DE SU SANTIDAD JUAN
PABLO II
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ 1 ENERO 1999
EL SECRETO DE LA PAZ
VERDADERA
RESIDE EN EL RESPETO
DE LOS DERECHOS HUMANOS
1. En la primera encíclica, «Redemptor Hominis»,
que dirigí hace casi veinte años a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad, ya puse de relieve la importancia del respeto de los derechos
humanos. La paz florece cuando se observan íntegramente estos derechos,
mientras que la guerra nace de su transgresión y se convierte, a su vez, en
causa de ulteriores violaciones aún más graves de los mismos (1). A las puertas
de un nuevo año, el último antes del gran jubileo, quisiera reflexionar una vez
más sobre este tema de capital importancia con todos vosotros, hombres y
mujeres de todas las partes del mundo; con vosotros, responsables políticos y
guías religiosos de los pueblos; con vosotros, que amáis la paz y queréis
consolidarla en el mundo. Ésta es la convicción que, con vistas a la Jornada
mundial de la paz, deseo compartir con vosotros: cuando la promoción de la
dignidad de la persona es el principio conductor que nos inspira; cuando la
búsqueda del bien común es el compromiso predominante, entonces es cuando se
ponen fundamentos sólidos y duraderos a la edificación de la paz. Por el
contrario, si se ignoran o desprecian los derechos humanos, o la búsqueda de
intereses particulares prevalece injustamente sobre el bien común, se siembran
inevitablemente los gérmenes de la inestabilidad, la rebelión y la violencia.
Respeto de la dignidad humana patrimonio de la
humanidad
2. La dignidad de la persona humana es un valor
trascendente, reconocido siempre como tal por cuantos buscan sinceramente la
verdad. En realidad, la historia entera de la humanidad se debe interpretar a
la luz de esta convicción. Toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios
(cf. Gn 1, 26-28), y por tanto
radicalmente orientada a su Creador, está en relación constante con los que
tienen su misma dignidad. Por eso, allí donde los derechos y deberes se
corresponden y refuerzan mutuamente, la promoción del bien del individuo se
armoniza con el servicio al bien común. La historia contemporánea ha puesto de
relieve de manera trágica el peligro que comporta el olvido de la verdad sobre
la persona humana. Están a la vista los frutos de ideologías como el marxismo,
el nazismo y el fascismo, así como también los mitos de la superioridad racial,
del nacionalismo y del particularismo étnico. Igualmente perniciosos, aunque no
siempre tan vistosos, son los efectos del consumismo materialista, en el cual
la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones
personales se convierten en el objetivo último de la vida. En esta perspectiva,
las repercusiones negativas sobre los demás son consideradas del todo
irrelevantes. Es preciso reafirmar, sin embargo, que ninguna ofensa a la
dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su origen, su modalidad
o el lugar en que sucede.
