LXX ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Dios es
Amor
Instrucción Pastoral
en los umbrales del Tercer
Milenio
"Cuando se cumplió el tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer,
nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que
recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba! (Padre). Así que ya no eres
esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de
Dios" (Gálatas 4, 4-7).
INTRODUCCIÓN:
EL GOZO Y LA DIFICULTAD DE HABLAR
CON DIOS
1. Al acercarnos al final del Siglo XX, viendo ya despuntar
la aurora del Tercer Milenio del cristianismo, resuenan con honda emoción en
nosotros las palabras de San Pablo a los Gálatas. En efecto, Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, de Aquél que nació hace dos mil años
de María. En esta hora notable de la historia queremos hablar de Dios a
nuestros hermanos y hermanas: en especial a los católicos, para alentarlos en
tiempos de incertidumbre; pero también a todos, sin excluir a quienes
habiéndose alejado de la fe o no habiéndola profesado nunca, deseen escuchar
nuestra palabra. Ofrecemos con profunda alegría lo mejor que tenemos, el tesoro
recibido gratis: la fe en el Dios vivo que el Espíritu Santo alimenta en nosotros.
Esperamos contribuir así a que la celebración del Gran Jubileo del año 2000, ya
tan próxima, alcance en todos su objetivo último: "la glorificación de la
Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige en el mundo y en la
historia."1
2. Pero ¿cómo hablar bien de Dios? ¿Qué palabras podrán
decir algo de la Realidad de las realidades sin que resulten vacías? Diremos
con San Agustín: "Inefable es, pues, Aquél de quien no puedes hablar. Pero
si no puedes hablar de Él y tampoco debes callar ¿qué te queda sino el júbilo?
Que se alegre sin palabras el corazón y que la inmensidad del gozo no sea
limitado por las sílabas"2. Las palabras que
os dirigimos quieren ser sobre todo palabras de gozo por la inmensa grandeza de
la humildad de nuestro Dios. Así deseamos hablaros de Él: con el lenguaje
sencillo y gozoso de la alabanza. Habla bien de Dios quien lo bendice. El
Cántico de María, el Magníficat, es modelo del lenguaje sobre Dios propio de la
Iglesia.
3. Siempre ha sido necesario hablar de Dios con humildad y
confianza. Siempre se han encontrado los hombres al intentarlo con sus propios
límites y, a la vez, con su propia grandeza, es decir, con la profundidad
insondable del ser humano, que es como el reverso del misterio de Dios. Pero la
eterna exigencia de no tomar el nombre de Dios en vano resulta, si cabe, más
urgente todavía al finalizar este siglo y este milenio. El nombre de Dios ha
llegado a nosotros con frecuencia maltratado y maltrecho. Tanto, que para
algunos de nuestros contemporáneos la palabra "Dios" resulta
amenazadora y aborrecible o simplemente una palabra sin sentido e indiferente
para la vida. ¿Cómo ha sucedido esto? ¿No habremos abusado a veces los
creyentes del nombre santo de Dios? ¿No lo habrán empleado de un modo equivocado
también quienes lo rechazan o lo ignoran?
4. Además, el siglo que termina ha traído sufrimientos
inauditos a la Humanidad. Es verdad que ha sido el siglo del progreso y del
reconocimiento de los derechos humanos. Pero ha sido también el siglo de las
guerras más devastadoras, del exterminio sistemático de razas y de grupos
sociales, del empobrecimiento y del hambre de pueblos enteros, frente a la
opulencia y el despilfarro de otros. La fe en Dios se ha visto muchas veces
acechada por el sufrimiento. En nuestro tiempo, el sufrimiento indecible de
tantas víctimas inocentes ha sido motivo para que algunos no pudieran seguir
confiando en un Dios todopoderoso y bueno.
5. Es necesario tomar de nuevo en los labios la palabra
"Dios" para besarla, antes que para proferirla. Es necesario
pronunciarla con el íntimo estremecimiento y con la suprema reverencia que
surgen de la entrega total de la propia vida al Misterio sublime que se
significa con ella. No es ésta una palabra para ser usada en el juego de las
posesiones y de los poderes. "Dios" tampoco es un argumento más en el
ágora de las controversias morales o religiosas. Dios es el Señor. No está a
disposición de nadie. En cambio, Él se ha puesto a disposición de todos con un
señorío que nos hace libres.
6. Queremos, pues, hablar de Dios en su presencia soberana.
Empezaremos por escuchar ante Él la pregunta retadora que nos dirigen algunos
de nuestros contemporáneos: "¿dónde está su Dios?" (I). Recordaremos
luego que no está lejos de ninguno de sus hijos, sino muy cerca, pues "en
Él vivimos, nos movemos y existimos" (II). Y, por fin, nos dejaremos decir
por Él -pues nadie habla mejor de Dios que Dios mismo- que no hay más Dios que
el "Dios con nosotros", que es Amor (III).
I.
"¿DÓNDE ESTÁ SU DIOS?"
"No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
'Dónde está su Dios'?" (Sal 113 B)
a) La pregunta de una cultura que
prescinde de Dios
7. De acuerdo con las encuestas, el número de nuestros
conciudadanos que manifiestan no creer en Dios es minoritario y además ha
bajado en los últimos años. La disminución del número de ateos ha ido
acompañada de un cierto aumento de la religiosidad y también de la
indiferencia. Entre los científicos el número de los creyentes es más alto de
lo que podría parecer. Los pronósticos del siglo pasado y de comienzos de éste
que termina sobre la desaparición de la religión en el mundo moderno son
desmentidos por los hechos. El fracaso manifiesto de ciertas ideologías ateas
que prometían un paraíso en la tierra es, sin duda, uno de los factores
principales del mayor realismo de nuestros días. Pero el hundimiento de algunas
utopías que habían atrapado la esperanza de los hombres ha dado paso también a
fenómenos preocupantes, como son, por un lado, el escepticismo y la
desesperanza y, por otro, una recuperación más o menos adaptada de
supersticiones y creencias antiguas.3
8. También es verdad que la fe viva en el Dios vivo se
encuentra seriamente combatida no sólo por las faltas de coherencia interna de
la vida cristiana, 4 sino muy especialmente por una
cultura pública despojada de la fe que da lugar a una atmósfera asfixiante para
los creyentes. Constituimos una mayoría social innegable, las manifestaciones
religiosas impregnan en buena medida los usos de la vida personal y familiar,
pero continuamente nos vemos confrontados con aquella pregunta desafiante de la
que el salmista pedía ser librado por Dios: "¿dónde está su Dios?"
(Sal 113 B). El desafío le venía al creyente de entonces de los adoradores de
otros dioses, que trataban de hacerle desconfiar del poder de Yahvé. Hoy nos
viene sobre todo de lo que hemos llamado la cultura pública despojada de la fe,
es decir, de esa mentalidad dominante en muchos centros de creación de las
ideas, de las noticias y en diversos ámbitos de poder, que da por sentado que
la palabra "Dios" es un vocablo vacío, sin ningún contenido
verdadero, que cada cual puede llenar, en todo caso, en su vida privada con el
contenido que juzgue conveniente. El desafío de este "secularismo"5
a la fe en Dios no se presenta sólo bajo la forma de pregunta abierta y
retadora, sino que con mucha frecuencia toma hoy la forma del gesto de desdén o
del silencio sistemático.
9. Queremos escuchar esa pregunta abierta o callada:
"¿dónde está su Dios?". Lo hacemos con gran respeto a quienes nos la
formulan, para tratar de entenderles y, si es posible, también para avanzar en
la mutua comprensión. Lo hacemos sobre todo, como el salmista, con una inmensa
confianza en Dios, en su bondad y en su lealtad. Es esta confianza la que
libera de posibles resentimientos o de móviles espúrios, de modo que no
queramos más que la gloria de Dios: "da a tu nombre la gloria" ¿Por
qué, pues, esa dolorosa pregunta por el paradero de nuestro Dios? ¿Por qué se
nos plantea con tanta insistencia el reto del ateísmo o del indiferentismo?
b) Una de las causas del ateísmo está en
la infidelidad de los cristianos
10. Con los Padres del Concilio Vaticano II, pensamos que
el ateísmo o el indiferentismo no puede ser "un fenómeno originario".
Es "más bien un fenómeno surgido de diferentes causas, entre las que se
encuentra también una reacción crítica frente a las religiones y, ciertamente,
en algunas regiones, sobre todo contra la religión cristiana"6.
Como diremos más adelante, lo normal, lo "originario" es que el ser
humano sea religioso. Las religiones, por lo general, le ayudan a cultivar la
semilla de fe que el Creador ha puesto en él. Cuando esa semilla no fructifica,
habrá que pensar que en algo no habrá estado la religión a la altura de su
misión. El Concilio no duda en reconocer que los cristianos, en ocasiones,
hemos "velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que
revelarlo."7 En nuestra propia infidelidad al
Dios fiel hemos de buscar una de las causas del llamado eclipse de Dios en
nuestra cultura.
