COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA
EPISCOPAL ESPAÑOLA
Católicos
en la vida pública
Madrid, 22 de abril de 1986
INTRODUCCIÓN
1. Una de las principales preocupaciones de los Obispos
españoles en el momento presente es la de destacar los rasgos esenciales de la
vida cristiana, e impulsar la presencia y la intervención de los cristianos en
la vida social. Movidos por este deseo, en la exhortación "Testigos del
Dios vivo" intentamos describir las cualidades de la fe y de la vida
cristiana que debe ser tenidas en cuenta con especial atención para responder a
las exigencias de los tiempos presentes.
2. En la última parte de aquel documento hablábamos de la
necesidad de una presencia de los cristianos en el tejido de la sociedad, que
sea, a la vez, proclamación del Evangelio y compromiso de fraternidad cristiana
1. El Congreso de Evangelización, recientemente celebrado, impulsó
la animación apostólica y misionera del Pueblo de Dios en esta misma línea.
Nueva época, nuevas necesidades
3. Este es el tema que queremos exponer ahora ampliamente
ante vosotros: ¿Cómo debe ser hoy la presencia y la acción de los católicos en la
vida pública? En repetidas ocasiones hemos expuesto la doctrina de la
Iglesia sobre esta materia. La nueva situación en la que hoy tenemos que vivir
nos obliga a considerar de nuevo este aspecto de la vida cristiana y de la
misión de la Iglesia.
4. Al invitaros a esta reflexión y a este compromiso nos
situamos en una línea de enseñanza y de vida que tiene larga tradición en la
Iglesia católica. Especialmente desde los tiempos de León XIII, no sólo la
Jerarquía, sino también muchos seglares se esforzaron por abrir caminos de
presencia y colaboración de los católicos en la vida pública 2.
5. En relación más directa con nuestros problemas, los
Obispos españoles abordaron ya estas mismas cuestiones en documentos
importantes 3. Juan Pablo II, durante su visita a España en 1982,
abordó este mismo tema en varios de sus discursos, especialmente en los de
Barajas, Palacio de Oriente y Toledo 4.
Objetivo de esta instrucción
6. Queremos ahora clarificar las cuestiones doctrinales que
afectan a la intervención de los católicos en la
vida pública y estimular su participación en ella, en conformidad con las
exigencias de la fe cristiana, de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia y de
manera adecuada a las características del momento histórico que estamos
viviendo.
7. Cuando hablamos de vida pública nos referimos al marco
social en el que se desenvuelve nuestro existir que es a la vez fruto de las
actuaciones individuales o colectivas y condicionante de nuestra vida. Hemos
evitado expresamente reducirnos al campo de lo político, porque entendemos que
la vida pública es más amplia y rica que la estrictamente política, aunque ésta
tenga una especial importancia y afecte de alguna manera a todas las demás
actividades.
8. Dividimos el texto en cuatro partes íntimamente
relacionadas entre sí:
I. ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DE NUESTRA SOCIEDAD
II. FUNDAMENTOS CRISTIANOS DE LA ACTUACIÓN EN LA VIDA PÚBLICA
III. FORMAS DE PRESENCIA CATÓLICA EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA
IV. FORMACIÓN CRISTIANA Y ACOMPAÑAMIENTO
ECLESIAL
I. ALGUNAS CARACTERÍSTICAS MÁS SIGNIFICATIVAS DE NUESTRA SOCIEDAD
9. Para que el Evangelio llegue a influir de verdad sobre
nosotros es necesario tener en cuenta las circunstancias concretas en que
vivimos. No podemos vivir como cristianos sin responder con verdad y honestidad
a las circunstancias reales de nuestra vida. Los cristianos somos plenamente
miembros de la sociedad en que vivimos y llevamos dentro la sensibilidad del
momento presente.
10. Al analizar la situación actual hemos de tener presente
una afirmación central de nuestra fe: el hombre es obra de Dios, hecho por Él a
su imagen y semejanza. Por esto mismo, con su actividad personal y colectiva va
consiguiendo a lo largo de la historia grandes adquisiciones con las cuales
perfecciona su propio ser, desarrolla su conocimiento y dominio del mundo y se
hace capaz de dilatar y profundizar las relaciones interpersonales y sociales 5.
11. Junto con estas afirmaciones de signo positivo, la fe
cristiana sostiene también la existencia del pecado en el hombre y en la
sociedad; este pecado, añadido a las inevitables limitaciones de la naturaleza
humana, oscurece y desfigura, a veces dramáticamente, el desarrollo y la
convivencia entre los hombres 6.
12. No es de extrañar que las realidades y logros humanos
sean con frecuencia ambivalentes o ambiguos y hasta parcialmente
contradictorios. No tiene que sorprendernos el vernos a nosotros mismos metidos
en estas ambigüedades. Por medio de ellas nos llega también la voz de Dios que
nos pide una vida personal y comunitaria para colaborar eficazmente en la
realización de sus designios.
13. Nuestra exposición y nuestros análisis no son exhaustivos
ni científicos. En esta primera parte hablamos desde nuestra experiencia
pastoral, con el fin de destacar aquellos aspectos de la vida social más
cercanos a la misión de la Iglesia y a la responsabilidad de los cristianos.
1. Muchos aspectos positivos en el campo de la cultura
14. Como hombres de nuestro tiempo y discípulos de
Jesucristo, vemos con alegría que se van desarrollando entre nosotros algunos
valores importantes: la fuerte sensibilidad en favor de la dignidad y los
derechos de la persona, la afirmación de la libertad como cualidad inalienable
de la actividad humana, la aspiración a la paz, el reconocimiento de la
primacía de la sociedad sobre el Estado, la comprensión del poder político como
servicio a la sociedad y al bien común, el respeto a las minorías y a sus
manifestaciones políticas dentro del Estado, la solicitud por los más
desfavorecidos en la convivencia social, la solidaridad como exigencia de las
relaciones entre los diversos pueblos y grupos sociales.
15. Son también adquisiciones importantes el pleno
reconocimiento de los derechos de la mujer y su creciente integración en la
vida social; el mayor conocimiento y estima de la sexualidad dentro del
dinamismo de la vida humana personal, familiar y social; la valoración y
defensa de la naturaleza y del medio ambiente.
16. A esto hay que añadir el gran desarrollo conseguido en
las ciencias empíricas, el aumento de las capacidades técnicas para producir
los bienes necesarios para la vida de los hombres y extender socialmente los
bienes de la salud, la vivienda digna, la educación, la cultura, las
comunicaciones.
17. Valoramos positivamente el crecimiento de nuestras
relaciones y comunicaciones con otros países en lo material y en lo cultural,
entrando en el concierto planetario que poco a poco, con tensiones y
conflictos, va consiguiendo la humanidad. En este orden de cosas nos parece
singularmente importante el reciente ingreso de España en las Comunidades
Europeas.
Algunas notas negativas
18. La cultura occidental actual, con éstos y otros
notables valores, desarrollados en buena parte por influencia de la fe
cristiana, contiene también elementos negativos y disolventes, como son, por
ejemplo, la falta de convicciones sobre el ser profundo del hombre, el
pragmatismo, el materialismo teórico o práctico y el culto al bienestar como
norma suprema de comportamiento. El ejercicio puramente egoísta de la
sexualidad, al margen de toda referencia y disciplina moral, pervierte las
adquisiciones que cabría esperar de un mejor conocimiento y estima de esta
importante dimensión humana.
19. En nuestra vida española actual están presentes estos
aspectos negativos de la cultura occidental, además de otros más peculiarmente
nuestros: la dificultad para el trabajo organizado y concluido, el elitismo
cerrado y egoísta, la falta de responsabilidad cívica y social, la intolerancia
y agresividad, la facilidad para la crítica inmoderada y destructiva.
Desconfianza ante Dios y la religión
20. Como uno de los rasgos más negativos de la cultura
contemporánea señalamos particularmente la tendencia a considerar el rechazo u
olvido de Dios como condición indispensable para conseguir la liberación, el
progreso y la felicidad. Este rechazo de Dios quiebra interiormente el
verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre y altera en su raíz
la interpretación de la vida humana y del mundo, debilitando y deformando los
valores éticos de la convivencia 7.
21. Desligado de su intrínseca vinculación a Dios, el
respeto a la dignidad de la persona fácilmente degenera hasta el punto de
considerar al individuo y sus aspiraciones más inmediatas como norma suprema
del comportamiento y aún de la estimación de la vida de los demás. La opresión
y hasta la supresión física de los débiles pueden quedar justificadas como
medio de conseguir o mantener el bienestar de los fuertes. Las posibilidades
casi ilimitadas de la razón y de la ciencia dan pie a un pragmatismo radical
que suscita la desconfianza ante lo trascendente. El horizonte vital del hombre
y de la sociedad se reduce así a los bienes de este mundo Nada es importante
más allá de las posibilidades del descubrimiento y utilización del mundo en
beneficio propio 8.
22. De esta manera, el hombre, erigido en fin último de sí
mismo, carece de una referencia consistente que le permita discernir
objetivamente el bien del mal. Al juzgar las cosas y los acontecimientos
exclusivamente según los propios intereses, la ciencia, la técnica, el poder y
los bienes de este mundo se emancipan de una fundamentación moral válida y
liberadora y se convierten en instrumentos de servidumbre, rivalidad y
destrucción. Las aspiraciones más profundas del corazón humano, los valores
morales universalmente reconocidos e invocados, al carecer de su último
fundamento, quedan sometidos a la manipulación y entran en contradicción
consigo mismos 9.
Necesidad de una actitud crítica
23. La gran intensidad con que, en nuestro mundo circulan
las ideas y el enorme poder de los medios de comunicación hacen que nadie pueda
escapar a la influencia de estas corrientes culturales. Estas llegan a todos
los rincones de la ciudad y del campo, con tanta mayor eficacia cuanto menor es
la capacidad personal de reflexión y reacción crítica.
24. No todas las ideas y criterios morales que circulan en
el ambiente y que asimilamos casi sin darnos cuenta, con el señuelo de la
libertad y la modernidad, son compatibles con la profesión de fe en el Dios de
Jesucristo y la vida cristiana. En la medida en que nosotros mismos vivimos
dentro de este ambiente nos resulta más difícil darnos cuenta de ello. En esta
situación es indispensable un esfuerzo positivo de formación y discernimiento 10.
2. Pasos importantes en el ámbito sociopolítico
25. Vivimos en una sociedad secular, pluralista y
conflictiva. En su ordenamiento hemos conseguido en los últimos años avances
importantes. Los cristianos los compartimos y queremos apoyarlos con nuestras
aportaciones personales y colectivas. El reconocimiento de las libertades públicas
y de los derechos humanos en un Estado de Derecho; la coincidencia de los
españoles en un ordenamiento político común que quiere ser respetuoso con los
derechos de las personas, las instituciones y los pueblos; la extensión de la
enseñanza a toda la población; el respeto positivo a la libertad religiosa de
los ciudadanos; la participación de éstos en la vida pública y la promoción de
la justicia, muy particularmente mediante el sistema de la seguridad social,
entre otras cosas, son adquisiciones positivas que, en la medida en que sean
asumidas con honestidad y coherencia, están llamadas a impulsar el desarrollo
de nuestra sociedad.
Otros aspectos preocupantes
26. La realidad es también aquí ambigua. No faltan
deformaciones y riesgos graves. Toda acción política responde a una visión del
hombre y de la sociedad y trata de configurarlos según sus propias ideas.
Cuando un grupo político consigue un poder hegemónico, es casi inevitable la
tentación de implantarse definitivamente y remodelar el conjunto de la sociedad
y hasta las mentes de los ciudadanos según sus propios modelos de vida y sus
criterios éticos.
27. Este riesgo es más grave cuando el nivel de experiencia
y formación política es deficiente, como ocurre entre nosotros. Si las
asociaciones son débiles y escasas, incapaces de hacer valer las convicciones o
los legítimos intereses de la población en una concurrencia libre y pacífica
con los demás grupos sociales, los partidos se convierten en protagonistas casi
exclusivos de la vida social.
28. La excesiva presencia, directa o indirecta, de la
Administración pública en los centros de decisión de la vida económica, social
y cultural, y en los medios de comunicación social, puesta al servicio de su
proyecto político y cultural, recorta gravemente la libertad real de los
ciudadanos y de la sociedad. Surge así un control y dirigismo político que a
pesar de utilizar los procedimientos de un ordenamiento democrático, se desliza
hacia un funcionamiento totalitario y estatificado de la vida social.
29. La indebida politización de la vida pública, poco
conforme con los principios de igualdad y la libertad, se hace inevitable. La
misma división de los poderes del Estado y, en especial, la independencia del
poder judicial se ve amenazada con graves riesgos para la libertad real de la
sociedad y de los ciudadanos.
Un problema crucial todavía sin resolver
30. El dirigismo cultural y moral de la vida social a
través de los medios de comunicación de naturaleza pública, la discriminación
de las personas por razones ideológicas y la actividad legislativa contraria a
valores fundamentales de la existencia humana, tropiezan necesariamente con las
exigencias de una sociedad libre y democrática. Como Obispos de la Iglesia en
España reafirmamos nuestra voluntad de respetar la legítima autonomía de la
vida pública.