Universalidad e indivisibilidad de los derechos
humanos
3. En 1998 se ha cumplido el 50º aniversario de la adopción de la
«Declaración universal de derechos humanos». Ésta fue deliberadamente vinculada
a Carta de las Naciones Unidas, con la que comparte una misma inspiración. La
Declaración tiene como premisa básica la afirmación de que el reconocimiento de
la dignidad innata de todos los miembros de la familia humana, así como la
igualdad e inalienabilidad de sus derechos, es el fundamento de la libertad, de
la justicia y de la paz en el mundo (2). Todos los documentos internacionales
sucesivos sobre los derechos humanos reiteran esta verdad, reconociendo y
afirmando que derivan de la dignidad y del valor inherentes a la persona humana
(3). La Declaración universal es muy clara: reconoce los derechos que proclama,
no los otorga; en efecto, éstos son inherentes a la persona humana y a su
dignidad. De aquí se desprende que nadie puede privar legítimamente de estos
derechos a uno sólo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su
propia naturaleza. Todos los seres humanos, sin excepción, son iguales en
dignidad. Por la misma razón, tales derechos se refieren a todas las fases de
la vida y en cualquier contexto político, social, económico o cultural. Son un
conjunto unitario, orientado decididamente a la promoción de cada uno de los
aspectos del bien de la persona y de la sociedad. Los derechos humanos son agrupados
tradicionalmente en dos grandes clases que incluyen, por una parte, los
derechos civiles y políticos y, por otra, los económicos, sociales y
culturales. Ambas clases están garantizadas, si bien en grado diverso, por
acuerdos internacionales; en efecto, los derechos humanos están estrechamente
entrelazados unos con otros, siendo expresión de aspectos diversos del único
sujeto, que es la persona. La promoción integral de todas las clases de los
derechos humanos es la verdadera garantía del pleno respeto por cada uno de los
derechos. La defensa de la universalidad y de la indivisibilidad de los
derechos humanos es esencial para la construcción de una sociedad pacífica y
para el desarrollo integral de individuos, pueblos y naciones. La afirmación de
esta universalidad e indivisibilidad no excluye, en efecto, diferencias
legítimas de índole cultural y política en la actuación de cada uno de los
derechos, siempre que, en cualquier caso, se respeten los términos fijados por
la Declaración universal para toda la humanidad. Teniendo muy presentes estos
presupuestos fundamentales, quisiera ahora destacar algunos derechos
específicos, que hoy parecen estar particularmente expuestos a violaciones más
o menos manifiestas.
El derecho a la vida
4. Entre ellos, el primero es el derecho fundamental a la vida. La vida
humana es sagrada e inviolable desde su concepción hasta su término natural.
«No matar» es el mandamiento divino que señala el límite extremo, que nunca es
lícito traspasar. «La eliminación directa y voluntaria de un ser humano
inocente es siempre gravemente inmoral» (4). El derecho a la vida es
inviolable. Esto implica una opción positiva, una opción por la vida. El
desarrollo de una cultura orientada en este sentido se extiende a todas las
circunstancias de la existencia y asegura la promoción de la dignidad humana en
cualquier situación. Una auténtica cultura de la vida, al mismo tiempo que
garantiza el derecho a venir al mundo a quien aún no ha nacido, protege también
a los recién nacidos, particularmente a las niñas, del crimen del infanticidio.
Asegura igualmente a los minusválidos el desarrollo de sus posibilidades y la
debida atención a los enfermos y ancianos. Un reto que suscita profundas
inquietudes proviene de los recientes descubrimientos en el campo de la
ingeniería genética. Para que la investigación científica en dicho ámbito esté
al servicio de la persona, es preciso que esté acompañada en cada fase por una
atenta reflexión ética, que inspire adecuadas normas jurídicas para
salvaguardar la integridad de la vida humana. Jamás la vida puede ser degradada
a objeto. Optar por la vida conlleva el rechazo de toda forma de violencia. La
violencia de la pobreza y del hambre, que aflige a tantos seres humanos; la de
los conflictos armados; la de la difusión criminal de las drogas y el tráfico
de armas; la de los daños insensatos al ambiente natural (5). El derecho a la
vida debe ser promovido y tutelado en cualquier circunstancia con oportunas
garantías legales y políticas, puesto que ninguna ofensa contra el derecho a la
vida, contra la dignidad de cada persona, es irrelevante.
