristo, de la que san Pablo fue maestro con su ejemplo
(cf. 1Co 7, 7) y con su doctrina
proclamada bajo la guía del Espíritu (cf. 1Co 7, 40).Podemos decir que la vida
espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un
itinerario de progresiva fidelidad, en el que la persona consagrada es guiada
por el Espíritu y conformada por El a Cristo, en total comunión de amor y de
servicio en la Iglesia.Todos estos elementos, calando hondo en las varias
formas de vida consagrada, generan una espiritualidad peculiar, esto es,
un proyecto preciso de relación con Dios y con el ambiente circundante,
caracterizado por peculiares dinamismos espirituales y por opciones operativas
que resaltan y representan uno u otro aspecto del único misterio de Cristo.
Cuando la Iglesia reconoce una forma de vida consagrada o un Instituto,
garantiza que en su carisma espiritual y apostólico se dan todos los requisitos
objetivos para alcanzar la perfección evangélica personal y comunitaria.La vida
espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el programa de las
Familias de vida consagrada, de tal modo que cada Instituto y cada comunidad
aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica. De esta opción
prioritaria, desarrollada en el compromiso personal y comunitario, depende la
fecundidad apostólica, la generosidad en el amor a los pobres y el mismo
atractivo vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que puede conmover a las
personas de nuestro tiempo, también sedientas de valores absolutos, es
precisamente la cualidad espiritual de la vida consagrada, que se
transforma así en un fascinante testimonio.
A la escucha de la Palabra de Dios
94. La Palabra de Dios es la primera
fuente de toda espiritualidad cristiana. Ella alimenta una relación personal
con el Dios vivo y con su voluntad salvífica y santificadora. Por este motivo
la lectio divina ha sido tenida en la más alta estima desde el
nacimiento de los Institutos de vida consagrada, y de manera particular en el
monacato. Gracias a ella, la Palabra de Dios llega a la vida, sobre la cual
proyecta la luz de la sabiduría que es don del Espíritu. Aun cuando toda la
Sagrada Escritura sea « útil para enseñar » (2Tm 3, 16) y « fuente límpida y
perenne de vida espiritual », una particular veneración merecen los escritos
del Nuevo Testamento, sobre todo los Evangelios, que son « el corazón de todas
las Escrituras ».Será, pues, de gran ayuda para las personas consagradas la
meditación asidua de los textos evangélicos y de los demás escritos
neotestamentarios, que ilustran las palabras y los ejemplos de Cristo y de la
Virgen María, y la apostolica vivendi forma. A ellos se han referido
constantemente fundadores y fundadoras a la hora de acoger la vocación y de
discernir el carisma y la misión del propio Instituto.La meditación comunitaria
de la Biblia tiene un gran valor. Hecha según las posibilidades y las
circunstancias de la vida de comunidad, lleva al gozo de compartir la riqueza
descubierta en la Palabra de Dios, gracias a la cual los hermanos y las
hermanas crecen juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual. Conviene
incluso que se proponga esta práctica también a los otros miembros del Pueblo
de Dios, sacerdotes y laicos, promoviendo del modo más acorde al propio carisma
escuelas de oración, de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura, en
la que Dios « habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos
en su compañía ».omo enseña la tradición espiritual, de la meditación de la
Palabra de Dios, y de los misterios de Cristo en particular, nace la intensidad
de la contemplación y el ardor de la actividad apostólica. Tanto en la vida
religiosa contemplativa como en la activa, siempre han sido los hombres y
mujeres de oración quienes, como auténticos intérpretes y ejecutores de la
voluntad de Dios, han realizado grandes obras. Del contacto asiduo con la
Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para el discernimiento personal y
comunitario que les ha servido para buscar los caminos del Señor en los signos
de los tiempos. Han adquirido así una especie de instinto sobrenatural
que ha hecho posible el que, en vez de doblegarse a la mentalidad del mundo,
hayan renovado la propia mente, para poder discernir la voluntad de Dios,
aquello que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (cf. Rm 12, 2).
