COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA DOCTRINA DE LA FE
NOTA
DOCTRINAL
sobre usos inadecuados de la
expresión
"Modelos de Iglesia"
INTRODUCCIÓN
Razón de esta Nota
1. En nuestra Nota doctrinal "sobre algunas cuestiones
eclesiológicas" señalábamos que, en los años postconciliares, ha sido frecuente
hablar de "modelos" de Iglesia diferentes entre sí y, amparándose en esta
expresión, propugnar modelos incompatibles con la realidad original de la
Iglesia .
Si hoy volvemos a llamar la atención sobre este tema
concreto es porque nos preocupan algunos usos del término "modelos" en la
eclesiología o en la exégesis. La palabra "modelo", en la eclesiología y en la
práctica pastoral, suscita, por lo pronto, perplejidades, no pocas veces. Su
uso no crítico puede afectar a la recta inteligencia de la realidad
constitutiva de la Iglesia, previa y normativa a toda consideración teórica y
práctica. La Iglesia no puede ser "reconstruída" conforme a unos paradigmas o modelos,
pues tiene su origen y fundamento permanente en el don de Dios en Cristo. No
cabe duda de que algunos sentidos de este término, tal como se utiliza en las
ciencias y aun en el lenguaje corriente, falsean, aplicados a la Iglesia, su
realidad. Lo que aquí está en juego no es una cuestión simplemente
especulativa. La problemática que se plantea como consecuencia del uso que
algunos autores hacen de esta expresión es pastoral y doctrinalmente
importante. Se trata de algo que afecta a la realidad misma de la única
Iglesia. Todo ello con grandes repercusiones en la vida de la Iglesia y en la
acción pastoral.
Con esta Nota no aspiramos a clarificar toda la
problemática que está detrás del concepto "modelo"; ni siquiera toda la que
cabe suscitar respecto a su mejor adecuación para analizar la realidad de la
Iglesia. Remitimos estas cuestiones al estudio y diálogo de los teólogos.
Nosotros aquí, sin querer cerrar posibilidades teológicas a la eclesiología ni
caminos a la acción pastoral, sino respondiendo a nuestra misión de "maestros
autorizados" (LG 25), ofrecemos
nuestro servicio de discernimiento, de vigilancia y de promoción de la fe de la
Iglesia en nuestro tiempo.
ALGUNOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO
Usos inadecuados de la expresión
"Modelos de Iglesia"
2. Nada habría que objetar, en principio, a un uso del
término "modelos" en la eclesiología . La Iglesia ha recurrido a lo largo de la
historia a conceptos, expresiones y formas de organización de su entorno
cultural y social, para salvaguardar en un horizonte determinado de comprensión
el verdadero sentido del Evangelio y para llevar a cabo su misión en cada
circunstancia histórica. Esta es una tarea inscrita en la misión universal que
la Iglesia ha recibido de Jesucristo. Hay que añadir, sin embargo que, de
ordinario, las expresiones, los conceptos y las formas organizativas empleados
han sido corregidos o han recibido un sentido nuevo para poder ser aplicados a
la nueva y original realidad cristiana.
El problema surge cuando, hablando de "modelos", se
absolutiza una visión parcial del misterio de la Iglesia y se cae en la
tentación de encerrarse en la propia posición justificada por el "modelo" de
Iglesia que se ha escogido; cuando, amparándose en un determinado "modelo", se
rechazan elementos o aspectos del ser constitutivo de la Iglesia; o cuando se
aplica sin más a la Iglesia un "modelo" social o político sin tener en cuenta
la naturaleza peculiar de la misma. En estos casos, el paso de un "modelo"
eclesiológico a otro se lleva a cabo sin apoyarse en la voluntad de Jesucristo,
Señor de la Iglesia, sino en motivos puramente externos a la realidad original
de la misma, fundados en puntos de vista muy particulares del teólogo o del
pastor. De este modo, no se garantizaría la vinculación de la comunidad
eclesial con Jesucristo, su único Señor, y por tanto su identidad y continuidad
a través de los tiempos.
