1 de diciembre
SAN EDMUNDO CAMPION
(+ 1581)
Con una escolta de doscientos soldados, montado en una vieja cabalgadura, las manos atadas
a la espalda, los pies ligados bajo el vientre del animal, vuelto el rostro hacía atrás
para mayor ignominia, es conducido con un gran cartel en la cabeza que dice: Este es
Campion, el jesuita sedicioso... Lo llevan a Londres como criminal. Había sido
traicionado... Unas millas antes de llegar se les comunica la orden de maltratarlo y
ridiculizarlo para deleite de la plebe y escarmiento de los católicos. Ya se acerca la
cabalgata... Delante de todos el vizconde de Bark con el bastón blanco de la justicia: en
seguida, el padre Edmundo Campion en su viejo rocín; tras él, los otros dos sacerdotes
firmemente atados entre sí. A la zaga de toda la caravana, en el lugar de honor, no
podía faltar el Iscariote... A medida que desfilan, el populacho vitupera al jesuita. Ya
pasa el apóstata: ovaciones, vítores. Y Jorge Elliot, el traidor, sonríe... (¡Ay de
ese hombre que más tarde, como su modelo, terminará con muerte desgraciada su vida
infeliz!... )
Es el mes de julio de
1581. Los prisioneros son llevados a la Torre de Londres. Cuatro días más tarde lo
presentan a Dudley, conde de Leicester, en su palacio. Le interroga el canciller, le hacen
preguntas los magistrados; le prometen, en nombre de la soberana, la vida, la libertad,
honores, el obispado de Cambridge; sólo esperan que reconozca la supremacía pontificia
de la reina. La conciencia no se lo permite a Campion. Sus respuestas tienen un tono tan
persuasivo que revelan una vez más al formidable scholar oxoniense.
De improviso se
presenta Isabel en persona. El prisionero se inclina saludando a su reina: "¿Me
reconoce como a su legítima soberana?" "Sí, majestad." "¿Cree que
el obispo de Roma tiene poder para deponerme?" "No me toca erigirme en juez y
pronunciar sentencia entre dos partidos, tanto más cuanto que los más versados en la
cuestión son de pareceros opuestos. Yo quiero dar al César lo que es del César y a Dios
lo que es de Dios" Lo demás que se dijo en esta entrevista permaneció secreto, por
expresa voluntad de la reina.
Pero... ¿qué
importancia tenía aquel prisionero, que la propia soberana de Inglaterra venía a
interrogarle?
El primer encuentro
había acontecido precisamente quince años antes, en 1566. Isabel, con su gran comitiva
de cortesanos, aduladores y lacayos, llegaba en su carroza a Oxford a fin de pasar por
primera vez unos días con su corte entre los estudiantes de la célebre Universidad. La
visita duró seis días. Las diversiones, los actos académicos, todo se iba desarrollando
tranquilamente. El tercer día correspondió el homenaje a los profesores, entre los
cuales fue elegido como "orator" el scholar de Oxford más brillante de su
generación, un apuesto joven de sólo veintisiete años de edad: se llamaba Edmundo
Campion. La reina, que se complacía en dominar a los hombres de talento, le escuchó con
honda satisfacción, le felicitó calurosamente y lo recomendó a la protección del
canciller. Dudley, en nombre de la soberana hereje, le prometió su patronazgo y le hizo
los más lisonjeros ofrecimientos. ¡Pobre Campion!...
Ya en 1553, María, la
hija de Enrique VIII y doña Catalina de Aragón, había entrado solemnemente en Londres.
Para declamar el discurso de bienvenida habían escogido los maestros a Edmundo Campion,
que tenía entonces trece años. El garbo y la vivacidad del niño encantó a los
circunstantes, de manera que Thomas White lo tomó bajo su protección y lo llevó consigo
a Oxford para educarlo. Correspondió el éxito a las esperanzas. Descolló como
discípulo, lúcidamente coronó sus estudios, brilló en buena lid como maestro, fué
autor, luego se le nombró primer orator, después proctor y más tarde llegó a ocupar
otros cargos insignes en aquella Alma Mater. A su alrededor se agruparon multitud de
estudiantes, sobre los que su personalidad amable ejerció un influjo sabio y comprensivo:
sus clases se veían atestadas de oyentes; muchos comenzaron a imitarlo hasta en su manera
de hablar, en sus ademanes y en su modo de vestir, a los cuales se llamó campionistas...