En comunión con Cristo
95. El medio fundamental para alimentar eficazmente la
comunión con el Señor es sin duda la sagrada liturgia, especialmente la Celebración
eucarística y la Liturgia de las Horas.Ante todo la Eucaristía, que «
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres », corazón de la vida
eclesial y también de la vida consagrada. Quien ha sido llamado a elegir a
Cristo como único sentido de su vida en la profesión de los consejos
evangélicos, ?cómo podría no desear instaurar con El una comunión cada vez más
íntima mediante la participación diaria en el Sacramento que lo hace presente,
en el sacrificio que actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete
que alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? Por su naturaleza la
Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria. Ella
es viático cotidiano y fuente de la espiritualidad de cada Instituto. En ella
cada consagrado está llamado a vivir el misterio pascual de Cristo, uniéndose a
El en el ofrecimiento de la propia vida al Padre mediante el Espíritu. La
asidua y prolongada adoración de la Eucaristía permite revivir la experiencia
de Pedro en la Transfiguración: « Bueno es estarnos aquí ». En la celebración
del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se afianza e incrementa la unidad y
la caridad de quienes han consagrado su existencia a Dios.Junto con la
Eucaristía, y en íntima relación con ella, la Liturgia de las Horas,
celebrada comunitaria o individualmente según la índole de cada Instituto y en
unión con la oración de la Iglesia, manifiesta la vocación a la alabanza y a la
intercesión propia de las personas consagradas.También el esfuerzo de una
continua conversión y de una necesaria purificación, que las personas
consagradas realizan mediante el sacramento de la Reconciliación, está
íntimamente vinculado a la Eucaristía. Ellas, a través del encuentro frecuente
con la misericordia de Dios, renuevan y acrisolan su corazón, al mismo tiempo
que, reconociendo humildemente sus pecados, hacen transparente la propia
relación con El. La gozosa experiencia del perdón sacramental, en el camino
compartido con los hermanos y hermanas, hace dócil el corazón y alienta el
compromiso por una creciente fidelidad.Para progresar en el camino evangélico,
especialmente en el periodo de formación y en ciertos momentos de la vida, es
de gran ayuda el recurso humilde y confiado a la dirección espiritual,
merced a la cual la persona recibe ánimos para responder con generosidad a las
mociones del Espíritu y orientarse decididamente hacia la santidad.Exhorto, en
fin, a todas las personas consagradas a que renueven cotidianamente, según las
propias tradiciones, su unión espiritual con la Virgen María, recorriendo con
ella los misterios del Hijo, particularmente con el rezo del Santo Rosario.
III. ALGUNOS AREOPAGOS DE LA MISION
Presencia en el mundo de la educación
96. La Iglesia ha sido siempre consciente
de que la educación es un elemento esencial de su misión. Su Maestro
interior es el Espíritu Santo, que penetra en las profundidades más recónditas
del corazón de cada hombre y conoce el secreto dinamismo de la historia. Toda
la Iglesia está animada por el Espíritu y con El lleva a cabo su acción
educativa. Dentro de la Iglesia, no obstante, a las personas consagradas les
corresponde una tarea específica en este campo, pues están llamadas a
introducir en el horizonte educativo el testimonio radical de los bienes del
Reino, propuestos a todo hombre en espera del encuentro definitivo con el Señor
de la historia. Por su especial consagración, por la peculiar experiencia de
los dones del Espíritu, por la escucha asidua de la Palabra y el ejercicio del
discernimiento, por el rico patrimonio de tradiciones educativas acumuladas a
través del tiempo por el propio Instituto, por el profundo conocimiento de la
verdad espiritual (cf. Ef 1, 17),
las personas consagradas están en condiciones de llevar a cabo una acción
educativa particularmente eficaz, contribuyendo específicamente a las
iniciativas de los demás educadores y educadoras.Las personas consagradas, con
este carisma, pueden dar vida a ambientes educativos impregnados del espíritu
evangélico de libertad y de caridad, en los que se ayude a los jóvenes a crecer
en humanidad bajo la guía del Espíritu.De este modo la comunidad educativa se
convierte en experiencia de comunión y lugar de gracia, en la que el proyecto
pedagógico contribuye a unir en una síntesis armónica lo divino y lo humano,
Evangelio y cultura, fe y vida.En la historia de la Iglesia, desde la
antigüedad hasta nuestros días, abundan ejemplos admirables de personas
consagradas que han vivido y viven la aspiración a la santidad mediante la
labor pedagógica y que, a su vez, proponen la santidad como meta educativa. De
hecho, muchas de ellas han alcanzado la perfección de la caridad educando. Este
es uno de los dones más preciados que las personas consagradas pueden ofrecer
hoy también a la juventud, brindándole un servicio pedagógico rico de amor,
según la sabia advertencia de san Juan Bosco: « Los jóvenes no han de ser
únicamente amados, sino que han de saber que son amados ».
