DEL PAPA
JUAN PABLO II PARA LA
LXXVIII JORNADA MUNDIAL DE LAS
MISIONES
(Esta Jornada se celebra en la Iglesia Católica el 24 de octubre de 2004)
«Eucaristía y Misión»
Queridos Hermanos y Hermanas:
1. El compromiso misionero de la Iglesia
constituye, también en este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en
varias ocasiones he querido recordar. La misión, como he recordado en la
Encíclica Redemptoris Missio, está aún lejos
de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su
servicio (cfr. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar
en la historia, está llamado a compartir la "sed" del Redentor (cfr Jn 19, 28). Los santos han advertido
siempre con mucha fuerza esta sed de almas que hay que salvar: baste pensar,
por ejemplo, a santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, y a monseñor
Comboni, gran apóstol de África, que he tenido la alegría de elevar
recientemente al honor de los altares.
Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en
estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor
misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión "Ad gentes", partiendo del anuncio de
Cristo, Redentor de cada criatura humana. El Congreso Eucarístico
internacional, que será celebrado en Guadalajara, en México, el próximo mes de
octubre, mes misionero, será una ocasión extraordinaria para esta unánime toma
de conciencia misionera alrededor de la Mesa del Cuerpo y de la Sangre de
Cristo. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su origen y su
mandato misionero. "Eucaristía y Misión", como bien subraya el
tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un binomio
inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre el misterio
eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año una elocuente
referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración del 150 aniversario de
la definición de la Inmaculada Concepción (1854-2004). Contemplamos la
Eucaristía con los ojos de María. Contando con la intercesión de la Virgen, la
Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todas las gentes, para que le
reconozcan y le acojan como único salvador.
2. Volviendo idealmente al Cenáculo, el año pasado, precisamente el
Jueves Santo, he firmado la Encíclica Ecclesia de
Eucharistia, de la que quisiera tomar algunos pasajes que nos pueden
ayudar, queridos Hermanos y Hermanas, a vivir con espíritu eucarístico la
próxima Jornada Misionera Mundial.
«La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la
Eucaristía» (n. 26): así escribía observando cómo la misión de la Iglesia se
encuentra en continuidad con la de Cristo (Cfr Jn 20, 21), y obtiene fuerza
espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la Eucaristía
es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y
con el Espíritu Santo» (Ecclesia de Eucharistia, 22).
Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad
de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia,
cuyo programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que
conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con
él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (Ibíd
60).
Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y
familia de Dios: una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende
mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible
jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna comunidad
cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada
Eucaristía» (Ibíd. 33; cfr Presbyterorum ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el
celebrante despide la asamblea con las palabras "Ite, misa est",
todos deben sentirse enviados como "misioneros de la Eucaristía" a
difundir en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra
a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor
misericordioso del Redentor.
3. Para vivir de la Eucaristía es necesario, además, demorarse largo
tiempo en oración ante el Santísimo Sacramento, experiencia que yo mismo hago
cada día encontrando en ello fuerza, consuelo y apoyo (cfr Ecclesia de
Eucharistia, 25). La Eucaristía, subraya el
Concilio Vaticano II, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen
gentium, 11), «fuente y culminación de
toda la predicación evangélica» (Presbyterorum ordinis, 5).
El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre,
transformados por la fuerza del Espíritu Santo en el cuerpo y sangre de Cristo,
son la prueba de "un nuevo cielo y una nueva tierra" (Ap 21, 1), que la Iglesia anuncia en
su misión cotidiana. En Cristo, que adoramos presente en el misterio eucarístico,
el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y sobre su
historia.
¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante
relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin
posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para
evangelizar el mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la
celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía.
4. En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de
la Redención culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las
palabras de la consagración: "mi cuerpo que es entregado por
vosotros... mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc 22, 19-20). Cristo ha muerto por
todos; el don de la salvación es para todos, don que la Eucaristía hace
presente sacramentalmente a lo largo de la historia: "haced esto en
recuerdo mío" (Lc 22, 19).
Este mandato está confiado a los ministros ordenados mediante el sacramento del
Orden. A este banquete y sacrificio están invitados todos los hombres, para
poder, así, participar de la misma vida de Cristo: "El que come mi
carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que
vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por
mí" (Jn 6, 56-57).
Alimentados de Él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en
el ser "una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo"
(Rm 15, 16), para formar cada vez
más "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32) y ser así testigos de su
amor hasta los extremos confines de la tierra.
La Iglesia, Pueblo de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando
cada día el sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es
cuanto proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida
alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del encuentro
final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su designio de salvación
universal.
El Espíritu Santo, con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo
cristiano en este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos
de dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el
consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y
el pecado; es el "pan de vida" que sostiene a todos cuantos, a su
vez, se hacen "pan partido" para los hermanos, pagando a veces
incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio.
5. Se conmemora este año, como he recordado, el 150 aniversario de la
proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. María fue
"redimida" de modo eminente en previsión de los méritos de su
Hijo" (Lumen gentium, 53).
Consideraba en la Carta encíclica Ecclesia de
Eucharistia: «Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que
tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor» (n. 62).
María, «el primer tabernáculo de la historia» (Ibíd 55),
nos muestra y nos ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr Jn 14, 6). «Así como Iglesia y
Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio
María y Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 57).
Es mi deseo que la feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico
con el 150 aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles,
a las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de afianzarse en
el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada comunidad «una verdadera
hambre de la Eucaristía» (Ibíd n. 33). La ocasión es igualmente
propicia para recordar la contribución que las beneméritas Obras Misionales
Pontificias ofrecen a la acción apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con
todo mi aprecio y les doy las gracias, en nombre de todos, por el precioso
servicio que ofrecen a la nueva evangelización y a la misión Ad gentes. Invito a apoyarlas espiritual y
materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio evangélico
pueda llegar a todos los pueblos de la tierra.
Con tales sentimientos, invocando la materna intercesión de María,
"Mujer eucarística", os bendigo de corazón a todos.
En el Vaticano, 19 de abril de 2004.
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