31. Por razones de orden estrictamente político o por
reformas de orden social a favor del bien común no surgirán dificultades entre
las instituciones políticas y la Iglesia católica. Ahora bien, en la medida en
que la actividad política, directa o indirectamente, trate de imponer una
determinada concepción de la vida y de los valores morales no podremos dejar de
oponernos a tales proyectos en defensa de la libertad social. Tanto más si lo
que se pretende es sustituir los valores morales de la religión católica por
otras concepciones de la vida, inspiradas en el agnosticismo, el materialismo y
el permisivismo moral. Sin merma de la aconfesionalidad del Estado y de la
política, el respeto positivo al patrimonio religioso y moral de gran parte de
los españoles pertenecientes a la Iglesia católica es también una exigencia del
respeto debido a la libertad de la sociedad. La cultura y la religión son ante
todo asunto de las personas y de las instituciones sociales y no del poder
político 11.
3. Algunas observaciones en el ámbito socioeconómico
32. No es éste el momento de examinar detenidamente los
problemas concretos de nuestra vida económica. Sobre varios de ellos hemos
hablado ya en otras ocasiones. Haremos solamente algunas consideraciones sobre
ciertas cuestiones más cercanas al bien común y a la valoración moral de la
vida socioeconómica en su conjunto 12.
Distribuir las cargas de la crisis
33. Nuestra sociedad está sometida a la prueba de una ardua
crisis económica que dura ya bastante tiempo. Consecuencia inevitable de esta
crisis es el empobrecimiento creciente de la población y la necesidad de
promover medidas extraordinarias y concertadas que activen la vida económica
fomentando el ahorro y la inversión, creando puestos de trabajo, favoreciendo
la renovación y readaptación de nuestras empresas a las nuevas exigencias del
mercado nacional e internacional. La empresa agrícola y la economía rural
esperan también medidas importantes de desarrollo.
34. Nada de esto se podrá hacer sin un gran movimiento de
solidaridad. Es preciso que los costes de la crisis nos afecten a todos
equitativamente. No sería justo que algún sector, aprovechándose de su fuerza o
influencia, tratase de descargar las consecuencias de la crisis sobre otros
sectores más débiles de la población. Por encima de los intereses sectoriales y
de las estrategias oportunistas es indispensable suscitar una conciencia de
responsabilidad y de trabajo que nos unifique a todos en un movimiento de
laboriosidad justa y solidaria.
Honestidad y objetividad en el tratamiento de
la crisis
35. La crisis no debe ser aprovechada para favorecer fines
partidistas o electorales convirtiendo en argumentos de lucha política lo que
habría de afrontarse mediante un esfuerzo compartido en busca del bienestar
general. Ni los intereses de partido ni la rigidez de las ideologías tienen que
prevalecer sobre aquello que aparezca como más provechoso para el bien común.
Esta es la verdadera política que honra a quien la promueve y gana la confianza
del pueblo.
36. Los Sindicatos están llamados a jugar un papel muy
importante en el recto desenvolvimiento de la vida socioeconómica. Para ello
han de ser verdaderamente independientes y actuar en representación y defensa
de los intereses de los trabajadores, estén en activo o en paro, sin someterse
a las conveniencias de las fuerzas políticas o a los propios intereses y
dogmatismos ideológicos 13.
Dimensiones morales de la vida social y
política
37. La vida en libertad no es posible sin un alto índice de
responsabilidad moral de los ciudadanos y de los dirigentes, tanto en el orden
político como en los demás ámbitos de la vida social. La libertad tiene el
precio de la formación personal, del trabajo bien hecho, de la verdad y
honestidad en las informaciones y relaciones interpersonales, de la vigencia
reconocida de unos ideales morales y de unas aspiraciones históricas que
garanticen la justicia y estimulen el dinamismo de la vida social.
La vida democrática no dispensa a los ciudadanos de tener en cuenta las
exigencias morales en el ordenamiento y desarrollo de las actividades públicas 14.
No puede haber una sociedad libre y próspera sin un patrimonio moral común
compartido y respetado. Este patrimonio moral lo reciben las sociedades de su
propia historia y se enriquece sin cesar gracias a las aportaciones de sus
hombres e instituciones.
38. Los católicos creemos que el último fundamento de estas
exigencias morales es únicamente el reconocimiento de Dios como fuente de vida,
inspirador de nuestros comportamientos y Juez supremo de la vida y de la
historia. Por eso creemos también que estamos en condiciones de aportar algo
importante al recto ordenamiento y a la pacífica prosperidad de nuestra
sociedad.
II. FUNDAMENTOS CRISTIANOS
DE LA ACTUACIÓN EN LA VIDA PÚBLICA
Dos alternativas inaceptables
39. Diversas circunstancias históricas de los últimos años,
tanto eclesiales como políticas, han hecho que muchos católicos se sientan
desconcertados y paralizados entre dos alternativas igualmente equivocadas.
40. Por una parte hay todavía quienes piensan que la
Iglesia debería imponer, incluso por medio de la coacción de las leyes civiles,
sus normas morales relativas a la vida social como reglas de comportamiento y
convivencia para todos los ciudadanos. Tales pretensiones no están de acuerdo
con las enseñanzas actuales de la Iglesia acerca de la libertad religiosa y de
sus relaciones con la sociedad secular, tal como han sido expresadas
reiteradamente por el magisterio pontificio y por el Concilio Vaticano II 15.
41. En el otro extremo, no faltan tampoco quienes
consideran que la no confesionalidad del Estado y el reconocimiento de la
legítima autonomía de las actividades seculares del hombre, exigen eliminar
cualquier intervención de la Iglesia o de los católicos, inspirada por la fe,
en los diversos campos de la vida pública. Cualquier actuación de esta
naturaleza es descalificada y rechazada como una vuelta a viejos esquemas confesionales
y clericales. La recta comprensión de la salvación de Jesucristo en la
dimensión individual y social del hombre y de la enseñanza de la Iglesia en
relación con los problemas sociales obligan a ver las cosas de otra manera 16.
Unidad del designio de Dios en Cristo
42. El Dios de la salvación, el Padre de Nuestro Señor
Jesucristo, es también el Creador del Universo y el mismo que ha puesto en
manos del hombre el cuidado y desarrollo de su obra. Cualquier separación o
contraposición entre la esperanza de la vida eterna y la responsabilidad del
hombre sobre la creación y sobre la historia, atenta contra la unidad invisible
de Dios y de su plan de salvación.
43. Dentro de este plan unitario de salvación, Dios ha
destinado al hombre a su Reino eterno como a su fin último, y hacia él lo
conduce misteriosamente. Pero la evocación de Dios a la plenitud de la vida en
su Reino incluye también la llamada del hombre al dominio y cuidado del mundo,
a la ordenación de su propia vida en sociedad y a la dirección de su historia a
lo largo de los siglos, mientras dura el mundo presente. La separación o
contraposición entre el interés y empeño en los asuntos o "realidades
temporales" de este mundo y los dedicados a la propia salvación eterna
contraría la unidad del proyecto de Dios Creador y Salvador, deforma la vida
cristiana y empequeñece la grandeza del hombre sobre la tierra.
44. Por Cristo y en orden a Él, Dios, el Padre ha creado
todas las cosas 17, en Él y por Él ha querido salvar y reunirlo
todo, lo del cielo y lo de la tierra. Respecto al hombre en particular, el
Concilio Vaticano II enseña: que Jesucristo, el Señor, es "la clave, el
centro y el fin de toda la historia del hombre, donde convergen todos los
esfuerzos de la historia y de la cultura"18.
45. Todo lo bueno y digno de las estructuras y actividades,
por las que el hombre pone a su servicio la naturaleza y se va haciendo su
propia historia, ha sido pensado y querido por Dios como despliegue de su
creación misma. Todo ello ha sido creado por Cristo y en orden a Él. Y todo
ello, con su ser y fuerza propios, ha sido salvado, en raíz, por Cristo y está
destinado a recibir en Él plenitud de sentido y de vida.
46. El mundo de lo secular, la técnica, la cultura, la
economía, la política, está frecuentemente pervertido por el pecado. Pero ello
no significa que estas realidades temporales, en su ser y destino propios
recibidos del Creador sean ajenas a Jesucristo y a su redención. Es justamente
lo creado y su desarrollo el término de la acción salvadora de Cristo. Sin duda
las realidades de la creación no se salvan, sino por su participación en el
misterio pascual, es decir, por un proceso de muerte al pecado y de renovación;
pero cuando entra la salvación de Cristo en las realidades temporales,
confirmándolas, curándolas, llenándolas de sentido y de vida en Él, no entra en
ellas como en realidades extrañas. Aun con su ser, valor y leyes propios, el
mundo secular es de Cristo y a Él le está destinado.
Jesucristo, Señor de la Creación y de la
Historia
47. La secularización ha afectado profundamente también a
la conciencia cristiana. A pesar de sus protestas contra la expulsión de Dios
de la vida pública, gran parte de los cristianos reduce lo religioso al ámbito
estricto del culto y de la vida privada; con ello desconocen, al menos
implícitamente, la vinculación de vastos campos de la vida humana al Creador y
a Cristo. Aunque la presencia y acción de Cristo esté oculta y sea negada y
combatida en el mundo que llamamos "profano", no deja de pertenecer
éste a la creación y, por consiguiente, de estar referido realmente a Él, como
a su Señor y Salvador.
48. "Jesús es el Señor" es una de las más
centrales confesiones de la fe cristiana. Con ella el cristiano reconoce que en
Él, Dios ejerce su soberanía liberadora y salvadora. Jesucristo es ya Señor,
mientras dura este mundo hasta que Él venga. Hasta entonces, Jesucristo no sólo
es Señor de la Iglesia, sino también del mundo. No hay parcela de la realidad
sustraída a su efectivo señorío. La presencia y la actividad de Cristo, el
Señor, en el mundo y en la historia es efectiva y no se limita a lo íntimo de
las conciencias y a la vida privada. Aunque la obra de Cristo en el mundo y la
historia se mantenga oculta y bajo el signo de la contradicción y de la cruz,
Él actúa por su Espíritu sobre toda la realidad humana, pública y privada. Su
señorío entra allí donde los hombres ejercen, bajo la luz e impulso del
Espíritu, la libertad regia de los hijos e hijas de Dios frente a las
esclavitudes de una creación sometida a la corrupción del pecado.
Autonomía de lo temporal dentro del designio
divino
49. Este señorío de Cristo en el mundo y en la historia, en
el ámbito privado y público de la vida del hombre, no significa una
subordinación del mundo "profano" a la Iglesia. Tampoco "lo
priva de su autonomía, de sus propios fines, leyes, medios e importancia para
el bien del hombre". Al contrario, lo restituye a su ser original y lo
perfecciona "en su valor y excelencia propios y, al mismo tiempo, lo
ajusta a la vocación plena del hombre sobre la tierra"19. Nada
menos parecido a una teocracia que el ejercicio de la realeza de Jesucristo que
se lleva a cabo en lo oculto, en el servicio y en la libertad bajo el Espíritu
de Dios, bajo el signo de la cruz, con paciencia y esperanza.
50. Siempre que los cristianos desarrollen las
potencialidades de este mundo "bajo el mandato del Creador y a la luz de
su Palabra, mediante el trabajo, la técnica y la cultura, para real y efectivo
provecho de todos los hombres, Cristo iluminará crecientemente a toda la
comunidad humana 20. En esta iluminación y vivificación bajo el
reinado de Cristo, tienen un papel destacado e insustituible los católicos
seglares. Ellos están en medio de las realidades temporales y desde el interior
de las mismas las orientan y dirigen al Reino de Dios en Cristo. Iluminados por
la luz del Evangelio y la doctrina de la Iglesia y movidos por la caridad
cristiana, cooperan con los demás ciudadanos "con su específica pericia y
responsabilidad propia" y buscan "en todo y en todas partes la
justicia del Reino de Dios"21.
Proceso histórico y consumación escatológica
51. El cristiano aguarda su liberación y la de la creación en la plenitud
del Reino, "en los cielos nuevos y en la tierra nueva", donde
quedarán saciados y colmados, en Dios, todos los anhelos de paz, verdad,
libertad y dicha del hombre. Ahí, en esa definitiva y total donación en Dios en
Cristo al hombre y a la creación, tiene concentrado su máximo y radical interés
el cristiano. Por ello pudiera parecer de inmediato que la esperanza de la
plenitud del Reino de Dios no puede dar lugar a un apasionado interés por los
esfuerzos, tareas y luchas de los hombres y a una leal y sincera participación
en ellos, en orden a alcanzar una humanidad lograda. Pero tal esperanza no mengua,
sino que aviva en el cristiano su interés y compromiso en llevar adelante el
proceso intrahumano e histórico de la humanización del hombre 22.