Necesidad de un renovado compromiso en el
campo educativo
97. Con un delicado respeto, pero con arrojo misionero, los
consagrados y consagradas pongan de manifiesto que la fe en Jesucristo ilumina
todo el campo de la educación sin prejuicios sobre los valores humanos, sino
más bien confirmándolos y elevándolos. De este modo se convierten en testigos e
instrumentos del poder de la Encarnación y de la fuerza del Espíritu. Esta
tarea es una de las expresiones más significativas de la Iglesia que, a imagen
de María, ejerce su maternidad para con todos sus hijos.s este el motivo que ha
llevado al Sínodo a exhortar insistentemente a las personas consagradas a que
asuman con renovada entrega la misión educativa, allí donde sea posible, con
escuelas de todo tipo y nivel, con Universidades e Institutos
superiores.Haciendo mía la indicación sinodal, invito a todos los miembros de
los Institutos que se dedican a la educación a que sean fieles a su carisma
originario y a sus tradiciones, conscientes de que el amor preferencial por los
pobres tiene una singular aplicación en la elección de los medios adecuados
para liberar a los hombres de esa grave miseria que es la falta de formación
cultural y religiosa.Dada la importancia que revisten las Universidades y
Facultades católicas y eclesiásticas en el campo de la educación y de la
evangelización, los Institutos que las dirigen han de ser muy conscientes de su
responsabilidad, haciendo que en ellas, a la vez que se dialoga activamente con
la cultura actual, se conserve la índole católica que les es peculiar, en plena
fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Los miembros de estos Institutos y
Sociedades además, y según las circunstancias de cada lugar, han de estar
preparados y dispuestos para entrar en las estructuras educativas estatales. A
este tipo de presencia están especialmente llamados, por su vocación
específica, los miembros de los Institutos seculares.
Evangelizar la cultura
98. Los Institutos de vida consagrada han
tenido siempre un gran influjo en la formación y en la transmisión de la
cultura. Así ocurrió en la Edad Media, cuando los monasterios eran el lugar en
que se conservaba la riqueza cultural del pasado y en los que se construía una
nueva cultura humanista y cristiana. Esto se ha verificado también siempre que
la luz del Evangelio ha llegado a nuevos pueblos. Son muchas las personas
consagradas que han promovido la cultura, investigando y defendiendo
frecuentemente las culturas autóctonas. La Iglesia es hoy muy consciente de la
necesidad de contribuir a la promoción de la cultura y al diálogo entre cultura
y fe.os consagrados han de sentirse interpelados ante esta urgencia. Están
llamados también a individuar, en el anuncio de la Palabra de Dios, los métodos
más apropiados a las exigencias de los diversos grupos humanos y de los
múltiples ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo alcance a todos
los sectores de la existencia humana, y el fermento de la salvación transforme
desde dentro la vida social, favoreciendo una cultura impregnada de los valores
evangélicos.En los umbrales del tercer milenio cristiano, la vida consagrada
podrá también con este cometido renovar su respuesta a los deseos de Dios, que
viene al encuentro de todos aquellos que, consciente o inconscientemente, caminan
como a tientas en busca de la Verdad y de la Vida (cf. Hch 17, 27).Pero más allá del
servicio prestado a los otros, la vida consagrada necesita también en su
interior un renovado amor por el empeño cultural, una dedicación al
estudio como medio para la formación integral y como camino ascético,
extraordinariamente actual, ante la diversidad de las culturas. Una disminución
de la preocupación por el estudio puede tener graves consecuencias también en
el apostolado, generando un sentido de marginación y de inferioridad, o
favoreciendo la superficialidad y ligereza en las iniciativas.En la diversidad
de los carismas y de las posibilidades reales de cada Instituto, la dedicación
al estudio no puede reducirse a la formación inicial o a la consecución de
títulos académicos y de competencias profesionales. El estudio es más bien
manifestación del insaciable deseo de conocer siempre más profundamente a Dios,
abismo de luz y fuente de toda verdad humana. Por este motivo no es algo que
aísla a la persona consagrada en un intelectualismo abstracto, ni la aprisiona
en las redes de un narcisismo sofocante; por el contrario, fomenta el diálogo y
la participación, educa la capacidad de juicio, alienta la contemplación y la
plegaria en la búsqueda de Dios y de su actuación en la compleja realidad del
mundo contemporáneo.La persona consagrada, dejándose transformar por el
Espíritu, se capacita para ampliar el horizonte de los angostos deseos humanos
y para captar, al mismo tiempo, los aspectos más hondos de cada individuo y de
su historia, que van más allá de las apariencias más vistosas quizás, pero
frecuentemente marginales. Los retos que emergen hoy de las diversas culturas
son innumerables. Retos provenientes de los campos en los que tradicionalmente
ha estado presente la vida consagrada o de los nuevos ámbitos. Con todos ellos
es urgente mantener fecundas relaciones, con una actitud de vigilante sentido
crítico, pero también de atención confiada hacia quien se enfrenta a las
dificultades típicas del trabajo intelectual, especialmente cuando, ante la
presencia de los problemas inéditos de nuestro tiempo, es preciso intentar
nuevos análisis y nuevas síntesis.No se puede realizar una seria y válida
evangelización de los nuevos ámbitos en los que se elabora y se transmite la
cultura sin una colaboración activa con los laicos presentes en ellos.