La libertad religiosa, centro de los derechos
humanos
5. La religión expresa las aspiraciones más profundas de la persona humana,
determina su visión del mundo y orienta su relación con los demás. En el fondo,
ofrece la respuesta a la cuestión sobre el verdadero sentido de la existencia,
tanto en el ámbito personal como en el social. La libertad religiosa, por
tanto, es como el corazón mismo de los derechos humanos. Es inviolable hasta el
punto de exigir que se reconozca a la persona incluso la libertad de cambiar de
religión, si así lo pide su conciencia. En efecto, cada uno debe seguir la
propia conciencia en cualquier circunstancia y no puede ser obligado a obrar en
contra de ella (6). Precisamente por eso, nadie puede ser obligado a aceptar
por la fuerza una determinada religión, sean cuales fueren las circunstancias o
los motivos. La Declaración universal de derechos humanos reconoce que el
derecho a la libertad religiosa incluye el derecho a manifestar las propias
creencias, tanto individualmente como con otros, en público o en privado (7). A
pesar de ello, existen aún hoy lugares en los que el derecho a reunirse por
motivos de culto, o no es reconocido o está limitado a los miembros de una sola
religión. Esta grave violación de uno de los derechos fundamentales de la
persona es causa de enormes sufrimientos para los creyentes. Cuando un Estado
concede un estatuto especial a una religión, esto no puede hacerse en
detrimento de las otras. Sin embargo, es notorio que hay naciones en las que
individuos, familias y grupos enteros siguen siendo discriminados y marginados
a causa de su credo religioso. Tampoco se debe pasar por alto otro problema
indirectamente relacionado con la libertad religiosa. A veces se crean entre
comunidades o pueblos de diferentes convicciones y culturas religiosas
tensiones crecientes que, por la pasión suscitada, terminan por transformarse
en conflictos violentos. El recurso a la violencia en nombre del propio credo
religioso es una deformación de las enseñanzas mismas de las principales
religiones. Como han repetido tantas veces diversos exponentes religiosos,
también yo reitero que el uso de la violencia no puede tener nunca una fundada
justificación religiosa, y tampoco promueve el auge del auténtico sentimiento
religioso.
El derecho a participar
6. Cada ciudadano tiene derecho a participar en la vida de la propia
comunidad. Ésta es una convicción generalmente compartida hoy en día. No
obstante, este derecho se desvanece cuando el proceso democrático pierde su
eficacia a causa del favoritismo y los fenómenos de corrupción, los cuales no
solamente impiden la legítima participación en la gestión del poder, sino que
obstaculizan el acceso mismo a un disfrute equitativo de los bienes y servicios
comunes. Incluso las elecciones pueden ser manipuladas con el fin de asegurar
la victoria de ciertos partidos o personas. Se trata de una ofensa a la
democracia que conlleva consecuencias muy serias, puesto que los ciudadanos,
además del derecho, tienen también la responsabilidad de participar; cuando se
les impide esto, pierden la esperanza de poder intervenir eficazmente y se
abandonan a una actitud de indiferencia pasiva. De este modo, se hace
prácticamente imposible el desarrollo de un sano sistema democrático.
Recientemente se han adoptado diversas medidas para asegurar elecciones
legítimas en Estados que intentan pasar con dificultad de una forma de
totalitarismo a un régimen democrático. Sin embargo, aun siendo útiles y
eficaces en situaciones de emergencia, tales iniciativas no eximen del esfuerzo
que conlleva la creación en los ciudadanos de una plataforma de convicciones
compartidas, con las cuales se evite definitivamente la manipulación del
proceso democrático. En el ámbito de la comunidad internacional, las naciones y
los pueblos tienen derecho a participar en las decisiones que con frecuencia
modifican profundamente su modo de vivir. El carácter técnico de ciertos
problemas económicos provoca la tendencia a limitar su discusión a círculos
restringidos, con el consiguiente peligro de concentración del poder político y
financiero en un número limitado de gobiernos o grupos de interés. La búsqueda
del bien común nacional e internacional exige poner en práctica, también en el
campo económico, el derecho de todos a participar en las decisiones que les
conciernen.
Una forma particularmente grave de
discriminación
7. Una de las formas más dramáticas de discriminación consiste en negar a
grupos étnicos y minorías nacionales el derecho fundamental a existir como
tales. Esto ocurre cuando se intenta su supresión o deportación, o también
cuando se pretende debilitar su identidad étnica hasta hacerlos irreconocibles.
¿Se puede permanecer en silencio ante crímenes tan graves contra la humanidad?