Este era el hombre que la nueva iglesia anglicana necesitaba entre sus filas.
Pero Campion, el gran
humanista, casi por instinto rechaza la herejía, Mas, para desgracia suya, traba amistad
con Richard Cheney, obispo anglicano de Gloucester. Y cede al fin; en 1564 presta el
juramento anticatólico, reconociendo la supremacía espiritual de Isabel. Más aún,
seducido por las promesas del de Gloucester, recibe el diaconado (1568) del hereje. Al
tomar las manos del falso obispo siente aquel infeliz diácono el acicate mordaz de su
conciencia atormentada. Y su corazón se rebela, y el remordimiento le roe el alma por la
infamia cometida, y pierde la paz; se siente, dice él mismo, como si le hubieran marcado
con "el signo de la bestia"... La crisis interior se desborda, vuelve en sí, se
confiesa con un sacerdote católico y se reconcilia con la Iglesia.
En tales circunstancias
se ve obligado a salir de Oxford para poner a salvo su vida y recobrar la tranquilidad de
su espíritu. Se refugia en Irlanda. Mas el 12 de febrero de 1570 Su Santidad Pío V
fulmina la excomunión contra Isabel, y sus súbditos quedan liberados de la obligación
moral de obedecerla. Se expiden entonces contra los católicos por todo el reino
severísimos edictos. En Dublín, entre los primeros, es denunciado Campion como
"papista", y tiene que andar huyendo hasta que logra volver a Inglaterra.
Llegado a Londres, pasa
algunas semanas tranquilo; mas temiendo ser arrestado, se embarca rumbo a Flandes.
Llevaban ya varias millas mar adentro, cuando una fragata guardacostas les da alcance; de
todos los pasajeros sólo Campion carece de pasaporte... Hecho, pues, prisionero, es
devuelto a Dover para ser remitido a Londres: pero éste se escapa y acude a unos amigos,
que le ayudan a embarcarse de nuevo; y por fin, pasando el Canal, llega al Continente,
donde pasará los próximos nueve años. En el seminario inglés de Douai (Francia)
obtiene su grado en Teología y recibe las órdenes menores y el subdiaconado. Pero a
Campion le atormenta el recuerdo de aquel diaconado... Y el convertido desconfía de sí,
pone su confianza en Aquel que lo conforta; quiere prepararse humildemente, vigorosamente,
disciplinadamente. Su corazón se vuelve hacia la austera disciplina de la obediencia.
Sólo así podrá hacerse digno del verdugo y de la horca por su Dios. El 25 de enero de
1573, vestido de peregrino, se dirige a Roma solo, a pie, con la intención de entrar en
la perseguida y heroica Compañía de Jesús... Recibido en el noviciado, se le destina a
la provincia jesuítica de Austria; y cinco años más tarde, el 8 de septiembre de 1578,
recibe la unción sacerdotal en Praga de Bohemia.
El 18 de abril de 1580,
con la bendición de Gregorio XIII, sale de Roma una pequeña caravana de misioneros,
entre ellos tres jesuitas: Roberto Personsnombrado superiory Edmundo Campion,
a quienes se añade el hermano Ralph Emerson como compañero. Llegan a St. Omer. Mas el
mismo día de la partida de Roma, un espia del Gobierno de Isabel enviaba al ministro
Walsingham los nombres y señales de los peregrinos. Así que, sin ellos saberlo, ya todo
puerto, todo paso está vigilado por espías sagacísimos para impedir la entrada de
ningun jesuíta. Dondequicra se ven cartelones con la efigie de Persons y de Campion
enviada desde Roma. Algunos fugitivos ingleses quieren descorazonar a los Padres
anunciándoles que la vigilancia en Dover es tan grande que su arresto inmediato parece
inevitable. Mas Persons se decide por la accion inmediata. A él, que es el superior, y a
quien no falta astucia y franqueza, toca abrir el camino. Aventurará él solo el paso del
Canal.
Disfrazado de capitán,
aguerrido veterano de Flandes, el aire marcial, bien estudiados ademanes, haciendo honor a
su uniforme, zarpa el barco de Calais En Dover, nuestro capitán se presenta cordialmente
al capitán del puerto y le ruega que al llegar en un barco próximo un mercader irlandés
de nombre Mr. Patrick, muy amigo suyo, con un criado, se lo envíe inmediatamente a
Londres para que no pierda una ocasión propicia de vender sus mercancías... Un saludo
militar, promesa de ser correspondido, y Persons sigue a la metrópoli. Por su parte Mr.
