¡LEVANTAOS! ¡VAMOS! JUAN PABLO II
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA VOCACIÓN
SEGUNDA PARTE: LA ACTIVIDAD DEL
OBISPO
TERCERA PARTE: COMPROMISO
CIENTÍFICO Y PASTORAL
CUARTA PARTE : LA PATERNIDAD DEL
OBISPO
QUINTA PARTE : COLEGIALIDAD
EPISCOPAL
SEXTA PARTE: EL SEÑOR MI FUERZA
Traducción de Pedro Antonio Urbina Tortella
Cuando se publicó el libro Don y misterio con recuerdos y
reflexiones sobre los orígenes de mi sacerdocio, me llegaron numerosas muestras
sobre todo por parte de jóvenes lectores-- de la calurosa acogida que había
tenido. Según lo que me han contado, este complemento personal de la
exhortación apostólica pastores dabo vobis fue para muchos una ayuda preciosa
para el propio discernimiento vocacional. Fue para mí una alegría muy grande.
Espero que Cristo continúe sirviéndose de estas memorias para alentar a otros
jóvenes a escuchar su llamada: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres (Mc 1, 17).
Con ocasión del 45. ° aniversario de mi consagración episcopal y del 25. °
de mi pontificado, se me rogó que escribiera también la continuación de
aquellas memorias, desde 1958, año en que fui nombrado obispo. He pensado que
debía aceptar esta petición, así como había aceptado la sugerencia que dio
lugar al libro anterior. Había además otro motivo para decidirme a recoger y
ordenar recuerdos y reflexiones sobre esta parte de mi vida: la maduración
progresiva de un documento dedicado al ministerio episcopal, la exhortación
apostólica pastores gregis, en la que expuse en síntesis las ideas surgidas en
la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos, durante el Gran Jubileo
del año 2000. Al escuchar las intervenciones en el aula y mientras leía después
el texto de las propuestas que me presentaron, se despertaban en mí muchos
recuerdos, tanto de aquellos años en que estuve encargado de servir a la
Iglesia en Cracovia como de los transcurridos en Roma, llenos de nuevas
experiencias como sucesor de Pedro.
He puesto por escrito estos pensamientos con el deseo de
hacer partícipes a otros del testimonio del amor de Cristo, que a través de los
siglos llama siempre a nuevos sucesores de los Apóstoles para derramar su
gracia en el corazón de otros hermanos, aunque sea mediante frágiles vasijas de
barro. Me han acompañado siempre las palabras que Pablo escribió al joven
obispo Timoteo: É1 nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros
méritos, sino porque antes de la creación, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso
darnos su gracia, por medio de Jesucristo (2Tm 1, 9).
Ofrezco este escrito como muestra de amor a mis hermanos
en el episcopado y a todo el Pueblo de Dios. Espero que sirva a cuantos desean
conocer la grandeza del ministerio episcopal, las dificultades que conlleva,
pero también la alegría que comporta desempeñarlo cotidianamente. Invito a
todos a entonar conmigo un Te Deum de alabanza y de acción de gracias. Con la
mirada fija en Cristo, sostenidos por la esperanza que no defrauda, caminemos
juntos por los caminos del nuevo milenio: ¡Levantaos! ¡Vamos!(Mc 14, 42).
La fuente de la vocación
La llamada
Sucesor de los apóstoles
El Wawel
El día de la de la ordenación: en el centro de la iglesia
Los obispos ordenantes
Las acciones litúrgicas de la consagración
El santo crisma
El anillo y el racional
Guarda el depósito (1Tm 6, 20)
La mitra y el baculo
La peregrinación al santuario de María
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.
La fuente de la vocación
Busco de donde mana mi vocación. Fluye allí, en el Cenáculo de Jerusalén. Doy
gracias a Dios porque durante el Gran Jubileo del año 2000 obtuve la gracia de
rezar precisamente en aquella sala en el piso de arriba(Mc 14,
15) en la que tuvo lugar la Última Cena. También ahora me
traslado espiritualmente hasta aquel Jueves memorable, cuando Cristo, habiendo
amado a los suyos hasta el extremo (Jn
13, 1), hizo sacerdotes de la Nueva Alianza a los Apóstoles. Le contemplo
mientras se inclina ante cada uno de nosotros, sucesores de los Apóstoles, para
lavarnos los pies. Y escucho, como si me las dijera a mí, a nosotros, aquellas
palabras: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis
"el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy.
Pues si yo el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros
debéis lavaros vosotros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo
que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13, 12-15).
Junto con Pedro, Andrés, Santiago, Juan... escuchamos:
Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he
guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de
esto para que mi alegría esté en vosotros y, vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos,
si hacéis lo que os mando (Jn 15, 9-14).
¿Acaso no expresan estas palabras el mysterium caritatis
de nuestra vocación? En las palabras pronunciadas por Cristo en la hora para la
que había venido (Jn 12, 27) está
la raíz de toda vocación en la Iglesia. De esas palabras fluye la linfa que
alimenta la vocación, la de los Apóstoles, la de sus sucesores y la de cada
hombre, porque el Hijo quiere ser amigo de todos nosotros: por todos ha dado la
vida. Estas palabras compendian lo más importante, lo más precioso, lo más
sagrado: el amor del Padre y el amor de Cristo por nosotros, su alegría y
nuestra alegría, así como también nuestra amistad y nuestra fidelidad, de las
que da testimonio el cumplimiento de los mandamientos. Expresan también la meta
y el sentido de nuestra vocación, que es ir y dar fruto, y que nuestro fruto
permanezca (Jn 15, 16).
En definitiva, el amor es el vínculo que une todo: une de modo sustancial a
las personas divinas, une también, aunque sea en un plano muy diverso, a las
personas humanas y sus diferentes vocaciones. Hemos consagrado nuestra vida a
Cristo, que nos ha amado primero y que, como buen pastor, ha sacrificado su
propia vida por nosotros. Los Apóstoles de Cristo oyeron aquellas palabras y se
las aplicaron a sí mismos, reconociendo en ellas una llamada personal.
Análogamente, también nosotros, sus sucesores, pastores de la Iglesia de
Cristo, hemos de ser los primeros en comprometernos a responder a este amor
siendo fieles, cumpliendo los mandamientos y ofreciendo cotidianamente nuestra
vida por los amigos de nuestro Señor.
El buen pastor da su vida por las ovejas (On 10, 11). En la homilía que
pronuncié en la plaza de San
Pedro el 16 de octubre de 2003, con ocasión del 25. °
aniversario de mi pontificado, dije a este respecto:
Mientras Jesús pronunciaba estas palabras, los Apóstoles no sabían que
hablaba de sí mismo. No lo sabía ni
siquiera Juan, el apóstol predilecto. Lo comprendió en el Calvario, al pie
de la Cruz, viéndolo ofrecer silenciosamente la vida "por sus
ovejas". Cuando llegó para él y para los demás Apóstoles el momento de
cumplir esta misma misión, se acordaron de sus palabras. Se dieron cuenta de
que, solo porque había asegurado que él mismo actuaría por medio de ellos,
serían capaces de cumplir la misión.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien
os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto
dure (Jn 15, 16). ¡No vosotros,
sino yo!, dice Cristo. He aquí el fundamento de la eficacia de la misión
pastoral del obispo.
La llamada
Era el año 1958. Con un grupo de apasionados por la canoa me encontraba en
el tren que se dirigía a Olsztyn. Estábamos a punto de comenzar las vacaciones,
según el programa que habíamos seguido desde 1953: una parte de las vacaciones
las pasábamos en la montaña, la mayoría de las veces en los Bieszczady, y otra
en los lagos de Masuria. Nuestra meta era el río Lyna. Precisamente por eso
tomamos el tren de Olsztyn. Era el mes de julio. Dirigiéndome al que hacía de
jefe de grupo --por lo que recuerdo entonces era Zdzistaw Heydel-- le dije: Zdzislaw,
dentro de poco tendré que dejar la canoa, porque me ha llamado el primado
(después de la muerte del cardenal August Hlond, en 1948, el primado era el
cardenal Stefan Wyszyñski) y debo presentarme a él.
El jefe me respondió:De acuerdo, yo me ocupo.
Y así, cuando llegó el día fijado, dejamos al grupo para ir a la estación de
tren más cercana, Olsztynek.
Como sabía que debía presentarme al cardenal primado mientras tenía lugar la
travesía del río Lyna, había tomado la precaución de dejar a unos conocidos de
Varsovia el traje talar de fiesta. En efecto, hubiera sido difícil presentarme
al primado con la sotana que llevaba conmigo durante las excursiones en canoa
(en ellas llevaba siempre conmigo una sotana y los ornamentos para celebrar la
Santa Misa).
Así pues me dirigí a Olsztynek; primero sobre las olas del río con la canoa
y luego en un camión cargado de sacos de harina. El tren de Varsovia salía muy
de noche. Por eso llevaba el saco de dormir, pensando en dormir algo en la
estación mientras esperaba el tren. Había pedido a uno que me despertara, pero
no fue necesario porque no dormí en absoluto.
Me presenté en Varsovia, en la calle Miodowa, a la hora establecida. En el
palacio episcopal comprobé que habían convocado también a otros tres
sacerdotes: don Wilhelm Pluta de Silesia, el párroco de Bochnia, diócesis de
Tarnów, don Michal Blecharczyk y don Józef Drzazga de Lublin. En aquel momento
no me percaté de la coincidencia. Solo más tarde comprendí que estábamos
reunidos allí por el mismo motivo.
Una vez en el despacho del primado, me dijo que el Santo Padre me había
nombrado obispo auxiliar del arzobispado de Cracovia. En febrero de aquel mismo
año (1958) había muerto el obispo Stanislaw Rospond, durante muchos años
auxiliar en Cracovia, cuando el ordinario de la archidiócesis era el
metropolitano, cardenal príncipe Adam Sapieha.
Al oír las palabras del primado anunciándome la decisión de la Sede
Apostólica, dije: Eminencia, soy demasiado joven, acabo de cumplir los treinta
y ocho años....
Pero el primado replicó: Esta es una imperfección de la que pronto se
librará. Le ruego que no se oponga a la voluntad del Santo Padre.
Entonces añadí solo una palabra: Acepto. Pues vamos a comer, concluyó el
primado.
Nos había invitado a comer a los cuatro. Supe así que don Wilhelm Pluta
había sido nombrado obispo de Gorzów Wielkopolski, que entonces era la
administración apostólica más grande de Polonia; comprendía
Szczecin y Kolobrzeg, una de las diócesis más antiguas. Kolobrzeg había sido
erigida en el año 1000, contemporáneamente a la sede metropolitana de Gniezno,
de la que formaban parte, además de Koobrzeg, Cracovia y Wrodaw. Don Józef
Drzazga había sido nombrado obispo auxiliar de Lublin (más tarde pasó a Olsztyn)
y don Micha Blecharczyk de Tarnów, también como auxiliar.
Después de aquella audiencia tan importante para mi vida, me di cuenta de
que no podía volver inmediatamente con mis amigos y mi canoa; tenía que ir
antes a Craco-via para informar al arzobispo Eugeniusz Baziak, mi ordinario.
Mientras hacía tiempo para tomar el tren de la noche que me llevaría a
Cracovia, recé durante muchas horas en la capilla de las Hermanas Ursulinas de
la calle Wiglana, en Varsovia.
El arzobispo Eugeniusz Baziak, metropolitano de rito latino de Lvov, había
compartido el destino de todos los que llamaban evacuados: había tenido que
dejar Lvov y se había afincado en Lubaczów, esa franja de la archidiócesis de
Lvov que, después de los acuerdos de Yalta, quedó dentro de los límites de la
República Popular de Polonia. El príncipe Sapieha, arzobispo de Cracovia, un
año antes de su muerte, había pedido que el arzobispo Baziak, obligado a
abandonar por la fuerza su propia archidiócesis, fuera nombrado su coadjutor.
Así pues, mi episcopado empalma cronológicamente con la persona de este prelado
que tanto había sufrido.
Al día siguiente me presenté al arzobispo Eugeniusz Baziak, en la calle
Franciszkañska, 3, y le entregué la carta del cardenal primado. Recuerdo como
si fuera hoy que el arzobispo me tomó del brazo y me llevó a la sala de espera,
donde estaban sentados algunos sacerdotes, y dijo: Habemus papamos. A la luz de
los acontecimientos posteriores, podría decirse que aquellas palabras fueron
proféticas.
Dije al arzobispo que deseaba volver a Masuria con el grupo de amigos que
estaban en el río Lyna. Él me respondió: ¡Quizá esto ya no convenga!.
Un poco entristecido por la respuesta, me fui a la iglesia de los
franciscanos e hice el Vía Crucis, contemplando las estaciones, obra del pintor
Józef Mehoffer. Me gustaba ir a esta iglesia para hacer el Vía Crucis, porque
me atraían aquellas estaciones originales, modernas. Luego fui de nuevo a
visitar al arzobispo Baziak y repetí mi petición. Le dije: Comprendo su
preocupación, excelencia. Le pido sin embargo que me conceda poder volver a
Masuria.
Esta vez respondió: Si, sí, vaya; pero le ruego --añadió con una sonrisa--
que esté de vuelta para la consagración episcopab.
Así pues, aquella misma noche tomé otra vez el tren para Olsztyn. Llevaba
conmigo el libro de Hemingway El viejo y el mar. Leí durante casi toda la noche
y solo conseguí adormecerme un rato. Me sentía más bien raro...
Cuando llegué a Olsztyn me encontré con los amigos del grupo que habían
llegado navegando con las canoas a lo largo del río tiyna. El jefe del grupo
vino a buscarme a la estación y me dijo: Entonces, tío, ¿le han hecho obispo?.
Le respondí que si. Y él añadió: Realmente... eso era lo que yo imaginaba, y
se lo deseaba de todo corazón.
En efecto, no mucho tiempo antes, con ocasión de la celebración del 10. °
aniversario de mi sacerdocio, este había sido su augurio. El día en que fui
nombrado obispo llevaba poco menos de doce años de sacerdocio.
Había dormido poco y por eso, cuando llegué, estaba cansado. Sin embargo,
antes de irme a descansar, me dirigí a la iglesia para celebrar la Santa Misa.
La iglesia estaba regida por el capellán universitario, que entonces era el
El término, tío se usaba entonces para indicar, Padre, con el fin de no
delatar la condición clerical de la persona. (N. del T.) turo obispo don Ignacy
Tokarczuk. Por fin pude ir a dormir. Cuando poco más tarde me desperté, me di
cuenta de que la noticia ya se había difundido, porque don Tokarczuk dijo in
rodeos:¡Bueno, nuevo obispo, felicidades!.
Sonreí y me alejé, dirigiéndome al grupo de los amigos, donde tomé mi canoa;
pero cuando me puse a remar, me sentí de nuevo un poco extraño. Me había
impresionado la coincidencia de fechas: el nombramiento me fue notificado el 4
de julio, día de la consagración de la catedral del Wawel. Es un aniversario
que ha tenido siempre una gran resonancia en mi alma. Me parecía que aquella
coincidencia quería decir algo. Al mismo tiempo pensaba que quizá era la última
vez que podría ir en canoa. En realidad, debo aclarar enseguida que todavía
pude navegar muchas otras veces, recuperando fuerzas en las aguas de los ríos y
de los lagos de Masuria. Prácticamente eso duró hasta 1978.
Sucesor de los apóstoles
Después de la pausa veraniega volví a Cracovia y comenzaron los preparativos
para la consagración, fijada para el 28 de septiembre, fiesta de san Wenceslao,
patrono de la catedral del Wawel. La dedicación a san Wenceslao del histórico
templo manifiesta los antiguos vínculos de la tierra polaca con Bohemia. San
Wenceslao era un duque bohemio, que murió mártir a manos de su hermano. También
Bohemia lo venera como patrono. '
Una etapa fundamental de mi preparación para la consagración episcopal
fueron los ejercicios espirituales. Los hice en Tyniec. Iba con frecuencia a la
histórica abadía. Esta vez fue una estancia particularmente importante para mí.
Tenía que ser obispo, estaba ya nombrado. Pero aún quedaba bastante tiempo para
la ordenación, más de dos meses. Tenía que aprovecharlos lo mejor posible.
Los ejercicios espirituales duraron seis días. ¡Seis días
de meditaciones, Dios mío! ¡Cuántos temas y qué temas!: , Sucesor de los
Apóstoles. Precisamente durante aquellos días había oído estas palabras de boca
de un físico conocido mío. Evidentemente, los que creen dan una importancia
particular a esta sucesión apostólica. Yo - un , sucesor-- pensaba con gran
humildad en los Apóstoles de Cristo y en aquella larga e ininterrumpida cadena
de obispos que, mediante la imposición de las manos, habían transmitido a sus
sucesores la participación en la misión apostólica. Ahora tenían que
transmitírmela también a mí. Me sentía estrechamente vinculado a cada uno de
ellos. Conocemos el nombre de algunos de los que, en esta cadena de la
sucesión, nos han precedido. Son obispos de hoy. En muchos casos se les conoce
porque su propia labor pastoral es memorable. Pero también de obispos antiguos,
hoy ya desconocidos para nosotros, se puede decir que su vocación episcopal y
su obra perduran: y que vuestro fruto permanezca (Jn 15, 16). Esto sucede también
gracias a nosotros, sus sucesores que, por medio de sus manos y en virtud de la
eficacia del sacramento, llegamos a unirnos con Cristo, que nos ha elegido, a
ellos y a nosotros, antes de la creación del mundo (Ef 1, 4). ¡Admirable don y misterio!
Ecce sacerdos magnus, qui in
diebus suis placuit Deo... Ideo iureiurando fecit illum Dominus crescere
in plebem suam, se canta en la liturgia. Este sumo y único sacerdote de la
nueva y eterna Alianza es Jesucristo mismo. Él ofreció el sacrificio de su
sacerdocio muriendo en la Cruz y dando su vida por su rebaño, por toda la
humanidad. Fue Él quien, el día antes de su sacrificio cruento en la Cruz, instituyó
durante la Última Cena el sacramento del sacerdocio. Él fue quien tomó en sus
manos el pan y pronunció sobre él las palabras: Esto es mi Cuerpo, que será
entregado por vosotros. Él fue quien tomó luego en sus manos el cáliz con el
vino y pronunció sobre él las palabras: , Este es el cáliz de mi Sangre, sangre
de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por todos los
hombres para el perdón de los pecados. Y al final añadió:, Haced esto en
conmemoración mía. Dijo esto ante los Apóstoles, ante aquellos doce, de los que
Pedro era el primero. Les dijo: , Haced esto en conmemoración mía. Así fue como
instituyó sacerdotes a semejanza suya, único y sumo Sacerdote de la Nueva
Alianza.
Quizá los Apóstoles que tomaron parte en la Última Cena no
entendieron inmediata y completamente el significado de aquellas palabras que
se cumplían a día siguiente, cuando el cuerpo de Cristo fue entregado
efectivamente a la muerte y su sangre derramada en el suplicio de la Cruz. En
aquel momento comprendieron tal vez que debían repetir el rito de la Cena con
el pan y el vino. Pero los Hechos de los Apóstoles dicen que, después de los
acontecimientos pascuales, los primeros cristianos eran asiduos en la fracción
del pan y en la oración (Hch 2, 42).
Llegados a este momento, el significado del rito estaba bien claro para todos.
Según la liturgia de la Iglesia, el Jueves Santo es el día en que se
conmemora la Última Cena, la institución de la Eucaristía. Desde ese Cenáculo
en Jerusalén, la celebración de la Eucaristía se difundió progresivamente por
todo el mundo de entonces. Primero eran los Apóstoles quienes la presidían en
Jerusalén. Más tarde, a medida que se propagaba el Evangelio, ellos mismos y
aquellos a quienes habían impuesto las manos, la celebraban en nuevos lugares,
comenzando por Asia Menor. Finalmente, con san Pedro y san Pablo, la Eucaristía
llegó a Roma, la capital del mundo de aquellos tiempos. Siglos después llegó al
Vístula.
Recuerdo que, durante los ejercicios espirituales antes de la ordenación
episcopal, daba gracias a Dios de modo particular porque el Evangelio y la
Eucaristía habían llegado al Vístula, porque habían llegado a Tyniec. La abadía
de Tyniec, cerca de Cracovia, cuyos orígenes se remontan al siglo x, era
realmente el lugar apropiado para prepararme a recibir la ordenación en la
catedral del Wawel. Durante mi visita a Cracovia en el año 2002, antes de
emprender el vuelo a Roma, conseguí hacer una pausa en Tyniec, aunque muy breve.
Fue como saldar una deuda personal de gratitud. Debo tanto a Tyniec...
Probablemente no solo yo, sino toda Polonia.
El 28 de septiembre se estaba acercando lentamente. Antes de ser ordenado
intervine oficialmente en Lubaczów como obispo preconizado, con ocasión de las
bodas de plata del episcopado del arzobispo Baziak. Era el día de la Virgen
Dolorosa, fiesta que en Lvov se celebraba el 22 de septiembre. Estaba allí con
dos obispos de Przemygl, monseñor Franciszek Barda y monseñor Wojciech Tomaka,
ambos muy mayores, y entre ellos yo, un joven de treinta y ocho años. Sentía
cierto apuro. Allí comenzaron mis primeras pruebas de episcopado. Una semana
después fue la consagración en el Wawel.
El Wawel
Desde niño, la catedral del Wawel ha sido un lugar especial para mí. No me
acuerdo de cuándo fui por primera vez, pero desde que comencé a frecuentarla me
sentí especialmente atraído y apegado a ella. En cierto modo, la catedral del
Wawel encierra toda la historia de Polonia. He vivido un período trágico,
cuando los nazis pusieron la sede de su gobernador Frank en el castillo del
Wawel e izaron en él la bandera con la cruz gamada. Para mí fue una experiencia
muy penosa. Pero llegó el día en que desapareció aquella bandera y volvieron a
ondear los emblemas polacos.
La catedral actual se remonta a los tiempos de Casimiro el Grande. Tengo muy
presentes las diversas partes del templo con sus monumentos. Basta recorrer la
nave central y las laterales para ver los sarcófagos de los reyes polacos. Si
se baja a la cripta de los poetas, se encuentran las tumbas de Mickiewicz, de
Stowacki y, recientemente, de Norwid.
Como he recordado en el libro Don y misterio, deseaba con toda el alma
celebrar la primera misa en el Wawel, en la cripta de San Leonardo, en los
subterráneos de la catedral. Y así fue. Seguramente, aquel deseo nacía del
profundo amor que sentía por todo lo que llevara alguna huella de mi patria. y
cada piedra de aquel lugar habla de Polonia, de la grandeza polaca. Me resulta
muy entrañable todo el amplio complejo del Wawel: la catedral, el castillo y el
patio. Cuando estuve en Cracovia últimamente, fui también al Wawel y recé ante
la tumba de san Estanislao. No podía dejar de visitar aquella catedral que me
había acogido durante veinte años.
Para mí, lo más significativo de la catedral del Wawel es la cripta de San
Leonardo. Esta parte de la antigua catedral se remonta a los tiempos del rey
Boleslao III. La cripta misma es testigo de tiempos aún más antiguos. En
efecto, recuerda a los primeros obispos de comienzos del siglo XI, cuando
empieza la genealogía del episcopado de Cracovia. Los primeros obispos llevan
los misteriosos nombres de Prokop y Prokulf, como si fueran de origen griego.
Gradualmente aparecen nombres nuevos, y progresivamente, cada vez con más
frecuencia, nombres eslavos, como Esta-nislao de Szczepanów, que llegó a ser
obispo de Cracovia en 1072. En 1079 fue asesinado por hombres enviados por el
rey Boleslao II, el Atrevido. Más tarde ese rey tuvo que huir del país y
probablemente terminó sus días como penitente en Osjak. Cuando era
metropolitano de Cracovia, volviendo de Roma a Cracovia, celebré la Santa Misa
en Osjak. En aquel momento nació la narración poética de aquel
episodio de tantos siglos antes: escribí el poema titulado Estanislao.2
San Estanislao, padre de la patria. El domingo después del 8 de mayo se hace
una gran procesión desde el Wawel a Skatka. A lo largo de todo el recorrido los
participantes cantan himnos intercalados por una invocación: San Estanislao,
patrono nuestro, ruega por nosotros. La procesión baja del Wawel, atraviesa las
calles Stradom y Krakowska, sigue hacia Skalka, donde se celebra la Santa Misa,
que normalmente preside un obispo invitado. Al finalizar la Santa Misa, la
procesión vuelve hasta la catedral siguiendo el mismo itinerario y las
reliquias de la cabeza de san Estanislao, llevadas en la procesión en su
magnífico relicario, se colocan sobre el altar. Los polacos estuvieron
convencidos desde el principio de la santidad de aquel obispo y con gran celo
se ocuparon de su canonización, que tuvo lugar en Asís en el siglo xm. En esta
ciudad de la Umbría se han conservado hasta hoy los frescos que representan a
san Estanislao.
Junto a la confesión de san Estanislao, un tesoro inestimable conservado en
la catedral del Wawel, se encuentra la tumba de la santa reina Edvige. Sus
reliquias fueron puestas bajo el famoso Crucifijo del Wawel en el año 1987, con
ocasión de la tercera peregrinación que hice a mi patria. A los pies de aquel
Crucifijo, Edvige, con doce años, tomó la decisión de unirse en matrimonio con
el príncipe lituano Ladislao Jagellón. Una decisión - corría el año 1386-que
incorporó a Lituania a la familia de las naciones cristianas.
Recuerdo con emoción el día 8 de junio de 1997, cuando en Blonia de
Cracovia, durante la canonización, comencé la homilía con estas palabras:
Edvige, has esperado mucho este día solemne [...], casi seiscientos añosos.
Este retraso se debe a varias circunstancias, de las que es difícil hablar
ahora. Desde hacía mucho tiempo deseaba que la Señora del Wawel gozara del
título de santa en sentido canónico, oficial. Ese deseo se cumplió aquel día.
Di gracias a Dios porque, después de tantos siglos me fue concedida la gracia
de colmar la aspiración que palpitaba en el corazón de muchas generaciones
polacas.
Todos estos recuerdos se unen de alguna manera al día de mi consagración. En
cierto sentido, fue un acontecimiento histórico. La precedente ordenación
episcopal había tenido lugar en el lejano 1926. Entonces fue consagrado el
obispo Stanislaw Rospond. Ahora estaba a punto de serio yo.