Presencia en el mundo de las
comunicaciones sociales
99. De igual manera que en el pasado las
personas consagradas han sabido servir a la evangelización con todos los
medios, afrontando con genialidad los obstáculos, también hoy están llamadas
nuevamente por la exigencia de testimoniar el Evangelio a través de los medios
de comunicación social. Estos medios han adquirido una capacidad de difusión
cósmica mediante poderosas tecnologías capaces de llegar hasta el último rincón
de la tierra. Las personas consagradas, especialmente cuando por su carisma
institucional trabajan en este campo, han de adquirir un serio conocimiento del
lenguaje propio de estos medios, para hablar de Cristo de manera eficaz al
hombre actual, interpretando sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias,
y contribuir de este modo a la construcción de una sociedad en la que todos se
sientan hermanos y hermanas en camino hacia Dios.No obstante, dado su
extraordinario poder de persuasión, es preciso estar alerta ante el uso
inadecuado de tales medios, sin ignorar los problemas que se pueden derivar
para la vida consagrada misma, que ha de afrontarlos con el debido
discernimiento.Sobre este punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo
educativa: tiende a promover una actitud de correcta comprensión de los
mecanismos subyacentes y de atenta valoración ética de los programas, y la
adopción de sanas costumbres en su uso.En esta tarea educativa, orientada a
formar receptores entendidos y comunicadores expertos, las personas consagradas
están llamadas a ofrecer su particular testimonio sobre la relatividad de todas
las realidades visibles, ayudando a los hermanos a valorarlas según el designio
de Dios, pero también a liberarse de la influencia obsesiva de la escena de
este mundo que pasa (cf. 1Co 7, 31).Todos
los esfuerzos en este nuevo e importante campo apostólico han de ser alentados,
con el fin de que el Evangelio de Cristo se transmita también a través de estos
medios modernos. Los diversos Institutos han de estar disponibles para cooperar
en la realización de proyectos comunes en los varios sectores de la
comunicación social, aportando fuerzas, medios y personas. Que las personas
consagradas, además, y especialmente los miembros de los Institutos seculares,
presten de buen grado sus servicios, según las oportunidades pastorales, en la
formación religiosa de los responsables de la comunicación social pública o
privada, para que se eviten, de una parte, los daños provocados por un uso
adulterado de los medios y, de otra, se promueva una mejor calidad de las
transmisiones, con mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en valores
humanos y cristianos.
IV. COMPROMETIDOS EN EL DIALOGO CON TODOS
Al servicio de la unidad de los cristianos
100. La oración de Cristo al Padre antes
de la Pasión, para que sus discípulos permanezcan en la unidad (cf. Jn 17, 21-23), se prolonga en la
oración y en la acción de la Iglesia. ?Cómo no han de sentirse implicados los
llamados a la vida consagrada? En el Sínodo se ha percibido claramente la
herida de la desunión todavía existente entre los creyentes en Cristo, y la
urgencia de orar y de trabajar en la promoción de la unidad de todos los
cristianos. La sensibilidad ecuménica de los consagrados y consagradas se
reaviva también al constatar que el monacato se conserva y florece en otras
Iglesias y Comunidades eclesiales, como es el caso de las Iglesias orientales,
o que se renueva la profesión de los consejos evangélicos, como en la Comunión
anglicana y en las Comunidades de la Reforma.El Sínodo ha puesto de relieve la
profunda vinculación de la vida consagrada con la causa del ecumenismo y la
necesidad de un testimonio más intenso en este campo. En efecto, si el alma del
ecumenismo es la oración y la conversión, no cabe duda que los Institutos de
vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen un deber particular
de cultivar este compromiso. Es urgente, pues, que en la vida de las personas
consagradas se dé un mayor espacio a la oración ecuménica y al testimonio
auténticamente evangélico, para que, con la fuerza del Espíritu Santo, sea
posible derribar los muros de las divisiones y de los prejuicios entre los
cristianos.
Formas de diálogo ecuménico
101. Son formas del diálogo ecuménico el
compartir la lectio divina en busca de la verdad; la participación en la
oración común, en la que el Señor garantiza su presencia (cf. Mt 18, 20); el diálogo en amistad y
caridad que hace experimentar la dulzura de convivir los hermanos unidos (cf.