La expresión "Modelos" de Iglesia en el
marco cultural de pluralismo
3. La introducción del concepto "modelos de Iglesia" en
la teología coincide con el auge del "pluralismo" en nuestros días. El
pluralismo constituye, sin duda, una realidad inscrita en la cultura
contemporánea. Esta exalta de tal modo las diferencias que renuncia da antemano
a la identidad y reconciliación de las mismas. Algunos, influidos por esta concepción
del pluralismo, no consideran la Iglesia unida a Jesús, su Cabeza por el
vínculo de una fe inalterable a lo largo de los siglos; la entienden, por lo
contrario, como una yuxtaposición de grupos que, partiendo de experiencias de
fe diversas, se encuentran en objetivos prácticos al servicio de "la causa de
Jesús". Este pluralismo, con sus consiguientes "modelos" de comunidades
cristianas, es incompatible con el Nuevo Testamento y, por tanto, inaceptable.
Pero no podemos negar que, siempre dentro de la unidad de fe y comunión, hay
espacio en la Iglesia para vivir acentuaciones legítimas de la misma fe
cristiana. Los dones especiales recibidos de Dios, determinadas experiencias
cristianas o situaciones concretas de la historia llevan a captar mejor algunos
aspectos del misterio revelado por Dios en Cristo y a iluminar y modular la
vida de la Iglesia apoyándose en esas intuiciones creyentes. Tales acentos son
enriquecedores para la Iglesia.
Unidad en la diversidad
4. La Iglesia, en efecto, admite la
pluralidad en sus formas de realización siempre que se mantenga inalterable el
designio de Dios de llevar a todos los hombres a la unidad a través de ella. La
unidad de la Iglesia no niega la diversidad: es una unidad católica. Tanto
espacial como históricamente la Iglesia se construye en la diversidad. Hay en
ella variedad de miembros, todos activos y variedad de carismas y ministerios,
todos destinados a la utilidad común. La Iglesia, además, se realiza en las
Iglesias locales y echa sus raíces en situaciones sociales y humanas diferentes
utilizando los elementos culturales de los pueblos para expresar mejor su
catolicidad. Así, en la Iglesia católica, las riquezas de la salvación en
Cristo se encuentran con las riquezas de la creación. De esta manera variedad y
pluralidad no se contradicen sino que cooperan al designio de Dios de
recapitular en Cristo y en la Iglesia toda la riqueza plural de la creación y
de la salvación (cfr. Ef 1, 9-10; 3,
8-10; Col 1, 19-20; vid. LG, 13).
La Iglesia reconoce también que "la divina providencia ha
hecho que las varias Iglesias fundadas en diversas regiones por los apóstoles y
sus sucesores, con el correr de los tiempos, se constituyeran en agrupaciones
orgánicamente organizadas que, dejando a salvo la unidad de fe y la única
constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina propia, de
propios ritos litúrgicos y de un patrimonio propio teológico y espiritual.
Entre ellas, las antiguas Iglesias Patriarcales, a manera de madres en la fe,
éngendraron otras (Iglesias) a modo de hijas suyas y se han mantenido unidas
con éstas hasta nuestros días por el estrecho vínculo de la caridad en la vida
sacramental y en el respeto mutuo de derechos y deberes. Esta variedad de
Iglesias locales orientada a la unidad manifiesta admirablemente la catolicidad
de la Iglesia indivisa" (LG, 23).
Nuevo Testamento y "Modelos" de Iglesia
5. Algunos teólogos y pastores tratan de justificar la
existencia de diversos "modelos" de Iglesia a partir de los datos de la
exégesis del Nuevo Testamento y de la historia de los orígenes del
cristianismo. Es natural que se busque la legitimación de tales "modelos" en
los mismos origenes, ya que de esta forma puede reivindicarse su validez en
cualquier otra situación histórica de la Iglesia.
La exégesis y la historia de los origenes han puesto de
relieve, en efecto, diferencias de organización y vida de la Iglesia en los
diferentes escritos neotestamentarios. Estas informaciones del Nuevo Testamento
son, sin duda, ocasionales y fragmentarias. Pero, partiendo de ellas, algunos
exégetas y teólogos creen poder construir "modelos" completos y contrapuestos de
organización y vida eclesial de las comunidades cristianas ya desde los mismos
origenes.
Metodológicamente no es aceptable el procedimiento. El
investigador, en este caso, se acerca al Nuevo Testamento con un prejuicio, es
decir, trata de encontrar en él unas diferencias y contraposiciones, iguales o
parecidas a las que se dan en nuestro tiempo entre diversas confesiones y
comunidades eclesiales, en lugar de interpretarlas a la luz de la unidad de
aquella Iglesia que produjo los escritos del Nuevo Testamento. Sosteniendo este
prejuicio, en casos extremos, hay una voluntad de justificar las diferencias
actuales apoyándose en el Nuevo Testamento, sin atender a las exigencias del
método teológico ni la interpretación católica de la Sagrada Escritura. La verdad
es que ninguno de los escritos neotestamentarios intentó ofrecer una imagen
sistemática de lo que es la Iglesia.