El día de la de la ordenación: en el centro de la iglesia
Llegó el 28 de septiembre, memoria de san Wenceslao. Era el día fijado para
mi ordenación episcopal. Tengo
siempre muy presente aquella gran ceremonia, como si lo estuviera viendo (la
liturgia entonces era aún más rica que la de hoy) y recuerdo a cada una de las
personas que tomaron parte. Se acostumbraba a llevar dones simbólicos al que se
ordenaba obispo. Algunos de mis compañeros trajeron como ofrenda un barrilito
de vino y una hogaza: eran Zbyszek Sitkowski, un compañero del liceo, y Jurek
Ciesielski, hoy siervo de Dios; Marian Wójtowicz y Zdzistaw Heydel. Me parece
que estaba también Stanislaw Rybicki. El más activo era sin duda don Kazimierz
Figlewicz. El día estaba nublado, pero al final salió el sol. Como señal de
buen auspicio, un rayo de su luz se posó sobre aquel pobre consagrado.
Después de la lectura del Evangelio el coro cantó: Veni Creator Spiritus, /
mentes tuorum visita: / imple superna gratia, / quae tu creasti pectora...
Mientras escuchaba aquel canto, una vez más, al igual que durante la ordenación
sacerdotal e incluso con mayor claridad aún, se afianzaba dentro de mí la convicción
de que, en realidad, el artífice de la consagración es el Espíritu Santo. Era
para mí un motivo de consuelo y aliento ante todos los temores humanos que se
presentan al asumir una responsabilidad tan grande. Era una idea que me
infundía gran confianza: el Espíritu Santo me iluminará, me fortalecerá, me
consolará, me instruirá... ¿Acaso no fue esta la promesa de Cristo mismo a sus
Apóstoles?
En la liturgia se realizan de manera sucesiva varias acciones simbólicas,
cada una con su propio significado. El obispo ordenante pregunta sobre la fe y
la vida. La última de ellas dice así: ¿Quieres rogar continuamente a Dios
todopoderoso por el pueblo santo y cumplir de manera irreprochable las
funciones del sumo sacerdocio?. A lo cual, el candidato responde: Sí, quiero,
con la ayuda de Diosas. En ese momento, el obispo consagrante concluye: Dios,
que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término. Nuevamente
afloraba en mi ánimo, difundiendo en él una serena confianza, este pensamiento:
el Señor inicia ahora en ti su obra; no temas, encomiéndale tu camino; será Él
mismo quien actúe y lleve a término lo que en ti ha comenzado (Sal 36 [37], 5).
En todas las ordenaciones (diaconado, sacerdocio,
ordenación episcopal) el elegido se postra en tierra. Es signo de la total
donación de sí mismo a Cristo, a Aquel que, para cumplir su misión sacerdotal,
se despojó de su rango y tomo la condición de esclavo [...]. Y así, actuando
como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una
muerte de cruz (Flp 2, 7-8). Una
actitud similar se adopta el Viernes Santo, cuando el sacerdote que preside la
asamblea litúrgica se postra en silencio. En este día del triduo sacro no se
celebra la Santa Misa: la Iglesia se recoge para meditar en la Pasión de
Cristo, desde su agonía en Getsemaní, cuando también Él oró postrado en tierra.
En el alma del celebrante resuena con fuerza su petición: Quedaos aquí y velad
conmigo...(Mt 26, 38).
Recuerdo aquel momento, cuando yacía postrado en tierra y los presentes
cantaban las Letanías de los Santos. El obispo consagrante había invitado a la
asamblea: Oremos, hermanos, para que, en bien de la santa Iglesia, el Dios de
todo poder y bondad derrame sobre este elegido la abundancia de su gracia.
Luego se iniciaba el canto de las letanías:
Kyrie, eleison. Christe,
eleison... Santa Maria, Madre de Dios, San Miguel, Santos Ángeles de
Dios... rogad por nosotros.
Tengo una devoción especial al Ángel de la Guarda. Desde niño, probablemente
como todos los niños, repetía tantas veces esta plegaria: Ángel de Dios, que
eres mi custodio, ilumíname, custódiame, dirígeme y gobiérname... . Mi Ángel de
la Guarda sabe lo que estoy haciendo. Mi confianza en él, en su presencia
protectora, crece en mí continuamente. San Miguel, san Gabriel, san Rafael son
arcángeles a los que invoco con frecuencia en la oración. Recuerdo también el
hermoso tratado de santo Tomás sobre los ángeles, espíritus puros.
¡San Juan Bautista, San José, Santos Pedro y Pablo, San Andrés, San
Carlos... ¡rogad por nosotros!
Como es sabido, fui ordenado sacerdote en la solemnidad de Todos los Santos.
Este día ha sido siempre una gran fiesta para mí. Por la bondad de Dios, he
tenido la gracia de poder celebrar el aniversario de la ordenación sacerdotal
en el día en que toda la Iglesia recuerda a los habitantes del Cielo. Desde lo
alto interceden para que la comunidad eclesial crezca en la comunión bajo la
acción del Espíritu Santo, que la mueve a practicar el amor fraterno: Así como
la comunión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de
Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana como
Fuente y Cabeza toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios (Lumen gentium,
50).
Terminadas las letanías, el consagrando se levanta, se
acerca al celebrante y este le impone las manos. Es precisamente el gesto
fundamental que, según la tradición que se remonta a los Apóstoles, significa
la entrega del Espíritu Santo. También los dos consagrantes imponen
sucesivamente las manos sobre la cabeza del elegido. Es el momento culminante
de la consagración episcopal. Conviene recordar aquí las palabras de la
constitución conciliar Lumen gentium: Para realizar estas funciones tan
sublimes, los Apóstoles se vieron enriquecidos por Cristo con la especial del
Espíritu Santo que descendió sobre ellos (Hch 1, 8; 2, 4; Jn, 22-23). Ellos
mismos comunicaron a sus colaboradores, mediante la imposición de las manos (1Tm 4, 14; 2Tm 1, 6-7), el don espiritual que se
ha transmitido hasta nosotros en la consagración episcopal [... ]. Según la
Tradición, que aparece clara sobre todo en los ritos litúrgicos y la práctica,
tanto de la Iglesia de Oriente como de Occidente, es evidente que por la
imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la
gracia del Espíritu Santo, se queda marcado con el carácter sagrado. En
consecuencia, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo,
Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su persona (n. 21).
Los obispos ordenantes
No puedo omitir al consagrante principal, el arzobispo Eugeniusz Baziak. He
recordado ya la complicada historia de su vida y de su ministerio episcopal. Su
origen como obispo tenía gran importancia para mí, porque él fue el eslabón que
me unía a la sucesión apostólica. Fue consagrado por el arzobispo Bolestaw
Twardowski. Este, a su vez, había sido consagrado por el obispo Józef
Bilczewski, que he tenido recientemente el gozo de beatificar en Lvov, en
Ucrania. Bilczewski, en fin, fue consagrado por el cardenal Jan Puzyna,
arzobispo de Cracovia, y los dos obispos consagrantes fueron el beato Józef
Sebastian Pelczar, obispo de Przemyl, y el siervo de Dios Andrzej Szeptycki,
arzobispo grecocatólico. Todo esto suponía una gran responsabilidad para mí.
¿Cómo no tener en cuenta la tradición de santidad de estos grandes pastores de
la Iglesia?
En mi ordenación, los otros dos obispos fueron monseñor Franciszek Jop de
Opole y monseñor Bolesaw
Kominek de Wrodaw. Los
recuerdo con gran respeto y consideración. Durante el período del estalinismo,
el obispo Jop fue un hombre providencial para Cracovia. El arzobispo Baziak fue
segregado, y se designó a monseñor Jop como vicario capitular de Cracovia.
Gracias a él la Iglesia de esta ciudad sobrevivió entonces a la dura prueba sin
grandes daños. También el obispo Bolestaw Kominek tenía relación con Cracovia.
En el período estalinista, cuando ya era obispo, las autoridades comunistas le
prohibieron entrar en su diócesis. Se estableció en Cracovia como prelado
mitrado. Solo más tarde le fue posible tomar posesión canónica de su diócesis
de Wrodaw. En 1965 fue nombrado cardenal. Ambos fueron grandes hombres de
Iglesia, que en tiempos dificiles dieron ejemplo de gran talla personal y
ofrecieron su testimonio de fidelidad a Cristo y al Evangelio. ¿Cómo prescindir
de esta valiosa ascendencia espiritual?
Las acciones litúrgicas de la consagración
Recuerdo también otras acciones litúrgicas significativas. Primero la
imposición del libro de los Evangelios sobre el elegido, mientras se canta la
plegaria de ordenación. En este momento, la unión del signo con la palabra es
de gran elocuencia. La primera impresión hace pensar en el peso de la
responsabilidad que el obispo asume respecto al Evangelio: la importancia de la
llamada de Cristo para que se le anuncie hasta los extremos confines de la
tierra, dando testimonio con la propia vida. Pero, cuando se profundiza más en
lo que dice este signo, uno se da cuenta de que lo que se está realizando tiene
su origen en el Evangelio, hunde en él sus raíces. Por tanto, al tomar
conciencia de esto, quien recibe la ordenación episcopal encuentra consuelo e
inspiración. A la luz de la Buena Nueva de la Resurrección de Cristo se hacen
inteligibles y eficaces las palabras de la oración: Effunde super hunc Electum
earn virtutetn, quae a te est, Spiritum principalem, quem dedisti dil#Cto Filio
tuo Iesu Christo, quem ipse donavit sanctis Apostolis... Infunde ahora sobre
este tu elegido la fuerza que de ti procede: el Espíritu de gobierno que diste
a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los santos Apóstoles...3
La liturgia de la ordenación episcopal prosigue con la unción con el sagrado
crisma. Es un gesto profundamente enraizado en los sacramentos anteriores,
desde el bautismo y la confirmación. En la ordenación sacerdotal se ungen las
manos; en la episcopal, la cabeza. También este gesto nos habla de la
transmisión del Espíritu Santo, el cual se adentra en el interior del ungido,
toma posesión de él y lo convierte en instrumento suyo. La unción de la cabeza
significa la llamada a nuevas responsabilidades: el obispo tendrá en la Iglesia
tareas directivas que lo ocuparán a fondo. También esta unción mediante el
Espíritu Santo tiene la misma fuente de todas las demás: Jesucristo, el Mesías.
El nombre Cristo es la traducción griega del término hebreo Maiah, Mesías,
que quiere decir ungido. En Israel se ungía en nombre de Dios a los elegidos
por Él para cumplir una misión especial. Podía tratarse de una misión
profética, sacerdotal o real. Sin embargo, el nombre de Mesías se refería sobre
todo al que habría de venir para instaurar definitivamente el Reino de Dios, en
el que se cumplirían las promesas de salvación. Él tenía que ser ungido
mediante el Espíritu del Señor como profeta, como sacerdote y como rey.
La palabra Ungido-Cristo se convirtió en el nombre propio de Jesús, pues en
Él se cumplió de modo perfecto la misión divina que ese término expresaba. El
Evangelio nunca dice que Jesús fuera ungido externamente, como lo fueron en el
Antiguo Testamento David y Aarón, por cuya barba estilaba ungüento precioso
(Sal 132 [133], 2). Cuando hablamos de su unción nos referimos a la otorgada
directamente por el Espíritu Santo, atestiguada y significada por el perfecto
cumplimiento que Jesús hizo de la tarea que el Padre le había encomendado. Esto
es lo que explicaba muy bien el obispo san Ireneo: , En el nombre de Cristo se
oculta Aquel que ha ungido, Aquel que ha sido ungido, y la Unción misma con la
que ha sido ungido. Aquel que ungió es el Padre; Aquel que fue
ungido es el Hijo; y ha sido ungido en el Espíritu, que es la Unción .4
En el nacimiento de Jesús, los ángeles anunciaron a los
pastores: #, Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías,
el Señor (Lc 2, 11). El Cristo, es
decir, el Ungido. Con él nace la unción universal, mesiánica y salvífica, de la
que participan todos los bautizados, y también la unción especial de la que Él,
el Mesías, ha querido hacer partícipes a los obispos y a los sacerdotes,
elegidos para la misión apostólica para el bien de su Iglesia. El santo óleo
del crisma, signo del poder del Espíritu Santo, desciende sobre nuestras
cabezas insertándonos en la obra mesiánica de salvación y, junto con la unción,
hemos recibido de un modo cualitativamente específico la triple función:
profética, sacerdotal y real.
El santo crisma
Doy gracias al Señor por la primera unción con el santo crisma, que recibí
en mi ciudad de origen, Wadowice. Fue en el bautismo. Mediante ese baño
sacramental, todos hemos sido justificados e injertados en Cristo. Recibimos
también por primera vez el don del Espíritu Santo. Eso es precisamente lo que
significa la unción con el santo crisma: la efusión del Espíritu que da la
nueva vida en Cristo y nos hace capaces de vivir según la justicia divina. En
el sacramento de la confirmación, esta primera unción se completa con el sello
del Espíritu Santo. El vínculo profundo y directo entre estos sacramentos se
manifiesta de manera especial en la liturgia del bautismo de adultos. Las
Iglesias orientales lo han conservado también en el bautismo de los niños, los
cuales, junto con el primer sacramento, reciben también el de la confirmación.
La relación entre estos dos primeros sacramentos, , y el santísimo misterio
de la Eucaristía, con la vocación sacerdotal y episcopal es tan estrecha y
profunda, que podemos seguir descubriendo cada vez nuevas riquezas con el
corazón agradecido. Nosotros, los obispos, no solamente hemos recibido estos
sacramentos, sino que hemos sido enviados a bautizar, a reunir la Iglesia en
torno a la Mesa del Señor, a confirmar a los discípulos de Cristo con el sello
del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación. En su ministerio, el
obispo tiene muchas veces ocasión de administrar este sacramento, ungiendo a
las personas con el santo crisma y transmitiéndoles el don del Espíritu Santo,
que es fuente de vida en Cristo.
En muchos lugares, durante las ordenaciones, los fieles cantan: Pueblo de
reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios: ¡bendice a tu Señor!.
También me gusta este otro canto, que tiene un mensaje profundo:
¡A Ti cantamos, Hijo amado del Padre. Te glorificamos, Sabiduría eterna,
Verbo de Dios vivo. A Ti cantamos, Hijo único de María Virgen, Te adoramos,
Cristo hermano nuestro, que has venido para salvamos. A Ti cantamos, Mesías
acogido por los pobres, Te adoramos, Oh Cristo, nuestro Rey manso y humilde
A Ti cantamos, Oh vid que das la Vida, a nosotros, tus sarmientos.
Toda vocación nace en Cristo, y esto es precisamente lo
que se manifiesta cada vez en la unción con el crisma, desde el Santo Bautismo
hasta la unción de la cabeza del obispo. En eso se funda la común dignidad de
todas las vocaciones cristianas. Desde este punto de vista, todas son iguales.
Las diferencias se derivan del papel que Cristo asigna a cada uno en la
comunidad de la Iglesia y de la responsabilidad que ello comporta. Debe ponerse
gran atención a que nada se pierda (Jn
6, 12): ninguna vocación debe malograrse, porque todas son valiosas y
necesarias. El Buen Pastor ha dado su vida por la de cada uno de nosotros (Jn 10, 11). Esto es responsabilidad
del obispo. Ha de saber que su cometido es procurar que en la Iglesia surjan y
se desarrollen todo tipo de vocaciones, cualquier misión, hasta la que parece
más insignificante, para la cual Cristo elige a cada ser humano. Por eso el
obispo, como hace Cristo, llama, reúne, enseña en torno a la mesa del Cuerpo y
de la Sangre del Señor. Guía y sirve a la vez. Debe ser fiel a la Iglesia y a
cada uno de sus miembros, hasta al más pequeño, a quien Cristo ha llamado y con
el cual se identifica (Mt 25, 45).
Como signo de esa fidelidad, el obispo recibe el anillo.
El anillo y el racional
El anillo que se impone al obispo significa que contrae sagradas nupcias con
la Iglesia. Accipe anulum, fidei signa cu|um, .Recibe este anillo, signo de
fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, esposa santa de Diosas. Esto fidelis
usque ad mortem.. se recomienda en el libro del Apocalipsis: Sé fiel
hasta la muerte y te daré la corona de la vida (2, 10). El anillo, símbolo
nupcial, expresa el vínculo especial del obispo con la Iglesia. Para mí es una
llamada cotidiana a la fidelidad. Una especie de interpelación silenciosa que
se hace oír en la conciencia: ¿me doy totalmente a mi Esposa, la Iglesia? ¿Soy
suficientemente para las comunidades, las familias, los jóvenes y los ancianos,
y también para los que todavía están por nacer? El anillo me recuerda también
la necesidad de ser sólido eslabón en la cadena de la sucesión que me une a los
Apóstoles. Y la resistencia de una cadena se mide en función del eslabón más
débil. Debo ser un anillo fuerte, fuerte con la fuerza de Dios: E1Señor es mi
fuerza y mi escudo (Sal 27 [28], 7). Aunque camine por cañadas oscuras, nada
temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan (Sal 22 [231, 4).
Los obispos de Cracovia tienen un privilegio especial que,
por lo que sé, lo tienen solo cuatro diócesis en el mundo. Consiste en llevar
el llamado racional, un signo que en su forma externa recuerda al palio. En
Cracovia, en el tesoro del Wawel, se conserva el racional regalado por la reina
Edvige. En sí mismo, este signo no dice nada. Adquiere significado solamente
cuando lo lleva el arzobispo: entonces da a entender su autoridad y,
precisamente porque tiene autoridad, debe servir. En cierto sentido, se puede
ver en él un símbolo de la pasión de Cristo y de todos los mártires. Cuando lo
llevaba puesto, más de una vez me ha recordado las palabras que el apóstol
Pablo, ya de una cierta edad, dirigía al todavía joven obispo Timoteo: No
tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma
parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fortaleza que Dios te dé (2Tm 1, 8).
Guarda el depósito (1Tm 6, 20)
Después de la oración de ordenación, el ritual prevé la entrega del libro de
los Evangelios al obispo ordenado. Este acto indica que el obispo debe acoger y
anunciar la Buena Nueva. Es el signo de la presencia en la Iglesia de Jesús Maestro.
Esto quiere decir que la tarea de enseñar pertenece a la
esencia de la vocación del obispo: debe ser maestro. Sabemos cuántos eminentes
obispos desde la antigüedad hasta nuestros tiempos han desempeñado de modo
ejemplar esa vocación. Tuvieron muy en cuenta las sabias advertencias del
apóstol Pablo, por el que se sintieron personalmente interpelados: Timoteo,
guarda el depósito [de la fe]. Evita las palabrerías profanas y también las
discusiones de la falsa ciencia (1Tm
6, 20). Fueron egregios maestros porque centraron su vida espiritual en la
escucha y el anuncio de la Palabra. O, por decirlo en otros términos, supleron
abandonar las palabras inútiles para dedicarse con toda su energía a #da única
cosa necesaria (Lc 10, 42).
En efecto, el obispo tiene el oficio de hacerse servidor de la Palabra.
Precisamente por ser maestro se sienta en la cátedra --es decir, en asiento
puesto emblemáticamente en la iglesia que, por eso, se llama cátedra-- para
predicar, anunciar y explicar la Palabra de Dios. Nuestros tiempos plantean
nuevas exigencias a los obispos en cuanto maestros, pero les ofrecen también
medios nuevos y estupendos que le ayudan en el anuncio del Evangelio. La
facilidad de movimientos les permite visitar con frecuencia las diversas
iglesias y comunidades de su diócesis. Pueden utilizar la radio, la televisión,
internet, la palabra ir, presa. Para anunciar la Palabra de Dios, los obispos cuentan
con la ayuda de sacerdotes y diáconos, de catequistas y maestros, de profesores
de teología y de laicos cultos y fieles al Evangelio, que cada día son más
numerosos.
Sin embargo, nada puede sustituir la presencia del obispo
que, sentado en la cátedra o de pie ante el ambón de su iglesia episcopal,
explica personalmente la palabra de Dios a los reunidos en torno a sí. También
él, como el letrado que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de
familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo, (Mt 13, 52). A este respecto, me
complace mencionar al arzobispo emérito de Milán, al cardenal Carlos María
Martini, cuyas catequesis en la catedral milanesa atraían a multitud de
personas, a las que desvelaba los tesoros de la Palabra de Dios. Y este es solo
un ejemplo entre muchos, que demuestran el hambre tan grande que tiene la gente
de la Palabra de Dios. ¡Qué importante es saciar esa hambre!
Siempre he tenido la convicción de que, si quiero satisfacer
esa hambre interior de los demás, es preciso que, a ejemplo de María, escuche
yo antes la Palabra de Dios y la medite en mi corazón (Lc 2, 19). Al mismo tiempo, he ido
comprendiendo cada vez mejor que el obispo debe saber escuchar también a las
personas a las que anuncia la Buena Nueva. Es importante que el obispo no se
deje aturdir por la avalancha de palabras, imágenes y sonidos que se produce en
la actualidad. Ha de ponerse a la escucha de Dios y de sus interlocutores,
convencido de que todos estamos unidos en el mismo misterio de la Palabra de
Dios sobre la salvación.
La mitra y el báculo
Sin duda alguna, ser nombrado obispo es un honor. Pero esto no significa que
el candidato haya sido elegido para considerarse diverso de los demás, como si
fuera un hombre y un cristiano eminente. El honor que se le tributa depende en
realidad de su misión, que es la de presentarse en el centro de la Iglesia para
ser el primero en la fe, el primero en la caridad, el primero en la fidelidad y
el primero en el servicio. Si uno busca en el episcopado solamente el honor en
sí mismo, no logrará cumplir bien su misión episcopal. La primera y más
importante característica del honor debido al obispo reside en la responsabilidad
que conlleva su ministerio.
No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un
monte (Mt 5, 14). El obispo está
siempre en lo alto de un monte, en el candelero, visible a todos. Debe darse
cuenta de que todo lo que sucede en su vida tiene importancia para la
comunidad: "todos tenían los ojos fijos en él" (Lc 4, 20). Así como un padre de
familia educa en la fe a sus hijos sobre todo con el ejemplo de su religiosidad
y de su oración, así también el obispo edifica a sus fieles con su
comportamiento. Por eso, el autor de la Primera Carta de Pedro pide con tanta
insistencia a los obispos que sean modelo de la grey (5, 3). Desde esta perspectiva,
la imposición de la mitra adquiere un significado particular en la liturgia de
la ordenación. El obispo neoelecto la recibe como si fuera una exhortación a
esforzarse para que en él "brille el resplandor de la santidad" y merezca
recibir "la corona de gloria que no se marchita"cuando aparezca Cristo, el
Príncipe de los pastores.5
El obispo está llamado de una manera especial a la
santidad personal, para contribuir al incremento de la santidad de la comunidad
eclesial que le ha sido confiada. Es el responsable de que se lleve a cabo la
vocación universal a la santidad de la que habla el capítulo V de la
constitución conciliar Lumen gentium. Como escribí al finalizar el Gran
Jubileo, en esta vocación está la dinámica intrínseca y determinante de la eclesiología
(Novo millennio ineun-te, 30). El Pueblo, reunido por la unidad del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo, es un Pueblo que pertenece a Quien es tres veces
santo (Is 6, 3). Confesar a la
Iglesia como santa escribía-es mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la
cual él se entregó precisamente para santificarla (Novo millennio ineunte, 30).
Es un don de santidad que se convierte en quehacer. Y se debe notar
constantemente que toda la vida del cristiano debe orientarse a este fin: Esto
quiere Dios de vosotros: una vida sagrada(1Ts 4, 3).
Al comienzo de los años setenta escribí, refiriéndome a la constitución
Lumen gentium: La historia de la salvación es la historia de todo el Pueblo de
Dios y esta historia pasa a través de la vida de las personas individuales,
concretándose nuevamente en cada una de ellas. El significado esencial de la
santidad consiste en esto: en que siempre es una santidad personal. Esto es
confirmado por la llamada "universal" a la santidad. Todos los
miembros del Pueblo de Dios son llamados, pero cada uno de ellos es único e
irrepetible.6 Por lo demás, la santidad de cada uno contribuye a aumentar la
belleza del rostro de la Iglesia, Esposa de Cristo, favoreciendo la acogida de
su mensaje por parte del mundo contemporáneo. En el rito de la ordenación
episcopal viene después la entrega del báculo pastoral. Es el signo de la
autoridad que compete al obispo para cumplir su deber de atender a la grey.
También este signo se encuadra en la perspectiva de la preocupación por la
santidad del Pueblo de Dios. El pastor debe vigilar y proteger, conducir a las
ovejas por prados de hierba fresca (Sal 22 [23], 2); en esos prados el pastor
descubrirá que la santidad no es una especie de vida extraordinaria, practicada
solo por algunos "genios" de la santidad. Los caminos de la santidad
son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (Novo millennio ineunte,
31). ¡Qué potencial de gracia queda como aletargado en la muchedumbre
incontable de los bautizados! Ruego incesantemente para que el Espíritu Santo
inflame con su fuego los corazones de los obispos, de manera que lleguemos a
ser maestros de santidad, capaces de arrastrar a los fieles con nuestro
ejemplo.
Me viene a la mente la conmovedora despedida de san Pablo
a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Tened cuidado de vosotros y del rebaño
que el Espíritu Santo os ha encargado de guardar, como pastores de la Iglesia
de Dios, que él adquirió con la sangre (Hch
20, 28). El mandato de Cristo apremia a todo pastor: #Id, y haced
discípulos de todos los pueblos (Mt 28,
19). ¡ ld, nunca os detengáis! La aspiración del Maestro divino nos es bien
conocida: Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure
(In 15, 16). '
El báculo con el Crucifijo que uso ahora es una copia del
que usaba Pablo VI. En él veo simbolizadas tres tareas: solicitud, guia,
responsabilidad. No es un signo de autoridad en el sentido corriente de la
palabra. Tampoco es signo de precedencia o supremacía sobre los otros; es signo
de servicio. Como tal, expresa el deber de atender a las necesidades de las ovejas:
Para que tengan vida y la tengan en abundancia (In 10, 10). El obispo debe
dirigir y hacer de guía. Será escuchado y amado por sus fieles en la medida en
que imite a Cristo, el Buen Pastor, que no ha venido para que le sirvan, sino
para dar su vida en rescate por muchos (Mt
20, 28). ¡Servir! ¡Cómo me gusta esta palabra! Sacerdocio ministeriab, un
término que sorprende...