11. Precisando algo más, la Asamblea Extraordinaria para
Europa del Sínodo de los Obispos, de 1991, declaraba lo siguiente: "A
partir de las guerras de religión subsiguientes a la ruptura de la unidad de la
Iglesia en los siglos XVI y XVII, la vida, sobre todo la vida pública y social,
se ha entendido de otro modo y como regulada por la sola facultad
racional."8 Europa, al alborear el tiempo de
la cultura moderna, se encontró con una Iglesia rota en diversas confesiones
que ventilaban sus diferencias no sólo con dureza verbal y con la mutua
exclusión, sino incluso en los campos de batalla. Aquellos cristianos que se
combatían hasta la aniquilación dificultaron la manifestación al mundo del
rostro del Dios vivo. "Pudieron creer de buena fe que un auténtico
testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones o al menos
su marginación (...) Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no
dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de
tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar
plenamente la imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable de amor
paciente y de humilde mansedumbre."9 Sobre el
rostro de la Iglesia resplandece siempre la luz de Cristo 10,
pero "los métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio de
la verdad"11 oscurecieron para algunos esa
luz, que nos revela al Dios vivo.
c) Cuando el hombre moderno se idolatra
a sí mismo
12. "¿Dónde está su Dios?"- se preguntaron
ciertos espíritus críticos en particular ante el espectáculo de la intolerancia
y de la violencia de los cristianos. Trataron de buscar caminos de paz y
entendimiento, exigencia básica de la razón humana; pero lo hicieron, por
desgracia, apartándose del Dios vivo, del Dios de Jesucristo y volviendo en
buena parte a esquemas naturalistas de la Antigüedad, por los que ya el
humanismo renacentista se había sentido fascinado. La razón comenzó entonces
por establecer las condiciones de un conocimiento "natural" de Dios,
acorde con la naturaleza racional del ser humano (algo de por sí nada
desdeñable, como veremos más adelante) para terminar más tarde colocándose a sí
misma sobre el altar como "la diosa" Razón.
En efecto, el Dios imaginado por la razón fue un Dios débil y efímero.
Construido por el hombre por encima de todo lo humano, resultó ser un Dios
ajeno al hombre y al mundo. Era un Dios lejano, concebido, según ciertos
patrones del paganismo antiguo, como mera causa del mundo o, según modelos de
la mentalidad técnica, como relojero de un mecanismo tan perfecto, su creación,
que lo puede abandonar a su suerte para que funcione por sí mismo. Este Dios no
interviene en la marcha del mundo, ni en la historia de los hombres; no
interfiere en la vida cotidiana, pero tampoco es posible entregarle el corazón.
Será, a lo sumo, un juez más allá del mundo, al que se mantiene alejado de las
razones y decisiones vitales del ser humano.
13. "¿Dónde está su Dios?" La pregunta siguió
resonando en la Europa del siglo XIX, ahora dirigida no sólo a los cristianos,
sino también a los filósofos teístas. La razón, convertida ya en diosa, no iba
a tolerar junto a sí ninguna otra divinidad. Se negará toda idea de Dios acudiendo
a diversas teorías para tratar de explicar por qué hasta ahora la Humanidad
había tomado a Dios por algo real: porque se proyectaba en la idea de Dios lo
que en realidad sería propio del hombre, como la infinitud de la libertad y del
amor; porque era una idea útil para amenazar o tranquilizar a los oprimidos,
etc. Estas y otras supuestas explicaciones de la irrealidad de cualquier idea
de Dios compartían un mismo supuesto: la razón es en conjunto infalible en
cuanto que ella misma va descubriendo sus propios errores. Entre ellos, uno de
los más importantes, habría sido el de haber construido aquella fantasmagoría
de la idea de Dios. Pero por fin, la razón adulta estaría ya a punto de superar
para siempre ese error del pasado.
14. El pretendido desenmascaramiento de Dios como una
construcción fallida de la razón humana es una de las caras de la cultura
pública despojada de la fe. Su otra cara es la absolutización del hombre. Dios
ha sido puesto al descubierto por su propio creador, el ser humano, que,
pretendiéndolo o no, se convierte de este modo en dios. O, a la inversa, el ser
humano, convertido en centro de referencia absoluto, en creador de sí mismo y
de su mundo, ha caído por fin en la cuenta de la irrealidad de Dios. Así, la
Humanidad, totalmente liberada, habría alcanzado la mayoría de edad, asumiendo
las riendas de su propia historia. La mentalidad científico-técnica se
convierte entonces en definitoria de la vida y de su sentido, viniendo a ser
uno de los modos fundamentales en los que se expresa la idolatría de sí mismo
propia del hombre de la moderna cultura secularista.
En efecto, este hombre piensa encontrar la razón de su existencia en el
sometimiento del mundo, puesto cada vez más a su servicio por un
"progreso" mensurable y cuantificable. Para él hablar de Dios, como
no es mensurable en términos de progreso científico-técnico, es algo tenido por
irrelevante y sin sentido. Hasta tal punto, que el consumidor de las llamadas
"sociedades del bienestar" se siente más atraído por la compra de los
servicios o los productos del último modelo que por el ejercicio de las
facultades humanas más hondas y espirituales. En este contexto se acaba
perdiendo el gusto por Dios y la misma pregunta por Él queda oscurecida y
olvidada.
d) La desesperanza y el escándalo del
mal y el sufrimiento
15. En realidad, la cuestión del sentido de la palabra
"Dios" en relación con el sentido de la existencia humana no ha
dejado de planterse públicamente de diversas maneras a lo largo de este siglo. La
conciencia creciente de que una actividad guiada sólo por las posibilidades
ofrecidas por la técnica pone en peligro la misma subsistencia del género
humano ha conducido a replantear la cuestión de "una nueva alianza"
entre las ciencias y la sabiduría propia de la metafísica y la religión.12
La amenaza de una posible hecatombe nuclear o de un desastre ecológico global
ha puesto fin a la ingenua fe ilustrada en el ser humano como garante
incuestionable de un progreso histórico cierto y permanente. Pero la decepción
y la desesperanza que esta situación va produciendo en bastantes personas
alimenta en algunos una nueva actitud cínica y radicalmente escéptica frente a
la verdad de Dios y del hombre. También aquí resuena, más sordamente y de modo
menos agresivo, pero igualmente erosiva, la pregunta lanzada a los creyentes:
"¿Dónde está su Dios?".
16. Sin embargo, el ámbito en el que la cuestión de Dios y
del sentido de la existencia humana se ha planteado de modo más agudo en este
siglo tal vez sea el de la muerte y el sufrimiento de miles de víctimas
inocentes. El progreso y el desarrollo humano no han venido solos. Con ellos
han hecho acto de presencia en el escenario de la historia guerras crueles, que
han causado millones y millones de víctimas, no sólo en los frentes de combate,
sino también entre mujeres, ancianos y niños de la población civil. Han hecho
acto de presencia los gulags y los campos de concentración en los que se ha
tratado de eliminar sistemáticamente a grupos completos de personas a causa de su
posición social, raza, nacionalidad, ideología o religión. Por otro lado, la
miseria, el hambre y las enfermedades epidémicas no sólo no han sido eliminadas
de la tierra, sino que pueblos enteros se han visto flagelados con virulencia
inusitada por estos azotes a causa de su empobrecimiento y desarticulación
social inducidos de algún modo por un progreso desequilibrado e injusto.
"¿Dónde está el Dios bueno y poderoso?" -se han preguntado y se
preguntan ante tanto mal y tanto sufrimiento los mismos que confían en Él. Para
otros la pregunta toma de nuevo el sentido de la acusación, del resentimiento y
hasta del odio frente a Dios y a sus fieles: "¿Dónde está su Dios?"
II. "EN
ÉL VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y EXISITIMOS"
"Quería que lo buscasen a Él, a ver si, al menos a tientas lo
encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos,
nos movemos y existimos" (Hechos 17, 27-28).
17. La cultura secularista moderna hizo circular la falsa
noticia de "la muerte de Dios" como respuesta a la pregunta por su
paradero en un mundo del que parecía tan ausente: "Dios no está en ningún
sitio" - se nos ha repetido hasta la saciedad. Cuando la razón se declaró
a sí misma emancipada y adulta, pareció llegado el momento de anunciar con una
frase chocante que Dios había muerto. Sin embargo, Dios no desaparece del
horizonte de la Humanidad. Por el contrario, la pregunta por Él ha seguido y
sigue en los labios de creyentes y de ateos, aunque sea con diversos sentidos.
