Congregación
para la Evangelización de los
Pueblos
GUÍA PASTORAL
PARA LOS SACERDOTES DIOCESANOS
DE LAS IGLESIAS QUE DEPENDEN
DE LA CONGREGACIÓN
PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS
PUEBLOS
Roma, junio de 1989
1. Introducción. La Congregación para la Evangelización de
los Pueblos, consciente de la importancia fundamental del sacerdocio
ministerial para la vida y el desarrollo de la comunidad cristiana, ha prestado
siempre especial atención a los presbíteros locales de las nuevas Iglesias.
Como aportación concreta a la formación de los sagrados ministros, en la sesión
plenaria del 1417 de octubre de 1986, se han formulado Algunas Directivas sobre
la formación en los Seminarios Mayores, que S.E. el Cardenal Prefecto ha
comunicado a los Obispos interesados en una circular del 25 de abril de 1987.
Para dar continuidad a esta primera e importante contribución en beneficio
de los seminaristas, y como testimonio de atención a los sacerdotes, durante la
plenaria del 11-14 de abril de 1989, después de amplia consulta y examen del
abundante material enviado por las Iglesias particulares, se ha preparado una Guía Pastoral
para los sacerdotes diocesanos de las Iglesias que dependen de la
Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
En esta Guía, conforme a la doctrina y a las normas generales de la Iglesia,
se tratan en orden todos los temas principales referentes a la identidad, la
espiritualidad, la vida y la acción pastoral de los presbíteros, haciendo
hincapié, según lo indicado expresamente por el Concilio (1), en las notas
características que corresponden más bien a las Iglesias jóvenes en pleno
desarrollo; en particular: las cualidades espirituales y el estilo de vida del
sacerdote, que sean un testimonio evidente también para los no cristianos; la
comunión con el Obispo, con el presbiterio y la comunidad cristiana; la
disponibilidad y el compromiso para dar el primer anuncio del Evangelio a los
no cristianos; la formación y participación de los laicos en la vida y el
desarrollo de la Iglesia, y su compromiso en la obra de Evangelización; la
atención primordial a los jóvenes; el amor preferencial por los pobres; la
sensibilización en favor de la promoción humana y la defensa de la justicia; la
inquietud por la inculturación y la aptitud para promoverla; el diálogo
ecuménico y el diálogo con las otras religiones.
Estos, y otros puntos importantes, constituyen la trama de toda la materia;
hacen que la Guía responda, en la medida de lo posible, a las necesidades de
los sacerdotes de las Iglesias que están en los territorios de misiones. Se
considerarán, pues, clave de lectura de lo demás.
Los destinatarios de la Guía son, esencialmente, los sacerdotes diocesanos
seculares que pertenecen a las Iglesias que dependen de la Congregación; ellos
son cada vez más numerosos y asumen siempre mayores responsabilidades. Por
consiguiente, requieren especial atención. Además, pertenecen por lo general a
la primera o segunda generación de sacerdotes nativos del país, para los cuales
el modelo tradicional del sacerdote es el religioso misionero, y no el
sacerdote diocesano secular local; en fin, los problemas de los sacerdotes que
se encuentran en los territorios de misiones son específicos y concretos, están
vinculados a situaciones eclesiales y socioculturales locales, y requieren
directrices y soluciones adecuadas.
Se espera que esta Guía constituya un punto de referencia, y un elemento de
unidad y de estímulo para todos los sacerdotes seculares; y que, al mismo
tiempo, sirva de inspiración para los religiosos y misioneros que trabajan en
esas mismas Iglesias jóvenes. La Congregación para la Evangelización de los
Pueblos entrega, por tanto, con gran confianza estas orientaciones a las
Conferencias Episcopales y a los Ordinarios como guía pastoral para sus presbíteros,
y como documento básico para formular o renovar sus directorios particulares,
de manera que toda la familia sacerdotal de la Iglesia misionera viva en el
fervor, trabaje en unidad de espíritu e intenciones, y pueda responder a las
esperanzas de una Iglesia que se encamina hacia un nuevo adviento misionero,
con María.
I - EN LAS FUENTES DEL SACERDOCIO MINISTERIAL
2. Fundamento Trinitario. Cristo Jesús, en quien
"reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente " (Col 02, 9), fue enviado por el Padre para
realizar el plan de salvación universal (cf. Jn 03, 17;Jn 5,30;Jn 8,16; Ga 4,4; etc.),
recibiendo de El todo poder para cumplir su misión (cfr Jn 05, 20-21; Mt 28, 18); fue ungido con el Espíritu
Santo (cf. Lc 04, 18 ss; Hch 10, 38), y después de haber cumplido
la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verddad (cf. 1Tm 2,4), hasta dar su vida como rescate
por muchos (cf. Mc 10,45), destruyó la muerte con la resurreción y volvió al
Padre, penetrando los cielos, donde reina eternamente e intercede por sus
hermanos (cf Jn 16, 27-28;Jn 13,1-3; Hb 04, 14-16). El sacerdote, cuya tarea es
continuar la misión de Cristo, halla la fuente última de su misión en el amor
salvífico del Padre (cfr Jn 16, 6-9.24;
1Co 1,1; 2Co 1,1), y el origen inmediato de su vocación en Cristo que le
llama por su nombre como llamó a los apóstoles e infunde en él su Espíritu (cf Jn 20, 21) para marchar hacia el Padre
con sus hermanos. En esta realidad Trinitaria, fuente de la misión de la Iglesia
(2), se arraiga y encuentra plena justificación la vocación y misión del
sacerdote ministro.
El mismo Cristo promovió a sus apóstoles como ministros de manera que
poseyeran, en la sociedad de los creyentes, la sagrada potestad del orden. Por
medio de los apóstoles, el Señor hizo partícipes de su propia consagración y
misión a los sucesores de aqéllos que son los Obispos, cuyo cargo ministerial,
en grado subordinado, fué encomendado a los presbíteros a fin de que cooperaran
en el fiel cumplimiento de la misón apostólica (3). Esta misión participa en la
misión universal de la Iglesia para los no cristianos e involucra a los
sacerdotes en forma concreta (4).
Por intermedio del Obispo, los sacerdotes son llamados por
Cristo a una vocación especial (cf Mc 3,13; Lc 06, 13); están en el mundo pero no son
del mundo (cf Jn 17, 14-15); y, en
virtud de la consagración, están capacitados para cumplir la misón misma de
Cristo de anunciar a todos que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está
cerca (cf. Mc 01, 15), y de presidir,
enseñar y santificar al Pueblo de Dios (5).
El principio constitutivo del sacerdocio ministerial es
Cristo-Sacerdote victíma de la nueva y eterna alianza (cf. Hb 09, 11-15). El principio eficaz es la
elección y misión especial por parte de Dios, que convierte al sacerdote en
instrumento de Cristo (cf Mc 03, 19; Lc 22, 19; Mt 28, 18-20). El principio ejemplar es la
diaconía de Cristo, cuyas imágemes dan luz a la identidad del sacerdote:
Cristo-enviado por el Padre para salvar al mundo (cf Jn 03, 17); que indica la universalidad de
la misión; Cristo-siervo, que subraya la renuncia de Cristo, quien vino, no a
ser servido, sino a servir y a dar su vida (cf Mt 20, 28: Flp 2,7-8);
Cristo-pastor-maestro, que vela con amor, guía su rebaño, y lo reúne en el
único redil (cfr Jn 10,1 ss ). Es la palabra viva del Padre que convoca a las
gentes en su Reino (cf Jn 12, 48-50).
El relieve que se da a la función ministerial subraya la relación esencial
del sacerdote con la Persona de Cristo. El sacerdote, en efecto, es signo e
instrumento del único sacerdote y mediador ante el Padre: Jesucristo, y
continuación de El sobre la tierra, que actualiza el poder de Cristo de
anunciar la Palabra, de renovar el sacrificio de la Cruz en la Eucaristía,
perdonar los pecados y guiar al Pueblo de Dios. Es imposible separar el ser del
sacerdote del ser de Cristo, la vida del sacerdote de la vida de Cristo.
Estén, pues, todos los presbíteros, convencidos de que su
identidad sacerdotal se realiza únicamente en la conformidad total con la
identidad de Cristo, con conocimiento, coherencia y fervor del espíritu. Y
recuerden que Cristo, al cumplir su misión de salvador, aceptó el camino de la
encaranción, despojándose de sí mismo y tomando todo lo que es propio del
hombre, excepto el pecado (cf Hb 02, 17-18;
Hb 4,15). Esta encarnación será un signo de la actividad misionera.
El Espíritu Santo da a la Iglesia la unidad íntima y
ministerial, proporcionándole diversos dones jerárquicos y carismáticos (cf Ef 04, 11-13; 1Co 12,4) (6), y
vivificando, como alma, a la instituciones eclesiásticas (7), infundiendo en
los corazones de los cristianos ese spíritu que había animado a Cristo a
cumplir su misión (8).
"Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo,
quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo
sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza"
(9). La elección, la santificación y la misión proceden siempre del Espíritu
santificador (cf Hch 13, 3;Hch 19,6). Y
es el Espíritu el que dá la capacidad objetiva de ejercer eficazmente el
ministerio. También el Espíritu es enviado (cf Jn 14, 26;Jn 15,26) y permanece unido al
sacerdote-enviado para colaborar en la obra de salvación (10).
Gracias al Espíritu, principio de comunión (11), los
sacerdotes llegan a ser guías y animadores espirituales de la comunidad,
especialmente con la fuerza de la Palabra. Gracias a ese mismo Espíritu, son
ministros de los sacramentos, que por El son vivificados, desde el bautismo,
"en el Espíritu y el agua" (Jn
3, 5; Hch 10,47), hasta la Eucaristía, en la que Cristo "ejerce
constamemente, por obra del Espíritu Santo, su oficio sacerdotal en favor
nuestro" (12).
La consagración inaugura en los sacerdotes un continuo Pentecostés. En
virtud de esta gracia extraordinaria, ellos deben saber reconocer la acción del
Espíritu en la Igleisa y cooperar con ella, conscientes de que han recibido una
misión sobrenatural y universal en favor de todos los hombres.
3. Fundamento eclesiológico y sacramental. La Iglesia,
"sacramento universal de salvación" (13), actualiza la redención,
mediante la Palabra y los sacramentos, principalmente mediante el Sacrificio de
la Eucaristía. De este carácter ministerial de la Iglesia participan los
sacerdotes llamados a predicar y difundir el Evangelio, a presidir el culto y a
desempeñar la función de guías en el Pueblo de Dios.
La Iglesia es comunión, articulada jerárquicamente en distintos ministerios,
servicios y funciones en el interior de la comunidad. En particular, mediante los
tres grados del Orden sagrado (Obispos, sacerdotes, diáconos), se edifica como
templo vivo, en una comunión de fe y de amor. Estos tres ministerios que
confiere la ordenación, transmitidos por los apóstoles y sus sucesores, son
jerárquicos y constituyen la jerarquía eclesiástica.
El Obispo en comunión con el Sumo Pontífice, Jefe el Colegio Episcopal, y
con los miembros del Colegio, es - en la comunidad eclesial - el "gran
sacerdote" (14), signo vivo de Cristo, supremo pastor; su función
reproduce aquella central de servicio humilde y potente de Cristo Jefe (15).
Para ejercer en forma plena y eficaz su ministerio, el Obispo debe ser
coadyuvado por presbíteros y diáconos.
Los presbíteros son ayuda e instrumento del Orden episcopal y, en cada
comunidad, representan al Obispo: bajo su autoridad, predican el Evangelio
(16), "santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos
encomendada" (17).
El presbítero, además, en comunión con el Obispo, obra en nombre
de Cristo (18). Anuncia, ejerciendo el mismo ministerio de Cristo-Profeta en el
servicio de la Palabra, incluso a aquellos que están lejos (19); es
sacerdote-ministro en cuanto consagra en nombre de Cristo-Pontífice ("in
persona Christi Pontificis") (20); es pastor, en cuanto reúne y guía a la
comunidad en nombre de Cristo-Buen Pastor (cf Lc 10, 16; 1P 05, 2).
En la Iglesia-comunión, en fin, hay distinción y complementariedad entre el
sacerdocio de los ministros ordenados y el sacerdocio común de los fieles, pues
el uno coopera con el otro para realizar la misión confiada por Cristo a la
Iglesia. El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, aunque
diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al
otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo (21).
Los presbíteros deben ser conscientes de su identidad particular que los
habilita para un ministerio específico y que se ordena a la edificación del
único Cuerpo de Cristo que es por naturaleza: profético, sacerdotal y real. A
pesar de la diversidad de las funciones permanece intacta la idéntica dignidad
fundamental de los cristianos.
El sacerdote es diocesano en virtud de su encardinación en la diócesis (22),
donde permanece unido al Obisopo bajo un aspecto nuevo y está, de manera
especial, al servicio de esa comunidad eclesial particular que es la diócesis
(23). En su calidad de sacerdote diocesano, está llamado a crear la comunión
entre los miembros de la comunidad local y también a ampliarla, evangelizando a
aquellos que todavía permanecen fuera de ella.
En esta comunión de la Iglesia, no deberá olvidarse el papel que tienen los
diáconos permanentes que trabajan al lado del sacerdote y deben formarse para
que lleven una vida evangélica, de manera que puedan cumplir, en forma
adecuada, los deberes propios de su orden. Ellos representan una figura que
puede asumir un significado importante en las Iglesias jóvenes que necesitan de
todas las energías disponibles para desarrollarse. La función del diácono
deberá estudiarse y organizarse a nivel de las Conferencias Episcopales (24).
Es necesario subrayar la dimensión eclesial y sacramental que califica a los
sacerdotes. Todo sacerdote representa a la Iglesia y actualiza en ella el
proyecto de salvación. Esto supone: conciencia de aquello que tiene relación
con la Iglesia, coherencia con el proyecto concreto de salvación, y comunión de
espíritu y de acción con todos lo que actuán en la pastoral, en especial con el
Romano Pontífice, el Obispo, los demás sacerdotes y los diáconos.
Tengan todos los presbíteros fija su mirada en María, Madre de Cristo y
Madre de la Iglesia: desde el momento de la Encarnación del Hijo de Dios, ella
es fundamento ejemplar necesario de su ser y de su vida.
II- IDENTIDAD DEL EVANGELIZADOR Y DEL PASTOR
4. Conciencia misionera del presbítero. La comunión de las
Iglesias particulares con la Iglesia universal llega a su perfección sólo
cuando éstas también toman parte en el esfuerzo misional en pro de los no
cristianos en su territorio, y también en aquél que se realiza para con otras
naciones (25).
En el dinamismo apostólico, propio de la esencia misionera de la Iglesia
(26), los presbíteros ocupan necesariamente un lugar importante. Esto debe
ponerse de relieve, especialmente, en los que trabajan en territorios de
misiones donde se realiza la evangelización de los no cristianos.
Con la sagrada ordenación, los presbíteros han recibido, en efecto, un don
especial que "no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a
la misión univeral y amplísima de salvación 'hasta lo último de la tierra' (Hch 1,8)" (27).
Por consiguiente, todo presbítero debe tener una clara conciencia misionera,
que le haga apto y listo para comprometere efectivamente y con generosidad para
que el anuncio del Evangelio llegue a los que todavía no profesan la fe en
Cristo. El sacerdote es, en verdad, "misionero para el mundo" (28).
La evangelización de los no cristianos que viven en el territorio de una
diócesis o una parroquia está encomendada, en primer lugar, al respectivo
pastor y a la comunidad cristiana local. Este deber apostólico exige que el
Obispo sea esencialmente mensajero de fe, y que los presbíteros hagan todo lo
posible por predicar el Evangelio a los que se encuentran fuera de la comunidad
eclesial, comprometiéndose personalmente, y haciendo participar a los fieles,
en colaboración con los misioneros.
En la distribución de las tareas pastorale, a los sacerdotes locales no
deben confiarse, prioritariamente, las comunidades ya formadas y organizadas,
dejando al cuidado de los misioneros aquellas que comienzan, o la
responsabilidad de evangelizar nuevos grupos. Los sacerdotes locales tienen el
derecho y el deber de asumir, ellos mismos, la evangelización de sus hermanos
que todavía no son cristianos, siendo verdaderos apóstoles de frontera, sin
aspirar a las funciones más destacadas y a puestos seguros, centrales o mejor
remunerados.
Es conveniente que las Iglesias jóvenes "participen
cuanto antes activamente en la misión universal de la Iglesia, enviando también
ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran
escasez de clero" (29). Que todas las Iglesias particulares sepan dar de
su pobreza (30). Por tanto, además de los presbíteros que pertenecen a
institutos misioneros, propónganse las diócesis enviar sus propios sacerdotes
que sienten la llamada de Cristo, como misioneros fidei donum, para que se
inserten en la actividad misionera propiamente dicha (31). Estos sacerdotes
estén felices de poder vivir con toda plenitud la comunión con Cristo enviado
por el Padre (cf Jn 17, 18;Jn 20,21) y
con la Iglesia universal, poniéndose a disposición de su Obispo para ser
enviados a predicar el Evangelio a otros pueblos. Esto requiere en ellos no
sólo madurez en la vocación, sino también la capacidad de desprenderse de su
propia patria, etnia y familia, y una aptitud especial para insertarse en las
otras culturas con inteligencia y respecto (cf. Gn 12, 1-4; Hb 11, 8).
En ningún otro sector del apostolado eclesial, como en éste, los presbíteros
podrán demostrar la intensidad de su amor a Cristo, a la Iglesia y al hombre,
pudiendo decir con S.Pablo: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda
costa a algunos" (1Co 9,22) (32)
5. Conciencia pastoral del presbítero. La función pastoral
exige de los sacerdotes una conciencia pastoral profunda, que se basa en su
identidad de "consagrados para predicar el Evangelio y apacentar a los
fieles y celebrar el culto divino" (33), participando así en la misión de
Cristo Buen Pastor que conoce, alimenta y guía a sus ovejas y va en busca de
aquellas que están perdidas o se encuentran todavía fuera del redil (cf. Jn 10, 1 ss; Lc 15, 3-6).
En su expresión completa, la conciencia pastoral se
manifiesta en el sentido de pertenencia a la Iglesia universal, en comunión de
amor y de obediencia al Romano Pontífice, principio y fundamento perpetuo y
visible de la unidad de la fe y de la comunión (cf. Mt 16, 19; Jn 21, 15-17); y también en el sentido de
comunión y coparticipación entre las Iglesias particulares, en las cuales y de las
cuales se edifica la Iglesia universal (34). Una Iglesia particular se vuelve
estéril si no se dá a la demás Iglesias hermanas. Esto supone que los
presbíteros estén dispuestos a partir, enviados por el Obispo, para colaborar,
en la caridad, con las Iglesias más necesitadas, especialmente con aquellas que
se encuentran en ambientes solo parcialmente evangelizados (35).
En su expresión inmediata, la conciencia pastoral se manifiesta en el
sentido de pertenencia a la propia Iglesia particular, en comunión con el
Pastor, con los demás presbíteros, los díaconos y toda la comunidad de los
fieles.