A veces se oye a alguno que defiende el poder episcopal entendido como precedencia:
son las ovejas, dice, las que deben ir detrás del pastor, y no el pastor detrás
de las ovejas. Se puede estar de acuerdo, pero en el sentido de que el pastor
debe ir delante para , dar la vida por sus ovejas; es él quien debe ser el
primero en sacrificarse y dedicarse a ellas: , Ha resucitado el buen pastor,
que dio la vida por sus ovejas. Y se dignó morir por su
rebaño.7 El obispo tiene la precedencia en el amor generoso por los fieles y
por la Iglesia, según el modelo de san Pablo:, Me alegra sufrir por vosotros:
así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo, que es
la Iglesia (Co 1, 24).
Ciertamente, al oficio de Pastor corresponde también amonestar. Pienso que,
bajo este aspecto, quizá he hecho demasiado poco. Hay siempre un problema en la
relación entre autoridad y servicio. Tal vez deba reprocharme a mí mismo por no
haber intentado lo suficiente para mandar. En cierta medida es debido a mi
temperamento. Pero de algún modo hace referencia también al deseo de Cristo, que
pidió a sus Apóstoles servir, más que mandar. Naturalmente, la autoridad
corresponde al obispo, pero mucho depende del modo en que se ejerza esa
autoridad. Si el obispo se apoya demasiado en la autoridad, la gente piensa
enseguida que solo sabe mandar. Al contrario, si adopta una actitud de
servicio, los fieles se sienten espontáneamente dispuestos a escucharle y se
someten gustosos a su autoridad. Parece que en esto hace falta un cierto
equilibrio. Si el obispo dice: ¡ Aquí solo mando yo!, o Aquí el único que está
dispuesto a servir soy yo, algo falla. El obispo debe servir gobernando y
gobernar sirviendo. Un modelo elocuente es Cristo mismo: Él servia siempre,
pero en el espíritu divino de servicio sabía también expulsar a los mercaderes
del templo cuando era necesario.
No obstante, pienso que, a pesar de la resistencia interior que sentía a la
hora de reprender, he tomado todas las decisiones que han sido necesarias. Como
metropolitano de Cracovia hice de todo para llegar a ellas de modo colegial, es
decir, en diálogo con los obispos auxiliares y con los otros colaboradores.
Cada semana teníamos nuestras sesiones curiales, durante las que se discutían
todas las cuestiones desde el punto de vista del mayor bien para la
archidiócesis. Solía hacer dos preguntas a mis colaboradores. La primera: ¿Cuál
es la verdad de fe que ilumina este problema? . Y la segunda: ¿A quién podemos
recurrir o preparar para resolverlo? . Encontrar la motivación religiosa para
actuar y la persona adecuada para llevar a cabo una determinada tarea era un
buen comienzo, que daba buenas esperanzas de éxito a las iniciativas
pastorales.
Con la entrega del báculo concluye la ceremonia de la ordenación, kuego
comienza la Santa Misa, que el nuevo obispo concelebra con los obispos
ordenantes. Todos estos momentos han permanecido tan cargados de significado,
de pensamientos, de impacto personal en la conciencia, que resulta imposible
expresarlos adecuadamente o siquiera añadir algo más.
La peregrinación al santuario de María
Al terminar la Santa Misa me trasladé directamente desde el Wawel al
Seminario Mayor, porque allí tendría lugar la recepción de los invitados; pero
incluso aquella misma noche me fui con el grupo de amigos más íntimos a
Czstochowa, donde a la mañana del día siguiente celebré la Santa Misa en la
capilla del icono milagroso de Nuestra Señora.
Czestochowa es un sitio especial para los polacos. En cierto sentido se
identifica con Polonia y con su historia, sobre todo con la historia de las
luchas por la independencia nacional. Aquí se encuentra el santuario de la
nación, llamado Jasna Góra. Clarus mons, Claromonte: este nombre, que se
refiere a la luz que disipa las tinieblas, adquirió un significado particular
para los polacos que vivieron en los tiempos sombríos de las guerras, de los
desmembramientos territoriales y de las ocupaciones. Todos sabían que la fuente
de esta luz de esperanza era la presencia de María en su milagrosa imagen. Así
sucedió, quizá por primera vez, durante la invasión de los suecos, que pasó a
la historia con el apelativo de diluvio; en aquellas circunstancias --algo
significativo-- el santuario se convirtió en una fortaleza que el invasor no
logró conquistar. La nación consideró este hecho como una promesa de victoria.
La fe en la protección de María dio a los polacos la fuerza para derrotar al
invasor. Desde entonces, el santuario de Jasna Góra se ha convertido en cierto
sentido en el baluarte de la fe, del espíritu, de la cultura y de todo lo que
determina la identidad nacional.
Así ocurrió especialmente durante el largo período en que se perdió la
soberanía del Estado y su territorio quedó desgajado. A esto se refería Pío XII
durante la Segunda Guerra Mundial, cuando afirmaba: Polonia no ha desaparecido
y no desaparecerá. Porque Polonia cree, Polonia reza, Polonia tiene Jasna Góra.
Gracias a Dios esas palabras se cumplieron.
Sin embargo, más tarde hubo otro período oscuro en nuestra historia, el de
la dominación comunista. Las autoridades del partido eran conscientes de lo que
significaban para los polacos Jasna Góra, la Imagen milagrosa y la ferviente
devoción mariana que había en su entorno desde los inicios. Por eso, cuando por
iniciativa del episcopado, y especialmente del cardenal Stefan Wyszyñski, salió
de Czstochowa la peregrinación de la Imagen de la Virgen Negra para visitar
todas las parroquias y comunidades de Polonia, las autoridades comunistas
hicieron todo lo posible para impedir esta visita. Cuando la Imagen fue
arrestada, por la policía, la peregrinación continuo con el marco vacío, y su mensaje
se hizo más elocuente aún. En aquel marco sin imagen se podía leer una señal
muda de la falta de libertad religiosa. La nación sabía que tenía derecho a
ella y rezó aún más para obtenerla. Aquella peregrinación duro casi veinticinco
años y produjo entre los polacos un extraordinario fortalecimiento en la fe, en
la esperanza y en la caridad.
Todos los polacos creyentes van en peregrinación a Czstochowa. Yo también
iba allí desde pequeño para participar en una u otra peregrinación. En 1936
hubo una muy grande de la juventud universitaria de toda Polonia, que concluyo
con el solemne juramento ante la Imagen. Luego se ha repetido cada año.
Durante la ocupación nazi hice aquella peregrinación cuando era ya
estudiante de literatura polaca en la facultad de Filosofía de la Universidad
Jagellónica. Lo recuerdo de manera especial, porque para mantener la tradición
fuimos a Czstochowa, como delegados, Tadeusz Ulewicz, yo y una tercera persona.
Jasna Góra estaba rodeada por el ejército hitleriano. Los Padres Eremitas de
San Pablo nos ofrecieron hospitalidad. Sabían que éramos una delegación. Todo
permaneció en secreto. Tuvimos así la satisfacción de haber conseguido
mantener, a pesar de todo, aquella tradición. Después me dirigí más veces al
santuario, participando en diversas peregrinaciones, en particular en la de
Wadowice.
Cada año en Jasna Góra tenían lugar los ejercicios espirituales de los
obispos, normalmente al comienzo de septiembre. Tomé parte por primera vez en
ellos cuando todavía era simple obispo preconizado. Me llevó consigo el
arzobispo Baziak. Recuerdo que el predicador era don Jan Zieja, sacerdote de
eminente personalidad. El primer puesto lo ocupó, como es natural, el cardenal
primado Stefan Wyszyñski, un hombre verdaderamente providencial para los
tiempos que estábamos viviendo.
Quizá de aquellas peregrinaciones a Jasna Góra nació el deseo de que los
primeros pasos de mi peregrinar como Papa se dirigiesen a un santuario mariano.
Este deseo me llevó, en el primer viaje apostólico a México, a los pies de la
Virgen de Guadalupe. En el amor que tienen los mexicanos y en general los
habitantes de América Central y del Sur por la Virgen de Guadalupe --amor que
se expresa de modo espontáneo y emotivo, pero muy intenso y profundo- hay
numerosas analogías con la devoción mariana polaca, que fraguó también mi
espiritualidad. Afectuosa-mente llaman a María la Virgen Morenita, nombre que
puede ser traducido libremente como , Virgen Negra. Hay allí un canto popular
muy conocido que habla del amor de un muchacho por una muchacha; los mexicanos
refieren este canto a Nuestra Señora. En mis oídos resuenan siempre estas
melodiosas palabras:
Conocí a una linda Morenita... y la quise mucho. Por las tardes iba yo
enamorado y cariñoso a verla. Al contemplar sus ojos, mi pasión crecía. Ay
Morena, Morenita mía, no te olvidaré. Hay un Amor muy grande que existe entre
los dos, entre los dos...
Visité el santuario de Guadalupe en enero de 1979, durante mi primera
peregrinación apostólica. El viaje fue decidido como respuesta a la invitación
a participar en la asamblea de la Conferencia de los obispos de América Latina
(CELAM), en Puebla. Aquella peregrinación inspiró en cierto sentido todos los
siguientes años del pontificado.
Me detuve antes en Santo Domingo, desde donde me dirigí a México. Había algo
de extraordinariamente conmovedor cuando, al ir hacia el lugar donde teníamos
que descansar, atravesábamos las calles plagadas de gente. Se podía, por así
decir, tocar con la mano la devoción de aquellas innumerables personas. Cuando
llegamos finalmente al lugar donde debíamos pernoctar, la gente continuaba
cantando, y era ya medianoche. Entonces Stanist'aw (don Stanislaw Dziwisz) se
vio obligado a salir para hacerles callar, explicándoles que el Papa tenía que
dormir. Entonces se calmaron.
Recuerdo que interpreté aquel viaje a México como una especie de
salvoconducto, que podría abrirme camino a la peregrinación a Polonia. Pensé
que los comunistas de Polonia no podrían negarme el permiso de entrada en
Polonia después de haber sido recibido en un país con una constitución
totalmente laica, como la del México de entonces. Quería trasladarme a Polonia,
y esto se pudo realizar en el mes de junio del mismo año.
Guadalupe, el santuario más grande de toda América, es para aquel continente
lo que Czstochowa es para Polonia. Son dos mundos un poco distintos: en
Guadalupe está el mundo latinoamericano, en Czstochowa está el eslavo, está
Europa Oriental. Me pude dar cuenta durante la Jornada Mundial de los Jóvenes,
en 1991, cuando por primera vez se presentaron en Czstochowa jóvenes
provenientes de más allá de las fronteras orientales de Polonia: de Ucrania, de
Letonia, de Bielorrusia, de Rusia... Todos los territorios de Europa Oriental
estaban representados.
Las tareas del obispo
Como buen pastor.
Conozco a mis ovejas
La administración de los sacramentos
Las visitas pastorales
La lucha por la iglesia
Volvamos a Guadalupe. En el año 2002 tuve la gracia de
celebrar en aquel santuario la canonización de Juan Diego. Fue una estupenda
ocasión para dar gracias a Dios. Juan Diego, después de haber recibido el
mensaje cristiano, sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda
verdad de la nueva humanidad, en la que todos estamos llamados a ser hijos de
Dios en Cristo: Te doy gracias, Padre [...], porque has escondido estas cosas a
los sabios y entendidos, y se las has revelado a las gentes sencillas (Mt 11, 25). Y, en este misterio, María
ha tenido un papel del todo singular.
Las tareas del obispo
Desempeña tu servicio.
De vuelta a Cracovia tras mi primera peregrinación a Jas-na Góra como
obispo, comencé a ir a la Curia.
Inmediatamente fui nombrado vicario general. Puedo decir con franqueza que
hice estrecha amistad con todos los
miembros de la Curia de Cracovia. Don Stefan Marszowski, don Mieczystaw
Satora, don Mikolaj Kuczkowski,
don Bohdan Niemczewski, mitrado. Este último, como decano del capítulo, fue
más tarde el más decidido
defensor de mi nombramiento como arzobispo, a pesar de que eso fuera
contrario a la tradición aristocrática: en Cracovia los arzobispos son elegidos
normalmente entre los aristócratas. Por eso fue una sorpresa cuando, después de
una larga lista de aristócratas, fui nombrado yo, un proletario. Pero eso
sucedió algunos años después, en 1964. Volveré más adelante.
En la Curia me encontraba bien, y los años transcurridos en Cracovia los
recuerdo con mucho afecto y
gratitud. Comenzaron a venir a verme sacerdotes, cada uno con sus problemas.
Me puse a trabajar con entusiasmo. En primavera comenzaron las visitas
pastorales.
Iba entrando progresivamente en mi nuevo papel eclesial. Con la vocación
episcopal y la consagración había aceptado nuevas tareas; en una síntesis de lo
esencial están expresadas en la liturgia de la ordenación episcopal. Como he
dicho antes, ya en los tiempos de mi consagración episcopal, en el año 1958, el
rito de la ordenación había sufrido cambios, aun permaneciendo inmutable en lo
sustancial. La antigua usanza establecida por los Padres de la Iglesia impone
preguntar al futuro obispo, en presencia del pueblo, si se compromete a
conservar íntegra la fe y a cumplir el ministerio que se le ha confiado.
Actualmente las preguntas se presentan así:
Querido hermano: ¿Quieres consagrarte, hasta la muerte, al ministerio
episcopal que hemos heredado de los Apóstoles, y que por la imposición de
nuestras manos te va a ser confiado con la gracia del Espíritu Santo?
¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Cristo?
¿Quieres conservar integro y puro el depósito de la fe, tal como fue
recibido de los Apóstoles y conservado en la Iglesia y en todo lugar? ¿Quieres edificar
la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y permanecer en su unidad con el orden de los
obispos, bajo la autoridad del sucesor de Pedro?
¿Quieres obedecer fielmente al sucesor Pedro?
Con amor de padre, ayudado de tus presbíteros y diáconos, ¿Quieres
cuidar del pueblo santo de Dios y dirigirlo por el camino de la salvación?
Con los pobres, con los inmigrantes, con todos los necesitados,
¿Quieres ser siempre bondadoso y comprensivo?
Como buen pastor.
¿Quieres buscar las ovejas dispersas y conducirlas al aprisco del Señor?
¿Quieres rogar continuamente a Dios todopoderoso por el pueblo santo y
cumplir de manera irreprochable las funciones del sumo sacerdocio?1
Las palabras que acabo de citar quedan ciertamente
grabadas profundamente en el corazón de todo obispo. En ellas se percibe el eco
de las preguntas de Jesús a Pedro en el lago de Galilea: Simón, hijo de Juan,
¿me amas más que estos? [...]. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Por
segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? [...]. Él le dice:
Pastorea mis ovejas. , Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me
quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo
quería, y le contestó: Señor, tú conoces todo. Tú sabes que te quiero. Jesús le
dice: Apacienta mis ovejas (Jn 21, 15-17).
¡No tus ovejas, no las vuestras, sino las mías! Fue Él quien creó al hombre. Ha
sido Él quien le ha redimido.
¡Él ha rescatado a todos, hasta al último, al precio de su Sangre!
La tradición cristiana ha fijado en tres símbolos la imagen bíblica del
pastor: el que lleva sobre sus hombros la oveja perdida; el que guía a su
rebaño a exuberantes pastos; el que con su bastón recoge a sus ovejas y las
protege contra los peligros.
En las tres imágenes aparece el mismo mensaje: , El pastor
es para las ovejas y no las ovejas para el pastor. Si es un pastor de verdad,
está tan unido a ellas que está dispuesto a , dar la vida por sus ovejas (Jn 10, 11). Todos los años, durante la
XXIV y la XXV semana del tiempo ordinario, la Liturgia de las Horas, se
presenta el largo , Discurso sobre los pastores de san Agustín.2Refiriéndose
al libro del profeta Ezequiel, el obispo de Hipona reprende con vigor a los
pastores que no cuidan de las ovejas, sino de sí mismos: Oigamos, pues, lo que
la palabra divina, sin halagos para nadie, dice a los pastores que se
apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: "Os coméis su
enjundia, os vestís con su lana [...]. No fortalecéis a las débiles, ni curáis
a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni
buscáis a las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener
pastor, se des-perdigaron".3
San Agustín llega, sin embargo, a una afirmación llena de optimismo: No
faltan, en efecto, los buenos pasto-res, pero todos se encuentran en la persona
de uno solo... Todos los buenos pastores se identifican con la persona de uno
solo, son una sola cosa... En los que apacientan es Cristo quien
apacienta. está en ellos mi voz, en ellos su amor>>.4
Impresionan también las consideraciones de san Gregorio Magno: "El
mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un
trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio
sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio [... ].
Descuidamos, en efecto, fácilmente el ministerio de la predicación y, para
vergüenza nuestra, nos continuamos llamando obispos; nos place el prestigio que
da este nombre, pero, en cambio, no poseemos la virtud que este nombre exige.
Así contemplamos plácidamente cómo los que están bajo nuestros cuidados
abandonan a Dios, y nosotros no decimos nada.5 Este es el llamamiento que todos
los años hace la liturgia a nuestra conciencia, exhortándonos al sentido de
responsabilidad para con la Iglesia.
Te estoy aprendiendo, hombre, te aprendo despacio, despacio. De este difícil
estudio goza y sufre el corazón.7
Conozco a mis ovejas
El buen pastor conoce a sus ovejas y las ovejas le conocen
a él (Jn 10, 14). Una tarea del
obispo es actuar con tacto para que lo conozcan directamente el mayor número de
personas que forman con él la Iglesia particular. Él, a su vez, ha de intentar
acercarse a ellos para saber cómo viven, cuáles son sus alegrías o lo que turba
sus corazones. Lo importante para el conocimiento recíproco no son tanto los
encuentros ocasionales, cuanto un auténtico interés por lo que sucede dentro de
los corazones humanos, independientemente de la edad, el estado social o la
nacionalidad de cada uno. Es un interés que abarca a los cercanos y a los
alejados.6 Es difícil formular una teoría general sobre el modo de tratar a las
personas. Sin embargo para mí ha sido de gran ayuda el personalismo, en el que
he profundizado en mis estudios filosóficos. Cada hombre es una persona
individual, y por eso yo no puedo programar a priori un tipo de relación que
valga para todos, sino que cada vez, por así decir, debo volver a descubrirlo
desde el principio. Lo expresa con acierto la poesía de Jerzy Liebert:
Para un obispo es muy importante relacionarse con las personas y aprender a
tratarlas adecuadamente. Por lo que a mí respecta, es significativo que nunca
haya tenido la impresión de que el número de encuentros fuese excesivo. De
todos modos, mi preocupación constante ha sido la de cuidar en cada caso el
carácter personal del encuentro. Cada uno es un capítulo aparte. Me he movido
siempre según esta convicción. Pero me doy cuenta de que este método no se
puede aprender. Es algo que simplemente está ahí, porque sale de dentro.
El interés por el otro comienza en la oración del obispo, en su coloquio con
Cristo, que le confía a los suyos. La oración le prepara a estos encuentros con
los otros. En ellos, si se tiene una actitud abierta, es posible lograr un
conocimiento y comprensión recíprocos aun cuando haya poco tiempo. Lo que yo
hago es, simplemente, rezar por todos día tras día. Cuando encuentro una
persona, ya rezo por ella, y eso siempre facilita la relación. Me es difícil
decir cómo lo perciben las personas, habría que preguntárselo a ellas. Tengo
como principio acoger a cada uno como una persona que el Señor me envía y, al
mismo tiempo, me confía.
No me gusta la expresión <masa>, que suena como algo
demasiado anónimo; prefiero el término <multitud> (en giego pifthos: Mc 3, 7; Lc 6, 17; Hch 2, 6; 14, 1, etc.). Cuando Jesús
recorría los caminos de Palestina lo seguían con frecuencia grandes multitudes;
otro tanto les ocurría a los Apóstoles. Naturalmente, el oficio que desempeño
me lleva a encontrarme con mucha gente, a veces con verdaderas multitudes. Así
sucedió, por ejemplo, en Manila, donde había millones de jóvenes. Ni siquiera
en ese caso sería justo hablar de masa anónima. Se trataba de una comunidad
animada por un ideal común. Fue por tanto fácil establecer contacto. Y esto es
lo que sucede un poco en todas partes.
En Manila tenía presente a toda Asia. ¡Cuántos cristianos! ¡Y cuántos
millones de personas que en aquel continente no conocen aún a Cristo! Tengo una
gran esperanza en el dinamismo de Iglesia en Filipinas y Corea. ¡Asia: esta es
nuestra tarea común para el tercer milenio!
La administración de los sacramentos
Los sacramentos son el tesoro más valioso, la mayor riqueza
de que dispone un obispo. Los sacerdotes ordenados por él le ayudan a
administrarlos. Este tesoro ha sido depositado por Cristo en las manos de los
Apóstoles y de sus sucesores en virtud de su testamento, tomando este término
tanto en el más profundo sentido teológico como en su acepción simplemente
humana. Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al
Padre (Jn 13, 1), repartió su
cuerpo, lo entregó a los doce para su alimento (himno Pange lingua),
encomendándoles repetir el rito de la Cena , en memoria suya: partir el pan y
ofrecer el cáliz del vino, signos sacramentales de su Cuerpo entregado y de su
Sangre derramada. Más tarde, después su muerte y resurrección, les confió el
ministerio de la remisión de los pecados y la administración de los otros
sacramentos, comenzando por el bautismo. Los Apóstoles transmitieron este
tesoro a sus sucesores. Además del anuncio de la palabra, pues, la
administración de los sacramentos es la primera tarea de los obispos, a la que
deben subordinar todas las demás obligaciones. En la vida y en el quehacer del
obispo todo debe servir a este fin.
Sabemos que para ello necesitamos ayuda: Ahora, Señor, te pedimos nos
concedas, como ayuda a nuestra limitación, estos colaboradores que necesitamos
para ejercer el sacerdocio apostólico.8 Esta es la razón por la que elegimos y
preparamos candidatos idóneos y los ordenamos luego como presbíteros y
diáconos. Con nosotros, ellos tienen la obligación de anunciar la Palabra y de
administrar los sacramentos.
Esta es la perspectiva que debe iluminar y organizar las tareas de cada día,
los compromisos que llenan nuestras agendas. Obviamente, no se trata solo de
ocupar el puesto central en la asamblea eclesial, de celebrar la Eucaristía e
impartir la confirmación, sino de administrar también el Santo Bautismo a los
niños y, sobre todo, a los adultos, a los cuales la comunidad de la Iglesia
prepara para ser discípulos de Cristo. Tampoco minusvaloro la celebración personal
del sacramento de la penitencia ni las visitas a los enfermos, incluida la
administración del sacramento instituido ex profeso para ellos: la unción de
enfermos. Entre las tareas del obispo se encuentra también el velar por la
santidad del matrimonio, que debe ejercer tanto a través de la acción de los
párrocos como interviniendo personalmente, cuando sea posible, en la bendición
nupcial. Naturalmente, los sacerdotes asumen la mayor parte de estas funciones
como colaboradores del obispo. Sin embargo, el compromiso personal del pastor
diocesano en la celebración de los sacramentos es un buen ejemplo para el
Pueblo de Dios, tanto para los laicos como para los presbíteros. Para todos,
este es el signo más visible de su vinculación con Cristo, presente y operante
en todos los misterios sacramentales. Cristo mismo desea que seamos
instrumentos en la obra de salvación que Él realiza a través de los sacramentos
de la Iglesia. Ante los ojos del alma, en estos signos eficaces de la gracia
está el rostro de Cristo, Salvador misericordioso y Buen Pastor. Un obispo que
administra personalmente los sacramentos se muestra de modo evidente ante todos
como signo de Cristo, siempre vivo y operante en su Iglesia.
Las visitas pastorales
Como ya he recordado, iba regularmente a trabajar a la Curia, pero prefería
las visitas pastorales. Me gustaban mucho porque me daban la posibilidad de
entrar en contacto directo con las personas. Sentía entonces más vivamente que
las estaba formando. Venían a verme sacerdotes y laicos, familias, jóvenes y
viejos, sanos y enfermos, venían los padres con sus niños y sus problemas;
venían todos con algo distinto. Era la vida.
Me acuerdo muy bien de la primera visita pastoral a Mucharz, junto a
Wadowice. Había allí un anciano párroco, un valioso sacerdote, un prelado. Se
llamaba Józef Motyka. Sabía que era mi primera visita pastoral y estaba
conmovido. Pensé que para él quizá podía ser la última. Se sentía en el deber
de hacerme de guía. La visita comprendía todo el arciprestazgo y duró dos
meses, mayo y junio. Después de las vacaciones, visité mi prefectura de origen,
la de Wadowice.
Las visitas pastorales tenían lugar en primavera y en otoño. No tuve tiempo
de visitar todas las parroquias, que eran más de trescientas. Aunque haya sido
durante veinte años obispo de Cracovia, no llegué a completar mi visita
pastoral. Recuerdo que la última parroquia de la archidiócesis de Cracovia que
visité fue la de San José en Zlote Lany, un nuevo barrio residencial de
Bielsko-Biala. En aquella ciudad, don Józef Sanak era el párroco de la
parroquia de la Divina Providencia, en la que pasé la noche. De vuelta de
aquella visita pastoral, celebré la Santa Misa por el difunto Papa Juan Pablo I
y me trasladé a Varsovia para tomar parte en los trabajos de la Conferencia
Episcopal, y luego partí para Roma... sin saber que tendría que quedarme.
Mis visitas pastorales duraban bastante: quizá también por eso no me dio
tiempo a visitar todas las parroquias. Había elaborado mi propio modelo para
llevar a cabo aquella tarea pastoral; existía uno tradicional y con él comencé
en Mucharz, como ya he mencionado. El anciano prelado que encontré allí fue
para mí un valioso guía. En lo sucesivo, sin embargo, basándome en la
experiencia que iba adquiriendo, consideré útil aportar innovaciones. No me
satisfacía el planteamiento más bien jurídico que la visita tenía
anteriormente; quería introducir más contenido pastoral.
Me tracé un esquema. La visita comenzaba siempre con la ceremonia de
bienvenida, en la que participaban varias personas y diversos grupos: adultos,
niños y jóvenes. Acto seguido era acompañado a la iglesia, donde daba una
plática con la intención de establecer un primer contacto con la gente. Al día
siguiente iba sobre todo al confesonario, al que dedicaba una o dos horas,
según las circunstancias, recibiendo a los penitentes.