El "Canon" del Nuevo Testamento y su
unidad
6. La Iglesia ha recibido, custodiado y transmitido los
documentos neotestamentarios como libros donde se expresaba su fe y se
reconocía a si misma, una y única, en su vida y organización diferenciadas.
Dentro de estas diferencias, no podemos introducir selecciones arbitrarias,
omisiones y contrastes para justificar preferencias o rechazos decididos de
antemano. No es licito introducir, según los propios prejuicios, un "canon" en
el interior de la totalidad de los escritos del "canon": unas veces tomando
como pauta de interpretación de todo el Nuevo Testamento el Jesús histórico y
otras veces la Pascua; unas veces la justificación por la fe y otras el
protagonismo del hombre; unas veces las estructuras eclesiales más cuajadas y
otras veces la mayor indeterminación posible en lo institucional. La Iglesia ha
reconocido, por lo contrario, en los libros del Nuevo Testamento la expresión
legitima de su propia fe y apoyándose en su propia fe ha podido leerlos como un
solo libro, a pesar de que constituye una colección no homogénea de escritos.
Por tanto, esta fe de la Iglesia antigua, precisamente en cuanto ha
interpretado como unidad este conjunto de libros, es una parte esencial del
Nuevo Testamento como "canon". Sólo cuando se lee cada uno de estos escritos
apoyándose en la fe de la Iglesia se leen como Nuevo Testamento. Por
consiguiente, es absurdo postular modelos diferentes y contrapuestos de Iglesia
apelando al Nuevo Testamento; en realidad, lo que se invoca no es precisamente
el Nuevo Testamento, sino un resto literario sacado de su contexto vivo y
eclesial.
Regla de Fe, Canon de las Escrituras, ministerio y diferencias en
las comunidades del Nuevo Testamento
7. Quienes redactaron los escritos que forman el Nuevo
Testamento pertenecían a diversas comunidades cristianas. Estas mantenían una
constante comunicación entre sí; y de estas mismas comunidades surgieron
pensamientos y fuerzas que desembocaron, ya durante la época postapostólica, en
el establecimiento explicito de tres elementos fundamentales que
configuran la Iglesia: la regla de fe, el canon de las Escrituras y el
ministerio. La Iglesia antigua, ya en el siglo II, reconoce la legitimidad
de estos tres elementos basándose en la apostolicidad de los mismos: pertenecen
a la herencia recibida de los Apóstoles y consiguientemente a la realidad
originante y normativa de la Iglesia.
A pesar de las diferencias recogidas en los escritos del
Nuevo Testamento, la Iglesia antigua se ha visto reflejada ella misma tanto en
las comunidades de Pablo o las de Lucas o Mateo, tanto en las comunidades de
Jerusalén como en las joánicas. Por tanto, ninguna eclesiología ni ninguna
renovación eclesial pueden legitimarse por el Nuevo Testamento dejando al
margen todos o cualquiera de los tres elementos que configuran la Iglesia: la
regla de fe, el canon y el ministerio.
Cuanto llevamos dicho no significa que no se hayan de
reconocer lealmente las diferencias que aparecen en los escritos del Nuevo
Testamento. También éstas entran en la Sagrada Escritura que es norma de fe de
la Iglesia. Pero tales diferencias y aun tensiones entre los escritos del "canon"
se han de entender dentro de la totalidad de la fe. La Iglesia, pues,
ateniéndose a la norma de fe ha de ir resolviendo sus diferencias y tensiones
dentro de la realidad total a que se refiere su fe.
Algunos elementos que configuran las
comunidades del Nuevo Testamento
8. En el Nuevo Testamento y en la Iglesia antigua, se nos
ofrecen realidades suficientes que, desde el principio, configuraron las
diversas comunidades y que no pueden faltar en ninguna interpretación de la
Iglesia, tanto en orden a la reflexión teológica como a la práctica pastoral.