La comunión con el Obispo debe ser espiritual y jerárquica, y supone algunas
actitudes como: reconocer en él la autoridad de Cristo, Supremo Pastor; aceptar
con estima y amor su función de padre de la comunidad diocesana; colaborar
activamente con él, con espíritu de obediencia apostólica. Los Obispos, por su
parte, consideren a los presbíteros como "hermanos y amigos";
conózcanles personalmente; visítenles con frecuencia y preocúpense por su bien
material y espiritual (36). La relación entre Obispos y sacerdotes se basa en
un espríritu de fe, pero se desarrolla y se expresa en un clima de mutua
confianza, de verdadera estima y de concreta colaboración, respetando el papel
propio de cada cual.
La comunión con los presbíteros se basa en el hecho de que
junto al Obispo, y a su alrededor, ellos forman un "solo presbiterio"
(37). El sentido de pertenencia al presbiterio hace que cada sacerdote se
sienta unido a los demás por "especiales lazos de caridad apostólica,
ministerio y fraternidad" (38), realizando así la unidad mediante la cual
Cristo quiso que los suyos fueran "perfectamente uno" (cf. Jn 17, 23). La forma institucionalizada,
en representación del presbiterio, cuya misión es ayudar al Obispo en el
gobierno de la diócesis, es el Consejo presbiteral. En las Iglesias de
territorios de misiones, éste desempeña una función pastoral activa; por
consiguiente, debe constituirse y valorizarse, lo más ampliamente posible,
según las normas canónicas y teniendo en cuenta la situación concreta local
(39).
La comunión con los fieles requiere que los presbíteros se
consideren Pueblo de Dios con ellos, dedicados radicalmente al desarrollo de la
comunidad, con auténtica caridad pastoral, pues han sido tomados de entre los
hombres y puestos en favor de las cosas que se refieren a Dios (cf. Hb 05, 1) (40). Por consiguiente, oren los
presbíteros incesantemente por sus propios fieles, recomendádoles al amor del
Padre (cf. 2Ts 01, 11); comprométanse
a conocer bien su situación real, como el pastor conoce sus ovejas (cf Jn 10,14);
vivan en medio de ellos como "hermanos entre hermanos" (41); recorran
con ellos un mismo camino cristiano de fe, dándoles ejemplo (cf. Jn 13, 15); eviten con cuidado todo
aquello che pueda causar escándalo (cf. 2Co 6,3); den, con la comunidad, un
auténtico testimonio de coherencia cristiana a los que están lejos y todavía no
creen en Cristo; tengan cuidado de no alejarse de la gente debido a su
condición que, con frecuencia, les coloca a un nivel superior en la escala social.
Dignos de alabanza son aquellos sacerdotes que aceptan y ejercen con empeño
y alegría cualquier servicio que su Obispo les encomiende; que hacen lo posible
por acercarse a los no cristianos y no se dejan implicar en actividades ajenas
al sentido apostólico de su vocación.
6. Fraternidad sacerdotal. Los presbíteros, reunidos
alrededor del Obispo, vivan la fraternidad, conscientes de que se trata de una
verdadera "fraternidad sacramental" (42), fundamento necesario para
una mutua ayuda espiritual, a fin de que desempeñen el ministerio con unidad de
intención. Tengan ellos presente el valor evangelizador de esa fraternidad
sacerdotal por la caual forman un cuerpo dinámico y creíble, de conformidad con
la petición que hizo Jesús al Padre en la oración de la Ultima Cena (cf. Jn 17,20-21).
La Evangelización nunca es un acto aislado o individual, sino siempre
profundamente eclesial, que se ha de cumplir con el espíritu y con el método de
la comunión. Esto se hace urgente en las Iglesias en cuyo territorio se está
llevando a cabo la evangeliazación de los no cristianos (43).
Procuren los presbíteros tener una verdadera amistad con sus hermanos;
gracias a ésta podrán ayudarse, con mayor facilidad, a crecer en la vida
espiritual e intelectual, prestarse asistencia en las necesidades materiales, y
tener una vida más plena y serena. Esta amistad entre los sacerdotes, realizada
en Cristo como consecuencia de la comunión de cada uno con El, es una gran
ayuda para superar el peso y las dificultades de la soledad (44).
Los presbíteros encrgados de la cura de almas, en especial los párrocos,
consideren que les han sido confiados especialmente los sacerdotes jóvenes que
el Obispo les envía como colaboradores; ayúdenlos fraternamente de manera que
no se sientan abandonados y se integren positivamente en el presbiterio.
Entre los medios que favorecen esa fraternidad, se pueden señalar las
asociaciones sacerdotales. Han de estimarse aquellas que, con estatutos
reconocidos por la autoridad eclesiástica competente, fomentan la vida
espiritual, la convivencia humana, las actividades culturales y pastorales, y
favorecen la unidad de los presbíteros entre sí y con su propio Obispo (45).
Han de evitarse las asociaciones que tiene un espíritu cerrado, una mentalidad
exclusivista, sobre todo si están de alguna manera relacionadas con grupos
potentes o movimientos políticos, o son favorecidas por ellos (46). De todos
modos, insístase, en las Iglesias jóvenes, en la unidad de todo el presbiterio.
Se debe dar especial importancia a la fraternidad entre los sacerdotes
seculares y los misioneros, especialmente los que han contribuido a fundar la
Iglesia y a desarrollar el clero nativo.
La fraternidad sacerdotal, cierto, abarca también a los sacerdotes que
pertenecen a Institutos de vida consagrada o a Sociedades de vida apostólica.
Y, en cierto sentido, se extiende también a los laicos que siguen a Cristo más
de cerca en una vida consagrada. Prepárense los presbíteros, y estén dispuestos
a ayudar espiritualmente a los hermanos y hermanas laicos, de acuerdo con las
directrices del Obispo, sin intervenir, sin embargo, , en asuntos referentes a
la disciplina y a la organización interna de la comunidad.
7. Ministro de la Palabra. Pertenece al presbítero, como
educador del Pueblo de Dios en la fe, partícipe de la misión profética de
Cristo y cooperador del Obispo, anunciar la Palabra de salvación y, con su
fuerza, congregar a los fieles (cf. Rm 10,17) (47). Un deber específico del
predicador del Evangelio es comunicar la Palabra de Dios, de la cual es humilde
servidor - no la sabiduría humana (cf. 1Co 2,1 ss) (48). El ministerio de la
Palabra se realiza de distintas maneras. En las Iglesias jóvenes, se pueden
destacar las siguientes: el primer anuncio a los no cristianos; la predicación
a los fieles; la catequesis a los catecúmenos y a los bautizados; la
evangeliación de la enseñanza y de la cultura; el diálogo individual.
- Evangelizador
incansable. El presbítero dé prioridad a la tarea de anunciar, mediante la
palabra, el mensaje del Evangelio a quienes no están todavía bautizados en
el territorio que le ha sido encomendado. Ese primer anuncio es una
responsabilidad fundamental que la Iglesia, a través de los apóstoles,
recibió del Señor mismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva a toda la creación" (Mc
16, 15; cf. Mt 28, 19). Todo
sacerdote, en virtud de su función profética, y en estrecha colaboración
con la responsabilidad misionera de su Obispo, tiene el deber
imprescindible de anunciar a los hombres "al Dios vivo y a Jesucristo
enviado por El para salvar a todos (Cf. 1Ts 01, 9-10; 1Co 1,18-21), a fin
de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo (cf. Hch 16, 14), que abre sus
corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor" (49). Como
Pedro y Juan, todo presbítero manifieste su deseo de ser mensajero
infatigable de la Buena Nueva de Jesucristo: "No podemos nosotros
dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 04, 20); y escuche, come si
fueran para él las palabras que el Señor dijo a Pablo: "No tengas
miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo" (Hch 18, 9-10).
Al organizar las actividades apostólicas de la diócesis y de la parroquia,
deberá darse un lugar destacado a la función específica del anuncio a los no
cristianos, involucrando en primer lugar a los sacerdotes y a los diáconos, con
la estrecha colaboración de los catequistas y de toda la comunidad de los
fieles.
- Al servicio de la
predicación. Es deber del párroco, con sus colaboradores, programar la
predicación, para que llegue a todos los fieles con regularidad y
frecuencia, incluso a aquellos grupos que no tiene la posibilidad de
celebrar la Eucaristía con ocasión de todas las fiestas de precepto.
La predicación implica, para los sacerdotes, un elevado
sentido de responsabilidad y deberes concretos: no debe ser improvisada, sino
preparada mediante el estudio, e interiorización en la oración; ha de expresar
los valores perennes de la Sagrada Escritura, de la Tradición, de la liturgia,
del magisterio y de la vida de la Iglesia (50); debe haber coherencia entre la
predicación y la conducta del sacerdote, de manera que la Palabra sea
corroborada por el testimonio (cf. Mt 5,
16); han de exponerse criterios perennemente actuales para la vida
cristiana individual y comunitaria (51).
En la predicación, se destaca la homília, que es parte de la misma liturgia
y está reservada al sacerdote o al diácono. Se le da un lugar privilegiado y
debe exponer los misterios de la fe y las normas de vida cristiana, basándose
en el texto sagrado y siguiendo el año litúrgico (52). Debe estar vinculada con
la catequesis, aplicando a las formas concretas de vida, en el contexto cultural,
los misterios proclamados.
En las zonas de misiones, donde hay escasez de clero, póngase de relieve la
posibilidad de admitir a predicar también a los laicos, en conformidad con las
normas canónicas (53). Elijan los sacerdotes algunos de los fieles más idóneos
y prepárenlos a este delicado ministerio. Si éstos últimos han sido
oficialmente escogidos por el Obispo, inclúyanles en los programas parroquiales
de predicación y asístanles fraternamente.
- Comprometido en la
catequesis. La formación catequética, entendida como enseñanza sistemática
de la doctrina y como iniciación gradual en la vida cristiana, es un deber
grave de la comunidad eclesial y en particular de los pastores de alma
(54). Los párrocos, en virtud de su cargo, deberan garantizar que la catequesis
se lleve a cabo en forma ordenada y regular, en favor de todas las
categorías de los fieles, y que abarque todos los grupos de edades (55).
En las misiones, la catequesis ocupa un lugar de primera necesidad para
ayudar a que surjan nuevas comunidades, y fomentando así la formación religiosa
de los bautizados en un contexto eclesial joven que requiere una adecuada
inculturación y que a menudo se vé sometido a presiones contrarias por el
ambiente no evangelizado, y recibe la influencia del materialismo moderno.
En este campo es indispensable la cooperación de todos los miembros de la
comunidad, pero especialmente de algunas categorías.
Los padres tiene, ante todo, más que cualquier otro, la obligación de formar
cristianamente a sus hijos con las palabras y con el ejemplo (56). Preparen los
sacerdotes a aquellos que están por contraer matrimonio, y apoyen a las parejas
y a los padres de familla cristianos en esa peculiar responsabilidad, mediante
instrucciones apropiadas y con un ayuda práctica.
Nadie puede ignorar la importancia de los maestros para ayudar a crecer en
la fe a las nuevas generaciones (57). La enseñanza de la religión en las
escuelas es, para muchos jóvenesm, el primer contacto que tienen con el
Evangelio. Por lo tanto, empéñense los sacerdotes en el sector de la pastoral
de las escuelas católicas y estatales, pues son un terreno prometedor para una
primera evangelización y un medio propicio para la formación religiosa de los
jóvenes ya bautizados, ya que se deberá encarnar el mensaje cristiano en los
valores de la cultura que la escuela transmite. Las maneras de intervenir
deberán ser diferentes, según las instituciones escolares, la preparación
religiosa de los maestros y las leyes del Estado. Lo que cuenta es hacerse
cargo, con convicción, del sector escolar, en la pastoral diocesana y
parroquial (58).
En las Iglesias de misiones, los catequistas tienen la tarea de explicar la
doctrina evangélica y de organizar, en colaboración con los sacerdotes, los
actos litúrgicos y las obras de caridad (59). En algunos casos, se les confía
el cuidado espiritual de pequeñas comunidades donde el sacerdote solo puede
estar raras veces. Con el desarrollo de las Iglesias, el catequista para todo
se va configurando más bien como una función específica, con la única tarea de
la catequesis. Es necesario que los sacerdotes se entiendan muy bien con los
catequistas, dando valor a su trabajo, retribuyéndoles justamente y se
preocupen por su formación espiritual e intelectual, de acuerdo con las normas
diocesanas, en escuelas destinadas a este fin (60).
Instruir, y acompañar a los catecúmenos, es una de las funciones
primordiales de los catequistas. La experiencia demuestra que el desarrollo de
la primera evangelización se debe a su generosidad, sobre todo en las zonas
donde los no cristianos son numerosos. En este contexto, ha de subrayarse la
función del catecumenado peculiar de las misiones que, a través de la
instrucción y la práctica, inicia a los catecúmenos en el misterio de la
salvación y les lleva a vivir la fe, la caridad y el apostolado. Es tarea de
las Conferencias Episcopales establecer estatutos para organizar el
catecumenado sobre la base del Ordo Initiationis Christianae, especificando los
deberes, las prerrogativas y los programas de los catecúmenos (61). Se pida a
los sacerdotes un empeño generoso para valorizar el catecumenado, con la
convicción de que es el mejor medio para que se desarrolle la comunidad, en
cuanto a nuevos miembros, y en madurez.
Para facilitar la instrucción catequética y, en general, el anuncio de la
Palabra, es importante que los presbíteros crean en la utilidad de los medios
de comunicación grupales y sociales, y los empleen, ayudando también a los
fieles a formarse criterios eficaces para su correcta utilización. Habrán, pues,
de tener una cierta sensibilidad, suficiente preparación, capacidad para
suscitar la colaboración de los laicos, y saber emplear los medios apropiados
(62).
- El
diálogo entre las personas. Todas las formas de comunicación de la Palabra
deben realizarse mediante la transmisión, siempre eficaz, de persona a
persona. El Señor mismo la utilizó, como lo demuestran, por ejemplo, las
conversaciones con Nicodemo (cf. Jn
03, 1 ss), la Samaritana (cf. Jn
04, 1 ss), Simón el fariseo (cf. Lc
07, 1 ss) y con otros. Hay que estimular el contacto personal del que
comunica la Palabra con el que la recibe. Los sacerdotes, en particular,
valoricen el Sacramento de la Penitencia y la dirección espiritual como
medios importantes de formación; mediante el contacto y diálogo fraternos,
se podrán dar respuestas más adecuadas a los problemas, siempre
diferentes, de persona a persona (63).
8. Presidente de las celebraciones litúrgicas y ministro de
los Sacramentos. El presbítero, partícipe de manera especial del Sacerdocio de
Cristo, actuando como ministro suyo y bajo la autoridad del Obispo, ejerce su
función sacerdotal sobre todo en los actos litúrgicos y en la administración de
los sacramentos (64). Deberá, por tanto, empeñarse en adquirir un profundo
sentido litúrgico y ser un animador convencido de la vida litúurgica de los
fieles (65).
- Pastoral sacramental. Por
lo que se refiere al ministerio de los sacramentos, la tarea primordial de
los presbíteros es procurar que se conozca verdaderamente, en especial
mediante la catequesis, su carácter eclesial, su finalidad intrínseca y su
unidad con la Eucaristía, la aptitud radical de los fieles para recibirlos
y vivir su gracia propia en virtud del sacerdocio común de los fieles
(66). Lúchese contra la idea equívoca de que los sacramentos han de
considerarse como acciones aisladas en si mismas, como un efecto mágico,
separados de la vida.
Dado que los fieles bien dispuestos tienen derecho a recibir los sacramentos
(67), procuren los pastores que tengan una preparación adecuada (68). Es
necesario precisar, aquí, que la pastoral sacramental no se limita al tiempo
que precede la celebración, sino sigue más adelante para acompañar y llevar a
la madurez, prestando especial atención a los neófitos (69). La comunidad tiene
el deber de crear un ambiente fraterno a quienes reciben los sacramentos por
primera vez.
Para que la Iglesia pueda desarrollarse, es preciso poner de relieve el
carácter central de la Eucaristía, en virtud de la cual, y alrededor de la cual
la comunidad se forma, vive y llega a la madurez. Al ofrecer el Santo
Sacrificio "en la específica identificación sacramental con el Sumo y Eterno
Sacerdote" (70), los presbíteros habrán de colocar, efectivamente, el
misterio eucarístico en el centro de su vida y de su comunidad. No olviden que
sólo a partir de ese centro vital podrán anunciar la Palabra con fruto y reunir
a la comunidad que les ha sido encomendada. Esfuércense por estimular a los
fieles a que tomen parte activa en la Santa Misa, ofreciendo la divina víctima
a Dios Padre y uniendo la ofrenda de su propia existencia (71), reciban con
frecuencia el pan de vida, y veneren con adoración a Cristo vivo en el
tabernáculo (72). Cuando, por falta de sacerdotes, no es posible celebrar la
Sta. Misa todos los domingos en todas las comunidades, los pastores deberán
establecer un programa que contemple la celebración por turnos, de manera que
los fieles puedan tener una cierta garantía y orden en este campo esencial para
su vida cristiana.
En la situación actual, coinviene también invitar a los sacerdotes a un
"ejercicio diligente, regular, paciente y fervoroso del sagrado ministerio
de la Penitencia" (73). Esta pastoral requiere disponibilidad y espíritu
de sacrificio, pero es la expresión más elevada de la misericordia de Dios en
Cristo a través del ministerio de la Iglesia. Esfuércense los sacerdotes en
presentar este sacramento también como una solución para los conflictos del
mundo actual, en cuanto que el pecado individual repercute siempre en la vida
social, con consecuencias desastrosas para la dignidad integral del hombre
(74).
En las Iglesias de territorio de misiones, gracias a una catequesis fiel a
la doctrina, y a la generosidad de los pastores, la práctica del sacramento de
la Penitencia es todavía frecuente. Habrá que superar las dificultades en
cuanto a la organización y al número limitado de confesores para conservarla e
intensificarla. Una programación ordenada ayudará a coordinar las fuerzas; en
especial, con ocasión de las grandes fiestas, de manera que los sacerdotes que
son vecinos se ayuden mutuamente. Hay que tener siempre presente que la
confesión individual es el único modo ordinario para que un fiel consciente de
que está en pecado grave se reconcilie con Dios y con la Iglesia. Por lo que se
refiere, en cambio, a la absolución a varios penitentes a la vez, sin previa
confesión individual, hay que recordar que puede administrarse sólo bajo
ciertas condiciones: cuando hay peligro de muerte, o si se presenta una
necesidad grave; es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes,
no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno
dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su
parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de
la sagrada comunión. Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las
condiciones requeridas por la norma canónica; éste, teniendo en cuenta los
criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede
determinar los casos en los que se verifica esa necesidad (75). No habrán de
descuidarse, especialmente en los momentos principales del año litúrgico, las
celebraciones penitenciales comunitarias; se ayudará a los fieles a comprender
el sentido profundamente eclesial de purificación, aunque no sea bajo la forma
sacramental.
