30 NOVIEMBRE
S A N A N D R É S
(+ s. I)
La liturgia griega distingue a San Andrés con el titulo de "protocletos",
"el primer llamado"; pero, en rigor, este titulo ha de compartirlo con el
apóstol Juan; ellos fueron los primeros que, en una tarde inolvidable, escucharon las
palabras, nuevas para el mundo, de Jesús. Este recuerdo, siempre fresco en la memoria de
Juan, ha quedado esculpida en su Evangelio.
Juan Bautista, austero
y centelleante, habia encendido los ánimos y alentado la esperanza del pueblo judío, que
ansiaba al Redentor. Jesús en Nazaret cuelga las herramientas de carpinterosu Madre
lo mira expectantey, envuelto en los peregrinos, se hace bautizar por Juan en el
Jordán. Iba a empezar su vida pública. Una de aquellas tardes, el Bautista se encuentra
dialogando con sus discípulos, a corta distancia pasa Jesús. El Bautista exclama, con
voz y mirada de profeta: "He ahí el Cordero de Dios". Juan y Andrés se miraron
con ojos encendidos; atónitos, siguen a Jesús de cerca. Atrás queda el Bautista. El
mundo da aquí el primer paso hacia Jesús. Jesús acepta y agradece su gesto al decirles:
"¿Qué buscáis?" Quieren saber dónde vive para dialogar en la intimidad y en
el secreto del hogar. Hay por medio un misterio que no se puede decir en la calle.
"Rabbí, que quiere decir Maestro, ¿dónde habitas?" "Venid y ved",
les dijo Jesus. Le acompañaron a su morada. Una de tantas cabañas para guardianes de
campos que aún hoy se conservan. Allí pasaron con Jesús desde las cuatro de la tarde
hasta el anochecer.
Nos conmueve pensar en
el diálogo de aquella tarde entre Jesús y los dos discípulos del Bautista. Aquellas
palabras de Jesús, que inicia su vida piiblica de una forma tan sencilla, debieron de ser
como las primeras flores intactas de una rica primavera o como el agua primera de una
fuente. El mundo no habia hollado esas palabras ni los hombres habian adulterado su
contenido. Palabras recién estrenadas para un mundo que debía encontrar en ellas su
salvación. Alborea alegre la era de la gracia. Las palabras de Jesús iban horadando los
corazones de aquellos pescadores sencillos, ya preparados por la predicación de Juan.
Aquel gozo espiritual, aquel descubrimiento insospechado llenó de un entusiasmo sin
doblez el corazón de Andrés. Al llegar a casa con la impresión de la entrevista, dijo a
su hermano Pedro: "Hemos hallado el Mesías". Y Pedro contagiado por la fe de su
hermano, corre a Jesús, y en Él encontró la hora inicial de una singular grandeza.
Empieza a granar el mensaje de Jesús en los pobres. No fue ésta sin embargo, la llamada
definitiva. Andrés volvió a mojar sus pies en el lago de Genesaret, a echar las redes y
a sufrir los encantos y desencantos anejos al duro oficio de pescador.
Las barcas se alinean
junto a la costa; los pescadores, descalzos, preparan sus redes o hacen el recuento de la
pesca recogida; cae el sol lenta, majestuosamente; hay alegria y esperanza. Pasa Jesús y
junto aquellos pescadores en faena lanza la red de su llamada: "Venid y os haré
pcscadores de hombres". Allí quedó todo: el mar y la barca, peces y redes, y se
fueron en pos de Jesús. Eran Andrés y Pedro. Después Santiago y Juan.
Durante los tres años
de la vida pública, la vida de San Andres se hunde en el anonimato. Rápidos destellos
fulgurantes nos descubren apenas la contextura espiritual del apóstol. Una vida
andariega, azarosa, junto al Maestro, oyendo y empapándose del embrujo desconcertante de
sus enseñanzas y de su vida. Privaciones, sufrimientos y la amargura final de una
decepción cruel a la muerte de Jesús.
