8 de diciembre
LA INMACULADA CONCEPCIÓN
"Dios
inefable, cuyas vías son la misericordia y la verdad, cuya voluntad es omnipotencia y
cuya sabiduría alcanza de uno a otro confín fuertemente y dispone todo con suavidad,
habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilisima de todo el género
humano que había de derivarse de la culpa de Adán, y habiendo determinado en el misterio
escondido desde todos los siglos cumplir por la encarnación del Verbo la primera obra de
su bondad con un misterio todavía más secreto, a fin de que el hombre, empujado a la
culpa por la astucia de la diabólica iniquidad, no pereciese, contra su misericordioso
propósito, y para que lo que había de caer en el primer Adán fuese más felizmente
levantado en el segundo, eligió y señaló desde el principio, y antes de todos los
siglos, a su unigénito Hijo una Madre, de la cual, habiéndose hecho carne en la feliz
plenitud de los tiempos, naciese; y tanto la amó por encima de todas las criaturas, que
solamente en ella se complació con señaladísima benevolencia..."
Como nos lo indican las
anteriores palabras de Pío IX, la concepción inmaculada de la Virgen María es un
maravilloso misterio de amor. La Iglesia fue descubriéndolo poco a poco, al andar de los
tiempos. Hubieron de transcurrir siglos hasta que fuera definido como dogma de fe. Y no es
extraño, porque Dios lo reveló obscuramente, y ello en dos momentos decisivos de la
historia del mundo y en dos instantes extremos de la vida de Cristo. Y los hombres somos
lentos en comprender, en descifrar el íntimo significado de las cosas.
En los albores de la
creación, luego que Adán pecó seducido por Eva, arrastrándonos a todo al misterio de
tristeza, al pecado, quiso Dios enviarnos un mensaje de esperanza: una mujer llevaría en
brazos al hombre que había de quebrantar la cabeza de la serpiente; una mujer quedaria
íntimamente asociada al Redentor en una lucha que habia de terminar con la derrota
satánica. Si el demonio engañó al hombre por la mujer, la mujer debelaría al demonio
por el hombre y con el hombre.
No era ya noche, sino
que comenzaban los levantes de la aurora, la plenitud de los tiempos, cuando el ángel se
acercó a una virgen de Nazaret, en Galilea, y le dijo: "Alégrate, la llena de
gracia, el Señor es contigo".
Dijo Dios a la
serpiente: "Pondré enemistades entre Ella y tú". Y ahora el ángel, como un
eco, penetrando en el alma de Maria a través de sus claros ojos, la saludaba de gracia
llena. Pero ¡es tan obscuro todo esto! Apenas si luego se podía comprender más, cuando
vino Cristo al mundo y la Revelación se hizo palpable. Los primeros hombres que le
contemplaron fueron pastores rudos. Le vieron en una gruta, recién nacido, clavel caido
del seno de la aurora, glorificando las pobres briznas de heno, cual rezó Góngora en su
delicioso villancico, Le miraban con ojos redondos, absortos, llenos de un asombro
sencillo y elemental. Estaba en brazos de Ella, Madre de Dios. circundada por un halo de
celestial ternura.
Otro día las pajas del
heno se habían transformado ya en leños duros y clavos atormentadores. Los labios de Él
bebían sangre, sudor y lágrimas en lugar de blanca leche bajada del cielo. Ella estaba
de pie, sufriendo, rodeada por un velo negro de severo dolor: la nueva Eva, la compañera
del Redentor, la Corredentora. Y así la contemplaban discipulos acobardados, soldados
indiferentes, chusma.
Madre de Dios,
Corredentora... Las mentes de los Santos Padres primero, de los teólogos medievales
después, fueron desentrañando el significado de tales palabras. Comprendieron el llena
de gracia a la luz del pesebre y el pondré enemistades al fulgor del Calvario. fueron
comprendiendo que la dignidad de Madre de Dios está reñida con todo pecado; que su
oficio de corredentora exige la inmunidad de la mancha original, a fin de poder merecer
dignamente, con su Hijo, liberarnos de la culpa. Todavía hoy siguen estudiando los
teólogos el abismo de pureza que es la concepción de Maria, y, al analizar sus raíces y
su contenido, renuevan la escena de Belén; asombro y más asombro ante la profundidad del
misterio.