Principalmente, pero no exclusivamente, en los Territorios donde se realiza
la primera evangelización de los no cristianos, los sacramentos del Bautismo y
de la Confirmación requieren especial atención por parte de los sacerdotes.
Por lo que se refiere al Bautismo, subráyense especialmente los efectos, a saber:
la liberación del pecado, la filiación divina, la configuración con Cristo y la
incorporación a la Iglesia (76). En la fase de preparación, la pastoral deberá
dirigirse a los padres y a los padrinos cuando se trata del Bautismo de niños,
y a los candidatos mismos cuando son adultos (77). Se deberá valorizar la
natural connexión entre catecumenado y bautismo (78). No deberá descuidarse la
pastoral postbautismal, ya que los neófitos necesitan una especial ayuda para
cumplir fielmente los deberes de la vida cristiana e integrarse en la comunidad
eclesial que les ha recibido (79).
En cuanto a la Confirmación, también es importante insistir en los efectos.
Por ella se progresa en el camino de la iniciación cristiana, y ella enriquece
con los dones del Espíritu Santo, vincula más estrechamente a la Iglesia y
obliga más estrictamente a comprometerse en el apostolado, dentro y fuera de la
comunidad eclesial (80). La pastoral deberá cuidar de la preparación de los
confirmandos y luego acompañarlos para que su vida cristiana sea más madura y
su compromiso apostólico, aún con los no cristianos, sea más generoso. La
administración de la Confirmación es una ocasión propicia para establecer un
vínculo personal y concreto entre cada uno de los candidatos y el Obispo.
- Algunas prioridades en la
pastoral litúrgica, En las Iglesias que se van desarrollando hacia una
plena madurez, la pastoral litúrgica presenta algunos aspectos
prioritarios: ante todo, el sentido comunitario de las celebraciones, como
bra de Cristo y de la Iglesia (81), en las cuales todo cristiano puede
participar según sus aptitudes, de acuerdo con las distintas órdenes y
funciones (82).
Además la necesidad de la participación activa que supone, tanto una previa
preparación, como una conciencia del valor de la acción litúrgica (83). La
pastoral litúrgica exige, además, que se preste atención a la relación entre la
celebración y la vida, de manera que los fieles puedan manifestar en sus
actividades las múltiples riquezas del misterio de Cristo que han conocido
mediante la fe (84). Ese tipo de pastoral exige un notable esfuerzo de
inculturación, para que se comprendan más fácilmente las celebraciones y
correspondan a la sensibilidad de las personas en su contexto cultural, sin
desde luego disminuir el imprescindible sentido de misterio (85). El estudio y
las iniciativas de inculturación de la liturgia deberán emprenderse a nivel de
las Confrencias Episcopales, en conformidad y armonía con la tradición y las
normas de la Iglesia universal. Los sacerdotes con cura de almas deberán
sostenerlas con convicción y realizar las orientaciones según el programa común
aprobado en la diócesis (86). En fin, tómense bien en cuenta las celebraciones
dominicales cuando falta el ministro sagrado. Ratificada la celebración de la
Eucaristía como centro y cumbre de la vida cristiana, es indispensable asegurar
a las comunidades alejadas del centro una reunión de oración todos los
domingos, aún cuando no se puede celebrar la Misa por falta de sacerdotes (87).
Las Conferencias Episcopales y los Obispos locales tienen el deber de organizar
esas celebraciones conforme a las normas de la Iglesia (88) por lo que se
refiere a su contenido, su relación con el año litúrgico, la persona que las
debe presidir, su desarrollo y la necesidad de no confundirlas con la
celebració eucarística. Corresponde a los sacerdotes preparar a las comunidades
interesadas y a sus animadores, de manera que estas celebraciones en las que se
lee la Palabra de Dios y, posiblmente, se distribuye la Eucaristía, sean una
verdadera expresión de la oración de la Iglesia que pueda ayudar a los fieles a
santificar el domingo y aumentar en ellos el deseo de participar en la Santa
Misa.
- La actitud del sacerdote
que preside habrá de inspirarse no sólo en una comprensión adecuada (89);
deberá tener, asimismo, una apropiada dignidad. Esta se logra, en la
liturgia, también en la sencillez y pobreza de los edificios y objetos
sagrados, siempre que las celebraciones se realicen con devoción interior
y exterior, evitando toda prisa o descuido. Esfuércese, pues, el
presidente de la acción litúrgica, por animarla activamente, interviniendo
personalmente con las exhortaciones apropiadas que aparecen en las
rúbricas y dejando lugar a las otras intervenciones: lecturas, cantos,
gestos, y a los momentos de silencio. La presidencia de las acciones
litúrgicas, y su animación, exigen al sacerdote riqueza interior, buen
conocimiento doctrinal, la capacidad de hacer participar a los demás y el
esmero en prepararse cada vez.
- Fiel observancia de las
normas litúrgicas. Por lo que se refiere a los gestos, palabras,
ornamentos y objetos, el sacerdote deberá hacer hincapié en el sentido de
lo sagrado que está relacionado con el culto, y mostrar también un interés
pedagógico. La Iglesia ha publicado instrucciones precisas al respecto que
todos los sacerdotes deben seguir (90). Esta fidelidad a las normas de la
celebración, y el dinamismo al presidir, servirán de ejemplo para la
comunidad. Los fieles deberán comprender la magnitud de los misterios que
se celebran por el fervor interior de los sacerdotes y la dignidad de su
comportamiento. Sepan los sacerdotes que faltan a su función de guías y
pueden desorientar a los fieles cuando modifican, con ligereza, el
desarrollo de la acción sagrada agregando o suprimiendo algo
indebidamente, o celebran sin ornamentos, con vasos no sagrados, o fuera
del lugar y sede prescritos. Reconociendo que existen situaciones de
necesidad y hay excepeciones justificadas, se invita calurosamente a los
sacerdotes a brindar a las jóvenes comunidades de misiones celebraciones
litúrgicas lo más dignas y ordenadas poisibles. Recuerden, en fin, que las
celebraciones realizadas con dignidad son un sublime llamamiento para
quienes se interesan por el cristianismo y se están acercando a él.
9. Liberación, promoció humana y opción preferencial por
los pobres. La promoción del hombre está asociada a la evangelización: se
trata, en efecto, de la única misión de la Iglesia que se siente comprometida,
por voluntad de Cristo (cf. Mt 25, 41-45;
Lc 16, 19-31), en un auténtico
desarrollo integral del hombre, como individuo y como sociedad, hasta llegar a
denunciar, cuando es necesario, los males y las injusticias sociales que lo
aquejan (91). Hay que recordar, sin embargo, que la misión propia de la Iglesia
no es de orden "político, económico o social", sino
"religioso" (92), en cuanto que ella "da su primera contribución
a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad
sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre " (93).
En este mismo marco, surge la cuestión de la liberación,
que se siente con mayor o menor urgencia en distintas partes de la Iglesia, con
todo lo que ella implica en la acción. Todo hombre ha sido llamado, en el
eterno designio del Padre, a la comunión con Dios, con el género humano y con
todo el mundo; éste se encuentra íntimamente vinculado al hombre y por medio de
él alcanza su fin. Esta comunión es quebrantada por el pecado, pero restaurada
en Cristo, según la promesa de salvación que Dios anunció desde los orígenes de
la humanidad (cf. Gn 03, 15; Rm 5,20-21).
Cristo, muerto y resucitado, en efecto, libera al hombre del pecado y de sus
consecuencias de opresión, egoísmo e injusticia a nivel individual y social,
restaura la comunión y ofrece a todos la salvación. Siguiendo el ejemplo de
Cristo, la Iglesia proclama esta misma liberación y se empeña en ayudar al
hombre para que la conquiste en todos los campos de su existencia.
Es necesario que, en los territorios de misiones, los sacerdotes tengan una
concienca clara y precisa de este problema y conozcan exactamente los elementos
esenciales de una teología de la liberación conforme al magisterio de la
Iglesia (94), a fin de dar una contribución eficaz en el pensamiento y la
acción, sin caer en ideologías sectarias.
La tarea específica de los laicos es llevar los valores del Evangelio y del
Reino al campo económico, social y político (95). A los sacerdotes corresponde
preocuparse por su preparación y asistirles, así como acompañarlos y
estimularlos a asumir sus responsabilidades en el campo específico de las
realidades temporales (96). Tengan los sacerdotes valor y equilibrio en este
sector del apostolado.
Para ejercer, de manera eficaz, la pastoral de la liberación, de la
promoción humana y de la justicia, procuren los sacerdotes conocer
completamente la doctrina social, las directrices y las opciones pastorales de
la Iglesia. Sepan estar cerca de su gente - cuando ésta se halla oprimida por
quienes tienen las riquezas y el poder - manteniendo relaciones de solidaridad,
acogida y concientización, de manera que no se someta pasivamente a las
situaciones de injusticia social. No se detengan los pastores ante las
dificultades inevitablmente relacionadas con esta pastoral.
Hay que recordar, asimismo, el grave fenómeno de los refugiados a causa de
la guerrilla o de las calamidades naturales. El sufrimiento del exilio, la
disgregación de las familias y el aislamiento, además de la extrema miseria,
tienen como resultado, a menudo, el derrumbamiento de los ideales, la
desconfianza o incluso la desesperación. La fé religiosa constituye un apoyo
precioso para reconstruir una vida. A menudo, el sacerdote es el primero que
recibe el impacto de estas situaciones, con los problemas inherentes como la
concentracioón de la población, la promiscuidad en los campos de prófugos, y
los jóvenes que van a la deriva. En estos casos, se requiere una especial
sensibilidad y preparación, por parte de los sacerdotes, para realizar una cura
pastoral más específica.
Quando se trata de llevar a cabo iniciativas de desarrollo, y en los casos
en que se denuncian injusticias públicas, actuén los sacerdotes no aisladamente
sino unidos, con un programa estudiado a nivel diocesano y aprobado por el
Obispo. Debe tenerse presente que algunas intervenciones desproporcionadas y
poersonales, en especial en el campo sociopolítico, pueden hacer deslizar al sacerdote
fuera de su esfera que es la caridad pastoral, disminuir la credibilidad en su
misión, desorientar a los fieles y perjudicar al apostolado.
Las solicitudes de ayuda material para otras Iglesias o instituciones
públicas deben hacerse siempre con aprobación del Ordinario y según un plan
diocesano, a fin de garantizar una sana precaución entre las distintas
comunidades parroquiales.
Entre las exigencias del Evangelio, se destaca la caridad
hacia todos, en particular hacias los pobres. La Iglesia reitera su opción, o
amor preferencial por los pobres, pidiendo a los sacerdotes que sean
coherentes. No se trata de una elección exclusiva, sino de una forma especial
del primado de la caridad; un amor a los hermanos por lo que ellos son, y no
por lo que poseen o por la situación privilegidad en que se encuentran. Hay que
tener presente que se consideran pobres no sólo los que no tienen, sino también
algunas clases y categorías de personas muy numerosas de oprimidos, marginados,
o personas en graves dificultades como los minusválidos, los desocupados, los
emigrantes, los refugiados, los drogadictos, etc (97). Estén los sacerdotes
cerca de estos hermanos, compartiendo sus problemas y sus sufrimientos, y
viendo en ellos el rostro doliente de Cristo ( cf. Mt 25, 40).
Asimismo en la realización de obras de desarrollo social, estén convencidos
los sacerdotes de que la evangelización debe imponerse gracias a los valores
sobrenaturales del Evangelio y no por la fuerza de los medios económicos. En la
salvaguardia de la misión de la Iglesia, evítese despertar intereses demasiado
terrenales en los fieles y en quienes se acercan al Cristianismo.
10. Artífice de la colaboración. El apostolado es un acto
eclesial, comunitario, ordenado jerárquicamente en distintos niveles de
competencia (98).
Los sacerdotes tienen el deber de ejercer su servicio pastoral con un
espríritu eclesial, permaneciendo profundamente insertados en la comunidad, en
unión y obediencia al Obispo y en colaboración con todos los agentes de
pastoral, evitando obrar en forma autónoma y personalista y siguiendo la marcha
de la comunidad en la realización de planes de acción, con paciencia y
flexibilidad.
El compromiso de los presbíteros a nivel diocesano se manifiesta también
mediante su inserción en los distintos consejos y organismos. Manifiesten ellos
su participación con interés y generosidad, con miras al desarrollo de toda la
familia diocesana.
En la parroquia, pertenece en primer lugar al párroco organizar la cooperación
entre todos los agentes de pastoral: sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos
(99). Debe estimularse el esfuerzo por promover la unidad entre aquellos que
trabajan con plena dedicación, mediante reuniones regulares y frecuentes de
información, planificación y búsqueda de medios de acción.
Con un espíritu de confianza, hay que promover en la parroquia los
organismos de participación previstos por el derecho canónico, como el Consejo
pastoral (100) y el consejo de asuntos económicos (101); así como otras
iniciativas comunitarias como pequeñas comunidades, asociaciones y movimientos.
Hay que tener presente que, en algunas culturas, la pequeña comunidad eclesial
es fundamental en la estructura social y puede constituir un marco ideal
también para la vida cristiana. Ayúdese a estas comunidades de base a ser
verdaderamente eclesiales, es decir, a estar en comunión y cooperación real con
la Iglesia y con los Pastores, en la doctrina, la organización y las
iniciativas apostólicas (102). La sensatez del sacerdote deberá facilitar la
cooperación en la acción de los diversos grupos, con un espíritu de unidad,
pero respetando las características propias de cada uno y su propia autonomía.
Tanto a nivel diocesano como parroquial, merece destacarse especialmente la
colaboración entre el clero local y los misioneros provenientes de otros
países, teniendo presente que muchos de ellos son religiosos. Estos trabajan en
virtud de un mandato universal de la Iglesia, confiado por la Autoridad
Suprema, y de una convención especial con el Ordinario local. Su presencia es
un don precioso de la Iglesia misionera y un intercambio de caridad entre
Iglesias particulares. Sepan estos misioneros integrarse en la sociedad e
insertarse en la Iglesia local, en cuanto son parte de de ella de pleno
derecho: son miembros del presbiterio si son sacerdotes, y adhieren en todo a
su Pastor por lo que se refiere a la actividad pastoral sin dejar de vivir y de
actuar conforme al carisma específico de las constituciones de su respectiva
orden (103). Los presbíteros locales, superando todo espíritu de falso
nacionalismo, vivan en comunión con ellos y sepan valorar su cooperación
apostólica que, sobre todo en lo que respecta a la primera evangelización, no
es sólo útil y especializada, sino en muchos casos indispensable. Favorezcan,
por su parte, los misioneros, el justo desarrollo de fuerzas locales.
Establézcase entre estos Institutos y el clero local una coordinación ordenada
de la acción pastoral, bajo la dirección del Obispo, respetando el sentido de
unidad entre apóstoles, el carácter y el fin de cada Instituto (104).
Para promover la pastoral de conjunto, que es de capital importancia para la
actividad misionera, los sacerdotes deberán actuar con arreglo a una acertada
planificación, por lo menos a nivel diocesano y parroquial. Esto requiere la
utilización de una técnica ya experimentada, a saber: conocer la realidad y
establecer los objetivos generales y específicos, los criterios, las
estrategias y las formas de actuar. Para que la planificación no sea sólo
teórica, háganse programas concretos, estableciendo las metas, las iniciativas,
los responsables, los medios, lugares, fechas, etc. Los programas habrán de
someterse a revisiones regulares.
11. Pastor dedicado a la evangelización de las culturas. El
Evangelio trasciende todas las culturas y no se identifica con ninguna de ellas
(cf. Jn 18, 36). Sin embargo, el Reino
que anuncia el Evangelio, lo viven hombres profundamente vinculados a una cultura,
y la edificación de este Reino no puede prescindir de los elementos culturales.
Este importante sector tiene un profundo significado en la evangelización
misionera; se sitúa, en efecto, en el marco de la Encarnación del Verbo. Es
deber de la Iglesia, nada fácil, evangelizar las culturas, es decir, favorecer
y acoger todos los recursos, las riquezas, las costumbres de los pueblos en la
medida en que son buenos; además, anunciar la Buena Nueva a todas las capas de
la humanidad para transformarlas desde el interior, purificarlas de los
elementos negativos viejos y nuevos, de manera que se pueda expresar nuevamente
el mensaje evanglico a través de manifestaciones valederas.
La inculturación ha de realizarse, en primer lugar, en las Iglesias
particulares, considerándolas como comunidades que viven una experiencia
cotidiana de fe y de amor. Los especialistas pueden estimularla y guiarla, pero
ellos no son los agentes principales. Por otra parte, la inculturación no es
tarea de una sola comunidad, sino de todas las Iglesias que viven en una
determinada zona cultural. La inculturación, en fin, no es un acto que se
realiza una vez por todas, sino una continua integración de la experiencia
cristiana en una cultura, que nunca es estable ni termina.
Es importante recordar que el Evangelio, durante siglos, ha penetrado en
diferentes culturas, asumiendo sus valores, que han llegado a ser valores
humanos universales, elementos que han podido responder a las exigencias de
cualquier cultura. Esto facilita y enriquece la inculturación del mensaje
evangélico en cada cultura. Hay que tener en cuenta lo anterior, en el
discernimiento de los elementos, para no realizar una obra de demolición que
podría privar a un determinado grupo humano de un patrimonio cultural que es
patrimonio de toda la Iglesia.
Los sacerdotes deben comprometerse, con alegría y confianza, en este campo
del apostolado, aprendiendo a juzgar su propia cultura, es decir, a distinguir
en ella los valores, las deficiencias o los errores, y también las
consecuencias del pecado, de manera que cualquier manifestación cultural no se
considere como valor. Ellos deben tener presente que la inculturación no debe
estar en contradicción con la unidad de la Iglesia, sino que debe partir
siempre de la Sagrada Escritura, permaneciendo fiel a la Tradición y a las
directrices del Magisterio vivo (105). Pero para que la inculturación alcance
su fin y los fieles no queden desorientados, los sacerdotes deben actuar en
unión con el Obispo y los demás presbíteros, siguiendo un programa común,
establecido a nivel de la Conferencia Episcopal (106).
En este contexto, se presenta la función imprescindible de la religiosidad
popular católica presente en el país. Si, esta se considera en cuanto conjunto
de valores, creencias, actitudes y expresiones tomadas de la religión católica,
es un elemento privilegiado para el diálogo entre el Evangelio y las culturas;
constituye la sabiduría de un pueblo. Por tanto, para evangelizar profundamente
una cultura, hay que formar en ella esa religiosidad. Procuren los sacerdotes
que la religiosidad popular se alimente de un conocimiento del mensaje
cristiano auténtico y no caiga en la magia, la superstición, el fatalismo, u
otras formas desviadas de religiosidad (107).
