DE JUAN PABLO II PARA LA
JORNADA MUNDIAL DE LOS
EMIGRANTES Y REFUGIADOS 2004
La Iglesia en España celebra esta
jornada el último
domingo de septiembre, que en 2004 será el día 26
Migraciones desde una óptica de
paz
1. La Jornada del Emigrante y el Refugiado, con el tema «Migraciones
desde una óptica de paz», ofrece este año la oportunidad de reflexionar sobre
un argumento que se ha hecho particularmente importante. El tema llama la
atención de la opinión pública sobre la movilidad humana forzada, centrándose
en algunos aspectos problemáticos de gran actualidad a causa de la guerra y de
la violencia, del terrorismo y de la opresión, de la discriminación y de la
injusticia, por desgracia siempre presentes en las crónicas diarias. Los medios
de comunicación hacen llegar a las casas imágenes de sufrimiento, de violencia
y de conflictos armados. Son tragedias que perturban profundamente a países y
continentes, y con frecuencia golpean a las zonas más pobres. De este modo, a
un drama se le suman otros.
Por desgracia nos estamos acostumbrando a ver la peregrinación desconsolada
de los desplazados, la huida desesperada de los refugiados, el desembarque con
todos los medios de emigrantes en los países más ricos, en busca de soluciones
para sus muchas exigencias personales y familiares. Surge entonces la pregunta:
¿cómo hablar de paz cuando se registran constantemente situaciones de tensión
en muchas regiones de la Tierra? ¿Cómo puede contribuir el fenómeno de las
migraciones a construir la paz entre los hombres?
2. Nadie puede negar que la aspiración a la paz está en el corazón de
buena parte de la humanidad. Precisamente ése deseo ardiente lleva a buscar
todo camino para realizar un futuro mejor para todos. Está aumentando cada vez
más la convicción de que es necesario combatir el mal de la guerra en su raíz,
pues la paz no es sólo la ausencia de conflictos, sino un proceso dinámico y
participativo a largo plazo, que involucra a todos los ámbitos sociales, desde
la familia hasta la escuela, así como a las diferentes instituciones y
organismos nacionales e internacionales. Juntos podemos y debemos construir una
cultura de paz, adecuada para prevenir el recurso a las armas y a toda forma de
violencia. Por este motivo se han de alentar los gestos y los esfuerzos
concretos de perdón y de reconciliación; es necesario superar contrastes y
divisiones que de lo contrario se perpetuarían sin solución posible. Se ha de
reafirmar con vigor que no puede haber auténtica paz sin justicia y sin respeto
de los derechos humanos. De hecho, existe un íntimo lazo entre justicia y paz,
como ya lo ponía de manifiesto en el Antiguo Testamento el profeta: «Opus
iustitiae pax» (Isaías 32, 17).
3. Crear condiciones concretas de paz, en lo que concierne a los
emigrantes y refugiados, significa comprometerse seriamente para salvaguardar
ante todo el derecho a no emigrar, es decir, a vivir en paz y dignidad en la
propia patria. Gracias a una atenta administración local y nacional, a un
comercio más equitativo, a una solidaria cooperación internacional, hay que
ofrecer a todo país la posibilidad de asegurar a sus habitantes, además de la
libertad de expresión y de movimiento, la posibilidad de satisfacer sus
necesidades fundamentales como la comida, la salud, el trabajo, la casa, la
educación, sin las cuales mucha gente se ve en la obligación de emigrar por la
fuerza.
Existe también el derecho a emigrar. El fundamento de este derecho, recuerda
el beato Juan XXIII en la encíclica «Mater et magistra» es el destino universal
de los bienes de este mundo (Cf. números 30 y 33). Corresponde obviamente a los
gobiernos reglamentar los flujos migratorios en el pleno respeto de la dignidad
de las personas y de las necesidades de sus familias, teniendo en cuenta las
exigencias de las sociedades que acogen a los inmigrantes. En este sentido,
existen ya acuerdos internacionales que tutelan a los que emigran, así como a
quienes buscan refugio o asilo político en otro país. Son acuerdos que siempre
pueden ser ulteriormente perfeccionados.