52. No se puede confundir, es cierto, el progreso del
hombre en un proceso histórico con el crecimiento del Reino de Dios, ni las
metas que el hombre pudiera alcanzar dentro de la historia con la plenitud del
Reino que esperamos de la intervención libre de Dios. El esfuerzo del hombre a
lo largo de la historia por humanizar la naturaleza y establecer una sociedad
libre y justa, no puede encontrar su plenitud, sino en el misterio pascual de
Cristo. Este esfuerzo y sus resultados pasarán por la ruptura de la muerte y
serán asumidos y elevados en la resurrección y la vida eterna. Por
consiguiente, tampoco se pueden separar del todo el progreso histórico del
hombre y la plenitud del Reino de Dios. Hay entre ellos una cierta continuidad
y vinculación. Pues "los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y
la libertad: en una palabra, todos lo frutos de la naturaleza y de nuestros
esfuerzos, después de haberlos propagado por la tierra, en el Espíritu del
Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda
mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino
eterno universal"23.
53. Los "cielos nuevos y la tierra nueva" se
están ya preparando. La voluntad del hombre de pervivencia y continuidad tendrá
su cumplimiento colmado a través del misterio de la transfiguración final. En
el "paso" último se conservará lo que se haya construido sobre
Cristo. Lo que en la creación y en su despliegue por la acción del hombre, sea
caduco o, mejor dicho, haya envejecido a causa del pecado, pasará. Por
consiguiente, la ordenación de todo lo creado -sin exclusión de ninguna parcela
de la realidad, natural y humana, individual y colectiva, pública y privada-, a
su salvación final, interesa sobremanera al cristiano y a la Iglesia.
Dimensión individual y social en el proyecto de Dios sobre el hombre
54. La índole social del hombre demuestra que el desarrollo
de la persona humana y el crecimiento de la sociedad en que vive están
mutuamente condicionados. El principio, el sujeto y el fin de todas las
instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual por su misma
naturaleza tiene absoluta necesidad de la vida social. Esta no es algo
sobreañadido de su ser; le es necesario para realizar su plena vocación dentro
del plan unitario de Dios, tanto en los aspectos temporales como en los más
espirituales e íntimos 24.
55. La concreta realidad humana integra dimensiones
sociales y personales. No se puede, por tanto, interpretar en términos de
bondad y de maldad ética, de gracia y de pecado, únicamente el mundo interior
de las intenciones o los componentes de la conducta individual. También los
hechos, las realidades y las instituciones sociales, como todo lo humano, deben
ser interpretadas bajo categorías éticas, religiosas y cristianas.
56. Así como hay comportamientos, instituciones y
estructuras que favorecen la vida justa, la dignificación del hombre y el
desarrollo integral de la persona, hay también situaciones, instituciones,
estructuras y hábitos de comportamiento que son a la vez fruto de pecado y
aliciente para nuevos pecados personales, fuente de discriminación y de odio,
de degradación y de sufrimiento 25.
57. La lucha por el bien y el mal, el avance o retroceso de
los planes de Dios, que van siempre unidos al desarrollo o a la destrucción de
la humanidad, no se juegan sólo en el corazón del hombre o en los ámbitos más
reducidos de la vida personal, familiar e interpersonal.. Las fuerzas del bien
y del mal actúan también en la vida social y pública, por medio de nuestras
actuaciones sociales y de las mismas instituciones, favoreciendo o dificultando
la paz, el crecimiento y la felicidad de los hombres 26.
58. La libertad interior nunca deja de estar asistida por
el Espíritu de Dios. La fuerza de las estructuras pervertidas no destruye el
reducto sagrado en el que cada hombre dialoga consigo mismo y se encuentra con
su Dios. Ninguna situación, por mala que sea, es capaz de cerrar enteramente
los caminos de la salvación personal. Es más, el sufrimiento y la misma muerte
han sido transformados por Jesucristo en caminos de libertad y de salvación.
Esta es la más profunda esperanza nacida del misterio de la cruz.
59. Sin embargo, también es cierto que las condiciones
adversas, en las que por desgracia viven todavía muchos hombres, impiden el
pleno desarrollo de su vida humana, incluso en el orden religioso. Por eso
mismo es obligación de cuantos creemos en Dios y aún de aquellos que
simplemente reconocen el valor moral de la persona humana, hacer cuanto esté a
nuestro alcance para que las instituciones y estructuras que encauzan nuestra
convivencia se acerquen cuanto sea posible a los planes de Dios, en favor de la
fraternidad y de la justicia.
Dimensión social y pública de la vida teologal del cristiano: la caridad
política
60. La vida teologal del cristiano tiene una dimensión
social y aún política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y
salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta al ejercicio
de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo entero de la
vida cristiana.
Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad social y política
de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualizan en la
prosecución del bien común de la sociedad.
61. Con lo que entendemos por "caridad política"
no se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia,
aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni muchos menos se trata de encubrir
con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en
profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un
compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres,
considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con
especial atención a las necesidades de los más pobres.
62. La entrega personal a esta tarea requiere generosidad y
desinterés personal. Cuando falta este espíritu, la posesión del poder puede
convertirse en un medio para buscar el propio provecho o la propia exaltación a
costa del verdadero servicio a la comunidad que debe tener siempre la prioridad
en cualquier actuación pública.
63. Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra
toda actividad pública y aun contra quienes a ella se dedican. Nosotros queremos subrayar aquí
la nobleza y dignidad moral del compromiso social y político y las grandes
posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza
y en la fortaleza, en el desprendimiento y en la generosidad; cuando el
compromiso social o político es vivido con verdadero espíritu cristiano se
convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las
virtudes. La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las
más altas posibilidades morales y profesionales del hombre.
El reconocimiento de la persona humana, fundamento de la convivencia social
64. Todo ha sido destinado por Dios al bien integral y
definitivo del hombre en Cristo "para alabanza de la gloria de su
gracia"27. La bondad natural de las realidades temporales
adquiere su dignidad de la relación con la persona humana para cuyo servicio
fueron creadas y por medio de la cual entran en relación con las realidades más
altas de la creación y de la salvación 28.
65. Este carácter central de la persona, entendida como
principio y fin inmediato de la vida social, nos permite a los cristianos
encontrar una base común para la actividad pública con todos aquellos que, aún
sin creer en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, reconocen efectivamente en la
persona el valor supremo del ordenamiento y de la convivencia sociales.
66. Los cristianos podemos colaborar con quienes comparten
nuestra fe en Dios, apoyados en la convicción de que, en último término, Dios
mismo, al crear al hombre por su Palabra y Sabiduría, puso en él semillas de
verdad y de bien que no dejan de fructificar gracias a la acción de su
Espíritu.
67. El reconocimiento práctico de la dignidad de la persona
da a la vida social y pública un verdadero contenido moral cuando las
instituciones, las normas, los proyectos y los programas sociales, o políticos
tienden al reconocimiento efectivo de las exigencias del ser y del actuar del
hombre.
68. Estas exigencias, al ser reconocidas efectivamente en
la vida social, constituyen el patrimonio ético de la sociedad históricamente
recibido e históricamente perfectible. Aunque este patrimonio no se corresponda
plenamente con la totalidad de la moral social cristiana, los católicos pueden
encontrar en él un terreno común para la convivencia a la vez que se esfuerzan
por colaborar en su enriquecimiento por las vías del diálogo y de la
persuasión.
69. Con la concepción de la persona y de su dignidad, así
como con el conocimiento de las normas morales de la convivencia que se derivan
de la fe en Dios y en Jesucristo, los católicos pueden contribuir mucho a
iluminar, extender y afirmar las exigencias fundadas en el valor absoluto de la
persona y a establecer de este modo una amplia y firme base para la convivencia
humana que responda cada vez mejor a las necesidades del hombre y a los
designios de Dios.
70. Los católicos tanto más pueden contribuir a la
ordenación y ejercicio de la convivencia humana cuanto más firme y justificada
es su certeza de que los grandes valores éticos que constituyen nuestro
patrimonio histórico, aún estando enraizados en el corazón de la humanidad, han
sido clarificados y fortalecidos por la fe cristiana y están expuestos a todo
falseamiento cuando se les priva de la referencia a Dios Creador y Salvador
como su último y absoluto fundamento.
71. Más aún, los cristianos, convencidos de que la plenitud
de la ley de la vida ha sido revelada por Dios en Jesucristo, esforzándose para
vivir en conformidad con la fe cristiana, ayudan a los demás a descubrir metas
superiores de humanidad y preparan así el camino para el descubrimiento de Dios
como fuente de esperanza y de salvación para todos los hombres.
El fenómeno asociativo
72. Para actuar eficazmente en la vida pública no bastan la
acción o el compromiso individuales. Una vida democrática sana cuyo verdadero
protagonista sea la sociedad, tiene que contar con una amplia red de
asociaciones por medio de las cuales los ciudadanos hagan valer en el conjunto
de la vida pública sus propios puntos de vista y defiendan sus legítimos
intereses materiales o espirituales 29.
73. La incorporación a cualquier asociación supone una
decisión personal, un esfuerzo de clarificación, un ejercicio de libertad y
responsabilidad. También es cierto que quien se asocia se obliga a observar
unas pautas de comportamiento, a sostener unas determinadas ideas o actitudes.
Por eso es importante que la ideología y los programas de las asociaciones
correspondan sinceramente a las convicciones profundas de sus miembros. De lo
contrario, se crean situaciones violentas que destruyen la identidad interior
de las personas o bloquean el dinamismo social de las propias asociaciones.
Algo de esto ocurre actualmente a no poco católicos españoles.
74. En todo caso, el cristiano y el ciudadano
verdaderamente libres no deben someter los imperativos de su conciencia a las
imposiciones del grupo o partido en el que militen. Una claudicación semejante
allana el camino a procedimientos dictatoriales, incompatibles con el respeto
debido a la persona humana, que es siempre la base de cualquier proyecto
auténticamente democrático.
Las mediaciones seculares
75. La actuación social y pública de los cristianos no
procede únicamente de imperativos y consideraciones religiosas y morales, sino
que requiere también la concurrencia de otras muchas consideraciones
intelectuales, técnicas y coyunturales, que forman un complejo haz de
mediaciones, a través del cual aquellas motivaciones religiosas y morales
tratan de llegar a sus objetivos prácticos y concretos. La complejidad de este
proceso explica que de una misma inspiración cristiana pueden nacer, en
hombres, grupos y coyunturas diferentes, fórmulas y procedimientos distintos
para conseguir objetivos éticamente coincidentes.
76. Por eso, aunque los proyectos sociales de los
cristianos han de estar siempre inspirados en los valores del Evangelio,
ninguno de ellos puede arrogarse ser traducción necesaria y obligatoria de la
moral evangélica para todos los demás cristianos. Sólo en situaciones extremas,
cuando entran en juego valores básicos de la vida social, como son la paz, la
libertad, los derechos fundamentales de la persona, o la misma pervivencia del
bien común, la autoridad de la Iglesia, en ejercicio de su responsabilidad
moral y no como instancia política, puede señalar la obligatoriedad moral de un
determinado comportamiento social o político para los miembros de la Iglesia 30.
77. También los diversos momentos estrictamente técnicos y
seculares, a través de los cuales se hacen operativos los proyectos y
programas, deben estar regidos por criterios éticos: la preparación profesional
debe ser rigurosa y exigente; el análisis de la realidad, objetivo; el manejo de
los datos y la información, veraces; las estrategias, honestas y justas.
Someterlo todo al éxito personal, a la posesión del poder, a la eficacia, al
honor o al dinero, son otras tantas formas de inmoralidad y de idolatría que
destruyen la dignidad de la persona y corrompen el clima de la convivencia. En
ningún caso, tampoco en política, un fin bueno puede justificar el uso de
medios o procedimientos inmorales.
El cristiano y las ideologías
78. La vida asociativa y la compleja red de mediaciones que
hay que asumir para actuar en la vida pública se halla moralmente bajo la
influencia de diversas ideologías. Es frecuente la tentación de querer someter
la propia fe y las enseñanzas de la Iglesia a interpretaciones ideológicas o
incluso a las conveniencias de un partido o de un Gobierno en el terreno
movedizo y cuestionable de los objetivos políticos.
79. Los cristianos debemos conservar siempre una distancia
crítica respecto de cualquier ideología o mediación socio-política para
mantenernos fieles a la fe y no transferir al partido, al programa o a la
ideología el reconocimiento y la confianza que solamente podemos poner en Dios,
en su gracia y en sus promesas. Esta observación es particularmente importante,
pues es difícil que alguien deje de estar influenciado por alguna ideología de
un signo u otro.
80. Esta reserva crítica, con el comportamiento
correspondiente, es particularmente necesaria cuando el cristiano participa en
grupos, movimientos o asociaciones cuyos programas, aún resultando en buena
parte concordes con la moral cristiana, se inspiran en doctrinas ajenas al
cristianismo o contienen puntos concretos contrarios a la moral cristiana.
81. Dada la fuerza que actualmente tienen las ideologías y
los sistemas en la ordenación de la vida social, económica y política, los
católicos no podrán mantener su libertad frente a ellas siendo enteramente
fieles a su condición cristiana, si no cultivan una cordial y estrecha comunión
con la Iglesia y con la interpretación de las enseñanzas del Evangelio realizadas
auténticamente por ella y por quienes en ella tienen misión y autoridad de
hacerlo. Cualquier distanciamiento espiritual y vital de la comunión eclesial
provocado por el sometimiento a ideologías o movimientos seculares no
plenamente conformes con el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, pone en
grave peligro la autenticidad de la fe y la perseverancia en la vida cristiana.