Sal 13332); la hospitalidad cordial con los hermanos y hermanas de las diversas
confesiones cristianas; el conocimiento mutuo y el intercambio de bienes; la
colaboración en iniciativas comunes de servicio y de testimonio. Todas estas
formas son expresiones gratas al Padre común y signos de la voluntad de caminar
juntos hacia la unidad perfecta por el camino de la verdad y del amor.Una
acción ecuménica más incisiva se verá también favorecida por el conocimiento de
la historia, de la doctrina, de la liturgia y de la actividad caritativa y
apostólica de los otros cristianos.eseo alentar a los Institutos que, por su
origen o por una llamada posterior, se dedican a la promoción de la unidad de
los cristianos y con este fin promueven iniciativas de estudio y de acción
concreta. En realidad, ningún Instituto de vida consagrada ha de sentirse
dispensado de trabajar en favor de esta causa. Me dirijo también a las Iglesias
orientales católicas, esperando que, a través del monacato masculino y
femenino, cuyo florecimiento es una gracia que se ha de implorar siempre,
favorezcan la unidad con las Iglesias ortodoxas, merced al diálogo de la
caridad y la participación de la espiritualidad común, que es patrimonio de la
Iglesia indivisa del primer milenio.Confío particularmente a los monasterios de
vida contemplativa el ecumenismo espiritual de la oración, de la conversión del
corazón y de la caridad. A este respecto les invito a que se hagan presentes
allí donde viven comunidades cristianas de diversas confesiones, para que su
total entrega a lo « único necesario » (cf. Lc 10, 42), al culto de Dios y a la
intercesión por la salvación del mundo, junto con su testimonio de vida
evangélica según el propio carisma, sean para todos un estímulo a vivir, a
imagen de la Trinidad, en la unidad que Jesús ha querido y ha suplicado al
Padre para todos sus discípulos.
El diálogo interreligioso
102. Desde el momento que « el diálogo interreligioso forma
parte de la misión evangelizadora de la Iglesia », los Institutos de vida
consagrada no pueden dejar de comprometerse en este campo, cada uno según su
propio carisma y siguiendo las indicaciones de la autoridad eclesiástica. La
primera forma de evangelizar a los hermanos y hermanas de otra religión consistirá
en el testimonio mismo de una vida pobre, humilde y casta, impregnada de amor
fraterno hacia todos. Al mismo tiempo, la libertad de espíritu propia de la
vida consagrada favorecerá el « diálogo de vida », con el que se lleva a cabo
un modelo fundamental de misión y de anuncio del Evangelio de Cristo. Para
favorecer el conocimiento mutuo y el recíproco respeto y caridad, los
Institutos religiosos podrán cultivar además oportunas formas de diálogo,
en un clima de amistosa cordialidad y de sinceridad recíproca, con los
ambientes monásticos de otras religiones.Otro ámbito de colaboración con
hombres y mujeres de diversa tradición religiosa consiste en la solicitud
por la vida humana, que se manifiesta tanto en la compasión por el
sufrimiento físico y espiritual, como en el empeño por la justicia, la paz y la
salvaguardia de la creación. En estos sectores serán sobre todo los Institutos
de vida activa los que han de buscar un entendimiento con los miembros de otras
religiones, en un « diálogo de las obras »que prepara el camino para una
participación más profunda.Un ámbito particular de encuentro fructífero con
otras tradiciones religiosas es el de la búsqueda y promoción de la dignidad
de la mujer. En este punto las mujeres consagradas pueden prestar un precioso
servicio, en la perspectiva de la igualdad y de la justa reciprocidad entre
hombre y mujer.stos y otros compromisos de las personas consagradas en su
servicio al diálogo interreligioso requieren una adecuada preparación en la
formación inicial y permanente, así como en el estudio y en la investigación,
desde el momento que en este sector nada fácil se precisa un profundo
conocimiento del cristianismo y de las otras religiones, acompañado de una fe
sólida y de gran madurez espiritual y humana.
Una respuesta de espiritualidad a la
búsqueda de lo sagrado y a la nostalgia de Dios
103. Los que abrazan la vida consagrada,
hombres y mujeres, son por la naturaleza misma de su opción interlocutores
privilegiados de aquella búsqueda de Dios, cuya presencia aletea siempre en el
corazón humano, llevándolo a múltiples formas de ascesis y de espiritualidad.
Esta búsqueda aparece hoy con insistencia en muchas regiones, precisamente como
respuesta a culturas que tienden, si no a negar del todo, sí a marginar la
dimensión religiosa de la existencia.Las personas consagradas, viviendo con
coherencia y en plenitud los compromisos libremente asumidos, pueden ofrecer
una respuesta a los anhelos de sus contemporáneos, rescatándolos de soluciones
que son generalmente ilusorias y que niegan frecuentemente la encarnación
salvífica de Cristo (cf. 1Jn 4, 2-3),
como son, por ejemplo, las propuestas por las sectas. Practicando una ascesis
personal y comunitaria que purifica y transforma toda la existencia, las
personas consagradas, contra la tentación del egocentrismo y la sensualidad,
dan testimonio de las características que revisten la auténtica búsqueda de
Dios, advirtiendo del peligro de confundirla con la búsqueda sutil de sí mismas
o con la fuga en la gnosis. Toda persona consagrada está comprometida a
cultivar el hombre interior, que no es ajeno a la historia ni se encierra en sí
mismo. Viviendo en la escucha obediente de la Palabra, de la cual la Iglesia es
depositaria e intérprete, encuentra en Cristo sumamente amado y en el Misterio
trinitario el objeto del anhelo profundo del corazón humano y la meta de todo
itinerario religioso sinceramente abierto a la trascendencia.Por eso las
personas consagradas tienen el deber de ofrecer con generosidad acogida y
acompañamiento espiritual a todos aquellos que se dirigen a ellas, movidos por
la sed de Dios y deseosos de vivir las exigencias de su fe.