12. Amigo y guía de los jóvenes. Los jóvenes son una
realidad viva y actuante en la Iglesia; se encuetran en el centro de sus
preocupaciones y de su amor; son su esperanza (108). La Iglesia, convencida de
que la juventud es por sí misma una riqueza (109), y de que los jóvenes influyen
de manera decisiva en la edificación de la sociedad (110), los encomienda a los
sacerdotes para que éstos les presten un cuidado particular (111) y se formen
hombres y mujeres con una recia personalidad humana y cristiana (112). En las
jóvenes comunidades eclesiales que se encuetran, principalmente en contextos
con mayoría de jóvenes, este tipo de pastoral se considera de orden
prioritario, sin que se pueda renunciar a él, en bien del presente y del
porvenir de la Iglesia (113). Den los sacerdotes importancia a los jóvenes para
la obra de evangelización. Se puede hablar, con razón, de un apostolado de la
esperanza, si los jóvenes son evangelizados y llegan a ser protagonistas de la
evangelización de sus compañeros no cristianos (114).
La actitud del sacerdote respecto a los jóvenes ha de ser apropiada; deberá
caracterizarse por un sincero amor y una gran disponibilidad por su parte;
tendrá que aceptar, aunque sea molesto, su vitalidad; habrá de compartir sus
ideales, sus puntos de vista consistentes, sus problemas y sus actividades;
tendrá que ser capaz de estimularlos a que den un juicio crítico al afrontar
situaciones difíciles como pueden ser, por ejemplo, una cierta cultura
secularizada, y a menudo atea; las ideologías alienantes; la tensión debida a
las injusticias sociales; la difusión de la droga, el permisivismo sexual, el
desempleo, etc. Los sacerdotes, por consiguiente, deben permanecer junto a los
jóvenes para iluminarlos y guiarlos en medio de estos escollos, ayúdandoles así
a formarse en un ambiente de confianza, a superar las contraddiciones que les
son peculiares y a expresar propuestas positivas de vida y emprenderlas en
forma coherente. Por tanto, tendrán que hacer lo posible por examinar las cosas
desde el punto de vista de los jóvenes, darles mucho tiempo, mostrarles
interés, tener con ellos relaciones de amistad y utilizar la práctica de la
dirección espiritual que influye de manera tan profunda en los años de la
juventud. Los sacerdotes deben tener siempre presente que la Iglesia tiene
muchas cosas que decir a los jóvenes, y éstos tienen muchas cosas que decir a
la Iglesia (115).
Es necesario, asimismo reunir a los jóvenes en grupos masculinos, femeninos
o mixtos, valorizando las estructuras escolares, las asociaciones y los
movimientos, o también promoviendo la formación de grupos espontáneos. Los
jóvenes tienen necesidad de participar y de sostenerse mutuamente, de realizar
algo efectivo, para crecer juntos. Por lo tanto, traten los sacerdotes de
conocer bien la dinámica de grupo y, sobre todo, preocúpense por formar
dirigentes de grupos juveniles.
A nivel diocesano, habrá que establecer un organismo para la promoción de la
pastoral juvenil, con sacerdotes preparados, a los que se les encomiende este
ministerio y que estén disponibles para intervenir en las parroquias o en los
grupos con una aportación cualificada.
Presten especial atención los sacerdotes a un fenámeno actual particular que
influye en la difusión del mensaje: un gran número de jóvenes insisten, por una
parte, en que se les considere como tales a una edad ya adulta; mientras, que
por otro lado, imponen criterios poco maduros, que ellos llaman juveniles, para
juzgar la vida. Es un problema de inadaptación que debe tenerse presentem allí
donde se manifiesta, para evitar condicionamientos.
La pastoral juvenil no se limita a los jóvenes; se refiere a toda la
comunidad cristiana. Se trata de formar y de ayudar a la comunidad a comprender
y a tener en cuenta los anhelos de los jóvenes, y a dar testimonio de rectitud
e integridad y de coherencia en la fé; a integrar a los jóvenes en ella; en una
palabra: a considerarse como verdadera comunidad humana sólo si hay una
presencia viva y una aportación dinámica de la juventud. Adultos y jóvenes,
unidos, estrechamente y capaces de un intercambio mutuo de valores, forman la
comunidad cristiana real y completa.
13. Promotor de las vocaciones. Los sacerdotes desempeñan
un papel único e insustituible en la pastoral vocacional. Con la convicción de
que el Espíritu sigue distribuyendo con gran liberalidad los carismas de las
vocaciones especiales, y que Cristo sigue llamando a los jóvenes porque los ama
(cf. Mc 10, 2) (116), esfuércense los
sacerdotes por acompañar a los jóvenes durante el período delicado y decisivo
de la búsqueda vocacional.
La pastoral vocacional comienza en la comunidad cristiana, con una
invitación a la oración y al testimonio. La comunidad, en la variedad de
servicios, funciones y carismas, tiene un papel importante de corresponsabilidad
en cuanto al origen de las vocaciones. Sigue, luego, involucrando a las
familias y a las escuelas, ya que los padres y los maestros son educadores
también en la esfera relativa a la elección de la vida (117). Pero los
principales interlocutores en el diálogo vocacional son los mismos niños y
jóvenes; toca a los sacerdotes llamarles y ayudarles a encontrar la luz en todo
el abanico de las vocaciones.
Así, cuando un joven demuestra una verdadera madurez
cristiana, y manifiesta inclinación a la vocación sacerdotal, a la vida
consagrada o al compromiso misionero, el sacerdote debe acercarse a él con
delicadeza y acompañarle individualmente mediante una esmerada dirección
espiritual. A ejemplo de Jesús, no temerá interpelarlo, proponiéndole explícitamente
la opción de una vida enteramente consagrada a Dios en un servicio apostólico
(cf. Mt 04, 19-20:Mt 19,21; Jn 01, 39, 42-43). El sacerdote ha de
tener presente, sin embargo, que la mejor propuesta debe proceder de su propia
vida, coherente y feliz. Evite, además, presentar ante todo la ayuda que se
presta a los pobres, descuidando el punto focal y decisivo de toda vocación
sagrada, a saber: la persona misma de Jesucristo que se debe amar y seguir para
cooperar a la salvación del hombre. No se olvide que las vocaciones a la vida
consagrada nacen sólo gracias a una intensa vida cristiana.
Un punto importante de esta pastoral es la ayuda que se brinda al joven para
que pueda valorar sus motivaciones vocacionales. Hay que conocer muy bien la
calidad de los candidatos, y evitar que las casas de formación se llenen de
jóvenes que no han sido suficientemente probados. El Obispo es quien tiene la
responsabilidad de indicar los criterios necesarios para realizar un
discernimiento de las vocaciones que tenga en cuenta la madurez humana y
espiritual, las capacidades intelectuales, el espíritu de servicio y la aptitud
para asumir un compromiso social. Ha de incluirse, como condición esencial,
entre los criterios de discernimiento de la vocación el presbiterado, la
sensibilidad y disposición del candidato para propagar el Evangelio entre los
no cristianos. Será útil, asimismo, integrarse en los programas vocacionales a nivel
diocesano y nacional, recurriendo a organismos y formas de ayuda adecuadas, y
participando en iniciativas comunes.
Parte de la pastoral vocacional, es la acogida y el apoyo que se dan a los
seminaristas cuando están de vacaciones con la familia o durante los períodos
establecidos de experiencia pastoral. Los sacerdotes, especialmente el párroco,
han de estar cerca de ellos y acompañarles en la vida de oración, en las
experiencias apostólicas y en el estudio, conforme a las orientaciones del
seminario. Demuestren los sacerdotes una especial disponibilidad y atención
hacia los diáconos durante el período establecido de pastoral que constituye un
momento especial para formarles e iniciarles en el ministerio.
14. Atento a la identidad propia de los laicos. La atención
por los laicos es muy importante para la Iglesia. Esta subraya con insistencia
su vocación a la santidad y el triple oficio - sacerdotal, profético y real -
de los bautizados y confirmados (118).
Tengan los sacerdotes una actitud de apertura y atención
hacia los laicos, y siéntanse con ellos discípulos del Señor. No olviden, en el
ejercicio del ministerio, que, aunque tengan distintas funciones son, con los
laicos, "como miembros de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya
edificación ha sido encomendada a todos" (cf Rm 12, 4-10) (119).
La pastoral de los laicos tiene en cuenta, ante todo, su índole secular. A
ellos corresponde, por propia vocación, buscar el Reino de Dios gestionando las
cosas temporales. Viven en el siglo, en las condiciones ordinarias de la vida
familiar y social, pero están llamados por Dios como desde dentro, a modo de
fermento, para que contribuyan a la santifidación del mundo, guiados por el
espíritu evangélico (120). En las Iglesia que viven en grupos humanos de
minoría cristiana, la presencia de los laicos bautizados adquiere un particular
significado, en cuanto ellos pueden dar el testimonio más fácilmente
perceptible de la fuerza y de la actualidad del mensaje evangélico (121).
La acción de los fieles laicos se revela, hoy, cada vez más necesaria y
valiosa, pues la tarea misionera de la Iglesia asume una amplitud siempre nueva
y exige un compromiso responsable y solidario por parte de todos los
bautizados. Desde esta perspectiva, la fomación de un laicado maduro y
responsable se presenta como elemento esencial e irrenunciable de la
"plantatio Ecclesiae" y de su desarrollo (122).
Toca a los sacerdotes mantener vivo, en la conciencia de los fieles, el
grave deber que tienen de anunciar el Evangelio y de animar el orden temporal,
siendo solidarios con sus conciudadanos, con espíritu de caridad y con la
fuerza del Evangelio (123).
Sean los sacerdotes promotores convencidos del apostolado de los laicos,
formándoles de manera adecuada y animándoles a que se comprometan con
entusiasmo, movidos por un impulso verdaderamente cristiano (124).
Introdúzcanles en los consejos y demás organismos, encomendándoles cargos en la
comunidad, conforme a su vocacón propia y peculiar (125). Los sacerdotes no han
de reemplazar nunca a los laicos; más bien deberán animarles en sus
actividades, convencidos de que el desarrollo de la Iglesia, especialmente en
las misiones, se logra también mediante la presencia dinámica de un laicado
cada vez más preparado y verdaderamente responsable.
Debe prestarse especial atención a la presencia de la mujer en la vida de la
Iglesia y en las distintas actividades patorales. En virtud de los valores
peculiares de la condición femenina (126), la mujer interviene con más fuerza
en algunos sectores en los cuales debe darse valor a su presencia; por ejemplo:
la vida familiar, la educación de la juventud, la catequesis, la visita a los
enfermos, las obras de asistencia y de caridad, etc., o en los campos donde no
conviene que intervenga un hombre, sobre todo si es sacerdote. La colaboración
pastoral con las mujeres requiere madurez y reserva en los sacerdotes. La
dirección inmediata de las actividades confiadas a las mujeres se deberá
encomendar, de preferencia, a una de ellas.
15. Apóstol de la familia. La familia cristiana tiene el
privilegio de ser la imagen de Dios-Amor. Ese amor, que involucra a la persona
como cuerpo y espíritu, une a la pareja y se hace fecundo (cf. Ef 05, 25-32). Así, la familia es la
"célula primera y vital de la sociedad" y "santuario doméstico
de la Iglesia" (127). Jesús la defendió por sus valores originarios e
inmutables (cf. Mt 19, 4-8). En todas
partes, la familia vive una situación compleja, con luces y sombras; en los
países de misiones, tiene que resolver problemas especiales, planteados por las
condiciones sociales, las influencias culturales o las convicciones religiosas.
La Iglesia es consciente de los grandes desafíos que debe afrontar la familia
cristiana hoy (128), y reitera su predilección por ella, econmendándola a los
pastores como tarea prioritaria (129).
El cuidado de las familias es uno de los deberes principales del párroco;
con él deben colaborar los demás sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los
laicos bien preparados (130). La pastoral familiar se realiza, en forma
inmediata, en la comunidad parroquial, gracias a su fuerza de comunión; pero,
de manera más específica, en la familia cristiana, en virtud de la gracia
recibida en el sacramento (131).
La pastoral familiar empieza con la preparación de los novios, que es
remota, próxima e inmediata. La preparación remota deberá comenzar con la
catequesis juvenil; la próxima, es tarea de los pastores, con la colaboración
de personas cualificadas: la inmediata, compete directamente a los sacerdotes,
en cuanto se refiere de cerca al sacramento. Cuiden los sacerdotes de la
preparación al matrimonio mediante contactos personales, tanto individualmente
como en grupos (132), subrayando, en especial, el significado del sacramento,
la santidad y los deberes del nuevo estado. En algunas culturas, que deben
apoyarse, las familias mismas se encargan de transmitir a los jóvenes los
valores humanos y cristianos relativos a la vida matrimonial y familiar.
En la celebración litúrgica del matrimonio, los cónyuges
manifiestan el misterio en el que participan: la unión y amor fecundo entre
Cristo y la Iglesia (cf. Ef 05, 32)
(133). Es oportuno, en la medida de lo posible, que esta celebración
sacramental sea solemne, se realice en días festivos o en aquellos establecidos
en el programa diocesano, con la presencia activa y responsable de la
comunidad. El empeño pastoral se manifestará, asimismo, dando importancia a la
Liturgia de la Palabra y procurando la educación en la fe de los participantes
(134).
La pastoral postmatrimonial deberá ser tarea de todos los componentes de la
comunidad, y ayudará a los esposos a vivir cada vez mejor su vocación y misión.
Sigan de cerca los sacerdotes a las nuevas familias, ayudándolas a recibir, con
toda lucidez, la gracia peculiar y siempre actual del sacramento, a vivir con
espíritu cristiano los momentos felices y a superar las inevitables
dificultades; sobre todo, a acoger con amor a los hijos, asumiendo en forma
responsable la tarea de servirlos en su desarrollo humano y cristiano (135).
Mientras se propagan teorías contrarias a la enseñanza de la Iglesia sobre
la transmisión de la vida, a menudo integradas en las legislaciones civiles,
los sacerdotes tienen el cometido difícil y digno de elogio, de ayudar a los
fieles cristianos a ser plenamente conscientes y coherentes en su deber de
"cooperar con el amor del Creador" (136). Es preciso realizar un
trabajo pastoral unitario, perseverante y organizado, a nivel diocesano (137),
para que en las jóvenes comunidades cristianas se arraigue la formación
responsable de la vida, conforme a la tradicional y sana doctrina de la Iglesia.
Con frecuencia, en los territorios de misiones, hay valores culturales que
favorecen la obra de la Iglesia en esta pedagogía matrimonial, y se deben poner
de relieve.
Los pastores deberán tener especial esmero en lo siguiente: - preparar a los
fieles, especialmente a los novios y recién casados, con la ayuda de personas
expertas y moralmente íntegras, mediante cursos y contactos personales, con el
fin de educarles a una verdadera paternidad responsable, según la fe cristiana,
utilizando el método natural (138); - indicar exactamente el sentido y el valor
de la castidad conyugal (139); - luchar enérgicamente contro la plaga del
aborto (140); - fomentar la máxima prudencia y adhesión a las enseñanzas del
Magisterio en todo lo referente a la biomédica, en cuanto a las intervenciones
sobre el patrimonio genético, la fecundación artificial, etc. (141).
Ayuden los pastores a las familias a ser coherentes con los compromisos
cristianos, incluso en contextos indiferentes o contrarios; a sostenerse con
amor, con espíritu de sacrificio y con la oración comunitaria; y a dar un
testimonio auténtico del Evangelio en la sociedad, en particular con los no
cristianos. La visita a las familias es parte importante de la pastoral.
Prepárase seriamente el sacerdote para ese apostolado y compórtese, con
respecto a las familias, como "padre, hermano, pastor y maestro"
(142), sin preferencias, y más bien en favor de aquellas más pobres y de los
que están viviendo momentos particularmente difíciles.
Las Iglesias jóvenes deben afrontar circunstancias prticulares con relación
al matrimonio y a la familia, según la cultura o la situación religiosa y
social local. Se trata de las uniones aceptadas de hecho por la sociedad, pero
que no han sido regularizadas dede el principio ante la Iglesia, bien porque el
esposo todavía no ha terminado de pagar toda la dote, o porque se espera
verificar si la unión es fecunda, o por otras razones de tipo jurídico y de
costumbres.
Además, están los casos bastante frecuentes de poligamia, los matrimonios
mixtos por disparidad de cultos y, en algunas regiones, la plaga del divorcio.
La atención a estas distintas uniones es delicada y difícil. Es tarea de los
Obispos, después de haber consultado a los demás miembros de la Conferencia
Episcopal, precisar los criterios de comportamiento pastoral para aplicar en
las circunstancias concretas las normas universales probadas por el Romano
Pontífice (143), las cuales, aunque excluyan la admisión a los sacramentos,
manifiestan un profundo amor y respeto; ellas son: una sólida formación de los
jóvenes en la coherencia de la vida con relación a los deberes del matrimonio
cristiano: comprensión, sin rigidez, hacia las personas que se encuentran en
tales situaciones por debilidad o por presiones extrínsecas; asistencia a esas
parejas para ayudarles a que no pierdan la esperanza y a que vivan, por lo
menos en cierta medida, una vida cristiana, así como a educar religiosamente a
sus hijos y, si es posible, a regularizar su unión; fiel observancia de las
normas canónicas referentes a los casos de matrimonios mixtos (144) y a la
sanación en la raíz (145).
16. Cercano a los enfermos y ancianos. Los enfermos y los
ancianos requieren una atención particular en la comunidad, en especial por
parte de los pastores (cf. Mt 25, 36.43;
Mc 16, 18; Lc 09, 11). Ellos tienen en común la
fragilidad física y síquica, y unos y otros conocen el dolor en su doble
dimensión: espiritual y corporal.
Establezcan los sacerdotes una fraterna armonía con los
enfermos, considrándolos parte preciosa del rebaño que les ha sido encomendado.
Síganles de cerca, continuamente y ayúdenles a comprender el infinito amor del
corazón de Cristo (cf. Mt 11, 28), la
solidaridad cristiana y el significado misterioso y sobrenatural de la Cruz.
Anímenles a que encuentren fuerza y esperanza en la oración y en la ofrenda de
su sufrimiento para la redención del mundo, en unión con la pasión de Cristo:
"Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor
de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col
1, 24). Gracias al sostén de esta fe, los enfermos pueden llevar consigo el
"gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1Ts 01, 6) y ser testigos creíbles de la
esperanza cristiana ante sus hermanos y antes aquellos que todavía no creen en
el Señor. Hagase hincapié en una acción pastoral para los enfermos y los que
sufren, y con ellos (146).
La Eucaristía frecuente es el don más bello y la mejor
ayuda que el sacerdote puede proporcionar a los enfermos y a los ancianos.