Pocas veces nos citan
su nombre los evangelios. En la multiplicación de los panes se hace ,cargo de la
imposibilidad de dar de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. "Señor,
aquí hay un joven que tiene cinco panes y dos peces. Pero ¿qué es esto para tanta
gente?" También con Felipe sirvió de intermediario entre Jesús y unos griegos,
llegados para la fiesta de la Pascua que querían verle, asombrados por el ardor de la
gente que seguía al Maestro. Su nombre aparece, por excepción, entre los tres
discípulos predilectosPedro, Juan y Santiagocuando éstos pedían
explicaciones a Jesús sobre los acontecimientos del fin de Jerusalén y sobre la
predicción sombría del fin del mundo. A esto se reducen los relatos evangélicos.
De ellos se deduce que
era natural de Betsaida. Ciudad situada junto al lago de Genesaret, visitada
frecuentemente por Jesús y favorecida con multitud de milagros, no supo corresponder a
esta predilección de Cristo, por lo cual fue duramente maldecida por Él. De allí
salieron Santiago, Juan y Felipe, además de Pedro.
De oficio era pescador,
por lo que su vida se desarrollaba en el lago y sus alrededores. Participaba de los vicios
y virtudes de los de su clase, sometidos a una vida y un paisaje que influía hondamente
en sus caracteres. "Los pescadores son gentes, por lo general, sencillas y poco
cultas. Estos hombres enjutos, curtidos al sol y al viento, viven entregados totalmente a
su oficio, tienen que pasar noches enteras sin dormir, en maniobras ininterrumpidas con
las redes" (William). En esta vida dura y áspera, con sus muchos fracasos y escasa
alegrías, fue donde se forjó la firme vocación del apóstol. La intrepidez y la
constancia, alentada por la fuerza del Espíritu, hizo de él un apóstol decidido.
Vivía, aunque mayor,
con su hermano Pedro. Con éste se trasladó desde Betsaida a Cafarnaún cuando Jesús
hizo a esta ciudad centro de sus operaciones apostólicas.
No sabemos con
seguridad si estaba casado, como Pedro, o soltero. Ni el Evangelio ni la tradición
posterior nos dicen nada claro sobre esta materia. Las opiniones de los Santos Padres y
escritores antiguos se dividen y no es posible encontrar una solución clara. La opinión
más común es que todos los apóstoles, excepto Juan, estuvieron casados. También
podría ser que los dos primeros apóstoles que hablaron con Jesús fueran vírgenes. De
cualquier modo, todo lo dejó por seguir a Cristo.
Aparece San Andrés
como hombre de índole calmada y serena, opuesto a la impetuosidad característica de su
hermano Pedro. De corazón noble y abierto, inspiraba simpatía y confianza. De carácter
sensible, era fácil al entusiasmo sencillo cuando una gran idea le dominaba. Aunque
participó en las pequeñas rivalidades de los apóstoles sobre cuál sería el mayor y
podía presentar el título de "primer llamado", no parece, sin embargo,
apetecer grandes cosas. Le vencían en atrevimiento y en arrojo los hijos del Zebedeo, y
sobre todo su hermano Pedro. Más sensato y prudente, Andrés; más pagado de sí mismo,
y, por lo tanto, sujeto a más imprudencias, Pedro; los dos de espíritu leal y constante,
sano y abierto. Si alguna virtud ha de calificarle, sería la sencillez.
Todo esto se deduce de
las referencias bíblicas y también de las noticias que nos dan los Santos Padres y los
escritores eclesiásticos. En cuanto a éstas, que recogen la tradición en torno al santo
apóstol, no todas son igualmente ciertas, y por eso es conveniente distinguir lo cierto
de lo dudoso.
Entre los documentos
más antiguos que hablan de San Andrés, es importantísima la carta de los presbíteros
de la iglesia de Acaya dirigida a toda la Iglesia. En ella, cariñosa y largamente, se
narra el martirio de San Andrés en la ciudad de Acaya. De esta carta proceden la mayor y
mejor parte de las noticias que nos da la antigüedad cristiana. Además, cada día los
eruditos que han estudiado este documento, se inclinan a darle más valor histórico, si
no en las circunstancias, sí en lo substancial del relato. En ella nos vamos a apoyar
para lo que sigue.