Ningún esfuerzo ha de considerarse excesivo cuando se trata de poner término a
semejantes aberraciones, indignas de la persona humana. Un signo positivo de la
creciente voluntad de los Estados de reconocer la propia responsabilidad en la
protección de las víctimas de tales crímenes y en el compromiso por
prevenirlos, es la reciente iniciativa de una Conferencia diplomática de las
Naciones Unidas, que, con una deliberación específica, ha aprobado los
Estatutos de un Tribunal penal internacional, destinado a determinar las culpas
y castigar a los responsables de los crímenes de genocidio, crímenes contra la
humanidad, crímenes de guerra y de agresión. Esta nueva institución, si se
constituye sobre buenas bases jurídicas, podría contribuir progresivamente a
asegurar a escala mundial una tutela eficaz de los derechos humanos.
Derecho a la propia realización
8. Todo ser humano posee capacidades innatas que han de ser desarrolladas.
De ello depende la plena realización de su personalidad y también su
conveniente inserción en el contexto social del propio ambiente. Por eso es
necesario, ante todo, proveer a la educación apropiada de quienes comienzan la
aventura de la vida, pues de ello depende su éxito futuro. Desde este punto de vista,
¿cómo no preocuparse al ver que, en algunas de las regiones más pobres del
mundo, las oportunidades de formación, especialmente por lo que se refiere a la
instrucción primaria, en realidad están disminuyendo? Esto se debe a veces a la
situación económica del país, que no permite retribuir convenientemente a los
profesores. En otros casos, parece haber dinero disponible para proyectos de
prestigio o para la educación secundaria, pero no para la primaria. Cuando se
limitan las oportunidades formativas, especialmente para las niñas, se
predisponen estructuras de discriminación que pueden influir sobre el
desarrollo integral de la sociedad. El mundo acabaría por estar dividido según
un nuevo criterio: por una parte, Estados e individuos dotados de tecnologías
avanzadas y, por otra, países y personas con conocimientos y aptitudes muy
limitadas. Como es fácil intuir, esto no haría más que reforzar las ya notables
desigualdades económicas existentes no sólo entre los Estados sino incluso
dentro de ellos. La educación y la formación profesional deben estar en primera
línea, tanto en los planes de los países en vías de desarrollo como en los
programas de renovación urbana y rural de los pueblos económicamente más
avanzados. Otro derecho fundamental, de cuya realización depende la consecución
de un nivel digno de vida es el derecho al trabajo. Sin él, ¿cómo se pueden
adquirir los alimentos, los vestidos, la casa, la asistencia médica y tantas
otras necesidades de la vida? Sin embargo, la falta de trabajo representa hoy
un grave problema: es incontable el número de personas que en muchas partes del
mundo están afectadas por el desolador fenómeno del desempleo. Es necesario y
urgente que todos, especialmente los que tienen en sus manos los hilos del
poder político o económico, hagan todo lo posible para poner remedio a una
situación tan penosa. Aun siendo necesarias, no es posible limitarse a las
intervenciones de emergencia en caso de desempleo, enfermedad o circunstancias
semejantes que no dependen de la voluntad de cada sujeto (8), sino que se ha de
trabajar para que los parados puedan asumir la responsabilidad de su propia
existencia, emancipándose de un régimen de asistencialismo humillante.