Mediante la Eucaristía, él les recuerda que, a la luz de la resurrección de
Cristo, el dolor y la muerte adquieren un significado victorioso. Es la
respuesta de la sabiduría cristiana a un vacío que existe, a menudo, en la
sociedad actual, sobre todo con el progreso tecnológico. Así se ayuda a los
ancianos a superar la dolorosa experiencia de ver aumentar sus limitaciones y,
en algunos casos, de la soledad y el abandono. Preocúpense los sacerdotes por
atender a los ancianos para que éstos sepan dar un valor a esa época de la vida
que implica una misión específica y original, en razón de la edad. El anciano,
en la Iglesia y en la sociedad, puede justamente calificarse como "testigo
de la tradición de fe" (cf. Sal 44,
2; Ex 12, 26-27), maestro de vida
(cf. Si 06, 34;Si 8,11-12), "el que
obra con caridad" (147). Ayúdese a los ancianos, además, a completar su
vida en forma positiva. Hay que estimular las culturas que manifiestan una
singular veneración por el anciano, dejándolo profundamente injertado en la
familia como "testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes
y para el futuro" (148).
La administración de los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los
enfermos es un momento importante de la pastoral de los enfermos y de los
ancianos. Sean solícitos los sacerdotes en ejercer este ministerio (149), sin
esperar los últimos momentos, y procuren, cuando esto sea posible y conforme a
las disposiciones del Obispo, que la unción de los enfermos se celebre
comunitariamente, para varios enfermos al mismo tiempo, con la participación de
los familiares y, posiblemente, de la comunidad.
Para fomentar la pastoral de los enfermos y de los ancianos, elíjanse
algunos laicos debidamente preparados y oficialmente encargados, como ministros
extraordinarios de la Eucaristía y a otros como encargados de las obras de
caridad (150). El sacerdote, sin embargo, habrá de mantener el contacto
personal, que es irremplazable.
En este contexto, cabe agregar una invitación a que se
preste cuidadosa atención a las exequias de los difuntos. En todas partes, pero
especialmente en las sociedades donde la veneración de los muertos y de los
antepasados es muy importante, acompañen los pastores a las familias en esos
momentos dolorosos y procuren dar relieve a la celebración del rito fúnebre, si
es posible con la participación de la comunidad cristiana. Hagan ellos de
manera que se exprese vivamente el sentido de participación de la Iglesia y el
significado pascual de la muerte cristiana (cf. Rm 06, 3-9; 1Co 15,20-22; 2Co 4,14-15; Ap 14,13), teniendo en cuenta las
tradiciones culturales en ciertos símbolos como el color de los ornamentos, los
cantos y el lugar y forma de la sepultura (151). Es una ocasión privilegiada
para hacer vivir a los fieles una profunda experiencia de la comunión de los
santos, y también para presentar una catequesis sobre los novísimos y el
sufragio para los difuntos. Es, asimismo, una oportunidad para dar testimonio,
ante los no cristianos, de la fe de los bautizados en Cristo, vencedor de la
muerte, y en la vida eterna.
17. Fautor de ecumenismo. La división entre los cristianos
no sólo "contradice abiertamente a la voluntad de Cristo"; es,
incluso, "escándalo para el mundo" y daña a la causa santísima de la
predicación del Evangelio a todos los hombres" (152), retardano la
"plena comunión católica" (153).
Sean los sacerdotes fautores convencidos del ecumenismo,
siempre abiertos a la esperanza de que se realizará la plegaria de Jesús:
"que ellos también sean uno" (Jn
17, 21), sin dejarse desanimar por los obstáculos e incomprensiones locales
que todavía existen.
Expongan los sacerdotes la verdad católica a sus propios fieles,
integralmente y en forma clara (154), sin caer en el relativismo y evitando
toda ambigÜedad en la enseñanza de la fe y el comportamiento, aunque sea con
buenas intenciones.
Por lo que se refiere a las iniciativas del movimiento ecumnico, los
sacerdotes deberán atenerse a las directrices de la Iglesia dadas por la
Conferencia Episcopal y el Obispo local (155).
En las relaciones con los no católicos, que a veces crean problemas de orden
pastoral, eviten los sacerdotes poner de relieve las diferencias y las
rivalidades religiosas, sabiendo sin embargo mantener la unidad y la
transparencia de la fe en su propia comunidad. Hagan todo lo posible por
establecer relaciones de amistad con los responsables religiosos de las demás
confesiones, para ayudarse mutuamente cuando esto sea posible y evitar
incomprensiones y posturas incorrectas de los unos hacia los otros, que
escandalizan a los no cristianos.
En cuanto a las sectas religiosas fundamentalistas e intransigentes,
numerosas en los territorios de misiones y que se muestran, por lo general,
agresivas con el Catolicismo, es necesario catequizar a los fieles sobre los
siguientes puntos: - cuales son las verdaderas notas de la Iglesia que estas
sectas contradicen más; - cuáòes son sus puntos débiles y errores principales;
- la imposibilidad de establecer un diálogo, aunque sea mínimo, con ellas; - el
deber de defenderse, y de evangelizar a sus adeptos, que no pueden considerarse
cristianos. Los sacerdotes, por consiguiente, procuren saber por lo menos los
elementos principales de la doctrina y de los métodos de proselitismo de esas
sectas, para poder ayudar en forma adecuada a sus propios fieles.
18. Atento al diálogo con los no cristianos. El diálogo con
los seguidores de otras religiones es una tarea delicada e importante del
actual apostolado de la Iglesia, . Se trata siempre del diálogo de salvación,
que se realiza sólo en Cristo, y que, por lo tanto, no puede llevar al
relativismo, ni mucho menos menoscabar la integridad de la fe católica. Este
diálogo es necesario para que se pueda conocer con mayor exactitud el
Evnagelio, y su mensaje sea más fácil de percibir.
Permanezcan los sacerdotes atentos y abiertos a esta realidad, y tengan un
conocimiento adecuado de las religiones. no sólo de su historia, límites y
errores, sino también de los valores que - "como semillas del Verbo"
- pueden ser una "preparación al Evangelio" (156).
En un mundo marcado por el pluralismo religioso, es importante establecer y
mantener el diálogo y la colaboración con todos para favorecer las grandes
causas en pro de la humanidad, como la paz, la justicia, el desarrollo, los
derechos humanos, etc. (157). Desde este punto de vista, los sacerdotes tienen
el deber pastoral de infundir en los fieles un espíritu de diálogo, animándoles
a la solidaridad y la colaboración con los adeptos de otras religiones.
En las iniciativas concretas en materia de diálogo interreligioso, actúen
los sacerdotes en el marco de un programa diocesano, conforme a las directrices
del Obispo, de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia universal, y no lo
hagan nunca aisladamente.
Sobre todo, estén convencidos de que los seguidores de las otras religiones
tienen el derecho de recibir la plenitud de la verdad cristiana, - que
potencialmente, desde luego, es patrimonio de la humanidad - por parte de
quienes han recibido el mandato de la Iglesia católica para anunciarla.
III. ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO
19. Necesidad y naturaleza de la espiritualidad del
sacerdote. La vocación al sacerdocio ministerial comienza con un encuentro con Cristo,
quien quiere que su llamamiento se prolongue en una vida misionera: "...
llamó a los que él quiso (...) para que estuvieran con él, y para enviarlos a
predicar" (Mc 03, 13-14). La
experiencia de un encuentro amistoso con Cristo (cf. Jn 01, 39.41;Jn 15,9) lleva a seguirle,
entregándose a él (cf. Mt 4,19ss;Mt 19,27). La respuesta del sacerdote a este
llamamiento se vuelve gozo pascual, porque puede "darse a Cristo el
testimonio máximo de amor" (158). El sacerdote, como los Apóstoles, en
colaboración con su propio Obispo, y estando al servicio de la Iglesia, es el
testigo calificado de Cristo muerto y resucitado: "nosotros (...) somos
testigos" (Hch 02, 32); "lo
que hemos visto y oído, os lo anunciamos" (1Jn 01, 3).
Es preciso que los sagrados ministros conozcan exactamente lo específico de
la espiritualidad sacerdotal para que puedan renovarse continuamente.
Espiritualidad, significa una vida en el Espíritu, que hace del sacerdote un
signo personal y específico de Cristo, puesto al servicio de la comunidad de la
Iglesia local y universal, en relación con el carisma episcopal.
La espiritualidad sacerdotal brota de la gracia del Espíritu Santo, como
participación en la consagración (el ser) y la misión (el actuar) de Cristo
Profeta, Sacerdote y Rey. En las palabras del rito de la sagrada ordenación, se
encuentra resumida en la exhortación del Obispo a los sacerdotes para toda la
vida:"imitad lo que haceis".
Por consiguiente, en la espiritualidad sacerdotal está
incluída, a nuevo título, la vocación a la santidad, como signo e instrumento
personal de Cristo. Si, para los miembros del Pueblo de Dios, existe una
vocación universal a la santidad, o sea, a la plenitud de la vida cristiana
(159), para los sagrados ministros existe una llamada especial a la perfección
que ellos alcanzarán de manera adecuada si ejercen sus funciones con ánimo
sincero y sin descanso, con el Espíritu de Cristo (cf Lv 11, 44.45;Lc 19,2; Mt 05, 48; 2Tm 01, 9: 1P 02, 5).
El sacerdote diocesano encuentra su espiritualidad específica al vivir su
ministerio en la caridad pastoral, en comunión con el Obispo como sucesor de
los Apóstoles, formando un presbiterio a manera de familia sacerdotal, estando
al servicio de la Iglesia local en la cual está incardinado, y permaneciendo
disponible para la misión de salvación universal (160). La espiritualidad
sacerdotal diocesana es, pues, eminentemente eclesial y misionera.
Estén convencidos los presbíteros de que sin una fuerte vida espiritual y un
generoso servicio apostólico, en íntima unión con Cristo Sacerdote y Buen
Pastor, hasta llegar a la cumbre de la santidad, en la línea de la
espiritualidad que les es propia, es imposible realizar la identidad sacerdotal
y perseverar con generosidad en el ministerio.
20. Dimensiones de la espiritualidad sacerdotal. La
espiritualidad del clero diocesano secular se funda, sustancialmente, en las
siguientes bases: - la adhesión de amor y servicio a Cristo, enviado por el
Padre y consagrado por el Espíritu, acogiendo en especial el misterio central
de la Eucaristía y la presencia ejemplar de María; - la comunión y obediencia
cordial y generosa al Romano Pontífice y al propio Obispo; - una fraternidad
profunda con los sacerdotes del presbiterio local; - el servicio apostólico en
favor de los fieles de la Iglesia particular y un empeño en ayudar a las
Iglesias necesitadas, y en evangelizar a los no cristianos.
La espiritualidad del sacerdote diocesano secular se
vivirá, pues, desde una perspectiva trinitaria, mariana, eclesial y misionera.
En efecto, el llamamiento, la consagracián y la misión hacen participar en la
realidad de Cristo, consagrado en el Espíritu y enviado por el Padre (cf. Lc 04, 18; Jn 10, 36), que se prolonga en la Iglesia
(cf. Mt 28, 20; Ef 01, 23). María Madre de Cristo
Sacerdote y fiel a la acción del Espíritu Santo, modelo, y Madre de la Iglesia
está siempre junto a la vida y al ministerio sacerdotal. "Nuestro servicio
sacerdotal nos une a ella, que es la Madre del Redentor y modelo de la
Iglesia" (161).
La nota característica de la espiritualidad sacerdotal es la caridad
pastoral, que se manifiesta en algunas dimensiones básicas.
Es sagrada. El punto de partida de la espiritualidad es la participación
ministerial en la consagración de Cristo Sacerdote, realizada en el momento de
la Encarnación del Verbo en el seno de María, bajo la acción del Espíritu
Santo, que se manifestará plenamente en el misterio pascual. La vocación del
sacerdote a estar con él (cf Mc 03, 14),
llega a ser participación en el sacerdocio de Cristo, y lo compromete a
expresar el carácter sagrado en su propia existencia (cf. Jn 17, 10) (162).
La espiritualidad es comunión con la Iglesia: con el Romano
Pontífice, con el propio Obispo, con los demás sacerdotes y diáconos, los
consagrados y la comunidad eclesial (163). Esta comunión, en virtud de la
sagrada ordenación establece entre los sacerdotes una verdadera fraternidad
sacramental. El carisma espiscopal, que se acoge en cuanto significa la
cercanía de un padre y amigo, es indispensable para realizar esta comunión que
quiso el Señor en su oración sacerdotal (cf. Jn 17, 23). De todo esto se desprende,
que los presbíteros, necesitan un espíritu y una vida comunitarios. El
sacerdote vive esta comunión en la dependencia del Obispo y su pertenencia a la
Iglesia particular, como elemento indispensable del único presbiterio.
La espiritualidad es tambin misión. El ser sacerdote, es la
raíz de la acción específica del sagrado ministro que actúa in persona Christi,
como prolongación de él, en favor de la comunidad local y universal. Esta
realidad obliga al sacerdote a manifestar, en su ministerio, la caridad
redentora del Señor, como digno representante suyo (cf. Rm 15, 5). Los sacerdotes diocesanos,
"bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de la grey
del Señor a ellos encomendada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia
universal y prestan eficaz ayuda en la edificación de todo el Cuerpo de Cristo
(cf. Ef 04, 12). Preocupados siempre
por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de
toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia" (164).
En fin, la espiritualidad require la imitación de la vida
evangélica de los Apóstoles (165), que consiste principalmente en seguir a
Cristo, dejando todo por él (cf. Mt 19, 27);
en estar dispuestos a ejercer el apostolado por todas partes (cf. Mc 16, 20), con un espíritu de
fraternidad y aúdandose mutuamente como miembros de una familia sacerdotal (cf.
Jn 17,12ss; Hch 1,13-14). Los
sacerdotes diocesanos se comprometen a vivir siguiendo a Cristo, según las
exigencias evangélicas de la vida apostólica, y bajo la guía de su Obispo.
21. Líneas evangélicas de la espiritualidad sacerdotal. La
Iglesia, en conformidad con el el Evangelio, traza líneas precisas de vida
espiritual que son fundamentales para constituir la figura del verdadero
sacerdote.
La amistad con Jesús (166). El sacerdote, precisamente por ser prolongación
de Cristo, está llamado a vivir con una actitud de amistad personal y profunda
con él (cf Jn 15,13-16); en la medida en que viva esta amistad, logrará
realizar su propia vocación.
El servicio eclesial (167). Como ministro del Señor y de la
Iglesia, el sacerdote ha de estar animado por un gran espíritu de servicio (cf Lc 22, 26-27; Mc 10, 42-45) que se manifiesta a través
del celo apostólico, la capacidad de sorportar la fatiga del trabajo, la
prontitud para asumir los cargos pastorales, aún los más humildes, sin buscar
honores o intereses personales, y la disponibilidad misionera hacia todos los
que están por fuera del rebaño de Cristo.
La santidad, mediante los ministerios diarios, en el
ejercicio de la triple función del sacerdote (168). Como ministros de la
Palabra, estarán más unidos a Cristo Maestro, que manifiesta la verdad a los
que están cerca y a los que están lejos, y gozarán más profundamente de
"la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 03, 8). Como ministros sagrados,
señaladamente en el Sacrificio de la Misa en el que desarrollan su oficio
principal, ellos ejercerán, de manera ininterrumpida, la obra de la redención
para gloria de Dios y santificación de los hombres (cf Col 11, 26). Como guías
del Pueblo de Dios, estarán estimulados por la caridad del Buen Pastor para que
presten un servicio siempre más generoso en reunir el rebaño, hasta dar la vida
por sus ovejas (cf. Jn 10, 15-17). El
camino real, para la santificación de los presbíteros, está, pues, en el
ejercicio del ministerio. Las actividades del ministerio son los medios
normales que santifican al mismo pastor, siempre que viva en profunda unión con
Cristo, actúe en la fe y en la caridad y no descuide los medios comunes, que
valen para todos los cristianos. Esta unidad de su vida con Cristo será un
equilibrio entre la vida interior y la acción apostólica.
Las virtudes propias del Buen Pastor. La caridad pastoral
se realiza y se manifiesta a través del celo (cf Rm 12,11; 1P 03, 13; 1Tm 04, 14-16), en una vida de
obediencia, castidad y pobreza (169), en una actitud de humildad y en la
capacidad de llevar la cruz, a imitación de Cristo (cf. Mt 10,38;Mt 16,24; Mc 08, 34; Lc 14, 27). Cada
una de estas virtudes constituye un aspecto necesario de la caridad pastoral,
tal como la propone el Evangelio. Procuren los sacerdotes vivirlas con toda fidelidad,
para ser ellos una imagen convincente del Buen Pastor y estar disponibles, con
todo el corazón, para el trabajo pastoral de toda la diócesis y de toda la
Iglesia.
22. Medios de espiritualidad. Los medios comunes de
espiritualidad cristiana son también necesarios a los sacerdotes. Además, se
les ofrecen medios específicos, que consisten en actividades relacionadas con
su ministerio, que se han de vivir según el espíritu y las directrices de la
Iglesia.
La espiritualidad sacerdotal diocesana y misionera no se vive aisladamente,
sino en el propio presbiterio diocesano, en unión con el Obispo. La presencia
central y animadora del Obispo, y la responsabilidad de cada uno de los
sacerdotes, harán que el presbiterio estimule su fervor y brinde medios concretos
para la vida espiritual, llegando a ser una verdadera familia sacerdotal que
cuida y hace progresar a sus propios miembros. En particular, el presbiterio
deberá estimular la formación permanente, especialmente espiritual, indicando
los objetivos y proporcionando los medios a nivel personal y comunitario.
La Eucaristía es centro y raíz de toda la vida del presbítero cuya alma
sacerdotal se esfuerza por reflejar lo que se realiza en el altar (170). El
sacerdote ha de tener una vida eucarística plena y fervorosa, tomando de ella
impulso y fuerza para su vida espiritual. La celebración de la Misa, con la
debida preparación y acción de gracias, y la visita diaria a Jesús
Sacramentado, no son sólo deberes pastorlaes, sino momentos importantes e
insustituíbles de espiritualidad.
La tradición de la Iglesia y las actuales directrices del Magisterio señalan
muchos otros medios de espiritualidad sacerdotal. Cada uno de éstos se debe
interpretar según la identidad peculiar del presbitero: la Palabra de Dios,
proclamada, rezada y meditada: la Liturgia de las Horas, celebrada en nombre de
toda la comunidas y en unión con ella; el sacramento de la reconciliación, que
purifica y fortalece; la piedad mariana, que ayuda a vivir generosamente el
servicio a Cristo y a la Iglesia; la oración personal y contemplativa,
frecuente y regular; los retiros y ejercicios espirituales; el examen de
conciencia, la dirección espiritual, el estudio de la teología, la
participación activa en asociaciones sacerdotales espirituales y apostólicas.
Son, asimismo, muy útiles, las reuniones regulares, ante todo con el propio
Obispo, a quien se le expresarán, como a un padre y amigo, los ideales,
proyectos, problemas y dificultades. buscando con él una solución. Son también
importantes los encuentros entre presbíteros, para que se establezca un
intercambio de vida espiritual y pastoral: retiros, oración, revisión de vida,
dirección espiritual, etc. De este modo, los sacerdotes se ayudarán unos a
otros a poner de relieve los medios de espiritualidad a nivel personal y
comunitario.