Incluso quienes no parecen ya preguntar por Dios de ningún modo no dejan de
encontrarse con esa palabra que acompaña a la Humanidad desde sus orígenes y
que se resiste a abandonarla. ¿Qué significado elemental encierra esa sílaba
misteriosa? ¿Por qué va tan unida a la existencia humana?
a) El ser humano es religioso por
naturaleza
18. El ser humano ha sido definido como el animal
religioso. Los antropólogos y prehistoriadores detectan la presencia del hombre
allí donde aparecen indicios de rituales funerarios. Los animales no entierran
a sus muertos. El hombre lo hace además con simbolismos especiales que suelen
hacer referencia a algún sentido de la vida más allá de este mundo o que
denota, al menos, un modo de preguntarse por ese fenómeno misterioso de su
muerte.13 En efecto, aunque prescindiéramos del
hecho histórico de las religiones, tendríamos aún que decir que el ser humano
es religioso por naturaleza. No es posible separar de un modo absoluto la
naturaleza religiosa del hombre de las religiones concretas en cuyo seno se
desarrolla su vida. Pero, sin perder de vista la conexión inevitable de la
religiosidad con las formas concretas de religión, es posible observar en el
ser humano algunos rasgos esenciales que, aun sin llegar todavía a serlo de un
modo explícito, podemos calificar como religiosos, porque apuntan ya a lo mismo
que las religiones llamarán expresamente "Dios", a eso "que
todos llaman Dios".14 Nos parece importante
hacer una breve referencia a esas hondas raíces de la cuestión de Dios en el
ser humano. Evidentemente, no pretendemos "demostrar" la existencia
de Dios como las ciencias experimentales o las matemáticas demuestran sus
objetos, pues Dios no es un mero objeto ni de la experiencia ni de la razón. Se
trata de mostrar con algunas pinceladas que el ser humano se encuentra abierto
desde el fondo de él mismo hacia Dios.
19. La realidad nos supera infinitamente y tenemos
conciencia más o menos refleja de ello. En efecto, en el orden del conocimiento
nos hallamos delante de objetos finitos, a los que, sin embargo sólo conocemos
como finitos porque tenemos una intuición de lo infinito que acompaña
constantemente nuestra acción de conocer. Además, sólo conocemos cuando
relacionamos entre sí la pluralidad de los objetos finitos; pero, de nuevo,
sólo podemos hacer la experiencia de la pluralidad desde una intuición de la
unidad dada al mismo tiempo que aquella experiencia. En el orden de la vida
práctica nos movemos con el sentido de lo otro como otro y, en particular, del
otro como otro; en este último caso sabemos de la presencia de otros seres
respecto de los cuales nos sentimos obligados con un tipo de vínculo semejante
al que experimentamos respecto de nosotros mismos. Este vínculo nos habla de lo
incondicional, de lo absoluto: sabemos del respeto absoluto que la otra persona
nos merece. Pero este saber supone que hay en nosotros una vinculación
originaria con lo absoluto. Rasgos de lo absoluto se dan no sólo en la
experiencia ética del amor, de la libertad, del perdón, sino también en las
experiencias estéticas de lo bello, de lo gratuito y del ser en cuanto tal.
20. El ser humano es un buscador insaciable de paz y de
felicidad. Ninguna adquisición de bienes materiales, ninguna situación vital,
por satisfactoria que parezca, consigue detener esa búsqueda. Somos peregrinos
hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca del todo en este mundo.
San Agustín interpretaba esta sed infinita de sentido como consecuencia de la
vocación divina del hombre: "Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en ti".15 La
búsqueda de la felicidad es, en efecto, una huella indeleble de Dios en el
hombre. No es concebible el dinamismo del espíritu humano sino como un caminar
incesante hacia el Absoluto, en el que se encuentra la razón y el sentido
último de una existencia tan indigente como abierta a la plenitud verdadera y
deseosa de ella.
21. No sólo encontramos huellas de Dios en el espíritu
humano, la criatura que refleja más de cerca el ser de Dios. La creación entera
habla de Él, del Creador. La inmensidad del cielo y del mar, la belleza de las
montañas y de los astros, el orden dinámico de la materia y de la vida...
remiten al verdadero Infinito, a la Belleza suma, a la Inteligencia creadora.
Contemplando el mundo, el ser humano se eleva también desde allí al mismo
Absoluto con el que se encuentra en su propio interior, "pues por la
magnitud y belleza de las criaturas, se percibe por analogía al que les dio el
ser" (Sab 13, 5). La ordenación del mundo como cosmos y los
"misterios" que suscitan nuestro asombro, tanto en el orden de lo
incalculablemente pequeño como de lo incalculablemente grande, dirigen la
mirada de quienes buscan con sencillez y apertura carente de prejuicios hacia
el Misterio, que es el origen, fundamento y meta de todo. A la luz de las
huellas de Dios, rastreadas con su inteligencia en la búsqueda del sentido del
mundo y de la historia, el ser humano puede llegar con fundamento a la
conclusión de que es razonable creer.
22. La experiencia de lo absoluto, uno e infinito no es
sólo conocimiento de una idea, sino sobre todo percepción de una presencia
real, viva y personal. Esta experiencia puede estar más o menos oscurecida por
una vida superficial, distraída con las cosas y no educada en la sensibilidad
religiosa; puede incluso embotarse casi por completo a causa del pecado, es
decir, de la soberbia y la autocomplacencia que encorvan al hombre sobre sí
mismo y lo encierran en su pequeño yo y en sus miserias. Sin embargo, el ser
humano no pierde nunca su "capacidad" de Dios; el Absoluto nunca se
aparta de él, su presencia le interpela siempre desde lo más hondo de su ser.16
En muchos testimonios de personas que han abierto los ojos a la fe en Dios
después de haber estado apartadas de Él, se expresa con fuerza la irrupción de
esa presencia, todavía sin nombre, a la que abre paso alguna circunstancia
especial de la vida: unas veces el gozo agradecido, otras muchas el sufrimiento
inesperado.
b) Las religiones, lugares históricos
del encuentro con Dios
23. La pregunta por el nombre de esa presencia poderosa que
determina y da sentido último a la existencia y a la realidad encuentra
diversas respuestas en las diferentes religiones. Éstas no son sin más un
producto aberrante de la razón subdesarrollada, como ha pensado un tanto
ilusamente una determinada crítica de la religión de estos dos últimos siglos.
Al contrario, en las religiones se expresa algo del ser del hombre que no puede
ser ignorado ni eliminado sin daño para el mismo hombre: su apertura natural a
Dios. La cultura pública de nuestros días, despojada de la fe, no comprende la
seriedad de la cuestión. Trata con frecuencia a las religiones como fenómenos
marginales, más o menos irrelevantes o pintorescos, a los que el ancho mercado
de la tolerancia reserva un lugar para su consumo a la carta según el gusto
privado de los ciudadanos. Las discrepantes pretensiones de verdad de las
religiones suelen ser presentadas superficialmente como prueba de la falsedad
de todas ellas.
24. La Iglesia aprecia
las religiones de la Humanidad no sólo porque ve en ellas manifestaciones del
sentido religioso del ser humano, sino también porque pueden ser entendidas
como instrumentos de la Providencia de Dios para conducir a los hombres hacia
Él. En efecto, si el ser humano busca a Dios, "todas las religiones dan
testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres (cf. Hch 17, 27)".17
Pero además, Dios mismo "no deja de hacerse presente de muchas maneras
(...) a los pueblos mediante sus riquezas espirituales, de las que las
religiones son expresión principal y esencial, aunque contengan 'lagunas,
insuficiencias y errores'".18 "Las
tradiciones religiosas han sido marcadas por 'muchas personas sinceras,
inspiradas por el Espíritu de Dios'. La acción del Espíritu no deja de ser
percibida de algún modo por el ser humano. Si, según la enseñanza de la
Iglesia, en las religiones se encuentran 'semillas del Verbo' y 'rayos de la
verdad', no pueden excluirse en ellas elementos de un verdadero conocimiento de
Dios."19 Las diferencias entre las religiones,
a veces fundamentales, no deberían ser obstáculo para reconocer en ellas un
gran acervo espiritual común, que permite a la conciencia humana articular el
nombre divino y que la ayuda a responder a sus imperativos con una vida
honesta.20
25. Entre las religiones de la Humanidad "la fe
cristiana tiene su propia estructura de verdad: las religiones hablan del
Santo, de Dios, sobre él, en su lugar o en su nombre. Sólo en la
religión cristiana es Dios mismo el que habla al hombre en su Palabra. Sólo
este modo de hablar posibilita al hombre su ser personal en un sentido propio,
a la vez que la comunión con Dios y con todos los hombres. El Dios tripersonal
es el corazón de esta fe. Sólo la fe cristiana vive del Dios uno y trino."21
c) Necesidad de la revelación y de la fe
para conocer a Dios
26. "Dios habla bien de Dios".22
Los hombres, que tenemos un cierto conocimiento natural de Él, por ser
criaturas racionales suyas, podemos sin duda hablar de Él. Así lo muestra el
lenguaje religioso de todos los tiempos y también el pensamiento filosófico más
genuino. Pero no podríamos hacerlo bien del todo si Dios mismo no se hubiera
comunicado con nosotros para desvelarnos su misterio. Dios, el verdadero
Absoluto e Infinito, no es, por supuesto, una cosa que tengamos a nuestra
disposición para examinarla y escrutarla; no es ni siquiera lo ilimitado o ese
cosmos sin fronteras del que hablan hoy de nuevo algunos científicos. Él no es
simplemente ilimitado, sino el verdaderamente Infinito, de un orden
absolutamente superior incluso a un posible mundo ilimitado. Por eso, es
natural que no le podamos "ver" ni "comprender". San
Agustín decía muy bien que lo que abarcamos completamente con nuestro
entendimiento no puede ser Dios.23 Esto, como ya
hemos dicho, no quiere decir que no podamos entender nada de Dios, sino que lo
que Dios es supera infinitamente lo que conocemos de Él. Además, si
consideramos que Dios no es tampoco una cosa infinita, sino el Espíritu,
el Amor, el Ser personal infinito, entenderemos todavía mejor por qué no lo
podemos tener simplemente a nuestro alcance. Si el fondo de una persona humana
no está nunca del todo al alcance de nuestro entendimiento, sobre todo si ella
no se comunica con nosotros, cuánto menos Dios, que es el origen y el sentido
de todo ser personal, de toda libertad y de todo amor.