Seguía luego la Santa Misa y las visitas a las casas, en primer lugar a los
enfermos, pero no solamente a ellos. Desgraciadamente, los comunistas no
permitían el acceso a los hospitales; se llevaba a los enfermos a la iglesia
expresamente para poder estar con ellos. De este aspecto de la visita se
ocupaba en la diócesis la sierva de Dios Hanna Chrzanow-ska. He tenido siempre
una convicción muy clara de la aportación fundamental que dan los que sufren a
la vida de la Iglesia. Recuerdo que, durante los primeros contactos, los
enfermos me amedrentaban. Hacía falta bastante coraje para presentarse ante los
que sufrían y entrar, en cierto modo, en su dolor físico y espiritual, sin
dejarse condicionar por la propia conmoción y conseguir mostrarles al menos un
poquito de compasión amorosa. El sentido profundo del misterio del sufrimiento
humano se me desveló más tarde. En la debilidad de los enfermos vi surgir cada
vez con más claridad la fuerza, la fuerza de la misericordia. En cierto sentido
ellos la provocan. Mediante su oración y su ofrecimiento no solamente la
imploran, sino que ellos mismos son el espacio de la misericordia o, mejor,
abren el horizonte a la compasión. Con su enfermedad y con su sufrimiento
induce las obras de misericordia y crean oportunidades para ponerlas en
práctica. Yo tenía la costumbre de confiar a los enfermos los problemas de la
Iglesia, y el resultado era siempre muy positivo. Durante las visitas
pastorales administraba también los sacramentos: confirmaba a los jóvenes y
bendecía los matrimonios.
Luego, por separado, me reunía con diversos grupos: con los maestros, con
quienes trabajaban en la parroquia, con los jóvenes. Había también un encuentro
en la iglesia con todos los matrimonios; acto seguido, la Santa Misa, para
concluir con una bendición especial a cada pareja por separado. Durante esta
reunión dirigía también Una homilía específica para los matrimonios. Sentía
siempre una emoción especial al encontrarme con familias numerosas y con madres
que esperaban el nacimiento de un hijo. Deseaba expresar mi aprecio por la
maternidad y la paternidad. He cultivado desde el comienzo de mi sacerdocio una
dedicación pastoral a los matrimonios y las familias. Como capellán universitario
organizaba habitualmente cursos prematrimoniales y, más tarde, como obispo
promoví la pastoral de las familias. De aquellas experiencias, de aquellas
reuniones con novios, matrimonios y familias nació el drama poético El taller
del orfebre y el libro Amor y responsabilidad, y más recientemente, también la
Carta a las familias.9
Había también reuniones aparte con los sacerdotes. Quería dar ocasión a cada
uno de poderse desahogar,
compartiendo las alegrías y las preocupaciones de su ministerio. Para mí,
aquellas reuniones fueron ocasiones preciosas para recibir los verdaderos
tesoros de sabiduría acumulados por ellos durante años de trabajo apostólico.
El desarrollo de la visita pastoral dependía de las condiciones de cada
parroquia. Había situaciones muy diferentes. La visita a la comunidad
parroquial de la basílica de la Asunción en Cracovia, por ejemplo, duró dos
meses: abarcaba numerosas iglesias y oratorios. Muy distinto fue el caso de
Nowa Huta: allí no había iglesia, a pesar de contar con decenas de miles de
habitantes. Existía solamente una presente que eran los tiempos del post
estalinismo y continuaba la lucha contra la religión. En una ciudad nueva
capilla aneja a la vieja escuela. Hay que tener socialista, comO tenía que ser
Nowa Huta, el gobierno no permitía la construcción de nuevas iglesias.
La lucha por la iglesia
Precisamente en Cracovia-Nowa Huta se produjo un áspero conflicto por la
construcción de la iglesia. Aquel barrio de muchos miles de residentes estaba
habitado en su mayor parte por trabajadores de una gran industria metalúrgica
que habían venido de toda Polonia. Según el proyecto de las autoridades, Nowa
Huta tenía que ser un barrio socialista ejemplar, es decir, sin relación alguna
con la Iglesia. Sin embargo, no se podía olvidar que la gente, que había venido
en busca de trabajo, no estaba dispuesta a renunciar a sus raíces católicas.
El conflicto comenzó en un gran barrio residencial, en Bieñczyce.
Inicialmente, después de las primeras solicitudes, las autoridades comunistas concedieron
permiso para construir la iglesia y asignaron también el terreno. La gente puso
inmediatamente en él una cruz. Sin embargo, el permiso acordado en tiempos del
arzobispo Baziak fue retirado y las autoridades decidieron que se quitara la
cruz. La gente se opuso decididamente. Siguió incluso un enfrentamiento con la
policía, con víctimas y heridos. El alcaide de la ciudad pedía que se calmara a
la gente. Este fue Uno de los primeros episodios de una larga batalla por la
libertad y la dignidad de aquella población, que el destino había llevado a la
parte nueva de Cracovia.
Al final se ganó esta batalla, pero al precio de una agotadora guerra de
nervios. Yo llevé las conversaciones con las autoridades, principalmente con el
jefe de la Oficina Provincial para las Cuestiones de las Confesiones. Era un
hombre de un comportamiento comedido durante las conversaciones, pero muy duro
e intransigente en las decisiones que tomaba después y que denotaban un ánimo
desconfiado y malévolo.
El párroco, don Józef Gorzelany, asumió la tarea de la construcción de la
iglesia y consiguió terminarla. Una inteligente ocurrencia pastoral fue invitar
a los parroquianos a que cada uno llevara una piedra para la construcción de
los cimientos y de los muros. De este modo, todos se sintieron involucrados
personalmente en la edificación del nuevo templo.
Vivimos una situación semejante en el centro pastoral de Mistrzejowice.
Protagonista de aquel caso fue el heroico sacerdote don Józef Kurzeja, que vino
a verme y se ofreció espontáneamente para ejercer su ministerio en aquel
barrio. Había allí un pequeño pabellón en el que se propuso iniciar la
catequesis, con la esperanza de poder ir creando poco a poco una nueva
parroquia. Así sucedió, pero don
pago con su vida las luchas por la iglesia de Mistrze-Maltratado por las
autoridades comunistas, sufrió infarto y murió a los treinta y nueve años.
En la lucha por la iglesia de Mistrzejowice le ayudo don Mikolaj Kuczkowski.
Provenía de Wadowice, como yo. Lo recuerdo en aquellos tiempos, cuando aún era
un abogado y tenía una novia, una bonita muchacha, Nastka, presidenta de la
Asociación Católica de Jóvenes. Cuando ella "ó murl , él decidió hacerse
sacerdote. En 1939 entró en el e inició los estudios filosóficos y teológicos.
Los completó en el año 1945. Mantenía estrechos contactos con y también él me
apreciaba mucho. Su intención era <haz-de mí alguien> , como se suele
decir. Después de la consagración episcopal se ocupó personalmente de mi
traslado al Palacio de los Obispos de Cracovia, en la calle Fran-3. Pude
constatar en numerosas ocasiones quería a don Józef Kurzeja, el primer párroco
de owice. Por lo que se refiere a don Józef mismo, decir que era un hombre
sencillo y bueno (una de hermanas es hermana de las Siervas del Sagrado Cora-Como
he dicho, don Kuczkowski le ayudó mucho en actividad pastoral y cuando don
Józef murió, él dimitió su cargo de canciller de la Curia para sucederle en la
uia de Mistrzejowice. Ambos están enterrados ya en cripta de la iglesia que
construyeron.
Podria contar muchas cosas de ellos. Los recuerdo ejemplo
elocuente de fraternidad sacerdotal de la que he sido testigo como obispo y he
alentado con admiración: Al amigo fiel tenlo por amigo; el que lo encuentra,
encuentra un tesoro (Si 6, 14). La
amistad auténtica tiene su fuente en Cristo: Os he llamado amigos (Jn 15, 15).
El obispo Ignacy Tokarczuk, pastor de la vecina diócesis de PrzemyCel,
promovió con eficiencia el asunto de la construcción de las iglesias en la
República Popular de Polonia. Las construía desafiando la ley, a costa de
muchos sacrificios y de tantas afrentas por parte de las autoridades comunistas
locales. Sin embargo, la situación en su caso tenía una cierta ventaja, porque
las comunidades de su diócesis estaban formadas en su mayoría por núcleos
rurales y ese era un ambiente menos difícil; la población del campo, además de
ser más sensible a la dimensión religiosa, está menos sujeta que en la ciudad
al control de la policía.
Con gratitud y admiración pienso en los párrocos que
construyeron iglesias en aquellos tiempos. Mi admiración se extiende también a
todos los constructores de iglesias en cualquier parte del mundo. He intentado apoyarles
siempre. Una muestra de ese apoyo en Nowa Huta fueron las misas de la
medianoche de Navidad, celebradas a la intemperie a pesar del hielo. Ya antes
las había celebrado en Bieñczyce y más tarde también en Mistrzejowice, así como
en las colinas de Krzeslawice. Esto era un argumento más para las
conversaciones con las autoridades, al poder hacer hincapié en el derecho de
los fieles a tener unas condiciones humanas ade-cuadas en las manifestaciones
públicas de su fe.hecho referencia a todo esto porque nuestras experiende
entonces muestran lo variadas que pueden ser las pastorales de un obispo. En
aquellos sucesos se oye eco de lo que vive un pastor en contacto con el rebaño
se le ha confiado. He podido constatar personalmente, qué verdad tan grande es lo
que dice el Evangelio sobre ovejas que siguen a su pastor: A un extraño no le
se-sino que huirán de él porque no conocen su voz ...]. Tengo también otras
ovejas que no son de este redil; bién a esas las tengo que traer (Jn 10, 4-5, 16).
La facultad de Teología en el contexto de las otras facultades
universitarias
El obispo y el mundo de la cultura
Los libros y el estudio
Los niños y los jovenes
La catequesis
Cáritas
... rebosáis de buena voluntad y os sobra sabiduria.
(Rm 15, 14)
La facultad de Teología en el contexto de las otras facultades
universitarias
Como obispo de Cracovia me sentí obligado a defender a la facultad de
Teología instituida en la Universidad Jagellónica. Consideraba que era mi
deber. Las autoridades del Estado sostenían que esa facultad ya había sido
transferi-da a Varsovia. El pretexto en que se apoyaban era la institución en
Varsovia, en 1953, de la Academia de Teología Católica, bajo administración
estatal. Se gano aquella contienda gracias a que, más tarde, nació en Cracovia
la autónoma facultad Pontificia de Teología y después la Academia Pontificia de
Teología.
En aquel litigio me alentaba la convicción de que la ciencia, en sus
múltiples manifestaciones, es un inestimable patrimonio para una nación. Como
es obvio, en las conversaciones con las autoridades comunistas defendía sobre
todo la teología, porque era la disciplina que más peligraba. Pero nunca olvidé
las otras ramas del saber, aunque en apariencia no tuvieran relación con la
teología.
Tenía contactos con los otros campos de la ciencia a
través principalmente de los físicos. Nos reuníamos con frecuencia y hablábamos
de los descubrimientos más recientes en cosmología. Era una tarea fascinante,
que confirmaba la afirmación de san Pablo según la cual se puede alcanzar un
cierto conocimiento de Dios a través del conocimiento del mundo creado (Rm 1, 20-23). Aquellas reuniones de
Cracovia tienen hoy su continuación en Roma y en Castelgandolfo. Su organizador
es el profesor Jerzy Janik.
He tenido la preocupación de promover una pastoral apropiada para los
hombres de ciencia. Su capellán en Cracovia durante un cierto tiempo fue el
profesor don Stanis-taw Nagy, que recientemente he elevado a la dignidad de
cardenal, queriendo expresar así también un reconocimiento a la ciencia polaca.
El obispo y el mundo de la cultura
Es sabido que no todos los obispos se muestran especialmente interesados en
el diálogo con los intelectuales. Muchos anteponen las tareas pastorales, en el
más amplio sentido de la palabra, al contacto con los hombres de ciencia. A mi
juicio, sin embargo, vale la pena que los miembros del clero, sacerdotes y
obispos, tengan una relación personal con el mundo de la ciencia y con sus
protagonistas. En concreto, el obispo debería ocuparse de sus ateneos
católicos. Y no solamente eso. Debería también mantener un estrecho contacto
con toda la vida universitaria: leer, reunirse, discutir, informarse sobre todo
lo que sucede en ese ámbito. Es obvio que un obispo, como tal, no está llamado
a ser un científico, sino un pastor. No obstante, como pastor, no puede desinteresarse
de esta componente de su grey y tiene la responsabilidad de recordar a los
intelectuales el deber de servir a la verdad y de promover así el bien común.
En Cracovia procuré mantener contacto también con los filósofos: Roman
Ingarden, Wtadystaw Stróewski,
Andrzej Póttawski, así como con sacerdotes filósofos: Kazimierz Któsak,
Józef Tischner y Józef Zyciñski. Mi postura filosófica personal se mueve, por
así decir, entre dos polos: el tomismo aristotélico y la fenomenología. Me
interesaba de modo particular Edith Stein, una figura extraordinaria también
por su itinerario existencial: hebrea nacida en Wroctaw, encontró a Cristo, se
bautizó, entró en el convento de las Carmelitas y vivió un cierto tiempo en
Holanda, de donde los nazis la deportaron a Auschwitz. Allí sufrió la muerte en
la cámara de gas y su cuerpo fue incinerado en el crematorio. Había estudiado
con Husserl y había sido colega de nuestro filósofo Ingarden. He tenido la
alegría de beatificarla en Colonia y de canonizarla más tarde en Roma. He
proclamado a Edith Stein, sor Teresa Benedicta de la Cruz, copatrona de Europa,
junto con santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena. Tres mujeres junto
a tres patronos: Cirilo, Metodio y Benito.
Me interesaba su filosofía, leía sus escritos, en particular Endliches und
Ewiges 5ein, pero me fascinaba sobre todo su vida extraordinaria y su destino
trágico, compartido con el de millones de otras víctimas inermes de nuestra
época. Una discípula de Edmund Husserl, una buscadora apasionada de la verdad,
una monja de clausura, una víctima del sistema hitleriano: verdaderamente, más
que , un caso humano raro, es un caso único.
Los libros y el estudio
Son muchas las obligaciones que recaen sobre los hombros de un obispo. Lo sé
por experiencia propia y me he dado cuenta de que verdaderamente puede haber
falta de tiempo. Sin embargo, la misma experiencia me ha enseñado también
cuánto le hace falta a un obispo el recogimiento y el estudio. El obispo
necesita una formación teológica profunda, actualizada constantemente, así como
tener un interés cada vez más amplio por todo lo que se refiere al pensamiento
y a la palabra. Estos son tesoros que comparten entre sí los pensadores. Y por
eso quisiera decir aquí algo sobre el papel de la lectura en mi vida de obispo.
Siempre he tenido un dilema: ¿Qué leo? Intentaba escoger lo más esencial.
¡La producción editorial es tan amplia! No todo es valioso y útil. Hay que
saber elegir y pedir consejo sobre lo que se ha de leer.
Desde que era niño me gustaban los libros. Mi padre me había habituado a la
lectura. Con frecuencia se sentaba a mi lado y me leía, por ejemplo,
Sienkiewicz u otros escritores polacos. Cuando murió mi madre, quedamos solo
los dos: él y yo. Y él no cesaba de animarme a conocer literatura de valor.
Tampoco obstaculizo nunca mi interés por el teatro. Si no hubiese estallado la
guerra y no hubiese cambiado radicalmente la situación, tal vez me hubieran
absorbido completamente las perspectivas que me abrían los estudios académicos de
letras. Cuando informé a Mieczyslaw Kotlarczyk de mi decisión de ser sacerdote,
me dijo: ¿Pero qué vas a hacer? ¿Quieres desperdiciar el talento que tienes?.
Solo el arzobispo Sapieha no tuvo dudas.
Cuando aún era estudiante de letras leí a varios autores. Primero me dediqué
a la literatura, especialmente a la dramática. Leía a Shakespeare, Moli#re, los
poetas polacos Norwid y Wyspiañski. Obviamente a Aleksander Fredro. Me
apasionaba ser actor, subir al escenario. Muchas veces me quedaba pensando en
los papeles que hubiera querido representar.
Con frecuencia, mientras vivió Kotlarczyk, nos repartíamos imaginativamente
diversos papeles: quién hubiera podido representar mejor un determinado
personaje. Cosas pasadas. Alguno me ha dicho más tarde: Tienes condiciones...;
hubieras sido un gran actor si te hubieras quedado en el teatro.
La liturgia es también una especie de mysterium representado, puesto en
escena. Recuerdo la gran impresión que tuve cuando don Figlewicz me invitó,
siendo aún un muchacho de quince años, al Triduum Sacrum que tenía lugar en la
catedral del Wawel y tomé parte en el Oficio de las Lecturas, anticipado a la
tarde del miércoles. Para mí fue una conmoción espiritual. Hasta hoy, el triduo
pascual ha sido para mí una experiencia desconcertante.
Llegó el momento de la lectura de la filosofía y la teología. Como
seminarista clandestino, recibí el manual de metafísica del profesor Kazimierz
Wais, de Lvov, y don Kazimierz Któsak me dijo: Estúdialo. Cuando lo sepas, te
examinas. Durante algunos meses me sumí en aquel texto. Me presenté al examen y
lo superé. Esto supuso una transformación en mi vida. Se abrió ante mí un mundo
nuevo. Comencé a afianzarme con los libros de teología. Más tarde, en Roma,
durante los estudios, me dediqué a profundizar la Summa Theologiae de santo
Tomás.
Hubo, pues, dos etapas en mi itinerario intelectual: la primera consistió en
el tránsito del modo de pensar literario a la metafísica; la segunda me llevó
de la metafísica a la fenomenología. Este fue mi taller de trabajo científico.
La primera etapa coincidió, al menos inicialmente, con el período de ocupación
nazi, cuando trabajaba en la fábrica 5olvay y a escondidas estudiaba teología
en el seminario. Recuerdo que, cuando me presenté al rector, don Jan
piwowarczyk, este me dijo: Le acepto, pero ni siquiera su madre debe saber que
estudia usted aquí, . Así era entonces la situación. Conseguí igualmente seguir
adelante. Más tarde me ayudó mucho don Ignacy Róycki, que me ofreció
alojamiento en su casa y me proporcionó las bases para el trabajo científico.
Mucho más tarde el profesor don Róycki me propuso el tema de la tesis
universitaria sobre la obra de Max Scheler Der Formalismus in der Ethik und
materiale Werte-thik. Mientras escribía la tesis traduje el libro al polaco.
Fue una nueva etapa. Terminé la tesis y la defendí en noviembre de 1953. Los
miembros del tribunal eran don Alexander Usowicz, Stefan wieawski y el
teólogo don Wladyslaw Wicher. Fue la última habilitación para la cátedra de
libre docencia en la facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, antes
de ser suprimida por los comunistas. La facultad, como he recordado antes, fue
trasladada a la Academia de Teología Católica en Varsovia, y yo, desde el otoño
de 1954, inicié la enseñanza en la Universidad Católica de Lublín, actividad
que me fue posible realizar gracias al profesor wieawski, con el que entablé
una amistad que dura hasta hoy.
Al profesor don Róycki lo llamaba Ignac. Le apreciaba mucho y él me
correspondía con igual amistad. Me animó a presentarme al examen de
habilitación para la cátedra universitaria y realizo una función análoga a la
del relator. Durante algunos años vivimos juntos, comimos juntos. Cocinaba para
nosotros la señora Maria Gromek. Tenía allí una habitación que recuerdo perfectamente.
Estaba en el Palacio de los Canónigos del Wawel, situado en la calle Kanoniczna
19, y fue mi casa durante seis años. Luego me alojé en el número 21 y,
finalmente, gracias al canciller don Mikolaj Kuczkowski, me trasladé al Palacio
Episcopal en la calle Franciszkañska, 3.
En la lectura y el estudio he intentado unir siempre de manera armónica las
cuestiones de fe, del pensamiento y del corazón. No son campos separados. Cada
uno de ellos se adentra y anima los otros. En esa compenetración entre la fe,
el pensamiento y el corazón, ejerce un influjo particular el asombro ante el
milagro de la persona: ante la semejanza del hombre con Dios, Uno y Trino, y la
profunda relación entre el amor y la verdad, el misterio del don re-cíproco y
de la vida que nace de él, la contemplación del sucederse de las generaciones
humanas.
Los niños y los jovenes
En esta reflexión es necesario dedicar atención a los niños y a los jóvenes.
Además de los encuentros con ellos durante las visitas pastorales, había
también otros. He prestado siempre una gran atención al mundo estudiantil en
particular. Tengo muy bellos recuerdos del campo de la pastoral universitaria,
ámbito hacia el que me orientaba el carácter mismo de la ciudad de Cracovia,
tradicionalmente centro vivo de estudios académicos. Las ocasiones de encuentro
eran de lo más diverso: desde conferencias y debates a retiros y ejercicios
espirituales. Obviamente mantenía estrechos contactos con los sacerdotes
encargados de la pastoral en este sector.
Los comunistas habían suprimido todas las asociaciones católicas para la
juventud. Hacía falta, pues, encontrar el modo de superar aquella pérdida. Y
aquí entró en escena don Franciszek Blachnicki, hoy siervo de Dios. Él fue el
iniciador del llamado Movimiento de los oasis. Me relacioné mucho con aquel
movimiento, al que procuré ayudar de diversos modos. Defendí los oasis contra
las autoridades comunistas. Los sostuve materialmente y también tomé parte en
sus reuniones. Cuando llegaban las vacaciones me trasladaba a menudo a los
oasis, es decir, a los campos de verano para los jóvenes pertenecientes a ese
movimiento. Predicaba, hablaba con ellos, me unía a sus cantos junto al fuego,
participaba en sus excursiones de montaña. Con cierta frecuencia celebraba la
Santa Misa para ellos al aire libre. Todo eso constituía la realización de un
programa pastoral bastante intenso.
Durante la peregrinación de 2002 a mi Cracovia, los miembros de los oasis
cantaron: Tú has venido a la orilla; no has buscado ni a sabios ni a ricos, tan
solo quieres que yo te siga. Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has
dicho mi nombre; en la arena he dejado mi barca, junto a ti surcaré otro mar.
Les dije que, en cierto sentido, aquel canto de los oasis me había llevado
fuera de la patria, a Roma. Su mensaje profundo me había sostenido también
cuando me encontré ante la decisión tomada en el Cónclave. Después, a lo largo
de todo el pontificado, nunca me he separado de este canto. Por otra parte, me
lo recordaban continuamente, tanto en Polonia como en otros países del mundo.
Escuchar eso me hacía pensar siempre en mis encuentros como obispo con los
jóvenes. Valoro muy positivamente esta gran experiencia. La he traído conmigo a
Roma. También aquí he procurado sacar fruto multiplicando las ocasiones de reunirme
con los jóvenes. Las Jornadas Mundiales de la Juventud, en cierto sentido, han
nacido de esta experiencia.
En mi camino de obispo me encontré con un segundo movimiento juvenil: el
Sacrosong. Era una especie de festival de música y canto religioso, acompañado
de oración y reflexión. Los encuentros se desarrollaban en varias localidades
de Polonia y atraían a muchos jóvenes. Yo participé muchas veces y les ayudé en
su organización también desde el punto de vista económico. Tengo un buen
recuerdo de aquellos encuentros. Siempre me ha gustado cantar. A decir verdad,
cantaba cada vez que las circunstancias me lo permitían. Pero ha sido sobre
todo con los jóvenes con los que siempre he cantado a gusto. Los textos eran
diversos, dependía de las circunstancias: junto al fuego eran cantos populares,
los de los scouts; con ocasión de las fiestas nacionales, del aniversario del
comienzo de la guerra o de la insurrección de Varsovia, se cantaban cantos
militares y patrióticos. Entre estos, me gustaban de modo especial las amapolas
rojas sobre Monte Cassino, La primera brigada y, en general, los cantos de
insurrección y de los partisanos.
El ritmo del año litúrgico, según su propio criterio, orienta la elección de
los cantos. Por Navidad, en Polonia se cantan siempre muchos villancicos,
mientras que antes de Pascua la liturgia nos sugiere canciones sobre la Pasión.
Estos cantos antiguos encierran toda la teología cristiana. Son el tesoro de la
tradición viva, que habla al corazón de cada generación y forma en la fe. En
los meses de mayo y en octubre, además de los cantos marianos, en Polonia
cantamos las letanías y las horas del Pequeño Oficio de la Santísima Virgen
María. No es posible hacer una lista completa. ¡Cuánta riqueza de poesía hay en
estos cantos populares utilizados hasta hoy! Como obispo procuré cultivar estas
costumbres y los jóvenes se mostraban especialmente deseosos de continuar la
tradición. Creo que, al mismo tiempo, sacaban provecho de aquel tesoro de fe
sencilla y profunda, que nuestros antepasados plasmaron en los cantos.
El 18 de mayo del año 2003 canonicé a la madre Urszula, gran figura
educadora. Nació en Austria, pero a finales del siglo XlX toda su familia se
traslado a Lipnica Murowana, en la diócesis de Tornów. También durante algunos
años vivió en Cracovia. Su hermana María Teresa, llamada Madre de África, ha
sido beatificada. Su hermano Wtodzimierz fue superior general de los jesuitas.
El ejemplo de estos hermanos nos muestra como el deseo de santidad se
desarrolla mucho mejor cuando encuentra a su alrededor el clima favorable de
una buena familia. ¡Qué importante es el ambiente familiar! Los santos generan
y forman santos.
Cuando recuerdo a educadores de este género, pienso instintivamente en los
niños. En las visitas pastorales, también en las que realizo aquí en Roma,
siempre he procurado y procuro encontrar tiempo para reunirme con los niños.
Nunca he cesado de exhortar a los sacerdotes a que les dediquen con generosidad
su tiempo en el confesionario. Es particularmente importante formar bien la
conciencia de los niños y de los jóvenes. Recientemente he hablado del deber de
recibir dignamente la Sagrada Comunión (Eccle-sia de Eucharistia, 37); esta
disposición comienza a formarse ya desde la confesión que precede a la Primera
Comunión. Es probable que cada uno de nosotros recuerde con emoción su primera
confesión de niño.
Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños lo dio mi predecesor
san Pío X con su decisión sobre la Primera Comunión. No solamente redujo la
edad necesaria para acercarse a la Mesa del Señor, de lo que yo mismo me
aproveché en mayo de 1929, sino que dio la posibilidad de recibir la comunión
incluso antes de haber cumplido los siete años si el niño muestra tener
suficiente discernimiento. La Sagrada Comunión anticipada fue una decisión
pastoral que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de
santidad y de apostolado entre los niños, favoreciendo que surgieran vocaciones
sacerdotales.
