INSTRUCCIÓN PASTORAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
La verdad os
hará libres
sobre la
conciencia cristiana
ante la actual
situación moral de nuestra sociedad. (20-XI-1990)
I. INTRODUCCIÓN
1. La responsabilidad apostólica de los obispos lleva
consigo el anuncio de la palabra del Señor, la "memoria" de su vida,
muerte y resurrección y la invitación de los creyentes a su seguimiento. En el
Evangelio se revela la salvación de Dios para hacernos pasar de una vida según
nuestros deseos desordenados a la vida según el Espíritu. El apóstol tiene que
trabajar para que llegue la palabra de Cristo a todos y para que aquellos que
la han recibido penetren en su sentido y actúen según sus exigencias.
Proponer, pues, las exigencias morales de la vida nueva en Cristo,
exigencias postuladas por el Evangelio, es un elemento irrenunciable de la misión
evangelizadora de los Obispos, particularmente urgente en las actuales
circunstancias de nuestra sociedad.
En los últimos tiempos, en efecto, se ha producido una profunda crisis de la
conciencia y vida moral de la sociedad española que se refleja también en la
comunidad católica. Esta crisis está afectando no sólo a las costumbres, sino
también a los criterios y principios inspiradores de la conducta moral y, así,
ha hecho vacilar la vigencia de los valores fundamentales éticos.
2. Nos preocupa muy hondamente este deterioro moral de
nuestro pueblo. Y, en particular, nos duele que el conjunto de los creyentes
participen en mayor o menor grado de este deterioro, máxime cuando la comunidad
católica, de tanto peso en nuestra sociedad, con esta desmoralización no está
en condiciones de poder cumplir con sus responsabilidades en este campo y
contribuir a la recuperación moral de nuestro pueblo.
La Iglesia tiene en estas circunstancias una misión urgente: colaborar en la
revitalización moral de nuestra sociedad. Para ello los católicos deben
proponer la moral cristiana en todas sus exigencias y originalidad. Este es el
motivo que nos impulsa hoy a ofrecer a los católicos y, en general, a todos
nuestros conciudadanos las consideraciones que siguen sobre la conciencia
cristiana ante la situación moral de nuestra sociedad.
3. Ofrecemos nuestra
colaboración con humildad y confianza. Tenemos unas certezas de las que vivimos
y se las ofrecemos a todos sin altivez ni ingenuidad. La Iglesia y los
cristianos no tenemos más palabras que éste: Jesucristo, camino, verdad y vida
(Cfr. Jn 14, 5); pero ésta no la
podemos olvidar; no la queremos silenciar; no la dejaremos morir.
II. DESCRIPCIÓN DE LA SITUACIÓN
4. Iniciamos esta reflexión con una descripción de la
crisis moral que está afectando a nuestro pueblo. No es la primera vez que nos
referimos a esta situación. Reiteradamente y con diversos motivos, hemos
hablado de ella. Tampoco somos los únicos que la denunciamos; son no pocas las
voces, en efecto, que, sobre todo en los últimos tiempos, se alzan para llamar
la atención sobre el clima moral en que vivimos. Creemos que nos hallamos ante
una sociedad moralmente enferma. Por eso pensamos que es necesario un
diagnóstico que detecte sus males y señale su etiología. No tenemos una visión
pesimista del momento que vivimos. Ni la fe ni un Juicio objetivo de las cosas
nos permitirían esa visión.
5. No ignoramos, en efecto, los valores importantes que
emergen de la conciencia moral contemporánea como pueden ser: la fuerte
sensibilidad en favor de la dignidad y los derechos de la persona, la
afirmación de la libertad como cualidad inalienable del hombre y de su
actividad y la estima de las libertades individuales y colectivas, la aspiración
a la paz y la convicción cada vez más arraigada de la inutilidad y el horror de
la guerra, el pluralismo y la tolerancia entendidas como respeto a las
convicciones ajenas y no imposición coactiva de creencias o formas de
comportamiento la repulsa de las desigualdades entre individuos, clases y
naciones la atención a los derechos de la mujer y el respeto a su dignidad ó la
preocupación por los desequilibrios ecológicos. Tampoco olvidamos los
comportamientos de muchos que, día a día y en medio de las dificultades
ambientales, se esfuerzan en mantenerse fieles a unos criterios morales
sólidos. Estos valores y modos de conducirse en la vida constituyen un estímulo
para quienes en este tiempo, buscan liberarse del vacío o del aturdimiento
moral. Esos hombres y mujeres son motivo de esperanza y agradecimiento para
todos.
A) SÍNTOMAS GENERALES DE UNA CRISIS
Eclipse y deformación de la conciencia moral
6. Se dan en nuestra sociedad creencias y convicciones que
reflejan, a la vez que causan, el eclipse, la deformación o el embotamiento de
la conciencia moral. Este embotamiento se traduce en una amoralidad práctica,
socialmente reconocida y aceptada, ante la que los hombres y las mujeres de
hoy, sobre todo los jóvenes, se encuentran inermes.
Pérdida de vigencia social de criterios
morales fundamentales
7. En general se echa de menos la vigencia social de
criterios morales "valederos" en sí y por sí mismos a causa de su
racionalidad y fuerza humanizadora. Tales criterios, por el contrario, son
sustituidos de ordinario por otros con los que se busca sólo la eficacia para
obtener los objetivos perseguidos en cada caso. Aquellos criterios éticos
"valederos" en sí y por sí están siendo desplazados en la conciencia
pública por las encuestas sociológicas, hábilmente orientadas, incluso desde el
poder político, por la dialéctica de las mayorías y la fuerza de los votos, por
el "consenso social, por un positivismo jurídico que va cambiando la
mentalidad del pueblo a fuerza de disposiciones legales, o por el cientifismo
al uso. Este es el motivo de que muchos piensen que un comportamiento es
éticamente bueno sólo porque está permitido o no castigado por la ley civil, o
porque "la mayoría" así se conduce, o porque la ciencia y la técnica
lo hacen posible.
"Moral de situación'' y ''doble moral''
8. Está extendida una cierta moral de situación que
legitima los actos humanos a partir de su irrepetible originalidad, sin
referencia a una norma objetiva que trascienda el acto singular, y que, por
consiguiente, niega que pueda haber actos en sí mismos ilícitos,
independientemente de las circunstancias en que son realizados por el sujeto.
Se acude, además, e incluso se la da por buena, a una doble moral para
muchas esferas de la vida; y así, acciones lesivas de unos valores éticos que
habrían de merecer de todos un juicio condenatorio, son objeto de una diferente
apreciación, según sean las personas o los intereses que están en juego en cada
caso .
Tolerancia y permisividad
9. Vivimos, de hecho, un clima, que favorece una tolerancia
y permisividad totales. En realidad casi todo se considera como
objetivamente indiferente. El único valor real es la conveniencia personal
y el bienestar individual con un claro componente sensualista; ningún otro
valor, se piensa, puede ser antepuesto a este bienestar, a la abundancia, al
placer, al goce o al éxito como estado normal e inmediato. En consecuencia, se
fomenta la relativización, la indiferencia, la permisividad más absoluta.
''El fin justifica los medios''
10. Fácilmente, de forma refleja o no, se invoca, con una
mentalidad pragmática, el principio de que ''el fin justifica los medios'' para
dar así por bueno cualquier comportamiento. Conforme a esta mentalidad
imperante, todo vale y es lícito, con tal de que sea eficaz para acumular riquezas,
alcanzar el éxito individual, disfrutar un bienestar a toda costa, lograr unos
determinados "avances" en el campo científico, etc.
Moral privatizada
11. En coherencia con esta forma de pensar y de actuar hay
quienes estiman que la moral con sus juicios y valoraciones, es un asunto
privado y habría que reducirla a ese ámbito. La ciencia, la política, la
economía, los medios de comunicación, la educación y la enseñanza, etc.,
tendrían, en consecuencia, su propia dinámica, sus leyes ''objetivas" e inexorables
que deberían cumplirse sin introducir ahí ningún factor moral que, según este
parecer, las distorsiona o no pasa de ser expresión de un puro voluntarismo sin
eficacia real. En ocasiones, personajes públicos han hecho y hacen gala de esta
mentalidad y así contribuyen irresponsablemenne a la desmoralización de nuestra
sociedad.
Incluso, hombres de buena voluntad, sensibles, en principio, a los valores y
a los imperativos éticos, se sienten con frecuencia impotentes para introducir
criterios morales en campos como la economía, la política y otros. Retroceden
ante supuestas "legalidades" que condicionan las estructuras de los
mencionados campos. Estos hombres "han arrojado la toalla" y rehusan
hasta el intento de jugar con limpieza y honestidad en la vida económica,
política y social. otras esferas de la vida les ofrecerán un refugio
tranquilizante a sus conciencias que no quieren renunciar a la rectitud moral.
De esta forma desembocamos en la ya aludida amoralidad sistemática de muchos
mecanismos de la sociedad y en la subjetivización y privatización de la moral.
Función social ''versus'' convicciones
personales
12. Unido a esto se constata, al mismo tiempo, una desvinculación
entre la ''función" social y la convicción personal en no pocos
protagonistas de la vida pública. Se insiste en que una cosa es la ética
pública y otra la moral privada y, en virtud de tal distinción, se exige
honestidad para aquélla y se pide una amplia permisividad para ésta.
Reto a la moral ''tradicional''
13. A esto hay que añadir, como una de las principales
causas de la crisis moral la mentalidad difusa, propiciada y extendida
frecuentemente por instancias de la Administración pública tal vez sin medir
sus consecuencias degradantes, que considera sin diferenciación alguna los valores
y normas morales transmitidos por la Iglesia como represión de la libertad
y de las libertades del hombre o de sus tendencias naturales, como factor
retardario de la modernización de la sociedad española y como freno a
procesos humanos y sociales irreversibles alcanzados como cotas de
progreso.
De esta manera muchos sucumben a esta mentalidad difusa que rechaza
cualquier norma moral como imposición arbitraria en particular en el campo de
la sexualidad, para afirmar la libertad y e logro de la naturaleza humana
dejada a su pura espontaneidad. También muchos exaltan una libertad omnímoda e
indeterminada como criterio de actuación para los "fuertes y
liberados" en contraposición a los "débiles y resignados" que
seguirán aferrados y sumisos a los criterios morales de otro tiempo.
B) ALGUNOS COMPORTAMIENTOS CONCRETOS
14. Este conjunto de síntomas generales de la crisis moral
queda reflejado en comportamientos concretos, comunes a nuestro ámbito cultural
o particularmente nuestros. Señalamos algunos especialmente significativos y
con gran incidencia en el deterioro moral de nuestro pueblo.
Manipulación del hombre
15. La proclamación de las libertades formales en nuestro
sistema democrático no excluye la emergencia de sutiles formas de enajenación:
llamamientos compulsivos al consumismo, imposición desde las técnicas de
marketing de modelos de conducta de los que están ausentes valores morales
básicos, manipulación de la verdad con informaciones sesgadas e inobjetivas, introducción
abierta o sublimial de una propaganda ideológica, "oficial" o de la
cultura en el poder; frecuentemente antirreligiosa y silenciadora o
ridiculizadora de "lo católico''.
El intento de imponer una determinada concepción de la vida designo laicista
y permisivo, es un problema crucial que se va agravando con el paso del tiempo.
Por ello, denunciamos una vez más el dirigismo cultural y moral de la vida
social favorecido desde algunas instancias de poder, desde algunos importantes
medios de comunicación, principalmente de naturaleza estatal, y desde múltiples
manifestaciones de la cultura, así como desde una determinada enseñanza, o a
través de disposiciones legislativas de los últimos años contrarias a valores
fundamentales de la existencia humana. Este dirigismo cultural y moral,
orientado frecuentemente a los estratos del cuerpo social más inermes ante sus
ofertas constituye no sólo un abuso del poder o del más fuerte sino qué,
además, contribuye de manera muy eficaz a imponer concepciones de a vida
inspiradas en el agnosticismo, el materialismo y el permisivismo moral.
Durante estos años, se ha llevado a cabo un desmantelamiento sistemático de
la "moral tradicional": desmantelamiento que no ha hecho más que
destruir; no ha construido, en efecto, nada sobre lo que asentar la vida de
nuestro pueblo ni ha establecido un objetivo humano digno de ser perseguido
colectivamente; ha sembrado el campo de sal y ha abierto un vacío que no ofrece
otra cosa que la pura lucha por intereses o el goce narcisista.
