del Santo Padre Juan Pablo II
para la
Jornada mundial de las Misiones 1997
DOMINGO 19 DE
OCTUBRE 1997
"El
Espíritu del Señor sobre mí...; me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena
Nueva" (Lc 4, 18);
"También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de
Dios, porque a esto he sido enviado" (Luc 4, 43).
1. Queridísimos Hermanos y Hermanas: La Jornada Misionera
Mundial constituye una celebración importante en la vida de la Iglesia. Se
puede decir que su importancia aumenta a medida que nos acercamos al umbral del
año 2000. La Iglesia, bien consciente de que, fuera de Cristo, "no hay
bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos" (Hch 4, 12), hace
propias, hoy más que nunca, las palabras del Apóstol: "¡Ay de mí si no
predicara el Evangelio!" (1Co 9,
16).
Considero oportuno por tanto, en esta perspectiva, llamar la atención sobre
algunos puntos fundamentales de la Buena Nueva que la Iglesia está llamada a
proclamar y a llevar a las gentes en el nuevo Milenio.
2. Jesucristo, el enviado del Padre, el primer
Misionero, es el único Salvador del mundo. Él es el Camino, la Verdad,
la Vida: como lo era ayer, así lo es hoy y lo será mañana, hasta el fin de los
tiempos, cuando todas las cosas se recapitularán para siempre en Él. La
salvación que ha traído Jesús penetra en las profundidades más íntimas de la
persona, liberándola del dominio del Maligno, del pecado y de la muerte eterna.
Positivamente, la salvación es adviento de la "vida nueva" en Cristo.
Es don gratuito de Dios que solicita la libre adhesión del hombre: hay que
conquistarla, en efecto, día tras día "con la fatiga y el
sufrimiento" (cf. Evangelii Nuntiandi, 10). Es necesaria, por
tanto, nuestra personal e incansable colaboración acogiendo con voluntad dócil
el proyecto de Dios. Así se llega a la meta segura y definitiva que Cristo nos
obtuvo con la Cruz. No hay liberación alternativa con que poder alcanzar la
verdadera paz y la alegría que puede brotar sólo del encuentro con el
Dios-Verdad: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32).
Este es, en resumen, el "gozoso anuncio"
encomendado a Cristo para hacerlo llegar a los "pobres", a los
prisioneros de tantas esclavitudes de este mundo, a los "afligidos"
de todo tiempo y latitud, a todos los hombres, porque la salvación está
destinada a cada uno de los hombres y cada uno de éstos en toda la tierra tiene
derecho a llegar a conocerla: está en juego su destino eterno. San Pablo
recuerda: "Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará" (Rm 10, 3).
3. Pero ningún hombre podrá invocar nunca a Jesús, creer
en Él, si antes no ha oído hablar de El, es decir, si antes no se le ha
dado a conocer ese nombre. De ahí el mandato supremo del Maestro a los suyos
antes del retorno al Padre: "Id.. haced discípulos" (Mt 28, 19); "Predicad.. el
que crea y sea bautizado, se salvará" (Mc 16, 16). De ahí la consigna que
Él dió a la Iglesia, enviada a prolongar en el curso del tiempo su obra,
como "sacramento universal" de salvación (Lumen gentium, 48) y "canal del don de la gracia" ( Evangelii
nuntiandi, 14) para toda la humanidad.
De esto deriva "el privilegio" y al mismo tiempo "la
gravísima obligación" (cf. Mensaje para el DOMUND de 1996) que,
precisamente en virtud de la fe recibida, incumbe a todos los incorporados a la
Iglesia: "privilegio", "gracia" y "obligación" de
participar al esfuerzo global de la evangelización.
Ante los muchos que, si bien amados por el Padre (cf. Redemptoris
Missio, 3), no han recibido todavía la Buena
Nueva de la salvación, el cristiano no puede menos de experimentar en la propia
conciencia la trepidación que estremeció al apóstol Pablo, haciéndole exclamar:
"¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Co 9, 16). En cierta medida, en
efecto, cada uno es responsable en primera persona ante Dios de la "fe
malograda" de millones de hombres.
