DE JUAN PABLO II PARA LA
JORNADA MUNDIAL DE LOS
EMIGRANTES Y REFUGIADOS 2002
en España se celebra el último
domingo de septiembre
Un diálogo interreligioso fecundo
es el único camino
para evitar las guerras de religión
1. Durante los últimos decenios la humanidad ha ido adquiriendo el
aspecto de una gran aldea, donde se han acortado las distancias y se ha
extendido la red de comunicaciones. El desarrollo de los medios modernos de
transporte facilita cada vez más los desplazamientos de personas de un país a
otro, de un continente a otro. Una de las consecuencias de este importante
fenómeno social es la presencia de cerca de ciento cincuenta millones de
inmigrantes esparcidos en distintas partes de la tierra. Este hecho obliga a la
sociedad y a la comunidad cristiana a reflexionar para responder adecuadamente,
al inicio del nuevo milenio, a estos desafíos emergentes en un mundo donde
están llamados a convivir hombres y mujeres de culturas y religiones diversas.
Para que esta convivencia se desarrolle de modo pacífico es indispensable
que, entre los miembros de las diferentes religiones, caigan las barreras de la
desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, aún
existen. En cada país son necesarios el diálogo y la tolerancia recíproca entre
cuantos profesan la religión de la mayoría y los que pertenecen a las minorías,
constituidas frecuentemente por inmigrantes, que siguen religiones diversas. El
diálogo es el camino real que hay que recorrer, y por esta senda la Iglesia
invita a caminar para pasar de la desconfianza al respeto, del rechazo a la
acogida.
Recientemente, al término del gran jubileo del año 2000, quise renovar en
este sentido un llamamiento para que se entable "una relación de apertura
y diálogo con representantes de otras religiones" (Novo Millennio
Ineunte, 55). Para alcanzar este objetivo, no
bastan las iniciativas que atraen el interés de los grandes medios de
comunicación social; sirven, más bien, los gestos diarios realizados con
sencillez y constancia, capaces de producir un auténtico cambio en la relación
interpersonal.
2. El vasto e intenso entramado de fenómenos migratorios, que
caracteriza nuestra época, multiplica las ocasiones para el diálogo
interreligioso. Tanto los países de antiguas raíces cristianas como las
sociedades multiculturales ofrecen oportunidades concretas de intercambios
interreligiosos. Al continente europeo, marcado por una larga tradición
cristiana, llegan ciudadanos que profesan otras creencias. Estados Unidos, tierra
que ya vive una experiencia multicultural consolidada, acoge a seguidores de
nuevos movimientos religiosos. En la India, donde prevalece el hinduismo,
trabajan religiosos y religiosas católicos que prestan un servicio humilde y
efectivo a los más pobres del país.
El diálogo no siempre es fácil. Pero para los cristianos, su búsqueda
paciente y confiada constituye un esfuerzo que hay que realizar siempre.
Contando con la gracia del Señor, que ilumina las mentes y los corazones,
permanecen abiertos y acogen a los que profesan otras religiones. Sin dejar de
practicar con convicción su fe, buscan el diálogo también con los no
cristianos. Sin embargo, saben bien que para dialogar de modo auténtico con los
demás es indispensable un claro testimonio de la propia fe.
Este esfuerzo sincero de diálogo supone, por una parte, la aceptación
recíproca de las diferencias, y a veces de las contradicciones, así como el
respeto de las decisiones libres que las personas toman según su conciencia.
Por tanto, es indispensable que cada uno, cualquiera que sea la religión a que
pertenezca, tenga en cuenta las exigencias inderogables de la libertad
religiosa y de conciencia, como puso de relieve el concilio Vaticano II (cf.
Dignitatis humanae, 2).
Espero que esta convivencia solidaria se haga realidad también en los países
donde la mayoría profesa una religión diversa de la cristiana, pero donde viven
inmigrantes cristianos, los cuales, por desgracia, no siempre gozan de una libertad
efectiva de religión y de conciencia.
Si, en el mundo de la movilidad humana, todos están animados por este
espíritu, casi como en un crisol se crearán posibilidades providenciales para
un diálogo fecundo, en el que no se negará jamás la centralidad de la persona.
Este es el único camino para alimentar la esperanza de "alejar el espectro
funesto de las guerras de religión, que han bañado de sangre tantos períodos en
la historia de la humanidad" (Novo Millennio Ineunte, 55) y han obligado a menudo a muchas personas a
abandonar sus países. Urge trabajar para que el nombre del único Dios se
convierta, como debe ser, en "un nombre de paz y un imperativo de
paz" (ib.).
3. "Migraciones y diálogo interreligioso" es el tema
propuesto para la Jornada mundial del emigrante y el refugiado de 2002. Ruego
al Señor para que esta celebración anual sea para todos los cristianos ocasión
de profundizar en estos aspectos sumamente actuales de la nueva evangelización,
valorando todos los instrumentos a disposición, para realizar en las
comunidades parroquiales iniciativas apostólicas y pastorales adecuadas.