Señalamos algunas de estas realidades de una forma puramente descriptiva.
a) Palabra de Dios, fe, conversión, bautismo. He
aquí la base de la entrada en la Iglesia de Dios en Jesucristo y el principio
de la profundización en su pertenencia: La confesión de fe en Jesús como Señor
y como Dios. La conversión a Dios vivo y verdadero, revelada en Jesucristo,
muerto y resucitado, salvación ofrecida a todos los hombres en el Espíritu es
el contenido primero de la vida eclesial. Necesitamos mirar más al poder del
Señor, y dejar de girar en torno a clericalismos de viejo o nuevo cuño.
La fe es obediencia a
Dios y desde el principio ha sido expresada en fórmulas y confesiones que ya
encontramos en el Nuevo Testamento y son normativas para nosotros. La tarea de
la Iglesia es confesar la fe, llevar el Evangelio hasta el fin de la historia y
hasta el fin del mundo para que todo hombre pueda escucharlo (1 Test 1, 9; Mt 28, 19-20; Rm 10, 14-17). La santidad y la gloria de
Dios, la dignidad de hijos y hermanos, las dimensiones de la misión deben
primar en las relaciones intraeclesiales.
b) Eucaristía, reconciliación, solidaridad, oración. La
Eucaristía, bendición a Dios que sacó de la muerte a Jesucristo, sacrificio de
su Pascua y banquete fraterno, está en el corazón de la Iglesia. Debe ser
custodiada con fidelidad, frecuentada con provechosa participación y vivida en
todas sus dimensiones.
La Eucaristía requiere la previa reconciliación -por eso
la conversión sacramental y extrasacramental la preceden- y emplaza a un mayor
nivel de perdón y de solidaridad. De la Eucaristía se debe alimentar la
solidaridad afectiva y efectiva con todos los hombres y especialmente con los
más cercanos y necesitados. La "comunión" en el Cuerpo y en la Sangre del
Señor, entregado por nosotros, hace posible y exige la "compartición" de gozos
y esperanzas, de lucha y dificultades, de bienes y de necesidades. La colecta,
como aparece en la primera descripción de la Eucaristía en San Justino, está
estrechamente unida a la celebración de la Eucaristía en el día del Señor.
No puede un cristiano poner en la alternativa la fe en
Dios y la justicia entre los hombres, el culto divino y el trabajo de la
esperanza, la bendición de Dios y el seguimiento de Jesús por los caminos de la
historia. Quizá hemos caído en falsas disyuntivas que han disociado lo que Dios
siempre había unido. Necesitamos recuperar la unidad densa, rica y dinámica de
la auténtica fe cristiana y poner en común las diferentes preferencias de los
diversos grupos. Lo que procede del Espíritu, en su libertad soberana puede y
debe ser vivido en la unidad del mismo Espíritu y en el vínculo de la paz.
c) Carismas, tareas, participación de todos, autoridad
en el Señor. Desde el Nuevo Testamento han estado presentes en la Iglesia.
Aunque no poseamos información exhaustiva de las primeras comunidades del Nuevo
Testamento y, aunque haya variaciones entre ellas según los escritos del Nuevo
Testamento, ciertamente no puede afirmarse que haya habido Iglesias sólo
carismáticas o Iglesias sólo institucionales como si entre una dimensión y otra
existiera oposición. La constitución de la Iglesia unifica los elementos
institucionales y carismáticos.
Nunca la comunidad cristiana existió sin responsables,
presidentes, pastores, vigilantes, sin ministerio que también es una realidad
carismática... Del Señor recibieron el encargo de apacentarla, de unificarla en
la fe y en el amor, de activarla en la misión. Nos remitimos a la doctrina
católica que el último Concilio ha enseñado autorizadamente.
Encarecidamente pedimos en el Señor que
conservemos la unidad del Espíritu con humildad (Cfr. Fil. 2, 1-5). Ministros
autorizados de esta unidad han sido constituidos los Obispos, presididos por el
Obispo de Roma, y los presbíteros como sus colaboradores.