27. Pero Dios se ha
comunicado con los hombres para darnos parte en su mismo ser. Y lo ha hecho de
un modo tan increíblemente cercano a nosotros, que la revelación de Dios en su
Palabra ha resultado y resulta escandalosa para unos y necia para otros (cf.
1Cor 1, 23). Gracias a su revelación podemos conocer bien a Dios, todo lo bien
que nos hace falta para lograr de verdad y definitivamente nuestra vida, ya que
"ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu
enviado Jesucristo" (Jn 17, 3).
Con todo, la revelación del misterio de Dios en Jesucristo tampoco elimina el
misterio: nos abre sus entrañas para que tengamos Vida, pero no nos permite
adueñarnos de él. Por eso, a la revelación de Dios respondemos con la
obediencia de la fe. Ésta no se define por contraposición a las evidencias de
la razón, sino por su pertenencia a otro orden de saber: el que se abre a quien
otorga su confianza a Dios cuando Él mismo se acerca a nosotros en su Palabra.
Es la fe teologal, indeducible de la razón, pero acorde con el elemental
fenómeno antropológico de la creencia: el ser humano no es sólo "aquél que
busca la verdad", sino también "aquél que vive de creencias".24
De ahí que la fe en el Dios que se revela, no careciendo de cierta oscuridad,
esté dotada de una insuperable certeza, pues "la perfección del hombre no
está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que
consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En
esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y
seguridad."25
28. La revelación de
Dios en Jesucristo es de por sí luminosa para el espíritu religioso del ser
humano. La Palabra eterna de Dios, hecha carne, viene "a los suyos" (Jn 1, 11), a quienes estaban ya
esperándola. Si no la reciben, es porque están alienados de sí mismos, bajo el
poder de las tinieblas del pecado. La Palabra ha mostrado cómo, al venir a este
mundo, "alumbra a todo hombre" (Jn
1, 9). Y lo muestra incesantemente en la vida de tantos hombres y mujeres
que se dejan iluminar por su luz, aun después de haberse cerrado frente a ella
por algún tiempo. Es el caso de aquel profesor que, después de largos años de
agnosticismo en los que había llegado a olvidar el Padrenuestro, en uno de esos
momentos que llamamos "la hora de la verdad" supo reconocer en
Jesucristo el misterio del Origen cercano y humano, vagamente presentido de
nuevo, pero todavía sin nombre para él. El nombre divino que estaba buscando
era el mismo que se le había impuesto a él en el Bautismo: Manuel, es decir, el
del "Dios con nosotros". He aquí su relato:
"Ese es Dios, ése es el verdadero Dios, Dios vivo; ésa es la
Providencia viva -me dije a mí mismo-. Ése es Dios que entiende a los hombres,
que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da
aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no
se hubiera hecho carne de hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación,
porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás
podría el hombre franquear. Yo lo había experimentado por mí mismo hacía pocas
horas. Yo había querido con toda sinceridad y devoción abrazarme a Dios, a la
Providencia de Dios; yo había querido entregarme a esa Providencia que hace y
deshace la vida de los hombres. ¿Y qué había sucedido? Pues que la distancia
entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la filosofía, me había resultado
infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado abstracto, demasiado
geométrico e inhumano. Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo
como yo, muchísimo más que yo, a ése sí que lo entiendo y ése sí que me
entiende. A ése sí que puedo entregarle filialmente mi voluntad entera, tras de
la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es
pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a
nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir
el Padrenuestro. Y ¡horror!, ... ¡se me había olvidado!"26
29. Hablemos pues "de una manera sencilla y directa de
Dios, revelado por Jesucristo, mediante el Espíritu Santo".27
Esta es la Buena Noticia que nos ha sido entregada por la Iglesia, el mensaje
más esperado por el corazón de todo hombre. Hablemos entonces del único Dios y
Padre, del único Señor Jesucristo y del Espíritu Santo que nos da la Vida; del
Dios que ha venido a nosotros para hablarnos en nuestro lenguaje, por medio de
su Hijo, y que envía hoy a nuestros corazones su Espíritu para clamar desde
allí: "Abba", Padre. Él es el Dios con nosotros, que se ha revelado
en Jesucristo como el Amor.
III. EL
"DIOS CON NOSOTROS"
"Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por
nombre Emmanuel (que significa 'Dios-con-nosotros')" (Mateo 1, 22-23)
a) Creemos en un solo Dios, Padre
todopoderoso
30. Llamar Padre a Dios
es una sorprendente novedad cristiana y, en realidad, un verdadero
atrevimiento, como nos recuerda la invitación litúrgica al rezo del
Padrenuestro: "nos atrevemos" a hacerlo por fidelidad a "la
recomendación del Salvador".28 Los hijos
piadosos de Israel invocaban muy raramente a Dios de esta manera. Algunas veces
es llamado padre del pueblo, pero porque le ha elegido soberana y gratuitamente
como pueblo suyo, no porque le hiciera partícipe de su misma naturaleza. Dios
es misericordioso y ama a su pueblo, pero se mantiene absolutamente por encima
del hombre. Los filósofos, que llaman a Dios mucho más fríamente la causa no
causada del ser o el verdaderamente infinito, tampoco pueden dirigirse a Él
como padre. A quienes sufren el mal y el dolor también les es difícil en
ocasiones llamar padre al Dios todopoderoso. Sin embargo, nosotros nos
atrevemos a hacerlo. Porque ésa es la primera y la última palabra que oímos del
Señor Jesús: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?"
(Lc 2, 49); "Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46).
Y porque nos confió también a nosotros la palabra entrañable que nunca dejaron
sus labios: "Cuando oréis, decid: 'Padre'" (Lc 11, 2).
31. El Padre es, para
Jesús, el Dios absolutamente bondadoso: el Creador que cuida de sus criaturas y
hace salir el sol para todos, buenos y malos (cf. Mt 5, 45 y 6, 26); el que se alegra
del amor de los suyos y sale cada día al camino para ver si vuelve el hijo que
se ha ido de casa; el que acoge sin resentimiento alguno a quien regresa a Él,
pues aborrece el pecado, pero ama a los pecadores (cf. Lc 15). Es el Padre
cuyas "manos son cariñosas como las de una madre".29
La paternidad de Dios es normativa para la paternidad humana, y no a la
inversa: es del Padre Dios "de quien toma nombre toda familia en el cielo
y en la tierra" (Ef 3, 15).
Jesús, temiendo que se ensombreciera el nombre del Padre con las miserias de
nuestros modos humanos de relacionarnos, llega a decirnos: "no llaméis a
nadie padre vuestro en la tierra, pues uno sólo es vuestro Padre, el del
cielo" (Mt 23, 9). Sólo hay un
Padre, como sólo hay un Dios. "No hay nadie bueno más que Dios" (Mc 10, 18), el origen de todo bien.
Las profesiones de fe de la Iglesia, siguiendo la enseñanza de Jesús,
atribuyen al Padre la obra de la creación. Siendo el Padre bueno el origen
único de todo lo que existe, el mundo es, en su raíz, bueno, luminoso, tiene un
sentido divino. Si el principio del ser fuera el azar ciego o la materia bruta
¿por qué ibamos a poder confiar en la inteligencia y en la bondad? Pero no,
nada es absurdo ni malo de por sí. No hay poderes maléficos inscritos en la
realidad y legibles en las estrellas. Todo procede da la suma inteligencia y
bondad del Creador y está puesto por su providencia al servicio del ser humano.