Democracia no es indiferencia ni confusión
82. Vivir en democracia no equivale a una nivelación
cultural y espiritual de los ciudadanos en el ocultamiento o la negación de sus
propias convicciones de orden cultural, religioso o moral. La democracia debe
ofrecer más bien el marco jurídico y las posibilidades reales para que la libertad
de todos sea respetada y efectivamente garantizada, de tal modo que las
personas y los grupos puedan vivir según sus propias convicciones y ofrecer a
los demás lo mejor de cada uno sin ejercer violencia sobre nadie.
83. Por esto mismo el respeto a las personas que mantienen
opiniones y concepciones diferentes en el marco de una sociedad democrática, no
debe confundirse con la indiferencia o el escepticismo. Si el Estado y la
sociedad están obligados a respetar y garantizar la libertad de todos, cada uno,
por fidelidad a sí mismo, está obligado a buscar la verdad sobre su propio
destino y sobre el sentido último del mundo, de la vida y de la muerte. Y cada
uno, cada grupo, puede y debe ofrecer a los demás, abierta y lealmente,
aquellas ideas y aquellos mensajes que considera verdaderos y útiles. Negar a
los católicos el derecho a manifestarse o actuar en la vida pública de acuerdo
con sus convicciones morales y religiosas sería una forma de discriminación,
opresión e injusticia 31. Ocultar la propia identidad cristiana por
propia iniciativa es a la vez infidelidad con Dios y deslealtad con los
hombres.
84. Los cristianos, precisamente porque estamos convencidos
del valor de nuestra fe y de la soberanía de nuestro Dios, no tenemos miedo a
esta convivencia en la libertad. Más aún, estamos seguros de que esta forma de
vivir en libertad, cultivada con respeto y responsabilidad, es el clima
adecuado para que los hombres y las mujeres busquen sinceramente el sentido de
su vida y se planteen las cuestiones últimas detrás de las cuales está el
rostro de Dios y la figura de Nuestro Señor Jesucristo, único Salvador de los
hombres.
Originalidad de la presencia cristiana en la
vida pública
85. La manera de actuar los cristianos en la vida pública
no puede limitarse al puro cumplimiento de las normas legales. La diferencia
entre el orden legal y los criterios morales de la propia conducta obliga a
veces a adoptar comportamientos más exigentes o distintos de los requeridos por
criterios estrictamente jurídicos. En caso de conflicto hay que obedecer a Dios
antes que a los hombres 32.
86. Tanto en la vida privada como en la pública, el
cristiano debe inspirarse en la doctrina y seguimiento de Jesucristo. El estilo
de la vida de Jesús y de sus discípulos quedó sintetizado en las
Bienaventuranzas y en el Sermón de la Montaña. Todo ello es la consecuencia de
una profunda y radical actitud de amor a Dios y al hombre.
87. La pobreza cristiana, la mansedumbre, la solidaridad,
el amor a la justicia y a la paz han de prevalecer sobre la voluntad de poder,
la ambición o la violencia. La preocupación por los pobres y los marginados, la
actitud real de servicio a la comunidad, la preferencia por los procedimientos
pacíficos y conciliadores, son actitudes obligadas para cualquier cristiano que
actúa en la vida pública.
88. Por encima de las meras afirmaciones de principios y de
cualquier orientación ideológica o técnica, con la concreción de la vida diaria
y el sufrimiento inevitable de las situaciones más ambiguas e imperfectas, el
cristiano ha de buscar en sus actuaciones públicas el ejercicio del amor
solidario y desinteresado que requiere siempre la preferencia por los más
pobres e indefensos, la renuncia a la imposición y a la violencia, la
preferencia por los procedimientos de diálogo y de entendimiento.
89. La revelación cristiana y las enseñanzas de la Iglesia
han dado lugar a un conjunto de criterios y afirmaciones sobre la vida social
que orientan y configuran el compromiso temporal y político de los cristianos.
El respeto absoluto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte; la
valoración del matrimonio y de la familia; el reconocimiento efectivo de la
libertad y de la justicia como fundamentos de la convivencia y de la paz, junto
con otras muchas derivaciones de estos principios constituyen el patrimonio de
la doctrina social católica 33.
90. Por medio de los cristianos que actúan de una u otra
manera en los diversos sectores de la vida pública, sociales, culturales,
económicos, laborales o políticos, la luz del Evangelio y los valores del Reino
de Dios, anunciados y vividos por la comunidad cristiana, aunque sea con las
dificultades y deficiencias propias de los hombres, van impregnando la vida
social, la purifican constantemente de las consecuencias de los pecados, confirman
cuanto en ella hay de noble y verdadero, potencian incansablemente su esfuerzo
permanente hacia metas más altas de humanidad en las que se anticipe de alguna
manera la paz y la felicidad que Dios quiere definitivamente para todos sus
hijos.
Un desafío histórico
91. Entendemos que en este momento de nuestra Iglesia es
particularmente importante que todos nosotros seamos conscientes de la
necesidad de esta presencia de los católicos en la
vida pública. Una nueva mentalidad y una nueva forma de vida se han ido
desarrollando entre nosotros. La libertad de pensamiento y de expresión es el
clima normal en el que nos movemos y en el que crece nuestra juventud. La ley
de las oscilaciones históricas juega en favor de todo lo que significa
distanciamiento o negación de lo que antes era reconocido positivamente. Las
manifestaciones antirreligiosas son frecuentes en la escuela y en los medios de
comunicación. Los signos sociales de la trascendencia han disminuido
notablemente. Las mismas autoridades favorecen en muchos casos esta progresiva
secularización de la vida pública española, no sólo en lo oficial, sino también
en lo social y popular. El secularismo, el ateísmo teórico o práctico y la
permisividad moral son actitudes ampliamente difundidas y socialmente apoyadas
entre nosotros.
92. Ante tales situaciones no debemos caer en la tentación
de la nostalgia ni del revanchismo. El verdadero camino consiste en buscar con
serenidad cuál debe ser nuestra respuesta como cristianos para que las
generaciones futuras puedan seguir creyendo en Dios y encuentren en Él y en la
moral cristiana la referencia segura y verdadera que la salve de la
incertidumbre y de la degeneración.
93. Si examinamos lo que ha ocurrido y está ocurriendo en
otros países que vivieron ya estas situaciones, veremos que la respuesta
verdadera consiste en intensificar la autenticidad de nuestra vida cristiana y
promover la presencia y la actividad de los seglares católicos en perfecta
comunión con la Iglesia en los sectores más importantes de la vida pública,
poniendo nuestra esperanza no en los recursos engañosos de la violencia, sino
en la autenticidad de nuestro testimonio y en la coherencia doctrinal y moral
de nuestro comportamiento.
94. Nos queda por ver cómo tiene que ser esta presencia de
los católicos en la sociedad para que responda a las exigencias de la fe y a la
naturaleza de la Iglesia y se desarrolle en conformidad con las características
democráticas de la sociedad contemporánea.
III. PRESENCIA DE LA IGLESIA Y DE LOS
CATÓLICOS
EN LA SOCIEDAD CIVIL
Tarea común de los cristianos
95. La Iglesia está al servicio del Evangelio y de la obra
redentora de Cristo, la cual "aunque de suyo se refiere a la salvación de
los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal"34,
puesto que "el plan de Dios sobre el mundo es que los hombres instauren
con espíritu de concordia el orden temporal y lo perfeccionen sin cesar"35.
Por tanto, allí donde esté constituida la Iglesia, toda ella está llamada a
contribuir el perfeccionamiento constante del orden social y del bien temporal
de los hombres. Sin asumir opciones políticas opinables, toda ella ha de
comprometerse en favor de la justicia y de los derechos fundamentales de todos
los hombres 36.
96. Las parroquias, las pequeñas comunidades, las
asociaciones y movimientos apostólicos, en cuanto realizaciones concretas de la
comunidad cristiana, deben sentirse llamadas a participar en este compromiso a
favor de la justicia y de los derechos humanos como parte integrante de la
misión general de la Iglesia.
97. Por consiguiente, todos los miembros de la Iglesia,
sacerdotes, religiosos y seglares, hombres y mujeres, cada uno según su propia
vocación, han de sentirse responsables de esta dimensión imprescindible de la
misión confiada por Jesucristo a su Iglesia.
Los Obispos y sacerdotes
98. Quienes desempeñamos el ministerio de presidir y
edificar la comunidad cristiana en el nombre de Cristo mediante el anuncio de
su Palabra y la celebración de sus misterios, hemos de sentir como nuestro,
dentro de las ocupaciones propias del ministerio sacerdotal, este aspecto de la
misión de la Iglesia.
99. En ocasiones, sobre todo en años pasados, algunos
sacerdotes, seculares o religiosos, llevados de la mejor voluntad y quizá de
una cierta inexperiencia, asumieron ellos mismos funciones y compromisos
estrictamente seculares en la vida municipal, sindical o política, con
detrimento de su dedicación al ministerio sacerdotal. Hoy vemos con más
claridad que lo propio del sacerdote en este campo es formar y animar a los
seglares a fin de que ellos mismos actúen con plena responsabilidad en la vida
pública. Esta solicitud en lugar de alejarnos de nuestro ministerio
estrictamente sacerdotal, nos obliga a una mejor formación, a dedicarnos más
plenamente al servicio de nuestras comunidades, a renunciar a los protagonismos
propios de épocas clericalistas y a mantenernos en el plano humilde y servicial
que nos corresponde. De ese modo no nos alejaremos del mundo y de sus problemas,
sino que los abordaremos desde dentro de nuestro ministerio y a través de la
comunidad cristiana, del testimonio y de las actuaciones de nuestros hermanos.
100.Fuerza es decir que en este orden de cosas necesitamos
superar muchas actitudes reticentes o radicales, aclarar nuestras ideas y
promover una acción pastoral firme y coherente. No avanzaremos en este campo
sin una colaboración bien concebida y programada de quienes tenemos que servir
a las necesidades espirituales, doctrinales y morales de nuestras comunidades y
de nuestros hermanos en la fe.
101.Sólo en circunstancias muy especiales podrán los
sacerdotes asumir estas responsabilidades propias de los seglares. En tales
casos habrán de proceder con el consentimiento de su Obispo, muy especialmente
cuando pretendan simultanear estas funciones seculares con el ejercicio del
ministerio sacerdotal 37.
Los religiosos y religiosas
102.Los religiosos tienen en la Iglesia como misión
específica y fundamental el hacer visibles con su vida mortificada y consagrada
a Dios los valores más profundos y definitivos del Reino: la asidua
comunicación con Dios, la libertad sobre las cosas de este mundo, la
fraternidad en la caridad, el amor desinteresado y gratuito hacia todos los que
sufren.
103.Movidos por el Espíritu y en nombre de la Iglesia,
muchos de ellos se dedican al ejercicio del apostolado y de la caridad de
manera particular en el campo de la educación y de la asistencia social. En
estas actividades desempeñadas por los religiosos deben resplandecer también la
inspiración sobrenatural y el testimonio explícito de los valores del Reino. De
este modo están llamados a sostener y avivar el espíritu evangélico de sus
hermanos que trabajan en las profesiones y estructuras del mundo.
104.A través de sus ministerios y obras de apostolado los
religiosos tienen una gran influencia en muchos fieles cristianos. A la vez que
procuran fomentar en ellos una intensa vida espiritual y eclesial, deben
también instruirles y educarles para vivir y actuar en el mundo en conformidad
con su vocación cristiana y la concepción evangélica de la vida.
105.Los religiosos y religiosas de vida contemplativa han
de sentirse también intensamente unidos incluso en los problemas temporales a
sus hermanos, a los que ayudan con su ejemplo de vida y por los que hacen plena
oblación de sus vidas en la alabanza y amor de Dios que es Padre y Salvador de
todos.
Manera propia de participar los seglares en la
animación evangélica
del orden temporal
106.La misión propia y característica de los seglares, que
son la mayoría de la Iglesia, es la que se deriva de su condición secular, es
decir, de su presencia activa en el mundo de las realidades temporales. Ellos
reúnen la doble condición de ser miembros de pleno derecho en la Iglesia y de
vivir plenamente insertos en el mundo. De esta conjunción brota su especial
aptitud y misión para ser los "testigos del Dios vivo" en el mundo.
Los cristianos seglares tienen como vocación propia la realización de la misión
general de la Iglesia precisamente por medio de su participación en las
instituciones y tareas de la sociedad civil 38.
107.Sin embargo, aunque vamos a desarrollar esta manera
propia de participar los cristianos seglares en la construcción del orden
temporal dentro de la misión general de la Iglesia, hemos de recordar
previamente que, como miembros de pleno derecho dentro de la misma, han de
participar también en otras muchas actividades internas de la comunidad
eclesial. Junto con los sacerdotes y los religiosos, los seglares pueden y
deben participar en las tareas comunes de todos los miembros de la Iglesia,
como son el testimonio y el anuncio de la fe, la catequesis, la educación
cristiana de los niños y jóvenes, la celebración litúrgica de los misterios de
la salvación, el ejercicio de la caridad de mil maneras posibles, el
descubrimiento e iluminación de los nuevos problemas que la sociedad plantea a
la vida y al crecimiento de la Iglesia, la organización y animación del
apostolado y de las asociaciones cristianas 39.