La comunión con el Obispo, con los presbíteros y los
diáconos, y con la comunidad eclesial es, a la vez, medio y signo eficaz de
santificación de evangelización. La ayuda mutua llega a ser "fraternidad
sacramental" (171). El carisma episcopal, profundamente sentido y
reconocido (172), es necesario para crear esa comunión querida por el Señor
como participación en su misión universal (cf. Jn 17, 18-23).
Los presbíteros han de profundizar el significado de estos medios clásicos e
insustuibles de espiritualidad, y deben ser coherentes, ordenados y constantes
al practicarlos, para lograr una vida espiritual y misionera rica, conforme al
ejemplo dado por Cristo, por los Apóstoles y por todos los santos sacerdotes
durante toda la historia de la Iglesia.
IV - REGLAS DE VIDA SACERDOTAL
23. La palabra de Dios interpela al sacerdote. Existe una
estrecha relación entre la Palabra de Dios y la vida sacerdotal. De la Palabra,
en efecto, toma su origen y significado la identidad del sacerdote; el anuncio
de la Palabra es uno de sus deberes fundamentales; en la Palabra se encuentra
la fuerza de su fe y el alimento para su vida espiritual (173). La Iglesia, por
lo tanto, recomienda de manera especial, a los sacerdotes, un continuo contacto
con la Escritura mediante el estudio, la escucha y la oración (174), para que
puedan profundizar, cada vez más, en el conocimiento del Señor y en el
significado de su mensaje (cf Flp 03, 8;
Ef 03, 19;Ef 4,13).
Con el fin de poder acoger, interiorizar y anunciar la Palabra, reserven los
sacerdotes unos momentos al silencio y al recogimiento. Si bien la pastoral
apremia con urgencias y requirimientos de todo tipo, son dignos de alabanza
aquellos sacerdotes que saben limitar el número de sus actividades en beneficio
de su desarrollo espiritual. En la organización de su vida, encuentren los
sacerdotes la manera de dejar tiempo para reflexionar sobre la Escritura, leer
a los Santos Padres y estudiar las ciencias sagradas. Esta riqueza interior
hará de ellos unos apóstoles con mayor fuerza de convencimiento para aquellos
que no creen en el Señor.
24. Vida de oración. Entre los medios y expresiones que son
más importantes en la vida espiritual del sacerdote están las prácticas de
oración. La oración del sacerdote es, ante todo, participación en la fe y la
oración de la comunidad, en la cual deberá manifestarse como en un lugar
privilegiado (cf. Hch 01, 14) (175).
Es también un ejemplo para los fieles que se ven animados, de este modo, por
sus pastores, a vivir la comunión con Dios. Además de la oración en la
comunidad cristiana, el sacerdote debe alimentar su propia vida espiritual con
una copiosa oración personal. Ha de sentir su responsabilidad como hombre de
oración ante los demás hermanos, a imitación de Cristo, el cual "está
siempre vivo para interceder en su favor" (Hb 07, 25). Con la oración, antes que con
la palabra o con la acción, el sacerdote debe comunicar lo divino a los
hombres, y hablar a Dios en su nombre. Del corazón del sacerdote habrá de
subir, hacia el Padre, la adoración, la alabanzam, la acción de gracias y la
petición en nombre de los fieles y también de los no cristianos.
Hay que reconocer, con realismo, que el ritmo de la
actividad pastoral en las Iglesias de territorios de misiones no facilita el
ejercicio de una oración regular. El sacerdote, como hombre de lo sagrado, no
puede aceptar una situación en la que se sacrifique habitualmente la oración a
causa del trabajo. Las ocupaciones pastorales pueden a veces modificar el
orden, el tiempo y también el modo con que se realizan las prácticas piadosas,
pero no deben nunca hacer mella en la oración. Dignos de estima son aquellos
sacerdotes que saben ordenar sus ocupaciones, y si es necesario incluso
limitarlas, en favor de la oración. La Iglesia propone a los sacerdotes, con
confianza, el ideal más elevado de la vida de oración, hasta la contemplación,
invitándoles a que tiendan hacia ella sinceramente, a pesar de sus límites, de
las dificultades externas y de las ocupaciones apremiantes (cf. Lc 18, 1; Ef 06, 18; 1Ts 05, 17).
La celebración eucarística que los sacerdotes realizan in persona Christi,
constituye la cumbre de la vida espiritual. Sean, pues, fieles en la
celebración diaria de la Misa, con la debida preparación y acción de gracias
(176), posiblemente con la participación de los fieles. Es bueno que los
sacerdotes que se alojan en un mismo sitio concelebren por lo menos en alguna
ocasión importante, con el objeto de reforzar la fraternidad sacramental. La
Eucaristía pide también a los sacerdotes que permanezcan en la presencia de
Jésus vivo en el tabernáculo, visitándolo diariamente y con largos momentos de
adoración.
La recitación de la Liturgia de las Horas, oración oficial de la Iglesia
confiada a la piedad de los sacerdotes, ha de ser completa y ordenada, para
consagrar el desarrollo del tiempo en alabanza a Dios, en comunión con toda la
comunidad orante. No han de omitirse fácilmente partes del breviario, a no ser
que haya motivos graves y proporcionados. Allí donde haya varios sacerdotes, es
oportuno que reciten juntos una parte del Oficio Divino. Dondequiera que sea
posible, hagan participar los pastores a la comunidad de los fieles en la
celebración conjunta de las Laudes y las Vísperas (177).
La oración mental, realizada en actitud de escucha, de oración y de
disponibilidad, es la forma más elevada de confrontación entre la propia vida y
la Palabra de Dios. Por consiguiente, sean los presbíteros fieles a la práctica
de la meditación diaria, preferiblemente al comenzar el día (178). En ella
encontrarán luz, consuelo y remedio para todas las necesidades de la vida y del
ministerio. La experiencia confirma que esta meditación regular pone orden en
la vida, asegura el desarrollo espiritual e impide que se caiga en la tibieza.
La piedad mariana deberá encontrar un lugar amplio, habrá
de expresarse espontáneamente y con amor a la Madre de Dios y de la Iglesia. Miren
los sacerdotes a María como modelo de entrega a Dios, de escucha, de oración y
de disponibilidad. Manifiesten su devoción en la celebración fervorosa de sus
fiestas, en el rezo diario del rosario y en las demás formas de piedad mariana,
incluso aquellas que son la expresión de una sana piedad popular. Reconozcan la
presencia de María en su vida, y confien en su asistencia protectora sobre los
propios fieles y los que todavía no conocen al Señor Jesús, para que también
ellos puedan escuchar de su voz materna: "Haced lo que él os diga" (Jn 02, 5).
Ministros de la Reconciliación, acérquense los sacerdotes al sacramento de
la penitencia con frecuencia y regularidad (179), posiblemente dirigiéndose al
mismo confesor, para que les conozca y ayude mejor. En este sacramento, ellos
no sólo obtendrán el perdón de los pecados, sino que también adquirirán la
fuerza para ser coherentes con los compromisos adquiridos y para progresar en
su vida espiritual. En este contexto, se recomienda vivamente a los sacerdotes
que, en todas las épocas de su vida, hagan uso de la dirección espiritual,
convencidos de que necesitan, todavía más que los laicos, de un guía que les
ilumine y los aconseje; la dirección espiritual ayuda a permanecer en el fervor
del Espíritu.
Como participación en la ofrenda del Cordero Inmolado,
acojan los sacerdotes la cruz como dimensión necesaria de su propia identidad
(cf. 2Co 4,10;2Co 5,4-5; Ga 6,17). Además del sacrificio que está vinculado a
las situaciones ordinarias de la vida y del ministerio, sepan los sacerdotes
ser generosos en seguir a Cristo que sufre, también mediante la penitencia
voluntaria, ofrecida con alegría, con el mismo espíritu apostólico de Pablo:
"Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros" (Col 01, 24): "Estoy lleno de
consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2Co 7,4).
La vida espiritual tiene una necesidad absoluta de la ayuda
especial que le proporcionan los largos e intensos momentos de reflexión y de
oración (cf. Mc 06, 31). Sean los
sacerdotes fieles a la asistencia a los retiros mensuales y a los ejercicios espirituales
anuales (180). Se recomiendan, igualmente, los retiros organizados por la
diócesis para el clero local, especialmente con la presencia del Obispo. Estas
prácticas, realizadas regularmente con una participación activa, les ayudarán a
adquirir una conciencia exacta de su propia situación espiritual y a mantener
la unidad entre la vida interior y el servicio apostólico (181).
25. Vida intelectual. El continuo progreso de las ciencia
teólogicas que se realiza en la Iglesia con la fuerza y la luz del Espíritu
(cf. Jn 14, 26;Jn 16,13); la urgencia
presenta de propagar el mensaje evangélico y de hacerlo comprensible a los
hombres que de este tiempo y dentro de su cultura; la necesidad de comprender a
la sociedad en sus cambios con criterios de la fe, imponen a los sacerdotes el
deber imprescindible de preocuparse por su vida intelectual (182). Sin ciencia,
el sacerdote es como una lámpara apagada (cf. Mt 05, 14-16). Por esta razón, la Iglesia
recomienda claramente: "Aún después de recibido el sacerdocio, los
clérigos han de continuar los estudios sagrados, y deben profesar aquella
doctrina sólida fundada en la Sagrada Escritura, transmitida por los mayores y
recibida como común en la Iglesia, tal como se determina sobre todo en los
documentos de los Concilios y de los Romanos Pontífices" (183).
Los sacerdotes, en virtud de su identidad de profetas y de pastores, adquieren,
pues, una capacidad interior para seguir el paso renovador del Espíritu Santo
en la Iglesia y poder comprender, cada vez más profundamente, el misterio de
Cristo, pero también para evitar que se reciban con ligereza novedades
inconsistentes o pseudo-científicas.
El campo de estudio de los sacerdotes incluye ante todo, las ciencias
sagradas y otras disciplinas relacionadas con ellas y que pueden facilitar el
ejercicio del ministerio, o aquellas en las cuales ellos se ocupan
profesionalmente. Se recuerda a los sacerdotes la necesidad de transmitir el
mensaje evangélico con un lenguaje catequético adecuado, y de permanecer
abiertos y atentos a la inculturación, incluso en el campo de la teología.
La vida intelectual supone no sólo convicción y disponibilidad, sino tambin
la utilización regular de los medios adecuados; a saber: un tiempo dedicado al
estudio; la participación activa en las iniciativas y encuentros organizados
por la diócesis; la elección de las lecturas; si fuere posible, también la organización
de una biblioteca personal, o diocesana, a la que se pueda recurrir con
facilidad. Además todo sacerdote, además, deberá tener los documentos recientes
del Romano Pontífice y del Obispo, para profundizarlos y hacer de ellos un
instrumento de formación de los cristianos. Deberá, asimismo, saber precaverse
contra las publicaciones que difunden ideas desviacionistas o peligrosas para
su vida y su acción pastoral.
La designación para seguir estudios universitarios en la patria, o en el
extranjero, depende del Obispo, en razón de la unidad que debe reinar en el
apostolado diocesano. Todo sacerdote esté disponible, confórmese a los
programas de la diócesis o de la Conferencia Episcopal, y evite cualquier
ambición. Al terminar los cursos, regrese a su diócesis y dedíquese al trabajo
que se le ha asignado, poniendo por obra la formación adquirida, sin pretender
privilegios en razón de sus calificaciones (184).
26. Vida común. La vida común, basada, en la unidad del
presbiterio y expresión de la fraternidad entre sacerdotes, está vivamente
recomendada por la Iglesia a los sacerdotes diocesanos (185). Ella favorece el
trabajo apostólico de grupo, y sobre todo la primera evangelización que, como
lo demuestra la experiencia, difícilmente puede ser realizada individualmente
(186). Estudien, pues, los Obispos, según las posibilidades, y teniendo en
cuentra los modelos que ofrece la cultura local, las maneras concretas para
llevarla a cabo, superando las dificultades compresibles de organización y las
eventuales resistencias psicolúgicas. Conviene recordar que la vida común no se
improvisa, y requiere una sensibilización y una preparación desde el seminario.
Cuando varios sacerdotes trabajan en una misma parroquia, es aconsejable que
vivan en la misma casa, formando una comunidad. Es oportuno, asimismo,
establecer una convivencia entre sacerdotes que están encargados de distintas
comunidades, pero cercanas. Hágase lo posible por evitar que cualquier
sacerdote, especialmente si es joven, permanezca aislado por largo tiempo. Sin
embargo, como en algunas zonas, por razones pastorales, los sacerdotes se ven
obligados a permanecer solos en su parroquia, esfuercese el Obispo en ayudarles
a mantener y desarrollar el espíritu comunitario, organizando reuniones
regulares de convivencia fraterna, en pequeños grupos o a nivel diocesano.
La vida común no se limita a una convivencia material: es comunión y
participación a nivel tanto espiritual, como pastoral y humano; por
consiguiente, los presbíteros que forman una comunidad deberán saber rezar
juntos, intercambiar informaciones útiles, planificar, programar y verificar en
común las actividades apostólicas: ayudarse mutuamente para renovarse en un
plano cultural; practicar la beneficencia entre sí y, si es posible, alguna
forma de comunión de bienes, según las indicaciones del Obisdpo; transcurrir
juntos los momentos de recreación y descanso; asistirse y animarse en la
situaciones difíciles, en especial aquellas relativas a su vocación; así como
en la fatiga y en la enfermedad; y si fuese necesario, no dejarán de
amonestarse fraternamente.
La vida común facilita el entendimiento entre los sacerdotes de distinto
origen y edad; los jóvenes encuentran una ayuda para sus primeras actividades,
gracias a la experiencia de los ancianos, y éstos hallan colaboración y
estímulo en el entusiasmo y dinamismo de los jóvenes (188).
Para que la vida común logre efectos positivos, allá donde existen
comunidades sacerdotales, procurense un mínimo de condiciones favorables, a
saber: un responsable que no sea necesariamente el párroco; una clara
repartición de las tareas; una organización económica ordenada y un programa
realista para los distintos momentos comunitarios en el curso del día.
27. Obediencia sacerdotal. "Entre las virtudes que
mayormente se requieren para el ministerio de los presbíteros hay que contar
aquella disposición de ánimo por la que estén siempre prontos a buscar no su
propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que los ha enviado (cf. Jn 04, 34;Jn 5,30;Jn 6,30)" (189). La
razón profunda de la obediencia del sacerdote se encuentra en su condición de
instrumento personal de Cristo y, por consiguiente, en tener que conformarse
enteramente a él. Cristo, en efecto, "aun siendo Hijo con lo que padeció
experimentó la obediencia " (Hb 05, 8),
"se despojó de sí mismo tomando condición de siervo (...), obedeciendo
hasta la muerte" (Flp 02, 7-8), y
con su obediencia borró la desobediencia de Adán y mereció la salvación para
todos los hombres (cf. Rm 05, 19).
Además, la tarea de la evangelización de los no cristianos
debe ser acogida y realizada por los sacerdotes con espíritu de obediencia. Así
como Jesús es el primer misionero porque cumple la voluntad salvífica del
Padre: "He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 7), el sacerdote también deberá
vivir su misión en la obediencia a Cristo y su Iglesia, que le envía a reunir
en uno a los hijos dispersos (cf. Jn 11,
52).
La obediencia de los sacerdotes es eclesial; está relacionada con la
ordenación, pues su ministerio no puede realizarse sino en la comunión
jerárquica. Por consiguiente, la caridad pastoral exige que ellos
"consagren por la obediencia su propia voluntad al servicio de Dios y de
sus hermanos, aceptando y ejecutando con espíritu de fe lo que se manda o
recomienda por parte del Sumo Pontífice y del propio Obispo, lo mismo que por
otros superiores" (190).
La obediencia, para los sacerdotes, es ante todo una disposición interior
habitual que les vincula directamente con la voluntad de Dios a través de la
mediación de la autoridad, y les ayuda a superar una concepción demasiado
humana de la autonomía de la persona; pero es también una fiel ejecución de las
normas, coherente con la inserción en el presbiterio y el lugar que ocupa cada
cual en el servicio jerárquico.
La obediencia de los sacerdotes debe manifestarse, hoy, de manera especial,
en los siguentes:
- La
fidelidad al Magisterio: ésta se base en la identidad cristiana y
sacerdotal, y se expresa concretamente en una actitud de obediencia al
magisterio del Romano Pontífice y de los Obispos, de los cuales los
sacerdotes no deberán apartarse para seguir teorías que no han sido
aprobadas, o convicciones personales; esta fidelidad es indispensable para
que sean auténticos y para que puedan presentar una enseñanza conforme a
la verdad revelada; guíe el pastor a su rebaño, alimentándolo con la sana
doctrina, y no lo turbe con propuestas inciertas o desviadoras ( cf. 2Tm 02, 14; Tt 02, 1).
- La aceptación de los
cargos: la fidelidad de los sacerdotes a su tarea de evangelizadores y
pastores se manifiesta, ante todo, en la fidelidad con que aceptan y
realizan la misión que les ha sido confiada por el Obispo. En este campo,
se necesita un espíritu de fe, y un sentido práctico de la obediencia, con
toda disponibilidad, evitando pedir con demasiada insitencia que se les
aignen ciertos cargos o ciertas parroquias, y rechazar lo que manda el
Obispo. Cuando se trata de nombramientos, permanezcan los sacerdotes con
actitud abierta hacia su Obispo, expresándole, en un diálogo franco y
sincero sus ideas; pero, cuando ya está tomada la decisión, acepten con
alegría, sin ulteriores objeciones. Aunque a veces se consideren poco
idóneos para desempeñar un cargo que les han confiado en nombre de la
obediencia, no olviden que una característica peculiar de los sacerdotes
diocesanos, como colaboradores del Obispo, es comprometerse
incondicionalmente para que se solucionen todas las necesidades de la
diócesis. Cuando llegue el momento de retirarse, presenten los sacerdotes
su dimisión al Obispo y estén disponibles para dejar su cargo.
- Observancia de las
exigencias y normas relacionadas con el cargo: el servicio pastoral en una
comunidad cristiana, especialmente si se trata de una parroquia, exige que
los presbíteros sean ordenados y fieles en el cumplimiento de sus
obligaciones, así como en su comportamiento. Esto, en primer lugar, en lo
referente a las intenciones de las Misas: la Iglesia ha establecido nuevas
normas en el nuevo Código (191) a las cuales los sacerdotes han de adherir
con toda atención. Evítese la más pequeña apariencia de interes económico,
y no deje de celebrar, por falta de estipendios, especialmente cuando se
trata de los más más pobres. Obsérvense además, las normas generales y
diocesanas relacionadas con las ofrendas de las binaciones y la Misa por
el pueblo. Todo sacerdote anote las Misas que ha recibido, la fecha de la
celebración, la intención indicada por el donante, los encargos ya
satisfechos y las eventuales transmisiones de intenciones a otros
celebrantes. En las parroquias se ha de tener un libro especial para las
Misas.