La fe en Dios Padre, el Creador del cielo y de la tierra, liberó a los hombres
del miedo y del sometimiento a supuestos principios del mal que compitieran en
poder con la bondad del único poder real sobre todas las cosas, el de Dios.
Es triste que el alejamiento de la fe en el Creador y Padre haga caer de
nuevo a algunos en el temor a poderes cósmicos o satánicos supuestamente dueños
del destino de los hombres. Sólo Dios es todopoderoso. Nada ha de temer quien
se acoge a Él. La astrología, la quiromancia, la magia, el satanismo son
supersticiones grotescas que hacen mucho daño espiritual y psíquico a quienes
se confían a ellas.
32. Creer que Dios es el
único Creador y Padre todopoderoso significa también reconocer que el mundo es
sólo mundo, es decir, dependiente totalmente de Dios y en modo alguno divino.
Todo ha sido puesto a disposición del hombre, que no ha de vincularse a nada
como a Dios. Sólo el Dios bueno es digno de la reverencia más profunda, del
deseo más ardiente, del amor más incondicional del ser humano: "Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser" (Mt 22, 37; Dt 6, 5). La fe en el Creador libera de
los ídolos, de los falsos dioses que nos prometen libertad y vida a cambio de
nuestro servicio y acaban devolviéndonos esclavitud y muerte.
Los nombres de los ídolos son tantos como los de las criaturas, cuando éstas
dejan de ser vistas a la luz de Dios: la Humanidad, una persona, el éxito, el
poder, la nación, el dinero, el progreso, la técnica. Todo se convierte en
ídolo cuando le concedemos la atención, el valor y el amor del que sólo Dios es
digno.
Los santos, esos hombres y mujeres de honda experiencia de Dios, sabían muy
bien que, en realidad, "sólo Dios basta", según la célebre palabra de
Santa Teresa de Jesús.30 Sólo Dios llena el corazón
del hombre. Y al llenarlo y pacificarlo, lo ensancha para el mundo y para los
hermanos. La fe en el Creador bueno nos da ojos y corazón para ver y sentir en
qué medida "todo es nuestro" (1Cor 3, 21).
La cultura moderna, despojada de la fe, ha puesto en peligro la
supervivencia del hombre en el mundo porque ha caído en el error de idolatrar a
la Humanidad. El hombre, convertido en ídolo, como constructor de sí mismo y de
su mundo, acaba por destruir o poner en peligro a la naturaleza y a la
Humanidad. Muy distinta es la actitud del creyente hacia las criaturas, a las
que no ve como meros objetos de posesión, sino como reflejos de la gloria de
Dios y "hermanas" del ser humano. El Cántico de San Francisco de Asís
sigue proclamándolo con toda verdad e inspiración:
"Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol (...)
Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras que tu poder creó (...)
Y por la hermana agua, preciosa en su candor (...)
Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol (...)
Y por la hermana tierra, que es toda bendición (...)
Y por la hermana muerte, ¡loado, mi Señor!"31
33. Los hombres compartimos la condición de criaturas con
todas las cosas, que, en este sentido, son hermanas nuestras. La
"fraternidad" que el creyente es capaz de descubrir en la creación
nos dice también que todo lo que existe se ordena al bien del ser humano. El
mundo no está ahí simplemente por mera casualidad. El mundo es creación libre
de un Dios que sabe lo que quiere. Quiere compartir su mismo ser: hasta eso
llega su voluntad de "Alianza" con los hombres. La creación está,
pues, al servicio de la Alianza que Dios desea sellar con su Pueblo y con la
Humanidad. Ésa es su íntima razón de ser. Ése es su sentido. La creación tiene
un sentido propio. Y el ser humano está capacitado para captarlo. El hombre, de
la misma manera que no crea el mundo, sino que se encuentra en él con las demás
criaturas, tampoco le da al mundo su sentido. Sin embargo, es la única criatura
capaz de conocerlo y de realizarlo libremente.
Para describir la percepción que tenemos del sentido de la creación como
sentido de nuestra propia vida la tradición católica emplea el término
"ley natural": "La criatura racional, entre todas las demás
-afirma Santo Tomás- está sometida a la divina Providencia de una manera
especial, ya que se hace partícipe de esa providencia, siendo providente sobre
sí y para los demás. Participa, pues de la razón eterna; ésta le inclina
naturalmente a la acción y al bien debidos. Y semejante participación de la ley
eterna en la criatura racional se llama ley natural."32
b) Creemos en un solo Señor, Jesucristo
34. Los creyentes del
Judaísmo y del Islam comparten con nosotros algunas cosas de las que acabamos
de decir sobre el Dios Creador. Pero nuestra fe nos dice que Jesucristo es el
Señor, que también él es Dios, igual al Padre en la divinidad. Jesús de Nazaret
no es un profeta más entre los que han hablado de Dios y en nombre de Dios a
los hombres. Ni siquiera es sólo quien mejor lo ha hecho. Nosotros creemos que
en él, en su adorable persona, es Dios mismo, el Hijo eterno del Padre quien
nos habla en el lenguaje de nuestra carne. En la persona de Jesucristo la
Alianza de Dios con el hombre llega a una intimidad insospechada: Dios y hombre
se hallan unidos en él, sin confundirse, de un modo inseparable. Esto nos da un
conocimiento específico tanto de Dios como del hombre, pues el Señor es a un
tiempo"imagen de Dios invisible" (Col 1, 15) y "también el hombre
perfecto".33
35. La profecía de
Isaías sobre el Dios con nosotros, el Emmanuel, llega a su pleno cumplimiento
en Jesucristo. Dios ha estado siempre con los hombres y, de una manera
especial, con su Pueblo. Pero su proyecto eterno de creación y salvación, su
"economía salvífica", incluye un modo único de estar con los hombres:
compartiendo su humanidad en Jesucristo. Nosotros podemos hablar así de los
proyectos y del ser de Dios precisamente porque Él mismo se nos ha manifestado
en su Hijo. Escuchando la palabra del Señor y contemplando su vida, la Iglesia
es conducida por el Espíritu a "la verdad completa" (Jn 16, 13) sobre Dios y el hombre. Las
Escrituras se iluminan con la presencia de Jesucristo y Dios mismo perfila de
este modo su verdadero rostro ante los hombres.
Dios es definitivamente Padre: el Padre
de nuestro Señor Jesucristo. Jesús nos pidió que también nosotros le llamáramos
Padre y por eso nos atrevemos a hacerlo. Pero Dios, antes que nada, es
"su" Padre. Jesús distinguía siempre entre "mi Padre y vuestro
Padre" (Jn 20, 17). Tenía
conciencia de que su relación con él era distinta que la de sus hermanos. Su
vida y su destino hablan, efectivamente, de una relación única de Jesús con
Dios. Él enseña y actúa con una autoridad suprema, como la de ningún profeta:
la autoridad de quien "era" ya antes de la creación y la de quien
juzgará la historia. El Reino de Dios que él anuncia, es decir, el poder mismo
de Dios, llega con su propia persona al mundo. En cierto modo no es extraño que
sus enemigos le acusaran de blasfemo, de haberse puesto en el lugar de Dios.
Sin embargo, Jesús habló siempre del Padre como de alguien distinto de él.
Nunca usurpó su lugar. Al contrario, toda su vida y su mensaje fueron dirigidos
a cumplir su voluntad y darle gloria. La resurrección confirma a los ojos de
sus discípulos que aquella pretensión de Jesús era verdadera: al salir
victorioso del sepulcro, Jesús recibe del Padre, por el Espíritu que da la
vida, la misma gloria que él le había dado con toda su existencia en la tierra.
Era la gloria del Hijo único de Dios, del único que verdaderamente conocía al
Padre y que nos lo ha revelado para siempre.
36. El Crucificado era el Hijo de Dios. Quien en la cruz
experimentaba con dolor la ausencia del Padre era también Dios, "de la
misma naturaleza del Padre".34 El Dios en
quien creemos no es un Dios capaz sólo de estar "más allá del mundo":
ha estado también en el patíbulo de un condenado a muerte injustamente. A la
pregunta de "¿dónde está su Dios?" los cristianos pueden responder:
en todos los lugares en los que están y por los que pasan los hombres.
El es verdaderamente un Dios con nosotros que nos maravilla por su amor en la
cruz más aún que por su grandiosa creación.35 No
aciertan a pensar bien la realidad de Dios quienes se lo imaginan como un
soberano caprichoso no ligado más que a su propio arbitrio. Es verdad que Dios,
el que "llama a la existencia a lo que no existe" (Rom 4, 17), es
absolutamente libre, pero su omnipotente libertad no tiene nada que ver con la
de un tirano veleidoso. Dios es fiel a sí mismo y a sus criaturas. La
"entrega" del Hijo por nosotros es la prueba suprema de su fidelidad.