Cuando la Iglesia tuvo
plena, formal, explícita conciencia de que la limpia concepción de Maria era doctrina
contenida en la Revelación y, por tanto, objeto de fe, pasó a definirla como tal. Y nos
dijo Pío IX: "La doctrina que afirma que la Virgen, en el primer instante de su
concepción, fue preservada inmune de toda mancha del pecado de origen por una
singularisima gracia y privilegio de la omnipotencia divina y en atención a los méritos
del Redentor del género humano, es doctrina revelada y ha de ser así creída por los
cristianos".
Así, con toda la
densidad de conceptocada palabra encierra una indispensable idea, con toda la
sobriedad de estilodureza y linea escuetapropias de una definición
dogmática, venía el Papa a enseñarnos que la Inmaculada Concepción es un misterio de
amor. Porque no sólo nos definió que la Virgen fue preservada del pecado de crigen, sino
que lo fue por los méritos de la pasión de Jesús.
Para llegar a entender
plenamente estas palabras con toda la preñez de sentido histórico que contienen, sería
menester remontarnos a los principios de las disputas teológicas sobre la Inmaculada:
fuera necesario desempolvar infolios sin término, recorrer e] proceso de las ideas que
fueron a desembocar en el cuadro justo de la definición dogmática. Porque si bien el
sentimiento del pueblo cristiano proclamaba fuertemente la inocencia de la Madre de Dios,
si a todos era manifiesta la conveniencia de atribuir a María tal privilegio, los
teólogos, que representan en la Iglesia el papel de la razón, a la que corresponde la a
veces enojosa tarea de frenar impulsos sentimentales carentes de fundamento objetivo, de
medir críticamente los motivos de asentimiento a una cualquier doctrina o los de su
repulsa, los teólogos no sabíani cómo conciliar dos cosas aparentemente
contradictorias: la gloria de Cristo y la pureza de su Madre.
Estaban claros los
términos del problema: Cristo es redentor del género humano, su gloria brota de la cruz.
Cristo nos amó en cruz y las flores de su amor son rosas de pasión. El influjo de Cristo
sobre todos los hombres se realiza implicado en el misterio de iniquidad: sufrió por
salvarnos de la culpa y merecernos la gracia; su acción santificante viene precedida y
condicionada por la previa remisión del pecado. Si Maria fue siempre pura, si no lo
contrajo, Cristo no sufrió por Ella. Si no sufrió por Ella, la rosa más hermosa de la
humanidad escapa del rosal de su pasión, del riego generoso de su sangre. Ni el influjo
santificador de Cristo se extiende a su Madre, ni es Redentor universal del genero humano
al sustraérsele la bendita entre las mujeres.
¡Gloria de Cristo!...
¡Pureza de Marial...
Claro que todas estas
cosas, en apariencia distantes, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, el
ser y la nada, la bondad y el pecado, la fuerza y la flaqueza, se unen siempre por un
aglutinante de ilimitada potencia: el amor.
Cuando Duns Escoto
formula la definitiva solución del problema lo hace con trazos sencillos. Podría
resumirse así: es más glorioso para Cristo preservar a María que extraerla del pecado;
sufrir en la cruz para evitar que contrajese la culpa que no para limpiarla después de
manchada, pues ello encierra un beneficio mucho mayor. Los escolásticos, ya lo sabemos,
no eran amigos de ciertos aspectos sentimentales del querer y no prodigan la palabra
"amor", sino que se atienen a describirlo con macizos conceptos, a desentrañar
su esencia. Tenían que venir los Pontífices a Aviñón y esparcirse por Europa el gusto
de lo provenzal; tenía que venir Lulio a escribir teología y filosofía en forma de
novela, de poema, de apólogo. Las fórmulas escuetas se llenarían de colorido y de
sentimiento palpitante, se describirían los amores divinos con palabras entrañablemente
humanas, hasta que el barroco, rebasando toda medida y pisando los umbrales de la
irreverencia, no se hiciera de melindres al comparar a la Virgen con Venus o Juno y a
Jesucristo con un fiero Marte o un Cupido travieso.