Los libros parroquiales, a saber, los registros de bautismos, de matrimonios
y de difuntos, y otros prescritos por la Conferencia Episcopal o por el Obispo,
son importantes para un correcto ejercicio de los derechos y deberes de los
fieles. El párroco tiene la obligación de que estén redactados con atención y
bien conservados. Además en toda parroquia, ha de haber un archivo ordenado y
puesto al día, donde se guarden los libros parroquiales, juntamente con las
cartas del Obispo y otros documentos importante (192).
Los sacerdotes han de vestir el traje eclesiástico, según las normas dadas
por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar (193). No
descuiden con ligereza ese signo de su etado, que llega a ser para ellos una
salvaguardia, y un testimonio para los fieles.
La residencia es, para los pastores, una obligación que está vinculada
estrechamente a su oficio. Sin embargo, conforme a las directrices del Obispo,
los sacerdotes tienen derecho y necesidad de un suficiente tiempo de vacaciones
cada año, que les ha de servir como descanso físico y espiritual. Han de
concederse, una breve interrupción, posiblemente semanal, en el trabajo, que
les servirá también para ponerse al día con lecturas útiles. Sin embargo, antes
de alejarse de la parroquia por largo tiempo, deberán, ponerse de acuerdo con
el Obispo y buscar un sustituto para el cuidado pastoral (194).
28. Pobreza y uso de los bienes. La Iglesia vive de su
propia vocación siguiendo el camino recorrido por Jesús, quien "realizó la
obra de la redención en pobreza y persecución (cf. Lumen gentium 8; Flp 02, 6-7; 2Co 8,9) (195). La
coherencia con la pobreza evangélica y la opción preferencial por los pobres es
una condición indispensable para que la comunidad eclesial y sus pastores se
consideren creíbles ante los ojos del mundo (196).
Los sacerdotes, en virtud de su ordenación, están llamados a abrazar
"la pobreza voluntaria, por la que se conformem más manifiestamente a
Cristo y se tornen más prontos para el sagrado ministerio" (197).
La virtud de la pobreza para los sacerdotes es, ante todo,
la elección radical del Señor como "porción y heredad" (Nm 18, 20); es vivir en el mundo sin
pertenecer a él (cf. Jn 17, 14-16) y
sin disfrutar de él completamente (cf. 1Co 7,31); es saber establecer una
justa relación de desprendimiento y libertad respecto a las realidades
terrenas.
La pobreza afectiva y efectiva exige algunos comportamientos determinados de
los sacerdotes con relación a sus propios bienes y a los de la Iglesia,
respetando la virtud de la justicia (198):
- Una cierta garantía
económica: es necesario que los sacerdotes tengan una cierta garantía económica
como servidores del altar (cf. 1Co 9,13), para que puedan ejercer el
ministerio sin excesivas preocupaciones y distracciones. Vale siempre el
principio tradicional de que el mantenimiento de los sacerdotes está
confiado a las respectivas comunidades cristianas. Pertenece a las
Conferencias Episcopales y a cada Obispo establecer las formas más
adecuadas para una justa retribución de los sacerdotes, precisando lo que
corresponde al sacerdote y lo que toca a la Iglesia. El uso de los bienes
personales, sin embargo, debe también estar impregnado de un espíritu de
pobreza y caridad. Por tanto, los sacerdotes han de vivir la
"espiritualidad del peregrino", cubiertas las necesidades de su
vida y la justa retribución de quienes trabajan a su servicio, las ganancias
que superen, las emplearán, en favor de la Iglesia y de las obras de
caridad, sin acumular para sí, convencidos de que el estado clerical no es
una ocasión para mejorar la propia situación económica.
- Un estilo de vida sobrio:
agradecidos con la Divina Providencia, los sacerdotes utilicen rectamente
los bienes temporales para llevar una vida digna, pero sencilla,
desprendidos de las riquezas y absteniéndose de todo aquello que puede
parecer vanidad. Así ellos podrán ser verdaderos testigos, y enseñar a los
fieles, de manera convincente, el sentido cristiano de los bienes
temporales y de su utilización.En algunos contextos sociales, llegar a ser
sacerdote significa, concretamente, subir de grado en la escala social.
Esta situación, aunque sea involuntaria, no debe alejar a los sacerdotes
de su propia gente. Para que el estilo de su vida sea un testimonio
evangelico y no los separe, por tanto, de los pobres, sean los presbíteros
sobrios en el empleo del dinero, ahorrando para ayudar a los que están
necesitados; no desprecien la oportunidad de realizar algún trabajo
sencillo, por ejemplo, relacionado con la conservación de la casa,
pequeños cultivos, etc:, sin consagrar, desde luego, demasiado tiempo a
éste, con menoscabo de la pastoral. Despójense con gusto de lo que no es
necesario, sobre todo de lo superfluo; sigan un criterio de modestia en el
arreglo de la casa, en la elección de los adornos, vestidos, medios de
transporte, audiovisuales, etc.; eviten las vacaciones frecuentes y en
lugares costosos; utilicen bien el tiempo y sean trabajadores. Todo esto
lo exige el espíritu de pobreza, y es necesario también para acercarse a
los pobres sin humillarlos.
- Una administración
responsable: coscientes de que los bienes temporales de la parroquia son
de la Iglesia y no propiedad personal, los sacerdotes velarán porque su
administración se haga con justicia y orden, sólo en conformidad con sus
finalidades, a saber: la organización y el fomento del culto y del
apostolado, la honesta sustentación de los pastores y la ayuda a los
necesitados. Sepan establecer una distinción según las normas diocesanas,
entre los bienes personales y aquellos de la Iglesia, que no se deben
utilizar nunca en beneficio de terceros, ya se trate de parientes o amigos.
En la administración de los bienes parroquiales o de las obras pastorales,
recurran a la ayuda de expertos, posiblemente laicos; establezcan el
consejo de asuntos económicos; tengan al corriente a la comunidad sobre la
situación económica de la parroquia, según criterios de prudencia y
transparencia: sean precisos en los informes, de acuerdo con las
disposiciones del Obispo.
- Autosuficiencia económica
y solicitud de donaciones: el objetivo de una comunidad cristiana, desde
el punto de vista económico, es aspirar gradualmente a la
autosfinanciación. Eduquen los sacerdotes a los fieles para proveer las
necesidades de la Iglesia y a compartir con los necesitados. Es
conveniente, animar a una coparticipación entre las distintas Iglesias.
Sean los sacerdotes, sin embargo, discretos al solicitar ofertas y
donaciones: éstas se deberán utilizar únicamente en conformidad con las
intenciones de los donantes; cuando una ofrenda tiene libre destinación,
ha de emplearse en favor de las necesidades de la Iglesia y para ayudar a
los pobres. Sean prudentes al solicitar, e incluso también al aceptar
ofrendas por parte de ricos y potentes para no exponerse a peligrosos
condicionamientos en su ministerio.
- Seguro de enfermedad y de
vejez: los sacerdotes han de pagar de acuerdo con la ley, las
contribuciones por concepto de previsión social, en caso de enfermedad o
de invalidez, y para la pensión de ancianidad. En caso de que la
organización civil no contemple estas posibilidades de manera adecuada, es
deber de las Iglesias particulares intervenir en ese campo con iniciativas
económicas y estructuras propias, a nivel diocesano o, mejor aún, a nivel
de la Conferencia Episcopal. Se sugiere, igualmente, que se establezcan
casas adecuadas para acoger a los sacerdotes ancianos, de manera que
puedan pasar los últimos años de su vida siendo asistidos con amor, en
toda serenidad y en un ambiente sacerdotal. En este contexto, se invita a
los sacerdotes a que cuiden de su salud en forma de prevención contra las
enfermedades, a que se sometan a control médico periódicamente y tomen las
precauciones necesarias para evitar las enfermedades contagiosas, en
especial en los lugares donde no hay buena higiene.
- Testamento: entre los
deberes relacionados con la justicia y la pobreza, está el de hacer a su
debido tiempo un testamento escrito, depositándolo de preferencia en la
curia diocesana. Ha de tenerse presente que en el testamento no se puede
disponer de los bienes de la Iglesia, sino sólo de los bienes personales.
Preocúpense los sacerdotes por ayudar a la Iglesia y a los pobres también
después de la muerte, y no permitan que sus bienes contribuyan al
enriquecimiento de particulares.
29. Castidad por el Reino en el celibato. La Iglesia ha
estimado siempre, "de manera especial para la vida sacerdotal", la
continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, tan recomendada por
el Señor (cf. Mt 19, 12). En la actual
sociedad, a menudo permisiva, los sacerdotes están llamados a confirmar su
vocación a la continencia perfecta en el celibato, por la cual se consagran
"de nueva y excelente manera" a Dios, "se unen más facilmente a
él con corazón individo" (cf. 1Co 7,32-34) y se dedican al servicio de
sus hermanos con mayor libertad y eficacia, viviendo el don de una "más
dilatada paternidad en Cristo" (199). Es importante que la castidad no se
considere principalmente como una disposición que inhibe a la persona, sino que
se viva haciendo hincapié en sus aspectos positivos.
La castidad perfecta en el celibato es ante todo una gracia que el Padre
concede a quienes la solicitan con perseverancia, confianza y humildad. Al
estar convencidos, sin embargo, de que la ordenación no los deja a salvo de
toda tentación y peligro, y que la castidad por el Reino no se adquiere una vez
por todas, sino es el resultado de una conquista diaria (200), sepan los
sacerdotes recurrir a los medios adecuados y no descuiden algunos
comportamientos reconocidos como eficaces, a saber:
- La sinceridad con Dios y
consigo mismo. En primer lugar, ellos deben tener el valor de ser
transparentes ante Dios y ante su propia conciencia, diciéndose la verdad
sobre sus aspiraciones y eventuales dificultades o debilidades. El
verdadero conocimiento de sí mismo ayuda a descubrir los aspectos que
deben reforzarse y aquellos que han de corregirse; la sinceridad con Dios
abre a la ayuda sobrenatural, y fortalece la alegría de ser sacerdotes.
- Utilización de los medios
adecuados. La experiencia sugiere que se haga atento uso de los medios
sobrenaturales y naturales que favorecen la vida en el celibato. Por
consiguiente, los sacerdotes renueven cada día su pertenencia total a
Cristo; pidan, en la oración, el don de la fidelidad y la perseverancia;
confien su corazón a María, Reina de las vírgenes; y recurran a la
mortificación que los hace capaces de controlarse y de vencer los
obstáculos.
La madurez humana es, para los sacerdotes, una condición indispensable para
llevar una vida casta. Por tanto, deberán prestar atención a su vida afectiva
y, si fuere necesario, se harán ayudar por expertos, de preferencia sacerdotes;
cultiven la amistad con sacerdotes y den la primacía a la vida común con ellos,
evitando quedarse asilados demasiado tiempo; no se expongan a peligros
inútiles; sean moderados en la comida, en el uso de bebidas alcohólicas y del
tabaco; pongan cuidadosa atención en sus lecturas, en la asistencia a
espectáculos, en la utilización de los medios audiovisuales, en los tipos de
diversión, y todo lo que pueda tener un carácter de ligereza.
Hay que tener en cuenta que, algunas veces, hay un contrase entre el
celibato y las estructuras familiares o tribales. El sacerdote ha de ser
coherente con su compromiso también en estos casos, explicando a los demás con
las palabras, y sobre todo con la vida, el verdadero significado de su
elección.
- Comportamiento con la
mujer. En las relaciones con las mujeres es necesaria una especial
delicadeza debido al estado sacerdotal y la sensibilidad de la gente
(201). Esto vale, en particular, con las religiosas, al estar más cercanas
a los sacerdotes por el espíritu religioso, el ideal apostólico y el
estilo de vida. Los sacerdotes, por consiguiente tienen el deber de
mantener relaciones serenas con todas las mujeres, invitándolas a
participar en el apostolado, y eviten atenciones preferenciales y todo
aquello que puede hacer surgir relaciones contrarias a la dignidad y
disminuir la libertad del corazón. Teniendo en cuenta la cultura local,
eviten cualquier manera de comportarse que pueda turbar a los fieles y
disminuir la credibilidad de los sacerdotes, como, por ejemplo, permanecer
solos por mucho tiempo, admitir a las mujeres en las habitaciones, hacer
regalos, realizar viajes, etc. En todos estos comportamientos no es
suficiente atenerse a la propia conciencia como única norma de conducta;
es preciso seguir el criterio general de S.Pablo: "A nadie damos
ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio"
(2Co 6,3; cf.2Co 8,21). En cuanto a las mujeres que prestan servicio en la
casa parroquial, han de seguirse las disposiciones del Obispo o de la
Conferencia Episcopal.
30. Relaciones con la familia y los parientes. La comunión
con la familia de origen tiene un gran valor para el sacerdote. En ella
encuentra un apoyo natural para su vida. En algunas culturas, el problema de
las relaciones entre los ministros consagrados y sus familias es muy agudo, no
sólo en cuanto al aspecto humano y fectivo, sino también por la parte económica
y de justicia. Se debe adoptar un comportamiento evangélico que ayude a vivir
la comunión con los seres queridos, y a asistirlos, sin perder, por otra parte,
la libertad necesaria al ministerio.
Edúquense las familias cristianas para que estimen la vocación de sus hijos
sacerdotes como un don de Dios a la comunidad, y a que compartan su ideal
apostólico, sin intervenir en sus tareas pastorales. Por lo que se refiere al
aspecto económico, los hijos sacerdotes ayuden con agratitud a sus parientes,
sobre todo a sus padres, si éstos se encuentran necesitados, pero siempre con
discreción y sin tomar para ellos de los bienes de la Iglesia. No impliquen
nunca a sus parientes en la administración eclesiástica. Aún poniendo en
práctica la debida hospitalidad hacia los parientes, eviten reibirlos de manera
estable en su propia residencia, en especial si se trata de grupos, y procuren
que sus visitas no condiciones su propia vida y actividad apostólica debido a
su frecuencia o duración.
31. Deberes cívicos. Al ser ciudadonos de su propio país
los sacerdotes tienen el deber de mantener una presencia positiva y dinámica
para colaborar en la construcción y en la vida ordenada de la ciudad terrena,
según el espíritu del Evangelio y la doctrina social de la Iglesia.
Como pastores, "fomenten los clérigos siempre, lo más posible, que se
conserve entre los hombres la paz y la concordia fundada en la justicia"
(202). Antecedan a sus fieles en la observacia del orden y de la justas leyes
del Estado. Tengan también la capacidad de reservarse la libertad requerida por
el ejercicio del ministerio pastoral, conforme a los derechos esenciales e
inalienables de la Iglesia. En la defensa de esos derechos, y en la afirmación
de su propia autonomía, actuén los sacerdotes siempre de acuerdo con el Obispo.
Por lo que se refiere a la participación activa en la vida cívica, la
Iglesia exige a los sacerdotes que asuman un comportamiento conveniente con su
estado, y eviten las actividades que pueden comprometer su credibilidad como
pastores.
Los siguientes campos implican, para la ley canónica, límites precisos: está
siempre prohibido aceptar cargos públicos que lleven consigo una participación
en el ejercicio de la potestad civil; sin licencia de su Ordinario, los
sacerdotes no han de aceptar la administración de bienes pertenecientes a
laicos u oficios seculares que lleven consigo la obligación de rendir cuentas;
se les prohibe estipular hipotecas, incluso con sus propios bienes; y han de
abstenerse de firmar letras de cambio, en las que se asume la obligación de
pagar una cantidad de dinero sin concretar la causa; no deben ejercer por
ningún motivo, actividades de negocios o comerciales, ya sea personalmente o
per mediación de otros;; ni participar activamente en los partidos políticos o
en la direción de asociaciones sindicales (203).
Si el bien de la Iglesia o de la comunidad civil exige que un sacerdote
desarrolle alguna de estas actividades que requieren una licencia especial, el
Obispo debe concederla sólo por un tiempo limitado, en conformidad con los
criterios de la Conferencia Episcopal y después de haber escuchado la opinión
del Consejo presbiteral.
32. Formación permanente. El carácter evolutivo de la
persona humana, el desarrollo de la vida cristian y sacerdotal, el progreso de
las ciencias sagradas y profanas, la necesidad de adaptarse a los ritmos de
evolución de la sociedad, exigen que los presbíteros se mantengan en un estado
de formación continua. Esta tarea abarca todas las dimensiones de la vida:
humana, espiritual, sacerdotal, doctrinal, apostólica y profesional.
La formación humana continua es indispensable al sacerdote para que se
mantenga insertado covenientemente en la vida social, entienda sus valores y
lagunas, establezca relaciones positivas con las personas, comprenda los
cambios y sea apto para formular juicios críticos sobre las realidades.
La formación permanente pone de relieve la dimensión espiritual, sacerdotal
y apostólica: la vocación al sacerdocio, la relación con Dios, el compromiso de
seguir a Cristo, la generosidad en la misión da evangelizador y pastor, la
conversión interior, la renovación de los métodos pastorales, son todos
aspectos que requieren una continua atención y capacidad de desarrollarse
continuamente en vista del gran ideal de la santidad sacerdotal (204).
Los sacerdotes deberán estar convencidos de la necesidad de continuar el
estudio en todos los momentos de su vida, en función de su desarrollo como
personas humanas, como alimento de la verdadera piedad y del contacto con Dios,
y en relación con el trabajo apostólico. El marco cultural de la formación
permanente implica la utilización de instrumentos apropiados, como son los
cursos organizados, el estudio personal, el intercambio de experiencias, etc.,
utilizándolos con perseverancia y con la convicción de que nunca se está
suficientemente al día.
La formación permanente presenta características particulares en
determinadas situaciones y edades. En los primeros años después de la
ordenación, y especialmente con motivo del primer nombramiento, o del cambio de
oficio, préstese ayuda a los sacerdotes, y ellos mismos hagan todo lo posible
por insertarse en el nuevo ambiente y tipo de trabajo, siguiendo los pasos de
algún sacerdote que tenga experiencia. No debe permitirse que el sacerdote
comience un nuevo trabajo sin una conveniente instrucción al respecto. Es
necesario que las diócesis dispongan de structuras adecuadas con este fin, en
especial cuando se trata de sacerdotes jóvenes, durante los primeros años que
siguen a la ordenación.
En la época de la madurez, es conveniente realizar una
revisión crítica de la propia vida y actividad apostólica, posiblemente con la
ayuda de un período más largo de formación especial. Esto podría coincidir con
un año sabático. Otros momentos de la vida exigen en los sacerdotes una capacidad
especial de adaptación, como la enfermedad y la vejez, cuando hay cambios
inevitables de función y limitaciones en la actividad. El Obispo, y los
hermanos en el sacerdocio, ayuden al sacerdote a vivir en forma positiva esos
momentos, estando cerca de él con su cariño, asistencia, y ayuda también
material. En fin, esté el sacerdote siempre preparado para la muerte,
considerada como el encuentro con Cristo vivo y glorioso - a quien se ama por
encima de todo y se sirve con generosidad y fidelidad - y el principio de la
posesión del Reino (cf. Mt 25, 31.34).