La Iglesia no cesa de admirarse de esa fidelidad, que nos habla de un eterno
amor divino: "¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo,
entregaste al Hijo!".36 La cruz de Cristo
revela hasta el final la compasión de Dios. Ya los profetas habían hablado de
un Dios de entrañas de misericordia.37 Pero la
riqueza del amor de Dios manifiesta todo su esplendor con el
"'sufrimiento' de Dios"38 en la humanidad
del Hijo. Juan Pablo II ha dedicado a esta increíble "filantropía" de
Dios su carta encíclica Dives in
misericordia (Rico en misericordia). Dios está con nosotros hasta el
punto de cargar Él mismo con nuestros pecados en el Hijo. En su muerte "se
expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa
de los pecados de la humanidad"; pero una justicia "a la medida de
Dios", 39 es decir, procedente del amor y
conducente a él.
37. "Este gran Dios
nuestro, humillado y crucificado"40 es más
amigo del hombre que el hombre mismo. Cuando se le preguntó por el primer
Mandamiento de la Ley, Jesús respondió: "Amarás al Señor tu Dios...".
Y añadió enseguida, sin que le hubiera sido preguntado: "El segundo es
semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 39). El Dios crucificado nos habla
de que el amor a Dios es inseparable del amor al hombre. No es lo mismo el amor
a Dios que el amor al hombre, pero son inseparables porque Dios y el hombre
están inseparablemente unidos en Jesucristo hasta la muerte. Estando con
nosotros hasta la sangre, Dios dice ya con claridad suprema hasta qué punto es
valioso el ser humano ante sus ojos, esa "única criatura en la tierra a la
que Dios ha amado por sí misma".41 Todo
hombre, también el condenado, el marginado, el que sufre de cualquier manera en
el cuerpo o en el espíritu, tiene un motivo supremo para amarse a sí mismo:
Dios está con él en su dolor. Ahí radica la fuente inagotable del amor al prójimo
"como a uno mismo". Si existe cierta fraternidad entre todas las
criaturas, si todos los hombres somos hermanos por ser hijos del mismo Padre,
la muerte de Cristo por nosotros nos hace verdaderamente hermanos en aquella
sangre, la de Hijo, que "habla mejor que la de Abel" (Hb 12, 24). Nadie debe dejar de amar por
ningún motivo: hay una sangre que nos ha capacitado a todos para amar; la misma
que, derramada por todos, ha hecho a todos los hombres dignos del amor, en
particular, a los más débiles y necesitados. Lo que hagamos con los más
pequeños de estos hermanos nuestros, lo hacemos con el mismo Jesucristo (cf. Mt 25, 40).
Quien entiende la vida de un modo unilateral, marcado solamente por la
acción, la técnica y el consumo, no encuentra razón para amarse de verdad a sí
mismo cuando deja de ser actor y productor. Entonces tampoco puede amar sin
reservas a los demás, ni siquiera respetar la dignidad humana de quienes no son
grandes actores ni productores: los débiles, los ancianos, los niños.
c) Creemos en el Espíritu Santo, Señor y
dador de vida
38. "Es fuerte el amor como la muerte".42
Dios no es todopoderoso por mantenerse en un lejano cielo desde el que
gobernara a su arbitrio el mundo. No existe tal Dios. Dios está también en el
mundo, incluso en la cruz, en la que precisamente muestra su verdadero poder:
el poder del Amor. La muerte del Hijo no es aquella "muerte de Dios"
proclamada por los falsos profetas del Siglo XX, cuyos engaños han conducido a
muerte ignominiosa a tantos hombres y que, en cierto sentido, han propiciado
incluso "la muerte del hombre", profundamente herido en su dignidad y
en su esperanza. La muerte del Hijo significa, por el contrario, la derrota y
el fin de la muerte, pues lleva consigo "la victoria de nuestro Dios"
(Sal 97). Dios vence sobre la muerte, aliada del pecado, desde lo más hondo de
estos abismos de la lejanía de Dios. Hasta allí llega la presencia del Espíritu
Santo, a quien confesamos como "Señor y dador de vida".43
Allí aparecerá, por fin, en todo su esplendor y gloria lo que Dios es desde
siempre en sí mismo: Espíritu y Amor.
39. El Espíritu era ya
para los creyentes del Pueblo de la Antigua Alianza el Soplo poderoso de Dios
que alienta "en el origen del ser y de la vida de toda creatura".44
Pero "cuando se cumplió el tiempo" culminante de la manifestación de
la gracia de Dios, el tiempo de la Encarnación del Hijo en las entrañas de
María, cuya memoria especial nos disponemos a celebrar con toda la Iglesia en
el Gran Jubileo del año 2000, el Espíritu Santo se manifestó también a la
Humanidad como la presencia activa y permanente de Dios en el mundo que conduce
a los hombres a la comunión de vida con Dios. "La Virgen concibe y da a
luz al Hijo de Dios con y por medio del Espíritu Santo. Su virginidad se
convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la
fe."45 Ya desde entonces el Espíritu alienta
en la vida y la misión de Jesús, el verdadero "Mesías", es decir, el
"ungido" (Lc 4, 18) por Dios
con su Espíritu para hacer presente en el mundo su Reino de misericordia. Y ese
mismo Espíritu de Vida será el que glorifique al Crucificado resucitándolo de entre
los muertos.46 La muerte no tiene poder sobre Aquél
que es uno con el Espíritu de la Vida. Al contrario, con su muerte Jesús
glorifica al Padre, quien, por la obediencia y la petición del Hijo, envía el
Espíritu también a los corazones de los creyentes. De este modo los hombres
somos incorporados a la vida de Dios por su Espíritu, el Espíritu de Jesús, que
nos enseña desde nuestro interior lo que es ser hijos de modo semejante a como
lo es el Hijo eterno: "Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que clama: ¡Abba! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si
eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios" (Ga 4, 6-7).
40. El Dios con nosotros nos quiere con Él. Somos sus hijos,
partícipes y herederos de su misma vida divina y eterna. Los caminos por los
que Dios ha mostrado a la Humanidad su condición sublime y por los que nos ha
dado la salvación son los mismos caminos por los que Él nos ha abierto el
misterio insondable de su propio ser divino. Porque si la "gloria de Dios
es que el hombre viva", "la vida del hombre es la visión de
Dios".47
No podemos comprender el misterio de Dios, pero sí podemos entenderlo como
él mismo se nos ha revelado. No podemos comprender cómo Dios es Padre, es Hijo
y es Espíritu Santo, siendo el mismo y único Dios; cómo es uno y lo mismo, es
decir, la una y única divinidad eterna y omnipotente, pero no el mismo, sino
tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la comunión del Amor.48
Pero la Iglesia guarda este tesoro del conocimiento del Dios vivo y verdadero,
el Dios con nosotros, y nos lo comunica de modo que podamos entenderlo, con la
sabiduría de la fe, como la verdad que nos salva.
La comprensión de la fe es obra del Espíritu Santo en nosotros, que lleva a
su cumplimiento en la intimidad de nuestras conciencias la gran obra pedagógica
por la que Dios nos revela su mismo ser al tiempo que nos salva. La Iglesia es
el instrumento privilegiado de esta pedagogía de Dios con la Humanidad. El
Espíritu de Cristo "la construye y la dirige" de modo que aparezca
ante el mundo "como el pueblo unido 'por la unidad del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo'".49 La fe en el Dios vivo
y verdadero tiene en la Iglesia su hogar y su suelo nutricio: de ella recibimos
la Profesión de fe en su verdad y desarrollo completos. San Gregorio, "el
Teólogo", habla como sigue de la pedagogía de Dios que culmina con la obra
del Espíritu en el tiempo de la Iglesia:
"El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más oscuramente
al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever la divinidad del
Espíritu. "hora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía entre nosotros y
nos da una visión más clara de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando
todavía no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del
Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir el Espíritu
Santo como un fardo suplementario si empleamos una expresión un poco
atrevida... Así por avances y progresos, "de gloria en gloria", es
como la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez más
espléndidos."50
d) El Amor es creíble
41. "El misterio de la Santísima Trinidad es el
misterio central de la fe y de la vida cristiana (...) Es la enseñanza más
fundamental y esencial en la jerarquía de verdades de la fe".51
Al hablar del Dios trino no nos referimos, como parecen pensar algunos que se
dicen católicos, a una especie de enigma curioso que en nada afectara a nuestra
vida y a la comprensión del hombre y del mundo. Nuestra fe en el Dios trino,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, revela y respeta a la vez el misterio sublime e
indecible de Dios. Nos abre así a la intelección más profunda posible de
nosotros mismos, del sentido de nuestra vida en el mundo y de nuestro destino
y, sobre todo, nos hace capaces de vivir de acuerdo con la verdad conocida. La
glorificación de la Trinidad que, según decíamos al comenzar, es el objetivo
central del Gran Jubileo del año 2000, es también el contenido fundamental de
la vida cristiana. Glorificar a Dios es vivir ante Él en toda la plenitud y
dignidad de nuestro ser de hijos y de hermanos. Quienes, en la comunión de fe
en la Trinidad Santa, dan gloria a Dios con su vida, se convierten por el
testimonio de su palabra y de sus obras en signo de la credibilidad de aquel
Amor que Dios es.