La apelación al Concilio Vaticano II
9. Una relectura similar a la del Nuevo Testamento se
hace también del último Concilio. Algunos justifican su "modelo" de Iglesia
apelando al Concilio Vaticano II. Se sostiene que, particularmente en la
Constitución Lumen gentium, coexisten
al menos dos "modelos" contrapuestos de Iglesia: uno, institucional y otro, de
comunión, entendida frecuentemente a la luz de modelos democráticos; uno,
jurídico y otro, carismático; uno, basado en la categoría eclesiológica de
"Pueblo de Dios" y otro, pervivencia del pre-concilio, en la de "sociedad
perfecta". Ahora bien, la Constitución Lumen gentium sería, según
estos teólogos o pastores, el resultado de un compromiso de dos tendencias:
una, que miraba hacia el pasado, la conservadora; y otra, proyectada hacia el
futuro, la progresista, la sola que habría tomado en serio la renovación de la
Iglesia; al final se impuso mayoritariamente ésta última. A partir de ello,
hacen una lectura parcial y selectiva de esta Constitución y de los demás
documentos del Vaticano II y "reconstruyen", de este modo, el modelo que, desde
una opción previamente establecida, quieren aplicar a la remodelación de las
comunidades cristianas.
Esta relectura del Concilio comete un serio error
metodológico. Olvida que los textos de un Concilio no pueden ser interpretados
aislando unas afirmaciones y contraponiéndolas a otras. Hemos de entenderlos
como un todo, a partir del acto mismo del pronunciamiento conciliar que une
esos textos por los que la Iglesia, mediante ellos y en un acto unitario de
magisterio, expresa su inteligencia de la fe. Los textos conciliares no son un
simple texto literario. Están sostenidos y animados por un único acto colegial
del magisterio que les da su referencia a la realidad de la fe que tuvieron
ante su mirada los Padres conciliares.
Los Obispos, en el Sínodo Extraordinario de 1985, se
apoyan, en último término, en este principio metodológico cuando indican los
criterios imprescindibles para una recta interpretación del Concilio Vaticano
II. Una lectura del Concilio "ha de tener en cuenta todos los documentos en si
mismos y su conexión entre si, para que, de este modo, sea posible exponer
cuidadosamente el sentido íntegro de todas las afirmaciones del Concilio, las
cuales frecuentemente están implicadas entre sí... No se puede separar la
índole pastoral de la vigencia doctrinal de los documentos, como tampoco es
legítimo separar el espíritu y la letra del Concilio. Finalmente, hay que
entender el Concilio en conti-nuidad con la gran tradición de la Iglesia; a la
vez debemos recibir del mismo Concilio luz para la Iglesia actual y para los
hombres de nuestro tiempo. La Iglesia es la misma en todos los Concilios" (RF,
I, 5).
Hay que reconocer que no pocos aislan también elementos
de las enseñanzas conciliares sobre la Iglesia y rechazan otros y se construyen
un "modelo" conservador de Iglesia que ellos pretenden se conforme con la
tradición. En realidad, se les puede reprochar a éstos la misma parcialidad en
la interpretación del Concilio que oponemos a los teólogos y pastores
anteriormente aludidos.
"Modelos Operativos"
10. Hasta ahora hemos hablado sobre todo de la aplicación
del término "modelo" a la inteligencia de la Iglesia. Pero este término se
suele emplear mucho más frecuentemente a designar los proyectos operativos que
dirigen la acción pastoral. No es extraño el uso de este término en relación a
la acción pastoral, pues el concepto de "modelo" en nuestro contexto cultural
connota muchas veces la pretensión de ordenar la realidad desde intereses
teóricos y prácticos.
Desde hace algunos años, se procura programar la acción
pastoral de forma metódica y ordenada. Esta ordenación va dirigida siempre,
explícita o implícitamente, por un "modelo operativo". Esta práctica de la
programación pastoral merece toda alabanza y apoyo por nuestra parte pues no
vemos cómo puede llevarse adelante una acción pastoral lúcida y eficaz en las
nuevas situaciones en que se encuentra la Iglesia, sin que la sustente y dirija
una adecuada programación. Pero no olvidemos que toda acción pastoral y todo
modelo de acción pastoral descansan en supuestos teológicos y se alimentan de
ellos. Este asunto merecería una larga reflexión pero no podemos detenernos
aquí en ella. Unicamente queremos advertir que la acción pastoral opera sobre
realidades ya constituidas, que pertenecen al ser mismo de la Iglesia y tienen
su origen en la voluntad de Cristo y en la acción del Espíritu Santo y, por
tanto, toda acción pastoral debe custodiarlas fielmente. La programación y la
acción pastoral no podrán lograrlo si no recogen la tradición viva de la
IglesIa, su magisterio y la normativa actualmente vigente.
