DEL SANTO PADRE PARA LA
XXXII JORNADA MUNDIAL DE
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
IV Domingo de Pascua
Venerables hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas de todo el mundo:
"Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38). Con estas palabras del
Señor me dirijo a toda la Iglesia, que el próximo 7 de mayo, IV domingo de
Pascua, celebrará la anual Jornada mundial de oración por las vocaciones sobre
el tema: Pastoral juvenil y pastoral vocacional son complementarias.
1. Han pasado diez años desde que la Organización de las Naciones
Unidas proclamó al año 1985 Año internacional de la juventud. En aquella
circunstancia dirigí una carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo para
fijar el gozoso encuentro anual con ellos en la Jornada mundial de la juventud.
Al término del decenio deseo agradecer al Señor por las esperanzas que tal
iniciativa ha sembrado y hecho crecer en el corazón de los jóvenes y, con
ocasión de la próxima Jornada mundial de oración por las vocaciones, invito
a todos a reflexionar sobre el estrecho lazo que une la pastoral juvenil a la
pastoral vocacional.
Invitando en repetidas ocasiones a la juventud, esparcida
por todo el mundo, a meditar sobre la conversación de Cristo con el joven (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23), he tenido ocasión de
subrayar que la juventud alcanza su riqueza verdadera cuando se vive principalmente
como tiempo de reflexión vocacional.
La pregunta del joven: ¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?
revela una dimensión constitutiva de la misma juventud. El joven, en efecto,
quiere decir: "¿Qué he de hacer para que mi vida tenga sentido? ¿Cuál es el
plan de Dios respecto a mi vida? ¿Cuál es su voluntad?".
El diálogo que surge de la pregunta del joven, ofrece a Jesús la ocasión
para revelar la especial intensidad con la que Dios ama a aquel o a aquella que
es capaz de plantearse la pregunta sobre el propio futuro en clave vocacional: Fijando
en él la mirada, lo amó. Quien vive seriamente la inquietud vocacional
encuentra en el corazón de Cristo una atención llena de ternura. Poco después,
Jesús revela también cuál es la respuesta que Dios da a quien vive la propia
juventud como tiempo propicio de orientación espiritual. La respuesta es: ¡Sígueme!
Siguiendo a Jesús es como la juventud revela toda la riqueza de sus
posibilidades y adquiere plenitud de significado.
Siguiendo a Jesús es como los jóvenes descubren el sentido de una
vida vivida como don de sí y experimentan la belleza y la verdad de un
crecimiento en el amor.
Siguiendo a Jesús es como se sienten llamados a la comunión con él
como miembros vivos de un mismo cuerpo, que es la Iglesia.
Siguiendo a Jesús es como les será posible comprender la vocación
personal al amor: en el matrimonio, en la vida consagrada, en el ministerio
ordenado o en la misión Ad gentes.
2. Aquel diálogo manifiesta, además, que la atención y la ternura de
Jesús pueden quedar sin respuesta. Y la tristeza es la consecuencia de opciones
de vida que alejan de él.
¡Cuántos motivos, todavía hoy, impiden a adolescentes y jóvenes vivir la
verdad de su edad en la adhesión generosa a Cristo! ¡Cuántos son, todavía, los
que no saben a quién dirigir la pregunta que el joven rico dirigió a
Jesús! ¡Cuántos jóvenes corren el riesgo de privarse de un auténtico
desarrollo!
Y, sin embargo, ¡cuántas esperanzas! En el corazón de toda nueva generación
permanece siempre fuerte el deseo de dar un sentido a la propia existencia. Los
jóvenes buscan, en su camino, alguien que sepa hablar con ellos de los
problemas que les agobian y proponer soluciones, valores, perspectivas por las
que valga la pena jugarse el propio futuro.
Lo que hoy se requiere es una Iglesia que sepa responder a las
expectativas de los jóvenes. Jesús desea dialogar con ellos y proponerles,
a través de su cuerpo que es la Iglesia, la perspectiva de una elección que
compromete toda su vida. Como Jesús con los discípulos de Emaús, así la Iglesia
debe hacerse hoy compañera de viaje de los jóvenes, con frecuencia marcados por
incertidumbres, resistencias y contradicciones, para anunciarles la noticia
siempre maravillosa de Cristo resucitado.
He aquí, pues, lo que se necesita: una Iglesia para los jóvenes, que
sepa hablar a su corazón, caldearlo, consolarlo, entusiasmarlo con el gozo del
Evangelio y la fuerza de la Eucaristía; una Iglesia que sepa acoger y hacerse
desear por quien busca un ideal que comprometa toda la existencia; una Iglesia
que no tema pedir mucho, después de haber dado mucho; que no tenga miedo de
pedir a los jóvenes el esfuerzo de una noble y auténtica aventura, cual es la
del seguimiento evangélico.
3. El compromiso de la Iglesia por los jóvenes, con las debidas
atenciones de orden pedagógico y metodológico, no puede prescindir en modo
alguno de considerar como deber primario la propuesta y el acompañamiento de
las diferentes vocaciones. Ni tampoco puede prescindir de una atención
constante y específica a las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida de
especial consagración, que necesitan por su misma naturaleza un cuidado
particular.
Todo proyecto de pastoral juvenil debe proponerse como fin último la
maduración en un diálogo personal, profundo, decisivo del joven o de la joven
con el Señor. La dimensión vocacional, por tanto, es parte integrante de la
pastoral juvenil, hasta el punto de que, en síntesis, podemos afirmar: la
pastoral específica de las vocaciones encuentra en la pastoral juvenil su
espacio vital; y la pastoral juvenil es completa y eficaz cuando se abre a la
dimensión vocacional.