42. Creer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el
único Dios, que no existe sino en las tres divinas personas, lleva consigo el
reconocimiento de nosotros mismos como personas. De hecho, la concepción del
ser humano como persona, en el sentido de fin en sí mismo, nunca intercambiable
ni instrumentalizable, adquirió su pleno desarrollo a la luz de la concepción
de Dios como el Uno tripersonal. El ser humano es persona, en un primer
acercamiento, por ser un individuo constituido por la relación al mundo y a sus
semejantes en cuanto tales, es decir, por su capacidad de distanciarse ante las
cosas y de acercarse a sus prójimos. Ahora bien, en el fondo de esta capacidad,
en la que se expresa la dignidad cuasi absoluta de ser humano, se encuentra la
relación fundamental al misterio divino que constituye la trama última de la
existencia humana. La relación a Dios que abre al hombre a las cosas como mundo
y a los otros como prójimos es lo que la antropología cristiana llama
iconalidad divina del hombre: la criatura humana es tal por ser la única creada
"a imagen de Dios". Pero no a imagen de un Dios omnipotente en su
lejanía solitaria. Este Dios sería más bien una triste imagen del hombre
ensimismado y alejado de Dios y de los hermanos.52
El ser humano lleva en sí la huella del Dios cercano, del Hijo, que se ha unido
a todo hombre y que está siempre con nosotros por su Espíritu Santo. El ser
humano, en definitiva, es persona porque es una criatura destinada por Dios,
antes de la creación del mundo, a estar para siempre con Él de modo semejante a
como lo está el Hijo eterno, gracias al don de la vida divina que se le otorga
por el Espíritu Santo. Ahí está la fuente verdadera de su ser y de su dignidad.
43. El ser personal no se agota en la individualidad. En
cuanto persona el ser humano es un ser radicalmente solidario, que se recibe y
que se dona. El Hijo lo recibe todo del Padre y todo se lo devuelve a Él y así
es glorificado por el Padre y el Espíritu. Cada ser humano está llamado a vivir
según el modelo de Cristo. De este modo, a diferencia de Adán, que no supo
agradecer los dones recibidos de Dios, sino que trató de usurpar para sí el
lugar de Dios, el cristiano, siguiendo a Cristo, el Adán definitivo, aprende a
agradecer los dones de Dios y a abandonar su egoísmo y su pecado. Se reconoce
entonces a sí mismo como don de Dios para sí y para los demás y se capacita
para la construcción de una verdadera "civilización del amor".
"Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de
todos los hombres en Cristo, 'hijos en el Hijo', de la presencia y acción
vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada (...) un nuevo
modelo de unidad del género humano en el cual debe inspirarse en última
instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida
íntima de Dios, Uno en tres personas, es lo que los cristianos expresamos con
la palabra 'comunión'".53
44. La vida íntima de
Dios, que se nos ha revelado en Jesucristo como Trinidad Santa de Padre, Hijo y
Espíritu Santo, es la vida del Amor. Si lo miramos bien, es poco decir que Dios
nos tiene amor, como si pudiera también no tenérnoslo. Dios no sólo nos tiene
amor, sino que es Amor (cf. 1Jn 4, 8).
Esa inefable comunión del Ser divino, en la que el Padre engendra al Hijo, en
la que el Hijo glorifica al Padre y en la que el Espíritu vincula a los dos eternamente,
es el Amor mismo. El Amor eterno y creador, por el que Dios es perfectamente
feliz y absolutamente generoso en sí mismo, es el origen del ser de todas las
cosas y, en particular, de las personas, que, dotadas de inteligencia y
libertad, estamos también llamadas a vivir en comunión con Dios y los prójimos.
La comunión en el Amor que Dios es nos habla de que la pluralidad y diversidad
existente en la creación es buena, ya que tiene su origen en la misma alteridad
que se da en Dios.54 La unidad del Dios vivo, lejos
de estar reñida con la riqueza plural de la vida, es su fuente más profunda.
Del Dios uno y trino aprendemos cómo la alteridad se fortalece precisamente en
la comunión, en la entrega mutua, criterio de autenticidad de la verdadera
tolerancia.
CONCLUSIÓN:
"SÍ, PADRE"
45. Hablamos de Dios con
honda alegría, como cuando Jesús exclamaba "lleno de la alegría del
Espíritu Santo: te doy gracias, Padre... Sí, Padre" (Lc 10, 21). No acabaríamos nunca de
hablar de Él; pero tenemos que terminar y nos parece que una buena manera de
hacerlo es animando a la oración. Invitamos a todos a escuchar en lo hondo del
alma la llamada de Dios a conocerle mejor para amarle más y responderle con un
gozoso Así, Padre". Si perdemos el gusto por Dios, si la misma palabra
"Dios" significa poco para algunos, si la pregunta "¿dónde está
su Dios?", que nos dirige una cultura despojada de la fe, llega a
inquietarnos demasiado ¿no será porque hablamos poco con Dios? ¿Buscas "pruebas"
de Dios? Reza con perseverancia. ¿Buscas fortaleza para una vida esperanzada y
justa? Ora en lo escondido al Padre. No debemos orar con un sentido
utilitarista, sólo para conseguir cosas. La oración cristiana es antes que nada
alabanza de la inmensa bondad de Dios, es descubrimiento de su infinita
misericordia y es, por eso, conversión a Él. La oración verdaderamente útil es
la que nos pone por entero en manos de Dios, la que nos libera para abandonar
nuestros pequeños intereses y para que nuestro vivir sea por completo un vivir
en Cristo. De este modo la oración nos cura, nos consuela y nos fortalece.
Quien se encuentra de verdad con el Dios vivo, se pone enseguida en sus manos
por la oración, que surge del fondo del alma como un impulso incontenible.
46. Gracias a Dios, hoy son muchos los que buscan el
sosiego y el silencio para encontrarse consigo mismos. El ruido y el
atropellado ritmo de vida que a veces se nos impone o nos imponemos nos cansan
y nos hastían. Los monasterios y las casas de oración son lugares aptos para
algunos tiempos fuertes de oración y de conversión a Dios. Pero también en
nuestra vida ordinaria hemos de tener algún tiempo para el encuentro silencioso
con el Padre. Ciertas técnicas de concentración mental y de disposición de
nuestro cuerpo pueden también ayudarnos a orar. Pero con tal de que no perdamos
nunca de vista el meollo de la oración cristiana, que es "diálogo
personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios";55
o como decía Santa Teresa de Jesús: "tratar de amistad, estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama."56
La oración es un encuentro personal, es un trato amoroso con Dios. No se puede
orar a un Dios impersonal y lejano; no se ora cuando se hace mera
introspección; no se ora cuando se pretende abandonar el peso de la existencia
personal perdiéndose en la naturaleza o en un supuesto nirvana.
Se ora cuando, gracias al Espíritu Santo
que se nos ha dado, nos volvemos al Padre como Jesús lo hace. La oración es
encuentro con Jesucristo vivo, que nos devuelve de verdad a nosotros mismos y
nos permite conocer a Dios no sólo de oídas, sino por experiencia propia. El
encuentro acontece ante todo en la Iglesia, donde Cristo vive hoy. La Sagrada
Escritura, la liturgia y los sacramentos son el principio y el fundamento de la
oración del cristiano, que aunque se haga en soledad nunca será solitaria. El
encuentro acontece en los hermanos, donde el Señor también quiere ser hallado.
Como la caridad es criterio de la autenticidad de la oración, animando a la oración
estamos llamando también a una vida de verdadera solidaridad, de comunión en la
Iglesia y de comunión con todos, en particular, con los excluídos y
necesitados. Porque, según acabamos de decir, la oración auténtica nos
convierte al Dios de la misericordia. Jesucristo ora por el testimonio de la
unidad entre los suyos, vital para suscitar la fe: "que ellos también sean
uno en nosotros para que el mundo crea" (Jn 17, 21) y nos pide que brillen
nuestras buenas obras para que el Padre sea glorificado (cf. Mt 5, 16).
47. Hacemos nuestras, para concluir, las palabras de
alabanza y adoración de la liturgia de San Basilio:
"Padre todopoderoso y digno de adoración, es verdaderamente digno y
justo y conforme a la grandeza de tu santidad, alabarte, cantarte, bendecirte,
adorarte, darte gracias, glorificarte, ofrecerte un corazón contrito y, en
espíritu de humildad, un corazón humilde; a ti que eres tú solo realmente Dios.
¿Quién es capaz de alabarte como conviene, Señor del cielo y de la
tierra..., Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios grande y Salvador, objeto de
nuestra esperanza?
Cristo es la imagen de tu bondad, el sello que te reproduce perfectamente,
que te manifiesta en él mismo a ti, Padre suyo. El es el Verbo viviente, el
Dios verdadero, la sabiduría anterior a los siglos, la vida, la santificación,
el poder, la luz verdadera.
Por él se ha manifestado el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad,
carisma de la adopción, arras de la herencia venidera, primicia de los bienes
eternos, fuerza vivificante, fuente de santificación. Fortificada por él toda
criatura racional y espiritual te rinde esta doxología eterna:
Santo, Santo, Santo, Señor Dios del universo."57
¡Gloria a ti por los siglos, Dios con nosotros!
Madrid, 27 de
noviembre de 1998
NOTAS
FINALES
1. Juan Pablo II, Carta Apost. Tertio millennio
adveniente, 55.
2. En. In Ps. 32, 1, 8 (CCL 38, 254)
3. Cf. Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, Esperamos
la resurrección y la vida eterna (26.IX.1995) BOCEE 44 (1996) 49-58 y
Ecclesia 55 (9.XII.1995) 1846-1855. En este documento sobre la esperanza
cristiana y su respuesta a los desafíos a los que ella da hoy cumplida
respuesta se habla también de que "junto a estas nuevas formas de falsa
religiosidad, y a veces en estrecha convivencia con ella, se encuentra el
fenómeno del culto más o menos cínico al propio provecho, como única meta de la
vida" (n 1 6).
4. Una de estas incoherencias, que nos preocupa, y a la que
trata de responder el documento que acabamos de citar -Esperamos la
resurrección y la vida eterna- es la falta de fe en la Vida eterna en los
mismos que dicen creer en Dios.
5. Juan Pablo II, Carta Apost. Tertio millennio
adveniente, 52. "La
confrontación con el secularismo y el diálogo con las grandes religiones"
son "los dos compromisos que serán ineludibles especialmente" en este
último año preparatorio del Jubileo. Dado el objetivo de la celebración
jubilar, que es la glorificación de la Trinidad santa, dichos compromisos
marcarán sin duda también los próximos años de la vida de la Iglesia.
6. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 19.
7. Ibid.
8. Declaración Final, n 1 2.
9. Juan Pablo II, Carta Apost. Tertio millennio
adveniente, 35.
10. Cf. Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium 1.
11. Juan Pablo II, Carta Apost. Tertio millennio
adveniente, 35.
12. En este contexto se está perfilando una "nueva y
más matizada relación entre la ciencia y la religión". Pues, entre otras
cosas, se está viendo mejor que "la ciencia puede purificar a la religión
del error y de la superstición; y la religión puede purificar a la ciencia de
la idolatría y los falsos absolutos". Son citas de Juan Pablo II, As
you prepare: carta del 1 de junio de 1988 al director del Observatorio
Astronómico del Vaticano con motivo del tercer centenario de los Principia
de Newton, trad. española: Ecclesia 2.422 (6.V.1989) 641-656. Esta
esclarecedora carta se inscribe en el amplio magisterio de Juan Pablo II sobre
el modo renovado de abordar la "urgente cuestión" de la relación
entre fe y ciencia, entre conocimiento teológico y conocimiento científico.
13. "La constante que subyace a todos los demás
problemas de la condición humana común no es más que la muerte. Sufrimiento,
pecado, fracaso, decepción, incomunicación, conflictos, injusticias... la
muerte está presente en todas partes y en cada momento como la trama opaca de
la condición humana. Cierto, el hombre, incapaz de exorcizar la muerte, hace
todo lo posible para no pensar en ella. Y no obstante es en ella donde resuena
con más intensidad la llamada del Dios viviente": Comisión Teológica
Internacional, El cristianismo y las religiones (1997), n 1 113.
14. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 2,
a. 3.
15. Confesiones, I, 1.
16. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 27-49.
17. Catecismo de la Iglesia Católica, 2566.
18. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.
19. Comisión Teológica Internacional, El cristianismo y
las religiones (1997), n 1 90. El primer texto entrecomillado es de
Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso y Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, n 1 30. Cf.
Concilio Vaticano II, Decl. Nostra aetate, 2.
20. Cf. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la
esperanza, 96s.: después de hablar de "una especie de raíz
soteriológica común a todas las religiones" añade que "en vez de
sorprenderse de que la Providencia permita tal variedad de religiones,
deberíamos más bien maravillarnos de los numerosos elementos comunes que se
encuentran en ellas." Más adelante aporta, entre otros, el siguiente
testimonio personal: "Inolvidable fue el encuentro con la juventud en el
estadio de Casablanca (1985). Impresionaba la apertura de los jóvenes (musulmanes)
a la palabra del Papa cuando ilustraba la fe en el Dios único" (107).
21. Comisión Teológica Internacional, El cristianismo y
las religiones, n 1 103.
22. B. Pascal, Pensées et opuscules, Pens. n 1 799.
23. "Si lo comprendieras, no sería Dios": Serm.
52, 6, 16.
24. Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 28 y 31.
25. Ibid. 32.
26. Manuel García Morente, El "hecho
extraordinario" (1940), en Id., Obras Completas, (Ed. de J.M.
Palacios y R. Rovira), tomo II, volumen 2, Madrid 1996, 415-441, 431.
27. Pablo VI, Exhort. Apost. Evangelii nuntiandi, 26.
28. Misal Romano, Ordinario de la Misa.
29. Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, 39.
30. Nada te turbe, en Obras Completas, B.A.C.,
Madrid 1982, 514.
31. Liturgia de las Horas, Himno de Laudes de la
Memoria de San Francisco de Asís, 4 de Octubre.
32. Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, 43. Citamos el texto aducido
por el Papa de Summa Theologiae, I-II, q. 91, a. 2.
33. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 22.
34. Misal Romano, Profesión de fe (Símbolo
Niceno-constantinopolitano: DS 125)
35. Una vez proclamada la lectura del libro del Génesis que
narra la obra creadora de Dios, la Iglesia, llena de asombro, ora como sigue en
la noche de Pascua: "Dios todopoderoso y eterno, admirable siempre en
todas tus obras; que tus redimidos comprendan cómo la creación del mundo, en el
comienzo de los siglos, no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual
de Cristo en la plenitud de los tiempos": Misal Romano, Domingo de
Pascua de resurrección. Vigilia pascual. Oración colecta después de la
Primera Lectura.
36. Misal Romano, Domingo de Pascua de resurrección.
Pregón Pascual.
37. Cf. Oseas 11, 7-9; Jeremías 31, 20.
38. Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 39.
39. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 46.
40. San Juan de la Cruz, Carta a la M. Ana de Jesús, en
Obras Completas, B.A.C, Madrid 1982, 898.
41. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 24.
42. Cantar de los Cantares 8, 6.
43. Misal Romano, Ordinario de la Misa. Profesión de fe.
44. Catecismo de la
Iglesia Católica, 703,
con citas de Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10.
45. Catecismo de la
Iglesia Católica, 723,
con citas de Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28.
46. Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 648,
con citas de Rm 6, 4; 2Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16.
47. San Ireneo de Lion, Adv. haer. IV, 20, 7.
48. "De modo que, al proclamar nuestra fe en la
verdadera y eterna Divinidad, adoramos tres Personas distintas, de única
naturaleza e iguales en su dignidad": Misal Romano, Solemnidad de la
Santísima Trinidad. Prefacio.
49. Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium 4.
50. San Gregorio Nacianceno, Or. theol. 5, 26.
51. Catecismo de la Iglesia Católica, 234.
52. Cf. LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal
Española, Instr. past. Moral y sociedad democrática, n 1 21, BOCEE 50
(19.IV.1996) 88-97.
53. Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 40.
54. "El Hijo es desde la eternidad 'otro' respecto del
Padre y, sin embargo, en el Espíritu Santo, es "de la misma
naturaleza": por consiguiente, el hecho de que haya una alteridad no es un
mal, sino más bien, el máximo de los bienes. Hay alteridad en Dios mismo, que
es una sola naturaleza en Tres Personas, y hay alteridad entre Dios y la criatura,
que son por naturaleza diferentes": Congregación para la Doctrina de la
Fe, Carta Orationis formas, 14.
55. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Orationis
formas, 3.
56. Vida, 8, 5.
57. Cit. según E. Mercier - F. Paris, La prière des
Églises de rite byzantine I, Chevetogne 1937, 270s.