Es tradición que
después de la venida del Espíritu Santo le correspondió a San Andrés evangelizar la
Escitia, cuna de pueblos bárbaros y feroces, en la parte sur de la Rusia actual, junto al
mar Negro. Mas, como los demás apóstoles, no se limitaría a una sola región. La
tradición recogida por los escritores antiguos nos da noticias de otras tierras
evangelizadas: Asia Menor, Peloponeso, Tracia, Capadocia, Bitinia, Epiro. Traspasaría el
Cáucaso y penetraría en las fronteras del Imperio romano. Estas tierras vendrían a
ocupar en el mapa moderno, al menos en parte, las regiones de Grecia, Turquía, Bulgaria,
Albania, Yugoslavia, Rumania, Ucrania y, sobre todo, las ciudades junto al mar Negro.
A San Andrés atribuye
Nicéforo, en su catálogo de obispos de la Iglesia de Bizancio, la creación de esta
sede, tan importante en el Oriente por su esplendor político y religioso frente a Roma.
Dice Nicéforo: "El apóstol Andrés fue el predicador del Evangelio en Bizancio.
Construyó un templo, donde se rogaba a Dios con santas oraciones, y ordenó obispo a su
sucesor". Evangelizó, pues, segun esta tradición, la ancha zona de contacto entre
Europa y Asia habitada por gentes refinadamente cultas, degradadas en sus cultos
misteriosos y en sus costumbres corrompidas; o por gentes de instintos salvajes y
bárbaros, que amenazaban la seguridad del pueblo romano.
San Isidoro de Sevilla
recoge la tradición que dice que el apóstol Andrés predicó a los etíopes.
Más explícita es en
cuanto al martirio la narración de los presbíteros de Acaya. No se puede dudar, a la luz
de tantos y tan graves testimonios, que murió en Patrás ciudad de la región de Acaya,
en la península de Crimea. Ciudad helénica que debe su celebridad precisamente al
martirio de San Andrés.
El martirio consistió
en ser colgado en una cruz aspada en forma de equis. La tradición la llama cruz de San
Andrés y es el símbolo tradicional para distinguir a este apóstol. El arte la ha
consagrado así. Cruz distinta en su forma a la de Jesús y Pedro. Tampoco fue clavado en
ella, sino atado con fuertes cordeles por las extremidades, a fin de prolongar su agonía
y hacer su muerte más dolorosa. Jesús y los dos hermanosPedro y
Andrésfueron crucifi,cados, aunque cada uno de forma diferente. Cristo les reservó
una muerte semejante, como un lazo que los une en la vida y en la muerte, en la fidelidad
a la misión evangelizadora, en el testimonio último de la sangre. Asemejarse a Jesús
hasta en la muerte es una gracia que Dios otorgó a los dos pescadores de Galilea.
Estas son las
circunstancias de su martirio. Llega Andrés a Patrás de Acaya, y su predicación es tan
bien recibida por los paganos, que en poco tiempo son muchos los que creen en la
predicación y en los milagros del discípulo de Cristo. En Roma se perseguía ya a los
cristianos. Por los caminos del Imperio, hollados pacíficamente por los apóstoles,
corrían las noticias de que en la Urbe no era grata la secta de los cristianos. Egeas,
procónsul romano en Acaya, temió la rápida eficacia de la predicación de Andrés, y
por fidelidad a Roma inició la persecución. No se dirige directamente al apóstol, sino
a sus discípulos. Y éste, superando los momentos de turbación, se presenta directamente
a Egeas. Va a jugar su última batalla. Quiere atraerle dulce o severamente a la verdad o
morir en testimonio de esa verdad que predica.
Frente a frente Andrés
y Egeas, van a discutir de los altos misterios del cristianismo. Andrés predica la
salvación por la cruz de Cristo: pero Egeas, pagano, que sabe que la cruz es el castigo
infamante propio de esclavos, afrenta suprema entre gentiles, se mofa de la muerte
ignominiasa de Cristo en la cruz. El Santo, encendido en celo y en santa ira, hace un
elogio lleno de vida de la cruz y de su poder salvador en Cristo. Se le escapan dos
lágrimas, que denotan, no dolor, sino el ansia de morir en la cruz, de imitar al Maestro
hasta en la muerte.