Progreso global en solidaridad
9. La rápida carrera hacia la globalización de los sistemas económicos y
financieros, a su vez, hace más clara la urgencia de establecer quién debe
garantizar el bien común y global, y la realización de los derechos económicos
y sociales. El libre mercado de por sí no puede hacerlo, ya que, en realidad,
existen muchas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. «Por
encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus
formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud
de su eminente dignidad» (9). Los efectos de las recientes crisis económicas y
financieras han repercutido gravemente sobre muchas personas, reducidas a
condiciones de extrema pobreza. Muchas de ellas sólo desde hacía poco tiempo
habían alcanzado una situación que justificaba su esperanza con vistas al
futuro. Sin ninguna responsabilidad por su parte, tales esperanzas se han visto
cruelmente truncadas, con consecuencias trágicas para ellos y para sus hijos. Y
¿cómo ignorar los efectos de las fluctuaciones de los mercados financieros? Es
urgente una nueva visión de progreso global en la solidaridad, que prevea un
desarrollo integral y sostenible de la sociedad, permitiendo a cada uno de sus
miembros llevar a cabo sus potencialidades. En este contexto, dirijo un
llamamiento apremiante a los que tienen la responsabilidad a escala mundial de
las relaciones económicas, para que se interesen por la solución del problema
acuciante de la deuda externa de las naciones más pobres. A este respecto,
instituciones financieras internacionales han tomado una iniciativa concreta
digna de aprecio. Dirijo mi llamamiento a todos los que están interesados en
este problema, especialmente a las naciones más ricas, para que den el apoyo
necesario que asegure el pleno éxito de esta iniciativa. Es preciso un esfuerzo
rápido y vigoroso que permita al mayor número posible de países, frente al año
2000, salir de una situación ya insostenible. Estoy seguro de que el diálogo
entre las instituciones competentes, si está animado por una voluntad de
entendimiento, llevará a una solución satisfactoria y definitiva. De ese modo,
será posible un desarrollo duradero para las naciones más desfavorecidas, y el
milenio que tenemos por delante será también para ellas un tiempo de esperanza
renovada.
Responsabilidad con respecto al medio ambiente
10. Con la promoción de la dignidad humana se relaciona el derecho a un
medio ambiente sano, ya que éste pone de relieve el dinamismo de las relaciones
entre el individuo y la sociedad. Un conjunto de normas internacionales, regionales
y nacionales sobre el medio ambiente está dando gradualmente forma jurídica a
este derecho. Sin embargo, por sí solas, las medidas jurídicas no son
suficientes. El peligro de daños graves a la tierra y al mar, al clima, a la
flora y a la fauna, exige un cambio profundo en el estilo de vida típico de la
moderna sociedad de consumo, particularmente en los países más ricos. No se
debe subestimar otro riesgo, aunque sea menos drástico: empujados por la
necesidad, los que viven míseramente en las áreas rurales pueden llegar a
explotar por encima de sus límites la poca tierra de que disponen. Por eso, se
debe favorecer una formación específica que les enseñe cómo armonizar el
cultivo de la tierra con el respeto al medio ambiente. El presente y el futuro
del mundo dependen de la salvaguardia de la creación, porque hay una constante
interacción entre la persona humana y la naturaleza. El poner el bien del ser
humano en el centro de la atención por el medio ambiente es, en realidad, el
modo más seguro para salvaguardar la creación, pues así se estimula la
responsabilidad de cada uno en relación con los recursos naturales y su uso
racional.
El derecho a la paz
11. La promoción del derecho a la paz asegura, en cierto modo, el respeto de
todos los otros derechos, porque favorece la construcción de una sociedad en
cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de colaboración
con vistas al bien común. La situación actual prueba sobradamente el fracaso
del recurso a la violencia como medio para resolver los problemas políticos y
sociales. La guerra destruye, no edifica; debilita las bases morales de la
sociedad y crea ulteriores divisiones y tensiones persistentes. No obstante,
las noticias continúan hablando de guerras y conflictos armados, con un sinfín
de víctimas. ¡Cuántas veces mis predecesores y yo mismo hemos implorado el fin
de estos horrores! Continuaré haciéndolo hasta que se comprenda que la guerra
es el fracaso de todo auténtico humanismo (10). Gracias a Dios, son muchos los
pasos que se han dado en algunas regiones hacia la consolidación de la paz. Se
debe reconocer el gran mérito de aquellos políticos decididos que tienen el
valor de continuar las negociaciones incluso cuando la situación parece
hacerlas imposibles. Pero, a la vez, ¿cómo no denunciar las matanzas que
continúan en otras partes, con la deportación de pueblos enteros de sus tierras
y la destrucción de casas y cultivos? Ante las víctimas ya incontables, me
dirijo a los responsables de las naciones y a los hombres de buena voluntad
para que acudan en auxilio de los que están implicados en atroces conflictos,
especialmente en Africa, tal vez inspirados por intereses económicos externos,
y les ayuden a poner fin a los mismos. Un paso concreto en este sentido es
seguramente la abolición del tráfico de armas hacia los países en guerra y el
apoyo a los responsables de esos pueblos en la búsqueda de la vía del diálogo.