CONCLUSION
La sobreabundancia de la gratuidad
104. No son pocos los que hoy se preguntan
con perplejidad: ?Para qué sirve la vida consagrada? ?Por qué abrazar este
género de vida cuando hay tantas necesidades en el campo de la caridad y de la
misma evangelización a las que se pueden responder también sin asumir los
compromisos peculiares de la vida consagrada? ?No representa quizás la vida
consagrada una especie de « despilfarro » de energías humanas que serían, según
un criterio de eficiencia, mejor utilizadas en bienes más provechosos para la
humanidad y la Iglesia?Estas preguntas son más frecuentes en nuestro tiempo,
avivadas por una cultura utilitarista y tecnocrática, que tiende a valorar la
importancia de las cosas y de las mismas personas en relación con su «
funcionalidad » inmediata. Pero interrogantes semejantes han existido siempre,
como demuestra elocuentemente el episodio evangélico de la unción de Betania: «
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de
Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume » (Jn 12, 3). A Judas, que con el
pretexto de la necesidad de los pobres se lamentaba de tanto derroche, Jesús le
responde: « Déjala » (Jn 12, 7).
Esta es la respuesta siempre válida a la pregunta que tantos, aun de buena fe,
se plantean sobe la actualidad de la vida consagrada: ?No se podría dedicar la
propia existencia de manera más eficiente y racional para mejorar la sociedad?
He aquí la respuesta de Jesús: « Déjala ».A quien se le concede el don
inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta obvio que El puede y
debe ser amado con corazón indiviso, que se puede entregar a El toda la vida, y
no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El ungüento precioso
derramado como puro acto de amor, más allá de cualquier consideración «
utilitarista », es signo de una sobreabundancia de gratuidad, tal como
se manifiesta en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a
su persona y a su Cuerpo místico. De esta vida « derramada » sin escatimar nada
se difunde el aroma que llena toda la casa. La casa de Dios, la Iglesia, hoy
como ayer, está adornada y embellecida por la presencia de la vida
consagrada.Lo que a los ojos de los hombres puede parecer un despilfarro, para
la persona seducida en el secreto de su corazón por la belleza y la bondad del
Señor es una respuesta obvia de amor, exultante de gratitud por haber sido
admitida de manera totalmente particular al conocimiento del Hijo y a la participación
en su misión divina en el mundo.« Si un hijo de Dios conociera y gustara el
amor divino, Dios increado, Dios encarnado, Dios que padece la pasión, que es
el sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las otras criaturas, sino a sí
mismo, y con todo su ser amaría este Dios de amor hasta transformarse
totalmente en el Dios-hombre, que es el sumamente Amado ».
La vida consagrada al servicio del Reino
de Dios
105. « ?Qué sería del mundo si no fuese
por los religiosos? ».Más allá de las valoraciones superficiales de
funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente por su sobreabundancia
de gratuidad y de amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse
asfixiado en la confusión de lo efímero. « Sin este signo concreto, la caridad
que anima a la Iglesia correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica
del Evangelio de perder en penetración, la "sal" de la fe de
disolverse en un mundo de secularización ».La vida de la Iglesia y la sociedad
misma tienen necesidad de personas capaces de entregarse totalmente a Dios y a
los otros por amor de Dios.La Iglesia no puede renunciar absolutamente a la
vida consagrada, porque expresa de manera elocuente su íntima esencia «
esponsal ». En ella encuentra nuevo impulso y fuerza el anuncio del Evangelio
a todo el mundo. En efecto, se necesitan personas que presenten el rostro
paterno de Dios y el rostro materno de la Iglesia, que se jueguen la vida para
que los otros tengan vida y esperanza. La Iglesia tiene necesidad de personas
consagradas que, aún antes de comprometerse en una u otra noble causa, se dejen
transformar por la gracia de Dios y se conformen plenamente al Evangelio.Toda
la Iglesia tiene en sus manos este gran don y, agradecida, se dedica a
promoverlo con la estima, la oración y la invitación explícita a acogerlo. Es
importante que los Obispos, presbíteros y diáconos, convencidos de la
excelencia evangélica de este género de vida, trabajen para descubrir y apoyar
los gérmenes de vocación con la predicación, el discernimiento y un competente
acompañamiento espiritual. Se pide a todos los fieles una oración constante en
favor de las personas consagradas, para que su fervor y su capacidad de amar
aumenten continuamente, contribuyendo a difundir en la sociedad de hoy el buen
perfume de Cristo (cf. 2Co 2, 15).
Toda la comunidad cristiana —pastores, laicos y personas consagradas— es
responsable de la vida consagrada, de la acogida y del apoyo que se han de
ofrecer a las nuevas vocaciones.
