Mensaje del Santo Padre Juan Pablo
II
para la
Jornada Misionera Mundial
21 de octubre de 2001
Queridos Hermanos y Hermanas:
1- Con gran alegría hemos celebrado el Gran Jubileo de la
salvación, tiempo de gracia para toda la Iglesia. La misericordia divina, que
cada fiel ha podido experimentar, nos impulsa a “remar mar adentro”, recordando
con gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos con
confianza al futuro, en la convicción de que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy
y siempre”. (Hb 13, 8) (cfr Carta
Apostólica Novo Millennio Ineunte, 1). Este impulso
hacia el futuro debe ser la base del actuar de toda la Iglesia en el nuevo
milenio. Éste es el mensaje que deseo dirigir a cada fiel con ocasión de la
Jornada Misionera Mundial, que se celebrará el próximo 21 de octubre.
2-Es tiempo, sí, de mirar adelante, manteniendo los ojos
fijos en el rostro de Jesús (cfr Hb 12,
2). El Espíritu nos llama a “proyectarnos hacia el futuro que nos espera”
(Novo Millennio Ineunte, 3), a testimoniar y
confesar a Cristo, dando gracias “por las maravillas” que Dios ha realizado por
nosotros: “Misericordias Domini in aeternum cantabo” (Salmo 89 [88], 2)”
(ibid 2). Con ocasión de la Jornada Misionera Mundial del año pasado
quise recordar cómo el empeño misionero brota de la ardiente contemplación de
Jesús. El cristiano que ha contemplado a Jesucristo no puede no sentirse
extasiado por su fulgor (cfr Vita Consecrata, 14), empeñarse por testimoniar su fe en
Cristo, único Salvador del hombre.
La contemplación del rostro del Señor suscita en los
discípulos la “contemplación” también de los rostros de los hombres y de las
mujeres de hoy: el Señor, en efecto, se identifica “con sus hermanos más
pequeños” (cfr Mt 25, 40.45). El
contemplar a Jesús, el “primero y más grande evangelizador” (Evangelii
nuntiandi, 7), nos transforma en evangelizadores. Nos hace tomar conciencia de
su voluntad de dar la vida eterna a aquéllos que le ha confiado el Padre (cfr Jn 17, 2). Dios quiere que “todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2, 4), y Jesús sabía que la
voluntad del Padre sobre Él era que anunciase el Reino de Dios también a las
otras ciudades: “para esto he sido enviado” (Lc 4, 43).
Fruto después de la contemplación de los “hermanos más
pequeños” es descubrir que cada hombre, aunque en modo misterioso para
nosotros, busca a Dios, porque ha sido creado y amado por Él. Así le
descubrieron los primeros discípulos: “Señor, todos te buscan” (Mc 1, 37). Y los “griegos”, en nombre
de las generaciones venideras, exclaman: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Sí, Cristo es la luz
verdadera que ilumina a cada hombre que viene a este mundo (cfr Jn 1, 19): cada hombre le busca “yendo
como a tientas” (Hch 17, 27),
empujado por una atracción interior de la que ni siquiera él conoce bien el
origen. Ella está escondida en el corazón de Dios, donde late una voluntad
salvífica universal. De ella Dios nos hace testigos y heraldos. Para este fin
nos invade, como en un nuevo Pentecostés, con el fuego de su Espíritu, con su
amor y con su presencia: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo” (Mt 28, 20).
3- Fruto, pues, del Gran Jubileo es también la actitud que
el Señor pide a cada cristiano: la de mirar adelante con fe y esperanza. El
Señor nos concede el honor de poner en nosotros su confianza y nos llama al
ministerio usando misericordia con nosotros (cfr 1Tm 1, 12.13). No es una llamada
reservada a algunos, sino que es para todos, para cada uno en su estado de
vida. En la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte
escribí al respecto: “Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción
misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos ‘especialistas’, sino que
acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de
Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo, no puede tenerlo sólo para
sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido
como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos… La
propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a
los adultos, a las familias, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más
radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por
lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo
cuando decía: “Me he hecho todo a todos, para salvar a toda costa a algunos”.
(1Co 9, 22) (n. 40).
De modo especial, la llamada a la misión asume
singular urgencia, si miramos a esa parte de la humanidad que aún no conoce o
no reconoce a Cristo. Sí, queridos hermanos y hermanas, la misión Ad gentes es hoy más válida que nunca. Conservo
impreso en el corazón el rostro de la humanidad que he podido contemplar
durante mis peregrinaciones: es el rostro de Cristo reflejado en el de los
pobres y de los que sufren; el rostro de Cristo que se transparenta en cuantos
viven como “ovejas sin pastor” (Mc 6,
34). Cada hombre y cada mujer tiene pleno derecho a que se les enseñen
“muchas cosas” (ibid.).
Ante la evidencia de la propia fragilidad e
insuficiencia, la tentación humana, también del apóstol, es la de despedir a la
gente. En cambio, es precisamente en ese instante que, poniéndose en
contemplación del rostro del Amado, es necesario que cada uno vuelva a escuchar
las palabras de Jesús: “No es necesario que se vayan: dádles vosotros mismos de
comer” (cfr Mt 14, 16; Mc 6, 37). Se experimenta así, al
mismo tiempo, la debilidad humana y la gracia del Señor. Conscientes de la
indefectible fragilidad que nos marca profundamente, advertimos la necesidad de
dar gracias a Dios por lo que Él ha realizado por nosotros y por todo lo que,
en su gracia, realizará.