Patrick con su criado esperan en Calais viento favorable. El 24 de junio cruzan el Canal,
y en Dover el padre es aprisionado inmediatamente, porque "Mr. Patrick, dicen los
espías, no es Mr. Patrick, sino el doctor Allen..." Campion insiste en que no es
Allen y está dispuesto a jurarlo. El alcalde de Dover no le cree. Da orden de llevarlo al
magistrado supremo de Londres. Insiste Campion en que no es Allen. Insiste el alcalde en
no creer. Los caballos están listos. Campion se encomienda a Dios. "Cuando menos lo
esperábamos, refiere Campion, se presenta un anciano. a quien Dios bendiga, y nos dice:
Están ustedes libres; váyanse en paz". "Nosotros, prosigue el misionero,
nosotros salimos corriendo inmediatamente." Pero no... Campion se vuelve y va tan
fresco a alquilar las bestias que les tenían preparadas, y así terminan el viaje más
seguros y aprisa... Llegados al Támesis, varios jóvenes católicos les están esperando;
mudan cabalgaduras, corren a alojarse en casa de George Gilbert, cambian el disfraz y sale
Campion transformado en un caballero de los de daga al cinto, sombrero de anchas alas,
pluma al aire, espuela de oro y galgo corredor... Minutos después busca alberque en el
barrio de la Cancillería, en la propia casa en que mora el jefe de la policía donde
está viviendo el "capitán" Roberto Persons...
En Londres, aquellos
jóvenes que han servido de introductores de Campion hacen correr secretamente la voz
entre los católicos de su llegada. La noticia causa revuelo. Campion predica sobre el
Pontificado. Las conversiones son múltiples, la sagrada Eucaristía vuelve a fortalecer
muchas almas, los sacramentos, los sermones, las palabras de consejo y de aliento, los
arrepentidos, las lágrimas, los sabios, los humildes, la nobleza, los estudiantes... Ia
santa misa..., todo como en las catacumbas... ¡Cien mil conversiones en un año! Cuando
en hora mala sabe Isabel y sus ministros la increíble audacia de los jesuitas de penetrar
en el Reino, ¡cuanta ira, qué poner precio a su cabeza! Y el misionero de Cristo no
tiene otro recurso que mudar de nombre, de lugar y de apariencia.
El padre Edmundo,
acompañado del hermano Emerson, se refugia en York, y en quince días compone en latín
su más famoso libro, que titula Diez razones por las cuales Edmundo Campion, S. J., se
ofreció a disputar con sus adversarios... Los ejemplares son repartidos de mano en mano
entre los católicos, o abandonados en los sitios públicos, o introducidos en las casas
por debajo de las puertas; lo cual excita tal sensación que juran los herejes no
descansar hasta no dar con aquel jesuita sedicioso.
Persons, Camplon y el
hermano pasan algunos días juntos. Personscomo presintiendo algorenueva sus
instancias a Campion de no acceder a todas las súplicas que en el trayecto se le
presenten, y señala a Emerson como superior en lugar suyo. El padre Edmundo y su
compañero llegan el día siguiente a una posada al caer de la tarde. Varios caballeros
católicos, con pretexto de caceria por esos parajes, vienen a fin de hablar con él y
confesarse. Le suplican volver al castillo de Lyford, donde pasó la noche anterior.
Emerson resiste al principio, pero al fin consiente en la vuelta de Campion.
Más de sesenta
católicos se reúnen aquel domingo, 16 de julio. El padre se prepara para el santo
sacrificio; en el grupo de hombres hay uno de tantos. No tiene la contraseña, pero tanto
insiste que por excepción se le abre la puerta... Jorge Elliot, infame criatura, por un
homicidio había estado a punto de ser atormentado en el ecúleo, y para librarse había
apostatado de la fe y prometido un crimen mayor: el de traicionar al jesuita Campion y
traer otros sacerdotes al suplicio... Terminada la misa (la última misa), parte Elliot,
como Judas, a hacer pronto lo que piensa... De repente, alarma. El castillo está rodeado
por un escuadrón de caballería. Elliot y un oficial con cien soldados penetran en él.