He estado siempre convencido de que sin la oración no conseguiremos educar
bien a los niños. Como obispo he procurado animar a las familias y a las
comunidades parroquiales a que susciten en los niños el deseo de encontrar a
Dios en la oración personal. En ese espíritu he escrito recientemente: Rezar el
Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos [...], es una ayuda
espiritual que no se debe minimizar (Rosarium Virginis Mariae, 42).
Obviamente, la pastoral de los niños debe continuar en la adolescencia. La
confesión frecuente y la dirección espiritual ayudan a los jóvenes a discernir
su vocación y evitan que se pierdan cuando entran en la vida adulta. Recuerdo
que en noviembre de 1964, durante una audiencia privada, el papa Pablo VI me
dijo: Querido hermano, hoy debemos ser muy solícitos con la juventud que estudia.
La principal tarea de nuestra pastoral episcopal son los presbíteros, los
trabajadores y los estudiantes. Me parece que esas palabras se las dictaba su
experiencia personal. Giovanni Battista Montini, cuando estaba en la Secretaría
de Estado, se ocupó durante muchos años de la pastoral universitaria como
asistente general de la Federación Universitaria Católica Italiana (FUCI).
La catequesis
Se nos ha impartido el mandato de "ir y enseñar a todos
los pueblos" (Mt 28, 19-20). En el
contexto social de hoy podemos realizar esa tarea sobre todo mediante la
catequesis. La catequesis debe nacer tanto de la meditación sobre el Evangelio
como de la comprensión de las realidades de este mundo. Hay que comprender las
experiencias de los hombres y el lenguaje con el que se comunican entre sí.
Esta es la gran tarea de la Iglesia. En particular, es necesario que los
pastores sean generosos en la siembra, aunque luego sean otros quienes recojan
el fruto de su fatiga. Y yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los
campos, que están ya dorados para la siega; el segador está recibiendo su
salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo
sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: "Uno siembra y
otro siega". Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron;
vosotros recibiréis el fruto de sus sudores (Jn 4, 35-38).
Sabemos que en la catequesis no se pueden usar solo conceptos abstractos.
Estos conceptos son necesarios, porque cuando hablamos de las realidades
sobrenaturales no es posible evitar conceptos filosóficos. Sin embargo, para la
catequesis lo primero es el hombre y el encuentro con él en los símbolos de la
fe. Es siempre amor y responsabilidad, una responsabilidad que nace del amor
por aquellos que uno encuentra a lo largo del camino.
El nuevo Catecismo de la Iglesia católica, que en 1992 me fue presentado para
su aprobación, nació de la voluntad de hacer que el lenguaje de la fe fuera más
accesible a los hombres de hoy. Es muy significativa la imagen del Buen Pastor
que se puso como logotipo en la portada de las ediciones del Catecismo. Ese
logotipo
proviene de una lápida sepulcral cristiana del siglo II hallada en las
Catacumbas de Domitila.1Como indica expresamente, la figura sugiere algunos
aspectos que caracterizan el presente Catecismo: Jesucristo, Buen Pastor, que
guía y protege a sus fieles (las ovejas) con su autoridad (el cayado), les
atrae con la sinfonía melodiosa de la verdad (la flauta) y les hace reposar a
la sombra del "árbol de la vida" (su Cruz redentora que abre las
puertas del Paraíso) (comentario al logotipo en el interior del Catecismo). En
la imagen se puede percibir la solicitud del pastor por cada oveja. Una
solicitud llena de paciencia, toda la que haga falta para llegar al hombre
individual del modo más apropiado para él. Una que incluye también el don de
lenguas, el don de hablar con un lenguaje comprensible para nuestros fieles.
Para conseguirlo podemos implorar al Espíritu Santo.
A veces el obispo llega más fácilmente a los adultos bendiciendo a sus hijos
y dedicándoles un poco de tiempo. Eso vale más que un gran discurso sobre el
respeto que han de tener a esas débiles criaturas. Hoy hace falta mucha
imaginación para aprender a dialogar sobre la fe y sobre las cuestiones más
fundamentales para el hombre. Se necesitan personas que amen y que piensen,
porque la imaginación vive del amor y del pensamiento, y ella, su vez, alimenta
nuestro pensamiento y enciende nuestro amor.
Corresponde también al pastor el deber de cuidar de los más pequeños en el
sentido evangélico de la palabra. Leemos en el Libro de los Hechos y en las
Cartas de san Pablo que los Apóstoles organizaban colectas para atender las
necesidades de los pobres. Quiero traer aquí el ejemplo de san Nicolás, obispo
de Mira, en Asia Menor, durante el siglo v. En la devoción a este santo --cuyo
episcopado pertenece a una época en que los cristianos de Oriente y de
Occidente aún no estaban divididos--confluyen las dos tradiciones: la oriental
y la occidental. Este santo es venerado tanto por una parte como por otra.
Aunque se haya revestido de numerosas leyendas, su figura continúa ejerciendo
un atractivo notable, sobre todo por su bondad. A él recurren con confianza
especialmente los niños.
¡Cuántas cuestiones materiales pueden solucionarse si se empieza con una
oración confiada! De niños, todos esperábamos a san Nicolás por los regalos que
nos traía. Los comunistas quisieron quitarle su santidad y por eso inventaron
el Abuelo Hielo. Por desgracia, también en Occidente, Nicolás se ha
popularizado últimamente en un contexto consumista. Parece como si hoy se
hubiera olvidado que su bondad y generosidad fueron sobre todo la medida de su
santidad. Se distingue como obispo por su atención hacia los pobres y sus
necesidades. Recuerdo que, cuando era niño, tenía con él una relación personal.
Naturalmente, como todo niño, esperaba los regalos que me traería el 6 de
diciembre. Sin embargo, esa espera tenía también una dimensión religiosa. Como
mis coetáneos, sentía veneración por este santo que, de manera desinteresada,
daba regalos a la gente y manifestaba así su amorosa solicitud por ella.
En la realidad cotidiana de la Iglesia, el papel de san Nicolás, es decir,
del que se preocupa de las necesidades de los más pequeños, lo desempeña la
institución llamada Cáritas.
Cáritas
Los comunistas cerraron esta organización, cuyo protector después de la
guerra había sido el cardenal Sapie-ha. Como sucesor suyo, yo intenté
restaurarla y mantener su actividad. En esta tarea me ayudó mucho monseñor
Ferdynand Machay, arcipreste de la basílica de María Asunta, en Cracovia. A
través de él conocí a la ya mencionada sierva de Dios Hanna Chrzanowska, hija
del gran profesor Ignacy Chrzanowski, arrestado al inicio de la guerra. Me
acuerdo bien de él, aunque no haya podido conocerlo más de cerca. Gracias a la
diligencia de Hanna Chrzanowska nació y se organizo la pastoral de los enfermos
en la archi-diócesis. Las iniciativas fueron diversas: entre ellas, los
ejercicios espirituales para los enfermos, en Trzebinia. Una iniciativa que
tuvo gran importancia, pues muchas personas se comprometieron en ella,
incluidos numerosos jóvenes dispuestos a ayudar.
En la carta apostólica que escribí con ocasión del comienzo del nuevo
milenio, recordé a todos la necesidad de cultivar un amor creativo. , Es la
hora --decía-- de una nueva fantasía de la caridad (Novo millennio ineunte,
50). A este propósito, no se puede omitir a la que conocemos como una verdadera
misionera de la caridad, la Madre Teresa.
Ya en los primeros días después de mi elección a la Sede de Pedro conocí a
esta pequeña gran hermana, que desde entonces vino con frecuencia a verme para
contarme dónde y cuándo conseguía abrir nuevas casas, hogares de atención para
los más pobres. Después de la caída del partido comunista en Albania tuve la
posibilidad de visitar aquel país. También allí estaba la Madre Teresa. Albania
era su patria. Me encontré varias veces más y siempre recibía de ella nuevos
testimonios de su apasionada dedicación a la causa de los más pobres entre los
pobres. La Madre Teresa murió en Calcuta, dejando tras de sí un emocionado
recuerdo y la obra de un numeroso ejército de hijas espirituales. Ya durante su
vida muchos la tenían por santa. Y como tal fue reconocida universalmente
cuando murió. Doy gracias a Dios porque
se me ha dado la oportunidad de beatificarla en octubre de 2003, en fechas
próximas al 25. °
aniversario de mi
pontificado. Dije entonces: Con el testimonio de su vida, Madre Teresa
recuerda a todos que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a través de la
caridad, alimentada con la oración y la escucha de la Palabra de Dios. Es emblemática
de este estilo misionero la imagen que muestra la nueva beata mientras
estrecha, con una mano, la mano de un niño, y con otra, pasa las cuentas del
rosario. Contemplación y acción, evangelización y promoción humana: la Madre
Teresa proclamo el Evangelio con su vida entregada totalmente a los pobres,
pero, al mismo tiempo, envuelta en la oración (19-X-2003). Este es el misterio
de la evangelización a través del amor por el hombre, que brota del amor de
Dios. En esto consiste esa caritas en la que el obispo debería inspirarse
siempre en cada una de sus intervenciones.
Colaboración con los laicos
Colaboración con las ordenes religiosas
Los presbíteros
La casa del obispo
Una paternidad según el ejemplo de san José
Estar con la propia gente
La capilla en la calle Franciszkañska, 3
Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el
cielo y en la tierra.
(Ef 3, 14-15)
Colaboración con los laicos
Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y
alcanzar la santidad no solamente comprometiéndose activa-mente a favor de los
pobres y los necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la
sociedad mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el
testimonio de una vida familiar ejemplar. No pienso solo en los que ocupan
puestos de primer plano en la vida de la sociedad, sino en todos los que saben
transformar en oración su vida cotidiana, poniendo a Cristo en el centro de su
actividad. Él será quien atraiga a todos a sí, saciando su hambre y sed de
justicia (Mt 5, 6).
¿No es esta la lección que se desprende del final de la
parábola del buen samaritano (Lc 10, 34-35)?
Después de los primeros cuidados de asistencia al herido, el buen samaritano se
dirige al posadero. ¿Qué hubiera podido hacer sin él? De hecho, el posadero,
permaneciendo en el anonimato, realizó la mayor parte del trabajo. Todos pueden
actuar como él cumpliendo sus propias tareas con espíritu de servicio. Toda
ocupación ofrece la oportunidad, más o menos directa, de ayudar a quien lo
necesita. Naturalmente, esto es más palpable en el trabajo de un médico, un
maestro, un empresario, siempre que se trate de personas que no cierran los
ojos a las necesidades de los demás. Pero también un empleado, un obrero o un
agricultor pueden encontrar muchos modos de servir al prójimo, aun en medio de
dificultades personales, a veces incluso graves. El cumplimiento fiel de los
propios deberes profesionales es practicar ya el amor por las personas y la
sociedad.
El obispo está llamado no solamente a promover él mismo
iniciativas sociales cristianas de este género, sino también a permitir que en
su Iglesia nazcan y se desarrollen obras creadas por otras personas. Debe solo
vigilar para que todo se cumpla en la caridad y en la fidelidad a Cristo, que
inició y completa nuestra fe (Hb 12, 2).
Hay que buscar a las personas, pero hay que permitir también a todo el que
muestre buena voluntad que encuentre su puesto en la casa común, que es la
Iglesia.
Como obispo he apoyado numerosas iniciativas de los laicos. Eran muy
diversas: por ejemplo, el Oficio para la pastoral familiar, las reuniones de
estudio para clérigos y estudiantes de medicina llamados Klermed, el Instituto
para la Familia. Antes de la guerra era muy activa la Acción Católica con sus
cuatro ramas: hombres, mujeres, juventud masculina y femenina; actualmente está
renaciendo en Polonia. Fui también presidente de la Comisión para el Apostolado
de los Laicos en el episcopado polaco. Mantenía el periódico católico Tygodnik
Powszechny y procuraba animar al grupo de personas que se reunía en torno a él.
En aquella época era algo muy necesario. Venían a verme redactores,
intelectuales, médicos, artistas... A veces entraban a escondidas, porque eran
los tiempos de la dictadura comunista. Se organizaban incluso simposios: la
casa estaba casi siempre ocupada, llena de vida. Y las hermanas Esclavas del
Sagrado Corazón tenían que dar de comer a todos...
He estado también al lado de iniciativas nuevas, en las que sentía el soplo
del Espíritu de Dios. Con el
Camino Neocatecumenal me he encontrado solamente en Roma. También con el
Opus Dei, que erigí en prelatura personal en 1982. Se trata de dos realidades
eclesiales que despiertan en los laicos un gran deseo de vincularse a ellas.
Ambas iniciativas han salido de España, país que tantas veces en la historia ha
dado impulsos providenciales para la renovación espiritual. En octubre de 2002
tuve la alegría de inscribir en el Registro de los Santos a Josemaría Escrivá
de Balaguer, fundador del Opus Del, celoso sacerdote, apóstol de los laicos
para tiempos nuevos.
En los años de mi ministerio en Cracovia sentí siempre la
cercanía espiritual de los miembros de la Obra de María, los Focolares.
Admiraba su intensa actividad apostólica orientada a que la Iglesia llegara a
ser cada vez más casa y escuela de comunión. Desde que fui llamado a la Sede de
Roma he recibido varias veces a la señorita Chiara Lubich con representantes de
numerosas ramas del Movimiento de los Focolares. Otro movimiento surgido de la
vitalidad de la Iglesia en Italia es Comunión y Liberación. Su promotor es
monseñor Luigi Giussani. Hay en el mundo de los laicos numerosas iniciativas
con las que he entrado en contacto en estos años. Pienso, por ejemplo, en el
ámbito francés, en L'Arche y en Foi et Lumi#re de Jean Vanier. Hay todavía más,
pero no es posible citarlas todas aquí. Me limito a decir que las apoyo y las
tengo presentes en mi oración. Pongo en ellas grandes esperanzas y deseo que se
cumpla de este modo la llamada: , dd también vosotros a mi viña(Mt 20, 4). Pensando en ellos he
escrito la exhortación Christifideles laici: La llamada no se dirige solo a los
pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende
a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de
quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo (n. 2).
Colaboración con las ordenes religiosas
He tenido siempre buenas relaciones con las órdenes religiosas y he colaborado
con ellas. En Polonia, Cracovia es la archidiócesis que cuenta quizá con la
mayor concentración de órdenes religiosas, masculinas y femeninas. Muchas
surgieron allí, otras han encontrado allí refugio, como por ejemplo las
felicianas, llegadas de los territorios del entonces reino de Polonia. Pienso
en el beato Honorat Ko£miñski, que fundó numerosas congregaciones femeninas en
hábito civil, fruto de su celoso trabajo en el confesonario. Desde este punto
de vista, fue un genio. Bajo su guía estuvo también la beata M. Angela
Truszkowska, fundadora de las felicianas, que reposa en su iglesia en Cracovia.
Vale la pena subrayar el hecho de que en Cracovia las familias religiosas más
numerosas son las antiguas, medievales, como los franciscanos y los dominicos,
o de la época renacentista, como los jesuitas o los capuchinos. Los religiosos
de estas familias tienen en general fama de buenos confesores, también entre
los sacerdotes (en Cracovia los sacerdotes se confiesan gustosamente con los
capuchinos). Muchas órdenes, durante la época de la desmembración de Polonia,
se encontraban en la archidiócesis, porque, al no poder extenderse en el reino
de Polonia, confluían en el territorio de la entonces República de Cracovia,
donde se podía gozar de una relativa libertad. La mejor prueba de que mis
contactos con las órdenes religiosas eran buenos está en el obispo Albin
Ma/ysiak, de la Congregación de la Misión. Antes de ser nombrado obispo era un
celoso párroco de Cracovia-Nowa Wieg. Yo fui a presentar su candidatura, la
suya y la de Stanistaw Smoleñski, y consagré a ambos.
Las órdenes religiosas nunca me han hecho la vida difícil. Con todas tuve
buenas relaciones, reconociendo en ellas una gran ayuda en la misión del
obispo. Pienso también en la gran reserva de energía espiritual que son las
órdenes contemplativas. En Cracovia hay dos monasterios de carmelitas (en la
calle Kopernika y en la calle Lobzowska), están las clarisas, las dominicas,
las salesas y las benedictinas en Stanitki. Son grandes centros de oración:
oración y penitencia, y también catequesis. Recuerdo haber dicho una vez a las
monjas de clausura: ¡Que esta reja os una al mundo y no os separe de él!
¡Cubrid el globo terrestre con el manto de la oración! . Estoy convencido de
que estas queridas hermanas, esparcidas por toda la tierra, tienen siempre la
convicción de existir para el mundo y no cesan de servir a la Iglesia universal
mediante su entrega, su silencio y su profunda oración.
Todos los obispos pueden encontrar en ellas un gran apoyo. Lo experimenté
muchas veces cuando, encontrándome ante problemas difíciles, pedía a cada una
de las órdenes contemplativas que me ayudaran con su oración. Sentía el poder
de aquella intercesión y en todos los casos pude agradecer a las personas
recogidas en estos cenáculos de oración el que me hubieran ayudado a resolver
situaciones humanamente insolubles.
Las ursulinas tenían en Cracovia un colegio. La madre Angela Kurpisz me
invitaba siempre a dar los ejercicios espirituales a las estudiantes. Visitaba
con frecuencia a las ursulinas grises en Jaszczurówka (Zakopane). Todos los
años disfrutaba de su hospitalidad. Se creó una tradición: en la medianoche del
Año Nuevo celebraba la Santa Misa en los franciscanos de Cracovia y, por la
mañana, iba a las ursulinas de Zakopane. Luego salía a esquiar. Habitualmente
había nieve en ese período. Solía quedarme en su colegio hasta el 6 de enero.
Ese día partía a primera hora de la tarde, para tener tiempo de celebrar la
Santa Misa de las seis en la catedral de Cracovia. kuego tenía el encuentro en
Wawel, durante el cual se cantaban villancicos. Me acuerdo que una vez había
ido a esquiar con don Józef Rozwa-dowski (futuro obispo de Lódff) y nos
perdimos en las cercanías del valle de Chocholowska; después tuvimos que correr
<como locos, como se suele decir, para llegar a tiempo.
Iba también con frecuencia a las hermanas albertinas en Prodnik Czerwony
para los días de retiro. Me encontraba muy bien allí. Visitaba también Rzaka,
en las cercanías de Cracovia. Conocía a las pequeñas hermanas de Charles de
Foucauld; tenía amistad con ellas y colaboraba en su labor.
Pasé mucho tiempo en la abadía benedictina de Tyniec. Allí hacía mis
ejercicios espirituales. Conocía bien al padre Piotr Rostworowski, con quien me
confesé muchas veces. Conocía también al padre Augustyn Jankowski, biblista,
que era colega mío en la enseñanza. Me envía constantemente sus nuevos libros.
Iba también a Tyniec y a los padres camaldulenses en Bielany para los días de
retiro. Cuando era joven sacerdote dirigí en Bielany los ejercicios
espirituales para los universitarios de la parroquia de San Florián; me acuerdo
que una vez bajé a la iglesia por la noche: para mi sorpresa encontré allí
estudiantes en oración, y supe que querían mantener por turnos su presencia ininterrumpida
durante toda la noche.
Las órdenes religiosas sirven a la Iglesia y también al obispo. Es difícil
no apreciar su testimonio de fe basado en los votos de pobreza, de castidad y
de obediencia, y su modo de vida inspirado en la regla dada por el fundador o
por la fundadora: gracias a esta fidelidad, las diversas familias religiosas
pueden conservar el carisma de los orígenes y hacerlo fructificar a lo largo de
generaciones. No se puede tampoco olvidar el ejemplo de caridad fraterna que
está en la base de cada comunidad religiosa. Es humano que de cuando en cuando
se presente algún problema, pero siempre se encuentra una solución. Si el
obispo sabe escuchar a la comunidad religiosa respetando su legítima autonomía,
la comunidad, a su vez, sabrá reconocer de hecho en el obispo al responsable
último de la pastoral en el territorio diocesano.
Los presbíteros
En la archidiócesis de Cracovia las vocaciones eran más bien numerosas y
algunos años particularmente abundantes. Por ejemplo, después de octubre de
1956, las peticiones para entrar en el seminario aumentaron significativamente.
Lo mismo sucedió durante el Milenario del Bautismo de Polonia. Quizá sea una
norma el que después de grandes acontecimientos aumenten las vocaciones. En
efecto, las vocaciones nacen en el campo de la vida concreta del Pueblo de
Dios. El cardenal Sapieha decía que, para el obispo, el seminario es como la
pupilla oculi --la pupila de sus ojos--, e igualmente lo es el noviciado para
el superior religioso. Y se comprende: las vocaciones son el futuro de las
diócesis y de las órdenes y, en definitiva, son el futuro de la Iglesia.
Personalmente ponía una atención especial en los seminarios. También ahora rezo
cada día por el Seminario Romano y, en general, por todos los seminarios de
Roma, de toda Italia, de Polonia y del mundo entero.
Rezo especialmente por el seminario de Cracovia. De allí salí yo y, al menos
de este modo, quisiera pagar mi deuda de gratitud. Cuando era obispo de
Cracovia ponía una especial atención en atender a las vocaciones. Al llegar el
final de junio, me informaba siempre sobre los que habían pedido ser admitidos
en el seminario para el año siguiente. Después, cuando ya estaban en él, los
veía uno a uno por separado, hablaba con cada uno preguntándole por la familia
y examinando con él su vocación. Invitaba también a los clérigos a la Santa
Misa por la mañana en mi capilla, y luego a desayunar. Era una ocasión muy
buena para conocerles. Pasaba la cena de la vigilia de Navidad en el seminario
o invitaba a clérigos a cenar conmigo en la calle Franciszkañska. Para las
Fiestas no iban con sus familias v quería compensarles de algún modo por esta
renuncia. Todo eso podía hacerlo cuando estaba en Cracovia. En Roma las cosas
son más difíciles, porque hay muchos seminarios. Sin embargo los he visitado
todos personalmente y, cuando se ha presentado la oportunidad, he invitado a
sus rectores al Vaticano.
El obispo no puede descuidar el presentar a los jóvenes el ideal del
sacerdocio. Un corazón joven es capaz de comprender esa locura de amor que se
requiere para la entrega total. ¡No hay Amor más grande que el Amor, con la A
mayúscula! Durante mi última peregrinación a España confesé a los jóvenes: Fui
ordenado sacerdote cuando tenía veintiséis años. Desde entonces han pasado
cincuenta y seis [...]. Al volver la mirada atrás y recordar esos años de mi
vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por
amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por
el Evangelio y por los hermanos! (Madrid, 3-V-2003). Los jóvenes entendieron el
mensaje e hicieron eco a mis palabras repitiéndolas a coro como un estribillo:
i Vale la pena! ¡Vale la pena! .
La solicitud por las vocaciones se expresa también en el cuidado que se
ponga al elegir adecuadamente a los candidatos al sacerdocio. El obispo confía
a sus colaboradores que trabajan en el seminario como educadores muchas tareas
relacionadas con esta misión, pero la mayor responsabilidad en la formación de
los sacerdotes sigue siendo suya. El obispo es quien elige definitivamente y
llama en nombre de Cristo, cuando dice durante la ceremonia de la ordenación:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos
hermanos nuestros para el
orden de los presbíteros.1 Es una gran responsabilidad.
San Pablo advierte a Timoteo: No te precipites en imponer a nadie las manos (1Tm 5, 22). No se trata de una
severidad exagerada, sino de simple sentido de responsabilidad ante una
realidad de sumo valor que se ha dejado en nuestras manos. Las exigencias
rigurosas para el sacerdocio se imponen en nombre del don y misterio de la
salvación.
Quiero mencionar aquí a san Józef Sebastian Pelczar (1842-1924), obispo de
la diócesis de Przemygl, al que me correspondió canonizar el día de mi ochenta
y tres cumpleaños, junto con la ya citada santa Úrsula Ledóchowska. El santo
obispo Pelczar era conocido en Polonia también por sus escritos. Me complace
recordar aquí su libro: Rozmyglania o yciu kaptañskim czyli ascetyka kaptaíska
(Meditaciones sobre la vida sacerdotal. La ascesis sacerdotal). Esta obra fue
publicada en Cracovia, cuando él era todavía profesor en la Universidad
Jagellónica (hace algunos meses ha salido una nueva edición). El libro es fruto
de su rica vida espiritual y ha ejercido una profunda influencia en varias
generaciones de sacerdotes polacos, especialmente en mis tiempos. También mi
sacerdocio fue de algún modo formado por esta obra ascética.
Tarnów y la vecina Przemygl están entre las diócesis que, a escala mundial,
tienen el mayor número de vocacio-nes. En la diócesis de Tarnów el ordinario,
el arzobispo Jerzy Ablewicz, era amigo mío. Provenía de Przemygl, del
patrimonio espiritual de san Józef Pelczar. Eran pastores muy exigentes,
primero consigo mismos y después con sus sacerdotes y clérigos. Pienso que aquí
está el secreto del gran número de vocaciones en aquellas diócesis. Los ideales
altos y exigentes atraen a los jóvenes.
Me he tomado siempre muy en serio la unidad del presbiterio. Para favorecer
el contacto con los sacerdotes, inmediatamente después del Concilio (1968), me
he preocupado de instituir el Consejo Presbiteral, en el que se discutían los
programas sobre la actividad de los sacerdotes dedicados a la cura de almas.
Periódicamente, a lo largo del año, se organizaban en diversas partes de la
archidiócesis reuniones, en las que se estudiaban las cuestiones concretas que
los sacerdotes planteaban.
Con su manera de vivir el obispo muestra que el modelo Cristo no está
superado; también en las actuales condiciones sigue siendo muy actual. Se puede
decir que una diócesis refleja el modo de ser de su obispo. Sus virtudes --la
castidad, la práctica de la pobreza, el espíritu de oración, la sencillez, la
finura de conciencia-- se graban en cierto sentido en los corazones de los
sacerdotes. Éstos, a su vez, transmiten esos valores a sus fieles y así los
jóvenes se sienten atraídos a responder generosamente a la llamada de Cristo.
Al hablar de este tema no se puede olvidar a los que han
abandonado el sacerdocio. El obispo no puede desentenderse tampoco de ellos:
también tienen derecho a un puesto en su corazón de Padre. Sus dramas revelan a
veces las negligencias en la formación sacerdotal. De ella forma parte una
valiente corrección fraterna, cuando es necesaria, y también la disponibilidad
del sacerdote para recibir una corrección así. Cristo ha dicho a sus
discípulos: Si tu hermano peca, vete y repréndelo a solas entre los dos. Si te
hace caso, has salvado a tu hermano (Mt
18, 15).