¡Ésta es la vía digna del hombre; ésta es la vía de la paz! Mi pensamiento se
dirige con aflicción a quienes viven y crecen en un ambiente de guerra, a
quienes no han conocido más que conflictos y violencias. Los que sobrevivan
llevarán para el resto de su vida las heridas de tan terrible experiencia. Y
¿qué decir de los niños soldados? ¿Se puede aceptar en algún caso que se
arruinen así estas vidas apenas estrenadas? Adiestrados para matar, y a menudo
empujados a hacerlo, estos niños tendrán graves problemas en su posterior
inserción en la sociedad civil. Si se interrumpe su educación y se daña su
capacidad de trabajo, ¡qué consecuencias para su futuro! Los niños tienen
necesidad de paz; tienen derecho a ella. Al recuerdo de estos niños quisiera
unir el de los muchachos víctimas de las minas antipersonales y de otros medios
de guerra. A pesar de los esfuerzos ya realizados para limpiar los campos
minados, se asiste ahora a una paradoja increíble e inhumana: desobedeciendo a
la voluntad claramente expresada por los gobiernos y los pueblos de poner
definitivamente fin al uso de un arma tan perversa, se han seguido colocando
otras minas en lugares ya limpiados. Gérmenes de guerra se difunden también por
la proliferación masiva e incontrolada de armas ligeras que, al parecer,
circulan libremente de un área de conflicto a otra, sembrando violencia a lo largo
de su recorrido. Corresponde a los gobiernos adoptar medidas apropiadas para el
control de la producción, la venta, la importación y la exportación de estos
instrumentos de muerte. Sólo de ese modo es posible afrontar eficazmente en su
conjunto el problema del considerable tráfico ilícito de armas.
Una cultura de los derechos humanos,
responsabilidad de todos
12. No es posible ahora extendernos sobre este punto. Quisiera destacar, sin
embargo, que ningún derecho humano está seguro si no nos comprometemos a
tutelarlos todos. Cuando se acepta sin reaccionar la violación de uno
cualquiera de los derechos humanos fundamentales, todos los demás están en
peligro. Es indispensable, por lo tanto, un planteamiento global del tema de
los derechos humanos y un compromiso serio en su defensa. Sólo cuando una
cultura de los derechos humanos, respetuosa con las diversas tradiciones, se
convierte en parte integrante del patrimonio moral de la humanidad, se puede
mirar con serenidad y confianza al futuro. En efecto, ¿cómo podría existir la
guerra, si cada derecho humano fuera respetado? El respeto integral de los
derechos humanos es el camino más seguro para estrechar relaciones sólidas
entre los Estados. La cultura de los derechos humanos no puede ser sino cultura
de paz. Toda violación de los mismos contiene en sí el germen de un posible
conflicto. Ya mi venerado predecesor el siervo de Dios Pío XII, al final de la
segunda guerra mundial, hacía la pregunta: «Cuando un pueblo es expulsado por
la fuerza, ¿quién tendría el valor de prometer seguridad al resto del mundo en
el contexto de una paz duradera?» (11). Para promover una cultura de los
derechos humanos que repercuta en las conciencias, es necesaria la colaboración
de todas las fuerzas sociales. Quisiera referirme específicamente al papel de
los medios de comunicación social, tan importantes en la formación de la
opinión pública y, por consiguiente, en la orientación de los comportamientos
de los ciudadanos. Al mismo tiempo que es innegable su responsabilidad en aquellas
violaciones de los derechos humanos que tienen su origen en la exaltación de la
violencia eventualmente fomentada en ellos, es justo reconocerles el mérito de
las nobles iniciativas de diálogo y solidaridad que han madurado gracias a los
mensajes difundidos en los mismos medios en favor de la comprensión recíproca y
de la paz.
