5
de Diciembre
BEATO PLACIDO RlCCARDI
(+ 1915)
No fue el atractivo de
la soledad del claustro, sino la convicción de que Dios le llamaba a él, lo que movió
al joven Tomás Riccardi a llamar a las puertas del monasterio basilical de San Pablo
Extramuros de Roma. Nacido en el riente pueblo de Trevi, en la Umbría, el 24 de junio de
1844, ya de niño había mostrado buenas dotes de inteligencia; sus padres, gente
acomodada si no rica, le habían proporcionado una esmerada educación; acababa de
graduarse de bachiller en Filosofía en el Angélicum de Roma. Era un joven muy
capacitado, perseverante, de temperamento sanguíneo, vivaz e impetuoso, con visible
propensión a la vanidad. La vida le sonreía llena de promesas. No, no experimentó
sincera alegría cuando, en sus últimos años de estudiante, empezó a sentir las
insinuaciones de Dios que le llamaba a la vida religiosa. Esta llamada venía a contrariar
su manera de ser, sus planes, sus ilusiones. Nuestro joven había asegurado que, de
tenerla, rechazaria decididamente la vocación religiosa. Pero, una vez convencido de que
era auténtica, no la rechazó. Una peregrinación a Loreto y unos ejercicios espirituales
le hicieron abrir los ojos a la realidad de la invitación amorosa de Dios. Y siguió la
voz divina. Con sacrificio, contrariando sus gustos. Aconsejado por un sacerdote íntimo
amigo suyo, se dirigió al monasterio benedictino de San Pablo.
Allí, junto al
sepulcro del Apóstol, fue iniciado en las doctrinas y las prácticas de la vida
monástica. En el antiguo y venerable cenobio aprendió a escuchar constantemente la
palabra que dirige Dios sin cesar al alma del cristiano invitándole a corresponder a su
amor. Sus superiores cerciorados de que, como quiere San Benito, todos los anhelos del
joven postulante se centraban en la búsqueda sincera de Dios, no pusieron reparo en
admitirle. En la fiesta de la Epifania del año 1867 se le impuso el hábito de novicio;
el novicio hubo de cambiar su nombre de pila por el de Plácido, tomando por patrón de su
nueva vida al inocente y amoroso discípulo del patriarca de Cassino. Del año de
noviciado de dom Plácido nos ha quedado este bello testimonio de su propio maestro:
"Oraba mucho y oraba bien". Y porque oraba mucho y oraba bien, su vida era fiel
a la gracia hasta las últimas consecuencias.
Admitido a la
profesión simple el 19 de enero de 1868, dom Plácido emprendió el curso normal de los
estudios eclesiásticos en preparación para el sacerdocio. Su carrera sufrió una brusca
y dolorosa interrupción. En 1870 las tropas piamontesas ocupaban la Roma de los papas.
Dom Plácido se hallaba en vísperas de exámenes y, al recibir la orden de incorporarse
al ejército en Venecia, solicitó permiso para retrasar unos días su incorporación a
fin de poder examinarse antes. Sin duda su petición debió de parecer un subterfugio a
los jefes militares, y el benedictino fue declarado desertor. En Venecia se le encerró en
la cárcel. Fue una noche obscura el mes entero que dom Plácido hubo de pasar en el
calabozo. Una grave enfermedad le aquejaba; los dolores eran vivísimos; pero nada le
impedía que su encierro se convirtiera en una oración continua. Todo lo ofrecía al
Señor. Y el Señor, como acostumbra, aceptó su sacrificio y le infundió nuevas gracias.
Purificado por el dolor y la desgracia, dom Plácido estaba preparado para la profesión
solemne y la ordenación sacerdotal, que en el 10 y 25 de marzo de 1871, respectivamente
vinieron a coronar su fidelidad a Dios.
Una nueva etapa
empezaba en la vida del monje sacerdote. Fueron trece años de labor escondida e intensa.
Su máximo interés se centraba en las actividades pastorales de su sacerdocio. La
celebración de la santa misa, la administración de los sacramentos, la recitación del
oficio divino, eran sus más gratas ocupaciones. Se distinguía cada vez más por su
recogimiento, su espíritu de oración, su amor a la lectura espiritual. Tales eran las
fuentes de que derivaba su fecundo ministerio, que ejerció particularmente con los niños
oblatos de la abadía en calidad de vicemaestro de novicios.
