DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II
A LOS JOVENES CON OCASION DE LA
VI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
"Habéis
recibido un espíritu de hijos" (Rm
8, 15).
Muy queridos jóvenes:
1. Las Jornadas mundiales de la juventud marcan etapas muy importantes en la
vida de la Iglesia que, en la perspectiva del año 2000, busca intensificar su
compromiso evangelizador en el mundo contemporáneo. Proponiendo cada año para
vuestra meditación algunas verdades esenciales de la enseñanza
evangélica, las Jornadas quieren alimentar vuestra fe e imprimir nuevos
impulsos a vuestro apostolado.
Como tema de la VI Jornada mundial de la juventud, he
elegido las palabras de san Pablo: "Habéis recibido un espíritu de
hijos" (Rm 8, 15). Son
palabras que nos introducen en el misterio más profundo de la vocación
cristiana: en efecto, según el designio divino hemos sido llamados a ser hijos de
Dios en Cristo, por medio del Espíritu Santo.
¿Cómo no quedar asombrados ante esta perspectiva
vertiginosa? ¡El hombre -un ser creado y limitado, más aún, pecador- es
destinado a ser hijo de Dios! ¿Cómo no exclamar con san Juan: "Mirad cómo
nos amó el Padre. Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos
realmente" (1Jn 3, 1). ¿Cómo
permanecer indiferentes ante este desafío del amor paternal de Dios que nos
invita a una comunión de vida tan profunda e íntima?
Celebrando la próxima Jornada mundial, dejad que este santo asombro os
invada e inspire, en cada uno de vosotros, una adhesión cada vez más filial a
Dios, nuestro Padre.
2. "Habéis recibido un espíritu de hijos..."
El Espíritu Santo, verdadero protagonista de nuestra
filiación divina, nos ha regenerado a una vida nueva en las aguas del bautismo.
Desde ese momento él "se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que
somos hijos de Dios" (Rm 8, 16).
¿Qué implica, en la vida del cristiano, ser hijo de Dios?
San Pablo escribe: "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son
hijos de Dios" (Rm 8, 14). Ser
hijos de Dios significa, pues, acoger al Espíritu Santo, dejarse guiar por él,
estar abiertos a su acción en nuestra historia personal y en la historia del
mundo.
A todos vosotros, jóvenes, con ocasión de esta Jornada
mundial de la Juventud, os digo: ¡Recibid el Espíritu Santo y sed fuertes en
la fe! "Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez,
sino de fortaleza, de amor y de sobriedad" (2Tm 1, 7).
"Habéis recibido un espíritu de hijos...".
Los hijos de Dios, es decir, los hombres renacidos en el bautismo y
fortalecidos en la confirmación, son los primeros constructores de una nueva
civilización, la civilización de la verdad y del amor: son la luz del
mundo y la sal de la tierra (cf. Mt 5,
13-16).
Pienso en los profundos cambios que se están verificando en el mundo. Ante
numerosos pueblos se abren las puertas de la esperanza de una vida más digna y
más humana. A este propósito, vuelvo a pensar en las palabras, verdaderamente
proféticas, del concilio Vaticano II: "El Espíritu de Dios, que con
admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la
tierra, no es ajeno a esta evolución" (Gaudium et spes, 26).
Sí, el Espíritu de los hijos de Dios es fuerza propulsora de la historia
de los pueblos. Él suscita en todo tiempo hombres nuevos que viven en la santidad,
en la verdad y en la justicia. El mundo que, a las puertas del 2000, está
buscando ansiosamente los caminos para una convivencia más solidaria, tiene
urgente necesidad de poder contar con personas que, gracias al Espíritu Santo,
vivan como verdaderos hijos de Dios.
3. Y "la prueba de que sois hijos es que Dios ha
enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre! De
modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por
voluntad de Dios" (Ga 4, 6-7).