Los medios de comunicación social
16. Los medios de comunicación social que, en muchos
aspectos están desempeñando un papel muy beneficioso en orden a una sociedad
políticamente libre y moralmente sana con informaciones y juicios objetivos y
con la denuncia de los abusos del poder y de la corrupción imperante, no
siempre responden a las exigencias éticas que les son propias. La explotación
sistemática del escándalo por parte de algunos, la violación de la intimidad de
las personas, la conversión del rumor no verificado en noticia, o el halago
sumiso e interesado a los poderes, por ejemplo, son un reflejo, y causa a la
vez, del deterioro moral que nos preocupa.
Además, en los últimos tiempos, los medios de comunicación social han
fomentado, por ejemplo, mediante mesas redondas, entrevistas y otras formas, la
confrontación buscada por sí misma de las más diversas posiciones en todos los
asuntos más fundamentales de la vida y han puesto de relieve casi
exclusivamente la pluralidad y el conflicto de opiniones sin ofrecer en la gran
parte de los casos una respuesta a los muy importantes problemas tratados, o
por lo menos un esfuerzo para aproximarse a ella. Con ello, han contribuido,
seguramente sin pretenderlo, a favorecer uno de los peores males de la conciencia
humana contemporánea: la anomía, el escepticismo ante la verdad y la
desesperanza de encontrar un camino hacia ella.
La vida pública
17. En el plano de la vida pública hemos de referirnos
necesariamente a fenómenos tan poco edificantes como el "transfugismo",
el tráfico de influencias, la sospecha y la verificación, en ciertos casos, de
prácticas de corrupción, el mal uso del gasto público o la discriminación por
razones ideológicas. El poder, a menudo, es ejercido más en clave de dominio y
provecho propio o de grupo que de servicio solidario al bien común. Se ha
extendido la firme persuasión de que el amiguismo o la adscripción a
determinadas formaciones políticas son medios habituales y eficaces para
acceder a ciertos puestos o para alcanzar un determinado ''status'' social o
económico.
Todo esto, como una de las causas principales, está generando la amoralidad
ambiental que destruye las convicciones morales más elementales, sin las que no
es posible la pervivencia de una sociedad libre y democrática.
La vida económico-social
18. En nuestro momento actual observamos una desmesurada
exaltación del dinero. El ideal de muchos parece que no es otro que el de
hacerse ricos o muy ricos en poco tiempo sin ahorrar medios para conseguirlo,
sin atender a otros valores, sobre todo a los aspectos éticos de la actividad
económica.
Todo parece dominado por las preocupaciones economicistas como si esas
debieran ser las aspiraciones principales y envolventes de la sociedad.
Exponente de ello es la obsesión, elevada a categoría social, por un
crecimiento cuantitativo que no asume los costos sociales ni se pregunta con
realismo a quien perjudica y a quien beneficia. La misma integración en Europa
se ha considerado preferentemente en los aspectos económicos y las nuevas relaciones
con los países del Este europeo están dirigidas, casi con exclusividad, a la
venta y consumo de los productos de Occidente. Por otra parte, la escasa
aportación a la ayuda de los pueblos subdesarrollados (está muy por debajo del
0, 7% de P.N.B. recomendado) es un indicio más de la mentalidad economicista e
insolidaria que venimos denunciando. Se exalta la especulación y se deja en un
segundo plano el interés por la vida empresarial con sus riesgos y con su
capacidad productora de bienes, al tiempo que no se favorece el ahorro.
Es preciso denunciar, por otra parte, graves y escandalosas corrupciones,
tales como algunas recalificaciones "interesadas" de terrenos, los
negocios abusivos y fraudulentos derivados de tales recalificaciones, o la
especulación en el campo de la vivienda favorecida por oscuros intereses desde
diversas instancias a costa e los más débiles. El dinero negro conseguido
fraudulentamente constituye uno de los fenómenos con mayor poder corruptor en
la sociedad de hoy; en particular el dinero criminal del narcotráfico y su
correspondiente blanqueo con la complicidad de otras entidades es una de las
lacras más repugnantes de una sociedad degradada .
A esto habría que añadir la injusticia social y la insolidaridad creciente
que causan desigualdades en el reparto de bienes y provocan nuevas bolsas de
pobreza. También se da una injusta desatención a los extranjeros e inmigrantes
que vienen a nuestro país en busca de medios de subsistencia. Y, por último,
hay que denunciar, una vez más, el fraude fiscal y el fraude a la Seguridad
Social, tan actuales en el momento presente, síntoma de la falta de conciencia
social. (Para mayor abundamiento en este tema puede verse: "Crisis
económica y responsabilidad moral". Declaración de la Comisión Episcopal
de Pastoral Social, 1984, n. 3.4).
Nuestra sociedad está elevando a rango de "modelos" a hombres y
mujeres cuya única acreditación parece ser el éxito fulgurante en el ámbito de
la riqueza y del lujo. Se ofrecen a la opinión pública como prototipos a quienes
el azar, la suerte o el poder han elevado al "éxito" social. Se
inflige a los más desfavorecidos el agravio comparativo de la ostentación y de
las fortunas rápidamente adquiridas. Todo ello conduce a una mentalidad para la
que lo importante es tener ''éxito'' al margen de cualquier razón ética.
Al mismo tiempo, a los que no tienen otros recursos, se les estimula a
conseguir el estado económico, "prestigiado" y ambicionado en esta
sociedad, por medio de todo tipo de juegos de azar, algunos de ellos gestionados
y publicitados por la propia Administración pública. "España, se ha dicho,
se ha convertido en un gran casino". Y muchos de sus ciudadanos parecen
confiar cada vez más en el golpe de fortuna. De este modo se están primando las
peligrosas tentaciones del fatalismo y de la pereza y se minan los estímulos
para el trabajo, al tiempo que se extiende la picaresca y el
"triunfo" de los pícaros.
El clima en que vivimos, ciertamente, está corrompiendo la sociedad y ha
proliferado de tal manera que las mismas adhesiones políticas se consiguen, a
veces, a través del dinero mediante el "voto subsidiado" -tan inmoral
por parte del que lo fomenta como del que lo otorga -o se hace
"negocio" con el paro. Se echa en falta ejemplaridad económica en las
mismas esferas del poder político. El derroche en gastos superfluos, la
ostentación, la insolidaridad con los países del tercer mundo, etc.; favorecen
esta mentalidad que aquí denunciamos.
La sexualidad, el matrimonio y la familia
19. En el plano de la familia tampoco faltan,
desgraciadamente, signos preocupantes. Junto a comportamientos nada ejemplares
de no muchos individuos, pero bien orquestados y hasta admitidos socialmente
como el cambio de pareja, la infidelidad conyugal, la falta de e!emplariedad en
personajes representativos o el número cada vez mayor de divorcios, nos
encontramos con una mentalidad bastante extendida que desfigura valores
fundamentales de la sexualidad humana.
La cultura dominante, en efecto, trata de legitimar la separación del sexo y
el amor; del amor y la fidelidad al propio cónyuge; de la sexualidad y la
procreación. Y no se regatean los medios para imponer a todos estas formas de
pensar y de actuar. Así se pretende reducir la dimensión sexual del varón y de
la mujer a la satisfacción de placer y de dominio, aislados e irresponsables.
Más aún, con frecuencia, se trivializa frívolamente la sexualidad humana,
autonomizándola y declarándola territorio éticamente neutro en el que todo
parece estar permitido. Una expresión de este estado de cosas es la extensión
de las relaciones extramatrimoniales, la generalización de las relaciones
prematrimoniales o la reivindicación de la legitimidad de las relaciones
homosexuales.
Unida a esta trivialización, e inseparable de ella, está la
instrumentalizaclón que se hace del cuerpo. Se hace creer, en efecto que se
puede usar del cuerpo como instrumento de goce exclusivo, cual si se
tratase de una prótesis añadida al Yo. Desprendido del núcleo de la persona, y,
a efectos del juego erótico, el cuerpo es declarado zona de libre cambio
sexual, exenta de toda normativa ética; nada de lo que ahí sucede es regulable
moralmente ni afecta a la conciencia del Yo, más de lo que pudiera afectarle la
elección de este o de aquel pasatiempo inofensivo. La frívola trivialización de
lo sexual es trivilización de la persona misma a la que se humilla muchas veces
reduciéndola a la condición de objeto de utilización erógena; y la
comercialización y explotación del sexo o su abusivo empleo como reclamo
publicitario son formas nuevasde degradación de la dignidad de la persona
humana.
Hemos de denunciar algunas iniciativas o campañas oficiales de
"información sexual", que constituyen una verdadera demolición de
valores básicos de la sexualidad humana, una agresión a la conciencia de los
ciudadanos y un abuso muy grave del poder. Denunciamos, igualmente, la ausencia
de un discurso público dignificador del amor y de la familia, así como la
abrumadora presencia, por el contrario, de los discursos defensores de modelos
opuestos a la fidelidad y a la voluntad de permanencia en el mutuo compromiso
del hombre y de la mujer.
Hemos de aludir también a la mentalidad tan extendida anticonceptiva y, en
consecuencia, a la extrema limitación de la natalidad programada desde el puro
interés egoísta de la pareja, sin atender al valor moral de los medios
empleados para su regulación responsable ni a las consecuencias que se derivan
para los hijos, cuando el número es mínimo, y aún para la misma sociedad,
cuando las nuevas generaciones no pueden asumir el cuidado de sus mayores,
agobiadas por el peso de la pirámide de edad.
La patética soledad de tantos ancianos, padres y madres, separados de sus
hijos, relegados en pisos o aparcados en la impersonalidad de las residencias,
está poniendo de relieve cómo hay algo que no funciona debidamente en la actual
comprensión del matrimonio y de la familia. No son pocos los casos, además, en
que la falta de afecto familiar impulsa a los jóvenes a buscarlo en las bandas
de amigos, a comunicarse en el tráfago de los lugares de diversión, e incluso
en la bebida o en la droga; a buscar, en suma, fuera de la familia, lo que no
encuentran en ella. Estos son hechos que nos tienen que hacer pensar.
La falta de respeto al don de la vida
20. En relación con lo dicho, no podemos por menos de
referirnos a la falta de respeto al bien básico e inestimable de la vida ya en
su mismo origen, ya en el decurso de su existencia o en su etapa final. Tanto
la transgresión grave de esta exigencia de respeto a la vida como la pacífica,
no discutida, aceptación social de su violación es, sin duda, uno de los
síntomas más graves de una sociedad "desmoralizada". Quizá como
ningún otro aspecto, esta violación refleja la crisis moral actual caracterizada,
ante todo, por la pérdida del sentido del valor básico de la persona humana que
está en la base de todo comportamiento ético. De esta manera:
- se justifica, legaliza y
practica el abominable crimen del aborto (Cfr. GS, n. 51). (El pensamiento de la
Conferencia Episcopal puede verse en los documentos: ''Nota sobre el
aborto" de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, 4 de
octubre 1974; ''Matrimonio y Familia'' números 98-104, de la 31 Asamblea
Plenaria, 6 de Julio 1979; "La vida y el aborto'' de la Comisión
Permanente, 5 de febrero 1~83; "La despenalización del aborto"
de la 38 Asamblea Plenaria, 25 de Junio 1983; ''Comunicado del Comité
Ejecutivo'', 12 de Abril 1985; ''Despenalización del Comité
Ejecutivo", 12 de Abril 1985; ''Despenalización del aborto y
conciencia moral'' de la Comisión Permanente, 10 de Mayo de 1985;
''Actitudes morales y cristianas ante la despenalización del aborto'' de
la Comisión Permanente, 28 de junio 1985).
- se alzan voces en favor de
la legalización de la práctica de la eutanasia activa y directa;
- se siguen eliminando vidas
humanas y cometiendo otros atropellos a las personas por el persistente y
execrable cáncer de la violencia terrorista, sistemáticamente acompañada
de cínicas justificaciones de su ejercicio;
- el ignominioso e
incalificable tráfico de drogas y su degradante consumo, así como el
aumento creciente del consumo de alcohol entre los jóvenes que están
destruyendo espiritual y biológicamente muchas personas humanas sin que se
pongan los suficientes medios para erradicar sus orígenes y para sanar los
graves males producidos. Están muy bien todas las medidas para perseguir
el narcotráfico y para la curación y reinserción de los drogadictos, pero
habría que analizar también sus causas hondas, a veces de raíz humana y social,
y ponerles remedio. La gravísima irresponsabilidad con que se ha actuado
en nuestro país en este campo, han dado lugar a estos lodos de los que
ahora con tanta razón como dolor nos lamentamos;
- y, por último, la venta de
armamentos que atizan los conflictos locales y pueden llegar a producir
situaciones de pérdida de la paz universal.
C) ANÁLISIS DE ALGUNAS CAUSAS DE ESTA
SITUACIÓN
21. En el cuadro que acabamos de bosquejar convergen
factores de muy diversa índole, que se influyen entre si e inciden en los
comportamientos, individuales y colectivos: mutaciones sociales e ideológicas,
transformaciones técnicas, cambios políticos, modificaciones en la jerarquía de
valores hasta ahora comúnmente admitida, y factores intraeclesiales.
Factores de índole sociocultural
22. Entre estos factores parecen de obligada referencia los
siguientes.
a) Crisis del sentido de la verdad
Domina la persuasión de que no hay verdades absolutas, de que toda
verdad es contingente y revisable y de que toda certeza es síntoma de inmadurez
y dogmatismo. De esta persuasión fácilmente puede deducirse que tampoco hay
valores que merezcan adhesión incondicional y permanente. La tolerancia se
toma, en este contexto, no como el obligado respeto a la conciencia y a las
convicciones ajenas, sino como la indiferencia relativista que cotiza a la baja
todo asomo de convicción personal o colectiva.
b) El hombre libre, creador de la ética y sus normas
23. Se da también una corrupción de la idea y de la
experiencia de libertad concebida no como la capacidad de realizar la
verdad del proyecto de Dios sobre el hombre y el mundo, sino como una fuerza
autónoma de autoafirmación, no raramente insolidaria, en orden a lograr el
propio bienestar egoísta (Cfr. FC n. 6): se exalta, en efecto, la libertad
indeterminada del individuo desligada de cualquier obligación, fidelidad y
compromiso, y, en virtud de ella, se zanjan todas las demás cuestiones.
Estas actitudes acaban por considerar al hombre como autor
de la bondad de las cosas y creador omnimodo de las normas éticas; sólo él, o
la cultura que él fabrica pueden determinar lo que está bien y lo que está mal,
y así se reproduce la tentación y el fracaso de los orígenes de la humanidad
que nos describe la Sagrada Escritura (Cfr. Gn
3, 45). Esta concepción lleva, por necesidad, a un subjetivismo moral, o a
un relativismo que niega la universalidad de las normas morales y aún de los
mismos "valores'', dado que leyes y valores dependerían de la libre
voluntad de cada uno, de las construcciones culturales, de la opinión de la
mayoría y, en último término, de la evolución de las situaciones históricas.
c) La quiebra del mismo hombre
24. Se desarraiga la persona humana de su naturaleza e incluso
se contrapone a ambas, como si la persona y sus exigencias pudiesen entrar en
pugna con la naturaleza humana y con los valores y leyes insertas en ella por
el Creador. De esta manera, el hombre se concibe a si mismo como artífice y
dueño absoluto de si, libre de las leyes de la naturaleza y, por consiguiente,
de las del Creador y trata de determinar su realidad entera sólo desde si
mismo. Pero al intentar escapar del alcance de estas leyes y normas, es decir,
de la verdad que en ellas se encierra, el sujeto viene a ser presa de su propia
arbitrariedad y acaba por verse aprisionado por graves servidumbres (Cfr. LC n.
19).
Arrinconada, en fin, la idea de naturaleza y de creación, el hombre pierde,
al mismo tiempo, la perspectiva del fin y sentido últimos de su vida. Quedan
así sin respuesta las preguntas más fundamentales "¿Qué es el hombre?
¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte que, a pesar de tantos
progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a
tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de
ella? ¿Qué hay después de la muerte?'' (GS n. 10). Quien no sabe responder a
estas preguntas difícilmente podrá responder a estas otras que están en la base
de su actuar moral: ¿Cómo debo ser? ¿Cómo debo vivir? ¿Qué es lo que debo
hacer, o debo evitar?. Así, la quiebra moral de nuestro tiempo no es sino
expresión de una quiebra más profunda: la quiebra del mismo hombre .
d) ''Hay lo que hay y no otra cosa '': la facticidad
25. Impera la exaltación de lo establecido y la
aceptación acrítica de la pura facticidad. "Hay lo que hay y no otra
cosa''; de forma tácita o expresa, no es infrecuente encontrar
formulaciones de este tipo enla cultura dominante. Late en ellas, junto a la
apuesta por el llamado ''pensamiento débil" que renuncia a toda verdad
última y definitiva, un arraigado escepticismo frente a los conceptos de verdad
y de certeza, una declarada alergia a las grandes palabras, un resentido
desencanto por las grandes promesas, que acaba por desacreditar no sólo las
ofertas religiosas de salvación sino también las propuestas utópicas laicas de
liberación y fraternidad universales. Esta renuncia a todo ideal que trascienda
lo puramente económico o el gozo del momento se ha acentuado con el fracaso del
comunismo del Este. A trueque de todo ello únicamente se ofrece la mera
positividad de lo dado, la realidad ineludible de lo mensurable y cuantificable
como único horizonte razonable de ultimidad, la incertidumbre como indicador de
lucidez.
e) Opción por la finitud humana
26. Esto lleva consigo la instalación por decisión del
propio hombre en la finitud desde la que se relativizan verdad, bien,
belleza y certeza. Admitida la finitud absoluta humana como algo obvio e
indiscutible, se aceptan, al tiempo, con realista frialdad, la fugacidad y
mortalidad de la vida humana y se escoge deliberadamente el resignado
aposentamiento en la misma, a la vez que se rechaza categóricamente y de
antemano, todo intento de interpretación que le lleve al hombre a la búsqueda y
afirmación de ideales y de sentido y le abra a la trascendencia.
f) El secularismo y la mentalidad laicista
27. Se difunde asimismo, como consecuencia de lo anterior,
un modelo cultural laicista que arranca las raíces religiosas del corazón del
hombre: de forma solapada se niega a Dios el reconocimiento que merece como
Creador y Redentor, como ser Absoluto del que proviene nuestra vida y en el que
se apoya nuestra existencia.
El hombre que vive con esta mentalidad se olvida prácticamente de Dios, lo
considera sin significado para su propia existencia, o lo rechaza para terminar
adorando los más diversos ídolos. Para una mentalidad de este tipo, Dios es, en
todo caso, un asunto que sólo pertenece a la libre decisión del hombre y a su
vida privada. Seria Dios así el gran ausente de la vida pública, la cual habría
de asentarse únicamente en la razón y en la cultura imperante.
28. Ahora bien, cuando el hombre se olvida, pospone o
rechaza a Dios, quiebra el sentido auténtico de sus más profundas aspiraciones;
altera, desde la raíz la verdadera interpretación de la vida humana y del
mundo. Su estimación de los valores éticos se debilita, se embota y se deforma.
Y entonces todo pasa a ser provisional; provisional el amor, provisional el
matrimonio, provisionales los compromisos profesionales y cívicos; provisional,
en una palabra, toda normativa ética.
Este hombre tiene una libertad sin norte puesto que ''carece de una
referencia consistente que le permita discernir objetivamente el bien y el mal.
Al juzgar las cosas según los propios intereses -su "dios" o valores
supremos elegidos y erigidos en tales por él"- la ciencia, la técnica, el
poder y los bienes de este mundo se emancipan de una fundamentación moral
válida y liberadora y se convierten en instrumentos de servidumbre, rivalidad y
destrucción. Las aspiraciones más profundas del corazón humano, los
valoresmorales universalmente reconocidos e invocados, al carecer de su último
fundamento, quedan sometidos a la manipulación y entran en contradicción
consigo mismos'' (CVP, n. 22).
Lo que está en la entraña de nuestra situación actual, pues, es la
suplantación de una vida humana comprendida a la luz de Dios y vivida delante
de El por una vida vivida solo ante el mundo, el yo y su entorno inmediato sin
horizonte de absoluto ni de futuro. La difusión de un modo ateo de vida ha
cambiado las actitudes morales fundamentales de muchos. Frente a este panorama,
la Iglesia comprueba que una de las primeras razones del actual desfondamiento
moral y de la desorientación consiguientes es que Dios va desapareciendo, cada
vez más, del horizonte de referencia de vida de los hombres Ya no es Dios para
bastantes el fundamento de la existencia y del comportamiento de las personas,
grupos e instituciones.
Los cristianos no deberíamos repetir con ingenuidad y sin matizaciones -y
menos con intolerancia- la consabida frase: ''Si Diosno existe, todo está
permitido''. Pero no podemos dejar de preguntarnos, con algunos de nuestros
contemporáneos, incluso no cristianos, si la situación de nuestra sociedad no
reclama atención a la realidad de que sólo un Absoluto divino puede fundar
exigencias absolutas y que sólo un Dios que sea Amor, como lo es Dios encarnado
en Jesucristo, puede fundar una moral que sea la vez liberación del corazón y
exigencia práctica.
29. Sin embargo, no seria intelectualmente honesto ni
evangélicamente verdadero ver únicamente el fondo negativo de una cultura y un
hombre sin Dios. Porque Dios nunca deja al hombre de su mano y porque hay
valores auténticos en los increyentes que no pueden ser relegados o desdeñados
sin palmaria injusticia. Por eso la Iglesia reconoce también esos ideales y
valores, que, acaso por no haberlos cultivado debidamente en ciertos tramos de
su historia, han emigrado de su seno y han terminado por alzarse contra
Desde esta actitud de aceptación y discernimiento, de reconocimiento de los
valores positivos de una cultura no cristiana y de autocrítica por posibles
olvidos de los mismos, la Iglesia debe insistir, sin embargo, en lo que es su
tarea primordial: anunciar al mundo la realidad de Dios como origen,
fundamento, sentido y meta de la vida humana.
Factores intraeclesiales de la actual crisis
moral
30. Junto a los factores socioculturales enumerados ya,
que, sin duda, influyen en el comportamiento de los católicos, es necesario
referirse ahora a algunos factores intraeciesiales que también contribuyen a la
desmoralización que aquí estamos analizando .
a) Falta de formación moral en los católicos españoles
31. Los recientes cambios culturales y sociales de la
sociedad actual han incidido fuertemente sobre nosotros y han dejado a Ia
intemperie a muchos católicos, carentes cuando menos de una formación moral
suficiente y a la altura de las necesidades de los nuevos tiempos.
Ha faltado, hemos de reconocerlo, una buena educación de las conciencias
ante las nuevas necesidades. Esta falta de formación adecuada es tal vez uno de
los más grandes problemas o carencias con que nos encontramos en el seno de la
comunidad católica.
Consecuencia de esto es, entre otras cosas, el desconcierto y desorientación
moral de no pocos católicos de buena voluntad. Desearían actuar de forma
moralmente adecuada, pero se hallan perplejos sin saber por dónde dirigirse,
sobre todo en materias complejas como la moral económica o la sexual. Dudan de
la vigencia de los criterios morales recibidos y del contenido concreto que han
de dar al imperativo de hacer el bien y evitar el mal, imperativo al que no
quieren renunciar. Buscan, incluso, orientación sobre cuestiones graves y
delicadas de la moral cristiana y se encuentran con la divergencia de opiniones
y enseñanzas en la catequesis, en la predicación o en el consejo moral. Todo
esto aumenta el desconcierto, la incertidumbre, la indecisión que, tarde o
temprano, acabarán en un subjetivismo o en un laxismo moral, en una moral de
situación o en un rigorismo que, por encima de todo, reclama ''seguridades'' .
También ha podido influir en esta desmoralización de algunos cristianos una
reacción frente a excesos de un moralismo legalista, impositivo y exterior, sin
arraigo en el corazón del hombre, percibido como yugo de servidumbre y no como
cauce de realización humana.
b) Lo legal y lo moral
32. En tiempos pasados la moral católica era la base sobre
la que se asentaba la normativa moral e incluso jurídica de nuestra sociedad
española; constituía el patrimonio moral común que orientaba las conciencias.
Esto condujo, entre otras cosas, a identificar moral católica, norma jurídica y
usos y costumbres normalmente admitidos. La situación ha cambiado. La moral
católica no es la moral de toda la población. El Estado ha promulgado leyes que
autorizan acciones moralmente ilícitas. Por eso muchos consideran morales estas
acciones legalmente permitidas. Lo que está permitido, en el orden jurídico,
les parece que es ya inmediatamente conforme a la recta conciencia.
Reconocemos que en la Constitución Española, y en la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, hay unos valores morales que pudieran servir de base
ética de la convivencia en la sociedad española Pero estos valores tienen su
fuente de inspiraciónen unacultura cuyas raíces son cristianas y, por ello,
sólo en la integridad delmensaje cristiano reciben su última consistencia y
sentido. Desarraigados estos valores de su fundamento, que es Dios Creador, se
están vaciando de contenido según nos muestra la experiencia de los últimos
años en Occidente, pierden vitalidad y, a veces, se vuelven contra el mismo
hombre.
c) ''Secularización'' interna
33. No podemos dejar de referirnos aquí a otro factor
intraeclesial, altamente preocupante. En los últimos tiempos ha arraigado entre
algunos sectores católicos una mentalidad difusa que, con un buen deseo de
acercar la Iglesia al mundo moderno y hacerla más aceptable y solidaria con él,
ha recibido y asimilado los puntos de vista, los esquemas de pensamiento y
acción de una cultura secular, sin discernir, creemos, suficientemente las
características y exigencias de esta cultura moderna respecto a aquellos puntos
que expusimos arriba: la concepción de verdad, de libertad, etc.
Esta mentalidad difusa da por bueno y verdadero lo que nace de la sociedad
contemporánea en lo que a la visión del hombre, a las costumbres o a los
criterios morales se refiere; al tiempo que somete la doctrina cristiana y sus
normas morales al juicio de la sensibilidad y de los sistemas de valores e
intereses de la nueva cultura. Conforme a esta nueva mentalidad ya no es la fe
recibida y vivida en la Iglesia la norma que discierne los criterios de juicio,
los valores determinantes o los modelos de conducta de nuestra sociedad; sino
que son los postulados de esa cultura o los comportamientos sociales vigentes
que nacen de ella los que dictan, dentro de un orden humano autosuficiente, sus
propias fuentes inspiradoras y las normas éticas del comportamiento humano.
En esta versión ''secularizada" de lo cristiano que, de hecho, no
cuestiona la mentalidad ni la conducta de los hombres y mujeres acomodados al
modo de pensar de este mundo, se seleccionan los contenidos del mensaje
cristiano, las conductas y normas morales coincidentes con lo que previamente
se ha decidido que es lo bueno y verdadero, porque se acomodan al
''espíritu" de la época o resultan compatibles con el género de vida que
han adoptado.
Aspectos como la necesidad de la fe en Dios para descubrir y desarrollar la
entera humanidad del hombre en el mundo, la función radical de la conciencia
moral para el verdadero progreso personal y social, vivido todo ello dentro de
la lglesia en comunión v obediencia y fidelidad a su magisterio, quedan en la
penumbra o se silencian sistemáticamente. De esta manera la fe se diluye y
entra dentro de la dinámica de un pensamiento laicista y naturalista que como
dijimos antes, socava los fundamentos de la moralidad y destruye, desde dentro,
la misma capacidad humanizadora de la fe y las exigencias morales que de ella
derivan.
Al mismo tiempo esta mentalidad laicizadora y secularizadora introduce
dentro de la fe un germen de racionalismo que rompe la unidad de la conciencia personal
de los católicos y amenaza la unidad visible de la Iglesia.
lll. ALGUNOS ASPECTOS
FUNDAMENTALES
DEL COMPORTAMIENTO MORAL CRISTIANO
34. Para ayudar, en alguna medida, a la conciencia moral de
los católicos, trataremos ahora algunos puntos que creemos importantes y
urgentes para la formación de una recta conciencia ética, sin pretender ofrecer
una fundamentación sistemática de la moral cristiana. Esperamos que estas
páginas podrán iluminar algunos aspectos de la dimensión moral del hombre y
contribuir a que esa dimensión no quede a merced de dictados externos, de
exigencias meramente legales o de apreciaciones puramente subjetivas.
Dios, creador y salvador
35. La moral cristiana no comienza planteando al creyente
el imperativo categórico de la ley sino apelando a Dios creador y salvador y a
su amor por los hombres. Para una visión cristiana, sólo Dios da respuesta
cabal a las aspiraciones profundas del hombre. El hombre contemporáneo, como ya
hemos dicho, no logrará regenerarse ética y humanamente sin la recuperación de
la realidad de Dios y de su significación iluminadora y consumadora de la
condición humana.
El hombre, imagen de Dios
36. El hombre ha sido creado a ''imagen de Dios'' (Cfr. Gn
1l 26-27). Es esta la clave más profunda de la moral cristiana. Todo hombre es
querido y afirmado por Dios de una manera única y personal ''el hombre es la
única criatura terrestre a la que Dios ha amado por si misma'' (GS n. 23). De su condición de
"imagen de Dios" brota la raíz de su dignidad como hombre y del
respeto que se le debe. Hecho a semejanza de su Creador, el hombre vive ante su
Señor como un sujeto personal llamado por El para que le conozca y le ame: este
es su fin último; el comportamiento moral del hombre ha de orientarse hacia esa
meta.
Pero, además, el hombre se asemeja a Dios principalmente porque "el
Creador lo hizo según el modelo de su Hijo Jesucristo, que es la verdadera y
original imagen de Dios, por quien Dios Padre ha creado todas las cosas...
Jesucristo es, efectivamente, el corazón y el centro, el principio y el fin del
designio amoroso de Dios sobre el hombre y la creación" (Cat. lll. pág.
120-121 ) y, por lo tanto, el principio originario y Ia norma suprema de toda
conducta humana.
Dios mismo ha dado al hombre la misión de
representarle en medio del mundo, haciéndole cooperador suyo en la trasmisión y
defensa de la vida y en la protección y progreso de la creación y
constituyéndole intérprete inteligente de su plan creador (cfr. Gn 1, 28-30). Esta condición del hombre
implica su respuesta libre a la interpelación que le viene de Dios. Aquí radica
que el hombre sea constitutivamente responsable, porque para serlo ha de
responder ante Dios de si mismo, de su relación con los otros y con el mundo.
La incomparable dignidad del hombre culmina en el hecho de haber sido invitado
a ser interlocutor responsable del mismo Dios y, consiguientemente, a entrar en
comunión de vida y amor con El y con los demás.
En esto radica, en último término, la inviolabilidad de los derechos humanos
fundamentales. No se podría reivindicar suficientemente que estos derechos son
inviolables si no estuvieran fundados en la condición humana de ''imagen de
Dios", participación de lo absoluto de Dios por parte del hombre. La
necesidad y respeto de estos derechos se fundamenta, en último término, en Dios
y no en simples convenciones y consensos sociales. En realidad la violación de
esos derechos supone siempre despojar al hombre de su derecho a estar y vivir
bajo la protección de su Creador.
La vocación del hombre, además, es vivir en comunión con Dios y con los
hombres. Por ser ''imagen de Dios", el hombre es portador de una dimensión
social que le vincula a sus semejantes; no puede vivir ni desarrollar sus
facultades sino en el contexto de las relaciones interpersonales y sociales.
La verdad
37. La realización del hombre, ciertamente, debe apoyarse
en convicciones verdaderas pues, por su condición de "imagen de
Dios", el hombre está llamado a realizarse en la verdad. Fuera de la
verdad, la existencia humana acaba oscureciéndose y casi insensiblemente, se
entenebrece en el error y puede llegar á falsearse a si mismo y su vida
prefiriendo el mal al bien. Sin la verdad, el hombre se mueve en el vacío, su
existencia se convierte en una aventura desorientada y su emplazamiento en el
mundo resulta inviable. En la situación cultural contemporánea, es necesario,
ante todo, recordar y proclamar estas afirmaciones.
Hay que afirmar particularmente que el hombre, aun en medio de oscuridades,
tiene capacidad para penetrar con auténtica certeza la racionalidad que la
sabiduría divina ha marcado en el mismo hombre y en el entorno en que éste se
mueve. Por su inteligencia, reflejo de la luz de la mente divina, puede
descubrir en si mismo y en el "lenguaje de la creación" la voz y
manifestación de Dios (GS n. 22
Cfr. ibidem 14 y 15), llegando a formarse juicios de valor universal sobre si
mismo, sobre las normas de conducta y su última meta. Gracias a su
participación en la verdad de Dios, adquiere el hombre certezas que reclaman de
él su adhesión total. Negar que la verdad existe y se hace perceptible para el
hombre equivale a sustraer a sus opciones libres toda orientación razonable.
Porque existe la verdad y porque el ser humano está hecho para encontrarla
en libertad responsable es posible igualmente asentar la vida personal y
colectiva en un conjunto de certezas sobre el ser y el sentido de la vida y
actuar del hombre. Al cristiano le es inherente, como a cualquier otro, la
condición itinerante. no tiene un plano topográficamente exacto del terreno,
pero cuenta con una brújula que orienta su itinerario y le ayuda a elegir en
las encrucijadas. Los cristianos con esperanzada certidumbre, caminan en la
verdad (cfr. 3Jn, 4) hacia el término de su peregrinación, a la vez que
comparten con sus prójimos las inseguridades de la historia y los riesgos y
oscuridades del destino común de la humanidad.
La libertad y la responsabilidad
38. "La verdad os
hará libres" (Jn 8, 32). Esta
frase evangélica establece una estrecha relación entre la verdad y la libertad.
El hombre es un ser inexorablemente moral por el carácter libre de su persona.
Pero estar en la verdad es un requisito imprescindible para que la actuación
humana sea verdaderamente libre.
La libertad, ante todo, se fundamenta en la condición del hombre de ser
''imagen de Dios'' (Cfr. GS n. 17).
En efecto, Dios libre en su acción creadora, creó al hombre libre, esto es,
capaz de decidir por si mismo y dueño, por lo tanto, de sus actos. En esto se
diferencia de las demás criaturas terrestres. Su vida no le es dada de una vez
para siempre y acabada; su vida es un quehacer, un proyecto que tiene que
realizar. Por el ejercicio de su libertad ''el hombre es causa de si
mismo" (Tomás de Aquino, Suma Teológica l-ll, prólogo X), pero el
ser "causa de si mismo'' le viene de ser creado por Dios y referido a El,
de quien es "imagen".
Para hacer realidad su vida, el hombre
tiene que elegir, entre varios proyectos, su meta y su camino. En esto estriba
una de sus mayores grandezas. Pero también reside ahí el mayor riesgo que el
hombre ha de correr pues no se puede decir que el hombre es libre sólo porque
puede tomar decisiones por si y ante si: "si bastase que una acción fuese
buena, justa y recta por el solo hecho de haber sido decidida libremente por el
hombre, habría que alabar y justificar muchos actos de violencia y crímenes que
proceden de decisiones libres del hombre" (Cat. lll, pág. 288). El hombre
es plenamente libre cuando elige lo que es bueno para si mismo y para los
demás, lo justo lo verdadero, lo que agrada a Dios (Cfr. Rom. 12, 2; Flp 4, 8); pero puede también escoger
bienes aparentes o falsos y optar contra si mismo eligiendo el mal, lo que le
daña. Pues ''no alcanzan a Dios nuestras ofensas más que en la medida en que
obramos contra nuestro propio bien humano'' (Tomás de Aquino, Suma contra
los gentiles 3, Cap. 122). La auténtica libertad se ejerce, por tanto, en
la fidelidad comprometida por la propia opción en el servicio desinteresado al
bien de los demás: "habéis sido llamados a la libertad;...servios por amor
los unos a los otros" (Gál 5, 13; Cfr. RH n. 21).
En el ejercicio de su libertad, el hombre no puede desligarse de referencias
objetivas, compromisos y responsabilidades, de tal manera que su actuación no
se puede disociar de los imperativos y exigencias que, para bien suyo, han sido
inscritos por Dios en sí mismo ser personal, en la naturaleza de sus actos y en
las demás realidades de la creación. La libertad humana es, pues, falible y
limitada. La libertad limita, en último término, con aquellas inclinaciones y
aspiraciones más profundas de la propia naturaleza humana en las que se puede
descubrir la invitación del Creador a actuar tendiendo al bien.
Es necesario, en consecuencia, aquilatar continuamente la libertad para que
pueda actuar responsablemente y acertar al tomar sus decisiones: ''la
responsabilidad del hombre ante Dios por sus actos le obliga a amar
apasionadamente la verdad y buscarla sin tregua; a distinguir entre lo falso,
lo aparente, lo que interesa y lo verdadero; a someter sus caprichos,
arbitrariedades y tendencias a una disciplina libremente asumida; a contrastar
en la realidad y en la acción sus fantasías y deseos; a aprender siempre en el
sufrimiento y a vivir siempre en un horizonte de esperanza" (Cat. lll,
pág. 288).
La conciencia moral
39. El carácter inexorablemente moral del hombre, exige
establecer su auténtica relación con la verdad y la libertad y aun la misma
relación entre ambas. Esta relación tiene lugar en el campo de la conciencia
moral, es decir, en la facultad, arraigada en el ser del hombre, que le dicta a
éste lo que es bueno y malo, le incita a hacer el bien y a evitar el mal y
juzga la rectitud o malicia de sus acciones u omisiones después que las ha
llevado a cabo.
Desde sus orígenes, los hombres han visto en la conciencia la voz del mismo
Dios y en ella, a su vez, la norma que están llamados a seguir. En efecto, ''en
lo más profundo de su conciencia advierte el hombre la existencia de una ley
que él no se dicta a si mismo, pero a la cual debe obedecer, cuya voz resuena,
cuando llega el caso, en los oídos de su corazón... La conciencia es el núcleo
más secreto y el sagrario del hombre, en el que se siente a solas con Dios,
cuya voz resuena en el recinto más intimo de aquélla" (GS n. 16) .
Por ser la voz de Dios en el hombre, la conciencia es una instancia
inviolable a la que ninguna instancia humana superior puede -oponerse Este
principio es fundamental para la ética cristiana, siempre que sea bien
entendido. La voz de la conciencia, ciertamente, no puede ser asumida en
solitario, sin referencia alguna a instancias objetivas. Necesita confrontarse
con las convicciones básicas y comunes en las que convergen las más nobles
tradiciones morales de la humanidad. Pero no basta que los dictámenes de la
conciencia se remitan a los resultados de la experiencia humana y a las pautas
de conducta consagrada por los mejores exponentes de la humanidad moral y
religiosa si a la conciencia se le destituye de su último y absoluto
fundamento, es decir, de la referencia a Dios, creador y árbitro supremo del
actuar humano. Sólo el respeto a estas referencias garantizan la autenticidad
de la conciencia del individuo.
En consecuencia, no se puede confundir la conciencia con la subjetividad del
hombre erigida en instancia última y en tribunal inapelable de la conducta
moral. La conciencia está expuesta a su propio falseamiento: a no reconocer lo
que Dios realmente le transmite y a tener por bueno lo que es malo; y puede
deformarse, hasta el punto de no emitir apenas juicios de valor sobre el
comportamiento del hombre.
Es cierto que, en ocasiones, la conciencia, aún equivocadamente por
ignorancia invencible, por condicionamientos psicosociales o por causas
patológicas, se impone como instancia ineludible de la conducta humana. En ese
caso, la conciencia es inviolable: el hombre tiene obligación de seguirla sin
que se le pueda forzar a actuar contra ella ni impedir que obre de acuerdo con
ella, a no ser que se viole un derecho fundamental e inalienable de un tercero
(Cfr. DH, n. 3). Pero no pueden
apelar a su conciencia subjetiva quienes no se preocupan por buscar la verdad y
comportarse en su vida responsablemente. En estos casos, por la costumbre de
desoir y aun rechazar la voz de Dios en su interior, la conciencia se ciega y
debilita incluso hasta encerrarse en el silencio.
La conciencia, por si misma, no es, por tanto, un oráculo infalible. Tiene
necesidad de crecer, de ser formada, de ejercitarse en un proceso que avance
gradualmente en la búsqueda de la verdad y en la progresiva integración e
interiorización de valores y normas morales. A lo largo de este proceso de
crecimiento, la conciencia descubre, cada vez con mayor certidumbre, el
proyecto de Dios sobre el propio hombre y la realidad de normas de conducta
valederas por si mismas que, ahincadas en la naturaleza humana, son ley para el
mismo hombre. La conciencia y la norma, entonces, son restituidas a su justa y
mutua relación, pues se ve, cuando eso ocurre, que la conciencia está
naturalmente religada a la creación de Dios y, a través de ella, a Dios
creador. En efecto, todos los hombres llevan escrito en su corazón el contenido
de la ley cuando la conciencia aporta su testimonio con sus juicios
contrapuestos que condenan o dan su aprobación (Cfr. Rom 2, 15).
La fidelidad a la conciencia, rectamente formada, es el punto de partida y
el lugar de encuentro donde los católicos y sus conciudadanos pueden ahondar en
la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que afectan
hoy día a los individuos y a la colectividad. Los católicos pueden contribuir
eficazmente a la ordenación moral de la sociedad, gracias a su convencimiento
de que "los grandes valores éticos que constituyen nuestro patrimonio
histórico, aun estando enraizados en el corazón de la humanidad, han sido
clarificados y fortalecidos por la fe cristiana" (CVP, n. 70).
Las normas morales
40. Nos hemos referido más arriba al frecuente rechazo de
toda normativa ética que hoy detectamos en nuestra sociedad. Sin duda, esa
actitud es comprensible, en algunos casos, como reacción espontánea a una
presentación del mensaje moral de la Iglesia, hecha desde una visión demasiado
legalista. En tiempos todavía próximos a los nuestros, la ley de Dios pudo ser
interpretada por algunos como algo escrito en tablas de piedra, amenazador para
el hombre y exterior a él. La Ley de Dios se nos muestra, por el contrario, en
la Biblia como una realidad viva, metida por Dios en el pecho de los hombres e
inscrita en sus corazones (Cfr. Rom. 2, 15) .
Dios creador, que puso en el interior del hombre la inclinación al bien y el
rechazo al mal, desde el principio, dio a la conciencia humana su ley,
"cuyo cumplimiento consiste en el amor a Dios y al prójimo" (GS, n. 16). El hombre despliega su propia
historia "sobre la base de la naturaleza que ha recibido de Dios y con el
cumplimiento libre de los fines a los que lo orientan y lo llevan las
inclinaciones de esta naturaleza y de la gracia divina" (LC, n. 30).
Consecuentemente, la realidad creada constituye para el hombre una fuente e
instancia de moralidad: en ella puede el hombre leer el mensaje cifrado de su
ser y su actuar.
Esta regulación originaria de su naturaleza, por el hecho de que revela el
designio de Dios creador, no limita ni cohibe las virtualidades creadoras y
libres del hombre sino que más bien las posibilita. El orden moral, inscrito en
él, no es, en modo alguno, algo mortificante para el hombre; responde, al
contrario, a sus aspiraciones más hondas y está al servicio de la plenitud de
su persona y de su felicidad. Nada más aberrante ni destructivo que disociar la
persona humana de la complejidad y riqueza de sus inclinaciones y fuerzas
naturales. Los ensayos y manipulaciones, tan ambiguos, que el hombre
contemporáneo ha comenzado a hacer con su cuerpo no son sino una muestra de
adonde conduce la quiebra de su unidad psico-orgánica y espiritual. El hombre,
al contrario, recupera su grandeza cuando advierte en si mismo y en toda la
realidad creada una racionalidad que no es creación o invención suya sino la
huella e imagen viviente de la sabiduría de que Dios ha usado al crear todas
las cosas.
La experiencia acumulada en la historia de la humanidad pone de manifiesto
los esfuerzos de muchos hombres que, atentos a la voz de Dios, latente en los
dictados de su conciencia y al mensaje moral de la creación, han llegado a
descubrir y establecer normas y leyes para proteger y desarrollar la vida,
defender la dignidad humana y crear lazos de justicia y de paz entre los
hombres (Cfr. Cat. lll, pág. 291). Estas normas y leyes, en las que Dios
sembró, desde siempre, semillas de verdad y de bien, han alcanzado su
cumplimiento en la revelación histórica de Dios y, de modo particular, en
Jesucristo. La revelación histórica de la Ley de Dios fue necesaria, además,
para que todos los hombres pudiesen conocer de un modo cierto, fácil, sin error
e íntegramente la voluntad divina que tuvo que proteger su creación y, en
particular, al hombre y su alianza con Dios de caer en el caos a causa del
pecado (Cfr. DS 3004-3005; DV,
n.6). Pero esta revelación definitiva, al curar y llenar de sentido y de vida los
empeños éticos de la humanidad, no entró en este campo como en una realidad
extraña (Cfr. CVP, n. 46) .
La moral de la Alianza
41. En la revelación
histórica de Dios, el Decálogo del pueblo israelita (Cfr. Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-22) es la manifestación ejemplar
y universalmente válida de las fuentes de moralidad latentes en el ser del
hombre creado a "imagen de Dios''. Las orientaciones, instrucción y mandatos
del Decálogo no se proponen como normas legales meramente imperativas sino como
la respuesta agradecida de Israel a la admirable intervención de Dios que ha
liberado a su pueblo de la opresión y la servidumbre: ''Yo, el Señor, soy tu
Dios que te he sacado de Egipto, de la esclavitud: no habrá para ti otros
dioses" (Ex 20, 2).
El cumplimiento de los preceptos de Dios presupone la adhesión de fe dada al
Dios que salva; de ese indicativo emana, como una actitud lógica, la aceptación
de los imperativos éticos exigidos por la Alianza de Dios con los hombres.
Quienes han sido liberados por Dios se comprometen a seguir unas pautas de
conducta que son siempre liberadoras para el hombre, al que comunican vida, plenitud
y felicidad. El cumplimiento de los mandamientos de Dios implica, además,
participar en la acción liberadora de Dios que quiere que todos los hombres
puedan ver reconocidos sus derechos y vivir en libertad.
La ley de Dios es luz para la vida de
todo hombre, una lámpara en el sendero de su vida (Cfr. Sal 119, 105). ''Las palabras del
Decálogo continúan válidas también para nosotros: los preceptos de la Ley son
origen de libertad para todos los hombres, quiso Dios que encontraran (en
Cristo) mayor plenitud y universalidad, concediendo con largueza y sin limites
que todos los hombres pudieran conocerle a El como Padre, pudieran amarle y
seguirle con facilidad a aquel que es su Palabra" (S. Ireneo, Adv.haer,
4, 16, 5) .
La novedad del mensaje moral del Evangelio
42. Jesús, el Hijo de Dios, en efecto, no
vino a abolir la ley de la Alianza Antigua sino a perfeccionarla y consumarla
(Cfr. Mt 5, 17). El mensaje moral del
Evangelio supone, sin duda, para la conducta del hombre una novedad radical que
le proviene de la novedad decisiva y única del acontecimiento de Cristo. En
éste, el orden moral encuentra nuevas motivaciones y una irrepetible y
definitiva finalidad.
La moral cristiana afecta al hombre en la
integridad de sus dimensiones y, en consecuencia, se mantiene vigente en toda
ella una continuidad real que va, desde las normas morales inscritas en el
corazón del hombre hasta los imperativos del comportamiento humano alumbrados
por Cristo que culmina en el amor a Dios y al prójimo. Estas exigencias e
imperativos no quiebran, en modo alguno, la trama coherente y homogénea de la
ética cristiana sino que confirman su carácter unitario y lo llevan a su
perfección. Pues Cristo, al manifestarse en la historia, sacó a la luz el
sentido originario y más profundo de la creación: "El es el modelo y fin
de todas las cosas... y el universo tiene en El su consistencia" (Col 1, 17). Por ser su principio y su
fundamento último, Jesucristo es eI más autorizado intérprete de la entera
realidad creada.
El objetivo de la Alianza de Dios con los hombres en Jesucristo es llevar al
hombre y al cosmos a la nueva creación. Pero la nueva creación asume la
creación que está bajo el mandato o el Creador. No hay, pues, un Dios
legislador de la primera creación y de la Alianza Antigua a través de sus
mandamientos y otro Dios distinto de aquel que sería el Dios de la salvación v
del amor
La nueva ley de Cristo
43. Jesucristo reafirmó
lo más substancioso de la Antigua Alianza (Cfr. Mt 5, 17); reclamó del hombre que
cumpliese la intención más profunda de los mandamientos de Dios; radicalizó la
ley entera concentrándola en el amor a Dios y en el amor al prójimo, incluso al
enemigo: no hay mandamiento mayor que éstos (Cfr. Mc 12, 28-31); y ¡a interiorizó en el
hombre, enviándole su Espíritu para capacitarlo y disponerlo a cumplir con
libertad la voluntad del Padre y a actualizar con su vida las propias actitudes
de Jesús ante Dios y los hombres.
La Ley nueva de Cristo se traduce, en
última instancia, en el seguimiento de una persona, la de Jesucristo; consiste
en aceptar que El mismo es el Evangelio, la buena noticia de salvación
comunicada y otorgada por Dios a los hombres y exige tratar de identificar la
propia conducta con la suya: "vivir como El vivió" (1Jn 2, 6). Esta vivencia del Evangelio
es imposible sin la fuerza del Espíritu Santo que es, verdaderamente, la ley
interior de la Nueva Alianza, aquella ley que Dios mete en el pecho de sus
hijos y escribe en sus corazones para renovarlos y colmarlos de vida.