"Las almas
perdidasdice el apóstolhay que rescatarlas por el misterio de la cruz."
El corazón de Egeas se endurece. Un romano nunca podrá esperar la salvación de un
crucificado. Intenta disuadir al Santo de sus propósitos, pero todo es inútil: la
obsesión santa de la cruz le hace desear en su corazón tal género de martirio, y la
maldad endurecida del procónsul no tiene inconveniente en dar este suplicio refinado a
aquel hombre que le predica una verdad absurda, que no comprende. Una vez más, la verdad
clara de Cristo luchando con las tinieblas paganas hasta hacer correr la sangre de los que
llevan la antorcha de la luz.
Antes de colgarlo en la
cruz aspada manda azotarlo bárbaramente. El deseo de la cruz lo devora, y es más tardo
el verdugo para ponérsela en los hombros que el Santo para abrazarse con ella. Al verla
arde su corazón en un monólogo íntimo y expresivo, una cordial bienvenida al ser
deseado largamente. Como al niño a quien su sueño más bonito se le convirtiera en una
realidad. Este es el saludo: "Me acerco a ti, ¡oh cruz!, seguro y alegre; recíbeme
tú también con alegría. Acuérdate que soy discípulo de Aquel que pendió de ti.
Siempre me has guardado fidelidad y yo ardo en deseos de abrazarte. ¡Oh cruz, llena de
bienes!, tú has robado la belleza y esplendor de los miembros del Señor, que eran las
piedras preciosas que te adornaban. ¡Cuánto tiempo te he deseado, con qué ansiedad y
constancia te he buscado, y por fin mi espíritu, que te añoraba dulcemente, te ve
delante de mí! Líbrame de los hombres y llévame a mi Maestro, para que de tus brazos me
reciba quien en tus brazos me salvó".
En esta cruz tan
ardientemente apetecida estuvo cuatro dias y cuatro noches, explicando las últimas
lecciones, y las más hermosas, a los discípulos, que no se quitaban de su lado. Los
confortaba, los animaba a sufrir y a esperar. Aquella lenta agonía le hacía gustar con
más fruición el fin de sus dias, la inmolación por el Maestro. Poder testimoniar y
rubricar con la propia sangre lo que fue semilla de verdad por los caminos del mundo. La
misión de apóstol estaba cumplida, y de los ásperos brazos de la cruz voló a los
brazos calientes de Jesus. Su cuerpo, recogido con cariño por los discípulos, fue
enterrado por una noble matrona.
Hasta aquí el relato
resumido, del cual bien podemos tener por cierto la substancia del hecho, envuelto en unas
circunstancias que lo hacen más jugoso y admirable.
Andrés ha sido un
apóstol, ha coronado felizmente su carrera apostólica. El apóstol da testimonio de la
verdad del que le envía. La llamada de Jesús le ha conferido un sello imborrable y le ha
confiado una misión. El apóstol es el enviado de Jesús, y aquí está su grandeza. No
en sus dotes personales, en sus valores humanos, en su actividad, en su influencia; la
magnitud de su personalidad reside en que un día Jesús puso en él sus ojos, comprendió
la mirada penetrante, aceptó la misión que se le encomendaba y fue fiel hasta la muerte
al mensaje recibido de Jesús, sin arredrarse ante la muerte ni ante los poderes humanos.
Ser apóstol es orientar la vida y la obra hacia Jesús y hacia los hombres: recibir de
Jesús palabra y vida y dar a los hombres, sin adulterarla, sin cambiarla, esa vida y esa
palabra. El don del apostolado lleva a esto, a dar la vida, a sellar la palabra recibida
con la muerte si así lo quiere Jesús. Y esto con fe, con alegría y con amor. Ser
apóstol es dar testimonio de Jesús hasta lo último.
Entre las virtudes de
San Andrés destacan la mansedumbre y la humildad, la sencillez e ingenuidad de su alma,
el entusiasmo sincero por aquel Jesús a quien conoció una tarde inolvidable junto a las
aguas del Jordán. El "primer llamado" demostró una gran constancia en la
predicación y una paciencia inquebrantable en el dolor, dice el breviarío godo.