4. La magnitud de la empresa y el constatar la
insuficiencia de las propias fuerzas puede a veces inducir al desánimo, pero ho
nay que atemorizarse: no estamos solos. El Señor mismo nos ha asegurado:
"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20); "No os dejaré
huérfanos" (Jn 14, 18);
"Os enviaré el Consolador" (Jn
16, 7).
Debemos reanimarnos, especialmente en los momentos de oscuridad y de prueba,
pensando que, por muy laudables e indispensables que sean los esfuerzos del
hombre, la misión permanece siendo siempre, primariamente, obra de Dios,
obra del Espíritu Santo, el Consolador, que es su indiscutible
"protagonista" (cf. Redemptoris Missio, 21).
Ella se realiza en el Espíritu, es "envío en el Espíritu" (ib. 22).
En efecto, gracias a la acción del Espíritu, el Evangelio realiza "esta
obra en el espíritu del hombre y en la historia del mundo" ( Dominum et
Vivificantem, 42).
Todo cristiano, precisamente por la "unción" recibida en el
Bautismo y en la Confirmación, puede, más aún debe, aplicar a sí mismo las
palabras del Señor, creyendo fírmemente que también en él "está" el
Espíritu Santo, el cual le envía a proclamar la Buena Nueva y coopera con su
ayuda a toda iniciativa de apostolado.
5. Una respuesta ejemplar a la llamada universal a la responsabilidad en la
obra misionera la dió en su tiempo Santa Teresa del Niño Jesús, de la
que este año conmemoramos el centenario de la muerte. La vida y la enseñanza de
Teresa corroboran el vínculo estrechísimo que existe entre misión y
contemplación: En efecto, no puede darse misión sin una intensa vida de
oración y de profunda comunión con el Señor y con su sacrificio en la Cruz.
Estar sentados a los pies del Maestro (cf. Luc 10, 39)
constituye sin duda el inicio de toda actividad auténticamente apostólica. Pero
si este es el punto de partida, queda por recorrer luego todo un camino, que
tiene sus etapas obligadas en el sacrificio y en la cruz. El
encuentro con el Cristo "vivo" es también encuentro con el Cristo
"sediento", con ese Cristo que, clavado en la Cruz, grita a través de
los siglos su "sed" ardiente de almas que salvar (cf. Jn 19, 28).
Y para saciar la sed de Dios-Amor, y al mismo tiempo
nuestra sed, no hay otro medio que amar y dejarse amar. Amar, asimilando
profundamente el ardiente deseo de Cristo de "que todos los hombres se
salven" (1Tm 2, 4); dejarse
amar, permitiéndole servirse de nosotros según "sus caminos que no son
nuestros caminos" (cf. Is 55, 8),
para que todos los hombres, bajo todo cielo, puedan a su vez conocerlo y
alcanzar la salvación.
6. Cierto, no todos están llamados a ir a las misiones: "Se es
misionero ante todo por lo que se es, antes de serlo por lo que se
dice o se hace (Redemptoris Missio, 23).
Lo determinante no es el "dónde" sino el "cómo". Podemos ser
auténticos apóstoles, y del modo más fecundo, también entre las paredes
domésticas, en el puesto de trabajo, en una cama de hospital, en la clausura de
un convento...: lo que cuenta es que el corazón arda de esa caridad divina como
la única que puede transformar en luz, fuego y nueva vida para todo el Cuerpo
Místico, hasta los confines de la tierra, no sólo los sufrimientos físicos y
morales sino también la fatiga misma de las cosas de cada día.
7. Queridísimos Hermanos y Hermanas: deseo de corazón que, en los umbrales
del nuevo Milenio, la Iglesia entera experimente un nuevo impulso de empeño
misionero. Cada bautizado haga suyo y trate de vivir lo mejor posible, según su
situación personal, el programa de la santa Patrona de las misiones: "En
el corazón de la Iglesia, mi madre, seré el amor... así seré ¡todo!".
María, Madre y Reina de los Apóstoles que, con los discípulos en el
Cenáculo, esperó en oración la efusión del Espíritu y acompañó desde el inicio
el camino heroico de los misioneros, inspire hoy a los creyentes imitarla en la
solicitud premurosa y solidaria por el vasto campo de la actividad misionera.
Con estos sentimientos, apremio a toda iniciativa de cooperación misionera
en el mundo, y bendigo de corazón a todos.
Vaticano, 18 de mayo de 1997, Solemnidad de Pentecostés.