Así se hace acreedor
de la estima de los hombres, que empiezan a reconocer en dom Plácido a un verdadero
santo. Es austero, sincero y recto; juzga todas las cosas desde el punto de vista de la
fe. Su abad puede confiar en él plenamente, y le encomienda una tarea delicada: la
restauración de la observancia regular en el monasterio de benedictinas de San Magno de
Amelia. Durante un decenio no escatima dom Plácido esfuerzo alguno para llevar a buen
término esta misión. La lógica sobrenatural que le caracteriza se revela desde el
principio de esta reforma: busca ia raíz de la mayor parte de los males, que resulta ser
la falta de formación humana y sobrenatural de las religiosas, y la combate eficazmente.
Va más adelante, hasta hacer entender a las monjas la perfección del amor que han jurado
al Esposo divino. De esta comprensión derivará espontáneamente todo lo demás. Algunos
apuntes de sus sermones que han llegado hasta nosotros nos permiten ver cómo realizaba su
propósito día tras día. La observancia regular, enseña, por ser el escogido por Dios,
es el medio infalible de llegar a la mística unión con Él. Insiste en el amor de Dios:
si reconocemos la infinita caridad con que Dios nos ha amado, nos será imposible regatear
nuestro amor, y nuestra única actitud será la de corresponder con un amor sin medida.
Esta delicada tarea de
reformar un monasterio de monjas, llevada a cabo con éxito, dió a conocer las cualidades
nada vulgares que adornaban a dom Placido. Sus superiores supieron apreciarlas. A mitad de
su tarea le llamaron al monasterio de San Pablo, de Roma. para que desempeñara, de 1885 a
1887, el cargo de maestro de novicios. En 1895 le encomendaron otra misión mucho más
espinosa. De la abadía romana dependía el monasterio-santuario de Farfa, en tiempos uno
de los más poderosos de Italia. En Farfa se había creado una situación difícil. Los
pocos monjes residentes en aquella dependencia se vieron obligados a trasladarse al
cercano castillo de Sanfiano y dejar la custodia del santuario a un sacerdote diocesano.
Este sacerdote se mostró inhábil, y el culto y devoción a la Virgen decayeron
lastimosamente. Nombrado rector de Farfa, dom Plácido se dió con entusiasmo y sin
reserva a la obra de reanimar aquel foco de espiritualidad a medio extinguir. Todos los
domingos y dias festivos, a pesar de las fiebres tercianas que empezaban a acometerle,
dejaba la residencia de Sanfiano y se dirigía a Farfa. Dedicaba la mayor parte del día
al ministerio sacerdotal; administraba infatigablemente los santos sacramentos y dirigía
los actos de piedad de los fieles. Era el servidor de todos. Para todos tenia algo, aunque
sólo fuera una buena palabra. Su solicitud por las almas, su caridad jamás desmentida,
se hicieron pronto proverbiales en la región. Al fin de la jornada volvía rendido a
Sanfiano, donde pasaba el resto de la semana viviendo cual riguroso asceta en soledad,
mortificación y oración.
Otras actividades
vinieron a juntarse a ésta, a pesar de la poca salud del santo monje. El obispo de la
diócesis, conocedor de sus virtudes, le encargó la reforma de las clarisas de Fara.
Obediente, dom Plácido visitaba este convento dos veces por semana. Y esto durante diez
años (1902-1912), sin que jamás se abrieran sus labios para quejarse de lo pesado que le
resultaba, dadas sus enfermedades. Al contrario, precisamente porque era costoso, ponía
más empeño en convertirse en instrumento apto en manos de Dios y devolver la paz a
aquella comunidad religiosa. Su actuación fue eficaz. Porque amaba a las almas con
verdadero celo, cortó de raíz los vicios que les impedían su ascensión espiritual. Y
por la actitud sincera del siervo de Dios, las monjas reconocieron en él "un pozo de
santidad' .