Algunos datos de la práctica pastoral
11. Cuanto vamos diciendo no son especulaciones sin base
alguna en los hechos. Particularmente en los años pasados, no han faltado
pastores que han dirigido sus comunidades conforme a pretendidos "modelos de
Iglesia" excluyentes. Se han contrapuesto, en efecto, como irrecon-ciliables en
la práctica, un "modelo" evangelizador frente a otro ritualista; un "modelo"
meramente democrático o asambleario frente a otro autocrático; un "modelo"
carismático frente a otro juridicista; una Iglesia del culto y de la oración y
una Iglesia de la justicia; un "modelo" progresista, en fin, frente a un
"modelo" conservador. No se puede pasar por alto, además, que algunos, sin
afirmar expresamente su opción por un "modelo" concreto de Iglesia o de acción
pastoral, manifiestan con sus hechos la opción implícita por un "modelo"
determinado y cerrado sobre sí mismo. Este es el caso, por ejemplo, de quienes
reducen de hecho la acción pastoral a una praxis ritualista.
El solo enunciado de la contraposición de estos "modelos"
de acción pastoral manifiesta ya su parcialidad y, consiguientemente que son
incompatibles con cualquier programa y acción en el interior de la Iglesia.
Como dijimos más arriba, en la Iglesia hay espacio para la originalidad y la
creatividad de su pensamiento y de su vida. El Espíritu Santo conduce la
Iglesia a la plenitud de la verdad sacando a luz las riquezas siempre nuevas de
la comunicación de Dios al hombre en Cristo. Pero el Espíritu Santo que abre el
futuro hacia lo absolutamente nuevo y es fuente de libertad obra en la Iglesia
y en el mundo vinculado a Cristo el Señor. Por tanto, la variedad y pluralidad
debe ser vivida y ejercida en la Iglesia en el interior de una unidad
compartida, sustentada en unas realidades fundamentales e idénticas, en unos
elementos que en todo tiempo y lugar forman la Iglesia.
CONCLUSION
12. Con este escrito hemos querido ayudar a discernir la
legitimidad o la no legitimidad del término "modelo" para entender la Iglesia y
para orientar la práctica pastoral. Al servicio de este discernimiento hemos
ofrecido algunas indicaciones. Desearíamos que el pensamiento teológico y la
práctica pastoral fuesen más cautos en el empleo de este término.
Pero lo que constituye nuestra mayor preocupación como
Pastores, más allá de la exactitud de los términos del lenguaje teológico, es
la falta de comunicación, hoy muy frecuente, de los diversos grupos entre sí y
con sus Pastores. La comunión de todos los grupos e instituciones en la Iglesia
exige la constante comunicación de todos en la Iglesia universal y, al mismo
tiempo, en la Iglesia particular. Esta comunicación ha de ser efectiva concreta
y, consiguientemente, ha de pasar por la comunicación de todos los grupos e
instituciones dentro de la Iglesia particular. Esta es el espacio donde se
produce la comunicación más directa de los miembros y grupos que integran la
Iglesia.
Ningún grupo debe quedar dispensado de integrarse en su
Iglesia particular correspondiente, "capaz de acoger dentro de si todas las
riquezas que el Espíritu suscita de sus miembros. Todos deben sentirse parte
integrante de esta comunidad eclesial y todos deben encontrar dentro de ella y
de sus instituciones el mismo reconocimiento, la misma dignidad y la misma
atención. Ella ha de ser también lugar de encuentro, comunicación y fraternidad
entre los cristianos de diferentes tendencias, origenes y grupos sociales"
(TDV, 43). Tanto dentro de la Iglesia particular como de la Iglesia universal
los individuos, los grupos y las instituciones han de vivir la comunión en el
Espíritu Santo dentro de la pluriforme variedad humana para ser de veras
sacramento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano (cfr.
LG 1) y para ser testigos y
portadores de la Buena Nueva de salvación y esperanza para los hombres (cfr.
TDV, 43).
Madrid, 18 de
octubre de 1988.
COMISION EPISCOPAL PARA LA DOCTRINA DE LA FE
Obispo Presidente: D. Antonio Palenzuela
Velázquez
Obispos Vocales: D. Antonio Briva Miravent
D. Antonio Vilaplana Molina
D. Fernando Sebastián Aguilar
D. Francisco Javier Martínez
D. Braulio Rodríguez Plaza
D.Ricardo Blázquez Pérez
Secretario: D. Antonio Cañizares Llovera