108.Quienes trabajan en estas actividades internas de la
comunidad cristiana, deben tener en cuenta y valorar las dimensiones temporales
del apostolado cristiano. De ellos depende, en gran medida, que los cristianos
se sitúen adecuadamente ante los problemas morales de la vida y no surjan
tensiones o politizaciones excesivas entre los mismos cristianos.
109.Por otra parte, la participación del cristiano en las
tareas e instituciones seculares plantea no pocos problemas teóricos y
prácticos acerca de los cuales es conveniente tener ideas claras y unidad de
criterios. ¿Cómo conjugar la función de la fe y la de los conocimientos
científicos o las técnicas de actuación de forma que no se rompa la unidad
interior del cristiano? ¿Hasta dónde llegan las exigencias de la plena comunión
eclesial y cuál es el ámbito de la libertad personal en sus actuaciones como
miembros de la sociedad y de las instituciones seculares? ¿Cómo lograr que la
actuación de los cristianos en la vida social y pública les ayude a crecer en
la fe y en la caridad? A estas cuestiones hemos intentado responder desde un
punto de vista doctrinal en la segunda parte de esta instrucción. A la luz de
aquellas reflexiones queremos ahora considerar algunos aspectos más prácticos
de esta situación de los cristianos en el mundo.
Doble forma de presencia en la vida pública
110.La participación de los seglares en el ordenamiento de
las realidades temporales según los planes de Dios y en favor del bien integral
del hombre se realiza tanto de forma individual como asociada. Es indudable que
el carácter social de la persona y de la vida humana hace imprescindible la
existencia de múltiples asociaciones y la participación en ellas. Pero ello no
debe impedirnos valorar en su justa importancia las repercusiones sociales y
públicas de las actitudes interiores y del comportamiento individual de las
personas en la compleja red de sus relaciones interpersonales y sociales.
111.Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores
de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando
un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus
actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes
del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones
cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del
amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre,
generosidad, solidaridad y alegría.
112.No es fácil distinguir el ámbito puramente privado del
público en la vida de cada persona. Es importante tomar conciencia de ello.
Nuestro comportamiento individual tiene repercusiones sociales que van más allá
de nuestras previsiones. Ser conscientes de ello debe llevarnos a todos a
inspirar los comportamientos personales, familiares y profesionales en los
criterios morales que rigen la vida social del cristiano.
Valoración del ejercicio de la profesión
113.Queremos llamar la atención sobre la importancia que
los cristianos seglares deben dar en su vida al ejercicio de su profesión en
conformidad con los criterios morales auténticamente cristianos. Por su trabajo
profesional el hombre y la mujer adquieren normalmente los recursos económicos
necesarios para ellos y sus familias. Pero la valoración de la actividad
profesional no puede quedar sólo en esto, por muy noble que sea. En ella la
persona humana se perfecciona a sí misma mediante el ejercicio y desarrollo de
sus cualidades; el trabajo es el fundamento sobre el que se apoya la
posibilidad de la auténtica vida familiar; por medio de él, los hombres y las
mujeres contribuyen al incremento del bien común y enriquecen el patrimonio de
la sociedad y de toda la familia humana. La profesión adquiere así, desde esta
triple perspectiva, una dimensión verdaderamente vocacional y hasta espiritual 40.
114.Pero esto sólo será verdad si el ejercicio de la
profesión está interiormente animado por el espíritu y regido en su desarrollo
por los criterios morales del Evangelio y de la imitación de Jesucristo. Estas
exigencias no han de limitarse únicamente al orden económico como es, por
ejemplo, la justicia en sueldos y honorarios. La vida y la moral cristianas
tienen exigencias más amplias. El respeto a la vida, la fidelidad a la verdad,
la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el
rechazo de todo fraude, el sentido social e incluso la generosidad, deben
inspirar siempre al cristiano en el ejercicio de sus actividades laborales y
profesionales.
115.Es particularmente oportuno señalar la importancia
social y cristiana que tiene en estos momentos de crisis el espíritu de
iniciativa y de riesgo, sin caer en el fácil recurso de descargar las
responsabilidades en la dificultad del momento o en las deficiencias de los
organismos públicos. No tiene sentido rechazar el intervencionismo estatal si a
la vez no se da una sincera voluntad de aportar el esfuerzo y los recursos
personales o privados.
116.El afán inmoderado de ganancia puede, por otra parte,
convertir el ejercicio de la profesión más noble en una forma de esclavitud que
destruye la vida personal y perjudica a los demás, empezando muchas veces por
la propia familia; prácticas tales como el pluriempleo privan a otros
ciudadanos de disponer de un puesto de trabajo y proporcionan con frecuencia a
unos pocos un nivel de vida excesivamente distanciado de los niveles medios de
la sociedad.
Intervención individual en la vida política
mediante el voto
117.Hay momentos y situaciones en que la obligación de
participar en la vida pública, mediante actuaciones y compromisos individuales,
se hace particularmente apremiante. Así sucede en el momento de emitir el voto.
118.Mediante el ejercicio del voto encomendamos a unas
instituciones determinadas y a personas concretas la gestión los asuntos
públicos. De esta decisión colectiva dependen aspectos muy importantes de la
vida social, familiar y personal, no solamente en el orden económico y
material, sino también en el moral. De ahí la gran responsabilidad con la que
es preciso ejercer el derecho del voto. El motivo determinante al emitir el
voto consiste en elegir aquellos partidos y aquellas personas que ofrezcan más
garantías de favorecer realmente el bien común considerado en toda su
integridad.
119.Entendemos por bien común, según la doctrina de la
Iglesia reiteradamente expuesta, el conjunto de condiciones de vida social con
que los hombres, las familias, los grupos y las asociaciones puedan lograr con
mayor plenitud y facilidad su propia perfección 41.
120.Al pensar en el bien común hay que considerar las
necesidades de la mayoría de la población, especialmente de los más
necesitados, antes que los mismos derechos particulares de los grupos más
privilegiados. El bien común no puede reducirse a los aspectos materiales de la
vida, con ser éstos de primera importancia. La concepción cristiana del bien
común incluye también otros aspectos culturales y morales, como son, por
ejemplo, la protección efectiva de los bienes fundamentales de la persona, el
derecho a la vida desde la misma concepción, la protección del matrimonio y de
la familia, la igualdad de oportunidades en la educación y en el trabajo, la
libertad de enseñanza y de expresión, la libertad religiosa, la seguridad
ciudadana, la contribución a la paz internacional.
121.No es lícito suprimir estos componentes del bien común
en un momento determinado, relegándolos para un futuro indeterminado e
incierto. Por eso en el momento de tomar sus decisiones políticas, y
especialmente en el momento de votar o de inscribirse en una asociación de tipo
social y político, es preciso conocer y valorar no sólo los fines, sino también
los medios y procedimientos previstos. Lo contrario equivaldría a justificar
regímenes autoritarios que nada tienen que ver con la doctrina social católica
ni con la auténtica vida democrática.
122.En conformidad con la doctrina de la Iglesia hemos
enseñado repetidamente que los católicos deben ejercer su derecho al voto con
libertad y responsabilidad. Salvo en situaciones muy excepcionales, en las que
estén en juego de manera colectiva los derechos fundamentales de la persona y
de la sociedad, la autoridad eclesiástica no puede señalar la obligación moral
de votar en un determinado sentido. En todo caso, a la vez que reconocemos y
defendemos la libertad de opción política de los cristianos, hemos de insistir
también en la obligación que todos tenemos de ejercer este derecho con la
máxima responsabilidad moral, teniendo en cuenta el conjunto de bienes
materiales, morales y espirituales que constituyen el bien común de nuestra
sociedad.
123.Por su parte quienes ejercen cargos públicos han de ser
conscientes de la responsabilidad que recae en ellos. Los cristianos deben
saber que el servicio a la comunidad, aún ejercido mediante instituciones y
funciones puramente humanas, es una verdadera vocación que implica el ejercicio
abnegado e intenso de la caridad política y ennoblece a quien lo ejerce
dignamente.
124.A ellos corresponde la difícil tarea de sobreponerse a
los intereses personales y aun del propio grupo o partido para buscar
sinceramente el bien de la colectividad. Esta es la única razón que justifica y
dignifica el ejercicio de la autoridad. El respaldo mayoritario no es
suficiente para justificar moralmente las decisiones políticas; es preciso que
éstas estén siempre ordenadas al bien común de la colectividad en su dimensión
integral, incluido el respeto a las minorías y la atención por los más
necesitados.
Participación asociada en la vida pública
125.Hemos indicado ya la importancia que tienen las
asociaciones para asegurar y consolidar el crecimiento de una convivencia libre
y participativa. Una sociedad en la que es deficiente la vida asociada de los
ciudadanos en una sociedad humanamente pobre y poco desarrollada, aunque sea
económicamente rica y poderosa.
126.La carencia o el anquilosamiento de las asociaciones
civiles debilita la participación de los ciudadanos, empobrece el dinamismo
social y pone en peligro la libertad y el protagonismo de la sociedad frente al
creciente poder de la Administración y del Estado. Una sociedad sin iniciativa
social y sin medios eficaces para llevar a la práctica los proyectos por ella
promovidos, puede llegar a ser enteramente dominada y controlada por quienes
consigan apoderarse de los resortes de la Administración y de los centros de
poder más importantes. En cambio, una sociedad culta, bien informada y
organizada, es la base de la vida democrática y la garantía más firme contra
cualquier abuso de poder y cualquier tentación totalitaria.
127.Por todo ello, el servicio a la sociedad y el
desarrollo de sus libertades requiere alentar y favorecer la existencia de
asociaciones civiles encaminadas a fortalecer el ejercicio de los derechos y el
cumplimiento de las responsabilidades de los ciudadanos en el campo de las
realidades sociales y políticas. Cualquier esfuerzo encaminado a fomentar y
vigorizar asociaciones cívicas, culturales, económicas, laborales y
profesionales, sociales y políticas, nacidas del dinamismo propio de los
ciudadanos y de la sociedad, ha de ser recibido y apoyado como un verdadero
servicio al enriquecimiento cualitativo de nuestra sociedad. La Administración
y los gobiernos deben apoyarlas positivamente siempre que estén de acuerdo con
las exigencias del bien común.
128.Los cristianos, en el ejercicio de sus derechos y
deberes de ciudadanos, deben participar en estas asociaciones estrictamente
civiles y promoverlas ellos mismos como una forma importante de cumplir sus
responsabilidades en la construcción del bien común. En una sociedad libre y
democrática es muy importante la intervención de los cristianos en las
asociaciones civiles de diversa índole que actúan en el seno de la vida social.
En esta participación habrán de tener en cuenta cuanto queda dicho más arriba
al hablar de las relaciones entre la fe y las ideologías, así como la necesidad
de actuar en cualquier circunstancia en coherencia con la propia fe y las
enseñanzas de la Iglesia.
Asociaciones de inspiración cristiana
129.Dentro del marco garantizado por las reglas propias de
la sociedad democrática, en el reconocimiento debido a la persona humana y a
los derechos inalienables que de ella derivan, los creyentes han de poder
actuar asociativamente y aportar a la sociedad las riquezas que para la
convivencia derivan de su fe. Así lo exige el respeto, que una sociedad libre
debe garantizar, a los proyectos y empresas nacidas de la vitalidad e
iniciativas del cuerpo social, del que forman parte los católicos no menos que
los demás ciudadanos.
130.Carecería de todo fundamento la pretensión de excluir
una presencia de tal naturaleza basada en la idea de que ello habría de suponer
una indebida ingerencia de la fe religiosa en el ámbito político. Quien
participa en la vida social de forma consciente ha de hacerlo desde unos
presupuestos doctrinales que el creyente puede hacer derivar de su fe con no
menor razón que quien participe de otras convicciones lo hace desde las suyas
propias. La concepción cristiana del hombre y de la vida, que hunden sus raíces
en el valor inalienable de la persona humana, tiene pleno derecho de ciudadanía
en el concierto de las aportaciones sociales ordenadas a crear una convivencia
que se dice basada en los derechos humanos.
131.Desde una perspectiva estrictamente eclesial, nada hay
que oponer tampoco a una presencia asociada de esta naturaleza, ya que la
inspiración cristiana no excluye la libertad de opción de los católicos en el
ámbito de las realidades temporales y, más en concreto, en el de las diferentes
asociaciones. Más aún, es ésta una exigencia que deriva de la comprensión cristiana
del hombre y de la sociedad.
132.La expresa referencia que ciertas asociaciones en el
ámbito nacional o internacional, en razón de diversas circunstancias históricas
o culturales, puedan hacer a esta inspiración cristiana, habrá de evitar
cualquier pretensión de apropiación exclusiva del nombre de católico o
cristiano para un determinado proyecto político o social. Se ha de evitar
también, cuidadosamente, el intento de indentificarlo con los intereses de la
Iglesia o la pretensión de actuar en nombre de ésta para exigir como
consecuencia de ello la obligada incorporación de él de todos los católicos. La
declaración pública de la inspiración cristiana de las asociaciones seculares
no debe confundirse con la "confesionalidad" de la cual nos ocuparemos
más adelante.