A la juventud
106. A vosotros, jóvenes, os digo: si sentís la llamada del
Señor, ¡no la rechacéis! Entrad más bien con valentía en las grandes corrientes
de santidad, que insignes santos y santas han iniciado siguiendo a Cristo.
Cultivad los anhelos característicos de vuestra edad, pero responded con
prontitud al proyecto de Dios sobre vosotros si El os invita a buscar la
santidad en la vida consagrada. Admirad todas las obras de Dios en el mundo,
pero fijad la mirada en las realidades que nunca perecen.El tercer milenio
espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes
consagrados, para que el mundo sea más sereno y más capaz de acoger a Dios y,
en El, a todos sus hijos e hijas.
A las familias
107. Me dirijo a vosotras, familias cristianas. Vosotros,
padres, dad gracias al Señor si ha llamado a la vida consagrada a alguno de
vuestros hijos. ¡Debe ser considerado un gran honor —como lo ha sido siempre—
que el Señor se fije en una familia y elija a alguno de sus miembros para
invitarlo a seguir el camino de los consejos evangélicos! Cultivad el deseo de
ofrecer al Señor a alguno de vuestros hijos para el crecimiento del amor de
Dios en el mundo. ?Qué fruto de vuestro amor conyugal podríais tener más bello
que éste?Es preciso recordar que si los padres no viven los valores
evangélicos, será difícil que los jóvenes y las jóvenes puedan percibir la
llamada, comprender la necesidad de los sacrificios que han de afrontar y
apreciar la belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los
jóvenes tienen las primeras experiencias de los valores evangélicos, del amor
que se da a Dios y a los demás. También es necesario que sean educados en el
uso responsable de su libertad, para estar dispuestos a vivir de las más altas
realidades espirituales según su propia vocación.Ruego para que vosotras,
familias cristianas, unidas al Señor con la oración y la vida sacramental,
seáis hogares acogedores de vocaciones.
A todos los hombres y mujeres de buena
voluntad
108. Deseo hacer llegar a todos los hombres y mujeres que
quieran escuchar mi voz la invitación a buscar los caminos que conducen al Dios
vivo y verdadero también a través de las sendas trazadas por la vida
consagrada. Las personas consagradas testimonian que « quien sigue a Cristo, el
hombre perfecto, se hace también más hombre ».¡Cuántas de ellas se han
inclinado y continúan inclinándose como buenos samaritanos sobre las
innumerables llagas de los hermanos y hermanas que encuentran en su
camino!Mirad a estas personas seducidas por Cristo que con dominio de sí,
sostenido por la gracia y el amor de Dios, señalan el remedio contra la avidez
del tener, del gozar y del dominar. No olvidéis los carismas que han forjado
magníficos « buscadores de Dios » y benefactores de la humanidad, que han
abierto rutas seguras a quienes buscan a Dios con sincero corazón. ¡Considerad
el gran número de santos que han crecido en este género de vida, considerad el
bien que han hecho al mundo, hoy como ayer, quienes se han dedicado a Dios!
Este mundo nuestro, ?no tiene acaso necesidad de alegres testigos y profetas
del poder benéfico del amor de Dios? ?No necesita también hombres y mujeres que
sepan, con su vida y con su actuación, sembrar semillas de paz y de
fraternidad?
A las personas consagradas
109. Pero es sobre todos a vosotros,
hombres y mujeres consagrados, a quienes al final de esta Exhortación dirijo mi
llamada confiada: vivid plenamente vuestra entrega a Dios, para que no falte a
este mundo un rayo de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia
humana. Los cristianos, inmersos en las ocupaciones y preocupaciones de este
mundo, pero llamados también a la santidad, tienen necesidad de encontrar en
vosotros corazones purificados que « ven » a Dios en la fe, personas dóciles a
la acción del Espíritu Santo que caminan libremente en la fidelidad al carisma
de la llamada y de la misión.Bien sabéis que habéis emprendido un camino de
conversión continua, de entrega exclusiva al amor de Dios y de los hermanos,
para testimoniar cada vez con mayor esplendor la gracia que transfigura la
existencia cristiana. El mundo y la Iglesia buscan auténticos testigos de
Cristo. La vida consagrada es un don que Dios ofrece para que todos tengan ante
sus ojos « lo único necesario » (cf. Lc
10, 42). La misión peculiar de la vida consagrada en la Iglesia y en el
mundo es testimoniar a Cristo con la vida, con las obras y con las
palabras.Sabéis en quién habéis confiado (cf. 2Tm 1, 12): ¡dadle todo! Los jóvenes
no se dejan engañar: acercándose a vosotros quieren ver lo que no ven en otra
parte. Tenéis una tarea inmensa de cara al futuro: especialmente los jóvenes consagrados,
dando testimonio de su consagración, pueden inducir a sus coetáneos a la
renovación de sus vidas.El amor apasionado por Jesucristo es una fuerte
atracción para otros jóvenes, que en su bondad llama para que le sigan de cerca
y para siempre. Nuestros contemporáneos quieren ver en las personas consagradas
el gozo que proviene de estar con el Señor.Personas consagradas, ancianas y
jóvenes, vivid la fidelidad a vuestro compromiso con Dios edificándoos
mutuamente y ayudándoos unos a otros. A pesar de las dificultades que a veces
hayáis podido encontrar y el escaso aprecio por la vida consagrada que se
refleja en una cierta opinión pública, vosotros tenéis la tarea de invitar
nuevamente a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo a mirar hacia lo alto,
a no dejarse arrollar por las cosas de cada día, sino a ser atraídos por Dios y
por el Evangelio de su Hijo. ¡No os olvidéis que vosotros, de manera muy
particular, podéis y debéis decir no sólo que sois de Cristo, sino que habéis «
llegado a ser Cristo mismo »!
