2 DICIEMBRE
SANTA BIBIANA
(+ s. IV ?)
La más antigua mención de Santa Bibiana y de su iglesia la encontramos en el Líber
Pontificalis, por donde averiguamos que el papa Simplicio (468-473) dedicó "dentro
del recinto de la ciudad, cerca del palacio Liciniano, una basílica a la bienaventurada
mártir Bibiana, donde su cuerpo reposa".
Expresiones análogas
se hallan a cada paso en los textos hagiográficos: "basílica de tal mártir...,
donde reposa su cuerpo". Pudiera, pues, creerse que se trata de una frase hecha sobre
la que no merece la pena insistir.
Sin embargo, nuestro
caso es diferente, porque la mención se remonta al siglo v, cuando todavía estaba en
pleno vigor la antiquísima ley de las doce tablas, que ordenaba tajantemente:
"Dentro de la ciudad ni se quemen ni se entierren cadáveres". Los historiadores
mencionan algún caso rarísimo, como la excepción concedida por el Senado al emperador
Trajano, cuyas cenizas fueron depositadas en lo alto de la colosal columna que se
levantara en el foro de su nombre.
Si, pues, Santa Bibiana
estaba enterrada dentro de los muros de Roma es un hecho que con razón lo destaca el
Líber Pontificalis, y al que deberá buscarse alguna justificación.
La iglesia que el papa
Simplicio dedicó a esta Santa existe aún en Roma, cerca de la vía férrea, y ha dado
precisamente nombre al túnel por donde aquella se cruza, "Arcos de Santa
Bibiana". Está situada en el monte Esquilino, en el lugar que ocupaban los jardines
del emperador Licinio Galieno, junto a la Puerta Tiburtina y no lejos de un sitio lleno de
recuerdos y evocaciones para los habitantes de la Ciudad Eterna, el cementerio del
"Campo Verano", detrás de la basílica de San Lorenzo Extramuros.
La iglesia de Santa
Bibiana fue restaurada a comienzos del siglo XVII por Urbano VIII, el papa Barberini, que
en las tres abejas de su escudo encontró un buen símbolo a su prodigiosa laboriosidad.
Al hacer en 1624 las
excavaciones dirigidas por Bernini se descubrieron debajo del altar mayor las reliquias de
la Santa, conservadas en dos vasos de vidrio con su correspondiente inscripción. La
carencia de documentación impidió saber si habían sido colocadas allí por traslación
o elevación.
Ahondando en las
excavaciones se hallaron en un plano más profundo dos sarcófagos superpuestos, cada uno
de los cuales contenía un esqueleto cubierto de cal. Aunque no contenían nombre ni
símbolo cristiano, se atribuyeron a Dafrosa y Demetria, la madre y hermana,
respectivamente, de la Santa. El hallazgo de estos dos cadáveres in situ y rociados de
cal, procedimiento que usaban los antiguos por razones de salubridad, demuestra que no
fueron tocados desde su inhumación, pues en un traslado resultaba inútil adoptar tales
medidas higiénicas. De donde se colige que la basílica de Santa Bibiana está levantada
sobre tres sepulturas, dos de ellas intactas, y los restos de la otra colocados en
recipientes en época desconocida.
Urbano VIII, con esa
pasión renacentista que le caracteriza, salvó un monumento antiguo, pero además quiso
dejar un testimonio litúrgico del hallazgo, pues incluyó en el calendario de la Iglesia
universal la fiesta de Santa Bibiana, fijándola con rito semidoble para el día 2 de
diciembre. Para las lecturas históricas del segundo nocturno de maitines no fue tan
afortunado, pues aprovechó las actas apócrifas del siglo Vl, que tan escaso crédito
merecen. La basílica, de tres naves, dividida por ocho columnas antiguas, fue decorada
con frescos de Pietro da Cortona y Agostino Ciampelli; pero, sobre todo, con una escultura
graciosa de la Santa, obra juvenil de Bernini.
Hoy, sin embargo, con
la reciente simplificación de rúbricas del misal y el breviario, Santa Bibiana, al caer
dentro del Adviento, queda reducida litúrgicamente nada más que a memoria" o
conmemoración . Sus lecciones no vol verán a leerse en el oficio divino. De esta manera
un simple decreto de la Congregación de Ritos destinado a aligerar el rezo eclesiástico
ha resuelto con habilidad un peliagudo problema crítico.
Pero nosotros no
podemos proceder tan fácilmente. Se impone un rápido examen de las actas para saber
hasta dónde son ciertos sus relatos. Es siempre el problema de los santos antiguos
rodeado del halo de la popularidad. Porque si el culto de Santa Bibiana se remonta
históricamente hasta el papa Simplicio, ya desde antes existen indicios del mismo, y
durante la Edad Media gozó también de gran veneración, pues sabemos que el papa León
II trasladó a su iglesia, desde el cementerio ad sextum Philippi, los cuerpos de los
mártires Simplicio, Faustino y Beatriz para que aumentasen la devoción hacia aquel
santuario, al cual estaba anejo un monasterio de monjas que se conservó hasta el siglo
xv.
La pasión de Santa
Bibiana es llamada también del mártir Pimenio por el papel tan importante que en ella
juega. Los textos que han llegado hasta nosotros presentan notables divergencias.
Según el relato de la
pasión, Juliano el Apóstata (361-363) llegó a hacer durante su reinado hasta siete mil
mártires, entre otros Pimenio, presbítero del titulo del Pastor, en Roma. Este Pimenio
fue quien enseñó a Juliano la gramática, retórica y demás ciencias, instruyéndole
asimismo en la ley cristiana. Gracias a tan esmerada educación, Juliano supo mostrarse
amable y prudente, mereciendo que las tropas le eligieran emperador.
