COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
NOTA SOBRE LA INSUMISIÓN
1. UN FENÓMENO QUE HAY QUE
DISCERNIR
1. Hay un cierto número de jóvenes que,
aun a sabiendas de las penas que se exponen, se niegan a hacer el servicio
militar y a cualquier otra prestación que se presente como sustitutoria de
dicho servicio. Es la conducta denominada "insumisión".
No vamos a entrar en un análisis de sus
causas de orden político y social, que no serían propiamente de nuestra
competencia. Tampoco vamos a exponer la diversidad de motivos que conducen a la
"insumisión". Queremos sólo decir una breve palabra orientadora dirigida
en especial a los jóvenes cristianos, a sus educadores y a las instituciones
eclesiales.
Nos vemos obligados a hablar sobre este
asunto sobre todo porque no falta quien propone la "insumisión" como una
exigencia de la conciencia cristiana. Discerniendo el alcance real de esta
propuesta cumplimos nuestro deber de pastores que propician la paz en nuestras
comunidades cristianas y en nuestra sociedad; la paz que es fruto de la verdad
y de la justicia.
II. JUSTOS OBJETIVOS QUE DEBEN
CONSEGUIRSE POR OTROS MEDIOS
2. Reconociendo la legitimidad de algunos
de los objetivos que frecuentemente se quieren promover mediante la "insumisión".
Por eso resulta tan arduo el discernimiento de su verdadero alcance y por
eso ha de extremarse el respeto a las personas implicadas en ella. Es claro
-por más que muchas veces no estemos a la altura de sus exigencias- que nuestra
fe cristiana nos obliga a todos a trabajar eficazmente por la paz y por un
orden social y político, nacional e internacional, en el que se aleje el
peligro de las guerras y se reduzcan cuanto sea posible las sumas empleadas en
gastos militares, que estarían mucho mejor invertidas en la promoción del
desarrollo integral de los pueblos.
3. La cuestión moral que la "insumisión"
plantea, consiste en si es lícito intentar conseguir esos objetivos
mediante el quebrantamiento deliberado, y frecuentemente programado, de la
legislación de un Estado de derecho, como es el nuestro. Pensamos que no.
Dichos objetivos han de procurarse a través de los cauces legales disponibles o
alcanzables en un ordenamiento democrático para la creación de opinión y para
la toma de decisiones políticas. Porque es muy difícil probar que las leyes que
ahora imposibilitan o dificultan su realización estén violando tan directa y
evidentemente los derechos fundamentales de las personas y atentando de tal
manera contra el bien común, que la transgresión consciente y sistemática de
ellas sea el modo adecuado de promover su cambio.
Por eso, nos parece que, en este caso, la
desobediencia civil no está justificada, su ejercicio puede resultar más bien
un modo peligroso de atentar contra una de las bases de la pacífica convivencia
ciudadana y del "justo orden público", como es el respeto al orden
jurídico legítimamente establecido, siempre que no se haya probado su grave
inmoralidad.
III. LA "INSUMISIÓN" NO ES
UNA EXIGENCIA DEL EVANGELIO
4. No se puede, pues, aceptar que la "insumisión"
sea la forma consecuente de la objeción de conciencia al servicio militar
tal y como ésta es entendida por la doctrina de la Iglesia. Por eso, aun
respetando a quienes han actuado o actúan de otro modo, nos vemos en la
obligación de decir que la "insumisión" no puede ser presentada como una
conducta objetivamente exigida por el bien de la paz, ni por el Evangelio y el
seguimiento de Jesucristo. Y, en consecuencia, tenemos que denunciar todo
intento de sugerir a los jóvenes o a las instituciones de la Iglesia que sin
ser "insumisos" o sin colaborar con la "insumisión" no pueden ser
verdaderamente cristianos.
5. No es exacto afirmar o insinuar que la
causa principal de la violencia y de las guerras se halle en la existencia de
las instituciones militares. Las causas últimas de la violencia hay que
buscarlas en las tendencias egoístas y agresivas del ser humano y en la
fragilidad de su voluntad, herida por el pecado, así como en los graves
desórdenes e injusticias que se dan en las relaciones entre los pueblos. Por
ello, en las presentes circunstancias, ante el riesgo de posibles agresiones,
no puede afirmarse o suponerse por principio que la existencia de instituciones
armadas sea éticamente inaceptable. Otra cuestión es la de su justa y adecuada
organización, que depende de las condiciones políticas y sociales de cada lugar
y que ha de arbitrarse, en el marco moral correspondiente, de acuerdo con
criterios técnicos y políticos. Puede haber un cierto radicalismo religioso
que, por no tener suficientemente en cuenta estos principios, llegue a ser, aun
sin quererlo, un peligro para la paz.
Hay que considerar, a este
propósito, que en caso de agresión, la renuncia personal a la propia defensa
(cf. Mt 5, 39) es compatible con el
deber y el derecho que tiene la autoridad de organizar la defensa de los
pueblos y de su soberanía recurriendo a medios legítimos de disuasión, como las
fuerzas armadas.
IV. TODOS ESTAMOS OBLIGADOS A
BUSCAR LA PAZ
6. Con esta nota queremos ayudar a los
jóvenes que se sienten sinceramente preocupados por la actitud que han de tomar
en el momento de ser llamados a filas y a las personas que los acompañan en sus
decisiones. Nos lo pide así tanto el afecto que sentimos por ellos como nuestra
responsabilidad pastoral y nuestro deseo de contribuir a la paz en el mundo.
Nos parece que se puede servir noblemente a la sociedad dedicando un tiempo de
la vida al ejército y a la preparación militar. La verdadera objeción de
conciencia, reconocida por nuestras leyes, es otra posibilidad para quienes se
sientan personalmente llamados a ella.
7. Apreciamos lo que de bueno puede haber
en la actitud de los "insumisos". Cuando su conducta es sincera, también
ellos nos recuerdan que "todo ciudadano y todo gobernante están obligados a
empeñarse en evitar las guerras". En este empeño es necesario poner toda la
energía de la voluntad. El Concilio Vaticano II considera que es obligación
nuestra "esforzarnos en preparar con todas nuestras fuerzas el tiempo en que
por acuerdo de las naciones pueda quedar absolutamente prohibida cualquier
guerra"; y señala que "la paz, más que ser impuesta a las naciones por el
terror de las armas, ha de nacer de la mutua confianza de los pueblos". "Los
que renuncian a la acción violenta y sangrienta recurren para la defensa de los
derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles", nos
alertan a todos frente a "la gravedad de los riesgos físicos y morales del
recurso a la violencia con sus ruinas y muertes".
Las intenciones nobles que llevan a
algunos a la "insumisión" nos recuerdan, además, que el mismo Concilio
Vaticano II no sólo advierte que es necesario examinar el problema de la guerra
"con una mentalidad totalmente nueva", sino que considera que los
crecientes gastos militares "perjudican a los pobres de un modo
intolerable", pues "mientras se gastan riquezas inmensas en preparar
armas siempre nuevas, no se puede dar un remedio suficiente a tantas miserias
actuales del mundo entero".
Estamos seguros de que se podrá buscar y
encontrar caminos para la construcción de la paz en la justicia que no pongan
en peligro lo que se desea conseguir. Todos, gobernantes, legisladores y
ciudadanos, tenemos aquí mucho trabajo por hacer.
Madrid, 21 de septiembre de 1995.