La casa del obispo
No solo había ocasión para tratar con las personas en las visitas pastorales
y en otras intervenciones públicas. En la casa de la calle Franciszkañska, 3 la
puerta estaba abierta a todos. El obispo es pastor; precisamente por eso debe
estar con la gente, ser para la gente, servir a la gente. Las personas siempre
tenían acceso directo a mí. A todos se les permitía la entrada.
En el Palacio Episcopal tenían lugar diversas reuniones, incluso sobre temas
científicos. También allí estaba el Studium para la Familia. En uno de los
locales fue creado un consultorio familiar. Eran tiempos aquellos en los que
cada reunión de laicos de cierta importancia era considerada por las
autoridades como una actividad contra el Estado. La casa del obispo se
convirtió en un refugio. Invitaba a distintas personas: intelectuales,
filósofos, humanistas; también se celebraban reuniones con los sacerdotes.
Muchas veces el salón hacía de aula para clases. Allí se desarrollaban, por
ejemplo, los encuentros de estudio del Instituto para la Familia y los
seminarios universitarios Kler-med. Se puede decir que, verdaderamente, aquella
casa estaba llena de vida.
La vivienda del arzobispo de Cracovia está relacionada con muchos recuerdos
de la figura de mi gran predecesor, que ha quedado en la memoria de
generaciones de sacerdotes de Cracovia como testimonio incomparable del
misterio de la paternidad. El Príncipe Valiente, así se le llamaba normalmente
al arzobispo Adam Stefan Sapieha. Con este título pasó la guerra y el período
de ocupación. Tiene sin duda un puesto preferente en la historia de mi
vocación: él fue quien supo acogerla apenas se manifestó. De esto he hablado en
el libro Don y misterio.
El príncipe cardenal Sapieha era un aristócrata polaco en el pleno sentido
de la palabra. Había nacido en Krasi-czyn cerca de Przemygl. Una vez fui allí a
propósito para ver el castillo natal. Fue ordenado sacerdote en la diócesis de Lvov.
Prestó sus servicios en el Vaticano, en tiempos de Pío X, ejerciendo el cargo
de camarero secreto. En aquel período hizo muchísimo por la causa polaca. En
1912 fue nombrado obispo, consagrado personalmente por Pío X y destinado a la
sede de Cracovia. Su entrada tuvo lugar el mismo año. Era, pues, poco antes de
la Primera Guerra Mundial. Después de estallar la guerra, fundó el Comité
Episcopal de Cracovia para ayudar a los damnificados por el conflicto bélico,
comúnmente llamado Comité del Príncipe Obispo. Con el correr del tiempo, el
Comité extendió su actividad hasta abarcar todo el país. Sapieha fue
extraordinariamente activo durante los años de la contienda; se ganó así un
gran respeto en todo el país. Fue hecho cardenal solo después de la Segunda Guerra
Mundial. Desde los tiempos de Olegnicki, antes de él fueron cardenales en
Cracovia los arzobispos Dunajewski y Puzyna. Sin embargo, fue Sapieha quien
mereció de modo especial el título de Príncipe Valiente.
Sí, Sapieha fue para mí un verdadero modelo porque, en primer lugar, fue un
pastor. Antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial dijo al Papa que quería
dimitir y retirarse. Pío XII, sin embargo, no dio su consentimiento; le dijo:
Ahora nos amenaza la guerra, habrá necesidad de ti. Murió como cardenal de
Cracovia a la edad de ochenta y dos años.
En la homilía durante el rito fúnebre, el primado Wyszyñski hizo algunas
preguntas significativas. Dijo: Cuando nosotros, vuestros huéspedes y amigos,
os miramos, queridos hermanos sacerdotes, y os vemos como una apretada corona
de corazones rodeando este féretro con los restos mortales de su pequeña
figura, figura que no os podía atraer ni por su estatura ni por su fuerza
física, quiero preguntaros, sacerdotes de Cracovia, para enriquecer mi
experiencia, para profundizar en la sabiduría necesaria a un pastor: ¿Qué
amabais en él? ¿Qué cautivaba vuestros corazones? ¿Qué veíais en él? ¿Por qué
os habéis acercado, como toda Polonia ha hecho, a esta alma? Aquí realmente se
puede hablar de amor del presbiterio diocesano por el propio arzobispo.2 Aquel
funeral de julio de 1951 fue verdaderamente un acontecimiento inaudito en los
tiempos de Stalin: un gran cortejo procedía desde la calle Franciszkañska hacia
el Wawel; en filas compactas caminaban los sacerdotes, las religiosas, los
laicos. Caminaban, y las autoridades no se atrevieron a interrumpir el cortejo.
Se sentían impotentes ante lo que estaba sucediendo. Quizá por eso se haya
inventado, después del pleito contra la Curia de Cracovia, el proceso post
mórtem de Sapieha. Los comunistas no se atrevieron a tocarlo cuando estaba
vivo, aunque él considerara que era posible, especialmente cuando arrestaron al
cardenal Mindszenty. Pero no se atrevieron.
Bajo su autoridad hice mi seminario: fui antes clérigo y luego sacerdote.
Tenía con él una relación de profunda confianza y puedo decir que le quería,
como le querían los otros sacerdotes. Con frecuencia se escribe en los libros
que Sapieha me estaba en cierto modo preparando; quizá sea verdad. También esto
es una tarea del obispo: preparar a quien eventualmente pueda sustituirle.
Los sacerdotes lo apreciaban quizá porque era un príncipe, pero lo amaban en
primer lugar porque era un padre, tenía preocupación por el hombre. Y esto es
lo que cuenta sobre todo: un obispo debe ser padre. Cierto, ningún hombre
expresa exhaustivamente la paternidad, ya que esta se realiza plenamente solo
en Dios Padre. Nosotros, sin embargo, participamos de alguna manera en la
paternidad de Dios. Expresé esta verdad en reflexión sobre el misterio del
padre titulada Meditación sobre la paternidad:
Diré, por tanto: de todas las palabras que yo use, he resuelto suprimir la
palabra "mío". ¿Cómo podría
pronunciarla o pensarla, sabiendo que todo es de Ti? Aunque Tú mismo no
engendres cada generación humana, el que la engendra también es tuyo. Yo mismo
soy más tuyo que mío. Así yo me he percatado de que no me está permitido decir
"mío" a lo que es tuyo. No me está permitido decirlo, ni pensarlo, ni
sentirlo. Debo liberarme, despojarme; y nada tener, nada querer poseer como
propio.
(Poesias, Meditación sobre la paternidad)
Una paternidad según el ejemplo de san José
El episcopado es sin duda un oficio, pero es necesario que el obispo emplee
todas sus fuerzas para no convertirse en un funcionario. Nunca debe olvidar que
es padre. Como he dicho, el príncipe Sapieha fue tan querido porque era un
padre para sus sacerdotes. Cuando pienso en quién podría ser considerado como
ayuda y modelo para todos los llamados a la paternidad -en la familia o en el
sacerdocio, y tanto más en ministerio episcopal- me viene a la mente san José.
Para mí, también el culto a san José tiene que ver con la experiencia vivida
en Cracovia. En la calle Poselska, junto al Palacio Episcopal, están las
hermanas bernardinas. En su iglesia, dedicada a san José, tienen exposición
perpetua del Santísimo Sacramento. En los momentos libres iba a rezar allí y
con frecuencia mi mirada se dirigía a la hermosa imagen del padre putativo de
Jesús, muy venerada en aquella iglesia. Allí también dirigí los ejercicios
espirituales para abogados. Me ha gustado siempre pensar en san José en el
contexto de la Sagrada Familia: Jesús, María, José. Invocaba la ayuda de los
tres a la vez en muchos de mis asuntos. Comprendo la unidad y el amor que se
vivía en la Sagrada Familia: tres corazones, un amor. A san José se confiaba
sobre todo la pastoral de la familia.
En Cracovia hay además otra iglesia dedicada a san José, está en Podgórze.
Iba con frecuencia durante las visitas pastorales. Posee también una
importancia excepcional el santuario de San José en Kalisz. Allí convergen las
peregrinaciones de acción de gracias de los sacerdotes, ex prisioneros de
Da-chau. En aquel campo nazi había un grupo de sacerdotes que confió a san José
su salvación, y se salvaron. De vuelta a Polonia comenzaron a peregrinar cada
año en acción de gracias al santuario de Kalisz y siempre me invitaban a
aquellos encuentros. Entre los sacerdotes que se salvaron están el arzobispo
Kazimierz Majdañski, el obispo IgnacyJe y también el cardenal Adam Kozowiecki,
misionero en África.
La Providencia preparó a san José para que ejerciera el papel de padre de
Jesucristo. En la exhortación apostólica dedicada a él, Redemptoris Custos, he
escrito: Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con María es
el fundamento jurídico de la paternidad de José. Para asegurar la protección
paterna a Jesús, Dios escoge a José como esposo de María. Se sigue de esto que
la paternidad de José --una relación que le coloca lo más cerca posible de
Cristo, término de toda elección y predestinación--pasa a través del matrimonio
con María (n. 7). José fue llamado a ser el esposo castísimo de María para que
hiciera de padre a Jesús. La paternidad de san José, como la maternidad de la
Santísima Virgen María, tiene un carácter cristológico de primer orden. Todos
los privilegios de María se derivan del hecho de que es la madre de Cristo.
Análogamente, todos los privilegios de san José se deben a que tuvo el encargo
de hacer de padre a Cristo.
Sabemos que Cristo se dirigía a Dios con la palabra Abba, una palabra
querida y familiar, con la cual los hijos de su nación se dirigen a sus padres.
Probablemente con la misma palabra, como los otros niños, Él se dirigia también
a san José. ¿Es posible decir más del misterio de la paternidad humana? Como
hombre, Cristo mismo experimentaba la paternidad de Dios a través de su
relación filial con san José. El encuentro con José como padre se inserta en la
revelación que Cristo ha hecho luego del paterno nombre de Dios. ¡Es un misterio
profundo!
Cristo, en cuanto Dios, tenía su propia experiencia de la
paternidad divina y de filiación en el seno de la Santísima Trinidad. Como
hombre experimentó la filiación gracias a san José. Este ofreció al Niño que
crecía a su lado la seguridad propia del equilibrio masculino, la claridad para
ver los problemas y la valentía. Ejerció su papel con la calidad del mejor de
los padres, obteniendo la fuerza de la fuente suprema, de quien toma nombre
toda familia en el cielo y en la tierra (Ef
3, 15). Al mismo tiempo, en lo humano, enseñó muchas cosas al Hijo de Dios,
al que proporcionó un hogar en la tierra.
La vida con Jesús fue para san José un continuo descubrimiento de su propia
vocación de padre. Había llegado a serlo de un modo extraordinario, sin dar el
cuerpo a su Hijo. ¿No es esta quizá la realización de la paternidad que se nos
propone como modelo a nosotros, sacerdotes y obispos? Todo cuanto hacía en mi
ministerio lo vivía como manifestación de esa paternidad: bautizar, confesar,
celebrar la Eucaristía, predicar, exhortar, animar eran para mí siempre una
realización de la misma paternidad.
Hay que pensar en la casa construida por san José para el Hijo de Dios,
especialmente cuando se habla del celibato sacerdotal y episcopal. El celibato
da la plena posibilidad de realizar este tipo de paternidad: una paternidad
casta, consagrada totalmente a Cristo y a su Madre Virgen. El sacerdote, libre
de preocupación personal por su familia, puede dedicarse con todo el corazón a
la misión pastoral. Se entiende por tanto la firmeza con que la Iglesia de rito
latino ha defendido la tradición del celibato para sus sacerdotes,
resistiéndose a las presiones que ha sufrido a lo largo de la historia. Es una
tradición exigente, pero que se ha mostrado sumamente fecunda en frutos
espirituales, si bien causa ciertamente alegría constatar que también el
sacerdocio de casados en la Iglesia católica oriental ha dado óptimas pruebas
de celo pastoral. Especialmente en la lucha contra el comunismo, los sacerdotes
orientales casados no han sido menos heroicos que sus colegas célibes, como
hizo observar una vez el cardenal Josyf Slipyj.
Conviene subrayar que hay profundas razones teológicas en favor del celibato.
La encíclica, Sacerdotalis caelibatus, publicada en 1967 por mi venerado
predecesor Pablo VI, las sintetiza del modo siguiente (nn. 19-34):
--Hay sobre todo un motivo cristológico: constituido Mediador entre el Padre
y el género humano, Cristo permaneció célibe para dedicarse totalmente al
servicio de Dios y de los hombres. Quien tiene la suerte de
participar en la dignidad y en la misión de Cristo está llamado a compartir
también esta entrega total.
--Hay además un motivo eclesiológico: Cristo ha amado a la Iglesia,
ofreciéndose a sí mismo del todo por Ella para hacerla una Esposa gloriosa,
santa e inmaculada. Con la elección del celibato, el ministro sagrado hace suyo
este amor virginal de Cristo por la Iglesia, recibiendo de él fuerza sobrenatural
y fecundidad espiritual.
--Hay, por fin, un motivo escatológico: después de
la resurrección de los muertos, dijo Jesús, ni ellos tomarán mujer, ni ellas
marido, sino que serán como ángeles en el cielo (Mt 22, 30). El celibato del sacerdote
anuncia la venida de la salvación en los últimos tiempos y, en cierto modo,
anticipa la consumación del Reino, afirmando los valores supremos que un día
resplandecerán en todos los hijos de Dios.
En el intento de oponerse al celibato, se esgrime a veces la soledad del
sacerdote, la soledad del obispo. Basándome en mi experiencia, rechazo
decididamente tal argumento. Personalmente nunca me he sentido solo. Además de
la convicción de la cercanía del Señor, también humanamente he tenido siempre
en torno a mí a muchas personas, he cultivado numerosas relaciones cordiales
con sacerdotes --arciprestes, párrocos, vicarios parroquiales-- y con laicos de
todas las categorías.
Estar con la propia gente
Se ha de pensar también en la casa construida por san José para el
Hijo de Dios cuando se habla del deber paterno del obispo de estar con los que
le han sido confiados. La casa del obispo es la diócesis. No solamente porque
él vive y trabaja en ella, sino en un sentido mucho más profundo: la diócesis
es la casa del obispo porque es el ámbito en que cada día debe manifestar su
fidelidad a la Iglesia, su Esposa. Cuando el Concilio de Trento, frente a las
continuas negligencias en este campo, subrayó y definió la obligación del
obispo de residir en su diócesis, expresó al mismo tiempo una profunda
intuición: el obispo debe estar con su Iglesia en todos los momentos
importantes. Sin una fundada razón no la debe abandonar por un período de
tiempo que supere el mes, comportándose como el buen padre de familia; que está
habitualmente con los suyos y, cuando debe ausentarse, siente nostalgia y
quiere volver con ellos cuanto antes.
Recuerdo a este propósito, la figura del fiel obispó de Tarnów, Jerzy
Ablewicz. Los sacerdotes de su diócesis sabían que no recibía los viernes. Ese
día iba a pie en peregrinación a Tuchów, al santuario mariano de la diócesis.
En el camino preparaba con su oración la homilía dominical. Se sabía que salía
muy a disgusto de la diócesis. Estaba siempre con los suyos, primero en la
oración, luego en la acción. Pero, primero en la oración; el misterio de
nuestra paternidad surge y se desarrolla precisamente de ella. Como hombres de
fe, en la oración nos presentamos ante María y José para pedirles ayuda y
edificar así, junto con ellos y con todos los que Dios nos confía, la casa para
el Hijo de Dios: su santa Iglesia.
La capilla en la calle Franciszkañska, 3
La capilla del Palacio de los Arzobispos de Cracovia tiene un significado
del todo especial para mí. En ella fui ordenado sacerdote por el cardenal
Sapieha el 1 de noviembre de 1946, aunque el lugar habitual para las
ordenaciones fuese la catedral. Sobre el lugar y sobre la fecha de mi
ordenación sacerdotal influyó la decisión del ordinario de mandarme a Roma a
estudiar.
San Pablo, apóstol ya experto, escribe hacia el final de
su vida a Timoteo: Ejercítate en la piedad. El ejercicio corporal sirve para
poco; en cambio la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la
vida, de la presente y de la futura(1Tm
4, 7-8). La capilla está tan cerca que bastan dos pasos para llegar a ella;
es un privilegio de todo obispo, pero al mismo tiempo es para él un gran deber.
La capilla está cercana para que en la vida del obispo --la predicación, las
decisiones, la pastoral--todo comience a los pies de Cristo, oculto en el
Santísimo Sacramento. He sido testigo presencial de la costumbre del arzobispo
de Cracovia, el príncipe Adam Sapieha, a este respecto. El cardenal primado
Wyszyñski, en la homilía fúnebre en Wawel, habló así de ella: Entre tantas
características de su vida, hay una que me ha hecho reflexionar. Durante las
asambleas de la Conferencia Episcopal, al término de una jornada de trabajo, a
veces. fatigosa, todos se apresuraban hacia sus casas bastante agotados; sin
embargo, este hombre incansable iba a su fría capilla y permanecía allí ante
Dios en la oscuridad de la noche. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Nunca oí durante
las horas de trabajo nocturno en la casa arzobispal los pasos del cardenal
volviendo de la capilla. Una cosa sé, y es que su edad avanzada le concedía el
derecho al descanso. Pero el cardenal tenía que cerrar con broche de oro la
fatiga del trabajo de todo el día y la cerraba con el diamante de la oración.
¡Fue verdaderamente un hombre de oración! .3
He procurado imitar aquel ejemplo inigualable. En la capilla privada no
solamente rezaba, sino que me
sentaba allí y escribía. Allí escribí mis libros, entre ellos la monografía
Persona y acto.4 Estoy convencido de que la capilla es un lugar del que
proviene una especial inspiración. Es un enorme privilegio poder vivir y
trabajar al amparo de esta Presencia. Una Presencia que atrae como un poderoso
imán. Mi querido amigo André Frossard,
ya desaparecido, en el libro Dios existe, yo me lo he encontrado, describe
con hondura la fuerza y la belleza de esta Presencia. Para entrar
espiritualmente en el espacio del Santísimo Sacramento no siempre es necesario
ir físicamente a la capilla. He tenido siempre la percepción interior de que
Él, Cristo, es el propietario de mi casa episcopal y que nosotros, obispos,
somos solamente sus inquilinos temporales. Así ha sido en la calle
Franciszkañska durante casi veinte años, y así es aquí en el Vaticano.
El obispo en la diócesis
El palio
El obispo en su iglesia local
La colegialidad
Los padres conciliares
El colegio cardenalicio
Los sínodos
Los ejercicios espirituales a la Curia durante el pontificado de Pablo VI
La actuación del Concilio
Los obispos polacos
Instituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar.
(Mc 3, 14-15)
El obispo en la diócesis
El Concilio Vaticano II supuso para mí un impulso muy fuerte, que me llevó a
intensificar la actividad pastoral. Desde aquel momento, éste debía ser el
punto de partida. El 3 de junio de 1963 murió el papa Juan xxIII. Había
convocado el Concilio, que se inauguró el 11 de octubre de 1962. Tuve la
oportunidad de tomar parte en él desde el comienzo. La primera sesión se abrió
en el mes de octubre y termino el 8 de diciembre. Participé en las reuniones
con los padres conciliares como vicario capitular de la archidió-cesis de
Cracovia.
Después de la muerte de Juan XXIII, el 21 de junio de 1963, el cónclave
eligió Papa al arzobispo de Milán,
El palio
cardenal Giovanni Battista Montini, que tomó el nombre de Pablo VI. En otoño
del mismo año el Concilio inició la segunda sesión en la que estuve presente
con el mismo título. El 13 de enero de 1964 fui nombrado arzobispo
metropolitano de Cracovia. El nombramiento se hizo público
poco después y, el 8 de marzo, en el domingo Laetare, tuvo lugar mi ingreso
solemne en la catedral del Wawel.
Recuerdo que en el umbral de la catedral me dieron la bienvenida el profesor
Franciszek Bielak y monseñor Bohdan Niemczewski, prepósito mitrado del
Capítulo. Me introdujeron en la catedral donde tenía que ocupar el trono
episcopal, vacío desde la muerte del cardenal Sapieha y del arzobispo Baziak.
No recuerdo los detalles del discurso que pronuncié entonces, pero sí que
fueron palabras llenas de emoción al referirme a la catedral del Wawel y a su patrimonio
cultural, al que estaba ligado , desde siempre, como precedentemente he
subrayado. Este símbolo muestra claramente lo primero que nos une a todos los
obispos: la solicitud y la responsabilidad por la grey que se nos ha confiado.
Debemos cultivar y custodiar la unidad, que éstá en la base de esta solicitud y
de esta responsabilidad.
Desde el 8 de marzo de 1964, participé ya como arzobispo metropolitano en el
Concilio hasta su clausura el 8 de diciembre de 1965. La experiencia del
Concilio, los encuentros en la fe con los obispos de la Iglesia universal y, al
mismo tiempo, la nueva responsabilidad ante la Iglesia de Cracovia que se me
había confiado, me permitieron comprender más a fondo el papel del obispo en la
Iglesia.
El obispo en su iglesia local
Pienso también en el signo profundo y emocionante del palio; lo recibí en el
mismo año 1964. En todo el mundo los metropolitanos, como muestra de unión con
Cristo Buen Pastor y con su vicario que ejerce el cargo de Pedro, llevan sobre
los hombros este signo confeccionado con lana de los corderos bendecidos el día
de santa Inés. Como Papa lo he entregado muchas veces a los nuevos
metropolitanos en la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo. i Hermosa
simbología! En el palio podemos ver la imagen de una oveja que el Buen Pastor
pone sobre sus hombros y la lleva consigo para salvarla y alimentarla. ¿Qué
papel asigna la bondad de Dios al obispo en la Iglesia? Desde el principio, por
su inserción en la sucesión apostólica, tiene ante sí la Iglesia universal. Ha
sido enviado a todo el mundo y, por eso, se convierte en signo de la
catolicidad de la Iglesia. He advertido esta dimensión universal de la Iglesia
desde mi primera infancia, desde que aprendí a recitar las palabras de la
profesión de fe: Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Esta
comunidad universal aglutina en sí misma los testimonios de tantos lugares,
tiempos y hombres elegidos por Dios y reunidos desde de Adán, desde el justo
Abel hasta el último elegido (Lumen gen-tium, 2). Estos testimonios y estos
vínculos se perciben de manera elocuente en la liturgia de la ordenación
episcopal hasta el punto de hacer pensar en toda la historia de la salvación y
su finalidad, que es la unidad de todos los hombres en Dios.
Todo obispo, a la vez que tiene responsabilidad respecto a la Iglesia
universal, se encuentra en el centro de una Iglesia particular, es decir, en el
centro de la comunidad que Cristo le ha confiado, precisamente a él, para que
por medio de su ministerio episcopal se realice cada vez más plenamente el
misterio de la Iglesia de Cristo, signo de salvación para todos. En la
constitución dogmática Lumen gentium leemos: Esta Iglesia de Cristo está
verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades locales de fieles, unidas
a sus pastores. Estas, en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de Iglesias
[... ]. En toda comunidad en torno al altar, presidida por el ministerio
sagrado del obispo, se manifiesta el símbolo de aquel gran amor y de la
"unidad del Cuerpo místico sin la que uno no puede salvarse". En
estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas y pobres, o vivan
dispersas, está presente Cristo, que con su poder constituye a la Iglesia una,
santa, católica y apostólica(n. 26).
El misterio de la vocación del obispo en la Iglesia consiste propiamente en
que se encuentra en esta comunidad particular visible para la que ha sido
asignado y, al mismo tiempo, en la Iglesia universal. Es necesario comprender
bien este vínculo singular. Sería sin duda una simplificación y, en definitiva,
una grave incomprensión del misterio, pensar que el obispo representa a la
Iglesia universal en la propia comunidad diocesana --como para mí fue la de
Cracovia--, y al mismo tiempo la representa ante la Iglesia universal, una
manera similar, por ejemplo, a los embajadores que representan a sus
respectivos Estados u organismos internacionales. El obispo es signo de la
presencia de Cristo en el mundo. Y esta es una presencia que va al encuentro de
los hombres dondequiera que estén; los llama por su nombre, los alienta, los
conforta con el anuncio de la Buena Nueva y los reúne en torno a la misma Mesa.
Por eso el obispo, que pertenece al mundo entero y a la Iglesia universal, vive
su vocación lejos de los otros miembros del Colegio Episcopal para estar en
estrecha relación con los hombres que, en el nombre de Cristo, reúne en su
Iglesia particular. Al mismo tiempo, para esos que reúne en torno a sí, se
convierte en signo de superación de su soledad, porque los pone en relación con
Cristo y, en Él, tanto con todos los fueron elegidos por Dios antes que ellos
desde el principio del mundo, como con los que él reúne en todo el mundo, y
también con los que reunirá en su Iglesia después, incluidos los que sean
llamados a última hora. Todos están presentes en la Iglesia local por medio del
ministerio y del signo del obispo.
El obispo ejerce su ministerio de manera verdaderamente responsable cuando
sabe suscitar en sus fieles un vivo sentido de comunión con él y, a través de
su persona, con todos los creyentes de la Iglesia repartida por el mundo. Tengo
experiencia personal de esta unión cordial en mi Cracovia, unión con los
sacerdotes, las Ordenes religiosas y los laicos. ¡Que Dios les recompense! San
Agustín, pidiendo ayuda y comprensión, solía decir a los fieles: , Son muchos
los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizá por un camino más fácil
y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso
menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de
rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que
habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio como
pastores, , .1
Este es el misterio del encuentro místico de los hombres
de toda nación, pueblos y lenguas (Ap
7, 9) con Cristo, presente en el obispo diocesano, en torno al que, en un
determinado momento de la historia, se reúne la Iglesia local. ¡Qué fuerte es
este vínculo! ¡Qué magníficamente nos une y entrelaza unos a otros!
La colegialidad
Lo experimenté durante el Concilio. Aprecié especialmente
la colegialidad: ¡Todo el episcopado con Pedo! Otra experiencia análoga de la colegialidad
fue durante los ejercicios espirituales que dirigí en el año 1976 para la Curia
Romana, reunida en torno al papa Pablo VI. Pero sobre esto volveré más tarde.
Conviene volver a pensar en los orígenes. Por voluntad de nuestro Señor y
Maestro se instituyó el oficio apostólico. La comunidad de dos que él quiso (Mc 3, 13) crecía en torno a Él; en su
interior se formaba y maduraba la personalidad de cada uno de sus miembros,
comenzando por Simón Pedro. Mediante la llamada y consagración, cada nuevo
obispo entra a formar parte de este colegio de discípulos y amigos de Cristo.