El amor a la cruz,
fuente de vida, deseo de redención, forma la aureola mística de nuestro Santo. Los
cristianos encuentran en este testigo del Evangelio no sólo la aceptación resignada,
sino el afecto gozoso a este bárbaro instrumento de suplicio. Nos enseña a cargar con la
cruz de cada día, como Jesús quiere de nosotros. "Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y me siga."
Las crónicas antiguas
nos refieren multitud de milagros de San Andrés. Este poder asombroso de hacer milagros
era una prerrogativa apostólica, un poder singular que Cristo concedió a sus apóstoles
para facilitarles su predicación y en testimonio de ella. Sin embargo, aunque hizo muchos
milagros, no nos consta que los que se nos cuentan sean auténticos.
El culto de San Andrés
se extendió por toda la Iglesia, tanto oriental como occidental. Varias iglesias se
disputan la gracia de poseer sus sagradas reliquias.
En las artes, la
escultura y principalmente la pintura han dedicado una atención, artísticamente lograda,
a San Andrés, sobre todo en la escena de su martirio. Entre los españoles destacan
Murillo y Ribera, "el Españoleto": éste pintó más de un cuadro del Santo.
Entre los extranjeros, Miguel Angel y Rubens. Todos han intentado plasmar la dulzura y
serenidad de San Andrés en el suplicio de la cruz. Así el arte sirve a las narraciones
históricas.
ANDRÉS FUENTES
pedroFuente:
Cathoic.net
Autor: P. Ángel Amo.
Andrés era hermano de Simón Pedro y como él pescador en Cafarnaúm, a donde ambos
habían llegado de su natal Betsaida. Como lo demuestran las profesiones que
ejercían los doce apóstoles, Jesús dio la preferencia a los pescadores, aunque
dentro del colegio apostólico están representados los agricultores con Santiago
el Menor y su hermano Judas Tadeo, y los comerciantes con la presencia de Mateo.
De los doce, el primero en ser sacado de las faenas de la pesca en el lago de
Tiberíades para ser honrado con el titulo de "pescador de hombres" fue
precisamente Andrés, junto con Juan.
Los dos primeros discípulos ya habían respondido al llamamiento del Bautista,
cuya incisiva predicación los había sacado de su pacífica vida cotidiana para
prepararse a la inminente venida del Mesías. Cuando el austero profeta se lo
señaló, Andrés y Juan se acercaron a Jesús y con sencillez se limitaron a
preguntarle: "Maestro, ¿dónde habitas?", signo evidente de que en su corazón ya
habían hecho su elección.
Andrés fue también el primero que reclutó nuevos discípulos para el Maestro:
"Andrés encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al
Mesías. Y lo llevó a Jesús". Por esto Andrés ocupa un puesto eminente en la
lista de los apóstoles: los evangelistas Mateo y Lucas lo colocan en el segundo
lugar después de Pedro.
Además del
llamamiento, el Evangelio habla del Apóstol Andrés otras tres veces: en la
multiplicación de los panes, cuando presenta al muchacho con unos panes y unos
peces; cuando se hace intermediario de los forasteros que han ido a Jerusalén y
desean ser presentados a Jesús; y cuando con su pregunta hace que Jesús
profetice la destrucción de Jerusalén.
Después de la Ascensión la Escritura no habla más de él. Los muchos escritos
apócrifos que tratan de colmar este silencio son demasiado fabulosos para que se
les pueda creer. La única noticia probable es que Andrés anunció la buena
noticia en regiones bárbaras como la Scitia, en la Rusia meridional, como
refiere el historiador Eusebio. Tampoco se tienen noticias seguras respecto de
su martirio que, según una Pasión apócrifa, fue por crucifixión, en una cruz
griega.
Igual incertidumbre hay respecto de sus reliquias, trasladadas de Patrasso,
probable lugar del martirio, a Constantinopla y después a Amalfi. La cabeza,
llevada a Roma, fue restituida a Grecia por Pablo VI. Consta con certeza, por
otra parte, la fecha de su fiesta, el 30 de noviembre, festejada ya por San
Gregorio Nacianceno.