En la adolescencia se manifiesta, en efecto, una natural predisposición al
descubrimiento de lo nuevo, de lo verdadero, de lo bello y de lo bueno; es en
esta edad cuando se tienen las primeras experiencias que marcarán las etapas
sucesivas hacia la interiorización de la fe. La comunidad cristiana tiene
mucho que decir y que dar a los muchachos que viven esta novedad, porque
precisamente el evangelio de la vocación puede dar una respuesta a los
interrogantes, a las expectativas, a las inquietudes de los adolescentes y de
los jóvenes. La comunidad cristiana es guardiana y mensajera de esta
respuesta, porque ha sido enviada por el Señor a desvelar al adolescente y al
joven el sentido último de la existencia, orientándolo así hacia el
descubrimiento de su propia vocación en la vida cotidiana. Toda vida, en
efecto, se manifiesta como vocación que se ha de conocer y seguir, porque una
existencia sin vocación jamás podrá ser auténtica.
La comunidad cristiana está llamada a hacer posible el encuentro del
joven con Jesús, convirtiéndose en mediadora de la llamada y educadora de la
respuesta que él espera. Tiene la misión de hacer descubrir a los jóvenes su
llamada personal a ser Iglesia y a hacer Iglesia. La comunidad cristiana se
presenta, por tanto, como el contexto natural en el que los jóvenes pueden
completar su itinerario educativo, descubriendo la gran riqueza de su
maravillosa edad y correspondiendo a la vocación que el Dios de la vida ha
previsto para cada uno desde creación del mundo.
4. Los proyectos de pastoral juvenil, programados y realizados en las
Iglesias particulares, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones
eclesiales o en los institutos de vida consagrada, no pueden prescindir de este
objetivo y de estos contenidos.
Es deber de los educadores, en el desempeño de sus respectivas tareas,
acompañar la maduración de las diversas vocaciones, teniendo especial cuidado
de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Aun cuando no es su
acción la que produce directamente la respuesta, puede, sin embargo,
facilitarla y a veces hasta hacerla posible. El fruto es siempre una realidad
nueva, original, fundamentalmente gratuita: un fruto que, al concretizarse,
está expuesto a todas las incertidumbres de cualquier cultivo. A este respecto,
es preciso rechazar la tentación de una impaciencia apresurada y de una ansiosa
preocupación acerca de la suerte y de los ritmos de crecimiento de la semilla.
El educador está llamado algunas veces a ser diligente en el sembrar con
abundancia y con sabiduría y, después, a cumplir el propio deber sin forzar los
ritmos del desarrollo. Su mayor aspiración será la de abrir caminos educativos
que permitan al joven descubrir el corazón de Dios, de forma que, cumpliendo su
voluntad, pueda llegar a entrever el inmenso gozo que significa el don de la
vida y el de la vida que se hace don.
Sostenido por la certeza de que el Padre celestial continúa llamando a
muchos jóvenes a seguir más de cerca las huellas de Cristo, su Hijo, en el
sagrado ministerio, en la profesión de los consejos evangélicos o en la vida
misionera, confío a todos los responsables y agentes de la pastoral juvenil y
vocacional el fascinante y, al mismo tiempo, exigente deber de la animación
vocacional. Es necesario obrar de modo que "se difunda y arraigue la convicción
de que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la gracia
y la responsabilidad de cuidar las vocaciones" (Pastores dabo vobis, 41).
5. Estoy seguro de que en esta Jornada mundial de oración por las
vocaciones, se dará el primer puesto a la oración. Toda la Iglesia rece con
esperanza confiada, consciente de que las vocaciones son un don que se ha de
implorar con la oración y merecer con la santidad de vida.
A María, que en su juventud vivió la extraordinaria llamada a ser toda de
Dios y toda del hombre en el admirable misterio de la encarnación del Verbo
divino, confío todos los jóvenes del mundo y todos aquellos que, caminando con
ellos, se hacen sus guías en el sendero que conduce a la perfección.
La Redemptoris
Mater interceda para que en la Iglesia la vida engendre
nueva vida y para que todos los miembros del cuerpo de Cristo sepan revelar al
mundo que no hay verdadera humanidad, si no nos comprometemos a vivir como Dios
quiere.
Oremos:
¡Oh Virgen de Nazaret!, el sí que pronunciaste en tu juventud marcó
tu existencia y llegó a ser grande como tu misma vida.
¡Oh, Madre de Jesús!, en tu sí libre y gozoso y en tu fe activa,
muchas generaciones y muchos educadores han encontrado inspiración y fuerza
para acoger la palabra de Dios y para cumplir su voluntad.
¡Oh, Maestra de vida!, enseña a los jóvenes a pronunciar el sí que da
significado a la existencia y hace descubrir el nombre escondido por
Dios en el corazón de cada persona.
¡Oh, Reina de los Apóstoles!, danos educadores prudentes, que sepan amar a
los jóvenes y ayudarles a crecer, guiándoles al encuentro con la Verdad que los
hace libres y felices. ¡Amén!
Con estos votos imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros,
venerables hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, diáconos, religiosos,
religiosas y a todos los fieles laicos, en especial a los jóvenes y a las
jóvenes que con corazón dócil se ponen a la escucha de la voz de Dios, prontos
a acogerla con adhesión generosa y fiel.
Vaticano, 18 de octubre de 1994, decimoséptimo año de mi pontificado.
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