Mas vuelto a la
religión pagana empezó a perseguir sañudamente al cristianismo. Entre otros a Flaviano,
prefecto de la ciudad, que con su mujer Dafrosa y sus hijas Demetria y Balbina enterraban
por la noche los cuerpos de los mártires. Por esta causa y por haber revelado el
enterramiento clandestino en su propia casa de dos mártires, San Juan y San Pablo, a los
que la leyenda hace también de este periodo, fueron así inhumados para evitar un tumulto
del pueblo, Juliano confiscó a Flaviano todos sus bienes y le desterró, muriendo fuera
de Roma.
Dafrosa muere también
después de varios incidentes, siendo enterrada por el presbítero Juan en su propia
,casa, que se encontraba cerca de la de San Juan y San Pablo.
Sus dos hijas fueron
llevadas a la presencia de Juliano. Demetria muere de miedo, y es enterrada junto a su
madre por Bibiana, a la cual el emperador confia a una mujer perversa, llamada Rufina,
para que la corrompa. Con halagos o con malos tratos pretende hacerla apostatar y que
contraiga matrimonio; pero viendo lo inútil de sus esfuerzos, da cuenta de ello a
Juliano, quien la condena al suplicio de los azotes, hasta que exhala el último suspiro.
Su cuerpo quedó abandonado en el forum Tauri o mercado del Toro, sin que permitiera Dios
que sufriera agravio en los dos días que pasaron hasta que el presbítero Juan consiguió
enterrarla de noche junto a su madre y hermana.
Juan y Pimenio acudían
allí a orar. Juliano comunica a Pimenio que abandone Roma, y, entre tanto, manda
decapitar a Juan. Pimenio abandona su título o iglesia del Pastor y marcha a Persia,
donde queda ciego. A los cara, hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia,
Juliano, quien le saluda en nombre de los dioses. Pimenio lo hace en nombre de Cristo, por
lo que lleno de rabia Juliano le hace precipitar desde un puente. Una matrona llamada
Cándida le entierra en el cementerio de Ponciano, ad ursum pileatum, "en el oso
encapuchado".
Muerto el emperador,
una mujer llamada Olimpina edifica una iglesia para honrar la memoria de las tres
mártires. Olimpina, que da nombre a la basílica, vive allí hasta los tiempos del papa
Siricio (384-399).
El autor de la pasión
dice llamarse Donato, "subdiácono regionario de la santa Sede Apostólica". Su
relato se contradice a cada paso con lo que conocemos de la historia profana, puesto que
Juliano el Apóstata no moró jamás en Roma durante su reinado, que por lo demás sólo
duró dos años. Ni su persecución fue sangrienta en Occidente, sino más bien buscó
exaltar el paganismo en decadencia. De esta forma cae por su base toda la autoridad de las
actas, que aprovechan datos y referencias de escritos anteriores en muchos casos. Por
ejemplo, la respuesta valiente de Pimenio a Juliano es la que los historiadores Sócrates
y Sozomeno ponen en boca de Maris, obispo de Calcedonia.
El hecho extraordinario
de que Dafrosa y sus hijas fueran enterradas en su propia casa, dentro del recinto de la
Urbe, no tiene importancia para el autor de la pasión, porque ya entonces la ley civil
que prohibía tales inhumaciones había caído en desuso. En cambio, el autor de las actas
de San Juan y San Pablo recurre al peligro de un motín popular para justificar el
enterramiento de dichos santos en su propio domicilio.
Habida cuenta del hecho
de encontrarse la sepultura de las tres Santas en su basílica, cabe admitir la existencia
de Olimpiana, y cabe aventurar la hipótesis de que, si efectivamente fueron enterradas en
su casa, se trate de mártires anteriores al año 274, en que Aureliano extendió los
muros de Roma más allá del Esquilino, límite hasta entonces religioso y legal de la
Urbe, donde no regían las prohibiciones sobre enterramientos. De esta forma la
antigüedad de Santa Bibiana sería mucho mayor que la consignada por el propio autor de
su pasión.
Además, el presbítero
Pimenio podría ser San Pastor, a cuyo título se le adscribe, pues sería transcripción
latina de Poimen, nombre griego de pastor. Desde luego, San Pimenio era venerado por los
peregrinos medievales en las catacumbas de Ponciano, en la vía de Porto, y allí es donde
la sitúa la pasión.
En cuanto al
presbítero Juan, es un personaje que aparece en todas las actas apócrifas dedicado a
enterrar cuerpos abandonados de mártires. Su piadosa actividad alcanza desde el reinado
de Nerón hasta el de Juliano el Apóstata. ¿Existió realmente un presbítero Juan?
¡Por qué no! Bien pudo morir en alguna de las persecuciones por practicar la obra de
misericordia que la Escritura tanto alaba en Tobías. Después se convirtió en un
personaje representativo, del que se echaba mano a cada paso.
No deben producir
desencanto estas disquisiciones. Los gustos del siglo Vl, en que florecieron las actas
apócrifas, que tienen el prurito de relacionar entre sí a santos más o menos cercanos,
no son los nuestros. Aquellas leyendas servían a la edificación de los fieles, como en
época no muy lejana Fabiola hizo emocionarse a muchísimos lectores. Casi lo único
verdadero de tales actas son los nombres y los lugares. Para nosotros nos basta con datos
tan interesantes, que sin ellas se hubieran perdido. No pudiendo dudarse de la existencia
de Santa Bibiana ni de la autenticidad de sus reliquias, ¿qué más podemos pedir? Esto
nos basta para encomendarnos a su valiosa intercesión.
CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA