COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA DOCTRINA DE LA FE
NOTA
SOBRE ALGUNOS ASPECTOS
DOCTRINALES
DEL SACRAMENTO DE LA
CONFIRMACIÓN
1. La renovación de la pastoral del sacramento de la Confirmación,
un don de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo
Entre los grandes frutos de la renovación conciliar la
pastoral del sacramento de la Confirmación ocupa un lugar muy destacado. La
celebración de este sacramento se ha convertido en uno de los momentos más
importantes de la acción pastoral con las nuevas generaciones, que son el
presente y el futuro de la Iglesia. La asistencia numerosa de adolescentes y
jóvenes a las catequesis que los preparan, durante un tiempo prolongado, para
la celebración de la Confirmación ha desbordado todas las expectativas.
La práctica renovada de este sacramento ha mejorado
notablemente en muchos aspectos en relación a la de un pasado reciente. Es
justo reconocerlo. Sus frutos, que ya vislumbramos, constituyen un motivo de
agradecimiento y esperanza en el Señor, que ha otorgado este don a la Iglesia
de nuestro tiempo.
Convencidos, pues, de los beneficios de esta renovación y
con el ánimo de ayudar a proseguirla, mejorarla y fortalecerla, ofrecemos las
siguientes observaciones. La presente Nota intenta hacer crecer y madurar lo
que se hace. Su intención es señalar algunos aspectos doctrinales que se
deben tener muy en cuenta en la preparación catequética y en la celebración del
sacramento de la Confirmación a fin de salvaguardar, en todo momento, la
verdadera naturaleza de este sacramento y el lugar propio que le corresponde en
la vida de la Iglesia y de los creyentes. Los avances pastorales podrían
perderse si el aspecto estrictamente sacramental de la Confirmación pasase a un
segundo plano en beneficio de otros aspectos que, aunque importantes, no tienen
de suyo la primacía.
Hay otros aspectos correspondientes a la Liturgia y a la
pastoral catequética que son muy importantes y que, sin embargo, no se abordan
aquí por caer fuera de los objetivos de esta Nota. En estos momentos, por otra
parte, la Conferencia Episcopal está elaborando unas Orientaciones sobre la
iniciación cristiana; en ellas se abordarán de manera sistemática y completa
criterios y directrices sobre la Confirmación en el conjunto del proceso de la
iniciación cristiana.
2. El sacramento de la Confirmación es uno de los tres sacramentos
de la iniciación cristiana
Su vinculación con el Bautismo y con la Eucaristía
subraya la unidad de la iniciación sacramental que se ha de entender como un
todo. No se puede comprender, pues, la Confirmación si no es dentro de esa
unidad. En efecto, cuando recibe la Confirmación el adulto la recibe juntamente
con el Bautismo y la Comunión. Y puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía
forman una unidad, resulta que "los fieles están obligados a recibir este
sacramento en el tiempo oportuno" (CIC, can. 890).
Consecuencia de esto es que todos los bautizados deberían
ser convocados a recibir este sacramento que no puede entenderse como un
sacramento de élites o sólo para grupos de selectos, porque con los otros dos,
Bautismo y Eucaristía, forma el itinerario sacramental que ha de seguir en su
iniciación el cristiano. Por medio de la Confirmación, en efecto, "los
bautizados avanzan por el camino de la iniciación cristiana" (Ritual del
Sacramento de la Confirmación, Praenotanda 1).
3. El sacramento de la Confirmación ha de entenderse como un don
gratuito de Dios, sin reducirlo a una pura y simple ratificación personal
del Bautismo recibido y de la fe y compromisos bautismales
En el sacramento de la Confirmación los bautizados reciben una gracia
especial del Espíritu Santo que los incorpora más perfectamente y los vincula más
estrechamente a Cristo y a la Iglesia y los robustece para que difundan y
defiendan la fe con obras y palabras, como verdaderos testigos de Cristo (Cfr.
LG 11).
Ciertas opiniones recogidas en catequesis preparatorias
de la Confirmación y moniciones para su celebración, parecen poner lo
sustancial de este sacramento sólo en la "ratificación" personal y libre que,
de su Bautismo, hacen los candidatos al aceptar como suyos la fe y los
compromisos bautismales que en su infancia otros profesan en su lugar. En este
contexto, la aceptación libre de la fe, expresada públicamente en la
Confirmación, vendría a subrayar la falta de libertad con que recibieron el
Bautismo quienes fueron bautizados antes de tener uso de razón.
Al resumir estas opiniones reflejamos sencillamente
afirmaciones vertidas en libros destinados a preparar a los confirmandos donde
se leen frases como éstas: "La confirmación es la celebración de mi decisión
libre y personal de querer vivir como cristiano. Nadie la puede tomar por mí";
"la confirmación te ofrece ahora la oportunidad para que definas tu actitud
ante esa fe que han tratado de transmitirte".
Desarrollando la vida bautismal por la que Dios nos
confirma en Cristo, nos unge, nos sella y pone en nuestros corazones, como prenda
suya, el Espíritu (Cfr. 2Cor 1, 21-22), la Confirmación lleva a madurez la
gracia bautismal que tiene su origen en la elección gratuita del Padre.
La necesidad de la ratificación personal de la fe y del
Bautismo puede entenderse en un sentido legítimo y así sucede de ordinario. Y
por ello mismo debe insistirse en la preparación de los confirmandos en edad de
discreción para que reciban consciente y responsablemente el don de Dios y
acepten los compromisos que lleva consigo la vida cristiana. Pero el esfuerzo
de la preparación no deberá oscurecer nunca, sino realzar, la primacía del don
que Dios otorga, con el sacramento. La Confirmación, aunque implica
necesariamente la libre respuesta del creyente que tiene uso de razón, es, ante
todo, un don gratuito de la iniciativa salvadora de Dios.
El don que Dios concede en la Confirmación, según las
palabras del rito de la misma, es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el
don del amor de Dios que libera y recrea nuestra libertad: "donde está el
Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2Cor 3, 17). Conducidos por este
Espíritu, somos hijos de Dios (Cfr. Rom 8, 14-17) y participamos de la libertad
gloriosa de los hijos de Dios (Cfr. Rom 8, 29). En el orden de la salvación,
nada podemos hacer sin la ayuda del Espíritu Santo, como reconoce la liturgia
en la fiesta de Pentecostés: "Mira el vacío del hombre / si tú le faltas
por dentro; / mira el poder del pecado / cuando no envías tu aliento"
(Secuencia del día de Pentecostés).
Esta afirmación tan entrañada en la fe y en su
correspondiente visión del hombre y de la libertad queda obscurecida, cuando no
negada, por ciertas concepciones del hombre vigentes en la cultura de nuestro
tiempo, a las que no somos ajenos frecuentemente los mismós cristianos y que inciden
de manera importante en la concepción y práctica pastoral de la Confirmación.
En el trasfondo, en efecto, de algunas de las
deficiencias señaladas más arriba, se detectan unos supuestos antropológicos,
insensiblemente difundidos en el ambiente cultural, que no coinciden con la
visión que la Iglesia tiene del hombre y de su salvación. Estos supuestos se
refieren, sobre todo, al papel autosuficiente e incondicionado que se concede a
la libertad en el desarrollo personal del hombre. Esta libertad, pretendidamente
ilimitada, se considera amenazada por toda instancia que, desde fuera de él,
condicione sus decisiones personales. Pero lo cierto es que, en nuestro caso,
no hay por medio otra instancia sino el amor de Dios que no amenaza la libertad
humana; al contrario, la libera y recrea.
Por eso, la pastoral de Confirmación ha de estar muy
atenta a estos rasgos de la mentalidad contemporánea. Ha de tenerlos en cuenta,
de manera especial, al trasmitir la auténtica enseñanza de la Iglesia que
conjuga el carácter gratuito de la iniciativa salvadora de Dios con la
respuesta libre del hombre (Cfr. DV 5).
4. Algunas interpretaciones deficientes o incompletas de la
Confirmación favorecen una cierta depreciación del Bautismo de niños
La opinión de que la Confirmación es una pura y libre
aceptación del Bautismo recibido en la infancia lleva consigo, por lo menos,
una cierta depreciación del valor del Bautismo. En último término, según esta
opinión, la Iglesia, al bautizar a los niños, no los haría propiamente
cristianos porque son incapaces de fe personal. Así lo entienden ciertos libros
catequéticos de Confirmación cuando afirman que "nuestro bautismo en la
infancia no tiene níngun valor si no se da una aceptación personal y libre", o
"cuando nos confirmamos, los demás cristianos y Jesús, nos admiten en su grupo,
en la Iglesia".
Estas opiniones no tienen en cuenta que, aunque en el
Bautismo de niños no haya una participación activa del bautizado, no se puede
oscurecer o negar la verdadera y completa sacramentalidad y legitimidad de este
Bautismo. Olvidan, además, que la Iglesia, al bautizar a los niños, los bautiza
en su propia fe. Los así bautizados irán asumiendo la fe de la Iglesia y
acrecentando su participación en ella a lo largo de toda su vida bajo el
cuidado de la misma Iglesia.
Es preciso recordar
aquí que el Bautismo celebrado en la Iglesia es un nuevo nacimiento, una nueva
creación en Cristo (Cfr. Ef 2, 10). El
bautizado queda insertado en el plan salvador de Dios en Cristo: al nacer de
nuevo del agua y del Espíritu (Cfr. Jn 3,
5) queda orientado a seguir un itinerario vital que, de suyo, es
opuesto a cualquier proceso de retorno o "vuelta atrás" (CC, 160).
Por el Bautismo, juntamente con la Confirmación, que por
la gracia del don del Espíritu Santo afianza la fe y los compromisos
bautismales, se inicia una trayectoria existencial que se expresa en un modo de
vivir como hijos de Dios. Los bautizados y confirmados, por la dinámica misma
de la fe, están llamados a emprender y a realizar, en libertad y
disponibilidad, un camino hacia el ideal de justicia y de santidad al que han
de tender; es decir, a afianzar su llamamiento y elección (Cfr. 2Pe 1, 10) y a
seguir un proceso de transformación constante de sus vidas que refleje cada vez
con mayor nitidez la santidad y la gloria de Dios (Cfr. 2Cor 3, 18).
Este afianzamiento y esa transformación forman parte, en
efecto, de la entraña misma de la vida cristiana que es prueba de la verdad de
nuestra fidelidad a Dios, ejercicio permanente en el combate cristiano contra
las fuerzas del pecado y compromiso en la edificación del hombre nuevo que se
debe construir sobre Jesucristo.
Por ello no hay duda de que fomentar el crecimiento y la
madurez de la fe de los confirmandos es algo absolutamente necesario, de manera
particular cuando viven en unas circunstancias sociales y culturales que no
favorecen el desarrollo de la vocación cristiana.
Pero la práctica pastoral, en la preparación de los
confirmandos, no partirá de cero como si nada le hubiese ocurrido al candidato
en su Bautismo y en su primera catequesis. Reconocemos, sin embargo, que los
candidatos a la Confirmación pueden encontrarse a veces en tal situación que
requieran un proceso previo de evangelización en el sentido estricto de esta
palabra, para que pueda aflorar en ellos el don de Dios que recibieron en el
Bautismo y en los otros sacramentos.
5. Dimensión eclesial del
sacramento de la Confirmación
En la Confirmación se actualiza el acontecimiento
salvifico de Pentecostés en favor de unos bautizados; ellos reciben el don del
Espíritu en su plenitud, con sus múltiples dones al servicio de la comunión y
misión o crecimiento de la Iglesia en el mundo. Esta referencia de la
Confirmación a Pentecostés y su vinculación ordinaria, en la Iglesia occidental
al Obispo, sucesor de los Apóstoles, promotor de la misión y vínculo de
comunión, nos hace ver la dimensión específicamente eclesiológica de la
Confirmación.
