CARTA
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES
PARA EL JUEVES SANTO DE 1993
1. «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre» (Hb 13, 8).
Queridos hermanos en el sacerdocio de Cristo: Mientras nos encontramos hoy
en torno a tantas cátedras episcopales del mundo -los miembros de las
comunidades presbiterales de todas las Iglesias junto con los pastores de las
diócesis-, vuelven con nueva fuerza a nuestra mente las palabras sobre
Jesucristo, que han sido el hilo conductor del 500 aniversario de la
evangelización del nuevo mundo.
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre»: son
las palabras sobre el único y eterno Sacerdote, que «penetró en el santuario
una vez para siempre... con su propia sangre, consiguiendo una redención
eterna» (Hb 9, 12). Éstos
son los días -el «Triduum sacrum» de la liturgia de la Iglesia- en los que, con
veneración y adoración incluso más profunda, renovamos la pascua de Cristo,
aquella «hora suya» (cf. Jn 2, 4;
13, 1) que es el momento bendito de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4).
Por medio de la Eucaristía, esta «hora» de la redención
de Cristo sigue siendo salvífica en la Iglesia y precisamente hoy la
Iglesia recuerda su institución durante la última Cena. «No os dejaré
huérfanos: volveré a vosotros» (Jn
14, 18). «La hora» del Redentor, «hora» de su paso de este mundo al Padre,
«hora» de la cual él mismo dice: «Me voy y volveré a vosotros» (Jn 14, 28). Precisamente a través de
su «ir pascual», él viene continuamente y está presente en todo momento entre
nosotros con la fuerza del Espíritu Paráclito. Está presente sacramentalmente.
Está presente por medio de la Eucaristía. Está presente realmente.
Nosotros, queridos hermanos, hemos recibido después de
los Apóstoles este inefable don, de modo que podamos ser los ministros de
este ir de Cristo mediante la cruz y, al mismo tiempo, de su venir mediante
la Eucaristía. ¡Qué grande es para nosotros este Santo Triduo! ¡Qué grande es
este día, el día de la última Cena! Somos ministros del misterio de la
redención del mundo, ministros del Cuerpo que ha sido ofrecido y de la Sangre
que ha sido derramada para el perdón de nuestros pecados. Ministros de aquel
sacrificio por medio del cual él, el único, entró de una vez para siempre en el
santuario: «ofreciéndose a sí mismo sin tacha a Dios, purifica de las obras
muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo» (cf. Hb 9, 14).
Si todos los días de nuestra vida están marcados por este gran misterio de
la fe, el de hoy lo está de modo particular. Este es nuestro día con él.
2. En este día nos encontramos juntos, en nuestras
comunidades presbiterales, para que cada uno pueda contemplar más
profundamente el misterio de aquel sacramento por medio del cual hemos sido
constituidos en la Iglesia ministros del sacrificio sacerdotal de Cristo. Al
mismo tiempo, hemos sido constituidos servidores del sacerdocio real de todo el
pueblo de Dios, de todos los bautizados, para anunciar las «magnalia Dei», las
«maravillas de Dios» (Hch 2, 11).
Este año es oportuno incluir en nuestra acción de gracias un particular
aspecto de reconocimiento por el don del «Catecismo de la Iglesia
católica». En efecto, este texto es también una respuesta a la misión que el
Señor ha confiado a su Iglesia: custodiar el depósito de la fe y transmitirlo
íntegro a las generaciones futuras con diligente y afectuosa solicitud.
Fruto de la fecunda colaboración de todo el
Episcopado de la Iglesia católica, el Catecismo es confiado ante todo a
nosotros, pastores del pueblo de Dios, para reforzar nuestros profundos
vínculos de comunión en la misma fe apostólica. Compendio de la única y
perenne fe católica, constituye un instrumento cualificado y autorizado
para testimoniar y garantizar la unidad en la fe por la que Cristo mismo, al
acercarse su «hora», dirigió al Padre una ferviente plegaria (cf. Jn 17, 21-23).
Al proponer de nuevo los contenidos fundamentales y esenciales de la fe y de
la moral católica, tal y como la Iglesia de hoy los cree, celebra, vive y reza,
el Catecismo es un medio privilegiado para profundizar en el
conocimiento del inagotable misterio cristiano, para dar nuevo impulso a una
plegaria íntimamente unida a la de Cristo, para corroborar el compromiso de un
coherente testimonio de vida.
Al mismo tiempo, este Catecismo nos es dado como punto
de referencia seguro para el cumplimiento de la misión, que se nos ha
confiado en el sacramento del orden, de anunciar la «buena nueva» a todos los
hombres, en nombre de Cristo y de la Iglesia. Gracias a él podemos
cumplir, de manera siempre renovada, el mandamiento perenne de Cristo: «Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes... enseñándoles a guardar todo lo
que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).
En ese sintético compendio del depósito de la fe, podemos encontrar una
norma auténtica y segura para la enseñanza de la doctrina católica, para el
desarrollo de la actividad catequética entre el pueblo cristiano, para la nueva
evangelización, de la que el mundo de hoy tiene inmensa necesidad.
Queridos sacerdotes, nuestra vida y nuestro ministerio llegarán a ser, por
sí mismos, elocuente catequesis para toda la comunidad que se nos ha
encomendado si están enraizados en la verdad que es Cristo. Entonces, nuestro
testimonio no será aislado sino unánime, dado por personas unidas en la misma
fe y que participan del mismo cáliz. A este «contagio» vital es al que debemos
mirar juntos, en comunión efectiva y afectiva, para realizar la «nueva
evangelización», que es cada vez más urgente.
3. El Jueves santo, reunidos en todas las comunidades presbiterales de la Iglesia
en toda la faz de la tierra, damos gracias por el don del sacerdocio de Cristo,
del que participamos a través del sacramento del orden. En esta acción de
gracias queremos incluir el tema del «Catecismo» porque su contenido y su
objetivo están vinculados particularmente con nuestra vida sacerdotal y el
ministerio pastoral en la Iglesia.
En efecto, en el camino hacia el gran jubileo del año 2000, la Iglesia ha
conseguido elaborar, después del concilio Vaticano II, el compendio de la
doctrina sobre la fe y la moral, la vida sacramental y la oración. De diversas
maneras, esta síntesis podrá ayudar a nuestro ministerio sacerdotal. También
podrá iluminar la conciencia apostólica de nuestros hermanos y hermanas que, en
conformidad con su vocación cristiana, juntamente con nosotros desean dar
testimonio de aquella esperanza (cf. 1 P 3, 15) que nos vivifica en
Jesucristo.
El Catecismo presenta la «novedad del Concilio»
situándola, al mismo tiempo, en la Tradición entera; es un Catecismo,
tan lleno de los tesoros que encontramos en la sagrada Escritura y después en
los padres y doctores de la Iglesia a lo largo de milenios, que permite que
cada uno de nosotros se parezca a aquel hombre de la parábola evangélica «que
extrae de su arca cosas nuevas y cosas antiguas» (Mt 13, 52), las antiguas y siempre
nuevas riquezas del depósito de la revelación.
Al reavivar en nosotros la gracia del sacramento del
orden, conscientes de lo que significa para nuestro ministerio sacerdotal el
«Catecismo de la Iglesia católica», confesamos con la adoración y el amor a
aquel que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre».
Vaticano, 8 de abril, jueves santo, del año 1993, decimoquinto de mi
pontificado.
Iniciol
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