San Pablo nos habla de la herencia de los hijos de Dios. Se trata de un
don de vida eterna, y al mismo tiempo de un deber que tenemos que realizar ya
hoy, de un proyecto de vida fascinante, sobre todo para vosotros, jóvenes, que
en lo profundo de vuestros corazones lleváis la nostalgia de altos ideales.
La santidad es la esencial herencia de los hijos de
Dios. Cristo dice: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre
celestial" (Mt 5, 48). La
santidad consiste en cumplir la voluntad del Padre en cada circunstancia de la
vida. Es el camino maestro que Jesús mismo nos ha indicado: "No todo el
que me diga: 'Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos, sino el que
haga la voluntad de mi Padre celestial" (Mt 7, 21).
Lo que os dije en Santiago de Compostela, os lo repito también hoy: "¡Jóvenes,
no tengáis miedo de ser santos!". ¡Volad a gran altura, consideraos
entre aquellos que vuelven la mirada hacia metas dignas de los hijos de Dios!
¡Glorificad a Dios con vuestra vida!
4. La herencia de los hijos de Dios exige también el
amor fraterno a ejemplo de Jesús, primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8, 29): "Que os améis los unos
a los otros, como yo os he amado" (Jn
15, 12). Invocando a Dios como "Padre" es imposible no reconocer
en el prójimo -quienquiera que él fuere- un hermano que tiene derecho a nuestro
amor. Aquí está el gran compromiso de los hijos de Dios: trabajar en la
edificación de una convivencia fraterna entre todos los pueblos.
¿No es esto lo que el mundo de hoy necesita? Se advierte fuertemente, en el
interior de las naciones, un gran deseo de unidad que rompa toda barrera de
indiferencia y de odio. Os corresponde en particular a vosotros, jóvenes, la
gran tarea de construir una sociedad más justa y solidaria.
5. Prerrogativa de los hijos de Dios es, luego, la libertad: también esta es
parte de su herencia. Aquí se toca un tema al cual vosotros, jóvenes,
sois particularmente sensibles, ya que se trata de un don inmenso que el
Creador ha puesto en nuestras manos. Pero es un don que se debe usar bien.
¡Cuántas formas falsas de libertad conducen a la esclavitud!
En la encíclica Redemptor Hominis
he escrito a este propósito: "Jesucristo sale al encuentro del hombre
de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: 'Conoceréis
la verdad, y la verdad os hará libres' (Jn
8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo
tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la
verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de
que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y
unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el
hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a
nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la
verdad..." (n. 12).
"Para ser libres nos libertó Cristo" (Ga 5, 1). La liberación traída por
Cristo es una liberación del pecado, raíz de todas las esclavitudes humanas.
Dice san Pablo: "Vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido
de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados, y liberados
del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia" (Rm 6, 17). La
libertad es, pues, un don y, al mismo tiempo, un deber fundamental de todo
cristiano: "Pues vosotros no habéis recibido un espíritu de
esclavos..." (Rm8, 15), exhorta el Apóstol.
Es importante y necesaria la libertad exterior,
garantizada por leyes civiles justas, y por esto con razón nos alegramos de que
hoy aumente el número de los países donde se respetan los derechos
fundamentales de la persona humana, aunque a veces el precio de esta libertad
haya sido muy alto, a costa de grandes sacrificios e incluso de sangre. Pero la
libertad exterior -aun siendo tan preciosa- por sí sola no basta. En sus raíces
debe estar siempre la libertad interior, propia de los hijos de Dios que viven
según el Espíritu (cf. Ga 5, 16),
guiados por una recta conciencia moral, capaces de escoger el bien verdadero.
"Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2Co 3, 17). Es este, queridos
jóvenes, el único camino para construir una humanidad madura y digna de este
nombre.
Ved, pues, cuán grande y comprometedora es la herencia de los hijos de
Dios, a la cual sois llamados. Acogedla con gratitud y responsabilidad. ¡No
la malgastéis! Tened el coraje de vivirla cada día de modo coherente y
anunciadla a los demás. Así el mundo llegará a ser, cada vez más, la gran
familia de los hijos de Dios.