Si en todo proceso de iniciación cristiana es necesario
cultivar la dimensión eclesial de la fe, en la preparación para la
Confirmación, esta necesidad cobra una importancia singular. En la Iglesia y
por ella recibimos la fe y, mediante la Iglesia, Dios nos mantiene en la
auténtica fe apostólica.
Una adecuada preparación a este sacramento exige disponer
a los confirmandos para ser testigos de la fe de la Iglesia; esto exige, a su
vez, transmitir a los confirmandos la fe íntegra de la Iglesia sin los
silencios ni omisiones que, a veces, se encuentran en ciertos libros de
preparación a este sacramento, como, por ejemplo: la frecuente omisión de la
confesión de fe en la vida eterna y su explicación catequética correspondiente,
o los silencios sobre aspectos concretos e importantes de la moral cristiana.
No sería acertado, por lo demás, iniciar a los candidatos
a este sacramento en la fe cristiana entendida como una pura y simple
"experiencia" subjetiva, individualista o grupal. La Confirmación crea una
vinculación más estrecha con la Iglesia y, por consiguiente, orienta al
confirmando a vivir la plena comunión con ella y hace que participe plenamente
en su misión. Por ello, el fortalecimiento de la adhesión cordial a la Iglesia
así como del sentido de la comunión eclesial, el descubrimiento y educación del
sentido misionero como propio de la vocación cristiana y el cultivo del
compromiso evangelizador y apostólico deben quedar plenamente resaltados y
cuidados en la pastoral de la Confirmación.
La preparación catequética a este sacramento, como toda
iniciación cristiana, habrá de tener un carácter catecumenal. Por consiguiente
habrá de iniciar, entre otras cosas, a la oración, como dimensión fundamental
de la existencia cristiana. Una pastoral de Confirmación no debería olvidar que
la vida cristiana en la Iglesia comporta como elemento necesario la oración, en
la que, además, habría de insistir esa pastoral de un modo particular a causa
de las características propias de la edad en que ordinariamente se recibe la
Confirmación.
La catequesis de la confirmación deberá transmitir la
enseñanza moral de la Iglesia y despertar y fortalecer el sentido de la
conciencia moral y de la necesidad de la conversión a lo largo de toda la vida;
conversión que tiene su expresión culminante en el sacramento de la
reconciliación y de la penitencia.
La pastoral de Confirmación tiene como meta, muy en
primer término, llevar al confirmando a participar plena y activamente en el
banquete eucarístico, ya que, como consideran la Tradición y la Liturgia, la
Confirmación está específica y directamente ordenada a la Eucaristía.
Inseparablemente, ha de disponer también a los
confirmandos para el servicio de la Iglesia y del mundo con los dones que Dios
les concede. En este sentido, esta pastoral habrá de poner al candidato en
disposición de descubrir a qué vocación y servicio determinados Dios lo llama
para la edificación de la Iglesia, la evangelización y la impreguación del
mundo con los valores evangélicos. Esta vocación concreta que cada uno recibe
del Espíritu de santidad y amor supone, en todo caso, una llamada a la santidad
y al servicio desinteresado y generoso al prójimo.
6. Conclusión
Cuanto hemos expuesto en esta Nota no es privativo de la
inteligencia y práctica del sacramento de la Confirmación. Aquí están en juego
principios de la fe cristiana que deben dirigir y sostener toda teología y
práctica sacramental y aun todo el ámbito de la vida cristiana. Son las
realidades perennes de la fe las que habrán de decidir sobre los métodos y
recursos de la práctica pastoral. Al servicio de estas realidades está toda
actividad pastoral en la Iglesia.
Madrid, 24 de octubre de 1991.
Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe
Presidente: Mons. Antonio
Palenzuela Velázquez
Vocales: Mons. Antonio Briva Miravent
Mons. José Capmany Casamitjana
Mons. Francisco Javier Martínez Fernández
Mons. Ricardo Blázquez Pérez