¡El Colegio! La participación en esta comunidad de fe, de testimonio, de amor y
de responsabilidad es el don que recibimos junto con la llamada y la
consagración. ¡Qué grande es este don!
Para todos nosotros, los obispos, la presencia de los otros es un apoyo, que
se expresa mediante el vínculo de la oración y del ministerio, mediante el
testimonio y la distribución de los frutos del trabajo pastoral. Desde este
punto de vista, son para mí un motivo particular de aliento los encuentros y
contactos con los obispos durante las visitas ad limina Apostolorum. Deseo que
todos conozcan y aprecien lo que la gracia de Dios hace mediante el corazón, la
mente y las manos de cada uno de ellos. La facilidad actual de comunicación
hace posibles encuentros más frecuentes y fructuosos. Eso nos permite a todos
nosotros, obispos de la Iglesia católica, buscar los medios para reforzar la
colegialidad episcopal, también a través de una generosa colaboración en las
conferencias episcopales y en el intercambio de experiencias de la gran familia
de la Iglesia en todo el mundo. Cuando los obispos se reúnen y se intercambian
alegrías y preocupaciones, seguramente se ayudan mutuamente a conservar esa #,
espiritualidad de comunión de la que hablé en la carta apostólica Novo
millennio ineunte (nn. 43-45).
Ya antes de ser elegido a la Sede de Pedro me reunía con muchos obispos de
todo el mundo, aunque, naturalmente, de modo más frecuente con los de países
europeos más cercanos. Eran encuentros de consuelo recíproco. Algunos,
especialmente los que tenía con los obispos de países sometidos a la dictadura
comunista, fueron a veces dramáticos. Pienso, por ejemplo, en los funerales del
cardenal Stefan Trochta en la Checoslovaquia de entonces, cuando los contactos
con las Iglesias locales eran obstaculizados e incluso prohibidos por las
autoridades comunistas.
Antes de que los cardenales decidiesen que tenía que ser yo el que ocupara
la Sede de Pedro, el último encuentro pastoral con los obispos de un país
vecino fue en Alemania, donde nos trasladamos en septiembre de 1978, junto con
el primado Wyszyñski, para una visita pastoral. Fue también un gesto importante
de reconciliación entre nuestras respectivas naciones. Todos aquellos
encuentros han tenido una continuación extraordinaria e intensa en las
reuniones cotidianas con los obispos de diversas partes del mundo que he tenido
desde mi elección a la Sede de Pedro.
Las visitas ad limina Apostolorum son una manifestación especial de la
colegialidad. En principio, cada cinco años (aunque a veces hay retrasos)
vienen por turnos al Vaticano los obispos del mundo entero. Son más de dos mil
diócesis. Ahora soy yo quien les recibe. Antes, en tiempos de Pablo VI, era el
Papa quien me recibía. Apreciaba mucho los encuentros con Pablo VI. Aprendí
mucho de él, incluso sobre su modo de llevar a cabo estos encuentros. Sin
embargo, después he trazado mi propio esquema: primero recibo a cada obispo
personalmente, luego invito a comer a todo el grupo y, al final, celebramos
juntos la Santa Misa por la mañana y tenemos la reunión colectiva.
Estos encuentros con los obispos son muy provechosos. Podría decir con toda
sencillez que de ellos aprendo la Iglesia. Debo hacerlo constantemente, porque
de los obispos aprendo siempre cosas nuevas. De la conversación con ellos llego
a conocer la situación de la Iglesia en las distintas partes del mundo; en
Europa, en Asia, en América, en África, en Oceanía.
El Señor me ha dado las fuerzas necesarias para poder visitar muchos de
estos países, diría que la mayor parte. Esto tiene gran importancia, porque la
estancia personal en un país, aunque sea breve, permite ver mucho. Además,
estos encuentros dan la oportunidad de tener un contacto directo con la gente,
que es de suma utilidad, tanto en el ámbito interpersonal como eclesial.
También san Pablo estaba constantemente en camino. Por eso, cuando se lee lo
que escribió a las distintas comunidades, se advierte que había estado con
ellas, que conocía a la gente del lugar y sus propios problemas. Lo mismo vale
para todos los tiempos, también para el nuestro.
Me ha gustado siempre viajar. Estoy convencido de que, en cierto sentido, es
un cometido que Cristo mismo ha encargado al Papa. Ya como obispo diocesano me
gustaban las visitas pastorales y consideraba que era muy importante saber lo
que sucede en las parroquias, conocer a las personas y tratarlas directamente.
La visita pastoral, que es una norma canónica, ha sido en realidad dictada por
una experiencia de vida. El modelo es san Pablo. También Pe-dro, pero sobre
todo Pablo.
Los padres conciliares
Durante la primera sesión del Concilio, siendo aún obispo auxiliar de la
archidiócesis de Cracovia, tuve ocasión de agradecer al cardenal Giovanni
Battista Montini el generoso y magnífico regalo que la archidiócesis de Milán
había hecho a la colegiata de San Florián, en Cracovia: tres campanas nuevas
(un regalo simbólico, elocuente incluso por los nombres de las campanas: Virgen
María Ambrosio-Carlos Borromeo y Floriámo. El regalo había sido gestionado por
don Tadeusz Kurowski, prepósito de la colegiata de San Florián. El arzobispo
Montini, siempre muy amable con los polacos, demostró tener un gran corazón con
aquel proyecto y también mucha comprensión conmigo, un obispo muy joven por
entonces.
Los colegas italianos, que por así decir hacían de anfitriones en el
Concilio y en el Vaticano en general, me sorprendían siempre por su cordialidad
y por su universalismo. Durante la primera sesión del Concilio, una de las más
sugestivas experiencias de la universalidad de la Iglesia me la produjo el
contacto con los numerosos obispos de África que participaban. Ocupan diversos
asientos en la basílica de San Pedro, en la que, como es sabido, se
desarrollaban los trabajos del Concilio. Entre ellos había eminentes teólogos y
celosos pastores. Tenían mucho que decir. Se me ha grabado sobre todo el
recuerdo del arzobispo Raymond-Marie Tchidimbo, de Conakry, que sufrió mucho a causa
del presidente comunista de su país y terminó exiliado. Tuve un contacto
cordial y frecuente con el cardenal Hyacinthe Thiandoun, hombre de excepcional
personalidad. Otra figura eminente era el cardenal Paul Zoungrana. Ambos de
cultura francesa, hablaban correctamente esta lengua como si fuese la suya.
Tuve estrecha amistad con estos prelados mientras viví en el Colegio Polaco.
Me sentí muy cercano al cardenal Gabriel Marie Garro-he. Era francés, tenía
veinte años más que yo. Me trataba con gran cordialidad, diría que amistoso.
Fue hecho cardenal a la vez que yo y, después del Concilio, fue prefecto de la
Congregación para la Educación Católica. Me parece que también participó en el
cónclave. Otro francés con el que estreché lazos de amistad fue el teólogo
Henri de Lubac, S. I. que yo mismo, años después, creé cardenal. El Concilio
fue un período privilegiado para conocer a obispos y teólogos, especialmente en
las comisiones. Cuando fue presentado el Esquema 13 (que después se convirtió
en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium
et Spes) yo hablé del personalismo. El padre de Lubac se me acercó y me dijo:
Así, así, en esa dirección. De este modo me dio ánimos y eso significó mucho
para mí, que era relativamente joven.
Estreché amistad también con los alemanes. Con el cardenal Alfred Bengsch,
un año más joven que yo. Con Joseph Hoffner de Colonia, con Joseph Ratzinger;
todos ellos eclesiásticos de excepcional preparación teológica. Recuerdo, en
particular, el entonces jovencísimo profesor Ratzinger: acompañaba en el
Concilio al cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia, como experto en
teología; más tarde fue nombrado arzobispo de Munich por el Papa Pablo VI, que
lo creó cardenal; estaba presente en el cónclave que me confió el ministerio
petrino; cuando murió el cardenal Franjoeper, le pedí que le sucediera en el
cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; doy gracias a
Dios por la presencia y la ayuda del cardenal Ratzinger; es un amigo de confianza.
Desgraciadamente son ya pocos los obispos y los cardenales vivos que tomaron
parte en el Concilio (del 11 de octubre de 1962 al 8 de diciembre de 1965).
Fue un acontecimiento eclesial extraordinario y doy gracias a Dios por haber
podido participar en él desde el primer hasta el último día.
El colegio cardenalicio
En cierto sentido, el corazón del Colegio Episcopal es el Colegio de los
Cardenales, que rodean al sucesor de Pedro y lo sostienen en su testimonio de
fe ante toda la Iglesia. Fui incorporado a este Colegio en junio de 1967.
La asamblea de los cardenales hace especialmente visible
el principio de colaboración y de recíproco afianzamiento en la fe, sobre la
que se edifica toda la obra misionera de la Iglesia. La tarea de Pedro es la
asignada por Jesús: Y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). Desde los primeros siglos,
los sucesores de Pedro recurrían a la colaboración del colegio de obispos, de
los presbíteros y los diáconos, responsables junto con ellos de la ciudad de
Roma y de las diócesis más cercanas (suburbicarias). Se empezó designándoles
como viri cardinales. Obviamente, en el transcurso de los siglos cambiaron las
formas de cooperación. Pero el significado esencial, que es signo para la
Iglesia y para el mundo, permanece inmutable.
Puesto que la responsabilidad pastoral del sucesor de Pedro se extiende al
mundo entero, se ha ido abriendo paso progresivamente la idea de que era
conveniente que los viri cardinales estuvieran en todo el mundo cristiano,
unidos al Papa por lazos especiales de responsabilidad y absoluta
disponibilidad para dar testimonio de la fe, si fuera necesario, hasta el
derramamiento de la sangre (por eso sus indumentos son de color púrpura, como
la sangre de los mártires). Doy gracias a Dios por este apoyo y por compartir
la responsabilidad en el gobierno de la Iglesia, que los cardenales de la Curia
Romana y de todo el mundo me ofrecen generosamente. Cuanto más dispuestos están
para apoyar a los demás, más los confirman en la fe y, en consecuencia, están
también más capacitados para afrontar la enorme responsabilidad de elegir, bajo
la acción del Espiritu Santo, al que debe ocupar la sede de Pedro.
Los sínodos
Mi vida como obispo comenzó prácticamente con el anuncio del Concilio. Como
es sabido, uno de los frutos del Concilio fue la institución del Sínodo de
Obispos, creado por el Papa Pablo VI el 15 de septiembre de 1965. Desde
entonces se han celebrado numerosos sínodos. En ellos, el secretario general
desempeña un gran papel. Al principio tuvo este encargo el cardenal Wladyslaw
Rubin, cuyas penalidades durante la guerra concluyeron en Roma, adonde llegó a
través del Líbano. Pablo VI le confió la creación de la secretaría del Sínodo.
No fue una tarea fácil. Procuré apoyarlo cuanto me fue posible, principalmente
con buenos consejos. Más tarde su tarea fue asumida por el cardenal Józef
Tomko, a quien sucedió el cardenal Jan Pieter Schotte.
Los sínodos, como he dicho, han sido numerosos. Además de los celebrados
durante el pontificado de Pablo VI, ha habido sínodos sobre la familia, el
sacramento de la reconciliación y penitencia, el papel de los laicos en la vida
de la Iglesia, la formación sacerdotal, la vida consagrada, el episcopado. Se
han celebrado también algunos sínodos de carácter particular: para los Países
Bajos, el Sínodo por el XX aniversario del Concilio Vaticano II y la Asamblea
especial para el Líbano. Ha habido sínodos de carácter continental: el Sí-nodo
para África, para América, para Oceanía, para Asia, y dos sínodos para Europa.
La idea era que, antes del Milenio, se recorrieran todos los continentes y se
conocieran y recogieran sus problemas, como preparación al Gran Jubileo. Este
programa se ha realizado. Ahora hay que pensar en el nuevo sínodo, que tendrá
como tema el sacramento de la Eucaristía.
En mi vida de obispo había tenido ya esa experiencia sinodal: en la
archidiócesis de Cracovia tuvo lugar un
sínodo muy importante, organizado con ocasión del 900. °
aniversario de san Estanislao. Se trataba obviamente
solo de un sínodo diocesano. No se desarrolló con perspectiva de Iglesia
universal, sino con la más modesta de la Iglesia local. También el sínodo
diocesano, sin embargo, tiene una importancia significativa para una comunidad
de fieles que vive cada día los mismos problemas, relacionados con la práctica
de la fe en circunstancias sociales y políticas bien determinadas. La tarea del
Sínodo de Cracovia fue la de introducir en la vida de aquella comunidad local
lo que el Concilio había dispuesto. Programé ese sínodo para los años
1972-1979, porque san Estanislao --como ya he dicho- fue obispo precisamente
desde el año 1072 al 1079. Quería que, después de novecientos años, fueran
revividas esas mismas fechas. La experiencia más importante fue la del trabajo
de los grupos sinodales, muy numerosos y comprometidos. Un sínodo
auténticamente pastoral: trabajaban juntos obispos, sacerdotes y laicos, todos.
Clausuré aquel sínodo ya como Papa, durante mi primer viaje a Polonia.
Los ejercicios espirituales a la Curia durante el pontificado de Pablo VI
Nunca olvidaré aquellos ejercicios espirituales, verdaderamente especiales.
La práctica de los ejercicios se ha demos trado un gran don de Dios para
cualquiera que los haga.
Es un tiempo en el que se dejan todas las otras cosas para encontrarse con
Dios y disponerse a escucharle solo a Él. Esto es sin duda alguna una ventajosa
oportunidad para el ejercitante. Por eso no se le debe presionar, sino más bien
despertar en él la necesidad interior de hacer una experiencia de este tipo.
Sí, en ocasiones se le puede decir a alguien: Vete donde los Carahldulenses o a
Tyniec para encontrarte a ti mismo; pero, en principio, es una decisión que ha
de nacer sobre todo de una necesidad interior. La Iglesia, como institución,
recomienda de modo especial a los sacerdotes que hagan los ejercicios
espirituales;2 pero la norma canónica es solo un elemento que se añade al
impulso que proviene del corazón.
Ya he recordado que yo mismo hacía los ejercicios espirituales la mayoría de
las veces en la abadía benedicti-na de Tyniec; también fui a los Camaldulenses,
a Bielany, al seminario de Cracovia y a Zakopane.
Desde que vine a Roma hago los ejercicios espirituales con la Curia en la
primera semana de Cuaresma. Los han dirigido en estos años predicadores siempre
distintos. Algunos han sido magníficos desde el punto de vista de la capacidad
.de hablar, del contenido, en ocasiones hasta del sentido del humor. Éste ha
sido, por ejemplo, el caso del jesuita padre Tomá pidlik, de origen checo. Nos
reímos mucho durante sus pláticas y eso también es un aspecto útil. Sabía
presentar de modo gracioso verdades profundas y demostraba tener un gran
talento para ello. Aquellos ejercicios han vuelto a surgir en mi recuerdo
cuando entregué al padre pidlik el birrete cardenalicio durante el último
Consistorio. Yo mismo invité al obispo Ablewicz, el único polaco, aparte de mí,
que ha dirigido los ejercicios espirituales en el Vaticano.
Di la tanda de ejercicios espirituales en el Vaticano ante Pablo VI y sus
colaboradores. Hubo un problema en la fase preparatoria. Al comienzo de febrero
de 1976 me telefoneó monseñor Wtadystaw Rubin para decirme que el Papa Pablo VI
me rogaba que predicara los ejercicios espirituales en marzo. Tuve a mi
disposición apenas veinte días para preparar los textos y traducirlos. El
título que di a aquellas meditaciones fue: Signo de contradicción. No fue un
título premeditado o que me hubiera sido propuesto. Simplemente salió así al
final, como una síntesis de lo que pretendía decir.
En realidad, más que un tema era en cierto sentido la palabra clave en la
que confluía lo expuesto en las diversas meditaciones. Recuerdo los días
dedicados a la preparación. Los temas que tenía que preparar eran veinte; tuve
que perfilarlos y desarrollarlos solo; para tener la tranquilidad necesaria me
fui a Zakopane, a las ursulinas de Jaszczu-rówka. Hasta el mediodía escribía
las meditaciones, por la tarde iba a esquiar y, más tarde, por la noche, seguía
escribiendo.
Aquel encuentro con Pablo VI durante los ejercicios espirituales fue
particularmente importante para mí, porque me di cuenta de lo necesario que es
para el obispo la prontitud para hablar de su fe dondequiera que el Señor se lo
pida. Todo obispo tiene que estar dispuesto, incluido el mismo sucesor de
Pedro, de la misma manera que Pablo VI tuvo entonces necesidad de mi
disponibilidad.
La actuación del Concilio
El Concilio fue un gran acontecimiento y, para mí, una experiencia
inolvidable. Volví muy enriquecido. Al regresar a Polonia escribí un libro en
el que presenté las orientaciones que había madurado en el curso de las
sesiones conciliares. En aquellas páginas procuré recoger, por así decir, el
núcleo de las enseñanzas del Concilio. Titulé el libro: En las fuentes de la
renovación. Estudio sobre la actuación del Concilio Vaticano II. Fue publicado
en Cracovia en 1972 por la Asociación Teológica Polaca (PTT). El libro quería
ser también una especie de ex voto de gratitud por lo que la divina gracia,
mediante la asamblea conciliar, había obrado personalmente en mí como obispo.
El Concilio Vaticano II habla de modo particular sobre las tareas del obispo.
El Concilio Vaticano I había tratado del primado del Papa; el Vaticano II se
ocupa especialmente de los obispos. Para convencerse de eso, basta con tomar
los documentos, principalmente la constitución dogmática Lumen gentium.
La profunda enseñanza del Concilio sobre el episcopado se apoya en la
referencia a la triple función (raunus) de Cristo: profética, sacerdotal, real.
La constitución Lurnen gentium trata de esos temas en los números 24-27. Pero
también otros textos conciliares hacen referencia a las tres funciones (tria
munera). Entre ellos hay que dar una particular importancia al decreto Christus
Dominus, dedicado al oficio pastoral de los obispos.
Cuando volví de Roma a Polonia estalló la cuestión del conocido mensaje de
los obispos polacos a los alemanes. En su carta, los obispos de Polonia
ofrecían su perdón, en nombre de sus compatriotas, por las laceraciones
causadas por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo,
pedían perdón por los agravios que los polacos pudieran haber hecho a los
alemanes. Desgraciadamente el mensaje desencadenó una gran polémica, alegatos y
calumnias. Aquel acto de reconciliación que, en realidad, como se demostró
luego, se había decidido con el fin de normalizar las relaciones
polaco-alemanas, no gustó a las autoridades comunistas. La consecuencia fue un
enfriamiento de las relaciones con la Iglesia. Lo cual no suponía obviamente el
mejor clima para la celebración del Milenario del Bautismo de Polonia, que
debía iniciarse en Gniezno, en abril de 1966. En Cracovia, las celebraciones
tuvieron lugar en la fiesta de San Estanislao, el 8 de mayo. Todavia hoy
recuerdo nítidamente aquella multitud de gente que avanzaba en procesión del
Wawel a Ska|ka. Las autoridades no se atrevieron a interrumpir aquella compacta
y ordenada afluencia de gente. En las celebraciones del Milenario se atenuaron
y casi desaparecieron las tensiones provocadas por el mensaje de los obispos y
fue posible continuar con una catequesis apropiada sobre el significado del
Milenario en la vida de la nación.
Habitualmente, una buena ocasión para la predicación era también la
procesión anual del Corpus Christi. Antes de la guerra, la gran procesión en
honor del Cuerpo y la Sangre de Cristo iba desde la catedral del Wawel hasta
Rynek Glówny, atravesando calles y plazas de la ciudad. Durante la ocupación,
el gobernador alemán Hans Frank prohibió celebrar la procesión. Más tarde, en
tiempos del comunismo, las autoridades permitieron que se hiciese una procesión
más breve: desde la catedral del Wawel en torno al patio del castillo real.
Solo en 1971 la procesión pudo salir nuevamente fuera de la colina del Wawel.
Entonces procuré hilvanar los temas de las pláticas que tenía que pronunciar en
cada altar para presentar, en el contexto de la catequesis de la Eucaristía,
los diversos aspectos del gran tema de la libertad religiosa, más actual que nunca
en aquel momento.
Pienso que en estas múltiples formas de piedad popular se esconde la
respuesta a una cuestión que se plantea a veces sobre el significado de la
tradición, incluso en sus manifestaciones locales. En el fondo, la respuesta es
sencilla: la sintonía de corazones constituye una gran fuerza. Enraizarse en lo
que es antiguo, fuerte, profundo y entrañable al mismo tiempo, da una energía
interior extraordinaria. Si ese enraizarse está además unido a una vigorosa
fuerza de las ideas, ya no puede haber razón alguna para temer por el futuro de
la fe y de las relaciones humanas en el interior de la nación. En el rico humus
de la tradición se alimenta la cultura, que cimienta la convivencia de los
ciudadanos, les da el sentido de ser una gran familia y presta apoyo y fuerza a
sus convicciones. Nuestra gran tarea, especialmente hoy, en este tiempo de la
llamada globalización, consiste en cultivar las sanas tradiciones, favorecer
una audaz armonía de la imaginación y del pensamiento, una visión abierta al
futuro y, al mismo tiempo, un afectuoso respeto por el pasado. Es un pasado que
perdura en los corazones humanos bajo la expresión de antiguas palabras, de
antiguos gestos, de recuerdos y costumbres heredados de las pasadas
generaciones.
Los obispos polacos
En mis tiempos de servicio episcopal en Cracovia me unían a los obispos de
Gorzów especiales relaciones de amistad. Eran tres: Wilhelm Pluta, hoy siervo
de Dios, Jerzy Stroba e Ignacy Jet. Los consideraba verdaderos amigos. Por eso
iba a verles, aparte de las veces que tenía que ir por razones de trabajo.
Stroba y yo nos conocíamos de Cracovia, donde había sido rector del seminario
de Silesia. En aquel seminario también yo fui profesor: enseñé ética, teología
moral fundamental y ética social. De los tres mencionados vive todavía el
obispo Ignacy Jet, . Está dotado de un vivo sentido del humor, que sabe usar
con destreza, como cuando bromea con su apellido Jet, (en polaco significa
tirabuzóm).
Como obispo residencial, tenía en mi archidiócesis algunos obispos
auxiliares: Julian Groblicki, Jan Pie-
traszko, Stanistaw Smoleñski y Albin Matysiak, los dos últimos consagrados
personalmente por mí. Apreciaba a monseñor Albin por su dinamismo; le recuerdo
todavía como párroco en Nowa Wie, uno de los barrios de Cracovia; a veces me
gustaba llamarle Albin el Diligente. El obispo Jan Pietraszko era un magnífico
predicador, un hombre que entusiasmaba al auditorio. En 1994 el cardenal
Franciszek Macharski, mi sucesor en Cracovia, pudo abrir su proceso de beatificación;
hoy este proceso está ya en Roma. También tengo un buen recuerdo de los otros
dos auxiliares: durante años hemos procurado servir jun-tosa nuestra amada
Iglesia de Cracovia con espíritu de fraterna comunión.
En la vecina Tarnów estaba el obispo Jerzy Ablewicz, al que ya he recordado.
Iba a verle con cierta frecuencia; además, éramos casi coetáneos: tenía solo un
año más que yo.
El obispo de Czstochowa, Stefan Bareta, me trataba con gran cordialidad.
Durante el 25. °
aniversario de su ordenación sacerdotal dije en la homilía:
El episcopado es casi un ulterior y, bajo cierto aspecto, nuevo
hallazgo del sacerdocio. Este hallazgo, sin embargo, se realiza sobre la base
del mismo criterio: en primer lugar nos debe volver a Cristo, único pastor y obispo
de nuestras almas. Y es un retornar a Él todavía más profundo, más ardiente,
más exigente. Se realiza ocupándose de las almas, las almas inmortales,
redimidas con la Sangre de Cristo. Tal vez, este cuidar de las almas ya no es
tan inmediato como en el trabajo cotidiano de un sacerdote que está en una
parroquia, sea como párroco o como Vicario parroquial. Pero, en compensación,
se hace con una mirada más amplia, ya que ante el obispo se abre toda la
comunidad de la Iglesia. Según nuestra conciencia de obispos del Vaticano II,
la Iglesia es el lugar de encuentro de toda la familia humana, el lugar de la
reconciliación, del acercamiento a pesar de todo, del acercamiento por medio
del diálogo, del acercamiento aun a costa de sacrificios. Quizá para nosotros,
obispos polacos de la época del Concilio Vaticano II, sea más a precio del
sufrimiento que del diálogo. 3
En Silesia ejercia su ministerio pastoral el obispo Herbert Bednorz y, antes
de él, el obispo Stanislaw Adamski. Mon-señor Bednorz había sido nombrado su
coadjutor. Cuando fui nombrado metropolitano, fui a ver a todos los obispos de
la metrópoli y, por tanto, también a Katowice, donde me presenté a monseñor
Adamski. Con él estaban el obispo Ju-lian Bieniek y el obispo Józef Kurpas. Nos
entendíamos bien con los obispos de Silesia. Les veía regularmente el último
domingo de mayo, en el santuario de Nuestra Señora de Piekary, donde
precisamente aquel día confluía la gran peregrinación de los hombres. El obispo
Bednorz me invitaba constantemente para las homilías. El último domingo de mayo
era todo un acontecimiento: aquella peregrinación de mineros que se formaba era
como un testimonio especial en la República Popular de Polonia. Los presentes
esperaban el sermón y subrayaban con aplausos cada afirmación en la que
advirtieran oposición a alguna línea discutible de la política que seguía el
gobierno en materia religiosa o moral, por ejemplo, la línea sobre la cuestión
del descanso festivo los domingos. A este propósito, en Silesia ha quedado el
dicho del obispo Bednorz: El domingo es de Dios y nuestro. Al término de las
celebraciones, el obispo Bernorz solía dirigirse a mí para decirme: Entonces,
le esperamos el próximo año para otra homilía del mismo estilo. Los de Piekary,
con su grandiosa peregrinación, son para mí un admirable testimonio que tiene
en sí mismo algo de extraordinario.
En mi corazón tiene un puesto especial Andrzej Maria Deskur, hoy
presidente emérito del Consejo Pontificio de Comunicaciones Sociales. Lo llamé
para que formara parte del Colegio cardenalicio el 25 de mayo de 1985. Me ha
servido muchas veces de apoyo desde el comienzo de mi pontificado,
especialmente mediante su sufrimiento, pero también por medio de sus sabios
consejos.