133.La diversidad de proyectos que pueden surgir de una
misma inspiración cristiana, la influencia más o menos remota de ésta en los
objetivos buscados y en los métodos utilizados, las limitaciones propias de
cualquier programa político-social, obligan a usar de las debidas cautelas en
el momento de recurrir a tal inspiración con la pretensión de hacer de ella el
fundamento que avale una determinada forma de actuación social o política 42.
134.En todo caso, los proyectos o programas que pongan como
base de su actuación la concepción cristiana de la vida habrán de afirmar
prácticamente la integridad de la misma, evitando las mutilaciones o
parcializaciones que la deformen. La defensa de todos los derechos humanos, en
el orden personal, familiar, económico-social y político, y la afirmación del
dinamismo indispensable para estimular el continuo perfeccionamiento de las
estructuras y de las instituciones, han de ser rasgos fundamentales que definan
la autenticidad de la pretendida inspiración cristiana.
135. La inspiración cristiana de una asociación secular
requiere que sus estatutos recojan aquellos objetivos concretos que la doctrina
social católica considera bienes irrenunciables de la persona, la familia y la
sociedad en general. En el aspecto personal y dinámico para poder hablar de una
acción social o política cristianamente inspirada, es preciso que los
cristianos que en ella participan estén motivados por una experiencia personal
de la vida cristiana vivida y alimentada en el seno de la comunidad cristiana y
en plena comunión doctrinal y práctica con la Iglesia de Jesucristo. Estos
requisitos son compatibles con que otras personas no practicantes o no
cristianas participen también en ellas o las concedan confianza.
136.La Iglesia, por su parte, sabedora de la naturaleza
social de la persona humana y de la eficacia de la actuación asociada, y
conocedora de los valores sociales propios del Evangelio, lejos de impedir la
constitución de asociaciones promovidas por los cristianos empeñados en actuar
en los diferentes campos de la vida pública inspirados por su fe, quiere
fomentarlas positivamente. Recuerda, además, a fin de dar un contenido
histórico y concreto a esa inspiración evangélica, la actualidad de su
enseñanza social. Esta no se limita simplemente a recordar unos principios
generales. Por el contrario, se desarrolla el contacto con las situaciones
históricas cambiantes, se elabora bajo el impulso del mensaje evangélico
aceptado en su plenitud, se alimenta en una rica experiencia multisecular y
sume, en la continuidad de las preocupaciones permanentes, las innovaciones que
requiere en cada caso la situación presente 43.
137.No se trata, pues, de restaurar formas ya superadas de
confesionalismo creando un orden político-social paralelo al del Estado, o
poniendo las instituciones políticas al servicio de los intereses de la
Iglesia. Cualquier interpretación en este sentido desconocería radicalmente el
modo de entender hoy la naturaleza, los objetivos y el modo de la presencia de
los cristianos en la vida pública. A través de ella, por el contrario, los
cristianos se encuentran con los demás ciudadanos, sea cual fuere su forma de
pensar, en el entramado interno de la vida socio-política, sin renunciar a su
propia identidad, tratando, más bien, de aportar al concierto de la vida social
las riquezas de valor universal que se derivan de la revelación de Dios, tal
como se enseña y se vive en la Iglesia, y el dinamismo espiritual suscitado por
el Espíritu Santo al campo de las realidades temporales y en beneficio de todos
los miembros de la sociedad 44.
El problema de la confesionalidad de las
asociaciones seculares
138.Existen obras y asociaciones seculares de diversa
índole que se atribuyen el calificativo de cristianas o católicas. Esta
designación responde a veces a razones históricas sin pretender afirmar un
carácter estrictamente confesional. Pero entendido en su pleno sentido, este
calificativo expresa la voluntad de atribuir un carácter confesional no sólo a
la inspiración original de tales obras o instituciones, sino también a sus
proyectos concretos y aun a los mismos resultados obtenidos.
139.Por consiguiente, la confesionalidad de una institución
secular no consiste únicamente en su original inspiración cristiana, sino que
añade la responsabilidad de la Iglesia como tal y de la autoridad eclesiástica
respecto al carácter cristiano del proceso de realización del proyecto y de los
resultados obtenidos.
140.La legitimidad de las obras y asociaciones seculares
confesionales es hoy frecuentemente rechazada por no considerarlas conformes
con una sana eclesiología ni con las exigencias de la libertad de la sociedad
civil. Se quiere ver en ellas la voluntad de la Iglesia de intervenir e influir
indebidamente en el ámbito de la autonomía secular más allá de los objetivos
estrictamente religiosos que le son propios. Conviene, por ello, analizar
cuidadosamente esta cuestión.
141.La sociedad democrática debe reconocer, en principio,
la legitimidad de la existencia, dentro de ella, de toda clase de obras y
asociaciones, que por sus objetivos y los medios utilizados sean respetuosas
con los principios básicos sobre los que aquélla se fundamenta y con la
normativa legal de ellos derivada.
142. También la Iglesia, a la que corresponde velar por el
recto uso del nombre de cristiano o católico, acepta la legitimidad de una tal
denominación cuando el objetivo propuesto y los procedimientos utilizados para
alcanzarlo pueden ser acreedores de tal calificativo. Así puede ocurrir
particularmente en obras y proyectos de carácter predominantemente educativo o
asistencial. Hablar de centros de educación o de hospitales católicos, aun
reconociendo sus inevitables limitaciones humanas, es comúnmente aceptado y
justificado.
143.Tales obras de carácter confesional, sin estar
necesariamente dirigidas a los católicos o reservados a ellos, pueden ser la
oferta específicamente cristiana de un servicio secular hecha a todos los
ciudadanos. La existencia de estas obras no se opone a la presencia o
influencia personal de los católicos en el conjunto del tejido social, sino que
constituye otra forma de presencia y servicio de los católicos a la sociedad.
Su justificación radica en posibilitar, al menos teóricamente, una serie de
acciones y objetivos testimoniales y de servicio que sólo actuando
institucionalmente serían alcanzables.
144.Existen, sin embargo, asociaciones y grupos a los que,
aun afirmada su inspiración cristiana en razón de los objetivos pretendidos y
de los procedimientos empleados, no cabe atribuirles el calificativo de
confesionales. Así sucede con aquellas asociaciones o instituciones en las que
los condicionamientos impuestos por las mediaciones humanas tanto técnicas como
ideológicas, la naturaleza de las estrategias a utilizar o el carácter
conyuntural de las decisiones a tomar, difícilmente pueden justificar el
calificativo de cristianos o católicos en su pleno sentido confesional. Es el
caso de los partidos políticos, de las asociaciones sindicales u otras semejantes
45.
145.La exclusión del carácter confesional para estas
asociaciones concretas significa que ninguna de ellas puede ser considerada
como vía única y obligatoria para la participación de los católicos en sus
campos respectivos. Significa también que los cristianos deben actuar en ellas
con libertad y bajo su propia responsabilidad, de manera que sus actuaciones y
los resultados obtenidos no caen bajo la competencia de la autoridad
eclesiástica ni son tampoco atribuibles a la comunidad cristiana en cuanto tal.
El dinamismo interno de estas asociaciones y la aceptación que obtengan entre
los ciudadanos en situaciones normales deben ajustarse a las leyes propias del
orden social y político, quedando a salvo la competencia de la Iglesia y de la
autoridad eclesiástica en la proclamación de los criterios éticos y religiosos
que rigen en la vida social y el derecho a enjuiciar los acontecimientos
sociales y políticos desde el punto de vista religiosos y moral.
146.Dado que la manifestación pública de la confesionalidad
compromete no solamente a las personas particulares directamente implicadas,
sino también al interés común de la Iglesia, ha de atribuirse a la Jerarquía
eclesiástica la competencia pertinente para desautorizar el uso improcedente de
la denominación confesional 46. Llegado el caso, los Obispos,
encargados de velar por el bien de la comunidad cristiana, habrán de actuar
conjuntamente siempre que sus decisiones alcancen más allá de los límites
territoriales de su propia e inmediata competencia.
Asociaciones e instituciones eclesiales en el campo de las realidades
temporales
147.Finalmente, queremos también aludir a otro género de
presencia de la Iglesia y de los cristianos en la vida pública y en el orden de
las realidades humanas y temporales. Nos referimos a aquellas instituciones
estrictamente eclesiales que se dedican a finalidades de orden social,
educativo o asistencial, nacidas del dinamismo espiritual de la Iglesia, y
promovidas por las autoridades eclesiásticas, por instituciones religiosas o
asociaciones diversas de fieles. A lo largo de toda su historia, anticipándose
muchas veces a las instituciones seculares, la Iglesia y los cristianos han
intentado salir al encuentro de las necesidades de los hombres, enfermos,
ancianos, perseguidos, cautivos, ignorantes o indigentes. En nuestras Iglesias,
gracias a Dios, existen actualmente multitud de instituciones de esta
naturaleza que tratan de remediar los sufrimientos de muchos hermanos y
promover la dignificación de los más necesitados. Aunque sea de pasada,
queremos expresar aquí nuestro reconocimiento y aliento a cuantos en ellas
trabajan y a cuantos las apoyan de una u otra manera. Sin ellas la Iglesia no
podrá mostrar suficientemente ante los hombre el verdadero rostro de Jesús y la
fuerza del amor sobrenatural que interiormente la anima por obra del Espíritu
de Dios 47.
148.Los cambios acaecidos en la manera de comprender las
relaciones entre la Iglesia y el Estado, y la creciente conciencia de la
autonomía de las instituciones seculares, no justifican la desestima de estas
instituciones ni las discriminaciones de las que a veces son objeto. El
carácter secular atribuido a las realidades temporales no debe confundirse con
la exclusión de las iniciativas religiosas en favor del bienestar social y las
necesidades reales de los ciudadanos. Tal comportamiento indica más bien una
concepción laicista de la sociedad que en lo que tiene de impositiva y
discriminatoria manifiesta tendencias totalitarias poco conformes con una
convivencia verdaderamente tolerante, pacífica y democrática.
149.Las instituciones educativas y asistenciales de la
Iglesia, nacidas todas ellas para estar cerca de los más pobres y necesitados,
tienen que buscar sinceramente la manera de actuar su carisma y su misión
eclesial en las actuales circunstancias de la sociedad. Conocemos los esfuerzos
que las familias religiosas y muchas otras asociaciones de fieles están
haciendo en estos momentos a pesar de las no pequeñas dificultades que se
presentan. Queremos estimularles en este empeño de autenticidad cristiana y de
eficacia social. La infancia marginada, los jóvenes esclavizados por la
drogadicción, las madres solteras o abandonadas, los ancianos desasistidos, y
solitarios, los emigrantes, los presos y los delincuentes, son otras tantas
incitaciones a la renovación de nuestras asociaciones e instituciones y a la
multiplicación de nuestros esfuerzos. Las Diócesis y las parroquias deben
apoyar las obras existentes y contar con ellas a fin de organizar adecuadamente
la presencia de la comunidad cristiana en el mundo de la marginación y de la
pobreza.
Algunas sugerencias concretas sobre la actividad asociada de los católicos
1. En el campo de la educación y de la
cultura
150.Los Obispos españoles nos hemos ocupado frecuentemente
de la importancia de la educación religiosa y de la educación en general 48.
La evangelización y la formación religiosa de los cristianos está íntimamente
relacionada con la formación y educación general de los jóvenes y de los
adultos. Por otra parte, instruir y educar es un servicio personal y social que
la Iglesia y los cristianos han valorado siempre entre las acciones más
importantes que se pueden hacer en favor del prójimo.
151.La libertad de enseñanza, íntimamente relacionada con
la libertad religiosa, es un derecho fundamental reconocido en las sociedades
democráticas. La Iglesia defiende en todas partes esta libertad de enseñanza
como un derecho de los padres y de los alumnos que se corresponde con una
obligación del Estado y de las instituciones públicas. Más concretamente la
educación católica es un derecho y una obligación de los padres católicos, de
las comunidades católicas y de la misma Iglesia como institución. Este derecho,
que es a la vez una verdadera obligación, puede satisfacerse tanto mediante
centro propios no estatales como por medio de los centros erigidos y regidos de
una u otra manera por la Administración del Estado.
152.Para que esta actividad pueda realizarse adecuadamente
en una sociedad democrática, sobre todo cuando la libertad de enseñanza no es
plenamente reconocida, es imprescindible que cuente con una base social
garantizada y activa.
153. Para que en España la enseñanza católica en las
escuelas públicas pueda mantenerse y desarrollarse normalmente, en
correspondencia con la voluntad social y popular, es preciso que los padres de
familia y los profesores católicos se asocien y colaboren eficazmente en la
promoción y vida de los centros, tanto si se trata de centros católicos como de
los centros públicos que deben también responder a la voluntad y a las
preferencias educativas de los padres de familia.
154.No basta contar con un acervo doctrinal o con repetidas
exhortaciones pastorales. Es preciso que haya asociaciones adecuadas de
instituciones promotoras de centros, de padres de familia y de profesores que
cubran los diversos sectores docentes, que sean capaces de defender sus
derechos y que actúen eficazmente en los diversos campos, desde el legal hasta
el profesional y religioso, en favor de la formación y educación religiosa e
integral de las nuevas generaciones de católicos españoles.