La Inmaculada
Concepción de María es una obra de perfecto amor, una perfecta glorificación de Cristo.
La preservó del pecado
porque la amó más que a nosotros, a Ella, bendita entre las mujeres.
Pero vamos más allá.
El hecho de la preservación de la culpa es sólo uno de los aspectos de la gracia inicial
de la Virgen. Ya en aquel momento era un abismo de belleza. Como decía Pío IX, la Virgen
fue "toda pura, toda sin mancha y como el ideal de la pureza y la hermosura: más
hermosa que la hermosura, más bella que la belleza, más santa que la santidad y sola
santa, y purisima en cuerpo y alma, la cual superó toda integridad y virginidad y Ella
sola fue toda hecha domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo y que, a excepción
de sólo Dios, fue superior a todos, más bella, santa y hermosa por naturaleza que los
mismos querubines y serafines y todo el ejército de los ángeles, para cuyas alabanzas no
son en manera alguna suficientes las lenguas celestes y terrenas". La gracia es
belleza: participación de la naturaleza divina, del ser de Dios, quien es la belleza por
esencia, y la pureza, y la santidad, y la ternura, y el goce. En el instante de su
concepción recibió María una gracia superior a la de todos los santos, querubines y
serafines; participó de la belleza, de la pureza, de la santidad divinas, como a ninguna
otra criatura ha sido dado, excepción hecha de Cristo.
Murió Jesucristo en la
cruz no solamente para preservarla de la culpa, sino para darla toda la gracia y la
hermosura de que era capaz, para hacer de Ella la perfecta mujer. La amó, se dió a Ella
en el dolor para hacer de Ella perfecta Madre, la perfecta compañera en la obra
redentora. La Concepción Inmaculada de Maria no es, en resumen, sino la flor de un
dolorido amor, dolor de amor en flor.
La doctrina inmaculista
sobrepasa en belleza a toda consideración humana. El amor y la hermosura alcanzan cumbres
no logradas por Platón ni por el Renacimiento, ni mucho menos por los vacios estetas de
nuestro inconsistente mundo actual. La mayor gloria de Cristo se cifra en la belleza
espiritual de una mujermadre y compañera. Su sangre dió fruto perfecto al
injertarse en las venas de la raza humana, en una mujer. Cristo, en una palabra, nos
ensefió cómo se ama a la mujer.
La mujer no es para el
hombre, discípulo de Cristo, solamente una compañera en el oficio de procrear y de
educar los hijos, o en la tarea de llevar serena y acompasadamente las cargas de la vida.
Mucho menos es un objeto de placer egoísta. La mujer es un objeto de amor, pero de un
amor tal y como lo entendió Cristo.
Nos enseñó Cristo que
amar es darse. Vino al mundo para darnos la gracia, pero nos la dió de su plenitud: a
comunicarnos lo que Él era. Hijo de Dios, vino a darnos una participación de su
filiación divina. Dios hecho carne, vino a divinizar la carne nuestra. Estábamos en
pecado, carentes de gracia y de hermosura, llenos de horror y fealdad, y vino a regalarnos
de la suprema belleza que es Él.
Y a Maria en sumo
grado. Fue divinamente bella en intensidadmás que toda criaturay en
extensión temporal, siempre, siempre limpia, sin que en momento alguno fuese manchada.
Pero este darse se
realiza en cruz. Se abren los brazos y se abre el corazón, mas los brazos quedan
prendidos por los clavos y el corazón es rasgado por una lanza. Después de la culpa es
ley que el amor florezca en dolor; que el darse cueste dolor: que el darse entrañe
sacrificio. Antes del pecado era goce, reflejo del goce inefable inherente a ese darse
continuo que constituye la vida interna de la Santísima Trinidad. Luego del pecado, la
entrega del hombre a las criaturas para comunicarles algo de su perfección interna
mediante el trabajo cuesta sudor de la frente. La mutua entrega del hombre y la mujer
sólo fructifica a través del dolor.