Al recordar a los obispos, no puedo dejar de hacer referencia a mi patrono,
san Carlos Borromeo. Cuando pienso en su figura, me conmueve la coincidencia de
los hechos y los quehaceres. Fue obispo de Milán en el siglo xw, en el período
del Concilio de Trento. A mí, el Señor me ha concedido ser obispo en el siglo
xx, precisamente durante el Concilio Vaticano II, en vistas al cual se me ha
confiado la misma tarea: su realización. Debo decir que en estos años de
pontificado he pensado constantemente en la puesta en práctica del Concilio. Me
ha sorprendido siempre esta coincidencia y en aquel santo obispo me fascinaba
especialmente su enorme dedicación pastoral: después del Concilio, san Carlos
se dedico a las visitas pastorales en la diócesis, que contaba entonces con
unas 800 parroquias. La archidiócesis de Cracovia era más pequeña, sin embargo
no conseguí completar la visita pastoral que había iniciado. También la
diócesis de Roma, que ahora me ha sido confiada, es grande: cuenta con 333
parroquias. Hasta ahora he visitado 317; por tanto, me quedan todavía 16.
Fuertes en la fe
Los santos de Cracovia
Martyres, los mártires
San Estanislao
Tierra Santa.
Abraham y Cristo; Aquí estoy iOh Dios! para hacer tu
voluntad (Hb 10, 7)
Aquí estoy.
Fuertes en la fe
Permanecen grabadas en mi memoria las palabras pronuncia-das por el cardenal
Stefan Wyszyñski el 11 de mayo de 1946, el día anterior a su consagración
episcopal en Jasna Góra: Ser obispo tiene en sí mismo algo de cruz, por eso la
Iglesia pone la cruz en el pecho del obispo. Sobre la cruz hay que morir a sí
mismos; sin esto no hay plenitud de sacerdocio. Tomar sobre sí la cruz no es
fácil, aunque sea de oro y esté cuajada de piedras preciosas. Diez años
después, el 16 de marzo de 1956, el cardenal dijo: El obispo tiene el deber de
actuar no solo por medio de la palabra y del servicio litúrgico, sino también
mediante el ofrecimiento del sufrimiento. El cardenal Wyszyñski volvió en otra
ocasión sobre esta misma idea: Para un obispo --dijo-- la falta de fortaleza es
el comienzo de la derrota. ¿Puede continuar siendo apóstol? ¡Para un apóstol es
esencial el testimonio que se dé a la Verdad! Y eso exige siempre fortaleza.
Son también suyas estas palabras: La falta más grande del apóstol es el miedo.
La falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo; y el miedo oprime el
corazón y aprieta la garganta. El apóstol deja entonces de profesar. su fe.
¿Sigue siendo apóstol? Los discípulos que abandonaron al Maestro aumentaron el
coraje de los verdugos. Quien calla ante los enemigos de una causa, los
envalentona. El miedo del apóstol es el primer aliado de los enemigos de la
causa. Obligar a callar mediante el miedo, eso es lo primero en la estrategia
de los impíos. El terror que se utiliza en toda dictadura está calculado sobre
el mismo miedo que tuvieron los Apóstoles. El silencio posee su propia
elocuencia apostólica solamente cuando no se retira el rostro ante quien le
golpea. Así callo Cristo. Y en esa actitud suya demostró su propia fortaleza.
Cristo no se dejo aterrorizar por los hombres. Saliendo al encuentro de la
turba, dijo con valentía: Soy yo.2
No se puede dar la espalda a la verdad, dejar de
anunciarla, esconderla, aunque se trate de una verdad difícil, cuya revelación
lleve consigo un gran dolor: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 32). ¡Esta es nuestra tarea y,
al mismo tiempo, nuestro apoyo! No hay sitio para compromisos ni para un
portunista recurso a la diplomacia humana. Hay que dar testimonio de la verdad,
aun al precio de ser perseguido, a costa incluso de la sangre, como hizo Cristo
mismo y como un tiempo hizo también mi santo predecesor en Cracovia, el obispo
Estanislao de Szczepanów. Seguramente nos encontraremos con dificultades. Nada
tiene de extraordinario. Forma parte de la vida de fe. A veces las pruebas son
leves, otras muy difíciles e incluso dramáticas. En la prueba podemos sentirnos
solos, pero la gracia divina, la gracia de una fe victoriosa, nunca nos
abandona. Por eso podemos esperar la superación victoriosa de cualquier prueba,
hasta la más difícil.
Cuando en 1987, en la Westerplatte de Gdansk, hablé a la juventud polaca, me
referí a ese lugar como a un símbolo elocuente de fidelidad en un momento
dramático. Allí, en 1939, un grupo de jóvenes soldados polacos, combatiendo
contra el invasor alemán que disponían de fuerzas y medios bélicos claramente
superiores, afrontó la prueba suprema ofreciendo un victorioso testimonio de
coraje, de perseverancia y de fidelidad. Hice referencia a aquel suceso
invitando sobre todo a los jóvenes a que reflexionaran sobre la relación entre
ser más y tener más y les advertí: Nunca debe vencer Solo el tener más. Porque
entonces el hombre puede perder lo más precioso: su humanidad, su conciencia,
su dignidad. Desde esa perspectiva, les exhorté: Debéis exigiros a vosotros
mismos, aunque los otros no os exijan. Y les explicaba: Cada uno de vosotros,
jóvenes, encuentra en su vida un "Westerplatte". Unas obligaciones
que debe asumir y cumplir. Una causa justa, por la que se debe combatir. Un
deber, una obligación, a la que uno no puede sustraerse; de la que no es
posible desertar. En fin, hay que "mantener" y "defender"
un cierto orden de verdades y de valores dentro de sí mismo y en su entorno.
Sí: defender, para sí mismo y para los otros (12 de junio de 1987).
Los hombres han tenido siempre necesidad de modelos que imitar. Tienen
necesidad de ellos sobre todo hoy, en este tiempo nuestro tan expuesto a
sugestiones cambiantes y contradictorias.
Los santos de Cracovia
Hablando de los modelos que se han de imitar, no se puede olvidar a los
santos. ¡Qué gran don son para una diócesis los propios santos y beatos! Pienso
que para todo obispo es un motivo de particular emoción proponer hombres y
mujeres concretos, personas que se han distinguido por la heroicidad de sus
virtudes, personas alimentadas por la fe. La emoción crece cuando se trata de
personas que han vivido en tiempos relativamente recientes. He tenido la alegría
de iniciar los procesos de canonización de grandes cristianos relacionados con
la archidiócesis de Cracovia. Más tarde, como obispo de Roma, he podido
declarar la heroicidad de sus virtudes y, una vez concluidos los respectivos
procesos, inscribirlos en el Registro de los Beatos y de los Santos. Cuando
durante la guerra trabajaba como obrero en la fábrica de Solvay, cerca de
Lagiewniki, recuerdo haberme detenido muchas veces ante la tumba de sor
Faustina, que aún no era beata. Todo en ella era extraordinario, porque era
imprevisible en una muchacha tan sencilla como ella. ¿Cómo podía imaginar
entonces que tendría ocasión de beatificarla primero y, más tarde, canonizarla?
Entró en el convento de Varsovia, luego fue trasladada a Vilna y al fin a Cracovia.
Algunos años antes de la guerra, tuvo la gran visión de Jesús Misericordioso,
que le pidió que se hiciera apóstol de la devoción a la Divina Misericordia,
destinada a tener tanta difusión en la Iglesia. Sor Faustina murió en 1938.
Desde allí, desde Cracovia, esa devoción entró a formar parte de los
acontecimientos con dimensión mundial. Convertido en arzobispo, confié al
profesor don Ignacy RóZycki el examen de sus escritos. Primero se excusaba. Al
fin aceptó y estudió a fondo los documentos disponibles. Luego dijo: Es una
mística maravillosa.
Un puesto preferente en mi recuerdo y, más aún, en mi corazón, ocupa fra
Albert-Adam Chmielowski. Combatió durante la insurrección de enero y en aquella
ocasión un proyectil le destrozó una pierna. Desde entonces quedó inválido;
llevaba una prótesis. Para mí era una figura admirable. Espiritualmente me
sentía muy unido a él. Escribí sobre él un drama que titulé Hermanos de nuestro
Dios.3 Su personalidad me fascinaba. Vi en él un modelo para mí: dejó el arte
para ser siervo de los pobres de los tumefactos, como se les llamaba a los
vagabundos. Su historia me ayudo mucho a abandonar el arte y el teatro para
entrar en el seminario.
Todos los días rezo las Letanías de la Nación Polaca, en las que se incluye
a san Alberto. Entre los santos de Cra-covia recuerdo también a san Jacek Odro:
un gran santo de aquella ciudad. Sus reliquias reposan en la iglesia de los
Dominicos. He ido muchas veces a ese santuario. San Jacek fue un gran
misionero: desde Gdansk, se dirigió por el este hasta Kiev.
En la iglesia de los Franciscanos está la tumba de la beata Aniela Salawa,
una sencilla sirvienta. La beatifiqué en Cracovia, el 13 de agosto de 1991. Su
vida es la prueba de que el trabajo de una sirvienta, realizado con espíritu de
fe y de sacrificio, puede llevar a la santidad. Con frecuencia visitaba su
tumba.
Considero a estos santos de Cracovia mis protectores. Podría repetir de
memoria su larga lista: san Estanislao, santa Edvige Reina, san Juan de Kity,
san Casimiro hijo del rey, y tantos otros. Pienso en ellos y les pido por mi
nación.
Martyres, los mártires
¡Cruz de Cristo, te alabo, / que por siempre se te alabe! De ti vienen el.
poder: y la fuerza / en ti está nuestra victoria. Nunca me he puesto la cruz pectoral
de obispo con indiferencia.
Es un gesto que hago siempre con la oración. Desde hace cuarenta y cinco
años, la cruz está sobre mi pecho, junto a mi corazón. Amar la cruz quiere
decir amar el sacrificio. Los mártires son modelos de este amor como, por
ejemplo, el obispo Micha! Kozal, consagrado obispo el 15 de agosto de 1939, dos
semanas antes de estallar la guerra. No abandono a su grey durante el
conflicto, aunque fuera previsible el precio que tendría que pagar por eso.
Perdió la vida en el campo de concentración de Dachau, donde fue ejemplo y
apoyo para los sacerdotes prisioneros como él.
En 1999 tuve el gozo de beatificar a 108 mártires, víctimas de los nazis,
entre los que había tres obispos: el arzobispo Antoni Julian Nowowiejski,
ordinario de P[ock, su auxiliar, monseñor Leon Wetmañski, y monseñor Wtadys-[aw
Goral, de Lublin. Con ellos fueron elevados a la gloria de los altares
sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Es significativa esta unión en la
fe, en el amor y en el martirio entre pastores y la grey, reunidos en torno a
la cruz de Cristo.
Un modelo muy conocido de sacrificio de amor en el martirio es san
Maximiliano Kolbe. Dio su vida en el campo de concentración de Auschwitz,
ofreciéndose por otro prisionero al que no conocía, un padre de familia.
Hay también otros mártires más cercanos a nuestros días. Recuerdo con
emoción los encuentros con el cardenal Franqois-Xavier Nguyn Van Thuan. En el
memorable Año Jubilar predicó los ejercicios espirituales para nosotros en el
Vaticano. Al darle las gracias por las meditaciones que nos había dirigido,
dije: Habiendo sido él mismo testigo de la cruz durante los largos años de
cárcel en Vietnam, nos ha contado frecuentemente hechos y episodios de su
dolorosa detención, fortaleciendo así nuestra certeza consoladora de que,
cuando todo se derrumba alrededor de nosotros y tal vez también dentro de
nosotros, Cristo sigue siendo nuestro apoyo indefectible. (Texto publicado en.
El Odservatore Romano.)
Podría recordar todavía a tantos obispos valientes, que con su ejemplo
señalaron el camino a otros... ¿Cuál es su secreto común? Pienso que sea la
fortaleza en la fe. La primacía que se ha dado a la fe durante toda la vida y
en toda la actividad, a una fe valerosa y sin miedos, a una fe acrisolada en las
dificultades, pronta a responder con generosidad toda llamada de Dios: fortes
in fide...
San Estanislao
Sobre el fondo de tan ilustres figuras de santos polacos, con los ojos del
corazón veo perfilarse la gigantesca figura del obispo y mártir san Estanislao.
Como he señalado, le dediqué un poema, en el que evoco su martirio, leyendo en
él el reflejo de la historia de la Iglesia en Polonia. He aquí algunos pasajes:
Deseo describir la Iglesia. Mi Iglesia nace conmigo, pero no muere conmigo,
porque yo tampoco muero con ella. La Iglesia me está sobreviviendo siempre, es
el fondo de mi vida, y es su cumbre; la Iglesia es la raíz por la que me
ahondo, a la vez, en el pasado y en el futuro; es el Sacramento de mi
existencia desplegada en Dios, que es mi Padre. Deseo describir la Iglesia, mi
Iglesia, tan unida con mi tierra. Ya se dijo para siempre: lo que atares en la
tierra, atado quedará en el cielo. Así mi Iglesia se ha abrazado con mi tierra.
Mi tierra está extendida por la cuenca del Vístula, cuyos afluentes crecen en
primavera, cuando la nieve se derrite en los Cárpatos.
La Iglesia se ha abrazado con mi tierra, para que todo lo que está atado en
ella, esté también atado en los cielos.
2 Hubo un hombre en quien mi tierra se dio cuenta de que está también atada
en los cielos. Hubo un hombre ast, hubo otros hombres... Y siempre los habrá...
Por ellos mi tierra se ve en el sacramento de una nueva existencia. Es la
patria: en ella comienza la casa del Padre y de ella nace. Deseo describir mi
Iglesia en la figura de un hombre al que llamaron Estanislao. A este hombre el
rey Boleslao lo puso por escrito en las crónicas más viejas, y bajo el
pavimento de la catedral, cuando ese hombre ya había derramado su sangre.
3 Quiero describir mi Iglesia con el nombre por quien mi nación fue
bautizada otra vez con bautismo de sangre, para pasar luego por el bautismo de
deseo, en el cual se manifiesta el soplo oculto del Espíritu. Porque ese hombre
arraigó en la tierra la libertad de las gentes, antes aún de que le pusieran el
nombre de Estanislao.
4 Sobre el suelo de la libertad humana nacieron la carne y la sangre, el
núcleo humano que la espada del rey degolló, cortando el miso tuétano de la
palabra del sacerdote; cortó la base del cráneo, el tronco vivo... La Carne y
la Sangre todavía no habrán tenido tiempo de nacer, porque la espada del rey
agredió el cáliz metálico y el pan de trigo.
5 Tal vez el rey pensaba: Todavía no va a nacer de ti la Iglesia; ni va a
nacer el pueblo de la palabra predicada, que condena a la carne y a la sangre;
nacerá de la espada, de mi espada que cortará por la mitad tus palabras; nacerá
de la sangre derramada... Tal vez asi pensaba el rey.
Pero el oculto soplo del Espíritu reunió las palabras cortadas (en la
garganta de Estanislao) y la espada --rota la espina dorsal--y las manos llenas
de sangre... Y dijo: ¡ Iréis juntos en el futuro, ¡nada os va a separar!.
Quiero describir mi Iglesia, en la cual, siglo tras siglo, han ido juntas la
palabra y la sangre, unidas por el soplo del Espíritu.
Quizás Estanislao pensaba: mi palabra te hará daño, pero te va a redimir.
Vendrás a la puerta de la catedral como un penitente, vendrás enflaquecido por
el ayuno, traspasado por una voz interior, y te unirás a la mesa del Señor como
un hijo pródigo. La palabra no tuvo éxito, se impuso la sangre; el obispo no
tuvo tiempo ni para pensar: ¡aparta de mí este cáliz!
7 Sobre el suelo de nuestra libertad cayó la espada; sobre el suelo de
nuestra libertad cayó la sangre. ¿Cuál iba a tener mayor peso?
Está para terminar la primera época y va a comenzar la segunda. Alzamos en
las manos el Signo del tiempo inevitable.
(Poesías, BAC, Madrid 1982: Estanislao, pp. 87-90) Durante mucho tiempo he
nutrido en el corazón el deseo de hacer una peregrinación sobre las huellas de
Abraham, pues había ya hecho numerosas peregrinaciones en todas partes del
mundo... Pablo VI fue a aquellos Santos Lugares en su primer viaje. Yo deseaba
que mi viaje fuera durante el Año Jubilar. Tenía que haberlo comenzado en Ur de
los Caldeos, situada en el territorio del actual Irak, de donde hace tantos
siglos salió
Abraham siguiendo la llamada de Dios (Gn 12, 1-4). Tendría que haber
proseguido hacia Egipto, siguiendo las huellas de Moisés, de donde sacó a los
israelitas y recibió, al pie del monte Sinaí, los Diez Mandamientos como
fundamento de la alianza con Dios. Mi peregrinación terminaría en Tierra Santa,
comenzando por el lugar de la Anunciación. Acto seguido me hubiera trasladado a
Belén, donde nació Jesús, y a otros lugares relacionados con su vida y su
actividad.
El viaje no fue precisamente como lo había proyectado. No me fue posible
realizar la primera parte, la dedicada a las huellas de Abraham. Fue el único
sitio al que no pude llegar, porque las autoridades iraquíes no lo permitieron.
Me trasladé a Ur de los Caldeos espiritualmente, durante una ceremonia
organizada a propósito en el aula Pablo VI. Pude en cambio trasladarme
personalmente a Egipto, a los pies del monte Sinaí, donde el Señor reveló su
propio nombre a Moisés. Allí fui recibido por los monjes ortodoxos. Fueron muy
hospitalarios.
Después fui a Belén, a Nazaret y a Jerusalén. Me trasladé al Huerto de los
Olivos, al Cenáculo y, naturalmente, al Calvario, al Gólgota. Era la segunda
vez que iba a aquellos Santos Lugares. Había estado una primera vez como
arzobispo de Cracovia, durante el Concilio. En el último día de peregrinación
jubilar a Tierra Shnta celebré la Santa Misa junto al sepulcro de Cristo con el
secretario de Estado, cardenal Ángel Sodano, y con otros oficiales de la
Cu-ría. ¿Qué se puede decir después de todo esto? Aquel viaje fue una grande,
grandísima, experiencia. El momento más importante de toda la peregrinación fue
indudablemente estar sobre el Calvario, sobre el monte de la Crucifixión y
junto al Sepulcro, aquel Sepulcro que fue al mismo tiempo el lugar de la
resurrección. Mis pensamientos volvían a la emoción vivida durante mi primera
peregrinación a
Tierra Santa.
Entonces escribí: Lugares de la tierra, lugares de Tierra Santa, no sé cómo
guardaros aquí dentro, dentro de mí. No sé cómo pisaros, no puedo: arrodillarme
quiero ante vosotros. Doblo la rodilla y callo. Algo mío te quedará, tierra, te
quedará mi silencio. Y mientras tanto te llevo dentro para ser como tú, lugar
de testimonio. Me voy, me marcho como testigo, me voy para atestiguar lo que ha
pasado a través de los milenios.
(Poesías, Peregrinación a los Santos Lugares. 3. Identidades ¡El lugar de la
Redención! No basta decir: Estoy contento de haber estado allí. Se trata de
algo más: del signo del gran sufrimiento, del signo de la muerte salvadora, del
signo de la resurrección.
Abraham y Cristo; Aquí estoy ¡Oh Dios! para hacer tu
voluntad (Hb 10, 7)
La primacía de la fe y la audacia que suscita han hecho
que cada uno de nosotros haya obedecido a la llamada de Dios sin saber adónde
iba (Hb 11, 8). El autor de la
Carta a los Hebreos dice estas palabras a propósito de la vocación de Abraham,
pero se refieren a toda vocación humana, también a la vocación particular del
ministerio episcopal: la llamada a ser los primeros en la fe y en la caridad.
Hemos sido elegidos y llamados para marchar, y no somos nosotros quienes
establecemos la meta de este camino. Lo hará Aquel que nos ha ordenado marchar:
el Dios fiel, el Dios de la alianza.
Sobre Abraham he vuelto recientemente con una meditación poética, de la que
reproduzco aquí un pasaje:
iOh, Abraham --Él, que entró en la historia del hombre, solo por ti desea
revelar este misterio oculto desde la fundación del mundo!
Si hoy recorremos estos lugares, de donde, antaño, partió Abraham donde oyó
la Voz, donde se cumplió la promesa, es para detenernos en el umbral
--llegar al principio de la Alianza.4
En esta meditación sobre la vocación episcopal quisiera
referirme también a Abraham, nuestro padre en la fe; en especial al misterio de
su encuentro con Cristo Salvador, que según la carne es hijo de Abraham (Mt 1, 1), pero que, al mismo tiempo,
existe antes que Abraham, porque es desde siempre (Jn 8, 58). De este encuentro nace una
luz que se proyecta sobre el misterio de nuestra vocación en la fe y,
especialmente, sobre el misterio de nuestra responsabilidad y el valor que
necesitamos para corresponder a la vocación.
Se puede decir que el misterio tiene una doble vertiente.
Una consiste en todo lo que, gracias al amor de Dios, ha sucedido ya en la
historia humana. Otra recae sobre el futuro, la esperanza: es el misterio del
umbral que cada uno de nosotros debe atravesar, impulsado por la llamada misma
y sostenido por una fe que no se arredra ante nada, porque sabe de quién se ha
fiado (2Tm 1, 12). Es un misterio,
pues, que compendia todo lo que fue desde el principio, lo que fue antes de la
fundación del mundo y lo que aún debe venirse. La fe, la responsabilidad y la
valentía de cada uno de nosotros se inserta así en el misterio de la plenitud
del designio divino. Se necesita nuestra fe, nuestra responsabilidad y firmeza
para que el don de Cristo al mundo pueda manifestarse en toda su riqueza. Una
fe que no solo conserve intacto en la memoria el tesoro de los misterios de
Dios, sino que tenga también la audacia de abrir y manifestar de modo siempre
nuevo este tesoro ante los hombres, a los que Cristo envía sus discípulos. Es
una responsabilidad que no se limita solamente a defender y salvaguardar lo que
le ha sido confiado, sino que tiene el valor de negociar con los talentos para
multiplicarlos (Mt 25, 14-30).
Desde Abraham, la fe de cada uno de sus hijos comporta ir
continuamente más allá de lo que amamos, lo que poseemos o nos es bien
conocido, para asomarse al horizonte de lo desconocido, basándose en la verdad
y el futuro común de todos nosotros en Dios. Todos estamos invitados a tomar
parte en este proceso que nos lleva a superar las fronteras de lo consabido y
cercano; estamos invitados a dirigirnos hacia Dios, que en Jesucristo se ha
superado a sí mismo, abatiendo el muro de la separación y la enemistad (Ef 2, 14), para llevarnos a Sí mismo
mediante la Cruz.
Jesucristo quiere decir fidelidad a la llamada del Padre,
corazón abierto hacia todo hombre con el que uno se encuentre, camino en el
cual puede faltar incluso donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20) y, por fin, Cruz, por medio
dela cual alcanzar la victoria de la resurrección. Este es Cristo, Aquel que
procede con valentía, y no se deja detener antes de haber cumplido todo, antes
de subir a su Padre y Padre nuestro (Jn
20, 17), Aquel que es el mismo ayer y hoy, y por los siglos (Hb 13, 8).
Así pues, la fe en Él consiste en el continuo abrirse del
hombre al continuo entrar de Dios en el mundo de los hombres, es el moverse del
hombre hacia Dios, un Dios que lleva a los hombres unos hacia otros. De este
modo, todo lo que es propio se convierte en algo de todos, y todo lo que es del
otro se convierte al mismo tiempo también en mío. Este es el contenido de las
palabras que el padre dirige al hermano mayor del hijo pródigo: todo lo mío es
tuyo (Lc 15, 31). Es significativo
que estas palabras vuelvan a aparecer en la oración sacerdotal de Jesús,
palabras del Hijo dirigidas al Padre: , Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío (Jn 17, 10).
Mientras se acerca la que Él reconoce como su hora (Jn 7, 30; 8, 20; 13, 1), es Cristo
mismo quien habla de Abraham con una expresión que suscita sorpresa y estupor
en quien le escucha: Abraham, vuestro padre,
saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio, y se llenó de
alegría (Jn 8, 56). ¿Cuál es la
fuente de la alegría de Abraham? ¿No es quizá la previsión del amor y de la
valentía con las que este hijo suyo según la carne, nuestro Señor y Salvador
Jesús, iría hasta el fondo , para hacer la voluntad del Padre? (Hb 10, 7). En los
acontecimientos de la Pasión del Señor encontramos la más conmovedora
referencia al misterio de Abraham, que, sostenido por la fe, deja su ciudad y
su patria y parte hacia lo desconocido, y sobre todo de un Abraham que, con
corazón angustiado, lleva al monte Moria al hijo tan amado y esperado para
ofrecerlo en sacrificio.
Cuando llegó su hora, Jesús dijo a los suyos que estaban con él en el huerto
de Getsemaní, Pedro,
Santiago y Juan, los discípulos especialmente amados:
¡Levantaos! ¡Vamos!## (Mc 14, 42).
No era solo Él
quien debía, ir hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre, sino también
ellos con Él.
Esta invitación -- ¡Levantaos! ¡Vamos! -- se dirige de modo particular a
nosotros los obispos, sus
amigos predilectos. A pesar de que estas palabras
significan un tiempo de prueba, un gran esfuerzo y una cruz dolorosa, no
debemos dejarnos vencer por el miedo. Son palabras que llevan consigo también
la alegría y la paz que son fruto de la fe. En otra ocasión, a los mismos tres
discípulos Jesús les formuló así su invitación: Levantaos, no temáis (Mt 17, 7). El amor de Dios no impone
cargas que no podamos soportar, ni nos plantea exigencias a las que no podamos
enfrentarnos. A la vez que pide, Él ofrece la ayuda necesaria.
Hablo de esto desde un lugar al que el amor de Cristo Salvador me ha
llevado, pidiéndome salir de mi tierra
para dar fruto en otro sitio con su gracia, un fruto
destinado a permanecer (Jn 15, 16).
Por eso, haciéndome eco de las palabras de nuestro Maestro y Señor, repito
también yo a cada uno de vosotros, queridísimos hermanos en el episcopado:
¡Levantaos! ¡Vamos! . Vamos confiados en Cristo. Él será quien nos acompañe en
el camino hasta la meta que solo Él conoce.