Tiempo de opciones, tiempo de esperanza
13. El nuevo milenio está ya a las puertas y su cercanía
ha alimentado en los corazones de muchos la esperanza de un mundo más justo y
solidario. Es una aspiración que puede, más aún, debe ser llevada a término. En
esta perspectiva, me dirijo ahora en particular a todos vosotros, queridos
hermanos y hermanas en Cristo, que en las distintas partes del mundo tomáis el
Evangelio como norma de vida: ¡haceos heraldos de la dignidad del hombre! La fe
nos enseña que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Ante
el rechazo del hombre, el amor del Padre celestial permanece fiel; su amor no
tiene fronteras. Él ha enviado a su Hijo Jesús para redimir a cada persona,
restituyéndole su plena dignidad (12). Ante tal actitud, ¿cómo podríamos
excluir a alguno de nuestra atención? Al contrario, debemos reconocer a Cristo
en los más pobres y marginados, a los que la Eucaristía, comunión con el cuerpo
y la sangre de Cristo ofrecidos por nosotros, nos compromete a servir (13).
Como indica claramente la parábola del rico, que quedará siempre sin nombre, y
del pobre llamado Lázaro, «en el fuerte contraste entre ricos insensibles y
pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos» (14). También
nosotros debemos ponernos de su parte. El tercer año, y último, de preparación
al jubileo está marcado por una peregrinación espiritual hacia el Padre: cada
uno es invitado a un camino de auténtica conversión, que conlleva el abandono
del mal y la positiva elección del bien. Ya en el umbral del año 2000, es deber
nuestro tutelar con renovado empeño la dignidad de los pobres y de los
marginados y reconocer concretamente los derechos de los que no tienen
derechos. Elevemos juntos la voz por ellos, viviendo en plenitud la misión que
Cristo ha confiado a sus discípulos. Éste es el espíritu del jubileo ya
inminente (15). Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios con el nombre de Padre,
«Abbá», revelándonos así la profundidad de nuestra relación con él. Su amor a
cada persona y a toda la humanidad es infinito y eterno. Son elocuentes a este
propósito las palabras de Dios en el libro del profeta Isaías: «¿Acaso olvida
una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues
aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis
manos te tengo tatuada» (Is 49, 15-16).
Aceptemos la invitación a compartir este amor. En él está el secreto del
respeto de los derechos de cada mujer y de cada hombre. El alba del nuevo
milenio nos encontrará así mejor dispuestos para construir juntos la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 1998.
NOTAS
(1) Cf. «Redemptor Hominis», (4 de marzo de 1979),
17: AAS 71 (1979) 296.
(2) «Declaración universal de derechos humanos», Preámbulo, primer párrafo.
(3) Véase, en particular, la «Declaración de Viena» (25 de junio de 1993),
Preámbulo, 2.
(4) Evangelium Vitae (25 de marzo de 1995), 57:
«AAS» 87 (1995) 465.
(5) Cf. ib 10, l.c 412. (6) Cf. «Dignitatis
humanae», 3. (7) Cf. art. 18.
(8) Cf. «Declaración universal de derechos humanos», art. 25, 1.
(9) «Centesimus Annus» (1 de mayo de 1991), 34:
«AAS» 83 (1991) 836.
(10) Cf. a este propósito el «Catecismo de la Iglesia católica», n.
2307-2317.
(11) Discurso a una comisión del Congreso de los Estados Unidos de América
(21 de agosto de 1945): «Discorsi e Radiomessaggi di S.S. Pio XII», VII
(1945-1946), 141.
(12) Cf. «Redemptor Hominis» (4 de marzo de 1979),
13-14: «AAS» 71 (1979) 282-286.
(13) Cf. «Catecismo de la Iglesia católica», n. 1397.
(14) «Angelus» del 27 de septiembre de 1998, n. 1: «L'Osservatore Romano»,
edición semanal en lengua española, 2 de octubre de 1998, p. 1.
(15) Cf. «Tertio Millennio Adveniente» (10 de
noviembre de 1994), 49-51: «AAS» 87 (1995) 35-36.