Sólo quien se ha abierto al Evangelio y
ha descubierto que él es la perla y el tesoro incomparable, puede ''venderlo
todo", seguir a Jesús y tratar de ser como El (Cfr. Mt 13, 44-46). Aqui, ''el deber"
aparece como fruto del gozoso y agradecido reconocimiento de los dones
recibidos de Dios. Los mandamientos, sin diluirse sus exigencias, se desbordan
ahora hacia las propuestas de las bienaventuranzas de cuya dicha disfrutan ya
en esta tierra quienes han acogido incondicionalmente el Reino de Dios presente
en la persona de Jesús (Cfr. Mt 5, 2-11;
Lc 6, 20-23). El mensaje de las
bienaventuranzas no puede entenderse como un código impersonal para los
seguidores del que las predicó. Son, ante todo, el retrato que sus primeros
discípulos nos dejaron de Jesús y de la vida que El encarnó y vivió
históricamente, y que aquellos primeros vieron con sus propios ojos y palparon
con sus manos (Cfr. 1Jn 1 , 1). El
destino que El arrastró y consumó felizmente es programa moral para sus
seguidores. Estos no se preguntan si los postulados y exigencias, encerrados en
las bienaventuranzas, son o no posibles, en su utópica extrañeza; la pregunta
sobra porque son, más que posibles, reales, realizadas y realizables. Aparece
aquí algo superior a un puro ordenamiento moral basado en la rectitud y la
justicia. Esto es lo que permite a San Pablo hablar del gozo de la existencia
agraciada y exhortar reiteradamente a la alegría (Cfr. Flp 3, 1; 4, 4; 1Ts 5, 16; 2Cor 13, 11).
La vida nueva en el Espíritu
44. La vida cristiana es nueva creación;
no sólo producto de la propia voluntad o esfuerzo sino resultado, sobre todo,
de la acción de Dios en Cristo por la fuerza recreadora de su Espíritu. La
resurrección de Jesús ha introducido en el corazón de la historia una nueva
forma de existencia con sus motivaciones y finalidades propias que está más
allá de las posibilidades humanas y de los condicionamientos de raza, cultura y
condición: ''revestios del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y
santidad de la verdad" (Ef 4, 24).
La moral cristiana muestra, del todo, su autenticidad cuando el Espíritu es
derramado sobre el creyente y dispone su interior para acoger la realidad
ofrecida, le hace amarla y descubrir en ella su propia plenitud. El Espíritu no
violenta, persuade e ilumina interiormente; no humilla, eleva; no hipoteca,
capacita. La vocación cristiana se descubre entonces como vocación a la
libertad: ''hermanos, habéis sido llamados a la libertad" (Gál. 5, 13). El
hombre que, por el Espíritu, se encuentra con Dios, el Padre de Nuestro Señor
Jesucristo, es libre para estar en el mundo sin dejarse amedrentar por su
facticidad y sin temor ante su propia finitud. Porque se siente sólidamente
relegado a ese fundamento último, se siente a la vez desligado, libre, ante
todo lo penúltimo, esto es, ante las realidades de este mundo, particularmente
aquellas que corrompen al hombre: la ambición de poder, las riquezas y el
bienestar egoísta; porque se sabe dependiente de Dios y sólo de Él, se sabe
independiente de cualquier otra instancia o poder terrenos. El cristiano, sobre
todo, encuentra la libertad verdadera por el don sin reservas de si mismo a
Dios y al prójimo: "donde está el Espíritu del Señor, allí está la
libertad" (2Cor 3, 17).
La vocación cristiana
45. La vida cristiana, por consiguiente,
siendo como es nueva creación, no es primariamente una opción que el hombre
toma por propia iniciativa, entre las múltiples posibilidades que la existencia
le ofrece. Es más bien respuesta libre a la libre oferta de un don gratuito que
interioriza cada vez más la respuesta agradecida del hombre a los dones de su
creación y de su vida. El discipulado no tiene su origen en el discípulo, sino
en el maestro. No son los discípulos de Jesús quienes lo eligen, sino Jesús
quien los llama. El Evangelio de Cristo será siempre anterior a los discípulos
de Cristo. De ahí que el concepto de vocación es central en la moral cristiana:
"os exhorto yo, preso en el Señor, a que viváis de una manera digna de la
vocación con que habéis sido llamados" (Ef 4, 1). De ahí también que, en la moral
paulina, los indicativos de la acción de Dios en Cristo por su Espíritu:
''habéis sido santificados, recreados, lavados, resucitados...'', susciten los
imperativos: "sed santos, vivid según la nueva creación, resucitad a una
vida nueva...". Existe la vocación cristiana como existe "la verdad
de Jesús'' (Ef 4, 21), la verdad de
Dios y la verdad del ser. El hombre se encuentra con ellas y se entrega a
ellas. La vocación cristiana tiene, pues, una realidad V consistencia anterior
a toda decisión humana; el hombre no la crea, pero tiene que hacerla real,
asumiéndola en cada tiempo hasta lograr su total realización. Para lograr esta
realización el hombre habrá de ser ayudado constantemente, a lo largo de toda
su vida, por la gracia de Dios.
El pecado
46. A la luz de la vida, muerte y resurrección de
Jesucristo, la moral cristiana descubre la dolorosa realidad del pecado y de la
cruz. El cristianismo parte de la situación humana tal cual es; por eso toma
absolutamente en serio el pecado como ejercicio de una libertad que se revuelve
contra su origen y se absolutiza frente a Dios, rechazando la oferta de amistad
y alianza con El. Ese pecado afecta al hombre, a la realidad mundana y a la
historia, creando una dinámica propia en la entraña del acontecer humano y del
mundo .
La vida del cristiano habrá de tener en cuenta necesariamente el combate
frente al pecado, la tentación y las consecuencias del pecado. Apoyado en la
victoria de la cruz de Cristo, el cristiano luchará contra el poder del mal
definitivamente derrotado desde la resurrección de Jesús, pero todavía
destructor en su derrota hasta que todo sea sometido bajo el Señor.
La cruz de Cristo es consecuencia del pecado del mundo y de la justicia
misericordiosa de Dios; el Señor la vivió en actitud oblativa de obediencia
solidaria, transformando así la lógica de la violencia en la del perdón,
canjeando la potencia del resentimiento vengativo por el poder atractivo del
amor. La resurrección, por su parte pone en evidencia que ese amor es, en su
aparente desvalimiento más fuerte que la muerte y que ''donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia'' (Rom 5, 20).
El creyente, además, aprende ahí a redimir su vida y su muerte de la
tentación egoísta para vivirlas en entrega amorosa y confiada a Dios y a su
prójimo. Una ética altruista es difícilmente sostenible, de manera general y
permanente, sin la fe en el Dios de Jesucristo que es Amor. En cambio, una
ética del servicio incondicional a los hermanos es la forma normal de
realización moral cristiana. Porque Alguien ha muerto por nosotros y de esa
muerte ha brotado nueva vida, nosotros podemos vivir y morir con nuestros
hermanos y por ellos.
Carácter escatológico de la moral cristiana
47. Los cristianos, y no sólo ellos, han
de vivir su vocación conscientes de que no vivirán en este mundo para siempre.
La realidad inexorable de la muerte sella nuestra existencia terrena con la
marca de lo provisional y lo que está de paso. Nuestra verdadera ciudadanía nos
espera en la gloria del mundo futuro (Cfr. Flp
3, 20) .
No podemos desentendernos de que nuestra vida es limitada y no vuelve atrás;
ni podemos olvidarnos de que, al final, todos y cada uno seremos juzgados por
Cristo conforme a nuestras obras (Cfr. 2Cor 5, 10). Aquel día, acabado el
tiempo de la peregrinación, tiempo favorable de salvación y gracia y, a la vez,
tiempo de prueba, aparecerá a la luz de Cristo, sin ambigüedades ni máscaras,
lo que cada hombre es. Las acciones, buenas o malas, de cada uno, confrontadas
con Jesucristo mismo, norma y criterio del vivir humano, se manifestarán en su
verdadero sentido y valor.
"Un juicio de gracia aguarda a
quienes se confiaron en el Señor y vivieron de su amor... Sin embargo, para
quienes rechazaren al Señor hasta el final, el juicio será de condenación (Cfr.
Jn 5, 29)" (Cat lll, pág. 204).
Pero sólo a Cristo corresponderá juzgar quién, por su obstinada impiedad, le
rechazó definitivamente. Mientras caminamos hacia la meta última, nadie puede
desesperar de la misericordia y paciencia infinitas de Dios que odia el pecado
y no deja de amar y ofrecer su favor al pecador.
Las promesas escatológicas de Dios y las realidades del hombre y del mundo
nos llaman a vivir con seriedad la vida, a tomar ante el futuro decisiones
responsables y a redimir con buenas obras el tiempo que aun se nos da (Cfr. Ef
5, 16). Porque ''lo que ahora quede sin hacer, sin hacer queda; lo que ahora
falte a nuestro amor, para siempre le faltará. La realidad de la muerte exige
que nos decidamos en cada momento. A la luz de la muerte, el creyente descubre
el sentido de la vida'' (Cat lll, pág. 205).
Se debe reconocer, sin embargo, que últimamente se ha debilitado la
conciencia cristiana de las realidades últimas; incluso la predicación y la
catequesis no han dirigido toda la atención necesaria a estas realidades. Este
debilitamiento vacía la conducta cristiana y la despoja de sus motivaciones más
radicales. El don supremo de si mismo al hombre por parte de Dios, pleno y
definitivo, en la vida eterna, es lo que da su justo valor a la vida presente,
jerarquiza todos los bienes de la tierra y evita que alguno de estos bienes
pase a ocupar el lugar de Dios, como realidad última y bien supremo .
La moral cristiana y la experiencia cristiana
en la Iglesia
48. Por último, seria iluso pretender vivir la vocación
cristiana y conformar la propia vida al seguimiento fuera de la Iglesia. Esta
es, ciertamente, el espacio donde cada hombre concreto puede vivir su vocación
revelada en Cristo y hacer vida esa misma vocación. Todo lo que hemos dicho
aquí acerca de la moral cristiana tiene su lugar propio dentro de la comunidad
de fe y sobre la base de un fuerte sentido de pertenencia eclesial. Por ello,
se ha de poner en el centro de la conciencia moral cristiana la experiencia de
la vida en la Iglesia, es decir, cuando atañe a la profesión de fe, a las
realidades sacramentales y a la comunión.
Los sacramentos son, de modo particular, un dato determinante para la
existencia moral cristiana pues, a través de ellos, la vitalidad y fuerza del
Señor resucitado confiere la gracia del Espíritu que transforma realmente al
hombre en un hombre nuevo.
Los sacramentos, la palabra del Magisterio, el testimonio y ejemplo de una
conducta verdaderamente cristiana y los modelos de los santos, llevan las
exigencias morales más allá de lo que constituyen los imperativos de una ética
general. La mediación sacramental e institucional de la Iglesia es, por esto,
el suelo nutricio en el que puede germinar y crecer el ethos cristiano.
Quizás el drama de la ética de la modernidad tiene como uno de sus
ingredientes decisivos, la creencia de que valores que, históricamente,
nacieron de la experiencia cristiana, como son la libertad, la solidaridad y la
igualdad, y que casi llegaron a formar parte de la conciencia del hombre
europeo, podrían sobrevivir, por si mismos y como algo evidente, arrancados del
humus en el que aquella autoconciencia se había desarrollado. En un
primer momento, pudieron efectivamente sobrevivir por inercia; más tarde sólo
como retórica, para acabar, al final, disolviéndose fácil e insensiblemente. El
humus necesario para que aquellos valores hubieran podido mantener su
vigencia es la experiencia de Cristo vivida en la Iglesia. Porque, sin la
Iglesia, incluso Jesucristo está expuesto a quedar reducido, al fin y a la
postre, a un discurso formal o a convertirse en un ejemplo de conducta del que,
una vez extraída "una doctrina moral", resulta fácil prescindir, al
tiempo que se abandona también el intento de vivir una vida conforme a la suya
y la esperanza que El suscita. La historia reciente ha demostrado que
justamente ese modo de proceder no funciona.
La moral cristiana y otros modelos éticos
49. Todo intento de relacionar la moral cristiana con las
morales vigentes presupone la propia identificación. La búsqueda del diálogo en
este terreno es incompatible con el regateo o la transacción innegociable: no
cabe aquí un consenso obtenido a costa de rebajar las exigencias morales
cristianas.