En 1906 fue nombrado
confesor extraordinario de otras franciscanas de Fara, conocidas con el nombre de
"Sepultadas vivas". En aquel ambiente de penitencia rigurosa pasó horas
felices. ¿No era la devoción a la pasión de Cristo el centro mismo de la vida
espiritual de dom Plácido? Y no sólo se complacia en meditarla y contemplarla, sino que
se unía a ella y participaba en los sufrimientos del Salvador, como estas franciscanas,
con la práctica de mortificaciones externas, hasta dejar tan maltrecho su pobre cuerpo
que ya todas las medicinas resultaron inútiles para devolverle la salud. La santa
comunión constituía casi su único alimento. Era un asceta rígido, pero en manera
alguna huraño. En cuanto le era posible escondía a los demás su propia austeridad. Con
todos siguió siendo afable: su trato era realmente exquisito, modelo de educación. Es
que poseía la verdadera humildad, alegre y serena, y adoraba reverentemente a Cristo en
cada uno de sus hermanos. Tal es el testimonio de cuantos le trataron. Pero en la vida de
relación social, por muy sobrenatural que fuera, no se hallaba dom Plácido en su centro.
Dios le había comunicado el don de la contemplación, y cada día más se sentía
atraído por la soledad, y sus delicias estaban en el trato intimo con Dios y las cosas
divinas. Dejar su celda era para él una verdadera penitencia. ¡Y cuantas veces tenía
que hacerlo todos los dias! Aceptaba gustoso esa fuente de sacrificios, viendo en la
obediencia la voluntad de Dios.
A mediados de 1912 la
pequeña comunidad de Sanfiano se estableció en el monasterio de Farfa. Debido al
progreso de sus enfermedades, fue dom Plácido relevado de la dirección de las clarisas y
se habló de proporcionarle un ayudante en la administración del santuario.
Contrariamente a los deseos de nuestro monje, se designó para este puesto un religioso
extranjero. Rector y vicario eran dos caracteres completamente antitéticos, y pronto
surgieron entre ambos graves dificultades que dieron mucho que sufrir a dom Plácido.
Hombre intransigente, duro, revolucionario, el vicario sólo consiguió con su manera de
proceder que los fieles dejaran de frecuentar cada día en mayor número el santuario de
la Virgen. Esto era lo que hacia sufrir más a dom Plácido, pues, consumido por la
enfermedad, no podia remediarlo.
Unido este nuevo
tormento a su quebrantada salud, le provoca una depresión tal que termina en un ataque de
parálisis. Los médicos juzgan que ha llegado su última hora, pero Dios quiere
purificarle por más tiempo. Al cabo de unos dias se repone un tanto y lo trasladan al
monasterio de San Pablo. Allí se consume lentamente. Su manera de padecer es la del
discípulo de la pasión de Cristo. Se siente feliz viendo cómo se cumple una vez más en
él lo que tanto habia predicado: "El Redentor no ha venido para destruir los dolores
de los cristianos, antes bien para elevarlos. Ha dividido con nosotros nuestras penas y
las ha cambiado en tesoro para el cielo. Los atribulados en la tierra son, delante de
Dios, los predilectos y los más afortunados para la eternidad". Pensamientos como
éstos, llenos de esperanza en la definitiva unión con el Padre, los confía a su íntimo
confidente dom Ildefonso Schuster (el futuro célebre cardenal-arzobispo de Milán), quien
tanto los divulgó después.
A primeros de marzo de
1915 tiene otra recaída. Se acerca el día supremo. Antes de llegar a la consumación de
su sacrificio participa sacramentalmente del de Cristo, con particular devoción y
presentimiento de su última hora en la tierra. El 15 de marzo, al atardecer, dom
lldefonso entra en su celda. Halla al enfermo solo y moribundo. Así narra su simple
muerte: "... Después de haber recitado algunas veces las oraciones rituales de la Commendatio
animae, tomé un libro devoto y empecé, junto al lecho, la lectura espiritual. Hacia
las diez cesó el estertor de la agonía. La respiración empezó a hacerse más ligera y
menos frecuente. Me acerqué temblando a la cabecera de dom Plácido, e impartida la
absolución sacramental, recité las letenías de la Santísima Virgen. Fue durante esta
tierna plegaria cuando la bendita alma de dom Plácido abandonó plácidamente el cuerpo y
se presentó ante el Señor".
La vida que Dios
concedió a dom Plácido Riccardi, sin raros acontecimientos externos, exteriormente en la
mayoría de los aspectos casi ordinaria, la vivió extraordinariamente; una vida
monástica y sacerdotal tan absorta en Dios que poco sabemos de ella. Dominado por la
absoluta sinceridad en el seguimiento de Cristo en todo, le siguió, por tanto, en el
calvario y en la gloria, donde, glorificando al Padre, con Él celebra la eterna Pascua.
AURELIO M. ARGEMÍ, O. S.
B.