4- ¿Cómo no recordar, en esta circunstancias, a todos los
misioneros y misioneras, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos, que han
hecho de la misión Ad gentes y ad vitam la
razón de su existencia? Ellos, con su misma existencia, proclaman “sin fin las
gracias del Señor” (Sal 89). No pocas veces, este “sin fin” ha llegado hasta el
derramamiento de la sangre: ¡cuántos han sido los “testigos de la fe” en el
siglo pasado! Es también, gracias a su generosa donación, que el Reino de Dios
ha podido dilatarse. A ellos va nuestro recuerdo agradecido, acompañado de la
oración. Su ejemplo es de estímulo y de sostén para todos los fieles, los
cuales pueden sentir ánimo viéndose “rodeados de un número tan grande de
testigos” (Hb 12, 1), que con su
vida y su palabra han hecho y hacen resonar el Evangelio en todos los continentes.
Sí, queridísimos hermanos y hermanas, no podemos callar lo que
hemos visto y oído (cfr Hch 4, 20).
Hemos visto manifestarse en la debilidad la obra del Espíritu y la gloria de
Dios (cfr 2Cor 12; 1Cor 1). También hoy, muchos hombres y mujeres, con su
dedicación y su sacrificio, son para nosotros manifestación elocuente del amor
de Dios. De ellos hemos recibido la fe y somos impulsados a ser, a nuestra vez,
anunciadores y testigos del Misterio.
5- La misión es «anuncio gozoso de un don para todos, y
que se propone a todos con el mayor respeto por la libertad de cada uno: el don
de la revelación del Dios-Amor que “tanto amó al mundo que le dio su Hijo
unigénito” (Jn 3, 16)… La Iglesia,
por tanto, no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y es
una tarea prioritaria de la missio Ad gentes
anunciar a Cristo, “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14, 6), en el cual los hombres
encuentran la salvación» (Novo Millennio Ineunte 56).
Es una invitación a todos, es un apremio urgente al que hay que dar pronta y
generosa respuesta. ¡Es necesario ir! Es necesario ponerse en camino sin
demora, como María, la Madre de Jesús; como los pastores que se despertaron al
primer anuncio del Ángel; como Magdalena a la vista del Resucitado. «Nuestra
andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer
los senderos del mundo… Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el
Cenáculo, donde al atardecer del día “primero de la semana” (Jn 20, 19) se presentó a los suyos
para “exhalar” sobre ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la
gran aventura de la evangelización» (ibid. 58).
6-Queridos hermanos y hermanas: la misión exige oración y empeño concreto.
Muchas son las necesidades que comporta la difusión del Evangelio.
Este año se cumple el 75º aniversario de la
institución de la Jornada Misionera por el Papa Pío XI, que acogió la petición
de la Obra Pontificia de la Propagación de Fe de “establecer ‘una jornada de
oración y de propaganda por las misiones’ que se celebrara en un mismo día en
todas las diócesis, parroquias e institutos del mundo católico… y para
solicitar el óbolo para las misiones” (Sagrada Congregación de los Ritos:
Institución de la Jornada Misionera Mundial, 14 de abril de 1926: AAS 19
[1927], p. 23s). Desde entonces, la Jornada Misionera constituye una ocasión
especial para recordar a todo el Pueblo de Dios la permanente validez del
mandato misionero, porque “la misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis
y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales” (Carta encíclica
Redemptoris Missio 2). Es al mismo tiempo oportuna
circunstancia para reafirmar que “las misiones no piden solamente ayuda, sino
compartir el anuncio y la caridad para con los pobres. Todo lo que hemos
recibido de Dios –tanto la vida como los bienes materiales– no es nuestro”
(ibid. 81). Esta Jornada es importante en la vida de la Iglesia, “porque enseña
cómo se ha de dar: en la celebración eucarística, esto es, como ofrenda a Dios,
y para todas las misiones del mundo” (ibid.), Sea, pues, este aniversario
ocasión propicia para reflexionar sobre la necesidad de un mayor esfuerzo común
en el promover el espíritu misionero y en el procurar las necesarias ayudas
materiales, que tanto necesitan los misioneros.
7- En la Homilía conclusiva del Gran Jubileo, el 6 de enero del 2001, dije:
“Es necesario recomenzar desde Cristo, con el impulso de Pentecostés, con
entusiasmo renovado. Recomenzar desde Él, ante todo, en el empeño cotidiano por
la santidad, poniéndonos en actitud de oración y de escucha de su Palabra.
Recomenzar también desde Él para testimoniar el Amor” (n. 8).
Por eso:
Recomienza desde Cristo, tú que has encontrado misericordia.
Recomienza desde Cristo, tú que has perdonado y recibido el perdón.
Recomienza desde Cristo, tú que conoces el dolor y el sufrimiento.
Recomienza desde Cristo, tú tentado por la tibieza: el año de gracia es tiempo
sin confín.
Recomienza desde Cristo, Iglesia del nuevo milenio.
¡Canta y camina! (cfr ritos de conclusión de la Santa Misa de la Epifanía del
Señor 2001)
Que María, Madre de la Iglesia, Estrella de la evangelización, esté a
nuestro lado en este camino, como estuvo junto a los discípulos el día de Pentecostés.
A Ella nos dirigimos con confianza para que, por su intercesión, el Señor nos
conceda el don de la perseverancia en la tarea misionera, que atañe a la entera
Comunidad eclesial.
Con estos sentimientos, os bendigo.
Juan Pablo II
En el Vaticano, 3 de junio del 2001,
Solemnidad de Pentecostés