155.Uno de los temas que más intensamente aparecen al
hablar de las relaciones de la Iglesia con la sociedad es el de las relaciones
entre la fe y la cultura. Ambas están llamadas a purificarse y enriquecerse
mutuamente 49. Muchas de las ideas, criterios prácticos y pautas de
comportamiento tienen sus raíces en el campo de la inteligencia y de la
cultura. Si la fe afecta a la vida entera del creyente es normal que extienda
su influencia al campo de las creaciones culturales. Y si la cultura condiciona
la vida de los hombres es también indispensable que los creyentes se hagan
presentes en ella a fin de enriquecer la vida humana con las riquezas de la
revelación y del espíritu cristiano.
156.Para ello es necesario que los católicos dedicados a la
creación o transmisión de la cultura vivan personalmente una profunda unidad
entre sus convicciones personales y sus actividades culturales. A ello les
ayudará de manera importante la participación en asociaciones específicas donde
profundicen el conocimiento de la doctrina y vida cristianas en relación con
sus tareas específicas.
157.En este ámbito socio-cultural tiene particular
importancia el campo de la comunicación social. La libertad de expresión y el
uso de los diversos medios por los que se ejercita deben estar al servicio de
una opción pública consciente, activa y crítica, único modo de evitar la
masificación en los modos de pensar y de actuar. Una sociedad masificada es lo
más radicalmente opuesto a un pueblo libre. Las instituciones de inspiración
cristiana han de estar al servicio de la formación de una opinión responsable y
activa, con una inquebrantable pasión por la verdad, no sometidas a los poderes
económicos o políticos que pretendan imponerles sus intereses particulares.
158.En éste, como en otros sectores, caben y son necesarios
dos tipos de asociaciones: aquéllas de carácter eclesial que tienen como
finalidad la formación cristiana apropiada para este género de personas, y aquellas
otras de naturaleza civil dedicadas a la investigación, creación y difusión en
todos los campos de la ciencia y de la cultura en conformidad con los
contenidos de la fe cristiana y las normas objetivas de la moral católica.
2. En el campo de la familia
159.La familia es la institución humana donde el hombre y
la mujer, los adultos y los niños, encuentran las posibilidades de desarrollo y
perfeccionamiento humano más íntimo y profundo. Es una institución fundamental
para la felicidad de los hombres y la verdadera estabilidad social 50.
160.Dada su importancia, ella misma tiene que ser objeto de
atención y de apoyo por parte de cuantos intervienen en la vida pública.
Educadores, escritores, políticos y legisladores, han de tener en cuenta que
gran parte de los problemas sociales y aún personales tienen sus raíces en los
fracasos o carencias de la vida familiar. Luchar contra la delincuencia juvenil
o contra la prostitución de la mujer y favorecer al mismo tiempo el descrédito
o el deterioro de la institución familiar es una ligereza y una contradicción.
161.El bien de la familia, en todos sus aspectos, tiene que
ser una de las preocupaciones fundamentales de la actuación de los cristianos
en la vida pública. Desde los diversos sectores de la vida social hay que
apoyar el matrimonio y la familia, facilitándoles todas aquellas ayudas de
orden económico, social, educativo, político y cultural que hoy son necesarias
y urgentes para que puedan seguir desempeñando en nuestra sociedad sus
funciones insustituibles 51.
162.Hay que advertir, sin embargo, que el papel de las
familias en la vida social y política no puede ser meramente pasivo. Ellas
mismas deben ser "las primeras en procurar que las leyes no sólo no
ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de
la familia"52 promoviendo así una verdadera "política
familiar"53. En este campo es muy importante favorecer la
difusión de la doctrina de manera renovada y completa, despertar la conciencia
y la responsabilidad social y política de las familias cristianas, promover
asociaciones o fortalecer las existentes para el bien de la familia misma.
3. En el campo de las actividades
profesionales
163.Hemos mostrado anteriormente la gran importancia que en
la vida pública tiene la actividad profesional y la responsabilidad que de ahí
deriva para sus protagonistas. Difícilmente es pensable profesión alguna de
cuyo ejercicio no se sigan graves consecuencias positivas o perjudiciales para
la convivencia ciudadana.
164.Por ellos los colegios profesionales no han de
considerar como su finalidad exclusiva la defensa de los derechos de los
miembros que los integran. El ejercicio honesto de la profesión, el
cumplimiento de la función social que le es inseparable, la garantía de los
valores éticos y deontológicos implicados en ella son también objetivos propios
de los colegios profesionales y otras asociaciones análogas.
165.Los profesionales católicos necesitan también de
asociaciones que les faciliten formación cristiana específica exigida por la
complejidad de su actividad profesional, les permitan manifestar públicamente
su postura ante cuestiones de gran trascendencia ético-moral y, llegado el
caso, les posibiliten la defensa eficaz de los derechos de la propia conciencia
y de los valores éticos comprometidos en el ejercicio de su profesión.
166.Otro tanto se puede decir de las asociaciones entre
aquellos profesionales que tienen una especial relación con la vida económica;
pensamos en los economistas, empresarios, agricultores, trabajadores, sin
excluir la existencia de verdaderas asociaciones sindicales enriquecidas
interiormente por la manera cristiana de considerar estos problemas y orientar
moralmente sus soluciones.
4. En el campo de la política
167.La inspiración cristiana de la actuación de los
católicos en el ámbito estrictamente político no puede reducirse a cuestiones
secundarias que si pueden o no llevar el nombre de cristianas. Lo decisivo es
que una experiencia cristiana integral, vivida en el seno de la Iglesia sea
capaz de iluminar y motivar los objetivos propios de la actividad política, las
preferencias programáticas, la selección de los medios en sus dimensiones
humanas y morales y las mismas estrategias utilizadas.
168.Estamos convencidos de que esta inspiración cristiana
de la actividad política puede y debe existir sin poner en peligro la legítima
autonomía de la política y de los políticos. No se trata de convertir a la
Iglesia en una alternativa política. Tal intento significaría desnaturalizar a
la misma Iglesia y atropellar la legítima libertad de los católicos en sus
decisiones temporales y políticas 54.
169.Esta inspiración cristiana de la política no podemos
darla por supuesta ni podemos esperarla de la improvisación. Es preciso
fomentar expresamente la adecuada formación de los católicos en conformidad con
la doctrina social y moral de la Iglesia; es preciso impulsar actividades o
instituciones dedicadas a la formación y capacitación de los católicos para que
puedan actuar en los diferentes ámbitos de la vida política con verdadera
inspiración espiritual y adecuada preparación profesional. No es tarea fácil
superar en la práctica el riesgo de la separación entre lo que es inspiración
cristiana y lo que corresponde a la técnicas de la actuación política. No valen
los viejos moldes. Hay que arrancar de la situación actual contando con una
visión renovada de la Iglesia, de la sociedad y de las relaciones entre ambas.
170.Se necesitan, por ello, instituciones donde los
cristianos adultos y jóvenes pueden descubrir la nobleza de la vocación
política y las exigencias cristianas de su ejercicio, sin olvidar que del
corazón justo nacen principalmente los proyectos que hacen posible la
convivencia en el bien común.
171.La creación, configuración y desarrollo de las
asociaciones civiles adecuadas tiene que ser obra de aquellos cristianos que,
movidos interiormente por las exigencias y responsabilidades cristianas, y en
ejercicio de su condición y derechos civiles, se decidan a participar
libremente y bajo su propia responsabilidad en la vida política. El respeto al
bien común y al mismo bien pastoral de la Iglesia requiere que en estos asuntos
se evite hasta la apariencia de intervencionismo de la Iglesia o de las autoridades
eclesiásticas más allá de sus competencias estrictamente religiosas y morales.
IV. FORMACIÓN CRISTIANA Y ACOMPAÑAMIENTO
ECLESIAL
172.El compromiso en la vida pública, si es asumido con
verdadero espíritu de servicio, ofrece grandes posibilidades de ejercer la
virtud cristiana de la caridad. Pero la vida política es dura y exigente y está
salpicada de dolorosas tensiones y dificultades. Lo que debería ser campo
fecundo para el crecimiento y profundización en la vida cristiana se convierte,
a veces, en fuente de escepticismo, de ambición o de escándalo. La intensa
ideologización de la actividad político-social, los fuertes conflictos de
intereses y la tentación del pragmatismo pueden llegar a comprometer la misma
fe y la práctica integral de la vida cristiana.
173.Por ello los cristianos que deciden dedicarse a la vida
pública y política tienen necesidad y derecho de ser ayudados y acompañados por
la misma Iglesia que urge su compromiso. Esta, por su parte, ha de ofrecer en
sus actitudes y comportamientos comunitarios posibilidades reales para que
quienes se comprometen en la vida pública encuentren en ella las condiciones y
las ayudas de orden espiritual que les serán, sin duda, necesarias.
La comunidad cristiana, alentadora del
compromiso público
174.La misma comunidad cristiana reunida para escuchar la
Palabra de Dios, celebrar los misterios de la salvación y alentar el compromiso
del amor a los hermanos, ha de ser la primera y fundamental ayuda que los
cristianas encuentren para vivir su inserción y sus compromisos en la vida
pública con espíritu evangélico. Mediante su participación en la vida
litúrgica, espiritual y moral de la comunidad cristiana, en plena comunión con
la Iglesia, los cristianos comprometidos en la vida política encontrarán la
inspiración espiritual, la fortaleza moral y la rectitud de juicio que les son
necesarias para realizar su vocación humana y cristiana en el compromiso
político y en el servicio a la comunidad en conformidad con los planes de Dios.
175.Siendo común a todos los bautizados la misión y la
responsabilidad de trabajar por la instauración de los valores del Reino de
Dios en el mundo, según su propia vocación, ha de ser la misma comunidad
cristiana la que valore y exprese la importancia de este quehacer eclesial que
no puede ignorar y al que no podría renunciar sin parcializar y deformar el
alcance y contenido de su misión evangelizadora.
176.En el anuncio y exposición de la palabra divina
referida a los problemas del hombre, en los tiempos y lugares más adecuados,
los cristianos necesitan descubrir el valor y el sentido religioso del
compromiso en la vida pública de acuerdo con la visión cristiana de la vida y
las orientaciones morales del Evangelio anunciadas por la Iglesia.
177.Sin tomar partido por opciones opinables, las
celebraciones litúrgicas de los misterios cristianos deben favorecer la íntima
conexión entre los aspectos celebrativos y contemplativos de la vida cristiana
con los ideales y obligaciones morales que en relación con las realidades
temporales afectan en cada momento histórico a todos los miembros de la
comunidad cristiana.
178.Los sacerdotes han de ser particularmente sensibles a
la responsabilidad que les incumbe de ayudar a los cristianos a una plena y
armónica comprensión de la vida cristiana, enseñándoles a desarrollar
armónicamente los aspectos más íntimamente religiosos con las implicaciones
sociales y políticas de su vocación.
Unidad y pluralidad de opciones en la comunidad
cristiana
179.Los miembros de la comunidad cristiana deben ser
conscientes de que las divisiones humanas, producidas por las diferencias
culturales, económico-sociales o políticas, y por las mismas injusticias reales
o percibidas como tales, pueden quebrar la unión real entre los cristianos y
herir la comunión eclesial. Para confirmarlo no hay más que recurrir a la
experiencia de los años pasados.
180.Las diferencias, las divisiones y las injusticias
atentan contra los vínculos de la comunión eclesial y cristiana. No obstante
estas divisiones, la comunión eclesial tiene un fundamento propio que es la
donación del Espíritu Santo. Tiene también su propio contenido y sus exigencias
específicas, diferentes de los vínculos y afinidades que se dan entre los
hombres por sus preferencias o militancias políticas. Conscientes de esta
complejidad, los cristianos debemos hacer objeto expreso de nuestro empeño el
mantenimiento y renovación de los vínculos de la unidad eclesial y fraterna. Es
preciso que aprendamos a respetar dentro de la misma Iglesia "la legítima
pluralidad de opiniones temporales discrepantes"55. Sin esto no
puede haber una verdadera comprensión ni de lo que es realmente la Iglesia y de
las normas morales derivadas del Evangelio y enseñadas por la Iglesia.
181.Cuando aparecen dentro de la Iglesia opiniones y
prácticas excluyentes de quienes no comparten las mismas ideas políticas o
surgen intentos de remodelar la Iglesia misma según las propias preferencias
ideológicas o políticas, es señal de que falta la necesaria madurez cristiana y
el adecuado respeto a las opiniones y preferencias temporales de los católicos
y de los ciudadanos.
182.Si, como a veces ha ocurrido, son los mismos sacerdotes
u otros responsables de la acción pastoral quienes trasladan sus propias
opiniones políticas al ejercicio del ministerio o de sus actividades eclesiales
sancionando y fomentando estas divisiones, los males se agravan, la vida
comunitaria se perturba, se desfigura la naturaleza de la Iglesia y su unidad
se ve comprometida. La fidelidad a la misión recibida, la actitud de verdadero
servicio a toda la comunidad y el respeto a la libertad y dignidad de los
propios fieles tendrían que hacer imposibles estas graves deficiencias.
183.Aún así será imposible evitar tensiones y dificultades.