Afirmar, como lo hace la Iglesia, la verdad irrenunciable de los valores y
normas fundamentales de su ética puede parecer una pretensión excesiva que no
deja lugar a otras ofertas morales. Esta impresión tiene su origen, a veces, en
una inadecuada presentación de la verdad revelada por Dios. Debe quedar siempre
claro que la propuesta moral que hace la Iglesia no pretende, de ningún modo,
violentar la libertad humana. otra cosa muy diferente es que la Iglesia urja la
necesidad de que la autoridad proteja por la ley los derechos fundamentales del
hombre.
La Iglesia propone, pues, su moral como una alternativa a la que los hombres
habrán de acceder en libertad. Esta oferta no concurre competitiva ni
antinómicamente con los sistemas morales surgidos de la razón rectamente
orientada del hombre ni coarta los proyectos éticos propuestos por personas o
grupos sociales. Al contrario, por ser Dios quien funda la razón y la libertad
humana, la proclamación por la Iglesia de su moral integra en ella cuanto de
bueno y verdadero hay en los hallazgos y creaciones de los hombres. El designio
creador y salvador de Dios, en efecto, no cancela la justa autonomia sino, más
bien, la propicia y confirma (Cfr. GS, n.41).
Esto no significa que el diálogo del mensaje moral cristiano con otros
modelos éticos deba pretender el establecimiento de unos "mínimos"
comunes a todos ellos a costa de la renuncia a aspectos éticos fundamentales e
irrenunciables. Por parte de los católicos, seria, además, un error de graves
consecuencias recortar, so capa de pluralismo o tolerancia, la moral cristiana
diluyéndola en el marco de una hipotética ''ética civil", basada en
valores y normas "consensuados" por ser los dominantes en un
determinado momento histórico. La sola aceptación de unos "mínimos"
morales equivaldría, sin remedio, a entronizar la razón moral vigente, precaria
y provisional, en criterio de verdad. Pero la moral del Evangelio no puede
renunciar a su original novedad, escándalo para unos y locura para otros (Cfr.
1Cor 1, 23). Corresponde, por el contrario, a toda la Iglesia aportar la luz
del Evangelio a las tareas cívicas y políticas y cooperar para que la
conciencia y normas éticas vigentes en una sociedad se depuren, se aseguren y
se enriquezcan en la dirección del humanismo cristiano. Pues, en efecto, como
señala el Concilio Vaticano ll, "no hay ley humana que pueda garantizar la
dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el
Evangelio de Cristo confiado a la Iglesia ' (GS, n.41 ) .
La ética cristiana contribuye a impregnar a la sociedad de sus propios
valores en una doble dirección: hacia dentro, acrisolando y afirmando en su
identidad a la comunidad de los creyentes; y hacia afuera, ofreciendo con
lealtad a la sociedad su doctrina, cumplimiento pleno de las aspiraciones
morales del hombre y realización de sus más profundas posibilidades: ésta es la
oferta más original y valiosa que los católicos podemos hacer a nuestros
contemporáneos. Por último, y mirando todavía a la sociedad, toda la Iglesia
tiene aún otro cometido respecto a la moral que profesa: ha de estar atenta a
aquellas metas hacia donde la conciencia ética de la humanidad va avanzando en
madurez, cotejar esos logros con su propio programa, dejarse enriquecer por sus
estímulos y reinterpretar, en fidelidad al Evangelio, actitudes e instituciones
a las que hasta ahora tal vez no había prestado la debida atención. Actuando de
esta manera, la Iglesia vigorizará continuamente la fuerza de su propio mensaje
promoviendo, a la vez, su credibilidad y significación para el hombre.
IV. ALGUNAS RECOMENDACIONES
50. Con el fin de ayudar a renovar el clima de nuestra
comunidad cristiana y de la sociedad en que vivimos hemos recordado algunos
puntos importantes y urgentes en orden a la formación de la conciencia moral
cristiana. Creemos necesario emprender, además, otras acciones que contribuyan
al rearme moral de nuestro pueblo.
La gravedad de la situación descrita requiere una actuación amplia, profunda
y paciente de toda la sociedad pero particularmente de la Iglesia, ya que ella
tiene la misión, confiada por su Señor, de "llevar la Buena Nueva a todos
los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro,
renovar a la misma humanidad" (EN, n. 18).
La comunidad cristiana
51. En las actuales circunstancias, la Iglesia, todos los
cristianos, nos debemos sentir urgidos a ofrecer con sencillez y confianza lo
que, para nosotros, es el único camino de salvación, el que Dios ha dispuesto
para ofrecerlo a todos los hombres; Jesucristo, Verdad y Vida.
Estamos firmemente convencidos que es este nuestro mejor servicio a los
hombres y nuestra más valiosa aportación a la sociedad: hacer posible a todos
el encuentro con Jesucristo. No podremos afrontar esta tarea si los cristianos
y las comunidades cristianas, no vivimos gozosa e intensamente la fe y la vida
del Evangelio, con toda su capacidad renovadora y liberadora. Es preciso que se
avive en los creyentes y en las comunidades la experiencia de la fe y de la
gracia en su autenticidad y originalidad, que vivamos desde el reconocimiento
efectivo de la soberanía de Dios y de la esperanza de la vida eterna, de modo
que la moral cristiana se muestre como depuración y ensanchamiento de la
inclinación humana hacia el bien y como afirmación de la felicidad profunda a
la que los hombres aspiramos. Sólo así se evitará que el "ethos"
cristiano degenere en moralismo perdiendo su virtualidad liberadora y
santificadora. Y sólo así, además, resultará intelectualmente razonable y
vitalmente practicable la moral, con sus normas, que brotan del Evangelio y
propone la iglesia.
52. "No hay humanidad nueva, si no hay nombres nuevos
con la novedad del Bautismo y de la vida según el Evangelio" (EN, n.18).
Por eso la conversión ha de estar en el primer plano de las
preocupaciones y atenciones de la comunidad eclesial. La conversión personal
sigue siendo piedra angular para el cristiano y para la comunidad eclesial.
Convertidos a Jesucristo y fieles a su Evangelio, los cristianos debemos hacer
presente en nuestras vidas, proclamar con palabras y defender con decisión, el
valor absoluto de la persona humana, sin el que no cabe una sociedad éticamente
configurada.
53. El tema de la moral ha de ocupar un puesto
imprescindible en la catequesis, la predicación, la enseñanza teológica. Si
antes hemos señalado la debilidad de la formación moral de nuestro pueblo
cristiano como uno de los factores más seguros de su crisis y debilitamiento
moral, ahora hemos de ofrecer, como contrapartida, un esfuerzo por una mejor
formación moral.
Necesitamos una formación sistemática --a través de la catequesis, de la
enseñanza religiosa, de la predicación o de otros medios--sobre los aspectos
fundamentales e insoslayables de la moral cristiana. "Hay que afirmar sin
ambigüedad que existen leyes y principios morales que es preciso presentar en
la catequesis, y que la moral evangélica tiene una índole especifica que lleva
más allá de las solas exigencias de la ética natural" (Sínodo 1977,
Mensaje, n.10).
Los jóvenes y los niños son los destinatarios privilegiados de esta
enseñanza moral. Pero también los adultos, especialmente en las actuales
circunstancias y ante las nuevas situaciones y nuevos problemas que se les
plantean en la vida personal, familiar, social o económica, están necesitados
de una enseñanza que les proporcione criterios morales de acuerdo con la
Tradición de la Iglesia, que ilumine y oriente la conducta humana en el mundo
de hoy con suficiente claridad, objetividad y vigor para que puedan actuar en
conformidad con las exigencias eclesiales del seguimiento de Jesucristo.
Recordemos que, según el Papa Juan Pablo ll, la doctrina social de la Iglesia
es una parte de la moral católica (Cf. CT, n.29; ''Sollicitudo rei socialis'' n.41;
''Mater et Magistra", n.22; ''Pacem in terris", n.36-38).
El deterioro ético de nuestra sociedad y el respeto a la fe del Pueblo de
Dios exigen de todos, especialmente de los sacerdotes, catequistas y profesores
de Religión o de Teología moral, que nos esforcemos en llegar a la unidad de
criterio y de acción acerca de aquellos valores objetivos claramente señalados
como permanentes por el magisterio auténtico de la Iglesia. Las normas que ésta
ha propuesto como obligatorias deben ser fielmente enseñadas y aplicadas; en
cambio, lo que es opinable y discutible, debe presentarse como tal.
54. También hemos de prestar una particular atención a la
enseñanza de la Teología moral en las Facultades, Institutos y Escuelas de
Teología, y también en las Escuelas de Formación de agentes de Pastoral y,
sobre todo, en los Seminarios o en aquellas instituciones donde se forman
intelectualmente los aspirantes al sacerdocio.
La Teología Moral ha hecho grandes esfuerzos en las últimas décadas para
recuperar su savia bíblica y para instaurar un diálogo fecundo con la
racionalidad contemporánea. Estos esfuerzos son altamente encomiables y
tendrían que proseguirse sin desmayo. La Iglesia alienta el trabajo no fácil de
los teólogos moralistas, que están llamados a una genuina actualización de la
moral cristiana, y les recuerda, a la vez, la necesidad de que la ejerzan,
respetando las exigencias de un estricto método teológico a partir de la fe y
la experiencia espiritual de la Iglesia, atendiendo a las enseñanzas de la
Tradición viva y del Magisterio. Habrán de ejercerla también con el
discernimiento preciso para no dejarse fascinar por planteamientos o propuestas
que desnaturalicen la enseñanza a cuyo servicio han sido llamados.
Familia y escuela
55. Nos dirigimos aquí también a los padres. La familia,
junto con la Iglesia, es, particularmente hoy, lugar privilegiado para lograr
la humanización del hombre. Los padres tienen la gravísima obligación de educar
a sus hijos, y la sociedad debe considerarles como los primeros y principales
educadores de los mismos. El cumplimiento de este deber de la educación
familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede
suplirse. Y, por todo esto, como hemos dicho en otras ocasiones, la familia y,
en general, los educadores han de ser objeto preferente de nuestra atención
eclesial y de nuestro apoyo.
Por otra parte, a los educadores en general, y particularmente a aquellos
que son cristianos y aceptan las enseñanzas morales de la Iglesia, les
recordamos que les está encomendada una importante tarea, testimonial y
educadora, ciertamente difícil en esta hora pero tanto más necesaria. Llamados
a formar personas, los educadores han de seguir, sin desánimo, en estas
circunstancias proporcionando criterios. y valores éticos para orientar responsablemente
el comportamiento humano en los diferentes campos de la vida. La Iglesia se
siente muy cercana a estos educadores que, por la grave crisis ética de nuestra
sociedad, no están siendo suficientemente reconocidos en su tarea educadora.
56. Un factor fundamental de la educación moral de las
nuevas generaciones es la institución escolar y el sistema educativo que
canaliza las responsabilidades e iniciativas educadoras de la sociedad. El
Estado debe garantizar plenamente la formación humana integral a través de la
institución escolar de acuerdo con las convicciones morales y religiosas de los
ciudadanos.
Por otro lado, tanto la formación religiosa como la moral requieren, por
razones pedagógicas, un tratamiento sistemático; no son suficientes unas alusiones
ocasionales de carácter ético en las diversas disciplinas ni el ambiente que se
crea en el aula o en el colegio. Por ello, en orden al crecimiento de los
alumnos, teniendo en cuenta sobre todo la situación moral descrita antes, es
imprescindible una buena y sistemática educación moral dentro del currículo escolar.
Quienes tienen responsabilidad en materia educativa deberán tener esto muy en
cuenta al desarrollar y aplicar la nueva Ley de Enseñanza.
Los medios de comunicación social
57. Apelamos también desde aquí a la responsabilidad de
quienes son propietarios de los medios de comunicación social y de quienes
trabajan en ellos. Su influjo está siendo decisivo. Por eso, la fuerza y la
eficacia de los medios puede y debe desempeñar, en estos momentos, un papel
altamente beneficioso para el desarrollo y la regeneración moral de nuestro
pueblo. Les pedimos, pues, encarecidamente su colaboración en la difusión y
defensa de los valores fundamentales de la persona humana en los que se asienta
la vida en libertad de una sociedad democrática, en la creación y elevación de
una cultura verdaderamente digna del hombre y en el rechazo firme y valiente de
toda forma de marginación.