6. En el centro de la Jornada mundial de la juventud de 1991 se tendrá un
nuevo encuentro mundial de jóvenes.
Esta vez, como conclusión de los encuentros y de las celebraciones
acostumbradas en las diócesis, nos volveremos a encontrar para rezar juntos en
el santuario de la Virgen Negra de Czestochowa, en Polonia, en mi patria.
Recordando la experiencia de la peregrinación a Santiago de Compostela (1989),
muchos de vosotros acudiréis con alegría a este encuentro en la solemnidad de
la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, el 14 y 15 de agosto de 1991.
Llevaremos con nosotros, en nuestros corazones y en nuestras plegarias, a los
jóvenes de todo el mundo.
Encaminaos, pues, desde ahora, hacia la casa de la Madre de Cristo y Madre
nuestra, para meditar, bajo su mirada amorosa, sobre el tema de la VI Jornada: "Habéis
recibido un espíritu de hijos...".
¿Dónde se puede aprender mejor qué cosa significa ser
hijos de Dios sino a los pies de la Madre de Dios? María es la mejor Maestra. A
ella ha sido confiado un papel fundamental en la historia de la salvación:
"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de
mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y
para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4).
¿Dónde, sino en su corazón maternal, se puede guardar mejor la herencia de
los hijos de Dios prometida por el Padre? Llevamos este don en vasijas de
barro. Nuestra peregrinación será, pues, para cada uno de nosotros, un gran
acto de entrega confiada a María. Iremos a un santuario que, para el pueblo
polaco, tiene un significado muy particular, como lugar de evangelización y de
conversión, hacia el cual confluyen miles de peregrinos provenientes de todas
las partes del país y del mundo. Desde hace más de 600 años, en el monasterio
de Jasna Góra en Czestochowa, María es venerada en su icono milagroso de la
Virgen Negra. En los momentos más difíciles de su historia, el pueblo polaco ha
encontrado allí, en la casa de la Madre, la fuerza de la fe y la esperanza, la
propia dignidad y la herencia de los hijos de Dios.
Para todos, jóvenes del Este y del Oeste, del Norte y del Sur, la
peregrinación a Czestochowa será un testimonio de fe ante el mundo entero. Será
una peregrinación de libertad a través de las fronteras de las naciones que se
abren cada vez más a Cristo, Redentor del hombre.
7. Con este mensaje quiero iniciar el camino de preparación espiritual ya
sea a la VI Jornada mundial de la juventud, ya sea a la peregrinación a
Czestochowa. Estas reflexiones quieren servir para iniciar este camino que es,
sobre todo, de fe, de conversión y de vuelta a lo esencial en nuestra vida.
A vosotros, jóvenes de los países del Este europeo, dirijo una palabra de
especial aliento. No faltéis a esta cita que se prevé, desde ahora, como un
encuentro memorable entre las jóvenes Iglesias del Este y del Oeste. Vuestra
presencia en Czestochowa constituirá un testimonio de fe de enorme significado.
Y vosotros, queridísimos jóvenes de mi amada Polonia, estáis llamados esta
vez a dar hospitalidad a vuestros amigos que llegarán de todas las partes del
mundo. Para vosotros y para la Iglesia de Polonia, este encuentro, al cual yo
también acudiré, constituirá un don espiritual extraordinario en este momento
histórico que estáis viviendo, tan lleno de esperanzas para el futuro.
Espiritualmente arrodillado ante la imagen de la Virgen Negra de
Czestochowa, confío a su amorosa protección el entero desarrollo de la VI
Jornada mundial de la juventud.
A vosotros, queridos jóvenes, envío mi cordial y paternal bendición.
Vaticano, 15 de agosto de 1990, solemnidad de la Asunción de María
Santísima.