4. ¡Nadie puede quedar indiferente ante las condiciones que
experimentan columnas enteras de emigrantes! Se trata de gente a la merced de
los acontecimientos, que cargan a sus espaldas situaciones con frecuencia
dramáticas. Los medios de comunicación transmiten imágenes impresionantes y en
ocasiones aterradoras. Se trata de niños, jóvenes, adultos y ancianos con
rostros demacrados y con los ojos henchidos de tristeza y soledad. En los
campos en los que son acogidos experimentan en ocasiones agudas restricciones.
Sin embargo, es un deber en este sentido reconocer el laudable esfuerzo
realizado por muchas organizaciones públicas y privadas para aliviar las
situaciones preocupantes que se han creado en algunas regiones del Planeta.
Tampoco se puede dejar de denunciar el tráfico de explotadores sin
escrúpulos que abandonan en el mar, en embarcaciones precarias, a personas que
buscan desesperadamente un futuro menos incierto. Quien atraviesa condiciones
críticas tienen necesidad de ayudas diligentes y concretas.
5. A pesar de los problemas que he mencionado, el mundo de los
emigrantes es capaz de ofrecer una válida contribución a la consolidación de la
paz. Las migraciones pueden de hecho facilitar el encuentro y la comprensión
entre las civilizaciones, así entre personas y comunidades. Este enriquecedor
diálogo intercultural constituye, como escribí en el Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2001, un «camino necesario para la construcción de un mundo
reconciliado». Es lo que sucede cuando los emigrantes son tratados con el
debido respeto de la dignidad de toda persona; cuando se favorece con todos los
medios la cultura de la acogida y la cultura de la paz, que armoniza las
diferencias y busca el diálogo, sin caer en formas de indiferencia cuando los
valores están en cuestión. Esta apertura solidaria se convierte en ofrecimiento
de paz y en condición de paz.
Si se favorece una integración gradual de todos los emigrantes, en el
respeto de su identidad, manteniendo al mismo tiempo el patrimonio cultural de
las poblaciones que los acogen, se corre menos el riesgo de que se concentren
formando verdaderos y propios guetos, en los que quedan aislados del contexto
social, terminando a veces por alimentar incluso el deseo de conquistar
paulatinamente el territorio.
Cuando las «diferencias» se encuentran integrándose, dan vida a una
«convivencia de las diferencias». Se redescubren los valores comunes a toda
cultura, capaces de unir y no de dividir; valores que hunden sus raíces en un
mismo «humus» humano. Esto ayuda al establecimiento de un diálogo provechoso
para construir un camino de tolerancia recíproca, realista y respetuosa de las
peculiaridades de cada quien. Con estas condiciones, el fenómeno de las
migraciones ayuda a cultivar el «sueño» de un porvenir de paz para toda la
humanidad.
6. «¡Bienaventurados los que trabajan por la paz!», dice el Señor
(Cf. Mateo 5, 9). Para los cristianos la búsqueda de una comunión fraterna
entre los hombres encuentra su manantial y su modelo en Dios, Uno en su
naturaleza y Trino en las Personas. Deseo de corazón que toda comunidad
eclesial, formada por emigrantes y refugiados y por aquellos que les acogen,
sacando inspiración de los manantiales de la gracia, se comprometa
incansablemente en la construcción de la paz. ¡Que nadie se resigne ante la
injusticia, ni se deje abatir por las dificultades y los problemas!
Si el «sueño» de un mundo en paz es compartido por muchos, si se valoriza la
aportación de los emigrantes y de los refugiados, la humanidad puede
convertirse cada vez más en familia de todos y nuestra Tierra en una auténtica
«casa común».
7. Con su vida y sobre todo con su muerte en la cruz, Jesús nos
demostró el camino que hay que recorrer. Con su resurrección nos ha asegurado
que el bien triunfa siempre sobre el mal y que todo esfuerzo y toda pena,
ofrecida al Padre celestial en comunión con su Pasión, contribuye a la
realización del designio universal de salvación.
Con esta certeza, invito a cuantos están involucrados en el gran sector de
las migraciones a ser agentes de paz. Rezo especialmente por ello, mientras
invoco la maternal intercesión de María, Madre del Unigénito Hijo de Dios hecho
hombre, a todos y a cada uno envío mi bendición.
Vaticano, 15 de diciembre de 2003
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