¿Escapará el jesuita? Dos días de intensa búsqueda; todo en vano. Rabioso Elliot va a
salir; al bajar las escaleras golpea como por descuido el arco de la puerta; siente que
resuena profundamente: ¡ha dado con el escondite!... Los tres sacerdotes ofrecen su vida
a Dios. El infeliz apóstata grita loco de felicidad. Se ha merecido las treinta
monedas... Campion se entrega al traidor, el cual lo pone en manos del gobernador de Bark.
Un correo parte inmediatamente a Londres. Tres días después llega la respuesta; como un
vulgar asesino es llevado a la capital entre doscientos soldados...
Encerrado en un
calabozo de la Torre, después de la entrevista con la reina, se le conduce al tormento.
Campion ora unos instantes de rodillas. Fortalece su pecho con la señal de la cruz. Los
verdugos le despojan de sus vestidos; se le dispone en la rock (ecúleo). Comienza la
tortura: ¡horror, crueldad, agonía!..., se va descoyuntando el cuerpo; se quiebran los
huesos; se desgarran los nervios, demasiado tensos... La angustia del mártir en el
rostro... Los jayanes siguen impasibles su faena. Chirría llorando la máquina del
tormento... El héroe, lívido, invoca a Dios y no cede. Lentamente van pasando las horas
interminables, y el mártir extendido..., perdonando a los autores de sus penas. Se
suspende un instante la tortura para volver a comenzar de nuevo y volver a suspenderse y
volver a comenzar. Y ahora sí, los doctores protestantes quieren disputar con él sobre
cuestiones de fe; con fortaleza inalterable confunde a sus enemigos y les echa en cara su
herejía. No se dan por vencidos los herejes; les queda un recurso todavía: el del
tormento. Y otra vez comienza la tortura... En manos ajenas es llevado a su prisión,
donde tendrán lugar otras tres disputas por orden expresa del Consejo. Pero Campion
rebate gloriosamente a sus adversarios...
Por fin, el 16 de
noviembre de 1581 se sentencia contra él pena de muerte en la horca por crimen de lesa
majestad, por haber predicado la religión católica y por traidor. Cuando estuviere
expirando se le bajará del patíbulo y, abierto el vientre, se dispersarán las
entrañas, se le sacará el corazan con el grito de ¡He aquí el corazón de un traidor!,
y se le arrojará al fuego; luego de cortarle la cabeza se descuartizará su cuerpo, que
se repartirá en diversos lugares para escarmiento de todos.
En el calabozo, Elliot
se le acerca para pedirle excusas. El padre lo perdona y le da cartas de recomendación a
ciertos señores de Alemania... La mañana del 1 de diciembre entran los verdugos para
llevarlo junto con el jesuita Briant y el padre Sherwin. Al salir los mártires encuentran
aparejadas dos esterillas de mimbre atadas a sendos caballos y una multitud de pueblo
reunida porque se habia hecho correr el rumor de que Campion se había enterrado un puñal
en el corazón. Al verlo aparecer quedan atónitos. Él los saluda con amabilidad.
Extendido boca arriba sobre su esterilla, los jayanes del suplicio lo aseguran
fuertemente; y a los compañeros entre si. Arrastrados a la cola de los caballos avanzan
por las calles de Londres. Llegan al Tyburn, donde está levantada la horca. Le señalan
el carromato. Sube a pie firme. Le echan al cuello la saga de nudo corredizo... Murmullo
de los espectadores; luego, un silencio... Un consejero de la reina le exige la pública
confesión de sus traiciones. "Si ser católico, responde el jesuita, es ser traidor,
me confieso tal. Pero si no, pongo por testigo a Dios, ante cuyo tribunal voy ahora a
presentarme, que en nada he ofendido a la reina, a la patria o a nadie por que merezca el
titulo o la muerte de traidor..." Y luego, justificándose de otras calumnias, puesto
en oración reza el Padrenuestro y el Avemaría. Y para testimoniar que da su vida por la
fe verdadera, suplica a los católicos presentes que reciten el Credo mientra él
expira... Tiran del carro, y el Beato Edmundo Campion queda suspendido de la horca... Era
el 1 de diciembre de 1581. Tenía cuarenta y un años de edad. Había nacido en Londres el
25 de enero de 1540.
MANUEL BRICEÑO J., S. I.