58. La libertad de expresión y el legitimo pluralismo,
propio también de los "medios", han de estar al servicio de una
opinión pública critica, activa y responsable, con una inquebrantable pasión
por la verdad y la defensa del hombre por encima de cualquier otra
consideración e interés. Esta será una de sus mayores contribuciones a la reconstrucción
ética de nuestra sociedad. Tienen plena vigencia ahora las palabras que el Papa
Juan Pablo ll dirigió en Madrid a los representantes de los medios de
comunicación: "La búsqueda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo
constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selección
critica. No es fácil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias
ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la
comunicación no puede escudarse en lo que suele llamarse la imposible
objetividad.Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es la
lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la
práxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante
la verdad. Con la sola guía de una recta conciencia ética, y sin claudicaciones
por motivos de falso prestigio, de interés personal, político, económico o de
grupo'' (Juan Pablo ll, ''Encuentro con los representantes de los medios de
comunicación social'', Madrid, 2 de noviembre, 1982, n.3).
También los poderes públicos, en este terreno, están llamados a ejercer su
propia función positiva para el bien común, especialmente en relación con los
medios que dependen del Estado. Los poderes públicos han de alentar toda
expresión constructiva y apoyar a cada ciudadano y a los grupos en defensa de
los valores fundamentales de la persona y de la convivencia humana. Asimismo
han de evitar imponer, a través de los medios de comunicación del Estado, una
determinada concepción del hombre puesto que no es función suya "tratar de
imponer una ideología por medios que desembocarían en la dictadura de los
espíritus, la peor de todas" (OA, n. 25).
59. La tarea de los profesionales católicos de los medios
de comunicación social es de gran alcance y muy alto valor. Sabemos, sin
embargo, que no siempre les es fácil estar a la altura de sus responsabilidades
en este campo. Por eso, al tiempo que les agradecemos su meritoria obra, les
alentamos a proseguirla con renovado vigor, libertad y pasión por la verdad y
por el hombre, y les exhortamos también a que anuncien el Evangelio, que salva
y humaniza, a través de los medios de comunicación en que trabajan.
Los poderes públicos
60. Nos dirigimos aquí también a quienes ejercen el poder
político. Los cristianos hemos de ser los primeros en mostrar nuestro
reconocimiento leal hacia los políticos. Sin ninguna reserva, "la Iglesia
alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al
bien de la ''res" pública y aceptan el peso de las correspondientes
responsabilidades"(GS, n.75).
Carece de fundamento evangélico una actitud de permanente recelo, de critica
irresponsable y sistemática en este ámbito. Consideramos, asimismo, con mucha
preocupación el hecho de que, pese a la importante presencia de los católicos
en el cuerpo social, éstos no tienen el correspondiente peso en el orden
político. La fe tiene repercusiones políticas y demanda, por tanto, la
presencia y la participación política de los creyentes. La no beligerancia de
la iglesia de la Iglesia consistente en no identificarse con ningún partido
como exponente cabal del Evangelio, no debe confundirse con la indiferencia. En
un documento anterior -"Los católicos en la
vida pública"- los obispos hemos expuesto las distintas formas de
participación de los cristianos; a él nos remitimos.
61. Junto a este reconocimiento franco hemos de recordar
algo, por lo demás obvio: la vida política tiene también sus exigencias
morales. Sin una conciencia y sin una voluntad éticas, la actividad política
degenera, tarde o temprano, en un poder destructor. Las exigencias éticas se
extienden tanto a la gestión pública en si misma como a las personas que la
dirigen o ejercen. El espíritu de auténtico servicio y la prosecución decidida del
bien común, como bien de todos y de todo el hombre, inseparable del
reconocimiento efectivo de la persona humana, es lo único capaz de hacer
"limpia" la actividad de los hombres políticos, como justamente,
además, el pueblo exige. Esto lleva consigo la lucha abierta contra los abusos
y corrupciones que puedan darse en la administración del poder y de la cosa
pública y exige la decidida superación de algunas tentaciones, de las que no
está exento el ejercicio del poder político, como señalamos, con algunos
ejemplos, en la primera parte de este escrito.
62. La ejemplaridad de los políticos es fundamental y
totalmente exigible para que el conjunto del cuerpo social se regenere. Por
esto una operación de saneamiento, de transparencia, es imprescindible para la
recomposición del tejido moral de nuestra sociedad.
No se puede, por lo demás, separar la moral pública y la moral privada. Hoy
se proclama con rara unanimidad que el hombre público tiene derecho a su vida
privada, sancionándose de este modo una dicotomía que secciona al mismo
individuo en dos compartimentos estancos. Todo lo cual es verdadero y legitimo
sólo hasta cierto punto. Quien asume un protagonismo social, ha de hacerlo
desde la verdad personal, comprometiéndose por convicción y no sólo por convención
o interés coyuntural.
Para superar el peligroso desencanto de nuestros conciudadanos respecto a la
política y a los políticos es necesario el liderazgo moral de quienes han
sabido integrar, en duradera identificación, lo que son y lo que representan,
lo que proponen, lo que piensan y lo que dicen y hacen. Son éstas las personas
que cuentan con verdadera autoridad, estén o no en el ejercicio del poder.
Carecen, por el contrario, de autoridad, aunque no siempre de poder, quienes
nos encubren qué son en verdad y quienes cuentan con nosotros sólo como
votantes y no como personas.
63. En España, se ha creado, en los últimos años, un marco
jurídico para el ejercicio de la ciudadanía en libertad, igualdad y
solidaridad. La convivencia de todos los españoles ha sido, en principio, un
logro. Junto a esto, es necesario, además, que la sociedad española cuente
claramente con instancias intermedias que articulen de forma diversificada y
flexible la relación entre ciudadanos y el poder, el hombre de la calle y el Estado.
Los partidos políticos son imprescindibles, pero no agotan por si solos la
pluralidad de relaciones que constituyen la urdimbre social. En una sociedad
madura, la respuesta a las propuestas políticas no se da sólo mediante el voto
en las elecciones, sino a través de los estados de opinión, de organización de
instituciones, de tomas de postura ante hechos especialmente decisivos, de
creación de lo que hemos llamado antes liderazgos morales. Para ello el Estado
debe mantener espacios abiertos a la opinión pública, sin monopolizar, por
métodos indirectos o directos, los medios de comunicación controlados por la
Administración, fomentar la creación de instituciones intermedias, escuchar a
las ya existentes y apoyarlas en su consolidación y desarrollo.
64. El Estado o los poderes públicos, además, no pueden
tratar de imponer, en el conjunto de la sociedad, determinados modelos de
conducta que implican una forma definida de entender al hombre y su destino. No
pertenece ni al Estado ni tampoco a los partidos políticos, tratar de implantar
en la sociedad una determinada concepción del hombre y de la moral por medios
que supongan, de hecho, una presión indebida sobre los ciudadanos contraria a
sus convicciones morales y religiosas (Cfr. GS, n. 59; OA, n. 25, LC, n. 93). Todo
"dirigismo cultural" vulnera el bien común de la sociedad y socava
las bases de un Estado de derecho.
No puede haber, por otra parte, una sociedad libre, común y abierta hacia el
futuro, sin un patrimonio cultural y ético, compartido y respetado, a no ser
que prefiera que la irracionalidad o la arbitrariedad acaben pronto con la
dignidad y prosperidad del pueblo al que los poderes públicos deben servir.
El patrimonio moral común lo reciben las sociedades de su propia historia y
se enriquece sin cesar gracias a las aportaciones de sus hombres e
instituciones (Cfr. CVP, n.37). Ahora bien si el patrimonio ético de la
sociedad española tiene raíces cristianas, el Estado o el Gobierno aunque sea
no confesional, no pueden ignorarlas ni tratar de cambiarlas o intentar su
sustitución. La alternativa para ser demócratas no puede ser el vacío moral o
la pura arbitrariedad de los que, en un determinado momento, tienen el poder.
65. En estos momentos de la sociedad española, es
importante recordar aquí aquel principio, proclamando por primera vez por
Cristo, de la distinción entre ''lo que es del César" y lo "que es de
Dios''. Como comenta el papa Juan Pablo ll, glosando estas palabras en su
visita al Parlamento Europeo, "después de Cristo ya no es posible idolatrar
la sociedad como un ser colectivo que devora la persona humana y su destino
irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen a un orden
que es cambiante y siempre susceptible de perfección en este mundo. Las
estructuras que las sociedades establecen para si mismas no tienen nunca un
valor definitivo. En concreto, no pueden asumir el puesto de la conciencia del
hombre ni su búsqueda de la verdad y el absoluto. Los antiguos griegos habían
descubierto ya que no hay democracia sin la sujeción de todos a una Ley, y que
no hay ley que no esté fundada en la norma trascendente de lo verdadero y lo
bueno. Afirmar que la conducción de lo "que es de Dios" pertenece a
la comunidad religiosa, y no al Estado, significa establecer un saludable limite
al poder de los hombres. Y este limite es el terreno de la conciencia, de las
"últimas cosas'', del definitivo significado de la existencia, de la
apertura al absoluto, de la tensión que lleva a la perfección nunca alcanzada,
que estimula el esfuerzo e inspira las elecciones justas. Todas las corrientes
de pensamiento de nuestro viejo continente deberían considerar a qué negras
perspectivas podría conducir la exclusión de Dios de la vida pública, de Dios
como último juez de la ética y supremo garante contra los abusos de poder
ejercido por el hombre sobre el hombre" (Juan Pablo ll, "Discurso
durante su visita al Parlamento Europeo", Estrasburgo, octubre 1988, n.9).
V. CONCLUSIÓN
66. Para terminar estas reflexiones reiteramos, una vez
más, nuestra apremiante llamada a todos, principalmente a los miembros de la
comunidad católica, a que hagamos posible la necesaria regeneración moral de
nuestro pueblo. No podemos permitir que la situación de deterioro y vacío moral
se perpetúe, como si ese tuviese que ser el destino inexorable de nuestro
pueblo.
Menos aún podemos dejar que tantos
hombres y mujeres, sobre todo los más jóvenes, sucumban inermes ante el
deterioro moral que denunciamos. Los niños, los jóvenes, los menos formados,
los que tienen menos capacidad para resistir o reaccionar, los más débiles, en
definitiva, han de ser objeto primero y principal de nuestra atención, cuidado
y apoyo. Que no caigan sobre nosotros las duras palabras del Evangelio sobre
los que escandalizan a los pequeños (Cfr. Mt
18, 6-8).
Lo importante, en esta situación, para nosotros, los cristianos, es que
llevemos "una vida digna del Evangelio de Cristo'' que nos mantengamos
firmes en el mismo espíritu y luchemos, sin temor, ''juntos como un solo hombre
por la fidelidad a él", y que nos mantengamos "en un mismo amor y un
mismo sentir" y valoremos, en fin, "todo cuanto hay de verdadero,
noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y
digno de elogio", como exhorta Pablo a los cristianos de Filipos (Cfr. Flp
1, 27-30; 4, 8).
Con estas últimas palabras, el Apóstol
nos está invitando a la concordia, a la atención generosa al prójimo, a la
integración en nuestra vida de la virtud como único camino realista a la
felicidad, que es la suprema aspiración humana. Nos está invitando asimismo a
que realicemos la verdad en el amor, pues el amor y la verdad nos harán libres
(Cfr. Ef 4.15: Jn 8, 32).
SIGLAS
UTILIZADAS
Cat. IIIç çConferencia Episcopal Española, "Esta es nuestra
fe" Catecismo 3º de la comunidad cristiana. Madrid 1986.
CTç çJuan Pablo II. Exhortación Apostólica "Catechesi
Tradendae".
CVPç çComisión Permanente de la Conferencia Episcopal, Los católicos en la
vida pública (Instrucción Pastoral) Madrid 1986.
DHç çConcilio Vaticano II: "Dignitatis humanae"
(Declaración sobre la libertad religiosa).
DSç çH. Denzinger, Enchiridion Symbolorum.
DVç çConcilio Vaticano II: "Dei verbum" (Constitución
dogmática sobre la divina revelación).
ENç çPablo VI, Exhortación Apostólica
"Evangelii Nuntiandi".
FCç çJuan Pablo II, Exhortación Apostólica "Familiaris
Consortio".
GEMç çConcilio Vaticano II, "Gravissimun educationis
momentum" (Declaración sobre la educación cristiana de la juventud).
GSç çConcilio Vaticano II, "Gaudium et spes"
(Constitución pastoral).
LCç çCongregación para la Doctrina de la Fe. "Libertatis
concientia" (Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación).
OAç çPablo VI "Octogesima adveniens" (Carta
apostólica).
RHç çJuan Pablo II, "Redemptor
hominis" (Carta encíclica).