La parroquia representa el espacio en el que puede llevarse a cabo una
verdadera pedagogía del encuentro con personas de convicciones religiosas y
culturas diferentes. En sus diversas articulaciones, la comunidad parroquial
puede convertirse en lugar de acogida, donde se realiza el intercambio de
experiencias y dones, y esto no podrá por menos de favorecer una convivencia
serena, previniendo el peligro de tensiones con los inmigrantes que profesan
otras creencias religiosas.
Si todos tienen voluntad de dialogar, aun siendo diversos, se puede
encontrar un terreno de intercambios provechosos y desarrollar una amistad útil
y recíproca, que puede traducirse también en una eficaz colaboración para
alcanzar objetivos compartidos al servicio del bien común. Se trata de una
oportunidad providencial, especialmente para las metrópolis donde es muy
elevado el número de inmigrantes pertenecientes a culturas y religiones
diferentes. A este propósito, se podría hablar de auténticos
"laboratorios" de convivencia civil y diálogo constructivo. El
cristiano, dejándose guiar por el amor a su divino Maestro, que con su muerte
en la cruz redimió a todos los hombres, abre también sus brazos y su corazón a
todos. Debe animarlo la cultura del respeto y la solidaridad, especialmente
cuando se encuentra en ambientes multiculturales y multirreligiosos.
4. Cada día, en muchas partes del mundo, emigrantes,
refugiados y desplazados se dirigen a parroquias y organizaciones católicas,
buscando apoyo, y son acogidos sin tener en cuenta su pertenencia cultural y
religiosa. El servicio de la caridad, que los cristianos siempre están llamados
a realizar, no puede limitarse a la mera distribución de ayudas humanitarias.
De este modo se crean nuevas situaciones pastorales, que la comunidad eclesial
no puede por menos de tener en cuenta. Corresponderá a sus miembros buscar
ocasiones oportunas para compartir con quienes son acogidos el don de la
revelación del Dios Amor, "que tanto amó al mundo, que dio a su Hijo
único" (Jn 3, 16).
Junto con el pan material, es indispensable no descuidar el ofrecimiento del
don de la fe, especialmente a través del propio testimonio existencial y
siempre con gran respeto a todos. La acogida y la apertura recíproca permiten
conocerse mejor y descubrir que las diversas tradiciones religiosas contienen a
menudo valiosas semillas de verdad. El diálogo que resulta de ello puede
enriquecer a cualquier espíritu abierto a la verdad y al bien.
De este modo, si el diálogo interreligioso constituye uno de los desafíos
más significativos de nuestro tiempo, el fenómeno de las migraciones podría
favorecer su desarrollo. Obviamente, como escribí en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte, este diálogo no podrá
"basarse en el indiferentismo religioso" (n. 56). Antes bien, los
cristianos "tenemos el deber de desarrollarlo dando el testimonio pleno de
la esperanza que está en nosotros" (ib.). El diálogo no debe
esconder el don de la fe, sino exaltarlo. Por otra parte, ¿cómo podríamos tener
semejante riqueza sólo para nosotros? Debemos ofrecer a los emigrantes y a los
extranjeros que profesan religiones diversas, y que la Providencia pone en
nuestro camino, el mayor tesoro que poseemos, aunque con gran atención a la
sensibilidad de los demás.
Para realizar esta misión es preciso dejarse guiar por el
Espíritu Santo. En el día de Pentecostés, el Espíritu de verdad completó el
proyecto divino sobre la unidad del género humano en la diversidad de las
culturas y las religiones. Al escuchar a los Apóstoles, los numerosos
peregrinos reunidos en Jerusalén exclamaron admirados: "Les oímos hablar
en nuestra lengua las maravillas de Dios" (Hch 2, 11). Desde aquel día, la
Iglesia prosigue su misión, proclamando las "maravillas" que Dios no
cesa de realizar entre los miembros de las diferentes razas, pueblos y
naciones.
5. A María, Madre de Jesús y de la humanidad entera, le encomiendo
las alegrías y los esfuerzos de cuantos recorren con sinceridad el camino del
diálogo entre culturas y religiones diversas, para que acoja bajo su amoroso
manto a las personas implicadas en el vasto fenómeno de las migraciones. Que
María, el "Silencio" en el cual la "Palabra" se hizo carne,
la humilde "esclava del Señor" que conoció las tribulaciones de la
migración y las pruebas de la soledad y el abandono, nos enseñe a testimoniar
la Palabra que se hizo vida entre nosotros y por nosotros. Que ella nos
disponga al diálogo sincero y fraterno con todos nuestros hermanos y hermanas
emigrantes, aunque pertenezcan a religiones diversas.
Acompaño estos deseos con la seguridad de mi oración y os bendigo a todos
con afecto.
Castelgandolfo, 25 de julio de 2001.
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