Mirando al futuro
110. ¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa
para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los
ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con
vosotros grandes cosas.Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo,
yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo.
Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, a vuestro
Instituto y al hombre de nuestro tiempo.De este modo Cristo os renovará día a
día, para construir con su Espíritu comunidades fraternas, para lavar con El
los pies a los pobres, y para dar vuestra aportación insustituible a la
transformación del mundo.Que este nuestro mundo confiado a la mano del hombre,
y que está entrando en el nuevo milenio, sea cada vez más humano y justo, signo
y anticipación del mundo futuro, en el cual El, el Señor humilde y glorificado,
pobre y exaltado, será el gozo pleno y perdurable para nosotros y para nuestros
hermanos y hermanas, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
Oración a la Trinidad
111. Trinidad Santísima, beata y
beatificante, haz dichosos a tus hijos e hijas que has llamado a confesar la
grandeza de tu amor, de tu bondad misericordiosa y de tu belleza.Padre Santo,
santifica a los hijos e hijas que se han consagrado a ti para la gloria de tu
nombre. Acompáñales con tu poder, para que puedan dar testimonio de que Tú eres
el Origen de todo, la única fuente del amor y la libertad. Te damos gracias por
el don de la vida consagrada, que te busca en la fe y, en su misión universal,
invita a todos a caminar hacia ti.Jesús Salvador, Verbo Encarnado, así
como has dado tu forma de vivir a quienes has llamado, continúa atrayendo hacia
ti personas que, para la humanidad de nuestro tiempo, sean depositarias de
misericordia, anuncio de tu retorno, y signo viviente de los bienes de la
resurrección futura. ¡Ninguna tribulación los separe de ti y de tu amor!Espíritu
Santo, Amor derramado en los corazones, que concedes gracia e inspiración a
las mentes, Fuente perenne de vida, que llevas la misión de Cristo a su
cumplimiento con numerosos carismas, te rogamos por todas las personas
consagradas. Colma su corazón con la íntima certeza de haber sido escogidas
para amar, alabar y servir. Haz que gusten de tu amistad, llénalas de tu
alegría y de tu consuelo, ayúdalas a superar los momentos de dificultad y a
levantarse con confianza tras las caídas, haz que sean espejo de la belleza
divina. Dales el arrojo para hacer frente a los retos de nuestro tiempo y la
gracia de llevar a los hombres la benevolencia y la humanidad de nuestro
Salvador Jesucristo (cf. Tt 3, 4).
Invocación a la Virgen María
112. María, figura de la Iglesia, Esposa sin arruga y sin
mancha, que imitándote « conserva virginalmente la fe íntegra, la esperanza
firme y el amor sincero », sostiene a las personas consagradas en el deseo de
llegar a la eterna y única Bienaventuranza.Las encomendamos a ti, Virgen de la
Visitación, para que sepan acudir a las necesidades humanas con el fin de
socorrerlas, pero sobre todo para que lleven a Jesús. Enséñales a proclamar las
maravillas que el Señor hace en el mundo, para que todos los pueblos ensalcen
su nombre. Sostenlas en sus obras en favor de los pobres, de los hambrientos,
de los que no tienen esperanza, de los últimos y de todos aquellos que buscan a
tu Hijo con sincero corazón.A ti, Madre, que deseas la renovación espiritual y
apostólica de tus hijos e hijas en la respuesta de amor y de entrega total a
Cristo, elevamos confiados nuestra súplica. Tú que has hecho la voluntad del
Padre, disponible en la obediencia, intrépida en la pobreza y acogedora en la
virginidad fecunda, alcanza de tu divino Hijo, que cuantos han recibido el don
de seguirlo en la vida consagrada, sepan testimoniarlo con una existencia
transfigurada, caminando gozosamente, junto con todos los otros hermanos y
hermanas, hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso.
Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado, bendito y amado
el Sumo Señor de todas las cosas, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la
Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo de mi Pontificado.