DE JUAN PABLO II PARA LA
JORNADA MUNDIAL
DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO 2005
16 de enero de 2005
La integración intercultural
Queridos hermanos y hermanas:
1. Se aproxima la Jornada del Emigrante y del Refugiado. En el
Mensaje anual, que suelo enviaros con esta ocasión, quisiera referirme, esta
vez, al fenómeno migratorio desde el punto de vista de la integración.
Muchos utilizan esta palabra para indicar la necesidad de que los emigrantes
se inserten de verdad en los países de acogida, pero el contenido de este
concepto y su práctica no se definen fácilmente. A este respecto, me complace
trazar su marco recordando la reciente Instrucción "Erga migrantes caritas Christi"
(cf. n. 2, 42, 43, 62, 80 y 89).
En ella la integración no se presenta como una asimilación, que induce a
suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro
lleva, más bien, a descubrir su "secreto", a abrirse a él para aceptar sus
aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un
proceso largo, encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean
cada vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los hombres. En ese
proceso, el emigrante se esfuerza por dar los pasos necesarios para la
integración social, como el aprendizaje de la lengua nacional y la adecuación a
las leyes y a las exigencias del trabajo, a fin de evitar la creación de una
diferenciación exasperada.
No trataré los diversos aspectos de la integración. En esta ocasión, sólo
deseo profundizar con vosotros en algunas implicaciones del aspecto
intercultural.
2. De todos es conocido el conflicto de identidad que a menudo se
verifica en el encuentro entre personas de culturas diversas. En ello no faltan
elementos positivos. Al insertarse en un ambiente nuevo, el inmigrante con
frecuencia toma mayor conciencia de quién es, especialmente cuando siente la
falta de personas y valores que son importantes para él.
En nuestras sociedades, marcadas por el fenómeno global de la migración, es
preciso buscar un justo equilibrio entre el respeto de la propia identidad y el
reconocimiento de la ajena. En efecto, es necesario reconocer la legítima
pluralidad de las culturas presentes en un país, en compatibilidad con la
tutela del orden, del que dependen la paz social y la libertad de los
ciudadanos.
En efecto, se deben excluir tanto los modelos asimilacionistas, que tienden
a hacer que el otro sea una copia de sí, como los modelos de marginación de los
inmigrantes, con actitudes que pueden llevar incluso a la práctica del apartheid.
Es preciso seguir el camino de la auténtica integración (cf. Ecclesia in
Europa, 102), con una
perspectiva abierta, que evite considerar sólo las diferencias entre
inmigrantes y autóctonos (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz
de 2001, n. 12).
3. Así surge la necesidad del diálogo entre hombres de culturas
diversas en un marco de pluralismo que vaya más allá de la simple tolerancia y
llegue a la simpatía. Una simple yuxtaposición de grupos de emigrantes y
autóctonos tiende a la recíproca cerrazón de las culturas, o a la instauración
entre ellas de simples relaciones de exterioridad o de tolerancia. En cambio,
se debería promover una fecundación recíproca de las culturas. Eso supone el
conocimiento y la apertura de las culturas entre sí, en un marco de auténtico
entendimiento y benevolencia.
Además, los cristianos, por su parte, conscientes de la trascendente acción
del Espíritu, saben reconocer la presencia en las diversas culturas de
"valiosos elementos religiosos y humanos" (cf. Gaudium et spes, 92), que pueden ofrecer sólidas perspectivas de
entendimiento mutuo. Obviamente, es preciso conjugar el principio del respeto
de las diferencias culturales con el de la tutela de los valores comunes
irrenunciables, porque están fundados en los derechos humanos universales. De
aquí brota el clima de "racionabilidad cívica" que permite una convivencia
amistosa y serena.
Los cristianos, si son coherentes consigo mismos, no
pueden pues renunciar a predicar el Evangelio de Cristo a todas las gentes (cf.
Mc 16, 15). Obviamente, lo deben
hacer respetando la conciencia de los demás y practicando siempre el método de
la caridad, como ya recomendaba san Pablo a los primeros cristianos (cf. Ef 4, 15).
4. La imagen del profeta Isaías que he recordado
varias veces en los encuentros con los jóvenes de todo el mundo (cf. Is 21, 11-12) podría utilizarse
también aquí para invitar a todos los creyentes a ser "centinelas de la
mañana". Como centinelas, los cristianos deben ante todo escuchar el grito de
ayuda que lanzan tantos inmigrantes y refugiados, y luego deben promover, con
un compromiso activo, perspectivas de esperanza, que anticipen el alba de una
sociedad más abierta y solidaria. A ellos, en primer lugar, corresponde
descubrir la presencia de Dios en la historia, incluso cuando todo parece estar
aún envuelto en las tinieblas.
Con este deseo, que transformo en oración al Dios que
quiere reunir en torno a sí a todos los pueblos y a todas las lenguas (cf. Is 66, 18), envío a cada uno con gran
afecto mi bendición.
Vaticano, 24 de noviembre de 2004
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