Cristo pudo comunicarse
a nosotros, darse, en goce. Pudo redimirnos con un solo acto de su voluntad, pero quiso
ser igual a nosotros, obedeciendo a la ley del amor, que es asimilativa: quiso
experimentar hasta lo sumo lo que nos cuesta a nosotros amar de verassufrir,
morir: quiso beber hasta las heces el cáliz del verdadero amor. Y el fruto acabado
de tal dolorido amor fue la mujer perfecta. Se entregó a Ella en dolor no solamente para
salvarla de la culpa, sino para preservarla, para darle una pureza y una santidad totales.
Y éste es,
sencillamente, el paradigma. Cuando el Espíritu Santo quiere enseñar a los hombres cómo
deben amar a las mujeres, inspira a San Pablo aquellas palabras: "... como también
Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla..., a fin de
hacerla aparecer ante sí gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni cosa parecida, sino que sea
santa e inmaculada". Nosotros podemos concretar esta doctrina en la Santísima
Virgen, dándole una novedad y profundidad de sentido de extraordinario valor. Dado que la
Virgen Maria es prototipo de la Iglesia, podríamos decir: Amad a la mujer como Cristo
amó a María, sacrificándose por Ella para que fuese gloriosamente santa e inmaculada en
su presencia, para que careciese de toda mancha y fealdad en el espíritu. El hombre ha de
entregarse a la mujer y por la mujer, no para satisfacer deseos de un placer cualquiera,
sino para glorificarla en su presencia dándole pureza, para elevar su espiritu, para
hacerla santa.
La mujer es para el
hombre, ante todo, un contenido de valores espirituales a perfeccionar mediante la
entrega. Esta entrega se hará muchas veces en cruz. El amor sólo florece en sacrificio:
sacrificio de renuncia al placer siempre que éste amenace con arrastrar a la culpa, con
ahogar al espíritu; sacrificio de la tolerancia hacia las debilidades del vaso más
flaco, de la comprensión hacia sus exigencias intimas: del respeto por la que es
compañera y no sierva en las luchas de la vida y posee un alma bañada en la sangre de un
Dios. Ir comunicandoamorosamente, sacrificadamente, cotidianamentea la mujer
la plenitud de valores que puede encerrarse en los sueños de un hombre. Sacrificarse por
ella hasta conseguir que llegue a ser lo que se sueña que sea.
Y el ideal de la mujer,
Maria. Aspire la mujer a parecerse a Ella en la plenitud de la pureza y de la gracia. Si
las mujeres se esfuerzan por reflejar en si mismas el ideal de Maria, sus almas rebosarán
de gracia y santidad. Y en sus cuerpos morará el pudor y sabrán de la gracia inédita de
la virgen cristiana, que tanto encierra de flor, de trino, de nieve, de rayo de luna. Y
otra vez la hermosura casta florecerá en la tierra y el amor humano volverá a comprender
su misión primitiva de conducir a los hombres a Dios,
Sueñe el hombre a la
mujer que Dios le depare cual otra María. Si los hombres se dejan invadir por el hálito
divino que irradia la figura de Maria, si la graban fuertemente en su corazón, si
comprenden que Ella es la Mujer, la bendita entre las mujeres, el prototipo de lo
femenino, verán cómo su luz ilumina y transforma las figuras de todas las
mujereslas madres, las novias, las esposas, las hijas, las idealiza, las
endiosa. Y entonces el hombre tendrá fuerza para sacrificarse por la mujer como Cristo se
sacrificó por Maria, hasta hacerla aparecer gloriosa de inocencia, de santidad, de
fecundidad espiritual.
La Inmaculada
Concepción no es solamente una gloria de María. Se ha convertido para nosotros en
ejemplo, en poema, en canto de belleza. Nos ha descubierto lo que tiene de perfecto, de
grande, de sublime, el humano amor. Nos ha desvelado el secreto de amar.
PEDRO DE ALCÁNTARA
MARTíNEZ, O. F. M.