Siempre estará presente la llamada a la conversión personal y comunitaria como
camino necesario para superar las situaciones reales de injusticia. La unidad
eclesial y las exigencias de la caridad no pueden ser obstáculo para descubrir
las faltas objetivas de amor y de justicia independientemente de cualquier
instrumentación ideológica o partidista. Sólo una humilde voluntad personal y
comunitaria de conversión a Dios proporcionará la base firme para mantener la
unidad de una comunidad trabajada interiormente por el pecado y seducida por
las concupiscencias de este mundo 56.
Formación y acompañamiento especializados
184.La ayuda que las comunidades cristianas ofrecen de
manera general a los cristianos para vivir la dimensión social y pública de su
compromiso no es suficiente. Es necesario ofrecerles otras oportunidades de
formación y acompañamiento más especializadas que responden a las
características propias de los ambientes, profesiones u otras peculiaridades
socio-culturales. Siempre que se mantengan dentro de las exigencias de la comunión
que antes hemos señalado, esta pluralidad eclesial no sólo no ha de
considerarse contraria a la unidad de la Iglesia, sino que ha de verse en ella
una verdadera riqueza, fruto del Espíritu.
185.Ha sido este mismo Espíritu quien en las diversas situaciones
y momentos históricos ha ido suscitando variados movimientos y métodos de
formación apostólica, más o menos estrechamente unidos a la Jerarquía, animada
también ella por el mismo Espíritu, realiza los discernimientos necesarios a
fin de asegurar la autenticidad cristiana y eclesial de los diversos
movimientos y métodos de actuación.
186.Estamos persuadidos de que alentar cuanto se refiere a
conseguir una auténtica presencia de los cristianos en las realidades
temporales es una urgente necesidad de nuestras Iglesias particulares. La
actual normativa vigente en la legislación eclesiástica ofrece amplios márgenes
de libertad y operatividad para que pueda desarrollarse el dinamismo del cuerpo
eclesial que asegure la debida capacitación y formación de los seglares para la
vida pública. Una lúcida utilización de los mismos garantizará la debida
libertad de los miembros de la Iglesia a la vez que su imprescindible
eclesialidad.
187.Es importante ver con claridad y mantener en la
práctica la diferencia entre asociaciones eclesiales de seglares, sean de
naturaleza asistencial formativa o apostólica, como es el caso de los
movimientos especializados de Acción Católica, y las asociaciones estrictamente
civiles o seculares promovidas por los cristianos en el seno de la sociedad
civil y por procedimientos civiles para actuar como ciudadanos en el campo de
las realidades temporales en conformidad con sus convicciones y actitudes
cristianas. Es indudable que entre estos dos órdenes de asociaciones existirá
una cierta afinidad de mente y espíritu y podrán darse entre ellas contactos y
colaboraciones, pero en todo caso tendrá que quedar claramente afirmada su
diversidad esencial como asociaciones de Iglesia o asociaciones de naturaleza
civil, la diferencia de sus fines y su plena y recíproca independencia.
188.Sería especialmente útil la promoción de cursos de
formación básica para la capacitación de seglares vocacionados a la vida
pública, en los que se conjugaran los principios fundamentales relativos a la
teología de las realidades temporales y la acción dentro de ellas, con la
exposición de las bases doctrinales sobre las que ha de edificarse la
convivencia social según la concepción cristiana del hombre, las enseñanzas
sociales de la Iglesia y en general las ideas, actitudes y valores que se
derivan de la experiencia cristiana vivida dentro de la Iglesia en plenitud de
comunión eclesial.
189.Estas y otras iniciativas ofrecerán a los católicos la
oportunidad de poner en común sus diversas opiniones políticas y sociales en un
clima de apertura y receptividad que les ayude a enriquecer sus propias
opiniones y sus diferentes compromisos temporales sin detrimento de sus
relaciones como miembros de la misma comunidad cristiana.
190.En esta función de promoción y acompañamiento de
seglares comprometidos especialmente en las actividades temporales y sociales,
es muy conveniente que haya sacerdotes y religiosos que, sin salir del campo
propio de su vocación y de su ministerio, tengan la formación suficiente y las
disposiciones espirituales adecuadas para compartir con ellos sus dificultades,
ayudarles y ampliar sus conocimientos de las enseñanzas de la Iglesia,
atenderles espiritualmente, respetando en todo momento su libertad personal y
la autonomía propia de las actividades sociales y políticas.
CONCLUSIÓN
191.Con estas reflexiones, queridos hermanos, hemos querido
ante todo estimular la conciencia de los miembros de nuestras Iglesias para
vivir su condición cristiana en conformidad con las posibilidades y exigencias
de tipo social y político que se abren ante nosotros. La nueva configuración de
nuestra sociedad reclama de nosotros un esfuerzo importante de renovación y
adaptación. Comenzando por nosotros mismos, nuestra fe y nuestra participación
en la vida de la comunidad tiene que ser más consciente, más personal y más
activa; las comunidades cristianas tienen que adquirir una conciencia más clara
de sí mismas, de su ser eclesial, como comunidades de salvación presididas y
animadas misteriosamente por Jesucristo y puestas en el mundo para la salvación
y el bien de todos los hombres. Un esfuerzo de autenticidad, clarificación y
dinamismo se impone a todos los grupos e instituciones en una vida democrática.
También a la Iglesia y a los católicos. No es exagerado decir que en adelante
la marcha de nuestra sociedad, el tono moral y humano, y aun el mismo bienestar
de las nuevas generaciones dependerá en buena parte de la generosidad y del
acierto con que los católicos seamos capaces de asumir nuestras
responsabilidades específicas de manera personal y asociada en el seno de las
instituciones temporales, en el tejido mismo de nuestra sociedad, en todos los
barrios de las ciudades y en todos los pueblos de España.
192.Os ofrecemos estas reflexiones con la mejor voluntad de
suscitar en nuestras Iglesia y comunidades un movimiento de renovación y
dinamismo apostólico. Estamos seguros de que encontraréis en ellas deficiencias
y lagunas. Os pedimos, sin embargo, que las acojáis con buena voluntad,
tratando de percibir en ellas las preocupaciones de fondo que nos han movido a
elaboraras y las orientaciones fundamentales en orden a la animación y
renovación espiritual y apostólica de la Iglesia, de las comunidades
cristianas, de las asociaciones, movimientos y grupos de todas clases que hay
entre nosotros. Vivamos y actuemos de tal manera que seamos de verdad la
Iglesia de Jesucristo y aparezcamos ante nuestros hermanos como signos e
instrumentos de la salvación de Dios que ya ha llegado a nosotros.
193.Quisiéramos que los jóvenes oyeran y recibieran nuestro
mensaje. Ellos son quienes más fácilmente comprenden la sensibilidad de sus
compañeros y son capaces de interpretar las expectativas y las indigencias de
nuestro tiempo. Vivid intensamente vuestra relación personal con Jesucristo,
creed profundamente en Él, asimilad y vivid su Evangelio, participad
intensamente en la vida de la Iglesia; buscar en la experiencia cristiana
integral la inspiración y la fortaleza para asumir responsablemente vuestros
compromisos en la vida social de hoy y de mañana. No os perdáis en protestas
estériles o en una indiferencia conformista. Sed vosotros mismos los agentes
serenos y responsables de una España mejor, más moderna, más próspera, más
justa y alegre, en una palabra, más cristiana. "Somos nosotros bautizados
y confirmados en Cristo, los llamados a acercar ese reino (de Dios), a hacerlo
visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento
definitivo. Y esto se logra con nuestro empeño personal, con nuestro esfuerzo y
conducta concorde con los preceptos del Señor, con nuestra fidelidad a su
persona, con nuestra imitación de un ejemplo, con nuestra dignidad moral"57.
194.Llenos de confianza elevamos nuestra plegaria a
Jesucristo, Señor de los pueblos y Cabeza de la Iglesia, a la Virgen María,
Señora y Madre nuestra, el Apóstol Santiago, Patrón de España, para que nos
iluminen y sostengan en esta misión larga y paciente, exigente y apasionante de
hacer presentes hoy las palabras y los gestos de Cristo en el tejido de nuestra
vida social.
NOTAS
1. Cfr CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Testigos
del Dios vivo. Reflexión sobre la misión e identidad de la Iglesia en
nuestra sociedad. Edice. Madrid, 1985.
2. Entre las enseñanzas del Magisterio, y
solamente a título de ejemplo, queremos recordar los documentos pontificios Rerum
Novarum (1891), Inter Sollicicitudines (1892), Quadragessimo Anno
(1931); más cerca de nosotros, Pacem in Terris (1963), Populorum
Progressio (1967), Octogesima Adveniens (1971) y Laborem
excercens (1981). Las constituciones Lumen gentium y Gaudium et spes, así como el
Decreto Apostolicam Actositatem, recogen las enseñanzas del Concilio
Vaticano II sobre estas materias.
3. Actualización del Apostolado seglar en
España (1967), Orientaciones pastorales sobre apostolado seglar
(1972), Sobre la Iglesia y la comunidad política (1973),
Orientaciones cristianas sobre participación política y social (1976), así
como otras notas menores con ocasión de diferentes problemas o acontecimientos
de la vida social y política española. (Cfr Documentos de la CEE, 1965-1983.
De. preparada por JESÚS IRIBARREN. B.A.C. Madrid, 1984)
4. Cfr Juan Pablo II en España. Texto
íntegro de los discursos del Papa y comentarios. Ed. preparada por CONFERENCIA
EPISCOPAL ESPAÑOLA. Coeditores litúrgicos. Madrid, 1983.
5. Cfr Gaudium et spes, 34.
6. Cfr Gaudium et spes, 13 y 37.
7. Gaudium et spes, 20.
8. Cfr SÍNODO EXTRAORDINARIO DE LOS OBISPOS,
1985, Relación final, II, A.1.
9. Cfr SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA
DE LA FE, Instrucción sobre libertad y liberación, 19.
10. Cfr SÍNODO EXTRAORDINARIO DE LOS OBISPOS, 1985, Relación final,
II, D, 2, 3 y 4.
11. Cfr Gaudium et spes, 59.
12. Cfr COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL, Crisis económica y
responsabilidad moral. Declaración de la ... Edice, Madrid, 1984.
13. Cfr Laborem Exercens, 20.
14. Cfr Dignitatis humanae, 2.
15. Cfr Gaudium et spes, 36, 75 y 76; Dignitatis humanae,
7.
16. Gaudium et spes, 76.
17. Cfr Col 1,
15-17; Jn 1, 3.
18. Gaudium et spes, 10,
45.
19. Apostolicam actuositatem, 7.
20. Lumen gentium, 36.
21. Apostolicam actuositatem, 7.
22. Cfr SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción
sobre libertad y liberación, 60.
23. Gaudium et spes, 39.
24. Gaudium et spes, 25.
25. Cfr SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción
sobre libertad y liberación, 42.
26. Cfr Gaudium et spes, 13 y 37.
27. Ef 1, 6.
28. Cfr Apostolicam actuositatem, 7.
29. Cfr Octogesima Adveniens, 4.
30. Gaudium et spes, 43.
31. JUAN PABLO II, Discurso en Barajas, en Juan Pablo II en
España...
32. Cfr Hechos 5, 29.
33. Nos alegra poder aducir el último capítulo de la Instrucción de la
Sagrada Congregación para la doctrina de la fe sobre libertad y liberación como
una síntesis actualizada de la doctrina social de la Iglesia, a la vez que
recomendamos vivamente su estudio y aplicación a todos los católicos españoles.
34. Apostolicam actuositatem, 5.
35. Apostolicam actuositatem, 7.
36. Cfr SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción
sobre libertad y liberación, 63, 74. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Sobre
la Iglesia y la Comunidad política, 12 y ss.
37. Cfr Código de Derecho Canónico, 285, 287.
38. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción
sobre libertad y liberación, 80.
39. Cfr Apostolicam actuositatem, 10.
40. Cfr Laborem exercens, 9 y 10.
41. Cfr Gaudium et spes, 74.
42. Cfr Gaudium et spes, 43.
43. Cfr Octogesima Adveniens.
44. Gaudium et spes, 42
y 43. JUAN PABLO II, Discurso en Barajas, 5; Discurso en Nou Camp de
Barcelona, 4; Discurso en la Provincia Eclesiástica de Toledo, 3 y 4.
45. Cfr Gaudium et spes, 43 y 76.
46. Cfr Código de Derecho Canónico 803, 3 y 808.
47. Cfr Código de Derecho Canónico 298.
48. Documentos colectivos del Episcopado Español sobre formación
religiosa y educación, 1969-1980. Ed. preparada por COMISIÓN EPISCOPAL DE
ENSEÑANZA Y CATEQUESIS. B.A.C. Madrid, 1981.
49. Cfr JUAN PABLO II, Discurso en la Universidad Complutense, Madrid.
50. Gaudium et spes, 47
y ss.
51. Cfr Familiaris Consortio, 45.
52. Familiaris Consortio, 44.
53. Familiaris Consortio, 44.
54. Cfr Gaudium et spes, 75 y 76.
55. Cfr Gaudium et spes, 75.
56. Cfr 1, Jn 2, 16.
57. JUAN PABLO II, Discurso a los jóvenes en el estadio Bernabéu,
Madrid, 2.
58.