33. Unidad, armonía y celo en la vida del presbítero. Las
exigencias vinculadas a la vida del presbítero son muchas, y urgentes. Se
desprenden de los deberes relativos a la oración, de aquellos relacionados con
la vida apostólica, de los que se refieren al estudio, al reposo, a los
contactos con el prójimo. Dignos de alabanza son, pues, aquellos presbíteros
que saben imponerse un programa de vida y se esfuerzan por permanecer fieles a
él de cada día. Ese programa no deberá limitar la libertad y la espontaneidad,
ni vincular a esquemas rígidos que impedirían el servicio pastoral; deberá, má
bien, ayudar a trabajar con método y evitar la improvisación y el peligro de
descuidar deberes importantes. Por lo tanto, habrá de ser un programa esencial,
ordenado, y deberá contemplar la justa proporción entre las distintas
obligaciones.
Sin embargo, para lograr la unidad y la armonía en la vida del sacerdote, no
es suficiente el orden meramente externo en el trabajo pastoral, ni la sola
práctica de la oración, ni la constancia en el cumplimiento del propio deber.
Hay que llegar a lo más profundo, a la fuente de la identidad del presbítero
que es la persona de Cristo, de quien él es ministro.
Para lograr la unidad y la armonía de su vida, los
presbíteros deberán unirse "a Cristo en el conocimiento de la voluntad del
Padre, y en el don de sí mismo por el rebaño que les ha sido confiado"
(cf. 1Jn 03, 16)" (205).
Del Sacrificio Eucarístico, sobre todo, surge esa caridad pastoral que es
capaz de realizar la unidad y la armonía en la vida y en la actividad de los
ministros sagrados, y de producir un celo irresistible. Sólo siendo "el
hombre de lo sagrado", el presbítero será también "el hombre para los
demás".
El celo es consecuencia necesaria del carácter sacerdotal y de la respuesta
generosa a la gracia qu éste implica. Como Pablo, también el sacerdote debe
poder decir: "no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,20); "he sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo
Jesús" (1Co 4,15); "me he hecho todo a todos" (1Co 9,22);
"¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Co 9,16).
El celo, que es ardor interior, convicción profunda, y que se expresa en el
compromiso misionero, en el servicio pastoral incansable, en la apertura a los
que están lejos, en la atención a los demás, en especial a los má pobres, es -
en el presbítero - una necesidad intrínseca que se desprende de su
consagración. Es necesario, por consiguiente, que se realice en todos los
presbíteros esa maravillosa unidad y armonía entre la consagración y la misión.
Los sacerdotes hallarán un modelo sencillo y eficaz en la
Virgen María, que ha sabido sintetizar y expresar toda su participación
personal en la misión de Jesús mediante su amor maternal. "La Virgen fue
en su vida modelo de aquel amor maternal con que es necesario que estén
animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a
la regeneración de los hombres" (206). María, que acogió con fe y amor
(cf. Lc 01, 38), contempló en su
corazón (cf. Lc 02, 19.51) y dio a su
Hijo Jesús a los hombres, será fuente perenne de inspiración y una ayuda eficaz
para los sacerdotes, para que realicen en el mundo el ardiente deseo de Aquel
que les llamó y les envió: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y
¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12,49).
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el curso de la Audiencia concedida al
que suscribe Cardenal Prefecto, el 1° de Septiembre de 1989, ha aprobado la
presente Guia Pastoral y ha dispuesto su publicación.
Roma, en la Sede de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos,
el 1° de Octubre de 1989, Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las
Misiones.
Jozef Card. Tomko, Prefecto
José Sanchez, Arzobispo emérito de Nueva Segovia, Secretario
NOTAS
(1) Cf. CONCILIO ECUMENICO VATICANO II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes divinitus, 16; cf. también: PIO XII Exhortación Apostólica Ad Clerum Indigenam,
28 de junio de 1948: AAS 40 (1948), 374-376.
(2) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 2-5.
(3) Cf. CONC.VAT.II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium 28; Id., Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 2.
(4) Cf CONC.VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 20.
(5) Cf. CONC. VAT.II, Constitución dogmética sobre la Iglesia Lumen gentium,
20; Id., Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
ordinis, 4ss; Id., Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus dominus, 11ss.
(6) Cf. CONC.VAT.II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 4.
(7) Cf. ibid., 7.
(8) Cf. CONC.VAT.II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 4.
(9) Cf. CONC.VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 2.
(10) Cf. CONC.VAT.II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 4; PABLO VI,
Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 75: AAS 68
(1976), 64-67.
(11) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 2.
(12) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 5.
(13) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 48.
(14) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 41; CIC c 835 § 1.
(15) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 27, 41.
(16) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20.
(17) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(18) Cf. ibid., 21.
(19) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 13, 37, 39; Id., Decreto sobre el
ministerio y la vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 2.
(20) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 27, 41.
(21) Cf. ibid., 10.
(22) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus dominus, 28; CIC c 265.
(23) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus dominus, 11.
(24) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 29; CIC c 236.
(25) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 13; Id., Decreto sobre el
ministerio y la vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 6.
(26) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 13; Id., Decreto sobre la
actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 2, 35; CIC c 781.
(27) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 10; cf. Id., Decreto sobre la
actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20.
(28) JUAN PABLO II, Discurso en la Plenaria de la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, 14 de abril de 1989; OR 15.4.1989, 5.
(29) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20.
(30) Cf. La Evangelización en el presente y en el futuro de Anmérica latina,
Puebla, 1979, 368.
(31) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20; CIC c 784.
(32) Cf. JUAN PABLO II, Discurso en la Plenaria de la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, 14 de abril de 1989; OR 15.4.1989, 5.
(33) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(34) Cf. S. CIPRIANO,
Epist. 55, 24; Hartel 642; Epist. 36, 4; Hartel, 575; CONC.VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 23.
(35) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus dominus, 6; Id. Decreto sobre el ministerio
y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 10.
(36) Cf. ibid., 7; Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(37) Ibid.
(38) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 8.
(39) Cf. CIC c 495-502.
(40) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 3.
(41) Ibid. 9; cf. PABLO VI, Encíclica Ecclesiam suam, 06 de agosto de 1964:
AAS 56 (1964), 647.
(42) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 8.
(43) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 27; PABLO VI, Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 60: AAS 68 (1976),
50-51.
(44) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 8.
(45) Cf. ibid.; CIC c 278 §
2.
(46) Cf. CONGREGACION PARA EL CLERO, Declaración Quidam Episcopi, 08 de marzo
de 1982: AAS 74 (1982), 642-645.
(47) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 4; PABLO VI, Exhortación
apóstolica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 68: AAS 68 (1976), 57-58;
CIC c 757
(48) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 4; PABLO VI, Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 15 : AAS 68 (1976),
13-1 5. (49) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 13.
(50) Cf. CIC c 760. (51)
Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 4.
(52) Cf. CIC c 767; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 48: AAS 71 (1979), 1316.
(53) Cf CIC cc 766-767.
(54) Cf. ibid., 773; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Catechesi
Tradendae, 16
de octubre de 1979, 64, 67: AAS 71 (1979), 1331-1333.
(55) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, 16 de octubre
de 1979, 18-25: AAS 71 (1979), 1291-1298, 1307-1314.
(56) Cf. CIC c 774; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Catechesi
Tradendae, 16
de octubre de 1979, 68: AAS 71 (1979), 1333-1334.
(57) Cf. CIC cc 796 ss.
(58) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, 16 de octubre
de 1979, 69: AAS 71 (1979), 1334-1336.
(59) Cf. CIC c 785.
(60) Cf. ibid., 780, 785 § 2; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre
de 1979, 66: AAS 71 (1979), 1331.
(61) Cf. CIC c 788.
(62) Cf. ibid., 772 § 02, 779; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre
de 1979, 46: AAS 71 (1979), 1314.
(63) Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de
1975, 46: AAS 68 (1976), 36.
(64) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 5; CIC c 835 § 2.
(65) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 18-19; JUAN PABLO II, Carta
apostólica Vicesimus Quintus Annus, 4
de dic. de 1988, 10: OR 14.5.1989, suplemento.
(66) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 5.
(67) Cf. CIC cc 213, 843 §
1.
(68) Cf. ibid. 843 § 2.
(69) Cf. ibid., 789.
(70) JUAN PABLO II, Carta apostólica Dominicae Cenae, 24 de febrero de 1980,
8: AAS 72 (1980), 128.
(71) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 5; Id., Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium 34.
(72) Cf. CIC c 898.
(73) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2 de
diciembre de 1984, 31: AAS 77 (1985), 266.
(74) Cf. id., 16: ibid.,
213-217.
(75) Cf. Id, 32-33: ibid.,
267-271; CIC cc 960-963.
(76) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre la
actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 14; CIC c 849.
(77) Cf. ibid., 851.
(78) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 14.
(79) Cf. ibid., 15.
(80) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre la
actividad misionera de la Ad gentes, 36;
CIC c 879.
(81) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 7.
(82) Cf. ibid., 27; CIC c
837 § 1.
(83) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 30; CIC c 837 § 2.
(84) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 10.
(85) Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 16: OR,
14.5.1989, suplemento.
(86) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 37-39.
(87) Cf. CIC C 1248 § 2.
(88) Cf. CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO, Directorio para las
celebraciones dominicales en ausencia del presbítero 2 de junio de 1988.
(89) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 18
(90) Cf. CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción Inaestimabile Donum,
3 de abril de 1980 AAS 72 (1980), 331-334; CIC cc 838, 841, 846; JUAN PABLO II,
Carta apostólica Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 13: OR,
14.5.1989, suplemento.
(91) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 12; Id., Constitución pastoral
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 40ss; JUAN PABLO II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS
80 (1988), 572-574.
(92) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 42ss; cf. PABLO
VI Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 25-28,
32-34; AAS 68 (1976), 23-25. 27-28.
(93) JUAN PABLO II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS
80 (1988), 571.
(94) CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis Nuntius,
6 de agosto de 1984: AAS 76 (1984), 876-909.
(95) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de
diciembre de 1988, 41-43.
(96) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles Laici, 30 de
diciembre de 1988, 15
(97) JUAN PABLO II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS
80 (1988), 572-574.
(98) Cf. PABLO VI Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de
1975, 25-28, 32-34; AAS 68 (1976), 50-51.
(99) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 9.
(100) Cf. CIC c 536.
(101) Cf. ibid. 537.
(102) Cf. PABLO VI Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de
1975, 25-28, 32-34; AAS 68 (1976), 46-49;
(103) CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis
Conscientia, 22 de marzo de 1986, 69: AAS 74 (1987), 584-585; JUAN PABLO II,
Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de dic.
de 1988, 61.
(103) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20; CIC cc. 678, 790.
(104) Cf. ibid., 680.
(105) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 9, 11, 16, 22; PABLO VI, Carta
apostólica Ecclesiae Sanctae, III, 18, 02, CONC. VAT. II, Constitución pastoral
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 44, 57ss; PABLO VI, Discurso en
Kampala, 02 de agosto de 1969: AAS 61 (1969), 587-590; Id. Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 62ss: AAS 68 (1976),
52ss; JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos de Zaire, 03 de mayo de 1980: AAS 72
(1980), 430-439; Id., Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 10:
AAS 74 (1982), 90-91; Id. Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de dic.
de 1988, 44.
(106) Cf. PABLO VI, Carta apostólica Ecclesiae Sanctae, III, 18, 2.
(107) Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de
diciembre de 1975, 48 : AAS 68 (1976), 37-38.
(108) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de dic.
de 1988, 46.
(109) Cf. JUAN PABLO II, Carta a los Jóvenes con motivo del Año
Internacional de la Juventud Parati semper, 31 de marzo de 1985: AAS 77 (1985),
579-628.
(110) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 112.
(111) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 6.
(112) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 31.
(113) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de dic.
de 1988, 46.
(114) Cf. ibid.
(115)Cf. Ibid.
(116) Cf. CONC.VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 11; Id.
, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 2; Id., Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 16;
CIC cc 233, 574 §2, 791.
(117) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de dic.
de 1988, 35.
(118) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 10-12, 20-36; Id., Decreto sobre
la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 21; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, 30 de dic.
de 1988, 14, 16-17.
(119) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 9; cf. JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, 30 de dic.
de 1988, 20.
(120) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Id., Decreto sobre el
apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 3-4; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, 30 de dic.
de 1988, 15.
(121) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 11.
(122) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, 30 de dic.
de 1988, 35.
(123) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Id., Decreto sobre la
actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 11-12; Id. Decreto sobre el
apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 7; Id. Constitución pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 43; CIC c 225 § 2.
(124) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 16; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, 30 de dic.
de 1988, 28.
(125) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 37; Id. Decreto sobre el
apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 24.26; CIC c 228;JUAN PABLO II,
Exhortación apostólica Christifideles laici, 30 de dic.
de 1988, 29-31.
(126) Cf.JUAN PABLO II, Carta apostólica, Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988; 28-30: AAS
80(1988), 1720-1727.
(127) CONC. VAT. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 11.
(128) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 07 :
AAS 74 (1982), 87-88.
(129) Cf. Id, 73; ibid.,
170-171
(130) Cf. Id., 73-75;
ibid.; 170-173; CIC c 529 § 1.
(131) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 07 :
AAS 74 (1982), 167-168.
(132) Cf. Id., 66; ibid., 159-162; CONGREGACION PARA LA EDUCACION CATOLICA,
Orientaciones educativas sobre el Amor humano, Lineamientos de educación
sexual, 01 de noviembre de 1983; 60-62; OR, 2.12.1983, suplemento; CIC c 1063.
(133) Cf. JUAN PABLO II, Carta apostólica Mulieris dignitatem 15 de agosto de 1988, 23: AAS 80
(1988), 1708-1710.
(134) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 07 :
AAS 74 (1982), 162-163.
(135) Cf. id., 36-38;
ibid., 126-130; 165-167.
(136) Id., 28 ibid., 114.
(137) Cf. Id., 73-76; ibid.
170-175.
(138) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 50-51; PABLO VI, Encíclica Humanae
Vitae, 25 de julio de 1968, 10-16; AAS 60 (1968), 487-492; JUAN PABLO II,
Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de 1981, 30-35:
AAS 74 (1982), 115-120; SANTA SEDE, Carta de los Derechos de la Familia, 24 de noviembre de 1983, 3:
OR, 25.11.1983, suplemento; JUAN PABLO II, Carta apstólica Mulieris dignitatem,
15 de agosto de 1988, 18-19:
AAS 80 (1988), 1693-1700
(139) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 51; PABLO VI, Encíclica Humanae
Vitae, 25 de julio de 1968, 21-22; AAS 60 (1968), 495-497.
(140) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 51; PABLO VI, Encíclica Humanae
Vitae, 25 de julio de 1968, 14: AAS 60 (1968), 490-491; JUAN PABLO II,
Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de 1981, 30-35:
AAS 74 (1982), 115-117; SANTA SEDE, Carta de los Derechos de la Familia, 24 de noviembre de 1983, 4,
a: OR, 25.11.1983, suplemento.
(141) Cf. Id., 04, b.c.: ibid.:CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE,
Instrucción Donum Vitae, 22 de febrero de 1987: AAS 80 (1988), 70-102.
(142) JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de 1981, 73: AAS
74 (1982), 170-171.
(143) Cf. Id., 33, 77-84:
ibid. 120-123, 175-186.
(144) Cf. CIC cc 1124-1129; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris
Consortio, 22 de nov. de
1981, 78: AAS 74 (1982), 178-180.
(145) Cf. CIC cc 1161-1165.
(146) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles
Laici. 30 de diciembre de 1988, 53-54.
(147) Ibid., 48.
(148) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de 1981, 27: AAS
(1982), 113-114.
(149) Cf. CICC cc. 922, 1001.
(150) Cf. ibid., 230 § 03, 231 § 01, 910 § 2.
(151) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 81.
(152) CONC. VAT. II, Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 1.
(153) Ibid., 4.
(154) Cf. Ibid., 11.
(155) Cf. CIC c 755.
(156) Cf. S. IRENEO, Adv. Haer., III, 18, 1. PG 07, 932; Id. III, 20, 2:
ibid., 943; S.JUSTINO 1 Apol, 44: PC 6,
395, CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 3, 11.
(157) Cf. ibid., 12.
(158) CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 11; cf. S. JUAN CRISOSTOMO De
Sacerdotio II, 2: PG 48, 633; S. GREGORIO MAGNO, Reg. Past. Liber, P.I. c 5: PL 77, 19.
(159) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 39-42.
(160) Cf. S. IGNACIO M.,
Philad., 04 ed. Funk, 01, 266.
(161) JUAN PABLO II, Carta a los Presbíteros con ocasión del Jueves Santo,
25 de marzo de 1988. AAS 80
(1988), 1290.
(162) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 2, 6.
(163) Cf. Ibid., 7-9.
(164) CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(165) CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorun Ordinis, 15-17.
(166) Cf. ibid., 1-2.
(167) Cf. ibid., 1.
(168) Cf. ibid., 15.
(169) Cf. ibid., 13, 15-17;
CIC cc 245, 247, 273, 275, 277, 282, 287.
(170) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum ordinis, 14.
(171) Ibid., 8.
(172) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus dominus, 15-17, 28.
(173) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la divina revelación Dei verbum, 21.
(174) Cf. ibid., 25.
(175) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 13.
(176) Cf. CIC cc 276 § 2,
2°; 909.
(177) Cf. ibid., 276 § 2,
3°; 1173-1175
(178) cf. ibid., 276 § 2,
5°.
(179) Cf. ibid., 276 § 2,
5°.
(180) Cf. ibid., 276 § 2,
4°.
(181) Cf.CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio e vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 14.
(182) Cf. ibid., 19.
(183) CIC c 279, § 1.
(184) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 16.
(185) Cf. CONC. VAT. II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 28; Id., Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 8; CIC c 280.
(186) Cf. Conc. VAT. II,
Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 27.
(187) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presíteros Presbyterorum ordinis, 8.
(188) Cf. ibid.
(189) Cf. ibid., 15.
(190) Ibid.
(191) Cf. CIC cc 945-958.
(192) Cf. ibid., 535.
(193) Cf. ibid., 284.
(194) Cf. Ibid., 283 § 02, 533.
(195 Cf. CONC.VAT.II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
8.
(196) Cf. PABLO VI, Discuroso a los Obispos, Medellín, 24 de agosto de 1968:
AAS 60 (1968), 639-649; JUAN PABLO II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS
80 (1988), 572-574.
(197) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 17.
(198) Cf. CIC cc 222, 231,
281, 282, 1254 § 2.
(199) Cf. CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 17.
(200) Cf. PABLO VI, Encíclica Sacerdotalis caelibatus, 24 de junio de 1967,
73: AAS 59 (1967), 686.
(201) Cf. CIC c 277 § 2.
(202) Ibid., 287 § 1.
(203) Cf. ibid., 285-287.
(204) Cf. ibid., 276 § 1.
(205) CONC. VAT. II,
Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 14.
(206) CONC. VAT. II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 65.